CIUDADANÍA FANTASMAL (21)

LA AURORA SIEMPRE VUELVE

Perdió el empleo y su matrimonio colapsó. Quizás algo le querían decir los astros, a cuyos mensajes había sido siempre tan adicto. Pero esta vez el doble impacto traía, sin duda, alguna revelación más penetrante. Su vida estaba llegando a un cruce de caminos, porque lo que hasta aquel momento había sido la base de su existencia, al menos externamente, quedaba al borde de la ruta, y tal vacío se magnificaba en su interior como un apremio de nuevos rumbos. Tembló por un instante y luego se quedó quieto.

Esa quietud lo movió a salir al aire. Estaba empezando a anochecer. Tenía que volver a su casa, en la que ahora estaba solo, a hacer recuento de lo que podía vender con el propósito de allegarse algunos fondos para su manutención mientras encontraba algún trabajo. Pero en vez de dirigirse hacia ahí tomó la dirección contraria.

No tuvo que caminar mucho: lo que se abría ante sus ojos empañados era el campo abierto, con todas las luces mortecinas a la vista. Siguió caminando, como si supiera hacia donde se dirigía, y la noche llegaba a su encuentro como una nodriza diligente.

Así fueron pasando las horas, y en algún momento sintió que aquella ruta no tendría fin. Recordó entonces que alguien, hacía mucho tiempo, le había hablado de “la eterna noche”. Volvió a temblar. Tuvo la tentación de buscar algún lugar para reposar, pero no se atrevió. La marcha fatigada no podía parar. La noche aún estaba en pleno, con algunos grillos y algunas luciérnagas en brotes repentinos.

Él caminaba ya como un autómata sin escapatoria, y todas las imágenes de su debacle existencial iban acompañándolo como testigos insensibles. Hasta que llegó a aquella explanada que parecía el final del camino.

–¿Dónde estoy?

–En tu primera estación. Deja que corran los minutos. ¡Ya!

Y los fulgores nacientes de la aurora empezaron a hacerse sentir. Al percatarse de ello, un manantial se le activó desde su interioridad más profunda:

–¡Gracias, aurora, por enseñarme que la noche nunca será eterna!

MÁS ALLÁ DEL ESCOMBRO

La casa de habitación de sus antepasados ahora le pertenecía, y como él había vivido siempre en una ciudad distante y las relaciones familiares nunca fueron verdaderamente tales, no la había conocido antes de heredarla por ser único descendiente visible. Desde el mismo instante en que cruzó el umbral, un flujo de emoción desconocida le circuló por las venas, como si su sangre se fuera mezclando fraternalmente con otras sangres. Y en ese momento mismo tomó la decisión final: se quedaría ahí de inmediato y para siempre.

Lo curioso era que en la monumental edificación sólo había dos espacios ocupados: la gran biblioteca y el reducido dormitorio. Asumió tal hecho como si fuera lo más natural del mundo, y luego de instalar sus ínfimas pertenencias se fue hacia su verdadero lugar de destino: la catedral de los libros. Y tuvo la sensación instantánea de que había recorrido infinidad de millas para llegar hasta ahí, y no en el terreno físico sino en las rutas del alma. Sin duda era el reencuentro con lo que siempre había estado añorando sin poder imaginárselo.

Se arrodilló, como si se hallara ante un altar, y entonces comenzó el desprendimiento de los libros, que cayeron en torrente sobre él. Y después de los libros vinieron los estantes y las paredes. Un montón de ruinas, envueltas de repente en un aura inmemorial. Lo único que quedaba palpitando era el pequeño celular de última generación desde el que una voz que parecía venir de otro mundo anunciaba constantemente: “Misión cumplida, misión cumplida, misión cumplida…”

PASIÓN DE TRES

Como la cortina de vidrio estaba enteramente abierta, cuando aquella ola de fuerza inusual saltó desde las rocas inmediatas todo en la reducida estancia que le servía a él de albergue se llenó de salpicaduras de espuma y de leves gotas deslizantes. Él se hallaba acostado sobre el viejo colchón de cara a la pared del fondo, y hasta ahí llegaron los efectos de la ola invasora. Apenas estaba durmiéndose y sintió aquel baño inesperado como un saludo de la noche encapotada. Se incorporó y se quedó expectante.

Y aunque algunas ráfagas externas presagiaban otras olas como la que acababa de hacerse presente, él no movió la cortina. Se quedó en el centro de la ésta mientras la noche impulsiva mostraba su naturaleza juvenil. Él, sonriente, iba animándose a murmurar:

–Aquí estoy, listo para revivir el milagro nocturno.

Entonces, como en gozoso intercambio entre muy antiguos conocidos, la ola volvió a alzarse, y con intensidad más viva. Las salpicaduras y las gotas parecieron invadirlo todo, hasta el punto de parecer el inicio de una inundación plena. Él, inmóvil, representaba la imagen de un ser escultórico que hubiera sido testigo inmemorial de catástrofes en serie. Cuando la ola se calmó, reapareció el murmullo:

–Qué felices somos al compartir destino…

Una profunda calma fue arribando desde todos los rumbos. ¿Dónde estaban la noche y la marea? El suspiro fue la respuesta: podían dormir tranquilos porque su aliado en tierra tenía los brazos abiertos para recibirlos. Y así los tres, ahora abrazados sobre el viejo colchón, podían dedicarse al merecido descanso, como desde hacía siglos.

CRISTALES OLVIDADOS

Todos los altares del templo estaban listos para darle comienzo a la ceremonia de reapertura de los oficios sagrados después de tanto tiempo en abandono total. Los feligreses se habían organizado para que aquel silencio inerte quedara en el pasado, y lo lograron porque hubo una intervención que muchos calificaron como sobrenatural. El oficiante surgió de una reducida puerta lateral, y ninguno de los asistentes, que eran pobladores tradicionales del lugar, sabía de quién se trataba. Él, enfundado en su túnica blanca, subió los escalones del altar principal, y cuando llegó al centro del mismo se quitó la vestimenta que llevaba encima y quedó en perfecta desnudez. Eso no pareció sorprender a nadie.

La voz que surgió de sus labios más semejaba un eco sin edad:

–Hermanos, por si no me reconocen, voy a presentarme ante ustedes: soy el primer habitante de este mundo, y por eso quiero que me reciban en mi condición original. Se preguntarán de inmediato por qué estoy aquí, y yo les respondo sin evasivas: para que todos juntos reiniciemos el camino como el Poder Supremo nos lo ha encomendado. Y como ya una vez nos perdimos en la ruta, lo pertinente hoy es acudir a los signos que están dibujados en los vitrales que nos rodean…

Al decirlo, esos vitrales, ordenados en fila en lo alto de las paredes del templo, empezaron a soltar sus estructuras cristalinas, que se derramaron sobre la multitud como una lluvia de mensajes hirientes. El único ileso era el que había hablado, que bajó a conducirlos a todos al descampado:

–¡Vamos hacia nuestro siguiente destino: la eternidad en vida, con todas las laceraciones al aire!

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (214)

1750. PRUEBA FINAL

El taxi se detuvo frente al número indicado en la calle correspondiente, la 78. El pasajero, vestido como si tuviera que asistir de inmediato a una ceremonia formal, pagó la carrera desde el aeropuerto internacional y esperó que el portero del edificio le ayudara con el equipaje. Pero nadie apareció. Entró y el sitio del doorman se hallaba vacío. Entonces se dirigió hacia el ascensor para subir al piso 12 donde estaba ubicado su apartamento. Caminó hasta su puerta, y tuvo la sensación de que lo hacía por una larga ruta desconocida, aunque externamente todo estaba igual. Llegó a la puerta y en cuanto introdujo la llave la hoja se abrió. ¿Pero qué era aquello? Un espacio totalmente ajeno al suyo. Entonces, sin ninguna ansiedad, empezó a sospecharlo: todo era el ensayo de una nueva realidad en otra dimensión, y por eso sin proponérselo iba vestido así.

