¿Y hoy?

Ganó por mucho. Los dos partidos grandes siguen revisándose las heridas para entender cómo sangraron tantos votos, sobre todo el FMLN. Lo cierto es que Nayib Bukele ganó, hoy es el presidente electo de la república, y la calidad numérica de su triunfo le abre a él, al país y a su oposición un escenario inédito en muchos ámbitos.

Admito, de entrada, que me cuento entre quienes pensamos que el triunfo de Bukele era una posibilidad, pero la contundencia de su triunfo me ha dejado sorprendido. Yo también me equivoqué al pensar que algunos viejos clichés en la política local, como aquello del territorio, las diferencias en las votaciones legislativas y las presidenciales o la importancia de las marcas partidarias eran factores a tomar en cuenta. Ya no. Al menos no en esta elección.

Nayib Bukele ganó y queda como una de las deudas más urgentes del periodismo local –y de otros como la academia por supuesto– empezar a buscar explicaciones a las causas. Más importante, sin embargo, es intentar entender lo que viene.

Una de las preguntas más importantes, para mí, es esta: cómo un candidato que compitió con un partido tan señalado por actos de corrupción, y cómo siendo él mismo un político que al menos en una de sus administraciones municipales y en su campaña no hizo gala de transparencia logró capitalizar tan bien el hartazgo que la corrupción de la clase política provocó en el electorado.

No me cabe duda de que buena parte de las debacles electorales y políticas de ARENA y el FMLN tienen que ver con su corrupción. Ni Hugo Martínez en el caso del Frente ni Carlos Calleja en la de la coalición arenera fueron capaces de despegarse del inmenso tufo a corrupción que desprenden ya los dos partidos. No fue solo la corrupción, fue también que ambas dirigencias se quedaron por muchos años en las oficinas del poder apreciándose el ombligo mientras se preocupaban por acaparar poder a toda costa, aun en detrimento de su propia clientela política. Nunca FMLN y ARENA se parecieron tanto como en esta derrota.

Bukele, a pesar de GANA, el partido de Guillermo Gallegos y Hérbert Saca, capitalizó ese hartazgo generado por la corrupción. Y capitalizó con creces: ganó en todos los departamentos, en bastiones de unos y otros. Su victoria es incontestable. Eso puede ser bueno para el país, pero también puede ser el augurio de un escenario macabro. Todo depende, ya, de un presidente que ganó sin partido, sin cúpula, a puro voto.

El mandato de Bukele puede ser macabro, si el presidente cede a la tentación de reproducir las prácticas que condenó en campaña, o si no entiende muy pronto que una cosa es desviar durante el proselitismo la atención de preguntas legítimas sobre malas prácticas señaladas a él y su entorno y otra es atarse a ellas durante cinco años sin consecuencias. Si Nayib Bukele opta por acudir a Hérbert Saca como operador político, a usar recursos públicos para promover de forma ilegal su imagen o a pactar con grupos y empresarios vinculados al crimen organizado, me gustaría creer que el mismo electorado que le dio su confianza abrumadora se lo reclame la próxima vez que esté en una urna.

Tampoco será buena noticia que, como le ocurrió a Mauricio Funes, Bukele ceda a los rasgos más confrontativos e irracionales de su personalidad. Me han dicho en las últimas 48 horas que Bukele es diferente; que él, a diferencia de Funes, tiene la humildad suficiente para escuchar y la inteligencia política para entender dónde se dibujan los límites. Espero, por el bien de este país, que así sea.

Si Nayib Bukele entiende su victoria holgada como una señal para hacer cosas atrevidas en el bien de la nación, como nombrar, de verdad, a funcionarios honestos y capaces, no acudir a la compra de voluntades políticas de diputados con los dineros reservados de Casa Presidencial y aprovechar la buena imagen internacional que construyó para hilar una política internacional digna, entonces las noticias serán mejores.

Las primeras señales están a la vuelta de la esquina. Gabinete. Interlocutores políticos. Pacto fiscal. CICIES. Actitud frente a funcionarios de segundo grado como el fiscal general de la república. Decisiones sobre el uso de fondos de CAPRES. La palabra, hoy, la tiene el presidente electo.

Carta Editorial

Un portón hace toda la diferencia. Al cerrarlo, el caos, el peligro, el desorden, la hostilidad quedan afuera. Adentro está protegido un hogar. Ahí hay plantas, juguetes y familia. Al final de cuentas, lo que todos queremos es solo eso: un lugar para sentir que lo que más nos importa está seguro. Para el caso, hemos tenido que optar por encerrar lo que amamos para que no le pase nada.

Es una derrota por donde se mire. Representa que no hemos podido hacer de todo el país un lugar en donde se respire tranquilidad, entonces, hemos tenido que ir cerrando algunas áreas, casi como si fueran burbujas, una especie de conjuro para que afuera quede todo lo que no hemos podido resolver.

Tener acceso a vivienda digna es derecho de todos. En El Salvador actual este derecho no es universal. Depende mucho, como la educación y la salud, de tener dinero. En esta edición, la periodista Valeria Guzmán explora una alternativa con la que se pretende tumbar esa barrera que ha llevado a la vivienda digna, de ser un derecho, a convertirse en un auténtico privilegio.

La respuesta está en el colectivo. La que presentamos acá es la historia de una mujer que construyó con sus manos la casa en la que vive y que sueña con dejar a sus hijos como patrimonio. No son solo paredes. Esa casa representa la esperanza que este sistema no le habría dejado alcanzar a ella sola. Ella forma parte de una cooperativa.

Esta mujer cierra el portón que protege su casa y las de otros y siente paz. Es un trabajo de equipo que se ha logrado con base en reglas claras. Esa calle sigue siendo una burbuja en medio de todo lo demás. Pero es una compartida que se ofrece como ejemplo de que todavía hay capacidad para ponerse de acuerdo en función de alcanzar un bienestar común.

«No confío en los que comen pupusas con cubiertos»

¿Qué hace la diferencia entre un buen negocio y uno que sale mal?

Que el buen negocio siguió intentando ser bueno, después de haber salido mal.

¿Qué le haría plenamente feliz?

Ver una aurora boreal.

¿Qué hace a alguien buena o mala persona?

No sé. Pero no confío en los que comen pupusas con cubiertos.

¿Cuál es su mayor debilidad y su mayor fortaleza?

Mi esposo es ambas.

¿Qué hace a alguien ser bello?

La cantidad de libros que haya leído.

¿Cuál es su trabajo soñado?

Ser ilustradora «freelance» es mi sueño y mi realidad.

¿Qué característica es indispensable en un emprendedor exitoso?

Ser valiente.

