«Un grito de esperanza»

En El Salvador es fácil perder la esperanza. Cada día somos testigos, desde hace demasiados años, de los malabares realizados por políticos corruptos que han saqueado al Estado y se han robado buena parte del futuro de los salvadoreños impidiendo la inversión en educación, salud e innovación. A ese circo grotesco se suma el manoseo peligroso de las fuerzas de Seguridad del actual Gobierno, que solo trae al presente los ecos del autoritarismo que ha dirigido los destinos de este país por siglos.

La corrupción, la impunidad y el autoritarismo tienen una influencia directa en la violencia que se ejerce en contra de niñas, niños y mujeres en un país en el que las cifras de abuso físico y sexual son tan altas que se consideran una «epidemia». Y esas estadísticas no están completas porque sabemos que las agresiones están presentes en todos los niveles socioeconómicos. Control a través del dinero, palabras hirientes, golpes y violación son algunas formas de la crueldad que se ejerce contra las mujeres día con día.

Las estadísticas asustan, pero no tanto como las historias personales de muchas mujeres que han conocido todas las formas de violencia posibles, incluso desde el vientre materno. Ellas nacieron y muy pronto se convirtieron en madres, perpetuando el ciclo de víctima y victimaria, repitiendo esas prácticas crueles que observaron y sufrieron en carne propia desde pequeñas y que, lamentablemente, son las únicas maneras que conocen para relacionarse con ellas mismas y con sus hijas e hijos.

En ese contexto apareció, en 2011, como una brisa fresca el grupo de teatro La Cachada, una compañía compuesta por vendedoras informales y dirigida por Egly Larreynaga, que sirvió de inspiración para que la cineasta Marlén Viñayo rodara un documental donde retrata parte de la dura vida de sus integrantes: Ruth, Wendy, Magda, Chileno y Magaly.

En la cinta de 81 minutos de duración, esas mujeres no solo presentan sus historias de violencia, sino que demuestran que es posible realizar un viaje de retorno a la sanidad a través de su arte.

El teatro les facilitó conectar, de una forma saludable y terapéutica, con el dolor profundo, producto de sus historias de violencia. En el documental somos testigos de cómo, en cada ensayo, las protagonistas observan y experimentan sus emociones a través del recuerdo de dolorosos sucesos que marcaron para siempre sus vidas: los golpes de un padre y un esposo, la violación y el parir un hijo producto de esa violencia, el estrés de un trabajo extenuante en las calles de San Salvador y la sobrecarga del cuido de múltiples hijos sin una figura masculina que asuma también la parte que le corresponde.

Es a través de esta observación aguda, llena de rabia, dolor y liberación, que dan sentido a sus historias y, además, entienden que el ciclo de violencia puede detenerse a partir de esa profundización, en la que conectan con sus sentimientos más reprimidos y que cargan listos para explotar a la menor provocación. Es desde ese espacio oscuro que consiguen escribir un nuevo libreto para ellas y sus familias; en un proceso difícil en el que «…se descubren a sí mismas como víctimas y victimarias» señala Egly.

Presenciamos en el documental cómo el arte y las conversaciones honestas y transparentes, aunque no por eso fáciles, son la entrada a un espacio donde es posible sanar las heridas emocionales y espirituales de las actrices. Y además nos muestra cómo en un país extremadamente violento y misógino, con las niñas y las mujeres, contar esas historias es relevante y sanador. Egly escribe, en el sitio web de La Cachada, que esas historias nos permiten hablar de «…miles de mujeres salvadoreñas que por lo general no tienen voz».

Sin duda, La Cachada es un rayo de luz porque como atestigua Egly «…cinco mujeres se han convertido en un grito de esperanza. Han demostrado que se puede interrumpir un ciclo de violencia…han pateado fuerte las tablas y reclamado el derecho de contar su historia».

Creadores de significados

Me relaciono con ciertas palabras de una forma cercana porque al pensarlas, hablarlas y sentirlas estas generan significados importantes que me impulsan. Tres de las más relevantes son: límites, tiempo y rendición.

Los humanos somos creadores de significados. Nuestra mente está permanente lanzándonos frases, oraciones y palabras para interpretar lo que nos sucede. Si alguien me dirige una mirada mi mente genera variadas representaciones o conceptos para ese simple acto de ver. Puede deducir que esa persona busca acercarse para conversar, o que no le caigo bien, o incluso puede advertirme que esa mirada «luce» amenazante. ¿Verdades? Depende.

En términos generales lo que la mente produce, en forma de lenguaje, son percepciones basadas en nuestras experiencias. Y sabiendo que somos creadores de significados procuro no dejar a la mente sola a la hora de diseñar el diálogo que se produce en mi interior.

