La patria ajena

Hace 20 años, El Salvador tenía otro rostro. Los Acuerdos de Paz habían dejado la ilusión del recomienzo, la construcción de algo mejor. Se podía salir a las calles con relativa tranquilidad y “mara” aún era una palabra que se usaba sin temor.
Tampoco había temor a la hora de atravesar ciertas zonas o de cambiar de vecindario. Para entrar a una colonia no había que averiguar quién la controlaba, ni enseñar el DUI. Los hijos podían vivir en un lugar y estudiar en otro, sin que eso pusiera en peligro sus vidas.
Los pequeños negocios podían surgir sin que las ganancias las drenara la “renta” o el pago por protección. Las tiendas podían ser surtidas sin que eso implicara que los camiones repartidores cancelaran “peaje” a cambio de pasar sin mayores riesgos.
Hace 20 años El Salvador era otro en muchos aspectos. Y ese es el tiempo que muchísimos de nuestros compatriotas tienen de vivir en Estados Unidos, buena parte sin poder regresar al país por miedo a que no los dejaran entrar de nuevo a territorio norteamericano. Allá se casaron, allá abrieron sus negocios, allá tuvieron a sus hijos, compraron propiedades y pagaron impuestos.
Ahora 200,000 de estos salvadoreños se han quedado sin el amparo legal para mantener la vida que han conocido durante las últimas dos décadas. El plazo para buscar opciones o prepararse para volver es de apenas año y medio. Año y medio para empacar tu vida y partir. Año y medio para decidir si te quedas y te la juegas. Año y medio, poquísimo tiempo.
Habrá muchos obligados a volver por diferentes circunstancias, y los recibirá una patria ajena, un lugar diferente al que dejaron, en el que las reglas han cambiado y donde quienes acá vivimos hemos aprendido a normalizar la violencia y a hacer cotidianas las medidas de seguridad necesarias para tratar de evitar desgracias.
Las autoridades salvadoreñas hablan de recibirlos con los brazos abiertos. Y sí, estoy segura de que así será, de que la población decente será solidaria y buscará la manera de hacerles menos difícil el proceso. Pero tampoco hay que negar que el país es hostil para propios y ajenos, para nacionales y extranjeros. Es difícil vivir aquí, aun para quienes hemos aprendido a sobrellevar nuestra realidad de inseguridad, de inequidad, de injusticia, impunidad y fallas institucionales.
El drama de quienes vuelven a un país al que legalmente pertenecen pero al que desconocen totalmente se repite a diario cuando ciudadanos de diferentes naciones son deportados, sobre todo los más jóvenes, y enviados a lugares que les son totalmente extraños, que nunca conocieron antes, donde no tienen familia ni lugar donde quedarse y ni siquiera conocen el idioma.
¿Qué podemos hacer para amortiguar el golpe para los retornados?, ¿cómo prepararnos para lo que se viene?, ¿qué harán quienes ahora nos piden nuestro voto y que estarán en el Legislativo y en el Ejecutivo para cuando, en septiembre de 2019, se acabe el plazo para los beneficiarios del TPS?
Como país tenemos el enorme reto de dejar de ser territorio hostil, de recuperarnos y volvernos un lugar del que nadie quiera salir huyendo. Desde nuestro ámbito personal hay mucho por hacer, desde la práctica de la solidaridad, de la tolerancia y de la honestidad, hasta el ejercicio de nuestros deberes cívicos y políticos para abonar a la sanación profunda que nos urge.

Aprender a recibir

¿Por qué a veces nos cuesta tanto recibir regalo, ayuda, incluso alguna palabra bonita? Nos hacen un cumplido y nos da pena, decimos “nooooo, ¿cómo va a creer?”. Curioso, ¿no? Pareciera que no se nos enseñó a recibir.

Si bien hay gente que realmente parece embudo –todo nomás para dentro–, lo más común es lo contrario. Y le vemos cuando alguien tiene necesidad y no te lo cuenta, está enfermo y no te lo comenta. Para no molestar, para no importunar.

Hay ejemplos más tristes aún. Conozco muchas madres que se niegan a demandar a los padres de sus hijos para pedir la manutención “porque mis hijos no lo necesitan, para eso me tienen a mí”. Si usted les trata de explicar que no es un tema de necesidad, que muchas veces sí la existe, sino de derechos y deberes, generalmente se impone el orgullo.

Y esa es quizá, la cara más triste del no saber recibir: no exigir nuestros derechos. Todos, como ciudadanos, como personas, tenemos derecho a cosas tan básicas como la dignidad. Como trabajadores, a un trato y una remuneración justas. Como parte de la sociedad, a involucrarnos y a que los gobernantes, a quienes se les paga con lo que nos cobran en impuestos, pongan lo mejor de sí para servirnos, no para servirse.

