Las calles de San Salvador

En recuerdo de mi primer libro favorito, “Las mil y una noches”, cada 15 días traigo a la imaginación al niño que leyó Ali Babá y los cuarenta ladrones, Aladino, Simbad, Sherezada… con esa vieja influencia recorro las calles del Centro Histórico de San Salvador. Trato de redescubrir las situaciones benignas de épocas pasadas en una ciudad tranquila. Recorrer ahora las calles de San Salvador permite, también, registrar algunos de sus rasgos históricos contemporáneos, como insumos de mi narrativa histórica que requiere de detectar lo real.

No hubiera podido, por ejemplo, escribir “Cuzcatlán, donde bate la mar del sur” de no tener contacto directo con campesinos salvadoreños refugiados en Costa Rica. Tampoco escribir “Un día en la vida” de no haber visitado en ese mismo hermano país a cinco mujeres humildes. Llegaron a denunciar el estado de sitio de la ciudad de Aguilares –escenas que se pueden ver en la película “Salvador” (sic) del australiano John Duigan–. La entrevista me dio el estímulo creativo.

Volviendo a “Las mil y una noches”, cuyo origen tiene casi 1,200 años, el califa Harún al-Rashid al recorrer las calles de Bagdad, o de Alepo (en las actuales Irak o Siria), se disfrazaba de mendigo y salía a para ver él mismo si se cumplían sus leyes, reparaba en directo los problemas urbanos para no dejarlos en la confianza de sus asesores, que a veces pueden ser de desconfiar. De esa manera el califa le daba respuesta correcta, como gobernante, a los problemas de su pueblo. En mi caso me disfrazo de ciudadano y dejo a un lado el escritorio burocrático para apropiarme de mi hábitat citadino del pasado.

Aunque ahora se pueden hacer recorridos en autos blindados y vidrios polarizados, no es lo mismo, aunque algo es algo. Para ver las desigualdades y los defectos citadinos a la velocidad del vehículo, pues no siempre el cerebro es tan veloz como el vehículo para detectar lo que pasa frente a nuestros ojos.

En ese trajín de mil y una noches me doy cuenta, por ejemplo, de la deshumanización de las pasarelas –tema abordado varias veces, no insistiré por ahora, que no es con mala intención, sino resultado de vacíos humanísticos de funcionarios que alguna vez justifican los atropellos y muertes por no subirse a las atentatorias llamadas pasarelas–. Si alguien muere atropellado es su culpa, por no subirse al horroroso armatoste; y lo peor: en mis consultas la mayoría admite que el funcionario tiene razón, “mueren por su culpa”. Parte sin novedad. Un asesinato más ¿y qué? No olvidar que el de arriba educa o deseduca al de abajo.

Les cuento algunas experiencias personales: intento cruzar una calle ancha y me prometo no correr, pues el semáforo me da vía verde. Una agente de tránsito dirige el paso con un silbato sin darse cuenta de que este escritor ha comenzado a caminar en verde. No le deseo a nadie quedarse esquivando conductores en sus vehículos a alta velocidad, que huyen de sus irrealidades.
Por supuesto que sobreviví, pero aproveché un espacio apropiado para dirigirme a la agente, explicándole que no solo los automovilistas tienen prisa, también el peatón –ignora mi interés por colectar insumos para mi futura novela–. La joven agente, azorada ante mi reclamo me dice: “Disculpe, que le vaya bien”. Ok, por lo menos, no hay que pelearse con la cocinera. Mi consuelo fue que por lo menos podía hacerla reflexionar.

Otra vez, en la avenida Washington, cuando iba a la mitad de calle se adelantó un auto y me quitó el paso. Esto ocurre cientos de veces, pero esta vez iba de malas pulgas y me quedé frente a frente con el conductor, y le hice una ligera seña para que retrocediera. Su mirada de crimen me hizo volver a la realidad. Ni modo, tuve que dar la vuelta por detrás del vehículo.
Una norma para los de pie: nunca pasen delante de un vehículo detenido ante el rojo del semáforo, pues el conductor está atento al verde, y si no sabes saltar, de seguro te va a arrastrar. Porque el peatón carece de libre paso, una anormalidad que se considera normal, pese a que pagamos un fondo de vialidad, impuesto que me da “derecho”, entre otras cosas, de caminar por la calle. Se agregan los vehículos en la acera: es el peatón quien debe bajarse y exponerse a la muerte.

Y si no, veamos los fallecidos por accidentes de tránsito en 2017 hubo 9,462 lesionados y 1,245 fallecidos.
En el primer cuatrimestre de 2018, enero a abril, llevamos 3,288 lesionados y 455 fallecidos. Si hacemos una proyección elemental (o al tanteo, como se dice popularmente) significa que en 2018 tendríamos 9,462 lesionados y 1,465 fallecidos. Horror. Más muertos y discapacitados de por vida. Si hubiese hijos o familia, ¿quién responde por ellos? Se podría decir que el causante directo, la víctima.

Dada la situación económica de la gran mayoría de salvadoreños, una vida puede costar entre $500 a $2,000, si se tiene suerte. Aunque también el Estado debe proteger la vida de sus habitantes o prevenir el riesgo de perderla.

Una propuesta: hacer un llamado a quienes tienen iniciativa de ley. Hay leyes y reglamentos que podrían evitar la tragedia nacional que estamos viviendo. ¿Qué les parece si se elevan las multas y se cobran sin distinguir influencia (recordar a motoristas de buses que llegaron a tener hasta $8,000 de multa)? Y así podemos evitar la incultura de la impunidad.
La clave, en fin, es hacer cumplir la ley. O será el Estado que responderá por esa carga. ¿Y los verdaderos responsables? Esa sería misión de la Sala de lo Constitucional que por ahora dictamina sobre violaciones constitucionales relacionadas con el tema político. Ya vendrá el tiempo de velar por los derechos violentados del ciudadano común, también establecidos en la Constitución.

Los demócratas no nacen

Las actuales situaciones políticas de Honduras y Nicaragua nos confirman que sus procesos democráticos agonizaban desde ya hace varios lustros. Se deterioraban entre pijamas capturadas a medianoche por las botas militares o se ahogaban entre whiskies que pactaban cárceles de impunidad y reelecciones indefinidas. Si nos persignamos demócratas, estamos obligados a pronunciarnos en estos días de oscurana tiránica que sufre Centroamérica. Y no solo hoy, que la reprimida es la juventud de Matagalpa, sino también antes, cuando la tormenta de lacrimógenos caía sobre la juventud en Tegucigalpa.
En El Salvador, nuestra desnutrida democracia se muere lentamente presa de una vacua y sobreactuada polarización política de posguerra. Incapaz de responder con sentido a miles de compatriotas que viven con menos de un dólar su día o que han llorado a sus muertos y sus migrantes. Tristemente, nuestro único proceso democrático en la historia también ha sido incapaz de parar el éxodo y el río de sangre y pobreza. Entre promesas electorales de manos duras y luchas contra la corrupción, ha estrellado contra cada próximo redondel la esperanza de miles de salvadoreños.
Por su parte, en Guatemala, los tejes y manejes políticos no están menos meneados que en los de sus vecinos. Sin embargo, el aroma a esperanza parece llegar un poco más cerca. Aunque no sin importantes retrancas y acuerdos-tapaderas que se oponen a que finalmente estas tierras Centroamericanas dejen de ser gobernadas por finqueros y pasemos a gobernarnos como ciudadanos libres, acercándonos cada vez más a esas formas que se deshacen sin contenido en los labios de muchos insignes miembros de nuestras élites políticas y económicas: democracia, Estado de derecho, Constitución.
La democracia no es una declaratoria. Son unas reglas de juego, pero también una cultura política que se vive, que se respeta, pero sobre todo que se aprende. Los demócratas no surgen de ninguna pila bautismal ni caen frondosos de tolerancia y respeto de ningún palo de aguacates. A ser demócrata se aprende. Y resulta que por acá casi nadie quiere invertir en formación política, en procesos, experiencias y espacios de largo plazo que nos permiten reproducir un bagaje de prácticas, sentidos e ideas que nos preparen para convivir democráticamente.
Mientras no echemos a andar procesos de formación política en las que ejercitemos actitudes básicas para convivir en democracia -como la de saber perder, como la de no aferrarnos al poder, la de saber disentir sin insultarse, entre otras–, no vamos a cosechar procesos democráticos duraderos y profundos. Mientras nos gobierne la ley de Herodes o la de Hidalgo, mientras no nos eduquemos sobre otras pautas, entonces seguiremos viendo libertarios y revolucionarios convertidos en dictadores a diestra y siniestra.
A pesar de esta nueva oscurana antidemocrática que vive Centroamérica, también es importante enfocarnos en lo positivo, por lo que aprovecho para felicitar a los jóvenes que participaron y a los que hacen su voluntariado en procesos de formación política como el de las Juventudes Socialdemócratas de El Salvador (JSD), movimiento político juvenil que durante 11 años viene aportando a la formación de liderazgos democráticos a través de su Escuela Centroamericana de Liderazgo Público (ECLIP), que el 26 de mayo recién pasado finalizó la formación de su séptima generación, en un esfuerzo de voluntariado y compromiso que comprende que la democracia y los demócratas no nacen. La democracia se hace