Historias sin Cuento

EN LA CUMBRE DEL ANHELO

Y entonces se hicieron novios, aunque el término era muy poco ilustrativo sobre la verdadera relación que llevaban. Sus respectivas familias vieron aquella unión como un capricho de jóvenes que apenas estaban saliendo de la adolescencia, y para no crear fricciones que pudieran ser contraproducentes en la línea de la extravagancia, los dejaron estar con sonrisas forzadas y con ayudas calculadas. Ellos no parecían tomar en serio nada de aquello, y estaban dedicados a lo suyo, con una disciplina existencial de seguro digna de mayor edad y de mejor causa.

Aunque aún no era tiempo de formalizar la alianza de vida, ellos, sin decírselo a nadie, la formalizaron a su manera. Alquilaron por un fin de semana aquella pequeña construcción de madera y lámina que estaba en la parte más alta de una colina no muy distante, y hacia allí se fueron a pasar aquellas horas juntos, sin tener a nadie alrededor; bueno, salvo las presencias vegetales visibles y las presencias animales invisibles.

Cuando estuvieron ahí, ambos, sin hacer ninguna referencia al respecto, empezaron a sentir que una especie de aura voladora se les iba despertando por dentro. Eso les hacía sentir como si estuvieran a punto de levitar sin proponérselo, y curiosamente de la manera más espontánea.

Sólo estarían ahí una noche, y por eso aquellas horas eran claves para sentir a fondo lo que estaban sintiendo. Tomaron el bocado que llevaban, se pusieron cómodos con las ropas que también llevaban y se dispusieron a la aventura posible.

–¿Qué quieres hacer? –le preguntó él.

–Ya lo sabes: el amor.

–Bueno, pero el amor ya está hecho. ¿Qué más?

–Hacerlo en otro plano.

–¿Cuál plano?

–El de los sueños que vuelan.

–¡Vamos, entonces!

Y sin decir más, se unieron en un abrazo volador. El cielo los estaba esperando con sus colchones nebulosos.

EL TIEMPO NOS VISITA

Su bisabuela había sido artesana de figuras religiosas. Su abuela fue dueña de un jardín donde se cultivaban flores comercializables. Su madre estaba aún dedicada a producir trajes para ocasiones solemnes. Y ahora le tocaba a ella definir su dedicación de cara al futuro.

De seguro por su propia naturaleza anímica aquella definición iba saltando, sin resolverse, de mes en mes, con la amenaza de que no fuera a producirse nunca. Hasta que una mañana cualquiera, que en verdad resultó ser un momento estelar en su vida, se encontró con aquel compañero de kindergarten a quien no había visto, y ni siquiera recordado, desde entonces:

–Hola, vos sos Elisa, ¿verdá?

–¿Y vos sos Franco, no es cierto?

Ambos se rieron. Sobraban aquellas dos preguntas, pero las respuestas sonoras valían la pena. Y al sólo mencionar los nombres se les activó en ambas conciencias un eléctrico vínculo totalmente insospechado.

–¿Qué ha sido de tu vida, desde aquellos tiempos en que eras una niña colocha y contemplativa?

–¿Y qué ha sido de la tuya, desde que usabas tus primeros bluyines y tenías voz más ronca que ahora?

Ambos comenzaron a reírse entre dientes, hasta acabar en la carcajada conjunta. Y esa carcajada espumosa fue como una señal de perspectivas abiertas. Sin darse cuenta, estaban ya tomados de las manos.

–Elisa, vos sos una artista nata. Tus acuarelas son un encuentro de colores vivos.

–¿Y cómo lo sabés, Franco, si yo jamás he pintado una acuarela?

–¿En serio? Entonces estás como yo.

–¿Qué querés decir?

–Que yo en este instante acabo de descubrir lo que soy: un descifrador de latidos del alma…

–¿Y que hacemos ahora?

–¡Esto!

Y sin decir más se le acercó hasta que se juntaron las respiraciones. De ahí brotó el suspiro, que hizo temblar todas las hojas alrededor. El antiguo kindergarten se habia transfigurado en un templo, íntimo y aromado.

CORRIENTES INMEMORIALES

El arroyo corría ladera abajo, como si tuviera prisa por ir a cada instante al encuentro de su destino natural, que era aquel pequeño lago al que la mayoría de los lugareños no le prestaban ni la mínima atención.
Y cuando aquel desconocido recién llegado se instaló en una cabañita casi derruida que estaba en una de las orillas donde el agua era más accesible algo pareció animarse en la atmósfera del lugar.

El sábado siguiente algunos de los habitantes de los alrededores se fueron acercando sin ningún acuerdo previo a las aguas fluyentes. Entre ellos, el más anciano y el más joven de los pobladores. Era una tertulia perfectamente improvisada, y eso hacía que los concurrentes se hallaran dispuestos a expresar con libertad lo que sentían.

–Por favor, que los que tengan guitarra vayan a su vivienda y la traigan. ¡Le vamos a dar serenata al agua viva!

Frente a esa invitación que tenía todas las características de una orden, muchos se fueron alejando para darle cumplimiento. Y en menos de un cuarto de hora la concurrencia pudo empezar a oír improvisaciones de veras sorprendentes. Todas eran melodías no identificables, que le daban a la ocasión un pulso casi mágico.

En eso, el más anciano y del más joven de los presentes se salieron del grupo de los espectadores y pidieron silencio con un gesto unánime:

–El arroyo ha sido nuestro maestro, y tenemos que declararle nuestra devoción permanente. La señal nos la ha traído un mensajero silencioso. Vamos a buscarlo…

Y todos en fila se dirigieron a la cabañita del desconocido. Se detuvieron frente a la puerta. Adentro lo que se oía era un sonido de aguas semejantes a las del arroyo.

Los más desconfiados comenzaron a preguntarse qué estaba pasando, y en ese mismo instante se entreabrió la puerta. Lo que apareció fue la imagen del desconocido, cuya forma humana tenía hoy la energía de un manantial encariñado con la luz.

–¡Gracias a todos! Seguiré aquí, soltando toda la liquidez de mi ser mientras el aire y la tierra me lo permitan… Gocemos juntos, los presentes y los que vendrán, el misterio de las aguas vivas. Y la sangre que habita en ustedes es el arroyo fraternal que nunca duerme. ¡Feliz desvelo, almas gemelas!

Niñas masái dicen no a la ablación femenina

Millones. En todo el mundo, más de 200 millones de niñas y mujeres han sido circuncidadas en un total de 30 países localizados en África, Oriente Medio y Asia, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El modesto internado femenino de Naningoi, localizado en el poblado masái de Mosiro, en Kenia, se encuentra a más de 1 hora de cualquier grupúsculo de metrópoli: para llegar hasta él hay que atravesar desde la urbe de Narok un polvoriento camino de tierra, inundado de baches y depresiones, en medio de un paisaje propio de la sabana africana.

