Personajes: Escobar Velado y Láscaris (II)

Cuando me refiero al poeta Oswaldo Escobar Velado y al filósofo Constantino Láscaris no pretendo un boceto biográfico, sino verlos a ellos desde mi persona, como cuando uno está frente a un espejo. Comenzar por ellos tiene que ver con la distancia que nos separa desde su ausencia, antes que el tiempo empañe el cristal y desaparezcan sus imágenes en las que me observo.

Porque cuando se escribe para hacer trascender un hecho, no solo para exponerlo, la clave para lograrlo se puede graficar en la famosa frase atribuida al novelista francés Gustave Flaubert: “Madame Bovary c’est moi” (“la señora Bovary soy yo”) refiriéndose al personaje de esa gran novela. Esa asimilación no incluye solo la escritura de ficción, sino también al periodismo, donde quien escribe se encuentra a sí mismo en un relato que va más allá de exponer el hecho. En pocas palabras, escribir siempre con el propio sentimiento. La emoción soy yo.

Esto me impulsó a pensar en la posibilidad de escribir dos partes sobre mis personajes: Oswaldo Escobar Velado y Constantino Láscaris. Porque siempre he encontrado una interacción entre ambas disciplinas: poesía y filosofía. Con más razón si son disciplinas donde las ideas y los sentimientos se imbrican para explicar otra realidad, la óptima, la que se está redescubriendo en el desarrollo humano, desde el uso del palo y el grito, hasta la fusión nuclear y las amenazas de exterminio humano.

Eso me hace unir a los dos personajes. Cada uno mira la vida en su peculiar modo de interpretar su papel social. Escobar Velado, un profesional de la jurisprudencia, escribe para decir “moriré, morirás, pero conmigo continuará mi grito…”. Con eso explica el deseo de hacer resonar su voz en favor de los demás, y espera que otros lo escuchen.

Láscaris escribe para conocer el país ajeno (Costa Rica) que hace suyo y para ello debe escribir sobre él para comprenderlo mejor. Importa que los escuchen diez o cien o mil personas, pero quiere dejar constancia que pasó por un mundo centroamericano buscando una verdad. Hace uso de la palabra “no solo para comunicar sino para sensibilizar”, (Heidegger). Cómo somos, cómo pensamos, tanto el costarricense, como el centroamericano, y por eso escribe sobre las ideas de Centroamérica, y se apropia de esa realidad, cómo convivimos, cómo somos. Y en el caso específico de su país de adopción lo reconoce como país de cultura campesina, sencillo en su origen, sin que signifique perder esa raíz. Al auscultar un alma nacional también debe juzgar o merodear entre bienestar y malestar social para construir. Se construye revelando identidad.

Escobar Velado escribe “Cristo América” (Venid a ver mi mapa desgarrado.

Ved el cuerpo del Cristo y sus venas azules); el poeta no solo molesta; punza el dolor mismo. Cada quien con las particularidades de la palabra de acuerdo con su disciplina trata de descubrir el destello entre las flores y las espinas. Los riesgos de la búsqueda.

Recuerdo cuando trabajé con Láscaris en el Instituto de Estudios Centroamericanos, Universidad de Costa Rica. Bajábamos acompañándolo, su equipo de trabajo, de la segunda planta hacia la primera planta del edificio de la facultad (Estudios Generales), a tomar café, ahí conversábamos. ¿Qué se puede conversar mientras se toma café a las 10 de la mañana? Cuando un equipo está por consolidarse se tiene que ser muy suelto, conversar sobre los temas, desde cómo proyectarse con la revista de poesía (que me tocaba a mí), y con ella tener canje para enriquecer la biblioteca inicial que quería construir sin presupuesto para libros; o bien planear un programa radial sobre antropología centroamericana.

Con esa soltura propia del que ve en la vida los problemas, Láscaris nos dice: “La gente pensará que estamos sentados en el café ganando fácil un salario, lo que no saben es que estamos haciendo filosofía”. Lo expresaba con sentido de humor y a la vez nos defendía con ironía crítica. Como decir no se preocupen, están con el sabio Láscaris. De esa manera, nos daba una lección antiburocrática, no se trata solo de calentar la silla de un escritorio. Para el filósofo la vida estaba en todas partes.

Constantino Láscaris desde lejanos ancestros, una noble familia griega originaria de Constantinopla, cuyo abolengo y apellidos se carga desde el siglo XIII, se enamoró de un país cuando aún no le llegaban los atisbos de modernización. Por eso había que participar en el cambio de una universidad relativamente nueva, mediante una reforma universitaria. Parte de un equipo académico que vio la educación como la clave de cambio (1956). “Hombre de buena fe que nunca se negaba a nada… Era una persona generosa que jamás haya conocido”, dicen sus colegas españoles.

Escobar Velado se dispersaba en diversas actividades, podía desarrollar diferentes disciplinas en coherencia con su palabra, siempre buscando tres pies al gato. Desde una revista (Gallo Gris) o un programa radial, ambos literarios, hasta la formación de un partido político, en una época que era una aventura ese tipo de manifestaciones. Incluso se unió a un militar reconocido, con lo cual ambos, militar y poeta, terminaron marginados de una vida normal, era un enemigo.

Pero no dejaba de participar en certámenes literarios, que por ser un maestro de la poesía era el usual ganador de premios, que él calificaba como “municipales y espesos”; y le cantaba a las reinas de las fiestas de las comunidades donde llegaba como poeta laureado. Así, jugando con la poesía, en la búsqueda de la democratización estuvo en el exilio en Costa Rica y Guatemala. ¿Cómo era posible una oveja negra en una familia de ovejas blancas? De Costa Rica trajo hermosos poemas de amor dedicados a Urania, y desde Guatemala nos trajo la palabra para “seguir cantando lo que nos duele cotidianamente, y cae como una gota amarga en el corazón”. Murió (1961) interno en un hospital siquiátrico, porque quiso estar solo, víctima de un cáncer; fomentemos un árbol de ceiba como monumento. Láscaris muere en 1979. Sin embargo, ambas vidas sobreviven.

