Votos de castigo

En América Latina, los vaivenes de derechas e izquierdas en el poder parecen venir por olas. Hace dos décadas fueron las izquierdas quienes ganaron terreno, para alegría de muchos que, con las cicatrices aún frescas de las dictaduras en la región, lo veían impensable.

Y de estas izquierdas nacieron líderes entrañables, como Pepe Mujica, y otros que decepcionaron, como Dilma Rousseff, quien además cargó con el costo de un esquema de corrupción que se arrastró por el continente y contaminó cantidad de gobiernos, incluido, según aún se investiga, El Salvador.

El desencanto fue entonces el vapor que hizo avanzar la maquinaria de nuevos movimientos, más hacia las derechas, con agendas tan extremas como la de Jair Messias Bolsonaro, el primer militar que asume las riendas de Brasil desde el fin de la dictadura en dicho país.

El hecho de que tenga posturas abiertamente machistas, de que trate con desprecio a sus oponentes políticos y haya llegado a instaurar un régimen de mano dura, además de estar promoviendo la facilitación en la fabricación y compra de armas, y aún con todo esto, sea celebrado por miles de brasileños, es un signo que no se puede tomar a la ligera.

En los tiempos recientes son pocos los gobernantes que llegan al poder por méritos propios, porque se demuestren capaces, probos y preparados, o porque tengan plataformas y propuestas de calidad. Ahora es cada vez más común que las elecciones las ganen dos cosas: la mera popularidad, y el voto de castigo.

En el primer punto no hay mucho que explicar. Políticos jóvenes, carismáticos y bien parecidos no tienen muchos problemas para hacerse de la simpatía de los votantes. En El Salvador tenemos diputados especialistas en explotar su imagen y que ya llevan más de un periodo sin más mérito que verse bien en las fotos, videos o anuncios que comparten en los diferentes medios y redes sociales. Esto puede parecer inofensivo, y lo sería, salvo que estos puestos los deberían estar ocupando personas capaces con agendas claras, profesionales con una visión de país que aporten a la formulación de las políticas públicas y nuestras leyes más allá de lo que le pidan los financistas de sus campañas.

Un efecto secundario y triste del voto por rostro: que nuestra Asamblea se llene de caras bonitas con poco valor agregado.

Pero el segundo aspecto, el voto de castigo, es definitivamente un juego de ruleta rusa. El desencanto con quien ostenta el poder nos lleva a firmarle un cheque en blanco no a la que nos parece la mejor opción, sino a quien vemos que tiene más posibilidad de ganarle a quien queremos sacar del cargo.

Las experiencias recientes en América Latina demuestran que cuando nuestros pueblos deciden dar un voto de castigo, no les importa que esto implique darse un balazo en un pie o un escopetazo en la cara.

El riesgo está en que puede ser que quien gane sea realmente al final un buen funcionario, o todo lo contrario. Es una apuesta en la que quien tiene todo que perder, quien recibe el verdadero castigo en caso de equivocarse, es el pueblo.

A días de la elección presidencial, muchos aún no deciden a quién darán su voto. Otros ni siquiera se han convencido si vale la pena ir a votar. No voy a decirle qué hacer, usted está en su derecho de participar o no en los comicios, pero es importante que sepa que lo que decida el resto, si usted opta por no votar, sí le afectará durante los próximos años. En mi caso, prefiero pensar que sí traté de tener alguna incidencia en lo que, entre todos, decidiremos este 3 de febrero. Yo sí iré a votar.

Sin odios ni rencores

Dos políticos de partidos distintos comparten mesa en un hotel capitalino. Ríen, bromean, brindan. Otro grupo está reunido en la casa de algún aliado/patrocinador, y el escenario es parecido: una plática amena y fluida. Muchos se conocen desde hace años. Otros son nuevos en el medio, y se dedican a observar y aprender.

Mientras estas escenas se repiten con muchísima frecuencia. Es parte del arte de la política. Los grandes acuerdos rara vez se gestan en las mesas montadas para el diálogo, o en las comisiones de la Asamblea Legislativa. Las decisiones clave se toman en estos espacios, a puerta cerrada, lejos de las cámaras y los micrófonos.

Para el público se monta otro tipo de espectáculo. Los políticos suelen asumir el papel de rivales y espetar discursos confrontativos en los que suelen atacar las posiciones de sus contrarios y ensalzar el trabajo de los de su mismo color. Frente a los espectadores, nosotros, sus votantes, ellos se intercambian señalamientos y culpas y defienden sus acciones bajo las banderas siempre efectivas de sus líneas ideológicas.

