ÁLBUM DE LIBÉLULAS (194)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

DEL SUEÑO

Aquella mañana todo parecía igual que siempre: afuera, el clima propio de la estación; adentro, las premuras normales de la hora. Se levantó de la cama, aun en penumbra, y se fue al baño a los oficios de limpieza matinal. Volvió en unos minutos sin ningún trapo encima. Había que preparar algo que se pareciera a un desayuno. Pero cuando estaba por dejar el pequeño dormitorio, que desde hacía unas semanas no compartía con nadie, tuvo de pronto una sensación de soledad que no le había dejado ninguna de sus parejas sucesivas cuando escaparon de ahí, como de un lugar inhóspito. Volvió al lecho y descubrió que ahí, bajo la sábana revuelta, había algo. Levantó sigilosamente la tela, que bien podía ser un sudario. Y lo era: lo que estaba ahí, exánime, era su propio sueño. Gimió. Hoy sí se quedaba solo en el mundo.

1580. LA LUZ DE SANTA RITA

Su vida había entrado en fase de crisis, tal si todo lo que le rodeaba se estuviera poniendo en su contra, sin alternativa. No era una simple sensación, porque los hechos se hallaban a la vista. Entonces todos sus mecanismos anímicos empezaron a fallar. Se fue enclaustrando en sí mismo, como un ermitaño sin escapatoria. Aquello era una trampa mortal. Pero de pronto, y sin que hubiera indicios reveladores, cada vez que cerraba los ojos, una tenue luz se le hacía visible en la profundidad de la conciencia; y esa luz poco a poco iba tomando cuerpo, hasta que apareció la imagen. Era una señora sonriente con una rosa en la mano. Se la ofreció con un gesto. Él vaciló. “No temas, todo va a resolverse, yo soy la abogada de los imposibles. Y esta rosa es la llave para ingresar en tu nueva ruta…”

1588. FICCIÓN INMEMORIAL

Por el camino polvoriento venía la caravana de peregrinos que estaban lozanos como si acabaran de salir de su punto de partida. Nadie hubiera dicho que la ruta que venían recorriendo fuera ya tan extensa como aquella suma de solsticios y equinoccios, aunque nadie en el ambiente los reconociera como tales. A media mañana pasaron frente a aquel caserío que tenía todas las características de un refugio de seres sin hogar, y los peregrinos se sintieron envueltos por un aura insospechada. Fueron en busca de un lugar para descansar por unas horas, y lo que encontraron fue aquel predio baldío que daba a una fuente sinuosa. Ahí se instalaron para pasar unas horas. Horas que se volvieron días y luego años y siglos. Solo el camino polvoriento siguió ahí, esperando a sus peregrinos ilusionados…

1589. EN EL CÍRCULO SAGRADO

¿De dónde le había nacido aquella impresión de que estaba siempre al borde de un arroyo, entre los guijarros y las plantas de la orilla? Quizás de su experiencia infantil, cuando le tocó vivir el desapego familiar y tuvo que refugiarse en los espacios naturales que había alrededor. Ahí se hizo amigo entrañable de los árboles protectores y de las mariposas aventureras. Después, se fue a la ciudad a seguir sus estudios, y ahí tuvo que acomodarse a los espacios cerrados y a los laberintos artificiales. Pero el vínculo emocional con el arroyo original y sus entornos nunca dejó de estar presente en sus vigilias nocturnas. Cuando terminó su formación académica tuvo que buscar ocupación laboral. Y entonces desechó oportunidades por lealtad a su memoria. Hoy trabaja en un vivero junto a una quebrada. Destino final.

