De niñas y mujeres

Existen ideas y conceptos alrededor de lo que significa ser niña y mujer en este país que afectan negativamente nuestro desarrollo como sociedad. En pleno siglo XXI, tenemos demasiadas víctimas que padecen a causa de estas suposiciones, las cuales pocas veces son puestas bajo la luz para verificar su validez.

El machismo y la violencia de género, que aceptamos y alimentamos, y que son parte de la cultura salvadoreña, bloquean un desarrollo saludable y equilibrado en el que las niñas y mujeres puedan realizar sus sueños.

Esos aspectos de nuestra cultura comprenden ideas acerca de los roles, posibilidades y opciones que le corresponden a una mujer, y que son aceptados por la mayoría. Estos, con la práctica y el tiempo, se han convertido en marcos de pensamiento, principios y valores que habitan en la mente de los ciudadanos y que son actuados consciente e inconscientemente.

Basta ver algunos indicadores, como las estadísticas de abuso sexual o las de salarios de hombres y mujeres, o echar un vistazo a aspectos legales como el que permite a un hombre que ha abusado sexualmente de una menor evadir la cárcel si decide casarse con ella, para tener una idea del terreno en el que estamos parados.

En una publicación de esta semana, LA PRENSA GRÁFICA señaló que en 2016 “ocurrieron cinco casos diarios de violencia sexual contra niñas o adolescentes, según Medina Legal”. De acuerdo con datos de la Fiscalía General de la República, desde 2003 hasta junio de este año se han registrado “un total de 20,140 delitos de violación en menores de 15 años”. En el 80 % de los casos, los agresores fueron familiares o conocidos.

Por otro lado, en el tema económico, la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC) reveló, en un informe de 2010, que los hombres ganaban un promedio de $45.36 más que las mujeres, y que el salario promedio de estas últimas, en ese año, había sido un 15.5 % inferior al de un hombre.

Estos datos reflejan una parte de la realidad, pero difícilmente muestran los verdaderos impactos emocionales a los que se enfrentan niñas, adolescentes y mujeres, que crecen en ambientes que aceptan e incluso promueven ese tipo de situaciones, sin que se cuestione casi nunca su validez.

Si no cuidamos y desarrollamos las potencialidades de nuestras niñas, ¿cómo esperamos que desarrollen una adultez sana y equilibrada?  

Es urgente acelerar el cambio cultural acerca de lo femenino, por el bienestar de las niñas y por el desarrollo equilibrado de las mujeres y de la sociedad entera. Sin embargo, no existe una fórmula mágica. La solución es un proceso que ha iniciado y que tomará tiempo.

Esa solución requerirá reflexión y discusión en todos los espacios posibles, así como una educación profunda sobre las formas saludables de entender y vivir los roles de hombres y mujeres.

Tenemos la necesidad impostergable de poner luz sobre esas ideas aberrantes que las estadísticas y las historias de niñas y mujeres abusadas o con muy pocas oportunidades, nos muestran. Solo así comprenderemos cómo esos conceptos que hemos validado por siglos alimentan esta cultura de violencia y abuso que mantenemos.

Solo cuestionando a fondo lo que creemos acerca de las niñas y de las mujeres podremos reducir las historias que tanto duelen, pero sobre todo garantizarles y garantizarnos un futuro mejor como sociedad.

Mis 45

Contrario a lo que siempre se nos ha dicho a las mujeres, para mí decir públicamente que he llegado a los 45 años es motivo de orgullo, de reflexión sobre el camino recorrido, de renuncias y reafirmaciones, de restar importancia a la opinión de los demás y de ser cada vez más yo con naturalidad y con menos miedos.

Digo que es motivo de orgullo porque llegar a esta edad en un país que desde el nacimiento te prepara para recibir una patada en el trasero y te marca los caminos según el género, la clase social, el color de la piel y tus opciones políticas es un auténtico motivo de celebración.

Sobre todo si pienso en las mujeres centroamericanas que todos los días se convierten en una cifra más de feminicidio, condena por aborto, violación, mala praxis, pobreza, analfabetismo, trata, ruta del migrante y todas las formas de morir, física o espiritualmente que tenemos en la región.

