Trucos de supervivencia en la Ópera de El Salvador

Ópera de El Salvador

Son las 6 de la tarde de este miércoles y, a excepción de un par de butacas, la zona del público del Teatro Presidente está vacía. No se puede decir lo mismo del escenario, donde hay una veintena de jóvenes esperando que les toque el turno de cantar y bailar. Frente a ellos, está la maestra de canto Gladys de Moctezuma. Ella tiene 90 años, y con calma, ha visto cómo sus alumnos se preparan para iniciar este ensayo. Cuando la música de la primera canción de esta pieza suena, se levanta de su asiento, camina a un pasillo y, alegre, comienza a bailar sola.

La Ópera de El Salvador (OPES) ha preparado un espectáculo que se llama “Moulin Rouge”, donde se interpretan canciones populares de varios musicales. La maestra que baila ilusionada por el estreno de sus alumnos es una de las fundadoras de esta organización privada. Sabe que su edad es avanzada y que la gente no espera que alguien de 90 años esté dando clases ni mucho menos bailando espontáneamente, pero ella dice que seguirá compartiendo lo que sabe hasta el último día en el que tenga la facultad para hacerlo.

Gladys es una cantante profesional entrenada en Nueva York. En El Salvador, su camino en la docencia musical inició en 1999, cuando un profesional del canto al que ella conocía, Joseph Doestch, la invitó a unirse al Programa de Formación de Cantantes de Ópera de la Asociación Lírica Salvadoreña. En 2007 el programa se transformó en lo que ahora se conoce como OPES.

La idea era enseñar la ópera a algunos jóvenes. Ahora el proyecto ha crecido más de lo que imaginaron y tienen bajo su responsabilidad el desarrollo de la voz de decenas de personas. Por eso esta semana es clave. Para que el proyecto de formación pueda sostenerse, es necesario que vendan suficientes entradas.

Los jóvenes que se forman para ser cantantes también reciben clases de actuación y expresión corporal. Vienen de todas partes del país y estratos sociales, así que son educados como becarios y se les pide una cuota simbólica. A veces, cuenta uno de los becarios, no todos logran pagar los $10 mensuales sugeridos. Aunque eso llegue a pasar, no se les expulsa del programa.

La OPES llena un vacío estatal de formación artística. Para desarrollar las clases, recibe financiamiento de la Secretaría de Cultura, recientemente convertida en ministerio, pero con eso solo se logra cubrir una parte del salario de los profesores, asegura el director. Para pagar el alquiler del local, el agua, la luz y la vigilancia, la OPES debe ofrecer clases privadas, brindar espectáculos populares y organizar recitales con sus solistas.

Además, varias personas reconocen a este colectivo como un espacio para cuestionar los privilegios que algunos de sus integrantes tienen y las carencias de otros. Hay dentro de sus salones de clases gente que estudió en conservatorios musicales de Norteamérica y hay, también, becarios que huyeron de sus casas porque las pandillas amenazaron a sus familias. El prestigio que cuenta es el de la calidad de su voz. Uno de sus cantantes con mayor experiencia lo resume en unas frases: “Todo mundo cree que aquí solo es la high class, la gente de la Escalón, pero no. La ópera es para todos, no solo ricos ni viejitos. Yo vengo de Apopa. Aquí hay gente que viene de huir y luchar por su vida”.

El escenario. La soprano Gracia González durante su participación en “Moulin Rouge, revista musical”, el último espectáculo montado por la OPES, a mediados de abril.

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LA OBSTINACIÓN DE APRENDER

En la OPES también hay historias de terquedad. Como la de José Benítez. Él tiene 25 años y es un cantante del oriente del país. Durante la tarde de este miércoles está usando un corsé. En la obra “Moulin Rouge”, él interpretará a un personaje femenino y cree que si usa esta pieza, talvez creará la ilusión de una cintura pequeña debajo del vestido de su personaje. Justo por comprar ese atuendo que probablemente nunca vuelva a usar, él se quedó sin dinero esta semana. En este vestuario gastó buena parte de los últimos $25 que tenía guardados para comer estos días.

José Benítez nació Usulután y creció en San Miguel. Su padre se dedicaba a la agricultura. Cuando cumplió 10 años ya empezó a trabajar por su propia cuenta en una huerta de plátanos. Cerca de su cantón estudió los primeros años de educación básica, ahí conoció a un profesor que cantaba música ranchera y quiso imitarlo, pero sus padres lo sacaron de la escuela por falta de dinero y por una creencia absoluta. José cuenta que su familia es muy religiosa y escuchó que la segunda venida de Cristo estaba cerca. Ante eso, la familia decidió que sus hijos no debían perder el tiempo en cosas mundanas como la escuela.

José dice que estaba decidido a superarse. Así que pidió, a través de otra iglesia evangélica, que lo recibieran en San Salvador para seguir estudiando y graduarse de bachillerato. La iglesia de la capital lo aceptó: le dio un espacio para vivir y lo inscribió en una escuela pública. A cambio, él tenía que trabajar en limpieza y estudiar teología.

“Para mí, fue bonito porque dije ‘voy a terminar mis estudios y a la misma vez voy a estudiar teología’. Pero yo no sabía qué era teología. Cuando vine aquí es que me llevé la sorpresa de que es estudiar la biblia”, cuenta entre risas desde las gradas del Teatro Presidente.

Para José, San Salvador fue una ciudad de sorpresas. En su cantón las iglesias no tenían instrumentos musicales, y venir a escuchar los cultos a San Salvador con bandas completas era como asistir al concierto de un artista famoso. “Como ver a Madonna”, dice, y sonríe.

Desde San Miguel traía la inquietud de aprender música. En San Salvador se inscribió en unas clases de piano que costaban $5. Ahí le contó sus deseos al profesor de música. Le pidió que le enseñara a cantar, pero el acento de oriente es distinto al de la capital, las eses de las oraciones no se marcan. Y el maestro le dijo que primero tenía que aprender a hablar. Y así, cuenta José, empezó a mejorar la pronunciación de sus palabras.

Dedicación. La OPES ofrece a sus alumnos una ventana de educación musical con formato único en el país.

En 2014 audicionó a la OPES y quedó seleccionado como uno de los becarios de la organización. Él no esconde que el primer contacto que tuvo con la ópera lo intimidó: “La primera vez que escuché una ópera, me retrocedí. Escuchaba una ópera en inglés, en francés, en ruso… y yo decía ‘apenas acabo de estar aprendiendo a hablar bien y hoy hay que hablar otro idioma. Esto no es lo mío’”.

Superó sus inseguridades respecto de su acento y se enfrentó a su voz cantada. Ahora ya está en su cuarto año de entrenamiento de la voz. Ya se graduó de bachillerato y sueña con estudiar una licenciatura en música.

 

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REGRESAR PARA SERVIR

Joseph Doestch es un hombre mayor de voz grave. Sus palabras suenan tan profundas que cada oración que pronuncia parece caer al suelo con peso. Creció en El Salvador, pero nació en Estados Unidos, donde se formó profesionalmente en la música. Es el presidente y director general musical de la OPES.

Se sienta sobre unas butacas y no es tímido para hablar de las cifras con las que hacen que el proyecto siga de pie. Dice que el gasto mensual para mantener un local y formar jóvenes es de $2,150 al mes: “Eso representa una cantidad anual de $26,000. De la SECULTURA (ahora convertida en un ministerio) se han recibido ayudas que han ido en decrecimiento. Ahorita, este año estamos recibiendo $20,000, pero eso solo cubre parte de las clases. Hemos tenido que recortar algunas porque nos recortaron el presupuesto. Por ejemplo, la clase de capacitación coreográfica se recortó porque no había para pagarle al maestro. Así es que nos hemos quedado con la clase de canto, de solfeo y la clase de capacitación corporal”.