El ciudadano desprevenido puede caer fácilmente en la dinámica de este circo y emular, desde su propio ámbito, esta batalla contra el rival político, contra el simpatizante del otro partido. Aunque es algo que no es nuevo, es recién ahora que los espacios virtuales, las redes sociales y el acceso a la tecnología permiten que esta lucha se haga más visible.

Los muros de Facebook y las cronologías de Twitter se convierten en verdaderos campos de guerra en los que amigos y familiares se enfrentan. Si bien es cierto que el ambiente se exacerba por la influencia de cuentas falsas, troles e información manipulada o tendenciosa, la gente real, esa de carne y hueso con un trabajo y una familia, también suele caer en esta ola de pasionismo electoral.

¿Realmente vale la pena perder amistades, enemistarse con un familiar, o poner en riesgo otro tipo de relaciones por defender al político de mi preferencia? Yo le diría que no, no lo vale. La maquinaria electorera, esa que busca a toda costa la cosecha de votos que manda en este juego de sillas de la alternancia en los gobiernos, se nutre de odios y rencores. Nuestra clase política sabe que es muy poco lo que logra apelando a nuestro intelecto, entonces hace de la seducción a sus simpatizantes algo emocional. Apelan a creencias profundas, a increpar a los valores de la gente, a su religión. Apuntan el dedo hacia el contrincante y le recitan sus defectos para que usted decida votar por ellos, la mejor opción.

El odio por el otro, por el que no piensa como yo, por el que no vota como yo es un efecto directo de este tipo de diseño de campaña electoral. Ellos, el partido contrincante, y todos sus simpatizantes son el enemigo a vencer. En esa polarización, en ese juego de todo o nada, ignoramos u olvidamos que estos mismos colores que ahora defendemos con pasión se mezclarán más adelante en lujosos restaurantes para decidir nuestro futuro, el de todos, sin importar por quién se haya votado, o si ni siquiera se asistió a los comicios.

No vengo a decirle que no se sienta orgulloso de sus colores partidarios, ni mucho menos a sugerir que no es válido ser simpatizante, correligionario o miembro de un partido político. Para nada. Este sistema de partidos, con todo y sus defectos, es parte de nuestra dinámica democrática que tanto nos ha costado conquistar.

Mi invitación, más bien, ahora que nos acercamos a la recta final de esta campaña presidencial, es a que cambie su enfoque, que su elección sea más racional, que se fije en lo que nos prometen y lo recuerde para luego exigirlo. Pero sobre todo, a que dejemos a un lado el odio y el rencor contra quienes piensan y votan diferente a nosotros. No pierda amistades ni aleje a sus familiares para defender a un político. No vale la pena, y él ni siquiera lo necesita.

Carta a Santa

Querido Santa:

Años de no escribirte. No es que haya perdido la fe o que ya no crea en la magia, pero pensé que estarías ocupado y, hasta hoy, he podido arreglármelas con mis deseos de Navidad.

Esta vez me he puesto ambiciosa, y sí creo que necesitaré que me eches la mano para completar mi lista.

  1. Un sistema de procesamiento de votos eficiente. Que el próximo 3 de febrero sepamos rápido y sin dudas quién será nuestro próximo presidente. Que no haya espacio para sospechar de fraude, que ganadores y perdedores se porten a la altura y, sobre todo, que estén conscientes del país que reciben, uno del que no podrán servirse, sino porque el que tendrán que trabajar duro, muy duro, para poder sacar a flote.
  2. Un gabinete decente. Hasta ahora no tenemos idea de quiénes son los cuadros que se perfilan como nuestros futuros ministros. Esto te lo encargo mucho porque, como sabrás, el país no anda bien casi en ningún área, y nos urge gente que sepa administrar bien los pocos recursos que tenemos y que llegue, finalmente, a servir, y no a servirse, como ha sido costumbre.
  3. Un ministro de Hacienda con don de convencimiento. Los que hemos tenido hasta hoy saben el tipo de problemas que hay en el erario público pero no han logrado que sus jefes, los presidentes, los comprendan. Requerimos a alguien que logre apoyo del Ejecutivo, del Legislativo y de la Corte Suprema para tomar decisiones difíciles pero necesarias para poner en orden las finanzas del Estado.
  4. Cuerpos de seguridad que respeten los derechos humanos. Sueño con un país en el que no se te persiga por ser joven y pobre, en el que no haya abusos ni se excedan en el uso de la fuerza, y que nuestros policías y soldados nos hagan sentir seguros y orgullosos.
  5. Jueces probos. Ya sé que esta te la puse difícil, pero vamos, es Navidad, y se puede creer en milagros. Por favor, haz que la nueva Corte Suprema de Justicia se tome en serio el tema de la depuración judicial, y que el castigo para los malos jueces sea, cuando menos, la remoción, ya no digamos un debido proceso si han incurrido en delitos. Que eso de que nada más los cambien de juzgado quede en el pasado. Y a los jueces, hazlos conscientes de su gran responsabilidad, y que lleguen a trabajar, aunque no tengan que marcar asistencia.
  6. Tolerancia. Muchos de los problemas de nuestro país nacen del hecho de que somos mecha corta, nos peleamos por todo y nos encanta discutir por cualquier cosa, desde el equipo de fútbol al que apoyamos hasta religión. Mándanos mucha tolerancia, sobre todo para no abusar de nuestro poder y nuestro privilegio para reprimir a quienes son diferentes a nosotros o a los menos favorecidos. Quítanos el deseo de andar armados o de tomarnos la justicia por nuestra cuenta.
  7. Solidaridad. No creas, no todo es malo por estos lares. Hay mucha gente que trabaja, sin recibir nada, por ayudar a otros, por alimentar a las madres de los niños que deben permanecer en los hospitales, por llevar un poco de compañía o consuelo a los ancianos que no tienen hogar o familia, por alimentar y dar refugio a los perros y gatos de la calle, por reunir dinero para pagar operaciones urgentes que nuestro sistema público de salud no alcanza a cubrir. Pero aún es poco, porque no todos ayudamos. Danos solidaridad para que se multipliquen las manos y los recursos dedicados a hacer el bien.

