Comprender el problema para cambiarlo

Escribo regularmente sobre el patriarcado. Soy como un gusano y disfruto viajando a las profundidades de un tema cuando me apasiona. Así es que me convertiré, si es que no lo soy ya, en el mosquito que incomoda al oído con este asunto. Porque, como dijo Einstein, un problema no puede ser resuelto con la misma mentalidad que lo creó.

Al patriarcado como sistema lo sostenemos todos (hombres y mujeres). Debido a ello, este ha tenido, a lo largo de los siglos, una gran capacidad para reinventarse. Para desmontarlo necesitamos comprenderlo en toda su extensión.

Las mujeres venimos, desde siempre, iniciando movimientos para salirnos de ese corsé mental, físico y emocional. Sin embargo, aún nos hace falta profundizar y reconocer que nosotras, por más que busquemos romperlo, lo llevamos dentro. Necesitamos reconocer cómo opera oprimiéndonos con creencias del tipo: «No estoy completa, si no tengo hijos», «no me respetarán, si no estoy casada o acompañada», «me acosarán, si no me visto adecuadamente», «debo hablar como ellos para que me escuchen», «debo evitar expresar mis emociones para que no me consideren histérica».

Esas creencias y otras relacionadas con la raza, el color de la piel o la clase social nos presionan a seguir «patrones» establecidos por el patriarcado y, sobre todo, por hombres blancos con poder económico, político o militar, que son los poderes que cuentan para ese sistema.

Las mujeres hemos internalizado ese modelo, aceptando el «juego» bajo esas reglas, transmitiéndolo a nuestras familias y entornos. Deshacer esa maraña de creencias es complicado, si no ejercitamos una mente flexible y somos valientes para confrontarnos a nosotras mismas y darnos cuenta de cuál ha sido nuestro rol en fortalecer, aceptar y ejercer el patriarcado.

El Foro Económico Mundial, en sus informes de 2017 y 2018 sobre la paridad de género señaló que tardaremos más de cien años en logar que «hombres y mujeres tengan la misma participación política, acceso a la educación, a la salud e igualdad económica y laboral» y que «las mujeres tendrán que esperar 217 años antes de llegar a ganar lo mismo que los hombres y tener igual representación en el trabajo». ¡Esto es inconcebible! Además, ofensivo y frustrante.

Se requiere leyes y políticas públicas diseñadas desde la comprensión de este fenómeno que lleva milenios instalado en la humanidad. Pero quienes las diseñan ¿entienden realmente el problema?, ¿han realizado un autoexamen profundo para identificar sus prejuicios ocultos acerca de esas creencias antidemocráticas y antihumanistas? o ¿simplemente diseñan programas y ofrecen discursos sobre la mujer porque el tema está de moda?

Como mujer no estoy dispuesta a esperar a que el sistema me otorgue lo que es mi derecho, no solo por mí, sino por millones de niñas y niños que son violentados y abusados diariamente. El cambio requiere que más mujeres nos volvamos conscientes de los efectos destructivos de este sistema de creencias para nosotras, las niñas y los niños, y también para los hombres.

Para mí el camino hacia la comprensión y sanidad ha sido hacia dentro. Bien temprano en mi vida me observé despreciando expresiones y actos abusivos sobre lo femenino; luego de adulta, sentí que algo no funcionaba conmigo. Y esa idea me llevó a cuestionarme acerca de lo que circulaba en mi interior que no me permitía avanzar ni experimentar plenitud.

Tomar conciencia de mi historia personal, familiar y nacional me regaló una perspectiva bastante clara acerca de esas circunstancias que me mantenían atascada y que también mantienen al país operando con un machismo cada vez más enfermo.

Nutrir mental y emocionalmente a una niña o a una mujer es sembrar de árboles frondosos el camino a la regeneración de un país claramente enfermo. Las mujeres continuaremos siendo valientes para cuestionar, confrontar y exigir lo que es nuestro derecho, no solo por un interés individual, sino principalmente por las niñas que continúan sufriendo violencia y abuso bajo este modelo.

El silencio que nos define

El silenciamiento es una de las terribles consecuencias de la violencia sexual en la vida de niñas y mujeres. Aprendemos, bien pronto, a creer que el acoso y los abusos físico y sexual son responsabilidad nuestra. Y por eso callamos en una espiral de vergüenza en donde los abusadores viven libres, sin responsabilizarse de sus actos para continuar depredando a otras.

