Más de 37,000 indígenas viven en Bogotá, la capital de Colombia. Trabajan, estudian, comparten sus conocimientos e intentan mantener sus tradiciones en una urbe de 8 millones de habitantes. Algunos planean regresar a sus territorios, de los que muchos huyeron por el conflicto armado. Otros han encontrado aquí su hogar.

Bogotá: donde confluye el universo indígena

Un reportaje de Agenda Propia/ Connectas | Luis Ángel/ Connectas

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El trabajo. En Bogotá, los indígenas tienen diversos oficios y profesiones. Algunos de ellos adaptaron su conocimiento ancestral, por ejemplo, en el cuidado de la naturaleza.

En la cxhab wala (gran ciudad), como la llaman los nasa, los indígenas colombianos trabajan, estudian, hacen rituales, nombran sus autoridades y se organizan para fortalecer sus tradiciones y para reclamar sus derechos.

Han logrado que la administración de la ciudad establezca una política pública para la población indígena, reconozca la existencia de 14 cabildos y financie el funcionamiento de la Casa de Pensamiento Indígena, un espacio donde se gesta el fortalecimiento de sus saberes ancestrales.

También existe un cabildo indígena universitario. Sus integrantes caminan en dos mundos: se apegan a sus tradiciones, pero se conectan a través de internet y usan las redes sociales para promover sus actividades.
Los indígenas más visibles son los embera. Permanecen en los alrededores del Museo del Oro y en la tradicional carrera séptima, que atraviesa toda la ciudad de sur a norte. Allí venden sus collares de diseños y colores alucinantes y les piden dinero a los peatones. Viven en condiciones difíciles mientras sueñan con un regreso improbable a sus territorios.

Otros indígenas lograron acomodarse a las exigencias de la urbe y escalaron en el complejo entramado de esta metrópoli de 8 millones de habitantes. Una joven arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta, por ejemplo, llegó hace algunos años al concejo de Bogotá. Otra mujer de la misma etnia es magistrada de la Justicia Especial de Paz. Existen, además, decenas de profesionales de distintas áreas que trabajan como consultores y empleados públicos. La mayoría, sin embargo, tiene empleos de obrero raso o en el comercio informal.

Bogotá, además, alberga a los descendientes de los muiscas o chibchas, quienes poblaban una amplia región de Cundinamarca y Boyacá a la llegada de los conquistadores españoles. En esta Bogotá mestiza (Bakata para los muiscas) sobreviven nombres como Usaquén, Teusaquillo, Usme, Engativá y Fontibón; además de docenas de apellidos que resistieron a la espada y el mestizaje.

Por esa razón, aunque extraños en esta caótica urbe del siglo XXI, los indígenas que viven en Bogotá saben que estas tierras les pertenecieron a los muiscas y que el espíritu de los zipas que aquí gobernaron se mantendrá vivo mientras conserven el camino del conocimiento propio.

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DOS ROSTROS DEL FENÓMENO

Lucía Teresa Morillo es una indígena kankuama del municipio de Atánquez, en el departamento del Cesar. Llegó sola a Bogotá en 2007, cuando tenía 16 años. Su mayor ilusión era estudiar Derecho en la Universidad Nacional, la principal universidad pública de Colombia.

Al principio vivió en casas de amigos kankuamos, la mayoría de ellos desplazados por la violencia. Habitó en sectores deprimidos de la capital, como el barrio Las Cruces o la localidad de Ciudad Bolívar.
“Los primeros semestres fueron muy difíciles porque extrañaba a mi familia, y además no tenía dinero para los pasajes o la alimentación diaria. Estuve a punto de devolverme muchas veces, pero mis papás me decían ‘estudia y sé alguien’”, recuerda esta abogada de 27 de años, quien tiene una hija de nueve que nació cuando hacía el tercer semestre de su carrera universitaria.

Hoy dice que todos los esfuerzos que realizó valieron la pena. Terminó su carrera de Derecho en la Universidad Nacional de Colombia y luego hizo un posgrado en esa misma institución. Desde hace tres años trabaja en el colectivo de abogadas indígenas Akubadaura, y vive en Ciudad Bolívar con su hija, una sobrina y su perro.

Lucía es una de las cerca de 37,000 personas indígenas que residen en el distrito capital, y que han migrado por dos razones principales: buscar oportunidades para estudiar y trabajar, y huir del conflicto armado. Un caso que ejemplifica lo anterior es Luis Hernando Pechené, gobernador del cabildo nasa en Bogotá, víctima del desplazamiento por el conflicto armado.

“Mis papás, quienes eran dirigentes, recibieron amenazas por parte de grupos armados. En Inzá, Cauca, de donde vengo, la guerrilla se entraba al municipio los fines de semana, en los días de mercado. Eso empezó a complicarse, hubo muertos, entonces tocó salir y buscar otros medios de pervivencia”, afirma.