Buscar casa de alquiler en el Gran San Salvador

Es un tema recurrente en cualquier reunión en casi cualquier círculo de amigos. Ya sean del trabajo, de la cuadra o viejos conocidos de la escuela o del colegio: la búsqueda de una casa para vivir en el Gran San Salvador. En alquiler. Siempre parece haber alguien tratando de encontrar una vivienda para su familia o una pareja de recién casados que busca empezar de cero. Y los que han buscado saben y se quejan de lo complicado que es conseguir un lugar para vivir. Un sitio que reúna algunas condiciones consideradas básicas: primero –siempre primero– que esté en una zona medianamente segura, que no quede tan extraviado de las rutas de buses o microbuses y que tenga algún supermercado o tienda surtida cerca.

No debería ser tan complicado, pero en El Salvador todo parece serlo. Hace unos días una pareja de esposos le contaba a un grupo de amigos que buscaba mudarse desde Soyapango a otra ciudad del Gran San Salvador. Motivados por la inseguridad, se habían puesto a buscar en internet y en los clasificados alguna casa. Nada de lujo, lo básico para una pareja en la que ambos trabajan. Pero se encontraron con alquileres exorbitantes para cualquiera con un salario promedio en el país. No eran mansiones, sino casas de colonias con tres cuartos, a lo mucho, y que comparten pared con el vecino de al lado. Estrechas, pues. ¿Su precio? De $400 a $500 por un alquiler mensual en Santa Tecla o sus alrededores. Mucho más que el salario mínimo vigente en el país.

Muchos lo catalogarían como un abuso o una exageración. Hace tan solo un par de años busqué una casa y vi más de 30 al occidente del Gran San Salvador. Los vendedores siempre enfatizaron dos motivos para justificar esos precios que parecen fuera de contexto: la seguridad y la ubicación. Un par de vecinos hacen un portón a la entrada de un pasaje y ya se cataloga como “privado”, más el hecho que uno no tiene que viajar a Lourdes, Colón, o hasta Quezaltepeque –donde están las colonias más recientemente edificadas– y arriesgarse por algún cierre de carretera o percance en el camino.

Según el estudio “Se busca vivienda en alquiler, opciones de política en América Latina y el Caribe” del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), “la vivienda formal en América Latina y el Caribe es costosa. Algunas fuentes sugieren que ahí la relación entre precio e ingreso puede ser hasta tres veces mayor que en Estados Unidos”. Ante esto, muchas personas terminan pagando esos alquileres altos por casas que no lo valen y a las que muchas veces no se les da mantenimiento (construidas en los años ochenta del siglo pasado o antes), aunque represente cerrar con déficit en la economía familiar mes a mes.

Y como todo en el país, la situación se va agravando en cuanto se perciben menos ingresos. Menos dinero, menos posibilidades de alquilar una casa que reúna las condiciones básicas. Adquirir una casa propia es más que un privilegio para una familia joven. Eso hace que hoy, como nunca antes, sea tan difícil encontrar vivienda. Bueno, casas hay, pero localizadas en colonias sitiadas por las pandillas.
Y los precios por alquiler en la zona catalogada como “segura” del Gran San Salvador suben como la espuma. Algo tiene que frenarlos. En ciudades de Europa o Estados Unidos se regula el precio de los alquileres después de que estos se descontrolaron y se volvieron impagables. El estudio del BID sugiere que “un marco jurídico equilibrado puede incluir controles de renta, si bien estos deben ser determinados en relación con los valores de mercado en el área y modificables de acuerdo con el comportamiento de la inflación”. Como muchas cosas de la ciudad, los alquileres parecen ser un caos donde se aplica la ley del más fuerte, y el débil asume la carga más grande.

Robert E. Lee y el basurero de la historia

Después de la muerte del general Robert Edward Lee en 1870, Frederick Douglass, el esclavo fugitivo y el afroamericano más prominente de Estados Unidos, escribió: “Apenas podemos ver un periódico que no está lleno de adulaciones nauseabundas sobre Lee, de las que pareciera que el soldado que mata más hombres en batalla, incluso si es por una mala causa, es el mejor cristiano, y que se merece el lugar más alto en el cielo”.

Este comentario de Douglass resume bien la polémica actual que se está dando en Estados Unidos sobre la memoria de Lee, símbolo de nobleza e heroísmo para algunos y de esclavitud para otros; la misma polémica fue la detonante de la violencia en Charlottesville, Virginia, la semana pasada entre un grupo de supremacistas blancos y otros que se manifestaban a favor de la inclusión total de los afroamericanos en la sociedad.

Vale aclarar que lo que está detrás de la polémica de Lee no es solo la preservación o destrucción de un monumento, sino el discurso de la memoria que evoca. En este caso, para muchos ese discurso tiene que ver con la ideología de la supremacía blanca que el Estado proyecta a través de la producción cultural. Lo que está en juego, además, es la posición de Robert E. Lee como símbolo del país; si debe ocupar una posición central hoy en día o si pertenece ya al “basurero de la historia” así como expresó Trotsky de los mencheviques en 1917.

Para algunos el general Robert Lee sigue siendo el ícono central del orgullo sureño y una figura importante de la historia estadounidense. El mismo presidente Trump lamentó “ver la historia y la cultura de nuestro gran país destrozada por la eliminación de nuestras hermosas estatuas y monumentos”.

