ÁLBUM DE LIBÉLULAS (201)

1644. EL VIAJE TAN DESEADO

Allá abajo, en el lugar donde atracaban las naves que llegaban y las que salían, en aquel momento solo había veleros, como si una bandada de grandes aves de plumaje blanco hubiera llegado a posarse ahí. El que observaba el paisaje dilatado desde la reducida terraza de su apartamento ocasional entró de pronto en una contemplación extática: era como si de repente las imágenes anheladas en la infancia se estuvieran materializando con algún propósito. Caía la tarde y eso hizo que el impulso se le tornara urgente. Corrió hacia el muelle y fue haciendo las indagaciones del caso. Halló por fin lo que buscaba. Logró los arreglos correspondientes, volvió a su cuarto y después retornó al mar con una maleta de las de antes. Subió al velero, y este poco después alzó vuelo.

1645. CURIOSA BIENVENIDA

Los vendedores callejeros habían cerrado las vías aledañas para protestar, vociferando consignas, por los desalojos que les venía aplicando la autoridad. Los automovilistas formaban largas filas, en las que se mezclaban vehículos variados, desde las grandes rastras hasta los carros de toda edad. ¿Cuánto tiempo duraría tal atascamiento angustioso? El joven que conducía aquello que parecía un auto de juguete le preguntó a la muchacha que iba a su lado: “¿Creés que vas a aguantar hasta que lleguemos?” Ella solo gimió haciendo el gesto de querer distenderse en el espacio minúsculo. Y entonces lanzó el gemido mayor: “¡Ya viene, ya viene!” Y en efecto la criatura ya asomaba entre sus piernas. El joven se inclinó cuanto pudo para recibirla. Era el misterio gentil de la creación en medio de la borrasca.

1646. EL MOMENTO PRECISO

Dentro de unos instantes sería medianoche, y todos los preparativos se hallaban a punto. El año en curso estaba por lanzar su último suspiro, con año inminente preparándose para hacer vibrar el latido inicial. Los invitados sostenían sus copas llenas en actitud de buen augurio, y las campanadas del anuncio tenían todas sus energías en vilo. Entre el bullicio espontáneo nadie se percató de que había un recién llegado, que además era un perfecto desconocido. El reloj de pie cantó su bienvenida, y los habituales saludaron al otro recién llegado, el que todos esperaban. Luego se hizo un extraño silencio. El desconocido tomó entonces la iniciativa. “Aquí estoy. ¿Me reconocen?” Todos giraron hacia él sin entender aquella presencia. Y él entonces se despojó de su túnica. Era el tiempo desnudo, como siempre que busca hacerse ver.

1647. TORMENTA MÍSTICA

Como ocurre siempre en nuestra temporada lluviosa a la que simbólicamente llamamos invierno, hay días en que el sol parece dispuesto a darles la batalla a las nubes organizadas que se sienten con todas las cartas climáticas a su favor. Era uno de esos días, y eso hizo que aquella pareja de enamorados recientes se decidiera a salir a caminar desabrigados por los entornos, en los que había muchos predios arbolados. Uno de ellos les produjo efecto de imán emocional, sin razón a la vista. Penetraron, y en verdad ya adentro se sintieron como en casa, una casa que nunca se hubieran imaginado. Era como una capilla, y ahí se arrodillaron para hacer votos de unión permanente. Salieron después, con la bendición natural. Y ya afuera se vino la tormenta súbita. Intensa y envolvente. Era sin duda la confirmación celeste del compromiso.

1648. EL VERDADERO AMANECER

La tormenta había sido de alto calibre, con nublazón avasalladora. Todas las quebradas que cruzaban la ciudad estuvieron a punto de desbordarse, pero la emergencia no llegó a tanto: apenas algunas escorrentías en los terrenos bajos y en algunas colonias marginales. Cuando estaba a punto de amanecer, los nubarrones volvieron a congregarse, con ánimo amenazante. Y aquel indigente que dormía en el atrio de la iglesia del barrio se incorporó con ánimo inspirado. Alzó los brazos y empezó a orar en voz alta. Los que pasaban alrededor no le ponían atención al hecho, porque conocían las actitudes del aludido; pero de súbito el orante comenzó a caminar, y en verdad se hallaba en plan de levitación. Cuando lo hizo, el cielo se aclaró. Era el despertar del sol, que es el máximo indigente.

1649. EL ARTE DE SEGUIR AQUÍ

Lo dejó dicho en su testamento: “Quiero reposar tranquilo, pero haciendo mi vida de siempre”. Como se trataba de un burlista por excelencia, el único heredero, que conocía las puntadas imaginativas de su progenitor, tomó aquella frase como una excentricidad más. El trámite de traspaso fue normal, y el documento testamentario pasó a la gaveta de los papeles inútiles. La vida del sobreviviente siguió su curso; pero pasado algún tiempo algunos sucesos extraños comenzaron a manifestarse en su cotidianidad. Cambios de objetos personales, apariciones súbitas indefinibles, extravíos de documentos y de piezas de valor… Cuando aquello se aceleró, tuvo el pálpito de que el testador estaba ahí. Una noche lo encaró en lo oscuro: “¿Estás aquí, verdad? ¿Por qué no te muestras como eres?” El silencio se llenó de una risita sardónica.

1650. PARÁBOLA DEL REENCUENTRO

La conoció en el bar al que acudía luego de cumplir sus obligaciones cotidianas como miembro del equipo estratégico de la empresa de proyecciones futuristas a la que se había incorporado desde hacía poco. Ella era una recién llegada, y captó su atención al primer contacto visual. Conversaron, compartieron martinis y se despidieron con promesa de reencuentro. Pero no volvieron a encontrarse. Él estaba ansioso hasta la médula. Llegaba a diario a ver si aparecía. Nada. Le dijo a un mesero de confianza: “Si la mirás, me llamás al instante”. Nada. Empezó a resignarse con desencanto ansioso. Y una tarde recibió la llamada: “Está aquí, y dice que lo recuerda”. Acudió de prisa, y en el camino la colisión con una rastra lo dejó inconsciente. Ella, en el bar, brindaba por el futuro, en esta dimensión o en cualquier otra.

1651. GRATITUD VEGETAL

Vivían en la parte alta de una colina que siempre estuvo deshabitada, y ellos sentían que haberse establecido ahí hacía que la vegetación de los entornos les agradeciera la presencia. Y la prueba era que todos los arbustos florecían al unísono.

1652. CICLO VITAL

Era un reloj de pie, heredado de los antepasados. Daba la hora con sonido ceremonial. Un día dejó de hacerlo y los sobrevivientes se desvanecieron sin más.

Historias sin Cuento

A CABALLO REGALADO…

La familia había comenzado a dispersarse cuando los más jóvenes fueron tomando cada quien por su lado, en un mundo cada vez más abierto a mostrar su infinito catálogo de rutas. Aurelio era el más imaginativo del grupo, pero curiosamente fue el que decidió quedarse en el lugar de origen, sin temerle al estancamiento existencial. Y un día de tantos se dio cuenta, como si fuera una experiencia inesperada, de que se había quedado completamente solo.

Vivía de sus investigaciones virtuales y de sus servicios digitales, y por eso no necesitaba salir a ningún lado, salvo para hacer las compras básicas, que dadas sus costumbres arraigadas no pasaban de lo estrictamente necesario y elemental. Lo más que hacía por las tardes era salir al pequeño corredor externo, que daba a una callejuela casi siempre solitaria, donde se dedicaba a contemplar los reflejos del atardecer como si estuviera hojeando un álbum de imágenes tenuemente surrealistas.

Aquella tarde había cielo nublado; y, como algo fuera de lo común, vio aparecer desde uno de los extremos visibles de la calle una figura totalmente desconocida. Era una mujer joven, enfundada en una túnica color malva que le llegaba hasta el suelo. Él no dio ningún signo de querer entrar en contacto, pero ella, cuando estuvo de paso junto a él sacó de algún lugar aquella caja, que era a todas luces antigua. La dejó en una grada y se fue. Él se acercó a observar el objeto, sin tocarlo. Tenía en la cubierta un dibujo a color que era algo así como un caballo en vuelo.

Tomó la caja y se fue hacia adentro con ella. Ya adentro, la puso sobre su mesita de trabajo y se arrodilló junto a ella. De pronto, la tapa de la caja se alzó por su cuenta, y la melodía comenzó a fluir. Era sin duda una caja de música. Mientras la oía, se sintió tocado por una fuerza superior. ¿Qué significaba todo aquello? En los días posteriores salió todas las tardes a ubicarse en el corredor con la caja de música a ver si regresaba la autora de tan exquisita donación.

No sabemos si volvió, pero la música se sigue oyendo como un misterio nunca revelado.

NOSTALGIA INGRÁVIDA

Miraba hacia el entorno, y lo que tenía enfrente era un vitral de ventanas que en la noche cobraban vida. Como era un hombre de negocios que se había dedicado siempre a su labor empresarial, no tenía ninguna costumbre de recibir impresiones desconocidas, y sentirse envuelto por un conjunto de imágenes que no hallaba cómo explicar le creaba sentimientos encontrados.