1751. ENCUENTRO EN EL CAMINO

La vio en una parada de buses y desde el primer instante sintió que la atracción era irresistible, al menos de su parte. Iban en la misma ruta hacia el mismo punto: una colonia suburbana, superpoblada y peligrosa como tantas otras. Ella se bajó antes que él, y él no tuvo tiempo de hacerlo antes de que el vehículo reemprendiera la marcha. Desde ese momento, el ansia de identificar el lugar donde ella vivía se le volvió obsesiva. Hasta que lo logró algunos días después. Era en una casita que parecía choza, al borde de una ladera con quebrada al fondo. Se le acercó, sin más. “Estoy dispuesto a acompañarte a donde me digas. Tengo vacaciones en mi trabajo y dispongo de todo el tiempo libre”. Ella no pareció sorprenderse por el ofrecimiento repentino: “Ah, pues entonces vámonos hacia el nuevo destino. Soy un hada que está de paso y que ya quiere escapar…”

1752. ACCIÓN DE GRACIAS

El jueves 22 de noviembre de 2018 fue el día de Thanksgiving en Estados Unidos, y por una de esas travesuras cada vez más usuales del clima resultó el más frío desde 1901. En la escalera de la iglesia de Santa Mónica, en la neoyorquina Calle 79 ya muy cerca del cruce con la 2ª. Avenida, el indigente mayor que acudía siempre a la iglesia a buscar refugio y no consuelo estaba esperando que el templo abriera sus puertas. La frigidez del aire contrastaba con la luminosidad del cielo. Parecía un contraste fuera de razón natural, y en el interior de aquel hombre perfectamente desprotegido ese contraste tenía su reflejo fiel: la necesidad total con el ansia sublime. Si alguien hubiera podido escuchar el susurro que salía de sus labios habría oído una oración sin fin con propósito de trascendencia agradecida. Se abrieron las hojas de entrada, pero él se quedó ahí, en éxtasis ya perpetuo.

1753. DE LAS OLAS AL NIDO

Despertó en el límite del tiempo necesario para estar listo a iniciar la jornada. Para colmo era lunes, ese día en que según decían nuestros antepasados “ni las gallinas ponen”. Él había nacido un lunes, a las 4:20 de la madrugada, y siempre le dijo a su madre: “Dicen que el lunes ni las gallinas ponen, pero usté sí puso”. Habían pasado los años y este era otro lunes, el día en que le tocaba ir a pedir la mano de Debbie, la novia que había descubierto en una de las playas donde menudean los surfistas. Iban, pues, a emprender la aventura sobre otras olas. Pero él lo que ahora quería era nido. Y luego de la petición de mano, ya cuando todos los presentes alzaban sus copas, él le expresó casi al oído a su novia ya formal: “Lo que te pido es que no nos casemos un lunes caluroso, porque lo que anhelo es que mi gallinita dé a luz entre las mantas suaves y no entre la espuma crispada…”

1754. PETICIÓN NATURAL

La fiesta se prolongó hasta que la luz solar estuvo a las puertas. Era uno de esos días especialmente luminosos, como si el aire quisiera demostrar a plenitud sus poderes más íntimos. Y cuando la señora encargada del servicio se asomó al amplio espacio de la casa donde se había dado el festejo, lo que vio fue una buena cantidad de jóvenes acomodados en los muebles o tendidos en el suelo, en total privación durmiente. No hizo ningún ruido, pero su presencia tuvo efecto. El que despertó era el más bizarro, y la orden estentórea no se hizo esperar: “¡Arriba, huevones, que la vida sigue!” Todos reaccionaron, cada uno a su manera, menos la bailarina del vientre, que parecía inmersa en un reposo mágico. Él fue a animarla, y ella al fin abrió los ojos: “No me interrumpas, que estoy ensayando mi próximo manejo de placenta…”

1755. EL MEJOR CONSEJO

En el cielo no había ni una sola nube. Era, pues, muy oportuno salir a pasear al aire libre para recibir directamente los efluvios de aquella nitidez estelar. Y así lo hizo, en compañía de su perrita basset hound, que ya tenía bastantes años de estar con ella. Mientras caminaban por una calle tranquila de los alrededores se les acercó casi corriendo un joven con un paquete en las manos. Ella se retrajo asustada, pero él quiso tranquilizarla, jadeante: “No tema nada, señora, que yo lo que quiero es ofrecerle esta mercancía con la que estoy juntado pisto para irme hacia el Norte”. Abrió el paquete y aparecieron las imágenes pintadas en los cartones. Ella las revisó. “Ésta”. Era su basset hound en persona. Le pagó mucho más de lo que él le pedía. “Gracias, sos un alma grande aunque parezcás un cipote pequeño. Y no tenés que irte al Norte: buscá los cuatro puntos cardinales…”

1756. TESTIMONIO VIVIENTE

Estaban preparando su próxima exposición en común, y ya había acuerdo en llamarla “La Artista y el Poeta”. Ella era escultora y pintora y él narrador y poeta. La combinación perfecta, afirmaban los que los conocían. Habría imágenes y textos alternados. Lo que nadie advirtió, ni ellos mismos, fue que aquello que en apariencia era sólo un esfuerzo de armonía en común iba a convertirse en una aventura existencial de proyecciones abiertas. Cuando la exposición estaba montada, y la inauguración vendría muy pronto, fueron ellos dos solos, una tarde ya casi de noche, a revisar lo expuesto. En la penumbra, las dos figuras fantasmales iban recorriendo su propio universo íntimo. Cuando concluyeron la caminata, se quedaron detenidos en la puerta de acceso, y entonces el horizonte se les dilató hasta sus respectivos infinitos. La noche viva los llevaba de la mano.

1757. LA COMPAÑÍA IDEAL

Todas las estaciones del año tienen su agenda, porque la Naturaleza, como los seres personalizados, cumple un destino propio. En ese momento, y en el hemisferio norte, el otoño estaba en funciones. Y, como es normal en estos tiempos imprevisibles, había días gélidos y días amables. ¿Cómo era aquel día? Los recién casados salieron a la intemperie a constatarlo. Y lo primero que ella hizo fue preguntarle a su compañero: “¿Y nosotros en qué estación estamos?” Él se quedó dudando sin responder. Ella lo miró a los ojos: “Tu respuesta es perfecta: el calendario es todo nuestro…”

Historias sin Cuento

EL LUGAR ELEGIDO

En aquella comunidad de las afueras de la ciudad todos estaban emigrando, y más ahora cuando al sistema casi clandestino de coyotes pagados se le iba agregando la modalidad masiva de las caravanas al aire. Pero no todos se animaban a salir de sus lugares de arraigo para ir en busca de esos otros horizontes, cada vez más cargados de nubarrones amenazantes.

Zoila trabajaba como empleada doméstica de día y su marido, Edwin, era mecánico en un taller de las vecindades. Tenían dos hijos en edad de crecer, un niño y una niña, que ya acudían a la escuela pública más cercana. Un amigo, que lo había sido por muchos años y con quien se frecuentaban muy a menudo, llegó a verlos un domingo por la mañana, a tomar el cafecito de siempre con las quesadillas tradicionales, y luego de algunos rodeos les dio la noticia:

–Compadres, me voy p´arriba.

Él se rascó la garganta y quiso tomarlo a broma:

–¿A qué árbol te vas a subir, maistro?

–N´hombe, p´arriba de camino al Norte. Aquí ya topé.

–¿Y qué dice la doña?

–Pues se queda, a ver si después se va.

–Umm, cuidado, mano.

Llegó el día, sin decir agua va, y el amigo acudió a despedirse:

–Mañana es la cosa. Ya me avisó el coyote.

–Pues yo pensé que te ibas en caravana…

–Ni loco, vos. Tengo muchos callos en las patas y el solazo me atonta. Recogí el pisto y ya. Ahi te aviso al llegar.

Ese aviso nunca llegó. Y aunque al principio el silencio era esperable por las circunstancias que rodeaban la situación, cuando los días se convirtieron en semanas y éstas en meses comenzaron las preguntas entre los pocos conocidos. Hasta que se coló un murmullo:

–Iván se quedó en el camino, antes de llegar a la frontera. Iba en La Bestia y nunca se supo más de él.

El que lo decía era un compañero de viaje, que estaba de regreso, deportado. Edwin y Zoila comprimieron los rostros y se fueron a su iglesia habitual a rezar por el ausente, que no estaba en las sureñas lejanías del Norte sino en algún rincón de las estancias sin fin.

Se le había cumplido su deseo: ir en busca de fortuna a un lugar supuestamente mejor, y sin ningún riesgo de deportación.

S. O. S.

El reloj de mesa de noche, ubicado en cada uno de los dormitorios apiñados en fila, estaba por anunciar que el amanecer iba a asomarse a todas las ventanas, y los habitantes de aquella casa de retiro para personas mayores se hallaban ya listos para comenzar su otro día de reclusión con diversiones programadas. El líder, como siempre, era don Edilberto, a quien ahora todos llamaban don Eddie, lo cual a él le resultaba gustoso al máximo, porque le traía resonancias de su remota infancia, cuando su padre le decía así como reflejo de su devoción por el mundo hollywoodense de la época.

