Todopoderosos

Si a El Salvador le cumplieran todo lo que le han prometido en periodos de campaña, seríamos un país próspero, seguro y desarrollado, un ejemplo de prosperidad y modernidad.

Pero, como sabemos, la realidad es lo opuesto: gobiernos van y vienen y seguimos siendo una nación pobre, insegura, dividida y decadente, en la que la corrupción es una bofetada en el rostro de miles y miles de ciudadanos que han probado de primera mano las carencias en los servicios sociales públicos. Colores van, colores vienen, y las necesidades continúan allí, crecientes y grises.

Nosotros, el electorado, decidimos nuestros votos según diferentes factores. Algunos votan por el partido que siempre le ha simpatizado a su familia; otros, según quién es su empleador. La gran mayoría está desencantada y simplemente se rehúsa a acudir a las urnas. Pero las grandes masas de votantes, esas que sí acuden a los comicios, suelen creer que con su marca en la papeleta cambiará algo, que llegará, al menos en alguna pequeña proporción, aquello que su candidato o candidata le ha prometido.

Si vemos las propuestas de campaña de nuestros políticos, nos daremos cuenta que tienen una falla de raíz: prometen cosas que no podrán cumplir. Primero, porque nos ofrecen generalidades –seguridad, prosperidad, más centros deportivos–, pero rara vez nos dicen cómo o con qué dinero lo financiarán. Y segundo, y quizá lo más grave, es que incluyen propuestas que se escapan del que llegaría a ser su ámbito de acción, en caso de ser elegidos.

Así, tenemos candidatos a alcaldes prometiendo cosas que dependen del Ejecutivo (seguridad, educación), aspirantes a diputados ofreciendo acciones que corresponden a las municipalidades (desarrollo local, higiene, lugares de esparcimiento), y prospectos presidenciales que nos muestran un abanico de acciones que requerirían, en el menor de los casos, de la aprobación de leyes en la Asamblea Legislativa.

La figura del presidente suele ser vista como la más importante de entre los tres poderes del Estado. El Ejecutivo es el rostro más visible del poder, incluso el más respetado. Pero sin el concurso de las municipalidades, del Legislativo y del Judicial, el presidente poco puede hacer por mejorar la situación del país. De hecho, cuando el Ejecutivo y el Legislativo están en franco enfrentamiento, lo que se genera es seguidilla de iniciativas fallidas, en las que los diputados niegan sus votos para reformas clave, mientras que el presidente veta las iniciativas avaladas por la Asamblea. Lo hemos vivido demasiadas veces.

Debemos dejar de ver a los candidatos presidenciales como todopoderosos, como figuras superdotadas que podrán marcar un verdadero cambio de rumbo en la atropellada ruta que hasta hoy llevamos como nación. Un presidente por sí mismo no puede asegurar que terminará la criminalidad, ni que sacará a la economía de su estancamiento, o que garantizará que finalmente haya salud y educación gratuitas y accesibles para todos. Con propuestas adecuadas puede, sí, ofrecernos hacer un mejor uso de los recursos, enfocar mejor el gasto público, apostarle a políticas adecuadas e impulsar un modelo económico más justo.

Entonces debemos ser críticos a la hora de escuchar las promesas que se multiplican en estos días. ¿Realmente se podrá hacer esto desde el Ejecutivo? ¿Es la forma adecuada de hacerlo? ¿Cómo se medirán los resultados de estas políticas? ¿Hay recursos para poder echarlo a andar?

Y aún más importante, es hora de que exijamos a nuestro futuro presidente que se deje a un lado la lesiva costumbre de iniciar los gobiernos de cero. Es hora de comenzar a reconocer que el camino más atinado es construir sobre lo que ya se tiene levantado, impulsar y seguir las iniciativas y políticas que han dado resultado, corregir lo que haya que corregir, y aprovechar la experiencia de quienes han demostrado que han sabido llevar bien puestos importantes.

Construir a partir de bases ya establecidas, en lugar de llegar a hacer demolición y obra desde cero, así como aprovechar la experiencia de buenos funcionarios, son prácticas que han funcionado a países más desarrollados, y que deberían ser fundamentales para naciones como El Salvador, donde los recursos son tan limitados.

Interesémonos en lo que nos están proponiendo, veamos todo con ojo crítico y hagamos las preguntas adecuadas. Es nuestro futuro lo que está en juego.

Verdadero civismo

Cada septiembre, nuestro país se viste de azul y blanco. “Los colores patrios”, nos enseñan desde que estamos pequeños. Se canta el himno nacional, se recita la oración a la bandera y se hacen presentaciones de danzas folclóricas, en un amasijo curioso que se ha vuelto ya tradición para estas fechas.

