Donde el régimen de Ortega no ha podido penetrar es en los medios

Sergio Ramírez, escritor
Sergio Ramírez, escritor

Sergio Ramírez llegó a un salón del piso 15 de un hotel de San José, Costa Rica. Era la mañana del viernes 17 de mayo, el último día del Festival Centroamérica Cuenta, celebrado desde 2012. Al fondo casas y edificios, pero más al fondo, cubierta de nubes, la Cordillera Volcánica Central, que atraviesa 80 kilómetros de este país.

No es casualidad que el festival, que siempre se realizó en Nicaragua y es organizado por un equipo al que pertenece Ramírez, tuviera como sede para 2019 Costa Rica. El año pasado, la sexta edición fue suspendida por la crisis política nicaragüense que estalló el 18 de abril, pero esto no calló a las letras. La nueva edición del festival fue paralela a la Feria Internacional del Libro de San José, y como por costumbre, volvió a juntar en una semana a escritores, periodistas y académicos.

Ramírez es un escritor de 76 años con una vasta trayectoria literaria. Se ha agenciado prestigiosos premios otorgados a escritores en lengua española, como el Premio Internacional de Novela Alfaguara (1998), Premio Casa de las Américas (2000) y el Premio Cervantes (2017).

También tiene un pasado político. En 1977, en este país donde atendió la entrevista, comenzó a encabezar el Grupo de los Doce, como una respuesta contra la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, el último Somoza que gobernó Nicaragua hasta julio de 1979 y quien se fue del país con el triunfo de la revolución sandinista. El grupo estaba integrado por empresarios, intelectuales y sacerdotes, y era apoyado por el Frente Sandinista para la Liberación Nacional (FSLN), del cual él ya es disidente.

Ramírez conoce de cerca a Ortega. Junto con él y otros cuatro nicaragüenses conformaron en 1979 un gobierno transitorio llamado la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, que tenía como misión reconstruir a una Nicaragua que había atravesado una dictadura de casi medio siglo. Y de 1985 a 1990 fue su compañero de fórmula, como vicepresidente de la república.

«Son dos etapas muy diferentes», precisó al consultarle sobre cómo ve a la Nicaragua gobernada por el mismo presidente en dos periodos marcados por 16 años de diferencia. Para él, desde que Ortega volvió al poder en 2006, intentó contentar a la población con donativos y «paliativos» por medio de la cooperación venezolana y el dinero del petróleo proveniente de Venezuela, y logró, además, un pacto con la empresa privada y cierto grado de estabilidad política y económica.

Ramírez consideró al gobierno orteguista un «caudillismo cualquiera», además de neoliberal. Un gobierno que pensó que a causa de sus acciones, la población no iba a percibir la ausencia de democracia, ni la falta de libertades públicas, que no iba a registrar las crecientes agresiones contra los movimientos populares y el «candado» contra las universidades estatales para que los estudiantes no se movilizaran. Antes de este escenario, dijo Ramírez, faltaban «pocas chispas» para que todo estallara.

La investigación periodística #Petrofraude, realizada por CONNECTAS en alianza con cinco medios de comunicación, incluido LA PRENSA GRÁFICA, reveló que Nicaragua es el país más beneficiado con Petrocaribe, una alianza petrolera con 14 países afines a Venezuela, creada por Hugo Chávez en 2005.

Tras analizar documentos y consultar diversas fuentes, el equipo de periodistas estableció que bajo un esquema de compensación –que consistía en exportar productos alimenticios a cambio de petróleo–, Nicaragua recibió hasta junio de 2018 más de $3 millones en préstamos petroleros y exportó productos que representaron casi el 80 % de los montos en ese mecanismo, a través de ALBA Alimentos de Nicaragua (Albalinisa). Esto, según los hallazgos, hizo que Ortega sostuviera buenas relaciones con organizaciones agropecuarias vinculas al FSLN, con empresarios locales agroindustriales y centroamericanos.

Ya cuáles son los alcances de la democracia (en El Salvador), si la democracia produce bienestar social, si produce justicia, si produce equilibrios sociales, si la democracia es capaz de acabar con esta realidad oscura de las pandillas juveniles, de la corrupción, del narcotráfico. Eso depende la habilidad del gobernante.