Pero no es mi intención de hoy hablar de política. Esta es mi última columna antes de Navidad, y entre tanto tema triste y noticia negativa decidí hablar de algo que para mí es una lección reciente: no darle la espalda a quienes ofrecen ayudarnos.

Verán, yo crecí en una familia muy, muy humilde. A veces, un efecto secundario de la humildad es generar una coraza de orgullo para evitar humillaciones. Ese fue, exactamente, mi caso. Me cuesta contar cuando estoy mal, cuando me hace falta algo, ya no se diga pedir favores. Este año atravesé un par de situaciones de las que, sin el apoyo de terceros, me habría sido muy difícil salir. En una de ellas, la persona que me terminó ayudando tuvo que enfrentar mis reiteradas negativas a recibir el apoyo que me ofrecía, hasta que me dejó callada con una frase: “Por favor, tómelo, no me niegue la bendición”.

Sea cual sea la fe que usted profese, de seguro en algún lado se habla de dar para recibir. La ley del talión: se da lo que se recibe y un poco más. Y sí, definitivamente tenderle la mano a alguien más tiene hermosos efectos multiplicadores, no solo para quien da y quien recibe, sino para otros, que más adelante serán objeto de actos de bondad generados por un primer gesto de generosidad.

Yo he aprendido que tan importante es dar como saber recibir, y luego, cuando la vida nos trata mejor, saber retribuir eso bueno que en algún momento nos llegó. Quizá no con nuestro benefactor, que a la mejor está lejos o no lo necesita, sino con otros, con quien en ese momento está pasando una necesidad.

Y ese es mi mensaje para usted que me lee hoy. No tema recibir cuando lo necesite, no rehúya a pedir lo que por derecho es suyo, no somos débiles y menos por aceptar ayuda. Y cuando usted pueda y vea la oportunidad, devuelva al mundo un poco de lo que a sus manos ha caído. Dar, recibir, compartir, tender la mano, y que todo se vuelva una cadena que nos permita ser mejores y hacer algo mejor por nuestro entorno. ¡Feliz Navidad!

Nos mataron a todos

¿Usted conoce a alguien que haya sido víctima de la delincuencia? ¿Lo ha sido usted mismo? ¿La víctima ha sido alguna persona cercana? ¿Ha perdido a algún ser querido por la violencia que se vive en el país?

Hemos llegado a un punto en el que la mayoría podemos responder que sí a varias de las preguntas anteriores. Y eso es algo triste, lamentable, una normalidad que es más bien abominación.
A mi gremio le arrebataron a un miembro esta semana. Samuel Rivas era un joven camarógrafo de Grupo Megavisión, enamorado de este ingrato oficio, apasionado por las imágenes y la comunicación, con una sonrisa que no solía negar y un gran entusiasmo contagioso.

El trabajo periodístico es agotador, demandante, extenuante. Aun así, Samuel, quien el día que fue asesinado iniciaba sus vacaciones, no dedicó ese primer día libre a descansar, sino a ayudar en los trabajos de reparación de la iglesia en la que se congregaba.

Así lo encontró la muerte, colaborando con la obra en la que creía. Unos casquillos de bala y varios de sus hermanos en la fe asustados tras presenciar el homicidio quedaron en la escena. No hay más, por el momento, y muchos tememos que el de Samuel se convierta en uno de los miles de casos en los que la impunidad se impone, en los que se les niega el derecho a la justicia tanto a víctimas como a dolientes.

Y ahora me incluyo en estos últimos. El gremio periodístico en el país no es tan unido como quisiéramos, pero ahora, en el dolor y la impotencia tras este caso, tenemos en común la sensación de que nos han matado un poco a todos.

En un entorno donde no hay garantías de terminar el día y donde la violencia no discrimina y llega a casi todos los ámbitos, se mezclan, junto al dolor y la impotencia, el miedo. Y sí, el coraje al ver la inoperatividad de quienes tienen a su cargo la seguridad pública.

Porque, a parte de la impunidad, de que se nos niega la justicia, tenemos que tolerar a diario oírlos repetir un discurso falaz en el que destacan supuestos logros y pintan una realidad distinta a la que enfrentamos el resto día a día. Porque creen que a fuerza de propaganda y maquillaje de cifras nos convencerán de que todo está bien, cuando sabemos de sobra que no, nada está bien.
Y luego caen en el absurdo de reportar que “solo hubo un homicidio” o que “hay 260 municipios con cero asesinatos”. Como si uno no doliera, como si uno no importara.