Al crecer, vamos perdiendo el entusiasmo por este tipo de celebraciones, y comenzamos a reclamar que es una celebración vana. “¿Independientes de qué?”, dirán muchos, “si siempre dependemos de otras potencias mundiales”. Y sí, yo también me he sentido desencantada, pero creo que es momento de retomar el civismo y darle su verdadero valor.

Este país, querido lector, es su casa. En ningún otro lugar usted gozará de los derechos que tiene aquí —a menos que logre conseguir otra ciudadanía—, ni tendrá el arraigo cultural, emocional, de recuerdos y de vivencias que compartimos los salvadoreños.

Ahora, es posible que no le guste su casa, porque está sucia, manchada con emblemas de pandillas, con rastros de sangre, porque es un lugar violento y donde muchas veces es la ley del más fuerte la que impera. Lo entiendo y lo comparto. En lo que no estoy de acuerdo es con la idea errónea de que todo es culpa del vecino, del poderoso, del mal gobierno.

Es hora de apropiarnos de la casa y de cuidarla. De conocer y reconocer nuestros derechos ciudadanos –claro, no todo es exigir derechos–, y entender que lo aquí pasa nos afecta a todos.

¿Cree que la forma en la que se elabora el presupuesto general del Estado no le afecta? Pues le cuento: allí se junta la planificación de cómo se gastará lo que usted y yo y todos hemos pagado en impuestos, se decide si se recurrirá a más deuda, y se define en qué se usará. Si al año siguiente no hay suficientes insumos en los hospitales o pupitres o maestros en las escuelas, algo ha fallado en el diseño de ese presupuesto.

Por eso es un tema que nos debe interesar, que debemos comprender, y que debemos exigir que se maneje bien. Ya basta de darle el voto al político que nos habla bonito, al guapo o al popular. Al menos optemos por gente que tenga nociones básicas de política fiscal y que nos explique el tipo de modelo económico con el que simpatiza y que quiere impulsar.

¿Le parece que a usted como ciudadano común y corriente le da lo mismo que tengamos o no magistrados en la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia? Piénselo de nuevo. Ante cualquier atropello de parte del Estado, la última instancia para que los ciudadanos nos amparemos es la Corte. También han sido los magistrados, sobre todo los de la sala que recién salió, los que han llevado equilibrio a los otros dos poderes del Estado y que han evitado, por ejemplo, que nuestros ahorros para pensión los usara el gobierno de turno para pagar deuda.

Somos todos, los ciudadanos de esta gran casa, los responsables de reencauzarla, de ordenarla y limpiarla. Y nuestra incidencia individual se vuelve sumamente importante en momentos de decisión colectiva, como las elecciones. Escojamos bien a quiénes ponemos en el poder, hagamos las preguntas correctas, involucrémonos, informémonos. Dejarnos llevar por caras bonitas, o al menos simpáticas, sin buenas propuestas bajo el brazo, ya nos ha costado bastante caro.

Piense, si quiere, en El Salvador como un carro. Acá vamos todos en el mismo. Sí es su problema si algo va mal, porque si este carro se descarrila, nos descarrilamos todos con él. Sea un buen ciudadano, practique un civismo real, un civismo útil. Preocúpese por su país, por su casa, ayude a mejorarlo.

Somos mejores que eso

Se los juro, hay mucho más. Quizá haya que rascar un poquito la mugre de la superficie, limpiar la herrumbre, afinar la vista o pegar la oreja a la puerta, pero está ahí.

Somos más que insultos en el tráfico, altos irrespetados y tragedias atribuidas al alcohol. No somos solo carriles usados en sentido contrario y lutos causados por imprudencia.

Somos más que esas miradas que vuelven a otro lado ante la desgracia ajena, que el robo de la esperanza y el abuso al desamparado. Hay más que la indiferencia ante los ojitos de hambre y las manos extendidas en los semáforos, más que los plomos, los asaltos y las amenazas.

Pobres matando a pobres, explotando pobres, odiándolos por ser pobres y odiándose a sí mismos mientras tratan de aparentar que no lo son. Víctimas diarias de la violencia y de la economía, que se preguntan qué están haciendo mal mientras escuchan el estribillo oficial de que hay crecimiento y que hay desarrollo, y entonces por qué no me llega a mí, carajo.