–¿Qué te pasa, Adrián? ¿Sentís algún malestar?

–¿Malestar? No. Lo que necesito es caminar un poco. ¿Me acompañás?

Salieron a la intemperie. Era ya de noche, y todo estaba oscuro, como si el vitral se hubiera esfumado por obra de algún maleficio inesperado.

–¿Qué le ha pasado a la ciudad? –preguntó él, con el ánimo en ascuas.

Ella se quedó en suspenso, como si acabara de oír una pregunta insólita.

–¿A qué ciudad te referís?

–A Manhattan, que es nuestro hogar.

–¿Manhattan? Estás soñando. Eso pudo haber sido en otra vida. Hoy estamos aquí, en nuestra casita anhelada en la urbanización inmediata al puerto de La libertad. ¿Ya no te acordás que regresamos para no seguir soñando en vano?

CAMBIO DE ROLES

Cada vez que le sobrevenía algún inconveniente o se le daba algún quebranto él se repetía sin ponerlo en palabras: “Hay que seguir la vida”. Y desde luego la vida seguía aunque él no se lo propusiera. Con el paso del tiempo, las complicaciones existenciales se fueron haciendo cada vez mayores, hasta el punto de sentir que nada de lo que se proponía llegaba a valer la pena. Una sensación de borrosa angustia comenzó a invadirlo, y cuando se animó a comentárselo a alguien de confianza, la reacción fue previsible:

–Tenés depresión aguda. Que te vea un especialista para que te medique.

Hizo un gesto de aceptación, pero sabedor de que no seguiría el consejo. En los días subsiguientes se dieron algunas señales promisorias tanto en su vida personal como en su desempeño profesional. ¿Sería que su ánimo había oído lo que dijera aquel allegado ceremonioso y se puso en guardia? Si era así, había que esperar. Y esperó lo suficiente para que la bruma emocional volviera a hacerse presente. Pero esta vez no iba a quedarse impávido.

–¿Qué hacés aquí, entrometida indeseable? Si no me dejás en paz voy a ir a buscar ayuda. A ver qué tal te caen los remedios que me receten…

Sintió de inmediato un zumbido en los canales auditivos, y muy pronto le entró una somnolencia que tenía todos los visos de ser crepuscular. Aquella noche el sueño fue invadiéndolo como una ola curiosa, cuyas espumas acariciantes eran muy parecidas a la respiración de una voluntad que estuviera ahí para protegerlo.

Despertó y en el primer instante no logró moverse. La angustia le crispó los nervios. Tampoco podía desatar palabra. Y en ese preciso segundo todos sus focos interiores se encendieron. Era como si se iluminara una capilla barroca. Y una voz nunca oída surgió de alguna parte:

–Hoy vas a oírme tú a mí. Soy, como siempre me has llamado, la vida que sigue. ¿Me reconocés? Y es que se van a cambiar los papeles. Tú vas a seguir y yo me voy a quedar tranquila, observándote. Basta de pleitecitos inútiles entre tu realidad y tu ansiedad. Ya era hora de que yo, tu vida, me hiciera valer, ¿no te parece?

Él esbozó un gemido:

–No me dejés, voy a recompensarte…

–¿Y cómo?

–Sonriéndote a cada paso…

–Jajá. La vida no necesita migajas de consolación, muchacho.

Entonces la oscuridad volvió. Él, como una sombra asustada, salió corriendo sin rumbo.

EN LA MEJOR COMPAÑÍA

Diez hectáreas de árboles son deforestadas en el mundo cada minuto. Lo leyó en la Internet mientras tomaba su baño de tina, con la láptop sostenida en un brazo móvil. Y aquella información que era una más entre los millones de las que circulan a diario por las redes sociales le hizo sentirse como un tronco flotante en una alberca de dudas angustiosas.

Era sábado, su día de descanso laboral, y lo que hacía siempre era ir a deambular por las cada vez más escasas zonas verdes de los entornos. Se puso su ropa cómoda y se dispuso a hacer la caminata usual. Ya estaba ahí, frente a la cafetería donde iba a tomar su café matutino.

–Hoy lo que quiero es una copa de vino blanco.

–¿A esta hora?

Conocía al mesero desde siempre, y por eso hablaban en confianza.

–¿Qué otra cosa se te ocurre?

La respuesta no estaba dentro de lo usual.

–Un vaso de agua al tiempo con unas gotas de limón y algún toque de romero.

–Hombre, ¿has leído alguno de esos textos que hoy son tan comunes sobre las costumbres saludables y limpiadoras?…

El mesero sonrió, con el gesto de haber dado en el clavo.

–¿Le gustaría conocer el mejor lugar para eso?

–¿No queda muy lejos de aquí? Es mi día de descanso y quiero respirar en el parque antes de que desaparezca.

–Entonces si quiere vamos ya, porque el sábado sólo trabajo por la mañanita.

Salieron a la calle, y el aire contaminado de la zona parecía de pronto limpio de toda impureza. Muy cerca estaba aquel bosquecito curiosamente intacto. Penetraron en él. En el centro había una antigua construcción a todas luces abandonada.

–Aquí es –dijo el mesero, con expresión invitadora.

–¿Aquí es qué?

–El templo de la pureza. Nadie va a tocar nunca este lugar. Entremos: los espíritus naturales nos esperan. No para orar, sino para sonreír en común.

–¿Y cómo es que tú eres mesero en una cafetería?

–Porque los dioses somos multiusos.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (200)

1636. EL PODER DE LA NIEBLA

El joven recién llegado se detuvo en la puerta abierta, y desde adentro le que se advertía era una sombra en contraste con la luminosidad que dominaba el aire. Los que estaban en el interior eran los amigos de juerga desde siempre, y cuando se fijaron en el recién llegado tuvieron un instante de sorpresa inmovilizadora; pero en unos cuantos segundos estalló un bullicio carcajeante: “¿Regresaste, vagabundo? ¿Cómo te fue? ¿En cuántos monasterios anduviste?” Él avanzó hacia donde estaban los otros, y cuando estuvo en el centro se sacó de uno de los bolsillos superiores una especie de incensario de los antiguos. “Descubrámoslo entre todos”. Sin decir más soltó sobre el pequeño recipiente un soplo devocional y de inmediato creció una nube que lo envolvió todo. Al extinguirse, ninguno de los presentes estaba ahí.

1637. EXCURSIÓN SIN FIN

Estamos en el futuro y esa es la sensación que más intenso homenaje le rinde al presente. Entonces el presente, agradecido, nos toma de la mano y nos invita a pasar a su estancia más inmediata, esa en la que guarda todos los aperos que usa en la cotidianidad. Y aunque pudiera parecer un juego del tiempo, lo que en verdad experimentamos es la plenitud de la intertemporalidad, convertida en momento que como tal no tiene nada de sorprendente. El futuro observa lo que pasa, y pareciera a punto de decirnos algo, pero da la impresión de que no se atreve, y por eso lo interrogamos: “¿Cuál es tu fuerza, si no te animas a soltar amarras”. Y es el presente el que responde: “No se confundan, soy yo el que no me animo”. A la luz de esa doble confesión ambos se van juntos y nos dejan solos.

1638. ASÍ ES LA COSA

Los años iban pasando como si tuvieran prisa creciente por llegar lejos. Y aquel hombre joven que no parecía tener ninguna característica que lo distinguiera del común de sus allegados y de sus vecinos había venido desarrollando, sin embargo, una capacidad intuitiva que mantenía bien guardada entre sus pertenencias emocionales. Cuando conoció a Wendy en un jolgorio de ocasión sintió que necesitaba moverse con estrategia envolvente. Ella no se fijó en él, y ese fue el estímulo ideal para que el asedio se volviera compulsivo. Cuando un día se hallaron solos en el pasillo de la Facultad donde estudiaban, él se animó a decirle: “¿Tú crees en el amor a primera vista?” Ella sonrió, como si esperara la pregunta: “Nooo, yo creo en el amor a primer olfato… ¿Me permites?” Y se le acercó al cuello, donde aspiró a fondo. “¡Eres una fuente de aroma! ¡Gracias!”

1639. LAZO SUBLIMINAL

Enfrente estaba el volcán, como un guardián que no descansaba ni de día ni de noche. Tenía la forma de un león reposado y expectante. Aquel incipiente pensador, que se dedicaba a hacerlo sin preocuparse por su sostenibilidad económica, lo observaba a diario desde su ventanuco en el multifamiliar heredado de sus padres hacía unos meses. Ambos habían fallecido en un accidente y él era el único heredero. Ahora vivía de unos pocos trabajos virtuales, y por fortuna no necesitaba más. El volcán era su único referente externo. Muy pronto le nació el impulso de poner por escrito lo que experimentaba, sin saber bien qué era. Lo escribiría de puño y letra, para mayor intimidad. El cuaderno era de los antiguos y la caligrafía también. Se quedó pensando sobre el título, y saltó el rayo inspirador: “El volcán y yo. Diario fraternal”.