Y aunque no me gustan los números impares, creo que cumplir 45 es un buen momento para reflexionar sobre el camino recorrido. Esa vida que empieza con el despertar de la guerra civil salvadoreña y el asesinato de nuestro arzobispo que ahora es beato, que transcurre en medio de la revolución que me enseñó a pensar en los demás como si se tratara de mi propia vida, en la firma de la paz que me puso a imaginar con ilusión el país que venía, hasta llegar al acontecimiento más reciente: la izquierda gana el poder y el sueño se convierte en pesadilla.

No hay otra manera de recorrer este camino si no es tomando decisiones que implican renuncias y reafirmaciones. Por eso renuncio a ser amable y cordial con quienes no creo que merezcan mi consideración, a reservarme mis puntos de vista solo para evitar la controversia, a dudar de mis capacidades frente a la prepotencia de los otros, a ser la madre que cocina galletas de chocolate porque ahora sé que no era importante, al matrimonio que olvida el cortejo y pierde el sentido del humor, a la gente incapaz de reírse a carcajadas o dejar su vida en la pista bailando cualquier canción, o peor aún, a los que te saludan solo si defiendes sus intereses o si consideran que les otorga prestigio conocerte. De todos ellos, líbrame Señor.

Renuncio a estar cerca de quienes se aprovechan de la debilidad de los demás para sentirse importantes y poderosos, de quienes no saben en qué país viven, de quienes menosprecian los poderes creadores y curativos del arte y la cultura, de quienes se jactan de conocer a los pobres para lucir justos, de la izquierda que se arropa en los sacrificios del pasado para justificar los abusos del presente. De todos ellos también, líbrame Señor.

Junto a mis renuncias, me reafirmo como la mujer fuerte, capaz de sobrevivir cualquier tempestad sin perder el rumbo que marca la dignidad, la justicia y la honestidad; me reafirmo como la madre que ama con locura a su único hijo, como la hija que siempre estará orgullosa de tener unos padres que se atrevieron a subvertir un orden perverso; como la periodista que no podría vivir sin voz propia y sin armar este rompecabezas de palabras que se llama texto, como la niña que no pude ser a plenitud y que todavía tiene ganas de jugar y reírse de tonterías, como la amiga que nunca olvida a quienes me han querido como soy, como la eterna entusiasta de sumarse a casi cualquier causa perdida.

Sí, me reafirmo como la militante convencida que sigue creyendo en que vale la pena construir un país diferente.

Llego a los 45 orgullosa y cómoda de decir públicamente todo lo que creo y lo que no creo. Si usted encuentra entre mis afirmaciones alguna coincidencia, en buena hora. Si por el contrario, no está de acuerdo conmigo, tenga por seguro que respetaré su punto de vista, pero no intente cambiar el mío, porque este es mi camino y esta soy yo, cada vez más natural y con menos miedos.

La verdad incómoda

No. Ningún sistema de pensión, público, privado o mixto, le garantizará retirarse con un 70 % de su último salario. Nomás no se puede, no es realista y quien se lo ofrezca o le está mintiendo o se está metiendo a asumir una deuda que luego no encontrará cómo honrar.

Tampoco es posible ahorrar poco, retirarse pronto y esperar una buena pensión. Si queremos tener un ingreso digno, debemos sacrificarnos ahora, guardar más y estar listos para trabajar la mayor cantidad de tiempo posible. Suena mal, injusto, incómodo, pero es así.

Nelson Fuentes, uno de los analistas más talentosos del Ministerio de Hacienda, recordaba hace poco que hay un consenso internacional sobre la relación entre ahorro para pensión y el monto que se recibirá, y es de tres a uno. Por cada 1 % de mi ingreso que guardo para mi vejez estoy asegurando que en el retiro recibiré un 3 % de mi último salario. En El Salvador estamos ahorrando 10 % de nuestro salario, con lo que la perspectiva de la tasa de reemplazo –la relación de la pensión sobre el último salario recibido– ronda el 30 %.

¡Qué bajo! ¡Qué barbaridad! ¡Qué robo! ¿Quién vive con esto? Miles de salvadoreñas están empezando a hacerlo. El 18 de abril de este año comenzaron a jubilarse las primeras mujeres que no están amparadas por el tristemente famoso decreto 100. Este decreto aseguraba a los optados, quienes estaban cotizando en el ISSS y el INPEP y decidieron pasarse a una AFP, que recibirían tasas de reemplazo de entre el 60 % y el 70 %, similares a las que habrían tenido en el anterior sistema de reparto.