Naningoi –con las paredes de sus aulas desconchadas y sus techos quejumbrosos– no es solo un colegio más del remoto condado de Kajiado, sino también un santuario en el que cientos de niñas han aprendido a verse como mujeres sin necesidad de ser mutiladas; rito de paso a la edad adulta muy arraigado entre la etnia masái.

“Hace algunos años, nosotros como masáis entendíamos que si una niña no había sido circuncidada era impura, por lo que nuestra cultura no le permitía el matrimonio”, relata a Efe Jacob Salao Ole Poroko, líder comunitario de Mosiro.

“Pero desde hace poco, y gracias al proyecto ‘Yes I do’ (Sí quiero), hemos aprendido que se trata de una práctica peligrosa por la que ya hemos perdido a demasiadas niñas”, reflexiona Poroko aferrado a su bastón negro, emblema de poder entre los suyos.

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“Hace falta más diálogo”

El proyecto al que Poroko hace referencia –fruto de la alianza entre cinco ONG, entre ellas Plan International y la ganadora del premio español Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2018, Amref Health Africa– alcanza su clímax cuando las niñas son arropadas por su comunidad como mujeres sin haber sido circuncidadas.

“Este proceso no es el resultado de una noche, de una semana o de unos meses. Necesitamos alrededor de un año y medio hasta que la comunidad está preparada para acoger un rito de paso alternativo”, detalla a Efe Millicent Odingo, responsable de Amref del proyecto “Yes I do”.

Durante ese tiempo, trabajadores de estas ONG mantienen diálogos comunitarios con la cúspide de la jerarquía masái –desde los ancianos guardianes de los valores culturales hasta los líderes religiosos, pasando por progenitores y ‘moran’ (jóvenes guerreros)–, además de sesiones de sensibilización con los niñas; a quienes informan sobre las consecuencias físicas, psicológicas y sociales de la mutilación.

“La tradición está tan arraigada en la cultura que no conciben otra forma de que una niña se convierta en mujer. Entonces les preguntamos, ¿qué pasa con las mujeres de otras culturas?, ¿no son mujeres?, ¿no se casan?, ¿no tienen hijos y estudian?”, argumenta desde Amref Grace Majaiakusi, implicada también del proyecto.

“Hace falta diálogo y más diálogo, que sepan cuáles son sus verdaderos efectos y no solo que se trata de la ley y que, por ello, hay que cumplirla”, matiza Majaiakusi sobre la legislación que –desde 2011– prohíbe la ablación en Kenia, pese a que aún se sigue practicando a escondidas, sobre todo, en áreas rurales.

Aunque la tasa de mutilación no supera el 21 % en Kenia, según la Encuesta Demográfica y de Salud de 2014, este mismo porcentaje se dispara entre la etnia masái –dividida en unas 20 subtribus– y que puebla el sur del país y el norte de Tanzania con un millón y medio de habitantes.

En concreto, en el condado de Kajiado, el 78 % de las niñas han sufrido mutilación genital femenina (MGF), mientras que ese número asciende hasta el 86 % en el condado de Samburu, que ocupa más de 150 km² de la parte central de Kenia.

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Adiós a la escuela

Además, ser mutilada no solo implica consecuencias físicas –debido a infecciones y complicaciones a la hora de orinar y de dar a luz– o psicológicas, según algunos expertos, ya que como niña descubres que tus padres no siempre están ahí para protegerte, sino que también acarrea un importante coste social.

“La circuncisión, el matrimonio infantil y el embarazo precoz están conectados: la ablación las conduce al casamiento, porque entonces ya son vistas como mujeres, y el casamiento forzoso al abandono escolar y a convertirse en madres”, enumera la activista y defensora de los jóvenes, Selina Nkoile, nativa de Mosiro.

Para ella, la escuela de Naningoi fue tanto un hogar como un refugio. En ella estudió, en ella encontró inspiración para continuar una educación superior y, gracias a ella, puedo evitar un matrimonio concertado cuando apenas era una niña. No obstante, no pudo salvarse de la mutilación.

En todo el mundo, más de 200 millones de niñas y mujeres han sido circuncidadas en un total de 30 países localizados en África, Oriente Medio y Asia, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“No te dejan decir que no y tampoco puedes escapar. Vives en una aldea a 100 kilómetros de distancia de la ciudad más próxima, no hay medios de transporte, y cuando la comunidad sabe que estás en edad de ser cortada, si te escondes o vas sola a algún sitio, todo el mundo sabe que están intentado escapar”, recuerda Nkoile, exalumna de la primera generación de niñas que estudió en este centro.

Una escuela que años después, en parte por la MGF –que obliga a las niñas a dejar sus estudios para mudarse a la casa del marido, en general, unos 40 o 50 años mayor que ellas–, y en parte, porque dejó de ser gratuita, estuvo a punto de desaparecer tras quedarse sin suficientes alumnas.

“Son comunidades polígamas. Muchos tienen cinco mujeres y 15 o 20 hijos, entre ellos, 10 niñas, y si tienes que pagar $30 cada trimestre por cada niña prefieres casarla a educarla”, explica Nkoile, quien junto a otras masáis comenzó a buscar casa por casa a las niñas que deberían estar escolarizadas para devolverlas al colegio.

Hoy, Naningoi cuenta con 300 alumnas, 47 de las cuales duermen en el internado incluso durante las vacaciones, ya que todavía están en proceso de reconciliarse con sus familiares, después de que huyeron para no ser circuncidadas o casadas de forma forzosa, o incluso, al poco de serlo.

De esas 300, alrededor de la mitad cuenta con la aprobación de sus progenitores para participar en el rito de paso alternativo que, por primera vez, se celebra en Mosiro.

Para ello, ya en la escuela, estas menores han sido instruidas durante días en derechos reproductivos, sexualidad y habilidades sociales; fomentando su ambición para llegar no solo a ser esposas y madres –como han sido inculcadas– sino también profesoras, médicas o abogadas.

Por su parte, los niños de poco más de nueve años de esta misma aldea –sus hermanos y amigos– han aprendido en clases diferentes a respetar a una masái que no ha sido circuncidada, a repudiar el estigma que les impedía casarse con ella y a considerarla como a una igual.

“Apaga la llama de la mutilación genital femenina, enciende la llama de la educación”, repiten al unísono la mañana del rito cientos de niñas y niños mientras caminan en procesión por Mosiro –provocando con sus pasos una nube de polvo rojizo y con sus colgantes un tintineo metálico– hasta alcanzar la residencia de los líderes.