Estas clases, que pueden sonar como un lujo, son esenciales para la formación temprana de artistas de calidad. Los esfuerzos estatales de formación artística hasta ahora han fracasado. La Escuela Experimental de Jóvenes Talentos en Artes Escénicas, Musicales y Plásticas, financiada por el Estado, cerró en 2012 sin haber siquiera logrado graduar a su primera promoción. Y hasta ahora, el Instituto Superior en Artes prometido desde la campaña presidencial de 2014 (ISAR) solo existe en papel.

A diferencia de proyectos fracasados, en este espacio hay cerca de un centenar de personas educándose artísticamente. “Nosotros tenemos tres niveles: el básico, que es el de los jóvenes que recién entran; los intermedios, que van poquito a poco siendo promovidos a nivel inmediato superior; y tenemos a los muchachos avanzados. Generalmente la estadía máxima en el nivel básico y en el nivel intermedio que pueden tener con beca son tres años. Y en el nivel avanzado es indefinido porque la idea es continuar creciendo”, explica Doestch.

Álex tiene 27 años y trabaja en una institución pública. Para poder venir a sus clases y ensayos, se coordina con sus compañeros de trabajo. Usualmente debería cumplir su horario laboral haciendo turnos desde las 3 de la tarde hasta las 11 de la noche. Pero ha encontrado una estrategia: hace dos turnos seguidos para poder venir a las lecciones y los ensayos. Es decir, trabaja desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Este miércoles, por ejemplo, ha venido a su clase sin haber dormido.

En el último año se ha tenido a 31 becarios intermedios y 18 becarios avanzados. Además de 24 niños que pertenecen al programa Niños Cantores de OPES. Con orgullo, el director indica que “este es el único programa que tiene esta formación. Todos estos muchachos están haciendo de todo: teatro musical, música popular, como cosas de más altura”.

Una estrategia para mantenerse a flote que la OPES ha encontrado es ofrecer clases privadas a personas con mejores condiciones económicas que puedan y deseen aprender canto lírico. El mes de clases privadas en esa modalidad cuesta $75.

Por ello, la maestra Gladys de Moctezuma se ríe cuando alguien le pregunta si obtiene un gran beneficio económico a través de este trabajo. A pesar de que realizan temporadas en el Teatro Presidente, donde las entradas cuestan en promedio $10, ella sostiene que al contrario de lo que podría creer el público, la lucha mensual es la de no quedar en números rojos.

Gladys de Moctezuma estudió música, filosofía y psicología hasta que llegó un momento en su vida en el que tuvo claro que su aporte para la sociedad debía ser musical. Así lo cuenta mientras toma un receso de la clase de canto que imparte este miércoles en la colonia Flor Blanca. Detrás de un piano, explica: “Yo sentí que había recibido un montón y que no había hecho un servicio social para ayudar a mi país. Hubo un momento que dije ‘necesito hacer algo con esto’ (la música), y Joseph Doestch me invitó unirme a él para formar a cantantes, y nunca imaginamos que iba a llegar hasta aquí”.

Metas. Joseph Karl Doestch y Gladys de Moctezuma no han dejado de encontrar en sus alumnos la motivación para mantener abierta la OPES, por encima de todas las dificultades de educar en el arte en El Salvador.

A unos metros de ella, detrás de una delgada pared, se encuentra el profesor asociado Josué Martínez, otra persona que salió de El Salvador, se formó y ahora intenta crear un medio real de artistas de la ópera. Cuando el conflicto armado de El Salvador inició, sus padres y él se mudaron a Canadá. Allá se educó, actuó, bailó y se convirtió en maestro. Hace un par de años vino a El Salvador, vio un espectáculo de la OPES y se sorprendió. Comenzó a acercarse a los maestros Joseph y Gladys, y empezó, durante sus vacaciones, a dar consejos a los jóvenes y a ser respetado por los fundadores.

Ahora divide su tiempo entre impartir clases en Canadá y en El Salvador. Como maestro, es duro y exigente. En los ensayos se encarga de poner disciplina y demandar que cada uno de los intérpretes lleguen en buen tiempo al escenario, que las cosas estén donde tengan que estar en cada momento y que la coreografía que han montado se siga con precisión.

La llegada de Josué Martínez a la OPES significó varias cosas. Una de ellas fue una visión fresca de lo que se podía hacer con el canto. Los maestros fundadores se enfocaron en educar a cantantes líricos y Josué puso sobre la mesa la posibilidad de formar a cantantes más versátiles que también fueran capaces de cantar música popular. Esta posibilidad se convirtió en una realidad sobre los escenarios. Y así es como se crearon espectáculos como “Moulin Rouge”.

Esto no solo sirve como experiencia para los estudiantes. El público también reconoce con mayor frecuencia los títulos de obras populares y la asistencia de espectadores es mayor que cuando se ofrece ópera clásica.

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ÓPERA EN LUNES

Es un lunes de abril. Son las 7:30 de la noche y este evento ha empezado puntual. Frente al público de este salón en el MARTE se encuentran Gracia González y Michelle Tejada. Las dos usan vestidos de gala. Al piano está el maestro Joseph. Las dos son estudiantes avanzadas de OPES y se nota. Son solistas y su voz es suficiente para convocar a 90 personas a escuchar ópera en varios idiomas un día de semana.

Michelle Tejada es mezzosoprano y esta noche canta en italiano, en francés y en inglés. El espacio en el que se presenta no es el mejor para la ópera, pero el público guarda un silencio absoluto cada vez que ella canta algo. En el salón solo se escuchan tres cosas: el piano, el aire acondicionado y su voz. Por un momento parece que si alguno de los espectadores respirara con demasiada fuerza, eso sería suficiente para interrumpir el canto sereno de Michelle.

El público de esta noche se ha enterado del recital a través de redes sociales. Las jóvenes artistas cantan durante una hora y al final reciben una ovación. Toda la velada ha sido una oda a lo simple: un piano y la voz. La entrada cuesta $5 y las cantantes no reciben pago por esto. Es parte de su formación. El dinero que se recolecta a través de estas presentaciones sirve para el fondo de funcionamiento de la OPES.

Michelle es una de las voces más protagónicas de este colectivo. “Viene de Ciudad Delgado y llegó a una audición que hicimos en la Alcaldía de Soyapango. Inmediatamente supimos que era una voz especial”, explica su maestro y director musical.

Ella ha resaltado incluso internacionalmente. En 2015 fue a pasar una temporada a Estados Unidos y sus maestros, desde El Salvador, buscaron a alguien que pudiera apoyarla para seguir entrenando su voz por las semanas que Michelle estaría fuera. Una maestra con quien estudió durante ese tiempo la inscribió en un concurso juvenil de canto lírico de la Asociación de Maestros de Canto de Estados Unidos. Michelle ganó el primer lugar y se convirtió en la primera hispana en lograrlo.

“Como Michelle, hay varios cantantes que vienen de zonas difíciles, pero la OPES está ayudando a explotar sus talentos, siempre se está haciendo todo a contracorriente y aún así, sacando estas producciones. Muy a pesar de los problemas económicos, ahí está el sentido de pertenencia y realización personal de ser parte de estos sueños”, comenta el becario y tenor Émerson Ayala.

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ABAJO DEL ESCENARIO

Abajo del escenario la vida suele ser menos glamurosa. Quienes encarnan a los personajes que se ven sobre las tablas del teatro tienen que sortear trabajos, estudios y, en algunos casos, la falta de fondos para poder venir a ensayar.

El centro de operaciones es una casa arreglada para funcionar como oficina y estudio. Algunas separaciones entre salones y escritorios llenos de papeles son biombos de madera con alguna tela. En esta casa de la colonia Flor Blanca, de San Salvador, se administran, ensayan y preparan los espectáculos. Aquí el contador y la secretaria escuchan clases de canto todo el día, pues los escritorios no están completamente aislados del sonido de las lecciones.

Este miércoles hay una clase de canto infantil en un salón. Nueve de quienes cantan son niñas y tres son niños. Parados frente a un espejo, empiezan a interpretar una canción andaluza y aplauden coordinados hacia los lados imitando a los cantantes de flamenco.

