Macron se ve obligado a rebajar sus ambiciones para Europa

Presidente. Macron ya ha visitado 20 de los 28 países en la UE en sus dos años en el cargo. Reconoce los problemas de la UE y quiere arreglar el bloque en lugar de desmontarlo.

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, se ve a sí mismo como el salvador de Europa, y a las elecciones de este 26 de mayo al Parlamento Europeo como un momento decisivo para la asediada Unión Europea.

Pero Macron ya no es la cara nueva que logró una inesperada victoria electoral enarbolando la bandera de la UE hace dos años. Su estrategia a favor del bloque ha chocado con intereses nacionales y populistas en todo el continente. Y en su país, sus medidas han dado pie a las combativas protestas de los “chalecos amarillos” contra las políticas de liberalización económica de su gobierno.

Macron quería que las elecciones europeas del 23 al 26 de mayo fueran un momento clave para defender sus ambiciones de una Europa más fuerte. Pero en lugar de eso, nacionalistas y populistas que critican al bloque de 28 naciones, podrían obtener un éxito sin precedentes.

Estas voces discrepantes alegan que los líderes de la UE no han logrado gestionar la inmigración en el continente y siguen desconectados de las preocupaciones de los trabajadores corrientes.

“Tenemos una crisis de la Unión Europea. Esto es un hecho. En todas partes en Europa, cuando miras a los últimos cinco o seis años, en nuestro país, pero (también) en muchos países, todos los extremos, las extremas derechas, están creciendo”, dijo Macron el 16 de mayo en una inesperada llamada a la unidad de Europa durante una visita a una feria de tecnología.

“En moneda, en digital, en medidas climáticas, necesitamos más Europa”, dijo. “Quiero que la UE proteja más nuestras fronteras en lo referente a la inmigración, el terrorismo y demás, pero creo que si se fragmenta Europa no hay posibilidad de tener una Europa más fuerte”.

En persona, Macron, de 41 años, se muestra como un sincero convencido de Europa. Es un político centrista que se siente cómodo al citar a dramaturgos griegos, pensadores alemanes o economistas británicos. El presidente más joven de Francia creció en la UE, ha utilizado el euro durante toda su vida adulta y ve la moneda única europea como la única posibilidad de que el continente se mantenga en el juego económico mundial.

Macron ya ha visitado 20 de los 28 países de la UE en sus dos años en el cargo, y si bien reconoce los problemas de la UE, quiere arreglar el bloque en lugar de desmontarlo.

El mandatario ganó las elecciones presidenciales de 2017 ante la líder antiinmigración y de ultraderecha Marine Le Pen, con la promesa de hacer una Europa más fuerte para afrontar la competencia global de Estados Unidos y China. Desde entonces ha tenido que alcanzar compromisos con otros líderes de la UE y chocado con algunos países con gobiernos populistas, como Polonia o la vecina Italia.

Cuatro meses después de ganar las elecciones, Macron presentó su visión para Europa en un discurso en la Universidad Sorbona de París en el que pidió un presupuesto conjunto, unas fuerzas armadas compartidas y concordancia fiscal.

Pero con el Brexit en el horizonte y un auge del nacionalismo, Macron ha tenido que reconsiderar sus ambiciones. Describió su estrategia política con otros líderes de la UE como una “confrontación productiva”.

“Tenemos una crisis de la Unión Europea. Esto es un hecho. En todas partes en Europa, cuando miras a los últimos cinco o seis años, en nuestro país pero (también) en muchos países, todos los extremos, las extremas derechas, están creciendo”, dijo Macron el 16 de mayo en una inesperada llamada a la unidad de Europa durante una visita a una feria de tecnología.

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MACRON INTENTÓ GANAR APOYOS
“En Europa, lo que se espera de Francia es que diga claramente lo que quiere, sus objetivos, sus ambiciones y que después pueda alcanzar un compromiso con Alemania para seguir hacia delante” con otros países europeos, dijo Macron la semana pasada.

El presidente hizo hincapié en que pese a sus reparos iniciales, la canciller de Alemania, Angela Merkel, aceptó el año pasado crear un presupuesto de la eurozona que esperan impulse la inversión y ofrezca un mecanismo de seguridad para los 19 países que utilizan el euro como moneda.

En marzo, Macron intentó ganar apoyos para una Europa de “libertad, protección y progreso” pidiendo a los votantes de 28 países que rechacen a partidos nacionalistas que “no ofrecen nada”.

También propuso definir un calendario de objetivos para la UE a finales de este año, en una conversación con todos los estados miembros y un comité de ciudadanos.

“Habrá discrepancias, pero ¿es mejor tener una Europa estática o una Europa que avanza, en ocasiones a ritmos diferentes, y que está abierta a todos?”, preguntó.

Francia y Alemania son los dos pesos pesados del bloque, y Macron también puede contar con cooperación de gobiernos proeuropeos en Bélgica, Holanda, España, Portugal y otros estados miembros.

Sin embargo, ha evitado explícitamente visitar Hungría o Polonia, dos países con líderes populistas a los que Macron acusó el año pasado de “mentir” a sus ciudadanos sobre la UE.

Francia también se ha visto inmersa en una grave crisis diplomática con Italia en torno a la inmigración en Europa. El ministro italiano del Interior, Matteo Salvini, contrario a la inmigración, ha criticado varias veces a Macron y apoyado al Frente Nacional de Le Pen en las elecciones de esta semana, en las que se adjudican los 751 escaños del Parlamento Europeo.

Macron tiene pocas posibilidades de repetir en Europa lo que hizo en Francia: transformar el mapa político construyendo un potente movimiento de centro que debilitó a la izquierda y la derecha tradicionales.
La campaña del Partido República en Marcha de Macron está liderada por la exministra de Asuntos Europeos Nathalie Loiseau bajo el lema “Renacimiento”. El partido quiere asociarse con la alianza liberal ALDE para crear un grupo centrista en la cámara.

Pero en todo el continente, las expectativas son que los centristas no terminen ni de lejos en primer lugar, sino terceros o incluso más abajo, por detrás de los dos grandes grupos tradicionales del Parlamento, el conservador Partido Popular Europeo y el izquierdista Socialistas y Demócratas.

Ni siquiera en su país es seguro que Macron pueda atribuirse una victoria en los comicios europeos. Los sondeos indican que su formación estaría entre las dos más votadas en las elecciones, que en Francia se celebran hoy.
Pero su principal rival, el Frente Nacional de extrema derecha, está decidido a vengarse de la clara derrota que Macron asestó a Le Pen en 2017.

Los rivales políticos de Macron en todo el espectro político han pedido a los votantes galos que aprovechen las elecciones europeas para mostrar su rechazo a las políticas del gobierno.

Aunque en 2017 ganó con el 64% de los votos, las encuestas francesas indican ahora que la popularidad de Macron ha sido en torno a la mitad de eso en el último año.

Tocó mínimos el pasado otoño con el estallido del movimiento de los “chalecos amarillos”, que reclaman alivio ante los altos impuestos y salarios estancados para los trabajadores franceses, y después subió ligeramente cuando los episodios de violencia en las protestas de los “chalecos amarillos” les costaron apoyo público, especialmente en París.

Aun así, los “chalecos amarillos” no han desaparecido. El día de las elecciones han convocado nuevas protestas contra Macron y su gobierno.

Elecciones. En las elecciones para el Parlamento Europeo, Macron ya no es cara nueva.

Operación tortilla: un molino que defiende al maíz mexicano

Tortillas. Hace décadas, antes de las tortillas empacadas, solía verse en los barrios mexicanos a abuelas o a niños comprando tortillas. Hoy ya no es así.

Aunque afuera duermen las calles de México, en la diminuta cocina del Molino El Pujol un par de manos hábiles ya empieza a darle cuerpo a las primeras tortillas del día.