Por otros 10 años de narración, datos y periodismo

Séptimo Sentido cumple 10 años de andar por las calles. De hacer siete preguntas y de escuchar historias. De juntar cartas en su buzón. Por ello, quería desearles de cumpleaños que se aventuren cada vez más por el periodismo de datos. Que se den el chance de soñar en grande sobre cómo las tecnologías digitales pueden apoyar la difusión de “las historias bien narradas”.
Frente a la idea de que estamos en la era de los big data, en donde en principio podemos acceder a cantidades inmensas de datos que son difíciles de procesar, una de las mejores preguntas que he visto pasar es si el activismo de datos es una manera para estudiar la relación política que la gente tiene con los big data. Stefania Milan y Miren Gutiérrez, investigadoras y comunicadoras de datos, dijeron en 2015 que el periodismo debe estar a la vanguardia de la “revolución de los datos”, puesto que una de las cuestiones fundamentales de esta profesión es visibilizar información y (sobre todo) el hacerla accesible, entendible, a quienes se acerquen a ella.

Tener acceso a cierta información se vuelve equivalente a tener poder, señalan ambas autoras. Me atrevo a decir que tenemos poder en dos acepciones, la primera obviamente relacionada al sustantivo que se refiere al dominio que puede ejercerse sobre una acción o sobre un grupo de personas, pero la segunda sería al verbo que implica la habilidad de decidir, de elegir con base en lo que conozco y creo que es real. Y ninguna de ellas es menor, mucho menos en tiempos en que toma posesión la nueva Asamblea Legislativa o cuando ya inició la carrera para alcanzar la presidencia del país.

En este sentido, la función del periodismo evoluciona hacia la recolección de los datos (ojalá de una gran cantidad de estos) y el cuido que puedan darles hasta asegurarse que están maduros, que podrán ser “molidos” para producir el mejor artículo o reportaje del mundo. Esto es el cuido de la cadena de producción que permitirá tener información útil, que trasciende, que transforma, que nos indigna y nos conmueve hasta alcanzar que hagamos algo al respecto. Urge que prioricemos la habilidad de explicar lo que ocurre, lo que esos números o respuestas o salarios que se han recolectado pueden decirnos sobre nuestra realidad inmediata. Milan y Gutiérrez, por su parte, enfatizan en que el periodismo de investigación que se cruce con los big data se vuelve periodismo de datos; mientras el activismo cruzado con prácticas y valores periodísticos es periodismo de campaña, a la vez que la unión de ambos genera el periodismo de datos de campaña, donde se mezcla además la ética del cambio social. Y es por eso que cabe perfectamente en la reflexión de las #RedesTecnoPolíticas: las tecnologías construidas alrededor del ciudadano requieren de periodistas dispuestos a interpretar, a resolver con ética los dilemas de privacidad y de sentido a los que nos enfrentamos.

Así, en su décimo cumpleaños, le deseo a Séptimo Sentido que cada domingo experimente más, para que esa reflexión ético-periodística nos lleve a elevar la discusión política en los distintos círculos que nos movemos. Que prueben con más tecnologías digitales al servicio de la narración de historias (salvadoreñas, centroamericanas). ¡Que sean muchos muchos datos más!

Carta Editorial

“La edición es un juego de roles”, soltó un reconocido periodista venezolano durante un encuentro regional. Y no es fácil este juego. Un mal editor puede instalar mecanismos finos para entronizarse a costa de quienes en su momento están en rol de editados, quienes, a su vez, asumirán que el papel de un editor es el de un tirano. A la vuelta de un par de años, como suele suceder en los medios de la región, el editado será alguien que, en el rol de editor, repetirá patrones abusivos. Todo el ciclo vicioso que ha hecho tanto daño al periodismo estará completo entonces.

He pasado más de la mitad de mi carrera dejando los ojos en los textos de otros. Caer en esta silla fue sorpresivo. Y solo recibí una frase a manera de instrucción: “Imprima su sello en esto”. En el marco de los 10 años de esta revista, aclaro que no imprimí mi sello; si esa era meta, se puede decir que fracasé.

Lo que sí ha quedado marcado a fuego han sido las voces de talentosos reporteros que han dejado su esfuerzo en estas páginas. Voces imperdibles a la hora de hacer un recuento de los pasos que ha dado el periodismo nacional. A cada uno de ellos hay que reconocerlo por haber contado con profundidad y empeño un poco más de este país y sus carencias o virtudes. Su forma de ver el mundo nos ayudó a todos a construirnos una versión más completa de porqué somos lo que somos.

Así que: César Castro Fagoaga, Fernando Romero, Rossy Tejada, Roberto Valencia, Carlos Chávez, Jimena Aguilar, Gabriel Labrador, Sigfredo Ramírez, Rónald Portillo, gracias por sus letras y su sensibilidad.
El mérito real no está solo en presentar una carta de intenciones. Se valora quedarse a capear temporales de la mejor manera con los recursos que haya a mano. Y, por eso, también gracias a todos nuestros aliados externos en esta primera década.

Moisés, Valeria: ustedes son los pilares fuertes sobre los que sigue construyéndose este espacio. Tienen todo para, ahora sí, imprimir su sello.

“Quisiera tener tiempo para parar”

¿Cuál es tu miedo más grande?

Decepcionar a las personas que me apoyan.

¿Cuál ha sido tu mayor atrevimiento en la vida?

Trabajar para el extranjero. Uno desconoce cómo funciona todo.

¿Cuál es tu mayor extravagancia?

Comer salmón… y que estoy asistiendo a clases de japonés.

Si pudieras tener un superpoder, ¿cuál sería?

Poder controlar el tiempo. A veces uno no tiene tiempo para poder ver cosas en la vida. Quisiera tener tiempo para parar y apreciar lo que me estoy perdiendo.

¿Cuál es tu color favorito?

El morado. Me gusta porque es entre frío y cálido; Y quizá porque yo nací en El Salvador, una región cálida, para mí, todo tiene que ser cálido.

¿Hay alguna imagen que nunca ilustrarías?

Sí, cosas que vayan en contra de la moral humana o algo que denigre a una persona.

¿Cómo imaginas tu vida dentro de 10 años?

Espero al menos haber publicado y escrito dos libros; uno de mitología náhuatl y otro sobre psicología infantil.

Buzón

Historias desafortunadas

Una avalancha de riesgos y peligros enfrentan los inmigrantes en el trayecto que enrumba la búsqueda de la ruta hacia el Norte. Tal hazaña lleva la vida de los osados en un hilo y lo peor que los acecha en el recorrido son la bandas criminales que los secuestran y obligan a transportar droga, quedando a merced de estos, quedando en un segundo plano la travesía de ríos y zonas desérticas. Una historia desafortunada como la de los esposos Linares que debe servir de reflexión a cualquiera antes de alzar los pocos trapos al hombro y que de antemano sabemos que ningún indocumentado tiene garantías de ser admitido por las autoridades de Inmigración de aquel país destino, tampoco las denuncias de los atropellos en las víctimas son tan habituales, vale destacar esa valentía al haberlo hecho esta vez, de acuerdo con el reportaje de Glenda Girón “Un percance rumbo al Norte”.
Lo más indignante es que a pesar de que el drama es crónico, no cambian en nada las relaciones entre los países “amigos” implicados en el asunto; mientras tanto, las oportunidades desactivadas forman un panorama desalentador. Al final, cualquier deportación puede terminar en tragedia.