Las actividades están a la orden del día. A unos metros de los niños que hacen pasos de baile español está Ricardo Merino, uno de los becarios avanzados de la ópera. Merino es un joven alto y de complexión robusta. Este día está acá para tomar su clase, pero también tiene un pequeño espacio dentro de la oficina. Él es estudiante de diseño gráfico y dona su tiempo para realizar los afiches y la publicidad de las obras de la OPES. A veces recibe algún pago en reconocimiento por el tiempo invertido, pero no suele ser la regla.

Otro cantante de la OPES pone de su propio dinero para promover la publicidad que Ricardo realiza en redes sociales. Los esfuerzos de este colectivo no son solo monetarios, son de tiempo y sacrificio.

Por ejemplo, Álex Arce tiene ocho años de pertenecer a la OPES. Esta es la primera vez que no estará actuando ni cantando en un espectáculo del colectivo y eso lo tiene un poco triste. No estará porque no pudo hacer el tiempo suficiente para ensayar en la obra. Aun así, llega a los ensayos que puede para colaborar con cosas que necesiten resolver sus compañeros.

Alex tiene 27 años y trabaja en una institución pública. Para poder venir a sus clases y ensayos, se coordina con sus compañeros de trabajo. Usualmente debería cumplir su horario laboral haciendo turnos desde las 3 de la tarde hasta las 11 de la noche. Pero ha encontrado una estrategia: hace dos turnos seguidos para poder venir a las lecciones y los ensayos. Es decir, trabaja desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Este miércoles, por ejemplo, ha venido a su clase sin haber dormido.

Sin límites. El talento de los estudiantes de la OPES ha sido reconocido también en otros países.

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CUANDO LAS LUCES SE ENCIENDEN

Es la noche del estreno de “Moulin Rouge”. Los camerinos están llenos de vestuario brillante, tacones, pelucas y faldas de vuelo para que los cantantes interpreten desde canciones tropicales hasta música disco. La mitad de las butacas del Teatro Presidente –con espacio para 1,400 personas– están vacías, pero eso no le baja el ánimo a los jóvenes que están nerviosos por mostrar su espectáculo por primera vez.

El telón del teatro toca el piso y de pronto una luz rosada se posa sobre el centro del escenario. Se escucha un coro y el cantante y presentador de la noche se muestra frente al público. Usa un saco formal, pero lleva el pecho descubierto, sin camisa. Le da la bienvenida a la gente con una canción y el telón se corre hacia arriba. Una veintena de jóvenes baila y le canta al público. “Tenemos obras milagrosas que presentar”, dice la canción en inglés que interpretan vestidos de blanco y negro.

Uno de los que lleva este traje es José Benítez, el que hace años, en San Miguel, decidió que quería ser cantante y vino a San Salvador para estudiar en la escuela y aprender música.

A las 8:40 de la noche llega el intermedio de la obra. Algunas personas del público se levantan, se estiran, se toman fotos y regresan a sus asientos 10 minutos después. Mientras eso sucede en las butacas, José Benítez se maquilla e intenta entrar en el vestido de su personaje. Está serio y nervioso. Se prepara para colocarse una peluca.

José cantará una canción que dice: “Soy lo que soy y no tengo que dar excusas por eso”. Para ponerse de tono con la canción, los tres muchachos que actúan en la pieza van vestidos de drag queens. La canción es una celebración de la autenticidad y la identidad que se construye cada persona. No es algo que se discuta mucho durante los últimos ensayos pero, en privado, uno de los integrantes de la OPES dice estar nervioso por el recibimiento que pueda tener este número en específico.

José, de voz grave, intenta huir de los nervios y se enfoca en arreglarse mientras se prepara para salir al escenario. Cuando llega su número, se ve tímido al inicio. Conforme la canción avanza, gana presencia y termina de cantar su canción seguro. Al final, uno de sus compañeros hace un salto dramático e inmediatamente cae sobre el suelo en una pose estilizada. La gente aplaude. José regresa a los camerinos y comienza de nuevo la preparación para otro número y, ojalá, otro espectáculo.

Abriendo paso a la memoria

Hace unos dos años prometí escribir 10 novelas (llevaba siete) para después retornar a la poesía, género que me abrió al corpus literario de El Salvador a los 19 años. Ya cumplí con las 10 novelas, cinco de ellas traducidas a más de dos idiomas. De las 10, tres son inéditas, una de estas honrada por la Guggenheim Foundation de Nueva York.

Amigos escritores, incluyendo Roque Dalton (ver su poema “Postal a Manlio”, “Poesía completa de Roque Dalton”, DPI), me señalaron mi lentitud en escribir; algo que en nuestro medio repercute en inexistencia (algunos se sorprenden de ver a un escritor vivo, pues para ser “escritor” se debe estar muerto). Todo ha sido por mis ausencias de años en los que presenté mis libros (la India, Inglaterra, Suecia, Holanda, Alemania, Estados Unidos, etc.).

Confieso que soy escritor de fines de semana, fiestas de guardar y natalicios familiares, además sacrifico socializar con amigos. Porque la mayor parte de días los dedico a promover el libro, la lectura o custodiar el patrimonio bibliográfico nacional. Implica romper con las cuatro paredes de la oficina, la silla y el escritorio para llevar la biblioteca a la calle y a las comunidades y ver si se contribuye a la reconstrucción social. Mi frase guía para 2018: “Como la montaña no puede venir a ti, tienes que ir a la montaña”.

Pienso que promover el libro y la lectura me será más fácil si me dedico a escribir poesía (dedicaciones de joven adolescente fue la poesía y la matemática, de esta última ya me olvidé). No quiero decir que escribir poemas sea fácil; quizás fácil por exigencias del reloj, pues he dicho muchas veces que escribir poesía es más complejo que escribir novela; esta es más oficio, más profesión; mientras la poesía es vida interior para reconstruirse uno mismo.

La novela exige concentración para mantener el hilo de un libro que, por lo general, puede sobrepasar las 200 páginas, eso la hace difícil para un escritor a quinto tiempo o de quinto mundo. La satisfacción es que cada novela podría equivaler a una tesis doctoral, si tiene mérito para traducirse a varios idiomas. Pero un poemario gradúa en espiritualidad, no exige tesis. Poco importa si el poema es social, amoroso o procaz (como digo de poetas nacidos antes de Cristo: Catulo y Marcial). Lo espiritual no quita lo sensual; toda vez se logre un estado de elevación para no extraviar el poema.

Retiro lo dicho de volver a la poesía al alcanzar 10 novelas. ¿Entonces qué escribiré? Lo mismo que estoy haciendo en estos precisos instantes: trabajar lo que cargo en mi memoria. Sí, memoria y biografía son géneros literarios, de modo que no dejaré la literatura, solo trato de ganar espacios para ir a la montaña. “Hay tiempo para todo” (Eclesiastés).

En 2017, tuve otra frase guía de Alberto Masferrer, escrita hace más de 100 años en “La cultura por medio del libro” (1915), “leer para no ser manipulados”, palabras que parecen radicales si no fuera porque la lectura da lucidez para saber quién miente y quién dice la verdad. El espíritu crítico. Más ahora con la tecnología y las “fakes news” –noticias falsas– con las cuales el más inteligente cae en la trampa.

Todas estas notas me parecen un buen pórtico para escribir momentos privilegiados de mi vida. El mejor ejemplo: recibí mis primeras guías religiosas con un personaje que ya pertenece al mundo y a la eternidad: el padre Óscar Romero; como “padre” lo conocí de niño. Así lo recuerdo en la catedral de San Miguel, cuando un niño perseguía las procesiones desde los ocho años (mi madre decía que yo era niño libre desde los siete años). Al llegar al atrio de la catedral escuchaba sus homilías. Una semana completa con homilías dedicadas a la Virgen de la Paz (cuarta semana de septiembre). Los domingos asistía a sus misas, no importaba que fueran en latín, y al terminar iba a ver dos películas en dos cines diferentes (el Teatro Nacional). Al leer “The end” salía corriendo para llegar a tiempo a la que se exhibía en el Cine Principal.

