La herida y la esperanza del 2020

2020 no ha dejado piedra sin remover. Este tiempo, transformador y cuestionador, me ha dejado el regalo de participar en diversos círculos de mujeres en los que hemos conectado con las historias personales y las de quienes nos antecedieron.

El común denominador en las memorias de esas mujeres han sido hombres ausentes y en muchas ocasiones presentes, pero violentos y abusadores. Madres, múltiples hijos, hombres alcohólicos y frases como: «Me violó mi papá», «abusó de mí mi tío», «lo hizo mi abuelo», «mi hija también fue víctima», han sido la antesala para reconocer el dolor y romper el silencio que abre una puerta hacia la herida y la medicina que la acompaña.

Son mujeres que decidieron reconocer, valientemente, sus historias personales, familiares y colectivas para atravesar su herida, quemar el victimismo y dar paso a un poder real que nace dentro de ellas. Viven con autenticidad y consciencia.

«El amor es sólido» declara una. «Es lo que sostiene al mundo» enfatiza cuando discutimos cómo sanar, perdonar y continuar. Porque se requiere mucho amor para hurgar dentro y en el pasado.

El mundo evoluciona y nos impulsa. Y, de tiempo en tiempo, volvemos, consciente o inconscientemente, a la herida interna que sana lentamente.

Si somos conscientes observamos y sentimos la herida y, aunque duela física, emocional y espiritualmente, la sanidad llega con mayor fuerza en cada intento. Si no lo somos, observamos la vida a través de los ojos de la víctima que sufre sin entender que existen puertas que otras mujeres atravesaron y abrieron para ella.

Lo que escribo no es simple retórica.

La ciencia de la Epigenética ha demostrado cómo nuestras historias y las de nuestros ancestros son trasladas de generación en generación a través del ADN. Ese código heredado no solo determina el color de nuestros ojos y cabello, sino que también nos traduce las posibilidades y los traumas de quienes vivieron antes; así como nosotros lo haremos con quienes llegarán después.

Cuando deseamos realizar cambios y obtener resultados diferentes, es necesario enfocarnos y trabajar en dos ámbitos. El externo y el interno.

En lo externo, necesitamos establecer con claridad un objetivo y concretar un plan de acción para llegar a ese lugar deseado.

Pero el trabajo más relevante y desafiante se produce cuando intentamos ordenar nuestro mundo interior.

Ese proceso se complejiza porque no acostumbramos a observarnos con detenimiento y porque es más cómodo creer que son solo las circunstancias externas las que nos definen, colocándonos automáticamente en estado de víctima.

Y ese estado evita que asumamos la responsabilidad que nos corresponde, como adultos, para modificar una situación que no es placentera, adecuada o correcta.

Sin duda que las circunstancias externas inciden en las posibilidades de un individuo, sobre todo en un mundo en donde aún se clasifica a las personas a través de los lentes de clase, raza, género, religión y posición social, y donde la balanza tiene claras inclinaciones que favorecen a los privilegiados versus quienes nacen en la periferia del sistema que hoy por hoy rige al mundo.

Reconocer nuestras historias pasadas para inspirarnos con el sacrificio y el liderazgo, también implica confrontar las partes menos luminosas de quienes nos precedieron. Porque ocultar las historias personales y familiares por mantener una «imagen» de los ancestros, especialmente los hombres de la familia, «héroes y proveedores», nos atasca en el presente y bloquea nuestro desarrollo futuro.

Para sanar, considero que no hay otro camino que ir hacia adentro en un proceso individual que inevitablemente impacta al colectivo.

Es a través de la consciencia plena de esas historias que logramos asumir la responsabilidad de nuestra vida y nuestra sanidad mental, emocional y espiritual. Y cuando lo hacemos nos regalamos una medicina para el presente e impactamos en la construcción del futuro.

Conversaciones difíciles

¿Cuántas conversaciones difíciles has tenido en tu vida? o quizás debería preguntarte ¿cuántas conversaciones reales y honestas, aunque difíciles, te hubiera gustado tener en tu vida?

Solemos -no digo que sea tu caso, pero el mío ciertamente lo fue- evitar, obviar, posponer, esas conversaciones que por su importancia nos generan emociones complejas, temores e incomodidades.

Por ejemplo, el manejo del dinero en la pareja o algo que dice o hace alguien importante y nos duele, pero no nos atrevemos a ponerlo sobre la mesa, pedir disculpas por algo que hicimos mal y que lo sabemos claramente, decirle a alguien importante que lo amamos, pero por orgullo no lo hacemos. El listado me daría para escribir horas y horas o para llenar cientos de páginas.