Julio Roberto Magaña
[email protected]


Felicitaciones

Quiero felicitarlos por estos casi 10 años de ardua labor periodística. No es fácil sobrellevar esta responsabilidad. Siempre leo toda la revista; en esta oportunidad me ha encantado la cátedra sobre la labor de escribir no solo poesía, sino los dotes que se requieren para escribir una novela. Excelente legado de Manlio Argueta.
No comparto el criterio periodístico de Héctor Silva sobre las actuaciones policiales. Considero que lo hace más por ganar notoriedad personal. He leído muchos de sus artículos y pienso que tiene doble moral. Me hace recordar mis clases de filosofía en las que se nos explicaba que el hilo que separa el bien y el mal es imperceptible.

Manny Nagula
[email protected]

Historias sin Cuento

TIERRA DE POR MEDIO

Apenas tenía recuerdo de las vías por las que llegó a aquel destino insospechado. Nacido en un pequeño pueblo del interior del país, sus padres, que no conocían nada de lo que estaba más allá de los áridos cerros circundantes, emprendieron un día de tantos, por impulso que en estos tiempos se ha vuelto viral, la ruta de los migrantes indocumentados. ¿Cómo hicieron para cubrir el costo de aquel trayecto? Vaya usted a saber. Enigmas que también se han vuelto virales.

Él, que entonces era una criatura en las manos nerviosas del azar, se crió en una localidad ubicada en los alrededores de la “Ciudad que nunca duerme”.

New York, 9 p.m. Él estaba en sus últimos trámites para graduarse con honores como experto en desarrollo digital, y la persona que tenía enfrente en una mesa rinconera del restorán Cafe Boulud, en la Calle 76 y Madison Avenue, iba a hacerle una oferta de trabajo en destino aún no revelado:

–El haberte conocido en la Universidad me hace confiar en que vas a aprovechar esta oportunidad como nadie. Además, de alguna manera volverás a tus orígenes…

Él se puso aún más a la expectativa. El oferente mantuvo la sonrisa:
–Te estoy ofreciendo Singapur.

En ese instante toda la escenografía pareció cambiar como por encanto. Él giró la mirada, y preguntó en un susurro: “¿Dónde estamos?”

–En el Hotel Ritz-Carlton, entre los rascacielos. El mar a un paso y el futuro a otro paso. ¿Respondes ya o prefieres que antes nos tomemos el aperitivo?

Mientras lo hacían en una mesa del Lounge Bar Chihuly, él observó a través de los amplios ventanales la vegetación de los entornos. Una vegetación de ambiente caluroso y lluvioso, como en su mundo natal guanaco. Nunca había tenido una reminiscencia visual y sentimental tan intensa. La respuesta le brotó como una corola anhelante:

–¡Acepto! Me voy a Singapur en el primer bus que salga para allá…

AGUA DE POR MEDIO

Se llamaba Ryan Anand, y cantaba acompañándose de su guitarra durante las noches en el bar, mientras los viajeros departían con la distensión propia de las excursiones de placer. Ryan acababa de ser contratado para que fuera parte de los que amenizaban la estadía flotante, y hasta aquel momento sus presentaciones nocturnas lo iban poniendo en contacto con una forma de distensión íntima que era para él lo menos esperable. Se hallaba aquella mañana, apoyado en la baranda más alta de la nave, junto al muelle de un puerto desconocido. Pasó muy cerca un camarero con una bandeja de copas y él le preguntó:

–¿Dónde estamos?

–Eso que está enfrente es Sorrento.

Él suspiró con fuerza. No recordaba que esa fuera una de las estaciones contempladas en aquel itinerario; pero si estaban ahí había que aprovechar la estadía. Sin pensarlo dos veces, y por un impulso de raíces profundas, fue a recoger su guitarra, la eterna compañera. El barco no podía atracar en el pequeño muelle y había que tomar un ténder que llevara hacia ahí.

En lo alto aguardaba Sorrento, a la distancia de 106 escalones. Los subió casi volando y llegó a un parquecito acogedor. Se sentó en un banco y empezó a acariciar las cuerdas de su guitarra. “Torna a Sorrento” era el himno obligado. No estaba en su repertorio, pero le brotó como una ola viva. La gente pasaba a su alrededor sin percatarse, y es que los acordes y la voz se le derramaban hacia adentro, como si su acantilado interior fuera el único destinatario. Sólo alguna gaviota le hacía compañía.

AIRE DE POR MEDIO

El pensador autodeclarado dijo una vez en el pequeño coro de amigos, mientras departían en el bar más próximo, que era su proverbial sitio de encuentro: “Parece que los espejos son los mejores testigos de lo real, porque nada que pase frente a ellos se les escapa”. Los otros presentes, que ya estaban habituados a sus frases dizque originales, se rieron como siempre, y uno de ellos le hizo un comentario de los que en el grupo se estilaban:

–Bueno, los espejos son bastante hábiles para eso, pero hay alguien que les gana…

–A ver, ¿quién?

–Míralo, está a nuestro alrededor…

El que había lanzado la frase giró la mirada, en busca de esa presencia que acababa de serle referida. No había nada que pudiera tomarse como tal, al menos en el plano visual. Se encogió de hombros, como si le estuvieran jugando una broma. El otro le explicó lo que quería decir:

–Es el aire, amigo. El aire, que va por donde quiere repartiendo imágenes. Es el mayor coleccionista que puede haber. No se le va una.

FUEGO DE POR MEDIO

El doctor Molinari acababa de entrar en fase de retiro de su prolongada labor como especialista en descifrar misterios psíquicos, y sus pacientes más cercanos en el tiempo quisieron hacerle un agasajo a la orilla del lago emblemático de la zona. Sabían que el doctor era eterno adicto a los gozos del mundo natural, y la invitación incluía una excursión por las corrientes termales de la zona y por los cráteres de la última erupción del volcán vecino.

El día señalado para el encuentro el doctor amaneció orgánicamente descompensado, y tuvo que avisar que no le sería posible acudir a la cita conmemorativa. Ellos aceptaron que fuera así, pero se quedaron expectantes, porque era una reacción inesperada. El doctor se caracterizaba por ser entusiasta y puntual, y de seguro algo grave estaba ocurriéndole.

Como ya todo estaba listo, los invitantes dispusieron hacer ellos la excursión sin decirle nada al invitado ausente. El día se hallaba de pronto envuelto en brumas, pese a que en aquellos momentos del año la luminosidad de la atmósfera resultaba proverbial. Los excursionistas llegaron al lago, buscaron un pequeño albergue para beber algo que los entonara y partieron hacia las corrientes termales donde tomarían un baño relajante. En cuanto entraron en contacto con el agua, la sensación de estar en un ejercicio retrospectivo les hizo sentir que el doctor Molinari estaba ahí.

Un buen rato después, empezaron la escalada hacia los cráteres. Fue como si una fuerza superior los llevara en andas. Al llegar al sitio de destino, las fumarolas estaban activadas, en ceremonia de bienvenida. Todo aquello tenía visos de ser sobrenatural. Uno de ellos se animó a preguntar en voz alta.

–Doctor, está aquí con nosotros, ¿verdad?

Una ráfaga de aire reconfortante los envolvió de inmediato. Y como en un juego visual, la imagen del doctor se hizo vaporosamente presente. Entonces sonó el celular de uno de los caminantes. La daban la noticia:

–El doctor ha dejado de respirar, y parece que se está evaporando.

Todos los presentes se juntaron en círculo cerrado. En medio, una hoguera surgió de súbito, con intención ceremonial. La señal era clara, y fue entendida sin más.
El doctor Molinari había querido acompañarlos de la mejor manera posible: con la emoción del fuego nacido del alma que se despedía al aire libre. Ellos estaban alegres como nunca, y se abrazaban en homenaje a su mentor.

El tiempo detenido en un paisaje blanco y negro

Cenizas

La aldea de San Miguel Los Lotes perdió su color. Parece una fotografía en blanco y negro de lo que algún día fue un lugar habitable. Ahora es un desierto de ceniza, apagado, triste. Debajo, están todavía los cadáveres de decenas de personas.