¿Cómo es esto posible? Pues estas personas reciben parte de su pensión con sus propios ahorros, y el resto lo complementa el Estado, y sí, es parte de la tristemente famosa deuda previsional que hace que nuestro déficit fiscal sea el doble de lo que sería sin la deuda de pensiones, y que ahora es el centro de la discusión oficial para una reforma del sistema previsional.

Pero volvamos a lo que está recibiendo la gente. El decreto 100 solo beneficia a los nacidos antes del 17 de abril de 1962. Los hombres se jubilan a los 60 años, las mujeres, a los 55, de modo que este año se empezaron a jubilar las primeras mujeres que no están cubiertas por el decreto 100. Ellas, con pocos ahorros por diferentes factores, como menores salarios, menor tiempo trabajado, ausencias por maternidad, etcétera, aunado a bajas rentabilidades porque la mayoría de este dinero se le prestó a bajo interés al Estado, están recibiendo tasas de reemplazo de entre el 27 % y el 30 %.

Con las AFP, la pensión se calcula dividiendo el ahorro que se tiene entre el número de años que se espera que la persona viva, según unas tablas de expectativa de vida. Mujeres con salarios de $900 reciben la noticia de que solo les alcanza para una pensión de $220 mensuales. Sorprendidas e indignadas, muchas se están negando a firmar sus procesos de retiro.

Además, una vez se les termine su ahorro, recibirán una pensión mínima pagada por el Estado, sí, de nuevo, parte de la deuda previsional que ahora preocupa a todo el país.

¿Qué se puede hacer? La respuesta es difícil, complicada, tanto así que llevamos tres años con el tema de la reforma previsional en la agenda pública sin que nuestros gobernantes hayan podido acordar cuál es la mejor solución. ¿Qué nos toca como trabajadores? Hacernos a la idea de que debemos ahorrar lo más que podamos, que de ser posible busquemos trabajar más allá de la edad legal de retiro.

En las condiciones de nuestra economía y con tanta informalidad y salarios bajos, es un reto difícil. La reforma, la que debe llegar, debe ser pronta y tomar en cuenta todos estos elementos.

Solo en nuestra memoria

Siempre he tenido curiosidad sobre el funcionamiento de la memoria. Sobre todo de la selección y el descarte que hace el cerebro de los recuerdos. El filtro que decide qué almacenar en la memoria de largo plazo y qué no. Todo con base en lo que vivimos en el día a día. Según el libro “Los desafíos de la memoria” del estadounidense Joshua Foer, cada año perdemos el equivalente a 40 días tratando de recordar algo. Talvez la clave de un celular; un objeto que pensábamos en un lugar y no, está en otro; o el nombre de una persona que nos saluda en un centro comercial y no veíamos desde hace años. Hay detalles que pasaron hace una década y recordamos a la perfección, otros que ocurrieron ayer –o hace unas horas– y de los cuales no retuvimos ni la mitad. Con el objetivo de entender cómo se van borrando los recuerdos con el tiempo, el psicólogo alemán Hermann Ebbinghaus pasó años memorizando sílabas al azar. Se ponía a prueba para ver cuántas sílabas había olvidado y cuántas lograba retener. Los resultados de su estudio constituyen la denominada “curva del olvido”: en la primera hora que seguía al aprendizaje se olvida más de la mitad. Al cabo de un día desaparece un 10 % adicional. Tras un mes, otro 14 %. Lo que quedaba se estabilizaba en la memoria y el ritmo del olvido se iba ralentizando.