Estaban ya reunidos en el comedor que daba a un jardín de discretas dimensiones pero en el cual cabían dos árboles de buena figura: un morro de múltiples brazos y un naranjo chino que no cesaba de ofrecer sus frutos de animoso jugo. Don Eddie alzó la voz para ser escuchado por todos, incluyendo los que tenían audición limitada:

–Hermanos, hoy vamos a ir a caminar por los alrededores…

–¿Y si llueve? –dijo uno de los más retraídos.

–¡Hombre, qué va a andar lloviendo si estamos ya en diciembre! Mirá los colores del cielo.

Todos, en movimiento sincrónico, volvieron las miradas hacia afuera, y en verdad el aire se hallaba impregnado de colores admirables, que les llegaban por los portillos del ramaje. La emoción nostálgica les invadió la conciencia y les humedeció los ojos.

–¡Vamos, pues! –fue la consigna que circuló de inmediato, mientras se levantaban.

–Esperen, esperen –quiso detenerlos el que venía con la primera bandeja del desayuno.

Pero ellos no atendieron la advertencia. En rápidas filas fueron saliendo al descampado, como si alguien los estuviera esperando. Y ahí se empezaron a dispersar, dando la impresión de que cada uno de ellos respondía a un llamado diferente. Transcurridos unos buenos minutos, los servidores del retiro salieron a acompañar a los que habían salido, sabiendo que estarían por ahí nomás, respirando aire libre.

La búsqueda, sin embargo, se volvió un laberinto. Nadie aparecía, aunque no parecía haber dónde extraviarse o esconderse.

Los guardianes fueron a dar la alarma; y ya cuando estaban por entrar, una pequeña hoja de papel apareció volando sobre ellos. Uno tuvo un presentimiento y la alcanzó de un salto.

En la hoja arrugada había algo escrito con letra vacilante:

“Mejor ni nos busquen, porque no vamos a volver. Queremos pasear como lo hacíamos cuando niños. Y cuando tengamos necesidad, alguien nos va a dar cobijo. Y es que seguimos siendo niños, aunque ustedes no lo crean. Y como los demás no nos conocen, podemos convencerlos de eso sin ninguna dificultad. Les pedimos auxilio al aire y a la luz, y ellos nos atendieron”.

En torno, el aire y la luz sonreían gratificados por su buena acción cotidiana.

ESE OTRO ESPEJO

El caserón familiar había conservado sus estructuras originales, pero la decoración moderna sobresalía en todos los espacios interiores. Era como un juego de mundos en convivencia cuidadosamente armoniosa. Y los gestores de esa especie de milagro cotidianizado eran los dos miembros de aquella pareja que habían llegado a vivir a la zona para salir por fin de todos sus enclaves existenciales, que ya los tenían hasta el cuello como las aguas de un estanque turbio.

Ese caserón costó poco dinero, porque todos los posibles compradores tendían a verlo como un simple resto del pasado, y en cambio ellos lo que recibían era la ilusión de transformar el presunto escombro en fulgor imaginativo. Esto desde luego no lo comentaron anticipadamente con nadie para que el precio no fuera a subir.

Lo más pronto posible se trasladaron a vivir a su nueva morada, y durante varias semanas estuvieron ocupados en reavivar el ambiente; para ello habían solicitado sus vacaciones acumuladas en los respectivos trabajos.

Cuando todo estuvo listo, organizaron un pequeño agasajo con sus más allegados: familiares y amigos. Sería una noche veraniega, de luna creciente y brisas suaves circulando por todas partes. Y como la cantidad de invitados era reducida, se animaron a preparar ellos mismos los bocados y a tener listas las botellas correspondientes. Llegaron todos, y la tertulia estaba por iniciar.

Entonces se empezó a producir el trastorno. Algunos desconocidos se habían colado. La luna creciente no aparecía por ninguna parte. Las tenues brisas eran aleteos perturbadores. Y los preparativos concretos del agasajo parecían no darse por aludidos. La pareja andaba de un lugar a otro, sin saber qué hacer. Hasta que un rayo de luz hizo acto de presencia. Solución perfecta. Ese rayo transitó por lo antiguo y por lo nuevo, y luego se detuvo en la pared más próxima y ahí se transfiguró en espejo. Ellos entonces ya podían sentirse fantasmas con toda naturalidad.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (213)

1742. LLEGÓ LA MEDIANOCHE

Se hallaba internado porque los médicos que le atendían habían dispuesto, luego de los exámenes y las tomografías correspondientes, extirparle de urgencia el tumor maligno que tenía en el cerebro. Llegó el día de la operación y todo estaba listo para entrar en el quirófano, pero en el último minuto uno de los médicos jóvenes llegó de prisa para anunciar que el procedimiento no sería necesario porque la prueba final había mostrado que el tumor ya no existía. En ese justo minuto se oyó la campana que anunciaba la medianoche. Los médicos se miraron sin entender. Uno de ellos se animó a decir: “Pues aquí lo único que puede haber es un milagro”. Otro redarguyó: “Según lo que sé, este hombre es un malviviente con algunos recursos. ¿Quién habrá pedido el milagro?” Y en ese instante sonó una ráfaga de viento, como si la medianoche quisiera responder.

1743. AÑO VIEJO, RECUÉRDANOS

Salimos a caminar por los entornos arbolados para que aquella sensación de vivir entre la naturaleza pese a residir en una zona profusamente urbanizada se nos mantuviera siempre viva. Como todos los años en aquel día en que el calendario multiplica sus pálpitos, nosotros, que somos una pareja que comparte desde adentro sus más sensibles emociones, estábamos listos para hacer el ruego usual. Pero ahora algo nos movía a buscar el lugar más propicio para ello. Pasamos frente al atrio de la iglesia a la que concurrimos los domingos y pasamos de largo. Seguimos avanzando hasta llegar a aquel predio baldío, abandonado desde siempre. Ahí nos detuvimos, y de pie alzamos los rostros hacia arriba. “Estrella, síguenos acompañando, para que el Año Viejo no nos olvide”. Después volvimos a la casa, donde la cena ya estaba lista.

1744. MADRUGADA EN CÍRCULO

La caravana de migrantes indocumentados que apuntaba hacia el Norte estaba ya por partir. Circulaban dudas y menudeaban advertencias, pero la decisión era una: llegar a destino para empezar a construir destino. La corriente humana se activó, como si una señal superior hubiera surgido; y en efecto, la claridad del día iba haciéndose presente con impulsos ansiosos. Nadie podía saber cuántas jornadas estaban por delante, y de seguro era mejor no saberlo. Las hojas del calendario empezaron a pasar con mucha más rapidez que la habitual. Y de pronto, los integrantes de la caravana vieron al fondo una elevada reja que rodeaba todo el horizonte. No se detuvieron, más bien avanzaron con mayor impulso. Y cuando estaban enfrente sonó un redoble de campana y la reja se disolvió como por encanto. La madrugada incipiente daba las órdenes…

1745. LA DOBLE MISIÓN

El grupo que transitaba por aquel camino polvoriento iba alejándose, luego de haber rodeado por algunas horas el establo perdido entre las brumas inmóviles y los claros por donde asomaban las estrellas. Habían cumplido la misión inicial, alrededor de aquel pesebre, con un recién nacido en su lecho de paja y un grupo de pastores acompañados por sus ovejas. Los presentes estaban entregados. Sólo quedaba la ruta por delante. Y en un momento inesperado, mientras ellos avanzaban, todo en los  entornos empezó a desvanecerse, para darle paso a una nueva iluminación. Sí, allá en el valladar rocoso del horizonte iba asomando la presencia solar. Los tres miembros del grupo detuvieron sus cabalgaduras y pensaron al unísono: “Hemos sido testigos de dos nacimientos: el de la luz celestial y el de la luz solar. El oro, la mirra y el incienso seguirán vivos para siempre”.

