Historias sin Cuento

Historias sin Cuento

Dany Brenes/La Nación/Costa Rica/GDA

PROEZAS DEL DESVELO

Eran ya tres hijos que habían llegado en secuencia cronológica perfecta, y ahora ya tocaba el arribo del cuarto, que por acuerdo de los progenitores sería el último. Los tres anteriores tenían dos años de diferencia entre sí, y los nacimientos se habían dado en meses inmediatamente sucesivos: julio, agosto y septiembre. Al cuarto, pues, le tocaba octubre. Y para cumplir al punto con las fechas designadas, la concepción debía producirse en enero.

Había pasado el Año Nuevo, y el mes comenzaba a avanzar con el paso rápido que hoy acostumbran los tiempos. El padre de ella sólo miraba a la hija directamente a los ojos; pero la madre sí hacía observaciones al respecto, a su estilo sesgado:

–¿Cómo va la cosa, cariño?

–¿Cuál cosa? –reaccionaba ella, con el retintín usual.

–La cuarta estación…

–Ay, mamá, quién te oyera…

Y así los días continuaban pasando, con la sensación de que lo hacían con aceleración creciente, como ocurre siempre cuando hay una tarea por hacer que no sólo depende de las voluntades puestas en juego. Y ya cuando enero estaba en su recta final, Melvin llevó a Alina al que siempre había sido para ellos el rincón favorito de la pequeña casa que compartían en el suburbio densamente arbolado:

–Alin, ¿está pasando algo dentro de ti?

–Lo dices por…

–No sólo por eso. Te he estado viendo ausente, como si no estuvieras aquí.

–Es que paso muchas horas en su búsqueda.

–¿Búsqueda de quién?

–De cuarto niño que aún no se deja sentir.

–¿Pero dónde lo buscas?

–Por todas partes, pero sobre todo en las noches, porque algo me dice que anda por ahí escondiéndose para que no lo encontremos… Quizás pretende ser un inconforme bromista de nacimiento. No quiere ser el cuarto, sino el primero.

–¡Ah!, ¿y qué te parece si lo buscamos juntos? –se rio él, abrazándola.

–¡Pero de prisa, porque el tiempo se acaba!

Las noches siguientes fueron de desvelo total compartido. Y lo más curioso fue que tal desvelo no les produjo somnolencia diurna, sino al contrario: una energía que parecía obra de magia. Y ya en la víspera del fin de enero ella amaneció casi desvanecida.

–¡¿Qué te pasa, amor?!

–Shhh, no me interrumpas. Estoy esperando que el niño despierte. Ya está aquí. Escúchalo. Pon tu oído sobre mi piel.

MISIÓN DEL TRAGALUZ

Se habían trasladado a aquella ciudad del Norte extremo con la ilusión de todos: lograr una mejor vida y asegurar un futuro más promisorio. El trayecto desde su lugar de origen hasta su nuevo lugar de destino tuvo todas las vicisitudes previsibles cuando se trata de un ingreso indocumentado, pero al final llegaron sanos y salvos, lo cual le agradecieron de inmediato a la Providencia encarnada en la Virgencita de Guadalupe.

Tuvieron casi de inmediato la suerte que muchos tienen que esperar por largo tiempo y a veces nunca llega: les salieron trabajos coincidentes con su experiencia anterior, él como conductor de autobuses y ella como trabajadora doméstica. Estaban rebosantes de alegría, y así se lo comunicaron por WattsApps a sus parientes que habían quedado allá abajo, en un población rural de la costa pacífica.

Era verano, y a pesar de que la temperatura del lugar, supuestamente cálida para el ambiente, era casi fría para ellos, se pusieron sus trajes veraniegos, comprados en una tienda de conveniencia, y así salieron a recorrer los entornos.

Era una comunidad de religiosos que habían dispuesto irse a vivir en el entorno de su iglesia, que era la única del lugar con aquella denominación. No preguntaron cuál era, y simplemente penetraron en el recinto que era muy semejante a una cueva de paredes terrosas con un pequeño tragaluz en lo alto.

Se fueron a sentar en un rincón, y muy pronto llegó a ponerse junto a ellos, de pie, un joven con aire sacerdotal:

–¿Qué vienen a buscar, amigos? –les preguntó con suavidad envolvente.