Por ejemplo, a la palabra tiempo me gusta verla como una idea y un espacio en el que me organizo, priorizo y avanzo. Es decir, decido ser la dueña de mi tiempo y evito expresarme con frases del tipo «no me alcanza», «es escaso» o «no me pertenece».

Algunos pensarán que soy dueña de mi tiempo porque administro mi negocio. A esto respondo inmediatamente recordando la historia del creador de la logoterapia, Viktor Flankl, que, mientras estuvo recluido en un campo de concentración nazi, decidió convertirse en un observador para identificar hasta dónde es capaz de llegar un ser humano en condiciones extremas. Su decisión le permitió mantenerse cuerdo, sobrevivir y crear una terapia psicológica.

Frankl demostró que aún en circunstancias extremas se puede dirigir a la mente. Y si existe al menos un humano que puede, eso significa que nosotros también estamos dotados con las mismas posibilidades.

Por otro lado, la palabra límite es un concepto útil a la hora de proteger nuestro espacio y tiempo ya que se convierte en una especie de «contenedor» que facilita el enfoque y el avance.

Al establecer mis límites sé que algunas personas experimentarán incomodidad. Yo misma me observo sintiendo esa sensación al expresarlos, pero su significado es tan importante –porque me permiten mantener mi centro, poner un alto a relaciones desgastantes, descansar y avanzar—que acepto la incomodidad al practicarlos.

La tercera palabra es rendición. Durante mucho tiempo asumí la creencia que como mujer debía ser perfecta. Una idea llevada al extremo por muchas mujeres, a las que se nos enseña desde pequeñas que debemos mostrarnos amables y hacer todo lo que esté en nuestras manos y más para lucir siempre jóvenes, o para solucionar los problemas que se nos presentan. Conceptos irreales e inútiles.

Desmontar esa creencia ha sido desafiante porque no solo he tenido que aceptar que ser perfecta es completamente irreal, sino que, además, he tenido que reconocer que a ese concepto lo acompaña otro que es todavía más tóxico: «si no soy perfecta, tampoco soy digna de amor».

Y en ese proceso quirúrgico con mi mente y con mis emociones había dado muchas vueltas buscando desarmar esas percepciones. Los resultados no habían sido satisfactorios. Y lo único que me faltaba experimentar era simplemente rendirme. En otras palabras, aceptar totalmente y sin posibilidad de escape el efecto que esos pensamientos tenían en mí vida. Esa rendición soltó el nudo que mantenía fuertes a esas ideas dañinas.

Los significados que nos auto generamos son filtros que inciden en nuestras decisiones y acciones, por lo que se vuelve estratégico y saludable revisar el estado de esos mensajes que nuestra mente nos envía. Vale la pena ajustar los lentes con los que salimos a la vida todos los días.

Momentos valiosos de la década

Hay un debate acerca de si 2019 marca el final de la década o si esta finaliza hasta 2020. Independientemente de quien tenga la razón el momento me pareció propicio para hacer una evaluación de los últimos años. Y me senté a escribir muchas horas durante noviembre y diciembre para descubrir mis cuatro momentos más valiosos de este período.

Escribo por placer. Esta práctica se ha vuelto mi herramienta favorita para observar mi vida; sin embargo, no recuerdo haber hecho antes un recuento tan amplio como en esta ocasión. Personalmente esta década estuvo plena de aprendizajes. Al inicio de este período llevaba un buen tiempo experimentando incomodidad con mi profesión. Había dejado de sentir satisfacción, pero no tenía idea por qué ni qué podía hacer para cambiar esa incomodidad. Entre 2010 y 2011 inicié una búsqueda consciente para explorar nuevas avenidas en esta área, y fue en 2012 cuando finalmente decidí emprender.

Y emprender es el primer momento que destaco de esta década porque me ha permitido desarrollar habilidades como la paciencia, la consistencia, la creatividad y el orden, además me llevó a profundizar en mi auto conocimiento como una herramienta para gestionar la energía que sostiene mi vida y mi negocio. Esos aspectos, que provienen de mi interior, son las piezas fundamentales que me han facilitado atender y entender las inevitables pruebas, los errores y los retrocesos, así como los cambios naturales en el desarrollo de un negocio.

El segundo momento clave, que le ha dado mucha estabilidad a mi vida, fue la decisión de darle una nueva oportunidad al amor y casarme con un compañero de viaje y no con un esposo. Mi vida en pareja, como la de todos, no ha estado exenta de problemas y tropiezos, pero si algo puedo destacar de esta relación es la capacidad, que juntos desarrollamos, para confrontarnos mutuamente, para sostener las conversaciones difíciles y para mantener un paradójico equilibrio entre la vida de pareja y nuestro derecho a cultivar una vida independiente a «nosotros».

