ÁLBUM DE LIBÉLULAS (197)

1612. EL MISIONERO

El aire olía a fuego pasado, pero no había cenizas visibles. En los alrededores, lo que quedaba a cada instante en evidencia era aquella extraña normalidad que ponía todas las vidas en vilo. El lugar, entonces, venía a ser ideal para alguien que quisiera descubrir misterios y contribuir a reparar entuertos, con la impresión muy personal de que nada de aquello le iba a producir trastornos inmanejables, sino todo lo contrario: que todo aquello era como ir al encuentro de la propia misión en el mundo. El recién llegado lo intuyó desde el primer instante: ahí estaba todo lo que pudiera desear para realizar su propósito de vida: predicar las bondades de la memoria y los poderes de la valentía. Se instaló y fue visitando a todos los vecinos. Le oían sin responder. Su prédica se dispersaba como un aroma inútil. Y entonces le brotó la sospecha: había llegado a un pueblo fantasma.

1613. SÍNTESIS DEL DESTINO

El fuego es aire, el aire es tierra, la tierra es agua, y el agua se vuelve cómplice de todos… El hombre del cuento venía transitando por esa cadena originaria de misterios naturales, sin percatarse de que iba haciendo su propia ruta, esa que alguna fuerza superior le tenía destinada. Un día estaba poseído por la fogosidad chisporroteante; otro día respiraba por los poros de la razón; en algún momento sus pasos se convertían en huellas de polvo sobre el cemento; en otro momento parecía ir flotando como un navío inmemorial; y no faltaba la ocasión en que todo aquel despliegue se convertía en equilibrio fuera de control. Así llegó a aquella antesala de la mente en la que aguardaba el panel de los medidores de la vida. Una sola pregunta: “¿Quiere seguir siendo agente privilegiado de su origen?” Y la respuesta ideal: “No lo sé, pero sigo…”

1614. MAR ADENTRO

El vuelo iba a despegar de las pistas del JFK de Nueva York. A unos pasos, el Atlántico aguardaba con su respiración de siempre, aprendida en la escuela parvularia de los tiempos desconocidos. Allá al fondo, Europa, vitral que se pintaba y despintaba a diario. Más al Oriente, por las rutas mil veces transitadas y aún desconocidas, Asia. En la ventanilla ovalada cabía todo, como si fuera la pupila de una deidad intrépida. Él hombre joven que observaba a través del amplio cristal de la sala de espera, en el ala de los pasajeros de la sección económica, se sentía una de esas aves que están saliendo de la espesura a los espacios sin fin. Estaba por iniciar el viaje hacia el mañana. Era uno de los emigrantes de siempre, apenas retocado por las imaginerías globales. ¿Hacia dónde iba? Como sus congéneres inmemoriales, en verdad no lo sabía. El mar abierto le palpitaba dentro de las sienes…

1615. IMÁGENES EN VELA

Al retirarse, el abuelo, que había sido el empecinado y expansivo emprendedor, le transfirió al hijo la empresa de envíos internacionales que había fundado de la nada; y cuando llegó el momento correspondiente, el hijo dejó en manos del nieto la responsabilidad empresarial del futuro. Entonces se produjo un tránsito insospechado: el joven puso en venta la empresa para dedicarse a su sueño entrañable, que era recorrer el mundo en todas las direcciones. Aquella noche estaba durmiendo en el hotel The Peninsula, en Hong Kong, en la víspera de tomar un crucero de muchos días, cuando el sueño se le volvió consejo de familia: el abuelo y el padre estaban ahí, con caras de pocos amigos. Afortunadamente para él, despertó antes de que estallaran los reproches. Se asomó a la ventana. Y sonrió aliviado: la luna nueva sí estaba a su favor.

1616. PARÁBOLA DEL VESTUARIO

La Policía andaba tras él, y eso, paradójicamente, lejos de crearle ansiedad de fuga le provocaba ansia divertida de juego peligroso. Cada día deambulaba por las calles con disfraces diferentes, que lo hacían irreconocible para cualquiera, incluyendo a los más experimentados agentes de la autoridad. ¿De dónde sacaba todos aquellos trajes que parecían producto de un diseñador de primer nivel, imaginativo y sorprendente? Ni siquiera él lo sabía. Las piezas estaban siempre a su disposición en el antiguo ropero que era sucesiva herencia familiar. Pero un día de tantos, al abrir la puerta de bisagras crujientes se halló frente a un espacio vacío. ¿Qué hacer? ¿Quedarse encerrado sin escapatoria o entregarse de una vez al poder de la ley? Y en ese preciso instante, los disfraces reaparecieron, como por arte de magia. Se oyó una risita. Las bromas del otro yo.

1617. LA LUNA ENTRE EL FOLLAJE

Como era adicto a las aldeas, las ciudades le producían diversas formas de alergia. Aquel amanecer en Hong Kong parecía una estampa recién inventada, como en las épocas originarias, y por eso, aunque el entorno urbano era de actualidad desbordante, la sensación que le nacía era la de los años dormidos en el tiempo. Desde su balcón en el hotel de Kowloon, inmediato a la bahía, con todas las edificaciones esbeltas enfrente, podía tener casi a la mano aquel paisaje de modernidad nunca desmentida, ni siquiera en los momentos de crisis. Y tal sensación se hizo aún más aguda cuando sobre los rascacielos en estrecha hermandad comenzó a dibujarse el disco áureo. Un día antes había sido luna llena, que se hallaba en su apogeo. La saludo con efusión, y entonces los edificios parecieron alzar los brazos como si fueran un bosque que redescubriera su ser.

1618. NO BROMEES, ESPEJO

Nació como un pequeño tesoro de vida casi aleteante. Cuando pudo caminar, corría por todas partes con la risa a flor de piel, como si anduviera buscando sorpresas prometidas. Ya en la adolescencia, toda aquella gracia se le fue convirtiendo en imán. Era, en verdad, como una diosa resucitada, y en su entorno sólo había palabras de admiración y suspiros de anhelo. Al arribar a la primera juventud todos creían que su futuro sería mágico. Sin embargo, por extraña paradoja, ni los aspirantes ni los pretendientes aparecían. En el entorno familiar más cercano comenzaron a menudear las inquietudes al respecto. Por fin, la convencieron de ir a visitar a un psíquico joven que ayudara a descifrar el enigma. El psíquico la observó con mirada fija. “¿Qué miras?”, le preguntó ella. “Te veo a ti, como si me viera en un espejo. Me estás llamando, y eso me hace feliz…”

1619. ESQUINA CON DESTINO

Ahí, en aquella esquina en la que se juntaban las dos calles más transitadas de la zona, se hallaba la tienda de la Niña Consuelo, que estaba a punto de cumplir los cien años. “Mis primeros cien años”, como decía ella. En el vecindario todos la conocían, hasta los pobladores más recientes. Incluyendo, desde luego, aquella niña de apenas ocho años, que parecía tener todas las preguntas guardadas en su cajita de música. “Niña Consuelito, ¿y usté por qué vive en esta esquina?” “Porque aquí se cruzan los días y se van de paseo juntos… Así se olvidan de mí… ¿Entendés?”

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE BONANZA

Aunque en apariencia el estatus social y económico se mantenga estático en el tiempo, eso con frecuencia no pasa de ser un espejismo desorientador, porque lo que acaba imponiéndose siempre, sin que necesariamente lo parezca así, es la suerte de cada persona, con sus expresiones y sus enigmas propios. El caso de Vladimir era justamente ese.

Primogénito en un hogar acomodado, desde muy niño se manifestó dispuesto a conquistar su mundo propio con todos los recursos que le fueran posibles. En el colegio tenía fama de concentrado y misterioso, ajeno a los deportes y a las prácticas juveniles. No pertenecía a ningún grupo de amigos, y menos de compinches. Muchos lo consideraban una rara avis.

En su casa nunca faltaba nada en lo que a cosas materiales se refería. Más bien la abundancia parecía ir en aumento, porque los negocios familiares prosperaban y las inversiones daban beneficios crecientes. Pero en contraste, los componentes de la familia por momentos ni siquiera daban la impresión de pertenecer al mismo núcleo. Anímicamente, algunos abiertos y otros encapotados; funcionalmente, algunos activos y otros indolentes. Y él, Vladimir, que estaba en el centro cronológico de la descendencia, reunía características contrastantes: era encapotado y activo. Quizás por eso no encajaba de ninguna manera. Todos lo miraban de reojo, aun los padres…

Estaba en la etapa final de su educación media, ya en vísperas de entrar a la formación superior, y eso le producía una ansiedad adicional. Se lo consultó al consejero psicológico del colegio exclusivo donde estudiaba, y la respuesta no le dio pistas:

—Si quieres estudiar fuera, hazlo; si no quieres, no lo hagas. Eres libre.