Cuerpos y mentes famélicos, alimentados por la apatía y la ignorancia, condenados por la marginación, caldo de cultivo fértil para creer en promesas imposibles, mientras unos pocos se soban las manos pensando en todo lo que pueden conseguir a costa de estas masas, que son poco más para ellos que numeritos, que votos.

Somos más que una voz que, tras un teclado y con la protección de una pantalla, grita improperios y repite mentiras para favorecer al poderoso de su preferencia. Somos mejor que una bola de crédulos que toma como palabra sagrada cualquier cosa que se comparta en redes. Créanme, lo somos.

Somos esa alma que se desvela en feriados para cuidar a los enfermos de un hospital, somos esa médica que saca de su bolsa para compensar un poco las carencias de la clínica en la que le ha tocado atestiguar miseria y enfermedad, con pocas herramientas para combatirlas.

Somos ese ejército de docentes que siguen creyendo en su oficio mientras sobreviven con salarios de hambre y ven venir con resignación una pensión que será aún peor.

Miles de corazones que madrugan a diario a sus pedacitos de espacio productivo, a sus rinconcitos generadores de progreso, aunque de eso les toque muy poco, y que no claudican, que siguen, que insisten.

Somos quienes no nos conformamos, no nos resignamos, no nos rendimos, y seguimos creyendo que algo mejor es posible, que tiene que haber algo más, que no, esto no puede ser todo y que quizá si yo me empeño un poco más, puedo ayudar a jalar la carreta y que entre todos la llevemos hacia mejores pastos.

Somos ese estudiante que cuestiona, esa mujer que se levanta y se reconstruye, ese hombre que ayuda sin esperar recompensa, profesionales disconformes con la mediocridad, gente que da la mano cuando alguien la necesita, ciudadanos que no olvidamos, que nos echamos el hombro unos a otros cuando todo va tan mal, y que compartimos la visión de un mejor futuro, y ojalá, un mejor presente.

Somos esos que hemos caído, hemos gritado, hemos maldecido a la vida y al universo y a nuestra mala suerte. Que hemos llorado y dejado de creer, pero persistimos. Somos eso que todos tenemos para dar, esa luz en el fondo, esa palabra amable, ese último esfuerzo. Somos más que toda la fealdad que aflora a simple vista, somos mucho más. No dejemos que lo superficial nos descorazone. Hay belleza, saquémosla a relucir.

Educación sexual y privilegio

La educación sigue siendo, tristemente, un privilegio. La calidad de la educación que se recibe disminuye a medida que lo hace el poder adquisitivo que se tiene. La cobertura y calidad de la educación siguen siendo bajísimas en nuestro país, con las consecuencias de bajo desarrollo y estancamiento económico que conocemos bien.

Pero si la educación en general es un privilegio, la educación sexual lo es aún más. Conocer cómo funciona nuestro cuerpo, tener nociones de sexualidad responsable, saber detectar y prevenir abusos, y conocer los mecanismos de la reproducción humana y los métodos para planificar los embarazos y prevenir enfermedades de transmisión sexual es un lujo de unos pocos.

Muchos estarán pensando: “¡Ah, no!, con tanta información que hay disponible ahora, es un pecado que no sepan”. Claro, quienes piensan así lo hacen desde su propia experiencia y según su entorno. Para tener una visión más clara de las cosas es importante bajarse de la posición de privilegio –porque si usted terminó siquiera el bachillerato, está muy por encima de la mayoría de la población– y entender cómo se vive en los estratos más pobres, que son, además, los más numerosos.

Es bonito soñar con un mundo en el que todos los hogares tienen una madre y un padre que son responsables, que tuvieron a sus hijos por voluntad propia y con suficiente preparación, que ellos mismos tienen buenas bases de educación sexual y que, además, son mentalmente sanos. En este escenario ideal no habría necesidad de mayor intervención externa; es el ambiente propicio para criar y educar hijos sanos en todo sentido. La parte de la educación sexual respondería, entonces, a los valores, las creencias, los principios y la formación que tienen los mismos padres.

Pero esto no es así ni por lejos en nuestro país. En El Salvador, siete de cada 10 familias no son nucleares. La mayoría son monoparentales, frecuentemente solo a cargo de la madre, o el jefe de hogar es un tío, abuelo, hermano mayor u otro familiar. En muy pocos hogares los jefes de familia tienen educación superior. El cuadro que se repite son familias integradas de forma no tradicional, en las que los adultos trabajan muchas horas para sostener a la familia, y los niños pasan solos la mayor parte del tiempo.

