Francisco Gavidia, conocido y desconocido

Recién retornado a El Salvador, con varios años en el exterior, una sobrina que estudiaba en un colegio católico de Santa Tecla me dijo que su profesora de literatura me presentaba como escritor muerto. Sí; es una creencia inocente de creer que el escritor necesita estar bajo tierra para que se estudie. Ella le aclaró a su maestra.

También hay escritores fallecidos que resulta cómodo enterrarlos en el cementerio del olvido. Excepciones: Salarrué, Alfredo Espino, Masferrer, Claudia Lars, Dalton, por lo menos no sobran dedos de la mano.

En verdad, vivo o muerto a la voz del presente hacia un futuro no se le puede negar existencia. De todas maneras sus fantasmas deambulan en sus obras.

Organizando papeles en estos aislamientos planetarios me encontré un libro con ensayos de diversos autores sobre Gavidia, sin fecha, lástima, pese a que hice el prólogo. Nunca se publicó. Tratan de la obra y personalidad del Maestro, quien nos muestra lo qué somos, o cómo deberíamos ser. Esas raíces originarias claves para hacer crecer el árbol de la vida nacional.

De Gavidia resuena su nombre: en Biblioteca Nacional, en dos teatros de San Miguel, en una universidad. Incluso muchas personas creen que la Biblioteca Nacional es de la universidad que lleva su nombre. No creo que el olvido sea intencional, pues Gavidia no le hizo mal a nadie, por el contrario, pese a su enfermedad desde joven, luchó por descubrir nuestros orígenes dedicándose sus casi cien años de vida, para demostrarnos que no somos medio vivos ni medio muertos como dice el poeta Dalton. Quizás solo congelamos la identidad, y Gavidia ayuda a resucitarla.

Porque desde el nacimiento de la República fuimos educados para olvidar. Incluso ya casi olvidamos los Acuerdos de Paz. Ejemplo emblemático de hacer del pasado la clave del desarrollo son los países asiáticos, con quienes hemos sufrido dramas y tragedias similares. Pero ellos, en el siglo XX, se enriquecieron en educación, cultura y economía, abonaron sus raíces históricas por más de dos mil años, para alimentar su desarrollo: su filosofía, su espiritualidad. No solo sobrevivieron sino que se alzaron pujantes ante guerras de exterminio y de colonización.

Pero volviendo a nuestro escritor estoy seguro que muchas instituciones han reproducido rasgos de la historia de El Salvador a partir de las investigaciones gavideanas. Aunque no se dan a conocer los proyecciones de fondo. Caso del tema indígena en la obra “Lucia Lasso“, sobre las encomiendas y los encomenderos, que fueron peor a lo conocido tradicionalmente como esclavitud. Aun más, sus secuelas se arrastran hasta las dos primeras décadas del siglo XX, no lo hemos podido superar pese a esfuerzos. Lo dice la historia. O su poemarioKikab el Grande”. Toda su temática sobre “lo histórico, lingüístico, y racial”, según uno de esos ensayos que encontré de Rafael Mayorga Rivas, refiriéndose “Jupiter“, su obra más conocida.

Gavidia fue relacionado al clasicismo, una mala palabra para generaciones subsiguientes que quisimos ser vanguardistas. Hago salvedad de Roberto Armijo, un gran estudioso de lo nacional y universal quien le niega esa calificación de clásico: “Francisco Gavidia la Odisea de su Genio” (1968)

De esa compilación de ensayos mencionados, hago algunas transcripciones para conocer un poco al humanista. Por ejemplo, hay un trabajo de Eunice Odio, costarricense que vivió en El Salvador en los años de 1960, época de nuestros renacimientos descontinuados. También me alanza espacio para citar al hondureño Rafael Heliodoro Valle. Ambos centroamericanos dan a conocer a Gavidia de carne y hueso. No a su fantasma.

Veamos qué escribe la memorable y trágica y gran poeta costarricense Eunice Odio al entrevistar al Maestro: “Se sienta en el sofá: mano pequeña, y espatulada…el mechón de pelo increíblemente negro y rebelde. Su vestido azul le cubre la frágil figura…”.

Gavidia le afirma: “me gustan los árboles y los pájaros, porque tienen doble música: el color de su plumaje, y de su garganta desde los árboles. Siempre debí tener una casa con pájaros”. Porque “allá, en San Miguel, de la cual solo me queda la memoria viví entre árboles, hace ochenta años cuando no había escuelas edificadas”. Los alumnos estudiaban a la sombra de las arboledas y los pupitres eran sus troncos. “A los diecisiete años me vine a San Salvador para cursar la carrera de abogado, no continué, no gustan los tribunales”. Luego le cuenta a Eunice de cuando se infiltró al campanario de la Iglesia del Rosario para ver a una colegiala de 14 años, interna en un colegio de enfrente, con la que se casó después, por estarla viendo no se dio cuenta que cerraron el campanario. “Quedé encerrado hasta el amanecer”.

Gavidia le dice al hondureño Heliodoro Valle: “espero que mis obras inéditas las publique el Ministerio de Cultura; pero debo tener un poco paciencia”. (Muchas de esas obras se perdieron en el asalto militar a la Universidad de El Salvador, 1972). Continúa Valle: “Con su vestido blanco, su cabellera nigérrima, que el tiempo alisa como si resbalara sobre el ébano milenario, y ojos infantiles posados sobre las cosas, como si pretendiera escrutarlas”. Al sonreír se asoma ese “tiempo sin tiempo de que hablan las teogonías mayas que tanto le obseden“. Jovial, entregado al trabajo “como a un amable deporte, pegado a su tierra de amor y de dolor… Gavidia parece escaparse de uno de esos bajorrelieves arqueológicos que la pátina enriquece con su sobrio matiz”.

Heliodoro Valle está complacido de verle “en su casita como prisión cariñosa”, su médico le prohíbe salir a la calle. “Todavía, a pesar de sus 79 años, el contemporáneo insigne de Darío tiene el privilegio de no sentir la horas altas de la noche. Entre¬gado a sus investigaciones, toma apuntes. Sobre la mesa de trabajo hay papeles en desorden”. Aclaro: es el orden creativo.

Hasta aquí el breve resumen de la compilación encontrada entre mis documentos virtuales. Cito a dos centroamericanos insignes que lo entrevistaron. Y nos dan un Gavidia para quererlo mejor.

Reflexiones sobre pugna de contrarios

En la Edad media hubo dos formas comunes de tortura. Con el fuego, en el mundo occidental, Edad Media sobre todo. Y con el agua, en el antiguo mundo oriental. Ahora, el fuego afecta (no tortura) al planeta en la Amazonía y California, solo un ejemplo. El fuego daña, no por sí mismo, sino por modernización, es decir por incidencia humana. El agua, por igual, afecta por intervención humana, por los daños que propiciamos. Y los elementos responden. El fuego fue gran descubrimiento beneficiador de la humanidad. Da vida. No es dañino como resultado natural, sino a causa de abusos medio ambientales. El agua también vivifica en forma de lluvia, forma lagos, ríos y mares; pero también da respuesta a la depredación con inundaciones.

Además, somos de agua y surgimos del agua. Como célula, o virus en transformación, aparecimos del mar. Y el fuego fue el gran descubrimiento para acelerar el desarrollo de la civilización, compitiendo en épocas primigenias con el invento de la rueda (Irak, o Mesopotamia, allá por los 8000 o 3500 años A. de C.).

El fuego fue un regalo de la naturaleza, y luego aprendimos a crearlo por frotación hasta llegar, en nuestro tiempo, al palillo de fósforo y a las grandes combustiones de cohetería. Para manejarlo se necesitaron más de un millón de años. Y en esos procesos transformadores del humano, es que agua y fuego causan daños al planeta. Son los excesos los que originan la depredación de bosques y el cambio climático.