Más tarde, de vuelta en el colegio y bajo un sol abrasador de mediodía, se suceden los rezos y discursos. Las niñas a punto de graduarse cantan y bailan coreografías masáis ante la atenta mirada de muchos de sus progenitores y líderes comunitarios, y horas después, son bendecidas como mujeres por los más ancianos.

“Los más jóvenes van a acabar con la mutilación genital femenina. Nosotros, los más viejos, la hemos practicado y nuestras hijas han sido circuncidadas. Ahora, las nuevas generaciones, que han sido educadas, son las que deben abandonarla”, concluye el anciano Oloosekenke Ole Kamuye, guardián de la cultura masái, y que cubre su larga y huesuda figura con la tradicional manta de cuadros de color fucsia.

Kamuye, como muchos otros ancianos de su comunidad, está abierto al cambio. Cree que simplemente ha llegado el momento y, por ello, cuando observa como las niñas recogen contentas unos cuadernos y una regla como regalo de graduación –que alzan con energía al aire mientras siguen coreando– él también se siente complacido.

De repente, Perla

Ilustración de Moris Aldana
Ilustración de Moris Aldana

Era época de zafra y por eso ardía el cañaveral. Desde aquí hasta las montañas se veía el fuego. De día flotaba la ceniza y se pegaba al pelo, al bigote, a las pestañas. Todos andábamos ennegrecidos. Al quinto día llovió. No llueve en diciembre, pero esa vez llovió tres días sin parar. Se empantanó la caña entre el lodo y la ceniza. Nadie trabajaba ya, nadie cortaba la caña. Eran días extraños. Fue entonces que nació Perla, la vaca que quería ser perro.

En mi primer dibujo de Perla la vaquita aparece de perfil. Atrás suyo todo está embarrado de ceniza; la sonrisa de Perla brilla blanca y nítida en la oscuridad. ¿Qué te parece?, le pregunté a mi hijo luego de hacerle los últimos retoques. Vio el dibujo y volteó a verme con esa cara que me recuerda a su madre: No se encariñe, dijo, es una vaca, papá. Con eso se fue a cortar la caña junto a los otros trabajadores, y yo me quedé delineando la cola con el carboncillo.

A Perla no la quiso su madre. Desde el primer día le negó la teta. Se acercaba Perla muy mansa y la madre la desalojaba con un movimiento de cadera. ¡Tas!, y la Perlita que salía despedida. Empezó a adelgazar. Yo me fijé desde el principio, la llevé con otras vacas que andaban con crías, vacas que tampoco la aceptaron. Fui a consultar con el patrón. Necesita un biberón, le dije, uno de esos biberones grandotes para darle leche tibia. Don Henrik me miró ladeado y con algo de sospecha, pero me confiaba ese patrón. A los dos días la estaba alimentando ya, dándole de mamar con un enorme biberón que chupaba a borbotones.

Rodrigo Fuentes – escritor guatemalteco

La tratamos de regresar con su resto, pero a Perla no se le daba el ganado, y al ganado no se le daba Perla. Tuvo compasión Don Henrik. Tráigamela al jardín de la hacienda, dijo, ahí la vamos criando, agregó, y fue ahí que Perla conoció a Derrepente, el perro mestizo que de repente había aparecido en la finca unos años atrás. Se hicieron cuates al instante. Pura química. Nada romántico, solo amigos. Cómo jugaban, cómo se revolcaban en ese jardín Perla y Derrepente.

Aprendió a pararse en dos patas después de tanto ver a Derrepente hacerlo. Calcado, si me pregunta a mí. Porque hasta el mismo bailecito hacía para quedarse parada, moviendo un piecito para delante y otro para atrás, uno para delante y otro para atrás. Raro ver eso, la ternera en dos patas y haciendo su equilibrio. Se la pasaban juntos todo el día, se reían juntos también. No me pregunte cómo, pero cuando me iba acercando al jardín los veía de lejos y juro que se mataban de la risa esos dos condenados.

Nuestra finca era de melón, pero todo alrededor eran extensiones de caña que pertenecían al ingenio. En esas tierras laboraba mi hijo junto a otros jornaleros. Trabajaban duro macheteando el día entero, animados con pastillas que repartía el capataz. Anfetaminas, eso les daba. Ya a la vuelta de la jornada venían con las pupilas enormes. En el dibujo Hijo, otra vez aparecen esos ojos, esas pupilas alocadas, aunque mi hijo no quedó contento con el retrato. Qué feo está, papá, mala le salió la gracia. Sostenía el papel a distancia, pellizcándole una orilla. Le dije que la culpa no era del dibujo: la culpa es mía y de tu madre, no culpés al arte. Soltó el dibujo, dejó que cayera al suelo y salió de mi ranchito sin decir palabra. Tanta pastilla le ha quitado el buen humor.

Los trabajadores del ingenio acostumbraban pasar frente a nuestra finca al final de la jornada, cuando iban de vuelta a sus champas. Así se fueron encariñando con la Perla, que se aparecía en el jardín para saludarlos. Hinchados de trabajo y de pastillas caminaban, y Perla que les movía la colita, les sonreía, se paraba en dos patas para despedirlos. Que baile, le pedían, que baile, gritaban los menos cansados, y Perla los premiaba con un pasito para delante y otro para atrás, uno para delante y otro para atrás.

Ni modo, Perla empezó a crecer. Se hizo grande en cosa de un año. Igual iba a la terraza del jardín a descansar, se echaba con las patas desparramadas, la trompa plana sobre el ladrillo, los ojos turnios del puro placer. Cómo le gustaba que le hicieran cariño detrás de la oreja, mugía quedito la Perla con esas atenciones. A la par de ella se tiraba Derrepente, iguales los dos. Seguían de cuates, pero cuando se revolcaban se veía que el perro andaba con más cuidado, amagaba ante el cuerpo de Perla. Ya poco se paraba en dos patas la vaca, muy grande estaba, pero aun así daba unos brinquitos de lo más agraciados.

El libro. “Trucha panza arriba” se puede obtener a un precio de $10. Los pedidos se coordinan por medio de la página de Facebook de la editorial Los Sin Pisto, al enviar un correo a [email protected] y también por WhatsApp al 7682-4079.

El mismo año en que Perla dejó de crecer llegaron las primeras máquinas cortadoras al ingenio. El trabajo de cien hombres lo hacían en mitad del tiempo. Cómo podaban esas desgraciadas, cómo destazaban la caña con sus aspas de acero. De un día para otro empezaron a echar a los trabajadores, pero el sindicato se plantó, y a finales de ese año se armó el relajo. Eligieron la época de zafra para dejar el machete y juntos se lanzaron a la huelga, juntos marcharon entre la caña.