Y aquel vocablo –“libre”– se le clavó como un dardo en la sien. ¿Libre? ¿Libre para qué? Lo tenía todo y ahora se daba cuenta del sentimiento de no tener nada. Un conato de hoguera se le encendió por dentro.

Aquella misma noche se acercó a sus padres, que estaban en la terraza tuiteando como siempre:

—Voy a decirles algo: lo que quiero es ser libre.

—¿Y eso? ¿Qué mosca te ha picado?

—La mosca de la ilusión, que no necesita presupuesto. No sé si entienden.

—Estás hablando como un cipote inmaduro. Esos son nervios porque vas a pasar a una nueva etapa. Voy a darte un calmante.

Él se levantó, sin decir más. Los padres siguieron tuiteando. A la mañana siguiente no apareció. Lo único que hallaron de él fue un mensaje en la web: “Ya soy libre. Nos vemos”.

MISTERIOS DE PENURIA

Entró en su habitación, que era la única de aquel espacio que a duras penas resistía el calificativo de vivienda. Los cuatro rincones eran lo verdaderamente disponible: en el más próximo a la puerta, el par de sillas raquíticas con la cocinita al lado; en el rincón paralelo, la mesita de trabajo; en el rincón derecho del fondo, la litera estrecha destinada para dos; y en el último rincón, un altar improvisado que cambiaba con frecuencia. Una sola ventana con ansia de tragaluz, y protegida por una rústica tela de alambre, le proveía alguna claridad al encierro, que rápidamente iba desvaneciéndose por la hora.

Era hora de comer algo porque la noche estaba encima, pero él ni siquiera se acordó de eso. Lo que necesitaba era otro tipo de alimento: el de las imágenes reconfortantes luego de una jornada de la que siempre quedaba exhausto anímicamente porque le tocaba lidiar con las insatisfacciones de los clientes que iban a recoger sus bultos en la bodega de la fábrica.

Se hallaba solo, aunque ya era hora de que su esposa y sus dos hijos estuvieran ahí. No se alarmó por eso, ya que sucedía con frecuencia. Y como estaba solo bien podía acomodarse a su gusto. Se ubicó en el suelo y se extendió cuan largo era, estirando sus miembros con gratificante libertad. Desde esa posición podía ver hacia arriba sin ningún esfuerzo.

Entrecerró los ojos como si quisiera descubrir algún detalle curioso. El cielo raso era el de siempre: deteriorado y descolorido. Y en el instante en que lo percibía detectó que algo ahí estaba moviéndose entre la penumbra creciente del espacio cerrado. Aguzó la mirada. Sí, una luciérnaga que daba la impresión de no querer ser identificada.

Él unió las manos humedecidas por el calor intenso y se las puso sobre el pecho, como si buscara agradecer aquel encuentro que no tenía explicación. ¿Por dónde podía haberse colado aquel coleóptero que prefería los espacios abiertos? La luciérnaga se quedó quieta, y él interpretó aquello en clave comunicativa. Se incorporó en el suelo, y quedó arrodillado como un devoto que acabara de entrar en éxtasis.
se llenó de destellos. Una nube de luciérnagas vagaba por sus estancias íntimas.
¿A quién estaba rindiéndole aquella pleitesía que semejaba un juego ingenuo? Inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró los ojos. Todo en su interior invocaba los poderes olvidados.

Se preguntó sin palabras:

—¿Dónde estoy?

La luciérnaga original descendió hasta su frente y se quedó quieta sobre ella. Y en aquel segundo él comprendió que la pregunta que acababa de hacerse era irrelevante.

MISTERIOS DE APETENCIA

Cuando se sacó aquel premio en la lotería tomó el hecho como un anuncio de la Providencia. No es que fuera creyente disciplinado, pero si quería llegar a serlo, y por eso activaba sus ansias en forma de reflejos anímicos. Como era un ser eminentemente ordenado, trató de armar de inmediato una lista de aplicación de los recursos ahora disponibles, que aunque no eran muchos sí representaban un respiro de amplio alcance en su situación económica normal.

La vida siguió su curso, como si nada nuevo asomara por ahí. Y es que la rutina era para él un estilo de vida. Pero poco a poco, y de manera inesperada, fueron apareciendo señales de que podía haber cambios de algún relieve. Un sábado cualquiera se había quedado sin salir porque sentía un leve malestar generalizado, de seguro por la intensidad de la semana transcurrida.

Se puso a observar, desde la terracita casi inexistente, los entornos del vecindario, y sobre todo ese lugar donde vivía ella, Marisol, que estaba en su mira desde que eran niños.

Por fortuna, Marisol se hallaba visible en aquel instante, recostada en la silla plegadiza que era su acomodo predilecto. Envuelta en una bata de casa, aprovechando también el paréntesis sabatino. Él trató de esconderse cuanto pudo para poder contemplarla con la mayor libertad posible. La había tenido a la vista tantas veces que todos sus detalles le eran conocidos. Así se mantuvo durante varios minutos, inmóvil, con la respiración anhelante y los sentidos a la expectativa.

De pronto, ella pareció darse cuenta de que era observada y se incorporó. Extendió los brazos hacia arriba, como si estuviera desperezándose; y al hacerlo la bata se entreabrió, dejando ver que se hallaba desnuda. Los reflejos sobre la piel eran una invitación al contacto íntimo.
Él tuvo el impulso de llamarla por su nombre, pero se contuvo. Lo que estaba haciendo era saborear el instante inesperado como si fuera un manjar de dulzura exquisita. La experiencia más deliciosa en la placidez de un sábado que tenía todos los visos de ser inolvidable, aunque no tuviera otras consecuencias.

¡Aleluya!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (195)

1595. NO HAY MEJOR ESPEJO…

Cuando se fue de su lugar de origen, lo hizo pensando en una nueva vida. Era joven, y podía descubrir caminos que desde ahí parecían inabordables. Luego de mucho trajinar, llegó a aquella pequeña ciudad italiana donde le ofrecieron trabajo como ayudante de cocina, porque tenía credenciales como chef en ascenso. Una tarde, caminando por las callejas atestadas de turistas, se cruzó con alguien que le trajo de inmediato el recuerdo de aquel personaje que había sido algo así como su mentor en la adolescencia. Ese alguien estaba decrépito y apenas caminaba. Le entró una angustia súbita. ¿Qué significaba su nueva vida? Era tarde y tenía que ir al restaurante a reasumir labores. Esa noche tuvo una pesadilla. Y en ella una voz le susurraba: “No hay mejor espejo que un amigo viejo”. Entonces lloró de nostalgia. Solo eso le quedaba.

1596. CONTIGO PAN Y CEBOLLA…

Desde que se conocieron, como niños en plan de adolescentes, en el festejo de cumpleaños de uno de los amigos del barrio, hubo entre ellos una sintonía perfecta. Entre ellos sí, pero entre sus parientes no. Y es que cada una de las familias decía querer algo superior para su descendiente. En esas estaban cuando se produjo un acontecimiento que puso todo en veremos: él ganó una beca para ir a estudiar al extranjero, y había que tomar decisiones de inmediato. La familia de ella se negó a que lo acompañara. Si se iba, tenía que hacerlo por su cuenta y riesgo. Entonces ambos reunieron en conjunto a las respectivas familias y ahí les expresaron que se irían juntos, aunque fuera a pasar penurias. Y él les recalcó: “Somos fieles creyentes en aquel refrán que dice: Contigo, pan y cebolla; y con otra, ni olla. Quédense con sus ollas…”

1597. HAZ BIEN…

Doña Milagros se sentía inspirada por su nombre, y por eso desde muy temprano en su vida tuvo inclinación irresistible al servicio de los demás. Cuando murió su marido y sus hijos se fueron a buscar oportunidades al Norte, ella se quedó sola en la casita suburbana donde vivió desde siempre. Se dedicaba a coser ajeno y a cocinar por encargo, y lo poco que le quedaba luego de gastar en lo elemental lo dedicaba a socorrer a sus vecinos más necesitados, que eran cada vez más. Muchos de los familiares jóvenes de aquella gente que tenía cada vez menos se habían incorporado a los grupos criminales, pero ella seguía en su afán, sin miedo ni reposo. Hasta ese día en que un par de delincuentes se metió en su casa y le quitó la vida sin necesidad porque doña Milagros no opuso resistencia. Hasta en las últimas dio el ejemplo.