El detonante de la crisis, la polémica reforma al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social, incluía el aumento de la tasa de contribución de los trabajadores y empleados. La más cuestionada: los jubilados tendrían que aportar el 5 % del dinero que recibieran de pensión.

Días antes del estallido de la crisis, los jóvenes también habían protestado, recordó Ramírez, en referencia a las acciones que tomaron debido al incendio Reserva Biológica Indio Maíz, que acrecentó el malestar social. Ese incendio no fue atendido de inmediato por el Gobierno y duró 10 días. Arrasó más de 5,000 hectáreas. Los jóvenes, dijo Ramírez, le reclamaron al orteguismo por la pasividad para proteger las áreas forestales en riesgo.

«Estos fueron simplemente detonantes de un malestar muy grande que había, sobre todo, en los jóvenes», sostuvo. Agregó que las nuevas generaciones en Nicaragua están repitiendo en 2019 el itinerario de la resistencia del año pasado, ya que conmemoran los «hitos» de las movilizaciones que comenzaron en abril. Esto lo consideró importante, porque la gente se motiva a continuar con la lucha.

Sergio Ramírez, escritor

El 30 de mayo pasado, por ejemplo, se celebró una misa en la catedral de Managua para conmemorar el asesinato de 19 jóvenes a manos de policías y paramilitares en la llamada «Madre de todas las marchas», la mayor marcha realizada en Nicaragua contra la dictadura Ortega-Murillo desde que comenzó la crisis y que fue convocada por madres que hasta entonces habían perdido a sus hijos.

Desde el 28 de septiembre de 2018 las marchas fueron ilegales, lo que viola el derecho constitucional de las manifestaciones pacíficas. Ramírez opinó que desde entonces ha habido «prudencia en la lucha», ya que la gente quiere prevenir más daños, pero eso no significa que esta lucha esté enterrada. Sin embargo, según el escritor, al haber oportunidad de salir a las calles, la gente lo hará y por miles.

A pesar de la represión, los nicaragüenses comenzaron el uso de una serie de códigos para protestar, como lanzar globos azules y blancos a las calles, los colores de la bandera del país; y en el caso de las mujeres, y algunos hombres, a pintarse los labios con labial rojo. Esto es conocido como «pico rojo» y se hizo famoso en octubre del año pasado, cuando Marlen Chow, una socióloga organizada, se pintó de labial rojo los labios en señal de protesta dentro de la cárcel El Chipotle, donde ella y otras 37 personas fueron llevadas por exigirle al Gobierno que liberara a los presos políticos.

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Medios sin trabas ni cortapisas

El Gobierno y la Alianza Cívica –conformada por estudiantes, agricultores, ambientalistas y empresarios– negociaron en marzo pasado la liberación de los presos políticos. Ortega incumplió la promesa de liberarlos en mayo y el 11 de junio sacó de la cárcel a 54, tres días después que la Asamblea Nacional aprobó una propuesta exprés de Ley de Amnistía que perdonaba las violaciones a derechos humanos ocurridas en el marco de la crisis.

La Alianza Cívica denunció que todavía falta por libertar a otros 89 presos. El plazo consensuado para hacerlo venció el pasado martes. Sin embargo, un mes antes de estos hechos, Ramírez señaló que las únicas armas de la Alianza Cívica eran la moral y la ética, y si el orteguismo no cumplía con lo que acordó, tocaría seguir presionando. Las negociaciones nunca son fáciles, dijo, más si se trata de un régimen que quiere dilatarlas hasta 2021 –el año de las elecciones– porque no quiere abandonar el poder, sino realizar comicios amañados. Mientras que a la comunidad internacional le compete estar vigilante de lo ocurra en Nicaragua.

Por otra parte, agregó, existe una población desencantada que ya no respalda la fórmula de Ortega-Murillo, sino que quiere ver elecciones libres, presos políticos liberados, el regreso de los nicaragüenses exiliados y el funcionamiento de los medios de comunicación «sin trabas ni cortapisas».

La noche del 13 de diciembre, la policía entró a la fuerza a las instalaciones del periódico El Confidencial, donde también eran producidos los programas «Esta noche» y «Esta semana», medios críticos del régimen dirigidos por Carlos Fernando Chamorro, hijo de la expresidenta nicaragüense Violeta Barrios de Chamorro. Los policías incautaron computadoras y equipos a periodistas.