Entonces, no veamos los daños de agua y fuego como venganza o castigo de la naturaleza al respondernos con huracanas, precipitaciones, e incendios. El origen es producto racional. Pues nunca nos apropiarnos del agua como don de Dios, como decían los egipcios del río Nilo. Igual el fuego, como afirma la cultura cristiana: purifica y es fiel acompañante de la familia.

En conclusión, dos elementos positivos son a la vez negativos, sus efectos sagrados se convierten en condena. Lo que la naturaleza nos “presta” para el bien común lo pagamos con malas prácticas humanas. Los racionales respondemos a benigno con destrucción. Al don de Dios le agradecemos con excesos: por desidia o avidez desmedida.

En desidia, porque las inundaciones son producto de una inconsciencia desmedida. Sin visión para abrir la mente hacia el futuro, preferimos matar la gallina de los huevos de oro, es decir el planeta. La desidia nos hace descreídos, no queremos reparar en la verdad de que en medio siglo tendremos ríos y lagos de plástico, o bacterias, o virus genéticos que en el caso del Covid-19 necesita refugiarse en nuestro sistema orgánico para generarse como ser biológico. (Revista Science).

Y fallamos hasta convertirnos en enemigos de nosotros mismos. El planeta responde a las malas prácticas; de pronto estamos en esta guerra planetaria sin contendientes enemigos, pues se trata de auto destrucción. Desde ese punto de vista es una guerra planetaria con un solo bando. Algo parecido a muerte por suicidio.

Recuerdo al Jefe Seattle (1853-1855), a quien me referí con la carta atribuida a él, pero fue escrita por Ted Perry (1971-1972), aunque el Jefe Seattle había escrito pensamientos parecidos. Dada la aclaración, repito esa imagen de Ted Perry que redacta y recrea con imágenes poéticas las ideas del Jefe Seattle: “Porque la tierra que pisamos son las cenizas de nuestros abuelos… todos somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros…Las flores son nuestras hermanas. Las aguas claras del lago y de los ríos son nuestras hermanas. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Termina la vida y empieza la supervivencia”.

Ese llamado hace pensar si entre nosotros pueda desaparecer el armadillo, el rey zope, las guacamayas (¿o ya desaparecieron?), el venado cola blanca, el perico de cuello amarillo, el tepescuintle (¿desaparecido?). El puma, el jaguar y el tigrillo (desaparecieron). ¿En estos años le importan a alguien esos exterminios? Pese a existir responsables medio ambientales, creo que sus omisiones no son intencionales, sino por vacíos de información y conocimiento, dicho con todo respeto. Cuántos millones podríamos ahorrarnos con las pestes que vendrán.

En verdad, las necesidades económicas son las que impulsan a deforestar en forma desmedida propiciando así convertir el planeta en un desierto. Pero se hace caso omiso en que tal inconsciencia causa muerte, o enfermedades desconocidas como el Covid-19, el Ébola, o el Zica, que no son respuestas vengativas de la naturaleza; es un lamento o reclamo por la depredación. Porque las epidemias seguirán si continúan prevaleciendo las malas conductas humanas mencionadas. Por esa razón no esperemos volver a la normalidad, sino tratar de ser distintos “mejores, más solidarios, y más humanos, porque esa normalidad es el problema”, dice un grupo juvenil en su Facebook.

Me explicaba otro amigo conocedor de la oferta de refrescos embotellados, ante mi pregunta de por qué se vendía el agua en bolsa del plástico, depredadoras de ciudades, mares y fauna. Por qué las empresas comerciales no usan bolsas biodegradables para que el plástico no nos afecte con bacterias enemigas. El cliente puede llevar su propia bolsa o comprarla, que la pague. Su respuesta en el caso del agua fue porque con el plástico tradicional se podía vender la bolsa pequeña a diez centavos, y de ser biodegradable el precio subiría a un dólar. No habría agua para gente trabajadora de la calle que anda ganándose la vida. Explicable.

En resumen: la demanda debe satisfacerse sin afectar el próximo futuro. Pero no es explicable con las grandes tiendas que podrían obviar el plástico.

Respecto al agua, la empresa debe ser creativa para vender porciones de agua sin afectar los océanos que nos propician alimento contaminado de micro plástico. Lo importante es que las propuestas sean favorables para defender al planeta y a la gente. Inclusos convertirlas en normativas constitucionales. Porque defendiendo cada país nos defendemos del enemigo planetario en forma de pandemias desconocidas o de muertes bacterianas. De crisis económicas.

Reflexiones en tiempos de crisis

Apelo y recreo en parte al Eclesiastés (en hebreo significa Asamblea) donde se habla para llamarnos a reflexionar de que todo tiene su tiempo. Tiempo de sembrar y de cosechar lo sembrado. Tiempo de hacer obras permanentes; en especial, de sembrar huertos y jardines, plantar árboles frutales; propiciarles agua y cuido para que den frutos optimus (mejores). Y que la cosecha beneficie a quienes los procesan con sus manos.

Ese libro, Capítulo 3, nos dice por qué estamos en esta vida. Lo más importante de esa vida es el conocimiento, ser sabio en la toma de decisiones, accionar en el momento propicio; y que los logros no sirvan para ufanarnos de nuestras destrezas o habilidades pragmáticas. Esa verdad es “como la luz que vence a las tinieblas”. De estas ideas milenarias salió la famosa frase de “El Principito” sobre afrontar las dificultades: no encontraremos respuesta si no vemos con el corazón, porque la realidad no se percibe solo por los sentidos. Si aspiramos a que nuestras decisiones sean sabias necesitamos un conocimiento emocional, sensitivo, para no esgrimirlo como espada de fuerza; que vayan acompañadas de buenas intenciones, porque también las hay malas; aunque ambas pueden hacernos incurrir en el error.
Y cuando menciono decisiones sabias me gusta la verdad que nos heredó el premio Nobel José Saramago: “Todo lo que he logrado es gracias a la sabiduría de mi abuelo, no obstante que era analfabeto”.

Trayendo estas reflexiones al tiempo actual del mundo en crisis, no olvidamos que cada quien nace con su pan bajo el brazo. Los técnicos lo dicen de manera macro y complicada, en lenguaje de entendidos. Es decir que las desesperaciones, los insomnios, las angustias, la depresión, el pánico, deben ser derrotados por la capacidad de resistencia de muchos de nuestros pueblos primigenios; incluyendo los de países africanos. Sobre esto es importante la revelación de otro premio Nobel, Mario Vargas Llosa, en su novela “Los Sueños del Celta”, como el progreso surge de las crueldades.
Ese conocimiento no solo viene de la literatura, también lo expresa el cine creativo, como “Django sin Cadenas” (Tarantino); y otras más que aleccionan el tema de la esclavitud. Menciono a Django porque así como releo los libros que me gustan, igual me pasa en el cine. En el caso de Quentin Tarantino atrae su habilidad de mezclar humor sin caer en lo trivial, al abordar temas violentos. Se necesita un gran talento para un sincretismo, o asociación perfecta de dos valores contrapuestos. Son los misterios del arte, como me dijo una vez el gran escritor argentino Julio Cortázar

También pienso en nuestros veinte mil kilómetros cuadrados. Basta mostrar historia del siglo XX, para graficar cómo se ha sobrevivido a las crisis, en especial nuestras etnias originales. Todo parece triste. Porque en las realidades dramáticas o trágicas no hay humor. Tampoco hay estética genial como la concibió Shakespeare.