Pasaron frente al jardín de la hacienda esa vez, los niños y los hombres bien alborotados, mi hijo entre la marcha y gritando con el resto. Fue ahí que Perla se lució. De un brinquito saltó el arriate para ir a meterse entre el gentío, mugiendo de lo más amigable y dejándose sobar por todo el mundo. Movía la colita, agachaba la cabeza y luego la levantaba con mugidos de pura alegría.

Quedó claro lo que ya todos presentíamos: Perla estaba con los trabajadores.

Los meses que siguieron estuvieron jodidos. La gente empezó a incendiar las máquinas cortadoras. La primera la agarraron en enero, una noche en que prendió fuego todo un bodegón del ingenio. Desde aquí se veían las llamas, se escuchaban las sirenas como si la misma caña se estuviera lamentando a gritos. Don Henrik estaba quedándose en la hacienda esa vez y salió a la terraza a ver qué pasaba. Ahí nos mantuvimos los dos muy quietos, parados en el resguardo de nuestra propia finca. Usted se me queda aquí, dijo, ni se le ocurra ir a meterse allá. No estaba yo tan viejo todavía, pero los bochinches eran cosa de otros tiempos. Ya mucho había dado yo al sindicato en la ciudad. Ahora le tocaba a mi hijo dar la lucha. Las llamas iluminaron la noche: entre la oscuridad noté la mirada brillante de Perla, sus ojos encandilados por el fuego.

Lo que vino luego era cosa de tiempo nomás. Los dueños del ingenio se trajeron a gente de oriente para patrullar el cañaveral. Malas personas eran esas. Yo con oriente no tengo riña, pero esos hombres llevaban la muerte en la jeta. Al poco tiempo empezaron a caer los sindicalistas. A dos de los principales los balearon, ahí mismo en sus ranchitos les fueron a meter plomo. A un tercero le mataron al hijo, un patojo que ya andaba metido en el asunto también. Y así parecía que el relajo tocaba fondo, porque esos golpes los dieron en cosa de unos cuantos días nada más.

Poco se mira en mis dibujos de esa época, como si el mismo carboncillo se hubiera encabronado con la hoja en blanco. Solo a Perla la tengo bien delineada o, más bien, la sonrisa y la energía de Perla, porque llamaba la atención la inquietud de la vaca, un ir y venir más de perro que de res.

Cuando apareció la Antorcha Justiciera para hacerle frente a tanto agravio, la gente ya estaba hablando de dejar la huelga y regresar al trabajo. Hacía falta la comida. Pero el rumor de la Antorcha corrió como el fuego en plena zafra: son veinte mugrientos, empezaron a decir, tal vez más, pero a pura antorcha se están cobrando una vida de afrentas.

Fantasmas, esa sensación daban. Porque los condenados corrían y corrían entre la caña, aparecían con sus antorchas y en un dos por tres se esfumaban, dejando fuego y desorden nomás. Salían los matones por un lado de la finca y la Antorcha aparecía del otro: robaron fertilizante, atrancaron las máquinas del ingenio, le prendieron fuego a las cortadoras. Buena plata perdió el ingenio esa temporada, entre tanta quema y tanto robo.

Yo supe quiénes eran por Derrepente. Ese perro tenía un par de amigos entre los cortadores de caña; supongo que así terminó enrolado en la Antorcha Justiciera él también. Leal era ese Derrepente: leal con el despelote, porque la travesura la llevaba en el alma. Era de color canela, pero en las mañanas empecé a encontrármelo negro, enlodado de cola a trompa. Solo los dientes blancos, la pura sonrisa me lanzaba el muy chistoso. Derrepente, le gritaba yo, pero antes de alcanzarlo ya se había metido entre la maleza.

Escuché su correteo una noche de luna llena. Ya le conocía los pasos al Derrepente, porque tenía una pata cuta y corría como a trompicones. Cuando salí a ver iba llegando con dos de los mugrientos, él a la cabeza: el muy canalla los había traído de vuelta a la hacienda del patrón. Me tomó un segundo darme cuenta de que uno de ellos era mijo. Directo al cobertizo donde guardábamos la leña se fueron a esconder, frente a la terraza del jardín.

Ilustraciones de Moris Aldana

Al llegar los matones ya todo era silencio; lo cierto es que la cosa no estaba para hacer presencia. Emputados venían esos hombres, con ganas de cobrarles las costillas a los malandrines. Y el patrón por ninguna parte, nadie para hacerles frente.

Derrepente más jodido, pensé. Mijo más jodido. Caña más jodida, pensé también.

Cuando salí de mi covacha los matones ya estaban cortando el alambre de la cerca, listos para entrar sus caballos a la finca. ¿Qué quieren?, salí diciendo, esto es propiedad privada. El primer matón ni se dignó a responder. De un tajazo cortó el alambre y mientras iban entrando alcanzó a decir: Si los encontramos por aquí usted también se fue feo.

Algunos le dieron la vuelta a la hacienda, pero el jefe de ellos se bajó del caballo y ahí se quedó muy quieto. Tomándose su tiempo. Y entonces se le tensó el cuerpo como un alambre de púas. Volteé a ver a donde miraba y por ahí venía Perla, de algún lugar del jardín había aparecido. Fresca y rápido avanzaba la vaca, directa hacia el hombre.

Era bonita esa bestia, no digo que no, pero bajo la luna llena refulgía como santa en pascuas. Tan blanca que brillaba. Y coqueta, amigable, con personalidad. Así era ella. Se acercó tanto y con tanta confianza que el jefe pareció desubicarse, tomó un paso para atrás. Si sus hombres no hubieran estado ahí, estoy seguro que hasta el arma desenfunda.

Pero Perla era una vaca, y ante una vaca no hay que acobardarse.

A un metro paró. Se acercaron un par de matones y la observaron. Perla lanzó un mugido al cielo y empezó a darles la vuelta la muy confianzuda. Uno de los hombres dijo algo, palabras duras, pero el resto siguió quieto, tan curiosos como yo. Porque Perla los miraba como mira una persona. No como mira una persona cualquiera: como mira una mujer, una mujer que se sabe vista por un hombre. De esas mujeres que le agarran a uno la mirada y se la cachetean de vuelta. Así miraba Perla.

¿Y aquí qué?, empezó a decir uno de los tipos.

Ni tiempo le dio de seguir. Perla dejó de caminar y lo miró de frente. Perla frente a ellos, Perla frente al mundo. Tomó un par de pasitos hacia atrás y con el mismo empuje echó todo el cuerpo hacia arriba: fácil se vio el asunto, serena la Perla poniéndose de pie. Ya en dos patas pareció equilibrarse, como asentando el peso sobre los tacones. Y entonces dio dos pasitos hacia el frente y los hombres se hicieron para atrás, abriéndole cancha. Cayó blando, Perla, como una sábana.