1640. HAGAMOS CUENTAS

Cuando ella llegó por primera vez pasada la medianoche, el padre la llamó a capítulo. Era lo esperable, aunque él hubiera sido siempre tan ajeno a las reprimendas. Al oír las palabras altisonantes, la jovencita no pudo menos que preguntar: “¿Y por qué ahora me hablas así, cuando nunca antes lo habías hecho?” El señor se quedó unos segundos en suspenso, y luego respondió en voz apagada: “Porque nunca estuviste ausente al sonar la campana distante que anuncia que inicia un nuevo día”. Ella no pudo menos que lanzar una carcajada de alegre sorpresa. El padre volvió a fruncir el ceño: “¡Cuidado, no te burles de mí!” Ella reiteró el reclamo: “¿Qué te pasa? Estás irreconocible”. Él juntó las manos sobre el pecho: “Es que no puedo evitar tu adultez desconocida”. Y soló un sollozo de niño.

1641. ENTRE VIEJOS CONOCIDOS

El desvelo se le había vuelto una constante que parecía brotarle de un trasfondo escondido de la conciencia. Y lo curioso de aquella experiencia, que a simple vista podía tener componentes traumáticos, era el sentirse cada vez más relajado y dispuesto a disponer de energías que se le iban acumulando en algún otro trasfondo del ser consciente. Estaba en ésas cuando una noche, mientras repasaba tranquilamente los oficios posibles de estar despierto, sintió que alguien había llegado junto a él, de seguro con ánimo de comunicarse. “¿Quién está aquí?”, preguntó sin sobresalto. Hubo un carraspeo antes de la respuesta: “Soy yo, tu viejo amigo, el sueño…” “¡Ah, al fin nos vemos después de tanto tiempo! ¿Quieres que te cuente mi nueva experiencia? Tal vez pueda servirte. Te siento atribulado…”

1642. PRUEBA INSUPERABLE

“Arleen, anoche oí ruidos fuera de tu ventana. ¿Alguien andaba por ahí?” “¿En mi ventana? ¿Pero cómo va a ser en mi ventana si da hacia el vacío?” “Ah, es que en estos tiempos los pícaros tienen mañas para todo. ¡Contéstame! ¿Alguien andaba por ahí?” Arleen se quedó callada, y su madre se puso aún más inquisitiva: “¡Es que me han dicho que han visto a alguien siguiéndote los pasos como si tuviera derechos a hacerlo. ¿Es verdad?” La reacción de Arleen se fue apaciguando, lo que hizo que su madre se pusiera más en guardia: “¡Arleen, dime la verdad, por favor!” Suspiró y bajó la vista: “Bueno, voy a decírtela: quien está siempre conmigo es mi Ángel de la Guarda!” “¡Arleen, por favor, no quieras verme cara de tonta!” “Bueno, si no me crees, asómate a la ventana”. Y el que flotaba en el aire era en verdad un ser alado…

1643. ENCUENTRO SIN RETORNO

Buscó desde el principio una compañera que estuviera en exacta armonía al menos con una de sus emociones básicas: aquel anhelo de vivir en una arboleda o en una llanura, como tributo anímico al origen indescifrable. No se atrevía a decírselo a ninguna de las novias sucesivas, hasta que llegó ella. “¿Tu nombre?” “Gazella” “¿Cómo las gacelas de otras tierras”. “Sí, pero yo soy de ésta. Mi padre era apasionado de todas las especie libres y naturales…” Él sintió que el destino estaba hablándole. Le tomó las manos. Ella se apretó a él. Destino consumado.

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE DESGANO

En el curso de aquella mañana el directorio de la empresa lo convocó a su sala de reuniones para comunicarle que acababa de ser ascendido al puesto de gerente de operaciones. Aunque presentía, por varias señales acumuladas, que su desempeño era reconocido por la dirección superior, no esperaba que el salto fuera tan notable. Menudearon las felicitaciones inmediatamente después de la comunicación, y una seña hizo que los meseros entraran con las botellas de champán dispuestas para el brindis.

Asumió el cargo, y eso le significó pasar al nivel superior, con todas las regalías y pleitesías correspondientes. Él, por naturaleza, era un funcionario disciplinado y sin alardes, pero lo que de inmediato comenzó a manifestársele fue una especie de bruma emocional que lo envolvía con frecuencia en un aura de recogimiento.

Los subalternos murmuraban: “Qué respetuoso se ha vuelto don Hilario. Ni siquiera parece jefe…” A él le llegó el rumor y le produjo una sensación de alivio. Quería decir que su nueva actitud era bien recibida en el ambiente y podía seguir viviéndola sin aristas ni sospechas.

Pero aquella sensación le duró poco. Lo que comenzó a tragar por dentro fue un caldo insípido de soledad inexplicable. A tal punto que luego de un fin de semana ya no pudo regresar. Todas las fuerzas anímicas se le habían vuelto garfios paralizantes.

Salió a la calle y se puso a caminar sin rumbo. Lo necesitaba para revivir.

MISTERIOS DE ELOCUENCIA

El cambio de estación estaba por llegar, y la sensación prevaleciente era que andaba circulando por los alrededores un escalofrío invitador, cuyas señales podían ser interpretadas de muchas maneras. En el condominio, habitado sobre todo por parejas jóvenes que apenas iniciaban su vida propia, aquella transición climática, que no era nada nuevo, despertaba reacciones muy personales, y entre éstas la de aquel viejo profesor de letras resultaba la más notoria. Él vivía solo, porque había enviudado no hacía mucho y sus hijos residían en el extranjero, como es hoy tan común.

Aquella mañana, una llovizna tenue pero tenaz andaba suelta por la atmósfera inmediata. Y como era sábado, muchos de los vecinos se habían quedado en sus habitaciones, reponiéndose de los estragos de la semana laboral. Él, sin embargo, lo primero que hizo al despertar fue escapar de la sábana percudida con el ánimo de salir lo más pronto posible a las calles.

Así lo hizo, y ya ahí comenzó a caminar como si quisiera llegar a un punto bien definido, aunque en verdad lo que andaba haciendo era deambular sin rumbo. Así llegó frente a aquel puesto callejero de venta de libros viejos, de esos que ya sólo buscan la gente muy mayor o los excéntricos impenitentes. Él de seguro era uno de esos mayores, pese a que en su ánimo prevalecía la condición de los excéntricos. Se detuvo frente al puesto y saludó al tendero:

–Hola, Iván. ¿Qué novedades hay?

–Ah, un baúl lleno de ediciones clásicas. Se murió el dueño y los familiares no quieren más “cosas inservibles” en la casa, como ellos dicen…

–Son las pendejadas que hoy se han vuelto virales, como dicen los jóvenes…

–Y no sólo los jóvenes, men. ¿Vos no tenés Wifi?

–Uf, qué lata. ¿Dónde están los libros, pues?

El tendero se fue a un rincón, a destapar el baúl, que evidentemente era de otra época. Lo sacó para que quedara a la vista del visitante; y éste, en cuanto lo vio, se quedó inmóvil, como si estuviera ante un objeto sagrado.

–¿Qué te pasa, amigo?

–Me siento como si estuviera en un templo.

–Bueno, pues aquí están las imágenes.

Y empezó a sacar los libros, que eran las antiguas ediciones de Aguilar: Colección Crisol, Colección Joya, Colección Obras Eternas, Colección Premios Nobel… Y todos los volúmenes impecables, como si acabaran de salir de sus estancias originales. El presunto cliente estaba en éxtasis.

–¡Es lo que siempre soñé: los libros con olor a cuero inmemorial y llenos de páginas casi etéreas!

–Aquí están todos a tu disposición. Podés escoger a tu gusto. Desde Platón hasta García Lorca. El menú es completo.

El presunto cliente se dedicó a revisar lo que había, con el gesto devoto de los iniciados, y luego de un prolongado examen ritual expresó su decisión:

–Me quedo con todos.

–Ya te doy el precio. Un precio de devotos a Nuestro Señor el Libro.

–Jajá.

Se llevó el cargamento hacia su casa, y empezó a ubicar los libros donde le fue posible. Cuando terminó de hacerlo, la noche había caído. Comió algo para no dejar y se fue al descanso en la habitación contigua. Sentía una placidez inusual. Se durmió casi al instante. Y ya puesto en aquella dimensión comenzó a oír un coro de voces emocionadas a su alrededor. Despertó de súbito. ¡Sí, eran las voces de los libros, liberadas en el ambiente acogedor! Todos estaban en familia.

MISTERIOS DE ESTACIÓN

Los rieles venían de lejos e iban hacia lo lejos. Temprano por la mañana y tarde por la tarde el ferrocarril hacía su recorrido de ida y vuelta, desde San Salvador hasta Chiquimula y viceversa. En la estación que quedaba muy cerca de la carretera hacia el norte ya se sabía que la puntualidad del tren era impecable. 7 de mañana en la ida y 7 de la noche en el regreso.