Aunque mi madre nunca iba a misa, su religiosidad se enriquecía al enviarme a misa y darme 10 centavos para que después pudiera ir a las dos sesiones de películas. En el Nacional, “Los tres chiflados” o de “cowboys”; y en el Principal, dibujos animados.

¡Claro!, ese niño no imaginaba que estaba departiendo con un santo futuro, pues solo era el “padre Romero”. Algo más: en mi adultez he hecho amistad con el hermano del santo: don Gaspar Romero. Mis disculpas porque ha ido a visitarme y no me ha encontrado. Todo por eso de “ir a la montaña”, o “sacar la biblioteca a la calle”. ¿Privilegio o bendición? Depende de ser religioso practicante o creer para conocerse a uno mismo, como el caso de mi madre y yo.

Espero que mis nietos –bastante chicos (ninguno pasa de los 12 años)– puedan decir que su abuelo departió su inocencia con un personaje que pertenece a la eternidad. “No por ser héroe sino por haber dado su vida por los pobres de El Salvador” (cardenal Vicenzo Paglia, postulante del nuevo santo). Sí; hay una gran diferencia conceptual, pues no siempre la palabra del héroe responde a la convicción de dar su vida por lo que cree. Hay héroes y héroes.
El género memorias pienso trabajarlo en dos fases; la primera abriría con estas líneas.

Una segunda exigirá una reflexión total de vida, incluyendo aspectos que quizás no sean de interés público, sino de catarsis personal. Además, debo reflexionar si las memorias valen por lo que ha vivido una persona o por su significado en el entorno social o por su valor literario. Ya hice memorias en un primer intento con “Siglo de o(g)ro”, y “Los poetas del mal”. Pero estos dos libros fueron más ficciones, las escribí para hacer aceptable una realidad que no siempre es bella para nadie.

Las pifias de la Asamblea

Los diputados de la Asamblea Legislativa son los únicos que han logrado desviar un poco la atención del mundial de fútbol. Lo han hecho a punta de pifias que no han caído en gracia a nadie. Ni siquiera a los más optimistas y críticos de lo que llaman la “antipolítica”.

Una cadena de desaciertos que los hace hundirse aún más. Es verdad, en El Salvador, el fútbol nacional y la política parecieran ir emparentados en los últimos tiempos. Porque de tanto en tanto, la gente puede mostrar algún mínimo grado de ilusión, pero todo ha terminado en debacle.

Más aún con el triste episodio de los amaños de partidos en la selección y con los desmanes federativos, que solo ilustran que el fútbol, como la política, se vive bajo los conceptos de que todo se puede negociar –incluso la dignidad–, el tráfico de influencias y la poca transparencia.

Así, los diputados recién electos para la legislatura 2018-2021 han tenido un arranque para el olvido. El mismo presidente del congreso, Norman Quijano, cometió el “desliz” de afirmar públicamente que invertir en un nuevo edificio legislativo era necesario, por las fallas estructurales que tiene el edificio donde se sesiona en la actualidad. Algo que al instante indignó a muchos, en un país donde el déficit habitacional (hay, todavía, bastantes hogares con piso de tierra, entre otras carencias) aún es alto y los graves problemas de infraestructura en escuelas y hospitales son ampliamente conocidos. El Hospital Nacional Rosales –cuyo armazón de láminas traídas desde Europa a estas alturas debería de ser museo– solo fue el símbolo de la desazón. Sin duda, fue un gol en propia puerta de Quijano. Que después se trató de matizar, pero el daño estaba hecho.

La gente no se había recuperado de la polémica del edificio legislativo cuando cayó otro baldazo de agua fría: el diputado Velásquez Parker aseguró que el salario por ocupar una curul es demasiado bajo. Algo ridículo y mezquino si se compara con el salario mínimo vigente en el país. Pero hubo quienes salieron a defenderlo esgrimiendo argumentos como que un profesional con un puesto ejecutivo en la empresa privada puede ganar más del doble de lo que recibe cada mes un diputado. Como si la gente debiera buscar una carrera legislativa en el afán de enriquecerse. “Voy a llegar a servir y no a servirme”, repiten hasta la saciedad cuando están en campaña electoral. Algo que queda en el olvido cuando recién asumen.

Pero la última “jugada” que nos llega desde la Asamblea tampoco es de pasar por alto. Y es que la bancada del FMLN va a contratar como asesores a exdiputados que no resultaron electos para la legislatura 2018-2021. Todo, según dicen, para “capitalizar la experiencia” que han adquirido después de tantos años en el pleno. Una afrenta a la voluntad popular –expresada desde su mismo voto duro– que exige una renovación en la bancada. Como si a un jugador lo expulsaran de un partido y, obstinado, le llevara la contraria al árbitro y quiera seguir en el campo. La dirigencia del Frente sigue jugando bajo sus reglas, lo que ha llevado al partido a quedar relegado a un tercer lugar en intención de voto, según las últimas encuestas.
El fútbol y la política se han convertido en un negocio. Cada cuatro años, el mundial parece robarse todas las miradas (los medios asumen que a todos les gusta el fútbol). Pero en El Salvador, el “show” parece venir desde el salón azul. Y no han podido tener peor arranque para el periodo 2018-2021. Después de la campaña electoral, en pocas semanas han quedado retratados como lo que en realidad son.

La carta de invitación

Estimado cónsul:

En varios momentos he pensado escribirle una carta a usted invitándole a reflexionar sobre el requisito de la carta que pide para el trámite de la visa. Siempre me ha parecido una formalidad ilógica que pide la Embajada de Estados Unidos. Desde un principio, todos los involucrados aceptan que es una invitación falsa, ya que una invitación real evolucionaría en otro formato; en diálogos y conversaciones largas y sin rumbo, o en fragmentos en WhatsApp. Y aparte de esto, la carta en sí es una forma ya anticuada. Como documento, me recuerda un poco al tono de las “Cartas de relación” escritas por Hernán Cortés, dirigidas al emperador Carlos V; o a la confesión inquisitorial de “Lazarillo de Tormes”, en que Lázaro se dirige a un misterioso personaje de rango superior y cuenta su vida con la intención de que la autoridad se sensibilice con su historia. En todo caso, lo que pide usted, en realidad, es una narración tosca de ficción, o quizás una relación de viaje o una confesión, y en cuanto más alaba a Estados Unidos, mejor. No es cosa del otro mundo, pero complica la solicitud de visa con un requisito que es más teatro que documento.

La carta que escribiría si dejáramos de epístolas ficcionales y habláramos claro, sería otra; más anécdota que invitación. Pues la última vez que me pidieron una carta de invitación no la pude redactar porque me la solicitaba alguien que, aparte del Facebook, conocía poco. Lo que pude haberles contado de él era que tenía un tiempo ya de estar conscientemente rebuscando la forma de abrirse acceso a Estados Unidos. Por eso lo preferible hubiera sido otorgarle la visa de 10 años. De nada le servía la visa para un viaje único, aparte de desperdiciar pisto y tiempo.

También le podía haber contado que, en otras pláticas, este conocido me había contado de un sueño recurrente de estar encerrado en una casa sin poder encontrar la salida. En el sueño había un hombre mayor con una sola llave y mi amigo feisbuquero intuía que, si lograba conseguir esa llave, podría lograr escaparse de la vivienda, pero para eso tendría que matar al señor. Siempre llegaba a tomar la decisión de hacerlo, pero los detalles de cómo eliminarlo lo llevaban a una tremenda angustia psicológica que lo dejaba, muchas veces, con una resaca de ansiedad al amanecer. Algunas veces en el sueño lo mataba violentamente con arma punzocortante; otras veces lo drogaba con pastillas. Siempre era necesario ese sacrificio humano para poder lograr el escape. Lástima que no da visas para ayudar a que la gente duerma más tranquila.