No sé hasta donde tengamos que llegar para que nuestras autoridades despierten, pero al menos nosotros, usted y yo, todos los que no contamos con guardaespaldas ni portones de seguridad ni vehículos blindados, todos nosotros que ya estamos más que hastiados y asqueados de no poder vivir tranquilos debemos empezar a exigir en serio nuestro derecho a vivir en paz.

El filtro de la pobreza

Es de todos sabido que los pobres siempre llevan las de perder. Son los más propensos a enfermar y a no tener una atención adecuada, los más vulnerables ante desastres naturales y los efectos del cambio climático, los que se las ven más difíciles para poder recibir educación y, por ello, son fácilmente manipulables. Siga usted la lista, le aseguro que nos resultará larguísima.

¿Cómo se rompe el ciclo de la pobreza? Esta pregunta ha generado miles y miles de páginas de análisis, estudios, diagnósticos, propuestas, planes. Algunas cosas han demostrado ser efectivas, como la atención temprana en salud y el acceso a educación de calidad. Un elemento importantísimo es la integración: dejar de pensar en “ellos” los pobres, y que ellos dejen de verse a sí mismos como parte de una gran masa excluida, algo que, aplicado desde los primeros años, abre los ojos de los niños y niñas y permite que los jóvenes se sientan capaces de ir más allá.

De nuevo, ayúdeme usted a seguir la lista de posibles soluciones, también es larga. Lo duro, lo difícil o casi imposible, ha sido que implementemos de forma eficiente estas respuestas que todos parecemos tener en la punta de la lengua. ¿Por qué es esto así? ¿Cómo podemos ayudar a cambiarlo?

La pobreza es como un yunque atado al tobillo, es imposible que corras al mismo ritmo y logres las mismas distancias de quienes no lo tienen. Es un cáncer, además, mata de a poco o de súbito, enferma, carcome, pudre. Es un muro que te cierra el paso, un candado que te bloquea oportunidades. Y la sociedad como conjunto es culpable de que esa gran parte de la población se sienta como paria debido a la falta de recursos. La pobreza es, en nuestras sociedades aspiracionales, una marca de vergüenza.

Volvamos a las posibles soluciones: la educación. En las zonas más pobres y marginadas es muy difícil encontrar educación de calidad, o que los padres prefieran que sus hijos estudien en lugar de ayudarles a trabajar y llevar más ingresos al hogar, sobre todo si son niñas. Supongamos este primer gran obstáculo: terminar la educación básica. Ahora toca viajar a algún lugar donde haya educación media para poder terminar el bachillerato. Si lo consiguió es el caso de cuatro de cada 10 jóvenes.

Ahora, la universidad. ¿La opción que se ve más accesible? La Universidad de El Salvador, por supuesto. El sábado 14 de octubre hubo examen de admisión. En uno de los edificios vi cómo a un joven no lo dejaron pasar porque no llevaba impresa su ficha —ahora el proceso es en línea— y los resultados de su examen de aptitudes. “No tengo impresora, pero aquí traigo anotado todo”, insistía el muchacho. La persona que estaba en la puerta se limitaba a enseñarle, cuando entraba algún otro aspirante a estudiar en la UES, los documentos que estos llevaban: “Así tenía que traerlo”.

Un ejemplo, tonto si usted quiere, pero que ilustra cómo la falta de recursos se convierte en un lastre que no nos deja avanzar. ¿Cómo podemos hacer esta carga más leve? ¿Cómo podemos ayudar a que se multipliquen las oportunidades? Somos un país pobre, sí, pero también uno en el que la riqueza existente está muy mal distribuida. En la redistribución juega un papel importantísimo el Estado, que, sin embargo, aún ha fallado en hacer que los servicios públicos marquen la diferencia para estos cientos de miles de salvadoreños atrapados en esta trampa de la pobreza.

Red Solidaria, un programa que llegó a un punto clave bajo la administración del Dr. Héctor Silva (QDDG) siempre ha sido uno de mis ejemplos favoritos de cómo el Estado puede redistribuir adecuadamente: eran transferencias de dinero condicionadas, una pequeña suma de dinero para las familias que enviaran a sus niños a la escuela y los tuvieran en control de salud. Un inicio, apenas, pero uno bueno. Una buena red de este tipo, con la garantía de clínicas adecuadas y escuelas bien equipadas, sería un excelente inicio para hacer la diferencia.

¿Qué podemos hacer, por otra parte, usted y yo para marcar la diferencia? Empecemos a pensar y ayúdeme usted a hacer la lista, le aseguro que también nos saldrán bastantes y buenas ideas. Le dejo la primera: dejemos de discriminar a la gente por lo que tiene o no tiene y, cuando pueda, échele la mano a quien lo necesite.