1746. INVITADO OLVIDADIZO

Cuando empezó a car la noche se oyeron por todos los rumbos las explosiones de los petardos propios del día y la hora. Pero en aquella oportunidad dichos retumbos tenían resonancias de un festejo supremo. Entonces empezó a circular un rumor: “El señor mayor está por llegar en su carroza de caballos voladores…” Pasaron unas cuantas horas y ya la medianoche se hallaba a las puertas. El rumor se volvió a oír: “El señor de seguro está ya en la entrada… de la mano del alba por venir” Pero cuando sonó la campanada del inicio del nuevo día se abrió la puerta como todos los años, sin nada novedoso. Los espectadores aglomerados se quedaron estupefactos: “Y el Milenio, que es el señor mayor, ¿dónde está?” El rumor se convirtió en murmullo irónico: “Ah, es que ustedes no lo conocen. Es un señor que quizás está empezando a padecer Mal de Alzheimer…”

1747. MILAGRO DE ARBOLEDA

La cabaña ubicada entre los árboles sólo tenía un ventanuco, que permanecía cerrado, y por eso el habitante único describía el lugar como “mi sepulcro anticipado”. No era un calificativo siniestro, porque cada vez que pensaba en ello se ponía a imaginar cuál sería la fórmula para hacer que aquella imagen pudiera llegar a ser verdad. Hasta que un día de tantos hubo una borrasca invernal en tiempo que no era de invierno, y todo lo que ahí había quedó con estragos evidentes; bueno, casi todo, porque la cabaña escondida permanecía intacta, como si una fuerza superior la hubiera cubierto con su manto protector. Cuando el habitante, que había dormido a profundidad toda la noche, se dio cuenta de lo ocurrido tuvo un rapto de reconocimiento subliminal. Se arrodilló, besó la tierra, y dijo en voz alta: “Gracias, sepulcro anhelado, por avisarme que serás mi refugio más fiel”.

1748. ANTES DE LLEGAR AL PUENTE

La experiencia existencial de cada quien es, en el curso de la vida, una colección de imágenes que parecen brotadas de las manos de diversos artistas, algunos muy experimentados y otros inmaduros. Las imágenes que pertenecen al inicio de la vida son, como es natural, las más entrañables, sea que recojan testimonios inspiradores o que reflejen vivencias lacerantes. Las dos primeras imágenes guardadas en la memoria de aquel hombre que parecía ajeno a toda aventura imaginaria eran un puente de madera sobre un pequeño río y los rieles de una vía férrea detenida en el tiempo. Las guardaba como un tesoro secreto. Nunca trató de desentrañarlas. Hasta que una vez un psíquico a quien conoció por casualidad le dijo sin que él le preguntara nada: “Vas a cruzar un río sagrado antes de encontrar la estación por donde pasa el tren de tu destino”.

1749. DON TOÑO Y SU GUITARRA

Algunas noches de cielo despejado se escuchaba en la vecindad inmediata un hábil guitarreo unido a una voz de tenor entusiasta. Boleros y tangos de otras épocas eran lo esperable siempre, pero en aquel atardecer de atmósfera transparente se estaban colando melodías desconocidas. El espectador invisible se animó a acercarse al sitio donde don Toño, el jefe de la estación del ferrocarril de Oriente, revivía su concierto espontáneo sin auditorio. Llegó hasta la puerta de la oficina del jefe. Todo en ruinas, salvo la voz y la guitarra, que son eternas.

CIUDADANÍA FANTASMAL (19)

NOCHEBUENA CON ALAS

En aquella zona cuyo crecimiento urbanístico había venido expandiéndose en forma acelerada, porque cada nuevo proyecto era un estímulo para otras iniciativas cada vez más ambiciosas, la presencia del palacio en ruinas ya no despertaba preguntas que no fueran las vinculadas a la atracción turística. Hasta que llegó aquel joven investigador que se había vuelto viajero impenitente. Vio una imagen del palacio abandonado en una de esas entregas casuales de Internet que se anuncian con títulos como “Las 10 obras olvidadas que nunca vas a olvidar”. Y desde que vio la fotografía del palacio sintió una atracción nostálgica de origen ignorado.

Sin pedirle permiso a nadie –porque en verdad no había nadie a quién pedírselo–, se instaló en el lugar con todas las carencias e incomodidades imaginables; pero para él era el acomodo ideal. Y el culmen de tal sensación llegó en la víspera del día de Navidad. Unas personas que nunca había visto por ahí llegaron como él, sin pedirle permiso a nadie, a hacer arreglos de ocasión. Concluyeron en un dos por tres: el interior del palacio en ruinas parecía de pronto un espacio ultramoderno con vitrales nocturnos y paneles solares.

Él observaba atónito y conmovido. En el centro, un pesebre de cristal, un buey de plástico y una mula de musgo, unos corderos sonrientes, una pareja humana sobrehumana y un recién nacido bordado de luces cálidas.

Se arrodilló y cerró los ojos. La fantasía perfecta. Y al pensarlo todo aquello empezó a flotar mientras los campanarios le daban la bienvenida a la medianoche.

MISTERIO DE DOMINGO

Cada semana le resultaba un repertorio de sensaciones diferentes. Algunos de sus allegados lo consideraban un excéntrico de los de siempre; otros destacaban su condición de millennial característico; y no faltaban los que le ponían la etiqueta de la inadaptabilidad consentida. Y en realidad lo que le otorgaba sello realmente individual era esa tendencia a cerrar capítulo cada día, como si el vivir fuera un conjunto inagotable de gavetas con vida propia.

Bueno, pero él guardaba un enigma que nunca había compartido con nadie: si los días de la semana dedicados al trabajo mostraban esa variedad imprevisible, cada domingo, por riguroso contraste, era exactamente igual a todos los anteriores, desde que tenía recordación vivida.

Le tocaba convivir con aquella dualidad, que de seguro era producto de un juego atrabiliario de los genes. Estaba resignado a ello cuando aquel domingo recibió un mensaje por WhatsApp: “Somos tus domingos, y queremos proponerte un trato: nosotros te dejamos en libertad de hacer lo que te venga en gana y tú nos permites entrar de incógnito a monitorear tus otros días… Dando y dando”.

–Acepto –respondió sin titubear.

Desde ese momento su vida cotidiana pareció entrar en zona imprevisible. En su mente menudeaban los escombros, inocentes o inquietantes. Su semana se había vuelto un revuelo sin asideros posibles. Sólo le quedaba clamar, memoria adentro:

–¡Domingos ausentes, devuélvanme mi equilibrio intemporal!

UN ROSTRO BAJO EL AGUA

Los moradores de aquella zona costera observaron con disimulada curiosidad que alguien totalmente ajeno al lugar había llegado a instalarse en una cabaña de los alrededores inmediatos. Era un hombre con planta de inmigrante, que de seguro estaba arribando al punto medio de la adultez. De porte atlético y de movimientos notoriamente ágiles, andaba por los distintos espacios de la zona como si estuviera trazando un plano de detalles.

Un día de tantos lo vieron acercándose a aquel rincón de la playa que parecía un muelle natural; y durante varias horas el recién llegado enigmático no apareció por ninguna parte. No era inusual que cosas como ésa pasaran en el ambiente de tierra y mar, y por eso nadie se dio por advertido.

Pero no sólo pasaron las horas, sino que también lo hicieron los días. Y ya cuando el tiempo mandaba señales, los lugareños empezaron a darse por aludidos:

–Hay que averiguar qué le pasó al desconocido. Démosle parte a la patrulla.

Los agentes llegaron a hacer la investigación, pero antes de que comenzaran uno de los lugareños se asomó a la superficie del agua, en aquel momento en perfecta quietud, que no era normal en una orilla marcada por el oleaje.

–¡Miren, ahí está!

Todos se amontonaran para dirigir las miradas al sitio que el lugareño indicaba con su dedo extendido. Y sí, ahí estaba, reposando en el interior, como si gozara de una quietud largo tiempo anhelada. Los agentes procedieron de inmediato a recuperar el cuerpo. Y cuando lo sacaron a la superficie, él reaccionó contra todo pronóstico:

–¿Qué hacen? ¿Por qué arruinan la tranquilidad de mi sueño? Perdonen, voy de vuelta…

Y se lanzó al agua con voluntad inapelable.

HOTEL MILAGRO

No se trataba de una vacación cualquiera, pues lo que ellos tenían pensado era utilizar aquellos pocos días de libertad expansiva para recuperar el tiempo perdido. Perdido en lo de siempre: las ansiedades, los disimulos, los miedos, las indiferencias… Necesitaban, pues, perder el tiempo en algo que les produjera ganancias íntimas, como la luz al aire libre, el amor en sábanas olorosas a lumbre, la nitidez de los alimentos verdaderamente naturales y el agua friolenta en las pozas alimentadas por los torrentes que bajaban de la montaña…

La zona escogida fue un collar de colinas en las que sólo anidaban aldeas. Y el lugar de estancia salió al azar: acudieron a Trivago y cuando tuvieron la lista de los albergues posibles hicieron una especie de juego mecánico con los nombres recogidos. El que resultó ganador fue aquél que parecía un mensaje de origen superior: Hotel Milagro.