Por otra parte, recuerdo una vez que, de adolecente, regresaba de El Salvador a Estados Unidos. Era de madrugada y mi abuela y el motorista me iban a pasar dejando en el Aeropuerto de Comalapa. Antes de irnos, la muchacha que trabajaba en ese tiempo en la casa se subió a la camioneta. Le estábamos dando un jalón a algún lugar cerca de su comunidad y, en algún momento, nos señaló que la podíamos pasar dejando ahí mismo. ¿Adónde? Recuerdo pensar. ¿Aquí, dónde? Pues no estábamos en ninguna parte, sino a la orilla de la carretera en la plena negrura. Fue la primera vez que me di cuenta del valor de poder salirme del país con pasaporte y visa. No era solo salir de un espacio geográfico, sino también abrirse un nuevo horizonte económico y social. Pero tampoco da visas de turista para abrir ese tipo de horizontes.

Las razones reales por las que una gran parte de la gente solicita visa, si las declararan de verdad, resultaría en una fácil “negación de visa”. La carta es un requisito vacío con poco valor aparte de lo literario. Ya dejemos de espejismos.

Agradezco su atención,
Évelyn Galindo

Carta Editorial

La ópera en El Salvador se hace a punta de sacrificios personales, como trabajar turnos de 3 de la tarde a 7 de la mañana para poder asistir a los ensayos. Sí, hay ópera en este país, pero cuesta mucho. Es un apostolado que sobrevive a medias entre la pasión, la entrega, la terquedad y las ganas de desarrollar un talento. Que la Ópera de El Salvador (OPES) recibe una partida de fondos públicos, dirán, pero esto es apenas una parte de lo que hay que pagar en salarios para mantener las puertas abiertas. Todo el talento que los fundadores de la institución han encontrado merece mucho más.

La forma en que ha venido funcionando la OPES ha facilitado que la educación lírica llegue sin restricciones de estrato social. Habrá entre los estudiantes, como se explica en el texto de la periodista Valeria Guzmán, quienes sin drama pueden pagar hasta $75 al mes por las clases; y también quienes están obligados a hacer doble jornada laboral, no para pagar $10 al mes, sino para hacerle trampas al reloj y generar ingresos al mismo tiempo que se adquieren conocimientos.

A la OPES le sobra gallardía. Es de valientes no rendirse ante el poco apoyo que recibe el arte en un país que, irónicamente, lo necesita tanto. Y aún así, no se puede dejar de apuntar a que lo que debería abundar en esta historia, que cuenta la periodista Valeria Guzmán sobre ópera y talento, no es la valentía. Deberían abundar las sedes, los estudiantes, los profesores, los conciertos, los públicos. La de este tipo de proyectos no puede seguir siendo una historia de angustias y de la existencia al borde los números rojos.

Las revoluciones no se arman solo de protestas en la calle. Revolución también es que una joven rompa con los estereotipos sociales y las limitaciones económicas para, con disciplina, educar la voz hasta convertirla en ese argumento que puede dejar en silencio a todo un teatro. Cuando alguien quiera ayudar a mejorar el país y se pregunté qué puede hacer, adónde puede colocar el dinero para que se convierta en desarrollo, transformarlo en música es una opción.

“El circo puede transformar el mundo”

¿Cuál ha sido tu mayor atrevimiento en la vida?

Dedicarme al arte desde que salí de bachillerato. En este país y en el mundo no es fácil ser artista, pero es lo más hermoso del mundo.

¿Cuál ha sido el momento en el que has sentido más miedo?

Cuando mi papá se fue de la casa de donde vivíamos con mi abuela. En ese momento yo no entendía que él tenía derecho a rehacer su vida amorosa. Pero eso no quiere decir que lo dejé de ver. Le agradezco porque, hasta la fecha, siempre me ha apoyado.

¿Qué te hace falta?

Que hayan más espacios para niñas, niños, jóvenes. Lugares lúdicos y seguros que les apoyen y den otra opción de vida, no solamente la violencia que se vive día a día.

¿Cuál es tu mayor extravagancia?

La creación. Soy feliz creando a partir de un movimiento. Me gusta mezclar la danza, acrobacia, teatro, “clown”. No reproducir, sino crear.

Si pudieras volver en el tiempo, ¿elegirías otro trabajo?

Si tuviera siete vidas, como los gatos, en cada una volvería a elegir el arte escénico en general.

¿Dónde te imaginas dentro de 10 años?

Apliqué para la Licenciatura en Circo Contemporáneo en México, pasé las pruebas y me dieron la excelente noticia. Llevo un gran compromiso y un sueño por cumplir. No será fácil porque yo me voy por mis propios medios.

¿El circo puede transformar sociedades?

Puede transformar el mundo.

Buzón

Buzón

¿Qué pasa en Nicaragua?

Da tristeza lo que sucede en Nicaragua, acontecimientos de los cuales se ocupa la pasada edición de Séptimo Sentido. Pero no puedo evitar hacer algunas reflexiones en cuanto a lo que está sucediendo en Nicaragua. Es probable que haya descontento por estas reformas, sobre todo por lo que se refiere al aporte del 5 % que se ha impuesto a los jubilados, y que imagino que por ello fue que el Gobierno se echó atrás; pero no le veo sentido a lo que dice la señorita Diana Domínguez. Eso de que “el Gobierno dio la orden de tirar a matar, no a herir”… me cuesta creerlo, los muertos no serían solamente 63. Tengo entendido que el gobierno de Ortega ha pedido la lista de los fallecidos y hasta hoy no se la han dado. Por otro lado, la señorita Domínguez afirma que el gobierno Sandinista ha mandado a quemar 4,500 hectáreas de sus mejores bosques; ¡cómo le vamos a creer esto!, ¿con qué objetivo, señorita Domínguez? Que no nos vean la cara. Lo que está pasando en Nicaragua me suena igual a lo de Brasil (contra Lula), Venezuela (contra Maduro), Argentina (contra Cristina Kirchner) y todo lo que pasó en los años sesenta, setenta, ochenta contra Cuba; sin mencionar a los países del Medio Oriente. Todos sabemos quiénes son los campeones en desestabilizar países.

Demar Ruiz
informapax@yahoo.com


Una muerte digna

Leí el domingo pasado un artículo de la escritora Jacinta Escudos en el que se refiere a un tema del que poco hablamos; tal como lo escribe que “la muerte es un tema tabú al que preferimos no acercarnos, lo que hace que como sociedad asumamos conductas defensivas ante ella”. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue el tema de la muerte con dignidad. Se entiende por “derecho a una muerte digna” el derecho a vivir (humanamente) la propia muerte. Esta afirmación lleva implícita la idea de que ante la inevitabilidad de la muerte cabría un cierto ejercicio de nuestra libertad. La medicina se ha concebido tradicionalmente como una “relación de ayuda” al que sufre.

René Alberto Calles
reneca4020@gmail.com

CIUDADANÍA FANTASMAL (15)

FUEGOS OLVIDADOS

Estaba cayendo la tarde, y los cerros vecinos impedían contemplar el descenso solar en su fase solemne. Por los senderos pedregosos uno que otro habitante de los entornos volvía a su vivienda con los utensilios de labranza, porque prácticamente todos se dedicaban al cultivo de la tierra. La penumbra ganaba terreno en beneficio de la oscuridad, y eso hacía que las imágenes fueran a cada instante menos identificables.
En una de esas, aquella pareja de ancianos surgió de algún recodo del camino, y entre ambos arrastraban una pequeña carreta con bultos.
—Por aquí nos dijeron, ¿verdá? –dijo él, deteniéndose un instante con la respiración agitada.
—Yo solo me acuerdo de que alguien nos indicó que había un gran árbol que parecía una hoguera viva –respondió ella, con un suspiro de alivio.
—¿No será aquél? –indagó él, como si descubriera la fórmula salvadora.
—Pues no puede ser otro, porque por aquí lo que abunda es la negrura.
Y cuando estuvieron bajo el ramaje encendido, sintieron que los abrazaba. En unos cuantos segundos ellos se habían quemado del todo, y aun así se reían alborozados. Venían de vivirlo infinidad de veces, pero en cada ocasión se olvidaban de inmediato de la experiencia consumidora. Eso les permitía revivir sin miedo ni sobresalto. A la mañana siguiente despertaron y continuaron ruta. Atrás quedaban otra vez las cenizas.