Aprender a cuidarnos

Después de la terrible noticia de la muerte de Mara, una joven mexicana asesinada presuntamente por el chofer de una aplicación para servicios de transporte personal, se multiplicaron en redes sociales los posts sobre cómo cuidarse, qué hacer antes, durante y después de tomar un taxi o uno de estos servicios que funcionan con aplicaciones.

Curiosamente, también aparecieron reclamos de quienes insisten en que, en lugar de enseñar a las mujeres cómo evitar ser violadas, agredidas, asesinadas, se debe criar y educar a hombres que no agredan. Pero ¿por qué esto debe ser mutuamente excluyente?

Estoy totalmente de acuerdo con que el cambio de este mundo depende de nosotros mismos, de educar bien a nuestros hijos, independientemente de su sexo, de ser nosotros mismos agentes de cambio, ser nosotros el cambio, práctica diaria y ejemplo de echarle la mano al prójimo siempre que se pueda y evitar, hasta donde nuestras fuerzas y voluntad alcancen, ser perjudiciales para los demás o para nuestro entorno.

Pero esto no significa que se deba dejar de lado la prevención. Las mujeres, los hombres, los niños, los jóvenes, todos debemos aprender a cuidarnos. Por desgracia el mal existe, el diablo, como decía mi abuela, anda por ahí y toma la forma, muchas veces, de rostros afables, de sonrisas amigables e incluso de amigos y conocidos. La desconfianza no es algo agradable, pero en nuestros tiempos se vuelve necesaria. Mejor equivocarse por desconfiado que por exceso de confianza.

La desconfianza por sí misma ayuda de poco, hay que pensar qué hacer en cada situación. Hace un par de semanas una joven muy cercana y querida por mi familia tuvo una mala experiencia con una de estas aplicaciones para transporte personal. Usó la aplicación y pidió el vehículo. Al subirse, no se percató de que la persona que conducía no era la misma de la foto que aparecía en el perfil. Se dio cuenta únicamente cuando el tipo comenzó a sacarle plática y a subirse de tono, llegó incluso a decirle cuánto le gustaba cuando las muchachas usaban lencería. Sumamente asustada, se cortó. Afortunadamente llegó a su destino solo con el susto. Por supuesto que reportó el caso con la compañía desarrolladora de la App.

Pero después, cuando compartimos el caso en redes para alertar sobre lo que había pasado, las respuestas que recibimos señalaban la responsabilidad de la chica: que por qué se subió, que por qué no se bajó, que por qué aguantó que la fuera acosando. “Ahí culpa de ella, yo ni me hubiera subido”, comentó una de nuestras conocidas. Y así, como siempre, se acusa a la víctima por ser víctima, por haber sido lo suficientemente tonta para convertirse en una… pero eso es tema para otra columna.

Ahora pienso que nos falta difusión de la prevención, educación en prevención. Esta chica no sabía qué hacer, y la verdad es que todos deberíamos saber cómo actuar en una situación de riesgo. Desde cosas básicas como asegurarse de que la persona que conduce y el número de placa coincidan con los del perfil de la aplicación, como siempre estar en contacto con un familiar y conocido a quien se le envíe captura de pantalla con los datos de la persona que nos está prestando el servicio, todo debería ser parte de un procedimiento de rutina a memorizar y practicar.

Nunca subirse si van dos personas en el auto, por ejemplo, o no tener “pena” de cancelar el viaje si se pone incómoda la situación o nos sentimos amenazados. También existen aplicaciones que permiten que se nos dé seguimiento en tiempo real y enviar alerta a nuestros contactos si algo pasa, junto con la localización de nuestro móvil. Una de estas aplicaciones es Companion: Mobile Personal Safety, que permite avisar y activar geolocalización para uno o varios amigos o familiares mientras se va de camino, y posee, de hecho, un botón de alerta para avisar a todos en caso de cualquier emergencia. También algunos sistemas operativos de móviles tienen opciones para activar la alternativa de compartir nuestra ubicación con nuestro grupo familiar.

La prevención es necesaria, siempre, y no significa que toleremos el crimen o que no luchemos porque nuestro futuro sea mejor, a través de la educación y la formación, o a través del cambio personal. Educar en prevención y generar el cambio social no son mutuamente excluyentes, son necesarios, hoy más que nunca. Ambos.

Sanvergones

Todos somos mejor que el que está a la par. Nuestro equipo de fútbol es mejor, nuestro instituto era mejor que el otro, nuestra iglesia es el único camino a la salvación eterna, mi santo es más milagroso que el suyo, doña, y tengo pruebas. Mi pelo se ve mejor, mi forma de pensar es la correcta, mi político —corrupto y todo— es menos ladrón y menos pajero que el tuyo.

