Carta Editorial
Es un triste símil de cómo nuestra cosa cultural va desapareciendo en el más doloso de los silencios.
Es un triste símil de cómo nuestra cosa cultural va desapareciendo en el más doloso de los silencios.
No existe para dar seguridad, educación, vivienda, salud. No existe para quedarse. No existe para volver. No existe para levantar la voz ante las constantes violaciones a los derechos humanos.
“Cada persona cuenta”, pregona hoy la Fiscalía General de la República y, en eso, tiene toda la razón. Cada persona cuenta.
Estos textos no son una confrontación. Son más un espejo que nos hace ver que en las rutinas hay mucho de interesante y mágico para contar.
Ya son varias las generaciones que hemos aprendido a sentirnos seguros solo mientras estamos encerrados, cercados, alejados.
Llegaron a la conclusión de que la ruta más corta y efectiva hacia el desarrollo común era la educación.
El capítulo de hoy es una deuda añeja, la que más. Sofía es una mujer de 73 años que lleva 40 buscando a sus cuatro familiares que desaparecieron en el marco del conflicto armado.
El FSLN ahora simboliza solo el poder desmedido al que se quieren aferrar Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Vivir huyendo sin poder acudir a nadie para encontrar consuelo y refugio viola cualquier cantidad de derechos humanos de lo más básico.
No se trata de sentir compasión o lástima, se trata de romper el círculo que mantiene al país en donde está.