CONDENA LIBERADORA

—Y usted, ¿cómo se declara?
—Culpable, porque la inocencia no existe.
Los juzgadores solo se fijaron en la primera parte de su respuesta, y eso bastó para que la resolución fuera condenatoria sin más.
Lo que vino entonces fue una sentencia de por vida, que fue a cumplir en una de las cárceles más distantes de los grandes centros urbanos. Cuando llegó ahí, luego de recorrer un largo trayecto sobre caminos de tierra, tuvo de inmediato un golpe de emoción nostálgica: volvía a su mundo original, como si aquello lejos de ser un castigo fuera una recompensa. ¿Dónde se hallaba, entonces, la lógica de lo que estaba ocurriéndole? Cada semana llegaba a la prisión un sacerdote a auxiliar espiritualmente a los reclusos que se dispusieran a ello. Él nunca se le había acercado, pero de pronto le nacía hacerlo.
—¿Le puedo preguntar algo? –indagó con voz tenue.
—Lo que quieras, estoy para oírte.
—Usted no me conoce.
—Te conozco perfectamente, aunque no lo creas. Nunca se me ha olvidado aquella frase que les dijiste a tus juzgadores. Y entonces hice lo que me tocaba para que tu lugar de reclusión fuera para ti un refugio de libertad. Te lo merecías por la sinceridad plena.
—¿Y usted quién es? –le preguntó con el desconcierto que producen los enigmas insospechados.
—Pues si no me reconoces te lo digo.
En ese momento el aludido sintió la sensación de los que levitan.
—Soy un aliado de tu ángel de la guarda. Los dos estamos aquí para acompañarte en esta prueba que tú mismo has asumido con vocación heroica.
Él se cubrió el rostro y empezó a llorar en silencio.

EL APARECIDO

—¡Auxilio, me acaban de robar todo lo que tengo!
El grito era angustioso, y parecía surgir de mucho más adentro que la experiencia de un asalto. Pero como ocurre comúnmente en los espacios urbanos superpoblados de nuestro tiempo, los transeúntes pasaban a su lado sin ponerle atención al reclamo angustioso. Hasta que un muchacho que tenía toda la pinta de ser estudiante se detuvo frente al que pedía auxilio.
—¿Y usted reconoció a los delincuentes que lo despojaron?
El aludido se cubrió el rostro con las manos mugrientas y se acurrucó contra la pared que estaba detrás y que pertenecía a un negocio cerrado a aquella hora. El gemido que salía de sus labios agrietados era una especie de aliento trascendental que hubiera estado dentro de él por tiempo indefinible.
El joven se conmovió:
—¿Cómo puedo ayudarle, señor?
Ante esa pregunta, a todas luces inesperada, la víctima del despojo se incorporó como si le hablaran desde algún plano superior.
—Ya me ayudaste, amigo. Con solo fijarte en que existo me has devuelto todas mis pertenencias verdaderas. Lo que se llevaron los malditos era lo de menos valor. La fe en los demás es lo que vale. ¡Gracias, gracias, ahora me puedo morir de hambre o de frío pero con el alma satisfecha!

LA VOZ DE RITA HAYWORTH

En las colinas circundantes había una buena cantidad de residencias de lujo, en medio de la vegetación exuberante. El vehículo último modelo se desplazaba por una de las amplias calles que parecían dibujadas por un pulso y por un lápiz de alta precisión. Luego de un recodo, enfiló hacia la construcción esbelta y nítida, que tenía un estanque inmediato y gran cantidad de arbustos floridos alrededor.
Se detuvo frente al portal impresionista y de él descendió una figura femenina envuelta en el manto clásico. Volvió la mirada hacia el conductor, y él entendió que tenía que retirarse. La puerta de entrada estaba entreabierta, como a la espera de aquella visitante. Ella entró sin reparo y la puerta se cerró al instante.
Era casi el anochecer. Las luces interiores iban encendiéndose, y así quedaron durante toda la noche. Pero ya cuando el amanecer se anunciaba, desde el interior de la casa empezó a surgir el múltiple sonido de una fiesta. Y se alzó la canción inconfundible: “Put the Blame on Mame”. ¿Qué era aquello? El retorno de las imágenes invisibles pero audibles. La dama de escote alucinante, de cabellera abundosa y revuelta, de traje negro hasta el suelo, de guantes elevados por encima del codo y de movimientos cálidamente sensuales estaba ahí en su número. ¿Qué importaba que la voz que salía de sus labios no fuera la de Rita Hayworth sino la de Anita Ellis?
La canción se repitió hasta que el Sol se hizo presente. Y cuando el Sol salió, la cámara de los años se aceleró hasta el presente. Ya en pleno día, la figura envuelta en el manto clásico reapareció. El vehículo último modelo la esperaba. Subió en él. Rito concluido. ¡Gracias, memoria!

LOS NUEVOS VIAJEROS

Emigró con todos los papeles en orden y, luego de una indagación de aspiraciones y posibilidades, su lugar de destino acabó siendo una comunidad turística en el norte de California, donde después de vérselas con los problemas naturales del cambio de vida logró establecer un pequeño comedor para paseantes de mochila. Ahí no llegaba gente de su lugar de origen, allá en Centroamérica, pero eso le daba más libertad para practicar la imaginación; y hasta le permitió cambiar de nombre: hoy se llamaría Larry.
Conoció a Lety, una rubia mujer de los entornos, y acabó casándose con ella, a quien nunca le precisó su verdadera procedencia. Llevaban lo que se llama una vida normal, sin sobresaltos de ninguna índole. No tenían hijos, y eso no les preocupaba. Eran libres en una cotidianidad que no variaba más que por los cambios de estación.
Así las cosas, les vino una prueba mayor: a él le descubrieron un tumor cerebral. La noticia cayó como un rayo en cielo sereno. Sus días estaban contados, aunque la cuenta no pudiera precisarse. Lety, sin embargo, no parecía conmovida, ni él tampoco. Pero una idea inesperada les brotó de repente, al unísono:
—Vamos a correr mundo, antes de que sea demasiado tarde.
Luego de soltar aquella frase, se fueron a dormir. Al amanecer, sus cuerpos estaban inmóviles, con la rigidez de lo irreparable. Y frente a sus cuerpos, dos imágenes observaban.
—¿Listos? ¡Vámonos, pues, antes de que nos descubran!

Crisis desata deserción y hambre entre militares venezolanos

Ejército Bolivariano de Venezuela

Al ingresar hace dos años y medio a la Guardia Nacional de Venezuela, un joven sargento confiaba en que su vida daría un giro que le permitiría dejar atrás la pobreza sin imaginar que terminaría renunciando y dedicándose a cambiar neumáticos para reunir los ingresos que le permitieran alimentar a su familia.

En este país petrolero, ni siquiera las fuerzas armadas han logrado escapar a la crisis económica. Agobiado por las dificultades de mantener a su esposa embarazada y a su hijo de dos años, al delgado sargento de 21 años –que habló en condición de anonimato porque no está autorizado para declarar– no le quedó más que sumarse a los miles de militares que abrumados por la crisis han desertado o solicitado su baja para buscar un empleo más rentable o migrar a otros países como lo han hecho más de dos millones de venezolanos.

Los rigores de la crisis también han golpeado el núcleo de los cuarteles donde se ha reducido la dieta diaria de los uniformados, situación que obliga a muchos a llevar su propia vianda para desayunar o almorzar, o a extender sus permisos de salida para alimentarse en casa.