Vivimos en una ilusión constante de superioridad, que en sí no sería mala si fuera nada más una vía para ayudarnos a tolerar este rosario de dolores y sufrimiento que nos proporciona la existencia. Porque sí, creer que uno es bueno no es una cosa perjudicial y es incluso sana y necesaria. Autoestima, le dicen. El problema es cuando esta ilusión de superioridad requiere despreciar, condenar o atropellar al otro.

Lo peor es que muchas veces esta pantalla de perfección y esta crítica constante al prójimo esconden a gente débil, con personalidades inseguras, dadas a la furia y al enojo rápido. Por eso ha habido tanto conflicto originado por causas mínimas que termina a golpes o, peor aún, a tiros.

Los temas controvertidos, como la educación sexual, la enorme cantidad de niños y niñas violados y la alta tasa de embarazos en adolescentes, son campos propicios en los que sale a relucir la policía de la moral, con argumentos que rayan en el absurdo. Hace unos días, se publicó en este periódico el testimonio de una adolescente de 16 años embarazada de su novio mayor de edad.

El tema acá era cómo los casos de estupro (sexo con un adolescente, aún con supuesto consentimiento de este) se dan en medio de una extraña normalidad. Saltaron inmediatamente los comentarios de hombres inmaculados que afirman que la culpa es de las niñas que desde pequeñas andaban de busconas y coquetas.

En lo personal, lo que más me duele es leer a mujeres prestas a condenar, a acusar y señalar a la menor de edad, y no al adulto, como las culpables. Los comentarios van desde quienes dicen que las niñas se embarazan por tontas (¿¡!?), hasta quienes disfrutan poniéndose como ejemplos a sí mismas: “Yo por eso estudié y me gradué en lugar de andar de caliente”, “yo me embaracé joven, pero le hice ovarios y he sacado adelante a mis niños”, y una larga lista de etcéteras.

Sanvergones y sanvergonas por doquier, carecemos de la más mínima empatía, nos cuesta demasiado pensar que la realidad del otro es distinta, sobre todo la realidad de miles de niños y niñas en nuestro país que carecen de las condiciones básicas de vida digna en sus hogares, que crecen entre hambre, pobreza, marginalidad y promiscuidad, que muchas veces no viven con sus padres sino con otros familiares, que sufren abusos de parte de esos adultos que se supone deberían de cuidarlos y a quienes nunca se les ha hablado de que su cuerpo es suyo, que merecen respeto y protección y que carecen de conocimiento sobre cómo prevenir embarazos o enfermedades venéreas —de nuevo entramos al terreno de lo absurdo, como si una víctima de violación tuviera posibilidad de prevenir en estos casos—.

Pero, sobre todo, juzgamos desde el privilegio. “La educación sexual deben darla los padres en el hogar”, me dijeron al menos 10 personas la semana pasada cuando pregunté en una red social por qué se le teme tanto a la educación sexual. ¿Acaso es tan poco conocido el dato de que en este país solo un tercio de los hogares cuenta con madre, padre e hijos (dato de UNICEF, 2012) y que las familias en las que solo hay uno de los padres o el jefe es otro tipo de familiar crecen año con año?

Esa es la realidad en este país. Tener un hogar con las condiciones básicas de vida digna es un lujo. Tener padre y madre en casa es una excepción y no la regla. La cantidad de hogares donde los padres son adolescentes también ha aumentado en los últimos años, y la pobreza es un mal que se rehúsa a dejar de afectar a un tercio de la población, según la última Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples.

Juzgar desde el privilegio es fácil. Salirse de esta burbuja y ver que la realidad del resto de la gente es distinta, más difícil, cruda y complicada, eso es algo que todos deberíamos tratar de hacer. El país no necesita más sanvergones, ya son epidemia.

La verdad incómoda

No. Ningún sistema de pensión, público, privado o mixto, le garantizará retirarse con un 70 % de su último salario. Nomás no se puede, no es realista y quien se lo ofrezca o le está mintiendo o se está metiendo a asumir una deuda que luego no encontrará cómo honrar.

Tampoco es posible ahorrar poco, retirarse pronto y esperar una buena pensión. Si queremos tener un ingreso digno, debemos sacrificarnos ahora, guardar más y estar listos para trabajar la mayor cantidad de tiempo posible. Suena mal, injusto, incómodo, pero es así.

