El valor de la vida

¿Cuánto vale la vida? No tiene precio, me dirá usted. Pero en nuestros países, con nuestros niveles espantosos de desigualdad y de deterioro social, sí lo tiene. La vida en nuestro entorno vale tanto como usted esté dispuesto a pagar por ella.

Vale lo que uno pueda pagar por atención de salud de calidad. No debería ser así, en absoluto, porque el Estado debería ser garante de que la salud pública sea gratuita, completa, accesible para todos, hasta para aquellos que no tienen nada. Los recursos destinados a salud deberían ser suficientes para garantizar que el desabastecimiento de medicinas, la falta de camas y la escasez de insumos fueran solo problemas temporales y corregibles, y no la regla.

La vida vale lo que uno esté dispuesto a pagar por “protección”. Una casa en una buena residencial con portón y seguridad privada, guardaespaldas, una camioneta blindada. O quizá apenas una vivienda en una colonia con pluma, en la que los vecinos se organizan para pagar un vigilante. O tener que dar la “renta” a quienes controlan la comunidad donde vives. Pagas por tu tranquilidad, por tu vida.

Sí, acá también debería ser el Estado el garante de que todos pudiéramos sentirnos seguros, sin importar nuestro nivel de ingreso. Lamentablemente no es así.

También la podemos cuantificar en razón de la vulnerabilidad. Mientras menos tienes, te vuelves más vulnerable a la violencia, a las enfermedades, a los desastres naturales. En terremotos, inundaciones o incendios, siempre los pobres se llevan la peor parte. Igual en epidemias y crisis económicas. El dinero se vuelve una armadura necesaria para sobrellevar las malas épocas y enfrentar los riesgos, y es algo de lo que las grandes mayorías carecen.

La vida pierde valor cuando estás en tu humilde puesto de venta a la orilla de la carretera, con tu bebé de solo cuatro meses de edad, y ambos mueren al ser atropellados por una camioneta que se salió de la carretera. Tres involucrados en el mismo accidente y solo la persona que conducía de la camioneta sobrevivió. No, no es invento mío, es algo qué pasó en esta misma semana y un ejemplo más de la vulnerabilidad en la que nos coloca la pobreza.

¿Esto se puede cambiar? Por supuesto. Con equidad, con una mejor distribución del ingreso, con una reducción constante de las brechas de desigualdad, con una mejor y más eficiente gestión de los recursos públicos, y, por supuesto, con pura y llana humanidad.

Los recientes casos de corrupción que involucran a expresidentes salvadoreños nos han dejado estupefactos por las cantidades de recursos que se malversaron: suman más de $700 millones. Esos mismos $700 millones equivalen a varios hospitales nacionales, a tres presas El Chaparral, a tres FOMILENIO II y, sobre todo, son la misma cifra de déficit que vienen arrastrando las finanzas públicas durante los últimos años.

Ese déficit, lo que le falta al Estado para cubrir sus gastos, se cubre con más deuda. Y así, el dinero que se podría haber usado para programas sociales, para salud, educación y seguridad se debe destinar al pago de esta deuda, más intereses.

Muchas vidas podrían haberse protegido, salvado y mejorado con ese dinero. Sí, la vida tiene precio, que no nos la sigan robando.

Procesos truncados

Les creemos. O al menos, una parte importante de la población aún les cree. La prueba está en que les siguen votando. Dejemos a un lado a la masa de personas que están vinculadas directamente a los partidos, a las familias de los candidatos o a quienes creen o esperan que al sudar los colores de su instituto político van a lograr un trabajo en la administración pública. Hay muchísima gente que aún cree en nuestro sistema democrático y va y se expresa con su voto.

Esto parece una obviedad, pero es algo que muchos funcionarios olvidan o deciden ignorar una vez están asegurados en sus sillas. ¿A quién se deben? Al pueblo que los eligió, que paga impuestos de los que salen sus salarios, que les confían un cargo con la esperanza de que hagan las cosas bien o, al menos, no tan mal como las haría el otro.

¿Hay acaso en las noches de las elecciones reuniones de las cúpulas y de los nuevos gobernantes para establecer compromisos? “Bien, esta gente nos ha puesto en el cargo, no les fallemos”. ¿No? Generalmente los vemos celebrando y tirando más promesas al aire. Promesas, promesas.