En algunas regiones, como la isla caribeña de Margarita, ya es común ver a jóvenes militares famélicos que visten uniformes verde oliva y caminan armados con fusiles, pero al amanecer van al mercado municipal de Conejeros, como muchos mendigos, a pedir a los comerciantes que les regalen verduras y frutas para poder comer.
“No sé cómo hacen mis demás compañeros para vivir, pero si no salgo de esto me moriré de hambre”, afirmó, decepcionado, el sargento al reconocer que su ingreso de unos $2 mensuales ya no le alcanza para alimentar a su familia ni para pagar el alquiler del apartamento donde reside en la ciudad central de Valencia.

Además, el joven militar admitió que al igual que el resto de la población se ha visto golpeado por la hiperinflación, que alcanzó en abril una tasa anualizada de 13.776 % según cálculos de congresistas opositores, y que llevó el año pasado a que seis de cada 10 venezolanos perdieran 11 kilogramos de peso en medio de una oleada de pobreza que ya toca a 87 % de la población, de acuerdo con un estudio de las tres principales universidades del país.
Por ello, para completar sus ingresos, el sargento de estatura baja y tez blanca tuvo que buscar un empleo en un taller de reparación de neumáticos donde suele cambiar llantas en sus días de descanso.

Desmotivados. El descontento de las bases se traduce en deserciones y bajas, no alcanza la entrega a la patria para poder comer.

“Lo que gano allí es más del doble de lo que recibo en la Guardia Nacional”, dijo antes de asegurar que cuando deje de lleno su puesto en la Guardia se dedicará solo a cambiar neumáticos para mantener a su familia.
En medio de la proliferación de informaciones en los medios locales sobre las detenciones de algunos altos oficiales descontentos y de denuncias sobre la crisis que golpea a los cuarteles, apareció a mediados de marzo el ministro de la Defensa, general en jefe Vladimir Padrino López, en un acto en Fuerte Tiuna, el mayor de la capital, para anunciar la activación de un plan especial para atender a militares ante las dificultades económicas.

Durante el acto, Padrino López denunció la existencia de “intentos de división” en la fuerza armada, pero descartó que pueda darse un golpe de Estado en Venezuela. “A la Fuerza Armada Nacional Bolivariana no la divide nadie”, sentenció.

A un día de las elecciones presidenciales, el mandatario Nicolás Maduro, quien busca la reelección, descartó la posibilidad de un golpe de Estado, y dijo durante un acto en el palacio de gobierno que el “imperialismo norteamericano” lo llama dictador para justificar una intentona.
“No saben lo que sería la respuesta de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana como un todo, con el pueblo, frente a alguna intentona de algún traidor”, indicó el gobernante izquierdista en el encuentro con observadores internacionales.

Maduro reiteró sus críticas contra Estados Unidos, con el que mantiene tirantes relaciones, y dijo que la élite que gobierna Washington es como el “Ku Klux Klan detrás de nosotros”.
“Nos vilipendia, nos dispara, nos ataca, no enjuician, nos condenan”.

Las acciones del alto mando por tratar de paliar el impacto de la crisis entre los uniformados resultan insuficientes ante los rigores de la crisis que golpea a Venezuela, reconocieron algunos militares y sus familiares.

Sentada en un sofá en medio de la sala de un modesto apartamento de ventanas pequeñas que son utilizadas para colgar uniformes militares, Odalys Bermúdez, esposa de un sargento de la Guardia Nacional, admite con resignación que tiene que hacer “milagros” para mantener a sus cuatro hijos de cinco, seis, 10 y 12 años debido a que el sueldo de su pareja no alcanza para vivir.

La delgada ama de casa, de 30 años, indicó que para cubrir la alimentación y parte de los gastos de su familia debe pedir dinero prestado y vender helados y galletas en los alrededores de su edificio, ubicado a un lado de uno de los principales batallones militares de la ciudad central de Maracay.

“No sé cómo hacen mis demás compañeros para vivir, pero si no salgo de esto me moriré de hambre”, afirmó, decepcionado, el sargento al reconocer que su ingreso de unos $2 mensuales ya no le alcanza para alimentar a su familia ni para pagar el alquiler del apartamento donde reside en la ciudad central de Valencia.

Parte de lo que se consume en los hogares militares provienen del Comité Local de Abastecimiento y Producción (CLAP), que vende productos subsidiados, pero la mayoría de los alimentos los deben adquirir en los comercios privados a precios casi inalcanzables para los bolsillos de los uniformados, dijo la mujer.
Hasta la década pasada, los uniformados podían alimentarse sin dificultades en los cuarteles, pero la situación cambió debido a que las raciones y la calidad de los alimentos han mermado de manera drástica, según indicaron varios militares a la AP.

“Es dramática la situación social dentro de la fuerza armada”, afirmó Rocío San Miguel, presidenta de la organización local Control Ciudadano para la Seguridad, la Defensa y la Fuerza Armada, al reconocer que los militares venezolanos son los “peores pagados de Latinoamérica” con salarios mensuales que rondan entre $2 en los rangos más bajos y 11 o 12 para generales y almirantes. En contraste, los sueldos mensuales de países como México van desde $300 en los grados bajos hasta $6,000 en los superiores; y en Colombia desde los $75 en los rangos inferiores hasta los $4,700 en los superiores.

Ante el contexto de hiperinflación y de fuerte escasez de numerosos bienes que enfrenta Venezuela, San Miguel indicó que los miliares también se encuentran en la situación de alta vulnerabilidad.

Las dificultades económicas y sociales que padecen los miembros de las fuerzas armadas han desatado en los últimos meses retiros masivos y deserciones que se estiman en varios miles, afirmó Hernán Castillo, especialista en temas militares y académico de la Universidad Simón Bolívar. Según explicó, esto afecta la operatividad del grupo debido a que muchos cargos quedan vacantes o son asumidos por militares con menor experiencia.

Las fuerzas armadas venezolanas están integradas por unos 150,000 uniformados, según estimaciones de analistas. En el país suramericano miles de militares suelen desplegarse en las calles para planes especiales de combate a la delincuencia y represión de las protestas callejeras, así como para vigilar centros electorales.

Al ser consultado sobre los miles de pedidos de baja y deserciones y el impacto que esto genera en la operatividad del Ejército, el jefe del Comando Estratégico Operacional de las fuerzas armadas, almirante Remigio Ceballos, declaró tajante a The Associated Press: “para nada, eso es mentira”.

Los retiros y deserciones comenzaron a multiplicarse a raíz de las violentas protestas antigubernamentales del año pasado en las que los militares jugaron un papel fundamental para garantizar la permanencia en el gobierno del presidente Nicolás Maduro, quien buscará la reelección en los comicios del próximo 20 de mayo.

La fuerte represión de las protestas que dejaron al menos 120 muertos y varios centenares de heridos, la proliferación de los casos de militares implicados en casos de robos, contrabando, asesinatos y tráficos de drogas, así como la politización de la Fuerza Armada ha exacerbado el malestar dentro de los cuarteles, reconocieron los analistas.

Si bien es frecuente ver a Maduro en actos públicos acompañado del alto mando militar en una muestra del sólido respaldo a su gobierno, el abogado Alonso Medina Roa, fundador de la organización Foro Penal Venezolano que representa a algunos militares detenidos, afirmó que hay “muchos integrantes” del Ejército que no están de acuerdo con la manera en la que el mandatario conduce el país. Medina Roa indicó que el descontento no solo se expresa en las renuncias y deserciones, sino también en reuniones privadas que han sostenido algunos oficiales y que las autoridades han catalogado como “actos de conspiración”.

En discordia. Las máximas autoridades insisten en que a la Fuerza Armada Bolivariana no la divide nadie, pero esto no ha sido suficiente para acallar los rumores de golpe de Estado.

