ÁLBUM DE LIBÉLULAS (208)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1702. EL PRIMER APLAUSO

La intensidad azul de aquel mar tranquilo era la mejor acogida. El bote que transportaba pasajeros se detuvo junto al muelle, y todos empezaron a salir. La mayoría turistas de mochila. Uno de ellos, un joven que llevaba una bolsa de ropa y un violín en su estuche, caminó hacia el restaurante Gariful, que estaba enfrente, y cuyas mesas daban hacia afuera. Antes de que llegara salió a su encuentro aquella muchacha que mostraba tanta emoción que parecía a punto de alzar vuelo. Abrazo intenso. “¡Por fin llegas, el concierto empezará en unos instantes!” Él tuvo un segundo de confusión. “¿El concierto? ¿Que no será pasado mañana?” Ella se rio, ilusionada: “¡Hablo del nuestro, del que se iniciará en unos minutos, en la habitación que tienes reservada, después de tanto tiempo de que estuvimos juntos en el Conservatorio! ¡Bienvenido a Hvar, intérprete virtuoso, Croacia es tuya!”

1703. FICCIÓN IDEAL

Había sido una tertulia impregnada de recuerdos cálidos, como cada vez que estaban reunidos todos los que integraban aquel grupo que se empezó a formar desde los remotos años de la convivencia parvularia. Pero en esa oportunidad se dio una presencia inesperada: aquel silencio con alma de ausente. Todos hablaban y reían como siempre, entre vasos rebosantes, pero él parecía envuelto en una túnica impenetrable. “¿Qué te pasa, Gabriel?”, le preguntó uno de los presentes, y la pregunta se animó de pronto como el vuelo de un insecto provocador. Él no salió de su cápsula envolvente, pero envió una mirada que era a la vez mensaje y advertencia. “Estoy aquí, pero siento que no estoy”. “¿Y eso? ¿Ya te volviste pensador extravagante?” Él sacudió la cabeza antes de responder: “Quizás, y por eso me voy”. “¿Hacia dónde?” “Hacia el vitral más próximo…”

1704. RECORDATORIO LABORAL

Estaba dormido en una banca del parquecito aledaño a la iglesia, y por su apariencia era muy difícil identificarlo como un indigente o como un excéntrico. Los transeúntes pasaban a su alrededor, sin percatarse de su presencia. Hasta que aquella señora con su perrito atado a una correa iba a pasar cerca del durmiente. Ella se detuvo a la par del sujeto inmóvil, que parecía una figura ideada por algún pintor subconscientemente surrealista. Allá a lo lejos, desde una lejanía de ésas que parecen producto de la imaginación, surgió un repique de campanas. Había llegado la hora. Mientras el perrito lanzaba un aullido de bienvenida, ella llamó al que reposaba: “¡Ángel, es tiempo de que vuelvas a tu función natural!” Él se incorporó como ante un llamado insoslayable. “¡Gracias, Memoria, estoy dispuesto!” Ella sonrió, alejándose. Él, como ángel de la guarda, tornaría a su trabajo.

1705. BLOODY MARY FELIZ

Cada vez que le pagaban la mensualidad de su pensión se sentía habilitado para recuperar experiencias vividas, así fueran las que podían considerarse más simples e ingenuas. Ese día recibió su sobre y ni siquiera contó lo que había adentro. Se fue directamente al bar donde desde siempre iba a desahogar sus ansias de libertad interior, ya que la libertad exterior se hallaba tan sometida por las adversidades cotidianas. Desde que probó el Bloody Mary fue su coctel favorito. Como buen lobo solitario, nunca había nadie con él; pero esta vez el Bloody Mary tenía un sabor nostálgico que no era común. Entrecerró los ojos y comenzó a ver imágenes. ¿Por cuál iba a decidirse? Sí, por esa, la de Maribel, su primera novia. Lo dejó por un piloto. Murieron en un accidente aéreo. Él sonrió: “Gracias, Maribel, por dejarme en tierra, como un caminante más…”

1706. MOMENTO ÍNTIMO

La parte de la Plaza junto al agua, y el café-bar AlTodaro al aire libre estaba repleto. Verano vivo. Repicó la campana y ellos, que andaban buscando dónde reposar a la luz de un Bloody Mary y de un gin and tonic, ocuparon una mesa bajo la claridad soleada. El mesero de alta figura, que parecía sacada de una muestra de personajes de antaño, se acercó con la orden. Los vasos llenos y los recipientes con galletas y papas fritas. Se hallaban en un lugar clásicamente mágico: la Plaza de San Marcos en Venecia, y el movimiento humano era constante; pero eso no les quitaba su naturalidad invasora a los cientos de palomas que andaban a la busca de algún bocado. Él comenzó a despenicar las galletas y las papas. Se acercó Leonardo el mesero, y él le preguntó: “¿Está prohibido?” Gesto de sí. “Entonces, sigamos, porque la Naturaleza manda”. Y el revuelo de palomas invadió la Plaza.

1707. HONRAR LA NATURALEZA

Dicen que no hay dos sin tres; y cuando él lo pensaba, una sonrisa de múltiples significados posibles se le dibujaba en el rostro. Su naturaleza desafiante no mostraba agresividades inútiles, y eso hacía que se le considerara un ser sociable y entrador, como decían sus amigos. Y quienes mejor recibían tal condición eran las jóvenes de las que siempre andaba rodeado. Cuando el tiempo pareció llegar, se formalizó con Irene, la hija de un empresario farmacéutico muy notorio. Él mostraba un enamoramiento pleno, y ella le correspondía. Uno de los allegados más de confianza le preguntó: “¿Qué andás buscando, Trébol?” Ese era el sobrenombre que le cayó desde siempre. “Nada, sólo ser feliz con lo que tengo”. “¿Y qué tenés?” “La gracia de mi apodo”. “¿Cómo así?” “Dicen que no hay dos sin tres, y como yo soy Trébol, el tercero que soñamos ya viene en camino…”

1708. KOPER, 4 P.M.

El mar sereno estaba muy cerca, y la tranquilidad empedrada del ambiente era perfecta. Se detuvo ante la puerta de la Catedral de la Asunción y dudó entre ingresar o seguir adelante. Él ahora era un peregrino, y así tenía que manejar su búsqueda. Luego de asomarse y enviar una mirada intensa hacia el altar, dispuso seguir caminando. Lo que no advertía es que aquella mirada iba volando detrás de él, hasta que se posó en su hombro. De pronto, una motocicleta inesperada se detuvo a su lado. “¡Sí, es ella, Lorella!”, a quien conociera cuando ambos estudiaban en Roma, adolescentes extranjeros. Lo cautivó y desapareció. Sólo sabía que era una joven eslovena, originaria de Koper, el puerto sobre el agua azul. Y entonces la mirada que seguía posada sobre su hombro voló para posarse sobre el hombro de ella. Ya podían seguir el viaje juntos hacia el ensueño siguiente.

1709. LEY DE VIDA

Dispuso ser músico desde que tuvo conciencia de que los sonidos podían tener vida propia. A partir de aquel momento, la vivienda hogareña se convirtió en un foco de armonías improvisadas. Pero había una cosa curiosa: aunque todas las casas estaban pegaditas, los sonidos de aquélla no se percibían en el entorno inmediato. Y es que los sonidos eran su forma espontánea de respirar. No podía dejarlos porque caería exánime. Era músico porque el aire le permitía serlo. Ahí se quedaría, pero no como un alma en pena sino como un alma en gracia.

 


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