La violencia está tatuada en los cuerpos y mentes de las niñas, jóvenes y mujeres; y esa huella es transmitida a sus hijos, proyectos y sueños. La violencia permea sus vidas y las de las personas a su alrededor. Y así, construimos una sociedad que es incapaz de romper ese ciclo que se refuerza a través de las historias no contadas, del silencio y la vergüenza que colocamos sobre las víctimas.

El Fondo de las Naciones Unidas (UNFPA) a través de su publicación «¿Sin opciones?» ha dado voz a 14 jóvenes que encontraron en el suicidio una salida al abuso extremo que sufrieron en sus cortas vidas. Ellas son: Lucía, 17 años; Blanca, 19; Mirna, 16; Sandra, 15; Sonia, 20; Inés, 29; Marcela, 18; Paola, 16; María, 22; Verónica, 18; Laura, 20; Margarita, 16; Ana, 18; y Marta, 19. Todas utilizaron matarratas o pesticidas para huir del mundo hostil en el que vivieron. Todas, víctimas de abuso por familiares, jefes o pandilleros; explotadas sexualmente, violentadas, rechazadas, denigradas, aun por sus propias familias. Todas, silenciadas.

Aunque ellas ya no estén entre nosotros, contar y honrar sus historias es la única forma de resarcir, un poco, el daño que las orilló al suicidio. Y de paso reducir la distancia entre sus vidas y las nuestras.

La historia de Lucía inicia cuando huyó del maltrato de su madre, a los siete años. Vivió en diferentes casas con familiares o vecinos. De adolescente consiguió un trabajo por $3 diarios. Se suicidó sin que nadie supiera de ella. Estaba embarazada de tres meses. Su madre no fue al funeral.

Esta es solo una de las historias, pero lamentablemente representa un patrón común. Niñas maltratadas, que crecen sin posibilidades ni sueños. Que son violentadas y de esa violencia generalmente quedan embarazadas. Sin opciones. Esas 14 jovencitas creyeron que solo suicidándose tendrían salida de ese ciclo macabro. Los hombres, siempre ausentes; siempre libres.

Estas 14 historias son el presente. Pero atrás de ellas hay siglos de violencia y abuso sexual de niñas salvadoreñas. Finalmente, estamos despertando de una pesadilla que ha marcado la vida de cientos de miles, sino millones, de mujeres en el país y también en el mundo. Este flagelo permea los hogares de forma silenciosa. No conoce de clases. Pero se ensaña con niñas pobres y sin educación.

Hasta hace muy poco hemos vivido obviando lo incómodo de esas historias. Pero eso ya no es posible. Como mujer, acompaño las almas de esas 14 niñas, y no tengo miedo a llorarlas, a sentir rabia, a indignarme, a buscar profundamente en nuestra historia las razones de esa violencia extrema. Creo que solo haciéndolo avanzaremos, lentamente, hacia la sanidad mental, emocional y espiritual que tanto necesita este país.

Es urgente romper con ese patrón de violencia, con la creencia de que los hombres pueden disponer a su antojo del alma y del cuerpo de niñas, niños y mujeres. Para hacerlo necesitamos entender el impacto y la huella que la violencia sexual deja en los cuerpos y en las mentes de las personas. Reconocer el problema y acercarnos, aunque duela. Entender que esas niñas, aunque han sido rotas, permanecen intactas en su esencia; y que, con la ayuda idónea y sostenida en el tiempo pueden recuperarse y sanar. Necesitamos vernos en ellas, porque de ellas proviene la vida. Las niñas son las futuras madres, profesoras, doctoras, técnicas, políticas, emprendedoras, artistas, escritoras, soñadoras. Ellas son la vida de este país.

Un país que se silencia

Vivimos en un país que silencia sus tragedias y sus errores. Que se hunde en una violencia que inicia sutilmente con palabras y acciones que aparentemente son inofensivas, pero que se desborda y se degrada con el paso del tiempo. La violencia que nos aflige también nos avergüenza porque se origina en los hogares y es ejercida por parejas, padres, madres y parientes. En esos espacios, en donde los niños y las niñas deberían aprender de protección, amor y respeto, lamentablemente predomina el silencio y el ocultamiento.

Esa violencia inicial proviene del sistema patriarcal que domina las creencias y las formas de operar de esta sociedad y del mundo desde hace milenios. El patriarcado tiene a la base la creencia de que un hombre puede dominar la tierra, a las mujeres y a sus hijos e hijas. Esto se traduce en control, autoritarismo y violencia verbal, física y sexual; y se practica en los hogares trasladándose luego a otros ámbitos de la sociedad. Quien niegue esto no conoce la historia, ni la inmensa cantidad de personas que han sufrido trauma a causa de esta forma de ver al mundo.