El tercer punto fue un nuevo emprendimiento. La idea la concebí en 2015 y surgió a la luz en 2017. Este proyecto le dio vida concreta a mi deseo de alinear lo que hago como profesional con mi propósito de vida. Deseaba conectar con un propósito tan fuerte que me impulsara a resistir los altos y bajos del camino emprendedor.

Tomar la decisión de perseguir este sueño avivó mis miedos y durante mucho tiempo busqué aprobación externa sin ningún resultado. Sin embargo, este deseo fue como un fuego interno que me impulsó a descubrir mi autoridad personal y a dejar de escuchar el ruido de afuera.

Y el cuarto momento, el más importante y transformador, fue cuando en 2013 milagrosamente concebimos un hijo cuya energía siempre la sentí masculina. Este bebé llegó cuando ya no lo esperábamos. Recuerdo como el momento más relevante el día que por primera y única vez escuchamos latir su corazón, y por un espacio reducido de tiempo fuimos felices imaginando cómo sería su vida y cómo sentiríamos su compañía.

«Bebé», como aún lo llamamos, no nació, pero su recuerdo y su breve paso por mi vida dejó un suspiro de amor que jamás había sentido. Uno que marcó un antes y un después y me mostró una inmensidad inexplorada. Un alma habitó mi cuerpo y, hasta hoy, ha sido el máximo regalo que la vida me ha podido dar. Nuestro bebé no nació. Desconocemos las razones. Pero lo recordamos constantemente y sin duda, para mi, fue el momento más maravilloso de estos últimos diez años.

Y como escribió el filosofo danés Søren Kierkegaard «la puerta de la felicidad se abre hacia adentro» y por eso la auto observación es la entrada a esa felicidad tan personal y a veces escurridiza.

Feliz inicio de una nueva década.

Mito y poder

Pocos negarán que la idea de poder que domina en el mundo es masculina. Y que el desequilibrio en el uso de la fuerza física, de las armas y de las posesiones para sostener ese modelo ha provocado mucho daño a millones de personas y también a la naturaleza a lo largo de la historia de la humanidad.

Los principios masculino y femenino –que se manifiestan tanto en hombres como en mujeres—se encuentran en desequilibrio. Lo masculino dominando con violencia y control económico y lo femenino buscando poder a través de una agresividad pasiva que se expresa en un manejo inadecuado de las emociones, en la manipulación de las palabras y en el uso de silencios como forma de castigo.

El reconocido mitólogo Joseph Campbell, en su libro «Diosas», explica que existió un tiempo, unos 10 mil años a.C., en el que se veneraba lo femenino y las diosas eran relevantes en la mitología de los pueblos agrícolas, y esto fue resultado del desarrollo de la agricultura y la domesticación de animales. En aquel momento, escribe el autor «…se produjo un cambio de autoridad en donde la ecuación biológica pasó de lo masculino a lo femenino» debido a que «la magia de la Tierra y de las mujeres fueron consideradas lo mismo… pues ambas dan vida y la alimentan».

La relación entre lo femenino y lo masculino no ha estado exenta de tensiones y conflictos y según detalla Campbell –entre los milenios IV y I a.C. y con la fabricación de armas de bronce, la domesticación de los caballos, la invención del carro de guerra y, finalmente, con la llegada del hierro—se produjo un proceso de conquistas sobre pueblos agrícolas que veneraban a las diosas, en Europa y el oeste de Asia, ejecutadas por diversas razas indoeuropeas y semitas cuya mitología estaba llena de dioses guerreros. Dichas conquistas concluyeron con el asentamiento del poder masculino sobre lo femenino iniciando la eliminación del mito de las diosas y su conexión con la naturaleza.

Varias decenas de miles de años después pareciera que finalmente hemos llegado a un punto de la humanidad en el que el equilibrio entre un poder y el otro es posible; en donde las características que integran al poder femenino están siendo valoradas en su justa dimensión y estamos comprendiendo la necesidad de darle el espacio que le corresponde en todos los ámbitos. Y a pesar de los altos índices de violencia y del lento avance de la equidad social y económica, la consciencia colectiva acerca de la relevancia y necesidad de lo femenino es innegable.

Además, estamos recordando y comprendiendo la fuerza de aquellas representaciones del mito de la diosa, así como de la convivencia de las primeras tribus en donde lo femenino significaba naturaleza y estaba íntimamente conectado con el bienestar de sus habitantes.