1598. LO QUE NATURA NON DA…

Quería componer música. Dentro de él las armonías flotaban como hojas vivas en la corriente de un arroyo, pero por fuera nada revelaba cadencias armoniosas. En ningún instante, sin embargo, decayó su voluntad de responder al tenaz mandato interior. Lo pertinente era animarse al estudio formal en una academia confiable. Cumplió los exámenes de ingreso e inició el curso. Se esforzaba como el que más. Y pese a que su nivel nunca llegaba al plano superior, parecía ir encaminándose, hasta que de pronto llegó el silencio. Uno de sus maestros le explicó: “Es un mecanismo de defensa. Hay que sepultar el clavo de la duda y sembrar la semilla de la fe. ¿Has oído aquello de ‘Lo que Natura non da, Salamanca non lo presta’? ¿Y quién sabe dónde está lo que da Natura y qué es lo que Salamanca puede prestar?”

1599. ARRIEROS SOMOS…

¿Cómo era posible que después de tanto tiempo aquella imagen estuviera a solo unos centímetros? El aparecido lo saludó con efusión: “Hola, Chente, ¿te acordás de mí?” “Claro que me acuerdo, Chema. ¿Vos te acordás?” Habían sido vecinos, y tuvieron una disputa por la medición de las respectivas viviendas. Chema les encargó a unos sicarios que intimidaran a Chente, que acabó en un hospital y al salir escapó de la zona. “Te vengo a pedir un favor, Chente: que le permitás a tu hija andar con mi hijo… Se han conocido en la U”. “Ah, así están las cosas… Bueno, si me devolvés lo que me robaste, puede ser. ¿O querés que te mande sicarios? Ahora soy yo el poderoso. Tengo mi banda”. Chema retrocedió un par de pasos, como si quisiera huir en el tiempo. Pero no hay de otra: arrieros somos y en el camino andamos…

1600. OJOS QUE NO VEN…

La vida tiene derivaciones insospechadas. Y es que el camino de él y el camino de ella parecían ir de pronto en direcciones opuestas, después de tanto tiempo de íntima armonía en el trayecto. No podían escapar a aquel fenómeno existencial, y se hicieron a la idea. Pasado un largo período sin verse, tanto él como ella sintieron la necesidad imperiosa de recuperar la cercanía. Como habían perdido el contacto, tuvieron que andar en la búsqueda de indicios localizadores. Aquello resultó más difícil de lo esperado. Cuando se encontraron, los pálpitos mutuos les hicieron temer que el corazón se les saliera del pecho. Y entonces él dijo, animoso: “Le ganamos la partida a la sabiduría popular, que dice: ‘Ojos que no ven, corazón que no siente’. Nos pasó al contrario: ojos que no ven, corazón que se enciende…”

1601. MÁS VALE PREVENIR…

Aquella mañana, que era una de las primeras del tiempo vacacional, se levantó del catre con un zumbido extraño entre las sienes. Creyó que eso era simple producto de una mala posición, pero cuando le duró toda la jornada empezó a sospechar trastornos más delicados. Fue por fin a consultar a su médico de cabecera, que parecía ser experto en todo. Y el médico, ingenioso por vocación, le salió al paso: “Ya que decís que soy tu médico de cabecera, voy a ver qué te pasa en la cabeza”. De los exámenes superficiales no parecía salir nada. “Hay que hacer estudios más profundos…” “¿Por ejemplo?” “Una lavativa mental”. “¿Y eso?” “Vacaciones sin rumbo”. “¿Y si me pierdo?” “Sería lo que necesitabas. Terapia sigilosa. Probemos. Más vale prevenir que lamentar”.

1602. CUANDO EL SOL ALUMBRA…

Los tiempos eran difíciles, y lo mejor era el escape. En eso coincidían; pero no había coincidencia en el hacia dónde. Él hacia el Norte y ella hacia el Sur. Como si vivieran en un mapa mental contradictorio. Había que encontrar alguna salida, y él, imaginativo por naturaleza, se puso a pensar. De pronto: “¡Ya lo tengo! ¿Qué te parece si le preguntamos al Sol?” “¿Y cómo?” “Bueno, tirando una moneda a cara o cruz: cara, el Norte; cruz, el Sur”. “¿Y quién la tira?” “Tú”. La moneda, al caer, se perdió en el suelo ceniciento. “Pues nos quedamos, porque cuando el Sol alumbra no vale penumbra…”

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE CORBATA

En estos tiempos de informalidad creciente, los vestuarios estudiantiles van siendo cada vez más imprevisibles, en contraste con lo que pasaba en épocas anteriores, cuando los que estudiaban determinadas carreras usaban por tradición atuendos formales. Los estudiantes de Derecho, para el caso, vestían de saco y corbata. Hoy, los jeans y las camisas sueltas son lo que prolifera prácticamente sin excepción. Y entonces la rebeldía tiende a operar al revés. Es el caso de Segismundo.

—¿Por qué te pusieron ese nombrecito?

—Porque mis papás son cultos.

—¡Ja, ja!

—¿Ustedes han oído hablar de Calderón de la Barca?

—Sí, es un pescador que vive a la orilla del mar, allá por el puerto.

—¡Ah!, qué chistoso.

—Pues hombre, ¿cómo no vamos a saber, si el maishtro de literatura vivía mentándolo en sus clases, que por cierto eran una muestra bostezante de “La vida es sueño”…

—¡Ja, ja!

Y ahora Segismundo quiere ponerse a la moda rompedora para que el nombre no le estorbe. Estudia Tecnologías de la Información, y llega a diario a clases de saco y corbata. Los compañeros lo miran y hacen gestos de hilaridad despectiva. Y más aún porque cada día cambia el color de la corbata. Entonces la expectativa sobre ese color se va volviendo adivinanza viral.

Segismundo llega siempre tarde, y lo rodea de inmediato un coro de miradas.

—¿Y hoy qué le pasará a este? Viene sin corbata…

Alguno se lo pregunta de inmediato. Él sonríe con gesto de haber dado en el clavo:

—¿Qué les pasa? ¿No se han dado cuenta de que hoy tocaba la corbata transparente? ¡Si no serán pendejos!

MISTERIOS DE CAMISA

La primera vez que se abrazaron tanto él como ella sintieron que estaban entrando en terreno desconocido. Y eso desconocido se centraba en los aromas. Ni él ni ella pudieron advertir qué significaba aquella cercanía aromática.

—¿Te gustó? –preguntó ella, con un tinte de ansiedad.

—Una dulce emoción me invade. ¿Y a ti?

Ella no respondió con palabras. Suspiró como si estuviera a punto de experimentar una sensación inexpresable.

—Entonces, estás invadida por el desconcierto –reaccionó él, con ansiedad inocultable.

—No sé. Lo que pasa es que yo pensé que mi perfume iba a ser el único, y ahora siento que estamos correspondidos…

—¿Cómo así?

—Es que cuando nos abrazamos tuve la impresión de que entraba en una capilla…

—¡Qué misterioso es esto! Yo sentí, cuando nos abrazamos, que me hallaba en un rito floral…

—Es que el perfume que uso se llama “Florilegio”. ¿Y el tuyo?

—Bueno…, es que yo no uso fragancia…

—¿No, y entonces a qué hueles?

—No sé.

—Pues voy a probar otra vez.

—¿Qué?

—El abrazo.

Dicho y hecho. Y el abrazo fue más apretado aún, porque tenía propósito. ¿Cuánto tiempo estuvieron así? Ninguno de los dos pensó en el tiempo. Las aspiraciones mutuas lo dominaban todo. En él era el gozo de lo conocido. En ella era el ansia de lo desconocido.

Por fin, ella se desprendió suavemente. Y con las manos puestas sobre el pecho de él, vino su explicación:

—Es tu camisa la que huele, pero no en todo su tejido, sino solo en esta parte que está sobre el corazón. Quizás, entonces, es tu corazón el que envía el aroma.

Se rieron como niños que acabaran de descifrar un misterio inocente.

MISTERIOS DE CHINELA

Desde niño tuvo aquella tendencia a hacer del sueño una caminata sin duración ni destino identificables de antemano. En la medida que pasaba el tiempo, aquellas excursiones nocturnas le iban produciendo estados de fatiga que podían parecer quebrantos de salud.

Tanto así que, para salir de dudas, empezó a acudir a consultas médicas en busca de respuestas esclarecedoras.

Dichas respuestas fueron variadas y hasta contradictorias. Como que por ahí no se llegaba a nada.