En los últimos 50 años, la psicología ha realizado importantes avances acerca de cómo el trauma que no se habla y no se sana a través del cuerpo mantiene un control tóxico sobre la persona afectada y también sobre aquellos con los que se relaciona.

Frente al silencio el psiquiatra especialista en el tratamiento del trauma, Bessel Van Der Kolk manifiesta: «Creemos que podemos controlar el dolor y las aflicciones emocionales, el terror o la vergüenza permaneciendo en silencio, pero el nombrar nos ofrece la posibilidad de gestionarnos de forma diferente… Si has sido herido, necesitas reconocer y nombrar lo que te sucedió… porque mientras mantengas secretos… estarás fundamentalmente en guerra contigo mismo».

La salvadoreña es una sociedad que, por lo general, evita sentir o recordar los momentos de dolor. Y a pesar de las recomendaciones de psicólogos sociales acerca de la necesidad de reconocer y procesar las pérdidas, hemos hecho muy poco desde lo político, social y religioso, para ayudar a los ciudadanos a darle sentido a lo que hemos vivido en diferentes momentos trágicos de la historia del país. Es imposible olvidar a las víctimas y al abuso. Olvidar significaría castrar partes que, aunque dolorosas, forman la vida y experiencias de una persona.

Lamentablemente hacemos muy poco para comprender las razones personales y colectivas de la violencia y cómo esta ha carcomido la vida y el alma de buena parte de los ciudadanos. Somos una sociedad dañada, donde las heridas físicas logran sanarse, pero las marcas emocionales y mentales, que se expresan principalmente en el cuerpo con dolores y enfermedades crónicas, quedan latentes y listas a explotar a la menor provocación externa.

Los adultos nos relacionamos desde esas historias pasadas que al no ser reconocidas siguen controlando, desde la sombra, nuestras vidas. Salir de ese esquema en el que se ejerce la violencia cotidianamente, donde golpear, abusar de menores y de mujeres, irrespetar las leyes y aprovecharse de otros se perciben como símbolos de «audacia», requiere de múltiples actores y acciones en todos los niveles de la sociedad.

Necesitamos darle sentido al pasado, nombrar el dolor, los hechos y las pérdidas, hacerlos parte de la historia viva del país y de cada familia. Solo así tendremos la oportunidad de imaginar y narrar un nuevo y mejor futuro en el que podamos, en algún momento, iniciar la reducción de la violencia. Y desde el espacio externo avanzar y sanar la intimidad de los hogares. Señales claras de respeto a la dignidad de todos los salvadoreños, sin distinción, es lo que necesita este país.

Diálogos interiores

La inteligencia positiva (PQ) es un concepto creado por el psicólogo y profesor de la Universidad de Stanford, Shirzad Chamine, resultado de su trabajo de más de 20 años acerca de la relación entre el cerebro sobreviviente (racional y responsable del mecanismo del estrés) versus el cerebro creativo (evolucionado e inteligente). Chamine estableció que la inteligencia positiva es un indicador del «control que una persona tiene sobre su mente y qué tanto trabaja para su bienestar y no para sabotearla».

El psicólogo explica cómo el cerebro sobreviviente pretende protegernos de los peligros del entorno; mientras que el creativo busca ofrecernos alternativas constructivas a los desafíos que enfrentamos. Para comprender esta relación, desarrolló una tipología de 10 saboteadores que habitan en el cerebro sobreviviente, así como la voz sabia que se desarrolla en la parte creativa y evolucionada.

Los saboteadores se presentan en forma de «diálogos internos» autogenerados que nos hacen juzgarnos a nosotros y a los demás de formas rígidas e inflexibles, o que nos llevan a buscar el control y el perfeccionismo, a complacer constantemente y sin capacidad de establecer límites a otros, a hiperracionalizar lo que nos sucede, a buscar logros de forma excesiva y a la hiperresponsabilidad. Las intenciones de esas voces, en principio, son positivas porque buscan obtener la aceptación de las primeras relaciones, fundamentales en la vida de un menor, y protegernos frente a los retos que generan las relaciones con los demás. Lamentablemente aparecen cuando aún no somos maduros emocionalmente y, si bien nos protegen en nuestros primeros años de vida, cuando alcanzamos la edad adulta se transforman en mecanismos de defensa, difíciles de reconocer, que bloquean la potencialidad de las personas.