En mis casi 20 años de ejercer el periodismo he visto cómo los aspirantes a diputados, alcaldes o presidentes llenan plataformas de campaña con cosas irrealizables, demasiado caras, o que no les corresponde hacer. Ofrecen generalidades —mejor salud y educación, mayor empleo, llevar al país a las grandes ligas del comercio y la inversión—, pero no nos dicen cómo lo lograrán. En el peor de los casos, y sobre todo ahora que el voto por diputados es por rostro, explotan su imagen y apariencia personal, y nos bombardean de caras bonitas, videos absurdos o espectáculos de “baños de pueblo” en los que se mezclan con esa base de la pirámide de la que rara vez vuelven a acordarse después de que ganan.

Otra mala costumbre, que al parecer tiene buenos resultados, es desviar la atención de mis propias carencias haciendo énfasis en las de mi contrincante. Ataques personales, notas con información falsa, memes, cuentas anónimas, todo lo que sirva para inventar deslices, poner en la boca del otro candidato palabras que jamás dijo y arrojarle todo el lodo posible, principalmente en las redes sociales. La estrategia es convencer al votante de que el otro no sirve, aunque yo no ofrezca nada.

O bien, sí ofrezco algo: planes llenos de promesas difícilmente materializables, sin medidas específicas, que abarcan ámbitos que no corresponden para el cargo que se están postulando, y sin definir las fuentes de financiamiento. Verdaderas cartas al Niño Dios que hasta ahora no nos han cumplido.

Pero aun así, en medio de todo esto, cada gobierno ha tenido sus apuestas: se acordarán cómo nos ofrecieron las privatizaciones como el non plus ultra de la modernización, cómo luego se nos vendió la maquila como la solución para el problema de empleo, y cómo llevamos ya varios años diciendo que El Salvador puede ser un centro logístico regional.

Más allá de lo acertadas o desacertadas de estas apuestas, lo que vemos cada cinco años, o cada tres, si cambia la configuración legislativa, son procesos truncados. El que llega borra de un soplo lo que el otro había comenzado. Se despide gente de puestos clave y se pone a otros que llegan a aprender de qué va la cosa. Se dejan a medias proyectos que prometían, como la Red Solidaria, que en su momento fue puesta como ejemplo, ahí sí, regional, de cómo el Estado podía usar las transferencias monetarias directas como una herramienta para el desarrollo social: estas eran condicionadas, y se amarraban a que los niños recibieran salud y educación.

¿Cuántos procesos truncados seguiremos viendo? ¿Es irreal esperar que lleguemos a armar verdaderas apuestas de país a las que se dé continuidad sin importar quién esté ocupando la silla? Estamos por entrar en campaña, de nuevo. Si alguien me promete que hará lo posible por lograr grandes acuerdos políticos y armar planes que nos saquen del agujero económico y social en el que estamos, que se respetarán de período en período, pues quizá sí, quizá yo también le confiaría mi voto.