La maquinaria fue abriendo paso estos días hasta hacer reaparecer la carretera principal, la Ruta Nacional 14, una calzada de asfalto que ahora simula un camino de terracería más. Unos metros antes, detrás de un cordón rojo, un bombero voluntario da instrucciones a periodistas. “Si quieren entrar, tenemos que ir juntos. No nos separemos por favor. Y no se salgan de los caminamientos”. Comienza el recorrido. Una excursión de 50 personas que pasean por una zona devastada.

Después de las primeras casas, las menos afectadas, permanece intacto un puente del que el día anterior los rescatistas sacaron un cadáver sin pies. Algunos de los que vieron la escena desde abajo, a una distancia prudencial, hoy caminan a pocos metros del guardarrail donde se encontraba el cadáver.

Dos rescatistas colocan trapos al suelo para aliviar el calor de un perro que sobrevivió a la erupción volcánica y que lleva dos días manteniéndose cerca de su casa.
Un poco más adelante, las casas más cercanas a la carretera aguantan de pie, aún no se sabe cómo. La primera imagen es la de dos vehículos. Ni siquiera se distingue su color. Están casi verticales, incrustados en un montículo de ceniza, cubiertos de polvo. Una grúa arrastra un picop marrón, no se sabe si por el óxido o por la costra de la tierra húmeda, mojada aún por la lluvia de la tarde anterior. Pareciera la escena de un desguace.

En la entrada de una vivienda algunos socorristas levantaron un improvisado puente por el que caminan bomberos, policías, miembros del Ejército, vecinos de la aldea… Es una casa especialmente sencilla. Contrasta con las de block de cemento a sus lados; piso de tierra, techo de lámina. Y a pesar de su sencillez, no se ve tan perjudicada por la avalancha de ceniza. Sobre la mesa de madera, una canasta con granos de maíz pareciera esperar por alguien que los cocine. En la cocina, tazas perfectamente colocadas, ollas, sartenes. Todo en su lugar.
Al fondo de la casa, la salida es un angosto espacio de un 1.50 metro de altura. Es la puerta al horror.

Del otro lado están las viviendas que quedaron soterradas por la ceniza; algunas completamente. Otras están cubiertas con una pequeña capa gris. El tiempo parece haberse detenido en ellas. Tres costales de naranjas ennegrecidas aguardan en una esquina a alguien que debió comenzar la venta el lunes, temprano. A unos metros, una hilera de palos de madera grisáceos están listos para calentar una estufa de leña ahora inservible.

Tres costales de naranjas ennegrecidas aguardan en una esquina a alguien que debió comenzar la venta el lunes, temprano. A unos metros, una hilera de palos de madera grisáceos están listos para calentar una estufa de leña ahora inservible. En una de las viviendas hay trastes que nadie lavó después del almuerzo. Hay ropa en el tendedero, seca, polvorienta, rígida. La fruta fresca preparada en un canasto para que los niños la comieran está hecha harina. Una bicicleta, completamente pintada

En una de las viviendas hay trastes que nadie lavó después del almuerzo. Hay ropa en el tendedero, seca, polvorienta, rígida. La fruta fresca preparada en un canasto para que los niños la comieran está hecha harina. Una bicicleta, completamente pintada de blanco. Un triciclo ahogado en ceniza.
Luego de un pequeño callejón, una casa de block de dos niveles ayuda a entender un poco la situación en la que se encuentran muchas viviendas. Estamos de pie, sobre lo que se supone que antes era una calle. Sin embargo, un letrero de cobre en el que se lee apartamento A, que debería estar encima de la puerta de entrada, se encuentra ahora a poco más de un palmo del suelo. A su lado, las esquinas superiores de la puerta y de una ventana asoman entre la tierra. Estamos en la calle, sí, pero a unos 2.5 metros de altura.

El callejón continúa, alejándose de la carretera principal. Al nivel del piso, un grupo de seis bomberos se turna para agujerear el tejado de una casa. Se mantienen con equilibrio sobre unos listones de madera. El ruido de palas, arados y grandes martillos se escucha con golpes secos sobre un techo de cemento y metal. “Cambio”, grita el superior. Los seis bomberos regresan y unos compañeros toman su lugar. Buscan cadáveres dentro de las casas. Por ahora no han logrado retirar ninguno. La cifra de 70 personas fallecidas lleva inmutable todo el día.
Los cadáveres enterrados
Hace calor. El suelo es ceniza, ceniza y más ceniza. Cada paso hacia arriba, hacia dentro de la aldea, se siente en la suela de los zapatos. Las calienta, las desprende de las botas hasta abrasar los pies de quien camina por la zona. Entender esta sensación de malestar, de inseguridad y de peligro es crucial para comprender por qué hoy no se ha rescatado ningún cadáver de San Miguel Los Lotes.
En la entrada de la aldea, los grupos de rescatistas esperan la orden. Algunos se recuestan en el pasto ceniciento. Comen, beben agua y suero, reponen fuerzas. Cada poco tiempo un grupo de 20 se forma frente al cordón rojo. Hacen un rápido recuento. “¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis!…”. El oficial a cargo pregunta quién necesita lentes, guantes y máscaras. “Con conciencia, que no hay para todos”. Algunos levantan la mano. Otros se quedan callados, con la vista en el suelo. No tienen lentes ni guantes. “Lo siento por los que no, muchá”, termina el oficial.

Al final de la fila está Víctor Álvarez. Lleva ocho años colaborando como bombero voluntario. Víctor trabaja vendiendo periódicos en las calles de Guatemala. Pidió un par de días libres para poder ayudar. Están a punto de salir hacia un área en la que creen que hay al menos 10 cadáveres. “Está difícil”, resume Víctor. Hace tres años estuvo en la tragedia del Cambray, el deslizamiento de tierra en Santa Catarina Pinula el que fallecieron más de 260 víctimas. Él sacó ocho fallecidos con sus manos. Cuando cierra los ojos todavía recuerda sus rostros. “Aquí es más difícil”, repite. La tierra no está húmeda como en el Cambray. Aquí está seca y arde. Bajo la capa superficial llega a los 300 grados centígrados.
Cuando consiguen abrirse paso y entrar en una casa, la situación es peor. En las viviendas, cerradas, herméticas, la temperatura del ambiente puede llegar a los 100 grados centígrados. El día anterior alcanzaban los 120.
Los 20 bomberos aguardan a que baje el grupo anterior. Toman el relevo y avanzan a paso ligero. Los que llegan están destrozados. Sus trajes están teñidos de gris, los rostros desencajados, desesperanzados. Desesperanza. Es la palabra que utiliza Héctor Chacón Cuellas, mayor de los Bomberos Municipales. Chacón lleva 50 de sus 72 años trabajando como bombero. Lleva la delantera de su grupo, y al bajar de la aldea continúa su camino, casi por inercia, hacia el inicio de la Ruta Nacional 14. Una de las personas a su cargo le detiene. “Mayor, por aquí”, le guía a tomar un poco de agua.

Fieles. Dos rescatistas colocan trapos al suelo para aliviar el calor de un perro que sobrevivió a la erupción volcánica y que lleva dos días manteniéndose cerca de su casa.

“Cada vez hay más desesperanza. Hay mucha tierra. Hay mucha tierra”, dice Chacón, con la mirada perdida. “Cada vez se vuelve más difícil”.
Mynor Ruano, oficial de Información de los Bomberos Municipales, ofrece algunas luces acerca de las labores de rescate. Mientras da la información es interrumpido por llamadas, consultas de los demás bomberos y avisos. “El avance está siendo más lento. Ahora se está haciendo un rastreo paralelo para acercarnos a partes más lejanas”, explica.
Ruano completa lo que ya adelantaron los otros bomberos. Que cada vez se vuelve más complicado encontrar cadáveres enteros, como fueron apareciendo a lo largo del domingo y del lunes.

Están calcinados, y el calor y la aridez del ambiente solo complican más los trabajos de búsqueda. “Es probable que ahora salgan mutilados”, concluye.
Cerca del listón rojo hay varios hombres que se acercaron con palas, cubiertos únicamente por mascarillas de papel. Esperan pacientemente a que les den permiso para entrar en el terreno. Quieren ayudar. Señalar los lugares en los que estaban sus casas o las casas de sus familiares. Ver si todavía se pueden rescatar los cadáveres.

