El desgaste de Montecristo

Laderas. Las elevaciones afuera del Parque Nacional Montecristo están habitadas por comunidades y propietarios de grandes extensiones. Aunque hay tratados que buscan la conservación de los bosques y los mantos acuíferos, cambiar el uso de suelos es una constante.

“Aunque estuviera el sol despejado, aquí siempre se siente como estar en aire acondicionado”, dice Gabriel. La espesura de un bosque primario da la sensación de un mundo diferente.

Gabriel es cauteloso y prefiere no incluir su apellido al presentarse. Sí cuenta que es guardabosques y tiene 55 años. Fornido y con muestras tímidas de canas, relata que las veredas por las que camina fueron abiertas por su abuelo. Cien años después, él solo se encarga de limpiarlas de la acumulación de hojarasca en la época lluviosa.

Gabriel es uno de los habitantes del caserío Honduritas, dentro del cantón El Rosario, en Metapán. Su comunidad tiene cerca la frontera con Honduras y el Parque Nacional Montecristo. Para llegar a donde trabaja, debe atravesar calles de tierra y pastizales en un trayecto de 1 hora.

El terreno boscoso que cuida Gabriel, a una altura de 2,000 metros sobre el nivel del mar, es un área protegida privada. Para avalar la entrada, la organización a cargo toma precauciones: pidió no revelar su identidad ni su ubicación exacta, tiene miedo de atraer invasores y turistas. Conservar es su objetivo, así que quiere que el bosque permanezca intacto a toda costa.

Bosque original. El tiempo, la sombra, la altura y la humedad permiten que diversas plantas crezcan sobre los troncos y puedan acumular agua.

Alfredo Umaña vive en Metapán, a unos 10 kilómetros del Parque Nacional Montecristo y a unos 20 kilómetros de donde trabaja Gabriel. Tiene 23 años y trabaja como guía de camino para quienes obtienen acceso al área protegida privada, por lo que conoce bien las calles y las comunidades de la zona. En lo alto lo espera Gabriel, a quien cuesta localizar debido a que en lo alto de su comunidad solo hay señal de una compañía telefónica.

Antes de comenzar la empinada calle para ir a los cantones de la zona alta, en el cantón San Miguel Ingenio, la ruta 463, una de las pocas que pasan por la zona, hace su parada. Llega una vez al día desde Metapán hasta el municipio de Citalá, en Chalatenango, y de regreso. No existen rutas que se internen hasta lo profundo de las comunidades, cuenta Alfredo. Si tienen suerte, un carro que pase por la zona y les dé aventón puede evitarles subidas de hasta cinco horas.

Estas comunidades son las que rodean al Parque Nacional Montecristo. Son los cantones El Rosario al este, El Limo al oeste y una parte de San José Ingenio que está fuera del área declarada como protegida al sur. Al norte, parte de El Limo, está el punto trifinio. La elevación en la zona inicia a partir de los 1,000 metros sobre el nivel del mar y puede llegar hasta los 2,000. Bajo la ley de áreas naturales protegidas, este territorio es la zona de amortiguamiento de Montecristo.

Incendios. Aunque este año el fuego no entró al parque, la zona de amortiguamiento sí sufrió los efectos de la quema.

“Montecristo es una fuente muy importante de agua para toda la zona en la región del alto Lempa”, cuenta Pablo Galán, asistente técnico del herbario ubicado en el Jardín Botánico La Laguna, en Antiguo Cuscatlán. Sus investigaciones sobre las plantas del lugar lo han llevado a conocer el sitio de cerca, así como su importancia. “La vegetación es diversa por las elevaciones. Comienzan desde los 600-700 metros sobre el nivel del mar y llegan a los 2,400. La diferencia altitudinal da diferentes tipo de ecosistemas”.

Montecristo es un macizo montañoso que abarca los territorios de El Salvador, Guatemala y Honduras. Los territorios de los tres países se conectan en el punto trifinio, ubicado en la parte más alta de la montaña. Luego parte en altibajos hacia cada territorio. La división montañosa en el país, dentro de la cordillera de Metapán-Alotepeque, posee un aproximado de 7,111 hectáreas, 1,973 están protegidas como parque nacional desde 1986.

Las 6,926 hectáreas restantes son la zona de amortiguamiento, que se extiende por comunidades y ecosistemas desde Metapán, en Santa Ana, hasta La Palma, en Chalatenango.

En las zonas de amortiguamiento, “todas las personas, instituciones y los proyectos que están ahí deben tener en consideración que cerca hay un área natural protegida y el tema ambiental debe ser importante en sus actividades productivas y cotidianas”, comenta el gerente de Áreas Naturales Protegidas y Corredor Biológico del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN), Javier Magaña.

El MARN, principal encargado de gestionar un área protegida a escala local, debe velar porque así se cumpla. En el caso de Montecristo, se hace con el Comité Asesor Local del Parque Montecristo, que busca juntar a las autoridades del parque con líderes de las comunidades, concejos municipales y organizaciones no gubernamentales para tratar el tema ambiental en las zonas de amortiguamiento. Magaña dice que en esta zona el tema puede ser más complicado de tratar.

Las calles de tierra de San Miguel Ingenio son el inicio de un recorrido de 25 kilómetros hacia arriba. Las laderas son de poco relieve y suben de los 1,000 a los 1,400 metros sobre el nivel del mar. Alfredo Umaña cuenta que las actividades de agricultura y ganadería son comunes en toda la zona desde hace bastantes años.

La calle toma una subida más empinada hacia el cantón El Rosario. Umaña dice que es de las últimas partes que un vehículo sin doble tracción puede transitar.

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El río El Rosario y las quebradas que pasan por la comunidad se quedaron sin agua durante la época seca. El problema afectó a los cultivos y algunos agricultores perdieron su cosecha, cuenta Nora Beatriz de Hernández. Ella es una testigo de la relación de las comunidades con el parque nacional. También es la presidenta de la Asociación de Desarrollo Comunal (ADESCO) del cantón El Rosario desde octubre de 2016. Afirma que por ello se encuentran en gestión con el parque para que del área protegida se les proporcione agua.

La disminución de caudales es normal en época seca debido a la falta de lluvias. Los agricultores pueden subsistir con afluentes más pequeños, pero no secos. La parte baja de El Rosario y San Miguel Ingenio comenzó a sentir las consecuencias de la deforestación hace tiempo, cuenta Alfredo Umaña al subir por El Rosario. El problema pasó sin llamar la atención en su mayoría debido a los proyectos de potabilización en la zona. Nora lo confirma, comenta que aunque los ríos se secaron, el servicio de agua potable que alimenta al centro del cantón fue estable. El resto de caseríos, sin embargo, vive de los ríos y nacimientos.

Montecristo es importante porque la cuenca alta del río Lempa se forma ahí. Un 58 % está en Guatemala, un 12 % en Honduras y el otro 30 % en El Salvador, señala el proyecto estratégico de Plan Trifinio para la región. El agua que se acumula en la zona alta desciende en miles de quebradas, que se unen en cientos de ríos pequeños que desembocan en cuerpos de agua más grandes. Todos ellos reúnen los 2,161 millones de metros cúbicos anuales que bajan por todo el país hasta desembocar en el océano Pacífico, dice el mismo estudio de 2011.

Esta importancia ha llevado a que el territorio esté declarado como Área Protegida Trinacional desde 1987, con un acuerdo entre los vicepresidentes de los tres países bajo el nombre de Plan Trifinio. La zona también es parte de la Reserva de Biosfera Trifinio Fraternidad, declarada por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) desde 2011. Todas las declaratorias reconocen lo mismo: Montecristo es una importante fuente de agua y necesita ser protegida, pero se encuentra bajo muchas presiones.

Entre 1982 y 2006, la recarga acuífera de El Salvador se redujo en un 19 %, señaló un estudio de la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES) en 2006. Once años después, la sustitución de zona boscosa para agricultura y ganadería, técnicas agropecuarias inapropiadas para el territorio, incendios forestales, la degradación de suelos, la contaminación y el cambio climático son problemas que todavía hacen daño a los ecosistemas. Las primeras consecuencias están fuera del Parque Nacional Montecristo.

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Sustitución. Los dueños de tierras en las laderas fuera del parque suelen cambiar el bosque natural por sus plantaciones.

El río El Rosario y las quebradas que pasan por la comunidad se quedaron sin agua durante la época seca. El problema afectó a los cultivos y algunos agricultores perdieron su cosecha, cuenta Nora Beatriz de Hernández. Ella es una testigo de la relación de las comunidades con el parque nacional. También es la presidenta de la Asociación de Desarrollo Comunal (ADESCO) del cantón El Rosario desde octubre de 2016. Afirma que por ello se encuentran en gestión con el parque para que del área protegida se les proporcione agua.

Sustitución. Los dueños de tierras en las laderas fuera del parque suelen cambiar el bosque natural por sus plantaciones.

La disminución de caudales es normal en época seca debido a la falta de lluvias. Los agricultores pueden subsistir con afluentes más pequeños, pero no secos. La parte baja de El Rosario y San Miguel Ingenio comenzó a sentir las consecuencias de la deforestación hace tiempo, cuenta Alfredo Umaña al subir por El Rosario. El problema pasó sin llamar la atención en su mayoría debido a los proyectos de potabilización en la zona. Nora lo confirma, comenta que aunque los ríos se secaron, el servicio de agua potable que alimenta al centro del cantón fue estable. El resto de caseríos, sin embargo, vive de los ríos y nacimientos.