No, tu pleito no es conmigo

Nunca he pensado que sos el enemigo. Mi pleito, ese que te causa risa o molestia, es que dejemos atrás los esquemas sociales y económicos que me han puesto a mí en segundo plano. Mi lucha es por ganar lo mismo que vos si hacemos trabajos iguales y tenemos la misma preparación para hacerlo. Mi bandera es que no haya más casos de mujeres golpeadas o asesinadas por sus maridos, ni niñas que deban quedarse en casa a hacer los oficios domésticos mientras sus hermanos van a la escuela, porque a ellas, por su género, se les considera un gasto.
Ya sé que no todos ustedes son acosadores. Entiendo que no todos han pensado siquiera en violar a una mujer. Estoy clara en que vos jamás me levantarías la mano. Lo que quiero que entendás es que nosotras, las mujeres, las jóvenes, las niñas, sí tenemos todas una mala historia que contar, desde algún momento incómodo de acoso hasta golpes. Y por supuesto, están todas las que nunca podrán contar lo que les pasó porque no salieron vivas de sus malas experiencias.
Sí, ustedes también sufren violencia, pero es de otros tipos. Es más común que una mujer muera a manos de su marido a que sea el hombre el asesinado por su pareja. Es más cotidiano saber de mujeres maltratadas, y te aseguro que vos mismo conocés más historias de mujeres que lo sufren, que de hombres en la misma situación. La mayor parte de las víctimas de abuso sexual son mujeres. Muchísimas son niñas. Casi en su totalidad lo han sufrido a manos de parientes o personas muy cercanas.
Es cierto también que la pobreza nos vuelve más vulnerables. Que los esquemas tradicionales de que soy la mujer y debo quedarme en casa me ponen en más riesgo de que mi pareja piense que puede decidir por mí en todo porque me mantiene, y hace más probable que yo tenga miedo de dejarlo, porque no tengo manera de mantener a mis hijos. Es verdad que la falta de educación de las niñas es un círculo vicioso de pobreza y marginación, que madres poco educadas estarán criando niños que tendrán menos oportunidades.
Y es cierto que nuestro sistema de justicia deja mucho que desear. Que existe impunidad. Que hay casos en los que la mujer acusa injustamente al hombre, pero te recuerdo, porque lo sabes, que estos casos no superan ni por cerca a todos aquellos en los que las mujeres no denuncian por miedo, o a los que se quedan a medias porque la víctima no logra continuar, porque se le expone, se le revictimiza o se le obliga a encarar a su victimario.
No, tu pleito no es conmigo. Sé que te parece inocente bromear sobre nuestros reclamos y nuestras luchas. Es un chiste nomás, pensás, no daño a nadie. Yo te escucho con tristeza, porque siempre habrá más gente que se ría de tu “ocurrencia” que personas que se pongan a pensar que a la mejor es cierto, que las mujeres pedimos igualdad porque no la tenemos. Y también admiro la inteligencia con la que armas argumentos para tratar de botar los míos. Y deseo con todo mi corazón que usés esa inteligencia para apoyar mis luchas, que si te dieras el tiempo de conocerlas, podrían identificar como tuyas.
Porque para erradicar la violencia de género, el abuso de poder, los feminicidios, no basta con que yo grite, patalee y escriba sábanas y sábanas de textos. No basta con mis marchas y mis consignas. Porque la raíz de todo esto está en la pobreza, en la injusticia, en la inequidad, en la ignorancia, y esas son cosas, querido, contra las que vos también deberías estar peleando. Si pusieras en ello todo el esfuerzo que le dedicas a criticar mis batallas, te aseguro que estaríamos más cerca de lograr un verdadero cambio para bien de todos.

El moribundo

Que hubiera tráfico pesado no nos pareció extraño. Es lo común en esa zona, a esa hora. Lo que sí nos llamó la atención fue ver cómo un bus se subía a la acera. “¿¡Huy!, y eso? ¿Habrá chocado?”, nos preguntamos. Pero no, no era un choque.

Cuando el bus pasó y los carros de adelante avanzaron, nos dimos cuenta de que todos trataban de rodear algo. “¡Ay!, quizá es un atropellado”, dijimos.

Unos segundos después, lo vimos: el muchacho estaba tirado en el pavimento, en medio de un charco de sangre que fluía en un pequeño hilo hasta la cuneta. A su lado, una agente policial estaba parada, como vigilando. Al frente, otro agente desviaba el tráfico.

Lo vi de cerca, quizá demasiado. El hombre agonizaba. Su cuerpo temblaba con ese rictus involuntario que solo había visto en videos. Me impactó que estuviera allí tirado y nadie hiciera nada, que yo misma no pudiera hacer nada.

La escena quedó allí, a pocas cuadras de casa. Al llegar seguía pensando en aquel cuerpo, en la sangre, en la soledad de su agonía. Media hora después, se escuchó la sirena de una ambulancia. Ojalá llegue a tiempo, pensé.

Más tarde leíamos la noticia de un presunto asaltante que había muerto cuando una de sus víctimas sacó su pistola para defenderse y le disparó en la cara. La nota estaba acompañada por la fotografía de la escena, justo la que habíamos visto antes, pero acordonada.

El supuesto ladrón, decía la nota, usaba una pistola de juguete para amedrentar a las personas. El reporte indicaba que había quedado allí, a media calle, y que le habían encontrado dos teléfonos celulares de poco valor. Agregaba que el hombre murió al instante.

***

Cada día es más común que las víctimas de la delincuencia y de la criminalidad sientan que deben tomar la justicia por su cuenta. La población, harta de ser víctima, celebra a quienes logran defenderse y aplaude la muerte de los delincuentes.

En un sistema en el que hay poca o nula confianza en las autoridades, y mucho dolor y cansancio por la inseguridad, no es extraño que se vitoree a los grupos de exterminio o que se aplaudan las propuestas de aprobar la pena de muerte.