Existen dos razones principales por las que no nos atrevemos a expresar lo que verdaderamente sentimos.

La primera surge cuando no tenemos claridad de qué es lo que nos molesta o lo que deseamos y por lo tanto no sabemos cómo expresarlo. La segunda aparece cuando las emociones, que nos genera ese tema o esa persona con la que desearíamos conversar y plantearle lo que sentimos, son tan fuertes que preferimos obviarlas por miedo.

Ambas razones están íntimamente relacionadas con una desconexión con nosotras mismas, que genera falta de claridad en nuestra comunicación y una pobre o nula gestión de nuestras emociones.

La comunicación es fundamental en la vida de cualquier persona, así como lo son las emociones. No podemos desarrollarnos ni alcanzar progreso sin esos dos elementos.

La comunicación es como la tierra, el fundamento, en el que sembramos nuestras ideas, ilusiones, proyectos y relaciones. Pero esa tierra necesita limpieza y preparación para recibir la semilla y ofrecer los nutrientes necesarios para que (relación o proyecto) germine.

Las emociones, por otro lado, son esas semillas que con la adecuada atención crecen fuertes, profundas y saludables.

Lo que intento comunicarte es que necesitas atenderte a ti primero, comprenderte, conocer tus impulsos y motivaciones y también tus temores y dolores, para conectar y comunicar claramente con otros.

La comunicación inicia contigo. Adentro.

Y la gestión emocional es una tarea obligatoria para cualquier persona adulta responsable de ella misma y de sus resultados.

Solemos creer que no tenemos control. Y ciertamente no lo tenemos sobre un sin fin de situaciones (la pandemia, lo que los demás piensan, sienten y hacen y un largo etcétera.)

Pero te aseguro que sí tienes control sobre una infinidad de aspectos relacionados contigo. Solo contigo.

– Lo que piensas o en lo que decides enfocar a tu mente.

– Lo que decides creer acerca de una situación o persona.

– Lo que decides sentir.

– Lo que decides hacer.

– Las personas con las que decides relacionarte.

– Las situaciones a las que decides darle tu energía y enfoque.

Si lees nuevamente la lista, es tanto lo que sí puedes controlar y en lo que te puedes enfocar que no te alcanzarían todas las horas de un día para atender eso que está bajo tu control.

Considero que para sostener conversaciones profundas, de esas que transforman y construyen relaciones que valen la pena, es importante comprender que esos intercambios siempre generarán incomodidad y emociones que son complejas de experimentar.

Aceptar esa incomodidad y, a pesar de ella, comunicar, inicia adentro de cada una, asumiendo y gestionando lo que sí está bajo nuestro control; y a partir de ese espacio avanzar, intentar, ajustar y continuar.

¿Te das permiso de sentir?

Hace más de diez años me encontraba en uno de mis múltiples procesos de transformación. Había construido mi identidad alrededor de la profesión que ejercía y eso limitaba mis posibilidades para crear e innovar en mi vida personal.

Empecé a contemplar la idea de emprender, llevaba en el mundo corporativo por lo menos 15 años. El primer paso fue buscar en Google un modelo de plan de negocios y utilizar la herramienta de autoconocimiento que me ha acompañado buena parte de mi vida: escribir a mano.

Recuerdo haber llegado a un punto en el que estaba lista, pero el miedo era una emoción permanente y paralizante que había aprendido a esconder porque mostrarlo, en ciertos ámbitos, era percibido como un signo de debilidad. Pero la sabia en mí, esa voz suave que siempre ofrece la indicación correcta me dijo que debía acercarme al miedo y conversar con él.

El miedo se comunicó claramente. Me urgió a preparar un fondo de emergencia para los primeros meses de operación, pagar la mayor parte de las deudas contraídas y buscar opiniones de potenciales clientes para validar mi idea.

Una vez lo escuché perdió fuerza y la parálisis desapareció.

Huimos de las emociones incómodas y nos asusta la fuerza que traen consigo. Porque, ¿quién no ha experimentado la energía de la rabia que moviliza todo a su paso o la sensación de congelamiento cuando la tristeza se estaciona en nuestra vida?

Marc Brackett, director del Instituto de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, señala en su libro «Permiso para sentir» que hace 40 años la mayoría de los psicólogos veían a las emociones como si fueran «ruido extraño, estática inútil».

Fue hasta1990, hace apenas 30 años, que el término Inteligencia Emocional fue introducido por Peter Salovey, profesor de psicología y actual presidente de la Universidad de Yale, y Jack Mayer, profesor de psicología de la Universidad de New Hampshire; y tan solo 25 años atrás que Daniel Goleman publicó su libro «Inteligencia Emocional» y popularizó el concepto.

