La masacre de la que no hay registro

Sagrado. Esta placa se encuentra en El Llanito, un lugar sagrado para la comunidad indígena de Izalco. Se cree que aquí se encuentran los restos de muchas de las víctimas de la masacre de 1932.

A María Cruz Pérez le mataron a tres de sus familiares entre enero y febrero de 1932. Tuvo que esperar dos meses, hasta que el martes 5 de abril de ese año, a las 11 de la mañana, llegó a la Alcaldía de Izalco a decir algo que nadie más se había atrevido a declarar ante las autoridades locales. Dio los datos para crear el acta de defunción de su esposo Felipe Tiguin y de sus cuñados José y Andrés, muertos en medio de la persecución indígena. Los tres eran jornaleros.

Tesoros. Los dos libros más preciados de Benjamín Arucha en el archivo
de la Alcaldía de Izalco son el de las actas de defunciones y
el de las actas municipales, ambos de 1932.

“Felipe Tiguin, varón indígena de 30 años de edad falleció el 29 de enero pasado en el barrio Dolores de esta ciudad, murió trágicamente sin asistencia médica”, reza una de las actas. María Cruz Pérez declaró, pero no firmó ninguna acta. No sabía leer ni escribir.

Los tres parientes de María Cruz Pérez fueron los primeros indígenas cuyas muertes trágicas se registraron en la Alcaldía de Izalco. Fueron de los pocos indígenas asesinados de ese municipio de los cuales quedó constancia. Ninguno de los empleados actuales de la alcaldía se explica cómo, en unos tiempos en los que se perseguía a los indígenas hasta la muerte, esa mujer se atrevió para romper el anonimato oficial en el que habían quedado esos difuntos y pedir que sus nombres y fechas de muerte quedaran por escrito.

María fue la primera viuda en declarar que su esposo indígena había muerto tras los sucesos de 1932. Entre abril y agosto de ese año, otras personas, en su mayoría mujeres, hicieron lo mismo. Se acercaron a la alcaldía para sacar el acta de defunción de sus familiares fallecidos durante las semanas en las que se llevó a cabo la matanza campesina más grande del siglo XX en el occidente del país.

Estos datos están en el libro de actas de defunciones de 1932 que resguarda el archivo de la Alcaldía Municipal de Izalco hasta el día de hoy. Además de ese libro remendado y manchado, que tiene páginas llenas de cinta adhesiva, hay también otros documentos que dan cuenta de la masacre.

Las condiciones del archivo no son las más favorables ni ayudan a preservar sus documentos. A pesar de que estos dan cuenta del inicio del Martinato, de la crisis étnica de El Salvador y del accionar de un presidente derrocado, la documentación se mantiene en un espacio que no cumple con las recomendaciones del Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP).

Esos archivos dan pistas sobre el calibre de la masacre indígena en Izalco y de cómo la municipalidad de hace 85 años se encargó de sepultar no solo cadáveres, sino las oportunidades de una raza entera.

Los muertos oficiales de 1932

Documentos. Esta es una de las actas que María Cruz Pérez se animó
a tramitar tras la muerte violenta de tres de sus familiares,
en el Izalco de 1932.

El libro de actas de defunciones izalqueñas de 1932 recoge que ese año en el municipio murieron 439 personas por diferentes causas. Solo 24 de esas muertes, de acuerdo con el registro, fueron violentas. La documentación local dice que la mayoría de personas fallecieron a causa de enfermedades como fiebre, indigestión, paludismo, bronquitis, lombrices y cólicos en el estómago. Investigaciones posteriores demuestran que esa versión oficial es una manipulación de la historia y la negación de un genocidio.

La alcaldía izalqueña cerró enero con actas de defunción de 34 personas. Eso a pesar de que en ese mes las calles de la ciudad se llenaron de cadáveres, según historiadores. De los 34 fallecidos que la comuna contabilizó al cierre del mes, solo se escribió de la muerte violenta de una persona.

“Salvador Angulo, varón ladino de 17 años de edad, soltero, panadero, falleció el 11 del corriente a las diez horas a consecuencia de una lesión que se causó con arma de fuego en la sien derecha”, se lee en el acta número 13.

“Dependiendo de quién haga el cálculo, la cifra de víctimas de la represión oscila entre 5,000 y 35,000”, escribió el investigador Héctor Lindo en la revista Historia (enero-diciembre 2004). Algo se tiene claro: los asesinatos sobrepasaron el millar de personas en las poblaciones de Tacuba, Ahuachapán, Sonzacate, Juayúa, Salcoatitán, Nahuizalco, Sonsonate, Colón e Izalco.

La historia de la masacre de miles de indígenas comenzó la medianoche del 22 de enero, cuando cientos de jornaleros (en su mayoría indígenas) se armaron con machetes y se abalanzaron contra haciendas de terratenientes y cuarteles al occidente del país. La insurrección campesina, harta de las profundas desigualdades económicas, demandaba mayor acceso a la tierra.

La respuesta del presidente Maximiliano Hernández Martínez fue brutal. Para someter a los rebeldes, ordenó asesinar a todo aquel que pareciera indígena. “Uno de los peores casos de represión estatal en la historia moderna de América Latina”, llama a este suceso el investigador Erik Ching.

Por dicha represión, que se extendió semanas después del asalto a cuarteles, es que nadie en la Alcaldía de Izalco puede explicar cómo esa mujer, María Cruz Pérez, tuvo el valor de declarar la muerte de su esposo y cuñados en abril del mismo año.

El libro de defunciones de 1932 de Izalco permite establecer la existencia de un subregistro de asesinados. Las actas sostienen que en el transcurso de todo ese año, solo 24 personas murieron de forma violenta en este municipio. Al menos 21 de esas muertes sucedieron a finales de enero e inicios de febrero. No es casualidad que la mayoría de muertes violentas coincidan en fecha. Ese fue el periodo en el que se ha documentado la persecución contra los indígenas. De esos 21 difuntos, solo cuatro eran ladinos.

Para entonces en la alcaldía se hacía un consolidado de muertes al final de cada mes. Con caligrafía de carta se escribía en una columna las causas del deceso de los fallecidos. A partir de la declaración de María Cruz Pérez, ese año se agregó otra categoría entre las causas de muertes. De un listado de padecimientos como paludismo, bronquitis e indigestión, otra palabra salta a la vista: “trágica”.

Esa palabra, según Benjamín Arucha, el encargado actual del archivo de la comuna, sirvió para identificar a los asesinados por sospechas de ser comunistas. Para él, la prueba es que ese término se ocupó en documentación oficial como la causa de muerte de uno de los líderes del levantamiento campesino: Feliciano Ama.

Ama era un jornalero. Se casó con la hija del cacique Patricio Shupan y de él heredó su influencia en la comunidad indígena. Su acta de defunción dice que fue ahorcado en público el 28 de enero y la tradición oral registra que su cadáver se dejó colgado varios días para que sirviera como advertencia. Nadie más debía rebelarse si no quería terminar de esa forma. Y a pesar de que la mayoría del pueblo sabía que esa persona estaba muerta, el primero de junio de 1932, Josefa Shupan, la hija del antiguo cacique, llegó a las 8 de la mañana a la alcaldía para crear el acta de defunción de su esposo.

El acta de defunción de Ama se encuentra en una página amarillenta y marcada con un post-it azul que alguien pegó para encontrar el escrito más rápidamente. Ahí se lee “José Feliciano Ama, varón indígena de 55 años de edad, casado con Josefa Shupan, sobreviviente de este origen y vecindario, jornalero, originario y vecino de esta ciudad, murió el 28 de enero del corriente año trágicamente a las 15 horas en el barrio Asunción de esta misma”.

Ochenta y cinco años después, frente a estas páginas históricas, el encargado del archivo de Izalco y guardián de estos documentos afirma que conoce a algunos descendientes de los indígenas que aparecen en ese libro por haber tenido una “muerte trágica”. Después de revisar los archivos, hace un comentario sarcástico, una denuncia tímida: “La palabra trágica es común y es raro que tanta gente se haya muerto trágicamente”.

Historia. Benjamín Arucha es quien está a cargo del archivo de la Alcaldía de Izalco. No cuenta con los recursos suficientes para cumplir con los requisitos para preservarlos.

El archivo, patrimonio de la Alcaldía de Izalco

Sin huella. Los archivos dan cuenta de los esfuerzos por no
dejar registro escrito de lo que sucedió a finales de enero de 1932.

Benjamín Arucha es un hombre pequeño y moreno. Dice que estudió hasta bachillerato, luego trabajó como administrador en el mercado municipal y ahora se encarga de clasificar, restaurar, ordenar y resguardar el archivo de Izalco. Es de apellido, rasgos y familia indígena. Entre miles de libros, encontró en 2003 la documentación oficial del intento estatal por hacer que personas como él desaparecieran hace 85 años.

Por eso no pudo evitar sorprenderse cuando se topó con agradecimientos oficiales de Izalco hacia el dictador Maximiliano Hernández Martínez, “por el oportuno envío de las tropas a esta ciudad cuando se encontraba en poder de los bandoleros comunistas”.

Los dos libros más preciados de Benjamín que pertenecen al archivo izalqueño son el de acta de defunciones de 1932 y las actas municipales de ese mismo año. Dice que, entre sus ocupaciones, a veces saca tiempo para sacudir el polvo que se posa sobre esos documentos con el paso de los meses. El valor que les da a los archivos no es en vano o por capricho. De acuerdo con el historiador Roberto Turcios, registros como estos sirven para construir la memoria de un país.