Montecristo es importante porque la cuenca alta del río Lempa se forma ahí. Un 58 % está en Guatemala, un 12 % en Honduras y el otro 30 % en El Salvador, señala el proyecto estratégico de Plan Trifinio para la región. El agua que se acumula en la zona alta desciende en miles de quebradas, que se unen en cientos de ríos pequeños que desembocan en cuerpos de agua más grandes. Todos ellos reúnen los 2,161 millones de metros cúbicos anuales que bajan por todo el país hasta desembocar en el océano Pacífico, dice el mismo estudio de 2011.

Esta importancia ha llevado a que el territorio esté declarado como Área Protegida Trinacional desde 1987, con un acuerdo entre los vicepresidentes de los tres países bajo el nombre de Plan Trifinio. La zona también es parte de la Reserva de Biosfera Trifinio Fraternidad, declarada por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) desde 2011. Todas las declaratorias reconocen lo mismo: Montecristo es una importante fuente de agua y necesita ser protegida, pero se encuentra bajo muchas presiones.

Entre 1982 y 2006, la recarga acuífera de El Salvador se redujo en un 19 %, señaló un estudio de la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES) en 2006. Once años después, la sustitución de zona boscosa para agricultura y ganadería, técnicas agropecuarias inapropiadas para el territorio, incendios forestales, la degradación de suelos, la contaminación y el cambio climático son problemas que todavía hacen daño a los ecosistemas. Las primeras consecuencias están fuera del Parque Nacional Montecristo.

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Altura. Los árboles a más de 1,800 metros sobre el nivel del mar son fundamentales para los nacimientos y las quebradas que bajan por las comunidades.

En el otro lado de las afueras del Parque Montecristo, en el cantón El Limo, el río también se secó. Carlos Magaña, agricultor, ganadero y representante de la ADESCO de su comunidad, sabe que la deforestación tiene mucho que ver. “Algunos dueños de terrenos, cuando este no les da nada y otra gente tiene necesidad de cultivar, dan permiso para cortar el bosque. Sacan la madera y siembran”.

Deforestación. Pequeños árboles de café crecen entre los restos de un bosque. La sustitución de bosques por cultivos es uno de los problemas más graves de la zona de amortiguamiento.

El Limo, en la zona de amortiguamiento, se encuentra cerca de los 1,400 metros sobre el nivel del mar. Sus partes más elevadas pertenecen al parque, donde se encuentran los cerros más importantes y de mayor atractivo turístico. Las comunidades fuera de ese sector viven las mismas implicaciones que el resto.

La situación que explica Carlos ocurre en toda la zona de amortiguamiento. La pérdida de cobertura boscosa para su sustitución por cultivos es una constante, a pesar de que los suelos no poseen sostenibilidad para ello. “La mayoría vive de la agricultura. El clima y los precios afectan a la gente, pero de eso viven”, dice Carlos.

“Muchas de las personas viven de los beneficios ambientales que los ecosistemas dan. No bajan al pueblo a hacer las compras. Son poblaciones rurales”, cuenta Berta Medrano, directora ejecutiva de la Asociación GAIA de El Salvador. Ella impulsa proyectos en los cantones de la zona de amortiguamiento que priorizan el beneficio de la población y de los bosques.

La ley de áreas naturales protegidas establece que quienes gestionan un área natural deben tener un plan de manejo con el objetivo de ejecutar “el conjunto de instrucciones priorizadas para el desarrollo de actividades a corto, mediano y largo plazo enmarcadas en el mismo”. En Montecristo, el plan es trinacional, por lo que las actividades enmarcadas incluyen a las áreas protegidas de Montecristo en Guatemala y Honduras.

Berta Medrano cuenta que todo Montecristo y su zona de amortiguamiento tiene la misma característica: más del 71% de las tierras es de clases VII y VIII. En la clasificación de suelos por su fertilidad establecida por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), la clase I es la más apta para actividades agropecuarias, mientras que en las clases VII y VIII se recomienda evitar las actividades productivas debido a que consisten en superficies montañosas, donde el suelo fértil es superficial y el riesgo de erosión y deslizamientos es alto. Sin los bosques, el agua no se acumula, lo que crea más sequía en época seca.

El plan de manejo establece que más del 80 % de la tierra en Montecristo debería ser solo para uso forestal. En 2005, año del plan, este solo cubría el 18.4 %. La persistencia de problemas como incendios forestales, sequía de afluentes y la permanencia de cultivos a nivel de subsistencia e industrial muestran que el problema no ha mejorado.

La situación es complicada, cuenta Carlos Magaña. Nadie denuncia la tala indiscriminada por miedo. La ley forestal, regulada por el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), establece que debe emitir permisos para talar bosques. Esto no ocurre en El Limo ni en los otros cantones. “La gente no interviene porque si uno se mete, se echa enemigos”.

Carlos también calla porque entiende la situación económica. Entre el 86 % y el 93 % de las personas que viven en ladera tienen situación de pobreza en Centroamérica. En el caso de El Salvador, un 32 % tiene condiciones de extrema pobreza, afirmó la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) en 2011. “La agricultura está mala porque el clima y los precios han afectado a la gente, pero de eso viven. Al menos les queda maíz y frijol para comer”, dice resignado.

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En la parte alta del cantón El Rosario, desde los 1,800 metros sobre el nivel del mar, la neblina golpea los restos de unos árboles de pino en una ladera muy inclinada. Tienen señas de haber sido cortados hace poco. Abajo nacen monocultivos de café y se preparan para crecer durante la época lluviosa. Gabriel, con unas botas todoterreno, un machete, una mochila cargada y una peculiar gorra color verde chillante, espera al lado de una vereda. El camino viene de Honduritas.

Alfredo Umaña lo divisa y se saludan con la gratitud de buenos conocidos. Continúan ladera arriba hasta llegar al área protegida privada. Los claros permiten divisar, a lo lejos, la ciudad de Metapán y el complejo lagunar de Güija. Afirma que una elevación llena de árboles al este es el Parque Nacional Montecristo. Al oeste, las laderas desde los 1,800 metros sobre el nivel del mar hacia abajo están listas para los cultivos de la temporada. “Puedo contar los árboles con los dedos de la mano”, dice Gabriel.

El bosque secundario consiste en árboles de la zona alta que han permanecido en pie por un aproximado de 50 años, luego de que las tierras en las que estaban fueron deforestadas hace medio siglo. Gabriel entra a sus recuerdos y comenta que hace unos 25 años la mayoría del territorio sobre los 1,500 metros todavía era bosque. Hace 25 años los ríos tampoco se secaban colina abajo.

Antes de entrar al bosque primario, Gabriel observa una parcela. Un caballo con aspecto joven y fuerte galopa en la ladera. Gabriel señala un montículo donde el semental estuvo parado. “La persona que vio este terreno (el bosque secundario) en estado virgen fue mi abuelita. Aquí tenía su cabañita. Murió hace 11 años. Tenía 102”.

Gran parte del bosque primario se encuentra en el Parque Nacional Montecristo, mismo lugar al que Pablo Galán ha ido repetidas veces a estudiar especies. El herbario, una amplia oficina llena de enciclopedias y documentos académicos sobre flora y fauna, es la base donde analiza sus recolecciones. Él explica que la vegetación particular de un bosque primario permite cumplir funciones igual de particulares.

Los árboles de las zonas altas aproximan una altura de 40 metros y ayudan a retener grandes cantidades de agua gracias a las flores y raíces que se forman en sus troncos. Los árboles de las zonas bajas ayudan a que no corra con rapidez ni que cause inundaciones o deslaves. “Toda el agua que está en Montecristo va a parar a los ríos que son afluentes del Lempa, como el San José Ingenio y El Rosario”, explica Galán.

Aunque la mayor parte del bosque nebuloso como inicio de los afluentes se encuentra en el parque nacional, la zona de amortiguamiento también requiere cobertura boscosa para mantener los nacimientos en época seca y proveer de agua para la subsistencia de las comunidades ladera abajo.

Javier Magaña reconoce que no se hace lo suficiente en la zona. El río que sale del parque nacional también disminuyó su caudal por la falta de lluvias. Añadió que esa escasez no puede evitarse en el área de amortiguamiento a menos que tuviera árboles y conservación de suelos. “El manantial que baja ahora es más pequeño. Eso no lo resiente el parque, sino la zona de amortiguamiento”.

Gabriel llega con rapidez al final de la vereda. Sus movimientos para esquivar ramas y saltar troncos en la humedad parecen los de alguien más joven. El bosque primario se caracteriza por tener constante lluvia. La altura se aproxima a los 2,000 metros sobre el nivel del mar. Alfredo y el guardabosques observan una correntada de agua transparente y helada que sale entre la vegetación y abre camino colina abajo. Sin los árboles, la falta de humedad reduciría el cauce y el calor del sol lo evaporaría. En las zonas bajas, las comunidades recibirán el mínimo de agua.

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“Hay muchos que todavía no comprenden qué es el medio ambiente. Hace falta más información”, dice Carlos Magaña. Cuenta que desde el año pasado los acercamientos del parque nacional en el cantón El Limo han sido dos, el primero consistió en charlas a las escuelas, el otro fue para contener la plaga de gorgojo descortezador, que también atacó la zona.