“Pero hay información en todos lados, el internet, la televisión”. Exactamente. Los medios y su visión comercial del sexo están disponibles a toda hora. En internet, la pornografía se convierte en la mala maestra de demasiados niños y niñas, que no pueden comprender, por su edad y porque no hay quién se los explique, que no es más que una caricatura de lo que realmente implica la sexualidad.

Sin una guía siquiera básica, muchos niños se vuelven víctimas de abuso sin siquiera saberlo. Veamos los casos de violaciones sexuales a menores, y lo tristemente frecuente que es que los victimarios sean, precisamente, sus familiares y personas cercanas. Cuánto bien haría que alguien, aunque fuera externo, les planteara a estas criaturas que su cuerpo debe respetarse, que nadie debe tocarlos, ni su papá, ni el cura, ni el pastor, que eso es abuso.

Ahora, la situación se agrava, como pasa con casi todo, mientras menos urbana es la zona en la que se vive. Piense en todas esas pobres muchachas de cantones que en su vida han escuchado siquiera el nombre real de las partes de su cuerpo. Piense en todos esos niños que aprenden de sexo porque ven a sus familiares teniendo relaciones en la champa en que conviven con otras 10 personas. Ellos son mayoría, ellos son víctimas, a ellos nos debemos.

Sé que el debate de la educación sexual en las escuelas es un terreno árido aún, pero no hay que sacar el tema de la mesa. Un Estado de bienestar requiere que sus ciudadanos estén debidamente educados, en todo aspecto de la vida. Pongámonos de acuerdo y encendamos esa luz, no dejemos que la ignorancia nos siga dejando este saldo negro de infantes violados, de niñas embarazadas y de adultos que jamás lograron tener una sexualidad sana. Hablemos, eduquemos, que esto no sea un privilegio de unos pocos.

El valor de la vida

¿Cuánto vale la vida? No tiene precio, me dirá usted. Pero en nuestros países, con nuestros niveles espantosos de desigualdad y de deterioro social, sí lo tiene. La vida en nuestro entorno vale tanto como usted esté dispuesto a pagar por ella.

Vale lo que uno pueda pagar por atención de salud de calidad. No debería ser así, en absoluto, porque el Estado debería ser garante de que la salud pública sea gratuita, completa, accesible para todos, hasta para aquellos que no tienen nada. Los recursos destinados a salud deberían ser suficientes para garantizar que el desabastecimiento de medicinas, la falta de camas y la escasez de insumos fueran solo problemas temporales y corregibles, y no la regla.

La vida vale lo que uno esté dispuesto a pagar por “protección”. Una casa en una buena residencial con portón y seguridad privada, guardaespaldas, una camioneta blindada. O quizá apenas una vivienda en una colonia con pluma, en la que los vecinos se organizan para pagar un vigilante. O tener que dar la “renta” a quienes controlan la comunidad donde vives. Pagas por tu tranquilidad, por tu vida.

Sí, acá también debería ser el Estado el garante de que todos pudiéramos sentirnos seguros, sin importar nuestro nivel de ingreso. Lamentablemente no es así.

También la podemos cuantificar en razón de la vulnerabilidad. Mientras menos tienes, te vuelves más vulnerable a la violencia, a las enfermedades, a los desastres naturales. En terremotos, inundaciones o incendios, siempre los pobres se llevan la peor parte. Igual en epidemias y crisis económicas. El dinero se vuelve una armadura necesaria para sobrellevar las malas épocas y enfrentar los riesgos, y es algo de lo que las grandes mayorías carecen.

La vida pierde valor cuando estás en tu humilde puesto de venta a la orilla de la carretera, con tu bebé de solo cuatro meses de edad, y ambos mueren al ser atropellados por una camioneta que se salió de la carretera. Tres involucrados en el mismo accidente y solo la persona que conducía de la camioneta sobrevivió. No, no es invento mío, es algo qué pasó en esta misma semana y un ejemplo más de la vulnerabilidad en la que nos coloca la pobreza.

¿Esto se puede cambiar? Por supuesto. Con equidad, con una mejor distribución del ingreso, con una reducción constante de las brechas de desigualdad, con una mejor y más eficiente gestión de los recursos públicos, y, por supuesto, con pura y llana humanidad.

Los recientes casos de corrupción que involucran a expresidentes salvadoreños nos han dejado estupefactos por las cantidades de recursos que se malversaron: suman más de $700 millones. Esos mismos $700 millones equivalen a varios hospitales nacionales, a tres presas El Chaparral, a tres FOMILENIO II y, sobre todo, son la misma cifra de déficit que vienen arrastrando las finanzas públicas durante los últimos años.