La estatua de Lee en Charlottesville fue levantada en 1924 como parte de una serie de monumentos que avanzan una memoria revisionista del conflicto bélico entre el Norte y el Sur. Dentro del imaginario colectivo sureño gana popularidad la idea de que la derrota en la Guerra Civil fue una “causa perdida” en que la Confederación luchó con nobleza aun sabiendo que estaba en una posición inferior al ejército de la Unión.

A pesar de su peso histórico hay que distinguir entre lo que las imágenes de Lee significaron en el pasado y lo que representan en la actualidad. Invocando la figura del general hoy en el espacio público trae a la mente un repertorio de recuerdos relacionados con la Confederación en un contexto sociopolítico de fuertes tensiones culturales y raciales en la era de Trump, del movimiento político Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan), y de la lucha por los derechos de los inmigrantes en EUA. Dentro del momento histórico actual la figura de Lee ya no invoca solo la narrativa de la “causa perdida”, sino también trae a la mente un discurso de supremacía blanca.

Muchos a favor de preservar los monumentos de la Confederación señalan que la figura de Lee no se debe censurar porque representa la libertad de expresión de una parte del Sur. Pero la libertad de expresión también incluye la libertad de manifestarse en contra de estos monumentos.

En fin, este es el peligro que corren las imágenes y los monumentos públicos; siempre están sujetos a la opinión popular, a cambios en la memoria colectiva y en el significado de la historia. El espacio que se abrió en un momento al monumento, que le otorgó autoridad y un sentido de consenso público puede volverse hostil e iconoclasta.

La presuposición más aceptada es que la historia solo existe en el pasado, pero la indagación crítica que estamos viendo con respecto a la iconografía de la Confederación revela que estamos viviendo la historia, haciéndola y deshaciéndola vigorosamente –recordándola, negándola–, de una forma dinámica y viva.

No se vive de aplausos

El bien más importante para un artista o escritor es el tiempo. Tiempo para poder dedicarse a trabajar en su obra. Pero las reglas de la sociedad obligan a todo ser humano a buscar formas de sustento económico. Alimentación, vivienda, vestido, medicamentos, pensión de retiro laboral, acceso a la electricidad y al agua potable son necesidades básicas comunes a todos, artistas y escritores incluidos.

Se dice que “trabajar dignifica al ser humano”. No trabajar, no realizar una tarea considerada como útil o productiva en términos estrictamente económicos es visto como algo negativo. Dentro de esa distorsión, se cree que los oficios artísticos o creativos son inútiles, porque su labor no pasa por los parámetros convencionales de medición económica, como sí lo hacen otros oficios y profesiones.

Usted ve una película, mira un cuadro en un museo o galería, lee un libro y pocas, muy pocas personas, logran tener conciencia de la dificultad y el trabajo que implica la producción de una obra artística. Escribir una novela, por ejemplo, requiere por lo menos de un par de años de escritura cotidiana, aunque existen excepciones como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, que fue escrita en apenas seis días. Obras monumentales de la literatura han tardado mucho tiempo más en ser escritas, como El guardián en el centeno de J. D. Salinger, que tardó diez años en escribirse, y El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, que tardó 16.

Hay auténtico desconocimiento sobre lo que implica el trabajo creativo. Muy pocos lo consideran un trabajo en sí porque el arte y la literatura son vistos, consumidos y considerados como una actividad de ocio y entretenimiento. Pero para quienes realizamos este tipo de actividades se trata de nuestra habilidad o talento, de nuestro llamado vocacional, de un tipo específico de estructura mental que permea nuestra acción y pensamiento. Una cosa es un hobby de fin de semana u horas libres pero otra muy diferente es la vocación de vida. Para artistas y escritores, esto es nuestro trabajo, la dotación intelectual desde el cual construimos nuestra relación con la realidad. Contradecir ese llamado es mutilarnos, negar nuestra naturaleza, anularnos a nosotros mismos.

Parte del prejuicio hacia las disciplinas creativas es no reconocerlo como un trabajo que involucra una inversión de tiempo, estudio, experiencia y habilidades múltiples. El registro subjetivo del ser humano y la sociedad (que se encuentra en el arte, la literatura y la cultura en general), corre paralelo al llamado mundo profesional, donde el valor económico es considerado como prioritario y donde se nos fuerza a reprimir y subestimar nuestra esencia subjetiva y humana, esa esencia que constituye la materia prima del arte.

Conozco a varias personas talentosas, que empezaron con ímpetu una carrera artística promisoria pero que se quedaron en el camino, abrumados en parte por el conflicto entre lo económico y lo creativo. Por lo general un artista, para sobrevivir, debe dedicarse a trabajos que muchas veces están alejados de su talento creativo. Cuando además se tienen responsabilidades familiares, aportar ingresos se convierte en algo imprescindible. El tiempo para invertir en la obra propia se mira disminuido, tanto en cantidad como calidad. Si de remate se vive en un país cuyas instituciones públicas y privadas no ofrecen ningún tipo de estipendios, becas, premios o recursos para la creación artística, el panorama resulta desalentador.

“El artista vive del aplauso”, suele decirse, pero no es cierto. Quizás lo es para algunos oportunistas y bufones mediáticos que se auto denominan artistas y que se sienten satisfechos y halagados en su vanidad con solo lograr exposición y aplauso. Viven justamente para el ruido público. Al examinar su obra, nos damos cuenta que está lejos de tener mérito artístico. La verdad es que con aplausos no se paga el alquiler ni se compra comida.