Aparte del parque, Plan Trifinio también influye en la zona. “El año pasado hubo muy pocas actividades. Dicen que no tienen fondos”, cuenta Carlos. En 2016 presentaron a un especialista en veterinaria. Solo llegó una vez y no volvió. “Esperaba que nos apoyaran en áreas de ganadería que no sabemos cómo aplicar”, dice. Carlos Magaña se refiere a los sistemas silvopastoriles. Combinan las actividades de pastoreo con la siembra de árboles, lo que permite que el ganado pueda alimentarse sin necesidad de caer en la tala indiscriminada para abrir terreno.

Combinación. Los sistemas silvopastoriles son los que combinan las actividades de pastoreo con la siembra de árboles, lo que permite que el ganado pueda alimentarse sin tener que talar.

La comunidad sufre de esto constantemente, cuenta Carlos. Los proyectos que traen para mejorar su situación no cumplen lo prometido o carecen de seguimiento: “A la gente de las comunidades no le gusta que se le mienta. Estas instituciones tienen eso, que mucho mienten”. Cuando convocan para nuevos proyectos, Carlos cuenta que la visión de la comunidad es que “para ir a escuchar a gente así”, mejor no van.

Pablo Galán presencia el problema continuamente desde sus inspecciones. “El bienestar de los ecosistemas requiere de mucha voluntad y esfuerzos entre propietarios privados y las personas que trabajan, que cuidan y la gente del parque. Es un acuerdo bastante fuerte y no es fácil. La agricultura, la ganadería, el uso de las maderas y el turismo en zonas aledañas alrededor de Montecristo requieren bastante trabajo”, asegura. “Se tiende a aislar una cosa de otra, pero todo está conectado. Si en la parte alta se tala, se quema y se comienzan a secar las fuentes de agua, abajo se va a sentir y con más presión”.

Gabriel sale del bosque primario. En cuestión de minutos, vuelve al lado de la vereda que lo lleva a Honduritas. Se ajusta la mochila y se despide temporalmente de Alfredo Umaña para entrar en la vereda y desaparecer en la maleza.

En sus últimas declaraciones, intenta resumir la situación: “El problema con los bosques y el agua no se ha detenido. Ahora ya avanzó, como cuando alguien siente dolor en un lugar y lo ignora, después va al médico y le dicen que es cáncer. Esto todavía se puede recuperar, pero todos tendríamos que ser más críticos”.

Ideas interminables de Masferrer

Continúo en mi esfuerzo por no olvidar las ideas subsistentes de Alberto Masferrer. Pese a los años que han pasado, continúa vivo en los intentos de llevar adelante el sueño que se manifiesta en hacer real un país justo, más humano, menos desigual. Quizá sin darnos cuenta esas manifestaciones parecieran cobijarse en una sola bandera que representa a El Salvador. Antes los intelectuales lo quisieron resucitar recordando su nombre y sus ideas, ahora se vitaliza en el discurso político, quizá con ánimo de cumplir lo mínimo de su planteamiento que precisamente Masferrer anhelaba como logro mínimo de redención social.

Veamos esas fuerzas por validarlo hechas por escritores y periodistas. Uno de ellos fue Ítalo López Vallecillos, quien dice del maestro: “Es el único salvadoreño de este siglo (siglo XX) que trató de desbarbarizarnos; hombre humilde, generoso, hizo su vida un apostolado de lucha diaria contra el mal poder; combatió contra todo y contra todos, seguramente porque en estos medios inhóspitos a la inteligencia, solo la voluntad al servicio de la acción y al servicio de la verdad puede crear conciencia”.

Matilde Elena López dice: “Erróneo es suponer una validez permanente del pensamiento masferreriano y otorgar categoría de verdad eterna a su criterio político porque ya es sabido que las circunstancias históricas cambian. Hay que entender a Masferrer dentro del juego de las fuerzas históricas”. Aquí la historia, como lo platea Matilde Elena, la entiendo como un presente continuo.

El periodista Rafael Antonio Tercero afirma: “Su obra más discutida no la escribió en forma de libro, la fue redactando desde el escritorio de director de un diario, entre el círculo polémico o doctrinario, entre en el ajetreo de la noticia corriente y lo sensacional del momento”. Se refiere a la labor de Masferrer en el Diario Patria.

El educador Francisco Morán dice: “Desde muy temprano Masferrer provoca discusiones, suscita odios y motiva medidas contra la propagación de sus ideas. Desde muy temprano despertó conciencia, polarizó voluntades e inspiró palabras y actos de liberación”.

Pedro Geffroy Rivas, escritor y periodista, afirma: “Masferrer fue necesariamente un hombre contradictorio, de internas pugnas agotadoras, enemigo de sí mismo, dulce y terrible, áspero y acariciador, y conmovido hasta las lágrimas por los dolores humanos, odiando a los que no sabían librarse del verdugo que cada quien lleva en su alma”.

Su secretaria privada, escritora y empresaria de libros, Ana Rosa Ocho, quien estuvo con él hasta el día de su muerte, dejó un testimonio inobjetable: “Quiso hacerlo todo desde arriba… Predicó el amor donde existía una batalla de siglos, abogó por la comprensión donde solo había obcecación y ceguera, luchó por la fraternidad entre las ovejas y los lobos”.

En su libro “La cultura por medio del libro”, Masferrer habla de hacer pequeñas bibliotecas en cada comunidad. “Esta debe ser una empresa nacional organizada por municipalidades, Gobierno, empresarios, prensa, maestros y organizaciones, y basta con 300 a 1,000 volúmenes”.

Y luego, Masferrer se pregunta qué fines tienen estas bibliotecas. Crean diversión agradable y honesta, accesible a toda la población, y contribuyen a extirpar el analfabetismo, porque si los padres leen, sus hijos leerán y escribirán, además de “crear un nivel de cultura general sin la cual las aspiraciones de libertad, democracia, orden, salud y bienestar son irrealizables”. Y evitar así “la anarquía de las ideas, tirando cada uno la sábana por su lado”. Sin esa sinergia con pacto social, “no hay nación, solamente un territorio poblado. Para Masferrer no existe nación si no hay lazos comunes y espirituales que unan para el bien común.

Los anteriores conceptos, sacados del ideario masferreriano, nos muestran su gran visión, porque lo planteó hace 101 años, como si estuviera viviendo en esta época. Ve en el libro y la lectura una solución educativa, un medio para la convivencia social porque crea una comunión mental que nos vincula y orienta. A veces es poeta cuando elogia el libro: “Qué compañía en el destierro y la prisión; qué comunión con aquellos que fueron mártires de una noble causa y que sus sacrificios repercuten en nuestro propio corazón”.

Y continúa: “Toda ciencia esta en los libros y en la vida, el que sabe leer posee el secreto de la sabiduría; los libros van de mano en mano enseñando… como la luz del sol que nos vivifica y nos llena de hermosura”. Es el motivo por el que se le llamó “romántico”, porque soñó que las personas debemos aprender de la convivencia para ser felices.

También afirma que el verdadero mal ocurre cuando nuestra fe se desvía, y “en vez de existir 10 escuelas solo existe una, donde hacen falta tres hospitales contamos solo con uno”. Y agrega: “Con esto no se ataca al Gobierno ni se pretende rechazar su colaboración, sino hacerse cargo cada uno de su deber y de sus responsabilidades”.

Y luego insiste en las bibliotecas públicas: “Si hubiera una en cada población de la república, habría derecho para grabar en la memoria de nuestro país la palabra cultura”. Y en otra ocasión se extiende en estas ideas: la tarea no debe dejarse solo al decreto de “la Asamblea Legislativa, sino que debe ser una empresa colectiva”. Responsabilidad de toda la sociedad, una empresa nacional donde participe la ciudadanía entera, todos los sectores, porque esa empresa cultural significa beneficio de la nación.

Masferrer pelea, discute, escribe sin temor sus ideas, se enferma de tristeza ante la indiferencia del poder, odia a quien no tiene conciencia y por eso cae mal. “Tuvo que huir de la jauría a finales de 1931” y murió nueve meses después de la masacre indígena de 1932.

Aprovecho para reconocer a dignos masferrerianos: Marta Elena Casaús Arzú, investigadora guatemalteca, con un libro extraordinario sobre el maestro; otra es la universidad que lleva su nombre, donde cada seis meses sus facultades dedican tres días de expresiones creativas basadas en la literatura de Alberto Masferrer. Todo nos hace pensar que sus ideas son interminables en búsqueda del bienestar nacional.

¡Vamos a ver “Criaturas”!

“Odio a mis hijos y soy una mujer normal”. “Son criaturas celestiales”. “Que se aprovechan”. “Y te torturan”. Tres madres en terapia se alternan las frases. Se desahogan. Disfrutan compartiendo quejas y problemas de sus hijos. Se disputan el turno para decir cosas políticamente incorrectas sobre ellos. Se rebelan en contra de sus vidas de madres perfectas. Insultan. Se exaltan. Derriban mitos. Hasta que llega el final de la terapia y cada una vuelve a su vida de madre intachable que exige la sociedad.

Aquí estoy en una sala de la UCA, viendo uno de los 20 ensayos que ha realizado el grupo de teatro Moby Dick para poner nuevamente en escena una de mis obras preferidas: “Criaturas”. He llegado a la hora en que los pericos regresan a sus árboles y encuentro a las actrices que integran el elenco, sudorosas, escuchando atentas las indicaciones de su director, Santiago Nogales.

Durante el ensayo contengo la risa para tomar nota y poder contarles en esta columna por qué tienen que ver “Criaturas” el próximo 24 de junio. Hace 12 años, mi madre y yo la vimos en el Teatro Poma y aún hacemos bromas sobre algunos de los parlamentos que se nos quedaron grabados para siempre. Para nosotras se convirtió en una obra entrañable, perfecta para compartir los tropiezos entre padres e hijos.