Ese déficit, lo que le falta al Estado para cubrir sus gastos, se cubre con más deuda. Y así, el dinero que se podría haber usado para programas sociales, para salud, educación y seguridad se debe destinar al pago de esta deuda, más intereses.

Muchas vidas podrían haberse protegido, salvado y mejorado con ese dinero. Sí, la vida tiene precio, que no nos la sigan robando.

Procesos truncados

Les creemos. O al menos, una parte importante de la población aún les cree. La prueba está en que les siguen votando. Dejemos a un lado a la masa de personas que están vinculadas directamente a los partidos, a las familias de los candidatos o a quienes creen o esperan que al sudar los colores de su instituto político van a lograr un trabajo en la administración pública. Hay muchísima gente que aún cree en nuestro sistema democrático y va y se expresa con su voto.

Esto parece una obviedad, pero es algo que muchos funcionarios olvidan o deciden ignorar una vez están asegurados en sus sillas. ¿A quién se deben? Al pueblo que los eligió, que paga impuestos de los que salen sus salarios, que les confían un cargo con la esperanza de que hagan las cosas bien o, al menos, no tan mal como las haría el otro.

¿Hay acaso en las noches de las elecciones reuniones de las cúpulas y de los nuevos gobernantes para establecer compromisos? “Bien, esta gente nos ha puesto en el cargo, no les fallemos”. ¿No? Generalmente los vemos celebrando y tirando más promesas al aire. Promesas, promesas.

En mis casi 20 años de ejercer el periodismo he visto cómo los aspirantes a diputados, alcaldes o presidentes llenan plataformas de campaña con cosas irrealizables, demasiado caras, o que no les corresponde hacer. Ofrecen generalidades —mejor salud y educación, mayor empleo, llevar al país a las grandes ligas del comercio y la inversión—, pero no nos dicen cómo lo lograrán. En el peor de los casos, y sobre todo ahora que el voto por diputados es por rostro, explotan su imagen y apariencia personal, y nos bombardean de caras bonitas, videos absurdos o espectáculos de “baños de pueblo” en los que se mezclan con esa base de la pirámide de la que rara vez vuelven a acordarse después de que ganan.

Otra mala costumbre, que al parecer tiene buenos resultados, es desviar la atención de mis propias carencias haciendo énfasis en las de mi contrincante. Ataques personales, notas con información falsa, memes, cuentas anónimas, todo lo que sirva para inventar deslices, poner en la boca del otro candidato palabras que jamás dijo y arrojarle todo el lodo posible, principalmente en las redes sociales. La estrategia es convencer al votante de que el otro no sirve, aunque yo no ofrezca nada.

O bien, sí ofrezco algo: planes llenos de promesas difícilmente materializables, sin medidas específicas, que abarcan ámbitos que no corresponden para el cargo que se están postulando, y sin definir las fuentes de financiamiento. Verdaderas cartas al Niño Dios que hasta ahora no nos han cumplido.

Pero aun así, en medio de todo esto, cada gobierno ha tenido sus apuestas: se acordarán cómo nos ofrecieron las privatizaciones como el non plus ultra de la modernización, cómo luego se nos vendió la maquila como la solución para el problema de empleo, y cómo llevamos ya varios años diciendo que El Salvador puede ser un centro logístico regional.

Más allá de lo acertadas o desacertadas de estas apuestas, lo que vemos cada cinco años, o cada tres, si cambia la configuración legislativa, son procesos truncados. El que llega borra de un soplo lo que el otro había comenzado. Se despide gente de puestos clave y se pone a otros que llegan a aprender de qué va la cosa. Se dejan a medias proyectos que prometían, como la Red Solidaria, que en su momento fue puesta como ejemplo, ahí sí, regional, de cómo el Estado podía usar las transferencias monetarias directas como una herramienta para el desarrollo social: estas eran condicionadas, y se amarraban a que los niños recibieran salud y educación.

¿Cuántos procesos truncados seguiremos viendo? ¿Es irreal esperar que lleguemos a armar verdaderas apuestas de país a las que se dé continuidad sin importar quién esté ocupando la silla? Estamos por entrar en campaña, de nuevo. Si alguien me promete que hará lo posible por lograr grandes acuerdos políticos y armar planes que nos saquen del agujero económico y social en el que estamos, que se respetarán de período en período, pues quizá sí, quizá yo también le confiaría mi voto.