“Además de ayudar a construir la memoria histórica, son fundamentales para las investigaciones históricas”, dice. Turcios opina que esta clase de archivos constituyen una “huella de lo que pasó, pero no hay información fidedigna. Hay, clarisímamente, un subregistro”, explica.

El investigador Óscar Meléndez es uno de los autores que más ha investigado ese subregistro. Él se dio a la tarea de revisar el “Anuario Estadístico” de los años en los que el general Hernández Martínez gobernó y encontró que, según las cifras estatales, en 1932 solo 1,081 ciudadanos fallecieron por muerte violenta.

“Un análisis acucioso de las estadísticas gubernamentales podría llevar a concluir que no fueron exactas o que fueron parcializadas, debido a que, por ejemplo, hacia 1932 no se contabilizan las muertes causadas durante la matanza; las que en las últimas investigaciones se cuentan por varios miles”, escribió el autor en su investigación “Homicidio, justicia y práctica durante el Martinato”, de la Dirección Nacional de Investigaciones en Cultura y Arte.

Los dos libros que Benjamín considera joyas históricas no se encuentran en el archivo central de la alcaldía izalqueña. “A partir de 2003 empecé a leer estos archivos y les he guardado el interés –cuenta– los he guardado por un lado y por el otro, porque la gente los trata mal”.

El maltrato se observa en las páginas rotas con bordes doblados y las pastas deshilachadas. Estas actas son más que meros registros. Son los únicos documentos oficiales de Izalco que dan cuenta de una de las masacres más grandes del occidente de El Salvador. Ayudan a explicar por qué la comunidad indígena de hoy vive marginada, despojada de tierras, costumbres y hasta de su propia historia.

“El acta de defunción de Feliciano Ama no la he visto, para serle sincera”, confiesa Betty Pérez, la coordinadora nacional del Consejo Coordinador Nacional Indígena Salvadoreño. Ese consejo fue creado en 1992 y agrupa a 23 organizaciones de pueblos originarios. Betty Pérez tiene cinco años de ser su coordinadora nacional y afirma que no conoce “muchos documentos oficiales” sobre la matanza de 1932. Por décadas las organizaciones indígenas, comenta Pérez, se han dedicado a entrevistar a sus ancianos para poder reconstruir su propia memoria.

Esos libros históricos que podrían ayudar en la reconstrucción de memoria se guardan en espacios separados. El encargado del archivo llegó a la conclusión de que el cuarto del archivo central no era lo suficientemente grande para toda la documentación de la comuna y se realizaron algunas mudanzas.

El libro de actas de defunciones se resguarda en la oficina de registro del Estado Familiar de la alcaldía. Ese es un cuarto que tiene estantes rozando una pared lateral en los que se mantienen las actas de nacimiento y defunciones de miles de personas. Ese cuarto está abierto al público, pues ahí algunos funcionarios tienen sus escritorios y atienden a usuarios. Ahí, como si fuera un nombre más, se encuentra el acta de defunción de Feliciano Ama, quien se convirtió en insignia de la lucha campesina.

El otro libro que más valora Benjamín –el de actas municipales en el que la alcaldía le agradeció al presidente Hernández Martínez por haber mandado a sus tropas a matar indígenas– se resguarda en una casa anexa a las oficinas centrales de la alcaldía. Al fondo de esa casa hay un cuarto de 19 metros cuadrados. Ahí se le autorizó a Benjamín para trasladar algunos documentos. A pesar de tener estantería nueva, es un “área que no es correcta ni cumple los lineamientos del Instituto de Acceso a la Información Pública, pero ya no tengo la saturación de documentos”, explica el encargado.

En este anexo Benjamín ha colocado actas del siglo XIX que él mismo ha intentado restaurar. Las portadas y contraportadas de algunos libros son cajas de cartón que ha recortado y añadido a las páginas en una especie de empastado artesanal.

Esta es una ciudad donde lo frágiles que pueden ser los libros en los que se esconde la historia se pone en evidencia. A finales de diciembre del año pasado y antes de hacer la mudanza de cientos de libros hacia este cuarto, Benjamín empezó a ordenar los documentos del archivo central según unos lineamientos que el IAIP le brindó. Tuvo que reclasificar algunas cosas y mover algunos muebles del archivo central de la alcaldía.

El 22 de diciembre él fue a pasar consulta al Seguro Social. Cuando volvió a su archivo, se encontró con una sorpresa. Calcula que eso de las 10 de la mañana, a un estante se le “dobló una pata” y cayó sobre otro. Con el otro mueble pasó igual y el archivo “se vino todo abajo como si era juego de dominó. Todo, todo cayó en el suelo”. Pero, cuando se le pregunta si estos libros de 1932, los que cuentan la historia de una herida profunda, también terminaron en el suelo, él asegura que no. Que estos documentos estaban en un estante al fondo que, como la comunidad indígena, resistió ante la debacle.

La alcaldía le agradece al dictador y sepulta al indígena

El lunes 25 de enero de 1932, el consejo municipal de Izalco (llamado entonces corporación municipal) se reunió y nombró un alcalde transitorio. Diversos investigadores han calculado que en el levantamiento indígena los campesinos mataron entre 50 y 100 personas. El alcalde de Izalco, Miguel Call, fue uno de los asesinados. Su acta de defunción dice que tenía 37 años, era hijo de un español y murió por “lesiones sin asistencia médica” el 23 de enero de 1932.

El lunes, la ciudad llevaba dos días sin líder en la comuna. A pesar de que fue la primera reunión extraordinaria de la alcaldía que se sostuvo tras el levantamiento campesino, este tema fue omitido y solo se mencionaron por escrito “los acontecimientos ocurridos”.

“Con motivo de los acontecimientos ocurridos en esta ciudad y habiendo muerto trágicamente el señor alcalde propietario don Miguel Call, (se) acuerda: depositar la alcaldía en el regidor primero don Juan Rivera Menéndez”, se puede leer en el acta. Las investigaciones posteriores dictan que en esa fecha la cacería contra miles de indígenas ya había comenzado. Pero ese día la alcaldía nombró a una comisión formada por tres personas solo “para que pase a la casa de la familia doliente (alcalde) a hacerle presente nuestro profundo pesar”.

La información se lee en el libro de actas municipales de Izalco, un libro con pasta verde oscuro y sucio con bordes dañados por el uso y paso del tiempo. Algunas de sus páginas están subrayadas con lápiz y la portada está manchada con plumón azul y rojo. Este libro habla de la crueldad con la que la esfera ladina y poderosa de la ciudad interpretó la matanza.

El levantamiento tuvo un efecto adverso al que se planteaba. En lugar de más libertades, la alcaldía estableció medidas severas contra los indígenas. El 3 de febrero la municipalidad acordó un reglamento de aguas para regar las tierras del municipio en el marco de su “deber primordial de velar por los intereses del conglomerado social”.

Los indígenas fueron vistos como un obstáculo para fomentar la agricultura. De acuerdo con esta acta, la agricultura experimentaba problemas por estar “tropezando con muchas dificultades en los riegos de terrenos que han permanecido en poder de la clase indígena, quienes siempre han puesto obstáculos injustificables al elemento ladino que se dedica a la siembra de cereales en la estación seca”.

El nuevo reglamento de aguas estableció cuánto se debía pagar por el agua recibida e hizo una aclaración: La “municipalidad (…) acuerda que desde esta fecha en adelante quedará el servicio de las aguas de riego de terrenos a cargo de esta corporación, no reconociendo ningún derecho que los indígenas pretendan tener por no estar reglamentado conforme a la ley”.

A partir de estos documentos es posible establecer que no solo la vida de los indígenas fue arrebatada. Los documentos hablan del despojo de vida y agua para la clase indígena. Pero eso no les fue suficiente. Una semana había pasado desde el levantamiento campesino cuando las autoridades municipales, según registros, decidieron que intentarían arrebatarle las imágenes de santos a las cofradías de los indígenas.

“Siendo muchas las cofradías de imágenes entre la clase indígena que acaparados por ellos mismos hacen sus grandes reuniones (…) se ha tomado de la determinación siguiente: que se pida autorización del señor gobernador político departamental para recoger todas las imágenes existentes entre los indígenas para colocarlas en el templo. En la actualidad las imágenes siguen como patrimonio en las familias indígenas. Es herencia y forma de organización de un pasado que intentó ser anulado.

El 6 de febrero de 1932, los integrantes de la corporación municipal de Izalco no se preocuparon por contar los cadáveres que quedaron en el pueblo o relatar cómo campesinos que no tuvieron nada que ver en la revuelta rebelde fueron asesinados. Ese día, la corporación se reunió para felicitar “al señor presidente constitucional de la república general don Maximiliano Hernández Martínez por el justo y merecido reconocimiento que la honorable Asamblea Nacional Legislativa ha hecho de su gobierno que él dignamente preside y al mismo tiempo le ofrecemos nuestra adhesión y simpatía”.

Maximiliano Hernández Martínez gobernó el país durante 13 años y llegó a la presidencia tras un golpe de Estado. Izalco se preocupó por dejar constancia de su apoyo a la presidencia.

Así, la adhesión de las autoridades locales hacia el presidente se puso en evidencia en otro párrafo de la misma acta: “Esta corporación en nombre del mismo pueblo izalqueño y el suyo propio rinde sus más expresivos agradecimientos al señor presidente constitucional de la república general don Maximiliano Hernández Martínez por el oportuno envío de las tropas a esta ciudad cuando se encontraba en poder de los bandoleros comunistas que estaban en su obra destructora sembrando el terror en toda forma entre la gente honrada y pacífica de la ciudad. Dichas tropas al mando de sus dignos jefes oficiales procedieron con mucho tino para recuperar la plaza y no tardaron mucho tiempo en lograrlo sin tener que lamentar ni una baja y de no haber procedido así con tanto tino y valentía a esta hora la ciudad entera hubiera perecido bajo el terror de las hordas comunistas”.