La obra no solo aborda las locuras que decimos y hacemos los padres en nuestro intento por hacerlo “bien”, también incluye el punto de vista de los hijos que tratan de seguir el paso, a veces errático, a veces incomprensible, de sus padres. Dinora Cañénguez lo resume en una frase: “Tan raros pueden resultar los hijos a sus padres como los padres a sus hijos”.

Ante lo espinoso que puede resultar el tema en una sociedad que santifica el rol de las madres, Santiago Nogales se pregunta: “¿Quién no tiene necesidad de autosincerarse? ¿Quién no ha estado de malas con su hijo o hija? ¿Qué es esto que todos somos madres y padres perfectos? Además, forma parte de la esencia de ser niño conseguir que sus padres se enerven”. En este sentido, Rosario Ríos agrega que la obra: “Es una crítica a todo lo que no queremos que hubiese para los niños”.

Mercy Flores recuerda que invitó a sus amigas a ver la primera presentación, al salir todas le decían: “¡Mira, esto ha sido una catarsis! ¡Yo ya me he sentido así!” Sin embargo, aclara que para Moby Dick lo más importante “es reírse con inteligencia para cambiar esquemas”.
Pero el nuevo montaje de “Criaturas” no solo pretende cambiar esquemas entre padres e hijos, los fondos que genere la obra serán utilizados para presentar en el Teatro Poma “Bandada de pájaros”, un drama escrito por Jorgelina Cerritos que pone en escena una de las tragedias más actuales que vivimos en el país: los desaparecidos.

Así es como se vive en los países del Triángulo Norte, ensayando entre risas y golpes. Eso explica por qué la presentación de una comedia inteligente como “Criaturas” va a hacer posible que exista una obra sobre desaparecidos. A mi juicio, una de las metáforas que mejor retrata las condiciones creativas en las que funcionan nuestras sociedades. No hay caos que nos hunda ni risas tontas que nos engañen.

Me reconforta saber que en medio de las tensiones y el desencanto, Moby Dick crea, se renueva y trabaja duro para espabilar nuestro ánimo con irreverencia, humor y ese sarcasmo exquisito que lo caracteriza.

La cita es el sábado 24 de junio a las 7 de la noche en el Centro Español. Si quiere divertirse y aportar al nacimiento de una nueva obra, vaya a comprar su entrada ya. Como dice Santiago Nogales, “la mejor terapia es ir al teatro con tu chico y reírte un rato de las estupideces que has cometido, estas cometiendo o puede ser que cometas cuando seas padre”. ¡No se va a arrepentir!

Inconsciencia

El poder corrompe. Los salvadoreños lo tenemos bien claro. Sin importar dónde nos encontremos, hemos sido testigos, o más bien cómplices silenciosos, de cuánto pudren los cargos públicos. Y desde que terminó la guerra civil hemos dejado que ustedes y los de su clase (política) nos pasen encima cuantas veces han querido.

Quizá sea el fardo de represiones por el que nuestra sociedad tuvo que pasar antes y durante el conflicto armado. Quizá sea porque ahora, muy convenientemente para ustedes, leemos en cada pared esa amenaza de “ver, oír y callar”, y sabemos de primera mano que su incumplimiento deriva en sangre derramada. A lo mejor son los callos de tanta traición, porque hemos confiado tantas veces en rostros como los suyos, que un día nos prometieron honestidad y transparencia y al siguiente se engordaban las bolsas con nuestro dinero. Como sea, aunque nos avergonzamos de ustedes, ya no tenemos el valor o las ganas de botarlos. De seguro por eso siguen tan tranquilos y prepotentes.

Así sus banderas, sean rojas, tricolores, verdes, azules, naranjas, blancas o arcoíris, nos han demostrado ser exactamente lo mismo: aves de rapiña que no descansan hasta arrebatarse los puestos entre ustedes mismos para succionar lo que puedan. Derechas, izquierdas y centros han demostrado ser el mismo mal. No les importa otro bienestar más que el suyo. Disfrazan su ambición mencionando a un Dios que no es compatible con sus acciones. Sonríen bonito y se dan golpes de pecho señalando a los otros que quizá solo se les han adelantado un poquito en la tarea de saquear. Dicen vivir para servir al pueblo, pero solo se sirven de él.

Sobresueldos, plazas fantasmas, seguros médicos privados, camionetas suntuosas, guardaespaldas, puestos para sus familiares y allegados, partidas secretas, dietas ostentosas… La lista de su traición es tan grande como su doble moral. ¿No sienten cargo de conciencia? ¿No se han puesto a pensar siquiera un minuto en el daño que provoca su ambición?

El dinero de sus lujos podría usarse para proveer un mejor acceso a la educación para los niños y adolescentes que viven en los lugares más recónditos de nuestro país. Los ancianos abandonados podrían tener un techo y una pensión mínima para no vivir en la miseria y la mendicidad. Podrían desarrollarse programas integrales de educación, de los que de verdad alejen a los niños de la violencia. Más importante aún, ese dinero que ustedes malgastan podría paliar la escasez de tratamientos para pacientes renales del Hospital Rosales. Cada vez que un enfermo muere a causa de la falta de recursos en los hospitales, esa muerte cae sobre sus espaldas. ¿No les pesa?

Mientras ustedes y sus núcleos afectivos disfrutan de la seguridad en una residencial burbuja con sistemas de videovigilancia, familias enteras se unen al éxodo para evitar ser asesinadas y violadas. Mientras pueden costearse esos relajantes viajes con fondos públicos, miles de trabajadores son explotados en maquilas por sueldos que insultan la dignidad. El Salvador está en llamas y ustedes le arrojan gasolina. ¿Qué esperan ahora? ¿Más medallitas y pines de oro como reconocimiento por esa ardua labor?
De momento, parece no haber nadie que pueda o quiera detener sus arbitrariedades y abusos, así que pueden sentirse tranquilos y retozar en sus caprichos. Vociferen la ideología que quieran, fabriquen cortinas de humo cuando se les antoje, desvíen más fondos públicos, quítenle al pueblo lo que le pertenece. Sigan siendo tan buenos verdugos como hasta ahora han sido. Pero no olviden que toda acción tiene una reacción, y que cuando los borregos despertemos, haremos facturas a sus nombres.

Carta Editorial

El dilema acerca de cómo equilibrar subsistencia y conservación del medio ambiente ya alcanzó al Parque Nacional Montecristo. La primera disputa es por el agua.

De las más de 7,000 hectáreas, solo unas 2,000 están protegidas por ley. El resto es la zona de amortiguamiento, que es indispensable para poder mantener en buenas condiciones la zona protegida.

La constante deforestación de la zona de amortiguamiento hace que cada vez se capte menos agua. Si en la época sin lluvia es esperable que se reduzca el caudal los riachuelos y las quebradas, lo que no es normal ni sano es que se sequen.

En la zona de amortiguamiento hay comunidades. Las comunidades obtienen ingresos de la agricultura de subsistencia. Extensiones que antes eran bosque ahora se usan para cosechar lechugas. La eterna lucha va acerca de cómo resolver las necesidades inmediatas sin llevarse por delante las necesidades más integrales, esas que implican conservar el bosque, aunque a corto plazo esto no dé ingresos económicos.

En esto hay mucho de conciencia, de educación, como se relata en el texto. Pero también caben la desigualdad y la injusticia. A estas poblaciones cercanas a la invaluable zona de Montecristo, ¿qué otras opciones se les han dado? ¿Son estas otras de las poblaciones aisladas y marginadas a las que al final de cuentas no les queda más que hacer parir la tierra para comer?

Un ecosistema no es otra cosa que algo que funciona con base en conexiones entre todos los que lo integran. No tiene caso no involucrar a los habitantes cercanos como parte del bosque. No se les puede poner en una situación en la que lo único que les quede es ir a la contra y hacer daño.

Las consecuencias vistas hacen evidente que urgen nuevos planteamientos, otras maneras de hacerle frente a esta realidad. No se puede alargar más el drama.

“Mis maestros son mis amigos”

¿Cómo es la vida de un artista visual en San Salvador?

Entre el hogar, mi esposa y mi hija Nara que tanto amo, el estudio y una ciudad tan pequeña como es San Salvador. Una ciudad llena de inseguridad y compleja por los territorios custodiados por las letras y los números.

¿Qué resultado esperas obtener con lo que estás haciendo?

Siempre es un reto estar vigente y estar produciendo todo el tiempo. Espero tener una buena retrospectiva sobre mi trabajo y sentirme orgulloso con el tiempo invertido en cada obra o proyecto que realice.

¿Qué es lo más ilícito que has hecho?

Acompañar a mi personaje principal del proyecto «Retrato Hablado» a una de las ventas más importantes de drogas de San Salvador, «La Tutu».

¿Qué carrera o negocio consideraría si tuvieras que comenzar otra vez?

Cine.

¿Quienes son tus maestros?

Mis maestros son mis amigos, son con los que he aprendido y sigo aprendiendo día a día.

¿Qué le hace falta a El Salvador?

Compromisos de todos para sacar adelante este país, incentivar con buenos programas de estudios a los jóvenes, becas, seguridad, salud. Hasta que se deje de ver a este país como una finca, no vamos a cambiar el rumbo de este lindo y pequeño país.

¿Has pensado en migrar de forma permanente?