En aquel anochecer había un conocido del entorno que aguardaba con su maleta en la rampa de madera donde la máquina se detenía. Como aún faltaban algunos minutos, el jefe de estación salió de su oficina a saludarle:

–Doctor, ¿al fin es viaje?

El doctor era un médico joven que vivía al otro lado de la línea férrea con su esposa reciente. Tenía un pequeño consultorio en una pieza contigua a su casa, que estaba rodeada de árboles y lindaba con la cantina a la que acudían los vecinos a hacer sus libaciones nocturnas, sobre todo en los fines de semana.

–Sí, don Toño. Dentro de dos días tomo el vuelo, y voy a la capital a estar listo. Madrid no queda a la vuelta de la esquina.

–A perfeccionarse, pues. La medicina es una ciencia y un arte, ¿verdad? Y ojalá que todo le salga bien, allá y aquí.

Esta última frase, que parecía encerrar un enigma, puso al doctor en guardia:

–¿Aquí y allá? ¿Cómo así?

Don Toño, que era un zorro experimentado, sonrió con el gesto torcido que le era característico:

–Bueno, como se va usted solo y deja aquí sola a su esposa… Y la soledad es mala consejera…

–Puede ser buena también. Todo se ve.

–Hombre, claro.

Y en ese preciso momento se oía el pito del tren anunciando su llegada. El doctor se despidió con una palmada en el hombro de don Toño y don Toño lo hizo con otro gesto enigmático. El tren ya estaba ahí, anunciando que sólo lo haría por unos pocos minutos. Y cuando tomó camino hacia su destino final de aquel día, todo se quedó como siempre.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (199)

1628. TRANSPIRACIÓN CRUZADA

Fueron vecinos de infancia, amigos de adolescencia, novios de juventud y amantes de madurez. Fue como un trayecto por estaciones, sin que en ningún momento se diera la posibilidad de establecerse definitivamente en alguna de ellas. El vecindario varió cuando las familias cambiaron de zona, la amistad fue una especie de juego grupal, el noviazgo tuvo los colores de una aventura inocente, y la relación amorosa no pudo encontrar lazos formales. Estaban ya en la etapa en que había que pensar en el futuro, cada vez menos previsible. Sentados una tarde en un banco del único parque de los alrededores tuvieron que tocar el tema. “¿Qué viene después en nuestras vidas?” se preguntó él, inquieto. “Irnos a vivir juntos a un albergue para ancianos” respondió ella, en son de broma. Entonces los envolvió el silencio. Sudaban sólo de presentirlo.

1629. AL DOBLAR LA ESQUINA

Doña Leticia, la dama aristocrática, levantó la mirada del cuaderno en el que hacía sus cotidianos apuntes, y puso la pluma fuente a un lado. Ahí, junto a ella, estaba Alirio, su nieto menor, y de seguro quería pedirle algo. Ella alcanzó su cartera y sacó un fajo de billetes. El jovencito hizo un gesto de negativa. Ella, entonces, con otro gesto, le preguntó qué quería. Alirio miró a través de la ventana, hacia el predio baldío que antes había sido traspatio. Y tuvo que explicarse con palabras: “Vengo a pedirte que me regales ese terrenito, para poner ahí mi carpa y empezar a ser lo que quiero ser: payaso”. Ella soltó su carcajada proverbial: “Ah, caramba, estamos hablando de un plan de vida… Y de entrada te digo que tienes condiciones… Este numerito que acabas de hacerme lo demuestra… Y lo que más me gusta es que te quieres quedar aquí, a la vuelta de la esquina…”

1630. EL MEJOR MANANTIAL

Los años iban pasando como si tuvieran prisa creciente por llegar lejos. Y aquel hombre joven que no parecía tener ninguna característica que lo distinguiera del común de sus allegados y de sus vecinos había venido desarrollando, sin embargo, una capacidad intuitiva que mantenía bien guardada entre sus pertenencias emocionales. Cuando conoció a Wendy en un jolgorio de ocasión sintió que necesitaba moverse con estrategia envolvente. Ella no se fijó en él, y ese fue el estímulo ideal para que el asedio se volviera compulsivo. Cuando un día se hallaron solos en el pasillo de la Facultad donde estudiaban, él se animó a decirle: “¿Tú crees en el amor a primera vista?” Ella sonrió, como si esperara la pregunta: “Nooo, yo creo en el amor a primer olfato… ¿Me permites?” Y se le acercó al cuello, donde aspiró a fondo. “¡Eres una fuente de aroma! ¡Gracias!”

1631. JARDÍN DE DON BENJAMÍN

La verja de aquel jardín que daba a la calle tenía hoy todas las características de una valla protectora, cuando en el pasado fue sólo una especie de dibujo simbólico. El niño, que volvía a pie de recibir clases en un colegio vecino, se detuvo a percibir aquel cambio. En la parte interior del jardín, el jardinero de siempre hacía sus labores de protección y de cultivo. El niño se arrimó a la verja y esperó a que el jardinero pasara cerca para preguntarle: “¿Y esto por qué ya no está como estaba antes?” El jardinero se acercó aún más, y entonces el niño tuvo una sensación casi de vértigo. De pronto, él era un hombre adulto y el jardinero, un adolescente que de seguro acababa de llegar. El niño transfigurado sólo pudo decir una frase: “Me saluda a don Benjamín”; y el rejuvenecido jardinero tuvo la mejor respuesta posible: “Si algún día viene, ahí se lo digo”.

1632. EN TIERRA FIRME

El barco se balanceaba sobre las aguas agitadas, y aquella sensación de movimiento constante se le hacía a él como un saludo de bienvenida. Era en verdad su primer viaje luego de que consiguiera puesto de tripulante en aquella nave de carga. Acababan de dejar el puerto de origen y se dirigían hacia el puerto de destino. Estaba atardeciendo y los colores del cielo se reflejaban sobre las aguas inquietas como sobre un espejo incansable. De pronto, las condiciones del aire dieron un giro dramático: una nublazón repentina se hizo presente y el mar se agitó al máximo. El barco estaba a merced de aquella turbulencia sin control. Todos los tripulantes se pusieron en alerta extrema, salvo él, que parecía ajeno al peligro. Y es que él, contra toda evidencia, se sentía en tierra firme: la de su voluntad de ser navegante aunque su vida estuviera en juego.

1633. ETERNO RETORNO

Cuando el desalojo se hizo presente, con todas las órdenes legales en regla, hubo que pensar de inmediato en el nuevo destino. Y aunque muchas señales hubieran indicado que tal desalojo era inminente, ninguno de los moradores pareció aceptarlo como un hecho realizable. Así las cosas, el día en cuestión lo que hubo fue una caravana a pie hacia cualquier lugar de los entornos. Ninguno de los moradores circundantes se dio por aludido; y entonces quedaron como única opción las cuevas del cerro más cercano. Entraron en ellas, cada quien en busca de su sitio. Adentro, la negrura total. Ellos no se asustaron por eso. Era parte viva de su naturaleza. Y ya adentro, esa misma oscuridad les fue encendiendo candiles en las sienes. Era el refugio ideal. Afortunadamente, los evacuados eran dioses, que se reencontraban con su destino original.

1634. EL REFUGIO SEGURO

Estaban esperando que naciera su primogénito, que por alguna razón fuera de control no había logrado saberse si sería niño o niña. Las imágenes de la cámara que se colaba hasta la placenta daban imágenes borrosas. A él aquella situación le producía creciente ansiedad, y en cambio ella mantenía una quietud cercana al éxtasis. Llegó el día, y los preparativos del parto se hallaban listos en la clínica. Pasó un largo rato, y el doctor encargado se iba inquietando minuto a minuto. “¿Qué pasa, doctor?”, le ´preguntó él, casi en el oído. El doctor hizo un gesto de desconcierto mezclado con incredulidad. “Parece que la matriz está vacía”. La madre, tendida en la cama, permanecía sonriente. Y de pronto dijo en un susurro: “Son dos seres que no quieren ser identificados y que han escapado hacia sitio seguro. Ahora se albergan en mi corazón. ¡Escúchenlos!”…

1635. EL DESTINO HABLA

Las olas iban y venían como es usual. El recién llegado al borde del encaje espumoso contemplaba aquel vaivén que estaba ahí desde siempre. Y en algún instante alguien llegó a ubicarse a su lado. Era una mujer joven, que parecía una escultura recién animada. Él extendió los pies hacia el agua que llegaba y se retiraba sin cesar. Ella se le acercó aún más. “Soy Afrodita, ¿me recuerdas?” Él suspiró, ilusionado. “No te recuerdo, pero estoy aquí, contigo”. Ella entonces hizo un gesto para que la ola los envolviera. Y abrazados desaparecieron en el borbollón de espuma.

Historias sin Cuento

TIERRA DE POR MEDIO

Apenas tenía recuerdo de las vías por las que llegó a aquel destino insospechado. Nacido en un pequeño pueblo del interior del país, sus padres, que no conocían nada de lo que estaba más allá de los áridos cerros circundantes, emprendieron un día de tantos, por impulso que en estos tiempos se ha vuelto viral, la ruta de los migrantes indocumentados. ¿Cómo hicieron para cubrir el costo de aquel trayecto? Vaya usted a saber. Enigmas que también se han vuelto virales.