Otro prejuicio absurdo sobre los artistas es que no deben cobrar o ser remunerados por su trabajo y que cuando lo hacen cometen una osadía repudiable que traiciona al arte mismo. Se cree que el artista debe regalar su obra o cobrar únicamente cifras simbólicas pero esto no compensa de manera realista el tiempo y los materiales invertidos en la creación, además que devalúa su oficio, su experiencia y su talento.

Hay un romanticismo distorsionado que exalta lo consecuente del artista sufrido, muerto de hambre y en permanente penuria, que no acepta un centavo por su obra porque eso significaría “venderse”. Se cree que eso le otorga dignidad a su arte. No sé qué tiene de digno que un artista viva con sobresaltos económicos y que muera en la pobreza, para que después de muerto, su trabajo sea vendido en millonadas por mercaderes oportunistas. O peor aún, que su obra sea olvidada por completo porque nunca fue reconocida durante la vida de su autor.

La revolución tecnológica está planteando espacios y opciones que apuntan no sólo hacia una discusión más objetiva sobre el reconocimiento del trabajo creativo y su apropiada remuneración, sino que también acentúa la necesidad de un cambio en el modelo de pago para los creadores. El crowdfunding, los micromecenazgos y la suscripción a contenidos web son parte de las nuevas alternativas que pueden permitir a los creadores invertir el tiempo necesario al desarrollo de un proyecto. Con ello también se puede reducir e incluso eliminar la engorrosa cadena de intermediarios que hay entre usted y una obra artística, intermediarios que van sacando su propia tajada económica y que reducen hasta el absurdo los honorarios que el creador termina recibiendo. Eso cuando los recibe.

Es hora de superar los prejuicios mencionados y de repensar el modelo de negocios de las diferentes disciplinas creativas. Porque ser artista no significa asumir un apostolado con votos de pobreza, donde hablar de arte y dinero en la misma oración es considerado pecaminoso o insultante. Es cuestión de valorar la obra y de ser justos con el artista, para alcanzar la dignidad y el respeto que su oficio bien merece.

De niñas y mujeres

Existen ideas y conceptos alrededor de lo que significa ser niña y mujer en este país que afectan negativamente nuestro desarrollo como sociedad. En pleno siglo XXI, tenemos demasiadas víctimas que padecen a causa de estas suposiciones, las cuales pocas veces son puestas bajo la luz para verificar su validez.

El machismo y la violencia de género, que aceptamos y alimentamos, y que son parte de la cultura salvadoreña, bloquean un desarrollo saludable y equilibrado en el que las niñas y mujeres puedan realizar sus sueños.

Esos aspectos de nuestra cultura comprenden ideas acerca de los roles, posibilidades y opciones que le corresponden a una mujer, y que son aceptados por la mayoría. Estos, con la práctica y el tiempo, se han convertido en marcos de pensamiento, principios y valores que habitan en la mente de los ciudadanos y que son actuados consciente e inconscientemente.

Basta ver algunos indicadores, como las estadísticas de abuso sexual o las de salarios de hombres y mujeres, o echar un vistazo a aspectos legales como el que permite a un hombre que ha abusado sexualmente de una menor evadir la cárcel si decide casarse con ella, para tener una idea del terreno en el que estamos parados.

En una publicación de esta semana, LA PRENSA GRÁFICA señaló que en 2016 “ocurrieron cinco casos diarios de violencia sexual contra niñas o adolescentes, según Medina Legal”. De acuerdo con datos de la Fiscalía General de la República, desde 2003 hasta junio de este año se han registrado “un total de 20,140 delitos de violación en menores de 15 años”. En el 80 % de los casos, los agresores fueron familiares o conocidos.

Por otro lado, en el tema económico, la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC) reveló, en un informe de 2010, que los hombres ganaban un promedio de $45.36 más que las mujeres, y que el salario promedio de estas últimas, en ese año, había sido un 15.5 % inferior al de un hombre.

Estos datos reflejan una parte de la realidad, pero difícilmente muestran los verdaderos impactos emocionales a los que se enfrentan niñas, adolescentes y mujeres, que crecen en ambientes que aceptan e incluso promueven ese tipo de situaciones, sin que se cuestione casi nunca su validez.

Si no cuidamos y desarrollamos las potencialidades de nuestras niñas, ¿cómo esperamos que desarrollen una adultez sana y equilibrada?  

Es urgente acelerar el cambio cultural acerca de lo femenino, por el bienestar de las niñas y por el desarrollo equilibrado de las mujeres y de la sociedad entera. Sin embargo, no existe una fórmula mágica. La solución es un proceso que ha iniciado y que tomará tiempo.

Esa solución requerirá reflexión y discusión en todos los espacios posibles, así como una educación profunda sobre las formas saludables de entender y vivir los roles de hombres y mujeres.

Tenemos la necesidad impostergable de poner luz sobre esas ideas aberrantes que las estadísticas y las historias de niñas y mujeres abusadas o con muy pocas oportunidades, nos muestran. Solo así comprenderemos cómo esos conceptos que hemos validado por siglos alimentan esta cultura de violencia y abuso que mantenemos.

Solo cuestionando a fondo lo que creemos acerca de las niñas y de las mujeres podremos reducir las historias que tanto duelen, pero sobre todo garantizarles y garantizarnos un futuro mejor como sociedad.

Que soplen nuevos vientos

Constantemente he comentado en este valioso espacio de opinión, que no me siento representada por ninguno de los partidos políticos salvadoreños. ¿Por qué? Pues porque me da la sensación de que las dos principales fuerzas partidarias del país, en lugar de ser serios, se pelean por comprobar cuál es más retrógrado o menos consecuente, y la vida se nos va en leer sobre escándalos ridículos, cadenas nacionales, inasistencias a las plenarias o decisiones cuestionables.