En cuanto arribaron se dieron cuenta de que el nombre encerraba algún misterio, porque se trataba de una edificación de carácter estrictamente urbano escondida entre la vegetación completamente rustica. Se instalaron en una pieza del tercer piso, que era una azotea techada. Y cuando vieron hacia afuera se dieron cuenta de que el paisaje era muy distinto al que recorrieran para llegar. Cabañas de piedra, montículos resecos, una muralla que lo aislaba todo, y en el centro un monasterio con torres emblemáticas.

Se abrazaron con la emoción de los recién llegados. ¿Qué les esperaba ahí? Quizás el Destino vestido de morador antepasado, de labrador anónimo, de guerrero en retiro o de monje listo para salir al mundo…

ERROR SOBREHUMANO

Tenía ganas de escribir algo sobre su más reciente experiencia con las sombras del alma, aunque no hallaba por dónde empezar. Esa tarde, mientras la luz solar se iba despenicando en lamparones resignados, tomó su láptop y se fue a la terraza más alta del edificio donde vivía desde no hacía mucho tiempo, luego de su reclusión autoimpuesta por razones anímicas.

El espacio abierto parecía, en el primer instante, una inmensa lámina con vocación de infinito. Eso le produjo a la vez ansiedad e ilusión. Se ubicó en una especie de pestaña que estaba junto al borde y comenzó su tarea narrativa. De pronto sintió que no había nada que narrar: todo era presencia en vivo, en la que se confundían su propio ser y el ser del aire.

Entonces se incorporó, dio un paso hacia el borde y extendió los brazos. Una ráfaga sorpresiva fue la respuesta. Y él se desprendió de la superficie sólida para rodar hacia abajo. Tuvo tiempo de pensar: “¿Dónde están mis alas?” Su láptop iba detrás de él, y su actitud sí parecía ser la de una figura voladora. Él trató de aferrarse a ella con un gesto desesperado, pero ya era muy tarde para ello porque el suelo implacable estaba esperándolo.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (212)

1734. COMPAÑÍA INSOSPECHADA

Estaban a punto de iniciar la vida en común, y lo primero era encontrar dónde vivir. Como el día del enlace se acercaba a toda prisa, tuvieron que ir a ver opciones de vivienda disponibles a los lugares aledaños. Ninguno les satisfizo, por x o por y razones. Entonces hubo que buscar más lejos, aunque fuera en los caseríos vecinos. Así llegaron a aquella vivienda más grande que lo común en la zona, pero también con más señales de abandono. La tomaron sin más, y en muy poco se hallaban instalados ahí. La primera noche ya casi concluía, y de pronto algo los despertó. Era un revoloteo ansioso. La ventana que daba hacia afuera se abrió de golpe y la bandada de zanates se fue sobre ellos, pero no en son de ataque. Era el retorno al hogar recién invadido por sus antiguos moradores, aunque fuera para compartirlo.

1735. LA VERDADERA VOCACIÓN

Era diplomático de carrera, y todas sus emociones estaban marcadas por ese título. El destino específico no le pertenecía, porque la burocracia tiene su propia lógica, pero hasta aquel momento ninguno de sus destinos parecía haber sido casual. Ahora, para el caso, estaba destinado a un país que costaba identificar en el mapa. En cuanto llegó tuvo un golpe de intuición: aquel sería su destino final. ¿Y qué era lo que le motivaba tal sensación? Instintivamente alzó la mirada hacia los cerros vecinos y hacia los nubarrones que los coronaban. Y a partir de aquel momento se volvió peregrino por los alrededores enmontados. No tardó en renunciar al puesto, para quedarse haciendo vida monástica en algún bosque vecino. Los lugareños lo conocían como “el extranjero feliz”. Él sonreía. Era la diplomacia del libre sueño.

1736. NOCTURNO SERVICIAL

Era ya un hombre mayor, que deambulaba con frecuencia por aquella zona de la ciudad. Esa tarde, ya cuando la luz iba quedando exhausta, pasó frente al lugar que todos los transeúntes evadían, pero que a él le produjo de pronto una atracción casi voluptuosa. Entró, y el empleado que atendía se le acercó de inmediato: “¿Busca algo en especial, señor? Tenemos para todos los gustos y tamaños” Él lanzó una mirada en torno, y sin dudar apuntó hacia una esquina: “Aquél”. “¿Va a llevarlo? Dígame a dónde se lo enviamos”. ” “Me voy con él”. Pagó y se alejó un par de pasos. Luego sacó de una de las bolsas de la chaqueta el instrumento insospechado. Sonó el disparo y la bala se le alojó en la sien. Sí, era una venta de ataúdes, y él acababa de elegir el suyo. La noche recién llegada lo tenía a él entre sus brazos.

1737. DOCTORADO EN LÍNEA

En aquella zona suburbana, extendida sobre promontorios rocosos, todas las posibilidades de ir al encuentro de un mejor futuro tenían la misma condición del terreno. Al fondo de la parte urbanizada había un paredón que parecía el mural de los imposibles, porque escalarlo hubiera sido una hazaña inverosímil. Casi al haz de dicho paredón se hallaban las tres viviendas más remotas, en las que vivían tres hermanos labradores. Sus hijos habían ido a la escuelita más cercana, y hasta ahí; pero el más pequeño de ellos mostraba una ilusión fuera de contexto. Le preguntaron: “¿Qué querés ser cuando seás más grande?” “¿Yo? Doctor en el arte de convertir las piedras en monumentos”. Nadie entendió. Aquel niño quizás estaba norteado. Lo llevaron a la clínica vecinal. Y el diagnóstico fue: “Déjenlo estar. Pura inocencia”.

1738. HÍPSTER Y MILLENNIAL

Atardecía, y él llegaba a su sitio más frecuentado. Pidió, como siempre, cerveza artesanal y se dedicó a engullir comida estrictamente vegana. Estaba ahí haciéndose sentir sin pretenderlo, con su atuendo exótico y su sombrero de alas anchas, que le hacían parecer un turista de origen no identificable; pero todos los que pasaban a su alrededor lo saludaban con familiaridad, hasta el punto de darle palmadas en los hombros y de hacerle señales de complicidad contemporánea. Iba ya a concluir sus raciones bebibles y comestibles, y entonces cerró los ojos y se quedó en suspenso. El bullicio del salón y la animación de la calle desaparecieron como por encanto. Al abrir los ojos, ya era de noche. El hípster era ahora un millennial con pinta de ejecutivo en cierne. Y todo en uno, como en los milagros de antes.

1739. KING SIZE

Ya en la adolescencia sus modos y sus reacciones le pusieron la viñeta de “muchacho problema”. Los padres empezaron a temer que los trastornos del ambiente lo pusieran en peligro, e hicieron todos los esfuerzos posibles para que entrara en un internado religioso. Él se avino sin resistencia ni protesta. Ya ahí, el efluvio de la fe le fue invadiendo todas las estancias de la conciencia. Pensaron que era vocación sacerdotal, y en esa línea empezaron a tratarlo. Él no se dio por aludido. Y llegado el momento, ya para concluir sus estudios medios, se explicó, con una sonrisa a la vez provocadora y condescendiente: “Mi destino es king size, y así voy a vivirlo, en la libertad de lo desconocido. Ya probé el encierro creyente, y ahora voy hacia la claridad sin ataduras. Si quieren encontrarme, búsquenme en la vibración del aire…”

1740. FAMILIA PROPIA

Necesitaba casa propia porque estaba a punto de formar familia propia. Y como sus recursos habían sido siempre escasos, tuvo un golpe de intuición: se iría a vivir al viejo centro histórico de la ciudad, prácticamente abandonado desde los inicios del gran conflicto interno. En aquella zona céntrica menudeaban las edificaciones casi en ruinas. Y como no quería ser un “okupa”, se las ingenió para buscar al dueño: esa  anciana que se hallaba recluida en un hospital público de mala muerte. “¿Cuánto me costaría el alquiler, señora?” Ella lo miró como si él fuera su ángel de la guarda: “Le costaría venir a verme con los suyos por lo menos una vez por semana. ¿No es mucho?” Él le acarició la frente arrugada con la mano áspera. Trato hecho.