Pasó, entonces, a buscar opinión más especializada. Y en ese orden uno de los consultados le hizo una sugerencia que parecía desconcertante:

—Creo que sería prudente que acudiera a la consulta de un psicólogo.

—¿Tendré problemas mentales, doctor?

—Yo solo aconsejo. No soy experto.

Buscó esa opinión.

—Vamos a hacer un calendario de sesiones.

Transcurridas algunas, dejó de asistir. ¿Qué pasó? Alguien le sugirió una psíquica, que en el primer encuentro le hizo una petición que parecía una simple extravagancia:

—Para empezar, ¿podrías traerme una de las chinelas con las que te desplazas en el sueño?

Cuando se la llevó, la psíquica la tomó entre las manos e hizo un gesto de reverencia:

—Ahora sé que eres un sonámbulo sobrenatural. En esta chinela están las huellas de tus excursiones cotidianas por los caminos del pasado y del futuro. Tú, cada noche, recorres un resumen de tu vida…

—¿Y de dónde me viene la fatiga?

—No es fatiga, amigo mío: es sensibilidad llevada al límite.

—¿Y entonces?

—Voy a tratar de acompañarte cuando me sea posible.

—¿Y cómo vamos a encontrarnos?

—No te preocupes: mis propias chinelas me llevarán hasta ti.

MISTERIOS DE BUFANDA

En el lugar, que era un suburbio superpoblado, el clima cálido imperaba a lo largo del año, algunos meses en lo seco y otros meses en lo húmedo. Era el trópico, benigno pero persistente. Por eso la prenda que estaba guardada desde siempre en la gaveta más baja del ropero era una curiosidad sin explicación espontánea.

Gabriela, a quien todos llamaban Gaby, ocupaba hoy aquella pieza que antes fue de su madre, de su abuela y de su bisabuela, en sucesión cronológica impecable. El ropero también venía de aquellos lejanos entonces, y a Gaby le hubiera gustado tener un clóset, pero el mueble ya estaba ahí y había que aprovecharlo, aunque fuera una reliquia casi centenaria.

Cuando concluyó sus estudios universitarios tuvo el impulso de seguir la ruta de muchos de sus amigos: ir a sacar una maestría en alguna universidad del Norte. Era la moda del momento. Su récord académico era impecable y los recursos económicos disponibles daban para eso y más. Empezó a hacer indagaciones y así llegó el momento de elegir destino. En todas las universidades a las que aplicó se le abrió un espacio. Solo había que decidir.

La tía July, que era su único familiar cercano, le preguntó:

—¿Ya sabes para dónde vas?

—Pues estoy entre dos opciones: Texas o Massachusetts. Y todo me jala hacia Massachusetts. Es como el llamado del frío.

La tía July soltó una risa tierna:

—Claro, mi abuela y tu bisabuela queriendo que vuelvas al clima original. No en balde te dejó una bufanda para que la llevaras en el regreso.

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ÁLBUM DE LIBÉLULAS (194)

DEL SUEÑO

Aquella mañana todo parecía igual que siempre: afuera, el clima propio de la estación; adentro, las premuras normales de la hora. Se levantó de la cama, aun en penumbra, y se fue al baño a los oficios de limpieza matinal. Volvió en unos minutos sin ningún trapo encima. Había que preparar algo que se pareciera a un desayuno. Pero cuando estaba por dejar el pequeño dormitorio, que desde hacía unas semanas no compartía con nadie, tuvo de pronto una sensación de soledad que no le había dejado ninguna de sus parejas sucesivas cuando escaparon de ahí, como de un lugar inhóspito. Volvió al lecho y descubrió que ahí, bajo la sábana revuelta, había algo. Levantó sigilosamente la tela, que bien podía ser un sudario. Y lo era: lo que estaba ahí, exánime, era su propio sueño. Gimió. Hoy sí se quedaba solo en el mundo.

1580. LA LUZ DE SANTA RITA

Su vida había entrado en fase de crisis, tal si todo lo que le rodeaba se estuviera poniendo en su contra, sin alternativa. No era una simple sensación, porque los hechos se hallaban a la vista. Entonces todos sus mecanismos anímicos empezaron a fallar. Se fue enclaustrando en sí mismo, como un ermitaño sin escapatoria. Aquello era una trampa mortal. Pero de pronto, y sin que hubiera indicios reveladores, cada vez que cerraba los ojos, una tenue luz se le hacía visible en la profundidad de la conciencia; y esa luz poco a poco iba tomando cuerpo, hasta que apareció la imagen. Era una señora sonriente con una rosa en la mano. Se la ofreció con un gesto. Él vaciló. “No temas, todo va a resolverse, yo soy la abogada de los imposibles. Y esta rosa es la llave para ingresar en tu nueva ruta…”

1588. FICCIÓN INMEMORIAL

Por el camino polvoriento venía la caravana de peregrinos que estaban lozanos como si acabaran de salir de su punto de partida. Nadie hubiera dicho que la ruta que venían recorriendo fuera ya tan extensa como aquella suma de solsticios y equinoccios, aunque nadie en el ambiente los reconociera como tales. A media mañana pasaron frente a aquel caserío que tenía todas las características de un refugio de seres sin hogar, y los peregrinos se sintieron envueltos por un aura insospechada. Fueron en busca de un lugar para descansar por unas horas, y lo que encontraron fue aquel predio baldío que daba a una fuente sinuosa. Ahí se instalaron para pasar unas horas. Horas que se volvieron días y luego años y siglos. Solo el camino polvoriento siguió ahí, esperando a sus peregrinos ilusionados…

1589. EN EL CÍRCULO SAGRADO

¿De dónde le había nacido aquella impresión de que estaba siempre al borde de un arroyo, entre los guijarros y las plantas de la orilla? Quizás de su experiencia infantil, cuando le tocó vivir el desapego familiar y tuvo que refugiarse en los espacios naturales que había alrededor. Ahí se hizo amigo entrañable de los árboles protectores y de las mariposas aventureras. Después, se fue a la ciudad a seguir sus estudios, y ahí tuvo que acomodarse a los espacios cerrados y a los laberintos artificiales. Pero el vínculo emocional con el arroyo original y sus entornos nunca dejó de estar presente en sus vigilias nocturnas. Cuando terminó su formación académica tuvo que buscar ocupación laboral. Y entonces desechó oportunidades por lealtad a su memoria. Hoy trabaja en un vivero junto a una quebrada. Destino final.

1590. JUEGO DEL TIEMPO

Ella era introvertida por naturaleza, y cuando llegó a la adolescencia tal condición se le convirtió en penumbra íntima. No se comunicaba con nadie, hasta que llegó aquel muchacho con planta de extraterrestre emocional. Hubo un clic instantáneo, y a partir de aquel momento tanto él como ella fueron inseparables. Se hallaban concluyendo su formación universitaria, ella en filosofía subliminal y él en química reveladora, aunque las carreras no se llamaran así. Formalizaron su relación, para hacer vida en común. Los años siguieron pasando, y en un cierto momento, sin decirse nada al respecto, empezaron a descubrir que ambos tenían una misma ruta de vida, que estaba por encima de todo lo demás. Y esa ruta iba en dirección inversa a lo que se consideraba natural. No iban hacia la vejez sino hacia la infancia. Misterio compartido.

1591. MÍSTER  ANGELICUS

Desde la más remota infancia se manifestó como un ser fuera de serie, en lo bueno y en lo malo. Su familia no podía con él, y muy pronto lo enviaron a un internado religioso en las montañas. Ahí obtuvo su título de bachiller, y se dispuso a ingresar al mundo universitario. Escogió una universidad pública, para no tener que depender de sus padres, y consiguió trabajo de limpieza en una capilla. Empezó a estudiar la carrera de chef, porque le fascinaba la mezcla de ingredientes. Muy pronto estaba listo para emprender un negocio propio, luego de conseguir un crédito bancario. A la hora de escoger el nombre dispuso ponerle “Míster Angelicus”. Fue una corazonada. Alguien se lo preguntó, y la respuesta fue tan enigmática como él: “Para que los clientes sientan que su cocinero también alimenta a los dioses”.

1592. ENTRE  HERMANOS

Cuando se casaron, ambos compartían criterio sobre la religión: eran ateos confesos, y decían sentirse libres por ello. La vida les fluyó sin dificultades personales, pero cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña, algo se les removió por dentro. Era sentir que aquella niña, radiante como una flor y fragante como un fruto, estaba ahí para acercarlos a la gracia del milagro. Las madres de ambos, fieles y devotas, les hablaron con suave emoción: “Esta criatura nació el 6 de febrero, Día de Santa Dorotea, patrona de floristas y fruteros. ¿Y saben qué quiere decir Dorotea? Regalo de Dios. En nuestro corazón, la niña se llama Dorotea. ¿Están de acuerdo? Si es así, sonrían sin temor…” Ellos no respondieron de inmediato, pero en los días siguientes siempre hubo flores y frutos alrededor de la recién nacida.