Generalmente, esos diálogos nos llevan por rutas poco saludables de exigencia hacia nosotros mismos y hacia los demás, contribuyendo a complicar las relaciones y a drenar nuestra energía. El cerebro, que representa el 2 % del peso corporal de un individuo, utiliza el 20 % de la energía que se produce en el cuerpo y, muchas veces, esta se desperdicia cuando no se puede reducir ese incesante diálogo de la mente sobreviviente que busca activamente peligros y amenazas, reales o imaginadas.

En un mundo que constantemente se presenta amenazador, en el que se cree que lo más importante es «hacer» y «tener», y en donde el concepto del tiempo se percibe como un recurso limitado, la mayoría de las personas observan la vida a través de los lentes del cerebro sobreviviente, que las lleva a permanecer con altos niveles de estrés y en modo de lucha o de huida; silenciando, además, al cerebro creativo que tiene mejores herramientas para responder a los desafíos.

En la actualidad, disponemos de estudios científicos y psicológicos que facilitan la comprensión de estos mecanismos; así como la conexión entre las diferentes partes que conforman nuestra esencia humana. El desarrollo de la inteligencia positiva, tal como lo propone Chamine, requiere de una atención plena y de la respiración consciente que facilitan a la persona adulta observar y reducir el diálogo tóxico del cerebro sobreviviente; aumentando, en cambio, esa voz sabia y evolucionada del cerebro creativo, que responde desde un lugar de recursos e innovación.

Para conseguirlo es fundamental detenerse, dar un paso atrás, observarse y reconocer esas voces saboteadoras que han dirigido la vida de los individuos y de la civilización en la que vivimos, que frente a las amenazas responde con guerras y violencia. Es relevante aceptar la existencia de esos viejos mecanismos para sobrevivir, y abrazar consciente y activamente las posibilidades constructivas y pacíficas que también posee nuestro cerebro.

Poder y equilibrio

La mayoría de salvadoreños nacimos y crecimos en ambientes machistas. Esa ha sido y aún es la estructura social predominante en la que muchos aprendemos un modelo de relaciones que ha demostrado no solo que está obsoleto, sino que es extremadamente peligroso porque cultiva vínculos violentos en los que el poder está desequilibrado.

Personalmente, fue a partir de los 35 años cuando algunos eventos me llevaron a tomar consciencia de dónde había crecido, a recordar cómo desde muy pequeña había rechazado expresiones y prácticas sobre lo que significaba ser niña o mujer y que había observado en ese espacio inicial de mi vida. Reconozco que tuve que vivir, integrar y cambiar muchas de las enseñanzas de papá y mamá. El primero, repetía a sus hijas mujeres: «Tienen que trabajar, ser responsables y profesionales. Ser las primeras en llegar y las últimas en retirarse. Pero sobre todo no deben remover las aguas». Esto último significaba mantenerse calladas, sin cuestionar, y comportarse «suavemente». Luego mamá tuvo su oportunidad para sembrar sus ideas. Recuerdo que me decía que debía tener autosuficiencia económica y jamás depender de un hombre.

Estos mensajes sellaron muchos de mis comportamientos y dirigieron buena parte de mi vida. Me convertí en una profesional que trabajó durante muchísimos años hasta el agotamiento extremo, tratando de demostrar, a través de ello, mi valor y buscando no depender jamás de nadie, ni en lo económico ni en lo emocional.

Mi esfuerzo por convertirme en una profesional y alcanzar independencia económica rindieron algunos frutos. Sin embargo, llevé estos comportamientos hasta un lugar en el que nada ni nadie era más importante que el trabajo y la independencia. Esta fue la primera ruptura de ese sistema, que, aunque me permitía trabajar, me ceñía a ciertos comportamientos «aceptables» para una mujer. Al convertirme en adulta busqué desaprender, equilibrar e integrar nuevas formas de percibir mi valor como persona, así como los significados de éxito y de poder bajo mis propios términos.

Muchas cosas han cambiado desde esos primeros aprendizajes y rupturas. Ahora, cada vez más las mujeres nos incorporamos al mundo laboral, ganando nuevas y mejores posiciones, generando excelentes resultados en las áreas en las que nos desempeñamos, emprendiendo de acuerdo con nuestros deseos y necesidades, y modificando el concepto tradicional de poder en las familias y en los negocios.

Vivimos un cambio de época y muchos cuestionamos el sistema de creencias alrededor de varios temas como la vida en pareja, la independencia económica de las mujeres y su rol de cuidadoras de la familia; un proceso que nos confronta y que hace sentir, principalmente a las mujeres, culpa, desequilibrio y frustración, entre un amplio arco iris de emociones que muchas veces nos cuesta digerir y comunicar abiertamente.