1741. A FUEGO MANSO

Todo comenzó con tímidas sonrisas y miradas que de inmediato volvían hacia otra parte. Al fin llegaron las palabras, apenas emergentes del susurro. Fueron descubriendo así que sus reacciones mostraban la misma sintonía. Y cuando llegó el momento de decidirse, ya prácticamente todo estaba acordado. En la ceremonia no hubo el tradicional “sí”: bastó el gesto afirmativo de cabeza por parte de ambos. Temprano partieron hacia su noche de bodas. El lecho los acogió con serenidad atípica. Se durmieron abrazados, sin más. ¿Qué pasó después? El fuego sonreía.

HIDROPONÍA MÁGICA (1)

PETICIÓN ANSIOSA

Su última voluntad fue que lo enterraran en la arena espumante, para no exponerse a padecer el calvario de la semilla.

FUERZA DE VIDA

Ahí estaba el retrato. En la completa oscuridad. La figura del retrato respiró fuerte. Extendió una mano fuera del cuadro. Todo tembló a su alrededor. A la mañana siguiente, el museo en ruinas arropaba el misterio del primer escapado.

SECRETO ASTRAL

La Luna también miente.

ANTE LA LEY

–¿Lugar de origen?

–La Atlántida.

–¿En qué país?

–En un libro.

–Hablo en serio, señor –dijo el agente de migración, en tono reprensivo.

–Yo también. Aquí está el libro, mire –dijo el inmigrante, dejando su pecho al desnudo.

CONSECUENCIA SIMPLE

Si las piedras hablaran… los pétalos tendríamos que callar.

SANTO REMEDIO

Da asco morir. Muramos para curarnos del asco.

ESA OTRA LIBERTAD

Ella Fitzgerald se encuentra con Bing Crosby en una esquina brumosa del Más Allá.

–¡Aprovechemos para cantar juntos a capella!

–Sí, porque va a ser una experiencia perfectamente íntima, ya que aquí todos son sordos.

TIENE SENTIDO

El Milenio, como todo recién nacido, llegó llorando.

ESTO LO PRESENTÍAMOS

La Creación habla sola.

ARGUMENTO EN MARCHA

Teatro Kodak. Noche de entrega de los Premios Oscar. Es el instante en que se anunciará el Oscar para el mejor actor:

–And the Oscar goes to…

Apagón total. Silencio absoluto. Una risa tenue y malévola se va animando al fondo. El aroma azufrado empieza a invadir el ambiente…

VÉRTIGO FOLIAR

Es lo que sufrieron los árboles del Paraíso Terrenal cuando éste se quedó deshabitado de repente.

FRENTE AL OTRO HORIZONTE

La caravana venía de lejos, de tan lejos que ya había perdido toda memoria del origen. A medida que sus integrantes avanzaban, los días iban haciéndose más largos y las noches más cortas. Y así llegaron a aquel acantilado desde el cual estaban viendo por primera vez el horizonte que se les presentaba de pronto como la consumación de su búsqueda. Sorpresa inmemorial:

–¿Qué hacemos aquí, mientras la vida continúa?

Y esa pregunta fue un clamor que les devolvió a los peregrinos su condición de eternos caminantes.

JARDÍN CON ALAS

No, no es el Jardín del Edén, porque ése quedó exhausto para siempre en brazos de la Providencia desconcertada.

EN OTRO PLANO

El cristal de la ventana se nubló de repente, como si adentro la temperatura fuera cálida y en el exterior soplaran ráfagas tiritantes. Entonces la habitación recuperó su naturaleza originaria: era un templo clandestino para los ausentes que se animaban a volver como almas en pena.

FRAGANCIA BIENVENIDA

–¿Me reconoces?

–Sí, eres la primera rosa que recuerdo.

–¿Y qué se hizo aquel jardín?

–Está dentro de mí, y te he esperado siempre para que me guíes a encontrarlo.

EN CUESTIÓN DE MINUTOS

Se abrió de nuevo el portón de la Ciudad Sagrada y los devotos recién llegados salieron en estampida hacia sus predios baldíos originarios.

PREGUNTA INNECESARIA

–¿Quién es el indigente que duerme a la par de ese piano abandonado?

–¿Y quién va a ser? El fantasma de Agustín Lara, que quisiera revivir su noche de ronda…

SERVICIO DE LIMPIEZA

La tormenta de anoche es ahora un reguero de cristales rotos. Que venga la aurora diligente a recogerlos.

EL BUEN VECINO

Sólo se hace sentir cuando una luz desconocida merodea por los alrededores.

HOLA, SHAKESPEARE

¿Ya recordaste el correo electrónico de Hamlet?

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (211)

1726. ESTÁBAMOS EN VELA

El tren se detuvo en su lugar de llegada, que era un bloque de tablones antiguos. Parecía que todos habían descendido, y la máquina iba a ubicarse en el puesto de espera antes de la siguiente travesía. Ya se hallaba detenida cuando uno de los encargados de revisar carro por carro antes del simulacro de limpieza se percató de que había alguien acurrucado en uno de los asientos posteriores, y que fácilmente hubiera podido confundirse con un bulto cualquiera. Se acercó y sacudió suavemente lo que estaba ahí. Entonces la envoltura pareció disiparse y lo que apareció fue una pareja abrazada. “Jóvenes, ya llegamos a destino. Tienen que salir. No pueden seguir durmiendo”. Ambos se rieron: “¿Durmiendo? ¿A quién se le ocurre? Vamos a seguir despiertos hasta el final…” El empleado quiso tomarlos para que se incorporaran, y así se percató de que no eran cuerpos sino imágenes…

1727. LOS TIEMPOS HABLAN

Cuando llegó a la edad de tomar decisiones existenciales de futuro, dispuso incursionar en la política, de seguro por efecto de sus antecedentes familiares, ya que su bisabuelo, su abuelo y su padre habían estado en ese campo, aunque sin llegar a posiciones preeminentes. Él quería trascender la tradición, y por eso apostó desde el principio al nivel superior. Estaba por decidirse la candidatura presidencial para el próximo período, y su apuesta parecía contar con apoyos suficientes. La Convención definitoria llegó con todas las de ganar, pero sin anuncio previo apareció un competidor insospechado. Fue un giro intrépido y avasallador. Ganó el recién llegado, que tenía planta de profeta millennial. Él, aunque era de edad semejante, mostraba figura tradicional. Entonces entendió el mensaje, y se fue a correr mundo como político de mochila.

1728. HAY QUE SEGUIR EN RUTA

Al concluir la función, los ecos de aquella canción emblemática lo fueron persiguiendo por las calles oscuras y desiertas. Por enésima vez se encontraba con Ingrid Bergman y con Humphrey Bogart en un lugar arreglado para el ensueño nostálgico, y ahora que estaba a la intemperie lo sentía con poder insospechado. De pronto, vio muy cerca el rótulo de una taberna abierta y hacia ahí se dirigió. Cuando vio el nombre del lugar, el ánima le dio un vuelco: “Rick´s Café”. ¿Dónde se hallaba, entonces? ¿En una calle de los alrededores del Cine Apolo en el centro de San Salvador o en un callejón de Casablanca, en el Marruecos de la Segunda Gran Guerra? No quiso salir de la duda y pasó de largo. Desde algún piano próximo e inaccesible, la voz de Dooley Wilson seguía cantando “As time goes by”, hasta el fin de los tiempos. Invitación sin fin.

1729. COMPLICIDAD DEL AIRE

El otoño empezaba a hacer de las suyas, y aunque aún faltaban muchas semanas para llegar al límite con el invierno, ya los árboles de los entornos mostraban las señales de su transfiguración climática. La joven regresaba a su apartamento en la calle 78 luego de la jornada de trabajo en el estudio de Stefan. Se entrenaba para ser modelo de pasarela, y sus movimientos espontáneos ya respondían a tal condición. Cuando llegó a su pequeño ámbito privado tuvo el impulso inmediato de salir en busca de algún espacio donde la libertad de movimientos pudiera expresarse. Subió al piso más alto, que era común, y ahí se despojó de toda su vestimenta y subió al borde de la construcción para caminar como si lo hiciera en la soledad de su antigua campiña. Los espectadores comenzaron a reunirse abajo. Era un espectáculo del momento. Sería viral en las redes.

1730. EN EL QUATORZE BIS

Había conseguido puesto de mesero en un restaurante bastante notorio ubicado en la Calle 79, entre la Primera Avenida y la Segunda. Lo que más le atraía de aquella actividad era que podía relacionarse con los clientes, aunque fuera de modo estrictamente circunstancial. Así, aquel mediodía de sábado llegó un señor solitario y fue a ubicarse en una de las mesas rinconeras, junto al cúmulo de fotografías de personajes que habían estado ahí en algún momento. Él fue a atenderlo; y en cuanto llegó con el menú, el cliente lo abordó con una pregunta inesperada: “¿Verdad que aquí hay un vino que es más solicitado en Champs-Élysées?” El mesero le respondió con naturalidad, como si supiera lo que respondía: “Así es, señor. Puede comprobarlo”. Y cuando le llevaron aquel Pinot-Noir de Oregon, el cliente reaccionó: “Hoy la magia del vino también es global”.