En este, el último espacio que el chef más famoso del país abrió en la capital, las mesas y los decorados elegantes no existen. Aquí los clientes hacen fila ante un mostrador para realizar sus pedidos y comen de pie o en bancas metálicas frente a una modesta barra de madera. Desde que la vida de este local arranca a las 5 de la mañana y se extingue pasadas las 5 de la tarde, el único protagonista es el maíz. Las tortillas se preparan diariamente, cuando el pecho ronco del molino transforma varios kilos de granos en masa caliente y una vez que están listas permiten saborear trozos de campo e historia local.

En esta nación que hace 10,000 años dio origen al cereal con el que se producen, las tortillas son parte de la vida cotidiana, pero para algunos chefs y expertos en alimentación su calidad ha mermado debido a procesos de industrialización que han afectado la pureza de sus ingredientes mediante la utilización de conservadores o transgénicos. Además, aseguran, muchos mexicanos desconocen cómo se elaboran las tortillas tradicionales y la variedad de maíces que ofrece esta tierra, por lo que un puñado de organizaciones y expendios privados como Molino El Pujol buscan difundirlo.

Hace un año, Enrique Olvera inauguró su molino en la Condesa, un barrio capitalino de clase media alta y la propuesta despertó curiosidad. Su restaurante Pujol suele tener todas sus mesas ocupadas en una zona lujosa de la ciudad y alcanza el sitio número 20 en la lista de The World’s 50 Best, mientras que Cosme –que abrió en Nueva York hace cuatro años– ha atraído a personalidades como Barack y Michelle Obama, quienes lo visitaron una noche para cenar. ¿Por qué, entonces, la estrella más brillante de la gastronomía mexicana decidió abrir una tortillería?

El chef de 43 años dice que se trató de un paso lógico dado que ya había dedicado tiempo a respaldar a productores nativos y ofrecer sus productos en sus restaurantes, pero para Amado Ramírez –un ingeniero agrónomo que ayuda a Olvera en la selección de granos del estado de Oaxaca, en el sur del país– el nacimiento del molino tuvo que ver con la nostalgia. “Para él la tortillería es recuperar su pasado”, asegura. “Reconocer los tiempos en los que iba por su colonia a recoger tortillas y las llevaba bajo el brazo”.

“Con una mala tortilla vamos a tener un mal desempeño. La tortilla toca la cultura, la identidad nacional, la producción, la gastronomía”, Rafael Mier, director de Fundación Tortilla, que se preocupa por visibilizar los beneficios de producir, vender y consumir tortillas de calidad para la dieta e industria.

Para miles de mexicanos, ese recuerdo que ata el corazón del chef a su molino es compartido. Hasta hace unas décadas, antes de que se popularizaran las tortillas empacadas, era común observar en los barrios populares a niños que hacían fila en solitario o tomados de la mano de sus abuelas cerca de amas de casa que también esperaban para comprar. Aquella tradición no ha desaparecido, pero es menos frecuente y hay quien afirma que los ingredientes de las tortillas se han degradado.

“México dio por sentado su maíz”, dice Rafael Mier, director de Fundación Tortilla, que se preocupa por visibilizar los beneficios de producir, vender y consumir tortillas de calidad para la dieta e industria. Según el experto, este alimento tiene una importancia vital porque es el más consumido por la población y al prepararse con masa libre de añadidos es una gran fuente de energía y proteína. “Con una mala tortilla vamos a tener un mal desempeño. La tortilla toca la cultura, la identidad nacional, la producción, la gastronomía”, agrega.

La iniciativa de Molino El Pujol y otros pocos expendios similares podría parecer simbólica dado que su cadena de distribución se limita a clientes capitalinos de clase media o media alta y restaurantes del mismo espectro. Sin embargo, no desisten ante su idea de volver a mirar la tierra propia para contribuir a su desarrollo a pesar de que sus costos son elevados y compiten con gigantes nacionales como Maseca, que distribuye harina empacada para hogares y algunas tortillerías a precios accesibles, o Bimbo, que ofrece tostadas embolsadas en tiendas.

Al entusiasmo de los expendios se suman organizaciones con intereses afines como la que encabeza Rafael Mier y otras como Alianza por Nuestra Tortilla, que propone un decálogo entre cuyos puntos destaca la exigencia de tortillas nixtamalizadas –aquellas que se elaboran únicamente mezclando maíz, cal y agua–, transparencia en el sistema de suministro para clarificar las características y origen de los productos, y el impulso de maíces regionales que al pagarse a un precio justo detonen bienestar campesino y una conexión emocional con el patrimonio cultural.
Sin embargo, hay muchos mexicanos para quienes el costo de tortillas hechas de maíz como el que ofrece el molino de Enrique Olvera resulta demasiado elevado. Concepción Reyes, una mujer de 84 años que compra en un local popular capitalino del barrio San Rafael, dice que jamás pagaría 60 pesos (unos $3) por 1 kilo, porque las que acostumbra adquirir no rebasan los 13 pesos (poco más de medio dólar). En contraste, hay un puñado de personas que sí se animan a visitar expendios como el del chef sin importar los precios y entre ellos es común observar a extranjeros que se dicen felices de haber probado un producto local.

En Molino El Pujol, donde las mañanas transitan en medio de aire caliente y olor a maíz, los clientes no parecen tardar mucho en dejarse seducir. Algunos giran los ojos hacia el cielo cuando dan el primer sorbo a su atole –una cocción dulce de maíz en agua– y otros dejan escapar un gemido cuando el primer pedazo de tamal –masa rellena de frijol con una hierba local– vuela hasta su boca desde la punta de un tenedor.
De una pared cuelgan ilustraciones de mazorcas –las espigas en las que crecen los granos que luego se muelen con piedra para hacer masa– y el único menú es un pizarrón tras el mostrador que ofrece una decena de platos para desayunar o comer. Aquí el color de los granos puede variar de un día a otro –amarillo, negro, rojo– porque nunca sabe qué ofrecerán los proveedores en los cargamentos de hasta 300 kilos de producto que surten dos veces por semana, pero siempre hay una constante: el entusiasmo de los cinco empleados que atienden el local como si su bandera fuera el maíz.
Aunque apelan a un pequeñísimo sector de la población, muestran un entusiasmo desbordado al pensar que su contribución podría beneficiar al país. Por lo pronto, solo piden confianza y paciencia para volver al origen, cuando tantos mexicanos como el chef Olvera hacían fila para comprar sus tortillas y tras abrir su envoltura de papel tomaban la primera a la vista para enrollarla en un taquito y devorarla con una pizca de sal.

Variación. Los colores del maíz con el que es preparado el producto pueden variar. A veces, hay granos amarrillos, negros o rojos. En el local atienden cinco personas.

Retratos de la esquizofrenia

Retratos de la esquizofrenia

Las primeras crisis delirantes aparecieron cuando era una adolescente. Aun así, estaba lo suficientemente bien como para continuar con sus estudios. Cuando empezó a estudiar Arquitectura, los síntomas se intensificaron tanto, que con frecuencia tenía que ser ingresada en un hospital. Ana Elsy tiene hoy 30 años y un diagnóstico de esquizofrenia hebefrénica, una de las más graves.

Jesús Martínez, médico psiquiatra del Hospital de Día de Psiquiatría del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS), explica que los pacientes con esquizofrenia «es común que tengan ideas delirantes que no aceptan confrontación, pueden estar escuchando voces y viendo cosas que no existen. Expresan que alguien les está haciendo daño o que los quieren secuestrar».

Según la Organización Mundial para la Salud (OMS), la esquizofrenia se ha caracterizado por una distorsión del pensamiento, las percepciones, las emociones, el lenguaje, la conciencia de sí mismo y la conducta, lo que puede afectar el desempeño educativo y laboral de quien la padece.

Ana Elsy, en su intento por obtener un título universitario, continuó. Sin embargo, en el período de evaluaciones se descompensaba. Uno de los maestros de la universidad privada a la que asistía le dijo a Carmen, madre de Ana Elsy, que su hija no podía continuar sus estudios, «porque la universidad preparaba alumnos para la vida competitiva y con ese diagnóstico no calificaba, que no tenían las condiciones para atender ese tipo de problemas con los estudiantes», recuerda Carmen.