Vaya circo, dijo uno de ellos. Lo admito: sentí un calor en las tripas, algo sabroso que me subió por el cuerpo. Orgullo, algo así será lo que sentí.

Es su jardín, dije acercándome. El jefe me volteó a ver, volteó a ver a Perla otra vez. ¿Su jardín? Es que es especial, le dije, no le gusta que se meta gente a su jardín. El jefe escupió al suelo y le señaló a los hombres los sembradíos de melón, la hacienda, el cobertizo. Me revisan bien, dijo, y usted se me queda aquí, viejo, sea de quien sea este jardín.

Esa gente de oriente era dura, curtida. Conocían de ganado: estoy seguro que en su vida habían visto a una vaca levantarse así. Peinaron la zona y salieron del otro lado de la finca; mientras tanto, me dediqué a arreglar el alambrado de la cerca. Eché un vistazo pero mi hijo y el otro mugriento no estaban por ninguna parte. Seguro que entre tanto alboroto habían logrado salir. Ya que iba regresando a mi covacha me encontré al Derrepente a la par de Perla. Bien juntitos, como hablando estaban, y pensé en ir a darle una buena patada al perro. Pero algo me detuvo; demasiado a gusto se veían los dos, tan cuates ellos, moviendo sus colitas en círculos, como sincronizados.

El rumor me llegó al par de días: que con la Antorcha iban siempre un perro y una vaca endemoniada. El perro liderando, la otra a la retaguardia. Que se reían esos dos animales, que la pasaban a lo grande, que conocían esas tierras mejor que nadie. Carcajeándose todo el tiempo la vaca y el perro: dando brincos alrededor de las máquinas en llamas mientras se carcajeaban. Eso decía la gente.

Pues ni modo: los matones regresaron a los cuantos días por la noche.

Borrachos estaban los hombres, a mí me amarraron de un solo. Dónde está la jefa, decían, dónde está la jefa, gritaban riéndose. Pero risas agrias eran, risas maleadas. Las manos a la espalda y la trompa al suelo; así me embarraron en el lodo a la par de la hacienda. Poco pude ver, pero vi lo suficiente. El mero jefe se metió al jardín y Perla se acercó muy mansa, moviendo la colita, adormilada todavía. El hombre le rascó detrás de la oreja, le sobó el lomo, y ahí mismo dio la orden: Me la cogen, dijo, pero bien cogida. Escuché que la vaca mugía mientras le amarraban las patas. Entre tres la detuvieron, y uno de los hombres agarró un leño, del mismo cobertizo en el jardín fue a sacarlo. Me dolieron hasta el alma esos mugidos, alaridos eran, cómo me dolieron. Ya que se iban pasó uno de los tipos a darme un patadón. No se preocupe, me dijo, igualita va a quedar su yegua, nomás que ya no tan brincona.

Si no se desangró fue por milagro. Yo no sé qué sintió Perla –vaya uno a saber qué se sentirá algo así, qué sentirá un animal en un momento así–. Pero algo le mataron. Porque era coqueta, Perla, era orgullosa, y lo que hicieron fue aplastarle esa elegancia de un leñazo.

La huelga terminó a las cuantas semanas. Algunas mejoras lograron los trabajadores, una subidita al sueldo y poco más. Dejaron de traer nuevas máquinas cortadoras, que igual solo servían para terrenos planos. A veces la tierra no se aplana por mucho que le pasen el rodillo.

Nuestra finca se vino abajo al poco tiempo. Se cayó el precio del melón y Don Henrik tuvo que venderlo todo. A mí me habló, me dio las gracias, me apretó la mano con fuerza. Así es la vida, dijo. Ve pues, pensé, y yo sin enterarme hasta ahora. Al día siguiente juntó a los campesinos para agradecerles, y ahí dio el discurso de despedida. Lo escuchamos en silencio, yo y el resto de la gente. ¿Y Perla? preguntó una voz al fondo del gentío. El patrón vio para abajo, como apenado: Lo que queda del ganado tiene que irse al rastro, dijo. Hay deudas que saldar. Al fondo, en el jardín a la par de la hacienda, Perla movía su colita.

Terminé viniéndome a mi pueblo, a dos leguas nada más de donde estaba la finca. Aquí me he dedicado a mis dibujos, viera el tiempo que les meto ahora. Estoy trabajando unos retratos de Perla, aunque no me convencen todavía. Tantos intentos y siempre la pobre Perla atrapada en el dibujo, inmóvil parece. Así no era ella. En eso coincidimos con mi hijo. Hasta a la pobre Perla malogró con sus dibujos, me dijo viendo los bosquejos.

Me cuentan que Derrepente se mantuvo por ahí, yendo y viniendo entre los cañaverales, haciendo sus travesuras. De vez en cuando se aparecía por la hacienda, convertida ya entonces en un bodegón, y se echaba en la terraza del jardín. Ahí mero, en el mismo lugar donde Perla se tiraba, se echaba él con las patas desparramadas y la trompa sobre el ladrillo. Buscando compañía, me imagino, la compañía que se busca en el recuerdo. Vaya uno a saber si la encontró.

Yo digo que sí.

Ilustraciones de Moris Aldana

Cuando despertó, el dinosaurio estaba ahí

En la década de los ochenta fui invitado para dar un taller de literatura en el Centro Cultural de la comunidad hispana, en San Francisco; y, posteriormente, en la Universidad Estatal de California.

Uno de mis objetivos era dar a conocer la literatura centroamericana como temática general, y ofrecer prácticas de creatividad, experimentadas antes como profesor en la Universidad de Costa Rica.

En ambos cursos me dio resultado en el área creativa el cuento «El cocodrilo», del guatemalteco-mexicano Augusto Monterrosa, quien escribió el cuento más breve conocido en español: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí». ¿Será? Son apenas siete palabras.

La práctica consistía en trabajar individualmente redactando una interpretación breve (máximo una página) sobre fondo o trasfondo del cuento. En una segunda fase cada uno debía hacer un cuento corto a partir de «El dinosaurio», de acuerdo con las ideas interpretativas ofrecidas en el primer trabajo: ¿era una pesadilla, ocurrió en tiempos antediluvianos; o que el dinosaurio se comió al prójimo?

El cuento de Monterrosa revela mucho interés en el área creativa para recrearlo y ejercitar la mente. Explicaba: así como se necesita ejercicio físico para desarrollar el cuerpo en los gimnasios, en los centros educativos desde educación básica hasta educación superior se debe también ejercitar el cerebro en las diferentes áreas del conocimiento. Solo así se puede contribuir a un próximo futuro acorde con invenciones en el campo de la inteligencia artificial.