Pero algunas veces solo necesitamos ver algún objeto viejo para retomar todo un pasaje de nuestra vida; por ejemplo, un momento de la infancia. Usualmente recordamos la simplicidad de los días y juegos cuyo valor y gracia radicaba en la sencillez. Lo más significativo pasaba en las tardes, después de la escuela, o durante los fines de semana. En lo personal, recuerdo los sábados y domingos. En una sistema donde lo inexorable parece ser “vivir para trabajar”, los momentos con la familia completa se atesoran el triple. En mi caso, recuerdo vívidamente un viaje que hicimos varias veces –quizá cinco o seis– a la playa. Nos embarcábamos en San Luis La Herradura, La Paz, recorríamos en lancha el estero de Jaltepeque y nos bañábamos hasta el atardecer en la isla Tasajera. En esos viajes en lancha fue que conocí de los manglares. Esas enredaderas flotantes que parecen infranqueables para cualquiera, y que son el paraíso para una infinidad de aves blancas que parecen reinar el lugar. Luis Leiva –el lanchero y quien es mi primo– nos trataba de explicar detalles de esos bosques salados donde había crecido, cómo se buscaban curiles, los bancos de arena donde no pasaba la lancha o la manera de encontrar cangrejos y capturarlos solo usando las manos. Años después de aquellos paseos, Luis naufragó en mar abierto por una tormenta y pasó perdido casi una semana en el océano. Fue rescatado por otros pescadores de La Herradura y, tiempo después, siguió el camino de tantos otros y se fue a Estados Unidos. Lejos de ese paraíso que conocía tan bien.

Siempre recordé esos viajes a los manglares, un ecosistema sumamente hermoso pero frágil. Solo sobreviven en el equilibrio perfecto entre el agua dulce y salada. Hace poco, el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) brindaba datos que asustan a cualquiera con respecto a estos bosques. Entre 1950 y 2013 se ha perdido el 60 % de los manglares de El Salvador, pasando de 100,000 hectáreas a 40,000, y de estas últimas 2,000 tienen problemas de azolvamiento o deforestación. Una triste realidad solo agravada por el cambio climático, como se retomó en las páginas de Séptimo Sentido con el tema “La comunidad que se seca con el manglar”, que muestra la complicada situación en áreas de la bahía de Jiquilisco. La tala del bosque por las comunidades aledañas es otro factor de este declive. Mucho se ha hablado de la preservación y campañas de concienciación, pero hasta que no se solvente la precaria situación económica en la que muchas familias viven, no se verán mayores resultados. Hace ya un par de años, los miembros de la cooperativa Palacio de las Aves, de la Isla de Méndez, en Usulután, me comentaban que un curilero ganaba tan solo $4 por 120 conchas recogidas entre el fango del manglar, una actividad que no es regulada por nadie y donde los perdedores son los que realizan el mayor esfuerzo. Preservar estos ecosistemas tan preciados implica cambiar la realidad de estas familias. Si esto no se hace rápido –en el contexto del feroz cambio climático–, las 40,000 hectáreas de manglares que quedan desaparecerán por completo en 25 años. Y ahí sí esos bosques solo quedarán en nuestra memoria.

Convivir con las ideas diversas

En El Salvador tenemos malas costumbres, muchas de ellas relacionadas con la ausencia de una educación integral que desarrolle individuos con pensamiento crítico, capaces de lidiar, en un marco de respeto, con ideas diversas.

Se nos educó para la obediencia y la ausencia de debate. Esta incapacidad para disentir y valorar pensamientos diferentes lleva fácilmente a la deshumanización de quienes piensan distinto a nuestros marcos de creencias.

Una sociedad en la que sus habitantes no son capaces de cuestionar o debatir ideas de forma respetuosa y pacífica, tampoco puede negociar ni desarrollar agendas comunes que comprometan a sus ciudadanos en un proyecto compartido.

Una sociedad de este tipo se encuentra desarticulada, sin conexiones y sin confianza. Y si a esto le sumamos que los liderazgos políticos promueven la división y el miedo como forma para mantener el control, tenemos un cóctel tóxico que amenaza constantemente a la débil democracia que intentamos construir.

En un país así, la mayoría de personas también tiende a creer que no tiene poder para solucionar sus principales problemas, por lo que cae fácilmente en populismos y violencia.
Pienso y siento que lo que más nos afecta, como país, es la ausencia de un tejido social fuerte que permita conectar a los sectores que conforman la sociedad, y que ofrezca a los ciudadanos la inspiración de un ideal común del cual podamos sentirnos parte y en el que, a pesar de las diferencias, decidamos aportar al desarrollo del país.

Es complicado creer que El Salvador tendrá la capacidad de revertir sus problemas más dramáticos: la delincuencia, el irrespeto a la ley, la corrupción, la violencia generalizada y la falta de salud, educación y oportunidades, por mencionar solo algunos, sin la confianza como elemento aglutinador que facilite y sume la participación de sus habitantes.