Hasta acá me quedo, Santa. Te tendré chocolate caliente y salpores de arroz debajo de mi arbolito de chirivisco.

Ella es Imelda

“Imelda tiene 20 años, pero parece de 15. Es una niña a la que el Esta do le ha fallado una y otra vez.

No logro sacar de mi mente la imagen de aquella señora bajita, morena, muy humilde, que venía acompañada de un amigo activista que se movilizó para lograr que entrara a los juzgados de Usulután, donde se lleva el caso de Imelda.

Llegó al final, fue la última en entrar. Antes de ella desfilaron diversas personalidades del mundo de los derechos humanos. La última en entrar fue ella y fue a la única a la que registraron, no llevaba nada en las manos, pero la detuvieron los dos guardias que antes nos habían tratado a todos con mucha amabilidad.
Cuando esa señora de reducida estatura vio a Imelda en la sala de audiencia, la saludó con una sonrisa de oreja a oreja y un infinito cariño en la mirada. ‘¡Hijita! ¿Cómo estás? ¡Aquí estoy!’, le dijo, con la ternura que caracteriza a las abuelitas.

La abuelita de Imelda se emocionó al ver a su nieta, quien le respondió, con las manos aún esposadas, con una sonrisa tímida y los ojos clavados en el suelo mientras temblaba de miedo en medio de los que queríamos defenderla.

La abuela contemplaba a esa nieta que le arrebataron a los 12 años, cuando aún vivía feliz y protegida bajo sus cuidados. La madre de Imelda se la llevó a vivir con ella y su nueva pareja, sin imaginar que ese hombre enfermo de más de 60 años violaría una y otra vez a su pequeña hija durante siete años.

Imelda, una hora después, derrotada y defraudada, abrazaba a su abuela al escuchar que la audiencia se suspendía porque la fiscal del caso avisó a las 8 de la mañana que no llegaría porque tenía faringoamigdalitis, sí, ¡faringoamigdalitis! Increíble que un juzgado admita la suspensión de una audiencia por una gripe, una gripe que le significa a Imelda un mes más en la cárcel, un mes más de maltratos porque el sistema de justicia salvadoreño le está haciendo pagar desde que estaba en el hospital la pena por ser mujer, por ser joven y pobre, por tener un parto extrahospitalario y por haberse desangrado posterior al parto y no haber rescatado a la bebé que acababa de parir, cuando ella misma había solicitado a gritos ayuda a sus familiares, que la encontraron casi desmayada en aquella letrina testigo de su desgracia.

Me dueles, Imelda. Me duelen las más de 3,000 niñas y adolescentes que son violadas al año en nuestro país, que viven su calvario en el silencio, con miedo porque saben que la sociedad, que las instituciones y hasta la iglesia les dan la espalda y no les creen”.

El anterior es el extracto de un post de la doctora Victoria Ramírez, ginecóloga y obstetra, y colaboradora técnica de la defensa de Imelda Cortez. Imelda enfrenta una pena de 20 años por el supuesto intento de homicidio de su hija recién nacida. Su bebé sigue viva y ella está en prisión.