«Saquearon nuestra redacción. Un ataque brutal contra la libertad de prensa y libertad de empresa», denunció Chamorro en su cuenta de Twitter la mañana del siguiente día de los hechos. En la misma publicación hizo responsable de ello a Daniel Ortega, por ser el jefe de la policía nacional.

Sergio Ramírez, escritor

Chamorro fue a reclamar por el equipo incautado dos días después de estos hechos a la Policía Nacional de Nicaragua, ubicada en Managua, pero él y el grupo que le acompañaba fueron reprimidos. Días después, en enero, se exilió en Costa Rica.

A finales de diciembre también fueron allanadas las instalaciones del Canal 100 % y fueron detenidos Miguel Mora y Lucía Pineda, director y jefa de Información de este medio independiente. Fueron acusados de provocación, proposición y conspiración para cometer actos terroristas, y liberados el pasado 11 de junio.

A estos ataques de la prensa se suman la retención de papel para las ediciones de los periódicos impresos La Prensa y El Nuevo Diario, que siguen funcionando con pocos recursos. Más los periodistas, que como Chamorro, se han ido al exilio.

«Donde el Gobierno no ha podido, el régimen no ha podido penetrar, es en los medios, en las redes sociales. Una batalla perdida. Busca cómo contrarrestar control con mentira, con redes falsas, pero ahí está la fortaleza de la difusión de noticias que el régimen quisiera no escuchar», apuntó Ramírez.

De acuerdo con el escritor, la democracia en Nicaragua sufre una amenaza muy grave, porque los medios de comunicación no están funcionando como deberían. Señaló que el hecho que de haya periodistas exiliados lanza una voz de alerta sobre la manera que los mismos medios deben fortalecer sus posibilidades de penetrar en la gente con una alternancia en las redes sociales –menos vulnerables a estos ataques–, dijo, y a acostumbrar al público a informarse con estas plataformas.

Desde que estalló la crisis en Nicaragua, las redes sociales han sido los medios desde los cuales los ciudadanos se han informado, organizado y denunciado la represión del régimen, incluidos los periodistas y académicos. Fue usual ver circulando el #SOSNicaragua en referencia a la señal de socorro. También hubo mujeres y hombres con «el pico rojo» que subían sus fotografías a redes sociales.

A inicios de julio del año pasado, hubo un video que se hizo viral. Eran dos universitarios detrás de una barricada en Managua. «Mamá, mamá, perdóname. Salí a defender mi patria. Te amo», decía una joven llorando. «Si logra ver esto, díganle que la quiero mucho, y que no me arrepiento de nada», le secundaba otro joven con la mira asustada, mientras al fondo se escuchaban gritos y disparos.

La Iglesia católica también ocupó las redes sociales para denunciar. El ex obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua Silvio José Báez lo hizo a través de un Facebook Live con 100 % Noticias, el 27 de abril. Habló, llorando, sobre las torturas a los jóvenes luego de ser capturados por el régimen de Ortega.

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La democracia en El Salvador

Sergio Ramírez, además, se refirió a la realidad salvadoreña previo a la toma de posesión de Nayib Bukele como presidente de la república. Sobre él dijo que «tiene una personalidad muy explosiva, muy especial», pero no tiene la posibilidad de imponer sanciones a los medios de comunicación, como en Nicaragua, o quemar radios, cerrar televisoras, exiliar o encarcelar a periodistas, porque en El Salvador funciona un sistema institucional diferente al del régimen orteguista, y si esto ocurriera, no sería tolerado por la sociedad.

Sin embargo, aclaró que nadie está conforme con que exista un choque entre el poder político del gobierno y los medios de comunicación. «Los medios de comunicación, en cualquier contexto, tienen que desarrollar libremente su misión, que es informar y ser críticos. Sin una prensa crítica no hay democracia y yo espero que el nuevo gobierno de El Salvador va a amoldarse a esta realidad», dijo.

En los primeros días de su gestión, Bukele comenzó a usar su cuenta de Twitter como el medio de comunicación unidireccional. Desde el 1.º de junio, cuando fue juramentado como presidente de la república, dio su primera orden a través de esa red. Fue a la Fuerza Armada y consistió en retirar el nombre del comandante del batallón Atlacatl, acusado de perpetrar la masacre en El Mozote, el coronel Domingo Monterrosa, del Cuartel de la Tercera Brigada de Infantería, en San Miguel.