Este mismo sistema, que con pobreza, marginación y falta de oportunidades sigue produciendo delincuentes, hace que soñemos con eliminar ese “producto”.

Ojalá entendamos que es necesario cerrar esta fábrica, a través de mayor equidad, desarrollo, educación y humanidad, en lugar de enfocarnos en erradicar, con más violencia, lo que mana de esta.

8M

Llegó esa época del año en la que, junto con la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, los espacios de opinión –desde las charlas de cafetín hasta las redes sociales, e incluso entrevistas en medios de comunicación– se llenan de “argumentos antifeministas”. Que por qué solo las mujeres tienen un día, que entonces los hombres también, que a los hombres los matan más, que también hay hombres maltratados por las mujeres…
No falta quien se la lleve de gracioso y comparta memes y mofas sobre el feminismo. Los chistes, claro, a cual más ingenioso. Pero también hay quien siente en esta fecha un tipo de afrenta personal y publica/argumenta cuestiones más fuertes. Que si somos feminazis, que las barbudas, que las peludas, que las sin marido, que las machorras, que lo que somos es faltas de sexo, que peleamos por cosas que nada que ver, que protestamos si nos tiran un piropo, que a la hora de cambiar una llanta entonces sí necesitamos de los hombres.
Y si bien los feminismos (sí, en plural, lea y se dará cuenta de que no es uno solo) tienen diferentes corrientes de pensamiento, distintas reivindicaciones y objetivos, diferentes formas de actuar/protestar/incidir, y las luchas cambian de país en país, eso no las deslegitiman; al contrario, ver que haya naciones en las que el objetivo sea que haya un 50 % de ejecutivas en las grandes empresas, porque todo el resto de necesidades de seguridad, protección social e integridad personal ya ha sido llenado, debería ser motivo de alegría.
Pero yo escribo estas líneas en El Salvador. Ese El Salvador en el que solo una de cada cuatro familias está integrada tradicionalmente. Ese El Salvador en el que un tercio de los partos son de niñas y adolescentes. Ese El Salvador donde hay una veintena de violaciones —denunciadas, nada más, me espanta pensar en la cifra real— cada día, en las que las víctimas son mayormente niñas y adolescentes y en las que generalmente el victimario es un familiar o persona de confianza.
Escribo en El Salvador, un país donde no hay un manual de educación sexual en las escuelas porque, cuando se intentó lanzar, se opusieron los sectores conservadores cercanos al poder. En mi país encuentran cadáveres de mujeres sepultadas, que antes de morir fueron golpeadas, torturadas, violadas, las encuentran con botellas, tubos de hierro y otros objetos en la vagina, y aún así hay quien dice que no existe tal cosa como violencia machista y que no es cierto que las mujeres seamos objeto de un tipo especial de saña por el hecho de, sí, ser mujeres.
En mi país te golpea tu pareja y los vecinos no se meten porque entre marido y mujer no hay que hacerlo. En mi país estudian más los niños porque a las niñas les toca quedarse en casa ayudando en los oficios del hogar. En mi país la mayoría de “ninis” —ni estudia ni trabaja— son también mujeres porque se vuelven madres jóvenes y les toca quedarse en su hogar.
En mi país asesinan a mujeres policías dentro de las mismas delegaciones sin que las autoridades hagan más que tratar de encubrir que en sus instituciones se tolera la violencia machista que están obligadas, por ley, a combatir.
En otros países este 8 de marzo hubo una huelga de mujeres. Ellas no asistieron a sus trabajos ni a sus centros de estudios y salieron a marchar. En El Salvador no pudimos, porque en nuestro sistema si no trabajamos, no comemos; tres de cada cuatro mujeres trabajan con salarios bajos y con pocas o ninguna prestación de ley, y somos más propensas a la pobreza porque ganamos menos y aportamos más al gasto del hogar.
En mi país no se reconoce el valor del trabajo doméstico no remunerado, y se dice aún que las madres que se quedan en casa a cuidar a sus hijos “no trabajan”, “no hacen nada” o “son mantenidas”.
Cambiar la realidad de mi país es mi lucha personal y la de muchísimas otras mujeres. Sobrevivir a este país es nuestra lucha diaria. El 8 de marzo el resto del mundo nos ve y podemos gritarles que tenemos estas luchas. No nos las entorpezcan. Si no se nos van a sumar, tampoco estorben. No nos hagan chiste, no nos ridiculicen, no nos minimicen. Con eso nos damos por bien servidas.