Personalmente deseo creer que hemos dejado atrás la necesidad de quemar la esencia y el poder femenino porque hemos alcanzado un punto de nuestra evolución en el que, tal y como reflexiona Campbell, hemos reconocido la función verdadera del mito que «estriba en ponernos en sintonía con nosotras mismas, con nuestro grupo social y con el entorno en el que vivimos… es descubrir en los símbolos los poderes que también habitan en nuestro interior».

La normalización del abuso sexual

En El Salvador, según datos del Observatorio de violencia de Ormusa, solo entre enero y abril de 2019 se reportaron 822 casos de violaciones en niñas y mujeres cometidos, en su mayoría, por padres, hermanos, tíos, abuelos y padrastros. El 79% de esos abusos fueron contra menores de 19 años. Dentro de ese esquema de abuso sexual normalizado, un reportaje de Univisión y el Centro Pulitzer, señala que hay muchas niñas que se quitan la vida y las víctimas son «…cada vez más pequeñas… se envenenan y cortan los brazos para evadir el dolor de tanta impunidad y silencio cotidiano…».

Somos testigos de una epidemia de violaciones en menores, adolescentes y mujeres que ha sucedido siempre, pero que hemos ignorado por vergüenza, miedo o desconocimiento de los impactos mentales, emocionales y espirituales que permanecen en las vidas de niñas y niños víctimas de abuso sexual; así como por sistemas judiciales corruptos y obsoletos que protegen a los victimarios por ignorancia, conveniencia o simplemente desidia.

Solo para tener un ejemplo de lo que sucede a diario aquí, el jueves pasado, La Prensa Gráfica reportó que ante la acusación por agresión sexual contra el magistrado Jaime Escalante, quien fue descubierto en aparente estado de ebriedad tocando a una menor de 10 años de edad, la Cámara Tercera de lo Civil de la Corte Suprema de Justicia resolvió que esa acción no constituía un «delito» sino solo una «falta». Y el defensor del magistrado agregó que el tocamiento no ponía «en riesgo la intimidad o libertad sexual de la persona».

¿Quién se responsabilizará entonces para reparar el daño emocional y físico hecho contra la niña y su familia? ¿Quién atenderá el trauma generado por el abuso? La mayoría de las personas creerá que como no hubo penetración «no pasó nada», que a la niña se le olvidará y que quedará como un acto «incómodo» en una sociedad machista y enferma que naturaliza el abuso y la violencia.

El trauma generado por el abuso sexual, independientemente de si es tocamiento, exposición o penetración, es permanente e impacta en la forma en cómo las víctimas se perciben a sí mismas y en cómo se relacionan con otros.

De acuerdo con la psiquiatra Kelly Brogan, «debido a que no somos típicamente conscientes de las emociones fuertes generadas en la infancia y que dirigen nuestros comportamientos de adultos, vivimos en un estado de represión y proyección, imaginando que lo malo proviene de afuera de nosotros en lugar de nuestras partes rechazadas, abusadas y abandonadas… todos poseemos una sombra, pero no todos la conocemos. Y ese grado de desconocimiento de nuestras partes más oscuras es lo que nos influencia, nos controla y dirige nuestras vidas».

En El Salvador hemos normalizado la violencia y el abuso sexual y, en la mayoría de los casos, solemos depositar la culpa y la vergüenza en la víctima. Al hacerlo contribuimos a dejar en la impunidad a los principales perpetradores de esos crímenes, que en su mayoría son hombres que se encuentran en el círculo íntimo de las víctimas y a un sistema machista y patriarcal que evita cuestionarse a sí mismo, así como las pautas sociales, mentales y económicas que abonan a la violencia en esta sociedad.

Las víctimas necesitan apoyo y refuerzo emocional para que eviten creer que hicieron algo malo o que tienen que avergonzarse por algo que no provocaron. Además, necesitan de una sociedad que se concientice que el abuso sexual es un delito y que se debe castigar al responsable sin importar la vinculación familiar con la víctima o su relevancia social o económica. Necesitamos convertirnos en ciudadanos que dejemos de justificar y normalizar el abuso sexual.

Naturaleza, descanso y renovación para el individuo

Vivimos en una cultura que promueve la obsesión por el consumo y el hacer. Estas son formas de escape de la realidad personal y también funcionan como formas de control. Porque inducir al consumo a un individuo que no se conoce, dado que no tiene tiempo para conectarse consigo mismo y para reconocer los espacios en donde ejercer su poder personal, es más fácil. Ese tipo de personas son más influenciables y responden desde el miedo y la búsqueda de seguridad externa, volviéndose presas fáciles de la manipulación consumista o política.