Realmente sí lo he pensado, desde hace 11 años que empecé a viajar fuera de El Salvador. Cuando venís nuevamente a tu país estás entusiasmado con ideas frescas y con ganas de producir a mil por hora. Después de una semana acá, te vuelves a decepcionar de la situación incierta del país.

Buzón

La clínica de la nicotina

Humo que esclaviza

Los vicios se aprenden sin maestro; pero sí con influencias de algún modelo cercano como los padres, amigos y por supuesto la calle, como maestra del mal.

Las adicciones se inician con una invitación o por curiosidad en experimentar nuevas sensaciones. Algunos de los fumadores empedernidos dicen que lo hacen para contrarrestar el estrés o para una mejor lucidez mental, siempre encuentran justificaciones a su sometimiento; sin embargo, la complejidad de las reacciones humanas son disímiles, no todos los consumidores se vuelven adictos y no todo el que se inicia en un hábito termina descontrolándose, es parte de lo que sugiere la crónica de Valeria Guzmán “La clínica de la nicotina” donde los inquiridos dejan entrever factores genéticos y del entorno social interactuando entre sí en la conducta compulsiva que los acosa, pero esta adicción va más allá, pues no sólo afecta al que humea sino también al no fumador expuesto. De acuerdo con la opinión de algunos neumólogos, de las 4,000 sustancias que contiene el cigarrillo, sólo la nicotina crea dependencia, es la sustancia más adictiva que existe, provoca al menos 29 enfermedades asociadas al tabaquismo siendo el cáncer de pulmón, la bronquitis y las perturbaciones cardiovasculares las de mayor incidencia.

La clínica del ISSS, aunque existen otras, hacen una magnífica labor pero vienen a ser como una gota de agua en el desierto ya que la adicción que comentamos es frecuente y al Estado le corresponde su parte en el presupuesto.

El tabaco, planta sagrada en las culturas mesoamericanas, se fumaba en pipa “para sellar la paz y la amistad entre tribus” aunque tenía múltiples usos; ponerle más impuestos a los tabacos puede minimizar su consumo pero ante todo se deben cumplir las leyes que por hoy ya existen.

La mayoría de conductas adictivas comienzan en la adolescencia con el uso, luego el abuso para terminar en dependencia, es de rigor que en las familias no se den los modelajes indebidos como suele suceder también con el licor, cuando el humo del placer ya se ha transformado en un deseo fuerte de consumo hemos logrado un enfermo más. El consumidor, por su parte, debe poner su esfuerzo, exigirse más de lo que hace para sí es de inapreciable valía para el adicto, pues cuando ya se es prisionero del tabaco no es tan fácil apartarse del humo que esclaviza y sus consecuencias siempre fatales.

Julio Roberto Magaña
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Dejar un vicio

Solamente hay una manera de cambiar el sistema económico de nuestro país y es primero cambiando nosotros.

Lamentablemente los que no aportan nada son los que menos leen y son los que mas critican. Según la columna Renovar el sistema económico, de Jacinta Escudos, hay inconvenientes que a futuro nos esperan a los próximos a jubilarnos. También el empleo será escaso y la fuerza laboral joven será la mas afectada. Ejemplos de esto tenemos a menudo cuando vemos las grandes colas de jóvenes buscando su primer empleo en las distintas fábricas. Algunos célebres economistas de antaño predijeron lo que estamos viviendo, pero nuestra sociedad la han manejado desde consumismo por las élites económicas a las que les conviene que existan los consumistas -desde que nacen, hasta morir- para enriquecerse a costa de otros.

No importa los medios que utiliza para crearnos necesidades. Quedó en el pasado eso de que en una población eran autosuficientes en mano de obra de calidad. Existían buenos obreros que desarrollaban obras en su misma comunidad generando empleo y consumo, sin emigrar ningún capital al exterior. Mi comentario no es bien visto por algunos porque opino que añoro la economía tradicional de los países pobres. Así como antes de que privatizaran algunos servicios que el gobierno prestaba. Aunque pobres, no éramos esclavos del aberrante consumismo lacerante de nuestra economía. ¿A quién le beneficia que gaste más de lo que gano? Prefiero el autoconsumo porque se puede aplicar no solamente a la producción de alimentos, cualquier otro tipo de actividades puede ser plausible de ser utilizada, consumida por aquel o aquellos que la generan. Un ejemplo sería la generación individual de energía eléctrica a través de paneles solares especiales, que se conocen como fotovoltaicos.

Esta electricidad puede ser generada por las personas del mismo vecindario donde residen, colocando los respectivos paneles y de preferencia en lugares donde no exista red de energía eléctrica y al mismo tiempo hacer llegar la señal de internet, para tener comunicados a ese sector para que adopten nuevas tecnologías para el bien común y evitar la migración de la mano de obra joven que es explotada en otros países.

De nada sirven las remesas que ingresan al país, si las empresas transnacionales las captan al nomás ingresar y esas divisas retornan de donde vienen. Ahora es cuando debemos practicar la solidaridad social como valor ético, en ocasiones se realiza de manera cuestionable, por ejemplo, cuando la ayuda que se otorga obedece más a razones de imagen y no como compromiso auténtico.

Así tenemos muchas empresas en nuestro país que cuando les conviene, con platillo y bombo de la mano con los medios de comunicación generan ayudas, pero quienes más se benefician son ellos mismos.

Misterios de traspatio

MISTERIOS DE TRASPATIO

Su padre hablaba constantemente de lo que había vivido antes y durante la guerra, como adolescente ilusionado por las expectativas revolucionarias y como joven entregado a la lucha armada en los terrenos más inhóspitos. Estuvo en esos planos durante todo el tiempo que duraron las acciones en el campo; pero un día de tantos pareció que el fusible principal se había fundido, y todo lo que quedaba era una especie de nublazón sin salidas perceptibles. Buscó algún compañero de confianza con quien compartir sensaciones, y ahí estaba “El Tuerto”, limpiando su arma de faena y silbando a medias una canción de Silvio Rodríguez:
—¿Sabés algo, Tuerto?
—¿Ummm? –murmuró sin dejar el silbido.
—Que si sabés algo…
—¿Algo de qué?
—De esa mierda de la paz…
—Ah, pues lo único que sé es que hay que preparar los bártulos.
—¿Y entre los bártulos hay que meter lo que creíamos que iba a ser la vida después de todo este desmadre?
—Eso ya es cosa tuya. Yo me voy con lo puesto.
El mismo diálogo, ya en forma de rememoración a veces lamentosa y a veces colérica, lo había oído mil veces en boca de su padre, sin que nunca se despejara el enigma. Ahora su padre era un hombre que iba llegando a la tercera edad, y ya se había retirado de la ocupación de vigilante a la que se dedicó al regreso de sus largos años como activista en el terreno; y él, que nació dos años después de que se cerró el conflicto bélico, tenía inquietudes intelectuales y estaba iniciándose en el periodismo investigativo, ahora tan en boga en todas partes.
Un día, el hijo quiso tocar más fondo para un reportaje sobre la memoria, y se acercó a su padre, escurridizo en aquellos temas, sin que fuera a sentir que era un interrogatorio en forma. Estaban en el pequeño traspatio de la casita de suburbio que les dejaron unas tías solteras. Y comenzó por el diálogo con el Tuerto.
—Y en fin, papá, ¿te llevaste tus bártulos como te dijo el Tuerto?
—Ah, y eso qué importa ya. Es historia vieja, que se acabó en el polvo.
—Sí, ¿pero te los llevaste?
—Algo metí en la mochila.
—¿Y ahí también metiste la paz?
—Quizás.
—¿Y entonces?
—Pues si la metí se me cayó en el camino. Otros de seguro la recogieron y fueron a venderla cara… ¿Entendés?
—A medias. Pero es suficiente.

MISTERIOS DE INTERIOR

Se oían ruidos que no parecían provenir de ubicaciones precisas. La casa tenía muchos recovecos, y eso estimulaba la dispersión difusa, lo cual había propagado entre los residentes inmediatos la impresión de que era un lugar donde pasaban cosas fuera de lo normal, de seguro en el plano mágico. Y como los brujos y sus brujerías iban poniéndose cada vez más de moda en todas partes, aquella convicción hizo que hubiera hasta visitantes interesados en conocer el sitio, que desde luego nunca llegaron a hacerlo.

En la casa había tres habitantes: la abuela casi inválida, la madre que seguía dedicada a confeccionar artesanías dizque espirituales y el hijo que no quería hacer vida propia porque su mundo era una especie de laberinto imaginativo sin salidas. Durante el día, la casa permanecía en una quietud que no era normal; y por la noche parecía activarse esa energía que también estaba fuera de lo común.

En el día la abuela empujaba apenas su casi inutilizada silla de ruedas hacia un rincón que era su favorito, la madre se inclinaba sobre su mesa de trabajo como si quisiera sumergirse en alguna alberca ceremonial y el hijo, recostado cuan largo era en el sofá que era el habitante más antiguo de la casa, parecía estar rezando una letanía con ritmo de música hippie. En la noche la abuela estaba siempre a punto de incorporarse para iniciar una danza profética, la madre iba repartiendo por todas partes sus figuras a medio hacer y el hijo se sumergía en otro tipo de silencio, que tenía los pálpitos de un reloj recién activado.
Desde afuera, nadie podía advertir aquellos efectos tan personales, y lo que se percibía, por extraños reflejos sonoros, era una sucesión de vibraciones que en verdad invitaban a creer en la presencia de voluntades invisibles.