Los cambios nunca son fáciles de transitar, ni a escala personal ni social. Pero estos llegan por más que nos resistamos. Necesitamos modificar esos convencionalismos sobre los roles de lo masculino y lo femenino; así como el poder unidireccional y autoritario, y las relaciones opresivas que surgen de este.

La gran ventaja de estos procesos de cambio es que nuestras relaciones se vuelven más reales y honestas; establecemos modelos más saludables para vincularnos y sobre todo que ayudamos a mostrar con el ejemplo a las nuevas generaciones, para que ellas a su vez reconozcan su capacidad, sus derechos, y establezcan límites sanos.

Todo esto nos deja como resultado un concepto de poder más amplio; uno que viene de adentro, más equilibrado, fluido y menos opresor.

La herida de la que estamos hechos

El Salvador está roto. Roto desde hace demasiado tiempo. No hemos querido explorar esa herida de la que está hecho este país. Muy pocos nos interesamos por ella, y los que lo hacemos intuimos que es por ahí, en ese espacio de dolor, vergüenza y culpa, donde están muchas de las claves para salir del infierno en el que diariamente viven miles y miles de salvadoreños.

En esa herida profunda, podrida y descuidada, nacen y crecen niños y niñas, cada día, que se convierten en miles cada año y en millones a lo largo del tiempo. Una buena parte ha fallecido víctima del abandono y de la violencia, otros han huido o viven como esclavos de redes de trata y prostitución. Algunos logran insertarse en algún espacio laboral y otros intentan reconstruir sus vidas fuera de esta tierra; mientras algunos se convierten en delincuentes.

Lo más increíble de este pequeño país es que todos los días podemos ser testigos de la fortaleza de esas miles de personas que, a pesar de las duras circunstancias, deciden sobrevivir, levantarse y hacer lo que tengan que hacer –aunque eso signifique ir en contra de su misma gente– para darle sentido a sus vidas.

Vivimos distraídos de la realidad de los otros. Nos creemos diferentes y algunos piensan que “son los buenos” y el resto los malos. Pero esas diferencias pasan únicamente por cuánto dinero se tiene, por los títulos o cargos obtenidos o por la zona en la que viven y, también, por el color de la piel. Diferencias ridículas en un país tan pequeño, pero que hacen muchísimo daño al tejido social, a la construcción de confianza que debería existir en un lugar con una historia tan común, tan clara y transparente que muestra que todos, indistintamente, tenemos cuotas de responsabilidad, unos más que otros, por lo que hemos construido.

En El Salvador, los paradigmas acerca del trabajo, el dinero, los indígenas, izquierdas y derechas, la vida y la muerte, el color de la piel, entre otros, están presentes en cada uno de nosotros; y los vivimos la mayoría de las veces sin hacernos conscientes de lo que decimos, de las decisiones que tomamos y de cómo estas afectan directa y profundamente a otros. Los salvadoreños nos tomamos a pecho las ideologías y hemos sido y aún somos capaces de matar en nombre de esas “creencias” tóxicas con las que hemos construido el ideario de “nación”.

Los salvadoreños nos distraemos pensando en exceso, hablando en exceso, sin reflexionar, sin evaluar, sin intentar observar, mucho menos comprender la realidad de otros, esos que consideramos tan diferentes y que juzgamos tan fácilmente.

Gritamos que deseamos paz, seguridad y trabajo. Pero nos olvidamos que esas tres aspiraciones son imposibles si para obtenerlas tenemos que aprovecharnos de los demás; si tenemos que sacrificar a muchos para el beneficio de pocos. Si construimos muros y barreras para creer que así estaremos seguros, cuando en realidad lo que hacemos es aislarnos.

¿Cómo nos humanizamos? ¿Cómo entendemos en profundidad que detrás de cada persona, cada empleado, cada socio, colaborador o aliado hay historias personales de dolor, de lucha, de ilusiones? ¿Cómo entendemos que detrás de cada mujer y de cada hombre, con los que entramos en algún tipo de relación, existen hijos, familias que requieren atención, tiempo, compañía y respeto, y que sin esa dedicación las familias se diluyen y se dañan, y con ese daño estamos sembrando más dolor en esta sociedad? ¿Cómo entendemos de una vez por todas que solo el trabajo y solo el dinero no construyen tejido social, no alimentan las buenas relaciones, si detrás de ellos está el estrés, el esfuerzo extremo, el maltrato y el irrespeto?

¿Cómo reconstruimos a esta nación?