Las causas de la esquizofrenia no se han determinado por completo. Lo que sí está claro es que entre más temprano se identifique, más posibilidades existen de que el paciente no se descompense. Según datos del Ministerio de Salud (MINSAL), solo en 2017 fueron diagnosticados con esquizofrenia 2,425. Los nuevos casos encontrados en 2018 fueron 2,953.

Sin embargo, el principal problema de Ana Elsy no es la esquizofrenia. El mayor obstáculo es vivir en una sociedad que se niega a ser un puente de ayuda y comunicación para ella, quien además debe cargar con un sistema de salud sin los recursos necesarios para el control de su padecimiento. Cuando el medicamento no rendía efectos, Ana Elsy terminaba en una crisis. En toda la red de hospitales públicos hay 14,052 personas que reciben un tratamiento por esquizofrenia. El Instituto Nacional de Salud Mental afirma que cuando la esquizofrenia no se trata, el riesgo de que el paciente tenga conductas violentas o agresivas es mayor.

Los trastornos mentales son de los problemas de salud más frecuentes en el mundo y también son los que presentan un alto déficit de atención. Son producto de componentes biológicos, psicológicos y sociales que afectan al entorno en que se desenvuelve una persona, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Ana Elsy vivió casi 15 años de su vida sin socializar, sin comunicarse, entre incoherencias e inconsistencias, condenada a que la encasillaran como «loca o demente». Soportó el rechazo, las burlas y el aislamiento de los grupos que frecuentaba, «es que el mundo no está preparado para aceptarnos», repite Carmen.

Buscando ayuda fue como Carmen pasó la frontera del miedo y el estigma, aun sabiendo que uno de los caminos más pedregosos en el país es el de la salud mental. Hasta la creación de la Política Nacional de Salud Mental, la disponibilidad de recursos humanos fue de 10.01 por cada 100 mil habitantes, con un total de 92 psiquiatras en el sector público. Según datos de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos (NML), son los psiquiatras quienes examinan y diagnostican la esquizofrenia.

En 2019, el presupuesto para salud es de $662 millones. De los cuales, alrededor de $14 millones están destinados al Hospital Nacional de Psiquiatría Dr. José Molina Martínez, en donde es distribuido en la dirección y administración institucional y en servicios integrales de salud, según el MINSAL.

Sin embargo, cuando Carmen llegó a este hospital, se dio cuenta de que «las consultas son cada tres o cada seis meses, aunque el paciente tenga un cuadro delirante devastador y los medicamentos sean antiguos y causen efectos secundarios muy fuertes e intolerables, como en el caso de su hija», cuenta Carmen. La OMS afirma que por falta de recursos existen hospitales psiquiátricos a la antigua usanza que no son eficaces a la hora de proporcionar el tratamiento que necesitan las personas con trastornos mentales.

Pese a que, de cada 1,000 personas mayores de 15 años, cinco de ellas presentan un cuadro de esquizofrenia, según el MINSAL. «Los medicamentos en los hospitales nacionales se ponen escasos. Hay cuidadores que tienen que esperar que haya y eso hace caer en crisis al paciente», cuenta Yanira de Orellana, la presidenta de la Asociación Salvadoreña de Familiares y Amigos de Personas con Esquizofrenia y otras Discapacidades Mentales (ASFAE), quien trabaja con este tipo de casos.

Arturo Carranza, jefe de la Unidad de Salud Mental del MINSAL, asegura que no existe una línea presupuestaria para la salud mental en particular, por lo que considera que se necesitan más recursos y desarrollar ofertas de servicio descentralizadas para lograr apoyar a las familias en el territorio.

“Las consultas son cada tres o cada seis meses, aunque el paciente tenga un cuadro delirante devastador y los medicamentos sean antiguos y causen efectos secundarios muy fuertes e intolerables, como en el caso de su hija”, cuenta Carmen

Hasta 2017, solo se contaba con una Política Nacional de Salud Mental. En junio de ese año, los diputados de la Asamblea Legislativa aprobaron la Ley de Salud Mental. No obstante, la legislación no contempló cada una de las patologías por separado, sino desde la generalidad. Estipula que el Estado, por medio del Ministerio de Salud es responsable de garantizar la protección de la salud mental de las personas, desde su prevención, promoción, atención, restablecimiento y rehabilitación en las diferentes etapas de desarrollo.

Nelson Flamenco, miembro de la Asociación de Capacitación e Investigación para la Salud Mental (ACISAM), cuenta que para la creación de la ley no fueron tomadas en cuenta las asociaciones que trabajan en el país por este rubro, y que no existen recursos para el cumplimiento de la legislación. «Aprobaron una ley que no tiene presupuesto, qué hace una ley sin atención a familias, sin atención a las comunidades y sin descentralizar los servicios de salud mental», acota Flamenco.

La ley establece que a toda familia que tiene a su cargo una persona con trastornos mentales, el Estado debe garantizarle la participación en actividades culturales, recreativas, deportivas y de esparcimiento, para que contribuyan al desarrollo integral del paciente. Carranza asegura que aún les faltan retos a superar, y lo que se ha generado hasta el momento es una plataforma mínima.

Estabilidad. Ana Elsy encontró en ASFAE las terapias que necesitaba para mantener su estabilidad emocional.

«Cuando alguien presenta un problema de esquizofrenia, lo primero que se escucha del círculo social cercano son frases como: ‘no te preocupes’, ‘ya va a pasar’, ‘trata de sentirte mejor’, cuando lo que hay es un cuadro clínico al que se le debe de dar tratamiento profesional», explica Martínez.

Carmen repite con constancia: «No sabía qué hacer, no sabía dónde ir; yo quería gritar ‘auxilio’, el dolor y el impacto eran devastadores». Para lograr estabilizar a Ana Elsy y que tuviese los medicamentos adecuados para el control de la enfermedad comenzó a hacer préstamos. Aquel endeudamiento fue aumentando en la medida que Carmen no encontraba el apoyo ni los espacios que fuesen idóneos para su hija.

Según el informe «Personas con Trastornos Psiquiátricos Severos: Esquizofrenia», del MINSAL, el tratamiento se vuelve efectivo cuando hay un adecuado uso de psicofármacos y cuando en los espacios donde se mueve el paciente hay intervenciones psicosociales. De lo contrario, por ejemplo, una sobredosis o un medicamento sin control en la frecuencia con que sea consumido, puede tener efectos secundarios que podrían, incluso, causar la muerte.

Por ello, la atención a personas con esquizofrenia requiere de un mayor control. Carmen reconoce que su carga física, moral y emocional quebrantó su salud mental. Estaba pendiente de su hija las 24 horas, de su alimentación, de su aseo personal, de su tratamiento. Comenzó a padecer trastorno del sueño, estrés y ansiedad. Fue diagnosticada con el «síndrome del cuidador quemado o ‘burn-out’», un trastorno que se presenta en personas que cuidan a pacientes dependientes.

Inmediatamente se puso en tratamiento psicológico y continuó la incansable búsqueda. Desde su modesta vivienda en los alrededores de Cuscatancingo, viajaba a las consultas con Ana Elsy. Al sentirse desesperada, acudió a la trabajadora social para preguntarle si había alguna organización o algún grupo de apoyo terapéutico que le ayudara, y le recomendó a ASFAE.

Un sábado por la tarde, madre e hija encontraron un poco de esperanza en una de las salas del Policlínico Arce del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS). Fue cuando empezaron a formar parte de los talleres de ASFAE.

En las primeras sesiones, Carmen recuerda que Ana Elsy no hablaba con nadie. No saludaba ni sonreía. Se sentaba en una silla y se dormía durante todo el tiempo que pasaban ahí. El medicamento la agotaba y la dejaba sin energías.