En resumen, se trata de crear y tener oportunidades ya, en la medida de nuestras posibilidades, para que estemos disfrutándolo dentro de medio siglo hacia el futuro. No darse por vencidos es una fórmula de sobrevivencia individual; aunque esta depende en gran parte de otros, porque como individuos no podemos optar por reacciones pasivas o mitigadoras de las propias heridas. Si de verdad, queremos que la suma de todos no falsee el total.

Si países que hace cuarenta años sobrevivieron en condiciones semejantes o peores a las nuestras, lograron crecer como si hubiese sido acto de magia (lo vemos en muchos documentales de la TV). ¿Por qué no podríamos nosotros? Como primer paso, nunca es tarde para comenzar, debemos apropiarnos de una primera barricada de resistencia que sería la educación. Un segundo flanco de defensa sería el estímulo de las artes y los libros, la cultura en general. Porque la economía familiar próxima estará ligada a respuestas universales de cooperación internacional, como necesidad de estas post guerra pandémica.

También necesitaremos atención de las emociones deterioradas, en especial, salvar a los niños y niñas, saldar la cuenta de lo que no pudimos hacer finalizado nuestro conflicto bélico con esos tesoros de barrios marginales.

Respecto a mi especialidad, opino que no debe leerse para saber más, sino para desconocer menos. Para no enfermarnos de ignorancia. Que la resiliencia individual se sume a una resiliencia social. El fracaso de uno significa fracaso de todos.
Porque en economía se espera un golpe dramático: se perderán 195 millones de empleos en el mundo, siendo la América Latina de las más afectadas, dice la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la crisis más severa desde la Segunda Guerra Mundial, terminada en 1945.

Entre nosotros, pequeña zona geográfica, solo en la economía informal se afectaría a más de setecientas pequeñas empresas, las que no

sobrepasan de ocupar a más de cinco personas sin ser técnicos ni profesionales. No digamos las micros, las medianas, que si cerramos los ojos ante su precariedad afectarán a toda la Nación. Gran porcentaje de estas en la economía mundial responden al 50% del Producto Interno Bruto ofreciendo entre 60 y 70% de empleos. Aunque según Central América Data.com (22/09/2020), ante el empeoramiento de “una severa crisis económica, podríamos perder 250 mil empleos, de los cuales 35% serían formales y el 65% restante, informales”.

No es sembrar pánico, aunque la prevención produzca miedo. Pero si atendemos las informaciones internacionales verificamos que aun los expertos son pesimistas. Por ejemplo: “nunca antes, como ahora, estuvo en tanto peligro la humanidad” (Noam Chomski). A estas opiniones autorizadas respondamos con sensatez. Es tiempo de no afectar a los demás y de cubrir los vacíos seculares. Tiempo de no olvidar las tragedias que pudieran ser evitables. De lo que no es tiempo es de morir o de destruir o de matar en vez de edificar, como teme el Eclesiastés.

“Semos malos”, dice Salarrué en su hermoso cuento de la salvadoreñidad. No lo somos aunque lo parezcamos por intolerantes. Poco videntes ante las tragedias históricas.

Azul pintado de cielo

Hace unos nueve años escribí sobre el libro “Puntero apuntado con apuntes breves”, atribuido al salvadoreño Juan de Dios del Cid, el primer libro editado en territorio ahora centroamericano, posiblemente en 1741 (aunque existe el original que vi en la Biblioteca Nacional de Chile con fecha 1641, pero el 6 está tachado). Hay un debate sobre el autor y la fecha; aunque yo sabía de él desde que estudiaba en San Miguel el sexto grado. Bueno, tiene tantos años el libro que se ha creado un enigma. Pero lo importante es su contenido y su grafía (“tipos” de letras hechos a mano en madera que ofrece una estética admirable).

Algo aún más real: es un tesoro de identidad cultural salvadoreña y regional. Hay una edición facsimilar de Concultura (1999; con un interesante estudio de una española (Isabel Cassin) que me visitó como editor universitario, llegó con su esposo ex jesuita Santiago Montes, pero la toma de la UES, (1972) retrasó la edición.

Agrego que acabo de descubrir en mis anaqueles un libro publicado por Concultura (DPI, 2003) titulado “Pintando el mundo de azul” (José Antonio Fernández, costarricense). Su lectura, bajo el asedio planetario, me hizo recordar mi niñez. Vivía en un barrio sub urbano (en aquel tiempo, ahora es diferente: Avenida Roosevelt, Estadio Charlaix, Clínicas, Hospitales). Recuerdo que descubrí, o me hizo descubrir mi abuela, que en la calle había muchas matas de añil (nombre universal del jiquilite) y que se podía hacer tinta.

Aunque ya nunca volví a ver esas plantas las tengo en mi memoria, pues me puse a hacer tinta, y me gustaba ver sus frutitas en forma de racimos de guineo, fruta que se cultivaba en el patio. Todo esto fue antes de mi primer grado, pero yo sabía de las tintas por conocer el tintero de un tío que fue como mi padre. Entonces me ponía a jugar haciendo tinta como lo hace un niño en nivel de inicial. Y como he dicho otras veces, que la patria de la poesía es la infancia, es para no olvidarlo.

Claro, nunca conocí “El Puntero…”, manual de fabricación de tinta añil, su proceso para fabricarla, y que llegó a ser en siglos XVI al XVIII principal producto de exportación. También me hizo recordar que en mi barrio sub urbano abundaba el árbol de tihuilote, y descubrí que esa “frutilla”, como racimos de uva, en forma parecida a perlas, de textura pegajosa, era insumo para fabricar la tinta.

Fue en Costa Rica donde descubrí “El Puntero Apuntado…” por lo que hice referencia en mi novela que presenté en Alemania en la Deutsche Welle (DW): Cuzcatlán donde bate la Mar del Sur. Y ellos sabían del añil.

Cuando regresé a El Salvador me propuse buscar el libro. Sorpresa, encontré varios ejemplares, y el precio: ochenta centavos de colón, un equivalente a diez centavos de dólar. Me fui de bolsa gastando el equivalente a un dólar y adquirí diez ejemplares para regalar a los amigos, pues antes había hecho un pequeño sondeo si lo habían leído, y me di cuenta que no, más o menos conocían el nombre. Y me emocionaba que en el Instituto Centroamericano de la Universidad de Costa Rica descubrí una crónica de un barco llegando al puerto de Rotterdam a finales del siglo XVII (1690) desde Sonsonate, era Acajutla, o Acaxual de esas épocas, con un cargamento de tabletas de añil, porque se exportaba en forma de bloques, o ladrillos. Era el azul cielo de nuestras tierras con el que pintaban las telas del naciente industrialismo en Europa.

Antes de ese descubrimiento pensaba que los colorantes que iban hacia Europa solo procedían de la región centroamericana, y de las islas caribeñas colonizadas por países europeos. Pensaba que la caída del añil fue por el descubrimiento de los colorantes sintéticos a finales del siglo XIX, y eso nos había impulsado a producir el café.

El libro que ya mencioné “Pintando el mundo de azul”, producto de investigación, me sacó de las dudas en estos meses. El declive de los colorantes naturales (el rojo o índigo o carmín en Guatemala y Perú, sacado del insecto cochinilla; y nuestro azul sacado de la planta jiquilite) no provino de ese descubrimiento químico, sino de que también Asia producía el azul; solo que el producto centroamericano era nueve veces de mayor rendimiento y calidad que el producido en la India, debido a que mezclaban con otros elementos extraños para hacerlo abundar. Pero, por cantidad de producción, jamás íbamos a superar al país asiático. De modo que nuestra exportación de añil continuó con limitaciones hasta finales del siglo XIX, aunque los europeos prefirieron el azúcar y el cacao como producto de explotación y exportación desde las islas colonizadas, como las Antillas Menores y Jamaica. Porque ya existían los colorantes sintéticos.