También es poco probable que una sola persona, un solo partido político, una sola ideología o un solo estrato de la sociedad pueda disminuir el estancamiento y el atraso en el que se encuentra el país.

La diversidad de ideas no debería ser un obstáculo, ni tampoco una excusa para excluir a nadie. Por el contrario, esta debería fortalecernos porque ofrece diferentes vías de solución a los problemas más complejos.

Lo que verdaderamente nos afecta es la aplicación de ideas, fórmulas, visiones o ideologías en donde la ética y la honestidad son ignoradas por completo. Considero que la clave está en aprender a lidiar con las opciones diversas colocando por encima estos principios universales.

Si realmente nos interesa contribuir a mejorar las condiciones en las que se encuentra el país, los salvadoreños necesitamos un cambio de mentalidad en el que dejemos de pensar que el desarrollo se limita únicamente a generar dinero y bienes materiales; porque este enfoque reduce nuestra capacidad de ver al otro como un ser humano que siente, piensa y tiene ideales, preocupaciones y sueños que pueden ser diferentes, pero también legítimos.

Desmond Tutu, el sacerdote que acompañó a Mandela en el proceso de reconciliación de Sudáfrica, señala que los individuos estamos “unidos en una delicada red de interdependencia porque una persona lo es a través de otras. Deshumanizar a otros irremediablemente significa que nos deshumanizamos a nosotros mismos”.

Nuestra tarea es aprender a vernos como seres humanos interrelacionados y no como individuos aislados, para generar un ambiente en donde la confianza, el respeto y la convivencia de ideas sume a la solución de los principales problemas de las personas, y así logremos definir un rumbo común que permita el avance de la nación.

No es lo mismo un chucho salvadoreño que un perro suizo

Después de observar atentamente a los chuchos salvadoreños y a los perros suizos, tengo la hipótesis de que el comportamiento de estos animales es una réplica bastante clara de la calidad de vida y de los patrones culturales de cada país.

Los perros en Suiza gozan del estatus de animales de “compañía” en todo el sentido de la palabra. Sus dueños salen a pasear con ellos como quien sale con su mejor amigo o amiga. Conversan con ellos, los lucen limpios y sanos, ambos se cuidan de cumplir con todas las reglas de convivencia ciudadana… En fin todo hace armonía con el aire puro, el agua potable fresca, los parques de película y los jardines de revista que hay en todo el país.

Está comprobado que salir a dar un paseo con un perro en Ginebra aumenta las posibilidades de establecer una comunicación espontánea con otras personas en la calle. Los perros están presentes en la señalización de la ciudad y ocupan un lugar importante dentro de las familias suizas.

A diferencia del respeto y el reconocimiento que tienen los perros en la sociedad suiza, en El Salvador, los chuchos no son animales de compañía, son “compañeros” de penurias, de trabajo, de peligros y especialmente, de sobrevivencia.

Decenas de chuchos de todos los colores y estaturas recorren las calles de El Salvador en la rebusca de comida y de un lugar dónde dormir un poco y tomar agua, para seguir en la lucha. Con una oreja mordida, la cola quebrada o patojeando demuestran que están dispuestos a todo en un país en el que lo único que funciona es la ley del más fuerte.

Para ellos el destino está escrito, sin casa, sin comida y sin educación deberán sortear muchos peligros para seguir vivos. En El Salvador es común atropellar un perro sin interrumpir el viaje. Nadie se detiene, nadie se conmueve porque en El Salvador el valor de la vida es bastante cuestionable.

Pero ¿qué pasa cuando un chucho salvadoreño que migra a Suiza? El chucho migrante debe tener toda su cartilla de vacunas en orden. Antes de viajar un veterinario local tendrá que insertar en su piel un microchip de 15 dígitos compatible con los sistemas de lectura vigentes en Suiza. Las virtudes de ese sistema es que no se puede falsificar y describe la talla, la edad y la salud del perro. Entre las ventajas de este microchip es que permite rastrear perros extraviados, robados o que tienen un comportamiento difícil.

Al llegar al aeropuerto de Ginebra el chucho será escaneado para verificar sus datos y será necesario volverlo a vacunar. Cumplidos estos requisitos, el chucho salvadoreño podrá presumir de un pasaporte para animales de compañía, todo rojo con una crucita blanca.