Medios locales y organizaciones dedicadas al estudio del crimen organizado reportaron en 2017 la detención de cerca de medio centenar de militares presuntamente implicados en hechos delictivos. En lo que va de este año han sido apresados al menos 90 altos oficiales y personal de tropa profesional por participar en supuestos complots contra el Gobierno, precisó el abogado que tiene a su cargo la defensa de algunos de los detenidos.

La difícil situación económica que enfrenta la tropa y oficiales medios contrasta con la posición de poder que mantienen algunos altos oficiales que controlan casi la mitad de los 32 ministerios y otros organismos estatales, el principal programa estatal de abastecimiento de alimentos y la corporación estatal Petróleos de Venezuela, S. A. (PDVSA), corazón económico del país. Algunos medios han difundido reportes sobre altos oficiales que viven en exclusivas urbanizaciones de Caracas y llevan una vida de lujos que no coincide con sus ingresos.

Atrás quedó el recuerdo de mejores años, en pleno auge de la revolución chavista a inicios de siglo, en que todos los militares eran identificados como un grupo privilegiado al que el Gobierno les daba, además de importantes cargos en diferentes ministerios y empresas estatales, viviendas, vehículos y electrodomésticos con condiciones especiales de financiamiento.

Al preguntarle al joven sargento si ha recibido alguno de esos beneficios, el uniformado soltó una carcajada y señaló con ironía hacia sus desgastadas botas negras: el único recurso que tiene para transportarse al trabajo.

Cada vez más mujeres presas por drogas en EUA

Aumento. En 30 años, el número de mujeres presas por posesión o consumo de drogas en las cárceles de Estados Unidos creció en casi 10 veces.

Desde extremos opuestos del centro penitenciario, una mujer y su hijo hablan sobre la escuela, las muchachas, los regalos de cumpleaños… y su futuro juntos. No se pueden ver cara a cara, por lo que la reclusa y su hijo hablan por una videollamada.

“Hola, mami”, dice el niño de 10 años, Robby, a Krystle Sweat, a quien ve por video sentada en su celda.
Robby no abraza a su madre desde la Navidad de 2015, poco antes de que ella fuese encarcelada. Dice que cuando la excarcelen, quieren mostrarle cómo puede andar en bicicleta sin tocar el volante.

Sweat entra y sale de la cárcel. Fue arrestada más de una docena de veces por robo y otros delitos, casi todos relacionados con su adicción a las drogas, que llegó a un extremo tal que debía invertir $300 diarios en pastillas. Trató de combatir la adicción, pero nada funcionó. Dice que ahora está lista para intentarlo de nuevo, cuando la dejen en libertad bajo palabra, probablemente en los próximos meses.

“Ya tengo casi 33 años”, comenta. “No quiero seguir viviendo así. Quiero que mi familia pueda contar conmigo”.
Escondida en un remoto rincón de los Apalaches, la cárcel del condado de Campbell es un buen ejemplo de cómo los opioides y las anfetaminas están causando estragos en Estados Unidos. Cantidades sin precedentes de mujeres son encarceladas por su adicción, destrozando familias y atormentando comunidades que no tienen dinero, programas de tratamiento ni soluciones a largo plazo para combatir este fenómeno.

En 1980 había 13,258 mujeres presas, y en 2016 había 102,300, según la Oficina de Estadísticas sobre Asuntos Legales. Entre 1980 y 2009 se triplicó la tasa de detenciones de mujeres por posesión o consumo de drogas; mientras que entre los hombres, se duplicó. El abuso de opioides agravó el problema.

Hace más de una década rara vez había más de 10 mujeres en la prisión de Campbell. Ahora hay siempre cerca de 60, la mayoría por cuestiones vinculadas a las drogas. Muchas son adictas. No reciben terapia y cuando son excarceladas, vuelven a las mismas comunidades donde sus amigos, y a veces sus familiares, consumen drogas. De modo que ellas reinciden.

Y se repite el ciclo: otro arresto, otra foto policial, otro uniforme rosado y otra celda, donde cae presa de la desesperación.

Sarai Keelean está de vuelta por violar los términos de su libertad bajo palabra. Le encontraron metanfetaminas y estaba consumiendo y vendiendo la droga para comprar opioides. Lleva casi tres años presa y no ve la hora de salir, aunque eso la asusta. “Temes que vas a embarrarla de nuevo”, dice.

Blanche Ball, quien ha consumido y vendido metanfetaminas por 15 de sus 30 años, ha estado presa varias veces. “Sé que pude haber hecho algo más con mi vida. (Pero) Cuando llevas mucho tiempo en esto, es lo único que conoces”.
Sus dos hijos mayores están siendo criados por un familiar y ella no quiere verlos hasta que esté segura de que puede ser una presencia constante en sus vidas. Los dos menores fueron adoptados. “Es una herida muy profunda”, afirma. “Trato de no pensar en eso”.

En 1980 había 13,258 mujeres presas y en 2016 había 102,300, según la Oficina de Estadísticas sobre Asuntos Legales. Entre 1980 y 2009 se triplicó la tasa de detenciones de mujeres por posesión o consumo de drogas; mientras que entre los hombres, se duplicó. El abuso de opioides agravó el problema.

En 2015 el condado de Campbell estaba tercero entre las localidades con más opioides recetados por persona en Estados Unidos, de acuerdo con los centros de Control y Prevención de Enfermedades. Cinco veces el promedio nacional.

El alcalde E. L. Morton atribuye la crisis a la industria farmacéutica y a los médicos. Hay dos demandas contra productores de opioides radicadas por el condado y sus 40,000 residentes. Las metanfetaminas también son un problema.

“Elige cualquier casa. Allí hay drogas”, dijo la reclusa Keeland, de 35 años.
El condado lucha contra esta plaga desde hace décadas. Las granjas tabacaleras y la otrora floreciente industria del carbón desaparecieron hace tiempo y con ellas numerosos empleos e ingresos estables. Quedan algunas fábricas, pero más de uno de cada cinco residentes son pobres. Y hoy por hoy hasta el 90 % de los delitos en un distrito de cinco condados que incluye Cambpell están relacionados con las drogas, según el procurador local.

Tennessee no tiene suficientes psiquiatras, trabajadores sociales, consejeros y enfermeras o centros de tratamiento de adicciones en las zonas rurales, de acuerdo con Mary-Linden Salter, directora de la Asociación de Servicios para el Alcohol, las Drogas y Otras Adicciones. “No es realista que le gente tenga que viajar 700 millas (1,320 kilómetros) para recibir tratamiento porque aquí no hay camas disponibles”.

Salter dice que el tratamiento de las adicciones es a menudo más caro y complejo para las mujeres porque pueden arrastrar traumas y abusos, a veces desde la niñez, y se demoran más en buscar ayuda ante el temor de perder sus hijos.

“Las mujeres son quienes cuidan de la familia”, comenta. “Se las acusa de no atender a sus hijos y les da vergüenza. Y también se las acusa y se avergüenzan de no buscar tratamiento. Es una elección horrible”.
Hay algunas puertas abiertas aquí. Un juzgado que lidia con casos de drogas ofrece supervisión por hasta dos años y el 70 % de las mujeres completa el programa. Otro programa nuevo solo para mujeres las aloja en centros rehabilitación antes de que sean sentenciadas. En ambos casos, las mujeres son alojadas en centros de otros condados, cuando no de otros estados.

Krystle Sweat dice que cuando quede en libertad bajo palabra, quiere sumarse a un programa de rehabilitación religioso. Sus padres, que cuidan a Robby desde que tenía tres años, dicen que la ayudarán.
Cuando termina la visita, Robby y su madre se tiran besos a la distancia.
“Me siento agradecida de que todavía me quiera”, expresa antes de acostarse en su celda, en la que tiene una foto de su hijo. “Se siente decepcionado conmigo. No lo dice, pero sé que es así”.

Distancia. Krystle Sweat manda un beso a su hijo de 10 años. La videollamada es el sustituto del contacto directo con su hijo, debido a que está condenada por consumo y venta de drogas.