Lo precioso de “El Puntero apuntado…, es que contempla hasta la modalidad de cómo los cortadores (pueblo originarios) debían transportar la planta hacia los obrajes (“fábricas”, dice el libro), el tiempo de corta, y el permanecer en las pilas con agua donde se lanzaba las plantas, y como debía removerse el agua para producir un colorante de calidad que diera diferentes matices del azul. Pero la mortandad de los indígenas produjo la necesidad de traer a El Salvador mano de obra esclava de África, de ahí nuestra ascendencia africana.

Para sorpresa, pese a la tecnología del siglo XXI, el añil tiene demanda para colorear ropa de la gran moda. Nuestro azul no muere, pese a sus quinientos años de existencia y los avances químicos. Su eternidad no es por el color pintado de cielo. No muere por valor de identidad: porque tuvimos “fábricas de tinta” tres siglos atrás.

Metáforas aparte, me interesa divulgar nuestros tesoros. Pueden encontrarlo digitalizado en REDICCES, buscar “Biblioteca Nacional” o Biblioteca del Patrimonio Digital Iberoamericano. Como dice el prólogo: deben leerlo las nuevas generaciones por su estética y para ir al encuentro de nuestra identidad cultural.

Retos para recuperar lo perdido

Sí, tenemos que ir en “busca del tiempo perdido”, como dice el francés Marcel Proust en su famosa novela. Encontrar las rutas para recuperar no solo el tiempo, sino la fuerza de empuje para solventar los diferentes problemas nacionales, como la escasa inversión en cultura, educación, salud, e interrelacionado a otros que requieren sabiduría para superarlos. Ese tiempo perdido son décadas. No hemos sido, por ejemplo, tan congruentes en el período de pacificación del país, pese a ganar en la protección de los derechos individuales.

Se nos olvidó atender los daños emocionales producidos por el conflicto bélico que repercutió en violencia, por olvidarse del bienestar social. Cuántas vidas se hubieran salvado en estos últimos años, tras acordar en fin del conflicto bélico, de haber prestado atención a los niños de esos primeros tiempos, huérfanos de guerra, omisos de asistencia económica, dejados bajo vigilancia de sus abuelos, porque los padres y hermanos mayores tuvieron que emigrar. La niñez quedó a la buena de Dios.

Tampoco se trata de aspirar a un bienestar parecido a la utopía que, equivocados o no, soñamos tantas generaciones desde el siglo pasado. Y para golpearnos más, apareció lo inesperado, perturbador de la tranquilidad de lo que somos, pese a que debimos ser distintos. La pandemia no perdona al planeta al acosar la economía y el bienestar sicológico de todos, pero tiene mayores repercusiones en los que históricamente han sido los más golpeados.

Toda esa historia triste de dramas y tragedias que impulsan a pensar que lo mejor es olvidar. Como que recordar lo negativo nos convirtiera en solución del problema. Y esto no se refiere solo a El Salvador, la crisis es planetaria. Eso no obvia preguntarnos qué pasará con los países del Triángulo Norte, donde los más pobres buscaron un destino mejor en las caravanas de migrantes, con la gravedad que la población urbana se sumó a las tragedias de los campesinos pobres.

No se puede evaluar el bienestar social por el PIB: Panamá y Uruguay, superan a El Salvador unas cuatro veces. Costa Rica tres veces, Cuba casi dos veces; Ecuador, Paraguay y Perú, nos superan una vez y media. Pero todos pertenecemos a países del Tercer Mundo. Y si no pudimos evitar las décadas pérdidas, porque han sido varias, en perjuicio de los más vulnerables; si no superamos la postguerra, será más difícil defendernos de la post pandemia que afecta ya a todo el mundo, ocasionando lo que se llaman una mega crisis. Por no ser solo económica.

A este respecto comento en breve planteamientos del filósofo y musicólogo chileno maestro Gastón Soublette, a quien en Chile le llaman el jefe de la tribu. Como decir el sabio.

Para Soublette el COVID-19 es una pandemia que fractura peligrosamente al mundo, en todas las manifestaciones humanas, en especial los sentimientos, no solo por el pánico, sino porque también ha generado frialdad ante la muerte. Incluso en personalidades impensables desde sus estrados políticos más poderosos, lo cual hace más grave la crisis convirtiéndola en mega crisis, ante los vacíos de atención a la emergencia. “No se educó para cuidarse de la pandemia”, dicen algunos para justificarse, como si no hubiese habido por décadas tantos vacíos en educación. O se argumenta los millones de muertes en otras pandemias: viruela, VIH, el cólera.

Mega crisis, porque abarca lo sicológico: miedo y soledad que producen angustia, depresión, abusos, anulación de valores culturales ante los duelos familiares. Porque la pandemia afecta la espiritualidad y los estados anímicos, aunque algunos no lo adviertan. Todo esto nos debe llevar a la reflexión “que la humanidad no puede ni debe seguir igual. Necesitamos cambiar espiritualmente, emocionarnos por los otros y sensibilizarnos ante los deterioros del medio ambiente”, dice Soublette. Es más difícil, afirma, revertir el daño medio ambiental cuyo gran efectos proviene de las potencias planetarias, que solucionar las afecciones sicológicas y la frialdad ante las situaciones anímicas. Sobre la naturaleza, incluso artistas y dirigentes vienen advirtiendo los daños a la naturaleza (Salarrué, en Carta a los Patriotas (1932) o el Jefe Seattle en el siglo XIX).

Soublette, crítica a la sociedad industrial “que presiona, exige, amenaza y obliga a una vida exterior. Pero el bienestar que nos parecía deslumbrar ha devenido en fracaso”. Y necesitamos resaltar en la persona sus buenos sentimientos, y no “valorar el desarrollo humano por su fuerza de rendimiento”. Tenemos que darle oxígeno a la vida con “un paradigma cultural que nos lleve a encontrarnos cada quien consigo mismo”. Lo cual es un llamado a la educación humanística.

Aunque como espiritualista pareciera que Soublette exige una utopía. Pero a lo que se está oponiendo es a los analistas que se ponen en contra del deterioro ambiental afirmando que “solo debemos preocuparnos por el presente y no en lo que ocurrirá dentro de cincuenta años”.

Es aquí donde se ve que pasado y presente se dan la mano para crear un futuro conviviente y no un mundo deteriorado que repercute en pánico y fatalidad. Conocernos a nosotros mismos para valorar la vida de los demás, aun los que no han nacido.

Cuando Alberto Masferrer condicionó el desarrollo a alfabetizar y a escribir (no a dibujar signos, ni a repetir sonidos elementales sino comprender y expresar ideas, conocer para desarrollarse como ciudadano) hablaba por los que no habían nacido, ese futuro que también fue presente para él.

Como decíamos, no se trata de aspirar a una utopía, que, como sabemos, es como el horizonte, que entre más caminamos hacia él, más nos alejamos (Galeano). Pero sí estar seguros que la humanidad creativa, ahora desde los medios tecnológicos debe ser consciente de que dependemos de nosotros mismos para que la venidera post pandemia traiga un cambio planetario. Esto depende de exigirnos una posición noble y profunda, impulsadora de transformaciones sanitarias, educativas, y culturales, para beneficio social de todos. No solo mirarnos en el espejo de la propia prosperidad.

Por quién doblan las campanas

Esta mañana recordé al novelista norteamericano Ernest Hemingway. Ante esa duda responde: “Doblan por ti, porque la muerte afecta a la humanidad”. Lo que pasa ahora es peor: doblan por el planeta. Recordé al novelista, porque cada amanecer escucho las campanas de la iglesia cercana, en el popular Zacamil. Un día de estos, le pregunté por esos sonidos tristes a una vecina que vive en la zona desde hace treinta y cinco años.

