Poder ciudadano

Los salvadoreños necesitamos vernos a nosotros mismos y al país de forma diferente. Debemos dejar de pensar y creer que al país lo definen únicamente el actuar de los políticos o la delincuencia. Precisamos vernos como ciudadanos con capacidad de hacer y de exigir a quienes hemos designado para que gestionen el destino político, económico y social de la República.

Solo por medio del pago del IVA, los ciudadanos le generamos al Estado, según datos del Ministerio de Hacienda, un millonario ingreso que, en 2016, por ejemplo, ascendió a más de $1,800 millones. Eso sin contar que, por medio del voto, cedemos parte de nuestra cuota de poder a alcaldes, diputados y al presidente de la República.

Lo anterior representa poder ciudadano. Los salvadoreños necesitamos asumirlo si en realidad nos interesa formar parte de la solución a nuestros problemas de nación y dejar de ser simples espectadores.

Ejercer el poder ciudadano es un derecho, pero también conlleva una cuota de responsabilidad, en la que es necesario que cada uno asuma el rol de corresponsable del país que construimos día a día. Nuestras acciones en lo individual talvez no sean visibles; sin embargo, en la suma de ellas es donde radica la posibilidad de cambio para El Salvador.

Para nadie es un secreto que el sistema político salvadoreño se encuentra en cuidados intensivos y que es urgente sembrar la semilla de la cual nazca un sistema político nuevo, transparente y efectivo, que responda a intereses más diversos e inclusivos.

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, dijo Einstein, y por eso creo que el cambio que este país necesita solo será posible si los ciudadanos asumimos el rol que nos corresponde.

Pero ¿qué significa asumir ese rol? Considero que pasa por reconocer nuestro aporte en el desarrollo de la sociedad que habitamos. Siendo conscientes del impacto de nuestras decisiones, tanto en nosotros mismos como en los demás, cuando respetamos o irrespetamos la ley, o cuando caemos en la tentación de actuar con impunidad porque otros también lo hacen.

Abrigo la esperanza de que un día entendamos que el poder en un país, en una comunidad o en una familia es compartido. Y cada individuo que conforma esos grupos tiene una porción del poder que debe ejercer con seguridad y respeto para sí mismo y para el resto de miembros, asumiendo un rol activo en la solución de los problemas que afectan a las mayorías.

Entiendo también que no todos pueden asumir esa postura activa. Hay demasiados salvadoreños que están en situación de supervivencia y es también por ellos que quienes disfrutamos de mejores condiciones debemos actuar responsable y conscientemente desde nuestros espacios y exigir objetivamente a quienes dirigen el país, sin importar el color de su partido político o de su ideología.

El Salvador no le pertenece a un solo grupo. Un ciudadano lo es sin importar su religión, su condición económica y social o su preferencia política o sexual. “Todas las personas son iguales ante la ley”, al menos eso declara la Constitución de la República que tanto decimos respetar.

La clave está en dejar la comodidad del espectador, que solo se ríe, se burla o llora. Dejar de seguir a quienes promueven posiciones extremas que solo nos dividen, porque en el equilibrio radica el respeto y la paz. Ser conscientes que nuestras acciones en lo individual generan impacto cuando sumamos a todos los ciudadanos. Así como escribió Tolstói a Gandhi en su célebre “Carta a un hindú”: “No solo resistas al mal, no participes de él…”

¡Vamos a ver “Criaturas”!

“Odio a mis hijos y soy una mujer normal”. “Son criaturas celestiales”. “Que se aprovechan”. “Y te torturan”. Tres madres en terapia se alternan las frases. Se desahogan. Disfrutan compartiendo quejas y problemas de sus hijos. Se disputan el turno para decir cosas políticamente incorrectas sobre ellos. Se rebelan en contra de sus vidas de madres perfectas. Insultan. Se exaltan. Derriban mitos. Hasta que llega el final de la terapia y cada una vuelve a su vida de madre intachable que exige la sociedad.

Aquí estoy en una sala de la UCA, viendo uno de los 20 ensayos que ha realizado el grupo de teatro Moby Dick para poner nuevamente en escena una de mis obras preferidas: “Criaturas”. He llegado a la hora en que los pericos regresan a sus árboles y encuentro a las actrices que integran el elenco, sudorosas, escuchando atentas las indicaciones de su director, Santiago Nogales.

Durante el ensayo contengo la risa para tomar nota y poder contarles en esta columna por qué tienen que ver “Criaturas” el próximo 24 de junio. Hace 12 años, mi madre y yo la vimos en el Teatro Poma y aún hacemos bromas sobre algunos de los parlamentos que se nos quedaron grabados para siempre. Para nosotras se convirtió en una obra entrañable, perfecta para compartir los tropiezos entre padres e hijos.

La obra no solo aborda las locuras que decimos y hacemos los padres en nuestro intento por hacerlo “bien”, también incluye el punto de vista de los hijos que tratan de seguir el paso, a veces errático, a veces incomprensible, de sus padres. Dinora Cañénguez lo resume en una frase: “Tan raros pueden resultar los hijos a sus padres como los padres a sus hijos”.

Ante lo espinoso que puede resultar el tema en una sociedad que santifica el rol de las madres, Santiago Nogales se pregunta: “¿Quién no tiene necesidad de autosincerarse? ¿Quién no ha estado de malas con su hijo o hija? ¿Qué es esto que todos somos madres y padres perfectos? Además, forma parte de la esencia de ser niño conseguir que sus padres se enerven”. En este sentido, Rosario Ríos agrega que la obra: “Es una crítica a todo lo que no queremos que hubiese para los niños”.

Mercy Flores recuerda que invitó a sus amigas a ver la primera presentación, al salir todas le decían: “¡Mira, esto ha sido una catarsis! ¡Yo ya me he sentido así!” Sin embargo, aclara que para Moby Dick lo más importante “es reírse con inteligencia para cambiar esquemas”.
Pero el nuevo montaje de “Criaturas” no solo pretende cambiar esquemas entre padres e hijos, los fondos que genere la obra serán utilizados para presentar en el Teatro Poma “Bandada de pájaros”, un drama escrito por Jorgelina Cerritos que pone en escena una de las tragedias más actuales que vivimos en el país: los desaparecidos.

Así es como se vive en los países del Triángulo Norte, ensayando entre risas y golpes. Eso explica por qué la presentación de una comedia inteligente como “Criaturas” va a hacer posible que exista una obra sobre desaparecidos. A mi juicio, una de las metáforas que mejor retrata las condiciones creativas en las que funcionan nuestras sociedades. No hay caos que nos hunda ni risas tontas que nos engañen.

Me reconforta saber que en medio de las tensiones y el desencanto, Moby Dick crea, se renueva y trabaja duro para espabilar nuestro ánimo con irreverencia, humor y ese sarcasmo exquisito que lo caracteriza.

La cita es el sábado 24 de junio a las 7 de la noche en el Centro Español. Si quiere divertirse y aportar al nacimiento de una nueva obra, vaya a comprar su entrada ya. Como dice Santiago Nogales, “la mejor terapia es ir al teatro con tu chico y reírte un rato de las estupideces que has cometido, estas cometiendo o puede ser que cometas cuando seas padre”. ¡No se va a arrepentir!