Brackett y los estudios realizados por el Instituto que dirige señalan que «las emociones y los estados emocionales juegan un rol esencial en los procesos de pensamiento, juicio y comportamiento».

Además, el autor indica que nuestras emociones impactan en cinco áreas, principalmente: en la determinación de hacia dónde dirigimos nuestra atención «qué recordamos y qué aprendemos»; en la toma de decisiones; en nuestras relaciones sociales; en nuestra salud; y finalmente en «la creatividad, la efectividad y el desempeño»

Hemos sido educados para creer que las emociones son un estorbo o que una persona «muy emocional» no es confiable y además es poco productiva. Muchos todavía creen que las emociones «son cosa de mujeres». He escuchado a hombres expresar que «las mujeres están diseñadas para ser el sostén emocional y los hombres el sostén económico», afirmación que les evita asumir la responsabilidad de su vida emocional y la conexión con sus principales relaciones.

Ahora es reconocido entre científicos de las neurociencias, psicólogos e investigadores de las inteligencias humanas, que las emociones y el buen juicio o cognición trabajan de la mano para generar procesos sofisticados de creación de información y toma de decisiones efectivas.

La crisis de deshumanización o esa incapacidad de experimentar empatía proviene precisamente de evadir las emociones y las sensaciones asociadas a ellas. Al hacerlo nos disociamos de la realidad y de la vida, dificultando la posibilidad de conectar con otros. Y al no hacerlo nuestra comunicación es inefectiva y por lo tanto también lo es nuestro liderazgo.

Bracket es enfático al concluir que las emociones «poseen un propósito extremadamente práctico: aseguran nuestra sobrevivencia. Nos hacen más inteligentes. Si no las necesitáramos ellas no existirían».

Sumas y restas

El encierro comenzó en marzo. Llevamos casi cuatro meses de estira y encoge sin precedentes para cualquiera de nosotros: desde las luchas intestinas de la política local, pasando por la desinformación, la confusión y el miedo como herramientas de manipulación de la ciudadanía, hasta la falta de atención para quienes cuidan de nuestra salud y de nuestra seguridad. Una espiral a la que se han agregado además las pérdidas más dolorosas, las de nuestros familiares, amigos y conocidos.

A muchos salvadoreños nos tocó sumarnos a miles y miles que ya vivían en condiciones de precariedad, enrollarnos las mangas y simple y sencillamente sobrevivir un día a la vez.

Cualquier sensación o idea de control se fue por un tubo o se la llevó la corriente de la tormenta Amanda, que vino a recordarnos lo vulnerable que somos como país y como sociedad a causa de la corrupción instalada por quienes, en algún momento del pasado y del presente, han llegado a dirigir los destinos políticos y económicos del país.

No voy a escribir sobre ningún político. Desde hace muchísimos años perdí la fe en esas falsas figuras todopoderosas, porque al convertirme en adulta entendí que de esos espacios no surgirán las soluciones, porque a la gestión política muchos llegan a aprovecharse de nuestros impuestos, a beneficiar amigos y familiares o cuidar a patrocinadores. No tengo ni una tan sola palabra positiva acerca de los políticos salvadoreños. Y pensar en ellos me genera agruras. Así es que intencionalmente los evitaré.

De lo que sí quiero escribir es acerca de que no podemos obviar la realidad que nos rodea y mucho menos evadir el dolor de las pérdidas, porque son demasiadas y muy importantes. Familiares, amigos, conocidos, proyectos, trabajos, mucho se ha perdido y no podremos recuperarlo jamás. Y por ello no podemos huir ni ignorar la frustración y la pena que vienen con las pérdidas; más bien nos toca honrar la vida, la energía y los sueños de todo lo que se fue.

Porque descubrimos la sabiduría y las lecciones que surgen del caos y que suelen revelarse cuando nos detenemos, observamos y escuchamos la manifestación de la vida en un constante fluir de sumas y restas.

En diferente medida nos ha tocado soltar sin opción. En ese dejar ir hay mucho pesar por las pérdidas humanas, y también por situaciones y relaciones que no daban para más, que operaban en obsolescencia, que nos robaban energía y que, a pesar de que aún no lo entendemos completamente, han tocado punto final.

Dejar ir las agendas llenas, una relación o varias, ciertos proyectos o ideas que permanecían estancados ocupando espacios que ahora están libres para permitir el ingreso de aire fresco y nuevos impulsos, suma.