—Alguno de ellos está aliado con fuerzas oscuras –decía alguien.
—O quizás los tres son practicantes del mismo rito –apuntaba otro.
—A mí se me hace que están jugando a hacerse notar –deslizaba un escéptico.

Y todos llamaban al lugar “la casa de los brujos”. Los tres habitantes de la casa salían de ella a proveerse de lo indispensable para sobrevivir, y nunca se relacionaban con nadie. La abuela, en su silla de ruedas, se desplazaba paradójicamente con mayor soltura que los otros dos. El hijo era el más inhábil para sostener el paso. Los demás los veían de reojo, evitando el contacto, y “los brujos” parecían no fijarse en nada. Lo curioso era que cuando ellos no estaban en la casa, los ruidos que salían de la misma se hacían sentir de otra manera, como con mayor libertad.

Hasta que, un día de tantos, algunas gentes del vecindario observaron cómo los tres asomaban del interior con ciertos bultos no habituales, como los que se llevan para algún desplazamiento de varios días.

Los días pasaron, y la casa permanecía cerrada. Los ruidos que brotaban de ella no habían dejado de hacerlo, con creciente libertad y con una naturalidad casi sonriente. Y cuando el tiempo pasó, las autoridades del lugar decidieron inspeccionar aquel interior abandonado, por razones de seguridad. Y la sorpresa de todos fue dramática. Ahí adentro todo se hallaba en completa normalidad: los tres habitantes en sus sitios, haciendo cada quien lo suyo. La abuela, la madre y el hijo apenas reaccionaron por la presencia externa. Uno de los oficiales les preguntó:

—Creímos que ustedes se habían ido de aquí hace algún tiempo.
La madre respondió:
—Nosotros nunca nos iremos. Los que salieron de aquí fueron ellos.
—¿Quiénes?
—Los tres inadaptados, que nunca estuvieron contentos con ellos mismos, y por eso hacían ruidos que los mantenían al margen. Al fin tuvimos que expulsarlos.
—Pero ustedes son ellos… ¿O no?
—Sí y no. Somos el otro yo de cada uno de ellos. Estuvimos sometidos desde siempre, y hoy estamos liberados. Por eso nuestros ruidos tienen música… ¿La escuchan?

MISTERIOS DE JARDÍN

Cuando ya estaban a punto de unir formalmente sus vidas tuvieron que buscar dónde instalarse, y luego de ver muchas opciones se inclinaron por aquel terreno en las afueras, rodeado de construcciones recientes. Como era terreno baldío había que hacerlo todo. Un amigo arquitecto realizó el diseño y una pequeña empresa constructora se encargó de la obra. Así, al contraer nupcias la casa se encontraba casi lista, con su jardín alrededor. La ocuparon de inmediato.

Las plantas del jardín comenzaron a crecer, y entonces un fenómeno inesperado se fue haciendo presente. Las flores que surgían eran exactamente las mismas, sin importar las especies de que se tratara. Capullos rosados que parecían alas a punto de alzar vuelo. Él consultó con jardineros y con algún experto en jardinería y no había respuestas convincentes. Entonces, y como último recurso, se le ocurrió ir a ver a un psíquico, que luego de concentrarse le hizo saber:

—Aquí veo lo que había en esa zona hace mucho, mucho tiempo: un cementerio de lugareños, y donde está su casa se hallaba el ala de los recién nacidos. Cuando usted plantó ahí un jardín, les dio alas… Esos capullos son sus almas inocentes queriendo hacerse sentir…

(Sobre)Vivir entre ceniza

Ganado. En La Pastora, los pastos lucen saludables. Sin embargo, los ganaderos de la zona tienen que traer pastos de otras zonas para alimentar el ganado. También se han implementado invernaderos en los cuales permanece el ganado durante los días con más ceniza.

Un sembradío perdido se parece mucho a un cementerio. No solamente en el sentido más estricto –un terreno amplio y silencioso lleno de cosas muertas–, sino incluso en los más improbables: cuando uno camina entre plantíos de papa muerta –muerta antes de siquiera salir de la tierra, de dar frutos–, es sencillo percibir una sensación de lamento, de pérdida y, para quienes no somos más que testigos de la tragedia y no víctimas directas, también de respeto distante.

La muerte, como el cariño, tiene muchas formas.

Es probable que don Greivin Brenes no sintiera particular cariño por sus plantaciones de papa, pero cuando se trabaja arduamente, de sol a sol, durante meses en una siembra –o, realmente, en cualquier otro tipo de empresa– es inevitable desarrollar una relación con las pequeñas plantas verdes, miles de ellas repartidas a lo largo de cientos de hileras.

Más aún cuando de las legumbres depende el bienestar de una –o de varias– familias. Cuando esa consigna se asoma por la cabeza mientras uno camina entre papa muerta, la sensación de estar en un cementerio incrementa y golpea fuerte en la boca del estómago.
Es difícil dimensionar que una catástrofe como esta sea producto de un polvito gris que cae del cielo.

La ceniza es un enemigo inclemente y astuto, capaz de camuflarse entre los sembradíos y, en tiempo récord, inutilizarlos y convertirlos en tierra muerta.

Los campos sembrados con papa de Greivin Brenes dominan parte del paisaje que atraviesa la carretera. El camino, como una gran serpiente grisácea, trepa desde Santa Cruz hasta La Central, un pueblo forzosamente abandonado donde se ubica un minúsculo puesto del Ministerio de Ambiente y Energía (Minae) que cierra el paso: a la cresta del Volcán Turrialba solo pueden subir quienes cuenten con el beneplácito del gobierno costarricense.

Vivir a las faldas de un volcán en actividad –o vivir de lo que en ellas se produce– es un ejercicio de constante preocupación y, también, de fe ciega: no queda más que sembrar y mirar al cielo esperando que el volcán perdone, que la naturaleza sea piadosa, que no caiga más ceniza.
Aunque las erupciones del Poás –principalmente– y el Rincón de la Vieja han acaparado, y con razones, la atención mediática en semanas recientes, los vecinos del Volcán Turrialba viven en un permanente estado de alerta.

No hacen falta ríos de lava, temblores o erupciones –aunque las segundas sí ocurren con alguna regularidad– para sentir la sombra perenne del volcán.
A las faldas del coloso, la cotidianidad se siente como un riesgo engañoso: un buen día, el trabajo y el sustento, la tranquilidad y la serenidad, pueden quedar reducidos a ceniza.

Retumbos

“A todo se acostumbra uno. Un día de estos, un vecino me dijo: ‘Eli, ¿escuchaste el volcán?’, y yo ni me había dado cuenta. Durante el día uno no se da cuenta, porque pasan carros y uno está ocupado, pero por las noches siempre suena”.

Elieth Romero conoce de primera mano los efectos de la ceniza que arroja el volcán. Sabe, como lo sabe don Greivin Brenes, que en una noche de rocío gris, el esfuerzo de meses de trabajo puede convertirse en un triste recuerdo. Sabe, también, que convivir con un volcán activo es una lucha de todos los días, una que no da tregua.

Elieth vive, junto a su esposo, Francisco Díaz, y sus tres hijos, en una finca ubicada en San Antonio de Santa Cruz de Turrialba, en una bifurcación de la carretera que conduce al Monumento Nacional Guayabo. El pico del volcán se encuentra al noroeste, una casualidad geográfica que durante mucho tiempo los mantuvo a salvo de la fuerza destructiva de la montaña.

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Entre gris. Tras recorrer varios kilómetros, el río Aquiares todavía arrastra muchísima ceniza causal abajo.

Fue hace poco más que una década–el 31 de marzo de 2007– cuando el Volcán Turrialba comenzó a mostrar señales de actividad, tras muchos años de relativa calma. Algunas erupciones de ceniza causaron la quema y calcinación de los cultivos ubicados en el flanco noroeste, producto de la lluvia ácida que resultó de la expulsión de la misma ceniza en combinación con el clima lluvioso propio de la zona.

De acuerdo con el archivo de La Nación , entre 2009 y 2013 hubo ocasionales columnas de vapor de varios kilómetros de alto, así como erupciones de materiales finos. Los sedimentos fueron arrastrados por el viento hacia el interior del país, y así la ceniza se convirtió en un tema de conversación importante para personas en zonas alejadas como Desamparados, Aserrí y Coronado, así como zonas en Cartago como el cantón de Oreamuno.

En enero de 2010, el Observatorio Vulcanológico y Sismológico de Costa Rica (Ovsicori) confirmó que el volcán estaba “en capacidad para expulsar materiales más pesados a la atmósfera”. Es decir, que el Turrialba se estaba preparado para un período de actividad mucho mayor.

En efecto, a partir de 2014 el Volcán Turrialba ha protagonizado un ciclo eruptivo constante que ha puesto en jaque a los vecinos y en aprietos a las autoridades. Detener el poderío de un volcán es imposible; contrarrestarlo, agotador y, muchas veces, poco efectivo.
Nadie sabe cuándo pasará el peligro, nadie sabe cuándo se acabará la ceniza.

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Acumulación. El techo de invernadero suministrado por el MAG a productores de la zona. Está cubierto de ceniza.

Para ir –cuando se podía– de su casa al cráter del volcán, Elieth, Francisco y su familia deben recorrer unos 20 kilómetros de camino empinado. En línea recta y sin obstáculos, sin embargo, atravesando los cielos como lo haría un pájaro –o la ceniza–, apenas hay siete kilómetros de distancia entre un punto y el otro.