Una vez en Suiza, los dueños deberán aprobar un examen teórico y otro práctico que consisten en demostrar que el dueño del perro conoce las reglas para vivir en sociedad con su mascota.

En el examen teórico (costo: $150) los instructores exponen el reglamento vigente en Suiza y cuáles son las responsabilidades del dueño. Por ejemplo, para salir a dar un paseo, los perros tienen que portar un collar y una marca oficial de control con sus datos (nombre, dirección del propietario, teléfono).

Para el examen práctico, la Alcaldía de Ginebra sugiere un listado de personas que imparten el curso y cobran diferentes tarifas que superan los $100.

En Suiza las reglas son claras y hay que cumplirlas. Para mantener un país de película hay que pagar muchos impuestos, pensar en el bien común y respetar los acuerdos. A cambio, los ciudadanos y los animales de compañía pueden disfrutar de una alta calidad de vida, en una ciudad limpia, ordenada, segura, en donde el respeto al otro, de todas las formas posibles, es la base indispensable para vivir en sociedad. En El Salvador ocurre todo lo contrario.

Por estas razones sostengo que no es lo mismo un chucho salvadoreño que un perro suizo, porque cada uno representa una réplica bastante clara de la calidad de vida y de los patrones culturales de sus respectivos países.

*Texto publicado en la revista digital Contracultura el 24 de junio de 2013.

Poder ciudadano

Los salvadoreños necesitamos vernos a nosotros mismos y al país de forma diferente. Debemos dejar de pensar y creer que al país lo definen únicamente el actuar de los políticos o la delincuencia. Precisamos vernos como ciudadanos con capacidad de hacer y de exigir a quienes hemos designado para que gestionen el destino político, económico y social de la República.

Solo por medio del pago del IVA, los ciudadanos le generamos al Estado, según datos del Ministerio de Hacienda, un millonario ingreso que, en 2016, por ejemplo, ascendió a más de $1,800 millones. Eso sin contar que, por medio del voto, cedemos parte de nuestra cuota de poder a alcaldes, diputados y al presidente de la República.

Lo anterior representa poder ciudadano. Los salvadoreños necesitamos asumirlo si en realidad nos interesa formar parte de la solución a nuestros problemas de nación y dejar de ser simples espectadores.

Ejercer el poder ciudadano es un derecho, pero también conlleva una cuota de responsabilidad, en la que es necesario que cada uno asuma el rol de corresponsable del país que construimos día a día. Nuestras acciones en lo individual talvez no sean visibles; sin embargo, en la suma de ellas es donde radica la posibilidad de cambio para El Salvador.

Para nadie es un secreto que el sistema político salvadoreño se encuentra en cuidados intensivos y que es urgente sembrar la semilla de la cual nazca un sistema político nuevo, transparente y efectivo, que responda a intereses más diversos e inclusivos.

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, dijo Einstein, y por eso creo que el cambio que este país necesita solo será posible si los ciudadanos asumimos el rol que nos corresponde.

Pero ¿qué significa asumir ese rol? Considero que pasa por reconocer nuestro aporte en el desarrollo de la sociedad que habitamos. Siendo conscientes del impacto de nuestras decisiones, tanto en nosotros mismos como en los demás, cuando respetamos o irrespetamos la ley, o cuando caemos en la tentación de actuar con impunidad porque otros también lo hacen.

Abrigo la esperanza de que un día entendamos que el poder en un país, en una comunidad o en una familia es compartido. Y cada individuo que conforma esos grupos tiene una porción del poder que debe ejercer con seguridad y respeto para sí mismo y para el resto de miembros, asumiendo un rol activo en la solución de los problemas que afectan a las mayorías.

Entiendo también que no todos pueden asumir esa postura activa. Hay demasiados salvadoreños que están en situación de supervivencia y es también por ellos que quienes disfrutamos de mejores condiciones debemos actuar responsable y conscientemente desde nuestros espacios y exigir objetivamente a quienes dirigen el país, sin importar el color de su partido político o de su ideología.

El Salvador no le pertenece a un solo grupo. Un ciudadano lo es sin importar su religión, su condición económica y social o su preferencia política o sexual. “Todas las personas son iguales ante la ley”, al menos eso declara la Constitución de la República que tanto decimos respetar.