También al abrazar el dolor hemos reconocido que estamos llenos de emociones que no teníamos idea que éramos capaces de experimentar. Ellas nos muestran fibras humanas inexploradas, que nos impulsan a manifestar lo mejor que poseemos, la unidad y la ayuda desinteresada, acompañar en silencio. Estar presente para los demás.

Todavía es pronto para sacar conclusiones. Aún no sabemos en dónde terminará y dónde terminaremos. Aún es tiempo de duelo y también momento para cultivar la esperanza y para reconocer que cada día es una nueva oportunidad para continuar, para crear, para acompañar, para conversar, para cambiar.

Racismo y liderazgo femenino

El cambio personal toma tiempo y toma más tiempo si este es activado por lo que sucede afuera y no por lo que sucede en el interior, desde los auténticos deseos y propósitos establecidos a voluntad por una persona.

Cambiar una sociedad es todavía más complejo porque en ese proceso interminable, de evolución e involución, se entrecruzan los intereses de todo tipo, las ideas y creencias de las personas y de las épocas, y los traumas personales y colectivos, que la ciencia de la epigenética nos ha demostrado que se trasladan de generación en generación. Porque una sociedad es el cúmulo de la vida y de la historia de cada individuo.

Recientemente, hemos sido testigos de la crisis social que viven los estadounidenses debido al racismo presente en ese país desde su fundación. Por siglos, ese sistema de creencias y formas de operar en la vida cultural, política y económica ha provocado, en dicha sociedad, la marginación de afroamericanos, latinos y otros grupos étnicos que no «caben» en el modelo de supremacía blanca o en su «destino manifiesto», que dicta que esa nación tiene por predestinación, casi divina, «dirigir y cuidar» a la humanidad; una humanidad que no está compuesta por todos, sino solo por aquellos que, según sus estándares, son «dignos» de pertenecer.

El mundo empresarial y digital de los Estados Unidos cuenta con numerosas mujeres blancas que dirigen imperios económicos de educación en línea. Líderes reconocidas como Marie Forleo, Amy Porterfield, Broke Castillo y Kate Northrup, entre otras, que administran comunidades de cientos de miles de mujeres entre las que se encuentran clientas negras. En los últimos días, estas confrontaron a las primeras, demandando de ellas una postura antirracista frente a la violencia y a los asesinatos de varias personas negras sucedidos recientemente y emplazándolas a pasar del discurso políticamente correcto a la confrontación de su propio racismo internalizado. Algo que se manifiesta en sus comportamientos y políticas empresariales, los cuales perpetúan la supremacía blanca, como, por ejemplo, la falta de espacios en sus canales de comunicación para expresiones de mujeres de diferentes grupos étnicos.

Este proceso, una vez más, está siendo dirigido por mujeres, y de él sacaremos lecciones que impactarán en los estilos de liderazgo femeninos y también en los masculinos, a través de nuevas formas de pensar, actuar y dictar transformaciones sociales y empresariales que aceleren y afiancen el cambio.

La discusión que se está desarrollando en Estados Unidos nos importa a los salvadoreños porque, además de ser el nuestro un país claramente racista, la confrontación personal a la que están siendo empujados los liderazgos blancos tendrá impacto en la cultura antirracista del mundo entero; ya que muchos de ellos han aceptado finalmente la necesidad de cambiar el sistema de creencias a nivel personal para modificar al sistema en lo externo.

También, es importante entender de qué está conformado el racismo y qué significa ser antirracista, porque la marginación que sufren en El Salvador amplios grupos de la sociedad se ha alimentado de ese sistema de creencias y prácticas sociales y económicas. Para verlo solo hace falta profundizar en la historia nacional para descubrir un velado sistema de esclavitud al que han sido sometidos millones de salvadoreños pobres o indígenas a través de los siglos.

Con todo, es de hacer notar que el cambio en lo externo y la confrontación personal e íntima van de la mano y son procesos que no terminan jamás. Porque la injusticia, el abuso, la inequidad, el racismo y la corrupción están profundamente enraizados en la forma en cómo vivimos, y para cambiar sostenidamente la realidad externa necesitamos entender cómo las decisiones de nuestros antepasados y las nuestras han contribuido y todavía contribuyen a alimentar el estado de injusticia e inequidad de las cosas.

La relevancia de las emociones

Las emociones y su manejo no son un tema común ni cotidiano. Mas bien lo usual es ver de forma extraña a quien se atreve a expresarlas abiertamente, y pareciera que lo «correcto» es ocultarlas como si sentir fuera antinatural y se pudiera eliminar.