Me respondió: “Es por los muertos, pero, en tiempos de la guerra, lo que sonaba eran las bombas desde aviones y helicópteros; mi esposo era visitador médico, salía por la mañana y regresaba por la tarde; un día, no regresó, me quedé con mis tres hijas pequeñas”. La empresa le ayudó con dos becas para terminar la primaria. “En esa época no había ayuda, cada quien enfrentaba la muerte a su manera”. Cambió la conversación y me dijo: “Usted tuvo suerte, porque no vivía aquí”. Me emocioné, porque estas historias son mi patria literaria, lo que vivifica. Porque patria somos todos incluyendo la naturaleza, como dice Salarrué, los vivos y los muertos.

Por muchos años, mi vecina esperó que llegara el padre de sus hijos. “Nunca regresó, y, aunque el dolor se mitiga, es difícil neutralizar la emoción”. El problema eran sus niñas. Se puso triste. “Las cuatro lo esperábamos todos los días a la hora de la cena”. Ella presentía lo peor, por primera vez no llegaba a la hora. Han pasado casi treinta años, ya no esperan nada. “Uno se acostumbra, la mente tiene el poder de borrar los recuerdos hasta convertirlos en resignación”.

Esa plática me inspiró a escribir estas líneas.

Porque el recuerdo es historia. Y si vivimos una historia, o la conocemos, nos apropiamos de emociones constructivas. Entre ellas, la compasión, que implica comprender el dolor ajeno, incluso asimilar ofensas, si sabemos que quien ofende podría tener una razón; entender las emociones reactivas de quien sufrió heridas sin que nadie se preocupara. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, me dijo la mujer, parte de esa patria ofendida.

La compasión nos permite empatía. Y esta es generadora de paz interior, la ruta más corta para la convivencia. Es un valor que inhibe la pena propia, para entender el dolor de los demás. Y esto lleva a la tolerancia social. Mitiga los odios, lo cual favorece la felicidad íntima y nacional. Comprendiendo las reacciones de los ofendidos. Esa empatía generada produce convivencia.

Cuando mi vecina me habla de tiroteos terrestres y aéreos, se me vienen a la mente los documentales de la Segunda Guerra Mundial. El bombardeo a Conventry, en Inglaterra, acción bélicaa la que los alemanes dieron un nombre poético: “Sonata a la luz de la luna”, nominación estética tenebrosa. Pero la respuesta posterior contra Alemania fue más apocalíptica: en Berlin, Hamburgo, Kassel, Dresde, borradas del mapa por “tormentas de fuego”. Los niños y mujeres corriendo al sonido de las sirenas, obligados ante la emergencia a resguardarse en refugios, bajo el pánico producido por las sirenas que anunciaban el próximo bombardeo. Mientras, los hombres, en los campos de batalla, defendían las últimas migajas de un nazismo utópico que se les había vendido como milenario. Conozco esas ciudades, ahora son pujantes. Porque la esperanza no muere.

Aquellas sirenas que producían terror equivalen a las informaciones preventivas de ahora para defenderse del virus letal. De cuidarnos, sonarán menos las campanas anunciadoras de muerte. Las prevenciones salvan vidas. Y más, si se trata de un enemigo invisible que no avisa cuándo y cómo aparece, y que obliga a refugiarse como única defensa. Y no hay sirenas que me permitan saber que el dolor se acerca. Aunque sabemos que está a un paso.

Es un enemigo similar al parásito, porque no tiene vida propia y busca encontrar vida en las células humanas. Contra su guerra declarada solo vale la voluntad de las mismas víctimas propicias. Por paradoja, nosotros mismos somos el enemigo de los otros, como sujetos activos y pasivos de esta “batalla planetaria”. Cada uno es el muro de defensa. Y a la vez el que victimiza al otro. De esta irrealidad no se salvan ni siquiera las grandes economías.

Pero así como las dos guerras mundiales del siglo XX terminaron rescatando las ciudades y economías, la humanidad actual tiene las fortalezas para derrotar al virus. Pero, para eso, necesitamos cultivar estados de ánimo positivo. Implica compasión, convivencia y sobrevivencia. No basta comprar terrenos para abrir fosos e instalar crematorios. Los hospitales colapsan y el personal ronda ya el martirio.

Hay pesimismo creado por las incertidumbres, pero no debemos olvidar las lecciones de humanidad que nos ha dado el mundo. La historia nos da certeza de que las guerras no terminan con los pueblos. El SARS-CoV-2 no vencerá.

En esta batalla, como dice mi amigo entomólogo e investigador, el costarricense Luko Hilje: “La inteligencia vencerá nuestros errores de irrespeto a la naturaleza”. Pero debemos vencer al enemigo que llevamos por dentro; nuestros estados de ánimo y terquedades que incluyen indisciplina, ausencia de realismo para no deponer intereses personales que, sin proponerse, inhiben las alianzas contra el enemigo común.

Ante las debilidades pesa la mentalidad creativa que permite aislar al enemigo. Solo requiere la fortaleza de la voluntad, de la inteligencia, artificial o natural. También salvaremos golpes económicos, como sucedió en Japón, víctima del bombardeo atómico; o los alemanes que terminaron buscando comida en los basureros, y, ahora, son naciones pujantes. Los jerarcas nazis pagaron en Nuremberg con la horca o se suicidaron; aunque las mortandades son irreversibles.

Ahora, pese a difíciles batallas sanitarias, económicas y anímicas no hay criminales de guerra. Como metáfora comparo con guerra el asedio del SARS 2. Ya casi vencimos al VIH, la tuberculosis, la fiebre amarilla. ¿Entonces?

No me alineo con lo apocalíptico, ni con la consejería. Trato de mitigar un estado de ánimo ante las campanas doblando al amanecer. Mientras un sol emerge para ofrecernos vida.

Pandemia, jefe Seattle y Salarrué

No sé si los lectores han notado los efectos positivos que causa la suspensión del servicio público urbano en estos tiempos de crisis pandémica. Entre otras cosas, se ha borrado, por unos meses, el estruendo desde las cuatro y media de la mañana de los viejos buses urbanos corriendo como en autopista. Es ensordecedor para los que tienen la mala suerte de vivir en las calles céntricas. Ahora, hay silencio y es como volver al pasado, aunque no todo pasado sea mejor. Pero, además, se recalca el papel nocivo que juegan los gases para las enfermedades pulmonares. Estos son por falta de control institucional sobre despido de gases y por desconsideraciones humanas.

Según datos de Vigilancia Sanitaria de El Salvador, antes de comenzar la cuarentena por la pandemia (mediados de marzo) hubo 441,132 casos de Infecciones Respiratorias, 94,488 más con respecto al mismo período de 2019. Resulta un incremento del 27%. Y todo porque se ha ignorado, por intereses específicos, que se debe controlar la polución en general, en especial de los automotores. Esto pese a que existen leyes y reglamentos de tiempos atrás. Pero hecha la ley, bienvenida la corruptela.

El daño ambiental es un problema secular, hasta parecer casi irreversible el deterioro. No solo entre nosotros, sino a nivel planetario.