Malas madres

Cuando algo se desconoce, se le rechaza o se le tiene miedo. La ignorancia es la puerta de entrada perfecta para el prejuicio, el repudio y el mito. Por el otro lado, el conocimiento se yergue como una luz que permite apreciar las cosas mejor y emitir valoraciones mejor sustentadas y más empáticas.
¿Ha oído hablar de la depresión posparto? Seguramente sí, más de alguna vez. Por desgracia, es poco lo que se divulga sobre qué es verdaderamente, sus causas y sus repercusiones. Como tantos otros temas de salud mental, suele estar rodeada de un halo de escepticismo, medias verdades, interpretaciones subjetivas y opiniones más basadas en el “dicen que” o “creo que” que en hechos comprobables y datos científicos, que, si uno los busca, abundan.
La depresión es una enfermedad grave, severa, inhabilitante, que es causada por cambios químicos en el cerebro, desequilibrios en la forma en que este funciona y deficiencias en los neurotransmisores que permiten que nos sintamos bien. Estar deprimido no es simplemente estar triste, y para tratar esta enfermedad se requiere de tratamiento médico y acompañamiento de la familia y los amigos.
En las mujeres, el embarazo y el parto conllevan un remolino de cambios físicos, sociales, de rutina, pero también hormonales, además del estrés que implica hacerse cargo del bebé. Son comunes después del parto los cambios bruscos en el estado de ánimo, la ansiedad, el malestar por la falta de sueño. Generalmente esto dura poco tiempo, y se supera, pero cuando esto se prolonga o agrava, se habla de depresión posparto.
La nueva madre puede sentirse sin esperanzas, sin capacidad de hacerse cargo de su bebé. En algunos casos se pierde el interés por el niño o, en los más graves, surgen deseos de lastimarlo o lastimarse. Por ello en muchos países hay protocolos de acompañamiento y vigilancia para evitar que la madre y el bebé se queden solos, así como atención en salud mental como parte del tratamiento posparto.
Quienes padecen de depresión posparto, en cualquiera de sus grados de gravedad, no son malas madres. No es que no quieran a sus hijos. No es que estén lejos de Dios o que no tengan fe. No es que sean débiles o que no tengan carácter. Tampoco tiene que ver con que hayan deseado o no convertirse en madres.
Todos estos mitos hacen difícil que las mujeres sepan por lo que están atravesando, que hablen de ello o que busquen ayuda, por miedo a las críticas, al qué dirán o a que las consideren “locas”. Poco a poco se habla más del tema y es común que haya más mujeres que admitan, años después, que atravesaron episodios de depresión posparto, superándolos algunas por sí mismas y otras con oportuna ayuda médica.
La salud mental debe dejar de ser tabú, pero en este tema en específico se requiere especial empatía y mayor divulgación. La maternidad debe dejar de ser vista como el epítome del sacrificio para las mujeres, no debe vinculársele per se con el sufrimiento y el dolor, y los sentimientos de ansiedad, de agobio y de tristeza extremos no deben normalizarse. Hay que estar atentos y abiertos a las necesidades de las nuevas madres y procurarles la ayuda que requieran.
Es muy dañino tratar estas situaciones desde la ignorancia o el prejuicio. Una mejor comprensión de los riesgos que trae consigo la depresión posparto puede salvar vidas. La atención en salud mental es una gran deuda que tenemos como país, pero está en nuestras manos educarnos mejor al respecto, investigar antes de hablar para criticar o simplemente repetir bulos. Empecemos a informarnos mejor y a ser más comprensivos. Encendamos esa luz.