En términos generales, me atrevería a decir que la mayoría somos analfabetas emocionales, que buscamos consistentemente ocultar lo que sentimos porque hemos aprendido que es vergonzoso mostrarnos frente a situaciones difíciles, como la perdida de un ser querido, una enfermedad, una injusticia, el abuso verbal o físico, el acoso escolar, nuestros propios pensamientos y creencias, entre otros, que nos producen, como resultado, emociones complejas.

Control es la palabra favorita en esas situaciones. Porque «controlarnos» es comúnmente aceptado como una fortaleza. Se espera que los pequeños se dominen a sí mismos cuando están aburridos o frustrados, o que una empleada que ha sido humillada o maltratada por un jefe permanezca callada, o que frente al abuso de autoridad de un padre de familia, un policía o un político no se muestre enojo.

Sin embargo, el coronavirus ha traído consigo cambios y retos, y uno de los más importantes es una saludable gestión de las emociones frente al miedo y a la incertidumbre de esta situación desconocida.

Pero, ¿qué son las emociones? ¿Qué significa «manejarlas» adecuadamente? ¿Por qué de repente resultan tan importantes para la vida de las personas?

Dejar de sentir no es una opción. Porque las emociones son señales en respuesta a nuestros pensamientos o circunstancias externas y están íntimamente vinculadas con nuestra esencia. Solo sintiéndolas podemos entender qué necesitamos, qué nos agrada o desagrada, qué valoramos y dónde necesitamos protegernos estableciendo límites.

Las emociones son fundamentales para el desarrollo adecuado de una persona. Pretender que una persona no sienta es como pedirle que no respire.

La red de Inteligencia Emocional «6seconds», que utiliza el modelo de las emociones del científico Robert Plutchik, destaca que ellas se manifiestan a través de nuestros cuerpos para alcanzar un propósito. Por ejemplo, explica que el enojo surge de un problema y su propósito es que una persona se mueva para luchar o para presionar un cambio en esa situación; el miedo se manifiesta frente a una amenaza y su motivación es proteger; y la alegría muestra una oportunidad e indica que es necesario hacer más de eso que la causa.

Marc Bracket, director del Instituto de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, señala en su libro «Permission to feel» (Permiso para sentir) que reconocer las emociones sin juzgarlas es relevante para comunicarnos, para saber qué valoramos y qué nos causa daño, también, para sentir empatía propia y hacia otros, y para regular los comportamientos asociados a las mismas.

Brackett enfatiza que las emociones nos permiten experimentar la vida, porque «cuando no tenemos palabras para expresar nuestros sentimientos, no solo carecemos de capacidad descriptiva. Nos hace falta dominio para crear nuestras propias vidas».

En este momento desafiante necesitamos reconectar con la esencia que nos hace humanos y que se expresa a través de lo que sentimos. Para hacerlo, Brackett señala que se vuelve fundamental reconocer, entender, nombrar y regular las emociones a través de dos aspectos que facilitan este proceso, que son el confort y la energía que generan las emociones.

Cuando nos volvemos conscientes de la comodidad o incomodidad y de la alta o baja energía que una emoción provoca, se alcanza claridad sobre el espacio emocional en el que nos encontramos. Y cuando sentimos y nombramos la emoción es que podemos identificar la causa que la genera, y desde ese entendimiento es posible tomar mejores decisiones para regular y ajustar los comportamientos que surgen de ella.

Escribir, mi ancla perfecta

Algunos oran, otros meditan, o pintan, bailan o hacen ejercicio. Yo, escribo. Lo hago como si no hubiera mañana. Escribir me conecta con el momento presente y me lleva a poner, sólidamente, los pies en el piso. Y, desde que mi mente recuerda, ha sido un ejercicio que me ha permitido observarme y observar al mundo que me rodea.

Escribiendo me descubro y, en este encierro obligado, escribir es la actividad que realizo con mayor empeño durante el día. Mi reloj biológico se ha desordenado. Estoy durmiendo hasta bien entrada la noche y me doy cuenta de que no estoy descansado bien. Me levanto con el cuerpo adolorido y el cuello tenso. Todas, señales de que hay un hilo de estrés latente y permanente rondando por mi cabeza.

Desde hace mucho decidí que a mi mente y a mis emociones las dirijo yo. Hacerlo es sencillo cuando la vida sigue la ruta que he establecido; porque, al igual que la mayoría de los humanos, yo también busco certeza y estabilidad. Deseo creer que mañana todo saldrá como lo he planificado. Pero en cuanto las cosas se desvían, la ansiedad me alerta acerca de lo que se está moviendo hacia un lugar diferente del que habíamos acordado.