1593. PARÁBOLA DEL HALLAZGO

Se lo había dicho infinidad de veces, como para que ella entrara en comunicación directa con su imaginación más profunda: “Lo que nos une no es el destino, sino la búsqueda”. Y aquella frase caló tanto en el ánimo de ambos que muy pronto se dieron a la tarea de recorrer juntos los caminos del mapa que estaba a su alcance, como en un ejercicio de círculos concéntricos. Aquel fin de semana dispusieron ir a caminar por uno de los cerros más cercanos, que estaban siempre superpoblados de vegetación. Se internaron entre la maleza y los ramajes y fueron avanzando hacia adentro. De pronto, se hallaron en un claro no previsto, que de inmediato les dio la sensación de un jardín de pequeñas plantas floridas al ras del suelo libre. Y él dijo, emocionado: “Es lo que nos tocaba encontrar este día: uno de los jardines urbanos de la infancia…”

1594. EL MAPA SIGUE ABIERTO

Se fue del sur hacia el norte cuando las contingencias de la guerra le hicieron sentir que no podía moverse en su espacio disponible. Y ahora tenía que volver del norte hacia el sur porque las contingencias de la persecución le hacían saber que era mejor volver por las buenas que exponerse a ser víctima de las malas. Volvió y se sintió un desconocido, aunque su gente lo recibía con amabilidad. ¿Qué pasaba, entonces? Estuvo haciendo cábalas, hasta que atinó con una respuesta: “No me sirvió del sur hacia el norte ni del norte hacia el sur. Hay que probar con las otras direcciones…”

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE MALETA

Se estaba acercando el día de la partida y el color de las horas se le volvía cada vez más mortecino. Tenía muy poco que llevarse, porque era de esos seres que guardan la mayoría de sus pertenencias esenciales en la mente. Pero con algo había que cargar, porque iba hacia un lugar desconocido aunque todas las informaciones sobre el mismo estuvieran a su disposición en los folletos y en la Internet.

En la casa se sentían tristes por su alejamiento, pese a saber que era impulsado por la necesidad de contar con más fondos para el sostén de su familia, aparte de que el hecho de ir a trabajar en una empresa dedicada al marketing ecológico estaba íntimamente conectado con sus afinidades más profundas. En las vísperas, armó una pequeña maleta que había permanecido arrinconada en el clóset desde siempre. Cuando la abrió sintió un aroma que no parecía propio de un objeto como aquel, pero no le dio importancia, porque las urgencias del viaje inminente le absorbían toda la atención.

A la mañana siguiente, luego de las sentimentales despedidas del caso, emprendió camino hacia la estación, ya que la primera etapa del viaje sería en tren expreso. Tomó un asiento junto a la ventana, y la maleta iba a su lado, porque el asiento contiguo se hallaba vacío.

En cuanto el tren arrancó, a él le fue entrando una somnolencia irresistible, y se durmió de inmediato. Aquel trayecto hasta la ciudad donde tendría que tomar el transporte aéreo duraría algo así como cuatro horas, y por consiguiente el reposo durmiente podía ser prolongado.

El sueño que le vino fue profundo, y en él se sumergió sin resistencia. Al despertar, la sorpresa resultó desconcertante. ¿Dónde estaba? Se encontró tendido en el suelo en una calle desierta. A su alrededor, nada resultaba identificable. Se hallaba, sin duda, en otra latitud.

Se incorporó como si emergiera de un letargo indefinible. Por impulso instantáneo buscó su maleta. Estaba ahí, junto a él. La abrió con premura. Se hallaba vacía. Y el aroma que antes sintiera hoy parecía provenir de un incensario oculto. ¿Qué era todo aquello? Enfrente, un parque nutrido de arboleda parecía estar aguardándolo.

Sonrió agradecido. Tomó su maleta vacía y avanzó hacia ahí. El origen inocente del marketing ecológico lo aguardaba en su expresión más pura y personal. Había que tomarle la palabra y poner la voluntad a su servicio.

La maleta era su compañía perfecta.

MISTERIOS DE ROPERO

El cuarto no era muy amplio, pero sí tenía capacidad de albergar varios muebles, como evidentemente ocurrió en otras épocas familiares. Ahora, lo único que había ahí era un pequeño y escuálido escritorio que de seguro nadie se quiso llevar cuando la casa fue desocupada para ponerla en alquiler. Los interesados en tomarla no le ponían mayor atención a aquel detalle, porque en estos tiempos en que los iPads y los teléfonos siempre están a la mano la existencia de un escritorio es irrelevante, aunque por momentos pueda ser un estorbo.

Los que se pasaron a vivir al lugar arrinconaron el escritorio para tener más espacio disponible, y en tal espacio ubicaron un mobiliario de última generación, de esos que anteponen la extravagancia a la comodidad.

Los moradores actuales eran tres personas humanas y una persona perruna. Y aunque los humanos no le pusieran atención al detalle, el perro de la casa llegaba varias veces al día a reposar a la par del mueble en el que nadie reparaba.

Cuando llegaba la hora en que los tres humanos volvían de sus respectivas faenas diarias, el otro habitante se incorporaba, sacudía su pelambre y avanzaba hacia la puerta de entrada. Cada uno de los que iban apareciendo –los dos padres y la hija– le hacía un gesto propio, y él respondía también con gestos diferentes. Luego Sandokán, que era su nombre rescatado de los recuerdos infantiles del señor, se iba a acomodar a la par del escritorio.

En el lugar se acumulaba el polvo y menudeaban los pequeños objetos sobrantes, por eso los señores cada vez que veían al perro ahí trataban de que se fuera hacia otra parte. Él los observaba acomodado sobre el suelo y levantaba los ojos con una mirada que parecía decir: “No entiendo nada”.

Así las cosas, un día de tantos llegaron los cargadores de una empresa dedicada a transportar objetos pesados y levantaron el escritorio para llevárselo. El señor y la señora observaban con expresiones de alivio.

—Por fin vamos a deshacernos de ese trasto viejo, que es un almacén de polilla…

Cuando Sandokán se dio cuenta de lo que pasaba empezó a aullar lastimeramente, y no había forma de callarlo.

—¿Qué te pasa, chucho loco? Si hoy todos vamos a estar en un lugar más limpio…

Pero en los días subsiguientes algo como un virus desconocido pareció invadir la casa. Sobre todo el señor y la señora daban impresión de creciente debilidad. Ellos y la hija fueron a pasar consulta médica. El examen no revelaba nada en concreto. El doctor encargado los miró sucesivamente después de revisar los exámenes:

—Pues no se ve claro. Les voy a decir algo que parece fuera de toda consideración científica. Es como si una extraña forma de polilla se hubiera infiltrado en sus organismos… Yo no sabría cómo explicarlo, pero tengo el pálpito de que algo se les ha colado de manera subrepticia… Y como yo también creo en las realidades esotéricas, voy a recomendarles que busquen una psíquica competente…

Ellos se cruzaron miradas. Y él reaccionó en forma que el médico no podía entender:

—Vamos a buscar consejo profesional. Gracias, doctor.

Al regresar a la casa, lo primero que hicieron fue llamar a Sandokán.

—Ya sabemos que sos el maestro. ¿Qué nos aconsejas para superar nuestras dolencias? ¿Que el escritorio vuelva a su lugar?

El ladrido entusiasta de Sandokán no dejaba alternativa.

Buscaron a los compradores y les ofrecieron el doble de lo que ellos habían pagado. La salud es lo más importante. Trato hecho. Sandokán saltaba de alegría.

MISTERIOS DE ROPERO

En aquel hogar los roles tradicionales estaban completamente cambiados: la señora era la proveedora con el producto de su trabajo y el señor se encargaba de las faenas domésticas. Y por las reacciones de todos –es decir, de los padres y de los hijos– tal distribución no afectaba a ninguno, porque ya era una especie de norma vigente desde tiempo indefinido.

El señor ordenaba lo referente al vestuario, y desde luego era un experto en lavado, planchado y guardado de la ropa, que se hacían en aquella casa conforme a las normas de siempre. Su devoción por el orden, tanto en el diseño como en la presentación, no tenía quiebres.