Casi 90 % de las 573 familias nasa que viven en la capital han sido desplazadas por el conflicto en el Cauca, una región montañosa del suroccidente del país. En zonas como Cauca, Tolima y Caquetá tuvieron mayor presencia las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

“Todos los días llegan indígenas, no solamente nasa, sino de diferentes pueblos acá a Bogotá y a otras ciudades como Medellín, Cali y Pereira”, dice Pechené, quien porta un bastón de madera, símbolo de su rango, con cintas de colores en las que sobresalen las verdes (por la naturaleza) y las rojas (por la sangre de los indígenas asesinados en sus regiones en las luchas por la tierra).

El líder expresa que a pesar de la firma del acuerdo de paz entre Gobierno y las FARC aún no existen las garantías para el retorno de las comunidades.

“La garantía que el nasa pide es la directa administración de nuestros propios territorios como autoridades que somos y los resguardos por ser parte de nuestras autoridades territoriales”, señala.

Casi 90 % de las 573 familias nasa que viven en la capital han sido desplazada por el conflicto en el Cauca, una región montañosa del suroccidente del país. En zonas como Cauca, Tolima y Caquetá tuvieron mayor presencia las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). “Todos los días llegan indígenas, no solamente nasa, sino de diferentes pueblos acá a Bogotá y a otras ciudades como Medellín, Cali y Pereira”.

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LAS CIFRAS DEL ÉXODO

En Bogotá nadie sabe con exactitud cuántos indígenas llegaron a la ciudad en los últimos tres años. Los datos más recientes son de 2014 y corresponden a una encuesta multipropósito realizada por la Secretaría de Planeación del Distrito Capital.

Según el estudio, hasta ese año habitaban en Bogotá 37,266 indígenas (18,713 hombres y 18,553 mujeres) provenientes de selvas, llanos, montañas y del desierto de La Guajira.

La etnia con mayor presencia en la urbe es la pijao, originaria del Tolima, un departamento cercano a Bogotá y marcado por el conflicto armado, seguida por la kichwa, integrada por diversas comunidades de Bajo Putumayo y de Ecuador, y la wayúu, de La Guajira, en el extremo norte del país.

En la capital hay una presencia masiva de nasa, misak y yanacona del Cauca, una zona caracterizada históricamente por la guerra entre el ejército, organizaciones paramilitares y grupos insurgentes, minería ilegal, cultivos ilícitos y luchas por la tierra.

Otros pueblos que tienen una presencia significativa en Bogotá son los kankuamos y arhuacos (Cesar), embera (Risaralda), zenú (Córdoba), pasto (Nariño) e inga, kamëntsá, uitoto y kofán (Putumayo). Además, algunas familias indígenas provenientes del Amazonas, Meta, Casanare, Vaupés y la costa Pacífica, entre otros.

En la capital también hay comunidades del pueblo muisca, descendientes de los habitantes prehispánicos de lo que hoy es Cundinamarca, Boyacá y Bogotá. En la última década, los cabildos muiscas de las localidades de Suba y Bosa han tratado de recuperar una pequeña porción de la tierra de sus ancestros en la ciudad y sus alrededores.

“Sus reclamos para consolidar un resguardo son particularmente difíciles debido a los altos costos de la tierra en un contexto de gran ampliación urbana”, señala Diana Bocarejo Suescún, profesora de la Universidad del Rosario, autora de la investigación “Tipologías y topologías indígenas en multiculturalismo colombiano”.

La mayor parte de los indígenas llegan a Bogotá en condiciones difíciles. Una gran parte de ellos se hacinan en inquilinatos y casas donde habitan hasta 10 o más familias. Según la Alcaldía Distrital, las localidades con mayor presencia de indígenas son Bosa, Kennedy, Suba, Engativá, Usme, Ciudad Bolívar. Les siguen Los Mártires, Rafael Uribe, Teusaquillo y Tunjuelito.

En estos sectores, la mayoría ubicados en el sur de la ciudad, los indígenas pagan arriendos acordes con los salarios que ganan en actividades como el servicio doméstico, el comercio informal, la construcción y vigilancia.

Existen localidades como Fontibón, por ejemplo, donde ya es común ver por sus calles el típico traje azul de los misak, uno de los pueblos más organizados en el cultivo y mercadeo de productos agrícolas en sus territorios. Los misak escogieron Fontibón debido a la cercanía con los cultivos de flores de exportación en los municipios cercanos, donde su trabajo es apreciado.

CONNECTAS fue la voz consejera de este especial realizado por un equipo de 12 reporteros de Agenda Propia, en alianza con OEA Fellowship Gobierno Abierto y ONIC.

Invisibilizados. Colombia es el hogar de muchos pueblos indígenas, que han dejado su impronta en la cultura de ese país suramericano.

 


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