Fluir en el tiempo, como la naturaleza

Los griegos utilizaban dos conceptos acerca del tiempo: Kronos y Kairos. Kronos como la “medida” lineal del tiempo; y Kairos como la “participación” en el tiempo. Nuestras vidas en la actualidad están regidas por el primero que se expresa a través del reloj, los horarios, el estrés provocado por el hacer excesivo; y el permanecer ocupados y preocupados tratando de cumplir con él, olvidándonos de estar verdaderamente presentes.

Kronos cuadricula, y aunque efectivo, si Kairos no se incluye, corremos el riesgo de perder el disfrute de lo que hacemos. Vivir desde Kronos es correr, estar adentro de los esquemas y atados. Vivir a través de Kairos es participar, implicarse, fluir y renovarse en el proceso.

Kairos es como la naturaleza, que siempre está concentrada en su constante renovación. Hace algunos años me acerqué a la naturaleza y empecé a comprender sus ciclos. Me alegraba cuando todo florecía, y me entristecía cuando lo verde y colorido empezaba a envejecer y morir. En aquel entonces, no entendía que ella se mantiene en un ciclo constante de renovación y renacimiento; en ese “tiempo sin tiempo”, en un fluir que se asemeja a una espiral que gira y avanza lenta y constantemente.

Los humanos nos hemos desconectado de ese estar “dentro” del tiempo, y nos hemos casado con la idea de que este nunca se detiene; perdiendo energía valiosa en una lucha incesante para que la vida se mantenga en línea recta y sin desviaciones.
La energía se dispersa cuando perseguimos aquello que “otros” nos dicen que debemos alcanzar; cuando creemos que el “tiempo” se nos acaba y corremos detrás de él en lugar de ir por nuestros sueños, ideas y motivaciones. Y la energía se renueva cuando reconocemos los ciclos naturales del espacio que habitamos, y aprendemos a descansar para reponernos.

Pensadores, escritores y filósofos han hablado de ese fluir durante siglos: “Sé cómo un árbol, deja que las hojas muertas se caigan”. “…planta tu jardín y adorna tu alma…”. “Adopta el paso de la naturaleza: su secreto es la paciencia”. “El secreto no es correr detrás de las mariposas, es cuidar el jardín para que ellas vengan a ti”.

Las claves para fluir en el tiempo se expresan en la naturaleza. La tierra que recibe la semilla, el viento, el sol, las aves e insectos que movilizan lo necesario para que esa semilla se alimente y crezca; la lluvia que llena de vida las profundidades; los frutos que se ofrecen una y otra vez hasta que llega el momento de cerrar un ciclo y dar paso a una nueva fase.

Entender la naturaleza es comprender el manejo del tiempo; porque en ella todo llega en su justo momento. Como señala la analista junguiana Jean Shinoda Bolen: “Todas y cada una de las cosas que existen en la naturaleza pertenecen a su grupo particular con el que comparten semejanzas, al tiempo que cada una es en sí misma única; en ningún caso hay dos ejemplares idénticos. Sin embargo, cada una de ellas florece o fructifica junto con las demás, cuando llega su temporada”.

Uso equilibrado de redes sociales, un modelo

Las redes sociales irrumpieron en nuestra vida y en menos de 20 años han modificado la forma en cómo nos comunicamos, hacemos negocios y nos relacionamos. Con esa revolución también llegaron las crisis y los problemas.

Vivimos en la era de la información y de la transparencia. Casi todo está disponible en la web, y hemos actuado inocentemente al compartir ideas y datos, facilitándoles a quienes saben cómo manipular esas referencias para su uso en campañas políticas y comerciales.

Afortunadamente tenemos información acerca del impacto de esas herramientas. Por ejemplo, sabemos que nuestros cerebros están desarrollando nuevas y superficiales “avenidas” neuronales que afectan la capacidad de concentración, debido a la posibilidad que ofrece internet de saltar de un vínculo a otro. Asimismo, a muchos niños se les dificulta experimentar empatía debido al excesivo uso de dispositivos móviles que bloquean el ejercicio de sus habilidades para relacionarse y percibir lo que otros sienten.

Problemas de reputación y conflictos en las relaciones de pareja, personales y profesionales son el día a día de las redes sociales. Compartimos en exceso nuestra información y creemos que eso es comunicación, o que vamos a cambiar al mundo expresando lo que pensamos, aunque ello no implique la movilización requerida para modificar la realidad que está fuera de esos espacios.

La comunicación es un tema complejo. Antropólogos y otros científicos han demostrado que las peores herramientas para comunicarse son los mensajes de texto y las redes sociales, porque afectan la percepción de aspectos vitales para que se produzca una comunicación efectiva, como el tono de voz y el lenguaje no verbal.