Nelson Fuentes, uno de los analistas más talentosos del Ministerio de Hacienda, recordaba hace poco que hay un consenso internacional sobre la relación entre ahorro para pensión y el monto que se recibirá, y es de tres a uno. Por cada 1 % de mi ingreso que guardo para mi vejez estoy asegurando que en el retiro recibiré un 3 % de mi último salario. En El Salvador estamos ahorrando 10 % de nuestro salario, con lo que la perspectiva de la tasa de reemplazo –la relación de la pensión sobre el último salario recibido– ronda el 30 %.

¡Qué bajo! ¡Qué barbaridad! ¡Qué robo! ¿Quién vive con esto? Miles de salvadoreñas están empezando a hacerlo. El 18 de abril de este año comenzaron a jubilarse las primeras mujeres que no están amparadas por el tristemente famoso decreto 100. Este decreto aseguraba a los optados, quienes estaban cotizando en el ISSS y el INPEP y decidieron pasarse a una AFP, que recibirían tasas de reemplazo de entre el 60 % y el 70 %, similares a las que habrían tenido en el anterior sistema de reparto.

¿Cómo es esto posible? Pues estas personas reciben parte de su pensión con sus propios ahorros, y el resto lo complementa el Estado, y sí, es parte de la tristemente famosa deuda previsional que hace que nuestro déficit fiscal sea el doble de lo que sería sin la deuda de pensiones, y que ahora es el centro de la discusión oficial para una reforma del sistema previsional.

Pero volvamos a lo que está recibiendo la gente. El decreto 100 solo beneficia a los nacidos antes del 17 de abril de 1962. Los hombres se jubilan a los 60 años, las mujeres, a los 55, de modo que este año se empezaron a jubilar las primeras mujeres que no están cubiertas por el decreto 100. Ellas, con pocos ahorros por diferentes factores, como menores salarios, menor tiempo trabajado, ausencias por maternidad, etcétera, aunado a bajas rentabilidades porque la mayoría de este dinero se le prestó a bajo interés al Estado, están recibiendo tasas de reemplazo de entre el 27 % y el 30 %.

Con las AFP, la pensión se calcula dividiendo el ahorro que se tiene entre el número de años que se espera que la persona viva, según unas tablas de expectativa de vida. Mujeres con salarios de $900 reciben la noticia de que solo les alcanza para una pensión de $220 mensuales. Sorprendidas e indignadas, muchas se están negando a firmar sus procesos de retiro.

Además, una vez se les termine su ahorro, recibirán una pensión mínima pagada por el Estado, sí, de nuevo, parte de la deuda previsional que ahora preocupa a todo el país.

¿Qué se puede hacer? La respuesta es difícil, complicada, tanto así que llevamos tres años con el tema de la reforma previsional en la agenda pública sin que nuestros gobernantes hayan podido acordar cuál es la mejor solución. ¿Qué nos toca como trabajadores? Hacernos a la idea de que debemos ahorrar lo más que podamos, que de ser posible busquemos trabajar más allá de la edad legal de retiro.

En las condiciones de nuestra economía y con tanta informalidad y salarios bajos, es un reto difícil. La reforma, la que debe llegar, debe ser pronta y tomar en cuenta todos estos elementos.

Miedo a la imagen en el espejo

¿Por qué nos da miedo vernos a nosotros mismos, tal cual somos? ¿Es miedo a ver los defectos, a no ser como nos hemos imaginado o a ser distintos a como hemos convencido a todos los demás que somos? Y sin embargo, es en las crisis, en esos baches de desesperanza, cuando más obligados estamos a enfrentar nuestra imagen franca, para saber qué nos llevó ahí donde estamos, para poder saber qué hay que corregir para salir.

El miedo a la propia imagen nos hace amigos de los filtros, del maquillaje. Quitamos lo que no nos gusta y enfatizamos lo que sí. Todos tenemos un ángulo favorito con el que sabemos que saldremos mejor en la foto, y tomamos esa pose cuando vemos que el lente nos apunta. Así somos. Así son nuestras empresas, nuestras instituciones, nuestros gobiernos.

A estos últimos me quiero referir hoy, porque ese afán de convencernos de que todo está bien es tan útil como la melodía que entonaron los músicos del Titanic cuando vieron que el hundimiento era inminente. Ha sido una constante de las últimas administraciones, al menos de las que tengo memoria desde que ejerzo el periodismo.

No es una costumbre nueva. Verán, la administración de Antonio Saca maquilló los indicadores económicos de una manera tal que el entonces representante del Fondo Monetario Internacional (FMI) para El Salvador tuvo que dejar su puesto a consecuencia de haber creído en lo que le decían, por no haber detectado que las cifras no eran reales.