Ellos en un principio no hallaron qué responder. Sólo sonrieron, cohibidos.

–Ya me respondieron, no son necesarias las palabras. Pasen, pasen y ubíquense.

Fueron a acomodarse en un rincón, ahí donde la tierra tenía más olor a entierro. Un entierro con luz de amanecer. No tardó mucho en comenzar la ceremonia: un coro de seres de distintas identidades, pero todos ellos unidos por una aureola de terrenidad inocultable.

En algún momento, quién sabe cuánto tiempo después, ellos se preguntaron con las miradas:

–¿Y ahora qué hacemos?

Entonces cerraron los ojos y ahí vino la respuesta: el pequeño tragaluz pareció abrirse, como si estuviera invitándolos a la resurrección natural.

Todos fueron saliendo en fila y afuera no había ninguna señal sobrenatural. Al contrario, las gentes se comportaban como lo que eran: personas perfectamente comunes, y ellos en primera línea.

Después de esa experiencia tan fuera de lo normal, ambos tuvieron la sensación íntima de que pertenecían a esa comunidad desconocida en la que el culto no era a una divinidad sino a un encuentro con la tierra. Y desde el instante en que tal sensación se les hizo presente en las respectivas conciencias le dieron gracias a los poderes superiores por haberlos llevado hasta ahí para reconocer la plenitud de sus orígenes.

Y sólo les quedaba decir: «¡Gracias, tragaluz!»

OBRAS SON AMORES

El tiempo había roto todas las barreras y se derramaba por los alrededores con la voluntad espontánea de llegar a tocar los horizontes que estuvieran a su alcance. Eso lo sentía él como cosa propia porque desde que tuvo conciencia empezó a desarrollar el anhelo multifacético de programar su vida tal si fuera una aventura en el tiempo.

Cuando se lo contó a su novia Francine ella lo miró a los ojos como si no acabara de entender.

–¿Estás dispuesta a acompañarme?

Francine le tomó las manos:

–Yo contigo iría hasta el fin de los tiempos…

Todo estaba listo, pues, para el enlace, que se produjo en una soleada playa de última generación, con todas las amenidades costosas a la mano. Pero aquella tarde, sin decir agua va, se desató una tormenta con rayos y centellas, y la ceremonia y el agasajo tuvieron que escapar hacia adentro, a unos espacios que apenas daban para albergar a todos los invitados de pie. La vida en común estaba comenzando, entonces, con una broma pesada del tiempo.

Y desde aquel momento, incluyendo la luna de miel, todo comenzó a mezclarse en su vida y en sus vidas, como si el tiempo la hubiera cogido con ellos. Y la mezcla aludida apuntaba cada vez más hacia una intimidad que no hubieran imaginado ni en sus momentos de mayor ebullición de sentimientos. Lo estaban sintiendo, pero aún no se animaban a vivenciarlo, hasta el día en que todos los espejos de la casa parecieron confabularse para hacerlo ver.

Aquella noche, que ya apuntaba hacia el amanecer, se hallaban acostados en su lecho común, y él dijo de pronto, como si acabara de despertar:

–Voy a cerrar la ventana porque ya no tarda en salir el sol…

–¡Déjalo así, porque el sol ya salió!

–¿Y dónde está?

–Aquí –y tocó con el dedo la sien de él y la sien de ella.

Se abrazaron y se besaron tal si lo hicieran por primera vez.

Y aquello fue como el despertar que ambos, cada uno a su manera, habían venido dejando que les creciera en las mentes, y que hoy, en una insospechada manifestación de anhelos manantializados, se hacía presente para envolverlos en la mejor colcha de todas.

La aventura estaba empezando a materializarse de veras.

La aventura de soñar que al fin estaba convirtiéndose en la aventura de ser. Y el conductor de todo aquello había sido el amor, que es el eterno vigía visionario.

Ahora él podía entender a plenitud la respuesta que le había dado ella en el inicio:

–Yo contigo iría hasta el fin de los tiempos…

Los tiempos que caben en una almohada, que brillan en un ventanal, que alientan en una caricia…

 


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