Esta es parte de su historia, una de esas historias que debemos escuchar para quitarnos de la mente la imagen de que en todos los casos de emergencias obstétricas como esta se trata de mujeres de sangre fría y desalmadas que deciden asesinar a sus bebés. Son las historias que se silencian en los medios y en los procesos judiciales para dar gusto a una sociedad donde se desprotege a las niñas y mujeres y se les criminaliza en casos como este.

Son las historias que no queremos escuchar, porque en nuestra mente estas mujeres son asesinas y punto. Son las historias ignoradas que están costando la vida y la libertad a cientos de mujeres en El Salvador

Todopoderosos

Si a El Salvador le cumplieran todo lo que le han prometido en periodos de campaña, seríamos un país próspero, seguro y desarrollado, un ejemplo de prosperidad y modernidad.

Pero, como sabemos, la realidad es lo opuesto: gobiernos van y vienen y seguimos siendo una nación pobre, insegura, dividida y decadente, en la que la corrupción es una bofetada en el rostro de miles y miles de ciudadanos que han probado de primera mano las carencias en los servicios sociales públicos. Colores van, colores vienen, y las necesidades continúan allí, crecientes y grises.

Nosotros, el electorado, decidimos nuestros votos según diferentes factores. Algunos votan por el partido que siempre le ha simpatizado a su familia; otros, según quién es su empleador. La gran mayoría está desencantada y simplemente se rehúsa a acudir a las urnas. Pero las grandes masas de votantes, esas que sí acuden a los comicios, suelen creer que con su marca en la papeleta cambiará algo, que llegará, al menos en alguna pequeña proporción, aquello que su candidato o candidata le ha prometido.

Si vemos las propuestas de campaña de nuestros políticos, nos daremos cuenta que tienen una falla de raíz: prometen cosas que no podrán cumplir. Primero, porque nos ofrecen generalidades –seguridad, prosperidad, más centros deportivos–, pero rara vez nos dicen cómo o con qué dinero lo financiarán. Y segundo, y quizá lo más grave, es que incluyen propuestas que se escapan del que llegaría a ser su ámbito de acción, en caso de ser elegidos.

Así, tenemos candidatos a alcaldes prometiendo cosas que dependen del Ejecutivo (seguridad, educación), aspirantes a diputados ofreciendo acciones que corresponden a las municipalidades (desarrollo local, higiene, lugares de esparcimiento), y prospectos presidenciales que nos muestran un abanico de acciones que requerirían, en el menor de los casos, de la aprobación de leyes en la Asamblea Legislativa.

La figura del presidente suele ser vista como la más importante de entre los tres poderes del Estado. El Ejecutivo es el rostro más visible del poder, incluso el más respetado. Pero sin el concurso de las municipalidades, del Legislativo y del Judicial, el presidente poco puede hacer por mejorar la situación del país. De hecho, cuando el Ejecutivo y el Legislativo están en franco enfrentamiento, lo que se genera es seguidilla de iniciativas fallidas, en las que los diputados niegan sus votos para reformas clave, mientras que el presidente veta las iniciativas avaladas por la Asamblea. Lo hemos vivido demasiadas veces.

Debemos dejar de ver a los candidatos presidenciales como todopoderosos, como figuras superdotadas que podrán marcar un verdadero cambio de rumbo en la atropellada ruta que hasta hoy llevamos como nación. Un presidente por sí mismo no puede asegurar que terminará la criminalidad, ni que sacará a la economía de su estancamiento, o que garantizará que finalmente haya salud y educación gratuitas y accesibles para todos. Con propuestas adecuadas puede, sí, ofrecernos hacer un mejor uso de los recursos, enfocar mejor el gasto público, apostarle a políticas adecuadas e impulsar un modelo económico más justo.

Entonces debemos ser críticos a la hora de escuchar las promesas que se multiplican en estos días. ¿Realmente se podrá hacer esto desde el Ejecutivo? ¿Es la forma adecuada de hacerlo? ¿Cómo se medirán los resultados de estas políticas? ¿Hay recursos para poder echarlo a andar?

Y aún más importante, es hora de que exijamos a nuestro futuro presidente que se deje a un lado la lesiva costumbre de iniciar los gobiernos de cero. Es hora de comenzar a reconocer que el camino más atinado es construir sobre lo que ya se tiene levantado, impulsar y seguir las iniciativas y políticas que han dado resultado, corregir lo que haya que corregir, y aprovechar la experiencia de quienes han demostrado que han sabido llevar bien puestos importantes.