En la actualidad, no cabe duda, la tecnología se lanza y arrasa como un tsunami al revés: construyendo, no destruyendo.

Se reafirma que si queremos reordenar las deprimidas regiones del mundo, debemos cultivar la creatividad como un valor cultural, proyectar nueva cultura educativa. No importa si somos limitados en recursos. Desde esas bases trabajan los países asiáticos, la India –para ser más específicos–, con más de 300 millones de pobres extremos, pero con un desarrollo inconcebible tiene como visión eliminar esos niveles de precariedad. Igual China, con similar población en pobreza extrema. Sin embargo, ambas naciones alcanzan niveles de grandes potencias. Como sabemos los dos países suman casi tres mil millones de habitantes. Ni imaginarlo. Pero también hay crecimiento inaudito en países pequeños.

La idea sería aprovechar el cerebro de la infancia temprana, abierto, apto para desarrollar cualidades impensables. Pero también en la educación superior, que son quienes deben formar a las generaciones futuras. Como educadores o facilitadores preparados serían los encargados de orientar por la ruta de la creatividad, y la inventiva cultivando el poder de la imaginación. El desarrollo de esas habilidades cabe en toda formación profesional: desde la matemática hasta la literatura y otras ciencias humanísticas. La solución no está a las puertas, aunque siempre es tiempo de caminar para llegar a una sociedad deseable: beneficiada y actora de su progreso.

Es la salida para no despertar de una pesadilla con un dinosaurio debajo de la cama. Más aún en la fase acelerada de las nuevas tecnologías, requerimos una propuesta estratégica y creativa como política, que nos lleve a apropiarnos de una verdad indudable, reconocer que esas inventivas tecnológicas deben estar en función de un desarrollo que implicará eliminar las desigualdades extremas. No importa si se implementa por etapas; pero comenzar, saber que nos dirigimos a la superación de los problemas de las regiones marginales. Una opción sería estimular las áreas culturales y artísticas que den ese salto que supere la pesadilla del dinosaurio.

Porque la realidad no perdona las omisiones. De otra manera, cuando despertemos, advertiremos que hay otras realidades, no necesariamente de pesadilla, sino de sueños compartidos. Pensar en grande es también reconocer las pequeñas penas que, sumadas, se convierten en tragedias. Por eso necesitamos chifladuras, como les dice a los trabajos del Doctorado de Mediación Pedagógica la Universidad La Salle, de Costa Rica, para provocar la mente creativa de quienes tendrán a su cargo a la población escolar por las rutas de la creatividad.

A este propósito quisiera mencionar la Ley Naranja planteada en Colombia por cinco años, para propiciar y promover las industrias creativas: el libro, los documentales, o el cine de ficción, el teatro, la música, las artes plásticas, como elementos de desarrollo humano y económico. Evitemos así despertar cada mañana con un dinosaurio que todavía sigue ahí.

Claro, para eso necesitamos sanear las finanzas del Estado, pues esa ley exige una inversión que redundará en beneficios económicos y es aquí donde surge la necesidad de ser creativos, y propiciar los emprendimientos personales que serán bases del beneficio común.

Y es el Estado el que debe prepararse para estimular esos emprendimientos en todo quehacer, desde las artesanías hasta la robótica. De nuevo recuerdo en Costa Rica su barrio de clase media alta, Escalante, parecido a nuestra Flor Blanca. En ambos casos las residencias comenzaron a ser vaciadas por sus propietarios para buscar nuevas zonas de desarrollo urbano, lo cual implica dejar las anteriores residencias en relativo abandono esperando la plusvalía de sus terrenos, como «ahorro» futuro. No obstante, significa un estancamiento y echar a perder posibilidades de proyección económica. ¿Qué pasó en el Escalante? Ahora es un barrio turístico donde jóvenes graduados presentan proyectos de acuerdo con la planificación del área artística y comercial a desarrollar.

El barrio Escalante me hace recordar el barrio histórico La Candelaria, en Bogotá; un barrio de riesgos violentos que ha pasado a ser zona de presencia cultural y artística: teatros, galerías, restaurantes, salas de conciertos y danzas. Al visitar Bogotá es obligado conocer La Candelaria.

El recién renovado barrio Escalante, sin ser zona de riesgos, se ha convertido en zona comercial con proyectos creativos culturales y artísticos, con jóvenes empresarios. Resultados que serían irrealizables, en Bogotá o San José, sin el capital semilla otorgado por el Estado para convertirlos en zonas turísticas en ambos casos.

Se trata de integrar potencialidades creativas, reconocerlo en función del desarrollo nacional. Entre nosotros evitaríamos esas caravanas de jóvenes profesionales que al despertar ven que el dinosaurio todavía sigue ahí.

Votar, a pesar de todo

No solo fue la carencia de propuestas sobre cómo afrontar los graves problemas del país, el último suspiro de la carrera presidencial también dejó el sinsabor de muchas farsas. Varias y sobre los principales candidatos en la contienda. Lo que incluye sobresueldos, contratos adjudicados para amigos cercanos y negocios que contradicen el discurso manejado públicamente. Ni siquiera se necesitó que uno de los candidatos terminara de llegar a Casa Presidencial para que perdieran la máscara que llevaron durante los últimos meses.

Una vez más: la política salvadoreña no es cuestión de ideologías ni discursos, sino de intereses. Y no es un solo bando, ni dos, hay muchos y todos van enmascarados con buenas intenciones. Pertenecer a un grupo tampoco significa no poder negociar con otros tras bambalinas. Al final, nunca se sabe la cadena de favores que llevan a cuestas ni en quién pensarán al tomar decisiones cuando asuman el cargo. Esto no es más que un perpetuo déjà vu que se repite en cada elección y que hace crecer y crecer el ejército de indecisos que no saben por quién votar.

Para el ciudadano común es como estar en una de las películas de Alfred Hitchcock, esperando que un asesino salte de imprevisto desde un rincón y ataque por la espalda y a traición. Un escenario en donde lo único seguro parece ser que todos tienen algo que ocultar. Esto hace que cuatro meses de campaña abierta caigan en un sinsentido, sobre todo después de que los partidos han gastado alrededor de $20 millones en propaganda –con campaña sucia incluida–. Pero, inevitablemente, es la hora de decidir. Hay que votar.