Él, que entonces era una criatura en las manos nerviosas del azar, se crió en una localidad ubicada en los alrededores de la “Ciudad que nunca duerme”.

New York, 9 p.m. Él estaba en sus últimos trámites para graduarse con honores como experto en desarrollo digital, y la persona que tenía enfrente en una mesa rinconera del restorán Cafe Boulud, en la Calle 76 y Madison Avenue, iba a hacerle una oferta de trabajo en destino aún no revelado:

–El haberte conocido en la Universidad me hace confiar en que vas a aprovechar esta oportunidad como nadie. Además, de alguna manera volverás a tus orígenes…

Él se puso aún más a la expectativa. El oferente mantuvo la sonrisa:
–Te estoy ofreciendo Singapur.

En ese instante toda la escenografía pareció cambiar como por encanto. Él giró la mirada, y preguntó en un susurro: “¿Dónde estamos?”

–En el Hotel Ritz-Carlton, entre los rascacielos. El mar a un paso y el futuro a otro paso. ¿Respondes ya o prefieres que antes nos tomemos el aperitivo?

Mientras lo hacían en una mesa del Lounge Bar Chihuly, él observó a través de los amplios ventanales la vegetación de los entornos. Una vegetación de ambiente caluroso y lluvioso, como en su mundo natal guanaco. Nunca había tenido una reminiscencia visual y sentimental tan intensa. La respuesta le brotó como una corola anhelante:

–¡Acepto! Me voy a Singapur en el primer bus que salga para allá…

AGUA DE POR MEDIO

Se llamaba Ryan Anand, y cantaba acompañándose de su guitarra durante las noches en el bar, mientras los viajeros departían con la distensión propia de las excursiones de placer. Ryan acababa de ser contratado para que fuera parte de los que amenizaban la estadía flotante, y hasta aquel momento sus presentaciones nocturnas lo iban poniendo en contacto con una forma de distensión íntima que era para él lo menos esperable. Se hallaba aquella mañana, apoyado en la baranda más alta de la nave, junto al muelle de un puerto desconocido. Pasó muy cerca un camarero con una bandeja de copas y él le preguntó:

–¿Dónde estamos?

–Eso que está enfrente es Sorrento.

Él suspiró con fuerza. No recordaba que esa fuera una de las estaciones contempladas en aquel itinerario; pero si estaban ahí había que aprovechar la estadía. Sin pensarlo dos veces, y por un impulso de raíces profundas, fue a recoger su guitarra, la eterna compañera. El barco no podía atracar en el pequeño muelle y había que tomar un ténder que llevara hacia ahí.

En lo alto aguardaba Sorrento, a la distancia de 106 escalones. Los subió casi volando y llegó a un parquecito acogedor. Se sentó en un banco y empezó a acariciar las cuerdas de su guitarra. “Torna a Sorrento” era el himno obligado. No estaba en su repertorio, pero le brotó como una ola viva. La gente pasaba a su alrededor sin percatarse, y es que los acordes y la voz se le derramaban hacia adentro, como si su acantilado interior fuera el único destinatario. Sólo alguna gaviota le hacía compañía.

AIRE DE POR MEDIO

El pensador autodeclarado dijo una vez en el pequeño coro de amigos, mientras departían en el bar más próximo, que era su proverbial sitio de encuentro: “Parece que los espejos son los mejores testigos de lo real, porque nada que pase frente a ellos se les escapa”. Los otros presentes, que ya estaban habituados a sus frases dizque originales, se rieron como siempre, y uno de ellos le hizo un comentario de los que en el grupo se estilaban:

–Bueno, los espejos son bastante hábiles para eso, pero hay alguien que les gana…

–A ver, ¿quién?

–Míralo, está a nuestro alrededor…

El que había lanzado la frase giró la mirada, en busca de esa presencia que acababa de serle referida. No había nada que pudiera tomarse como tal, al menos en el plano visual. Se encogió de hombros, como si le estuvieran jugando una broma. El otro le explicó lo que quería decir:

–Es el aire, amigo. El aire, que va por donde quiere repartiendo imágenes. Es el mayor coleccionista que puede haber. No se le va una.

FUEGO DE POR MEDIO

El doctor Molinari acababa de entrar en fase de retiro de su prolongada labor como especialista en descifrar misterios psíquicos, y sus pacientes más cercanos en el tiempo quisieron hacerle un agasajo a la orilla del lago emblemático de la zona. Sabían que el doctor era eterno adicto a los gozos del mundo natural, y la invitación incluía una excursión por las corrientes termales de la zona y por los cráteres de la última erupción del volcán vecino.

El día señalado para el encuentro el doctor amaneció orgánicamente descompensado, y tuvo que avisar que no le sería posible acudir a la cita conmemorativa. Ellos aceptaron que fuera así, pero se quedaron expectantes, porque era una reacción inesperada. El doctor se caracterizaba por ser entusiasta y puntual, y de seguro algo grave estaba ocurriéndole.

Como ya todo estaba listo, los invitantes dispusieron hacer ellos la excursión sin decirle nada al invitado ausente. El día se hallaba de pronto envuelto en brumas, pese a que en aquellos momentos del año la luminosidad de la atmósfera resultaba proverbial. Los excursionistas llegaron al lago, buscaron un pequeño albergue para beber algo que los entonara y partieron hacia las corrientes termales donde tomarían un baño relajante. En cuanto entraron en contacto con el agua, la sensación de estar en un ejercicio retrospectivo les hizo sentir que el doctor Molinari estaba ahí.

Un buen rato después, empezaron la escalada hacia los cráteres. Fue como si una fuerza superior los llevara en andas. Al llegar al sitio de destino, las fumarolas estaban activadas, en ceremonia de bienvenida. Todo aquello tenía visos de ser sobrenatural. Uno de ellos se animó a preguntar en voz alta.

–Doctor, está aquí con nosotros, ¿verdad?

Una ráfaga de aire reconfortante los envolvió de inmediato. Y como en un juego visual, la imagen del doctor se hizo vaporosamente presente. Entonces sonó el celular de uno de los caminantes. La daban la noticia:

–El doctor ha dejado de respirar, y parece que se está evaporando.

Todos los presentes se juntaron en círculo cerrado. En medio, una hoguera surgió de súbito, con intención ceremonial. La señal era clara, y fue entendida sin más.
El doctor Molinari había querido acompañarlos de la mejor manera posible: con la emoción del fuego nacido del alma que se despedía al aire libre. Ellos estaban alegres como nunca, y se abrazaban en homenaje a su mentor.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (198)

1620. EL MISTERIO DEL AGUA

Cuando le preguntaban cuál era su anhelo más vivo como humano en actitud de realizarse, siempre respondía con frases sin compromiso, si es que no se hacía el despistado. Sin embargo, su ruta de vida estaba activándose desde temprano, y había llegado a ser una especie de misionero por todos caminos que encontraba a su disposición. Así las cosas, empezó a sentir que le faltaba una prueba sensible de lo que podía hacer con sus facultades presentidas pero aún no puestas en evidencia. Y tal sensación se le volvió necesidad irresistible aquella tarde en que iba navegando en una pequeña nave hacia su próximo destino. De pronto, una fuerza más poderosa que su voluntad lo empujó hacia afuera. Saltó al agua en movimiento y comenzó a caminar sobre ella, como si patinara alegremente, con el equilibrio perfecto de los seres destinados desde arriba.

1621. LA CLEMENCIA DEL AIRE

La caída fue estrepitosa, y ya no pudo levantarse del suelo. Sus extremidades inferiores habían quedado inutilizadas para siempre, según el diagnóstico de los especialistas. Sus hermanos hicieron cabuda para proveerle una silla de ruedas, usada pero en buen estado. Dejó de estudiar, ya cuando estaba a punto de sacar el bachillerato, y se recluyó en la casa, como dependiente sin remedio. Apenas salía muy de vez en cuando a rodar por el entorno inmediato; y su único destino era el parquecito arbolado que estaba al fondo, y al que podía dirigirse sin cruzar ninguna calle. Ahí se hizo amigo íntimo del aire, y este le correspondió de una manera insospechada: invitándolo a levantarse de la silla. Cuando le maduró el impulso, empezó a incorporarse, hasta que llegaron los primeros pasos. “¡Aleluya!”, gritó. La silla inmóvil lo observaba. Y el aire le acariciaba las sienes, conmovido.

