Álbum de libélulas (183)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1499. RETORNO SIN MEMORIA

Una de sus ilusiones de siempre fue llegar al sitio de origen de sus padres en la campiña francesa. En estos tiempos eso era más factible que nunca, y en verdad todo era cosa de proponérselo y de financiarlo. Ambas cosas las tenía a la mano. Llegó a París, se hospedó en el Hotel Splendid, y al día siguiente contrató un vehículo con conductor que lo llevara a la vecina Normandía. Iba en busca de una aldea de la que solo tenía algunas referencias para identificar su ubicación. Pero algo en su interior le servía de GPS. El acceso al lugar estaba cruzado por muchas corrientes de agua, y eso hizo que tuviera que atravesar puentes a cada paso. En un punto preciso vio la aldea tras el puente, que era el último. Lo cruzó y se sintió en entera confianza. Era el retorno al lugar prometido. Ahora su mapa emocional estaba completo por fin.

1500. PARÁBOLA INOCENTE

Aquella relación era un hilo a punto de reventarse, aunque en tal condición había estado prácticamente desde el principio. La pregunta del millón era entonces: ¿Qué estirón o qué toque se necesitaba para que llegara la ruptura? La permanencia, sin embargo, hacía su labor en favor de sí misma: él en la casa parecía un zombi y ella se reía de todo como si lo que pasaba fuera una broma. Y en esas estaban cuando llegó la noticia con una agitación de alas imaginarias: la cigüeña venía en camino. La referencia a aquella imagen pareció envolverlos en una sonrisa de otro tiempo. El alumbramiento tomó impulso, y ni siquiera hubo tiempo de ir a una clínica. Ella dio a luz ayudada por él. Y cuando tuvieron al recién nacido entre sus manos voltearon a ver hacia la ventana abierta. Ahí estaba, sí, la cigüeña observándolos, posada en otro hilo, el de su relación renacida.

1501. ENTRE ROSAS

Vivir en el sótano es reencontrarse con los roedores antepasados y empezar a comportarse como ellos. Lo estaba experimentando por necesidad, ya que estar ahí no era una decisión voluntaria sino un mandato de supervivencia. Se sostenía con lo poco que le dejaban sus dibujos artesanales, a los que les aplicaba los colores de una caja de lápices que encontró en un depósito de basura. Todo, pues, para él, era imprevisible, salvo la penuria, que se le había vuelto condición natural. Su abuela se lo anticipó antes de morir: “Así como vas, no tenés futuro, hasta que algún sueño te rescate”. Lo recordó aquella noche, envuelto en la colcha hecha jirones. Se durmió, y algo empezó a pasar en su conciencia: el sueño también era un sótano que se iba abriendo como una corola. Él iba dentro de ella, hacia arriba, hacia las nubes rosadas que lo abrazaban como al esperado huésped…

1502. ESCAPAR A TIEMPO

Le dieron el empleo porque salió airoso de todas las pruebas a las que tuvo que someterse. Daba la impresión de ser el aspirante ideal para la plaza de vendedor en ruta. Al día siguiente se presentó al lugar de trabajo, que era una bodega donde estaban almacenados los productos, aunque en verdad su destino era la calle por todos los rumbos de la población y sus alrededores. El vehículo estaba listo y cargado. Inmediatamente se dispuso a hacer el primer recorrido. Regresó por la tarde, con el depósito vacío. Venta total. Y eso mismo ocurrió en los días siguientes. Los jefes estaban satisfechos. Pero un día de tantos aquello comenzó a cambiar, hasta que llegó el momento en que no vendía nada. Algo en su interior le dijo entonces que el destino le lanzaba la mejor señal, porque comerciar con túnicas mortuorias quizás era aliarse con la oscuridad.

1503. ANHELAR EN CÍRCULO

Terminó sus estudios medios con notas excelentes, y eso lo animó a buscar oportunidades de formación en el extranjero. Sus padres tenían lo necesario, y entonces él escogió un centro universitario en el norte de Canadá. Llegó ahí con toda el ansia de aprovechar su tiempo, pero poco después de iniciado el curso comenzó a sentirse extraño: extraño dentro de sí mismo. Muy pronto se anunció el otoño y las campiñas enrojecidas lo invitaron a internarse en ellas. Sospechó con vehemencia que aquel intenso colorido le había enviado un WhatsApp desde alguna terraza del aire. ¿Pero qué mensaje era el que estaba recibiendo sin previo aviso? No tuvo que pensarlo mucho. Acaso el dirigido a sus neuronas más profundas, esas que continuaban añorando el calorcito transparente. Preparó el retorno, como un inmigrante al revés.

1504. SIEMPRE HAY REENCUENTRO

En su momento fue aprendiz de hippie, hasta con la ilusión de conformar su propio conjunto de rock. Lo habló con unos amigos, pero la idea no cuajó. Lo que sí continuaron haciendo juntos fue reunirse en la pequeña taberna donde consumían cervezas hasta el amanecer y algunas veces se animaban a las aspiraciones prohibidas. Entre los asistentes siempre estaba Ilse, que soñaba con ser animadora. Iba pasando el tiempo, y todo aquello quedaba atrás. Cada uno de ellos fue girando hacia su propia ruta, y por fin dejaron de verse. Lo que quedó fue una imagen con fondo musical. Hasta que, años después, se encontraron casualmente en un concierto. Estaban todos, menos Ilse. “¿Qué pasó con Ilse?” “Dicen que se hizo monja”. Risa generalizada. “¡Entonces celebrémoslo como se debe, con una juerga mística!, ¿qué les parece?”

1505. AL PIE DEL MANANTIAL

Cuando heredó aquella finca prácticamente abandonada tuvo en el primer momento la intención de desprenderse de ella, porque su vocación nunca había sido agrícola y porque los tiempos eran difíciles en el campo. No había tomado decisión definitiva al respecto, y de vez en cuando se asomaba por ahí. Aquella mañana lo hizo porque el clima era invitador al máximo. Solo quedaba el guardián; y como era un señor mayor, ese día andaba en la unidad de salud por alguna dolencia. Él emprendió solo el recorrido por los senderos rústicos y casi intransitables. Tomó uno que era el más empinado y escabroso, pero de súbito se halló ante una especie de antesala nítida. ¿Qué era aquello? Ahí al fondo estaba la respuesta: el nacimiento de agua que luego se sumergía en la tierra. Se arrodilló ante él, como un peregrino maravillado que llegaba a destino.

1506. DE PRIMERA EN EL CAMINO

Su oficio era la taxidermia. Al taller llegaban los cazadores con sus presas inanimadas en busca de la restauración artística. El ambiente de ese taller era el de un zoológico exquisito, y en él su gestor se sentía como en una selva propia, que administraba a su gusto. Pero un día arribó el cliente más exótico: era un joven con pinta de intelectual que llevaba un ave para que pasara por el proceso. El taxidermista no había visto nunca un ave como aquella, y el aludido se lo explicó de inmediato: “Es la única que sobrevivió al Paraíso. Lo sé porque me lo dijo el bosque en un susurro…”

 


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