Probablemente llego tarde a esta conversación, pero está bien, porque creo que es un tema que no debe perder vigencia y en torno al cual vale la pena continuar hablando: que las vacaciones no nos aparten de lo importante.

Me refiero al reciente episodio en el que una muy preparada joven precandidata a diputada suplente por el partido tricolor fue excluida del listado. Esta expulsión no se debió a una falta de idoneidad para el cargo –porque Aída Betancourt cuenta con un currículum envidiable–, esta negativa se debió a que Aída, que ha cultivado una opinión crítica, ha manifestado desacuerdos con el partido ARENA.

Es decir, un partido que durante años se ha enfrentado a una dura crisis de liderazgos, que pide a gritos una renovación, o al menos, atisbos de nuevos aires y personajes que resulten esperanzadores, decide descartar a una precandidata que además de encarnar esta posibilidad, cuenta con la preparación, las agallas y la disposición para entrar en el mundo político.

¿Es acaso un autoboicot? ¿Es acaso que ARENA tiene la necesidad de demostrar que no hay ninguna expectativa por renovarse, por cambiar la forma de hacer política, por ser mejores?

Si ARENA no demuestra algún ánimo por la autocrítica, por evaluar cómo están haciendo las cosas y cuáles son sus posibilidades de mejorar, únicamente seguirán construyendo el camino hacia la decadencia.

Y este camino no ha sido construido únicamente por el partido opositor. El FMLN también se esfuerza por demostrar una y otra vez esta suerte de surrealismo mágico, en el que todo está bien y El Salvador es incluso un poco mejor que la isla de la fantasía.

El país se encuentra dividido entre dos fuerzas políticas que no ofrecen ninguna propuesta convincente y, mientras tanto, los ciudadanos parece que nos hemos acomodado a la mediocridad de lo que hay: dos partidos retrógrados y adormecidos por la falta de propuestas convincentes con liderazgos creíbles.

¿O no?

Fue interesante ver, durante ese par de días que duró el escándalo, cómo fueron surgiendo diversidad de opiniones lamentando el incidente. Eso significa que hay una suerte de compromiso, o al menos de preocupación, desde algunos sectores que vieron cómo se excluía sin miramientos un perfil idóneo para incorporarse a la Asamblea Legislativa; y al mismo tiempo, que hay voces dispuestas a cuestionar a las cúpulas de los partidos históricos de nuestro país.

No se trata de causar más divisiones o de continuar polarizando la situación, se trata de tener claro que existe una necesidad evidente de renovación y de propuestas políticas dirigidas a un segmento de la población que no está conforme con los partidos actuales.

Por otra parte, esta columna es una invitación a ARENA para que no vea a la crítica como un enemigo, sino como una oportunidad. Dejen de hacer oídos sordos a la imperante necesidad de renovación en sus filas.

Dos personas, dos naciones (I)

Hace una semana estuve en un conversatorio con 137 docentes en el evento de final de un diplomado-maestría sobre literatura y lenguaje. Las preguntas más frecuentes que me hicieron fueron respecto a escritores que me influyeron en novela y poesía. Aunque no lo mencioné, hasta ahora reparo que no solo influyen otros escritores y libros, sino personas, escriban o no escriban. Hay influencias para escribir y para vivir, y esto se conjunta en la literatura.

Recuerdo a dos grandes personalidades que influyeron en ejemplos de sensibilidad humana. Uno salvadoreño, Oswaldo Escobar Velado, poeta y abogado; otro español-costarricense, el maestro y filósofo Constantino Láscaris.

Del primero leí a temprana edad: “Árbol de lucha y esperanza”, donde encontré un poema inolvidable: “Romance de dos mujeres”, un poema que es un memorial a dos mujeres: Altagracia Kalil y Adelina Suncín, asesinadas por la seguridad del general Hernández Martínez. Por ese poema esas dos mártires siguen vivas para siempre.

Esto me hace recordar que en algunas poblaciones africanas se conmemora a una personalidad eligiendo un árbol. Nosotros podríamos elegir un poema o también hermosos árboles de ceibas, conacastes y de fuego. Y así tendríamos monumentos a Salarrué, a Claudia Lars, a Masferrer, a Escobar Velado, a García Flamenco, a Roque Dalton sin aplicar presupuesto estatal que debe destinarse a necesidades educativas, seguridad o salud.

Según Pedro Geoffroy Rivas, un iconoclasta por excelencia, el mejor poema en El Salvador de esa época de floración poética es “Moriré… morirás” de Escobar Velado. Aunque también está “Elegía infinita”, dedicado a su madre, o el más declamado en la bohemia soñadora de la época del Centro Histórico: “Patria exacta”. A Oswaldo le gustaba leer sus poemas a los poetas jóvenes en los encuentros de cafetín. Era su manera modesta de ofrecer un aprendizaje a los poetas. Recuerdo que le sugerí cambiar el verso final de su poema “Patria exacta”, con un verso final inmerecido; otro día me mostró el cambio: “Yo no la cambio, aunque me cueste el alma”.

Oswaldo tenía por el lado materno genes de sensibilidad humana y literaria, por bisabuelos y abuelos, los Velados. Y por el lado paterno, los Escobar, tenía propiedades dejadas a la madre que amaba a su hijo poeta, nunca lo abandonó en sus exilios ni en su enfermedad dipsómana. Vivían de sus rentas.

Otro personaje inolvidable fue el español-costarricense Constantino Láscaris Conmeno Micolaw, conocido como el sabio Láscaris en la Universidad de Costa Rica, descendiente directo de príncipes imperiales griegos.