1622. LA VERDAD DE LA TIERRA

El universo sigue siendo un enigma, y de seguro seguirá así para siempre. Basta pensarlo para que se le abra al que lo piensa un abanico de rutas por emprender. Acabo de hacerlo y estoy aquí, brújula en mano, con todos los recursos anímicos a mi disposición. Me hallo de pie frente a la ventana abierta, y todo lo que tengo frente a mí es la infinitud del espacio que alguna fuente secreta me tiene destinado. El impulso de salir se me hace irresistible. Y mientras avanzo me brota la pregunta que pareciera innecesaria: ¿En qué lugar preciso del universo estoy? Y al salir, los pasos se me van volviendo pequeños testimonios sucesivos de la memoria polvorienta. Este lugar preciso es un trozo de tierra donde se juntan todos mis caminos. Me quedo aquí, por supuesto, con la seguridad de que alguno de esos caminos me llevará hasta el centro de mí mismo.

1623. El OFICIO DEL FUEGO

Cuando la vida va pasando hay que ponerles más y más atención a las lecciones que nos deja. En vez de pensar “Ya me voy” hay que sentir “Aquí estoy”. Y en esa línea, aquel sacerdote manso le dijo al grupo en que él estaba, como miembro de una espontánea comunidad de fieles: “Dios siempre oye al que le habla con voz radiante”. Y en cuanto oyó aquella frase –voz radiante— sintió que su conciencia era un fuego con alma. Desde ese momento, el vivir cotidiano se le fue volviendo un muestrario de luces que no dejaban de fosforescer a su servicio. Se lo comentó al sacerdote, y él le ofreció una conclusión reconfortante: “Eso quiere decir que tu hoguera interior está siempre dispuesta a servirte”. “Gracias, maestro”. “No, yo no soy el maestro; tu maestro es el fuego que vive dentro de ti… Ese fuego que te recuerda a cada instante que está ahí, contigo”.

1624. LA CALLE SONRIENTE

La noche anterior había caído sobre la ciudad una tormenta de esas que parece que no van a acabar nunca; pero al amanecer el cielo mostraba una inocencia transparente que parecía ser su expresión natural inconfundible. Ellos acababan de instalarse en aquella colonia de las afueras en la que iniciaban su vida en común, y sentían que todo lo externo estaba a su favor. Entonces ocurrió lo inesperado: un sismo de alta intensidad desquició todo lo que ahí hallaba presente. Después del siniestro, que dejara tantos estragos y pérdidas, ellos se sintieron extrañamente seguros en su lugar de arraigo, como si ahí estuvieran protegidos de todo mal. El cielo en aquel momento permanecía nublado al máximo, lo cual auguraba tormentas intensas. Salieron a la calle, donde las consecuencias del sismo eran patéticas.
Pero a ellos la calle les sonreía. ¿Qué más pedir?

1625. ESPEJO PARA CIEGOS

Desde que los pandilleros hicieron aquel sorpresivo ataque en el que pereció el jefe de la familia, la vida en ésta pareció entrar en un calamitoso estado de dispersión. La mujer y los hijos escaparon cada quien por su cuenta en direcciones diferentes, para perderse en lo desconocido. La casa quedó abandonada, como si el hecho de que el crimen hubiera ocurrido en su entorno inmediato fuera una imperiosa orden de alejamiento. Así fueron pasando los días, los meses y los años, hasta que en un momento determinado, y sin que hubiera comunicación previa de ninguna índole, todos comenzaron a volver. Como nadie tenía llaves, el primero que llegó tuvo que acudir a un cerrajero. Adentro, todo estaba intacto, limpio y en orden. Entonces cada uno se identificó con la imagen viva de su pasado, antes de la gran pérdida. Ahora podían recuperar la visión perdida.

1626. SECRETA IDENTIDAD

En aquella colonia que fue tradicional y que ahora iba reciclándose por obra del progreso urbano, casi nadie se conocía. Entre los moradores había una pareja que era la más ajena al trato, y por eso el cuchicheo popular la tenía identificada como “los invisibles”. Y, en efecto, un día dejaron de ser vistos del todo, y se corrió el rumor de que habían escapado por alguna causa desconocida. La vivienda quedó completamente cerrada, pero poco tiempo después empezó a esparcirse la sensación de que había gente adentro, sin que hubiera percepciones precisas. Hasta que uno de los vecinos tomó la iniciativa curiosa de ir a ver. Penetró de alguna manera, y no volvió a salir. Los otros vecinos imaginaron que también había escapado. Igual pasó con los que se animaron a lo mismo. Y así se corrió la bola: aquello era la fachada de un cementerio clandestino.

1627. EL TIEMPO DIRÁ

En el vecindario todos eran recién llegados. Y cada uno de los que arribaba se hacía la misma pregunta: ¿Cómo serán los que han venido antes que yo? Y la respuesta se evidenciaba de inmediato: el parecido físico no admitía discusión, y dejaba todas las especulaciones abiertas. En verdad, nadie era pariente de nadie, ni siquiera en la lejanía. Un laboratorio de la zona se ofreció para hacer las pruebas genéticas a los que quisieran. Nada de nada. Con el tiempo, los parecidos se intensificaban, y la ciudad empezaba a contagiarse de lo mismo. ¿Milagro o sentencia?

CIUDADANÍA FANTASMAL (15)

FUEGOS OLVIDADOS

Estaba cayendo la tarde, y los cerros vecinos impedían contemplar el descenso solar en su fase solemne. Por los senderos pedregosos uno que otro habitante de los entornos volvía a su vivienda con los utensilios de labranza, porque prácticamente todos se dedicaban al cultivo de la tierra. La penumbra ganaba terreno en beneficio de la oscuridad, y eso hacía que las imágenes fueran a cada instante menos identificables.
En una de esas, aquella pareja de ancianos surgió de algún recodo del camino, y entre ambos arrastraban una pequeña carreta con bultos.
—Por aquí nos dijeron, ¿verdá? –dijo él, deteniéndose un instante con la respiración agitada.
—Yo solo me acuerdo de que alguien nos indicó que había un gran árbol que parecía una hoguera viva –respondió ella, con un suspiro de alivio.
—¿No será aquél? –indagó él, como si descubriera la fórmula salvadora.
—Pues no puede ser otro, porque por aquí lo que abunda es la negrura.
Y cuando estuvieron bajo el ramaje encendido, sintieron que los abrazaba. En unos cuantos segundos ellos se habían quemado del todo, y aun así se reían alborozados. Venían de vivirlo infinidad de veces, pero en cada ocasión se olvidaban de inmediato de la experiencia consumidora. Eso les permitía revivir sin miedo ni sobresalto. A la mañana siguiente despertaron y continuaron ruta. Atrás quedaban otra vez las cenizas.

CONDENA LIBERADORA

—Y usted, ¿cómo se declara?
—Culpable, porque la inocencia no existe.
Los juzgadores solo se fijaron en la primera parte de su respuesta, y eso bastó para que la resolución fuera condenatoria sin más.
Lo que vino entonces fue una sentencia de por vida, que fue a cumplir en una de las cárceles más distantes de los grandes centros urbanos. Cuando llegó ahí, luego de recorrer un largo trayecto sobre caminos de tierra, tuvo de inmediato un golpe de emoción nostálgica: volvía a su mundo original, como si aquello lejos de ser un castigo fuera una recompensa. ¿Dónde se hallaba, entonces, la lógica de lo que estaba ocurriéndole? Cada semana llegaba a la prisión un sacerdote a auxiliar espiritualmente a los reclusos que se dispusieran a ello. Él nunca se le había acercado, pero de pronto le nacía hacerlo.
—¿Le puedo preguntar algo? –indagó con voz tenue.
—Lo que quieras, estoy para oírte.
—Usted no me conoce.
—Te conozco perfectamente, aunque no lo creas. Nunca se me ha olvidado aquella frase que les dijiste a tus juzgadores. Y entonces hice lo que me tocaba para que tu lugar de reclusión fuera para ti un refugio de libertad. Te lo merecías por la sinceridad plena.
—¿Y usted quién es? –le preguntó con el desconcierto que producen los enigmas insospechados.
—Pues si no me reconoces te lo digo.
En ese momento el aludido sintió la sensación de los que levitan.
—Soy un aliado de tu ángel de la guarda. Los dos estamos aquí para acompañarte en esta prueba que tú mismo has asumido con vocación heroica.
Él se cubrió el rostro y empezó a llorar en silencio.

EL APARECIDO

—¡Auxilio, me acaban de robar todo lo que tengo!
El grito era angustioso, y parecía surgir de mucho más adentro que la experiencia de un asalto. Pero como ocurre comúnmente en los espacios urbanos superpoblados de nuestro tiempo, los transeúntes pasaban a su lado sin ponerle atención al reclamo angustioso. Hasta que un muchacho que tenía toda la pinta de ser estudiante se detuvo frente al que pedía auxilio.
—¿Y usted reconoció a los delincuentes que lo despojaron?
El aludido se cubrió el rostro con las manos mugrientas y se acurrucó contra la pared que estaba detrás y que pertenecía a un negocio cerrado a aquella hora. El gemido que salía de sus labios agrietados era una especie de aliento trascendental que hubiera estado dentro de él por tiempo indefinible.
El joven se conmovió:
—¿Cómo puedo ayudarle, señor?
Ante esa pregunta, a todas luces inesperada, la víctima del despojo se incorporó como si le hablaran desde algún plano superior.
—Ya me ayudaste, amigo. Con solo fijarte en que existo me has devuelto todas mis pertenencias verdaderas. Lo que se llevaron los malditos era lo de menos valor. La fe en los demás es lo que vale. ¡Gracias, gracias, ahora me puedo morir de hambre o de frío pero con el alma satisfecha!