Luego siguieron otras órdenes relacionadas con despidos de familiares de funcionarios o exfuncionarios del FMLN, según Bukele, de diferentes instancias del Gobierno.

Desde afuera de El Salvador, Ramírez dijo que la expectativa de este nuevo gobierno es que la democracia funcione, que el voto popular sea respetado, como lo ha sido desde la firma de los Acuerdos de Paz. Y sostuvo que la misma elección de Bukele es un signo de funcionamiento de la democracia, porque es un tercer candidato que se ha impuesto sobre las fuerzas políticas tradicionales del país, ARENA y el FMLN.

Es una población desencantada (la nicaragüense), que no respalda más esta fórmula (Ortega-Murillo), no respalda más al régimen y quisiera ver unas elecciones verdaderamente libres, quisiera ver a los presos políticos liberados, quisiera ver el regreso de todos los exiliados, el funcionamiento, otra vez, de los medios de comunicación sin una clase de trabas o cortapisa.

Además, el escritor apuntó que él quisiera ver cada vez mejores gobernantes, pero sin los mecanismos de la democracia no se puede hablar de esto. «Ya cuáles son los alcances de la democracia (en El Salvador), si la democracia produce bienestar social, si produce justicia, si produce equilibrios sociales, si la democracia es capaz de acabar con esta realidad oscura de las pandillas juveniles, de la corrupción, del narcotráfico. Eso depende la habilidad del gobernante», señaló.

La postura de Bukele frente al problema de las pandillas es la represión. El 12 de junio, el director de la Policía Nacional Civil, Mauricio Arriaza Chicas, dijo que el mandatario le había dado la orden de reprimir la violencia, y que por su parte, el Gobierno se dedicaría a la prevención.

El pasado martes, el presidente montó una conferencia en la que anunció medidas que incluiría en el Plan de Seguridad presentado a la Asamblea Legislativa. Entre ellas, cortar la comunicación de los reos en centros penales, hacia el exterior, una medida ya implementada tras la aprobación de las medidas extraordinarias. Además, atacar a los financistas de pandillas. Ese día por la noche, subió a Twitter una fotografía donde aparecía reunido con las autoridades de Seguridad Pública y dijo que el jueves a media noche comenzaría el «Proyecto control territorial», que consiste en desplegar a policías y militares en zonas con alto índice de delincuencia.

Mientras que el jueves las autoridades decretaron estado de emergencia en los 28 centros penales del país y el viernes hubo traslado de 1,041 reos a diferentes cárceles, según informó en un comunicado de Twitter la cuenta de la Secretaría de Prensa de la Presidencia.

Pero sobre el combate a la corrupción, hasta el momento, Bukele no ha manifestado ninguna propuesta concreta, pese a los antecedentes por corrupción que tiene el país. Hay un expresidente encarcelado por lavado de dinero (Elías Antonio Saca, 2004-2009), mientras que el primer presidente de la izquierda, Mauricio Funes, acusado de delitos de corrupción, es prófugo de la justicia y se asila en Nicaragua.

Sergio Ramírez, escritor

Autovaloración tres: El Salvador

En 1967 me encontré en la disyuntiva de escoger entre dedicarme al género literario de la poesía o a la novela. La primera no me permitió realizarla a cabalidad debido a circunstancias extraliterarias, y por escribir en un contexto de escasa atención a este género. Con la novela, tuve mayor realización.

Antes, hice el intento de incursionar en otro género cercano al público. Solo llegué a rasguñarlo: el teatro. Participé como actor secundario en la obra “Alondra” de Jean Anouilh. Asistí como estudiante, malo por cierto, a las clases de André Moreau, de quien gané, por lo menos, descubrir el teatro escrito. Mi pánico escénico no permitió desarrollarme como actor pero sí concentrarme en el teatro leído, desde los clásicos griegos hasta los contemporáneos, entre ellos Arthur Miller, Tennessee Williams, Henrik Ibsen, Samuel Beckett, O’Neill, y muchos más. Una época de mucho teatro en las librerías.

En 1965 cerré mi ventana poética y coincidió con el gané del Premio Rubén Darío, organizado por Nicaragua-Costa Rica. Había decidido dedicarme a la novela. Aunque tuve un gran estímulo en 2007 cuando me publicaron “Poesías completas”, Editorial Hispamérica, Universidad de Maryland. Poesía del pobrecito poeta joven que fui.