La señora era veleidosa al máximo, y actuaba sin reparar en las reacciones de los demás. Ella, en lo tocante a las prendas de vestir, vivía atenta a lo que se publicaba en las revistas de moda, y era especialmente sensible a las innovaciones extravagantes.

Entonces, para mantener la armonía, el espacio clave era el ropero.

Por fuera, el ropero que compartían tenía la forma, la estructura y el color de los muebles heredados. Por dentro, era como si ahí convivieran dos mundos muy distintos entre sí. Por eso quizás cada uno de ellos cuando iba a guardar o a sacar sus atuendos sólo abría la hoja correspondiente. Aquel día, sin embargo, coincidieron frente al ropero, y se quedaron quietos sin mirarse.

—Voy a sacar mi chamarra del tiempo de la guerra –dijo él.

—Yo voy a buscar mi traje brillante que estará de moda en la próxima estación.

Entonces se rieron, como si se tratara de dos bromas inocentes. Las dos hojas se abrieron al mismo tiempo. ¿Pero qué había adentro? Como por arte de magia, en el lado de él se hallaban colgados los atuendos psicodélicos y en el lado de ella las piezas clásicas. El mensaje les hizo mirarse como cómplices por primera vez.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (193)

1579. HOLA, SAN VALENTÍN

Ahí, sobre la mesa, se halla la estampa enmarcada de San Valentín, que trajo alguna vez un pariente mayor, y su presencia ya pasa inadvertida. Pero de un tiempo a esta parte la pareja viene necesitando estímulos inspiradores y ante el enfriamiento de la relación lo primero que toma impulso es la búsqueda de consejo profesional: acudir a un psicólogo parece entonces lo indicado. Hablan y oyen durante varias sesiones, pero no surgen señales de que nada esté cambiando. ¿Habrá que resignarse a que los vínculos se vayan marchitando cada día más? Ese día es 14 de febrero, y toda la propaganda comercial lo hace sentir. Él y ella, sin proponérselo, se encuentran esa mañana frente a la mesa donde está la vieja estampa descolorida, y en ese instante dicen al unísono: “Hola, San Valentín”. Como si aspiraran un aroma sobrenatural. Remedio puro.

1580. LA LUZ DE SANTA RITA

Su vida había entrado en fase de crisis, tal si todo lo que le rodeaba se estuviera poniendo en su contra, sin alternativa. No era una simple sensación, porque los hechos se hallaban a la vista. Entonces todos sus mecanismos anímicos empezaron a fallar. Se fue enclaustrando en sí mismo, como un ermitaño sin escapatoria. Aquello era una trampa mortal. Pero de pronto, y sin que hubiera indicios reveladores, cada vez que cerraba los ojos, una tenue luz se le hacía visible en la profundidad de la conciencia; y esa luz poco a poco iba tomando cuerpo, hasta que apareció la imagen. Era una señora sonriente con una rosa en la mano. Se la ofreció con un gesto. Él vaciló. “No temas, todo va a resolverse, yo soy la abogada de los imposibles. Y esta rosa es la llave para ingresar en tu nueva ruta…”

1581. SAN ROQUE ENTRE LADRIDOS

Vivía en la calle desde que perdió su primer trabajo y no pudo encontrar otro; y como no tenía familiares porque todos fueron desapareciendo sin dejar rastro, el único destino disponible eran las aceras con algún alero. Recogía limosnas y sobrevivía con bocados casi simbólicos. Estaba masticando cuando sintió a la par una presencia anhelante. Era un chuchito callejero, con el que compartió unas migajas, y que desde aquel momento no se apartó de su lado. El indigente se sentía acompañado por primera vez, pero entonces empezó a sufrir una debilidad orgánica sin precedentes. Aquella tarde, ya en la anochecida, el perro comenzó a ladrar con ansia, como si alguien se hubiera hecho presente, y él se puso en ascuas. Ahí se oyó la voz: “No te alarmes, amigo. Soy San Roque, y vengo a recompensarte por la forma en que tratas a uno de los míos”.

1582. JARDÍN DE SANTA INÉS

Aquella jovencita era la más hermosa y la más tímida de todo el vecindario, zona marginal infestada de peligros, como ahora se estila. Todos los jóvenes del lugar estaban detrás de ella, con intensiones posesivas de mala índole. Ella los rechazaba a todos, con un aplomo fuera de serie. Y a alguien muy cercano le confesó: “No me entregaré a nadie que no sea el que me destine la Providencia”. “¿Y cómo vas a saberlo?” “Por la forma en que me mire desde el primer instante”. Pero los días pasaban y no había indicios del elegido, y entretanto los acechos de los demás iban en aumento. Esa tarde, cuando ella volvía del instituto donde estudiaba, un grupo se puso a seguirla. Ella vio enfrente la puerta del jardín público, y ahí se coló. Adentro se topó con uno de los jardineros. Fusión inmediata. La virginidad y el jardín, lazo perfecto.

1583. SAN ALEJO SIGUE EN VELA

Como siempre, la maldad hacía de las suyas en aquel superpoblado ambiente donde nadie podía pasar inadvertido. La inmensa mayoría de los hacinados estaba ahí por delitos menores, pero eso no hacía diferencia. Cuando llegó aquel personaje notorio al haber merecido condena por delito financiero, todos los ojos se volvieron hacia él. “Este va a saber ahora lo que es vivir en comunidad de iguales”, fue la frase viral. Y como entre los reclusos había un presunto experto en magia negra, lo conminaron a que pusiera al recién llegado bajo control. El tratamiento se hizo sentir, pero con efecto contrario. El aludido empezó a mostrar señales de transformación anímica hacia lo sublime. ¿Qué estaba pasando? “No se sorprendan, almas malignas. Yo traje el mejor apoyo: una estampa de San Alejo, que vence a todos los enemigos…”

1584. GRACIAS, SANTA LUCÍA

No tenía idea de lo que aquello podía significar, pero el cuaderno abierto lo había llamado desde el primer momento con apremio familiar. Las palabras quedaban ahí, en testimonio de obediencia, haciéndole honor al aire libre que le rodeaba. Estaba en el campo, en aislamiento voluntario de todas las vanidades urbanas, y a sus amigos, con los que se comunicaba por e-mail, aquello les parecía insólito. “Estás solo, nadie te acompaña en esa soledad, ¿no piensas volver?” “Volver, ¿a qué? ¿A una soledad más profunda rodeado de personas?” “Nosotros somos tus amigos…” “Ya lo sé. Gracias. Pero aquí he encontrado un vínculo superior”. “¿Una muchacha del campo?” “De alguna manera, pero no tiene que ver con ningún vínculo carnal”. “¿Entonces?” “Es Santa Lucía, patrona de los campesinos y de los escritores: mi perfecta alianza”.

1585. SANTA DOROTEA: FLORES Y FRUTOS

Cuando se casaron, ambos compartían criterio sobre la religión: eran ateos confesos, y decían sentirse libres por ello. La vida les fluyó sin dificultades personales, pero cuando tuvieron su primer hijo, que fue una niña, algo se les removió por dentro. Era sentir que aquella niña, radiante como una flor y fragante como un fruto, estaba ahí para acercarlos a la gracia del milagro. Las madres de ambos, fieles y devotas, les hablaron con suave emoción: “Esta criatura nació el 6 de febrero, Día de Santa Dorotea, patrona de floristas y fruteros. ¿Y saben qué quiere decir Dorotea? Regalo de Dios. En nuestro corazón, la niña se llama Dorotea. ¿Están de acuerdo? Si es así, sonrían sin temor…” Ellos no respondieron de inmediato, pero en los días siguientes siempre hubo flores y frutos alrededor de la recién nacida.

1586. EL ALTAR DE SAN BENITO

El diagnóstico fue una interrogante abierta. Estaba enfermo, pero no podía precisarse el mal. Lo enviaron a su casa, con un tratamiento de sostén paliativo. Ni siquiera llegaba a la medianía de la edad, y estaba solo. Sus escasos amigos llegaban de vez en cuando a visitarlo, entre ellos Alicia, que se hacía cada vez más asidua. Un día, arribó con mensaje: “Si los médicos no pueden, el Santo sí va a poder…” “¿Qué Santo?” “San Benito. Aquí traigo su Medalla, que libera de todo mal, y sobre todos de los males desconocidos… Tómala”. Él la tomó entre los dedos y la corriente de claridad le hizo incorporarse.

Instantáneas del verbo apasionado (9)

LA PRIMAVERA EN VIVO

Nos deja reinventarla cada día, siempre que sea en amorosa alianza.

EN EL FONDO HAY SITIO

Y no olvidemos nunca: solo es sitio de dos.