Cuando llegamos decenas de funcionarios universitarios desterrados a Costa Rica (1972), se nos hizo silencio explicable, por ser desterrados en una Costa Rica paradisíaca. En plena ciudad de San Pedro, donde se sitúa la universidad icónica, dormíamos con las puertas abiertas; la leche y el pan se dejaban en la calle frente a las casas, desde la madrugada, lo que creaba malas tentaciones para los forasteros sin trabajo.

Un día, en una gasolinera con mi amigo abogado Tomás Guerra, también salvadoreño desterrado desde antes, me encontré con don Constantino. “¿Ya está trabajando?”, me preguntó. Le respondí que no, aunque ya editaba libros como freelance, recomendado por otro poeta salvadoreño en Costa Rica, director de la editorial EDUCA, Ítalo López Vallecillos. En la gasolinera, a la par nuestra se estacionó otro auto. Conocía de vista a la persona. Lo saludé. ¿Quién no conocía al sabio Lácaris?

La pregunta me la hizo desde su vehículo. Respondo dudoso que no. “Usted no trabaja porque no quiere, aquí hay muchos que lo conocen y estiman”. Tomás me pregunta: “¿Cómo has conocido a don Constantino?” Respondo: “Sé algo de sus libros, pero hasta ahora lo conozco en persona”. “Oye, con él tenés abiertas las puertas de la universidad, tomale la palabra”. Yo tenía apenas tres meses de estar en Costa Rica y me sentía desempleado.

Constantino Láscaris escribió un libro que parte de una verdad: “Quien ve algo todos los días no lo ve, entonces se aprecia mejor a Costa Rica como forastero, el ser y convivir de los costarricenses”. Así se justifica y se disculpa por lo que diga, pero con un elogio: “Los modos de convivencia costarricenses son únicos, modelo para el mundo”.

Yo comencé a conocer Costa Rica por los libros, trabajando como editor: “La dinastía de los conquistadores”, Samuel Stone; “El costarricense”, Constantino Láscaris; “Los grupos de presión en Costa Rica”, Óscar Arias Sánchez; “Así vivimos los ticos”, de Miguel Salguero. Sin este trabajo cuidando ediciones, hubiese sido difícil conocer algunos aspectos del corazón costarricense, alguien que había llegado en contra de su voluntad. Mucho después conocí la extensa bibliografía épica de la Guerra Patria Centroamericana contra el supremacista William Walker.

Me convencí de visitar al Dr. Láscaris a la Universidad de Costa Rica (UCR); además, por intercesión de esta, nos sufragaba al grupo universitario desterrado la vivienda y el desayuno. Me explicó que estaba queriendo fundar, sin presupuesto, un Instituto de Estudios Centroamericanos, y que los salvadoreños desterrados podían ser la base para ese instituto.

Con modestas funciones y salarios ídem, entramos a trabajar con él tres compatriotas. Láscaris pensaba que a la universidad le faltaba una proyección centroamericana, que estaba pensando en varios contratos para su proyecto. Y me nombró director de una revista de poesía. Después me sugirió visitar al poeta clásico de Costa Rica Isaac Felipe Azofeifa, que tenía buenas referencias mías y era decano de la facultad más grande de la UCR. “Conmigo gana apenas para comer, pero ahora ya es empleado universitario, y puede visitar a don Isaac, propóngase como profesor de literatura centroamericana”.

Y con ese gesto de la magia sensible del filósofo Láscaris, pude ingresar a esa universidad que en estos momentos su ciudad universitaria ha crecido el doble con su increíble Universidad de las Ciencias.

Renuncié ocho años después, cuando llegaron miles de campesinos salvadoreños refugiados por la guerra, fui a trabajar con ellos, a apoyar su desarrollo en un país y ciudad diferentes a su dramática condición de vida.

Mis 45

Contrario a lo que siempre se nos ha dicho a las mujeres, para mí decir públicamente que he llegado a los 45 años es motivo de orgullo, de reflexión sobre el camino recorrido, de renuncias y reafirmaciones, de restar importancia a la opinión de los demás y de ser cada vez más yo con naturalidad y con menos miedos.

Digo que es motivo de orgullo porque llegar a esta edad en un país que desde el nacimiento te prepara para recibir una patada en el trasero y te marca los caminos según el género, la clase social, el color de la piel y tus opciones políticas es un auténtico motivo de celebración.

Sobre todo si pienso en las mujeres centroamericanas que todos los días se convierten en una cifra más de feminicidio, condena por aborto, violación, mala praxis, pobreza, analfabetismo, trata, ruta del migrante y todas las formas de morir, física o espiritualmente que tenemos en la región.

Y aunque no me gustan los números impares, creo que cumplir 45 es un buen momento para reflexionar sobre el camino recorrido. Esa vida que empieza con el despertar de la guerra civil salvadoreña y el asesinato de nuestro arzobispo que ahora es beato, que transcurre en medio de la revolución que me enseñó a pensar en los demás como si se tratara de mi propia vida, en la firma de la paz que me puso a imaginar con ilusión el país que venía, hasta llegar al acontecimiento más reciente: la izquierda gana el poder y el sueño se convierte en pesadilla.

No hay otra manera de recorrer este camino si no es tomando decisiones que implican renuncias y reafirmaciones. Por eso renuncio a ser amable y cordial con quienes no creo que merezcan mi consideración, a reservarme mis puntos de vista solo para evitar la controversia, a dudar de mis capacidades frente a la prepotencia de los otros, a ser la madre que cocina galletas de chocolate porque ahora sé que no era importante, al matrimonio que olvida el cortejo y pierde el sentido del humor, a la gente incapaz de reírse a carcajadas o dejar su vida en la pista bailando cualquier canción, o peor aún, a los que te saludan solo si defiendes sus intereses o si consideran que les otorga prestigio conocerte. De todos ellos, líbrame Señor.