Las actas municipales cuentan la historia de los ladinos, pero omiten mencionar la cantidad de bajas de los indígenas o de los que fueron calificados como comunistas. En su libro “Democracias y tiranías del Caribe en 1940”, el periodista de la revista Time, William Kerhn, quien cubrió el conflicto político de El Salvador en la década de los cuarenta, menciona una entrevista al general Hernández Martínez en la que el mandatario “insistió en que el ejército había matado solamente dos mil campesinos”.

Dilema. El IAIP ha hecho llegar instrucciones de cómo se deben
almacenar los documentos para poder mantenerlos en buen estado por más
tiempo, pero la alcaldía no cuenta con suficientes recursos
para adquirir lo necesario.

Las recomendaciones del IAIP se estrellan en la realidad

“El nivel de avance de la gestión documental y de la protección de documentos en este municipio no es sobresaliente. Las condiciones del archivo no son las más favorables”, sostiene René Valiente, jefe de la Unidad de Fiscalización del IAIP.

Al igual que el historiador Turcios, el funcionario del IAIP sostiene que la importancia de estas páginas radica en que son un insumo para investigar “las reacciones de la época y ver cuáles fueron las condiciones previas a lo sucedido en 1932”. Además, sirven para entender “uno de los hechos históricos más relevantes después de la época colonial, un capítulo que no ha sido cerrado”.

En el plano de lo ideal, la municipalidad de Izalco debería tener control sobre la ventilación de su archivo, la humedad del aire, la iluminación y control de la temperatura para evitar que los documentos se desgasten más. Sin embargo, las recomendaciones del instituto chocan con la realidad presupuestaria de la alcaldía, en la que ningún salón tiene la tecnología necesaria para poder asegurarlos de manera ejemplar.

Las recomendaciones del instituto no abarcan solo lo que debe hacerse para preservar documentos históricos, también dan una guía sobre cómo deben crearse los nuevos documentos de la alcaldía para que resistan el paso del tiempo.

El 9 de junio, Día Internacional del Archivo, el IAIP le entregó a una comitiva de la alcaldía una caja que contiene ejemplos del material con el que deben crear sus documentos. De acuerdo con el instituto, la papelería oficial de las alcaldías debe crearse en hojas libres de ácido en lugar de papel bond.

La caja también incluye una muestra de varios clips y fasteners de plástico que podrían usarse para descartar los metálicos. Estos materiales terminan oxidándose y manchando las páginas. Benjamín duda de la posibilidad de poner en marcha el uso de estos insumos porque implica un mayor gasto. “Esto es más caro. Está difícil porque en algunas jefaturas hay quejas de que no hay presupuesto y no le dan importancia a esto también. Solo hemos hecho un poquito de lo que está sugerido”, explica.

En decadencia. Algunos documentos han sido reparados con cartón y
cinta adhesiva. No hay, ni en esta alcaldía ni en el país, un esfuerzo
integral por mantener en buenas condiciones los documentos históricos.

Tras unas visitas a las municipalidades, el IAIP dará a finales de este mes una calificación a los archivos de algunas alcaldías. A partir de ahí emitirá más recomendaciones y una hoja de ruta para el resguardo de los documentos. Pero, al final, reconoce René Valiente, el instituto solo tiene un programa de acompañamiento y el cuido de los documentos “requiere, sin duda, de la voluntad política de parte de la municipalidad”.

El problema de bajos presupuestos para la gestión de archivos no sucede solo en alcaldías y pueblos pequeños. Ocurre en el mismo Archivo General de la Nación. José Amaya, técnico restaurador de documentos históricos, explica desde el Palacio Nacional de San Salvador que varias veces en su trabajo, en lugar de usar un papel japonés especial para pegar hojas que se han roto en documentos oficiales, se han ocupado tiras de papel “de pupusería”. Luego, Amaya muestra unas hojas de ese papel semitransparente que ocupa para unir pedazos de páginas rotas o rasgadas. En Izalco, eso se resuelve con cinta adhesiva.

Símbolo. En El Llanito es en donde cada año
se hacen los actos de conmemoración de la masacre.
Se ha identificado la zona con esta placa y una gruta.

85 años después de la masacre indígena, otra mujer que no sabe leer –como la primera en declarar la muerte de sus parientes indígenas en 1932– llega este lunes de junio la alcaldía.

Con una voz sobresaltada y oraciones que parecen nunca acabar, la mujer de 40 años le cuenta al encargado del archivo que su mamá no tiene documentos y está enferma de gravedad. Está preocupada porque tiene una sospecha: teme ir a la cárcel cuando su madre muera. La historia de la mujer se detiene en una pregunta:

—¿Va que no es cierto que lo meten preso a uno si no se saca el acta de defunción?– pregunta con semblante serio.
—No– responde Benjamín Arucha.
—Vaya– dice, ya tranquila, la mujer y luego sonríe, casi avergonzada– ¡y la gente que le mete miedo a uno!

Benjamín le explica a la mujer que no tener la partida de nacimiento o el Documento Único de Identidad de su madre no es una falta grave y que, si su mamá muere, de todas maneras tendrán que enterrarla en el cementerio municipal y resolverán el papeleo para crear el acta de defunción. Hay algunas preocupaciones que no tienen caducidad.

Después de atender a la mujer, Benjamín parece contrariado por su pueblo. Habla de lo poco que conocen los habitantes de este municipio sobre los acontecimientos que mancharon de sangre sus calles principales. “Me da cólera –dice sobresaltado–, los izalqueños no nos interesamos por nuestra historia”. Mientras habla, pone cara seria y da golpes sobre la mesa con su mano izquierda y derecha en una coreografía improvisada por la indignación.

El etnocidio comandado por Maximiliano Hernández Martínez logró su cometido en el occidente del país. En 1930, Izalco tenía 19 mil habitantes. Dos mil sabían leer y 17 mil eran analfabetas. Era una de las zonas del país con mayor presencia indígena y donde la figura del cacique estaba acompañada de poder. En 2007, el municipio contaba con 79,959 habitantes y el rechazo a lo indígena se asimiló de tal manera que, en el último censo poblacional, solo 154 izalqueños se identificaron a sí mismos como nahua-pipiles.

En “Historia Mínima”, un libro de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, se asegura que “no existe manera de determinar el número de personas muertas (en la masacre del 32). Nadie hizo cuenta y los archivos no dicen nada al respecto”. No obstante, los archivos de la Alcaldía de Izalco sí hablan sobre la frialdad con la que se documentó un hecho que intentó sepultar la identidad originaria de todo un pueblo.

 

Casa en tierra ajena

He visitado Estados Unidos más de una veintena de veces, incluye visita a unos 20 estados y el doble de universidades; además de centros culturales. Esto lo considero como acciones de humanización educativa, promoción de valores, solidaridad y fraternidad. Nunca recibí maltrato en Migración. Alguna vez lo tuve en Noruega y en México, aunque solo fueron zipizapes desagradables. En los años ochenta me pasó algo excepcional en Estados Unidos, venía de la Feria del Libro de Fráncfort, Alemania, vía Nueva York hacia Costa Rica, mi país de residencia. Al hacer migración, percibí movimientos extraños en mi cercanía, aunque éramos cientos de personas. De pronto una joven, vestida de jeans y jacket, se me acerca y me dice de buen modo que si puedo salir de la fila. La sigo y me lleva a una oficina cercana donde hay cuatro personas. Estoy sorprendido porque nunca me había pasado algo similar en ese país y solo estoy en tránsito.

Interrogatorio: “¿Qué hacía usted en Fráncfort el 20 de diciembre el año pasado?” Respondo: “visitaba la feria del libro”. Me dicen: “En esa fecha viajaste en Panamerican, y hoy, un año después, estás viajando Bonn-Fráncfort-Nueva York”. Respondo: “Vengo de presentar un libro en la Deutsche Welle (DW), en Bonn”. Sacan de mi maletín la edición en inglés de mi novela “Un Día en la vida”, y la traducción alemana de “Cuscatlán, donde bate la mar del Sur”. Los hojean, comparan nombre del autor con mi pasaporte. Soy escritor, son mis libros. La edición inglesa lleva mi foto. “Sin problema, continúe a Migración”, me dicen.

Entonces recordé que un año antes, regresando de la Feria del Libro de Fráncfort se anunció en el vuelo que la compañía aérea invitaba a una comida especial a todos los pasajeros, con un brindis de pésame. Por venir leyendo no escuché el motivo. Las azafatas lloraban al servir, y reparé que el día anterior, por esa misma línea, un atentado terrorista había derribado ese mismo vuelo sobre Escocia, con más de doscientos soldados de Estados Unidos radicados en Berlín, viajaban Fráncfort-Nueva York, a pasar la Navidad.

Así aclaré el registro decente de los agentes especiales. Por coincidencia había hecho dos viajes en la misma fecha con intermedio de un año, por la misma ruta y línea aérea. Ese es el Estados Unidos que conozco, deferente, puntual en sus investigaciones y sospechas, incluso amables en un caso grave como el trágico atentado.