Y de nuevo toca autoflagelarse y pensar cuál es el que menos mal le puede hacer al país. Con todo y sus vicios de origen, los grupos que los rodean. Algunas veces, vivir en El Salvador parece que es como estar a bordo del barco fantasma del cuento del alemán Wilhelm Hauff, un navío embrujado cuya tripulación está condenada a repetir el mismo trayecto una y otra vez. Navegando en una dirección durante el día y yendo en contrasentido durante la noche para terminar, básicamente, en el mismo sitio. Incapaces de llegar a ningún puerto y presos de la desazón de repetir la historia una y otra vez. Como la clase política, que parece llevarnos a ningún lado.

Ante este panorama, de entrada, hay que exigir más al nuevo inquilino de la Casa Presidencial. Dudar. Siempre dudar. No dejarse manipular y, sobre todo, que rinda cuentas. Si hay algo que ha caracterizado a los salvadoreños –de a pie– es la lucha por intentar hacer un mejor país. Nadie ha regalado nada en ese afán. Mucho menos las clases que siempre han dominado el aparato estatal. Hay que estar listos para navegar contracorriente. Está prohibido rendirse. El cambio que necesitamos como país no vendrá de cualquiera que sea elegido el 3 de febrero. Al final es la ciudadanía la que tiene la última palabra.

El arte de robar libros

Hay quien se apropia de los libros para venderlos, hay quien lo hace por el placer de tener bibliotecas cada vez más completas y está quien se adentra en el crimen para poder leer. En mi caso fue por la condición material de no estar en el país y por vivir, una gran parte del tiempo, fuera. Se trataba de dos libros, uno de la autoría de Ricardo Lindo sobre la pintura en El Salvador y, el otro, un catálogo de una exposición de Antonio Bonilla. Hace un tiempo, el dueño de los libros me concedió una entrevista y, antes de salir, recuerdo pagarle algo de dinero por su tiempo y que me prestó los dos libros.

Las primeras dos veces que me escribió por Facebook pidiendo el regreso de sus libros, le respondí que la próxima vez que llegara al país me los traía conmigo. Quizás tiene algún dato que quiera revisar en uno de los libros pensé, y por eso le urge tenerlos. Ya para la última vez que se comunicó conmigo, hace un par de semanas, el tono de sus mensajes se había deteriorado con brusquedad, como el clima agresivo donde vivo. Me advirtió: «Luego escribiré estados en mi muro (me siento puro marero extorsionando por algo que es mío)». Como no le podía cumplir, pensé en las cosas que él publicaría en su muro: «Denuncio a Évelyn Galindo, ladrona de libros». No estaba tan mal; o quizás, no era yo la única. Quizás formaría parte de un elenco de gente que le habían ido desvalijando poco a poco los estantes. De todos modos, y pusiera lo que pusiera en su muro, le tuve que responder lo mismo, que hasta no estar de nuevo en el país, me era imposible cumplir con su demanda. Y así fue que, sin querer, me convertí en ladrona de libros.

La situación me hizo pensar en la novela «Los detectives salvajes», del escritor chileno Roberto Bolaño. Ahí, uno de los narradores de la historia, el joven García Madero, se deja caer en un abismo de mala conducta; entra a las librerías a robar libros de autores como Roque Dalton, Lezama Lima y Jorge Luis Borges, entre muchos otros. En su caso lo hace principalmente por anárquico y por el gusto de tener una biblioteca cada vez más amplia. Me fui dando cuenta al buscar un poco por internet que hay cierta cultura de robar libros. Vi que los libros más robados son los de Charles Bukowski y de William Burroughs, y que muchas veces las librerías ponen estos textos detrás del mostrador para desanimar a los ladrones. En una entrevista, Bolaño reconoció que, siendo joven, robó libros por los mismos motivos que García Madero: «Yo veía cómo mis amigos robaban libros y sus bibliotecas iban creciendo, menos la mía. Entonces me decidí a entrar en el gremio de los ladrones». Bolaño agrega: «Yo creo que es algo que todos los jóvenes hacen y me parece, además, buenísimo que lo hagan. Robar libros no es un delito».

Quizás el señor de los libros se veía víctima de un tipo como García Madero, un vagabundo, vanguardista que vulneraba los límites establecidos por la sociedad. Quizás por eso, su reacción tan molesta. Mentiría si no confieso que me pareció algo romántica la acusación de roba-libros. Y sin embargo, fui a buscarlos en el estante y los coloqué en una mesa cerca de la puerta principal para no olvidar de llevarle los libros en la próxima oportunidad. Para mí, apropiarme de los textos prestados no es que sea un delito, pero si una carga de conciencia que no me interesa asumir solo por guardar un par de libros más en el estante.

Carta Editorial

«Me ha enseñado cuán líquida es la frontera entre la literatura y todo lo demás», confiesa Rodrigo Fuentes acerca de su primer y único libro: «Trucha panza arriba».

Fuentes es guatemalteco, pero vivió en Costa Rica, Chile y México hasta que en 1996, volvió a Guatemala, una que ya había firmado los Acuerdos de Paz.

En esta edición hemos elegido el cuento «De repente, Perla» como una muestra del talento que Fuentes expone en este libro del que, hace un mes, la casa Los Sin Pisto lanzó una nueva edición.

El libro de Fuentes también ha sido publicado en Guatemala, Bolivia y Colombia. Tiene una traducción al francés y se ha anunciado ya una traducción al inglés.

El de Fuentes por la literatura es un camino que recién comienza. Pero en esta ruta ya ha cosechado galardones. Ganó el Premio centroamericano de cuento «Centroamérica cuenta» para narradores menores de 35 años. Y fue finalista en el Premio hispanoamericano de cuento Gabriel García Márquez, en 2018. Este es uno de los más prestigiosos de la región.

Y así, podríamos seguir leyendo mucho de los logros que cualquier jurado capacitado y especializado le puede otorgar a un joven con la pluma de Fuentes. El problema de estos países está más en el público. ¿Dónde está?

Por estos lados, el gran problema de la literatura es que sigue buscando cómo sobrevivir. No es que no haya gente que escriba. Es que a la gente que escribe debe comer, pagar casa, servicios, se enferma, envejece. Tiene necesidades más allá de talento y disciplina. A este punto, estamos de acuerdo en impulsar la literatura, pero no hemos terminado de aterrizar en que ese impulso requiere de contar con un público que aprecie y consuma. A este público hay que formarlo.

Hoy es día de elecciones. Para llegar acá se ha discutido hasta la saciedad la crisis política. Una discusión intensa pero, al fin de cuentas, vacía. Los problemas estructurales no se han abordado. Y van a seguir ahí gane quien gane. Es como decir que apoyamos la literatura, pero no apoyamos ni comprendemos que quien la hace es un ser humano con derechos. Vacío.

Este cuento de Rodrigo Fuentes es genial, tal cual. Y se puede ver como una metáfora muy cuidada de nuestras sociedades y sus injusticias silenciadas.