La patria ajena

Hace 20 años, El Salvador tenía otro rostro. Los Acuerdos de Paz habían dejado la ilusión del recomienzo, la construcción de algo mejor. Se podía salir a las calles con relativa tranquilidad y “mara” aún era una palabra que se usaba sin temor.
Tampoco había temor a la hora de atravesar ciertas zonas o de cambiar de vecindario. Para entrar a una colonia no había que averiguar quién la controlaba, ni enseñar el DUI. Los hijos podían vivir en un lugar y estudiar en otro, sin que eso pusiera en peligro sus vidas.
Los pequeños negocios podían surgir sin que las ganancias las drenara la “renta” o el pago por protección. Las tiendas podían ser surtidas sin que eso implicara que los camiones repartidores cancelaran “peaje” a cambio de pasar sin mayores riesgos.
Hace 20 años El Salvador era otro en muchos aspectos. Y ese es el tiempo que muchísimos de nuestros compatriotas tienen de vivir en Estados Unidos, buena parte sin poder regresar al país por miedo a que no los dejaran entrar de nuevo a territorio norteamericano. Allá se casaron, allá abrieron sus negocios, allá tuvieron a sus hijos, compraron propiedades y pagaron impuestos.
Ahora 200,000 de estos salvadoreños se han quedado sin el amparo legal para mantener la vida que han conocido durante las últimas dos décadas. El plazo para buscar opciones o prepararse para volver es de apenas año y medio. Año y medio para empacar tu vida y partir. Año y medio para decidir si te quedas y te la juegas. Año y medio, poquísimo tiempo.
Habrá muchos obligados a volver por diferentes circunstancias, y los recibirá una patria ajena, un lugar diferente al que dejaron, en el que las reglas han cambiado y donde quienes acá vivimos hemos aprendido a normalizar la violencia y a hacer cotidianas las medidas de seguridad necesarias para tratar de evitar desgracias.
Las autoridades salvadoreñas hablan de recibirlos con los brazos abiertos. Y sí, estoy segura de que así será, de que la población decente será solidaria y buscará la manera de hacerles menos difícil el proceso. Pero tampoco hay que negar que el país es hostil para propios y ajenos, para nacionales y extranjeros. Es difícil vivir aquí, aun para quienes hemos aprendido a sobrellevar nuestra realidad de inseguridad, de inequidad, de injusticia, impunidad y fallas institucionales.
El drama de quienes vuelven a un país al que legalmente pertenecen pero al que desconocen totalmente se repite a diario cuando ciudadanos de diferentes naciones son deportados, sobre todo los más jóvenes, y enviados a lugares que les son totalmente extraños, que nunca conocieron antes, donde no tienen familia ni lugar donde quedarse y ni siquiera conocen el idioma.
¿Qué podemos hacer para amortiguar el golpe para los retornados?, ¿cómo prepararnos para lo que se viene?, ¿qué harán quienes ahora nos piden nuestro voto y que estarán en el Legislativo y en el Ejecutivo para cuando, en septiembre de 2019, se acabe el plazo para los beneficiarios del TPS?
Como país tenemos el enorme reto de dejar de ser territorio hostil, de recuperarnos y volvernos un lugar del que nadie quiera salir huyendo. Desde nuestro ámbito personal hay mucho por hacer, desde la práctica de la solidaridad, de la tolerancia y de la honestidad, hasta el ejercicio de nuestros deberes cívicos y políticos para abonar a la sanación profunda que nos urge.

Aprender a recibir

¿Por qué a veces nos cuesta tanto recibir regalo, ayuda, incluso alguna palabra bonita? Nos hacen un cumplido y nos da pena, decimos “nooooo, ¿cómo va a creer?”. Curioso, ¿no? Pareciera que no se nos enseñó a recibir.

Si bien hay gente que realmente parece embudo –todo nomás para dentro–, lo más común es lo contrario. Y le vemos cuando alguien tiene necesidad y no te lo cuenta, está enfermo y no te lo comenta. Para no molestar, para no importunar.

Hay ejemplos más tristes aún. Conozco muchas madres que se niegan a demandar a los padres de sus hijos para pedir la manutención “porque mis hijos no lo necesitan, para eso me tienen a mí”. Si usted les trata de explicar que no es un tema de necesidad, que muchas veces sí la existe, sino de derechos y deberes, generalmente se impone el orgullo.

Y esa es quizá, la cara más triste del no saber recibir: no exigir nuestros derechos. Todos, como ciudadanos, como personas, tenemos derecho a cosas tan básicas como la dignidad. Como trabajadores, a un trato y una remuneración justas. Como parte de la sociedad, a involucrarnos y a que los gobernantes, a quienes se les paga con lo que nos cobran en impuestos, pongan lo mejor de sí para servirnos, no para servirse.

Pero no es mi intención de hoy hablar de política. Esta es mi última columna antes de Navidad, y entre tanto tema triste y noticia negativa decidí hablar de algo que para mí es una lección reciente: no darle la espalda a quienes ofrecen ayudarnos.