La actual pandemia, con su encierro, ha sido causante de angustias, depresiones y ánimos negativos, todo esto es explicable. El temor es mundial. Y estos resultados me han hecho reflexionar sobre dos cartas conocidas. Una es la del jefe indio Seattle, escrita en 1854, cuando era presidente de los Estados Unidos el esclavista y expansionista Franklin Pierce (apoyó a William Walker cuando este quiso imponer la esclavitud en Centroamérica). Pierce se propuso comprar los territorios donde la tribu originaria Suwamish tenía su hogar por siglos. El jefe de la tribu respondió a la fría propuesta de compra con una carta poética de contenido insuperable, señalando el daño que se iba a producir: hizo un llamado al presidente Pierce sobre la conexión primordial del hombre con la naturaleza. Defendió su tierra con sabiduría, señalando su belleza ecológica y los resultados destructivos. Además, su venta era imposible.

“¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?”. Si los originarios habían sido “dueños de la frescura del aire o del resplandor del agua, ¿cómo nos lo pueden ustedes comprar?”. Y luego expresa que cada “brillante espina de pino, cada orilla arenosa, cada rincón del oscuro bosque, cada claro y zumbador insecto, es sagrado en la memoria y experiencia de mi gente”. Y recalca que quienes representan la civilización, no entienden sus costumbres. Para ustedes “la tierra no es su hermana, sino su enemigo, y cuando la han conquistado siguen adelante”. Agrega más: “La tierra no nos pertenece, nosotros le pertenecemos a ella”.

Esa carta profética me hace recordar “Mi respuesta a los patriotas”, de Salarrué, ochenta años después (1930), de la carta del jefe Suwamish.

Sus amigos reclaman Salarrué según les escribe: “Tú debes dar tu opinión en estos momentos en que la patria se encuentra en la indecisión. Apunta tu microscopio y dinos qué ves y cómo lo ves, de algo ha de servirnos, hazlo por patriotismo, dígnate pisar con tus plantas la tierra firme, siquiera por una vez… ». “Y mis amigos se han echado a reír”, escribe el escritor. Y canta sus verdades: “Conozco en su manera, que lo han dicho en parte como burla amistosa, con el cariño que infundimos los locos pacíficos, en parte en serio, y es por ello que yo me he quedado perplejo y me he sentido luego como incomprendido, tenido como un ser vago e inútil, de un mundo problemático…Y me he indignado en mi dignidad de hombre y he alzado mi grito de protesta a estos patriotas sin nombre…”.

Y continúa recriminándolos: “Yo no tengo patria, yo no sé qué es patria: ¿A qué llamáis patria vosotros los hombres entendidos por prácticos? Sé que entendéis por patria un conjunto de leyes, una maquinaria de administración… Vosotros los prácticos llamáis a eso patria. Yo el iluso no tengo patria, no tengo patria pero tengo terruño (de tierra, cosa palpable). Tengo a Cuscatlán, una región del mundo…Yo amo a Cuscatlán… Me pedís que descienda a vuestra realidad y no sé dónde poner el pie; pues por todos lados encuentro arena movediza.”.

Luego, inusual en el maestro, con aguda ironía, pero sin perder la tranquilidad ni la sencillez de su estilo, señala: “Mientras vosotros habláis de la Constitución, yo canto a la tierra y a la raza: La tierra que se esponja y fructifica, la raza de soñadores creadores que sin discutir labran el suelo, modelan la tinaja, tejen el perraje y abren el camino. Raza de artistas como yo, artista quiere decir hacedor, creador, modelador de formas, también emprendedor. La mayor parte de vosotros se dedica en su patriotismo a pelearse por si tienen o no derecho, por si es o no constitucional; la prosperidad es para vosotros el tenerlo todo, menos la tierra”.

El jefe Seattle como Salarrué coinciden en su apreciación sobre el amor a la naturaleza, que ambos nominan Tierra. Ahora sabemos que un amor odio origina epidemias y continuarán cada vez más desconocidas depredando a la humanidad, produciendo, según expertos sanitarios mundiales, enfermedades desconocidas originadas por la degradación ambiental: deforestación de los bosques que destruyen el hábitat; por uso de combustibles fósiles que envenenan ciudades, por prácticas indebidas en cultivos, como los venenos para proteger el algodón en el pasado; o la caña de azúcar con sus insecticidas y quemas (El Salvador), el cultivo de la soya (Sur América). Agreguemos la incultura de la corruptela.

Para investigadores de los Estados Unidos, la depredación del planeta provoca el descontrol de bacterias y virus, más del 75 por ciento de las enfermedades que afectan a los humanos, provienen del cambio climático por abusos medio ambientales.

A las nuevas generaciones solo tienen una esperanza: que la inteligencia artificial sustituya los insumos dañinos medio ambientales.

Cerebro y corazón

Sin duda, muy pocos, con esta pandemia están exentos del drama o tragedias sufridas en su propia persona, o familiares cercanos, amigos o colegas de salud tan admirados. Aunque no debería ser necesario sufrirlo directamente para sensibilizarse ante un virus planetario que no admite oponente ni siquiera a países de alto desarrollo científico. Se apareció tan imprevisto que nadie estuvo preparado, incluso se recibió con mofa, que una gripecita, que bastaba un desinfectante, y tantas cosas por un virus desconocido en sus efectos y contagios. Incluso se aseguró que lo mejor era dejar que la gente se contagiara para adquirir inmunidad. Fuera de esos errores, a veces institucionales, la población percibe con sabiduría que debe salvar su vida y la de los demás.

Ver escenas dantescas en Perú y Ecuador, no ha sido suficiente para hacernos reflexionar sobre el significado de las pérdidas humanas. Supongo porque lo hemos experimentado por una guerra sucia y genocidios. Recuerdo una vez camino a la Universidad de Stanford, cometí un desliz con un escritor chileno. Le dije que los salvadoreños estábamos acostumbrados a la muerte. No me hice entender por mi amigo. Me interpretó con el cerebro y yo le hablaba con el corazón. Me recriminó diciéndome cómo era posible que un humanista, como yo, hablara de acostumbrarse a la muerte. Y quien me lo decía era alguien que había sufrido la dictadura sanguinaria de Pinochet.

Respecto a eso de acostumbrarse a la muerte un académico de la Universidad de Ohio, en estos días de julio, me envió tres de mis poemas traducidos al inglés y su versión en español. Me pidió que los revise pues saldrán en Washington en una selección de poesía latinoamericana. Leer mis poemas escritos en los años 1968 y 1976 me llevó a pensar si acaso ver la muerte de frente se nos hizo costumbre. No es que la realidad histórica nos haya impuesto un sello de insensibilidad; sino porque nuestros corazones han sido fuertes para aceptar lo peor de tantas tragedias sociales. Transcribo algunos versos de dos poemas (“Post Card”, “Mamá” y “Los Garrobos”). Escritos en épocas democráticas, cuando me dedicaba más a la poesía. Pueden leerse completos en Internet.

“Mi país, tierra de lagos y montañas/pero no venga a él, si deseas conservar la vida/ Puede morderte una culebra/ Puede comerte un tigre, nada de mi país te gustará”. (Post Card, 1968). Otro titulado “Mamá” (1976) de este prefiero citar la frase escrita por un poeta hermano que hizo una reseña: “Si algún sentido tiene el concepto patria, hay que buscarlo en las madres de este país… ellas son, sin duda, la patria ofendida” (Italo López Vallecillos). El tercer poema dice: “Los garrobos crecían en los árboles/ pero llegaron los venenos/ a destruirlo todo. Llegaron/ con ganas de matar./ Los aviones vuelan sobre los árboles./ De los garrobos solo quedan sus huesecillos de madera”. (1990, “Los Garrobos”).

Mi amigo académico de Ohio University me preguntó por mi salud, y le conté que a treinta días de cuarentena tuve una reacción extraña. Le escribí: “Consulté los síntomas por guassap, con una amiga médica con postgrado en el exterior; me dijo que no me preocupara, ‘lee ese documento de una Clínica de Rochester, coincide con tus síntomas’”. Y terminé contándole al académico que la doctora me había recomendado conversar con mi cerebro. “Acepté su receta, pero le agregué algo más: también hablaría al corazón. Por ahora, adiós dolencia”, escribí.