Construir a partir de bases ya establecidas, en lugar de llegar a hacer demolición y obra desde cero, así como aprovechar la experiencia de buenos funcionarios, son prácticas que han funcionado a países más desarrollados, y que deberían ser fundamentales para naciones como El Salvador, donde los recursos son tan limitados.

Interesémonos en lo que nos están proponiendo, veamos todo con ojo crítico y hagamos las preguntas adecuadas. Es nuestro futuro lo que está en juego.

Verdadero civismo

Cada septiembre, nuestro país se viste de azul y blanco. “Los colores patrios”, nos enseñan desde que estamos pequeños. Se canta el himno nacional, se recita la oración a la bandera y se hacen presentaciones de danzas folclóricas, en un amasijo curioso que se ha vuelto ya tradición para estas fechas.

Al crecer, vamos perdiendo el entusiasmo por este tipo de celebraciones, y comenzamos a reclamar que es una celebración vana. “¿Independientes de qué?”, dirán muchos, “si siempre dependemos de otras potencias mundiales”. Y sí, yo también me he sentido desencantada, pero creo que es momento de retomar el civismo y darle su verdadero valor.

Este país, querido lector, es su casa. En ningún otro lugar usted gozará de los derechos que tiene aquí —a menos que logre conseguir otra ciudadanía—, ni tendrá el arraigo cultural, emocional, de recuerdos y de vivencias que compartimos los salvadoreños.

Ahora, es posible que no le guste su casa, porque está sucia, manchada con emblemas de pandillas, con rastros de sangre, porque es un lugar violento y donde muchas veces es la ley del más fuerte la que impera. Lo entiendo y lo comparto. En lo que no estoy de acuerdo es con la idea errónea de que todo es culpa del vecino, del poderoso, del mal gobierno.

Es hora de apropiarnos de la casa y de cuidarla. De conocer y reconocer nuestros derechos ciudadanos –claro, no todo es exigir derechos–, y entender que lo aquí pasa nos afecta a todos.

¿Cree que la forma en la que se elabora el presupuesto general del Estado no le afecta? Pues le cuento: allí se junta la planificación de cómo se gastará lo que usted y yo y todos hemos pagado en impuestos, se decide si se recurrirá a más deuda, y se define en qué se usará. Si al año siguiente no hay suficientes insumos en los hospitales o pupitres o maestros en las escuelas, algo ha fallado en el diseño de ese presupuesto.

Por eso es un tema que nos debe interesar, que debemos comprender, y que debemos exigir que se maneje bien. Ya basta de darle el voto al político que nos habla bonito, al guapo o al popular. Al menos optemos por gente que tenga nociones básicas de política fiscal y que nos explique el tipo de modelo económico con el que simpatiza y que quiere impulsar.

¿Le parece que a usted como ciudadano común y corriente le da lo mismo que tengamos o no magistrados en la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia? Piénselo de nuevo. Ante cualquier atropello de parte del Estado, la última instancia para que los ciudadanos nos amparemos es la Corte. También han sido los magistrados, sobre todo los de la sala que recién salió, los que han llevado equilibrio a los otros dos poderes del Estado y que han evitado, por ejemplo, que nuestros ahorros para pensión los usara el gobierno de turno para pagar deuda.

Somos todos, los ciudadanos de esta gran casa, los responsables de reencauzarla, de ordenarla y limpiarla. Y nuestra incidencia individual se vuelve sumamente importante en momentos de decisión colectiva, como las elecciones. Escojamos bien a quiénes ponemos en el poder, hagamos las preguntas correctas, involucrémonos, informémonos. Dejarnos llevar por caras bonitas, o al menos simpáticas, sin buenas propuestas bajo el brazo, ya nos ha costado bastante caro.

Piense, si quiere, en El Salvador como un carro. Acá vamos todos en el mismo. Sí es su problema si algo va mal, porque si este carro se descarrila, nos descarrilamos todos con él. Sea un buen ciudadano, practique un civismo real, un civismo útil. Preocúpese por su país, por su casa, ayude a mejorarlo.

Somos mejores que eso

Se los juro, hay mucho más. Quizá haya que rascar un poquito la mugre de la superficie, limpiar la herrumbre, afinar la vista o pegar la oreja a la puerta, pero está ahí.

Somos más que insultos en el tráfico, altos irrespetados y tragedias atribuidas al alcohol. No somos solo carriles usados en sentido contrario y lutos causados por imprudencia.

Somos más que esas miradas que vuelven a otro lado ante la desgracia ajena, que el robo de la esperanza y el abuso al desamparado. Hay más que la indiferencia ante los ojitos de hambre y las manos extendidas en los semáforos, más que los plomos, los asaltos y las amenazas.

