Francisco Gavidia, conocido y desconocido

Recién retornado a El Salvador, con varios años en el exterior, una sobrina que estudiaba en un colegio católico de Santa Tecla me dijo que su profesora de literatura me presentaba como escritor muerto. Sí; es una creencia inocente de creer que el escritor necesita estar bajo tierra para que se estudie. Ella le aclaró a su maestra.

También hay escritores fallecidos que resulta cómodo enterrarlos en el cementerio del olvido. Excepciones: Salarrué, Alfredo Espino, Masferrer, Claudia Lars, Dalton, por lo menos no sobran dedos de la mano.

En verdad, vivo o muerto a la voz del presente hacia un futuro no se le puede negar existencia. De todas maneras sus fantasmas deambulan en sus obras.

Organizando papeles en estos aislamientos planetarios me encontré un libro con ensayos de diversos autores sobre Gavidia, sin fecha, lástima, pese a que hice el prólogo. Nunca se publicó. Tratan de la obra y personalidad del Maestro, quien nos muestra lo qué somos, o cómo deberíamos ser. Esas raíces originarias claves para hacer crecer el árbol de la vida nacional.

De Gavidia resuena su nombre: en Biblioteca Nacional, en dos teatros de San Miguel, en una universidad. Incluso muchas personas creen que la Biblioteca Nacional es de la universidad que lleva su nombre. No creo que el olvido sea intencional, pues Gavidia no le hizo mal a nadie, por el contrario, pese a su enfermedad desde joven, luchó por descubrir nuestros orígenes dedicándose sus casi cien años de vida, para demostrarnos que no somos medio vivos ni medio muertos como dice el poeta Dalton. Quizás solo congelamos la identidad, y Gavidia ayuda a resucitarla.

Porque desde el nacimiento de la República fuimos educados para olvidar. Incluso ya casi olvidamos los Acuerdos de Paz. Ejemplo emblemático de hacer del pasado la clave del desarrollo son los países asiáticos, con quienes hemos sufrido dramas y tragedias similares. Pero ellos, en el siglo XX, se enriquecieron en educación, cultura y economía, abonaron sus raíces históricas por más de dos mil años, para alimentar su desarrollo: su filosofía, su espiritualidad. No solo sobrevivieron sino que se alzaron pujantes ante guerras de exterminio y de colonización.

Pero volviendo a nuestro escritor estoy seguro que muchas instituciones han reproducido rasgos de la historia de El Salvador a partir de las investigaciones gavideanas. Aunque no se dan a conocer los proyecciones de fondo. Caso del tema indígena en la obra “Lucia Lasso“, sobre las encomiendas y los encomenderos, que fueron peor a lo conocido tradicionalmente como esclavitud. Aun más, sus secuelas se arrastran hasta las dos primeras décadas del siglo XX, no lo hemos podido superar pese a esfuerzos. Lo dice la historia. O su poemarioKikab el Grande”. Toda su temática sobre “lo histórico, lingüístico, y racial”, según uno de esos ensayos que encontré de Rafael Mayorga Rivas, refiriéndose “Jupiter“, su obra más conocida.

Gavidia fue relacionado al clasicismo, una mala palabra para generaciones subsiguientes que quisimos ser vanguardistas. Hago salvedad de Roberto Armijo, un gran estudioso de lo nacional y universal quien le niega esa calificación de clásico: “Francisco Gavidia la Odisea de su Genio” (1968)

De esa compilación de ensayos mencionados, hago algunas transcripciones para conocer un poco al humanista. Por ejemplo, hay un trabajo de Eunice Odio, costarricense que vivió en El Salvador en los años de 1960, época de nuestros renacimientos descontinuados. También me alanza espacio para citar al hondureño Rafael Heliodoro Valle. Ambos centroamericanos dan a conocer a Gavidia de carne y hueso. No a su fantasma.

Veamos qué escribe la memorable y trágica y gran poeta costarricense Eunice Odio al entrevistar al Maestro: “Se sienta en el sofá: mano pequeña, y espatulada…el mechón de pelo increíblemente negro y rebelde. Su vestido azul le cubre la frágil figura…”.

Gavidia le afirma: “me gustan los árboles y los pájaros, porque tienen doble música: el color de su plumaje, y de su garganta desde los árboles. Siempre debí tener una casa con pájaros”. Porque “allá, en San Miguel, de la cual solo me queda la memoria viví entre árboles, hace ochenta años cuando no había escuelas edificadas”. Los alumnos estudiaban a la sombra de las arboledas y los pupitres eran sus troncos. “A los diecisiete años me vine a San Salvador para cursar la carrera de abogado, no continué, no gustan los tribunales”. Luego le cuenta a Eunice de cuando se infiltró al campanario de la Iglesia del Rosario para ver a una colegiala de 14 años, interna en un colegio de enfrente, con la que se casó después, por estarla viendo no se dio cuenta que cerraron el campanario. “Quedé encerrado hasta el amanecer”.

Gavidia le dice al hondureño Heliodoro Valle: “espero que mis obras inéditas las publique el Ministerio de Cultura; pero debo tener un poco paciencia”. (Muchas de esas obras se perdieron en el asalto militar a la Universidad de El Salvador, 1972). Continúa Valle: “Con su vestido blanco, su cabellera nigérrima, que el tiempo alisa como si resbalara sobre el ébano milenario, y ojos infantiles posados sobre las cosas, como si pretendiera escrutarlas”. Al sonreír se asoma ese “tiempo sin tiempo de que hablan las teogonías mayas que tanto le obseden“. Jovial, entregado al trabajo “como a un amable deporte, pegado a su tierra de amor y de dolor… Gavidia parece escaparse de uno de esos bajorrelieves arqueológicos que la pátina enriquece con su sobrio matiz”.

Heliodoro Valle está complacido de verle “en su casita como prisión cariñosa”, su médico le prohíbe salir a la calle. “Todavía, a pesar de sus 79 años, el contemporáneo insigne de Darío tiene el privilegio de no sentir la horas altas de la noche. Entre¬gado a sus investigaciones, toma apuntes. Sobre la mesa de trabajo hay papeles en desorden”. Aclaro: es el orden creativo.

Hasta aquí el breve resumen de la compilación encontrada entre mis documentos virtuales. Cito a dos centroamericanos insignes que lo entrevistaron. Y nos dan un Gavidia para quererlo mejor.

Domingos

Durante muchos años de mi vida, odié los días domingo. Me parecían días muertos, aburridos, sin sentido. La laxitud, el silencio, las obligaciones familiares, una pereza resultante del agotamiento acumulado de la semana y una abrumadora sensación de soledad, moldearon las más de las veces esos días en los que no sabía ni qué hacer.

Durante algún tiempo, intenté borrar el extraño sabor de los domingos probando diversas estrategias. Leía, escribía, escuchaba música. Eso me distraía del mal ánimo que me provocaba ese día, pero no del todo. Años después, durante un tiempo demasiado breve, los domingos fueron como una pequeña e íntima fiesta semanal que celebrábamos con Alguien, domingos en los que yo era terriblemente feliz.
Cuando era niña, los domingos familiares tenían rutinas bastante inalterables. Después del desayuno, mi padre iba a una finquita que teníamos cerca de Panchimalco. Muchas veces lo acompañaba, con tal de eludir la otra rutina casera. Ese día no se hacía limpieza, pero sí se cocinaba algo especial. Por lo general hacíamos una barbacoa. Era el almuerzo familiar de la semana. Todos sentados a la mesa. Luego la siesta de los adultos, mientras yo me quedaba en la sala, viendo las películas de Pedro Infante que pasaban en el canal 2.