En la búsqueda por entender a quienes hacen un uso equilibrado de redes sociales, modelé a individuos a través de herramientas de programación neurolingüística y neurosemántica.

El modelaje es utilizado en “coaching” para identificar elementos clave que utiliza una persona que se desempeña con excelencia en una determinada actividad. Al aplicarlo se obtiene una fórmula que establece qué hace, qué siente, qué se dice, en qué entornos lo hace, así como valores y propósitos profundos de ese individuo. Esas pautas pueden utilizarse luego para el desarrollo de otras personas.

En el proyecto definí que el “uso equilibrado” de redes sociales se daba cuando una persona era capaz de divertirse o informarse con ellas, y tenía a la vez la capacidad de guardar, sin experimentar angustia, su dispositivo móvil para dedicarse a otras actividades, como sus responsabilidades laborales, o para pasar tiempo de calidad con sus relaciones más significativas.

Encontré que estas personas tienen características similares: disfrutan de esas herramientas porque les permiten conectar con otros y descubrir contenido valioso. Además, les facilitan enterarse de noticias de interés para ellos. Tienen claro que la “vida” en esos espacios es irreal, que las redes sociales son solo herramientas y que pueden ser adictivas si no se está consciente de sus ventajas y desventajas. Y creen que al hacer un uso excesivo se generan conflictos innecesarios que afectan su entorno, su reputación y sus familias.

También, mantienen un diálogo interno que pone por encima los valores que han escogido para sus vidas: aprecio de la intimidad, cuido de sus familias, y la aspiración de ser percibidos como individuos inteligentes, equilibrados y que evitan el exhibicionismo. Estos valores facilitan poner a un lado esas herramientas cuando es necesario dedicarse a otras actividades.

Es innegable el impacto y las posibilidades que ofrecen las redes sociales. Pero para aprovecharlas, es aconsejable equilibrar el uso que hacemos de ellas. Para esto es vital definir por qué las utilizamos, cuáles son nuestros valores, así como estimar potenciales riesgos en su uso excesivo.

Poder ciudadano

Los salvadoreños necesitamos vernos a nosotros mismos y al país de forma diferente. Debemos dejar de pensar y creer que al país lo definen únicamente el actuar de los políticos o la delincuencia. Precisamos vernos como ciudadanos con capacidad de hacer y de exigir a quienes hemos designado para que gestionen el destino político, económico y social de la República.

Solo por medio del pago del IVA, los ciudadanos le generamos al Estado, según datos del Ministerio de Hacienda, un millonario ingreso que, en 2016, por ejemplo, ascendió a más de $1,800 millones. Eso sin contar que, por medio del voto, cedemos parte de nuestra cuota de poder a alcaldes, diputados y al presidente de la República.

Lo anterior representa poder ciudadano. Los salvadoreños necesitamos asumirlo si en realidad nos interesa formar parte de la solución a nuestros problemas de nación y dejar de ser simples espectadores.

Ejercer el poder ciudadano es un derecho, pero también conlleva una cuota de responsabilidad, en la que es necesario que cada uno asuma el rol de corresponsable del país que construimos día a día. Nuestras acciones en lo individual talvez no sean visibles; sin embargo, en la suma de ellas es donde radica la posibilidad de cambio para El Salvador.

Para nadie es un secreto que el sistema político salvadoreño se encuentra en cuidados intensivos y que es urgente sembrar la semilla de la cual nazca un sistema político nuevo, transparente y efectivo, que responda a intereses más diversos e inclusivos.

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, dijo Einstein, y por eso creo que el cambio que este país necesita solo será posible si los ciudadanos asumimos el rol que nos corresponde.

Pero ¿qué significa asumir ese rol? Considero que pasa por reconocer nuestro aporte en el desarrollo de la sociedad que habitamos. Siendo conscientes del impacto de nuestras decisiones, tanto en nosotros mismos como en los demás, cuando respetamos o irrespetamos la ley, o cuando caemos en la tentación de actuar con impunidad porque otros también lo hacen.

Abrigo la esperanza de que un día entendamos que el poder en un país, en una comunidad o en una familia es compartido. Y cada individuo que conforma esos grupos tiene una porción del poder que debe ejercer con seguridad y respeto para sí mismo y para el resto de miembros, asumiendo un rol activo en la solución de los problemas que afectan a las mayorías.

Entiendo también que no todos pueden asumir esa postura activa. Hay demasiados salvadoreños que están en situación de supervivencia y es también por ellos que quienes disfrutamos de mejores condiciones debemos actuar responsable y conscientemente desde nuestros espacios y exigir objetivamente a quienes dirigen el país, sin importar el color de su partido político o de su ideología.