Renuncio a estar cerca de quienes se aprovechan de la debilidad de los demás para sentirse importantes y poderosos, de quienes no saben en qué país viven, de quienes menosprecian los poderes creadores y curativos del arte y la cultura, de quienes se jactan de conocer a los pobres para lucir justos, de la izquierda que se arropa en los sacrificios del pasado para justificar los abusos del presente. De todos ellos también, líbrame Señor.

Junto a mis renuncias, me reafirmo como la mujer fuerte, capaz de sobrevivir cualquier tempestad sin perder el rumbo que marca la dignidad, la justicia y la honestidad; me reafirmo como la madre que ama con locura a su único hijo, como la hija que siempre estará orgullosa de tener unos padres que se atrevieron a subvertir un orden perverso; como la periodista que no podría vivir sin voz propia y sin armar este rompecabezas de palabras que se llama texto, como la niña que no pude ser a plenitud y que todavía tiene ganas de jugar y reírse de tonterías, como la amiga que nunca olvida a quienes me han querido como soy, como la eterna entusiasta de sumarse a casi cualquier causa perdida.

Sí, me reafirmo como la militante convencida que sigue creyendo en que vale la pena construir un país diferente.

Llego a los 45 orgullosa y cómoda de decir públicamente todo lo que creo y lo que no creo. Si usted encuentra entre mis afirmaciones alguna coincidencia, en buena hora. Si por el contrario, no está de acuerdo conmigo, tenga por seguro que respetaré su punto de vista, pero no intente cambiar el mío, porque este es mi camino y esta soy yo, cada vez más natural y con menos miedos.

Piel sospechosa

Hace unos días, durante una visita relámpago a Nueva York, fui testigo de una escena absurda y cruel. Una colega y compatriota, en plan de turista, quiso hacerse una fotografía en las afueras de la biblioteca pública. Mientras posaba, rozó por accidente el brazo de una delgadísima mujer blanca, alta y rubia que caminaba de prisa. “Excuse me”, ofreció la compatriota, a pesar de que el descuido había sido de ambas. La estadounidense, quien por su vestimenta estilizada y caminar de pasarela de modas parecía salida de alguna comedia de Hollywood, le lanzó una mirada de profundo desprecio. Se alejó unos pasos. Tomo un suéter que llevaba colgando y se limpió el brazo con una mueca de asco.

Fue un momento de caricatura, una burda expresión de racismo, de odio. La mujer quiso dejar claro que los que no tenemos la piel nívea como la suya le repugnamos. Y lo logró. Los presentes quedamos pasmados ante su actitud tan retrógrada y ofensiva.

La discriminación racial es robusta en Estados Unidos. Algunas veces es tan evidente como esa mueca de asco. Y en ocasiones es más sutil, como hace tres meses, cuando un oficial de Migración me retuvo en el aeropuerto de Boston y examinó mi pasaporte hasta que se cansó. Cuando se convenció de que todo estaba en regla, ya habían pasado al menos 3 minutos –que sentí lentísimos e incómodos. Solo después, y tras un “Sorry, Sir. Have a good flight”, me permitió pasar al área de abordaje.

Ese oficial retuvo mi pasaporte porque mi piel acanelada contrastaba con la blancura de la mayoría del resto de pasajeros, cuyos pasaportes apenas miraba y a quienes dejaba pasar sin peros. Lo revisó varias veces con una lámpara UV –de las que se usan para detectar las marcas de agua ocultas en los documentos oficiales–, porque los latinoamericanos siempre somos sospechosos. Miraba mi rostro y la foto de mi documento, porque mi aspecto le daba desconfianza.

Bajo la excusa de esa desconfianza, hay gente que se cruza de acera cuando ve que un latino se acerca y algún oficial de seguridad prefiere rondar los pasillos de la tienda por donde una centroamericana se pasea. Puede haberse extinto la segregación racial tan gráfica que oprimió a los afroamericanos durante casi 100 años tras la abolición de la esclavitud, pero hablar de igualdad en este país sería una falacia. Ante la desigualdad, es la población latinoamericana la que siempre resulta más perjudicada. Y un claro ejemplo es que en la mayoría de trabajos siempre se le exija más a un latino que a los empleados de otras razas.

Seguir creyendo que una raza puede ser superior a otra es retroceder, involucionar. Los seres humanos somos iguales en dignidad, sin importar la cantidad de melanina que se lleve en el cuerpo. Aceptar este hecho no debe ser una opción, aunque en la práctica quede a juicio de aquellos que exacerban las facultades de su etnia.

Generalizar al país entero como discriminador sería una equivocación y desmerecería a los que sí respetan y tratan a todos por igual, como debe ser. Sin embargo, es imperioso tratar y retratar todo acto de exclusión –por pequeño que sea–, hasta que nuestra piel deje de ser sospechosa y nuestras facciones ya no sean vistas como el molde de una delincuencia potencial. Por ahora, aunque haya discursos políticos que se empeñan en afirmar lo contrario, el camino continúa largo y sinuoso.

*Esta columna se publicó en julio de 2016. El mensaje sigue más vigente que nunca.

Un pájaro sin plan de vuelo

Una mujer está sentada en el interior de una carpa ubicada en la calle La Cañada 7200 del barrio La Reina, en las afueras de Santiago de Chile. En la mano tiene un revólver.