Raras veces salíamos. Cuando lo hacíamos, casi siempre íbamos a la playa, a San Diego. Por lo inusual de nuestros paseos, dicho viaje adquiría dimensiones de ser un gran acontecimiento. La muy alemana de mi madre tenía toda la logística del paseo organizada con meticulosidad desde un par de días antes. Lista en mano, tenía prevista la comida, las horas de salida, el horario para levantarse, la ropa y los bolsos a llevar, con cumplimiento estricto para todo, so pena de una bofetada o por lo menos, de una buena gritada.

Mi padre manejaba siempre. Mi madre se ponía anteojos oscuros y se amarraba un pañuelo a la cabeza, como era la moda de entonces. El camino parecía largo. Todo estaba lleno de árboles. No había casas ni nada que ver más que la imagen del Cristo Negro, pocos minutos después de entrar en la carretera. Era mi indicativo mental de que el viaje apenas comenzaba. Más adelante, cuando veía los tanques de agua de ANDA, sabía que faltaba poco para terminar el viaje. Cuando llegábamos al cruce para San Diego, ya llevábamos todas las ventanillas del carro abiertas. Sentía el olor del mar, el golpe de la sal en mi rostro, el ruido de las olas, el calor pesado.

Por las tardes, al regresar, en ese mismo cruce, mi padre se detenía a comprar un par de pescados boca colorada que iban amarrados con una pita, de manera tal que se podían colgar en la antena del radio del carro, cerca de la puerta del conductor. Íbamos por la carretera y podíamos identificar a quienes también regresaban del mar, por lo pescados colgados de la antena.

No quería que el viaje de vuelta terminara nunca. Quería que pudiéramos pasar el resto de la vida en ese vehículo, sin llegar a ninguna parte, nada más manejando en silencio, viendo valles y cerros poblados de árboles, mientras caía la tarde y se modulaba la dureza de la luz del sol y las nubes se pintaban de colores. Yo iba con la piel picante por el exceso de sol. Los pies ásperos por el roce de la arena. Tenía la sensación de llevar el mar metido en el cuerpo. Esa burbuja de ensueño reventaba cuando pasábamos de nuevo frente al Cristo Negro. La ciudad estaba cerca. Volveríamos a nuestra odiada realidad.

Hace un par de años me reconcilié con los domingos y ahora es mi día más esperado. En algún momento caí en la cuenta de que pasaba semanas enteras trabajando, sin pausa alguna, error que solemos cometer quienes trabajamos por cuenta propia. A partir de entonces, me permito hacer lo que se me antoje, sin culpa alguna. Los horarios se rompen. Me levanto cuando termino de dormir. Por lo general, me paso el día en pijama o en la ropa más cómoda posible. Veo películas o leo sin parar. Paso horas mirando tonterías en internet. Como cuando siento hambre.

Pero por muy agradable que haya transcurrido el día, cuando se acerca la hora de la cena y comienza a oscurecer, me entra esa extraña sensación que producen los domingos, que sin duda es una de las mil variantes de la tristeza, esa certeza de que el día se acaba. Se me revuelve un poco el estómago al pensar en el lunes, en el regreso a la esclavitud, de tener que volver a una rutina de trabajo y a las obligaciones que nos alejan de las actividades que disfrutamos. Hasta me acuesto más temprano, como si el domingo estuviera reñido con el desvelo. Sé de mucha gente que odia este día.

Quizás lo que se odia del domingo es ese inevitable estado de ánimo, inducido por el cambio de velocidad y el quiebre de la rutina, por la obligación de estar en ciertas compañías o participar en actividades aburridas que preferiríamos no realizar. Quizás es un día en el que muchos palpan, con demasiada crudeza, el hueso de su soledad y piensan cosas angustiantes sobre el futuro, sobre las ausencias y sobre el sentido de todo. O quizás los domingos dejan al descubierto que hay mucho de nuestra vida que no nos gusta y que no sabemos cómo cambiar. Quizás, en el fondo, sí disfrutamos del domingo y lo que odiamos de él es que deba terminar.

Me pregunto si es por ese momento, por esa angustia del final del día que el domingo resulta incómodo, porque trae implícita una micro dosis de nostalgia, la melancolía anticipada de nuestra mortalidad y la certeza de que la vida y el mundo continuarán sin nosotros.
Nada puede hacerse más que vivir el día, de la mejor manera posible, y tragar con humana resignación esa gota de miel agridulce que siempre destilan los domingos.

Reflexiones sobre pugna de contrarios

En la Edad media hubo dos formas comunes de tortura. Con el fuego, en el mundo occidental, Edad Media sobre todo. Y con el agua, en el antiguo mundo oriental. Ahora, el fuego afecta (no tortura) al planeta en la Amazonía y California, solo un ejemplo. El fuego daña, no por sí mismo, sino por modernización, es decir por incidencia humana. El agua, por igual, afecta por intervención humana, por los daños que propiciamos. Y los elementos responden. El fuego fue gran descubrimiento beneficiador de la humanidad. Da vida. No es dañino como resultado natural, sino a causa de abusos medio ambientales. El agua también vivifica en forma de lluvia, forma lagos, ríos y mares; pero también da respuesta a la depredación con inundaciones.

Además, somos de agua y surgimos del agua. Como célula, o virus en transformación, aparecimos del mar. Y el fuego fue el gran descubrimiento para acelerar el desarrollo de la civilización, compitiendo en épocas primigenias con el invento de la rueda (Irak, o Mesopotamia, allá por los 8000 o 3500 años A. de C.).

El fuego fue un regalo de la naturaleza, y luego aprendimos a crearlo por frotación hasta llegar, en nuestro tiempo, al palillo de fósforo y a las grandes combustiones de cohetería. Para manejarlo se necesitaron más de un millón de años. Y en esos procesos transformadores del humano, es que agua y fuego causan daños al planeta. Son los excesos los que originan la depredación de bosques y el cambio climático.

Entonces, no veamos los daños de agua y fuego como venganza o castigo de la naturaleza al respondernos con huracanas, precipitaciones, e incendios. El origen es producto racional. Pues nunca nos apropiarnos del agua como don de Dios, como decían los egipcios del río Nilo. Igual el fuego, como afirma la cultura cristiana: purifica y es fiel acompañante de la familia.

En conclusión, dos elementos positivos son a la vez negativos, sus efectos sagrados se convierten en condena. Lo que la naturaleza nos “presta” para el bien común lo pagamos con malas prácticas humanas. Los racionales respondemos a benigno con destrucción. Al don de Dios le agradecemos con excesos: por desidia o avidez desmedida.

En desidia, porque las inundaciones son producto de una inconsciencia desmedida. Sin visión para abrir la mente hacia el futuro, preferimos matar la gallina de los huevos de oro, es decir el planeta. La desidia nos hace descreídos, no queremos reparar en la verdad de que en medio siglo tendremos ríos y lagos de plástico, o bacterias, o virus genéticos que en el caso del Covid-19 necesita refugiarse en nuestro sistema orgánico para generarse como ser biológico. (Revista Science).