Llegué a la narrativa por casualidad. Eso fue al encontrarme, mientras me pelaban, en una barbería un ejemplar de House & Garden, el cuento de un autor estadounidense para mí desconocido: J. D. Salinger. El título del cuento era “Hace un buen día para cazar el pez banana”. Recibí un impacto tremendo, aprendí que un relato podía ligarse a la poesía, desplegada en lenguaje con más libertad, con las mismas emociones sin los límites lingüísticos del poema debido a las exigencias de impactante brevedad. Salinger me hizo escribir mi primer cuento: “El nombre” (Revista Vida Universitaria, 1965). Luego intenté otros cuatro cuentos publicados en las revistas Cultura, dirigidas por Claudia Lars; y en “La Universidad”, dirigida por el inolvidable Italo López Vallecillos.

Entonces me interesé en descubrir libros de Salinger y lo logré en inglés: “Nine Stories”, “Nueve cuentos” y confirmé lo que había previsto, las emociones en un cuento no son menos que en la poesía. Esto coincidió con el aparecimiento de los escritores del boom latinoamericano, en especial Vargas Llosa (“La ciudad y los perros”), Julio Cortázar (“Rayuela”), y García Márquez (“Cien años de soledad”). En los dos primeros encontré el camino hacia la novela de más extensión que el cuento. Vargas Llosa por la realidad narrativa y Cortázar por cómo lo narra. Realidad predominante en el primero. Poesía narrada en el segundo.

Así me propuse tirarme al ruedo narrando con los instrumentos poéticos que más conocía. Antes consulté con Claudia Lars su parecer en caso que yo escribiese un poemario novelado de tipo histórico. La respuesta de la “madre” Claudia fue cortante: “Me parece mal, la poesía es una amante celosa y no admitirá que coquetees con otro género”. Y escribí mi primera novela: “El valle de las hamacas”, con la cual gané un premio único centroamericano en Costa Rica, que tendría el privilegio de ser publicado en la mayor editorial de habla hispana de ese entonces, Sudamericana de Buenos Aires, donde habían publicado los escritores del boom. Mejor suerte, ninguna.

De “El valle de las hamacas” recibí dos críticas al nuevo novelista de Centroamérica: de Mario Monteforte Toledo, novelista guatemalteco “yo soy novelista, pero tú con una novela has llegado más alto”; y de nuestro Salarrué: “Por fin tenemos a un novelista en El Salvador”, me dijo. Creo que se refería a que toda nuestra generación se dedicaba por completo a la poesía. Ambos maestros resaltaban el hecho de ser publicado en Argentina.
Comenzaba con pie derecho. Recuerdo que luego de la publicación me enviaron dos comentarios de prensa de Buenos Aires, uno desfavorable: “Argueta demuestra en esta novela que no tiene nada que decir”. Fue un reto, pues si un escritor tiene mucho que decir es un centroamericano, por la historia de la región, por sus realidades inimaginables que no requieren inventar.

Y otro fue favorable, después me di cuenta de que se trataba de quien sería futuro Premio Nobel: Camilo José Cela, este analizaba a un escritor joven desconocido de una región desconocida. En ese entonces no conocía al novelista español porque era nula la presencia literaria española en América Latina, quizás debido a la dictadura franquista que semejaba a las dictaduras centroamericanas de censura y represión de la palabra.

Luego viajé obligado a Costa Rica, con apenas una novela escrita, y la pena de abandonar El Salvador en contra de mi voluntad. Solo cargaba mi oficio de poeta. Ya habituado al país hermano pensé que podía escribir la segunda novela y lo hice entre muchos avatares: “Caperucita en la zona roja”, premio latinoamericano, Casa de las Américas. Así me di cuenta que podía ser novelista, pues aún dudaba si la poesía predominaba en mi novela, género que requiere personajes y contar cosas.

Siete años con deseos de visitar El Salvador, 1979, me doy cuenta de los riesgos, y me apena haber escrito solo dos novelas. Antes del viaje escribí de manera relámpago una tercera novela, aprovechaba un certamen nacional de UCA Editores. Escrita en apenas tres meses, “Un día en la vida”. Gané ese premio y retorné a Costa Rica, prefería mi oficio de novelista. Ahí escribí mi cuarta obra: “Cuzcatlán donde bate la mar del sur”.