No, tu pleito no es conmigo

Nunca he pensado que sos el enemigo. Mi pleito, ese que te causa risa o molestia, es que dejemos atrás los esquemas sociales y económicos que me han puesto a mí en segundo plano. Mi lucha es por ganar lo mismo que vos si hacemos trabajos iguales y tenemos la misma preparación para hacerlo. Mi bandera es que no haya más casos de mujeres golpeadas o asesinadas por sus maridos, ni niñas que deban quedarse en casa a hacer los oficios domésticos mientras sus hermanos van a la escuela, porque a ellas, por su género, se les considera un gasto.
Ya sé que no todos ustedes son acosadores. Entiendo que no todos han pensado siquiera en violar a una mujer. Estoy clara en que vos jamás me levantarías la mano. Lo que quiero que entendás es que nosotras, las mujeres, las jóvenes, las niñas, sí tenemos todas una mala historia que contar, desde algún momento incómodo de acoso hasta golpes. Y por supuesto, están todas las que nunca podrán contar lo que les pasó porque no salieron vivas de sus malas experiencias.
Sí, ustedes también sufren violencia, pero es de otros tipos. Es más común que una mujer muera a manos de su marido a que sea el hombre el asesinado por su pareja. Es más cotidiano saber de mujeres maltratadas, y te aseguro que vos mismo conocés más historias de mujeres que lo sufren, que de hombres en la misma situación. La mayor parte de las víctimas de abuso sexual son mujeres. Muchísimas son niñas. Casi en su totalidad lo han sufrido a manos de parientes o personas muy cercanas.
Es cierto también que la pobreza nos vuelve más vulnerables. Que los esquemas tradicionales de que soy la mujer y debo quedarme en casa me ponen en más riesgo de que mi pareja piense que puede decidir por mí en todo porque me mantiene, y hace más probable que yo tenga miedo de dejarlo, porque no tengo manera de mantener a mis hijos. Es verdad que la falta de educación de las niñas es un círculo vicioso de pobreza y marginación, que madres poco educadas estarán criando niños que tendrán menos oportunidades.
Y es cierto que nuestro sistema de justicia deja mucho que desear. Que existe impunidad. Que hay casos en los que la mujer acusa injustamente al hombre, pero te recuerdo, porque lo sabes, que estos casos no superan ni por cerca a todos aquellos en los que las mujeres no denuncian por miedo, o a los que se quedan a medias porque la víctima no logra continuar, porque se le expone, se le revictimiza o se le obliga a encarar a su victimario.
No, tu pleito no es conmigo. Sé que te parece inocente bromear sobre nuestros reclamos y nuestras luchas. Es un chiste nomás, pensás, no daño a nadie. Yo te escucho con tristeza, porque siempre habrá más gente que se ría de tu “ocurrencia” que personas que se pongan a pensar que a la mejor es cierto, que las mujeres pedimos igualdad porque no la tenemos. Y también admiro la inteligencia con la que armas argumentos para tratar de botar los míos. Y deseo con todo mi corazón que usés esa inteligencia para apoyar mis luchas, que si te dieras el tiempo de conocerlas, podrían identificar como tuyas.
Porque para erradicar la violencia de género, el abuso de poder, los feminicidios, no basta con que yo grite, patalee y escriba sábanas y sábanas de textos. No basta con mis marchas y mis consignas. Porque la raíz de todo esto está en la pobreza, en la injusticia, en la inequidad, en la ignorancia, y esas son cosas, querido, contra las que vos también deberías estar peleando. Si pusieras en ello todo el esfuerzo que le dedicas a criticar mis batallas, te aseguro que estaríamos más cerca de lograr un verdadero cambio para bien de todos.

El moribundo

Que hubiera tráfico pesado no nos pareció extraño. Es lo común en esa zona, a esa hora. Lo que sí nos llamó la atención fue ver cómo un bus se subía a la acera. “¿¡Huy!, y eso? ¿Habrá chocado?”, nos preguntamos. Pero no, no era un choque.

Cuando el bus pasó y los carros de adelante avanzaron, nos dimos cuenta de que todos trataban de rodear algo. “¡Ay!, quizá es un atropellado”, dijimos.

Unos segundos después, lo vimos: el muchacho estaba tirado en el pavimento, en medio de un charco de sangre que fluía en un pequeño hilo hasta la cuneta. A su lado, una agente policial estaba parada, como vigilando. Al frente, otro agente desviaba el tráfico.

Lo vi de cerca, quizá demasiado. El hombre agonizaba. Su cuerpo temblaba con ese rictus involuntario que solo había visto en videos. Me impactó que estuviera allí tirado y nadie hiciera nada, que yo misma no pudiera hacer nada.

La escena quedó allí, a pocas cuadras de casa. Al llegar seguía pensando en aquel cuerpo, en la sangre, en la soledad de su agonía. Media hora después, se escuchó la sirena de una ambulancia. Ojalá llegue a tiempo, pensé.