Un individuo que no se conoce, que cree que el hacer y el trabajo, la posición social o los títulos son los que le dan valor está a merced de las condiciones externas y cuando aparecen los problemas y los desafíos, generalmente, su respuesta es hacer más y consumir más, en un intento por escapar de momentos de silencio y reflexión que lo llevarían a confrontarse y, sobre todo, a tomar decisiones.

Al vivir en esa vorágine de actividad y consumo, observamos a nuestros cuerpos como máquinas que no requieren cuidado ni descanso. Tan desconectados estamos de la naturaleza que nos cuesta entender que el mundo natural y sus ciclos de actividad-descanso-renovación también son útiles para el bienestar de cualquier individuo. La simplicidad y la perfección de lo que sucede allá afuera, en el cielo abierto, pasa desapercibido para quienes viven en ambientes artificiales, con aires acondicionados, cemento y hierro en donde la tierra, los árboles y lo verde han sido eliminados para dar paso a humanos que, como robots, han adormecido el gusto por la calma y la paz que ofrece la naturaleza.

Los humanos, al igual que otras especies, necesitamos jugar, descansar, recibir el sol, respirar aire natural, parar y también una cierta dosis de desafíos para ser efectivos en el mundo. Esto no es un deseo utópico, es una realidad científicamente demostrada en la que una persona que vive en armonía y equilibrio reduce la intoxicación química en su cuerpo producto del estrés excesivo y permanente.

Hace millones de años el estrés provenía de la intensa actividad sísmica y de la megafauna, y de forma controlada e intermitente servía para la sobrevivencia. Ahora, son los ambientes corporativos ultraexigentes, la sequía, la lluvia excesiva o las tierras degradas, que no producen constantemente, lo que nos evita pensar en la necesidad y en las ventajas que ofrece el descanso y la renovación. Vivimos bajo una cultura del miedo. Miedo a no tener aprobación, comida, protección, trabajo o estatus.

Sufrimos y somos testigos de la epidemia de estrés que afecta a millones de personas en el mundo entero. Según cálculos del Foro Económico Mundial, solo en Estados Unidos este tiene un costo para los empleadores de $300 mil millones al año y las muertes anuales relacionadas con el mismo ascienden a unas 120 mil.

En el informe preparado por el Instituto de Trabajo, Salud y Organizaciones de la Universidad de Nottingham, centro colaborador de la OMS para la salud ocupacional, y por el Centro Temático de la Agencia Europea sobre Estrés Laboral, se detalla que «un trabajador estresado suele ser más enfermizo, estar poco motivado, ser menos productivo y tener menos seguridad laboral; además, la entidad para la que trabaja suele tener peores perspectivas de éxito en un mercado competitivo».

Nos encontramos en una época de cambios de paradigmas y uno de ellos es el equilibrio entre trabajo y descanso, y la necesidad del mundo natural en la vida de cualquier persona para alcanzar la «salud» en los términos que la OMS define: «…un estado completo de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades».

«Un mensaje urgente a las mujeres»

La psiquiatra junguiana Jean Shinoda Bolen escribió, en 2006, el libro «Un mensaje urgente a las mujeres». En él hace referencia a la importancia de los círculos de mujeres como una forma de conexión que, al establecerse y ampliarse, crean una masa crítica que enciende una era en la que mujeres, conectadas con la potencia del principio femenino y de la naturaleza, contribuyen conscientemente a construir una paz sostenida a nivel global.

Bolen dice que este mensaje no será escuchado por todas las mujeres, sobre todo no será atendido por aquellas que son aliadas del patriarcado, «cuyas identidades y cuya valía nacen de sus relaciones con los hombres y con las instituciones hechas por los hombres». A pesar de esa frase contundente, la autora también se refiere a mujeres desconectadas de lo femenino y a hombres empáticos y amorosos. Ella no está en contra de los hombres, porque promueve la idea de un «ser humano completo».

Y frente a esta idea señala: «Es posible ser una persona completa cuando las cualidades humanas, generalmente consideradas… masculinas y femeninas, se ven como parte del espectro de todo ser humano». Es decir, cuando «se concede importancia a ambos, se desarrollan ambos lados de la personalidad, y se utilizan ambos hemisferios del cerebro», declara la psiquiatra.

La violencia en contra de las mujeres y los feminicidios son, lamentablemente, temas permanentes en nuestra sociedad. Y necesitamos, aunque sea doloroso e incómodo, visitarlos una y otra vez para alcanzar entendimiento acerca de sus raíces, y poder así limpiarlas, nutrirlas y construir una sociedad más saludable y con mayor capacidad de generar ciudadanos felices y prósperos desde la estabilidad emocional y mental, y no solo desde un concepto puramente económico y material.