LÁPTOP EN VELA

Por si las palabras extraviadas hallan por fin la ruta que lleva a su destino.

YO SOY TESTIGO

Cuando los sueños se vuelven tóxicos, hay que abrirles la puerta a las vigilias inocentes.

AYER FUE SÁBADO

Y lo mejor de todo fue encontrarme contigo en la perfecta intimidad.

HOLLYWOOD 6 P. M.

En alguna esquina, Barbara Stanwyck se detiene a observar a los espectadores del presente.

TE ESCUCHO HABLAR

Y desde ahí me siento iluminado por tus intrépidos silencios.

SEÑAL DE SALVACIÓN

Es respirar contigo aunque la atmósfera no exista.

AYER HUBO EQUINOCCIO

Lo sé porque tus ojos me recordaron hoy que la luz es un círculo de altares.

HORIZONTE SAGRADO

Que podemos tocar con las manos unidas.

CELEBRACIÓN RITUAL

Las palabras aprenden a soñar en tus labios.

EL ALMA NUNCA DUERME

Así lo descubrieron los profetas en su primer contacto con el aire.

EN UNA CASA DE CARTÓN

Nos refugiamos día a día para reconquistar la inocencia del éxtasis.

LA HUELLA DEL CREPÚSCULO

Está viva en cada uno de los amaneceres más felices.

MOON RIVER

Henry Mancini sale de paseo con Audrey Hepburn hasta llegar a medianoche a la vitrina inmemorial de Tiffany.

EL VIENTO HUÉRFANO

Baja de las montañas cada día y deambula sin rumbo entre escombros urbanos.

TENSIÓN GLOBAL

Los antiguos magnates se han quedado mirando de reojo hacia su clóset prehistórico.

JARDÍN ILUSIONADO

Es el que nos recuerda a diario que las flores del tiempo siempre estarán aquí.

ESTANQUE EN CASA

Lo visito sin falta para nunca olvidar que nuestras almas son gemelas flotantes.

LA FANTASÍA ESTÁ A LA ORDEN

Y es como el arcoíris con el Sol.

PREGUNTAS INOCENTES

Las que le hace la fe a la inspiración.

NIDO DE MENSAJES

Es lo que la memoria nos entrega cada vez que subimos a reposar en su azotea.

TRIBUTO AL HEROÍSMO

Sólo un pequeño pétalo en el que encarna el arte surrealista del jardín.

SILBO ENTRE RAMAS

Es el mejor regalo de una mañana de domingo en casa.

HOLA, ELVIS

Ya es hora de que anuncies tu próxima crisálida roquera en el balcón fugaz del nuevo siglo.

QUIERO SER ETERNO

Y para eso me basta con respirar el aire que respiras.

PETICIÓN ZODIACAL

Amada mía, albérgame en tus brazos para entender la libertad del infinito.

TAORMINA EN LO ALTO

Arribamos descalzos a la ciudad que siempre nos aguarda con sábanas radiantes.

TIEMPO DE RÁFAGAS

La pasión del zodíaco parece haber hallado su domicilio ideal en esta época.

EL DESTINO REVIVE

Cuando todos sus signos convergen en un copo de confianza.

EDAD CON ALAS

Es la que nos espera en la primera esquina del fervor compartido.

BUENOS ALIADOS

Son nuestros espejismos que comparten vivencias al primer roce de destellos.

LA JUSTA COMPAÑÍA

El ángel de la guarda es quien mejor conoce los pasillos que juntos recorremos.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (192)

1571. JET LAG

La abrumadora nevada del día anterior había puesto en crisis momentánea al transporte aéreo. Había gran cantidad de pasajeros con sus maletas acumuladas a la espera de posibles llamados a abordar. Pasaban las horas y la situación no parecía salir del impase. Y en una ciudad como Nueva York las ansiedades por lo que pasaba se volvían críticas. Pero de pronto la emergencia pareció desvanecerse. Todo comenzó a circular con la normalidad de siempre. En las pistas no había ningún rastro de nieve. Los pasajeros fueron dirigiéndose a sus respectivas mesas de atención. Alguien preguntó en voz alta: “¿Qué ha estado pasando?” No hubo respuesta de los encargados, pero alguien adelantó una hipótesis: “¿No sería que los servicios estaban padeciendo el jet lag de la estación climática que se ha saltado todas sus fechas?”

1572. RESPUESTA IRRELEVANTE

Se acercó a ella lo más que permite la educación elemental entre personas que acababan de conocerse, y le preguntó con sonrisa invitadora: “¿Quieres una copa de vino?” Ella hizo un gesto de aceptación sonriente. Él entonces le preguntó: “¿Te gustaría blanco o tinto?” Ella susurro: “Tinto”. Él indagó con aire de conocedor: “¿Te gustaría un Pinot Noir de Oregon o un Pommard francés?” Ella le dio una explicación inesperada: “No importa, lo que importa es saborearlo juntos”. Él se levantó hacia el aparador de los vinos y ella lo siguió. Cuando sacaba el recipiente ella lo abrazó por detrás, haciendo que girara, y de inmediato se apretó a él, estampándole un beso largo y profundo en la boca sorprendida. Al apartarse, ella volvió a sonreír, preguntándole: “¿Qué resultó: Pinot Noir o Pommard?”

1573. LA HUELLA DEL CAMINO

Hicieron el Camino de Santiago cuando el respiro de sus ocupaciones y la convergencia de sus voluntades se hallaron a punto. Una vez concluida tal experiencia de trayectoria en la tierra había que hacer el regreso por aire. Tenían, desde luego, arreglados de antemano los pasajes para el retorno, que implicaba una parada de enlace en Madrid. Y entonces les nació un impulso insólito, curiosamente compartido en forma espontánea: “¿Por qué no completar el camino por agua?” Todos los peregrinantes se rieron de inmediato, y pareció que la idea ahí se quedaba; y ninguno volvió a hablar del asunto. Pero ya de regreso en el país, cada quién en lo suyo, la inquietud navegante siguió viva. Estaba toda la vida por delante para que aquel anhelo íntimo tomara forma.

1574. EL TRÁNSITO PERFECTO

Habían ambulado toda la tarde por los alrededores de la Plaza Mayor, sin rumbo fijo, como hay que hacer en las ciudades más cargadas de símbolos. Y ahora estaban frente a un portón evidentemente clásico, frente al que nunca habían pasado, pese a que ya tenían bastante tiempo de residir por aquellos entornos. Se detuvieron y la tentación de penetrar por ahí se les impuso como una orden superior. Antes de hacerlo levantaron la vista hacia los pisos superiores en los que se abrían los balcones de los pisos habitados. Entraron y durante varias horas no volvieron a aparecer. Ya casi en vísperas de la amanecida se escabulleron hacia afuera, como si buscaran pasar inadvertidos, aunque a esas horas nadie cruzaba por ahí. Días después, las autoridades avisadas descubrieron un par de cuerpos exánimes en uno de los apartamientos superiores. Estaban intactos. Nadie entendía nada.

1575. LOPE DE VEGA EN VIVO

Era la Iglesia de San Sebastián, sobre la calle del mismo nombre y entre la Calle de Atocha y la Calle de las Huertas. En uno de los costados de la Iglesia había una venta de plantas, de flores, de semillas y de objetos afines, llamada El Jardín del Ángel, y eso le daba al entorno un toque de naturalidad vivificante. El caminante se detuvo frente a una pequeña placa empotrada en la pared en la que se decía que en aquel templo se hallaba enterrado Lope de Vega. Se quedó inmóvil frente al recordatorio que para los transeúntes pasaba inadvertido. Eran las 5 de la tarde, el cielo invernal semejaba una copa de luz, y la iglesia estaba cerrada. De todas maneras no pensaba entrar: le bastaba con saber que adentro había un huésped sobrenatural con nombre humano. Se dirigió entonces a tomar una copa de vino a La Vinoteca, para celebrar.

1576. LO QUE BUSCABA

La imagen estaba fija en su tela sobre la pared desnuda. El lugar era un viejo convento que quién sabe por qué se había convertido en albergue para visitantes pasajeros. Todas las paredes se encontraban desnudas, salvo la de aquella imagen que nadie había identificado nunca. Se instaló ahí, para tener un pie a tierra durante aquellos días que le servirían para recorrer las comarcas aledañas. Al despertar el siguiente día se sintió inusualmente fatigado, y lo único que deseaba era permanecer en su cuarto, sin ver a nadie, recogido en la lectura de uno de los textos místicos que llevaba consigo. Así lo hizo en aquel primer día y en los siguientes. En la víspera de su partida, salió del encierro y se fue a recorrer las estancias del albergue. Se detuvo ante la imagen fija en la pared. Y entonces sólo se atrevió a susurrar: “Gracias, hermano”.