De hecho, 10 años después de que esa triste anécdota tuvo lugar, seguimos funcionando con datos del Producto Interno Bruto (PIB) que están diseñados con base en 1990. El Banco Central de Reserva (BCR) tiene en proyecto la actualización de estos indicadores, pero esto significaría reconocer que el producto nacional es mucho menor a lo que nos han dicho. Seguimos esperando a que se publique esta actualización.

Hace algunas semanas hubo una batalla mediática entre el sector privado y el Gobierno por los datos de empleo en el país. Los privados decían que de noviembre del año pasado a marzo de este se habían perdido más de 24,000 empleos. Lo vinculaban con el aumento al salario mínimo que entró en vigor en enero. El Gobierno los desmentía y aducía estacionalidad. Datos actualizados del Instituto Salvadoreño el Seguro Social (ISSS) finalmente aclararon que la situación no es tan mala como la pintaban los empresarios ni tan buena como señalaba el Gobierno. Los empleos perdidos en el período son “solo” 13,000.

Recién terminó junio, mes en el que cumplió tres años la administración de Salvador Sánchez Cerén. Con el aniversario vino la seguidilla de presentaciones de balances de las diferentes entidades del Gobierno. Todo bien, todo bonito, muchos avances. Pero los ciudadanos comunes y corrientes escuchábamos estupefactos, preguntándonos por qué no nos alcanza esa bonanza, por qué no se ve ese país mejor que tanto nos promueven.

Varias veces los funcionarios de Casa Presidencial, sobre todo los que trabajan en Comunicaciones o Transparencia, han asegurado que el problema acá es de percepciones. ¿Más inseguridad? No, percepción. ¿Mala situación económica? Tampoco, percepción. ¿Pérdida de confianza en las instituciones? Culpa de la oposición y de los medios.
Mientras para nuestros funcionarios el parecer sea más importante que el ser, estamos perdidos.

Urge que nuestros gobiernos, este, los que vienen, tengan el valor de agarrar el espejo y ver cómo estamos. Solo así lograrán enfocar los esfuerzos donde verdaderamente se necesitan: en políticas que ataquen nuestros problemas, no en estrategias comunicacionales que ayuden a taparlos.

Así como un mal diagnóstico médico es peligrosísimo e incluso puede ser letal, la negación de los problemas de un país es receta certera para el estancamiento. Necesitamos una transformación real, un cambio que nos enrumbe al desarrollo. Todo lo demás es placebo, meros paliativos, maquillaje.

Sostenibilidad, cuestión de vida o muerte

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió que Estados Unidos salga del Acuerdo de París. Firmado en 2015, este es el primer acuerdo internacional importante para tomar acción contra el cambio climático.
La decisión pone de nuevo en la lupa mundial el tema del calentamiento global. Nicaragua y Siria eran los únicos dos países no firmantes, y la salida de Estados Unidos, si bien al parecer es inminente, no será inmediata.

Ya que Estados Unidos firmó y ratificó el acuerdo, podrá solicitar su salida tres años después de su entrada en vigor, es decir, hasta el 4 de noviembre de 2019. Una vez hecha la petición formal, tiene que pasar otro año para que la salida sea efectiva, esto es hasta el 4 de noviembre de 2020, el día siguiente a las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos.

¿Cuáles serán los verdaderos efectos de esta decisión? Estados Unidos se había comprometido a ejecutar planes de acción contra el calentamiento global. Además, ya que los países ricos son los principales emisores de carbono y las naciones pobres las más vulnerables ante sus efectos, los primeros debían apoyar a los segundos en la mitigación de dichos efectos.

La falta de regulaciones para obligar a las grandes industrias a reducir el impacto de sus actividades en el medio ambiente es ciertamente un retroceso. Que quien abandona el barco de este gran acuerdo de acciones globales sea una economía del calibre de Estados Unidos empeora aún más el panorama.

Mientras tanto, las empresas son las principales llamadas a tomar acción, a cambiar sus políticas y sus prácticas, ya sea por presión gubernamental o acatamiento de las leyes. Volcarse a la sostenibilidad no es más una opción, o una moda, o un recurso para proyectarse como altruista o para blanquear reputaciones, es una cuestión de competitividad.

Es posible que las grandes industrias no traten de cambiar la manera de hacer las cosas por conciencia medioambiental, sobre todo si esto implica aumento de costos o reducción de ganancias, pero es tiempo de que vean que si no lo hacen, no habrá más negocio.

Los países de la región estamos llegando tarde a la carrera, las empresas locales cada vez más se dan cuenta de que deben ser sostenibles para cumplir las exigencias de sus clientes en otros mercados, especialmente los europeos. El mercado interno aún no lo exige, pero es lo ideal, el punto al que se debe llegar.