Aun así, Ana Elsy fue integrada al taller de arte y recuperación con otros 40 pacientes con distintas enfermedades mentales, en el que dibujan, hacen manualidades, hacen galletas, salen a lugares de recreación, ven películas y hacen fiestas para distintas ocasiones, como el Día de la Madre. En el taller siempre hay alguien que los escucha.

Ahora, una de las formas en las que Ana Elsy expresa lo que siente es por medio de los dibujos que ahí hace, «no me toques, tengo miedo», colocó sobre uno de sus dibujos, en los que evidencia el temor que le provoca el hospital y el tratamiento.

Carmen fue incorporada al programa «De familia a familia», en donde a través de la educación de pares, una estrategia en la que las personas comparten sus problemas y experiencias, aprenden sobre la enfermedad y sus síntomas; a comprender al paciente y saber qué hacer en una crisis y cómo prevenirlas.

El programa contempla un espacio para ‘El desahogo’, así llaman en ASFAE, a uno de los segmentos de los talleres, en el cual Carmen y el resto de cuidadores cuentan lo que viven en la semana con sus familiares, se dan sugerencias de lo que pueden hacer en situaciones concretas y expresan sus emociones.

Un traje especial. Ana Elsy tiene en la sala de su casa un traje blanco. Cada vez que recuerda la venta de semillas se lo pone con mucho entusiasmo.

Entre las cuatro paredes de aquella sala de hospital, en la que se reúne Carmen y el resto de cuidadores, con tono de alerta suenan frases, como «mi hijo se aísla», «estoy desesperada», «no me hace caso»; y en ocasiones hace eco el llanto de alguno de los cuidadores a quien su hijo o hija fue hospitalizado por alguna crisis. Entre ellos se animan a continuar.

Hay casos como el de Humberto Girón, miembro activo de la asociación. Su hija, Marcela, falleció hace cuatro años, después de 20 años de padecimiento, a causa de los efectos secundarios que le causaba el tratamiento para controlar el trastorno esquizoafectivo. Ahora, comparte su experiencia y acompaña a otros cuidadores que se encuentran en la incertidumbre de la esquizofrenia, y que llevan entre 20 y 30 años con ese diagnóstico.

A Carmen le gusta ver a Ana Elsy hoy. Nadie en aquel lugar saluda con la efusividad con la que su hija lo hace cuando conoce a alguien por primera vez. Sonríe y se integra. Entabla conversación con quien se siente a su lado.

La joven, quien ganó el premio Corazón de Oro otorgado cada año a las personas altruistas y que manifiestan sensibilización con las personas de la tercera edad por la Fundación Salvadoreña de la Tercera Edad (FUSATE), ha ganado independencia.

Con terapias Ana Elsy ha logrado lo que para otros no se podría lograr nunca. Es bilingüe, ayuda a su mamá en el hogar y es gerente de ventas en Industrias Innovadoras (INDEI), en dónde fabrican y venden todo tipo de semillas. Carmen recuerda nunca haberle dicho «déjalo, lo voy hacer yo. Vos no podes».

Por ello, Martínez considera que la red social de apoyo que brindan estos programas es como la red del equilibrista, cuando alguien presenta una descompensación por alguna circunstancia, es como que el equilibrista se cayera, si la red es pequeña puede tener consecuencias graves, pero si la red es grande y fuerte puede soportar, y el equilibrista puede volver a continuar con su vida.

“Cuando alguien presenta un problema de esquizofrenia, lo primero que se escucha del círculo social cercano son frases como: ‘no te preocupes’, ‘ya va a pasar’, ‘trata de sentirte mejor’, cuando lo que hay es un cuadro clínico al que se le debe de dar tratamiento profesional”, explica Martínez

Aunque todavía no pueda continuar una carrera universitaria, y aunque su tratamiento no corra por cuenta del Estado, Carmen sabe que su hija tiene derecho a aprender y a incorporarse en los sectores de los que antes la habían excluido.

ASFAE es de los pocos espacios que en el país han logrado darle una mejor calidad de vida a los pacientes con esquizofrenia y a sus cuidadores. Sin embargo, no cuentan con ayuda económica por parte del sistema nacional de salud para mantenerse. «No tenemos apoyo económico de ninguna institución, sobrevivimos de la colaboración que damos como familiares. De hecho, no tenemos un local, por eso nos dan un espacio prestado en el ISSS para que hagamos nuestras reuniones», asegura Orellana.

Los familiares y los cuidadores se acomodan en el espacio que les prestan, porque la idea de tener su propio espacio es muy lejana, por la falta de recursos. Carranza afirma: «El MINSAL no tiene asignación de fondos para asociaciones. El apoyo es más técnico, como prestar un espacio para realizar capacitaciones, brindar una charla y promover la salud mental».

Cuadro de emociones. Ana Elsy en el taller de arte y recuperación aprendió a retratar en dibujos sus emociones.

Según la OMS, en la región deben ampliarse y acelerarse los esfuerzos por transferir la asistencia desde las instituciones de salud mental hacia la comunidad. Al pensar en el esfuerzo que realizan para mejorar las condiciones de sí mismos y de quienes viven la misma situación, Carmen expresa que «le están haciendo el trabajo al Gobierno».

Sin embargo, el no contar con un apoyo gradual no es un impedimento para que «los alfareros del corazón», como recuerda Girón que su hija, Marcela, llamaba a la asociación, sigan emprendiendo luchas para dignificar a las personas que perfilan en la lista de los más de 14 mil pacientes con esquizofrenia, según datos del MINSAL.

Con un rostro que evidencia el agitado camino de una enfermedad que debilita también a quien la acompaña, y un cabello que delata el peso de los años, Carmen se pregunta con frecuencia «¿qué va a pasar con mi hija cuando yo no esté?»

El Hospital Nacional de Psiquiatría no cuenta con un programa que acoja a los pacientes que no tienen un familiar o un amigo que se haga responsable. En ese sentido, hay pacientes que quedan en el abandono. En ASFAE hay personas en esa situación.

Sentada en una esquina de la sala en donde Carmen espera a que inicie el taller de ASFAE, señala a Luis, a quien de cariño llama don Luisito. Él está sentado en el otro extremo, con la mirada baja. Mientras escribe, Carmen cuenta que los papás de «don Luisito» murieron hace varios años, era hijo único y al no tener a nadie quien se hiciera cargo de él, quedó en el abandono. Vive y come de la caridad y del apoyo que le dan en la asociación. Para asistir a los talleres, sus vecinos le dan dinero.

Sin embargo, existen otros casos en que «los pacientes terminan en la calle, hablando solos, sucios, recogiendo cosas, perdiendo completamente contacto con la realidad», específica Martínez.

Carranza explica que, hace un par de años, se eliminó el único programa del Sistema Asilar del Hospital Nacional de Psiquiatría, que recogía pacientes a los que su familia no quería cuidar o que quien lo hacía había fallecido. Actualmente, por falta de recursos no se encuentra ningún hospital o instancia pública que ampare a quienes no tienen quien cuide de ellos.

«No existe ningún programa social en la intervención de casos en situación de calle de pacientes con un cuadro esquizofrénico, porque no hay recursos», afirma Carranza, quien también expresa que el Sistema Asilar del Hospital Nacional de Psiquiatría no es bueno para la salud de ninguna persona, aún tienen un grupo de pacientes, pero que ya no están ingresando.

La angustia es palpable, pero Carmen con su esfuerzo devolvió a Ana Elsy la oportunidad de integrarse a espacios productivos, educacionales y laborales dirigidos, adaptados a la condición de ella, para que el infortunio de la calle no sea un pesar cuando ya no esté más.

En una tarde, en la sala de su casa, Ana Elsy ve una de sus películas favoritas, entre risas parece que se le escapa el dolor que le ha provocado todos estos años la esquizofrenia. Su mamá la observa, con una mirada alegre, porque su hija ha roto las barreras del padecimiento que le marcó la vida.

