ÁLBUM DE LIBÉLULAS (192)

Historias sin Cuento

David Escobar Galindo

1571. JET LAG

La abrumadora nevada del día anterior había puesto en crisis momentánea al transporte aéreo. Había gran cantidad de pasajeros con sus maletas acumuladas a la espera de posibles llamados a abordar. Pasaban las horas y la situación no parecía salir del impase. Y en una ciudad como Nueva York las ansiedades por lo que pasaba se volvían críticas. Pero de pronto la emergencia pareció desvanecerse. Todo comenzó a circular con la normalidad de siempre. En las pistas no había ningún rastro de nieve. Los pasajeros fueron dirigiéndose a sus respectivas mesas de atención. Alguien preguntó en voz alta: “¿Qué ha estado pasando?” No hubo respuesta de los encargados, pero alguien adelantó una hipótesis: “¿No sería que los servicios estaban padeciendo el jet lag de la estación climática que se ha saltado todas sus fechas?”

1572. RESPUESTA IRRELEVANTE

Se acercó a ella lo más que permite la educación elemental entre personas que acababan de conocerse, y le preguntó con sonrisa invitadora: “¿Quieres una copa de vino?” Ella hizo un gesto de aceptación sonriente. Él entonces le preguntó: “¿Te gustaría blanco o tinto?” Ella susurro: “Tinto”. Él indagó con aire de conocedor: “¿Te gustaría un Pinot Noir de Oregon o un Pommard francés?” Ella le dio una explicación inesperada: “No importa, lo que importa es saborearlo juntos”. Él se levantó hacia el aparador de los vinos y ella lo siguió. Cuando sacaba el recipiente ella lo abrazó por detrás, haciendo que girara, y de inmediato se apretó a él, estampándole un beso largo y profundo en la boca sorprendida. Al apartarse, ella volvió a sonreír, preguntándole: “¿Qué resultó: Pinot Noir o Pommard?”

1573. LA HUELLA DEL CAMINO

Hicieron el Camino de Santiago cuando el respiro de sus ocupaciones y la convergencia de sus voluntades se hallaron a punto. Una vez concluida tal experiencia de trayectoria en la tierra había que hacer el regreso por aire. Tenían, desde luego, arreglados de antemano los pasajes para el retorno, que implicaba una parada de enlace en Madrid. Y entonces les nació un impulso insólito, curiosamente compartido en forma espontánea: “¿Por qué no completar el camino por agua?” Todos los peregrinantes se rieron de inmediato, y pareció que la idea ahí se quedaba; y ninguno volvió a hablar del asunto. Pero ya de regreso en el país, cada quién en lo suyo, la inquietud navegante siguió viva. Estaba toda la vida por delante para que aquel anhelo íntimo tomara forma.

1574. EL TRÁNSITO PERFECTO

Habían ambulado toda la tarde por los alrededores de la Plaza Mayor, sin rumbo fijo, como hay que hacer en las ciudades más cargadas de símbolos. Y ahora estaban frente a un portón evidentemente clásico, frente al que nunca habían pasado, pese a que ya tenían bastante tiempo de residir por aquellos entornos. Se detuvieron y la tentación de penetrar por ahí se les impuso como una orden superior. Antes de hacerlo levantaron la vista hacia los pisos superiores en los que se abrían los balcones de los pisos habitados. Entraron y durante varias horas no volvieron a aparecer. Ya casi en vísperas de la amanecida se escabulleron hacia afuera, como si buscaran pasar inadvertidos, aunque a esas horas nadie cruzaba por ahí. Días después, las autoridades avisadas descubrieron un par de cuerpos exánimes en uno de los apartamientos superiores. Estaban intactos. Nadie entendía nada.

1575. LOPE DE VEGA EN VIVO

Era la Iglesia de San Sebastián, sobre la calle del mismo nombre y entre la Calle de Atocha y la Calle de las Huertas. En uno de los costados de la Iglesia había una venta de plantas, de flores, de semillas y de objetos afines, llamada El Jardín del Ángel, y eso le daba al entorno un toque de naturalidad vivificante. El caminante se detuvo frente a una pequeña placa empotrada en la pared en la que se decía que en aquel templo se hallaba enterrado Lope de Vega. Se quedó inmóvil frente al recordatorio que para los transeúntes pasaba inadvertido. Eran las 5 de la tarde, el cielo invernal semejaba una copa de luz, y la iglesia estaba cerrada. De todas maneras no pensaba entrar: le bastaba con saber que adentro había un huésped sobrenatural con nombre humano. Se dirigió entonces a tomar una copa de vino a La Vinoteca, para celebrar.

1576. LO QUE BUSCABA

La imagen estaba fija en su tela sobre la pared desnuda. El lugar era un viejo convento que quién sabe por qué se había convertido en albergue para visitantes pasajeros. Todas las paredes se encontraban desnudas, salvo la de aquella imagen que nadie había identificado nunca. Se instaló ahí, para tener un pie a tierra durante aquellos días que le servirían para recorrer las comarcas aledañas. Al despertar el siguiente día se sintió inusualmente fatigado, y lo único que deseaba era permanecer en su cuarto, sin ver a nadie, recogido en la lectura de uno de los textos místicos que llevaba consigo. Así lo hizo en aquel primer día y en los siguientes. En la víspera de su partida, salió del encierro y se fue a recorrer las estancias del albergue. Se detuvo ante la imagen fija en la pared. Y entonces sólo se atrevió a susurrar: “Gracias, hermano”.

1577. LA OTRA PUERTA

Alquiló aquel pequeño apartamento en la zona de Madrid donde siempre quiso vivir: en cualquiera de las calles que convergen en la Plaza de Santa Ana, esa zona donde estuvo alojado la primera vez que visitó la ciudad, hacía ya varias décadas. Ahora, en cuanto estuvo instalado, salió a recorrer las calles aledañas, en busca de imágenes recordables que le devolvieran sensaciones difuminadas por el tiempo. Así llegó a aquella pequeña taberna donde tantas veces fue a iluminar sus emociones pasadas. Pero nada era igual a lo que fue entonces, y la sensación se le volvió nudo en la garganta. ¿Qué estaba haciendo ahí, si lo presente no tenía nada que ver con lo pasado? Iba caminando mientras se lo preguntaba, y al instante se entreabrió una de las puertas de la calle que recorría. Penetró sin titubear. Estaba en casa.

1578. MOMENTO ESTELAR

Aquella mañana, que era la de un día de descanso laboral, se halló de pronto ante un dilema: subir a la azotea o bajar al sótano. Optó, sin pensarlo, por asomarse a un balcón intermedio, casi escondido entre los pliegues de la construcción anticuada, y que era el único posible tragaluz de aquel cuarto que permanecía desocupado desde hacía mucho tiempo. Cuando abrió la persiana, el aire entró como si hubiera estado aguardando turno. Las ánimas de la terraza y las del sótano aplaudieron con entusiasmo al unísono invitándolo al encuentro en familia.

 


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