Ser sostenible no es solo rentable, es necesario, es una cuestión de vida o muerte. La gestión irresponsable de los recursos está exacerbando los problemas de hambre, de sequías, de inundaciones. Y sí, es también algo que nos atañe a todos, un esfuerzo conjunto por frenar el daño para el que los gobiernos eran los llamados a tomar la batuta. Ojalá no veamos más retrocesos.

Piñatas políticas

“País amanecerá en condición de impago por culpa de ARENA”. Esta es la primera línea de un comunicado de prensa emitido por la Casa Presidencial de El Salvador este jueves 6 de abril. Un Gobierno anunciando que amanecerá en impago. No es ficción ni una sátira, son las palabras textuales que envió el equipo de prensa de la Presidencia.

Lo habitual es que los países agoten hasta el último recurso posible antes de decir públicamente que no están en capacidad de honrar sus deudas. ¿La razón? Gritar al mundo que uno ya no puede pagar es como darse un tiro en un pie. El capital es cobarde, no hay nada tan asustadizo como el dinero, si usted se declara mala paga habrá pocos que quieran prestarle, y quienes lo hagan le recetarán tasas de interés astronómicas.

Pero eso fue lo que hizo nuestro Gobierno. ¿Qué lo llevó a ello? La negativa de los diputados de ARENA de aprobar una emisión de bonos de $282 millones que había solicitado Hacienda, y que usaría para pagar la deuda que tiene el Estado con los fondos de pensiones, y para garantizar los pagos a los militares retirados.

Efectivamente, en la sesión plenaria del jueves no hubo manera de aprobar estos bonos, ni cambios en el presupuesto de la nación que permitieran que el Gobierno contara con los $70 millones que, según Hacienda, le urgían para el cortísimo plazo.

¿Por qué no se tenía este dinero? ¿No se sabía que se necesitaría? En realidad, sí. Hacienda sabe cuánto le tocará pagar cada año a los fondos de pensión, porque esta deuda es el resultado de una venta de títulos, los llamados Certificados de Inversión Previsional (CIP), con los que se financia el Fideicomiso de Obligaciones Previsionales (FOP). Las Administradoras de Fondos de Pensión (AFP) compran los CIP con el dinero de los trabajadores que están ahorrando para su futuro retiro, y con este dinero se pagan las pensiones de los jubilados del antiguo sistema, quienes cotizaron con el ISSS y el INPEP.

Todo este embrollo financiero fue una solución que encontró el gobierno de Antonio Saca en 2006, luego de que el ISSS y el INPEP se quedaran sin reservas para pagar a sus jubilados. Y así se ha hecho desde entones, y Hacienda sabía que este año tendría que pagarles $230 millones a los fondos de ahorro de los trabajadores. Pero no lo hizo.

Incluir todas las necesidades de dinero que se tendrían en 2017 habría implicado presentar un presupuesto por más de $5,000 millones, con la respectiva necesidad de financiamiento, ya que la cifra supera por mucho los ingresos tributarios que se esperan para este año. Para aprobar un presupuesto y la deuda para completarlo, se necesita mayoría calificada, los votos de 56 de los 84 diputados. Significaba que el Gobierno debía lograr los votos de ARENA.
En cambio, prefirieron dejar sin llenar partidas como el pago de la deuda con los fondos de pensión, al Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada (IPSFA) y otros gastos como el subsidio a la energía eléctrica. El que no se hayan presupuestado no hizo que estos gastos desaparecieran y, efectivamente, ahora el Gobierno requiere esos fondos.

Este jueves, en lugar de un diálogo franco para encontrar una solución, vimos a los dos partidos mayoritarios, al Gobierno del FMLN y a la oposición de ARENA, en un cruce estéril de acusaciones que nos llevó a esta declaratoria de impago con la que se amaneció el viernes.

Ser percibidos como un país insolvente hará que baje nuestra calificación crediticia y que se vuelva más caro conseguir financiamiento. Para los bancos también se encarecerá el dinero, y estos, a su vez, aplicarán tasas más altas al financiamiento local. Todo porque nuestros gobernantes y legisladores prefieren dejar que la carreta se descarrile para, ante el espectáculo de la destrucción, señalarse mutuamente, acusarse, con el único interés de conseguir votos y simpatías entre la población.

Ojalá nos demos cuenta de que aquí todos tienen cuota de culpa y, como ciudadanos y electores, no caigamos en este juego ridículo. Ojalá comencemos a exigir responsabilidad, honestidad y eficiencia a nuestros gobernantes. Ya basta.