Independencia económica. Con un canasto de semillas, Ana Elsy sale a vender a sus vecinos y a las personas cercanas, con el fin de ayudarle a su mamá.

El sótano inundado de nuestra historia

El pasado lunes 29 de abril, la primera de varias fuertes lluvias que hubo esa semana, inundó el sótano de la Biblioteca Nacional de El Salvador, y se mojaron varios tomos de periódicos pertenecientes a las décadas de los setenta y los ochenta. La inundación no fue solo de aguas lluvia, sino también de aguas negras, ya que unas tuberías antiguas de cemento ubicadas al frente del edificio rebalsaron sus aguas por los inodoros del sótano, zona donde se encontraban los periódicos.

De esa emergencia, el público se dio cuenta pocos días después, cuando por la cuenta de Twitter de la Biblioteca Nacional se comenzó a publicar fotos de la situación: cielos rasos caídos, suelo inundado, tomos de colecciones de periódico empapadas que eran colocadas en mesas por los empleados de la institución, quienes usaban mascarillas y guantes de silicona.

Los periódicos comenzaron a ser secados con ventiladores eléctricos, página por página. También se usó un papel secante especial para ese tipo de emergencias. Pero la magnitud del daño es tal que se necesitó más papel y otros recursos. Al solicitarlo a las instancias correspondientes del Ministerio de Cultura se les dijo que no había dinero para comprarlo. Tampoco contaban con $100 para comprar plástico, que sería utilizado para proteger otros materiales en peligro. Nada más se entregaron algunas resmas de papel bond que, obviamente, no es del tipo más indicado para absorber la humedad de un periódico impreso de hace 40 y tantos años.

Ante la falta de reacción del ministerio, Manlio Argueta, director de la biblioteca, hizo un llamado a amigos, estudiantes y público en general a colaborar con algunos insumos. En este tipo de emergencias es vital actuar rápido. Lo urgente es secar el papel lo más pronto posible. Los periódicos dañados deberán además desinfectarse, página por página, ya que la mezcla de aguas negras acarreó todo tipo de bacterias que, con la combinación de la humedad y el agua, dejaría los periódicos convertidos en criadero de hongos.

A partir de este suceso, salió a la luz pública la realidad del edificio que alberga la biblioteca, que no ha recibido mantenimiento desde hace más de 20 años. Recordemos que del presupuesto del Ministerio de Cultura, que para este año anda por los $21 millones, entre un 85 % y 90 % se va en pago de salarios. El porcentaje restante es lo que se utiliza para inversión en proyectos culturales.

Esta anormalidad presupuestaria viene ocurriendo desde hace muchos años, porque nunca ha existido la voluntad política para tomar las medidas necesarias y revertir esa correlación administrativa, a pesar de diferentes cambios de gobierno. Esta falta de visión cultural ha permitido que varias edificaciones, sitios arqueológicos, casas de cultura y museos estén trabajando sin mantenimiento y sin un presupuesto adecuado a las necesidades de cada institución. Esta misma falta de visión también ha hecho imposible una renovación del concepto de varias de estas instituciones culturales junto con su actualización tecnológica, tanto en infraestructura como en personal.

La falta de voluntad política y de visión cultural también han contribuido a crear esa percepción en la población de que cosas como la cultura y la memoria no son importantes. Algunos comentarios en redes sociales afirmaban que “no hay que hacer gran drama por la pérdida de unos periódicos viejos” (porque no era un diario de sus simpatías). No se detienen a pensar que la época a la que pertenecen los periódicos dañados es el tiempo de preguerra y la guerra misma, cuando no existía internet y cuando además se vivía con censura de prensa. Es nuestra historia inmediata, un tiempo que, de muchas maneras, es el origen de la situación que vivimos hoy en día.

Para académicos, historiadores, periodistas, traductores, estudiantes, escritores, guionistas, cronistas y demás personal que necesita hacer investigaciones bibliográficas sobre algún momento histórico nacional, los archivos periodísticos se convierten en una fuente importante de información, no solo por sus secciones editoriales y noticiosas, sino también por los campos pagados, los clasificados, la sección de sociales y hasta los deportes, todo eso sin importar la tendencia política de sus dueños. Esto también es importante si tomamos en cuenta que en El Salvador se publican pocos libros de ensayos e historia.

Es indignante que nuestros impuestos no estén siendo usados para cuidar nuestro patrimonio impreso, nuestra historia y nuestra memoria como corresponde, que también para eso se pagan. Es indignante saber que ese edificio no ha recibido el mantenimiento debido en décadas. Indigna la nula capacidad de gestión que, en 10 años del gobierno saliente, no logró enmendar esos errores presupuestarios en la institución. Indigna saber que no existe, no solo en la biblioteca, sino en todo el Ministerio de Cultura ningún centavo disponible para enfrentar una emergencia de este tipo, que no es más que la explosión de una serie de negligencias que se han ido dejando acumular. Esta es la primera alerta de un desastre que puede ser mayor.

Es urgente darle mantenimiento al edificio de la biblioteca, pero también es importante actualizar los métodos de conservación de la documentación histórica que guarda, y convertirla en un centro dinámico de conocimiento, de encuentro y de memoria, donde se estimule el pensamiento, la investigación y la lectura.

En muchos países, una biblioteca funciona como un centro donde las personas van a leer o consultar libros y documentos, pero donde también se pueden consultar archivos fílmicos y de audio, así como tener acceso a computadoras o tabletas para leer libros electrónicos. Hay bibliotecas que se convierten en emblemas de su ciudad, como la de Nueva York. ¿Por qué no aspiramos a tener la mejor biblioteca nacional de Centroamérica?
(A propósito de memoria, me permito cerrar esta columna invitándolos a ver el documental “La batalla del volcán”, del realizador salvadoreño-mexicano Julio López Fernández, donde un grupo de exsoldados y exguerrilleros regresa a los lugares de San Salvador donde combatió durante la ofensiva militar del 89. Se estará exhibiendo durante mayo, en varias salas de cine. Consultar fechas y horarios).

Un país que se silencia

Vivimos en un país que silencia sus tragedias y sus errores. Que se hunde en una violencia que inicia sutilmente con palabras y acciones que aparentemente son inofensivas, pero que se desborda y se degrada con el paso del tiempo. La violencia que nos aflige también nos avergüenza porque se origina en los hogares y es ejercida por parejas, padres, madres y parientes. En esos espacios, en donde los niños y las niñas deberían aprender de protección, amor y respeto, lamentablemente predomina el silencio y el ocultamiento.

Esa violencia inicial proviene del sistema patriarcal que domina las creencias y las formas de operar de esta sociedad y del mundo desde hace milenios. El patriarcado tiene a la base la creencia de que un hombre puede dominar la tierra, a las mujeres y a sus hijos e hijas. Esto se traduce en control, autoritarismo y violencia verbal, física y sexual; y se practica en los hogares trasladándose luego a otros ámbitos de la sociedad. Quien niegue esto no conoce la historia, ni la inmensa cantidad de personas que han sufrido trauma a causa de esta forma de ver al mundo.

En los últimos 50 años, la psicología ha realizado importantes avances acerca de cómo el trauma que no se habla y no se sana a través del cuerpo mantiene un control tóxico sobre la persona afectada y también sobre aquellos con los que se relaciona.

Frente al silencio el psiquiatra especialista en el tratamiento del trauma, Bessel Van Der Kolk manifiesta: «Creemos que podemos controlar el dolor y las aflicciones emocionales, el terror o la vergüenza permaneciendo en silencio, pero el nombrar nos ofrece la posibilidad de gestionarnos de forma diferente… Si has sido herido, necesitas reconocer y nombrar lo que te sucedió… porque mientras mantengas secretos… estarás fundamentalmente en guerra contigo mismo».