El Salvador no le pertenece a un solo grupo. Un ciudadano lo es sin importar su religión, su condición económica y social o su preferencia política o sexual. “Todas las personas son iguales ante la ley”, al menos eso declara la Constitución de la República que tanto decimos respetar.

La clave está en dejar la comodidad del espectador, que solo se ríe, se burla o llora. Dejar de seguir a quienes promueven posiciones extremas que solo nos dividen, porque en el equilibrio radica el respeto y la paz. Ser conscientes que nuestras acciones en lo individual generan impacto cuando sumamos a todos los ciudadanos. Así como escribió Tolstói a Gandhi en su célebre “Carta a un hindú”: “No solo resistas al mal, no participes de él…”

El espírito emprendedor

Me tomó casi diez años emprender mi negocio. De pequeña aprendí que debía conseguir un trabajo, esforzarme mucho, no provocar problemas; y así, podría “sobrevivir” en un mismo lugar hasta jubilarme. Esa era la forma en que buena parte de las generaciones pasadas cubrían sus necesidades de seguridad y logro. Sin embargo, en pleno siglo XXI, esta idea, de seguridad permanente, está alejada de lo que sucede laboralmente.

El mundo está automatizándose cada vez más, las máquinas aparentemente son más eficientes en el trabajo que los humanos y no tienen necesidad de parar en ningún momento del día. Esa es la idea de progreso que impera. Nada justa, pero así opera.

Esto sumado a las nuevas y diversas formas de entender el trabajo, el propósito de vida y las pasiones personales, ha facilitado que los individuos decidamos buscar la independencia, emprender y probar nuestras ideas.

Sin embargo, emprender requiere de una serie de habilidades y marcos de pensamiento que permitan, a quienes lo hacen, mantenerse llenos de recursos mentales y emocionales para gestionar los desafíos de iniciar de cero un negocio, o administrar simultáneamente las responsabilidades de un trabajo a tiempo completo y los esfuerzos por emprender.

Cambiar la idea de vivir una vida entera como empleada me fue difícil. Tenía miedo y me faltaba confianza en mis habilidades. Pero la incomodidad de permanecer desarrollando un trabajo sin un propósito con un alto significado para mí, fue más fuerte.

Hoy, con el camino recorrido, me gustaría compartir algunas claves que me sirvieron en el proceso para desarrollar mi espíritu emprendedor.

La primera, fue conocerme a mí misma y atender la voz de mi intuición. No sabía qué quería, solo podía reconocer que no estaba satisfecha y que necesitaba un cambio.

En este proceso de conocerme empecé a albergar la idea de la independencia y, además, reconocí esas habilidades profesionales y personales que me servirían si en realidad deseaba iniciar mi propio negocio.

La segunda clave fue gestionar la incomodidad. Agradezco a esas personas que me escucharon y que me hicieron las preguntas correctas que me llevaron a reflexionar y tomar las mejores decisiones en esos momentos. Algunas preguntas fueron: ¿Adónde irás si renuncias ahora? ¿Cómo están tus finanzas para cubrir al menos seis meses sin tener clientes? ¿Cuáles son tus compromisos actuales y cómo piensas cubrirlos? ¿Qué es exactamente lo que quieres hacer? ¿Para qué deseas ser independiente? Al responder entendí que mi tiempo no había llegado aún. Y eso me llevó a la tercera clave.

Ocuparme en lugar de preocuparme. Decidí continuar con mi trabajo y hacer un esfuerzo adicional para dedicar tiempo y desarrollar un plan detallado. Investigué acerca de cómo me percibían otros, qué cualidades me veían y si estarían dispuestos a pagar por ellas, escribí mi primera idea de negocio siguiendo una guía básica. Leí mucho sobre vidas con propósito y empecé a responderme para qué y por qué quería independencia.
Así llegué a Voces Vitales. Creyendo que iba a “donar” tiempo, a “aportar” al desarrollo de otras mujeres. Nunca me imaginé que la que más ayuda recibiría sería yo. Porque escuchar una y otra vez las historias de mujeres emprendedoras, apasionadas con sus negocios y sus ideas, a pesar de las dificultades, fue la mejor vitamina que pude encontrar para mi alma libre.

Ahora disfruto el espíritu emprendedor, ese que te pide dar un salto cada día. No al vacío, sino uno que tenga la inspiración de un propósito y un sentido de contribución. Porque este significado es lo que me motiva a continuar a pesar de los desafíos presentes en cada momento y en cada fase de la vida.