ÁLBUM DE LIBÉLULAS (186)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1523. ALIANZA EN VIVO

La aurora es experta en travesuras siderales. A diario saca de su gaveta íntima la caja de lápices de todos los colores y escoge al azar el que usará ese amanecer. Entonces, los seres humanos tendríamos también que tener lista nuestra respectiva reacción personalizada de cada día, con su color correspondiente. Por fortuna, en lo que a mí corresponde, la inclinación traviesa es parte viva de mi ser natural. Este día domingo octubrino, por ejemplo, he despertado con el impulso de salir a esperar la llegada de la aurora en descampado. Observo, a cielo abierto, que la claridad viene desplazándose como una colonia de abejorros encarnados. De inmediato se me ocurre sacar a relucir una estrofa que es como un pañuelo carmesí. Y el clic emocional es instantáneo. La aurora y yo nos reímos, cada uno a su manera.

1524. NICE LADY

Estaba hoy en Portland, Maine, y lo que ahí lo recibió aquella tarde fue uno de aquellos crepúsculos de inicio del otoño que él no se cansaba de imaginar en sus memorias escritas disfrazadas de narraciones. El color del cielo iba cambiando con el paso de los minutos, sobre todo cuando el Sol ya se había escapado por el horizonte, dejando su estela memoriosa. Al fondo, el azul que parecía una serena colección de gasas; y sobre él, los amarillos con ansia de desvanecerse y los naranjas deseosos de alzar vuelo. Desde el ventanal de su cuartito en la posada que le servía de refugio podía contemplar el retorno de la noche, que venía envuelta en el traje de gasas que él recordaba desde siempre en sus otras latitudes del sur. Se conmovió hasta las lágrimas con el detalle, y sólo pudo decir en un susurro: “Nice lady…”

1525. NADA ES EN VANO

Después del sismo la ciudad quedó convertida en muestrario de escombros, como si un extravagante experto en instalaciones artísticas se hubiera trasladado hacia ahí. De inmediato comenzaron las operaciones de restauración, que eran puro trabajo mecánico. Y entonces aquellos dos jóvenes, que evidentemente eran pareja porque ella estaba en “la dulce espera”, y que hasta ese momento habían pasado inadvertidos, iniciaron una activa campaña para proteger algunos de los escombros más dramáticos. La iniciativa tuvo eco, y muy pronto una caravana de jóvenes recorría la ciudad poniéndoles lazos de protección a algunos sitios donde la destrucción había sido mayor. “¿Y ustedes qué se proponen?”, les preguntó alguien. Y uno de ellos respondió: “Que la destrucción nos invite al renacimiento”.

1526. MENSAJE RECIBIDO

Se hallaba recién instalado en aquella vecindad de Boston que tenía espacios para todos los gustos, y muy en especial para los estudiantes que venían de países lejanos. Él era un estudiante original y tardío, cuya ilusión era aprender algo nuevo sin tener de antemano una idea precisa. Por eso buscó un destino externo haciendo uso de una especie de lotería interesada. Puso el mapa sobre la mesa y lanzó la pieza rodante sobre él. Se detuvo un poco arriba de Nueva York, y él interpretó que era Boston. Por eso estaba ahí. ¿Haciendo qué? Recorriendo calles y releyendo los libros de siempre. Así llegó aquella tarde a la taberna irlandesa “The Black Rose”, en Commercial Street. Llevaba consigo su novela favorita, que era un cuaderno en blanco. Pensó de inmediato: “Mensaje recibido: a crear sin miedo”.

1527. FOTOSHOP

Marcelo tenía su pequeño taller de fotografía profesional en una zona sobrepoblada, donde paradójicamente podía pasar inadvertido. Prácticamente todos sus contactos de trabajo los hacía electrónicamente, porque la mayoría de sus clientes eran gente joven, ya que él había ganado fama como creador de imágenes con vida propia. Pero aquel día le llamó una voz femenina que a todas luces pertenecía a una persona de edad. “Me han dicho que usted es un artista, y quiero pedirle que me lo demuestre”. Cuando ella llegó al estudio, él comprobó que era una señora muy mayor y marcada por el tiempo. Le hizo unas cuantas tomas. Y al tener ella el producto ante sus ojos solo pudo exclamar: “Usted se ha equivocado. Esta no soy yo”. Él sonrió: “Usted vino a buscarme como artista. Esta es la que usted quiere ser. Anímese”.

1528. MISIÓN DEL CALENDARIO

De adolescente quise ser astronauta, en aquellos años en que el sueño de la conquista del espacio era lo más natural. Pasó el tiempo, y nada de aquello pasó a más. La Luna seguía ahí, impávida; y los planetas inmediatos, tan distantes como siempre. Había que volver, pues, a las veredas conocidas. Y, en mi caso, esas veredas tenían un destino confluyente: aquella casita de adobe en la que las hadas seguían habitando. Sin proponérmelo así, la ruta de retorno se me volvió una aventura inédita. Esta sí era mi auténtica conquista del espacio, no externo sino interior. Ahí enfrente estaba la casita de adobe, que parecía vestida de cristal. Cuando me acerqué se abrió la puerta, y las hadas me recibieron como al mejor bienvenido. Alrededor, las páginas del calendario giraban en el aire como hojas vivas.

1529. VISITA CON MENSAJE

Sonó el timbre de la puerta de entrada. Ella vivía sola en su encierro que era ya casi una catacumba, y las condiciones de inseguridad imperantes en el ambiente daban pie para ello. Descorrió la cortinita que permitía ver hacia afuera sin abrir la puerta, y no vio a nadie. Pensó que podía haber sido una ilusión acústica; pero en cuanto dio la vuelta para alejarse, el timbre volvió a sonar, y esta vez con mayor apremio. Hizo de nuevo la maniobra visual, y tampoco pudo ver nada junto a la puerta. Eso le produjo aún más temor, y se dirigió rápidamente hacia las piezas interiores. Ahí se encerró, pero seguía oyendo el timbre, como si alguien tuviera urgencia de entrar. Al fin se animó, y a pasos lentos se dirigió a la puerta. Entreabrió como si estuviera haciendo algo prohibido. Y lo que había era un rayo de Sol posado sobre el timbre.

1530. NI ELLOS SE SALVAN

Lo veníamos presintiendo desde hacía bastante tiempo, sin que hubiera ninguna señal visible de ello. Cada uno de nosotros tenía apartamento propio, en el que había todo lo que se pudiera desear. Al fin de cuentas éramos seres privilegiados por naturaleza. De ahí que cuando los signos de la escasez y del deterioro comenzaron a hacerse sensibles, lo que empezó a cundir fue el miedo a lo desconocido. Y lo desconocido llegó por vía subterránea. Aquel sábado una catástrofe sísmica lo destrozó todo. Logramos escapar, pero el Olimpo en que vivíamos pasó a la historia.

 


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