Pese a esta cercanía, durante años la amenaza del volcán fue un problema muy real que, por fortuna, los había esquivado a los Díaz Romero y a los demás vecinos de San Antonio. Las cosas comenzaron a cambiar, sin embargo, hace medio año.

“Los problemas comenzaron de unos seis meses para acá. Antes de eso estaba normal; bueno, normal para nosotros, solo afectaba para allá”, cuenta Elieth señalando hacia el oeste, donde hasta hace poco se habían concentrado los efectos devastadores de las erupciones. “Ahora empezó a quemar a la redonda. El humo se empezó a tirar de este lado”.

Cuenta Elieth que, durante los primeros ocho días de erupciones no hubo un solo momento del día en que no cayera ceniza sobre los campos. Los retumbos también eran constantes: “A partir de medianoche, se vuelve insoportable y no deja dormir de lo duro que suena. Es como tener una olla de presión en la cocina; usted oye donde viene subiendo. Es oír un jet todo la noche”.

***

El pick up de Didier Quesada apenas se puede ver debajo de una docena de cargas de pasto cortado. El pesado trabajo de carga lo hacen él y Horacio Brenes Bravo, un peón que le ayuda y que, cuentan, es sobrino de Jorge Debravo. Entre ambos, se encargan de acomodar kilos y kilos de pastura en el cajón del vehículo, que cada vez se ve más diminuto. El trabajo de corte y carga es desgastante y extenuante, toma el día entero, pero es necesario.

“La última caída de ceniza afectó mucho los pastos y los animales no pueden comérselo. Hay que cortar la pastura y lavarla, o por lo menos sacudirla, porque es bastante ceniza la que cae”, cuenta Quesada.

Para pequeños ganaderos como él, detener la producción es imposible y toca ingeniárselas como sea posible. Por eso, desde que despunta la mañana, el sobrino del mayor poeta en la historia de este país se dedica a volar machete. El pasto se les da de comer a las vacas, pero es insuficiente.

“Hemos tenido pérdidas en la producción de leche”, cuenta Quesada. “La ceniza afecta a los animales cuando la comen, y también cuando la respiran. Se enferman mucho. El MAG (Ministerio de Agricultura y Ganadería) ha ayudado repartiendo pacas y otras cosas, pero es apenas para sobrevivir porque no hay abasto”.

Quesada también cuenta que su familia se ha visto afectada: su esposa padece de alergias y sus hijos presentan algunos problemas respiratorios y tos cuando la caída de ceniza se intensifica y el olor a azufre se vuelve un mal que no pasa.

Guillermo Solano, quien se dedica a la producción de leche, también ha visto comprometida su estabilidad económica. Su finca, ubicada muy cerca del puesto que restringe el paso hacia el cráter, ha sufrido severas pérdidas tanto para él como para los pocos vecinos que todavía se mantienen en la zona. La Central, el último asentamiento antes de la cima, es un pueblo fantasma.

“La ceniza provoca muchos problemas, pero yo prefiero que vaya soltando la presión así, poco a poco. Prefiero eso en lugar de que haya una gran explosión y no nos queda nada”, dice Solano.

***

Hace unos dos, tres meses, Elieth se despertó con una espinita en el corazón que no la dejaba tranquila. Presentía que la noche había sido cruel y cuando salió de la casa lo confirmó: había caído ceniza sin parar durante sepa Dios cuántas horas.

Sin pensarlo, con el corazón estrujado, se lanzó a la carrera a través de la finca en dirección al corazón del terreno, donde estaban los cortes de tomate en los que su familia había trabajado durante unos cinco meses.

Cuando finalmente llegó a su destino, supo que su corazón no se había equivocado. La ceniza había convertido los frutos rojos en bolas negras, muertas, que se deshacían al tacto y que, por supuesto, ya no podrían venderse.

Elieth estima que se perdieron unos ¢2 millones. En una sola noche, medio año de trabajo se perdió.

Todavía quedan, a medio enterrar entre la tierra, los remanentes de la malla utilizada para sostener aquellas plantas. Es una huella, tirada entre la maleza, de lo que pudo ser; a la vez, es un recordatorio de que ahí, asomándose entre las nubes, está inamovible el volcán.

“Una vez un vulcanólogo nos dijo, en una reunión comunal, que nosotros no estábamos viendo una cosa: ‘El volcán está recuperando la tierra que un día ustedes la quitaron. Se apoderaron de dos kilómetros de cono principal que él tiene que quemar. Hasta que él no termine de hacer eso, no va a explotar como tiene que hacerlo’”.

Si el peligro es latente, y su posibilidad es imprevisible, la pregunta brota fácil a la superficie: ¿por qué quedarse allí? En muchos casos, la respuesta es de índole económica: nunca es fácil dejarlo todo botado y trasladarse a otro destino, más aún cuando el bienestar depende de lo que se produce en la tierra. Además, entre los vecinos de la zona abundan los rumores de familias que dejaron sus fincas para irse a tierras más tranquilas y ahora apenas si logran sobrevivir.

Pero, después de todo, quizás el factor de más peso no tiene que ver con dinero. Tiene que ver con algo mucho más simple.

Este es su hogar.

“Llevamos más de 20 años en esta finca, y hemos vivido en esta zona toda la vida. Yo no me voy a ir. Después de que pasó lo de los tomates que perdimos”, recuerda Elieth, “mi hijo mayor se me acercó y me dijo: ‘Mami, nosotros de aquí nos vamos solamente cuando ese volcán estalle y ya no quede de otra’. Y tiene razón”.

A salvo. Víctor Paniagua, peón de la finca de Francisco Díaz, trabaja un corte de tomate que no ha sido afectado por la ceniza.

La clínica de la nicotina

Terapia de grupo. Pacientes de la Clínica de Cesación del Tabaco del ISSS se informan sobre los químicos del tabaco.

—¿Para qué les voy a mentir? Yo aquí ando mis cigarros –dice Stanley mientras se toca la bolsa derecha del pantalón.

Tiene 49 años, aprendió a fumar a los 11 y ha llegado a fumar más de 60 cigarros al día. Ahora quiere dejarlos pero no ha sido capaz de llegar sin ellos a esta, su primera sesión de terapia. Se presenta y un grupo escucha su testimonio en el auditorio de especialidades del Seguro Social.

—¡Bótelos! –le grita alguien desde el fondo del salón. Stanley no responde.
—A pues, repártalos –le ordena un anciano.
—Denos cigarros a nosotros. Denos uno a cada uno –dice otro hombre del salón.

Stanley se mantiene serio. Parece no entender muy bien qué pasa ni por qué un grupo de personas que ha dejado de fumar le pide compartir su vicio. Algunos comienzan a reírse y le explican que si él les entrega sus cigarros, ellos pueden tirarlos por la ventana.

Este jueves 1.º de junio, 14 personas adictas a la nicotina se han anotado en la lista de asistencia de la terapia. Todos pertenecen a la Clínica de Cesación de Tabaco del ISSS. La clínica fue creada hace 25 años. En ella tratan al tabaquismo como una enfermedad y a los pacientes se les brinda acompañamiento psicológico y medicamento para que dejen de consumir su droga: la nicotina.

En esas más de dos décadas, la médica fundadora ha visto pasar (y morir) a pacientes con cáncer, enfermedades coronarias y problemas respiratorios crónicos. Aquí se reúnen los que todavía no están desahuciados. Los que aún tienen una oportunidad para abandonar el tabaco antes de que los mate.

Entre los asistentes de hoy hay un hombre de 40 años que acaba de sobrevivir a un ataque cardíaco provocado por su vicio. Fumar mata a 20 hombres cada semana en El Salvador. Así lo afirma el Atlas del Tabaco de la Asociación Americana del Cáncer y la Fundación Mundial del Pulmón. Estos datos indican que, en promedio, cada día tres salvadoreños mueren por el cigarro.

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Tratamiento. Los pacientes de la Clínica de Cesación del Tabaco reciben un sustituto de nicotina en espray que les ayuda a superar la ansiedad de fumar.

La terapia grupal se realiza todos los lunes y jueves de 8 a 10 de la mañana en un auditorio en el sexto piso. Liliana Choto de Parada es la fundadora de la Clínica de Cesación del Tabaco y está cansada porque subió por las gradas hasta acá. Ella dice que los elevadores le producen claustrofobia. Ingresa al auditorio donde ya la esperan sus pacientes y empieza a toser. Uno de los que esperan, como quien devuelve un regaño, le dice entre risas que deje de fumar para que se le quite esa tos.

La médica no fuma, aunque un par de días atrás ha aceptado que, cuando era joven, sí probó los cigarros: “Yo fumé en mi época de juventud. ¿Cómo no íbamos a fumar si en los 70 todo mundo fumaba? Ahí no había restricciones”. Cuando era joven no había restricciones, pero en la década pasada ella fue una de las personas que tuvieron mayor incidencia para que en 2011 se aprobara la Ley para el Control del Tabaco. Por su trabajo ha sido nombrada Heroína de la Salud por la Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Choto de Parada es neumóloga del Seguro Social. Regresó de México en 1991 con una subespecialización en cesación del tabaco y para 1992 ya había instalado su primera clínica en la Unidad Médica Atlacatl.

Dice que su vocación nació cuando vio la muerte que provoca el tabaco. “Son unas muertes dolorosas por problemas respiratorios y cáncer de pulmón. Las personas se asfixian. Por más oxígeno que se les ponga, ya no hay intercambio de oxígeno. Mueren como ahogados”.