Experimento en mi cuerpo los primeros signos provocados por el estrés. Percibo angustia e incomodidad. La angustia se siente como cientos de libras sobre mi pecho, la incomodidad, es como un acompañante del que solo deseo apartarme, como energía que me impulsa a moverme de ese lugar. Sé que es momento de sentarme a escribir cuando esa incomodidad persiste y se queda estacionada en mi cuerpo.

Naturalmente huimos de la incomodidad porque hemos aprendido en esta cultura, obsesionada con la productividad, el consumo y los resultados instantáneos, que esas sensaciones y emociones incómodas pueden evitarse. Vivimos escapando del dolor y de la angustia, tan naturales como la vida misma, para perseguir afuera una «felicidad» empaquetada en cosas o experiencias. Y así, huimos a través del consumo desesperado de drogas, prohibidas o aceptadas socialmente, de ropa, relaciones, éxito, televisión, noticias, redes sociales, o discusiones eternas sobre política.

Evadimos esos espacios incómodos, pero es ahí donde habitan micro o macro traumas, duelos no vividos, heridas emocionales; y, paradójicamente, es en esos lugares donde se encuentran las claves para procesar, sanar y progresar desde el ser y no desde el hacer o el tener.

Sanar es como la tierra y sus ciclos, porque es en sus profundidades a oscuras desde donde se alimenta la semilla y surgen los mejores colores de la flor.

Distraernos no resuelve nada y, por el contrario, solo nos aleja de las soluciones y la creatividad que resultan de atravesar la incomodidad, el dolor y la angustia. Porque, al otro lado de esas emociones difíciles, es donde convergen la consciencia, el entendimiento de lo que nos afecta, la resolución y el bienestar.

Creo en la salud mental y para obtenerla es necesario el acompañamiento de profesionales que caminen junto a las personas en sus procesos de sanación. Y también creo en la autogestión y en la responsabilidad personal que cada uno ejerce consigo mismo, una vez se convierte en persona adulta. Y es en esos procesos, ya sea acompañados o en solitario, que se vuelve fundamental escribir para reconocer y gestionar a la mente y a las emociones.

Escribir me facilita trasladar a un papel el continuo diálogo mental que me cuesta observar si no es a través de las letras. Escribir es como activar a un investigador que escarba en mi cerebro y descubre las pruebas para resolver los dilemas.

Escribir es mi arte personal. Y en este momento, en el que enfrentamos una amenaza real y desconocida, es cuando hacerlo se ha convertido en mi ancla perfecta.

La comunicación en tiempos de virus

Comunicarse es conversar. Cuando lo hacemos conscientemente conseguimos reducir el estrés, el propio y el de nuestro interlocutor, porque enviamos señales al sistema nervioso de que en ese momento todo fluye.

Cuando conversamos conscientemente y con intención podemos traer al centro los temores y las ansiedades, las preocupaciones y el dolor conectándonos completamente con el otro y, sin darnos cuenta, estamos sanando en el proceso.

La comunicación siempre es importante, pero en momentos de crisis se vuelve aún más relevante. Hacerlo con claridad y constantemente es un ejercicio saludable en las familias, las organizaciones y las comunidades.

El Covid-19 todavía es una incertidumbre global. Hay tanta información y desinformación circulando que estamos experimentando ansiedad, miedo, desconsuelo, enojo, incertidumbre y de ahí hacia la depresión, los ataques de pánico y los exabruptos de violencia, solo hay unos cuantos pasos.

Además, la cuarentena, a los viajeros y a las familias, en un país en el que carecemos de viviendas dignas y espacios en contacto con la naturaleza generará un hacinamiento peligroso para la salud emocional, mental y física.

Por eso la comunicación se vuelve fundamental para que en las familias se expresen con claridad los límites en el uso de la música ruidosa, de la televisión y las noticias, así como del alcohol y otros elementos que solo nos disocian de la realidad, pero que no contribuyen a resolver nada.

Necesitamos establecer límites, con nosotros mismos y con los demás, para obtener, aunque sea pocos momentos de soledad en los que podamos recuperar energía. También es importante cultivar, en compañía de las personas con las que vivimos o estamos pasando el #QuedateEnCasa, conversaciones acerca de lo que nos preocupa y airear los sentimientos y las emociones para expresar transparentemente los miedos.

Escuchar para ser escuchados. Respetar para ser respetados. Escucharnos primero a nosotros mismos para saber cuando callar y apartarnos porque estamos a punto de desbordarnos, y guardar silencio y tener paciencia cuando sea otro el que está a punto de desbordarse.