1577. LA OTRA PUERTA

Alquiló aquel pequeño apartamento en la zona de Madrid donde siempre quiso vivir: en cualquiera de las calles que convergen en la Plaza de Santa Ana, esa zona donde estuvo alojado la primera vez que visitó la ciudad, hacía ya varias décadas. Ahora, en cuanto estuvo instalado, salió a recorrer las calles aledañas, en busca de imágenes recordables que le devolvieran sensaciones difuminadas por el tiempo. Así llegó a aquella pequeña taberna donde tantas veces fue a iluminar sus emociones pasadas. Pero nada era igual a lo que fue entonces, y la sensación se le volvió nudo en la garganta. ¿Qué estaba haciendo ahí, si lo presente no tenía nada que ver con lo pasado? Iba caminando mientras se lo preguntaba, y al instante se entreabrió una de las puertas de la calle que recorría. Penetró sin titubear. Estaba en casa.

1578. MOMENTO ESTELAR

Aquella mañana, que era la de un día de descanso laboral, se halló de pronto ante un dilema: subir a la azotea o bajar al sótano. Optó, sin pensarlo, por asomarse a un balcón intermedio, casi escondido entre los pliegues de la construcción anticuada, y que era el único posible tragaluz de aquel cuarto que permanecía desocupado desde hacía mucho tiempo. Cuando abrió la persiana, el aire entró como si hubiera estado aguardando turno. Las ánimas de la terraza y las del sótano aplaudieron con entusiasmo al unísono invitándolo al encuentro en familia.

Historias sin Cuento

LOS CRISTALES DORMIDOS

Los primeros en llegar fueron los hijos llamados naturales de don Adriano, y poco después llegaron los hijos llamados legítimos. Curiosamente, la madre de los hijos tenidos fuera del matrimonio se encontró en la puerta del salón de la funeraria con la esposa del difunto. Solo se cruzaron una mirada y cada una siguió hacia donde estaba su respectivo grupo. En aquel momento, cuando el cadáver acababa de ser llevado en su caja hacia el sitio donde estaría durante la velación, no había nadie más en la sala. El silencio era total, en reproducción póstuma de una vida marcada por el rencor divisorio.

Durante las horas siguientes se acercaron los amigos a dar el pésame, y todo parecía ya normal en el ambiente de la funeraria. Llegaban también las coronas y los ramos de flores, porque el difunto había desempeñado muchos cargos públicos y privados en el curso de su vida, no muy prolongada pero sí muy intensa.

Y en lo tocante a aquella doble vertiente familiar, lo que él nunca hizo fue abrir ningún canal de comunicación entre los descendientes, un varón y una hembra por ambos lados. Así las cosas, en aquella vela se daría la primera oportunidad de verse cara a cara, aunque fuera desde cierta distancia. Y entonces se dio una especie de juego de reflejos totalmente impensable.

Las miradas del varón y de la hembra que estaban en los dos extremos, es decir, en los puestos más distantes, se cruzaron en un hilo de vibraciones. Él era el hijo legítimo y ella era la hija natural. Nadie se dio cuenta, salvo ellos.

Pasó el velorio, pasó el entierro, pasó el novenario. Después, como siempre, el silencio. Solo aquellas miradas cruzadas no cesaron. Hasta que estalló el petardo. Un romance prohibido era ya inocultable. El escándalo familiar no se hizo esperar. Y entonces ellos le echaron más leña al fuego:

—Vamos a hacernos las respectivas pruebas de ADN.

El resultado fue otra bomba:

—Aquí no hay ningún vínculo de sangre.

Todos se quedaron en silencio, con caras de circunstancias. ¿Qué significaba aquella revelación? Algo muy simple: que había ahí un juego de infidelidades. ¿Quién le había sido infiel a quién?
Ellos, los jóvenes, estaban frescos como las pascuas, y querían estar así para siempre.

NOSTALGIA DEL OLEAJE

Se conocieron en un curso de verano en una ciudad del sur de Estados Unidos. Eran muy jóvenes, al comienzo de sus respectivas formaciones universitarias. Él, un muchacho salvadoreño que se había destacado en la PAES y que por su aprovechamiento excelente tenía a la mano oportunidades en el exterior; ella, una muchacha española que también estaba obteniendo frutos de su inteligencia disciplinada.

Cuando el curso concluyó, tuvieron que despedirse ya con los sentimientos enlazados.

—Nos tenemos que reencontrar muy pronto, porque esto no se va a quedar aquí.

—Digo lo mismo. Nuestra vida apenas comienza.

Pero al regresar cada uno a su mundo de origen pareció que una ráfaga se llevaba los respectivos anhelos, como si fueran hojas indefensas.

Tenían sus respectivos e-mails, y así se comunicaban; pero aquel contacto en el aire no era ni por sombra el reflejo de sus experiencias cara a cara.

Así fueron pasando los meses, y las comunicaciones comenzaron a escasear. Pero en algún momento, la llama interna empezó a revivir. No comunicaron nada de aquello, como si hubiera una complicidad implícita.

Algo volvió a pasar, sin embargo, que hizo que los respectivos impulsos se diluyeran en un silencio aún más denso.

Esta vez, los recuerdos ya tenían la opacidad de lo irrecuperable, y tal sensación les produjo, sin pensarlo, una inquietud desconocida.

Aquella tarde, el aeropuerto estaba inusualmente saturado de viajeros. Él había llegado a tomar el vuelo directo que lo llevaría a Madrid.
Se acababa de anunciar que dicho vuelo estaba ligeramente retrasado, porque el avión llegaría un poco más tarde.
Él, que ya se hallaba en la puerta de salida, se fue a caminar por el pasillo comunicante.

Se encontraba frente a la vitrina de una tienda cuando tuvo una sensación visual insospechada. Giró al instante. La figura ya se había alejado unos pasos e iba rápidamente de espaldas.

Él casi corrió para alcanzarla.

—Eres tú, ¿verdad?

Ella se detuvo, evidentemente sorprendida.

—Ángel, ¿qué haces aquí?

—Ángela, ¿y tú que haces?

Se rieron como niños traviesos.

—Yo venía a buscarte porque pensé que era hora de hacerlo.

—Y yo iba a buscarte por la misma razón.

—Vengo en el vuelo de Iberia.

—Voy en el vuelo de Iberia.

Carcajadas, esta vez estentóreas. Los viajeros que pasaban los veían con curiosidad, pero ellos estaban inmersos en lo propio.

—Entonces, ¿qué hacemos? –preguntó ella, dejándole la decisión.

—Tú has llegado primero, y le vamos a hacer honor a tu puntualidad…

Nuevas risas, ya con manos unidas y ojos resplandecientes.

MISIÓN DEL AIRE

Salir del ahogo carcelario, en el que había pasado tantos años después de su condena por varios delitos, se le hacía como ingresar en una atmósfera desconocida que era al mismo tiempo real e irreal.

En términos comunes, él se hallaba hoy en libertad, aunque dicho término le resultara un enigma, quizás porque nunca antes se lo había planteado como experiencia propia, ni siquiera cuando andaba haciendo de las suyas, como cipote loco, por todas las veredas que se le ponían enfrente.

En la prisión tuvo muchas lecciones, que eran luces hirientes y tinieblas desveladas en el día a día. Desde la traumática convivencia con delincuentes de toda índole hasta la sensación de encierro que por momentos se hacía sentir como entierro.

Hoy estaba ahí, puertas afuera, y casi nada le era reconocible. No tenía familia inmediata, porque muchos se habían muerto y los demás habían emigrado. Estaba, pues, más solo que nunca.
Recordó entonces lo que había leído en un librito viejo que sacó de un estante arrinconado en una de las salas del presidio: “Si quieres tener alas, deberás hacerte amigo del aire”

Y lo primero que se planteó no fue hacia dónde ir, sino qué sentir en aquel espacio abierto, que era lo perfectamente desconocido. Giró la mirada. Ahí enfrente estaba un pequeño parque descuidado, que era el único sitio verde de los entornos.
Caminó en esa dirección, y solo se necesitaban unos cuantos pasos.

Al penetrar, sintió una especie de abrazo, como de bienvenida. Una ráfaga de aire fresco circulaba entre los ramajes. Él sintió, de inmediato, que aquel era su primer contacto con la libertad. Y murmuró para sus adentros: “Gracias por invitarme por fin a tener alas”…