Estos dos libros fueron publicados en inglés en una de las cinco editoriales más grandes de los EUA, Random House; y la segunda, además, publicada en Hogarth Press, Londres, editora de los clásicos ingleses, que perteneció a Virginia Woolf (personaje de “Las Horas”, con Nicole Kidman).

No cabe duda, he sido privilegiado como escritor y gracias a ello conozco el mundo. En 1993 retorno a residir en El Salvador, 20 años ausente. Esto me impulsó a conocerlo mejor en sus cantones y comunidades, en sus niños y niñas pobres, llevarles la poesía de quienes pronto serán los ciudadanos distintos que necesitamos.

Poesía y libro contra la violencia

En 1856 el invasor filibustero William Walker se convirtió en presidente de Nicaragua por la fuerza de las armas. Pero quería algo más: “five or none” (“los cinco países o nada”), decía el lema en la bandera que cobijaba lo que llamó “la falange americana”.

Pocos saben que gobernó Nicaragua sin saber hablar castellano y que pretendía imponer la esclavitud en Centroamérica, que ya había sido abolida 55 años antes. Walker se aprovechó de la guerra civil entre liberales y conservadores para lograr su cometido: los primeros lo contrataron como mercenario para derrotar a sus hermanos conservadores. El filibustero basó su optimismo para vencer diciendo que “cada nicaragüense es un país enemigo”. Hizo de ese odio fratricida su carta ganadora para presentarse como salvador. Un sacerdote liberal llegó a decir que Walker era un ángel caído del cielo para salvar a Nicaragua.

Pero el filibustero tenía otros planes, y los dejó por escrito, porque además de militar era periodista, abogado y médico. El progreso de las naciones –decía– reside en la agricultura y en los esclavos. Agregaba algo más: el blanco y el negro son razas puras, por consiguiente, agentes de civilización, el blanco como propietario y el negro como animal de recolección. Lo peor de Walker, entre otras cosas, era creer en la pureza racial y que los híbridos (los mestizos) eran impuros, ociosos, incivilizados. Pensaba que, si se quería cambiar la región centroamericana, lo mejor era exterminarlos.

Ese plan depredador impulsó a los cinco países a crear ejércitos aliados para combatir al presidente filibustero. Al frente de estos estuvieron los salvadoreños Ramón Belloso y José María Cañas. Este último peleó al lado de los costarricenses: 15 años antes había sido parte del estado mayor de Francisco Morazán, quien, pese a ser hondureño, ocupo la presidencia de Costa Rica. Fue fusilado por los mismos ticos, pero esa es otra historia.

Algo excepcional que me encontré al conocer esta historia integracionista es que el coronel nica que acompañó a Walker en la primera batalla fue el liberal Félix Ramírez, años más tarde, padre adoptivo de Rubén Darío. Cuando Walker organizó esa primera batalla contra los conservadores nicaragüenses, atacándolos en Rivas, pidió que el mestizo solo fuera un acompañante decorativo. No intervendría en la batalla. Ramírez desde un principio captó la soberbia de los blancos y el inocultable desprecio del filibustero contra sus propios aliados y contratantes liberales, por lo cual decidió abandonarlo en dicha batalla, que terminó en una dura derrota de las fuerzas centroamericanas contra los filibusteros “inmortales”.

Esta historia me motivó a pensar en el país hermano de Nicaragua, que acaba de organizar, en febrero, su XIII Festival Internacional de Poesía en Granada (con la participación de más de 200 poetas de 67 países). Esta es la misma ciudad que Walker incendió hace 161 años, cuando se vio sitiado por los ejércitos de Centroamérica. Antes de salir de ella, después de saquear iglesias y casas de los conservadores, dejó un cartel: “Aquí fue Granada”.

Nada de esto se mencionó en el festival, pero yo anduve escudriñando los sitios de las batallas porque me interesa esta historia de la patria centroamericana. Estuve dando un recital en el convento de San Francisco donde Walker tuvo su cuartel general. No me lo iba a perder en esa visita como admirador de esta épica trascendental, donde Costa Rica y el presidente Mora jugaron un primer papel que terminó con William Walker. Por ello Centroamérica no se transformó en una región esclava.