1731. CLAVE DE DESTINO

Haberse conocido con muchos espacios abiertos parecía la mejor señal para una relación con horizontes. Fue amor a primera imagen, o al menos atracción a primer contacto. Un contacto de manos tímidas que se reflejaba de inmediato en el brillo de los ojos. Vivían en zonas diferentes del espacio urbano, y por eso sólo coincidían cuando las respectivas jornadas lo posibilitaban. Con el paso de los días, la relación se fue haciendo cada vez más estrecha, hasta que llegó el momento de la primera verdad. Se fueron a un motel exclusivo, para estar seguros. La claridad solar era espléndida, pero en aquel cuarto reinaba la penumbra. Ella, antes de todo, quiso conocer la identidad de su pareja incipiente. “¿Qué te pasa, Justin? ¿Tienes miedo?” “¿Miedo yo? ¿Y a qué cuerpo voy a tenerle miedo si trabajo en una morgue?”, respondió él con sonrisa malévola.

1732. CÍRCULO VIRTUOSO

Originalmente se llamaban Catalina y Jaime, pero hoy todos los que les rodeaban los conocían como Katie y Jamie. Eso les daba el crédito verbal de que en verdad habían emigrado para instalarse en un ambiente distinto, en el que sobre todo las palabras tenían otro sello. Y en algún momento se encontraron en aquel bar se suburbio, que era el mejor refugio para una noche de sábado sin planes alternativos. Hablaron de los temas se siempre, que estaban inevitablemente vinculados con las contingencias de la adaptación. La noche le iba dando paso a la madrugada, con todos los destellos que eso traía consigo. Y de pronto se hallaron en una especie de antesala imaginaria, y por eso mucho más vívida que todo lo que les rodeaba. Él extendió su mano y tomó la de ella. “Por fin te reconozco, Catalina”. “Y yo a ti, Jaime”. Y el beso tuvo sabor inmemorial.

1733. CAMARADERÍA MÁGICA

El crepúsculo iba dibujándose en el aire como si un artista feliz moviera sus pinceles para inventar nenúfares en el estanque imaginario. Enfrente vivía él, un ciudadano común con destino inconfesado. Aquella tarde le había puesto fin a su trabajo en la sastrería aledaña y se disponía a tomar una larga vacación sin ingresos. Cerró la ventana y se fue a su catre, no a descansar, sino a soñar. Y en cuanto estuvo ahí, se dijo: “Si el crepúsculo puede, ¿por qué yo no?” Y todas las luces del entorno llegaron de inmediato a darle ánimos: “¡Te ofrecemos nuestro estanque, Monet revivido!”

CIUDADANÍA FANTASMAL (19)

CUANDO VINO EL OLEAJE

El pequeño velero atracó en el muelle cuando apenas estaba por amanecer. De él desembarcaron unos cuantos pasajeros y unos pocos tripulantes. La embarcación se quedó sola, de seguro a la espera de iniciar la próxima travesía.

Las horas fueron pasando, y nadie se acercaba a hacer los preparativos para salir del puerto. Los tripulantes no aparecían y los nuevos pasajeros tampoco. Entonces el velero comenzó a hacer movimientos por su cuenta. Las velas aletearon y todas las cuerdas empezaron a temblar.

De repente unos pasos en carrera se hicieron sentir sobre las tablas descuidadas del muelle, y apareció sin saber de dónde aquel adolescente vestido con traje de capitán. Subió a toda prisa por la estrecha escalera habilitada, cuando todo se hallaba listo para la partida.

En el momento en que la nave se había desprendido del muelle e iba hacia adelante llegó la tripulación y se quedó agrupada, observando, como si no fuera la primera vez que eso ocurría. Las velas agitadas decían adiós con ilusión adolescente, y el capitán, que lo era, subido en un mástil, alzaba los brazos como si no necesitara agarrarse de nada. El oleaje iba despertando, y esa fue la señal: el velero empezó a levitar sobre las aguas, y una orquesta de otra esfera alzó sus armonías en saludo al capitán recién llegado, cuya ilusión más antigua zarpaba sin tardanza…

WHATSAPP AMANECIENTE

“¿Por qué te llamás Alondra?”, le preguntó mientras salían del instituto nacional en el cual ambos estaban iniciando su educación media. Era el primer día de clases, y ellos dos se acababan de ver por primera vez en el aula, mientras alguien pasaba lista. Venían de zonas distintas de los alrededores, pero de inmediato sus sensaciones existenciales habían hecho clic.

En los meses siguientes la común adolescencia se hizo sentir como un enlace de destellos, que por su propia naturaleza pronto fue perdiendo fuerza, hasta que aquella tarde en que, mientras ambos tomaban un refresco energizante en una refresquería cercana, una especie de modorra desconocida comenzó a invadirles las incipientes conciencias.

Concluyeron la bebida y se despidieron sin mayor efusión. Se fueron directamente a sus respectivas viviendas, con la compartida sensación de que algo les había llegado al estilo de los virus invasores. Los iPhones se hallaban en silencio. Señal extrema. Ninguno de los dos quiso tomar bocado. Ambos les dijeron a sus padres: “No me pasa nada, sólo que no tengo hambre, quiero descansar”. Pero no pudieron dormir. Era como si cada uno esperara una señal salvadora. Noche en vela, por primera vez. Y ya cuando la claridad empezaba a asomar, él tomó la iniciativa. Ahí estaba el iPhone. Y sin pensarlo le envió a ella su mensaje:

“Por ti voy a cambiar de identidad: desde este instante me llamo Jilguero, y así estaremos en perfecta armonía”.

La respuesta fue un suspiro que de seguro quería decir: “Gracias, destino, por venir”.

DORMIR HASTA OTRO DÍA

Nos fuimos a veranear a una costa ignorada, porque no queríamos estar en ningún bullicio turístico, sino en la anónima soledad. La playa en ese lugar era una interminable franja de arena rústica, y en los alrededores había una sola posada, a la que sólo acudían lugareños. Cuando llegamos con nuestros bártulos estrictamente necesarios, el de la recepción nos preguntó:

–¿Vienen a pernoctar o vienen a quedarse?

En aquel instante no hallamos qué responder, hicimos un gesto indefinido y solicitamos una habitación sin ventanas hacia afuera. El empleado nos miró con sorpresa, sin decir nada, y nos envió al único lugar que se acercaba a nuestra petición. No había ventanas, pero sí un tragaluz en el techo de madera sin trabajar. Ahí nos acostamos a dormir, con el arrullo del oleaje haciendo giros en el silencio.

A la mañana siguiente despertamos sin saber dónde estábamos. Lo que hicimos entonces fue volver las miradas hacia el tragaluz, y así descubrimos que éste se había expandido hasta dejarnos ver el cielo abierto. El oleaje ya no enviaba ningún sonido. ¿Sería acaso que el cielo y el mar se habían fundido en su alianza originaria? Nos abrazamos y nos dejamos llevar por el mismo impulso. Y si el empleado de la recepción hubiera estado ahí le hubiéramos podido responder:

–Venimos a quedarnos, pero no aquí, sino en el principio de los tiempos.

LIBERACIÓN CERRADA

De niño leer e imaginar eran sus diversiones favoritas. No le gustaba andar en bicicleta ni hacer deportes, y mucho menos pasar inmerso en las imágenes de un teléfono de última generación. En su familia lo miraban como si fuera un enigma, y él lo tomó en serio.

Ahora era adolescente, mañana sería adulto joven y pasado mañana sería adulto mayor. Y así las etapas van poniendo su propia nota. El adolescente se había vuelto deportista y la Internet era su amiga favorita. ¿Cuánto duraría aquel tránsito? No había cómo saberlo, pero de repente empezó a sentirse un hombre en toda su dimensión. ¿Sería que la adultez estaba invadiéndolo con aceleración imparable? Las canas comenzaron a aparecer. Fue a buscar ayuda profesional, y una señora vecina que tiraba las cartas del tarot acaso podría auxiliarlo:

–Amigo, tu tiempo se acaba. Vas para el más allá.

–¿Y ahí qué me va a gustar?

–Leer e imaginar como al principio.