LA VOZ DE RITA HAYWORTH

En las colinas circundantes había una buena cantidad de residencias de lujo, en medio de la vegetación exuberante. El vehículo último modelo se desplazaba por una de las amplias calles que parecían dibujadas por un pulso y por un lápiz de alta precisión. Luego de un recodo, enfiló hacia la construcción esbelta y nítida, que tenía un estanque inmediato y gran cantidad de arbustos floridos alrededor.
Se detuvo frente al portal impresionista y de él descendió una figura femenina envuelta en el manto clásico. Volvió la mirada hacia el conductor, y él entendió que tenía que retirarse. La puerta de entrada estaba entreabierta, como a la espera de aquella visitante. Ella entró sin reparo y la puerta se cerró al instante.
Era casi el anochecer. Las luces interiores iban encendiéndose, y así quedaron durante toda la noche. Pero ya cuando el amanecer se anunciaba, desde el interior de la casa empezó a surgir el múltiple sonido de una fiesta. Y se alzó la canción inconfundible: “Put the Blame on Mame”. ¿Qué era aquello? El retorno de las imágenes invisibles pero audibles. La dama de escote alucinante, de cabellera abundosa y revuelta, de traje negro hasta el suelo, de guantes elevados por encima del codo y de movimientos cálidamente sensuales estaba ahí en su número. ¿Qué importaba que la voz que salía de sus labios no fuera la de Rita Hayworth sino la de Anita Ellis?
La canción se repitió hasta que el Sol se hizo presente. Y cuando el Sol salió, la cámara de los años se aceleró hasta el presente. Ya en pleno día, la figura envuelta en el manto clásico reapareció. El vehículo último modelo la esperaba. Subió en él. Rito concluido. ¡Gracias, memoria!

LOS NUEVOS VIAJEROS

Emigró con todos los papeles en orden y, luego de una indagación de aspiraciones y posibilidades, su lugar de destino acabó siendo una comunidad turística en el norte de California, donde después de vérselas con los problemas naturales del cambio de vida logró establecer un pequeño comedor para paseantes de mochila. Ahí no llegaba gente de su lugar de origen, allá en Centroamérica, pero eso le daba más libertad para practicar la imaginación; y hasta le permitió cambiar de nombre: hoy se llamaría Larry.
Conoció a Lety, una rubia mujer de los entornos, y acabó casándose con ella, a quien nunca le precisó su verdadera procedencia. Llevaban lo que se llama una vida normal, sin sobresaltos de ninguna índole. No tenían hijos, y eso no les preocupaba. Eran libres en una cotidianidad que no variaba más que por los cambios de estación.
Así las cosas, les vino una prueba mayor: a él le descubrieron un tumor cerebral. La noticia cayó como un rayo en cielo sereno. Sus días estaban contados, aunque la cuenta no pudiera precisarse. Lety, sin embargo, no parecía conmovida, ni él tampoco. Pero una idea inesperada les brotó de repente, al unísono:
—Vamos a correr mundo, antes de que sea demasiado tarde.
Luego de soltar aquella frase, se fueron a dormir. Al amanecer, sus cuerpos estaban inmóviles, con la rigidez de lo irreparable. Y frente a sus cuerpos, dos imágenes observaban.
—¿Listos? ¡Vámonos, pues, antes de que nos descubran!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (197)

1612. EL MISIONERO

El aire olía a fuego pasado, pero no había cenizas visibles. En los alrededores, lo que quedaba a cada instante en evidencia era aquella extraña normalidad que ponía todas las vidas en vilo. El lugar, entonces, venía a ser ideal para alguien que quisiera descubrir misterios y contribuir a reparar entuertos, con la impresión muy personal de que nada de aquello le iba a producir trastornos inmanejables, sino todo lo contrario: que todo aquello era como ir al encuentro de la propia misión en el mundo. El recién llegado lo intuyó desde el primer instante: ahí estaba todo lo que pudiera desear para realizar su propósito de vida: predicar las bondades de la memoria y los poderes de la valentía. Se instaló y fue visitando a todos los vecinos. Le oían sin responder. Su prédica se dispersaba como un aroma inútil. Y entonces le brotó la sospecha: había llegado a un pueblo fantasma.

1613. SÍNTESIS DEL DESTINO

El fuego es aire, el aire es tierra, la tierra es agua, y el agua se vuelve cómplice de todos… El hombre del cuento venía transitando por esa cadena originaria de misterios naturales, sin percatarse de que iba haciendo su propia ruta, esa que alguna fuerza superior le tenía destinada. Un día estaba poseído por la fogosidad chisporroteante; otro día respiraba por los poros de la razón; en algún momento sus pasos se convertían en huellas de polvo sobre el cemento; en otro momento parecía ir flotando como un navío inmemorial; y no faltaba la ocasión en que todo aquel despliegue se convertía en equilibrio fuera de control. Así llegó a aquella antesala de la mente en la que aguardaba el panel de los medidores de la vida. Una sola pregunta: “¿Quiere seguir siendo agente privilegiado de su origen?” Y la respuesta ideal: “No lo sé, pero sigo…”

1614. MAR ADENTRO

El vuelo iba a despegar de las pistas del JFK de Nueva York. A unos pasos, el Atlántico aguardaba con su respiración de siempre, aprendida en la escuela parvularia de los tiempos desconocidos. Allá al fondo, Europa, vitral que se pintaba y despintaba a diario. Más al Oriente, por las rutas mil veces transitadas y aún desconocidas, Asia. En la ventanilla ovalada cabía todo, como si fuera la pupila de una deidad intrépida. Él hombre joven que observaba a través del amplio cristal de la sala de espera, en el ala de los pasajeros de la sección económica, se sentía una de esas aves que están saliendo de la espesura a los espacios sin fin. Estaba por iniciar el viaje hacia el mañana. Era uno de los emigrantes de siempre, apenas retocado por las imaginerías globales. ¿Hacia dónde iba? Como sus congéneres inmemoriales, en verdad no lo sabía. El mar abierto le palpitaba dentro de las sienes…

1615. IMÁGENES EN VELA

Al retirarse, el abuelo, que había sido el empecinado y expansivo emprendedor, le transfirió al hijo la empresa de envíos internacionales que había fundado de la nada; y cuando llegó el momento correspondiente, el hijo dejó en manos del nieto la responsabilidad empresarial del futuro. Entonces se produjo un tránsito insospechado: el joven puso en venta la empresa para dedicarse a su sueño entrañable, que era recorrer el mundo en todas las direcciones. Aquella noche estaba durmiendo en el hotel The Peninsula, en Hong Kong, en la víspera de tomar un crucero de muchos días, cuando el sueño se le volvió consejo de familia: el abuelo y el padre estaban ahí, con caras de pocos amigos. Afortunadamente para él, despertó antes de que estallaran los reproches. Se asomó a la ventana. Y sonrió aliviado: la luna nueva sí estaba a su favor.

1616. PARÁBOLA DEL VESTUARIO

La Policía andaba tras él, y eso, paradójicamente, lejos de crearle ansiedad de fuga le provocaba ansia divertida de juego peligroso. Cada día deambulaba por las calles con disfraces diferentes, que lo hacían irreconocible para cualquiera, incluyendo a los más experimentados agentes de la autoridad. ¿De dónde sacaba todos aquellos trajes que parecían producto de un diseñador de primer nivel, imaginativo y sorprendente? Ni siquiera él lo sabía. Las piezas estaban siempre a su disposición en el antiguo ropero que era sucesiva herencia familiar. Pero un día de tantos, al abrir la puerta de bisagras crujientes se halló frente a un espacio vacío. ¿Qué hacer? ¿Quedarse encerrado sin escapatoria o entregarse de una vez al poder de la ley? Y en ese preciso instante, los disfraces reaparecieron, como por arte de magia. Se oyó una risita. Las bromas del otro yo.

1617. LA LUNA ENTRE EL FOLLAJE

Como era adicto a las aldeas, las ciudades le producían diversas formas de alergia. Aquel amanecer en Hong Kong parecía una estampa recién inventada, como en las épocas originarias, y por eso, aunque el entorno urbano era de actualidad desbordante, la sensación que le nacía era la de los años dormidos en el tiempo. Desde su balcón en el hotel de Kowloon, inmediato a la bahía, con todas las edificaciones esbeltas enfrente, podía tener casi a la mano aquel paisaje de modernidad nunca desmentida, ni siquiera en los momentos de crisis. Y tal sensación se hizo aún más aguda cuando sobre los rascacielos en estrecha hermandad comenzó a dibujarse el disco áureo. Un día antes había sido luna llena, que se hallaba en su apogeo. La saludo con efusión, y entonces los edificios parecieron alzar los brazos como si fueran un bosque que redescubriera su ser.