Buscar actividades y entretenimiento saludables, que no inciten a la violencia ni a la haraganería, sino más bien que estimulen las actividades compartidas y el uso responsable de nuestros derechos y deberes.

Es el momento de que nos volvamos creativos. Todos contamos con esa habilidad de crear, es nato en el humano. Es momento de ser responsables con la energía que generamos para nosotros y para nuestras comunidades. Debemos cuidarnos y cuidar nuestras palabras, nuestros sentimientos y pensamientos. Sabemos que es en tiempos de crisis en donde las mejores características de los humanos surgen. Lo hemos experimentado durante muchas emergencias y desastres que hemos sobrevivido.

Es tiempo de permanecer tranquilos y descubrir esas habilidades que están en nosotros y que se manifiestan naturalmente si logramos calmarnos, guardar silencio, sentir nuestros cuerpos y fluir con ellos.

Respirar conscientemente, caminar, estirar el cuerpo, escuchar al cuerpo, ordenar de adentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, limpiar, escribir y sobre todo aprender a soltar y a perdonarnos porque nos equivocaremos en este proceso, y de eso también aprenderemos.

Nos encontramos en un período que nos invita a soltar. Hay pocas certidumbres y es en esos momentos en donde se requiere mayor flexibilidad para permanecer en la incomodidad y el miedo. Es un fluir incierto y en la medida que lo aceptamos abrazamos la resiliencia, esa capacidad para afrontar la adversidad y levantarnos de ella.

Ojalá esto pase pronto y que el tiempo transcurrido nos permita recoger todas las lecciones que podamos. Que esta incertidumbre colectiva nos muestre, de una vez por todas, lo vulnerable que somos, lo mucho que nos necesitamos los unos a los otros y lo importante que es la comunidad.

«Un grito de esperanza»

En El Salvador es fácil perder la esperanza. Cada día somos testigos, desde hace demasiados años, de los malabares realizados por políticos corruptos que han saqueado al Estado y se han robado buena parte del futuro de los salvadoreños impidiendo la inversión en educación, salud e innovación. A ese circo grotesco se suma el manoseo peligroso de las fuerzas de Seguridad del actual Gobierno, que solo trae al presente los ecos del autoritarismo que ha dirigido los destinos de este país por siglos.

La corrupción, la impunidad y el autoritarismo tienen una influencia directa en la violencia que se ejerce en contra de niñas, niños y mujeres en un país en el que las cifras de abuso físico y sexual son tan altas que se consideran una «epidemia». Y esas estadísticas no están completas porque sabemos que las agresiones están presentes en todos los niveles socioeconómicos. Control a través del dinero, palabras hirientes, golpes y violación son algunas formas de la crueldad que se ejerce contra las mujeres día con día.

Las estadísticas asustan, pero no tanto como las historias personales de muchas mujeres que han conocido todas las formas de violencia posibles, incluso desde el vientre materno. Ellas nacieron y muy pronto se convirtieron en madres, perpetuando el ciclo de víctima y victimaria, repitiendo esas prácticas crueles que observaron y sufrieron en carne propia desde pequeñas y que, lamentablemente, son las únicas maneras que conocen para relacionarse con ellas mismas y con sus hijas e hijos.

En ese contexto apareció, en 2011, como una brisa fresca el grupo de teatro La Cachada, una compañía compuesta por vendedoras informales y dirigida por Egly Larreynaga, que sirvió de inspiración para que la cineasta Marlén Viñayo rodara un documental donde retrata parte de la dura vida de sus integrantes: Ruth, Wendy, Magda, Chileno y Magaly.

En la cinta de 81 minutos de duración, esas mujeres no solo presentan sus historias de violencia, sino que demuestran que es posible realizar un viaje de retorno a la sanidad a través de su arte.

El teatro les facilitó conectar, de una forma saludable y terapéutica, con el dolor profundo, producto de sus historias de violencia. En el documental somos testigos de cómo, en cada ensayo, las protagonistas observan y experimentan sus emociones a través del recuerdo de dolorosos sucesos que marcaron para siempre sus vidas: los golpes de un padre y un esposo, la violación y el parir un hijo producto de esa violencia, el estrés de un trabajo extenuante en las calles de San Salvador y la sobrecarga del cuido de múltiples hijos sin una figura masculina que asuma también la parte que le corresponde.

Es a través de esta observación aguda, llena de rabia, dolor y liberación, que dan sentido a sus historias y, además, entienden que el ciclo de violencia puede detenerse a partir de esa profundización, en la que conectan con sus sentimientos más reprimidos y que cargan listos para explotar a la menor provocación. Es desde ese espacio oscuro que consiguen escribir un nuevo libreto para ellas y sus familias; en un proceso difícil en el que «…se descubren a sí mismas como víctimas y victimarias» señala Egly.