Pobres matando a pobres, explotando pobres, odiándolos por ser pobres y odiándose a sí mismos mientras tratan de aparentar que no lo son. Víctimas diarias de la violencia y de la economía, que se preguntan qué están haciendo mal mientras escuchan el estribillo oficial de que hay crecimiento y que hay desarrollo, y entonces por qué no me llega a mí, carajo.

Cuerpos y mentes famélicos, alimentados por la apatía y la ignorancia, condenados por la marginación, caldo de cultivo fértil para creer en promesas imposibles, mientras unos pocos se soban las manos pensando en todo lo que pueden conseguir a costa de estas masas, que son poco más para ellos que numeritos, que votos.

Somos más que una voz que, tras un teclado y con la protección de una pantalla, grita improperios y repite mentiras para favorecer al poderoso de su preferencia. Somos mejor que una bola de crédulos que toma como palabra sagrada cualquier cosa que se comparta en redes. Créanme, lo somos.

Somos esa alma que se desvela en feriados para cuidar a los enfermos de un hospital, somos esa médica que saca de su bolsa para compensar un poco las carencias de la clínica en la que le ha tocado atestiguar miseria y enfermedad, con pocas herramientas para combatirlas.

Somos ese ejército de docentes que siguen creyendo en su oficio mientras sobreviven con salarios de hambre y ven venir con resignación una pensión que será aún peor.

Miles de corazones que madrugan a diario a sus pedacitos de espacio productivo, a sus rinconcitos generadores de progreso, aunque de eso les toque muy poco, y que no claudican, que siguen, que insisten.

Somos quienes no nos conformamos, no nos resignamos, no nos rendimos, y seguimos creyendo que algo mejor es posible, que tiene que haber algo más, que no, esto no puede ser todo y que quizá si yo me empeño un poco más, puedo ayudar a jalar la carreta y que entre todos la llevemos hacia mejores pastos.

Somos ese estudiante que cuestiona, esa mujer que se levanta y se reconstruye, ese hombre que ayuda sin esperar recompensa, profesionales disconformes con la mediocridad, gente que da la mano cuando alguien la necesita, ciudadanos que no olvidamos, que nos echamos el hombro unos a otros cuando todo va tan mal, y que compartimos la visión de un mejor futuro, y ojalá, un mejor presente.

Somos esos que hemos caído, hemos gritado, hemos maldecido a la vida y al universo y a nuestra mala suerte. Que hemos llorado y dejado de creer, pero persistimos. Somos eso que todos tenemos para dar, esa luz en el fondo, esa palabra amable, ese último esfuerzo. Somos más que toda la fealdad que aflora a simple vista, somos mucho más. No dejemos que lo superficial nos descorazone. Hay belleza, saquémosla a relucir.

Educación sexual y privilegio

La educación sigue siendo, tristemente, un privilegio. La calidad de la educación que se recibe disminuye a medida que lo hace el poder adquisitivo que se tiene. La cobertura y calidad de la educación siguen siendo bajísimas en nuestro país, con las consecuencias de bajo desarrollo y estancamiento económico que conocemos bien.

Pero si la educación en general es un privilegio, la educación sexual lo es aún más. Conocer cómo funciona nuestro cuerpo, tener nociones de sexualidad responsable, saber detectar y prevenir abusos, y conocer los mecanismos de la reproducción humana y los métodos para planificar los embarazos y prevenir enfermedades de transmisión sexual es un lujo de unos pocos.

Muchos estarán pensando: “¡Ah, no!, con tanta información que hay disponible ahora, es un pecado que no sepan”. Claro, quienes piensan así lo hacen desde su propia experiencia y según su entorno. Para tener una visión más clara de las cosas es importante bajarse de la posición de privilegio –porque si usted terminó siquiera el bachillerato, está muy por encima de la mayoría de la población– y entender cómo se vive en los estratos más pobres, que son, además, los más numerosos.

Es bonito soñar con un mundo en el que todos los hogares tienen una madre y un padre que son responsables, que tuvieron a sus hijos por voluntad propia y con suficiente preparación, que ellos mismos tienen buenas bases de educación sexual y que, además, son mentalmente sanos. En este escenario ideal no habría necesidad de mayor intervención externa; es el ambiente propicio para criar y educar hijos sanos en todo sentido. La parte de la educación sexual respondería, entonces, a los valores, las creencias, los principios y la formación que tienen los mismos padres.

Pero esto no es así ni por lejos en nuestro país. En El Salvador, siete de cada 10 familias no son nucleares. La mayoría son monoparentales, frecuentemente solo a cargo de la madre, o el jefe de hogar es un tío, abuelo, hermano mayor u otro familiar. En muy pocos hogares los jefes de familia tienen educación superior. El cuadro que se repite son familias integradas de forma no tradicional, en las que los adultos trabajan muchas horas para sostener a la familia, y los niños pasan solos la mayor parte del tiempo.