Y fallamos hasta convertirnos en enemigos de nosotros mismos. El planeta responde a las malas prácticas; de pronto estamos en esta guerra planetaria sin contendientes enemigos, pues se trata de auto destrucción. Desde ese punto de vista es una guerra planetaria con un solo bando. Algo parecido a muerte por suicidio.

Recuerdo al Jefe Seattle (1853-1855), a quien me referí con la carta atribuida a él, pero fue escrita por Ted Perry (1971-1972), aunque el Jefe Seattle había escrito pensamientos parecidos. Dada la aclaración, repito esa imagen de Ted Perry que redacta y recrea con imágenes poéticas las ideas del Jefe Seattle: “Porque la tierra que pisamos son las cenizas de nuestros abuelos… todos somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros…Las flores son nuestras hermanas. Las aguas claras del lago y de los ríos son nuestras hermanas. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia”.

Ese llamado hace pensar si entre nosotros pueda desaparecer el armadillo, el rey zope, las guacamayas (¿o ya desaparecieron?), el venado cola blanca, el perico de cuello amarillo, el tepescuintle (¿desaparecido?). El puma, el jaguar y el tigrillo (desaparecieron). ¿En estos años le importan a alguien esos exterminios? Pese a existir responsables medio ambientales, creo que sus omisiones no son intencionales, sino por vacíos de información y conocimiento, dicho con todo respeto. Cuántos millones podríamos ahorrarnos con las pestes que vendrán.

En verdad, las necesidades económicas son las que impulsan a deforestar en forma desmedida propiciando así convertir el planeta en un desierto. Pero se hace caso omiso en que tal inconsciencia causa muerte, o enfermedades desconocidas como el Covid-19, el Ébola, o el Zica, que no son respuestas vengativas de la naturaleza; es un lamento o reclamo por la depredación. Porque las epidemias seguirán si continúan prevaleciendo las malas conductas humanas mencionadas. Por esa razón no esperemos volver a la normalidad, sino tratar de ser distintos “mejores, más solidarios, y más humanos, porque esa normalidad es el problema”, dice un grupo juvenil en su Facebook.

Me explicaba otro amigo conocedor de la oferta de refrescos embotellados, ante mi pregunta de por qué se vendía el agua en bolsa del plástico, depredadoras de ciudades, mares y fauna. Por qué las empresas comerciales no usan bolsas biodegradables para que el plástico no nos afecte con bacterias enemigas. El cliente puede llevar su propia bolsa o comprarla, que la pague. Su respuesta en el caso del agua fue porque con el plástico tradicional se podía vender la bolsa pequeña a diez centavos, y de ser biodegradable el precio subiría a un dólar. No habría agua para gente trabajadora de la calle que anda ganándose la vida. Explicable.

En resumen: la demanda debe satisfacerse sin afectar el próximo futuro. Pero no es explicable con las grandes tiendas que podrían obviar el plástico.

Respecto al agua, la empresa debe ser creativa para vender porciones de agua sin afectar los océanos que nos propician alimento contaminado de micro plástico. Lo importante es que las propuestas sean favorables para defender al planeta y a la gente. Inclusos convertirlas en normativas constitucionales. Porque defendiendo cada país nos defendemos del enemigo planetario en forma de pandemias desconocidas o de muertes bacterianas. De crisis económicas.

No se culpe al lector

Hace algunos años, me tocó visitar una universidad en Tegucigalpa, Honduras, como parte de una gira de presentación de una de mis novelas. Al terminar el conversatorio, hubo un momento para firmar libros. Un estudiante me pidió autografiar una copia de Contra-corriente, mi segunda publicación. Lo firmé, pero había algo raro en el ejemplar, algo que no terminaba de detectar, por más que lo hojeara.

Se lo dije a la persona que me lo llevó, que me parecía una edición rara. Sin pena alguna, el estudiante me dijo que era un libro pirateado. Que debido a que mis libros son imposibles de encontrar en Honduras, habían conseguido un ejemplar y lo habían fotocopiado, haciéndolo parecer lo mejor posible a un original. La verdad fue que me conmovió. Pensar que había personas que querían, a toda costa, leer algo que yo hubiera escrito y que para ello se tomaran tanto trabajo, me parecía una forma de halago.

Recordé la anécdota cuando hace pocas semanas, resucitó la discusión sobre el pirateo de libros, gracias a un tweet hecho por la escritora mexicana Fernanda Melchor. Autora de la novela Temporada de huracanes (cuya lectura recomiendo), Melchor emitió un breve mensaje insultando a quienes compartían archivos en PDF de su obra. Hace cosa de un año, la escritora chilena Francisca Solar también emitió un tweet agresivo, haciendo alusión al pirateo de su obra, generando un largo y caldeado debate sobre el tema.

Cuando cada tanto tiempo sale a discusión, muchos autores insisten en que el pirateo de libros les afecta directamente, en el sentido de que es un libro menos que se vende y que, por lo tanto, no recibirá sus derechos de autor correspondientes. La preocupación es válida porque el pago de los mencionados derechos es una compensación económica que reconoce el trabajo intelectual del autor. Pero la realidad es que esa compensación es casi simbólica y su valor sólo se incrementa a medida que se venda mayor número de libros. Los derechos de autor son apenas un 10 % del precio de venta al público sobre cada libro vendido. En las matemáticas finales del mundo editorial, estos derechos no llegan a cubrir el tiempo de escritura que se dedicó a una obra, a menos que se tenga la suerte de convertirse en un bestseller. Aquí es donde cruzamos la frontera entre la realidad y la fantasía de ser escritor, entre las ambiciones y las posibilidades reales. ¿Se escribe para ganar dinero? ¿Se escribe para ser leído?

En realidad, el reclamo por la piratería debería dirigirse hacia otros sectores. Una persona que necesite leer un libro y no pueda encontrarlo disponible o carezca del dinero suficiente para comprarlo, hará lo que sea necesario para acceder al texto. Muchos de estos lectores son estudiantes universitarios, para quienes las fotocopias y copias digitales son imprescindibles y sin cuya existencia, casi cualquier carrera se torna impagable.

Vivimos en una región que, de por sí, no le da un espacio ni un valor adecuado a lo cultural. Lo vemos con el libro literario, por ejemplo, que no circula en los países de la región centroamericana. Los distribuidores no quieren arriesgar importar libros a países con bajo índice de compra de libros y hacen circular lo que consideran ventas seguras. Se le da prioridad a autores no centroamericanos, que representan super ventas internacionales.

La escasez de librerías, la situación económica nacional, los engorrosos trámites burocráticos para importar o exportar libros, tampoco nos convierten en un país atractivo para el mercado editorial. Hay cientos de títulos interesantes que jamás serán vendidos en nuestro país y que, de serlo, tendrían un costo elevado para quienes leemos. Viviendo en países con profundos índices de desigualdad social, está más que claro que alguien que quiera leer pero que no tenga los medios económicos para comprar libros, encontrará alguna alternativa para hacerlo, sobre todo si la lectura está relacionada a sus estudios.

Quienes somos lectores preferiremos siempre, sin duda, la lectura de una edición en papel. Apreciamos una buena portada, la tonalidad y el olor del papel usado, el cuidado de una buena edición. La lectura de libros pirateados no es sustitutiva de la experiencia de la lectura en papel. De hecho, leer PDF’s no es la experiencia más amable para el lector, a nivel visual.