La clave está en dejar la comodidad del espectador, que solo se ríe, se burla o llora. Dejar de seguir a quienes promueven posiciones extremas que solo nos dividen, porque en el equilibrio radica el respeto y la paz. Ser conscientes que nuestras acciones en lo individual generan impacto cuando sumamos a todos los ciudadanos. Así como escribió Tolstói a Gandhi en su célebre “Carta a un hindú”: “No solo resistas al mal, no participes de él…”

¡Vamos a ver “Criaturas”!

“Odio a mis hijos y soy una mujer normal”. “Son criaturas celestiales”. “Que se aprovechan”. “Y te torturan”. Tres madres en terapia se alternan las frases. Se desahogan. Disfrutan compartiendo quejas y problemas de sus hijos. Se disputan el turno para decir cosas políticamente incorrectas sobre ellos. Se rebelan en contra de sus vidas de madres perfectas. Insultan. Se exaltan. Derriban mitos. Hasta que llega el final de la terapia y cada una vuelve a su vida de madre intachable que exige la sociedad.

Aquí estoy en una sala de la UCA, viendo uno de los 20 ensayos que ha realizado el grupo de teatro Moby Dick para poner nuevamente en escena una de mis obras preferidas: “Criaturas”. He llegado a la hora en que los pericos regresan a sus árboles y encuentro a las actrices que integran el elenco, sudorosas, escuchando atentas las indicaciones de su director, Santiago Nogales.

Durante el ensayo contengo la risa para tomar nota y poder contarles en esta columna por qué tienen que ver “Criaturas” el próximo 24 de junio. Hace 12 años, mi madre y yo la vimos en el Teatro Poma y aún hacemos bromas sobre algunos de los parlamentos que se nos quedaron grabados para siempre. Para nosotras se convirtió en una obra entrañable, perfecta para compartir los tropiezos entre padres e hijos.

La obra no solo aborda las locuras que decimos y hacemos los padres en nuestro intento por hacerlo “bien”, también incluye el punto de vista de los hijos que tratan de seguir el paso, a veces errático, a veces incomprensible, de sus padres. Dinora Cañénguez lo resume en una frase: “Tan raros pueden resultar los hijos a sus padres como los padres a sus hijos”.

Ante lo espinoso que puede resultar el tema en una sociedad que santifica el rol de las madres, Santiago Nogales se pregunta: “¿Quién no tiene necesidad de autosincerarse? ¿Quién no ha estado de malas con su hijo o hija? ¿Qué es esto que todos somos madres y padres perfectos? Además, forma parte de la esencia de ser niño conseguir que sus padres se enerven”. En este sentido, Rosario Ríos agrega que la obra: “Es una crítica a todo lo que no queremos que hubiese para los niños”.

Mercy Flores recuerda que invitó a sus amigas a ver la primera presentación, al salir todas le decían: “¡Mira, esto ha sido una catarsis! ¡Yo ya me he sentido así!” Sin embargo, aclara que para Moby Dick lo más importante “es reírse con inteligencia para cambiar esquemas”.
Pero el nuevo montaje de “Criaturas” no solo pretende cambiar esquemas entre padres e hijos, los fondos que genere la obra serán utilizados para presentar en el Teatro Poma “Bandada de pájaros”, un drama escrito por Jorgelina Cerritos que pone en escena una de las tragedias más actuales que vivimos en el país: los desaparecidos.

Así es como se vive en los países del Triángulo Norte, ensayando entre risas y golpes. Eso explica por qué la presentación de una comedia inteligente como “Criaturas” va a hacer posible que exista una obra sobre desaparecidos. A mi juicio, una de las metáforas que mejor retrata las condiciones creativas en las que funcionan nuestras sociedades. No hay caos que nos hunda ni risas tontas que nos engañen.

Me reconforta saber que en medio de las tensiones y el desencanto, Moby Dick crea, se renueva y trabaja duro para espabilar nuestro ánimo con irreverencia, humor y ese sarcasmo exquisito que lo caracteriza.

La cita es el sábado 24 de junio a las 7 de la noche en el Centro Español. Si quiere divertirse y aportar al nacimiento de una nueva obra, vaya a comprar su entrada ya. Como dice Santiago Nogales, “la mejor terapia es ir al teatro con tu chico y reírte un rato de las estupideces que has cometido, estas cometiendo o puede ser que cometas cuando seas padre”. ¡No se va a arrepentir!