Siempre que estoy en El Salvador me cautivan la atención los perros aguacateros. Los he fotografiado extensivamente y me fascina representarlos en dibujo y pintarlos. Esto me pasa en parte por el fuerte contraste que veo con las ciudades estadounidenses, donde los perros callejeros se controlan mucho más con refugios y programas que restringen su natalidad.
En cambio, en El Salvador los aguacateros son una comunidad paralela en coexistencia con la sociedad humana y aparecen en donde uno va: en los centros culturales, en las pupuserías, en la Casa del Escritor y el Museo Salarrué, en las puertas de la iglesia de Suchitoto, en las playas y en las calles de cualquier pueblo. Me causa siempre la misma intriga analizar la civilización de estos fantasmas invisibles y su ética básica de sobrevivir y de coexistir entre ellos mismos y con los seres humanos.
Cuando me puse a revisar la historia del aguacatero encontré varias relaciones sobre las culturas precolombinas que documentan la imagen y la descripción de una gran variedad de canes que habitaban el continente antes de la conquista. En el Códice Florentino de Fray Bernardino de Sahagún, por ejemplo, aparecen descripciones de cuatro tipos de perros precolombinos de diversos colores y tamaños.
Sahagún cuenta que los perros originarios de las Américas eran mansos, domésticos, fieles y cariñosos. Su dieta consistía en pan y mazorcas de maíz verde, carne cruda y cocida, cuerpos muertos y otras carnes corruptas.
Entre estos canes Sahagún hace hincapié en uno que se llamaba el xoloitzcuintli, un canino ancestral endémico de México y Centroamérica. En la mitología mexica y tolteca el xoloitzcuintli se relacionaba con la transformación, con la dualidad y con lo oculto y acompañaba a sus dueños a transitar el camino hacia el Mictlán, el camino de la vida a la muerte.
Aquí me interesa reflexionar sobre lo que simboliza el aguacatero actual y sobre lecturas que le podríamos dar y así mover las aguas de la psique salvadoreña. Como ya he señalado aquí, el aguacatero que vemos hoy en día en las calles de El Salvador tiene como ancestro el xoloitzcuintli y, por lo tanto, es un animal que se puede relacionar con la muerte. Esto tiene lógica si pensamos en la violencia que nos ha plagado como sociedad desde antes de la conquista española.
Pero el aguacatero también es un chucho mestizo que se caracteriza por el cruce de razas. Por lo tanto, el aguacatero tiene que ver con el mestizaje; el cruzamiento biológico entre individuos pertenecientes a razas diferentes, y por extensión a la mezcla de culturas diferentes. Otro punto básico del aguacatero es la relación tenue que tiene con el lugar de origen. Habita espacios que continuamente lo expulsan y vive entre muestras de una humanidad que vacila entre ternura, salvajismo, agresividad y sosiego.
Quizás por nuestros desequilibrios es que nos miran a veces con desconfianza, recordando algún maltrato, pero terminan acercándose luego porque no han perdido del todo la esperanza en la compasión humana.
Si no es forzar demasiado la lectura del aguacatero también quiero plantear que el aguacatero es un nómada y, por lo tanto, representa a los muchos salvadoreños que viven fuera, que salen del país y regresan, o que viven dentro del país pero en condiciones precarias. Con todo, el aguacatero es un animal que creo que captura algo del inconsciente colectivo salvadoreño y que da para mucho pensarlo como símbolo nacional.


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