Todo cambió el 11 de septiembre de 2001; aunque con posterioridad nunca he tenido ningún problema, las universidades me invitan con gastos pagados (siempre viajo sin viáticos). No los acepto por principio, son dineros que pueden ocuparse en necesidades prioritarias: escuelas, edición de libros, salud. Además, voy al “mandado” con mi cultura migueleña de frugalidad. Es la cultura de la diáspora, concepto que implica migración forzada; no es mi caso, pero me considero incluido en la dispersión poblacional que me permite visitar casi todo el mundo, el exilio trashumante de la tribu mesoamericana.

Para el común de la gente, en Estados Unidos y en el Caribe, nos conocen como “mexicanos”, por el evidente mestizaje, híbridos indígenas, afros y españoles. De modo que cuando se dice que los “mexicanos” somos los tales por cuales, criminales, delincuentes, que padecemos todas las pestes sociales, se están refiriendo a toda la región de Mesoamérica. Son calificativos ingratos que con razón los verdaderos mexicanos se sienten ofendidos, como si solo fuera con ellos, en verdad nos incluyen a los mesoamericanos en el mismo guacal.
No cabe duda que toda diáspora es problema estatal y global; tragedia de la población excluida. Ahora somos unos, mañana seremos otros; ayer fueron los irlandeses, los judíos, eslovacos y griegos, que viajaron de Europa a Estados Unidos para formar más tarde una comunidad aceptable.

Igual será el caso de la diáspora mesoamericana, los que buscan Canadá, Australia, Estados Unidos y el mundo entero, una emigración no exenta de tragedias, prejuicios, odio, desprecio y muerte, por querer vivir en tierra ajena. Pero así que se han formado los pueblos a lo largo de la historia. Lo vemos ahora con las migraciones de afganos, iraquíes, libios, algunas comunidades africanas y asiáticas que se toman por asalto Europa. Buscan oportunidades para vivir en un mundo que gira alrededor de la infinita galaxia, donde todos somos pasajeros de la misma nave, con divisiones de primera, segunda y tercera clase, pero es igual, la diáspora con diversos matices, exceptuando aquellos que hacen viajes de placer turístico en primera clase y con nuestros impuestos.

Este tema me lo inspiró el documental costarricense “Casa en tierra ajena”, película sobre la tragedia de la migración del llamado Triángulo Norte: Honduras, Guatemala y El Salvador.
Lo triste es cuando se presentan datos de 200 mil muertos en las últimas tres décadas; y 50 mil desaparecidos, incluye violencia interna, muertes y violaciones en el camino de la diáspora. Y es más trágico cuando la mitad de esas cifras han ocurrido en la década del noventa y principios del 2000, después de haberse establecido la paz regional. Un cuarto de la migración mundial es de Centroamérica.

Reflexión para todos: ¿Qué sucedió? ¿Por qué se excluyó a parte de la población que debió abandonar su país en calidad de desechables y por paradoja producen estabilidad económica circulante?

Recuerdo que después de dar una charla en la Universidad de Stanford, fui acompañado por el escritor chileno Poli Délano, presidente de la Sociedad de Escritores Chilenos. Y cometí un lapsus linguae que hizo retorcer mi interioridad, le dije que en El Salvador nos estábamos acostumbrando a la muerte. Me reclamó con ese estilo chileno que no camina por las ramas: ¿Cómo es posible que hables de acostumbrarse a la muerte? A él le sonaba de mal gusto, pese a haber padecido los muertos de la dictadura de Pinochet. Fue difícil explicarle que para nosotros la muerte era el eslabón de una cadena esclava difícil de romper para liberarse.

Una sociedad con sobrepeso

Nunca antes en la historia, la sociedad salvadoreña tuvo tantos problemas con la báscula como ahora. A algunos aún les parece inverosímil que un país que históricamente conoce de desnutrición crónica tenga espacio para tanta gente –niños, adolescentes y adultos– con sobrepeso.

El problema es transversal y progresivo. Según datos del Ministerio de Salud, el 6 % de los niños menores de 12 años son obesos; la cifra se eleva al 39 % entre los adolescentes de 11 a 15 años; y es coronada con un 65 % entre las personas mayores de 20. Es decir, seis de cada 10 salvadoreños en edad adulta tiene un índice de masa corporal arriba de lo normal. La actual ministra de Salud lo advertía en un video producido por la Alianza Nutres de El Salvador: hay niños de estas nuevas generaciones que han ingerido una cantidad de azúcar mayor a la que sus abuelos consumieron en toda su vida.

¿Cómo se llega a estas cifras que son motivo de alarma? El menú incluye pollo frito, pizza, pan –mucho pan–, varios sabores de gaseosa, y, de postre, churritos y una pinta de helado. Es una comilona no apta para cardíacos de grasas saturadas y azúcar que esconde tristes realidades, como que en muchas comunidades rurales y semiurbanas del país es más barato y accesible comprar una botella de 2 litros de gaseosa que agua. O que la misma necesidad alimenticia de muchas familias, las hace llenar su dieta de harinas. A esto hay que sumarle el sedentarismo.

Por la inseguridad, en muchas colonias y barrios del país no es seguro que los niños y adolescentes jueguen en la calle o se acerquen a las canchas de básquet o de fútbol más cercanas. A algunos ni siquiera los dejan ir a comprar las tortillas. Lejos del “buen vivir”, en su vida de enclaustro, su principal compañía es la computadora, el chat del celular o una televisión conectada a un DVD.

Un panorama desalentador que no cambia en las escuelas públicas, ya que muchas no cuentan con la infraestructura mínima para poder desarrollar clases de educación física. Y ya en edad laboral, cualquier habitante de San Salvador puede constatar que la mancha urbana ha crecido –y está creciendo– más pensada para carros que para peatones. Para los oficinistas que van del trabajo a la casa, y viceversa, sin dar más que un par de pasos en todo el día. Los carros no solo tapan las calles sino que las aceras cuando están estacionados. En la dictadura del automóvil ni los peatones ni los ciclistas son bienvenidos. Es la fórmula perfecta para sumar libras de más.

El sobrepeso se ha visto con humor o como si fuera un chascarrillo –otro chiste de gordos–, pero a la larga se asocia con enfermedades que están inundado los hospitales como la diabetes, la hipertensión, el hígado graso, entre muchas otras. Las autoridades han anunciado que quieren empezar a atajar el problema.

Comenzando con los niños, el Ministerio de Educación busca regular los productos que se venden en los cafetines de las escuelas. Una disposición positiva pero que no oculta el hecho de que a la gente, al salvadoreño de a pie, le ha faltado información sobre las implicaciones de comer más carbohidratos que proteínas y del sedentarismo. Una responsabilidad informativa del Gobierno. En este país, uno puede llegar a una venta de hamburguesas, comprarse cinco, comérselas ahí mismo y nadie va a decir nada. Si se tiene el dinero hasta se puede pedir más para llevar.

Es una tragedia silenciosa. El cambio de mentalidad no ocurre de la noche a la mañana, pero es fundamental que no se deje pasar más tiempo. Se necesita que entidades como el Instituto Nacional de los Deportes (INDES) salgan del ostracismo y asuma un rol protagónico. Que se realicen campañas masivas para informar sobre dietas sanas y su relación con una buena salud. Cuidarse, al final, depende de cada quien.

Vivo dos posguerras

Vivo dos posguerras; una a escala relacional y la otra de mi país. La de mi país la he vivido de lejos y la otra, desde el meollo. Esto lo escribí hace casi un año en el margen de una libreta de apuntes. Claro está que la primera posguerra que me marcó fue la que seguimos viviendo como parte del proceso nacional de El Salvador. Pero durante la disolución de mi matrimonio se me ocurrió que el divorcio también trae su propia posguerra; un período de tiempo posterior al combate abierto durante el cual se sufre sus consecuencias. Las dos posguerras me han hecho reflexionar sobre la importancia de los momentos de transición en la vida marcados por crisis anteriores.

Uno se equivoca pensando que, con la firma de un acuerdo o con la concesión de un divorcio, solo queda vivir la paz. Resulta casi inverosímil que después de tanto trámite y angustia no se pase de golpe a una nueva lógica de vida. Pero lo que toca al terminar una guerra, a escala relacional o a escala nacional, es caminar por un paisaje hecho ruinas, entre ambigüedades, ambivalencias, fragmentos, desórdenes, cuentas, cartas, fotos y correos extraviados. El cese de fuego le permite a uno hacer la toma de inventario de lo que se puede redimir y restaurar; muchas veces suele ser bien poco. Pero de esos primeros pasos tambaleantes a llegar a la paz hay un largo trecho.

La paz no es la no-guerra; la paz requiere actividad, la construcción de armonía organizada alrededor de una maqueta bien pensada. En un momento de desgaste y ruina se impone la tarea inmediata de renovación. Esto es porque uno de los problemas básicos de cualquier posguerra suele ser la falta de una buena infraestructura. Lo que toma años en establecer se desarma y uno queda expuesto con dificultades para poner orden al caos. La vida nos llama a responder, pero ya sin los sistemas acostumbrados; todo hay que negociarlo de nuevo y lo cotidiano se vuelve irreconocible. Por eso es que la posguerra requiere presencia mental, energía, negociación, diálogo, madurez donde antes uno simplemente había funcionado en automático. Me he dado cuenta de que el cumplimiento inicial de estas tareas influye mucho en las secuelas de guerra y en la transición a una nueva etapa de vida.

Dicho todo esto quiero aclarar que me parece demasiado simplista pensar que algún día salimos del laberinto de nuestras posguerras. En esto soy más proponente de la teoría del caos y de la noción poética de que el aleteo de una mariposa en Brasil puede terminar desatando un tornado semanas después en otro país. La teoría del caos se basa en el hecho de que el presente es susceptible en un primer momento a condiciones iniciales mínimas que se quedan imperceptibles e invisibles con el tiempo. De la misma forma, cualquier turbulencia de la vida nos marca en un primer momento y no podemos saber hasta dónde llevan los efectos secundarios. Seguimos hablando de “posguerra” precisamente porque las transiciones desatadas con el fin del conflicto son apenas condiciones iniciales inconclusas.