Haciendo eco de este mensaje urgente a las mujeres, deseo hacer un llamado a quienes se expresan con desprecio y hasta odio acerca de niñas y jóvenes que han sufrido pérdidas de embarazos producidos por violadores que en muchos de los casos son o bien pandilleros o los mismos padres, padrastros, hermanos o tíos de la víctima.

Lamentablemente, en las voces y expresiones de estas personas se observa cero empatía y entendimiento acerca de las condiciones que originan esos abortos. Los comentarios, de hecho, no deberían estar centrados en las víctimas sino en los victimarios y en las razones de por qué un hombre cree tener el derecho de violentar a una niña o a una mujer.

Esas niñas y adolescentes, a las que la sociedad les pone todo el peso, en realidad son las primeras víctimas de un sistema violento y abusador que genera familias disfuncionales que, generalmente, crecen en entornos de pobreza, falta de oportunidades y educación, y sin ninguna red de apoyo en donde buscar ayuda amorosa, compasiva y educación sexual.

Bolen señala que la base psicológica de estas familias disfuncionales es un modelo en donde una de las personas es narcisista y la otra, codependiente, y señala que «cuando el padre de una familia o el padre de un país es un dictador, los defectos del modelo son más que evidentes, y los demás pagan por ello con su sufrimiento». Es lógico pensar que también las mujeres pueden comportarse de esta manera, pero la autora afirma que «…no es la regla general, y no es el patrón que la sociedad fomenta».

Creo profundamente que una niña y una mujer, su sexualidad y la posibilidad de generar vida dentro de sus cuerpos, son sagradas y deberían ser consideradas así por toda la sociedad. Porque solo desde un respeto y una reverencia profundos acerca de esas almas y cuerpos con capacidad para originar vida podremos desaprender creencias tóxicas y valorar y cuidar la vida de niñas y mujeres.

«Porque solo cuando las madres sean fuertes de espíritu, de mente y de cuerpo, habrá posibilidad de que los niños y niñas sean queridos y estén alimentados y a salvo», cierra Bolen.

La vida en un papel

¿Podrías señalar cuáles son las actividades que conscientemente realizas para obtener bienestar? Yo escribo diariamente. Lo hago para alinearme con mis ciclos personales, para planificar mis días y mis talleres, para establecer prioridades y organizar mi año. Lo hago en papeles de todo tipo, cuadernos, cartapacios, páginas de colores, diarios. Mi vida se manifiesta a través de lo que escribo en un papel.

Recuerdo hace algunos años que fui de vacaciones a Ataco dos días antes de mi cumpleaños; mi hermana, mi sobrino, mi mamá y mi esposo se unirían para celebrar esa fecha conmigo. La mañana de mi cumpleaños me había levantado temprano con la intención de disfrutar del silencio que reina en el pueblo cuando aún no llegan los turistas del fin de semana, y había encontrado un pequeño restaurante frente al parque para tomarme un café y desayunar. Llevaba conmigo un cuaderno, un libro y varios lapiceros de colores.

Mientras esperaba un café recibí en mi teléfono el mensaje de una amiga en el que me decía que había amanecido pensando en mí y que si algo me sucedía que no dudara en llamarla. Ese inocente mensaje fue suficiente para dispararme una serie de pensamientos desastrosos. Mi cuerpo empezó a sacudirse con ideas acerca de la posibilidad de un accidente en la carretera. Empecé a cuestionarme el porqué se me había ocurrido celebrar tan lejos y a reprocharme el hecho de que por mi idea una parte de mi familia se movilizaría hasta ese pueblo.

Entré en un estado de preocupación profundo que borró por completo de mi percepción el fuerte sonido del agua cayendo sobre el piso de la fuente del parque de Ataco. De repente la que iba a ser una mañana tranquila se tornó en un momento de oscuridad interminable. No sabía qué hacer, entré en pánico y mi mente se aceleraba con pensamientos sobre cómo evitar que mi familia viajara a encontrarme.

En ese estado de desesperación en el que mi mente se había hundido, tuve un chispazo que me hizo darme cuenta de que debía hacer algo para cortar la espiral de pensamientos que amenazaba con salirse de control. Decidí entonces vaciar en mi cuaderno la preocupación que me agobiaba en ese momento.

No recuerdo durante cuánto tiempo escribí, pero en mi memoria quedó grabado el momento preciso en el que sentí como si un velo se movía de mi cabeza y mis sentidos empezaron a normalizarse. La preocupación había desaparecido entre la tinta y el cuaderno, percibí una suave brisa, luego la luz de la mañana y el cielo azul. Y, finalmente, empecé a escuchar el sonido del agua de la fuente que, lentamente, alcanzó su volumen habitual.

