Las mujeres somos fuertes, emocionalmente fuertes, con una enorme capacidad de empatía y resiliencia, con un corazón capaz de proteger al desvalido. Y por ello somos las llamadas a sanar al mundo.
Las mujeres somos fuertes, emocionalmente fuertes, con una enorme capacidad de empatía y resiliencia, con un corazón capaz de proteger al desvalido. Y por ello somos las llamadas a sanar al mundo.
La lucha por el acceso a la información pública en el país no fue (ni es) la lucha de una tendencia ideológica sobre otra, sino más bien una disputa –una tensión permanente y sana- de los ciudadanos con sus gobernantes de turno.
Somos más que una voz que, tras un teclado y con la protección de una pantalla, grita improperios y repite mentiras para favorecer al poderoso de su preferencia.
Duele pensar en toda la gente humilde que ha vivido las peores penurias en el silencio que arropa a la pobreza más extrema. A tanta gente que se le negó un servicio con la excusa de que no había recursos.
Aunque resulte cómodo desentenderse de la política, la verdad es que nuestras opiniones y la participación activa se convierten en contrapesos frente a los abusos de quienes tienen el poder.
En la calle, una nueva generación de salvadoreños se enfrenta diariamente con autoridades policiales que proceden así, usando caprichosamente su poder.
Piense en todas esas pobres muchachas de cantones que en su vida han escuchado siquiera el nombre real de las partes de su cuerpo. Piense en todos esos niños que aprenden de sexo porque ven a sus familiares teniendo relaciones en la champa en que conviven con otras 10 personas. Ellos son mayoría, ellos son víctimas, a ellos nos debemos.
No solo se trata de talento innato ni corpulencia física, sino de jugadores con un proceso de formación, rigurosos entrenamientos y normas. El academicismo sobre la generación espontánea.
Ninguno está liderando realmente un debate que discuta con transparencia, honestidad y sinceridad las posibilidades que tenemos para atender los problemas del país.
Debemos apelar a la más básica de las capacidades humanas: la empatía. Esa capacidad de abrir nuestro ser para comprender a los otros y reconocer que no todos somos iguales.