Con todo, este año cumplo dos años de divorciada y en El Salvador se marcan los 25 años de posguerra. En ambos casos la inseguridad, la insuficiencia y la desilusión son amenazas constantes, pero también hay esperanza, creatividad y energía. Los conflictos de la vida crean estelas caóticas cuyo impacto final no se puede saber ni pronosticar con certeza alguna. Esto no quiere decir que el aleteo inicial de la mariposa sea insignificante, sino todo lo contrario, mis dos posguerras me han llevado a la conclusión de que cada acción inicial debe tomarse con decisión y responsabilidad sabiendo que el impacto eventual será formidable. En fin, nuestras posguerras se hacen puentes o estanques dependiendo de la solidez de un programa inicial de transición hacia la paz y de la firmeza de nuestros primeros batidos de alas hacia ese camino.

Carta Editorial

La forma en la que quedó registrada la masacre cometida en enero de 1932 en varios municipios de la zona occidental del país no solo retrata los múltiples intentos de censura. También saca a la luz a quienes con acciones individuales, pero decididas y llenas de valentía, hicieron lo que pudieron por sacar a las víctimas de la ingratitud de anonimato y, así, dejar constancia de la brutalidad y de la sangre derramada.

Con la anécdota de una de estas personas –una mujer que perdió a tres familiares en la jornada de violencia– arranca el reportaje con que abrimos esta edición. El texto de la periodista Valeria Guzmán es un hilo que une pasado y presente desde la historia escrita en libros de actas y revela la ingratitud de un país hacia los archivos.

Así como es significativa la valentía de una mujer que se acercó a la alcaldía a realizar un trámite en plena persecución de cualquier persona que se identificara como indígena; también lo es la insistencia de un hombre que, en la actualidad, lucha por conservar en las mejores condiciones posibles esos documentos que han sido tan poco apreciados. Desde sus trincheras, ambos van en contra de una sociedad que desde siempre ha preferido pasar la página.

En el estado en el que se encuentran los papeles que retratan lo que sucedió en la zona hace 85 años lo que hay es un enorme desprecio por la historia y por la vida. La historia que no solo pertenece a un sector de la población, sino que a todos. Y las vidas de una cantidad todavía no determinada de personas a quienes se les negó el derecho a transcender.

Los esfuerzos de aquella mujer en 1932 y de un hombre que en estos tiempos trabaja para que el libro de actas de defunción no ceda ante el deterioro nos permiten saber el nombre y el apellido de tres de las víctimas de esa represión. El país necesita hacer un ejercicio de empatía y de reconocimiento de sus heridas. Necesita confrontar y ponerle nombre y apellido a los recovecos más dolorosos de su historia.

“Creo en el poder de la mente”

¿Qué es lo que más le falta al deporte nacional?

Hace falta dinero, un fondo especializado para el deporte, además de compromiso por parte de instituciones gubernamentales y federaciones que apoyen al atleta.

¿Cómo se imagina su perfecta jubilación?

Me la imagino siendo campeona en algún torneo internacional. También me gustaría dejar un legado de niños y niñas que jueguen vóleibol de playa.

¿Qué es más frágil: la mente o el cuerpo?

Creo en el poder de la mente y la fuerza de voluntad.

¿A dónde va cuando quiere algo de paz?

A mi casa, no hay mejor lugar que el hogar.

¿Es cierto que “todo tiene su precio”?

Sí, tanto lo material como las cosas que pasan en la vida.

¿Cuál es el recuerdo más dulce que tiene de su vida como atleta?

Ser campeona en Centroamérica y escuchar sonar mi himno nacional.

Buzón

Merecido

Hacer una semblanza del que fuera obispo auxiliar de la arquidiócesis de San Salvador por muchos años es entrar en una descripción en paralelo de lo que fue la vida del beato Óscar Arnulfo Romero, ambos han ido dejando una impronta como incansables luchadores sociales, palmarios enemigos de la deshonestidad y la injusticia social, comprometidos con los más desposeídos, firmes defensores de los derechos humanos y pregoneros de la verdad; esos son algunos de los atributos que los unen en su misión. Tener un cardenal de la altura de Rosa Chávez es un paso más en el devenir de la Iglesia católica salvadoreña, pues sus aportes significativos en momentos de tensión entre posturas contrapuestas lo han colocado como uno de los mediadores más reconocidos en nuestra historia de las últimas décadas. Ser árbitro de conflictos requiere de facultades que solo en personas como la del nuevo cardenal se encuentran, que con su talante allanan fácilmente el camino hacia el diálogo. Su sensibilidad social lo hace percibir fácilmente el drama humano de los marginados colocándolo como uno de los más incansables y tenaces promotores de los derechos que tienen los menos favorecidos, siendo uno de los férreos inconformes en callar y no denunciar las injusticias y atropellos que se han cometido en diferentes épocas, un hombre incondicional para que haya paz y equidad, lo demostró con su presencia en todas las rondas de diálogo en búsqueda de la paz durante el conflicto armado, aún en su última homilía como obispo auxiliar no ha desaprovechado el momento para hacer el llamado a promover la paz que tanta falta nos viene haciendo. Ha criticado mucho a los que predicando el evangelio, se dedican a vaciar la billetera de los fieles, algo que ya se volvió costumbre en nuestro medio por parte de algunas denominaciones religiosas y algunos predicadores. Para hablar del apostolado de una persona como la del prelado que describimos se necesita mucha tinta, es tanto su bagaje de bondades que basta con reconocerle como un benefactor de la humanidad, asesor espiritual y enérgico en la búsqueda del bien para los demás. Cuarenta y siete años de sacerdocio dicen bastante de su trayectoria, pero ahora con su ascenso al cardenalato la justicia lo ha honrado con un merecido reconocimiento como cosecha de lo mucho que ha sembrado. No queda más que desearle toda clase de buena suerte en su nueva investidura eclesiástica.

Julio Roberto Magaña
jrobertomasa@hotmail.com


Un cardenal entre nosotros

Interesante reportaje dedicado a la vida y obra de monseñor Gregorio Rosa Chávez, indudablemente, un personaje que ha sabido llevar con dignidad la investidura del sacerdocio.
Un detalle pequeño pero que a mi juicio vale resaltar es el relacionado con su trabajo en pro de la educación, la formación y la atención que nuestros jóvenes necesitan con urgencia en este nuestro querido y maltratado país, es, según el reportaje un aporte importante el que monseñor ha dado al Complejo educativo en mención, bien por ello. Teniendo a un cardenal entre nosotros es de esperar que aquellos que se dicen seguir los pasos del beato Romero vuelvan su mirada hacia los más necesitados, se den cuenta –de una vez por todas–, de que hay que apostarle a una educación de calidad y atender a nuestros niños hoy para garantizar el cambio generacional que deje atrás la vorágine actual.

David Tovar
kioskotovar@gmail.com


Que vengan más domingos

Siempre estoy pendiente de la revista. Sé que este mes cumple un aniversario más, lo cual es motivo de alegría porque a lo largo de estos años la revista ha contribuido a que muchos conozcamos sobre diferentes temas de política, economía, de los derechos de las mujeres, literatura, medio ambiente y personajes salvadoreños destacados. De estos últimos forma parte monseñor Gregorio Rosa Chávez nombrado recientemente Cardenal. Felicito a Moisés Alvarado por describir un día en la vida de este sacerdote de gran carisma, como se puede entrever en todo el reportaje. Me impactó mucho la humildad de monseñor que, como bien lo dice el obispo luterano, Medardo Gómez, este nombramiento le hace justicia a este sacerdote que se caracterizó siempre por ser parte de la solución en tiempos de guerra. Recuerdo su figura en la televisión en 1984 acompañando al Gobierno y a las fuerzas insurgentes en La Palma. En monseñor se hace cierta la frase de “los tiempos de Dios son perfectos”. Así como dice Isaías 55: 8: “Pues sus proyectos no son los míos y mis caminos no son los mismos de ustedes”. Ante el último nombramiento del arzobispo Escobar Alas hubo cierto desencanto entre muchos de nosotros pues monseñor Rosa Chávez, al tener muchos años de ejercer como auxiliar, parecía el idóneo, pero Dios le tenía preparado algo mejor. Son los frutos que el beato Romero va dando a la Iglesia. Espero que monseñor Rosa siga apoyando a la Iglesia y ahora, como cardenal, acompañando con sus palabras a los salvadoreños; como dice en el reportaje, caminando con la gente que necesita ese aliciente para no desesperar ante la situación difícil que vive el país con la indiferencia y corrupción de la mayor parte de la clase política. Por otra parte, me ha gustado el reportaje de Barack Obama, que retoman del periódico El País, sobre el estilo de vida del “jet set” practicando el Kite surfing y cobrando exorbitantes cantidades por media hora de conferencia, viajando en yates, lo que contrasta con la figura que se “vendió” al finalizar su paso por la Casa Blanca; que junto a Michelle regresarían a su estilo de vida anterior. Como bien dice un dicho que parece tristemente cierto: “La costumbre se hace ley” y, como sus antecesores han hecho lo mismo, Obama lo hace aunque se diga que parte de esas ganancias retornarán a obras de “beneficencia”. Lo que muestra que la clase política se ha quedado en el pasado. Está haciendo política como en el siglo XX, las exigencias son otras. Las personas quieren ver otro tipo de políticos, aunque los medios como en el caso de Barack se encargaron de mostrarle como un ícono, un pionero diferente a los otros, hoy esos mismos medios de comunicación son los que están exponiendo su estilo de vida de rico y famoso. He ahí que ante un mundo tan globalizado, estos personajes deben de forjarse otro código ético. Que vengan más domingos para Séptimo Sentido y que siempre sigan enriqueciéndonos con sus reportajes, mis felicitaciones a todos.