Ese día todo salió como previsto. Celebramos con las luces de la noche en ese pueblo hermoso.

En esa y en múltiples ocasiones, la escritura me ha ayudado a darle perspectiva a situaciones y relaciones. A través de los años escribir se ha vuelto un hábito que me ofrece auto reflexión y auto observación, además de contribuir a reducir mi estrés. Y, sobre todo, me ha permitido sacar de mi sistema temores, ideas, planes, y observar con detenimiento, desde la distancia que ofrece el papel, cualquier tema que deseo evaluar. La escritura me ha acompañado en el proceso de observar mi vida y mis decisiones.

Vivimos de prisa, creyendo que el tiempo no nos alcanza, que entre más ocupados estamos más importantes somos. Y así se nos pasa la vida, sin ejercer nuestra capacidad de reflexión, de detenernos y evaluar las rutas que hemos tomado, las decisiones, las relaciones; asumiendo que lo que hacemos es lo único posible por hacer. La escritura me ofrece bienestar y es para mí la pausa diaria y necesaria para tomar el control de mi vida.

Comprender el problema para cambiarlo

Escribo regularmente sobre el patriarcado. Soy como un gusano y disfruto viajando a las profundidades de un tema cuando me apasiona. Así es que me convertiré, si es que no lo soy ya, en el mosquito que incomoda al oído con este asunto. Porque, como dijo Einstein, un problema no puede ser resuelto con la misma mentalidad que lo creó.

Al patriarcado como sistema lo sostenemos todos (hombres y mujeres). Debido a ello, este ha tenido, a lo largo de los siglos, una gran capacidad para reinventarse. Para desmontarlo necesitamos comprenderlo en toda su extensión.

Las mujeres venimos, desde siempre, iniciando movimientos para salirnos de ese corsé mental, físico y emocional. Sin embargo, aún nos hace falta profundizar y reconocer que nosotras, por más que busquemos romperlo, lo llevamos dentro. Necesitamos reconocer cómo opera oprimiéndonos con creencias del tipo: «No estoy completa, si no tengo hijos», «no me respetarán, si no estoy casada o acompañada», «me acosarán, si no me visto adecuadamente», «debo hablar como ellos para que me escuchen», «debo evitar expresar mis emociones para que no me consideren histérica».

Esas creencias y otras relacionadas con la raza, el color de la piel o la clase social nos presionan a seguir «patrones» establecidos por el patriarcado y, sobre todo, por hombres blancos con poder económico, político o militar, que son los poderes que cuentan para ese sistema.

Las mujeres hemos internalizado ese modelo, aceptando el «juego» bajo esas reglas, transmitiéndolo a nuestras familias y entornos. Deshacer esa maraña de creencias es complicado, si no ejercitamos una mente flexible y somos valientes para confrontarnos a nosotras mismas y darnos cuenta de cuál ha sido nuestro rol en fortalecer, aceptar y ejercer el patriarcado.

El Foro Económico Mundial, en sus informes de 2017 y 2018 sobre la paridad de género señaló que tardaremos más de cien años en logar que «hombres y mujeres tengan la misma participación política, acceso a la educación, a la salud e igualdad económica y laboral» y que «las mujeres tendrán que esperar 217 años antes de llegar a ganar lo mismo que los hombres y tener igual representación en el trabajo». ¡Esto es inconcebible! Además, ofensivo y frustrante.

Se requiere leyes y políticas públicas diseñadas desde la comprensión de este fenómeno que lleva milenios instalado en la humanidad. Pero quienes las diseñan ¿entienden realmente el problema?, ¿han realizado un autoexamen profundo para identificar sus prejuicios ocultos acerca de esas creencias antidemocráticas y antihumanistas? o ¿simplemente diseñan programas y ofrecen discursos sobre la mujer porque el tema está de moda?

Como mujer no estoy dispuesta a esperar a que el sistema me otorgue lo que es mi derecho, no solo por mí, sino por millones de niñas y niños que son violentados y abusados diariamente. El cambio requiere que más mujeres nos volvamos conscientes de los efectos destructivos de este sistema de creencias para nosotras, las niñas y los niños, y también para los hombres.

Para mí el camino hacia la comprensión y sanidad ha sido hacia dentro. Bien temprano en mi vida me observé despreciando expresiones y actos abusivos sobre lo femenino; luego de adulta, sentí que algo no funcionaba conmigo. Y esa idea me llevó a cuestionarme acerca de lo que circulaba en mi interior que no me permitía avanzar ni experimentar plenitud.