“Pero hay información en todos lados, el internet, la televisión”. Exactamente. Los medios y su visión comercial del sexo están disponibles a toda hora. En internet, la pornografía se convierte en la mala maestra de demasiados niños y niñas, que no pueden comprender, por su edad y porque no hay quién se los explique, que no es más que una caricatura de lo que realmente implica la sexualidad.

Sin una guía siquiera básica, muchos niños se vuelven víctimas de abuso sin siquiera saberlo. Veamos los casos de violaciones sexuales a menores, y lo tristemente frecuente que es que los victimarios sean, precisamente, sus familiares y personas cercanas. Cuánto bien haría que alguien, aunque fuera externo, les planteara a estas criaturas que su cuerpo debe respetarse, que nadie debe tocarlos, ni su papá, ni el cura, ni el pastor, que eso es abuso.

Ahora, la situación se agrava, como pasa con casi todo, mientras menos urbana es la zona en la que se vive. Piense en todas esas pobres muchachas de cantones que en su vida han escuchado siquiera el nombre real de las partes de su cuerpo. Piense en todos esos niños que aprenden de sexo porque ven a sus familiares teniendo relaciones en la champa en que conviven con otras 10 personas. Ellos son mayoría, ellos son víctimas, a ellos nos debemos.

Sé que el debate de la educación sexual en las escuelas es un terreno árido aún, pero no hay que sacar el tema de la mesa. Un Estado de bienestar requiere que sus ciudadanos estén debidamente educados, en todo aspecto de la vida. Pongámonos de acuerdo y encendamos esa luz, no dejemos que la ignorancia nos siga dejando este saldo negro de infantes violados, de niñas embarazadas y de adultos que jamás lograron tener una sexualidad sana. Hablemos, eduquemos, que esto no sea un privilegio de unos pocos.

El valor de la vida

¿Cuánto vale la vida? No tiene precio, me dirá usted. Pero en nuestros países, con nuestros niveles espantosos de desigualdad y de deterioro social, sí lo tiene. La vida en nuestro entorno vale tanto como usted esté dispuesto a pagar por ella.

Vale lo que uno pueda pagar por atención de salud de calidad. No debería ser así, en absoluto, porque el Estado debería ser garante de que la salud pública sea gratuita, completa, accesible para todos, hasta para aquellos que no tienen nada. Los recursos destinados a salud deberían ser suficientes para garantizar que el desabastecimiento de medicinas, la falta de camas y la escasez de insumos fueran solo problemas temporales y corregibles, y no la regla.

La vida vale lo que uno esté dispuesto a pagar por “protección”. Una casa en una buena residencial con portón y seguridad privada, guardaespaldas, una camioneta blindada. O quizá apenas una vivienda en una colonia con pluma, en la que los vecinos se organizan para pagar un vigilante. O tener que dar la “renta” a quienes controlan la comunidad donde vives. Pagas por tu tranquilidad, por tu vida.

Sí, acá también debería ser el Estado el garante de que todos pudiéramos sentirnos seguros, sin importar nuestro nivel de ingreso. Lamentablemente no es así.

También la podemos cuantificar en razón de la vulnerabilidad. Mientras menos tienes, te vuelves más vulnerable a la violencia, a las enfermedades, a los desastres naturales. En terremotos, inundaciones o incendios, siempre los pobres se llevan la peor parte. Igual en epidemias y crisis económicas. El dinero se vuelve una armadura necesaria para sobrellevar las malas épocas y enfrentar los riesgos, y es algo de lo que las grandes mayorías carecen.

La vida pierde valor cuando estás en tu humilde puesto de venta a la orilla de la carretera, con tu bebé de solo cuatro meses de edad, y ambos mueren al ser atropellados por una camioneta que se salió de la carretera. Tres involucrados en el mismo accidente y solo la persona que conducía de la camioneta sobrevivió. No, no es invento mío, es algo qué pasó en esta misma semana y un ejemplo más de la vulnerabilidad en la que nos coloca la pobreza.

¿Esto se puede cambiar? Por supuesto. Con equidad, con una mejor distribución del ingreso, con una reducción constante de las brechas de desigualdad, con una mejor y más eficiente gestión de los recursos públicos, y, por supuesto, con pura y llana humanidad.