1618. NO BROMEES, ESPEJO

Nació como un pequeño tesoro de vida casi aleteante. Cuando pudo caminar, corría por todas partes con la risa a flor de piel, como si anduviera buscando sorpresas prometidas. Ya en la adolescencia, toda aquella gracia se le fue convirtiendo en imán. Era, en verdad, como una diosa resucitada, y en su entorno sólo había palabras de admiración y suspiros de anhelo. Al arribar a la primera juventud todos creían que su futuro sería mágico. Sin embargo, por extraña paradoja, ni los aspirantes ni los pretendientes aparecían. En el entorno familiar más cercano comenzaron a menudear las inquietudes al respecto. Por fin, la convencieron de ir a visitar a un psíquico joven que ayudara a descifrar el enigma. El psíquico la observó con mirada fija. “¿Qué miras?”, le preguntó ella. “Te veo a ti, como si me viera en un espejo. Me estás llamando, y eso me hace feliz…”

1619. ESQUINA CON DESTINO

Ahí, en aquella esquina en la que se juntaban las dos calles más transitadas de la zona, se hallaba la tienda de la Niña Consuelo, que estaba a punto de cumplir los cien años. “Mis primeros cien años”, como decía ella. En el vecindario todos la conocían, hasta los pobladores más recientes. Incluyendo, desde luego, aquella niña de apenas ocho años, que parecía tener todas las preguntas guardadas en su cajita de música. “Niña Consuelito, ¿y usté por qué vive en esta esquina?” “Porque aquí se cruzan los días y se van de paseo juntos… Así se olvidan de mí… ¿Entendés?”

Historias sin Cuento

MISTERIOS DE BONANZA

Aunque en apariencia el estatus social y económico se mantenga estático en el tiempo, eso con frecuencia no pasa de ser un espejismo desorientador, porque lo que acaba imponiéndose siempre, sin que necesariamente lo parezca así, es la suerte de cada persona, con sus expresiones y sus enigmas propios. El caso de Vladimir era justamente ese.

Primogénito en un hogar acomodado, desde muy niño se manifestó dispuesto a conquistar su mundo propio con todos los recursos que le fueran posibles. En el colegio tenía fama de concentrado y misterioso, ajeno a los deportes y a las prácticas juveniles. No pertenecía a ningún grupo de amigos, y menos de compinches. Muchos lo consideraban una rara avis.

En su casa nunca faltaba nada en lo que a cosas materiales se refería. Más bien la abundancia parecía ir en aumento, porque los negocios familiares prosperaban y las inversiones daban beneficios crecientes. Pero en contraste, los componentes de la familia por momentos ni siquiera daban la impresión de pertenecer al mismo núcleo. Anímicamente, algunos abiertos y otros encapotados; funcionalmente, algunos activos y otros indolentes. Y él, Vladimir, que estaba en el centro cronológico de la descendencia, reunía características contrastantes: era encapotado y activo. Quizás por eso no encajaba de ninguna manera. Todos lo miraban de reojo, aun los padres…

Estaba en la etapa final de su educación media, ya en vísperas de entrar a la formación superior, y eso le producía una ansiedad adicional. Se lo consultó al consejero psicológico del colegio exclusivo donde estudiaba, y la respuesta no le dio pistas:

—Si quieres estudiar fuera, hazlo; si no quieres, no lo hagas. Eres libre.

Y aquel vocablo –“libre”– se le clavó como un dardo en la sien. ¿Libre? ¿Libre para qué? Lo tenía todo y ahora se daba cuenta del sentimiento de no tener nada. Un conato de hoguera se le encendió por dentro.

Aquella misma noche se acercó a sus padres, que estaban en la terraza tuiteando como siempre:

—Voy a decirles algo: lo que quiero es ser libre.

—¿Y eso? ¿Qué mosca te ha picado?

—La mosca de la ilusión, que no necesita presupuesto. No sé si entienden.

—Estás hablando como un cipote inmaduro. Esos son nervios porque vas a pasar a una nueva etapa. Voy a darte un calmante.

Él se levantó, sin decir más. Los padres siguieron tuiteando. A la mañana siguiente no apareció. Lo único que hallaron de él fue un mensaje en la web: “Ya soy libre. Nos vemos”.

MISTERIOS DE PENURIA

Entró en su habitación, que era la única de aquel espacio que a duras penas resistía el calificativo de vivienda. Los cuatro rincones eran lo verdaderamente disponible: en el más próximo a la puerta, el par de sillas raquíticas con la cocinita al lado; en el rincón paralelo, la mesita de trabajo; en el rincón derecho del fondo, la litera estrecha destinada para dos; y en el último rincón, un altar improvisado que cambiaba con frecuencia. Una sola ventana con ansia de tragaluz, y protegida por una rústica tela de alambre, le proveía alguna claridad al encierro, que rápidamente iba desvaneciéndose por la hora.

Era hora de comer algo porque la noche estaba encima, pero él ni siquiera se acordó de eso. Lo que necesitaba era otro tipo de alimento: el de las imágenes reconfortantes luego de una jornada de la que siempre quedaba exhausto anímicamente porque le tocaba lidiar con las insatisfacciones de los clientes que iban a recoger sus bultos en la bodega de la fábrica.

Se hallaba solo, aunque ya era hora de que su esposa y sus dos hijos estuvieran ahí. No se alarmó por eso, ya que sucedía con frecuencia. Y como estaba solo bien podía acomodarse a su gusto. Se ubicó en el suelo y se extendió cuan largo era, estirando sus miembros con gratificante libertad. Desde esa posición podía ver hacia arriba sin ningún esfuerzo.

Entrecerró los ojos como si quisiera descubrir algún detalle curioso. El cielo raso era el de siempre: deteriorado y descolorido. Y en el instante en que lo percibía detectó que algo ahí estaba moviéndose entre la penumbra creciente del espacio cerrado. Aguzó la mirada. Sí, una luciérnaga que daba la impresión de no querer ser identificada.

Él unió las manos humedecidas por el calor intenso y se las puso sobre el pecho, como si buscara agradecer aquel encuentro que no tenía explicación. ¿Por dónde podía haberse colado aquel coleóptero que prefería los espacios abiertos? La luciérnaga se quedó quieta, y él interpretó aquello en clave comunicativa. Se incorporó en el suelo, y quedó arrodillado como un devoto que acabara de entrar en éxtasis.
se llenó de destellos. Una nube de luciérnagas vagaba por sus estancias íntimas.
¿A quién estaba rindiéndole aquella pleitesía que semejaba un juego ingenuo? Inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró los ojos. Todo en su interior invocaba los poderes olvidados.

Se preguntó sin palabras:

—¿Dónde estoy?

La luciérnaga original descendió hasta su frente y se quedó quieta sobre ella. Y en aquel segundo él comprendió que la pregunta que acababa de hacerse era irrelevante.

MISTERIOS DE APETENCIA

Cuando se sacó aquel premio en la lotería tomó el hecho como un anuncio de la Providencia. No es que fuera creyente disciplinado, pero si quería llegar a serlo, y por eso activaba sus ansias en forma de reflejos anímicos. Como era un ser eminentemente ordenado, trató de armar de inmediato una lista de aplicación de los recursos ahora disponibles, que aunque no eran muchos sí representaban un respiro de amplio alcance en su situación económica normal.

La vida siguió su curso, como si nada nuevo asomara por ahí. Y es que la rutina era para él un estilo de vida. Pero poco a poco, y de manera inesperada, fueron apareciendo señales de que podía haber cambios de algún relieve. Un sábado cualquiera se había quedado sin salir porque sentía un leve malestar generalizado, de seguro por la intensidad de la semana transcurrida.

Se puso a observar, desde la terracita casi inexistente, los entornos del vecindario, y sobre todo ese lugar donde vivía ella, Marisol, que estaba en su mira desde que eran niños.

Por fortuna, Marisol se hallaba visible en aquel instante, recostada en la silla plegadiza que era su acomodo predilecto. Envuelta en una bata de casa, aprovechando también el paréntesis sabatino. Él trató de esconderse cuanto pudo para poder contemplarla con la mayor libertad posible. La había tenido a la vista tantas veces que todos sus detalles le eran conocidos. Así se mantuvo durante varios minutos, inmóvil, con la respiración anhelante y los sentidos a la expectativa.

De pronto, ella pareció darse cuenta de que era observada y se incorporó. Extendió los brazos hacia arriba, como si estuviera desperezándose; y al hacerlo la bata se entreabrió, dejando ver que se hallaba desnuda. Los reflejos sobre la piel eran una invitación al contacto íntimo.
Él tuvo el impulso de llamarla por su nombre, pero se contuvo. Lo que estaba haciendo era saborear el instante inesperado como si fuera un manjar de dulzura exquisita. La experiencia más deliciosa en la placidez de un sábado que tenía todos los visos de ser inolvidable, aunque no tuviera otras consecuencias.

¡Aleluya!