Verán, yo crecí en una familia muy, muy humilde. A veces, un efecto secundario de la humildad es generar una coraza de orgullo para evitar humillaciones. Ese fue, exactamente, mi caso. Me cuesta contar cuando estoy mal, cuando me hace falta algo, ya no se diga pedir favores. Este año atravesé un par de situaciones de las que, sin el apoyo de terceros, me habría sido muy difícil salir. En una de ellas, la persona que me terminó ayudando tuvo que enfrentar mis reiteradas negativas a recibir el apoyo que me ofrecía, hasta que me dejó callada con una frase: “Por favor, tómelo, no me niegue la bendición”.

Sea cual sea la fe que usted profese, de seguro en algún lado se habla de dar para recibir. La ley del talión: se da lo que se recibe y un poco más. Y sí, definitivamente tenderle la mano a alguien más tiene hermosos efectos multiplicadores, no solo para quien da y quien recibe, sino para otros, que más adelante serán objeto de actos de bondad generados por un primer gesto de generosidad.

Yo he aprendido que tan importante es dar como saber recibir, y luego, cuando la vida nos trata mejor, saber retribuir eso bueno que en algún momento nos llegó. Quizá no con nuestro benefactor, que a la mejor está lejos o no lo necesita, sino con otros, con quien en ese momento está pasando una necesidad.

Y ese es mi mensaje para usted que me lee hoy. No tema recibir cuando lo necesite, no rehúya a pedir lo que por derecho es suyo, no somos débiles y menos por aceptar ayuda. Y cuando usted pueda y vea la oportunidad, devuelva al mundo un poco de lo que a sus manos ha caído. Dar, recibir, compartir, tender la mano, y que todo se vuelva una cadena que nos permita ser mejores y hacer algo mejor por nuestro entorno. ¡Feliz Navidad!

Nos mataron a todos

¿Usted conoce a alguien que haya sido víctima de la delincuencia? ¿Lo ha sido usted mismo? ¿La víctima ha sido alguna persona cercana? ¿Ha perdido a algún ser querido por la violencia que se vive en el país?

Hemos llegado a un punto en el que la mayoría podemos responder que sí a varias de las preguntas anteriores. Y eso es algo triste, lamentable, una normalidad que es más bien abominación.
A mi gremio le arrebataron a un miembro esta semana. Samuel Rivas era un joven camarógrafo de Grupo Megavisión, enamorado de este ingrato oficio, apasionado por las imágenes y la comunicación, con una sonrisa que no solía negar y un gran entusiasmo contagioso.

El trabajo periodístico es agotador, demandante, extenuante. Aun así, Samuel, quien el día que fue asesinado iniciaba sus vacaciones, no dedicó ese primer día libre a descansar, sino a ayudar en los trabajos de reparación de la iglesia en la que se congregaba.

Así lo encontró la muerte, colaborando con la obra en la que creía. Unos casquillos de bala y varios de sus hermanos en la fe asustados tras presenciar el homicidio quedaron en la escena. No hay más, por el momento, y muchos tememos que el de Samuel se convierta en uno de los miles de casos en los que la impunidad se impone, en los que se les niega el derecho a la justicia tanto a víctimas como a dolientes.

Y ahora me incluyo en estos últimos. El gremio periodístico en el país no es tan unido como quisiéramos, pero ahora, en el dolor y la impotencia tras este caso, tenemos en común la sensación de que nos han matado un poco a todos.

En un entorno donde no hay garantías de terminar el día y donde la violencia no discrimina y llega a casi todos los ámbitos, se mezclan, junto al dolor y la impotencia, el miedo. Y sí, el coraje al ver la inoperatividad de quienes tienen a su cargo la seguridad pública.

Porque, a parte de la impunidad, de que se nos niega la justicia, tenemos que tolerar a diario oírlos repetir un discurso falaz en el que destacan supuestos logros y pintan una realidad distinta a la que enfrentamos el resto día a día. Porque creen que a fuerza de propaganda y maquillaje de cifras nos convencerán de que todo está bien, cuando sabemos de sobra que no, nada está bien.
Y luego caen en el absurdo de reportar que “solo hubo un homicidio” o que “hay 260 municipios con cero asesinatos”. Como si uno no doliera, como si uno no importara.

No sé hasta donde tengamos que llegar para que nuestras autoridades despierten, pero al menos nosotros, usted y yo, todos los que no contamos con guardaespaldas ni portones de seguridad ni vehículos blindados, todos nosotros que ya estamos más que hastiados y asqueados de no poder vivir tranquilos debemos empezar a exigir en serio nuestro derecho a vivir en paz.