–¡Qué ilusión, voy a cerrar mi círculo virtuoso!

MUTACIÓN EN EL VITRAL

En aquella zona ubicada en uno de los más remotos rincones rurales no había comercios establecidos, y el único proveedor identificable era don Segismundo, que cada semana recorría los lugares de su escasa clientela lugareña, repartiendo lo usual. Conocía todas las casas y a todos habitantes, desde siempre. Y como no era un destino para llegar a vivir, el vitral de los residentes se mantenía intacto. Por eso aquel día, al tocar una puerta, lo que apareció lo dejó boquiabierto.

–¿En qué le puedo servir, señor? –le preguntó la persona que acababa de abrir.

–Soy Segismundo, y la vez anterior que pasé eran otros los que habitaban aquí.

–Quizás se ha confundido, porque yo hace mucho que vivo en esta casa.

–Perdone. Pero dígame una cosa: ¿Cuál es su nombre?

–Me llamo Segismundo, y soy distribuidor de productos…

Cuando lo dijo, algo les impulsó instantáneamente a mirarse a los ojos. Al hacerlo se les abrieron las cortinas del subconsciente.

–¡Bienvenido, mi otro yo! –exclamaron al unísono.

Se estrecharon en un abrazo, y desde ese instante las identidades compartidas les hicieron la vida más fácil y llevadera.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (210)

1718. EN LOS DÍAS QUE VIENEN

Fue a buscar en la Internet el pronóstico climático de los días siguientes, para hacer sus planes hogareños. Decían que venía una intensa tormenta tropical y que las condiciones serían de cuidado. Se aperó para que en la casa no faltara nada de lo indispensable. Su esposa, que nunca había sido muy cuidadosa al respecto, le hizo la pregunta de siempre: “¿No se te olvidó nada de lo que vamos a necesitar?” Y él le devolvió la pregunta con intención: “¿Y qué es lo que vamos a necesitar?” Ella sonrió con el ceño fruncido: “Lo veremos en los días que vienen…” Se quedaron esperando que llegara el momento; pero como ahora es tan común, la advertencia atmosférica se quedó en palabras. Llegaron los días, pero no llegó la turbulencia anunciada. La pareja se miró a los ojos. Y los dos pensaron: “Esperemos que la tormenta no vaya a venir por dentro…”

1719. ENTRE COLINAS

Era, sin duda, el habitante más próspero del lugar, porque su empresa ecológica no sólo tenía despliegue nacional sino que se hallaba en plena expansión internacional. ¿Y de dónde partía ese éxito? De una idea que por mucho tiempo pareció simplemente poética, pero que de pronto empezó a ser claramente pragmática: el vínculo sensible entre la Naturaleza y la vida. Lo que los vecinos del entorno no acababan de entender era por qué aquel empresario que tenía todas las posibilidades de vivir en Nueva York, en Londres o en París seguía en su aldea originaria, como todos los que no tenían otra opción., y además en su misma casita de siempre, la que construyeron sus antepasados con lodo y madera. Alguien se animó a preguntárselo, y él respondió sin vacilar: “Porque me enseñaron a ser agradecido, y mis maestras originarias fueron y siguen siendo estas colinas”.

1720. LA ESTRELLA EN PERSONA

Soñó siempre con ser un emprendedor triunfante, y ese propósito vivo se le convirtió en luminaria de su atmósfera existencial. Como había estado desde el principio inclinado fervientemente a los quehaceres espirituales, lo que emprendió fue una consejería virtual para los que anhelaban superarse desde el fondo de ellos mismos. Pasaba todo el día en la habitación más escondida de su vivienda, atendiendo consultas. Era el contraste pleno: la penumbra de su refugio y la iluminación de su alcance laboral. Y así fue quedando suspendido en el puente colgante de sí mismo, sin salir al aire ni en lo claro ni en lo oscuro. Pero aquel atardecer, un impulso súbito le hizo buscar un tragaluz. Se alzó hacia él, y ahí estaba ella, la más brillante estrella imaginable. Anuncio de liberación desde lo más escondido de su ser hasta lo más libre de su infinito.

1721. EN CUESTIÓN DE MINUTOS

El vuelo saldría del Aeropuerto JFK de Nueva York a la hora señalada, porque no había ningún anuncio de retraso. Ella estaba lista desde hacía por lo menos tres horas, como era su costumbre. Se hallaba en el Swiss Lounge, aguardando el momento, con su jugo de tomate, su platito de fruta y su cruasán sencillo. Allá al fondo, el día ya mostraba su vitalidad soleada. Sacó de la maleta de mano su cuaderno íntimo y se dispuso a anotar las sensaciones del momento. El iPad, que estaba también ahí, no era su favorito. Fueron pasando los minutos, y cuando vio el reloj de puño se dio cuenta de que la hora del abordaje había sido sobrepasada, sin que se hubiera dado cuenta de ningún llamado. Se fue rápidamente a la puerta de embarque. Nadie, ni destino en la pantalla. Le preguntó a alguien. Respuesta esotérica: “Dentro de unos minutos, que pueden ser siglos…”

1722. EL CRISTAL VAGABUNDO

El recluso liberado condicionalmente por buena conducta en la cárcel donde fue recluido por muchos delitos no sangrientos salió a la luz del día como un fantasma sin destino identificable. No tenía familia directa, porque su grupo familiar inmediato había emigrado hacia el Norte, y no había parientes que quisieran acogerlo. Lo único que quedaba era ambular por donde se pudiera. Recordó entonces sus antiguas habilidades artesanales, y se fue a un taller a buscar trabajo. Pronto se dio cuenta de que podía laborar por su cuenta, y así lo hizo. Armó, como pudo, su tiendita propia, y empezó a crear en vidrio. Vendía lo suficiente para sobrevivir, pero de pronto comenzó a sentir que se hallaba recluido de nuevo. Entonces optó por ser indigente en calles y caminos. Libre de nuevo, aunque la necesidad le apretara las costillas.

1723. EN EL LUGAR PRECISO

Todas las áreas abiertas del restaurante volcaneño daban hacia un paisaje expandido hacia el horizonte donde había cerros y volcanes y un amplio lago. Era la primera vez que salían a departir juntos, y él había escogido aquel lugar sin consultarle a ella, tratando de sorprenderla animosamente. Cuando estuvieron ubicados, y una vez que el mesero les dejara las cartas del menú, él le preguntó a ella: “¿Te gusta el lugar? Si no, podemos buscar otro…” “No, estoy bien, sigamos aquí…” Como sólo ellos estaban, el silencio era total. El menú tenía carácter lugareño, y ellos pidieron con cautela. Lo hicieron bien, porque después de los primeros bocados los ánimos se distendieron. Y ya al final, con dos pequeños tequilas enfrente, se tomaron de las manos y se vieron a los ojos. Mutua declaración impecable. La ráfaga de brisa entraba a abrazarlos.

1724. ELSA Y JULIO

Ella llegó ya de noche, porque su vuelo arribó tarde. Él había cenado en solitario y luego se fue a su habitación del hotel El Salvador Intercontinental. La atmósfera del lugar rebosaba tranquilidad; pero en algún momento comenzaron a sonar los petardos voladores. Ni ella ni él tenían idea de lo que estaba pasando, pero los estruendos conmemorativos de algo les hicieron encontrarse en la barra del bar. “Hola, al fin nos vemos de nuevo…” Y en ese instante apareció un trío y comenzó a cantar “Flor de Azalea”, que ella recibió con humedad en los ojos. Eran las voces de los Hermanos Cárcamo. Al día siguiente comenzaría el rodaje de “Sólo de Noche Vienes”, en la ciudad o en la montaña. ¿Qué año era, entonces: 1965 o 2018? Una voz por el micrófono le cerró el paso a cualquier respuesta: “¡Bienvenidos, Elsa Aguirre y Julio Alemán, han pasado siglos, y ustedes como si nada, aquí y allá!”

1725. SONAMBULISMO ATÁVICO

Padecía insomnio crónico, pero algún factor no previsto le estaba devolviendo la capacidad de dormir. Eso en vez de tranquilizarlo le provocó ansiedad. Y es que ahora lo que iba apareciéndole cuando se internaba en la atmósfera del sueño era la sensación de hallarse en un desconocido salón de espejos por el que deambulaban enigmáticas imágenes. Añoraba el insomnio, cada vez más; y así tuvo la dicha de irse convirtiendo en sonámbulo. Un sonámbulo que le rogaba cada día a la Providencia que todos los espejos se esfumaran a su alrededor.