La dinámica de la sesión de terapia es sencilla. La doctora da la bienvenida y pregunta si alguien quiere dar su testimonio. En el salón hay personas que han dejado de fumar hace ocho años, otros hace dos meses y otros que solo llevan una hora sin nicotina.

“Hace 14 días que no fumo”, dice Juan Solórzano, un hombre de 61 años. Él celebra su logro y habla de su vicio con distancia, como si hubiera dejado de fumar hace 40 años. Mientras da su testimonio, la doctora Choto de Parada proyecta una presentación de Power Point en la pared detrás de él.

Una de las diapositivas es una foto de 2008 en la que aparece al centro el expresidente Antonio Saca acompañado por Choto de Parada y otros doctores. La médica asegura que la fotografía fue tomada en Casa Presidencial. Esa vez –cuenta sin que la escuchen los pacientes– le pidió al expresidente que interfiriera para que El Salvador ratificara un convenio internacional que implicaba un mayor control de los cigarrillos. “Él dijo que ese tipo de acuerdos no le convenían al país. Y ahí salimos todos con la cabeza gacha”, afirma Choto de Parada.

“Son unas muertes dolorosas por problemas respiratorios y cáncer de pulmón. Las personas se asfixian. Por más oxígeno que se les ponga, ya no hay intercambio de oxígeno. Mueren como ahogados”.

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La sesión sigue su curso. “Mi problema son las emociones”, dice Érick para explicar su adicción. Su nombre es otro pero pide que no se revele porque también pertenece a un grupo de alcohólicos anónimos. Es un hombre alto y moreno de 52 años que fumó durante casi cuatro décadas.
Cuenta que empezó a consumir drogas a los 11 años. Dice que fue adicto al alcohol, a la marihuana, al crack y la cocaína, pero que ninguna sustancia fue tan difícil de dejar como la nicotina.

Pero el problema son las emociones, repite Érick. Aquellas que quiere callar o exaltar con las drogas. “La abstinencia es yuca”, afirma, y el resto asiente. Cuando una persona deja de fumar, puede experimentar ansiedad, nerviosismo, problemas para concentrarse, cambios de humor abruptos, sudoración de manos, insomnio y cambios en el apetito.

En la clínica controlan la abstinencia dando dosis bajas de nicotina vía spray nasal. Choto de Parada lo explica así: “Cada cigarrillo tiene entre 10 y 12 miligramos de nicotina y estos medicamentos en spray tienen microgramos. Se les pone en cada fosa nasal y ahí esa pequeñita dosis de nicotina se absorbe y se calma la ansiedad de fumar”.

La cobertura total de la terapia de sustitución de nicotina no es la regla en la región. De un total de 35 países que la OPS estudió en 2014, solo seis países cubrían para entonces los costos de dicha terapia: Brasil, Panamá, Surinam, Uruguay, Venezuela y El Salvador.

Érick cuenta que hasta hace dos años, cuando todavía no había dejado de fumar, su compañera de vida lo regañaba. Ella no toleraba el humo. La OMS sostiene que el tabaquismo mata anualmente a 7 millones de personas en el mundo y alrededor de 890,000 de esos fallecidos son personas expuestas al humo de tabaco ajeno.

De eso también entiende Toño, un hombre de la tercera edad que dejó de fumar hace seis años, pero sigue asistiendo al grupo, como quien teme recaer. Toño fumó por cuatro décadas. Así lo contó un par de días antes a esta sesión. Cuando él cumplió 42 años perdió la dentadura completa. Su trayectoria como fumador le dejó la pérdida de los dientes, un colchón quemado de la vez que se durmió con el cigarrillo encendido, dos quemadas a su perro y, lo que más le duele, el hecho de que su hija de 17 años y su esposa desarrollaron asma y no respiran bien: “Mi hija me ataca, me dice que por fumar la dejé dañada”.

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Exfumador. Un paciente da su testimonio frente a otras personas que luchan contra su adicción a la nicotina. El hombre de la foto llevaba 16 días sin fumar. “A lo macho, ya no fumo”, dijo.

A las 9 de la mañana y después de oír los problemas y las culpas que algunos exfumadores cargan consigo, el auditorio del ISSS se vuelve un lugar más sombrío. Es la hora del receso y algunos se levantan y caminan hacia una mesa al fondo del salón donde se sirven café y pan dulce. El hombre que recién sale de una crisis por paro cardíaco se va de la sesión y no regresa más. Otro paciente, nuevo también, muerde un palillo blanco de los que se usan para mover el azúcar cuando se endulza el café. Cuando habla, sostiene el palillo en la mano como se sujeta un cigarro. Él ha fumado durante 27 años y aún no ha parado. A diario consume 20 cigarros. “Hoy fumé dos y ya estoy con el deseo de salir a fumar”, dice. Todo el receso se mantiene sentado.

Después de unos minutos, la psicóloga del grupo, Yanet Portillo, toca una campana similar a la que cuelga de los carretones de venta de helados. Los asistentes siguen platicando entre ellos como niños en recreo. Portillo sigue tocando la campana hasta que los pacientes –en su mayoría hombres de la tercera edad– le hacen caso y se sientan.

Es el turno de la única fumadora que ha asistido a la reunión. Es alta, delgada, usa un vestido largo, collar y aretes. Está bien maquillada y tiene el cabello recogido. No es coincidencia que solo haya una mujer fumadora en este salón. El consumo del cigarrillo está marcado por el sexo. El Atlas del Tabaco indica que en El Salvador 62,000 mujeres fuman a diario, mientras que la cifra de hombres fumadores asciende a los 370,000.
La mujer de apariencia elegante dice apenada que hoy no quería hablar, pero que la psicóloga la convenció.

“No quería pasar acá y decir que he recaído”, confiesa. Luego relata que ha sido fumadora por 23 años. Vino a la Clínica de Cesación del Tabaco por primera vez hace seis meses, pero ahora está pasando por problemas y ha vuelto a fumar. Cálculos de la Clínica de Cesación del Tabaco indican que el 28% de sus pacientes recae al mes de asistir al proceso y que la cifra de recaída aumenta al 35 % o al 40 % al año.

Un hombre gordo sentado en las primeras filas la interrumpe. En su voz hay un tono paternal. “¡No compre cigarros! Métaselo en la cabeza”, le dice. El hombre frunce el ceño y junta los dedos de las manos para colocarlos sobre su frente dándose golpes pequeños: “¡No compre! Métase eso en la cabeza”.

El artículo 9 de Ley para el Control del Tabaco establece que está prohibida la venta de cigarros por unidades. Esta medida tiene como objetivo reducir el consumo de tabaco haciendo más difícil su adquisición. Si la ley se cumpliera, las personas que los venden serían multadas con $57. Si la ley se cumpliera, los negocios que están a 3 minutos de esta terapia con canastos llenos de cajetillas en la acera del Hospital de Especialidades serían multados. Ahí se compra un cigarrillo por $0.25.

Otro paciente parece estar más conmovido por la historia de recaída de la mujer. “Licenciada, ¿por qué no le da un spray?”, le pregunta a la psicóloga. La psicóloga responde que la mujer dejó de llegar a la clínica, por eso no tiene ahora mismo un sustituto de la nicotina que la ayude a superar la ansiedad para fumar. Luego, le señala a la paciente: “Usted ya sabe lo que tiene que hacer, ya conoce el proceso para dejar de fumar”. La mujer, mitad apenada y mitad reanimada, hace una mueca de sonrisa y respira profundo.

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Gasto estatal. De acuerdo con cifras de FOSALUD, El Salvador destina $53 millones para el tratamiento de enfermedades relacionadas con el consumo del tabaco.

Entre testimonios de las personas que han dejado de fumar y otras que aún luchan contra sus propios deseos, las 2 horas de la sesión pasan rápido. Una trabajadora social que se sienta al fondo del salón empieza a revisar papeles. Para estar acá, algunos de los pacientes piden permiso en sus trabajos y la clínica les da una constancia.

La psicóloga de la clínica se encarga de que la última parte de la terapia grupal sea un resumen de instrucciones para los pacientes nuevos: deben fijar un día de la siguiente semana para dejar de fumar y comprar solo los cigarros necesarios para llegar hasta ese día. Deben llegar el siguiente lunes con 24 horas de abstinencia para conocer cómo reacciona su cuerpo ante la ausencia de nicotina y saber qué medicinas debe recetarles la neumóloga.

Las cifras estatales confirman esa sentencia. El Fondo Solidario para la Salud (FOSALUD) sostiene en su página web que “se estima un gasto de más de $53 millones anuales para la atención de algunas enfermedades respiratorias asociadas al consumo y la exposición de humo de tabaco”. Ahí mismo se afirma que la recaudación de impuestos del tabaco en 2016 fue de $ 28.1 millones.

La OMS sugiere que para reducir el consumo de tabaco, el impuesto de los cigarros debe aumentarse hasta el 70%. En El Salvador ese impuesto ronda 52 %, de acuerdo con el Informe sobre el Control de Tabaco de la Región de las Américas.

Mientras se llega la hora de salida, los pacientes de la Clínica de Cesación del Tabaco escuchan las instrucciones de la psicóloga Portillo. Aunque para la mayoría es un discurso que se repite, la miran y escuchan atentos. Portillo les dice que, además de desarrollar problemas en los pulmones, es probable que también tengan problemas de vista y audición. A veces algún fumador o exfumador interviene para dar un ejemplo o asentir.

En este salón todos hablan como si las cosas se dijeran por primera vez, con esmero y determinación en cada palabra, como si en lugar de convencer a los demás, buscaran convencerse otro día a ellos mismos.