Ruth Karina Sánchez
tearu@hotmail.com

Misterios de escalera

MISTERIOS DE ESCALERA

La casa a la que se trasladaron cuando el jefe de familia –como a él le gustaba que le llamaran– estuvo económicamente capacitado para subir de estatus residencial no era de grandes dimensiones pero tenía tres pisos. Sin duda, una extravagancia arquitectónica en un ambiente de estricta clase media, aunque bien se sabe que la imaginación no tiene límites de clase. Esto, en otros términos, es lo que dijo “el jefe de familia” cuando les comunicó a los suyos la decisión de adquirir el inmueble para trasladarse a vivir ahí de inmediato:

—Tenemos que subir de todas las formas que sea, y para recordárnoslo cada día van a estar los escalones que nos llevarán hacia arriba…

Y es que el tercer piso, el más reducido de los tres, con solo dos pequeñas habitaciones, sería el lugar para reposar y dormir. En una, el señor y la señora; en la otra, las dos hijas en edad escolar. Cuando estuvieron acomodados, todo pareció normal, sin resistencias aparentes. Y como no era ninguna novedad ese reparto de espacios, la vida siguió de inmediato su curso.
El vivir diario, sin embargo, no siempre es lo que parece. Cada uno de los cuatro habitantes de la casa vivenciaba aquel ambiente de manera muy distinta, aunque las diferencias no surgieran a la superficie. El señor, que ahora prestaba servicios de consultoría por internet, pasaba buena parte de su tiempo en el escritorio mínimo que estaba junto a la única ventana de su cuarto; la señora, que era costurera por encargo, elaboraba sus piezas en una antigua máquina Singer que heredó de su madre y que tenía ubicada en el casi vacío segundo piso; y las dos hijas, adolescentes que empezaban a experimentar inquietudes existenciales, siempre estaban en la primera planta, entre la cocina, la sala de estar y el galponcito donde permanecían las bicicletas.

Pasados los meses se fue haciendo evidente que aquella distribución de espacios estaba deshaciendo casi todas las posibilidades de comunicación cotidiana. Hubo días en que ni siquiera se cruzaban, ni siquiera en los momentos habitualmente comunes, como eran los tiempos de comida. El señor se llevaba los alimentos al escritorio; la señora, que era de muy poco comer, tenía un hornito microondas en una repisa a la par de la máquina de coser; y las dos niñas picaban todo el día en cualquier lugar como pájaras insaciables.

Así las cosas, llegó el momento en que el sitio donde más posibilidades había de encontrarse era la escalera, pero como ahí no era posible quedarse quieto por más de unos segundos, los encuentros parecían estaciones en una banda en movimiento, aunque desde luego la escalera siempre estaba inmóvil.

De pronto, aquella rutina tuvo un quebranto inesperado. La señora padeció un desvanecimiento sin antecedentes y hubo que llevarla en ambulancia al hospital más cercano, con todos los signos de una dolencia verdaderamente grave. Los médicos, luego del examen de rigor, llamaron al señor para informarle:

—Su esposa está padeciendo una insuficiencia cardíaca severa, y lo que ha tenido es un aviso de que tiene que cambiar todo su esquema de vida…
—Nosotros dormimos en un tercer piso, y hay que subir escaleras…
—Eso debe ser evitado desde este mismo instante.

No había tiempo que perder. Al nomás volver a la casa comenzó la mutación. Todo lo que estaba en el segundo piso y en el tercer piso pasó al primero, que hoy era un hacinamiento donde apenas se podía dar un paso. ¿Por qué nadie se quedó en el segundo o en el tercer piso? Quizá por un naciente sentimiento de solidaridad. El jefe de familia dio su veredicto:

—Es una lección. Dejamos la escalera que se mira y hoy tenemos que aprender a subir en la escalera que no se ve, que es la escalera de la vida.
La señora, quieta por necesidad, se pronunció al respecto:
—Y yo quiero llevar la iniciativa. El corazón me lo manda.

MISTERIOS DE HORIZONTE

Desde la ventana, suficientemente amplia para tener a disposición un buen trozo del cielo que daba al poniente, aquella señora que era viuda reciente y sin hijos se había vuelto de pronto contemplativa pertinaz. Su marido fue un hombre dominante y absorbente, que apenas le dejaba respiro, sobre todo en la convivencia hogareña, y ahora, cuando él se había ausentado del todo de seguro movido por el azote orgánico de sus mismas ansiedades, ella estaba ahí, ensimismada y silenciosa, como si estuviera invadida de sentimientos depresivos.

Solo tenía una amiga, que era una prima lejana con la cual habían sido cercanas desde la infancia. La amiga la observaba con inquietud, quizá porque presentía que todo aquello podía conducir a algún desenlace indeseable. Incluso podía andar circulando por aquellas estancias el fantasma del suicidio, que daba escalofríos de solo imaginarlo.

Nunca salía de la casa, y la amiga le preguntó el motivo de ello. Su respuesta fue otro enigma:

—Lo hice cuando no tenía horizonte, y hoy que lo tengo no hay para qué.
—¿Horizonte? ¿Cuál horizonte?
—Ése. Míralo.
—Yo lo que veo es una hilera de colinas al fondo de las zonas pobladas, y encima de ellas un telón de nubes… Lo de siempre.
—Es lo que nunca pude contemplar a mis anchas cuando él estaba conmigo.
—¿Pero de qué te sirve estar así todo el día viendo hacia afuera, cuando podrías estar afuera gozando de muchas cosas?
—Ah, es que yo antes veía el paisaje como si hacerlo fuera algo indebido, casi pecaminoso, porque para él yo debía estar siempre haciendo oficio, para que todo estuviera a su gusto; y hoy, en cambio, puedo quedarme aquí el tiempo que yo quiera, respirando como me gusta, soñando con lo que pueda haber detrás…

—Entonces, ¿no estás deprimida?
—¿Deprimida? ¡No! Al contrario: estoy ilusionada. Me he reconciliado con el horizonte, y eso me llena de serenidad. El horizonte es mi nuevo amigo, ¡qué dicha!

MISTERIOS DE TUMBILLA

Tía Ofelia había sido, desde que él tenía memoria, la parienta más cercana a su inmediato círculo familiar. Ella se casó en su primera juventud, tuvo una hija y muy pronto el cónyuge desapareció como por encanto. La hija de tía Ofelia era una niña aparentemente común, pero al iniciar la adolescencia empezó a dar muestras de ensimismamiento sospechoso, y un día de tantos dispuso irse con una caravana de turistas de mochila a recorrer mundo. Tía Ofelia se quedó sola y casi todas las tardes pasaba a verlos a ellos.

Cuando él se independizó, ya con empleo y con pareja, tía Ofelia le hizo una oferta inesperada:

—Yo estoy sola. Ustedes dos trabajan y el primer niño ya viene de camino. Si me dejan vivir con ustedes, yo me puedo encargar de todos los oficios de la casa. Todavía estoy fuerte.
Aceptó, más por compasión que por necesidad. Tía Ofelia, con solo una vieja tumbilla como equipaje, llegó y se instaló en una especie de rincón techado y protegido por piezas de madera rústica que estaba en la parte trasera de la vivienda. Ella permanecía en las otras partes del reducido hogar, realizando las labores domésticas, que cumplía con gran esmero.

Tía Ofelia pareció rejuvenecer con su nueva situación, y tal efecto se intensificó al máximo cuando la señora de la casa estaba a punto de dar a luz. El parto fue perfecto, pero sorpresivo y urgente. Tía Ofelia tuvo que oficiar como partera. Era una niña. Cuando la tuvo entre sus brazos, tía Ofelia se transfiguró, de seguro por la emoción.

En los días siguientes pareció rejuvenecer en forma casi mágica. Y aquella tarde cuando los dos padres volvieron de sus ocupaciones, ni tía Ofelia ni la niña estaban ahí. Quizás andaba por los alrededores, pero nunca volvió. Se activaron todas las alarmas. Los padres hubieran tenido respuesta de haber ido a abrir la tumbilla, agazapada en una esquina. Ahí adentro había una nota escrita en caracteres enigmáticos: “Mi hija ha regresado, y hoy me toca irme con ella a correr mundo. No nos busquen, no nos van a encontrar jamás”.

Argentina alumbra movimiento global contra feminicidios

Desde la educación. Las demandas de Ni Una Menos van desde la elaboración de estadísticas oficiales y la protección de víctimas hasta la inclusión de la temática de la violencia contra las mujeres en programas escolares.
Huelga. Este año Ni Una Menos ayudó a organizar
la primera huelga general de mujeres el 8 de marzo en
coincidencia con el Día Internacional de la Mujer,
que tuvo adhesión en varias decenas de países.

En vísperas de la Nochebuena de 2011, Maira Maidana le prendió una vela a la santa patrona de Argentina, cerró los ojos y rezó, tal como lo hacía cada vez que temía una golpiza de su pareja.