Ella misma montó aquella carpa. Ella misma construyó el escenario con piedras y cemento. Aquella mujer, Violeta del Carmen Parra Sandoval, había regresado un par de años antes a su país. Había pasado una estadía en varias ciudades europeas donde dio recitales, grabó discos, actuó en presentaciones de radio y televisión, bordó arpilleras, hizo estatuas de alambre, pintó cuadros, escribió poemas. Hizo una exposición individual de sus tapices en el Museo del Louvre en París. Fue la primera latinoamericana en hacerlo.

También conoció y estableció una relación afectiva con el antropólogo y musicólogo suizo Gilbert Favre, 20 años menor que ella. Se dice que eran felices. Se dice que Favre fue el gran amor de su vida. Pero Violeta Parra extrañaba su país. Cuando volvió a Chile en junio de 1965, él la siguió.

A su regreso, Parra intentó hacer realidad un sueño anhelado desde hacía años: montar una universidad nacional de folclor. En los años cincuenta, había recorrido el país para rescatar canciones típicas chilenas que se cantaban desde el siglo XIX y de las cuales no existían grabaciones. Los músicos tradicionales tuvieron resquemor en compartir sus conocimientos, pero la determinación de aquella mujer brava, mal hablada y que reventaba guitarras en la cabeza de los hombres que se propasaban con ella, los hicieron cambiar de opinión.

Parra soñaba no solo con dejar un registro de todas aquellas tradiciones y canciones que había aprendido. También quería enseñarlas y compartirlas. Tocó puertas en todas partes, pero ni el Estado ni las instituciones privadas quisieron ayudar. Por fin, el alcalde de la recién formada municipalidad de La Reina, Fernando Castillo Velasco, le cedió un terreno en forma de pago por la deuda de varios eventos en los que Parra había cantado sin recibir compensación económica.

Levantó allí una carpa y la convirtió en su morada. Todo era austero y sin comodidades, pero por fin tenía un lugar propio en el cual desarrollar su proyecto. Al comienzo, todo iba bien. Durante el día se daban clases de folclor. Artistas y profesores de cerámica, escultura, pintura y otras disciplinas formaban a los futuros artistas. Se investigaba, se estudiaba, se ensayaba. En las noches se realizaban peñas musicales. Se cantaba y se bailaba.
Pero la carpa de La Reina, como llegó a ser conocida, era de difícil acceso. Solo se podía llegar en automóvil. En verano no era tan complicado, pero en invierno el lugar se convirtió en un lodazal. Los talleres comenzaron a fracasar por falta de asistentes. Hacía mucho frío. La lluvia y el viento azotaban y despedazaban la carpa. Violeta le hacía remiendos. Instaló un fogón en el centro de esta. Nada sirvió.

Cada vez llegaban menos personas. Parra dependía de aquellas actividades para su subsistencia económica. A pesar de que era reconocida a escala nacional e internacional, los aplausos y la fama no servían para comprar comida ni pagar deudas. Para colmo, Favre se fue a Bolivia y cuando Violeta fue a buscarlo un tiempo después, lo encontró casado con una boliviana. Parra regresó a Chile deprimida.

En noviembre de 1966, tres meses antes de su muerte, lanzó un disco titulado “Las últimas composiciones”. El disco incluyó una canción sobre Favre, “Run run se fue pa’l norte”. También incluyó la ahora emblemática “Gracias a la vida” que opacó otra canción, contenida en el mismo disco, “Maldigo del alto cielo”. Solo un oyente avispado podría haber deducido que, lejos de un disco de agradecimiento y de exaltación al optimismo, aquellas composiciones eran la despedida de una mujer que se sentía frustrada, solitaria y defraudada.

Su biógrafa, Mónica Echeverría, la visitó en la carpa de La Reina 15 días antes del suicidio. “Había muy poca gente”, cuenta Echeverría en una entrevista. “Hace rato que no estaba entrando nadie por la lejanía del lugar. Nos convidó a tomarnos el último trago, como decía ella. Estaba metida en la cama con zapatos y tapada con esas colchas lindas que hacía ella. Estaba triste, pero la hicimos reír. Pero ella aparentaba, cantaba, hasta bailó una cueca. Se forzaba, pero la cosa estaba demasiado mal para ella. Lamentablemente, nadie captó eso y terminó matándose”.

No se sabe el momento preciso en que escribió su carta de suicidio. Jamás ha sido publicada. Nicanor Parra, su hermano mayor, la guarda con celo. A pocos les ha permitido leerla. Quienes lo han hecho aseguran que el papel tiene pringas de sangre y que su contenido es duro, lleno de reclamos y amargura hacia todos, incluso su familia.
El terreno de La Reina pasó abandonado durante algún tiempo. Después, la dictadura militar urbanizó aquella zona. Hoy en día, en el lugar donde estaba la carpa existe un centro comercial. De la actividad de Parra en la comunidad apenas hay registro, a excepción de una estatua conmemorativa que se alza desde 2012 en la plazoleta de la esquina de Mateo de Toro y Zambrano con la Cañada.

En una entrevista publicada en el periódico El Siglo, uno de sus alumnos de música, Arturo San Martín, comentaba lo dura que era como maestra. No perdonaba errores: “Violeta nos hacía repetir hasta 30 veces una estrofa; nos llegaban a sangrar las manos”. Cuando terminaba aquella etapa “de aprendizaje espartano”, como la calificó San Martín, ella cambiaba de manera radical.

“Ahora tienen que volar solitos”, decía a sus alumnos. “Usen los ritmos como les salgan, prueben instrumentos diversos, siéntense en el piano, destruyan la métrica, libérense. La canción es un pájaro sin plan de vuelo, que odia las matemáticas y ama los remolinos”.
A las 5:50 de la tarde del domingo 5 de febrero de 1967, en la carpa de La Reina, Violeta del Carmen Parra Sandoval, de 49 años, se pegó un tiro en la cabeza.