Historia centroamericana oculta

Razones de peso me llevaron a escribir por primera vez una novela histórica cuyos hechos me llevaron de la mano, como al ciego privado de luz, por una épica insólita y asombrosa que ha pasado por alto en Centroamérica; y no creo que por razones políticas contemporáneas, pues todo ocurrió entre 1855 y 1860. Pero ni los especialistas la proyectan de acuerdo con el significado para la región centroamericana. En ese entonces un estadounidense de nombre William Walker quiso establecer la esclavitud en Centroamérica por considerarla fuente de riqueza económica de cultura superior. Sin embargo, la vastedad de esa gesta histórica ha quedado reducida a los especialistas en historia, aun para Costa Rica y Nicaragua, pese a que fueron los dos países que más sufrieron la guerra.

Se trató de una épica libertadora donde participaron en primer lugar el presidente costarricense de ese entonces Juan Rafael Mora, como estratega político, y el general salvadoreño José María Cañas, como el combatiente de primera línea en contra de los que llamaron filibusteros, y que se auto llamaron falange americana. En el transcurso del tiempo se convirtió en historia oral plagada de mitos, no obstante, que ha sido la historia más cruenta y más dramática que ha vivido nuestra Centroamérica, en una pelea por lo que quería ser. No hay otra gesta similar por lo heroica y por lo trágica para cientos de centroamericanos. Por ese heroísmo somos como somos, de otra manera se hubiera impuesto el esclavismo para “civilizar” a una región habitada por “mestizos indolentes”, decía Walker.

Esos vacíos me inclinaron a escribir una obra narrativa que califico como novela histórica basada en bibliografía existente, aunque poco conocida en nuestro medio, pese a que se enviaron de El Salvador más de 2,000 soldados, y que el jefe de los ejércitos aliados centroamericanos era el general salvadoreño Ramón Belloso, además de los generales Bracamonte y Asturias, este último de San Miguel. Incluso estuvo Gerardo Barrios con 800 hombres, pero por arribar tarde no se incorporó a la guerra, pues ya los aliados tenían derrotados a los filibusteros, y Barrios iba a sustituir a las cansadas y destruidas tropas de Belloso; vencida la llamada falange americana fue obligada por la misma marina norteamericana a su repatriación, pues una derrota total sería cruenta y humillante para el Gobierno de Estados Unidos, además que oficialmente Walker no estaba autorizado para emprender ese tipo de guerra de invasión.

Cuando llega Gerardo Barrios, muchos filibusteros habían desertado debido al cerco implantado por los centroamericanos. Se habían quedado sin medicinas y sin alimentos y perdido el sueño de dominar la región. Y todo porque los costarricenses en una jugada creativa del presidente Juan Rafael Mora lograron cortar las vías interminables de abastecimientos para los auto llamados falange americana, que recibían de California o de Nueva Orleans. Se hizo por medio de un comando de 200 hombres cuya misión era cortar los abastecimientos recibidos desde los dos océanos. Walker pretendía también como objetivo, además de apoderarse de los cinco países centroamericanos, manejar el canal interoceánico que la naturaleza proveyó a Nicaragua con su gran lago y el río San Juan, desde el Pacífico en San Juan del Sur hasta el Atlántico en San Juan del Norte.

Este es el tema que manejo en la novela histórica donde la realidad supera la ficción. Como Walker tenía casi toda su fuerza en San Juan del Sur, el comando invadió por un río, el San Carlos, casi virgen, situado en la región norte de Costa Rica y que desemboca en el San Juan. Esto permitió sorprender a los vapores que circulaban libremente con armas, medicinas y más relevos de hombres ante las bajas de heridos. Ya en esa etapa de la guerra se habían integrado cientos de tropas guatemaltecas y hondureñas, además de los tres países antes mencionados. Porque la lucha fue regional ante un peligro común, no obstante, que en ese tiempo privaban diversas ideologías entre los cinco países, entre liberales y conservadores, y que dificultaba vencer a Walker.