La salvadoreña es una sociedad que, por lo general, evita sentir o recordar los momentos de dolor. Y a pesar de las recomendaciones de psicólogos sociales acerca de la necesidad de reconocer y procesar las pérdidas, hemos hecho muy poco desde lo político, social y religioso, para ayudar a los ciudadanos a darle sentido a lo que hemos vivido en diferentes momentos trágicos de la historia del país. Es imposible olvidar a las víctimas y al abuso. Olvidar significaría castrar partes que, aunque dolorosas, forman la vida y experiencias de una persona.

Lamentablemente hacemos muy poco para comprender las razones personales y colectivas de la violencia y cómo esta ha carcomido la vida y el alma de buena parte de los ciudadanos. Somos una sociedad dañada, donde las heridas físicas logran sanarse, pero las marcas emocionales y mentales, que se expresan principalmente en el cuerpo con dolores y enfermedades crónicas, quedan latentes y listas a explotar a la menor provocación externa.

Los adultos nos relacionamos desde esas historias pasadas que al no ser reconocidas siguen controlando, desde la sombra, nuestras vidas. Salir de ese esquema en el que se ejerce la violencia cotidianamente, donde golpear, abusar de menores y de mujeres, irrespetar las leyes y aprovecharse de otros se perciben como símbolos de «audacia», requiere de múltiples actores y acciones en todos los niveles de la sociedad.

Necesitamos darle sentido al pasado, nombrar el dolor, los hechos y las pérdidas, hacerlos parte de la historia viva del país y de cada familia. Solo así tendremos la oportunidad de imaginar y narrar un nuevo y mejor futuro en el que podamos, en algún momento, iniciar la reducción de la violencia. Y desde el espacio externo avanzar y sanar la intimidad de los hogares. Señales claras de respeto a la dignidad de todos los salvadoreños, sin distinción, es lo que necesita este país.

El «millennial» salvadoreño

Dicen que los «millennials» o la Generación Y, conformada por quienes nacimos entre finales de los ochenta y 2000, aproximadamente, nos hemos tomado el mundo, reinventando las formas de comunicación (desde lo digital hasta el cara a cara). Somos más contestatarios, más «rebeldes», menos conformistas, disruptivos, innovadores e inquietos.

Nos atribuyen, sin embargo, un excesivo individualismo y egocentrismo expresado en selfis, perfiles en redes sociales y celulares de última generación que cuestan demasiado. Protestamos por todo pero desde la seguridad que nos ofrecen Twitter y los «me gusta» de Facebook. Acumulamos firmas llenando formularios por internet para apoyar causas benéficas en lugares que quizá ni conocemos.

Dicen que trabajar con los «millennials» es difícil porque, aunque somos muy creativos e innovadores, nos desmotivamos con facilidad. Nuestro compromiso con una empresa no supera los dos años y buscamos crecer rápido profesionalmente, pero esperando a cambio excelentes beneficios laborales, flexibilidad en los horarios, tiempo para disfrutar, viajar y un buen sueldo.

Queremos vivirlo todo ahora, que nuestras interacciones con las marcas sean una experiencia de gran calidad, pero sin dañar el medio ambiente. Y si no nos gusta, lo decimos, sin miedo, y lo reproducimos a todos nuestros conocidos en las redes sociales; quienes, además, comentan y discuten con nosotros sin miedo a discrepar.

Además, dicen que somos más incluyentes, que aceptamos la diversidad y a quienes son distintos a nosotros con más naturalidad: gays, extranjeros, tatuajes, piercings y demás no nos molestan ni nos alegran. No tenemos que esforzarnos por «aceptarlos», porque consideramos que son parte de la sociedad.

Dicen también que para nosotros aquello de las jerarquías no aplica. Las figuras de autoridad desaparecen y se convierten en uno más, al mismo nivel, que puede ser juzgado, criticado y tratado en igualdad de condiciones que uno mismo. Los jefes, los sacerdotes, los maestros y sobre todo los políticos dejan de ser intocables, e incluso están más propensos al escrutinio por su relevancia social como figuras de poder y autoridad.

Para los «millennial», la transparencia es un valor imprescindible. Esto aplica para la vida personal y para el Estado. Requieren información, buscan políticos distintos, personajes abiertos, menos estructurados, más Obamas –o Nayib Bukeles para llevarlo al plano nacional–, en el sentido de la naturalidad, la cercanía y la interacción a través de aquellos medios con los que se comunican (no sé si aquí entran los calcetines excéntricos, pero bueno).

Y por último, los «millennial» no tienen como prioridad tener hijos. Por tanto, son una generación multitudinaria que se ha convertido en la gran fuerza laboral del mundo y está dispuesta a disfrutar la vida sin grandes responsabilidades, como criar a otro ser humano.

Mi reflexión en torno de todas las características de esta interesante generación tiene que ver con que muchísimos de los integrantes de las maras en nuestro país son «millennial». Lastimosamente, es imposible decir que calzan con el perfil.

No soy socióloga y no quiero predecir que sea una «generación perdida», porque El Salvador es más que las maras y, por tanto, el llamado es: «millennials» salvadoreños, hagámonos sentir, somos la generación disruptiva.

La primera versión de esta columna fue publicada en febrero de 2018.

Carta Editorial

Nuestra salud pública funciona con base en parches. La oferta de recursos es insuficiente para una población que crece entre carencias, lo que aumenta de manera exponencial su vulnerabilidad. Así, los centros de salud entregan responsabilidades a terceros en un afán por cumplirle al usuario al menos lo básico. Y, en la mayoría de casos, hasta esto se queda corto.

Si para comprar un equipo médico indispensable en cirugías complejas es necesario hacer campañas de recaudación de fondos, ¿cuánto más, que no se ve como inmediato, se queda sin cubrir? Este es el caso de la salud mental.
Llevamos décadas aplazando la necesidad de poner atención y recursos a este aspecto que es transversal y, por tanto, con una incidencia enorme en el desarrollo de la población.

Como si se tratara de algo accesorio, el acceso a servicios de salud mental se ha dejado tradicionalmente fuera de las prioridades. Desde 2017, El Salvador cuenta con una ley que debían contribuir a ordenar la oferta de servicios, pero no se ha destinado presupuesto para ejecutarla.

Mientras, cientos de familias se ven obligadas a hacer frente a padecimientos como la esquizofrenia de una forma casi empírica.

Y es así para los afortunados que cuentan con alguien que se haga cargo de sus cuidados. A los que están solos nadie les cumple su elemental derecho al acceso a la salud. Esta es una injusticia diaria.
En el reportaje con el que abrimos esta edición se dan a conocer las alternativas que han crecido entre una sección de la sociedad civil que ha experimentado las diferentes formas de discriminación derivadas de un diagnóstico de esquizofrenia.

El Salvador no solo falla en la atención sanitaria de este tipo de padecimiento. Con ello, también niega el acceso a otros derechos, como la educación, la recreación y el trabajo.

«Fui la única salvadoreña en ganar las medallas de oro en esgrima»

¿Cómo imaginó que iba a ser su vida?

Siempre imaginé que en mi vida lo que fuese que hiciera iba a tener que ver con el deporte, porque lo practico desde que tengo cinco años. Me cambió la vida, me abrió muchas puertas y pienso que lo va a seguir haciendo. Me gradué de Comunicación Social y quiero usar mi carrera para hacer periodismo deportivo.

¿Cuál ha sido su mayor atrevimiento en la vida?

Practicar un deporte que no es popular y seguirlo practicando sabiendo que no es algo de lo que voy a vivir. Es un atrevimiento que me da gusto.

¿Cuál considera que ha sido su mayor logro?

Ganar los Juegos Centroamericanos de Managua 2017, una competencia que se realiza cada cuatro años. En esos mismos juegos, gané en sable y en florete por equipos. Fui la única salvadoreña en ganar las medallas de oro en esgrima.

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Es sentir la satisfacción de que uno ha dado todo lo que pudo dar, sin importar si se llega o no a la meta. Si arriesgué y no gané, al menos lo intenté.

