Juana es una superviviente que lleva 36 años esperando que las instituciones pongan atención a su dolor y al crimen del que fueron víctimas cerca de 200 personas.
Juana es una superviviente que lleva 36 años esperando que las instituciones pongan atención a su dolor y al crimen del que fueron víctimas cerca de 200 personas.
Es necesario decirnos a nosotras y decirles a nuestros niños que ningún nombre, sentimiento, reputación o cargo vale la integridad física y emocional de una persona. Ninguno.
En las fronteras del Triángulo Norte, la región formada por El Salvador, Honduras y Nicaragua, se vive una crisis sanitaria que durante años los gobiernos han encontrado conveniente ignorar.
Estos cuatro empleados no se encargan de labores de seguridad, y aun así han tenido que mirar a la cara a gente que, arma en mano, les exige que se vayan.
La gente con sus años cumplidos para jubilarse se abstiene de hacerlo, porque no está garantizado que pueda recibir la pensión a la que tiene derecho.
Ya no se encuentran espacios para garantizarle a nadie que puede estar a salvo y vivir sin sentirse perseguido y vulnerable.
A su vocación artística la atravesaron la maternidad y el hogar. Y más allá de eso, volvió. Volvió a lo que le gusta hacer y en donde se siente plena.
Ojalá que en esta ola de popularidad que genera la canonización, su palabra deje de ser parte de los discursos vacíos de políticos y gobernantes y se convierta en vida.
El náhuat se ha vuelto a llenar de vida entre las voces de niños entre los tres y los cinco años.
Ahí están las deudas de $100 o $300 que van a ser impagables porque la milpa no dio, se secó y no sirvió más que para picarla y darla a los animales.