Pero esta vez, a diferencia de los golpes habituales, sintió que todo su cuerpo ardía. Cuando se dio vuelta, él la estaba mirando con una botella de alcohol en la mano. En llamas, Maidana corrió hacia tres grifos, pero no salió ni una sola gota de agua.

Después de 59 cirugías, Maidana tuvo el coraje de contar la verdad sobre lo que le pasó aquella noche y había callado durante años. Se lo debe al movimiento civil Ni Una Menos, que ha movilizado a cientos de miles de personas en Argentina contra la violencia de género desde 2015 y se ha extendido rápidamente por todo el mundo.

“Con Ni Una Menos las mujeres ya no se ocultan”, afirma Maidana, quien tiene cicatrices en el cuello y el pecho y habla en susurros a causa de las quemaduras. La mujer, de 29 años, marchó durante la última manifestación a principios de este mes en Buenos Aires, sosteniendo con orgullo una fotografía de ella misma con el torso quemado y la frase “A pesar de todo”.

“Antes las mujeres no hablábamos, no contábamos. No sé si era miedo o vergüenza. O sentir que la justicia no te ayudaba”, reflexiona Maidana. “Me gusta que se muestre, que se abran los ojos, que lo vean todos”.

***

Solo en 2016 se registraron 254 feminicidios en Argentina, según un reporte de la Corte Suprema de Justicia difundido a finales de mayo. Esto significa que una mujer es asesinada cada 34 horas en el país. En 60 de los casos había denuncias previas por violencia.

Maidana temía que algún día su pareja intentaría matarla.

 

Se conocieron en 2003: él tenía 14 y ella un año más. La primera vez que le pegó fue en 2005. Estaban bromeando con compañeros de escuela y él se puso celoso. Después de clases, le dio un puñetazo en la cara. Al otro día ella fue a la escuela con un ojo morado. Una amiga le aconsejó que lo dejara porque, si lo perdonaba, se iba a poner peor.

Tenía razón. Durante los siguientes ocho años la golpeó regularmente, salvo cuando estuvo embarazada de sus dos hijos, Áxel y Nicole. Consumía drogas y solía regresar a casa borracho.

Cuando sus hijos eran pequeños presenciaron las peleas. Dejaba que descargara su furia sobre ella para que después no los lastimara a ellos. Cuando entendió que ella ya no lo amaba, amenazó con suicidarse. Un día tomó un cuchillo de la cocina y se cortó las muñecas enfrente de los pequeños.

“Tenía asco, bronca, pero sobretodo, miedo”, recuerda Maidana. “El miedo no me dejaba pensar, reaccionar, liberarme, pedir ayuda, escaparme”. El día que le prendió fuego, ella había estado ayudando a su madre en los preparativos para la fiesta del cumpleaños 17 de su hermano. Maidana estaba ansiosa por estrenar un vestido blanco que había escogido con su pareja.

Pero cuando él regresó a la casa estaba borracho y sin ánimo de ir a la fiesta. Ella le insistió, le contó lo duro que había trabajado todo el día en los preparativos. Apenas llegaron a la celebración, él comenzó a quejarse de que su vestido era muy corto. Estaba celoso y con ganas de pelear.

A mitad de la fiesta él quiso irse. Ella accedió para evitar una escena frente a su familia y amigos. Llamaron un taxi y regresaron a casa con sus dos hijos. Cuando llegaron, él le pidió a su hermana que encerrara a los niños en un cuarto y comenzó a gritarle a Maidana.

La discusión subió de tono. Él la amenazó con abandonarla. Por primera vez después de años de soportar sus palizas, Maidana lo enfrentó y le dijo que se fuera. Se sentía fuerte.

Pero eso no duró mucho.

***

Una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia psicológica o física, según Naciones Unidas. En la mayoría de los países menos del 40 % de las víctimas buscaron ayuda.

En Argentina se cometieron 2,384 feminicidios entre 2008 y 2016, según la Casa del Encuentro, una asociación por la defensa de los derechos de las mujeres. No son las cifras más altas de América Latina, pero los casos han tenido un aumento constante en los últimos años, dice Ada Rico, presidente de esa organización.

La cultura machista es todavía fuerte en Argentina, donde las mujeres sufren acoso callejero con frecuencia. En 2014, cuando era el alcalde de Buenos Aires, el actual presidente Mauricio Macri dijo en una entrevista que a todas las mujeres les gusta que les digan qué buen trasero tienen. El comentario le valió duras críticas y desde que fue electo en 2015 se manifestó a favor del Ni Una Menos y de mayor protección para víctimas.

Después de decirle a su pareja que se fuera de la casa, Maidana se quitó el maquillaje. Luego, con las manos temblorosas, prendió una vela en un pequeño altar con la imagen de la Virgen de Luján. Eran las 2:45 de la madrugada.

De repente sintió calor.

“No sabía qué estaba pasando, estaba en llamas”, recuerda.

Desesperada, corrió al baño y abrió la ducha. Luego el lavamanos. Nada. Llegó a la cocina. No salió una gota de agua por ningún lado. Él había cerrado antes las llaves de paso.

Estuvo en llamas durante algunos minutos que a ella le parecieron horas. Finalmente corrió al jardín y se zambulló en la piscina de plástico para niños con agua sucia. Sintió como si ardiera por dentro.
Minutos después, él le dijo que el agua había vuelto. Maidana tomó una ducha. Las cenizas de un vestido floreado -que solo usaba para dormir porque a su pareja le parecía demasiado escotado- se habían fundido en su pecho carbonizado.

 

El agresor no quiso llamar a una ambulancia, pero aceptó dar aviso a la policía. Cuando los oficiales llegaron a la vivienda, él les dijo que era un vecino.

Maidana fue trasladada a una pequeña clínica donde perdió al conocimiento. Dada la gravedad del caso fue trasladada a un hospital especializado para tratar las quemaduras. Ahí estuvo internada durante cuatro meses, mientras su mamá Olga cuidaba a sus hijos.
Un día el padre los retiró del colegio y se los llevó con él. Después de 10 meses y con ayuda de un abogado, Maidana recuperó a los niños.

A causa del ataque tiene cicatrices en el pecho y partes del rostro pese a una docena de cirugías e implantes de piel. Perdió la mayoría del cabello, la audición en el oído derecho y la visión en el ojo izquierdo. Bajó 30 kilogramos, a la mitad de su peso habitual. Su garganta resultó severamente dañada, lo cual le dificulta hablar.
Tuvo que aprender a comer y caminar de nuevo con ayuda de su mamá. Por temor a que lastimara a sus hijos, Maidana nunca denunció a su expareja ante la justicia. En vez de eso, le contó a su familia y a la policía que ella se derramó alcohol y se prendió fuego.

Sus padres nunca creyeron la versión del intento de suicidio. Pero Maidana mantuvo la misma historia hasta la marcha de Ni Una Menos.

***

En un país con un movimiento feminista poderoso y con una tradición de mujeres luchadoras como Eva Perón y las Madres de Plaza de Mayo, Ni Una Menos se gestó a partir del encuentro de una veintena de periodistas, intelectuales y artistas, algunas con militancia en el feminismo, que se sintieron interpeladas por una serie de brutales feminicidios a principios de 2015. El nombre lo tomaron de un poema sobre la masacre de mujeres en Ciudad de Juárez, de la escritora mexicana Susana Chávez, asesinada en 2011.

Primero organizaron una lectura pública de textos sobre violencia de género, con la participación de familiares de víctimas. Pero cuando Chiara Páez, una adolescente de 14 años embarazada, fue asesinada por su novio y hallada enterrada en la vivienda de la familia del asesino, ellas dijeron basta.

La primera convocatoria a protestar llegó de un tuit de la cronista radial Marcela Ojeda: “Mujeres todas, ¿no vamos a alzar la voz? Nos están matando”. El mensaje se replicó por miles e inspiró la primera marcha el 3 de junio de 2015.

Las organizadoras pensaron que sería pequeña. Pero ese día miles inundaron las calles de 70 ciudades de Argentina exigiendo que dejaran de asesinar a mujeres. La protesta mereció amplia cobertura de los medios de comunicación, que a partir de entonces tomaron la violencia de género como un tema central de su agenda.

Maidana se sumó a la marcha frente al Congreso porque quería “sentirse viva” después de tanto dolor. Cuando advirtió la comunión entre tantos miles, desde mujeres con cochecitos de bebés, estudiantes y hasta políticos de todos los partidos, empezó a llorar. Abrazó a su madre y le dijo que estaba lista para contar la verdad.

“Tenía un dolor inmenso de ver a tantas madres, padres, amigos reclamando justicia por chicas que ya no estaban. Y a la vez estaba reclamando por mí misma, que estaba viva”, confesó Maidana.

Al otro día de la movilización, se despertó y escribió una carta de agradecimiento. “Hoy, un día después, dejé salir la angustia… Me sentí agradecida por no ser un cartel, una bandera, una foto, un nombre más. Por poder luchar por ellas. Doy las gracias a Dios por luchar y poder gritar: ‘Ni una menos’”.

Aquella marcha inicial creció rápidamente hasta convertirse en un movimiento global, con lazos en varios países de América Latina y también en Nueva York, Berlín e Italia. El astro Lionel Messi se sumó a la campaña con un mensaje contra los feminicidios en su cuenta de Twitter. Durante una visita a Buenos Aires en marzo de 2016, Michelle Obama elogió la lucha de las mujeres argentinas.

 

Este año Ni Una Menos ayudó a organizar la primera huelga general de mujeres el 8 de marzo en coincidencia con el Día Internacional de la Mujer, que tuvo adhesión en varias decenas de países, desde Tailandia a Chile y de Polonia a Corea del Sur. Al mismo tiempo, el movimiento estableció alianzas con otras organizaciones feministas, como Vivas Nos Queremos, de México. Las redes sociales han sido una herramienta central para afianzar esta comunidad global.

