ÁLBUM DE LIBÉLULAS (187)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1531. DESPUÉS DEL CONCIERTO

Como hombre emprendedor y decidido que era, todo lo que pasaba a su alrededor le hacía sentirse partícipe del anhelo de no pasar inadvertido. Andaba, pues, en busca de alguna ocupación que le permitiera estar presente en cualquier parte y a cualquier hora haciéndose visible. Y lo que se le vino de pronto a la mente fue el ansia de la música. Se conectó con algunos amigos de adolescencia, que siempre anduvieron en la misma onda, y formaron una pequeña banda de rock. Empezaron en el pueblo, saltaron a la ciudad y luego traspasaron las fronteras. Nada podía detenerlos. Y cuando llegaron al Carnegie Hall se rompió de pronto la burbuja. Después del concierto, que fue una lluvia de vítores, la noche se cerró a su alrededor. A la mañana siguiente, todos despertaron en el perfecto anonimato. Y él solo atinó a decir: “Gracias por el ensueño”.

1532. PARÁBOLA DE LA DISTANCIA

Abrió aquella gaveta del ropero de la que solo él tenía llave, y sacó el álbum de fotografías. Fue directamente a esa imagen gráfica que era la única que realmente le importaba: la de Mylene, sonriente en su cojín junto a la ventana que daba al río. Aunque la imagen estaba ya palidecida por obra del tiempo, se trataba de la figura de una adolescente ansiosa de vivir. Tomó la fotografía entre sus dos manos y se quedó contemplándola mientras el tiempo iba pasando sus páginas hacia atrás, hasta llegar a las orillas del Sena, aquel diciembre remoto en que Mylene se le apareció en su balcón, mientras él, otro adolescente, desde la calle la atisbaba por primera vez. ¿Y cómo llegó a sus manos aquella remota fotografía? Vino volando por el aire invernal hasta sus manos… En su parte posterior la fotografía tenía un mensaje: “Soy Mylene, tu alma gemela”.

1533. EN LA CAPILLA MÁS PRÓXIMA

Como siempre, el padre iba a tomar la palabra antes que nadie, pero esta vez se produjo un hecho insólito: el más pequeño de los hijos, que ni siquiera había alcanzado el primer decenio de vida, se le adelantó como si quisiera abrir brecha. Todos lo observaron a la expectativa, porque aquel era un niño caracterizado por la silenciosa timidez. Sus palabras fueron breves y directas: “No vayan a asustarse, que yo lo único que quiero es presentarles a mi nuevo amigo, que encontré esta mañana en un rincón de la capilla donde vamos a darle gracias a Diosito…” Aquel niño, sin duda, hablaba como un ser intemporal, como lo somos todos cuando nos animamos a descubrirlo. Los demás quisieron tomar aquello a broma intrascendente, pero él los atajó con un gesto: “Los invito a ir a la capilla, donde mi nuevo amigo se ha quedado hasta que amanezca. Es el Año Nuevo”.

1534. CENA DE MEDIANOCHE

Para llegar a la casa principal de la finca había que recorrer más de 12 kilómetros en dirección norte desde la capital, y luego introducirse por una vía rústica y estrecha que iba descendiendo en forma sinuosa hasta llegar a la entrada, ya en la zona plana por donde pasaba la vía férrea. De ahí había que ascender de nuevo hasta la pequeña explanada donde estaba la casa de adobe y tejas. Ya se hallaban ahí, reunidos para el agasajo tradicional, que era un homenaje a la puntualidad del calendario. El reloj de pie era evidentemente el custodio de aquella disciplina puntual, y lo iba manifestando en forma de latidos metálicos sin descanso. Sonó la hora. Estallaron las coheterías en los alrededores distantes. Y entonces hizo su aparición el único invitado que faltaba. Iba envuelto en una larga túnica blanca. Todos sabían quién era: el silencio. ¡Salud!

1535. ELLOS TAMBIÉN LLEGARON

Todo se hallaba listo para comenzar el festejo de despedida del Año Viejo y de bienvenida del Año Nuevo. Según mostraban los preparativos y los arreglos, nada ponía en evidencia que fuera a haber algo que alterara lo que se hacía siempre. Los amigos esperados ya se encontraban en el lugar, y la música prevista se dejaba oír con las voces y los acordes consabidos. Comenzaron a circular los vasos de ron y las copas de vino, y la atmósfera se hacía más animada a cada instante. En la cocina, las viandas tradicionales exhalaban sus aromas apetitosos. Pero ya cuando la llegada de las 12 era inminente, se hizo de pronto un silencio que no parecía tener explicación hasta que se abrió una de las puertas interiores de la casa y por ahí apareció aquel cortejo de desconocidos infantiles. Alguien susurró: “¡Son los duendes! El año va a ser mágico… ¡Aleluya!”

1536. HACIA EL FUTURO

Aún era niño cuando la pregunta comenzó a revolotear a su alrededor, desde distintas voces y con diversos tonos: “¿Qué querés ser cuando seás grande?” Él nunca respondía, pero esa pregunta la llevaba prendida en el primer alambre de la conciencia. Ya al inicio de la adolescencia tuvo que encarar la cuestión, porque el rumbo de los estudios así lo demandaba. Y como en su casa no tenía con quién hablar al respecto, fue a ver a su tía abuela que vivía en un suburbio boscoso y que era experta en tirar las cartas. “Hijo, yo aquí veo que te vas a escapar para siempre”. Él la interrogó con la mirada. “Sí, para siempre. Y puede ser por tierra, por agua o por aire…” El siguió inquiriendo sin hablar. “Ah, pero aquí dice que lo vas a hacer por sorpresa, quizás en un sueño…” Él sonrió. Era sordomudo de nacimiento, y soñar era su única ruta de escape…

1537. VENTANA CON OLEAJE

LEl mar había estado tranquilo todos aquellos días, como si quisiera ponerse a tono con los cristales alentadores que circulaban por el aire en aquellos días de víspera. Pero ese era ya el último día, y las consabidas ansiedades del fin se hacían presentes. Él, que era un recién llegado a aquellas latitudes, estaba apenas iniciando su conocimiento de los símbolos y las imágenes propios del lugar. Y entre esos símbolos el que más le cautivaba era el de la espuma en movimiento; y entre esas imágenes la que más le conmovía era la de la bandada de gaviotas que ondulaba en el entorno. Así las cosas, ese día se sintió ligeramente indispuesto y se recluyó en su habitación, con la ventana enfrente. Cerró los ojos y por dentro se le abrió otra ventana, que daba a un oleaje animoso. Se durmió, y al despertar la espuma estaba a sus pies y las gaviotas a su alrededor. ¡Bienvenido!

1538. VITRAL DE SANTA MÓNICA

Lo cumplía todas las tardes, como un rito espontáneo sin propósitos ceremoniales: entrar en la iglesia por unos minutos para darle gracias por todo a su propia fe. En una de las bancas laterales estaba recostado alguien que a todas luces era un indigente, con su bolsa de pertenencias al lado. Él fue a sentarse en el otro extremo de la banca; y al hacerlo, el indigente se incorporó. Su voz parecía venir de arriba: “Hola, hermano, nos toca volver a nuestro sitio natural. ¿Vamos?” Y ambos ascendieron en el aire hacia el vitral más próximo. No había nadie en la iglesia. Podían hacerlo sin testigos.

 


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