Carta Editorial
En los halagos que empiezan con “la única mujer que” se esconde un alto grado de discriminación e inequidad.
En los halagos que empiezan con “la única mujer que” se esconde un alto grado de discriminación e inequidad.
Queda preguntar para qué y para quiénes trabajan los que se oponen a que esta ley tenga músculo suficiente para cumplir con la misión para la que fue pensada.
El sistema fomenta desigualdad. Mantiene la idea de que quien se queda con los hijos es quien tiene que ver cómo hace. Permite que haya personas que pueden reducir su participación en la crianza a una suma de dinero.
Este es un recorrido por esos rincones difíciles de creer, ahí en donde el remiendo temporal en uno de los recintos del aviario acaba por durar más de un lustro, y sigue.
Desde sus trincheras, ambos van a la contra de una sociedad que desde siempre ha preferido pasar la página.
Bajo su cargo, como reseña el personal de la institución, el complejo ha crecido en infraestructura y también en la calidad de la enseñanza que se imparte.
En este país en donde se hace muy poco por ver hacia adentro y por reparar las heridas que están ahí, que haya una clínica en donde las personas hablan de las dificultades y celebran sus triunfos en conjunto es tan inusual como esperanzador.
Esto es lo que nos ha venido haciendo tanta falta como sociedad. No hemos naturalizado el cambio constante. Solo nos definimos en función de ese a quien creemos opuesto.
El Salvador es uno de los países en donde es posible que una niña menor de 15 años formalice una unión con el adulto que, en términos definidos en el Código Penal, ha abusado de ella.
Cálculos de instituciones como la Organización Panamericana de la Salud indican que la cantidad de mujeres afectadas por trastornos mentales duplica a la de hombres. Esto sin tomar en cuenta otros factores particulares del país que acaban reduciendo más las oportunidades para la población femenina, como la discriminación, la brecha salarial y la falta de acceso a educación y justicia.