Las demandas de Ni Una Menos van desde la elaboración de estadísticas oficiales, la protección de víctimas y la inclusión de la temática de la violencia contra las mujeres en programas escolares. Ha obtenido algunos éxitos. Por un lado, la Corte Suprema creó un registro nacional de feminicidios. A finales de 2016 se sancionó en Buenos Aires una ley que penaliza el acoso callejero verbal o físico, mientras la marca de vestimenta deportiva Reef canceló su tradicional concurso que organiza desde hace 23 años para elegir la “mejor cola” del verano en el balneario argentino de Mar del Plata.

“El feminicidio es la punta del iceberg, no se soluciona con más policía”, explicó Marta Dillon, periodista y una de las fundadoras de Ni Una Menos. “El movimiento busca ser revolucionario. Y nos hacemos cargo de esa palabra. Revolucionar las sensibilidades y las condiciones sociales y económicas”.

Maidana dejó a su pareja en 2011, después del ataque. Todavía no ha tomado el coraje para denunciarlo ante la Policía, pero conserva en una bolsa plástica los restos del vestido de flores que usaba aquella noche y la botella de alcohol como evidencia.

Puertorriqueños huyen de las ejecuciones hipotecarias

Ayuda. Las organizaciones no gubernamentales que prestan auxilio jurídico se han visto desbordadas por el aumento de ejecuciones de hipotecas.

Elvis Guzmán abrió la carta, vio que estaba en inglés y se la llevó a su abogado para traducirla.

Este vendedor de metal reciclado de 59 años creyó que era otra carta del banco advirtiendo a su familia del atraso en el pago de su hipoteca. Pero la noticia que le dio el abogado lo sorprendió.

“Me dijo que estaba perdiendo mi casa. Cuando él me dijo eso, yo estallé en llanto”, recuerda Guzmán. “Usted no se imagina la depresión que yo he tenido. Yo voy a pelear con uña y diente por mi casa”.

En Puerto Rico, una media de 14 familias pierden sus casas a diario por ejecuciones hipotecarias, más del doble que hace una década, mientras la isla enfrenta una crisis inmobiliaria peor que la que provocó la Gran Recesión en Estados Unidos.

Familias de todo el país se mudan con sus parientes, se quedan en la calle o simplemente huyen a territorio continental con sus registros de crédito destrozados mientras el Gobierno insular lucha por reestructurar una parte de su deuda pública de $73,000 millones y por sacar a la economía de una recesión que dura ya una década.

“Es la crisis de la que no se habla”, señala Ricardo Ramos, profesor en la Legal Assistance Clinic de la University of Puerto Rico. “Esto tiene tantas y tantas ramificaciones”.

En este territorio estadounidense de 3.4 millones de habitantes, los tribunales locales supervisaron la ejecución de 33,000 hipotecas entre 2009 y 2016, según estadísticas gubernamentales. El año pasado, las entidades bancarias recuperaron un récord de 5,424 viviendas, un 130 % más que hace casi una década, cuando el Gobierno comenzó a recopilar estos datos.

El número de ejecuciones hipotecarias real, sin embargo, es mucho más elevado ya que las estadísticas oficiales no incluyen una estimación de 20,000 créditos en mora, o cerca de estarlo, que los bancos locales han vendido a compañías fuera de Puerto Rico desde 2009, explica Ramos. Estos casos se tratan en cortes federales y nadie hace un seguimiento de ellos.

Con la vista puesta en el futuro, más de 17,000 viviendas están en proceso de ejecución hipotecaria en tribunales locales, incluyendo la que Guzmán compró hace más de una década en un suburbio de clase trabajadora de la capital, San Juan, y donde vive con su esposa, que trabaja como empleada doméstica, y sus dos hijas pequeñas.

Pagaba $1,114 mensuales por la casa cuando los precios del cobre, el hierro y otros metales cayeron. Su negocio se hundió y se declaró en bancarrota. Entonces empezó a retrasarse en su hipoteca y recientemente se le negó un plan de pagos a pesar de insistir en que puede permitirse abonar $700 al mes.

“Mi abogado me dijo: ‘Tienes que prepararte para un plan B’”, dice Guzmán. “Yo no estoy haciendo eso. No sé qué va a pasar, pero no me voy de mi casa”.

Organizaciones sin ánimo de lucro, con presupuestos cada vez más bajos por el bache que atraviesa la isla, dicen que el aumento de las ejecuciones hipotecarias incrementó el número de puertorriqueños que buscan ayuda en medio de la profunda crisis económica.

“La gran mayoría son profesionales”, señala Leslie Ortiz, portavoz del Ejército de Salvación en Puerto Rico. “Son personas que han estudiado algo, han trabajado y lo han perdido todo y no saben dónde buscar ayuda porque nunca la han necesitado”.

De las 35 personas que se alojaban hace poco en el refugio de la organización para hombres en Puerto Rico, casi la mitad había perdido sus casas y no tenían problemas por abuso de sustancias u otros asuntos, detalló.
La ONG también proporciona ayuda financiera a personas como Sandra Maldonado, una mujer de 40 años, divorciada y madre de dos hijos, que podría perder su casa.

***

Las principales víctimas. La mayoría de personas a las que se les ha quitado el derecho sobre las casas son profesionales que vieron afectados sus ingresos por la crisis económica.
Las principales víctimas. La mayoría de personas a las que se les ha quitado el derecho sobre las casas son profesionales que vieron afectados sus ingresos por la crisis económica.

Maldonado y su exesposo compraron una vivienda de tres dormitorios por $70,000 con ayuda de incentivos locales y federales hace más de una década. No está al corriente de sus pagos porque recientemente tuvo que elegir entre abonar el tratamiento médico de uno de sus hijos o la hipoteca. En alguna ocasión, cuando las cartas del banco se le acumulan, ha pedido dinero prestado a familiares y amigos.

“Te asustas, porque piensas ‘Dios mío, tengo dos niños y me voy a quedar sin techo’”, dice.

El número de puertorriqueños que se quedaron en la calle tras perder el empleo o por un desahucio se incrementó en los últimos años, con más de 4,400 sin techo reportados el año pasado, casi un 10 % más que en 2009, según el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de Estados Unidos. Más de la mitad de las personas en esta situación entrevistadas en 2015 para una encuesta gubernamental bienal señalaron que era la primera vez que estaban sin hogar.

“El problema de las ejecuciones hipotecarias que ha experimentado Puerto Rico en los últimos años es realmente peor que el que vimos durante el peor momento de la crisis en todo el país”, explica Daren Blomquist, vicepresidente de Attom Data Solutions, proveedor de datos de vivienda en Estados Unidos.

El problema en la isla es, además, más persistente, con una tasa de ejecuciones hipotecarias que ha superado el nivel de referencia del 1 % durante casi siete años. En comparación, estados estadounidenses muy afectados por la crisis, como Nevada, estuvieron por encima de esa marca solo durante cinco años, agregó Blomquist.

Y al contrario que en el territorio continental estadounidense, donde la crisis de la vivienda estuvo provocada por el colapso de la burbuja de precios, los expertos dicen que el alto nivel de ejecuciones hipotecarias en Puerto Rico se debe al largo bajón económico, que dejó una tasa de desempleo del 12 %.

“La diferencia con Puerto Rico es que no solo los préstamos con riesgo elevado están impulsando las ejecuciones hipotecarias, sino la débil economía”, dijo Blomquist. “Esto es un problema más difícil de resolver”.

Alrededor de un 60 % de las viviendas recuperadas por los bancos en Puerto Rico han sido abandonadas, explicó Silvio López, presidente de la Mortgage Bankers Association de la isla. Esto ocurrió en solo el 30 % de las casas afectadas en Estados Unidos, la mayoría en zonas muy golpeadas por la recesión.

Para mantenerse a flote, los bancos puertorriqueños han vendido más del 70 % de su cartera hipotecaria en el mercado secundario, dijo Zoime Álvarez Rubio, vicepresidenta de la Asociación de Bancos de Puerto Rico.

“Los bancos no puede cargar con el riesgo, es demasiado para ellos”, señaló, y explicó la venta de los activos problemáticos. “El impacto económico y el riesgo es monumental”.

Según Blomquist, esta es una cifra extremadamente alta, y añadió que los bancos en Estados Unidos continental descubrieron esta estrategia más avanzada la crisis.

El año pasado, los seis bancos comerciales de Puerto Rico tenían aún en sus balances más de 3,800 viviendas recuperadas, valoradas en $338 millones, explicó Álvarez. Para evitar más ejecuciones hipotecarias, las entidades financieras locales implementaron desde 2009 más de 176,000 alternativas, valoradas en $19,000 millones, que incluyen reestructuraciones y refinanciaciones.

Álvarez y otros responsables bancarios señalaron que el número de ejecuciones hipotecarias bajó porque la marca alcanzada el año pasado era un reflejo de lo ocurrido anteriormente. Las estadísticas gubernamentales muestran que la morosidad hipotecaria cayó a casi el 13 % desde el 18 % alcanzado en septiembre de 2012. En suelo continental estadounidense, esta tasa es de apenas el 5 %.

“Todavía es una crisis total. La isla se está cayendo en cantos”, dice Ramos, el profesor de la University of Puerto Rico.

Las principales víctimas. La mayoría de personas a las que se les ha quitado el derecho sobre las casas son profesionales que vieron afectados sus ingresos por la crisis económica.