Una excelente idea para los que no logramos entender, o no admitimos la tragedia mundial. Consultar con el cerebro y con los sentimientos, entre ellos la compasión, el amor a las personas.

Todo esto me hizo recordar cuando pasé la materia Instrucción Criminal en la Facultad de Derecho, que me daba legalidad para litigar (aunque nunca pude hacerlo); al mes me estaba llegando de la Corte Suprema el nombramiento de Juez Ejecutor para un Habeas Corpus. No recuerdo muy bien el caso, pero me presenté en lo que llamábamos el Palacio Negro (por tétrico; ahora, estéticamente remodelado, podría ser edificio para un museo de arte). Me presenté para “intimar” al Director de la Policía. Su respuesta inmediata fue: “No, solo no voy a presentarte al reo, sino que, si no te retirás de inmediato, la próxima exhibición personal será para vos”. Hasta ahí llegué como Juez, culpa de un coronel Rodezno. Me fui con mi nombramiento entre las patas. Y pensar que la voz pública afirmaba que vivíamos una democracia. Me atragantó el trago amargo.

Otra vez estuve de huésped involuntario del general Somoza con dos poetas más de la Generación Comprometida. Una vez liberados del “hospedaje” forzoso visitamos las librerías, y la inmensa sorpresa fue cuando vimos libros expuestos en la vitrina que daba a la calle, libros que con solo tenerlos en El Salvador significaba seguro secuestro institucional sin dar razón ante un Habeas Corpus, ni nada.

Le pregunté al corazón: “¿Por qué si Somoza siendo un gran dictador permite la venta de estos libros, y entre nosotros es pecado mortal? ¿Por qué con el tirano Somoza el libro no era perseguido mientras para nosotros en democracia ese mismo libro costaba prisión y exilio?”

Dudé si yo entendería las leyes como me habían explicado mis maestros del Derecho, la Filosofía y las Ciencias Sociales. Pero terco y tenaz hice cinco años más para finalizar los estudios, pese a ser ya un escritor reconocido.

Y me apropié de sus enseñanzas. Los notables maestros del doctorado me fortalecieron en la ética sagrada del derecho: defender lo justo. Decidir según su espíritu

Solo recuerdo el título de mi tesis no presentada: “Integración y Desintegración Cultural en Centroamérica”. Pese a mi renuencia a ejercer el Derecho recibí gran solidaridad de mis compañeros de estudios, e igual de mis maestros, insistentes siempre en la doctrina del Derecho. Ir más allá de las ley escrita, apropiarnos de que “lo esencial es invisible a los ojos” (El Principito). Decidir con cerebro y corazón.

Frases maestras que fortalecen

En estos momentos de acontecimientos impredecibles, además de leer por entretenimiento, o por acceso a conocimientos, me gustaría comentar algunas lecturas de actualidad, frases que nos enseñan a comportarnos en esta escabrosa marcha mundial. Leo referencias sobre importancia de la literatura, no solo para recrearse y conocer sino para fortalecer el cerebro en valores humanos. Prevalece el protocolo de salvar la propia vida y las ajenas por el distanciamiento social. O muero o mato, ese riesgo de convertimos en suicidas y en victimarios, sin intención. Un virus que hasta ahora los científicos ignoran hasta dónde va a llegar. La idea “no es solo mantenerse vivo sino ser humanos”, dice George Orwell.

A propósito de humanos, rememoro, no para revivir tragedias, sino porque siento pena por los riesgos de personas necesitadas aglomerándose en los espacios del Centro Histórico. Esa parte de la ciudad que desde el terremoto de 1986 fue convertido en gueto de los pobres, aunque poco a poco se ha ido recuperando. Ya antes escribí sobre las funciones de teatro en el Teatro Nacional que terminaban a las once de la noche, cuando los poetas fuimos actores (Dalton, Armijo, Argueta, Hildebrando Juárez, Saúl Monzón, Miguel Parada, ninguno está ya con nosotros); pero los recordamos en momentos gratos y en tiempos difíciles. Éramos actores de primera, o de segunda categoría. Los amigos y vecinos de esos barrios iban a vernos en “Edipo rey”, de Sófocles; “La alondra”, de Jean Anouilh, “La cantante calva”, de Becket; o “Un enemigo del Pueblo”, de Ibsen.

Pero fuera nostalgias y veamos frases puntuales. Comienzo con Oscar Wilde: “Lo que nos parecen pruebas amargas pueden ser muchas veces bendiciones”. Entiendo como bendiciones las oportunidades que surgen tras toda crisis, como la trágica actual. Donde el virus exige educación para mantenerse a distancia o acaba con familias enteras. Solo en un día, viernes pasado, más de 55,000 contagiados en el país más rico del mundo.

Necesitamos intuiciones, creatividad, aventurarse a triunfar sobre la tragedia. Y esto me trae a la mente otra frase de UNESCO, desde CERLALC: Leer para producir buen ánimo involucrándonos con los personajes, los diálogos, disfrutando el impacto narrativo de un cuento, la interiorización por la poesía; la emoción de una novela. Es como hablarle a nuestro cerebro. “Mírame, estoy vivo porque me cuido y al cuidarme no me convierto en amenaza para mi familia, hijos, amigos, y aun para quienes ni siquiera conozco”.

Leer literatura de calidad, dice UNESCO. Sí, porque como afirma un profesor de George Washington University, “la pandemia va para largo, es posible que en noviembre y diciembre se duplique”. No basta la educación para lograr el distanciamiento social, el virus tiene mucho espacio que le dan las prácticas culturales: ir a la playa, celebrar fiestas, salir sin necesidad.

Muchos se sorprenden porque en todo el Primer Mundo, (disculpas por anterior concepto y el ejemplo de fútbol). “El virus nos llegó en el segundo tiempo, y no nos preparamos, fue difícil hacer creer en la prevención. Caso de Italia, y casi toda Europa. Y en el continente americano nos llegó en el tiempo complementario del segundo tiempo, pero no creímos que íbamos a perder. Perder vidas. Y en estos momentos nuestro continente es asolado por el virus, al grado que no se sabe, el mes del año se logrará dominar los contagios. No creímos en lo que estábamos viendo: fue triste en Ecuador y Perú, pero cerramos los ojos y la mente. Pese a las escenas apocalípticas.

Nuestra cultura occidental despreció los llamados de alerta, dice un científico norteamericano. Y pone los casos de los países asiáticos que jugaron el primer tiempo, y permitieron examinar las jugadas, caso de Corea, Japón, Singapur, China, incluso la India, con sus cuatro mil millones de habitantes. Y ahora duplicamos los fallecidos y contagiados.

En otra frase de científicos epidemiológicos del primer mundo, leo que la diferencia está en la cultura ancestral. La influencia de las enseñanzas de Confucio (551 años a. de C): creó grandes enseñanzas que influyo un cultura milenaria, de comportamientos apropiados, “ver al humano como ser social” (“íntegros, intuitivos, sabios y tenaces”).

¿Será posible que nuestra cultura occidental se haya acostumbrado a ver los efectos pandémicos en los países del Quinto Mundo? Africa, Asia, América Latina. Pero el virus confundió con sus efectos impredecibles.

Pero para no irnos tan lejos en el tiempo, cito a Steve Jobs genio creador del Apple y del iPhone que nos tiene navegando en el mar tempestuoso o apacible de las redes sociales: “No tengas miedo, atrévete, sé fuerte, no seas conformista, y haz todo lo que puedas hacer sin importar lo que otros piensen de ti, sé auténtico, y único, aventúrate a hacer lo que otros no se atreverán a hacer jamás”.