Más tarde leíamos la noticia de un presunto asaltante que había muerto cuando una de sus víctimas sacó su pistola para defenderse y le disparó en la cara. La nota estaba acompañada por la fotografía de la escena, justo la que habíamos visto antes, pero acordonada.

El supuesto ladrón, decía la nota, usaba una pistola de juguete para amedrentar a las personas. El reporte indicaba que había quedado allí, a media calle, y que le habían encontrado dos teléfonos celulares de poco valor. Agregaba que el hombre murió al instante.

***

Cada día es más común que las víctimas de la delincuencia y de la criminalidad sientan que deben tomar la justicia por su cuenta. La población, harta de ser víctima, celebra a quienes logran defenderse y aplaude la muerte de los delincuentes.

En un sistema en el que hay poca o nula confianza en las autoridades, y mucho dolor y cansancio por la inseguridad, no es extraño que se vitoree a los grupos de exterminio o que se aplaudan las propuestas de aprobar la pena de muerte.

Este mismo sistema, que con pobreza, marginación y falta de oportunidades sigue produciendo delincuentes, hace que soñemos con eliminar ese “producto”.

Ojalá entendamos que es necesario cerrar esta fábrica, a través de mayor equidad, desarrollo, educación y humanidad, en lugar de enfocarnos en erradicar, con más violencia, lo que mana de esta.

8M

Llegó esa época del año en la que, junto con la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, los espacios de opinión –desde las charlas de cafetín hasta las redes sociales, e incluso entrevistas en medios de comunicación– se llenan de “argumentos antifeministas”. Que por qué solo las mujeres tienen un día, que entonces los hombres también, que a los hombres los matan más, que también hay hombres maltratados por las mujeres…
No falta quien se la lleve de gracioso y comparta memes y mofas sobre el feminismo. Los chistes, claro, a cual más ingenioso. Pero también hay quien siente en esta fecha un tipo de afrenta personal y publica/argumenta cuestiones más fuertes. Que si somos feminazis, que las barbudas, que las peludas, que las sin marido, que las machorras, que lo que somos es faltas de sexo, que peleamos por cosas que nada que ver, que protestamos si nos tiran un piropo, que a la hora de cambiar una llanta entonces sí necesitamos de los hombres.
Y si bien los feminismos (sí, en plural, lea y se dará cuenta de que no es uno solo) tienen diferentes corrientes de pensamiento, distintas reivindicaciones y objetivos, diferentes formas de actuar/protestar/incidir, y las luchas cambian de país en país, eso no las deslegitiman; al contrario, ver que haya naciones en las que el objetivo sea que haya un 50 % de ejecutivas en las grandes empresas, porque todo el resto de necesidades de seguridad, protección social e integridad personal ya ha sido llenado, debería ser motivo de alegría.
Pero yo escribo estas líneas en El Salvador. Ese El Salvador en el que solo una de cada cuatro familias está integrada tradicionalmente. Ese El Salvador en el que un tercio de los partos son de niñas y adolescentes. Ese El Salvador donde hay una veintena de violaciones —denunciadas, nada más, me espanta pensar en la cifra real— cada día, en las que las víctimas son mayormente niñas y adolescentes y en las que generalmente el victimario es un familiar o persona de confianza.
Escribo en El Salvador, un país donde no hay un manual de educación sexual en las escuelas porque, cuando se intentó lanzar, se opusieron los sectores conservadores cercanos al poder. En mi país encuentran cadáveres de mujeres sepultadas, que antes de morir fueron golpeadas, torturadas, violadas, las encuentran con botellas, tubos de hierro y otros objetos en la vagina, y aún así hay quien dice que no existe tal cosa como violencia machista y que no es cierto que las mujeres seamos objeto de un tipo especial de saña por el hecho de, sí, ser mujeres.
En mi país te golpea tu pareja y los vecinos no se meten porque entre marido y mujer no hay que hacerlo. En mi país estudian más los niños porque a las niñas les toca quedarse en casa ayudando en los oficios del hogar. En mi país la mayoría de “ninis” —ni estudia ni trabaja— son también mujeres porque se vuelven madres jóvenes y les toca quedarse en su hogar.
En mi país asesinan a mujeres policías dentro de las mismas delegaciones sin que las autoridades hagan más que tratar de encubrir que en sus instituciones se tolera la violencia machista que están obligadas, por ley, a combatir.
En otros países este 8 de marzo hubo una huelga de mujeres. Ellas no asistieron a sus trabajos ni a sus centros de estudios y salieron a marchar. En El Salvador no pudimos, porque en nuestro sistema si no trabajamos, no comemos; tres de cada cuatro mujeres trabajan con salarios bajos y con pocas o ninguna prestación de ley, y somos más propensas a la pobreza porque ganamos menos y aportamos más al gasto del hogar.
En mi país no se reconoce el valor del trabajo doméstico no remunerado, y se dice aún que las madres que se quedan en casa a cuidar a sus hijos “no trabajan”, “no hacen nada” o “son mantenidas”.
Cambiar la realidad de mi país es mi lucha personal y la de muchísimas otras mujeres. Sobrevivir a este país es nuestra lucha diaria. El 8 de marzo el resto del mundo nos ve y podemos gritarles que tenemos estas luchas. No nos las entorpezcan. Si no se nos van a sumar, tampoco estorben. No nos hagan chiste, no nos ridiculicen, no nos minimicen. Con eso nos damos por bien servidas.