Presenciamos en el documental cómo el arte y las conversaciones honestas y transparentes, aunque no por eso fáciles, son la entrada a un espacio donde es posible sanar las heridas emocionales y espirituales de las actrices. Y además nos muestra cómo en un país extremadamente violento y misógino, con las niñas y las mujeres, contar esas historias es relevante y sanador. Egly escribe, en el sitio web de La Cachada, que esas historias nos permiten hablar de «…miles de mujeres salvadoreñas que por lo general no tienen voz».

Sin duda, La Cachada es un rayo de luz porque como atestigua Egly «…cinco mujeres se han convertido en un grito de esperanza. Han demostrado que se puede interrumpir un ciclo de violencia…han pateado fuerte las tablas y reclamado el derecho de contar su historia».

Creadores de significados

Me relaciono con ciertas palabras de una forma cercana porque al pensarlas, hablarlas y sentirlas estas generan significados importantes que me impulsan. Tres de las más relevantes son: límites, tiempo y rendición.

Los humanos somos creadores de significados. Nuestra mente está permanente lanzándonos frases, oraciones y palabras para interpretar lo que nos sucede. Si alguien me dirige una mirada mi mente genera variadas representaciones o conceptos para ese simple acto de ver. Puede deducir que esa persona busca acercarse para conversar, o que no le caigo bien, o incluso puede advertirme que esa mirada «luce» amenazante. ¿Verdades? Depende.

En términos generales lo que la mente produce, en forma de lenguaje, son percepciones basadas en nuestras experiencias. Y sabiendo que somos creadores de significados procuro no dejar a la mente sola a la hora de diseñar el diálogo que se produce en mi interior.

Por ejemplo, a la palabra tiempo me gusta verla como una idea y un espacio en el que me organizo, priorizo y avanzo. Es decir, decido ser la dueña de mi tiempo y evito expresarme con frases del tipo «no me alcanza», «es escaso» o «no me pertenece».

Algunos pensarán que soy dueña de mi tiempo porque administro mi negocio. A esto respondo inmediatamente recordando la historia del creador de la logoterapia, Viktor Flankl, que, mientras estuvo recluido en un campo de concentración nazi, decidió convertirse en un observador para identificar hasta dónde es capaz de llegar un ser humano en condiciones extremas. Su decisión le permitió mantenerse cuerdo, sobrevivir y crear una terapia psicológica.

Frankl demostró que aún en circunstancias extremas se puede dirigir a la mente. Y si existe al menos un humano que puede, eso significa que nosotros también estamos dotados con las mismas posibilidades.

Por otro lado, la palabra límite es un concepto útil a la hora de proteger nuestro espacio y tiempo ya que se convierte en una especie de «contenedor» que facilita el enfoque y el avance.

Al establecer mis límites sé que algunas personas experimentarán incomodidad. Yo misma me observo sintiendo esa sensación al expresarlos, pero su significado es tan importante –porque me permiten mantener mi centro, poner un alto a relaciones desgastantes, descansar y avanzar—que acepto la incomodidad al practicarlos.

La tercera palabra es rendición. Durante mucho tiempo asumí la creencia que como mujer debía ser perfecta. Una idea llevada al extremo por muchas mujeres, a las que se nos enseña desde pequeñas que debemos mostrarnos amables y hacer todo lo que esté en nuestras manos y más para lucir siempre jóvenes, o para solucionar los problemas que se nos presentan. Conceptos irreales e inútiles.

Desmontar esa creencia ha sido desafiante porque no solo he tenido que aceptar que ser perfecta es completamente irreal, sino que, además, he tenido que reconocer que a ese concepto lo acompaña otro que es todavía más tóxico: «si no soy perfecta, tampoco soy digna de amor».

Y en ese proceso quirúrgico con mi mente y con mis emociones había dado muchas vueltas buscando desarmar esas percepciones. Los resultados no habían sido satisfactorios. Y lo único que me faltaba experimentar era simplemente rendirme. En otras palabras, aceptar totalmente y sin posibilidad de escape el efecto que esos pensamientos tenían en mí vida. Esa rendición soltó el nudo que mantenía fuertes a esas ideas dañinas.

Los significados que nos auto generamos son filtros que inciden en nuestras decisiones y acciones, por lo que se vuelve estratégico y saludable revisar el estado de esos mensajes que nuestra mente nos envía. Vale la pena ajustar los lentes con los que salimos a la vida todos los días.