1590. JUEGO DEL TIEMPO

Ella era introvertida por naturaleza, y cuando llegó a la adolescencia tal condición se le convirtió en penumbra íntima. No se comunicaba con nadie, hasta que llegó aquel muchacho con planta de extraterrestre emocional. Hubo un clic instantáneo, y a partir de aquel momento tanto él como ella fueron inseparables. Se hallaban concluyendo su formación universitaria, ella en filosofía subliminal y él en química reveladora, aunque las carreras no se llamaran así. Formalizaron su relación, para hacer vida en común. Los años siguieron pasando, y en un cierto momento, sin decirse nada al respecto, empezaron a descubrir que ambos tenían una misma ruta de vida, que estaba por encima de todo lo demás. Y esa ruta iba en dirección inversa a lo que se consideraba natural. No iban hacia la vejez sino hacia la infancia. Misterio compartido.

1591. MÍSTER  ANGELICUS

Desde la más remota infancia se manifestó como un ser fuera de serie, en lo bueno y en lo malo. Su familia no podía con él, y muy pronto lo enviaron a un internado religioso en las montañas. Ahí obtuvo su título de bachiller, y se dispuso a ingresar al mundo universitario. Escogió una universidad pública, para no tener que depender de sus padres, y consiguió trabajo de limpieza en una capilla. Empezó a estudiar la carrera de chef, porque le fascinaba la mezcla de ingredientes. Muy pronto estaba listo para emprender un negocio propio, luego de conseguir un crédito bancario. A la hora de escoger el nombre dispuso ponerle “Míster Angelicus”. Fue una corazonada. Alguien se lo preguntó, y la respuesta fue tan enigmática como él: “Para que los clientes sientan que su cocinero también alimenta a los dioses”.

1592. ENTRE  HERMANOS

Cuando se casaron, ambos compartían criterio sobre la religión: eran ateos confesos, y decían sentirse libres por ello. La vida les fluyó sin dificultades personales, pero cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña, algo se les removió por dentro. Era sentir que aquella niña, radiante como una flor y fragante como un fruto, estaba ahí para acercarlos a la gracia del milagro. Las madres de ambos, fieles y devotas, les hablaron con suave emoción: “Esta criatura nació el 6 de febrero, Día de Santa Dorotea, patrona de floristas y fruteros. ¿Y saben qué quiere decir Dorotea? Regalo de Dios. En nuestro corazón, la niña se llama Dorotea. ¿Están de acuerdo? Si es así, sonrían sin temor…” Ellos no respondieron de inmediato, pero en los días siguientes siempre hubo flores y frutos alrededor de la recién nacida.

1593. PARÁBOLA DEL HALLAZGO

Se lo había dicho infinidad de veces, como para que ella entrara en comunicación directa con su imaginación más profunda: “Lo que nos une no es el destino, sino la búsqueda”. Y aquella frase caló tanto en el ánimo de ambos que muy pronto se dieron a la tarea de recorrer juntos los caminos del mapa que estaba a su alcance, como en un ejercicio de círculos concéntricos. Aquel fin de semana dispusieron ir a caminar por uno de los cerros más cercanos, que estaban siempre superpoblados de vegetación. Se internaron entre la maleza y los ramajes y fueron avanzando hacia adentro. De pronto, se hallaron en un claro no previsto, que de inmediato les dio la sensación de un jardín de pequeñas plantas floridas al ras del suelo libre. Y él dijo, emocionado: “Es lo que nos tocaba encontrar este día: uno de los jardines urbanos de la infancia…”

1594. EL MAPA SIGUE ABIERTO

Se fue del sur hacia el norte cuando las contingencias de la guerra le hicieron sentir que no podía moverse en su espacio disponible. Y ahora tenía que volver del norte hacia el sur porque las contingencias de la persecución le hacían saber que era mejor volver por las buenas que exponerse a ser víctima de las malas. Volvió y se sintió un desconocido, aunque su gente lo recibía con amabilidad. ¿Qué pasaba, entonces? Estuvo haciendo cábalas, hasta que atinó con una respuesta: “No me sirvió del sur hacia el norte ni del norte hacia el sur. Hay que probar con las otras direcciones…”

 


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