Los recientes casos de corrupción que involucran a expresidentes salvadoreños nos han dejado estupefactos por las cantidades de recursos que se malversaron: suman más de $700 millones. Esos mismos $700 millones equivalen a varios hospitales nacionales, a tres presas El Chaparral, a tres FOMILENIO II y, sobre todo, son la misma cifra de déficit que vienen arrastrando las finanzas públicas durante los últimos años.

Ese déficit, lo que le falta al Estado para cubrir sus gastos, se cubre con más deuda. Y así, el dinero que se podría haber usado para programas sociales, para salud, educación y seguridad se debe destinar al pago de esta deuda, más intereses.

Muchas vidas podrían haberse protegido, salvado y mejorado con ese dinero. Sí, la vida tiene precio, que no nos la sigan robando.

Procesos truncados

Les creemos. O al menos, una parte importante de la población aún les cree. La prueba está en que les siguen votando. Dejemos a un lado a la masa de personas que están vinculadas directamente a los partidos, a las familias de los candidatos o a quienes creen o esperan que al sudar los colores de su instituto político van a lograr un trabajo en la administración pública. Hay muchísima gente que aún cree en nuestro sistema democrático y va y se expresa con su voto.

Esto parece una obviedad, pero es algo que muchos funcionarios olvidan o deciden ignorar una vez están asegurados en sus sillas. ¿A quién se deben? Al pueblo que los eligió, que paga impuestos de los que salen sus salarios, que les confían un cargo con la esperanza de que hagan las cosas bien o, al menos, no tan mal como las haría el otro.

¿Hay acaso en las noches de las elecciones reuniones de las cúpulas y de los nuevos gobernantes para establecer compromisos? “Bien, esta gente nos ha puesto en el cargo, no les fallemos”. ¿No? Generalmente los vemos celebrando y tirando más promesas al aire. Promesas, promesas.

En mis casi 20 años de ejercer el periodismo he visto cómo los aspirantes a diputados, alcaldes o presidentes llenan plataformas de campaña con cosas irrealizables, demasiado caras, o que no les corresponde hacer. Ofrecen generalidades —mejor salud y educación, mayor empleo, llevar al país a las grandes ligas del comercio y la inversión—, pero no nos dicen cómo lo lograrán. En el peor de los casos, y sobre todo ahora que el voto por diputados es por rostro, explotan su imagen y apariencia personal, y nos bombardean de caras bonitas, videos absurdos o espectáculos de “baños de pueblo” en los que se mezclan con esa base de la pirámide de la que rara vez vuelven a acordarse después de que ganan.

Otra mala costumbre, que al parecer tiene buenos resultados, es desviar la atención de mis propias carencias haciendo énfasis en las de mi contrincante. Ataques personales, notas con información falsa, memes, cuentas anónimas, todo lo que sirva para inventar deslices, poner en la boca del otro candidato palabras que jamás dijo y arrojarle todo el lodo posible, principalmente en las redes sociales. La estrategia es convencer al votante de que el otro no sirve, aunque yo no ofrezca nada.

O bien, sí ofrezco algo: planes llenos de promesas difícilmente materializables, sin medidas específicas, que abarcan ámbitos que no corresponden para el cargo que se están postulando, y sin definir las fuentes de financiamiento. Verdaderas cartas al Niño Dios que hasta ahora no nos han cumplido.

Pero aun así, en medio de todo esto, cada gobierno ha tenido sus apuestas: se acordarán cómo nos ofrecieron las privatizaciones como el non plus ultra de la modernización, cómo luego se nos vendió la maquila como la solución para el problema de empleo, y cómo llevamos ya varios años diciendo que El Salvador puede ser un centro logístico regional.

Más allá de lo acertadas o desacertadas de estas apuestas, lo que vemos cada cinco años, o cada tres, si cambia la configuración legislativa, son procesos truncados. El que llega borra de un soplo lo que el otro había comenzado. Se despide gente de puestos clave y se pone a otros que llegan a aprender de qué va la cosa. Se dejan a medias proyectos que prometían, como la Red Solidaria, que en su momento fue puesta como ejemplo, ahí sí, regional, de cómo el Estado podía usar las transferencias monetarias directas como una herramienta para el desarrollo social: estas eran condicionadas, y se amarraban a que los niños recibieran salud y educación.

¿Cuántos procesos truncados seguiremos viendo? ¿Es irreal esperar que lleguemos a armar verdaderas apuestas de país a las que se dé continuidad sin importar quién esté ocupando la silla? Estamos por entrar en campaña, de nuevo. Si alguien me promete que hará lo posible por lograr grandes acuerdos políticos y armar planes que nos saquen del agujero económico y social en el que estamos, que se respetarán de período en período, pues quizá sí, quizá yo también le confiaría mi voto.