Cuando nos gusta mucho un libro pirateado, es bastante seguro que lo terminemos comprando en formato duro, como me pasó con Claus y Lucas. El libro es una edición con tres novelas cortas de Ágota Kristof, escritora húngara cuya obra conocí mediante un archivo Word. La primera de esas novelas, El gran cuaderno, me impactó tanto que quise tenerlo en impreso. Pero estaba agotado y así permaneció durante varios años, hasta que por fin la editorial Libros del Asteroide hizo esta compilación en 2019. La compré en cuanto pude, antes de que volviera a agotarse.

Todo esto no debe tomarse como un alegato a favor de la piratería de libros. Pero de nada sirve ignorar que la piratería es una realidad y que si existe, es porque hay una necesidad y una demanda no satisfechas. En vez de condenar a los lectores que leen textos pirateados, es más útil analizar los motivos de este tipo de consumo, para comprender la situación y encontrar alternativas que beneficien tanto a los lectores como a las editoriales y los escritores.

El mundo del cine y de la música tienen años de estar evolucionando sus modelos y creando plataformas alternativas para acceder a sus productos, como Spotify y Netflix. En el mundo del libro hay un par de plataformas que prueban algo similar, donde los lectores pagan una mensualidad por tener acceso a cientos de títulos, recibiendo las editoriales y autores un porcentaje de dicha tarifa. Scribd y Bookmate son un par de ellas.

Que no se culpe al lector por piratear libros, si la sociedad y el sistema económico no le permiten mejor alternativa para acceder a ellos.

Reflexiones en tiempos de crisis

Apelo y recreo en parte al Eclesiastés (en hebreo significa Asamblea) donde se habla para llamarnos a reflexionar de que todo tiene su tiempo. Tiempo de sembrar y de cosechar lo sembrado. Tiempo de hacer obras permanentes; en especial, de sembrar huertos y jardines, plantar árboles frutales; propiciarles agua y cuido para que den frutos optimus (mejores). Y que la cosecha beneficie a quienes los procesan con sus manos.

Ese libro, Capítulo 3, nos dice por qué estamos en esta vida. Lo más importante de esa vida es el conocimiento, ser sabio en la toma de decisiones, accionar en el momento propicio; y que los logros no sirvan para ufanarnos de nuestras destrezas o habilidades pragmáticas. Esa verdad es “como la luz que vence a las tinieblas”. De estas ideas milenarias salió la famosa frase de “El Principito” sobre afrontar las dificultades: no encontraremos respuesta si no vemos con el corazón, porque la realidad no se percibe solo por los sentidos. Si aspiramos a que nuestras decisiones sean sabias necesitamos un conocimiento emocional, sensitivo, para no esgrimirlo como espada de fuerza; que vayan acompañadas de buenas intenciones, porque también las hay malas; aunque ambas pueden hacernos incurrir en el error.
Y cuando menciono decisiones sabias me gusta la verdad que nos heredó el premio Nobel José Saramago: “Todo lo que he logrado es gracias a la sabiduría de mi abuelo, no obstante que era analfabeto”.

Trayendo estas reflexiones al tiempo actual del mundo en crisis, no olvidamos que cada quien nace con su pan bajo el brazo. Los técnicos lo dicen de manera macro y complicada, en lenguaje de entendidos. Es decir que las desesperaciones, los insomnios, las angustias, la depresión, el pánico, deben ser derrotados por la capacidad de resistencia de muchos de nuestros pueblos primigenios; incluyendo los de países africanos. Sobre esto es importante la revelación de otro premio Nobel, Mario Vargas Llosa, en su novela “Los Sueños del Celta”, como el progreso surge de las crueldades.
Ese conocimiento no solo viene de la literatura, también lo expresa el cine creativo, como “Django sin Cadenas” (Tarantino); y otras más que aleccionan el tema de la esclavitud. Menciono a Django porque así como releo los libros que me gustan, igual me pasa en el cine. En el caso de Quentin Tarantino atrae su habilidad de mezclar humor sin caer en lo trivial, al abordar temas violentos. Se necesita un gran talento para un sincretismo, o asociación perfecta de dos valores contrapuestos. Son los misterios del arte, como me dijo una vez el gran escritor argentino Julio Cortázar

También pienso en nuestros veinte mil kilómetros cuadrados. Basta mostrar historia del siglo XX, para graficar cómo se ha sobrevivido a las crisis, en especial nuestras etnias originales. Todo parece triste. Porque en las realidades dramáticas o trágicas no hay humor. Tampoco hay estética genial como la concibió Shakespeare.

En resumen, se trata de crear y tener oportunidades ya, en la medida de nuestras posibilidades, para que estemos disfrutándolo dentro de medio siglo hacia el futuro. No darse por vencidos es una fórmula de sobrevivencia individual; aunque esta depende en gran parte de otros, porque como individuos no podemos optar por reacciones pasivas o mitigadoras de las propias heridas. Si de verdad, queremos que la suma de todos no falsee el total.

Si países que hace cuarenta años sobrevivieron en condiciones semejantes o peores a las nuestras, lograron crecer como si hubiese sido acto de magia (lo vemos en muchos documentales de la TV). ¿Por qué no podríamos nosotros? Como primer paso, nunca es tarde para comenzar, debemos apropiarnos de una primera barricada de resistencia que sería la educación. Un segundo flanco de defensa sería el estímulo de las artes y los libros, la cultura en general. Porque la economía familiar próxima estará ligada a respuestas universales de cooperación internacional, como necesidad de estas post guerra pandémica.

También necesitaremos atención de las emociones deterioradas, en especial, salvar a los niños y niñas, saldar la cuenta de lo que no pudimos hacer finalizado nuestro conflicto bélico con esos tesoros de barrios marginales.

Respecto a mi especialidad, opino que no debe leerse para saber más, sino para desconocer menos. Para no enfermarnos de ignorancia. Que la resiliencia individual se sume a una resiliencia social. El fracaso de uno significa fracaso de todos.
Porque en economía se espera un golpe dramático: se perderán 195 millones de empleos en el mundo, siendo la América Latina de las más afectadas, dice la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la crisis más severa desde la Segunda Guerra Mundial, terminada en 1945.

Entre nosotros, pequeña zona geográfica, solo en la economía informal se afectaría a más de setecientas pequeñas empresas, las que no

sobrepasan de ocupar a más de cinco personas sin ser técnicos ni profesionales. No digamos las micros, las medianas, que si cerramos los ojos ante su precariedad afectarán a toda la Nación. Gran porcentaje de estas en la economía mundial responden al 50% del Producto Interno Bruto ofreciendo entre 60 y 70% de empleos. Aunque según Central América Data.com (22/09/2020), ante el empeoramiento de “una severa crisis económica, podríamos perder 250 mil empleos, de los cuales 35% serían formales y el 65% restante, informales”.

No es sembrar pánico, aunque la prevención produzca miedo. Pero si atendemos las informaciones internacionales verificamos que aun los expertos son pesimistas. Por ejemplo: “nunca antes, como ahora, estuvo en tanto peligro la humanidad” (Noam Chomski). A estas opiniones autorizadas respondamos con sensatez. Es tiempo de no afectar a los demás y de cubrir los vacíos seculares. Tiempo de no olvidar las tragedias que pudieran ser evitables. De lo que no es tiempo es de morir o de destruir o de matar en vez de edificar, como teme el Eclesiastés.

“Semos malos”, dice Salarrué en su hermoso cuento de la salvadoreñidad. No lo somos aunque lo parezcamos por intolerantes. Poco videntes ante las tragedias históricas.