Un hombre aguarda de pie, acompañado de un amigo que explica su situación. “Buscamos a una cuñada y a una sobrina de él. Solo sabe Dios si siguen ahí”. Una hora más tarde, los bomberos se acercan a los dos jóvenes. Comparten unas palabras, asienten, y los muchachos les acompañan al interior de la aldea.
Las esperanzas de encontrar personas con vida van menguando a cada hora que pasa. De vez en cuando aparecen perros cojeando, gallinas picoteando el suelo, o patos desorientados. Los rescatadores no se explican cómo pueden seguir con vida.

Carretera abajo, en el primer retén, Melisa Mar Charro, brigadier de la Dirección General de Protección y Seguridad Vial (PROVIAL) lleva todo el día dando indicaciones a las personas que se acercan al lugar. “Si quieren entrar pueden hacerlo, pero de una manera ordenada. Tienen que ir al centro de comando”, les explica pacientemente a cada grupo que se presenta con ansias de subir caminando hacia la aldea.

La mayoría solo quiere volver a sus casas, al inicio de San Miguel, para recoger algunos objetos personales. Así lo explican Melvin Montes de Oca, de 24 años, y Paola Hernández, de 20, una pareja que vivía con su hija en una casa rentada. “La idea es entrar a sacar algo, por lo menos, para no empezar otra vez de cero. Aquí no podemos seguir viviendo. Es imposible”, dice Melvin.
Charro explica que este control de las personas que suben y bajan se hace como medida de precaución. Para saber quién entra, a dónde va y cuándo regresa. Sin embargo, a lo largo del día el caos, la tensión y el hastío hacen que hombres y mujeres se internen en el área sin dar sus nombres.

de blanco. Un triciclo ahogado en ceniza.

Las esperanzas de encontrar personas con vida van menguando a cada hora que pasa. De vez en cuando aparecen perros cojeando, gallinas picoteando el suelo o patos desorientados. Los rescatadores no se explican cómo pueden seguir con vida.

Este descontrol es muestra de los problemas de información. Sergio Cabañas, secretario ejecutivo de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres (CONRED) decía ayer en conferencia de prensa que hay 192 personas desaparecidas. “Ya tenemos los nombres y de qué comunidad eran; con los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) y una foto aérea estamos haciendo una comparación”, explicó.

Pero hay dos vacíos. Primero, las personas fallecidas que no han sido identificadas. El segundo, las que no han sido reportadas.
La jornada de trabajo cerraba ese día abruptamente con una explosión que suspendió las labores de rescate y obligaba al cierre de la autopista desde Ciudad de Guatemala en dirección a Escuintla.

A las 8 de la tarde, el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (INSIVUMEH) emitía un boletín en el que indicaba que el volcán de Fuego había aumentado su actividad y como consecuencia de esto, a las 7:30 se había generado un nuevo flujo piroclástico. Por el clima, nublado, no se podía observar bien su desplazamiento, alertaba.
Por ahora tocará esperar a ver si el miércoles se retoman los trabajos. Se cumplirán entonces 72 horas de la tragedia, tiempo límite para tomar una decisión clave: la revisión minuciosa que se ha hecho hasta ahora podría detenerse. La maquinaria pesada entraría entonces para desescombrar la aldea.


*Este artículo es una colaboración periodística de Plaza Pública. Puede ver la publicación original en: https://www.plazapublica.com.gt/content/el-tiempo-detenido-en-un-paisaje-en-blanco-y-negro.

Sin explicación. Una gallina cruza el patio de la casa. Sorprendentemente, varios pollos, unos perros y unos gatos lograron sobrevivir a la erupción volcánica.

Un percance rumbo al Norte

Doble de reportaje original

 

Lo único que brilla hoy en la casa del joyero es el recuerdo de los $5.15 por hora que ganaba cosechando sandías, tomates, pepinos o cebollas en Texas, en Estados Unidos. Cuando lo deportaron en 2007, a Francisco Linares no le quedó más que regresar a su oficio de orfebre, de forjador de oro ajeno. Así fue hasta que tras el segundo de los asaltos sufridos se quedó solo con sus herramientas: una mesa ennegrecida y un puñado de trastos retorcidos. Desde ese momento ya no pudo pagar los $17 mensuales de la cuota por la casa en las afueras de Santa Ana. Los $4 diarios que reunía Delmy de Linares con su trabajo de doméstica apenas alcanzaban para la comida de los tres hijos y el matrimonio, y los mandatos de desadjudicación que se deslizaron bajo la puerta presionaron. A Francisco, de 44 años, Estados Unidos se le hizo tan necesario como un salvavidas para un náufrago. Convenció a Delmy para que lo acompañara por una ruta sin guía y sin garantías en la que la única ventaja era que él ya la había recorrido una vez. Trabajar con sandías en el norte, debió pensar, es más dignificante que trabajar con oro en El Salvador.

Se despidieron de los hijos y de la casa el martes 26 de febrero de este año. Dos días después, ingresaron en México. Recorrían alguna carretera de Chiapas a bordo de un microbús cuando agentes de la Policía Federal Preventiva salieron al paso. Detuvieron la unidad, y lo que sucedió fue que ella titubeó, se cortó, le ganaron los nervios, y no supo contestar con la rapidez necesaria a la pregunta que le hicieron los agentes. La bajaron del microbús. Francisco le leyó la preocupación en la cara y, no sin antes evaluarlo unos segundos, decidió confesar su origen. Los bajaron a los dos, igual que a otros que tampoco llevaban papeles y que, despojados de las sutilezas de las banderas, los escudos, los gobiernos y las nacionalidades, cayeron en una sola bolsa: centroamericanos.

Aquella vez no les fue tan mal. Los regresaron a Guatemala porque, previendo que los podían detener, Francisco había recomendado a Delmy que dijera que era de ese país. Él aseguró lo mismo. Y como las autoridades mexicanas no se molestaron en confirmar las versiones, los dejaron en una frontera que los mexicanos llaman Talismán y los guatemaltecos, El Carmen. Antes tuvieron que pasar una noche detenidos, él con los hombres y ella con las mujeres. Aguantaron hambre y no dejaron de preocuparse el uno por el otro, pero no les fue tan mal.

El contratiempo no fue significativo y no mermó la intención de los Linares. El mismo día en que los agentes mexicanos los dejaron en la frontera, Delmy y Francisco tomaron un autobús e hicieron el recorrido de una media hora hasta la siguiente frontera, que se llama Tecún Umán y que, a diferencia de la anterior, está abierta las 24 horas. Así, siguieron por la ruta que Francisco conocía.

El sábado 1.º de marzo, iban de nuevo en un microbús. Era temprano. Habían cruzado el río Suchiate, el que une y separa los dos países, a las 6 de la mañana y, debido a que el sol apenas empezaba a salir, él pensó que no iba a haber nadie con ganas de sorprenderlos. Esta vez ella no habló. Fue él quien, con simulado acento mexicano, dijo al motorista que les permitiera bajar antes de llegar a la garita. “¿Vas a rodear?”, dice Francisco que le preguntó el conductor. Una respuesta afirmativa no fue suficiente para desactivar la curiosidad. ¿No traes papeles?, volvió a preguntar el motorista, a lo que Francisco, recuerda que en tono molesto contestó: “¿Y para qué te estoy diciendo que me dejes aquí?”. El conductor se detuvo y la pareja se bajó.

Hasta antes del viaje, Delmy no conocía ni la capital de su país, San Salvador, a escasos 65 kilómetros de su lugar de residencia. Pero para cuando el sol de ese sábado salió, ella y su marido habían dejado El Salvador, habían atravesado Guatemala y caminaban por un paraje conocido como La Arrocera, en Huixtla (Chiapas). Se bajaron del microbús a unos 500 metros de la garita de control migratorio, y caminaron unas cuatro cuadras para rodearla. Ahí es donde empieza lo más negro de su historia. Ahí empieza ese episodio al que los esposos Linares prefieren referirse como el percance.

Dice Francisco que apuraron el paso y que casi corrieron para escapar de ellos. No funcionó. De un salto, uno de los tres uniformados se les puso delante, y les preguntó que de dónde venían, que para dónde iban, que si estaban afligidos, que si llevaban dinero, que si la vieja llevaba dinero. Eran tres. Tenían escopetas.