¿Hay alguien en quien se haya inspirado para practicar deporte?

Los deportistas Rafael Nadal y María Sharapova.

¿Dónde y cuándo es feliz?

Cuando estoy en la pista de esgrima haciendo lo que más me gusta.

¿Qué significa para usted la muerte?

Un recordatorio de que debemos dar lo mejor de nosotros mientras vivamos. Debemos querer, cuidar y respetar a quienes viven la vida junto a nosotros.

Penurias en la ciudad hondureña donde nacen las caravanas

Penurias en la ciudad hondureña donde nacen las caravanas.

En los polvorientos y mal iluminados barrios de San Pedro Sula, todo el mundo conoce las leyes no escritas: hay lugares a los que no se va sin permiso. Al volante, baje las ventanillas para que las pandillas y sus vigías puedan ver quién está dentro. Es más seguro quedarse en casa al anochecer, dejando las calles para pandilleros y traficantes de drogas, que están armados y no tienen reparos en matar.

Es en la segunda ciudad más grande de Honduras donde en los últimos meses se forma caravana tras caravana de migrantes. Las comitivas ponen rumbo al norte, a México y hacia Estados Unidos, para huir de la violencia, la pobreza, la corrupción y el caos. Todas esas realidades son palpables en las calles de la ciudad, que recuerdan por qué miles de personas siguen marchándose pese a los peligros y a la incertidumbre de si podrán quedarse incluso aunque logren entrar en Estados Unidos.

En el distrito norte de San Pedro Sula, donde periodistas de Associated Press acompañaron a la policía en una noche reciente, viven casi 230,000 personas y apenas hay 50 agentes para patrullar sus 189 vecindarios, incluidos los más peligrosos: Planeta, Lomas del Carmen y La Rivera Hernández. El subinspector de policía Wílmer López señaló que en la zona se habían desarticulado dos laboratorios de droga en el último año. Había detenido a pandilleros incluso de nueve años.

Los policías llevan pistola y van acompañados de soldados con rifles de asalto. “Con ellos nos sentimos más seguros”, comentó López, que dirigía la patrulla.

En esa parte de la ciudad operan nueve pandillas diferentes, señaló, incluidas las conocidas Calle 18 y Mara Salvatrucha, o MS-13. Ambas nacieron en Los Ángeles hace décadas y se expandieron a América Central debido a las deportaciones, hasta convertirse en organizaciones transnacionales hiperviolentas que impulsan las altas tasas de asesinatos y otros delitos en los países del Triángulo Norte de Centroamérica –Honduras, El Salvador y Guatemala–. Sus tarjetas de visita se ven en las pintadas que se ven en las casas, así como en los cadáveres que dejan a su paso.
“Algunos se reconocen por su forma de matar, como la mara Batos Locos, que embolsa (a la gente que mata), o los del Barrio 18, que los descuartizan”, dijo López.

Advertencia. Washington ha amenazado a los países el Triángulo Norte con recortar las ayudas humanitarias y de seguridad si no logran cortar el flujo de migrantes.

Esta noche, la patrulla transcurre casi sin incidentes. La policía cachea a los clientes de un billar y comprueba identificaciones pese a sus ebrias protestas. Pero en torno a las 6 de la mañana se encuentra el primer cadáver del día, un joven con el rostro desfigurado que aparece tirado en el barrio de Sinaí justo detrás de la comisaría de Rivera Hernández.

Hace tiempo que los vecinos de San Pedro Sula, que fue la ciudad con peor tasa de asesinatos del mundo durante cuatro años entre 2011 y 2014, no se impresionan por los muertos. Solo la semana pasada hubo al menos 16 muertes violentas en la ciudad. En lo que va de año ha habido al menos 25 homicidios múltiples con tres víctimas o más, según medios locales.

En un restaurante, la televisión emite un noticiero sobre el último asesinato, un hombre en una tienda de reparación de neumáticos. Los clientes miran con curiosidad el cuerpo en la pantalla, pero siguen comiendo.
“A la gente no le conmueve que hayan matado a alguien”, comentó Salvador Nasralla, excandidato de la oposición a la presidencia y que lamenta la normalización de la violencia en Honduras.

Los homicidios han bajado bastante a escala nacional, según la Policía Nacional de Honduras. Desde un pico de 86 asesinatos por 100,000 habitantes en 2011, la tasa cayó el año pasado a 41 por cada 100,000 habitantes, aunque sigue siendo una de las más altas del planeta.

Algunos dicen que la violencia ha remitido un poco en San Pedro Sula desde que unos 800 pandilleros que gestionaban redes de extorsión desde prisión fueron trasladados en 2017 del penal en el centro de la ciudad a un centro de máxima seguridad en las montañas occidentales.

Los asesinatos parecen haber bajado más este año, pero la violencia no es lo único que complica la vida en la localidad.

“La violencia no solo se determina por los homicidios, sino por la amenazas de muerte, las extorsiones, los reclutamientos forzosos de bandas, una serie de atentados contra la propiedad en las zonas de control (de criminales) que el Estado no ha podido recuperar”, explicó Roberto Herrera Cáceres, comisionado nacional de los derechos humanos en el país.

“Una situación de inseguridad mueve a las personas, obliga a desplazamientos forzados internos que luego se tornan en migraciones forzadas”, señaló.

Érick Lara es un ejemplo claro. Él y seis amigos se unieron a la caravana más reciente, que salió en abril con algo menos de 300 personas. Era una comitiva mucho menos numerosa de las que se habían visto antes de que la policía mexicana hiciera una redada contra una caravana anterior y dejara a sus participantes detenidos, deportados o dispersados.

Lara, un albañil de 27 años, se fue de San Pedro Sula a pesar de que tenía un buen trabajo en la obra de construcción de una iglesia porque los pandilleros intentaban reclutarlos a la fuerza a él y a sus amigos. Unirse a las bandas violentas no es voluntario, señaló, y negarse puede costar la vida.

Sin oportunidades. La inseguridad es la causa que ha empujado a comunidades enteras a hacer desplazamientos forzados.

Cuando se forma una nueva caravana migrante, gente de todo el país acude a San Pedro Sula.
También hay un flujo constante de muertos, ya que casi todos los municipios del departamento de Cortés envían sus cadáveres a la morgue de la ciudad. Los parientes en duelo se reúnen en el exterior.

Sentado sobre un tablón de madera, un hombre vestido de negro y con el pelo canoso, que pidió no ser identificado, esperaba a recoger el cuerpo de su hijo asesinado. El hijo, señaló, había salido a beber con unos amigos cuando aparecieron varios hombres armados y le dispararon. Quedó malherido, y unos días después falleció en el hospital. Su padre dijo que aunque ya antes estaba preocupado por su hijo, no tenía idea de quién le había matado ni por qué. Sobre todo parecía resignado a su nueva realidad.

Un coche pasó y dos policías corrieron tras él. Se oyeron dos disparos a algunos bloques de distancia, quizá disparados al aire, y todo el mundo volvió la cabeza. Los agentes volvieron riendo. Nadie preguntó qué había ocurrido, nadie dijo nada.

Muchos hondureños atribuyen los problemas del país al presidente, Juan Orlando Hernández, reelegido en 2018 pese a un veto constitucional a los segundos mandatos y en unas elecciones marcadas por las irregularidades. El mandatario prometió una “vida mejor” en sus lemas campaña, pero no ha podido cumplirlo para los más vulnerables del país.

La oficina de Hernández no respondió a una petición de comentarios. El presidente dijo hace poco: “Mi compromiso es con el pueblo, juré no descansar hasta recuperar la paz y la tranquilidad de los hondureños y eso seguiré haciendo”. La semana pasada dijo que su política económica está funcionando y “vamos bien”.

Washington ha amenazado a los países el Triángulo Note con recortar las ayudas humanitarias y de seguridad si no logran cortar el flujo de migrantes. Pero eso podría tener el efecto contrario si los empleos y los programas contra la pobreza se resienten.