Otra forma de leer

Me encontraba picando verduras para preparar una sopa. Tenía puestos mis audífonos y estaba escuchando mi primer audiolibro. Mientras escuchaba, pensé que la experiencia era un equivalente a cuando alguien te lee o te cuenta una historia. Eso me llevó a preguntarme si escuchar un audiolibro podía considerarse una forma de lectura. A fin de cuentas, aunque el formato de acceso al texto escrito sea el oído y no los ojos, alguien te está leyendo un libro de principio a fin y, al terminar, te deja con pleno conocimiento de la obra.

Confieso que estuve negada durante años a escucharlos. Me parecía que la experiencia no sería tan satisfactoria como leer en papel o en formato digital. Pero, haciendo cuentas de las horas que invierto en los oficios domésticos, pensé que dicho tiempo podía aprovecharse de manera más agradable. Podría escuchar música, y a veces lo hago. Podría escuchar podcasts, pero sigo buscando alguno que me guste tanto como para escucharlo a diario. Durante un tiempo, intenté ver series con el celular. Pero por estar haciendo algo que requería moverme de la cocina o fijar mi atención en otra cosa, me perdía de escenas o detalles de los programas y casi que me limitaba a escucharlas. Ahí fue cuando se me ocurrió intentar con los audiolibros.

Para mi primera experiencia decidí escuchar Lágrimas en la lluvia, de Rosa Montero, una novela que me llamaba la atención por ser de ciencia ficción y estar ambientada a 100 años en el futuro, en España. El personaje principal es una detective, una replicante de combate llamada Bruna Husky, que investiga un caso sobre falsas memorias implantadas en la población de replicantes, quienes conviven en la tierra junto con los humanos y seres de otros planetas. Me pareció irónico escuchar esa novela con audífonos inalámbricos, en un presente donde las pantallas son nuestra cotidianidad y donde la información de toda índole es manipulada de múltiples maneras para influenciar las decisiones y conductas de los seres humanos, tal como también pasa en la novela.

Para muchas personas, el audiolibro les permite mantenerse conectados con la lectura, aunque no sea de manera tradicional. Las personas ciegas, quienes sufren de dislexia, quienes pasan por cirugías de los ojos y las personas muy mayores encuentran en ello una opción válida para continuar “leyendo”. También es útil para quienes deben manejar durante horas o que sacrifican tiempo muerto en los embotellamientos, en cuyo caso los audiolibros sirven de compañía y como elemento para disminuir la tensión.

Un rápido sondeo que hice en Twitter me sirvió para darme cuenta de que el audiolibro es un tema que despierta muchas pasiones. Como en todo, hay gustos y opiniones diferentes, así como ventajas y desventajas propias del formato. Para algunos, no es lo mismo que leer y consideran que es una actividad para “gente haragana”. Para otros, el audiolibro es una solución de lectura cuando no se tiene el tiempo, el espacio o las condiciones necesarias para tomar un libro.

Hay quienes piensan que escucharlos mientras se hacen otras tareas los desconcentra, pero igual se puede desconcentrar mientras se lee con la mirada y la mente divaga en diversos asuntos. Para otras personas, el audiolibro tiene la limitación de no poderse marcar o subrayar fragmentos interesantes. Lo cual es cierto, aunque pienso que, si un libro te gustó lo suficiente, se puede buscar después la edición en papel, para ubicar y rescatar esos fragmentos importantes.

Un par de personas comentaron que no les gusta la pronunciación del español de quien lee. En lo personal, no me molestan los diversos acentos del español, algo a lo que también estamos expuestos cuando vemos películas mexicanas, argentinas o colombianas, por decir algo. Mientras se entienda lo que hablan, no veo problema con el acento, aunque supongo que, en realidad, lo que se extraña es poder imaginar las voces a su gusto, en sus cabezas. De hecho, ése fue uno de los motivos por los cuales no me animaba a escucharlos.

Un audiolibro es mucho más que una persona leyendo. Las grandes editoriales invierten en su producción equipo y trabajo profesional de primera. Quienes graban los libros tienen entrenamiento vocal o son actores radiales, que modulan las voces de otros personajes o que incorporan a otros actores para leer los diálogos en que intervienen, de manera que quien escucha pueda distinguir claramente a cada uno, sin confundirse. Lo único que hace falta para diferenciarlo de un teatro radial son los efectos de sonido y el hecho de que las obras para radio cuentan con un guión que adapta la obra literaria, pero que no necesariamente lee todas y cada una de las palabras del texto, como sí lo hace un audiolibro.

Al terminar de escuchar Lágrimas en la lluvia, hice un balance positivo de la experiencia, no solo porque me gustó la obra, sino porque en pocos días había terminado de “leer” un libro completo, algo que seguramente me hubiera tomado más tiempo, de haberlo leído en papel o digital.

Muchas veces, nuestras labores cotidianas nos dejan agotados interiormente o nos obligan a leer muchas horas (en papel o en pantalla), de manera que ya tenemos la vista o la mente cansados cuando por fin tenemos un tiempito libre para leer los libros de nuestro interés personal. Aunque el formato es muy diferente, el proceso de análisis y de comprensión de la lectura es el mismo. De hecho, existen varios estudios que demuestran que al escuchar audiolibros o al leer visualmente, se activan las mismas redes neuronales en el cerebro, por lo cual la experiencia de escuchar el libro no debería de ser despreciada del todo.

Para quienes dicen que no leen porque nunca tienen tiempo, quizás les venga bien probar con audiolibros. No es la misma experiencia, pero por lo menos podrán acercarse a la literatura a través de las nuevas formas de leer que nos ofrece la tecnología.
Eso es mejor que no leer nada.

Azul pintado de cielo

Hace unos nueve años escribí sobre el libro “Puntero apuntado con apuntes breves”, atribuido al salvadoreño Juan de Dios del Cid, el primer libro editado en territorio ahora centroamericano, posiblemente en 1741 (aunque existe el original que vi en la Biblioteca Nacional de Chile con fecha 1641, pero el 6 está tachado). Hay un debate sobre el autor y la fecha; aunque yo sabía de él desde que estudiaba en San Miguel el sexto grado. Bueno, tiene tantos años el libro que se ha creado un enigma. Pero lo importante es su contenido y su grafía (“tipos” de letras hechos a mano en madera que ofrece una estética admirable).

Algo aún más real: es un tesoro de identidad cultural salvadoreña y regional. Hay una edición facsimilar de Concultura (1999; con un interesante estudio de una española (Isabel Cassin) que me visitó como editor universitario, llegó con su esposo ex jesuita Santiago Montes, pero la toma de la UES, (1972) retrasó la edición.

Agrego que acabo de descubrir en mis anaqueles un libro publicado por Concultura (DPI, 2003) titulado “Pintando el mundo de azul” (José Antonio Fernández, costarricense). Su lectura, bajo el asedio planetario, me hizo recordar mi niñez. Vivía en un barrio sub urbano (en aquel tiempo, ahora es diferente: Avenida Roosevelt, Estadio Charlaix, Clínicas, Hospitales). Recuerdo que descubrí, o me hizo descubrir mi abuela, que en la calle había muchas matas de añil (nombre universal del jiquilite) y que se podía hacer tinta.