En la casa de los Linares hay unas cuantas sillas, un par de camas, un cancel y detrás del cancel una cocina raquítica. Francisco accedió a contar esta historia el 22 de abril, cuando tenía sus recuerdos como llagas vivas. Habló, porque quería exigir justicia. Llevaba menos de 48 horas en El Salvador. Y revivía con gestos y rabia su parte del percance.

El agente preguntó a Francisco si estaba afligido. “No, estoy contento, contento porque los veo a ustedes. Eso me hace a mí sentir que aquí no hay ladrones, no me puede pasar nada. Y al mismo tiempo estoy preocupado, porque ustedes me pueden entregar a la Migra”, dice él que les contestó.

Los agentes al principio eran tres, dos con gorros navarone y uno con gorra. Uno de los de cara tapada se pasó el arma de un brazo al otro. Y el que estaba hablando con Francisco hizo un gesto para que se acercaran otros tres hombres. Estos iban vestidos con camisetas y pantalones color verde olivo, color militar. Ellos, los últimos, se quedaron con Delmy. Los otros tres, los primeros, se llevaron a Francisco. Dijeron que a Delmy la soltarían en unos 10 minutos para que se reuniera con él.

Con diplomática cortesía, Gustavo Gutiérrez, encargado de asuntos migratorios del estado de Chiapas, reconoce que el respeto a los derechos de los migrantes y la depuración del personal policiaco son “un reto”, uno grande. Así, al reducir acciones a palabras, lo que los Linares bautizaron como el percance sirve a Gutiérrez para dimensionar su reto. “No es un caso que se pueda tomar como único, lamentablemente ilustra el tamaño del reto que tenemos”, dijo el funcionario.

Francisco se les corrió a los hombres con uniformes de la Policía Federal Preventiva. Huyó y se metió en una quebrada. Como en las películas, dice que escuchó que sus perseguidores caminaban arriba de su escondite y los escuchó decir “Ese güey ya se largó”. Y se quedó ahí, despierto, asomando la cabeza por si Delmy se acercaba. Pasó un día y medio esperándola y no apareció.

Francisco asegura que la buscó. Dice que se paseó por el lugar en donde los habían interceptado, y que no halló ni rastro de la que desde hacía más de 25 años era su mujer. Él decidió continuar, pero el peso de la pena se le hizo una carga demasiado pesada como para avanzar hacia su sueño de trabajar en la cosecha de sandías, tomates, pepinos y cebollas en Texas, en Estados Unidos.

Se colgó del tren del sur —que discurre por los estados de Chiapas y Oaxaca— y se logró bajar entero. Ya sin un centavo, todo se lo quedaron los seis uniformados, decidió aceptar el techo y la comida que ofrece el albergue “Hogar de la misericordia”, que administra en el municipio de Ixtepec un sacerdote mexicano llamado Alejandro Solalinde. Y ahí las noches fueron lágrimas. Pasaba solo, porque le caía mal que sus colegas de viaje, también rotos y también cansados, intentaran darle ánimo.

Sobre la vestia

La relación con las luces y las cámaras empezó en ese albergue. Solalinde reunió a los huéspedes de turno para que, como en terapia de grupo, contaran su experiencia. Francisco pidió la palabra, pero para decir al padre que quería hablar con él en privado. El de Solalinde no es un nombre extraño para los medios. En los últimos meses lo han citado Prensa Libre, Reforma, El Universal, Vanguardia, Noticias de Oaxaca, El Periódico de México y Gatopardo. En todas las notas él habla de violaciones a los derechos de los migrantes y siempre ha tenido como fuente para sus denuncias a los mismos migrantes. Para recibir en privado a Francisco, sin embargo, se tardó dos días, y Francisco aún lo dice como reclamo.

La plática con Solalinde no solo sirvió de desahogo. También plantó en Francisco la semilla de la denuncia. Y el salvadoreño, que no sabía nada de su mujer desde el encuentro con los uniformados, que no tenía ni un centavo partido por la mitad y que se sentía colmado de incertidumbre, la dejó germinar.

Abrir el proceso de denuncia significaba retroceder en el viaje hacia el Norte. Y retroceder, cuando cada paso hacia adelante ha dolido tanto, no es sencillo. Francisco debía regresar desde Ixtepec, en el estado de Oaxaca, al Estado de Chiapas. “Acepté, no más porque no sabía nada de ella y era una injusticia no saber nada”, recuerda.

Francisco es un hombre moreno —dice que tanto como los policías que le quitaron dinero y esposa—, de convicciones firmes, miembro de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días —mormón—, papá de tres, y esposo de esa mujer de su misma edad, 44, a la que conoció cuando de niños jugaban en la colonia España, de Santa Ana, la que llaman la Sucursal del Cielo.

El 14 de marzo, 14 días después del percance, Francisco estuvo en una conferencia de prensa. Al orfebre santaneco lo sentaron frente a quién sabe cuántos periodistas. Porque la estancia de Francisco en México coincidió con la del relator de asuntos migratorios para la Organización de Naciones Unidas (ONU), Jorge Bustamante. Tras atender a los periodistas, los dos se reunieron en privado.

Desde diciembre de 2006, Bustamante ha visitado República de Corea, Indonesia, Estados Unidos, Guatemala y México como relator especial sobre derechos de los migrantes de la ONU. Bustamante es doctor en Sociología y Ciencias Políticas, y ha participado en la elaboración de libros como “Decadencia y auge de las identidades”, “Economía fronteriza y libre comercio” y “Frontera y migraciones”. Francisco, por su lado, estudió hasta primer grado, ha sido deportado de Estados Unidos, fue eventual del Cuerpo de Agente Metropolitanos de Santa Ana y debe $1,100 a un amigo. Con esas credenciales, ambos se sentaron frente a frente.

“Ahorita disfráceme a un par de vigilantes suyos con una mochila y que se vayan conmigo a pasar por una garita, a ver si no les hacen algo, a ver si no los asaltan. Ustedes saben, pero se lucran de eso. Saben que el único delito de nosotros es cruzar México, y saben que venimos a contribuir al país de ustedes, porque los salvadoreños dólares traemos y dólares les dejamos”, dijo Francisco que fue la acusación que le dejó al relator.

Bustamante levantó un informe de su visita a México. “El relator especial manifiesta su conmoción por los crecientes abusos contra personas migrantes, especialmente contra aquellas de origen centroamericano”, son las líneas que, dentro del documento, se pueden aplicar a lo que los Linares vivieron.

Tras la reunión con Bustamante en Tapachula, siempre en el estado de Chiapas, Francisco puso la denuncia. En ese momento, tenía el ánimo de justicia encendido. En ese momento, apareció la desaparecida Delmy.

Delmy llegó a su casa el lunes 10 de marzo. Iba sola, vestida con una ropa que alguien —quién sabe quién— le regaló. El viaje desde La Arrocera, en Huixtla, hasta su humilde casa en Santa Ana le tomó cinco días. Los otros cuatro los había pasado en los montes.

Delmy empieza su relato desde el momento en que los hombres la dejaron tirada. Caminó deshaciendo los pasos que había dado con su marido. Avanzó a pie hasta donde pudo, y ahí empezó a pedir dinero.

Ella, que nunca había salido de Santa Ana, tuvo que encontrar la manera de sobrevivir sola. Ahí no había pena, ni conocidos ante los cuales sentir vergüenza o confianza. “De lo que me daba la gente pagaba los buses. En unos, me cobraban, en otros no”, dice sin alzar la voz.

Contrario a su esposo, habla poco y se ríe menos. Se seca las lágrimas antes de que le rueden por las mejillas.

Los que la separaron de su marido —los uniformados, los de verde, los que traían escopetas— la retuvieron durante cuatro días. La violaron durante cuatro días.

Se acuerda de que le dieron de comer, pero no sabe qué. Recuerda que la golpearon, pero no sabe cuánto. Sabe que fue abusada sexualmente, pero está segura de que no podría reconstruir un rostro, una escena o algún nombre. Sabe de la cicatriz, no de cómo la hirieron. “Es que yo me corto, pierdo el conocimiento”, dice como exponiendo un defecto de fábrica.

En la mano, Delmy lleva un anillo dorado que Francisco le forjó y que conserva porque nunca lo sacó de su casa en Santa Ana. Ese lugar al que regresó el 10 de marzo: “Al no más venir, lo primero que hice fue preguntar si él ya había hablado”.