En el XIII Festival Internacional de Poesía hubo poetas invitados de África, Europa, Asia y toda América. Invitados con gastos pagados. Revisé a los patrocinadores para calcular la inversión en pasajes aéreos, alojamiento en hoteles y alimentación de los participantes y atenciones. Y comprobé que entre los patrocinadores está la empresa privada, la Unión Europea, la Presidencia de la República, medios de comunicación, embajadas y amigos del festival.
Y no vi ningún signo de su presencia en el festival, ni banderas, ni discursos políticos, ni afiches, ni colores, apenas la limitada participación protocolaria de los donantes internacionales. Quizá es porque entre ellos existe la conciencia de que donan sin condiciones para un encuentro de poesía, no de política o ideologías.

Esto lo tienen claro los organizadores. Es un apoyo incondicional. Parten de la idea de que la lectura y el libro contribuyen al desarrollo de la nación con independencia de quién lo patrocine. La sociedad civil ha creado esa conciencia: el libro, literario o científico, sensibiliza, crea conocimiento, contribuye al desarrollo, además de prevenir la violencia. Por tanto, no hay discursos contaminantes extraños a una fiesta poética excepcional, acompañada de música y danzas nicaragüenses.

Y volviendo al coronel Ramírez, padre adoptivo de Rubén Darío, príncipe de la poesía castellana, tuve la oportunidad de leer una segunda parte de su presencia en Centroamérica, en sendos libros escritos por Francisco Bautista Lara. Sí, Darío ilumina a los nicaragüenses y debe iluminar a los centroamericanos.

Hace más de 160 años el filibustero Walker decía que cada nicaragüense era un país enemigo: el odio entre dos bandos. En el festival, por el contrario, he visto una cultura de convivencia ejemplar. Dos casos: en ocho días de estancia en Granada no vi un hombre armado en la ciudad, ni en los hoteles. Viajé a Managua para participar en un recital; al regreso, reparé que había perdido el teléfono celular y la tarjeta de crédito. Horror, quedaba incomunicado. Me di cuenta cuando había regresado a Granada. Pero otro día me llevaron los objetos perdidos, se me habían salido en el carro que me transportó.

Y conste, Nicaragua también sufrió una larga guerra, y es económicamente más pobre que El Salvador. Pregunté por el santo: superar en lo posible las desigualdades. Ellos también son blancos del tráfico ilegal que azota a Centroamérica, pero la tranquilidad es evidente. El milagro: la poesía. El respeto al príncipe Darío y la divulgación de su bella palabra.

Autovaloración (dos)

Cuando daba clases de Matemáticas, estudiante del primer año de Derecho, de eso hace medio siglo, pensé que podía dar 3 minutos de educación cívica. Eso propició que dos años después, por “orden superior”, se me prohibiera dar clases en centros de educación pública. Y como necesitaba mantener los estudios de una profesión que nunca ejercí, ni pensaba ejercer, en vista de que iniciaba con paso importante mi carrera literaria, comencé a dar clases en colegios privados. Continué con los estudios de leyes, pese a mi nula vocación, pero quería cumplirle a mi madre Adelina con lo de tener una profesión, y me dio por criticar la realidad legal injusta. ¿Qué podía esperar en esa etapa nuestro país, donde lo característico no era la violencia, sino imposición del autoritarismo también violento? Todo por las letras de Jean Jacques Rousseau, Víctor Hugo y Giovanni Papini leídas a edad temprana.

Explico por qué repito esto: hace unos cuatro años propuse que en todas las asignaturas de educación media debería leerse cuentos. Pensaba en cuentos cortos que solo implicaran 3 minutos y que los leyeran los profesores de Ciencias y Matemáticas. Tres minutos de oro para los jóvenes. En esa ocasión propuse “Cuentos de cipotes”. Pero ahora han surgido escritores que escriben cuentos cortos. ¿Se imaginan la gran contribución social que harían esos ciento ochenta segundos? Más tiempo inútil es el que se emplea en escribir en el pizarrón para que los estudiantes copien. Además, el aprendizaje se volvería integral. Tendremos profesionales cultos, menos propensos a delinquir; sí, lo que estamos viendo todos los días.