Malas madres

Cuando algo se desconoce, se le rechaza o se le tiene miedo. La ignorancia es la puerta de entrada perfecta para el prejuicio, el repudio y el mito. Por el otro lado, el conocimiento se yergue como una luz que permite apreciar las cosas mejor y emitir valoraciones mejor sustentadas y más empáticas.
¿Ha oído hablar de la depresión posparto? Seguramente sí, más de alguna vez. Por desgracia, es poco lo que se divulga sobre qué es verdaderamente, sus causas y sus repercusiones. Como tantos otros temas de salud mental, suele estar rodeada de un halo de escepticismo, medias verdades, interpretaciones subjetivas y opiniones más basadas en el “dicen que” o “creo que” que en hechos comprobables y datos científicos, que, si uno los busca, abundan.
La depresión es una enfermedad grave, severa, inhabilitante, que es causada por cambios químicos en el cerebro, desequilibrios en la forma en que este funciona y deficiencias en los neurotransmisores que permiten que nos sintamos bien. Estar deprimido no es simplemente estar triste, y para tratar esta enfermedad se requiere de tratamiento médico y acompañamiento de la familia y los amigos.
En las mujeres, el embarazo y el parto conllevan un remolino de cambios físicos, sociales, de rutina, pero también hormonales, además del estrés que implica hacerse cargo del bebé. Son comunes después del parto los cambios bruscos en el estado de ánimo, la ansiedad, el malestar por la falta de sueño. Generalmente esto dura poco tiempo, y se supera, pero cuando esto se prolonga o agrava, se habla de depresión posparto.
La nueva madre puede sentirse sin esperanzas, sin capacidad de hacerse cargo de su bebé. En algunos casos se pierde el interés por el niño o, en los más graves, surgen deseos de lastimarlo o lastimarse. Por ello en muchos países hay protocolos de acompañamiento y vigilancia para evitar que la madre y el bebé se queden solos, así como atención en salud mental como parte del tratamiento posparto.
Quienes padecen de depresión posparto, en cualquiera de sus grados de gravedad, no son malas madres. No es que no quieran a sus hijos. No es que estén lejos de Dios o que no tengan fe. No es que sean débiles o que no tengan carácter. Tampoco tiene que ver con que hayan deseado o no convertirse en madres.
Todos estos mitos hacen difícil que las mujeres sepan por lo que están atravesando, que hablen de ello o que busquen ayuda, por miedo a las críticas, al qué dirán o a que las consideren “locas”. Poco a poco se habla más del tema y es común que haya más mujeres que admitan, años después, que atravesaron episodios de depresión posparto, superándolos algunas por sí mismas y otras con oportuna ayuda médica.
La salud mental debe dejar de ser tabú, pero en este tema en específico se requiere especial empatía y mayor divulgación. La maternidad debe dejar de ser vista como el epítome del sacrificio para las mujeres, no debe vinculársele per se con el sufrimiento y el dolor, y los sentimientos de ansiedad, de agobio y de tristeza extremos no deben normalizarse. Hay que estar atentos y abiertos a las necesidades de las nuevas madres y procurarles la ayuda que requieran.
Es muy dañino tratar estas situaciones desde la ignorancia o el prejuicio. Una mejor comprensión de los riesgos que trae consigo la depresión posparto puede salvar vidas. La atención en salud mental es una gran deuda que tenemos como país, pero está en nuestras manos educarnos mejor al respecto, investigar antes de hablar para criticar o simplemente repetir bulos. Empecemos a informarnos mejor y a ser más comprensivos. Encendamos esa luz.