Lo que las autoridades mexicanas dijeron acerca del paradero de Delmy fue que había sido “asegurada” en un operativo de la Policía Federal Preventiva y que ya había sido liberada, según recogieron los medios de comunicación locales. Solalinde no quedó satisfecho con esa explicación. “¿Cómo puede tratarse de un operativo de Migración sin agentes de Migración? ¿O acaso Migración usa pasamontañas? Pero además, amenazaron con armas de alto poder, los insultaron, amenazaron, los robaron y secuestraron a la señora”, fueron las palabras del religioso ante periodistas.

En el momento en que la vivencia de los Linares atrajo cámaras y plumas, las autoridades del estado de Chiapas se comprometieron a investigar y a responder por lo que había pasado. El caso se puso en manos de Gustavo Gutiérrez, el encargado de asuntos migratorios.

Movilidad Humana es el nombre de la ONG que documentó el caso de los Linares y lo empujó hasta los oídos de Bustamante, el relator de Naciones Unidas. En Movilidad Humana trabaja Solalinde, y fue él quien el 18 de marzo recibió la noticia de parte de las autoridades estatales: Delmy estaba en su casa. Lo supieron ocho días después de que ella, por sus medios, hubiera logrado volver a su país.

Solalinde es una fuente recurrente para los periodistas. En una nota en la que aparece su nombre se dice que intervino para que no golpearan a 22 centroamericanos de madrugada, en otra se denuncia que las autoridades no hicieron nada por investigar el paradero de 12 guatemaltecos secuestrados, en otra noticia se consigna que 700 indocumentados llegaron a su albergue colgados del tren. Todo en grandes números, con innumerables testimonios de violaciones a los derechos humanos. Encontrar en ese mar de desgracias a alguien con ganas exigir justicia por la vía institucional no ocurre de todos los días. Por eso fue importante.

Francisco no solo recibió exhortaciones para que se animara a poner la denuncia ante las instancias respectivas. También recibió ofrecimientos para que acompañara todo el proceso hasta que finalizara. Gustavo Gutiérrez aseguró a Francisco que de parte del estado de Chiapas él, Delmy y los tres hijos de ambos serían apoyados con domicilio, trabajo y estudio para que regresaran a México a residir de forma legal. Si aceptaban los beneficios, claro, también tendrían que aceptar continuar con el proceso, lo que en primer lugar requería una ratificación de la declaración de parte de él y una primera declaración de parte de ella.

Francisco regresó a su casa en las afueras de Santa Ana el 20 de abril. Un día antes había hablado con Delmy. Fue la primera conversación desde el percance. Se pusieron de acuerdo. Él le llamaría a ella cuando ya estuviera en San Salvador para que ella se trasladara con sus hijos a un lugar cercano de donde el autobús lo dejaría a él. Querían verse cuanto antes. Los planes fueron nada más eso, planes. Porque Francisco se quedó sin dinero para llamar a su familia. Se encontraron en casa.

Francisco regresó a El Salvador por la vía legal, no por deportación. El consulado salvadoreño en Tapachula le dio asistencia para que obtuviera un pasaporte provisional. Recibió el documento el 18 de abril.

El cónsul de El Salvador en Tapachula es Nelson Cuéllar. Para él, las obligaciones de esta oficina para con Francisco estuvieron bien delimitadas y fueron brindarle atención en la obtención de sus documentos, como sacarle el permiso ante Migración para que él estuviera en México sin problemas, tramitarle una certificación de origen y aprobarle un pasaporte provisional.

Desde el percance, estuvo mes y medio en México. En ese tiempo, él fue la preocupación y el centro de atenciones de parte del Estado de Chiapas. El ejecutor y el encargado directo del caso fue siempre Gustavo Gutiérrez.

Francisco es hombre de convicciones firmes. Tan firmes, que le causan problemas. “A mí siempre me ha gustado comer monte (hierbas y verduras). Por eso con unos hermanos nos uníamos para cocinarnos sopas y para que así las del albergue no tuvieran que darnos comida y que se la dieran a otros que la necesitaran”, así resume Francisco “el problema” por el que fue trasladado de albergue. Una acción en la que intervino Gustavo Gutiérrez.

Porque Gustavo Gutiérrez, a diferencia del cónsul salvadoreño, no pone límites a lo que hicieron por Francisco. “Nos hicimos cargo de él”, dice y la lista de lo que encierra la frase es larga. “Estuvimos pendientes de dónde estuviera durmiendo, de qué estuviera comiendo, de que tuviera sus apoyos psicológicos, lo llevamos con su consulado, hicimos el procedimiento para que el consulado lo pudiera apoyar y luego hicimos una estrategia para que con el consulado trabajaran con Migración”, afirmó, vía telefónica, el funcionario chiapaneco.

El encargado de asuntos migratorios del estado de Chiapas necesitaba tiempo. El tiempo de Francisco. Como el mismo funcionario reconoce, lo difícil en México no es encontrar inmigrantes con historias dignas de denuncia. Lo difícil está en que el interesado desista de o retrase su viaje al Norte, para poder interponer la demanda y luego ratificarla. “Los centroamericanos no se quedan lo suficiente”, dice con resignación.

México es un país que pide y no da. Eso es lo que se lee, al menos, en las declaraciones de Bustamante: “Les hacemos a los emigrantes centroamericanos cosas peores de las que nos hacen a los mexicanos en Estados Unidos”. Lo dijo el 12 de marzo, un día antes de conocer a Francisco.

Cuando Gustavo Gutiérrez habla de lo que falta por hacer, empieza por el lado de sensibilizar a los empleados de las instituciones gubernamentales para que no menosprecien las denuncias de los inmigrantes, y continúa por el de convencer a los inmigrantes para que tomen sus denuncias y las lleven a término.

“Yo siento que fue por interés. A cambio de que yo pusiera esa denuncia, ellos me iban a ayudar”, es la conclusión que, sentado en una de las sillas de su casa, saca Francisco.

Francisco regresó a casa el 20 de abril, y lo hizo gracias a que el gobierno chiapaneco le entregó $95 con los que se suponía debía financiar los costos de los documentos de su familia, como partidas de nacimiento, fotos, documentos únicos de identidad y pasaportes. Cuando ingresó El Salvador, sin embargo, ya no tenía ni para una llamada. Porque, aunque Gustavo Gutiérrez insiste que el estado de Chiapas pagó el transporte, Francisco asegura que fue con esos $95 que tuvo que comprar su boleto de autobús. “Y de eso también comí y pagué lo que me cobraron por unos sellos en la frontera”, insiste.

Desde que volvió, Francisco no ha podido conseguir más que trabajos esporádicos. A pesar de las reiteradas violaciones, Delmy no ha visto ni a médicos, ni a psicólogos, y se dedica a hacer oficios domésticos en casas ajenas para poder ganar lo de la comida.

La fiebre de Francisco por justicia ha ido enfriando. Y Delmy, que nunca ardió en deseos por denunciar, cubre de olvido su pena y se concentra en callar y trabajar. “No quiero ir a acusar a nadie injustamente, no les vi el rostro”, se excusa ella.

El 20 de mayo, los esposos Linares viajaron a San Salvador. Ella venía de traje y él con camisa de botones y cincho. Se bajaron del autobús interdepartamental en la parada que está frente a la Basílica de Guadalupe, en Antiguo Cuscatlán. Ahí los llegó a recoger personal del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana (IDHUCA).

Francisco había cumplido un mes de haber regresado, y en ese tiempo lidió con los mismos problemas de pago de casa y manutención por los que se había ido. Los Linares ocupan una vivienda entregada por una institución que se dedica a ayudar a las familias de escasos recursos para que adquieran una casa digna. Las familias, no obstante, se comprometen a cancelar una cuota para conservar su derecho de adjudicación. Los Linares casi pierden ese derecho. Para conservarlo, se comprometieron a pagar la mora, con eso, la cuota inicial de $17 mensuales se les elevó a $50.

A esa deuda se suma la que adquirieron antes del viaje, los $1,100 que debe a un amigo, el dinero con el que los esposos pretendían llegar a Estados Unidos. Pero casi todo les quedó a los hombres que los interceptaron.