El filtro de la pobreza

Es de todos sabido que los pobres siempre llevan las de perder. Son los más propensos a enfermar y a no tener una atención adecuada, los más vulnerables ante desastres naturales y los efectos del cambio climático, los que se las ven más difíciles para poder recibir educación y, por ello, son fácilmente manipulables. Siga usted la lista, le aseguro que nos resultará larguísima.

¿Cómo se rompe el ciclo de la pobreza? Esta pregunta ha generado miles y miles de páginas de análisis, estudios, diagnósticos, propuestas, planes. Algunas cosas han demostrado ser efectivas, como la atención temprana en salud y el acceso a educación de calidad. Un elemento importantísimo es la integración: dejar de pensar en “ellos” los pobres, y que ellos dejen de verse a sí mismos como parte de una gran masa excluida, algo que, aplicado desde los primeros años, abre los ojos de los niños y niñas y permite que los jóvenes se sientan capaces de ir más allá.

De nuevo, ayúdeme usted a seguir la lista de posibles soluciones, también es larga. Lo duro, lo difícil o casi imposible, ha sido que implementemos de forma eficiente estas respuestas que todos parecemos tener en la punta de la lengua. ¿Por qué es esto así? ¿Cómo podemos ayudar a cambiarlo?

La pobreza es como un yunque atado al tobillo, es imposible que corras al mismo ritmo y logres las mismas distancias de quienes no lo tienen. Es un cáncer, además, mata de a poco o de súbito, enferma, carcome, pudre. Es un muro que te cierra el paso, un candado que te bloquea oportunidades. Y la sociedad como conjunto es culpable de que esa gran parte de la población se sienta como paria debido a la falta de recursos. La pobreza es, en nuestras sociedades aspiracionales, una marca de vergüenza.

Volvamos a las posibles soluciones: la educación. En las zonas más pobres y marginadas es muy difícil encontrar educación de calidad, o que los padres prefieran que sus hijos estudien en lugar de ayudarles a trabajar y llevar más ingresos al hogar, sobre todo si son niñas. Supongamos este primer gran obstáculo: terminar la educación básica. Ahora toca viajar a algún lugar donde haya educación media para poder terminar el bachillerato. Si lo consiguió es el caso de cuatro de cada 10 jóvenes.

Ahora, la universidad. ¿La opción que se ve más accesible? La Universidad de El Salvador, por supuesto. El sábado 14 de octubre hubo examen de admisión. En uno de los edificios vi cómo a un joven no lo dejaron pasar porque no llevaba impresa su ficha —ahora el proceso es en línea— y los resultados de su examen de aptitudes. “No tengo impresora, pero aquí traigo anotado todo”, insistía el muchacho. La persona que estaba en la puerta se limitaba a enseñarle, cuando entraba algún otro aspirante a estudiar en la UES, los documentos que estos llevaban: “Así tenía que traerlo”.

Un ejemplo, tonto si usted quiere, pero que ilustra cómo la falta de recursos se convierte en un lastre que no nos deja avanzar. ¿Cómo podemos hacer esta carga más leve? ¿Cómo podemos ayudar a que se multipliquen las oportunidades? Somos un país pobre, sí, pero también uno en el que la riqueza existente está muy mal distribuida. En la redistribución juega un papel importantísimo el Estado, que, sin embargo, aún ha fallado en hacer que los servicios públicos marquen la diferencia para estos cientos de miles de salvadoreños atrapados en esta trampa de la pobreza.

Red Solidaria, un programa que llegó a un punto clave bajo la administración del Dr. Héctor Silva (QDDG) siempre ha sido uno de mis ejemplos favoritos de cómo el Estado puede redistribuir adecuadamente: eran transferencias de dinero condicionadas, una pequeña suma de dinero para las familias que enviaran a sus niños a la escuela y los tuvieran en control de salud. Un inicio, apenas, pero uno bueno. Una buena red de este tipo, con la garantía de clínicas adecuadas y escuelas bien equipadas, sería un excelente inicio para hacer la diferencia.

¿Qué podemos hacer, por otra parte, usted y yo para marcar la diferencia? Empecemos a pensar y ayúdeme usted a hacer la lista, le aseguro que también nos saldrán bastantes y buenas ideas. Le dejo la primera: dejemos de discriminar a la gente por lo que tiene o no tiene y, cuando pueda, échele la mano a quien lo necesite.