A la lectura debe acompañarse por la educación superior y media. En unidades básicas vamos bien. Cito frase que se relaciona con Centroamérica, la propuesta presentada por la Universidad de Costa Rica ante la Asamblea: “La Universidad, del presente y del futuro debe cultivar la ciencia, las artes y la cultura, sin predominio de una sobre otras”. Esto sería una oportunidad o bendiciones, los cambios que podría producir una crisis.

Hay una verdad sobre guardar las prevenciones. Cito a Tedros Adhanom, Director de la Organización Mundial de la Salud: “prevenir hasta estar todos a salvo, porque ningún país puede él solo combatir la pandemia… esto no termina, y hemos perdido mucho, pero no la esperanza, necesitamos solidaridad mundial”.

Nota. Este día la Biblioteca Nacional de El Salvador, cumple su 150 Aniversario, la fundó el presidente Francisco Dueñas (05 de julio de 1870). Así, el 2020 es aun año de honor para el libro, la educación, la cultura, para el patrimonio bibliográfico nacional. Refresquémonos leyendo, investigando en línea nuestras raíces de identidad: libros y revistas antiguas (finales del siglo XIX), Diario Patria donde Masferrer hizo su labor social y educativa. Visitemos: www.redicces.org.sv (CBUES) O la “Biblioteca Digital del Patrimonio Iberoamericano”, desde Google.

Más anécdotas sobre la lectura

En mi trabajo anterior mencioné los vacíos abismales relacionados con lectura y libros. Para no abundar, dejé para nuevas ocasiones otras anécdotas con esos vacíos. Aclaro, todas las historias son del período de paz; demostrando que superar costumbres, hábitos o “idiosincrasias” no necesariamente responde a disposiciones, no. Más que todo son temas de educación y cultura cuyos cambios se consolidan con el tiempo.

Continúo: fui invitado a San Miguel a una fiesta familiar. Ahí me encontré con un jovencito, ahora un analista político. Por sus palabras, lo noté con una militancia política: “Yo tengo una ideología muy firme, pero con Roque Dalton y vos, no lo tomo en cuenta. A ustedes les respeto por su obra”. Sus palabras me llamaron la atención, porque quien las decía no era escritor (los del mismo oficio nos perdonamos ciertos pecados).

De esa visita surgió la propuesta de invitarme a una charla literaria en mi ciudad, a la que tenía más de veinte años de no visitar. Concertamos la invitación: “¿Podrías venir a dar una charla sobre lectura en el Teatro Nacional?”. Como a ese tema no digo que no, acordamos fecha. “Nosotros nos encargaremos de la promoción por radio y mantas”. En ese entonces, no había ni twitter, ni TV en mi ciudad natal. Era el año 2001.

Llegó la fecha, me fui directo a San Salvador, Teatro Nacional, mi familia llegaría por su lado. La charla sería a la mera hora del calor en la ciudad, a la que mi abuela le decía “la hora del diablo”. Así fue. Ese día el parquecito frente al Teatro Nacional estaba fresco y había unas 50 personas sentadas en la grama del parque, esperando la charla, más mujeres que hombres. Me dicen que son maestras y que vienen a escuchar mi conferencia. Les aclaro que yo converso, no doy conferencias, aunque casi es lo mismo. La conferencia es más magistral. Les digo coloquialmente: “Pese a la hora caliente, veo que han venido muchas personas”. Responden: “Y hubieran venido más docentes, pero les dio miedo”. Tuve un sobresalto y pensé: y eso que mis amigos me consideran de carácter más que suave.

“¿Miedo?”. Me dicen: “Usted debe saber que en San Miguel los maestros fueron los que más sufrimos en tiempo de pre guerra”. Yo lo sabía, muchas muertes de maestros antes de 1980. Hechos de gran conmoción, algo inusitado en la historia miguelense. Aunque estuve 20 años fuera del país, mis hermanas fueron maestras en esa ciudad. Ellas me cuentan: “En la zona paracentral y occidental fueron los campesinos, estudiantes y campesinos los más sufridos”.

Ese día de la conferencia, el Teatro Nacional estaba cerrado. No veía a mis familiares ni al joven político que me había invitado, solo los maestros y una hermana. “Algo habrá pasado”, dije después de casi media hora esperando que llegara mi anfitrión. Algunas maestras me dijeron: “Imagínese y hemos pagado dos colones para gastos de local, para propaganda y por escucharlo”. Les muestro extrañeza que no lleguen los organizadores. Alguien detectó una puertecita a un costado del teatro que podía estar abierta. Fui a ver y reparé que era una puerta mal cerrada con una cadena, sin candado, y les dije: “Miren, ustedes han pagado para venir a escucharme, no a verme, ¿qué les parece si hacemos un intento de entrar?”.

En el parque daba mucho el sol para dar la charla. Todos de acuerdo. Fuimos a la puertecita y “cabal dijo Varela, y le faltaron cien mil pesos” (este es un dicho migueleño). Logramos abrir y entramos a la segunda planta que ya estaba preparada con una mesa, agua y sillas.

“Bien, comenzamos, porque ustedes han pagado”. A los veinte minutos de iniciada la charla mi joven anfitrión llegó agitado y molesto. Hice una pausa mientras se acercaba a la mesa. “Discúlpame he estado peleándome con el comandante departamental, no permitían abrir el teatro”. El joven anfitrión le dijo al comandante que él sabía del evento. “Lo anunciamos por radio y con mantas en el parque”. Pero él le respondió: “Sí, pero a última hora me llegó orden de no abrir el teatro”. Al fin, convenció al coronel y llegó corriendo. “Te disculpo, conozco mi país”, le digo.

Calmé al joven y admirable amigo. “No te preocupes, ya tengo 20 minutos de charla”. Continué con los maestros.

Semanas después recibí invitación del centro escolar más grande de mi ciudad. Terco hasta el absurdo cuando se trata de hablar de literatura; y luego de 20 años, de no visitar San Miguel, de dar giras por universidades de Europa y los Estados Unidos, doy prioridad a visitar comunidades de El Salvador. La terquedad puede ser explicable. En todo caso es un honor visitar mi ciudad natal.

Para aquella visita al centro escolar, llegué, pero me encontré con el portón cerrado. Por una ventanilla le dije al vigilante que era un invitado y me respondió que no sabía. Le digo que si esa es la escuela tal por cual, y me dice que sí. Luego abre el portón.”Dígale al director que soy el escritor invitado”. Regresa: “Dice que no sabe nada, quizá lo sepa la profesora de literatura”. Sin más, me abro paso y le digo que voy a buscarla. Me dirigí a las zonas de bachilleratos. Encuentro a la profesora, nos habíamos conocido en el Teatro Nacional. Azorada, me expresa de inmediato: “Disculpe, la directora no se opone a la charla, pero me pidió discreción, por eso no salimos a su encuentro”.

Aprendí una lección, como abogado sin abogar, sé que las leyes no bastan, ni los sagrados Acuerdos de Paz. Obedecer instructivos, cumplirlos, requiere de prácticas culturales y costumbres que pueden tomarse como leyes no escritas. Pero las buenas prácticas y la disciplina social están relacionadas con educación íntegra. Los cambios no son automáticos, menos en situaciones impredecibles.

Se puede pasar por universidades y centros educativos, se puede ganar un pergamino. Pero no significa que podamos apropiarnos de la sensibilidad social, respeto al interés comunitario, en fin, de humanismo. Un cultivo de la creatividad, de ser mejores personas, justos y solidarios.