Con esas preocupaciones pero aún con la idea de justicia en mente, Francisco llegó al IDHUCA a pedir asesoría para seguir el proceso de denuncia desde aquí. Pero a los dos días, el ánimo se le ahogó. Se le quedó, como él ilustra, helado.

Aunque la coordinadora del programa de migrantes del IDHUCA, Gilma Pérez, haya dicho que la denuncia “es un caso sin precedentes” y “ejemplarizante”, Francisco había empezado ya a desechar esa vía. Los delitos por los que puso la denuncia en México son privación ilegal de libertad, abuso de autoridad, desaparición de persona y robo. El único desvanecido a la fecha, por la presencia de Delmy, es el de desaparición de persona.

El IDHUCA opina que Francisco no debe regresar a México. Pérez no estima conveniente que se exponga a represalias. Desde México, Gustavo Gutiérrez no solo considera que es necesario que Francisco vuelva, sino que también lo esperan con toda su familia, para ofrecer trabajo a Delmy y para incluir a los hijos en el sistema educativo. Al menos ese es el ofrecimiento. Y, según el funcionario mexicano, Francisco solo debe cumplir con la parte de los documentos, porque los boletos correrían por cuenta de la Gobernación de Chiapas.

Pero Francisco ya no está en caliente. Las llagas se han cerrado. Ahora, como si la pobreza le hubiera lavado la voluntad, dice que se arrepiente de haber aceptado denunciar. “Me hubiera ido (al norte)”, dice mientras da rienda suelta a su frustración.

Y es que lo único que brilla hoy en la casa del joyero es el recuerdo de los $5.15 por hora que ganaba cosechando sandías, tomates, pepinos o cebollas en Texas, en Estados Unidos. Después de que se regresó de México hace dos meses, Francisco ya no retomó su oficio de orfebre. La mesa ennegrecida y el puñado de trastos retorcidos con los que hacía sus trabajos antes del segundo asalto siguen en desuso. Todavía no han encontrado modo de pagar los $50 de la cuota de la casa, ya con mora, en las afueras de Santa Ana. Los mandatos de desadjudicación pronto volverán a ser deslizados bajo la puerta. Los $4 que aporta Delmy de Linares con su trabajo de doméstica no van más allá de la comida. A Francisco, de 44 años, Estados Unidos se le hace tan necesario como un salvavidas para un náufrago. Convenció a Delmy para que le permita volver a intentar llegar. Esta vez lo haría solo y con $20 en la bolsa. Un viaje en el que la única ventaja es que él cree conocer el camino. Trabajar con sandías en el norte, está convencido, es más dignificante que trabajar con oro en El Salvador.

 

Una cinemateca, por favor

Ahora que existen diversos fondos concursables para estimular la creación audiovisual en El Salvador (como el premio Pixels, del Ministerio de Economía; el FOMCASS de la Alcaldía de San Salvador y los premios recién otorgados por el Festival Audiovisual Mónica Herrera, de la Universidad del mismo nombre); ahora que existe una Asociación Salvadoreña de Cine (ASCINE); ahora que existen numerosas productoras de audiovisuales que se dedican a la publicidad para sobrevivir, pero entre cuyo personal hay muchos interesados en hacer cine, animación y series; ahora que se impulsa en el país la realización de festivales internacionales de cine, como el de la Alcaldía de San Salvador y el de Suchitoto, ¿no creen que es el momento oportuno para que fundemos una cinemateca?

Muchos de los factores planteados en el párrafo anterior han animado a un grupo de entusiastas connacionales a crear diversos tipos de productos cinematográficos que incluyen documentales, corto y largo metrajes, así como animaciones. Esta efervescencia creativa se ha ido consolidando y creciendo en los últimos años, y puede ser considerada como un movimiento fundacional de lo que (ojalá) a mediano y largo plazo, terminará convertido en una nueva era del cine nacional.

La existencia de una cinemateca serviría no solo para reforzar y estimular estas iniciativas recientes, sino también para llevar el registro y la historia de dichas producciones. Pensemos además en las posibilidades que ofrecería una institución que aparte de conservar y difundir obra cinematográfica nacional, pueda reunir bibliografía referente al cine y a su impacto en nuestra sociedad, y organizar festivales o exhibiciones de películas no comerciales.
En la Sección Tercera del Capítulo VIII de la Ley de Cultura de El Salvador, aprobada en 2016, el Artículo 103, llamado Conservación del Archivo Fílmico, dice textual: “El Estado por medio de la institución que vele por la cultura en el país contará con una cineteca responsable de garantizar el rescate, clasificación, conservación, restauración, preservación y difusión de la obra cinematográfica de El Salvador”.

La reciente formación del Ministerio de Cultura no deja de ser un elemento importante en esto, ya que su cambio de estatus le permitirá solicitar un presupuesto más acorde a sus funciones, incluido el manejo de las diversas instituciones que ampara y la fundación de todas las instancias incluidas en la mencionada ley, todas necesarias para el desarrollo cultural del país. Eso, si la elevación de la cultura a rango ministerial implica también una revalorización de su función en nuestra sociedad y la conciencia de que invertir en ella es una tarea impostergable.
La relación del país con el cine comenzó a inicios del siglo XX, primero como escenario para ser filmado por europeos y luego con las producciones documentales de Virgilio Crisonino y Alfredo Massi. Más adelante comenzarían las producciones de ficción. “Los peces fuera del agua” (1969), de José David Calderón; y “El rostro” (1961), de Alejandro Cotto, son dos de aquellos primeros trabajos. Ambos pueden verse en YouTube.

Una etapa interesante de nuestro cine es lo producido durante la guerra, entre ellos los documentales filmados por las unidades de información y propaganda guerrilleras; un cine realizado en condiciones mínimas y cuyo valor, dentro de un contexto de censura y desinformación, descansaba más en su contenido que en su acabado final.
Cabe destacar que el cine tuvo también una presencia importante entre la ciudadanía y el ámbito cultural del siglo pasado, a través de las múltiples salas que existían en el país y que fueron reemplazadas por las cadenas de cine que surgieron como parte de los nuevos centros comerciales. Los viejos cines perecieron por el desuso y su ubicación en zonas de peligrosidad urbana. Finalmente, muchos de ellos terminaron convertidos en iglesias, supermercados, bodegas de ferretería o derribados para construir cualquier cosa. Una cinemateca, que entre otros roles funciona también como un centro de documentación, podría recopilar fotografías y la historia de cada uno de aquellos cines.

Entiendo que la Ley de Cultura todavía debe pasar o está pasando por un proceso de reglamentación. Ignoro el estado de dicho proceso (sobre el que hasta donde sé, no se ha informado de manera pública) y que puede ser uno de los atrasos en la ejecución del Artículo 103 y otros más. Ignoro también si ya existen pláticas o gestiones en cuanto a la fundación de una cinemateca, pero debido a los vaivenes políticos de nuestro país, sería recomendable que pudiera funcionar a través de un asocio público-privado, para evitar la polarización ideológica y la manipulación tendenciosa de las exhibiciones o del registro y conservación de la obra cinematográfica.

Ojalá la Ley de Cultura no quede en letra muerta y que las autoridades correspondientes sepan diseñar y fundar una institución que se convierta en un estímulo adicional para los productores locales de cine. Ojalá, también, el sector privado, que cuenta con los medios económicos para cofinanciar este tipo de instituciones, comprenda la importancia que tendría un proyecto como este para la sociedad en su conjunto.

A los salvadoreños nos gusta el cine, no cabe duda de eso. En una época en que la mayor parte de nuestras comunicaciones pasan por algún tipo de pantalla, y en que la experiencia de sitios como Netflix y YouTube han modificado la forma en que vemos y producimos cine y televisión, la fundación de una cinemateca es un paso lógico a seguir. Un paso necesario hacia la construcción de una cultura cinéfila, que permita a los espectadores exigir y acceder a un tipo de cine con valor estético y argumental, más allá del cine comercial y de entretenimiento al que nos tienen limitados.

No olvidemos que el registro de nuestra evolución cultural es importante para comprender el contexto, que suele ser obviado a conveniencia por la historia oficial. Documentar este resurgimiento del cine nacional se convierte en un imperativo. Por desgracia no somos un país que valora la documentación y el registro de su historia.
Nunca es tarde para comenzar.