Aunque ya nunca volví a ver esas plantas las tengo en mi memoria, pues me puse a hacer tinta, y me gustaba ver sus frutitas en forma de racimos de guineo, fruta que se cultivaba en el patio. Todo esto fue antes de mi primer grado, pero yo sabía de las tintas por conocer el tintero de un tío que fue como mi padre. Entonces me ponía a jugar haciendo tinta como lo hace un niño en nivel de inicial. Y como he dicho otras veces, que la patria de la poesía es la infancia, es para no olvidarlo.

Claro, nunca conocí “El Puntero…”, manual de fabricación de tinta añil, su proceso para fabricarla, y que llegó a ser en siglos XVI al XVIII principal producto de exportación. También me hizo recordar que en mi barrio sub urbano abundaba el árbol de tihuilote, y descubrí que esa “frutilla”, como racimos de uva, en forma parecida a perlas, de textura pegajosa, era insumo para fabricar la tinta.

Fue en Costa Rica donde descubrí “El Puntero Apuntado…” por lo que hice referencia en mi novela que presenté en Alemania en la Deutsche Welle (DW): Cuzcatlán donde bate la Mar del Sur. Y ellos sabían del añil.

Cuando regresé a El Salvador me propuse buscar el libro. Sorpresa, encontré varios ejemplares, y el precio: ochenta centavos de colón, un equivalente a diez centavos de dólar. Me fui de bolsa gastando el equivalente a un dólar y adquirí diez ejemplares para regalar a los amigos, pues antes había hecho un pequeño sondeo si lo habían leído, y me di cuenta que no, más o menos conocían el nombre. Y me emocionaba que en el Instituto Centroamericano de la Universidad de Costa Rica descubrí una crónica de un barco llegando al puerto de Rotterdam a finales del siglo XVII (1690) desde Sonsonate, era Acajutla, o Acaxual de esas épocas, con un cargamento de tabletas de añil, porque se exportaba en forma de bloques, o ladrillos. Era el azul cielo de nuestras tierras con el que pintaban las telas del naciente industrialismo en Europa.

Antes de ese descubrimiento pensaba que los colorantes que iban hacia Europa solo procedían de la región centroamericana, y de las islas caribeñas colonizadas por países europeos. Pensaba que la caída del añil fue por el descubrimiento de los colorantes sintéticos a finales del siglo XIX, y eso nos había impulsado a producir el café.

El libro que ya mencioné “Pintando el mundo de azul”, producto de investigación, me sacó de las dudas en estos meses. El declive de los colorantes naturales (el rojo o índigo o carmín en Guatemala y Perú, sacado del insecto cochinilla; y nuestro azul sacado de la planta jiquilite) no provino de ese descubrimiento químico, sino de que también Asia producía el azul; solo que el producto centroamericano era nueve veces de mayor rendimiento y calidad que el producido en la India, debido a que mezclaban con otros elementos extraños para hacerlo abundar. Pero, por cantidad de producción, jamás íbamos a superar al país asiático. De modo que nuestra exportación de añil continuó con limitaciones hasta finales del siglo XIX, aunque los europeos prefirieron el azúcar y el cacao como producto de explotación y exportación desde las islas colonizadas, como las Antillas Menores y Jamaica. Porque ya existían los colorantes sintéticos.

Lo precioso de “El Puntero apuntado…, es que contempla hasta la modalidad de cómo los cortadores (pueblo originarios) debían transportar la planta hacia los obrajes (“fábricas”, dice el libro), el tiempo de corta, y el permanecer en las pilas con agua donde se lanzaba las plantas, y como debía removerse el agua para producir un colorante de calidad que diera diferentes matices del azul. Pero la mortandad de los indígenas produjo la necesidad de traer a El Salvador mano de obra esclava de África, de ahí nuestra ascendencia africana.

Para sorpresa, pese a la tecnología del siglo XXI, el añil tiene demanda para colorear ropa de la gran moda. Nuestro azul no muere, pese a sus quinientos años de existencia y los avances químicos. Su eternidad no es por el color pintado de cielo. No muere por valor de identidad: porque tuvimos “fábricas de tinta” tres siglos atrás.

Metáforas aparte, me interesa divulgar nuestros tesoros. Pueden encontrarlo digitalizado en REDICCES, buscar “Biblioteca Nacional” o Biblioteca del Patrimonio Digital Iberoamericano. Como dice el prólogo: deben leerlo las nuevas generaciones por su estética y para ir al encuentro de nuestra identidad cultural.

Adiós a la DPI

Hace un par de semanas, me enteré por casualidad de que la editorial del estado, la Dirección de Publicaciones e Impresos (DPI), ha sido reducida a una llamada “Unidad de publicaciones y fomento editorial”. El Ministerio de Cultura, de quien dependía la DPI, no ha hecho ningún anuncio formal al respecto. Tampoco se nos ha avisado nada a quienes tenemos libros publicados en la mencionada editorial.

En el organigrama de la página del ministerio, este cambio aparenta estar definido desde enero de este año, según sello adjunto y la firma de la ministra Suecy Callejas. Bajo la Dirección Nacional de Bibliotecas y Archivo se encuentra una instancia escuetamente denominada “Publicaciones” que, supongo, corresponde a esta nueva unidad, de cuyo nombre tuve conocimiento en alguno de los tuits que reclamaban sobre este asunto.

A pesar de los numerosos cambios de gobierno vividos por la DPI desde su fundación en 1953, las diversas jefaturas a las que estuvo adscrita siempre le otorgaron la debida importancia. De último, había estado bajo el alero de la Dirección de Investigaciones, dirección que también ha desaparecido. Esta última estaba encargada de realizar trabajos ensayísticos sobre diversos temas históricos del país. Bajo su funcionamiento estaban además un par de revistas, entre ellas Ars, una publicación de larga data.

Si vamos a ser sinceros, el trabajo de la DPI había decaído mucho en años recientes. La editorial tuvo muchos altibajos, años de grandes aciertos, pero también años de poca actividad. De un tiempo para acá, pareció estancarse en un funcionamiento mínimo y poco atractivo. Sus publicaciones, a nivel de impresión y de materiales utilizados, dejaban mucho qué desear. Por motivos desconocidos, varias de las valiosas colecciones que logró impulsar en décadas pasadas, quedaron paralizadas, sin continuidad y nada más se reeditaban algunos de sus títulos. Su empeño reciente priorizó la edición de libros infantiles, aunque también se hacía con muchas limitaciones y deficiencias.

La Biblioteca Básica Salvadoreña (de 30 libros), así como las colecciones de Ficciones, Historia, Poesía y Orígenes (esta última, especializada en publicar obras completas de escritores considerados parte del canon literario nacional), fueron sin duda grandes aportes editoriales para la cultura del país. La DPI era, además, una de las instancias organizadoras y promotoras de los Juegos Florales que, aunque deficiente, es el único concurso literario nacional estable que tenemos. Los ganadores de los mismos eran publicados en dicha editorial, aunque también, esto ocurría de manera irregular.