Tomar conciencia de mi historia personal, familiar y nacional me regaló una perspectiva bastante clara acerca de esas circunstancias que me mantenían atascada y que también mantienen al país operando con un machismo cada vez más enfermo.

Nutrir mental y emocionalmente a una niña o a una mujer es sembrar de árboles frondosos el camino a la regeneración de un país claramente enfermo. Las mujeres continuaremos siendo valientes para cuestionar, confrontar y exigir lo que es nuestro derecho, no solo por un interés individual, sino principalmente por las niñas que continúan sufriendo violencia y abuso bajo este modelo.

El silencio que nos define

El silenciamiento es una de las terribles consecuencias de la violencia sexual en la vida de niñas y mujeres. Aprendemos, bien pronto, a creer que el acoso y los abusos físico y sexual son responsabilidad nuestra. Y por eso callamos en una espiral de vergüenza en donde los abusadores viven libres, sin responsabilizarse de sus actos para continuar depredando a otras.

La violencia está tatuada en los cuerpos y mentes de las niñas, jóvenes y mujeres; y esa huella es transmitida a sus hijos, proyectos y sueños. La violencia permea sus vidas y las de las personas a su alrededor. Y así, construimos una sociedad que es incapaz de romper ese ciclo que se refuerza a través de las historias no contadas, del silencio y la vergüenza que colocamos sobre las víctimas.

El Fondo de las Naciones Unidas (UNFPA) a través de su publicación «¿Sin opciones?» ha dado voz a 14 jóvenes que encontraron en el suicidio una salida al abuso extremo que sufrieron en sus cortas vidas. Ellas son: Lucía, 17 años; Blanca, 19; Mirna, 16; Sandra, 15; Sonia, 20; Inés, 29; Marcela, 18; Paola, 16; María, 22; Verónica, 18; Laura, 20; Margarita, 16; Ana, 18; y Marta, 19. Todas utilizaron matarratas o pesticidas para huir del mundo hostil en el que vivieron. Todas, víctimas de abuso por familiares, jefes o pandilleros; explotadas sexualmente, violentadas, rechazadas, denigradas, aun por sus propias familias. Todas, silenciadas.

Aunque ellas ya no estén entre nosotros, contar y honrar sus historias es la única forma de resarcir, un poco, el daño que las orilló al suicidio. Y de paso reducir la distancia entre sus vidas y las nuestras.

La historia de Lucía inicia cuando huyó del maltrato de su madre, a los siete años. Vivió en diferentes casas con familiares o vecinos. De adolescente consiguió un trabajo por $3 diarios. Se suicidó sin que nadie supiera de ella. Estaba embarazada de tres meses. Su madre no fue al funeral.

Esta es solo una de las historias, pero lamentablemente representa un patrón común. Niñas maltratadas, que crecen sin posibilidades ni sueños. Que son violentadas y de esa violencia generalmente quedan embarazadas. Sin opciones. Esas 14 jovencitas creyeron que solo suicidándose tendrían salida de ese ciclo macabro. Los hombres, siempre ausentes; siempre libres.

Estas 14 historias son el presente. Pero atrás de ellas hay siglos de violencia y abuso sexual de niñas salvadoreñas. Finalmente, estamos despertando de una pesadilla que ha marcado la vida de cientos de miles, sino millones, de mujeres en el país y también en el mundo. Este flagelo permea los hogares de forma silenciosa. No conoce de clases. Pero se ensaña con niñas pobres y sin educación.

Hasta hace muy poco hemos vivido obviando lo incómodo de esas historias. Pero eso ya no es posible. Como mujer, acompaño las almas de esas 14 niñas, y no tengo miedo a llorarlas, a sentir rabia, a indignarme, a buscar profundamente en nuestra historia las razones de esa violencia extrema. Creo que solo haciéndolo avanzaremos, lentamente, hacia la sanidad mental, emocional y espiritual que tanto necesita este país.

Es urgente romper con ese patrón de violencia, con la creencia de que los hombres pueden disponer a su antojo del alma y del cuerpo de niñas, niños y mujeres. Para hacerlo necesitamos entender el impacto y la huella que la violencia sexual deja en los cuerpos y en las mentes de las personas. Reconocer el problema y acercarnos, aunque duela. Entender que esas niñas, aunque han sido rotas, permanecen intactas en su esencia; y que, con la ayuda idónea y sostenida en el tiempo pueden recuperarse y sanar. Necesitamos vernos en ellas, porque de ellas proviene la vida. Las niñas son las futuras madres, profesoras, doctoras, técnicas, políticas, emprendedoras, artistas, escritoras, soñadoras. Ellas son la vida de este país.