Angélica se las sabía todas sobre el comportamiento de las almas en pena, porque era una de ellas, aunque esto lo mantenía en completa reserva. Todo comenzó cuando su madre y su padre se fueron cada uno por su lado, como si se los tragara el polvo o la marea, y ella se quedó en poder de una vecina que se dedicaba a leerles la palma de la mano a los vecinos a cambio de algunas monedas.