Podría contar toda la historia de su funcionamiento y de los autores que publicaron en sus colecciones o en la revista Cultura. Pero nostalgias aparte, la DPI tuvo serios tropiezos de diferente índole en el último par de décadas. Jamás supo adaptarse a los cambios tecnológicos y modernizar sus publicaciones, en cuanto a diseño y línea gráfica, pero tampoco, en cuanto a constituirse en un espacio de publicación para las nuevas promesas de la literatura nacional (que las hay, y muchas). No contaba con un comité de lectura, situación con la cual justificaban la no admisión de manuscritos para ser considerados para publicación. Ni siquiera tenía una página web y la que tuvo por corto tiempo, fue desaparecida en alguno de los cambios administrativos de gobierno. La DPI tampoco se adaptó al comercio y a la difusión internacional, y nunca diseñó ni vendió versiones electrónicas de sus libros. Uno de los pocos aciertos que tuvo en años recientes fue el de abrir un local de ventas en el Museo Nacional de Antropología, un lugar de fácil acceso para nacionales y extranjeros, y que evitaba a los interesados ir hasta el centro de San Salvador a buscar sus títulos.

Con la inestable y corta vida que suelen tener las editoriales independientes nacionales, que ahora ven reducida o afectada su producción como consecuencia de la pandemia, las opciones de publicación en el país se reducen aún más con la desaparición de esta editorial.

Sería fácil señalar culpas, como suele hacerse cuando se cierra un proyecto. Pero culpar a sus directores sería injusto. A fin de cuentas, quien entraba a ocupar dicho cargo parecía hacerlo con las manos amarradas, sin las herramientas, personal o presupuesto adecuados, pero sobre todo, sin la voluntad política de las instancias superiores para permitir que la DPI se convirtiera en el núcleo de difusión literaria que el país necesita y merece. Durante años se trabajó con máquinas obsoletas y con una parte del personal más preocupado por realizar sus actividades sindicales que sus tareas laborales. Conocí a más de un director que comenzó en el cargo con gran entusiasmo y muchos planes, pero que poco a poco aterrizaba a una realidad que lo superaba, limitando el dinamismo y la capacidad de gestión independiente que requiere un puesto de dicha naturaleza.

La DPI presentaba un sinnúmero de problemas, es cierto, pero la solución a ellos no era eliminarla ni degradarla a una mínima expresión. ¿Cuáles son los nuevos planes de esta unidad de publicaciones? ¿Cuáles serán sus funciones y limitaciones? ¿Seguirá abierta la tienda del MUNA? ¿Qué ocurrirá con los libros ya publicados? ¿Se seguirán reimprimiendo las colecciones ya existentes? ¿Tendrá esta instancia capacidad organizativa dentro de los Juegos Florales? ¿Qué pasará con Cultura, Ars y las demás revistas que se publicaban? ¿Qué pasará con las instalaciones de la DPI, con la donación de maquinaria japonesa y con los libros embodegados? ¿Qué pasará con todo el personal de la DPI y con el presupuesto que tenía asignado? ¿Nos sorprenderá el ministerio con la formación de una nueva y eficiente editorial estatal, como estuvo planteado en el Plan Cuscatlán? Las preguntas son muchas, pero el hermetismo con que se ha tratado este asunto es desconcertante.

Como todas las instancias del gobierno, la DPI se mantenía con nuestros impuestos. Por lo tanto, la ciudadanía y los miembros del mundo literario salvadoreño, tenemos derecho a saber qué hay detrás de este cambio tan radical, porque tanto la acción como el silencio envían un mensaje negativo: que la literatura es un asunto sin importancia para este país.

Retos para recuperar lo perdido

Sí, tenemos que ir en “busca del tiempo perdido”, como dice el francés Marcel Proust en su famosa novela. Encontrar las rutas para recuperar no solo el tiempo, sino la fuerza de empuje para solventar los diferentes problemas nacionales, como la escasa inversión en cultura, educación, salud, e interrelacionado a otros que requieren sabiduría para superarlos. Ese tiempo perdido son décadas. No hemos sido, por ejemplo, tan congruentes en el período de pacificación del país, pese a ganar en la protección de los derechos individuales.

Se nos olvidó atender los daños emocionales producidos por el conflicto bélico que repercutió en violencia, por olvidarse del bienestar social. Cuántas vidas se hubieran salvado en estos últimos años, tras acordar en fin del conflicto bélico, de haber prestado atención a los niños de esos primeros tiempos, huérfanos de guerra, omisos de asistencia económica, dejados bajo vigilancia de sus abuelos, porque los padres y hermanos mayores tuvieron que emigrar. La niñez quedó a la buena de Dios.

Tampoco se trata de aspirar a un bienestar parecido a la utopía que, equivocados o no, soñamos tantas generaciones desde el siglo pasado. Y para golpearnos más, apareció lo inesperado, perturbador de la tranquilidad de lo que somos, pese a que debimos ser distintos. La pandemia no perdona al planeta al acosar la economía y el bienestar sicológico de todos, pero tiene mayores repercusiones en los que históricamente han sido los más golpeados.

Toda esa historia triste de dramas y tragedias que impulsan a pensar que lo mejor es olvidar. Como que recordar lo negativo nos convirtiera en solución del problema. Y esto no se refiere solo a El Salvador, la crisis es planetaria. Eso no obvia preguntarnos qué pasará con los países del Triángulo Norte, donde los más pobres buscaron un destino mejor en las caravanas de migrantes, con la gravedad que la población urbana se sumó a las tragedias de los campesinos pobres.

No se puede evaluar el bienestar social por el PIB: Panamá y Uruguay, superan a El Salvador unas cuatro veces. Costa Rica tres veces, Cuba casi dos veces; Ecuador, Paraguay y Perú, nos superan una vez y media. Pero todos pertenecemos a países del Tercer Mundo. Y si no pudimos evitar las décadas pérdidas, porque han sido varias, en perjuicio de los más vulnerables; si no superamos la postguerra, será más difícil defendernos de la post pandemia que afecta ya a todo el mundo, ocasionando lo que se llaman una mega crisis. Por no ser solo económica.

A este respecto comento en breve planteamientos del filósofo y musicólogo chileno maestro Gastón Soublette, a quien en Chile le llaman el jefe de la tribu. Como decir el sabio.

Para Soublette el COVID-19 es una pandemia que fractura peligrosamente al mundo, en todas las manifestaciones humanas, en especial los sentimientos, no solo por el pánico, sino porque también ha generado frialdad ante la muerte. Incluso en personalidades impensables desde sus estrados políticos más poderosos, lo cual hace más grave la crisis convirtiéndola en mega crisis, ante los vacíos de atención a la emergencia. “No se educó para cuidarse de la pandemia”, dicen algunos para justificarse, como si no hubiese habido por décadas tantos vacíos en educación. O se argumenta los millones de muertes en otras pandemias: viruela, VIH, el cólera.

Mega crisis, porque abarca lo sicológico: miedo y soledad que producen angustia, depresión, abusos, anulación de valores culturales ante los duelos familiares. Porque la pandemia afecta la espiritualidad y los estados anímicos, aunque algunos no lo adviertan. Todo esto nos debe llevar a la reflexión “que la humanidad no puede ni debe seguir igual. Necesitamos cambiar espiritualmente, emocionarnos por los otros y sensibilizarnos ante los deterioros del medio ambiente”, dice Soublette. Es más difícil, afirma, revertir el daño medio ambiental cuyo gran efectos proviene de las potencias planetarias, que solucionar las afecciones sicológicas y la frialdad ante las situaciones anímicas. Sobre la naturaleza, incluso artistas y dirigentes vienen advirtiendo los daños a la naturaleza (Salarrué, en Carta a los Patriotas (1932) o el Jefe Seattle en el siglo XIX).