Porque la lectura sensibiliza, crea ciudadanos críticos, informa, forma y permite conocer más allá de la educación escolar sistemática. Lo tengo comprobado, nada de teoría. Me informé del mundo desde jovencito gracias a las lecturas. Claro, en esa época no había TV, ni tabletas, ni internet. Entre paréntesis, el avance tecnológico no se contradice con la lectura, solo distrae más de lo necesario para crear sociabilidad, por el tiempo que se le aplica. Ni modo, cuando apareció la TV, se dijo que iba a empobrecer mentalmente a los jóvenes. Y nada sucedió.

Quizás igual sucedió cuando con Gutenberg promovió uno de los inventos más importantes de la historia, pues ponía a la orden de la sociedad el medio mágico de producir libros y textos y se abandonaba las copias manuscritas (300 años antes los chinos la habían inventado, y después, antes de Gutenberg, los holandeses). Esa sí fue una revolución no frustrada de los siglos. Así como la tecnología informática revoluciona el conocimiento y la comunicación en proceso continuo e inimaginable.

En verdad, la ausencia de lectura no se debe defender diciendo que los libros son caros. Se puede usar un solo ejemplar leyendo en voz alta. En mi anterior trabajo narré cómo mi madre fue mi “lectora” de poemas aprendidos por ella de memoria. Me dio por intuición la fundamental educación inicial, que permite fortalecer las células cerebrales. Según los científicos, si se hace desde cero a cinco años, el efecto es valioso, por ser la edad límite de crecimiento neuronal.

Y con la actual tecnología editorial se pueden hacer libros de forma masiva. Esto facilitaría que las políticas educativas propicien los necesarios libros infantiles. Está en juego la vida ciudadana. Educación, salud y seguridad social son la clave contra la violencia y la migración. Promover las lecturas hasta la educación media. En la universidad ya es demasiado tarde. Se produce integralidad profesional si se aborda este fundamental tema educativo. Hay que decirlo en voz alta, con terquedad, algún día se entenderá que la lectura crea humanismo, propicia la paz, porque mejora la comprensión del mundo.

Allá en San Miguel, que era una ciudad muy marginal hace quinimil años, cuando estudié la escuela primaria (primero a sexto grado), le di continuidad a los poemas leídos por la memoria de Adelina. Me sirvieron los “libros de lectura”, y con ellos descubrí a temprana edad a Ambrogi, Claudia Lars, Gabriela Mistral, Rodó y hasta de José Asunción Silva (“Nocturno a Rosario”), apenas cursaba cuarto grado de educación básica.
Claro, las terquedades no siempre producen respuestas positivas, pero por lo menos desabrochan el cerebro en las personas; también es posible a quienes producen políticas públicas. Imagínense que Alberto Masferrer, hace 101, pedía una biblioteca pública para cada municipio, y daba la clave. Y la voz de Masferrer es vigente, más que otros a quienes se promueve pese a los fracasos sociales. Masferrer vive hoy en los actuales sueños de mejoría social.

Repito, me hice escritor por intuición, pues nada aprendí de quienes podrían orientarme. Al contrario, en cuarto grado, por tener facilidades en las Matemáticas, se me obligaba en la escuela a no escribir poemas. Tema que trato más ampliado en mi novela “Siglo de O(g)ro”, sobre mi infancia.

A los 28 años dejé de escribir poemas, aunque el amor no se pierde mientras hay vida, y convertí a El Salvador en mi moza y musa desde mi primera novela, y también comencé con pie derecho: un premio centroamericano. Sin estar seguro de si era poeta o novelista, escribí la segunda novela, que también logró un premio latinoamericano.

Por último, al fin de milenio (1999), críticos de la biblioteca depositaria de William Faulkner (Modern Library, Nueva York) seleccionaron las mejores obras del siglo XX en español. Si no hubiese sido por la educación inicial de mi madre Adelina, sus poemas dichos al niño, me hubiera desmayado cuando Los Ángeles Times me anunció como cuarto escritor por una sola obra sobresaliente: “Un día en la vida”. De 100 seleccionados, arriba mío se ubicaron tres premios Nobel. Algunos vieron extraño que el libro de un salvadoreño estuviera encima de “Rayuela” del argentino Julio Cortázar. Yo también me sorprendí, pues había leído seis veces dicha obra. Cortázar y “Rayuela” fueron mis maestros, aprendí que la narrativa se fortalece con lenguaje poético. Hacer de El Salvador mi musa no era posible en poesía. Porque el poema expresa emociones internas individuales que debe hacer que el lector las haga suyas. Mientras la novela solo debe captar la esencia de otra realidad.