Hace tiempo que los vecinos de San Pedro Sula, que fue la ciudad con peor tasa de asesinatos del mundo durante cuatro años entre 2011 y 2014, no se impresionan por los muertos. Solo la semana pasada hubo al menos 16 muertes violentas en la ciudad. En lo que va de año ha habido al menos 25 homicidios múltiples con tres víctimas o más, según medios locales.

Rolando Lázaro Bautista vive en una calle sin asfaltar salpicada de chozas de madera y metal ondulado con suelo de tierra. Es una zona sin alcantarillado ni conducciones de agua, y cientos de personas se han marchado.
También está a un tiro de piedra de varias torres de apartamentos de lujo, y hace tiempo que las autoridades municipales quieren despejar la barriada. En uno de sus intentos, las casas de varios vecinos de Bautista se incendiaron. Trabajadores de derechos humanos han conseguido una orden judicial que protege el asentamiento por ahora.

Bautista, de 47 años, dijo haber viajado dos veces al norte. Primero en una caravana en enero, pero terminó deportado desde México. Después contrató a un coyote o contrabandista, pero fue capturado y después deportado cuando llevaba tres días caminando en Texas con destino a Houston.

Ya no tiene planes de volver a intentarlo después de la experiencia de verse con insolación, agotado y obligado a esconderse varios días en un almacén y un sofocante piso franco. “Se sufre al aguantar sed y hambre”.
De vuelta a casa, ha encontrado empleo en construcción para esta semana, pero no hay nada seguro para después. Su esposa y él dependen del dinero que envía su hija, que emigró a España y pagó los $7,500 de tarifa del coyote. Entre tanto, cuidan de las dos hijas que dejó su hija en San Pedro Sula.

La socióloga hondureña Jenny Argüello opina que las necesidades alimentarias de una familia media de cinco miembros cuestan el equivalente a $650 al mes, por encima del salario mínimo de unos $400.

En la década de 1990, la mayoría de los emigrantes se marchaban para buscar una vida mejor, señaló Argüello. Sin embargo, “hoy en día es la única alternativa que tienen los hondureños de sobrevivir”.

Policía interviniendo un local en San Pedro Sula
Reducción. Los homicidios han bajado desde un pico de 86 asesinatos por 100,000 habitantes en 2011, a 41 por cada 100,000 habitantes.

Tenochtitlán: la imponente ciudad mexica que hizo dudar a Hernán Cortés

Desde siempre fue una gran ciudad. La arquitecta y cronista de la Ciudad de México María Bustamante señala la admiración que inspiraba la capital de los mexicas.

El 14 de marzo de 1519 Hernán Cortés y sus tropas llegaron a la imponente ciudad de Tenochtitlán, capital del imperio mexica, cuya arquitectura y urbanismo les hizo dudar sobre si deberían mantener sus majestuosas edificaciones y amplios canales, o erigir una nueva urbe al más puro estilo europeo.

Según describen las crónicas del siglo XVI elaboradas por frailes y militares españoles, el territorio que hoy ocupa parte de Ciudad de México era percibido como la Venecia de América, en la que los conquistadores encontraron edificios de culto de hasta 40 metros de altura, dimensiones que pocas construcciones del mundo alcanzaban en esa época.

“Tuvo que ser difícil decidir entre destruirlo o hacer algo nuevo. Hernán Cortés vivió un gran conflicto emocional”, explicó la arquitecta y cronista de Ciudad de México María Bustamante.

A pesar de esto, pronto se dieron cuenta de que una población que basaba su organización urbanística en templos y construcciones sagradas y que relegaba los espacios habitables a un segundo plano no podría cumplir los requisitos de una ciudad europea.

Lo mismo pudieron pensar sobre el territorio donde los mexicas decidieron establecerse en 1325: un pequeño islote inhóspito que no había sido habitado en siglos, rodeado de lagos y terrenos húmedos. Todo lo contrario a lo que podrían imaginarse los europeos como origen de un imperio.

Sin embargo, precisamente eso vieron los mexicas, un lugar profético donde conseguir construir una ciudad a su manera.

“Lo que vieron fue esa concepción de haber encontrado el lugar, la profecía. Y, habilidosos, encuentran cómo hacer que el islote sea habitable”, detalló Bustamante.

Desde su llegada hasta la entrada de los españoles, en 200 años los mexicas construyeron una Tenochtitlán muy desarrollada, un sitio “muy curioso urbanísticamente”, según el periodista y también cronista de Ciudad de México Jorge Pedro Uribe.

“Los mexicas gozaban de disciplina urbanística: la urbe estaba dividida en cuatro parcialidades, cada una con su propio centro ceremonial, además del gran templo mayor en la unión de los dos grandes ejes norte-sur y este-oeste. También tenían acequias y un sofisticado sistema de control de las aguas”, precisó Uribe.

Los habitantes de la ciudad habían desarrollado gran dominio de los lagos que rodeaban el islote, pues algunos eran de agua salada y otras de agua dulce, por lo que tenían que conseguir que el agua salada no anegase la ciudad, a la vez que canalizaban el agua potable para consumo humano.

Bustamante explicó que “tenían una gran ingeniería hidráulica, muy adaptada a lo natural; podríamos decir que fueron los primeros urbanistas sustentables”.

Fue precisamente este desarrollo uno de los que los conquistadores españoles intentaron perpetuar, junto con el trazado urbano reticular, basado en la cosmogonía, o la división en cuatro parcialidades.

“A partir de eso, aprovechan lo anterior y experimentan con un trazado urbano renacentista” más adaptado a los modos de vida europeos, con patios, habitaciones y una construcción más masiva, explicó Uribe.

“Los mexicas gozaban de disciplina urbanística: la urbe estaba dividida en cuatro parcialidades, cada una con su propio centro ceremonial, además del gran templo mayor en la unión de los dos grandes ejes norte-sur y este-oeste. También tenían acequias y un sofisticado sistema de control de las aguas”, precisó Uribe

Además, también aprovecharon la orientación de la ciudad, hacia el oriente, grandes calzadas como Tacuba y Tlalpan, las comunicaciones desde el islote con el perímetro del lago y las acequias principales, como la real, que duró hasta mediados del siglo XX, según Martín Ríos, profesor e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Sin embargo, en los siguientes siglos se fue perdiendo el conocimiento y el control del agua debido a las “malas decisiones relacionadas con intentar sobreponerse a la naturaleza”, entre ellas secar los lagos que rodeaban lo que ahora es el centro histórico de Ciudad de México.

“Fue la peor decisión pero era necesaria (…) porque casi cada década se inundaba la ciudad con 3 metros de agua por uno o dos años; resultaba difícil de habitar”, explicó Bustamante.

Desde entonces, como se puede apreciar al caminar por el centro histórico, los desniveles en calles y edificios son muy notables porque la tierra se hunde al haberse extraído el agua de las capas menos superficiales.

Cada año, la zona donde estaba ubicada Tenochtitlán se hunde entre 4 y 5 centímetros, y hay investigadores que aseguran que en los siglos desde la conquista en 1521 el nivel del suelo ha bajado hasta 40 metros.

Por esto y por la presencia de numerosas edificaciones prehispánicas bajo los edificios actuales, que en algunos lugares como en la calle Moneda del centro histórico parecen querer salir a la superficie o al menos asegurarse de no quedar en el olvido, los entrevistados aseguraron que Tenochtitlán es palpable en cada rincón de la ciudad.

“Tenochtitlán no está tan arrasada como nos enseñaron, ni tan debajo de la tierra como creemos, sino que la tenemos a flor de piel o a flor de banqueta (acera). Sabiendo mirar podemos ver a Tenochtitlán en el centro histórico solo con un poco de imaginación y conocimiento”, terminó Uribe.

Más abajo. La zona en donde estaba ubicada Tenochtitlán cada año se hunde entre 4 y 5 centímetros. Desde 1521, ha bajado hasta 4 metros, según los investigadores.