Soublette, crítica a la sociedad industrial “que presiona, exige, amenaza y obliga a una vida exterior. Pero el bienestar que nos parecía deslumbrar ha devenido en fracaso”. Y necesitamos resaltar en la persona sus buenos sentimientos, y no “valorar el desarrollo humano por su fuerza de rendimiento”. Tenemos que darle oxígeno a la vida con “un paradigma cultural que nos lleve a encontrarnos cada quien consigo mismo”. Lo cual es un llamado a la educación humanística.

Aunque como espiritualista pareciera que Soublette exige una utopía. Pero a lo que se está oponiendo es a los analistas que se ponen en contra del deterioro ambiental afirmando que “solo debemos preocuparnos por el presente y no en lo que ocurrirá dentro de cincuenta años”.

Es aquí donde se ve que pasado y presente se dan la mano para crear un futuro conviviente y no un mundo deteriorado que repercute en pánico y fatalidad. Conocernos a nosotros mismos para valorar la vida de los demás, aun los que no han nacido.

Cuando Alberto Masferrer condicionó el desarrollo a alfabetizar y a escribir (no a dibujar signos, ni a repetir sonidos elementales sino comprender y expresar ideas, conocer para desarrollarse como ciudadano) hablaba por los que no habían nacido, ese futuro que también fue presente para él.

Como decíamos, no se trata de aspirar a una utopía, que, como sabemos, es como el horizonte, que entre más caminamos hacia él, más nos alejamos (Galeano). Pero sí estar seguros que la humanidad creativa, ahora desde los medios tecnológicos debe ser consciente de que dependemos de nosotros mismos para que la venidera post pandemia traiga un cambio planetario. Esto depende de exigirnos una posición noble y profunda, impulsadora de transformaciones sanitarias, educativas, y culturales, para beneficio social de todos. No solo mirarnos en el espejo de la propia prosperidad.

Epifanías secretas

¿Cuál fue el libro que cambió su vida? Es una pregunta que se nos hace con frecuencia a los escritores, pero que también se hace entre lectores. ¿Qué significa exactamente eso de que un libro te cambie la vida? ¿Se dejó de creer en algo? ¿Se cambiaron hábitos de vida o maneras de hacer las cosas? ¿Se mudó de país? ¿Adoptó una nueva religión? ¿Puede un libro producir transformaciones profundas en una persona?

No sé si un libro me bastaría para hacer ese tipo de cambios. Sobre todo, no creo que ocurriría con novelas o cuentos, es decir, con libros de ficción. Quizás podría ocurrir con la lectura combinada de varios libros y con algunos hechos de la realidad que respalden las circunstancias del lector.

Pienso en libros como La Biblia, el libro más traducido y publicado en toda la historia. O en El Capital de Karl Marx, otro libro con gran número de ediciones en todo idioma y con profunda incidencia en los sistemas económicos que la humanidad ha tratado de implementar. Más recientemente, los libros de auto ayuda y ciertos ensayos, pueden influenciar a los lectores que buscan algún tipo de orientación para comprender y mejorar aspectos de su realidad con los que se sienten insatisfechos. Es posible que encuentren en alguno de ellos información de fondo, sugerencias o análisis que les ayuden a superar alguna etapa negativa de sus vidas o el estímulo necesario para lanzarse a realizar proyectos nuevos.

Sin embargo, ¿es posible que la literatura de ficción nos haga cambiar? Me atrevo a decir que sí, aunque nos impulse a otro tipo de cambios, relacionados con el oficio de escribir y no con la sobrevivencia económica ni con el oficio de vivir. O quién sabe porque, a fin de cuentas, escribir es también una forma de asumir la vida. En mi caso, dos son los libros que marcaron ese tipo de cambios.

Ya he mencionado en más de alguna ocasión cómo me impactó la lectura de Heidi, novela de la escritora suiza Johanna Spyri. Tenía 6 o 7 años y aunque había muchos libros en casa, era la primera vez que me sentaba a leer uno de principio a fin. El libro me lo regaló mi tío, antes de aprender a leer. En el colegio no se nos hacía tanto énfasis en la comprensión de la lectura como en leer de corrido y en cumplir con las pausas de puntuación.

Leer Heidi me fascinó porque fue descubrir la lectura comprensiva. La emoción que me causó fue tan profunda que cuando lo terminé, cerré la contratapa y me quedé viendo la edición con una serie de emociones y pensamientos corriendo a mil. Entendí todo, cada frase, cada párrafo. Me identifiqué con el personaje central, algo que nunca pasaba con las lecturitas que nos daba sor Ardón en el colegio. Me pareció maravilloso que existieran ese tipo de historias y que hubiera personas que las escribieran. Pensé de inmediato que eso sería algo que me gustaría hacer a futuro, escribir historias. Fue toda una epifanía.

Heidi significó el descubrimiento de una vocación, del oficio al que le he dedicado mi vida. Pero también significó el inicio de mi obsesión con los libros y la lectura, porque a partir de entonces, comencé a leer el periódico, las revistas y los libros que había en casa. Cada vez que mi padre o mi tío me preguntaban que quería de regalo, lo único que pedía era libros. Muchas veces leí cosas que no comprendía a fondo, pero no importaba. Pedí un diccionario, aprendí palabras nuevas y pensaba que, cuando fuera grande, volvería a leer todas esas partes y libros que no entendía entonces.

Otro libro que marcó un tipo de cambio personal, aunque más como escritora que como otra cosa, fue la lectura de Ulises de James Joyce. Me empeñé en leerlo por su importancia dentro de la literatura moderna pero no fue una lectura fácil ni inmediata. Intenté 2 o 3 veces leerlo y me rendía a eso de las 50 páginas, dejándolo para después. Lo intenté una cuarta vez y, no sé por qué, en esa ocasión sí me atrapó y no pude soltarlo hasta concluir.

Al igual que con Heidi, recuerdo el momento en que terminé y cerré la contratapa. El primer pensamiento que tuve, después de una sensación abrumadora de asombro, fue la convicción de que es posible hacer de todo en literatura. Joyce había retratado un día en la vida de un personaje, Leopold Bloom, con sus ires y venires, sobre todo estudiando su fluir de pensamientos, un ejercicio que tienta a muchos escritores. La ambición de retratar la cotidianidad de un personaje, siguiéndolo en detalle, pero sobre todo reconstruyendo sus procesos mentales, es un reto al que nos atrevemos en pocas estrofas o páginas, pero no en un libro de 800 páginas.

Joyce utiliza la técnica del fluir de la conciencia para cumplir el cometido. Humor, reflexión, diálogos, monólogos y hasta una pieza teatral caben dentro del mundo de Ulises. Dicha variedad de recursos es lo que le otorga riqueza, pero también complejidad a la obra, desalentando a muchos a continuar con su lectura. En lo personal, Ulises me concedió el permiso de escribir mis textos de la manera en que se me ocurrieran, aun cuando a mí misma me pareciera que tenían un formato inusual.

No todos los libros nos tocan o afectan de la misma manera. La combinación del libro que leemos junto con el momento y el estado emocional que estamos viviendo, puede permitir que una lectura nos sacuda a fondo, marcando un antes y un después muy claro en nuestras vidas.

Ese es el enigma de los libros, que pueden parecer mensajes exclusivos, dirigidos a nuestra persona, como si existiera un vínculo misterioso con alguien que escribe solamente para nosotros y que nos envía un montón de epifanías secretas, escondidas en las páginas de un libro.