En verdad, se trata de una historia novelada para que cada quien, como lector cómplice defina lo que debe creer o no creer o investigar ante lo inverosímil. Porque hay dos clases de realidades: la que se cree porque se percibe por la razón; y la que, por ser literatura, se acepta por las emociones que produce. Personalmente, como escritor, descubrí que se trata de una historia con mucha conmoción y emotividad donde la verdad histórica compite con la ficción.

Mi obra lista para entrar en prensa, escrita a partir de quienes investigaron esa épica y nos dieron a conocer sucesos que fueron ocultados en la región; se trata de revelaciones históricas que, pese a lo dicho por Benedetto Croce, “toda investigación sobre el pasado es historia contemporánea”. Me digo entonces que es el momento de vivir esa historia para tratar de aprender que la violencia impuesta por un poder solo trae desgracias e inhumanidad.

En otras novelas me negué a ser real para no parecer irreal, en esta por lo contrario opté por buscar al lector protagonista, que reflexione sobre una verdad histórica que pudo hacer de Centroamérica una región que retrocediera a un pasado de esclavitud abolida 55 años antes (1821); porque los mercenarios, como extraños, quisieron imponer la forma esclavista del sur de Estados Unidos; lo que implicaba traer otra religión, otro idioma y el “exterminio del mestizo”, como decía Walker para imponer sus ideas de supremacía blanca.

Costa Rica ha declarado héroes de la patria y les ha erigido un monumento en Ciudad Puntarenas. Por tal motivo, todos los 30 de noviembre, fecha en Mora y Cañas, fueron fusilados al llegar desde Santa Tecla a esa ciudad. A partir de 2017, el Gobierno y cuerpo diplomático se trasladará ese día a la ciudad de Puntarenas. Agradezco el privilegio de ser nombrado huésped de honor para esa gran celebración al ser reconocido mi trabajo literario.

Antes de la tormenta

Lo conocí de niño. Siempre iba guapo, coqueto, sonriente. Era uno de los presentadores estrellas del programa infantil “Güerep”. En ese entonces, yo escribía sus guiones y lo vi repetir muchas veces nuestro eslogan “Saltando crecemos, jugando aprendemos”. Era fantástico frente a las cámaras. Un gran comunicador. Alguna vez se quedó a dormir en mi casa y jugaron hasta el amanecer con mi hijo. Eso fue hace más de 10 años y durante todo este tiempo he querido pensar que ese espacio efímero en la televisión había sido una especie de semilla que sembramos para cosechar mejores ciudadanos.

Sin embargo, la mañana del miércoles sentí de golpe un hueco infinito en el estómago y en mi corazón, el titular decía: “Pandilleros asesinaron anoche al hijo del periodista Henry Arana”. Era Darío. El niño que durante varios domingos preguntó y celebró junto a la rana Güerep su derecho a tener voz propia.

Todavía puedo escuchar los sollozos de su madre preguntando: “¿Qué hicieron con mi muñeco? ¿Por qué hacen eso a la gente buena?… Me partieron en dos. Nadie nos puede ayudar”. Tenía 22 años, solo uno más que mi hijo. Tenía una hija, una pareja, una hermana y un padre valiente que no se deja vencer por el cáncer. Todo eso y más era Darío. Pero la nota del día decía: “Según las autoridades, el martes finalizó con 23 homicidios, una de las víctimas de esta fatal jornada de asesinatos fue Darío”. Así de crudo, de fugaz, de escueto.
Lo absurdo es que murió en una ciudad militarizada. Desde el 18 de septiembre más de 50 vehículos blindados de la Fuerza Armada patrullan por las calles de San Salvador y el argumento del presidente de la república, Salvador Sánchez Cerén, ha sido que este despliegue militar es parte del plan de fortalecimiento de la seguridad y prevención.

Pero ¿desde cuándo la presencia de los militares en la calle ha hecho sentir más seguros a los salvadoreños? Podríamos preguntar a los familiares de desaparecidos, a quienes participaron en la marcha estudiantil el 30 de julio de 1975 o a los sobrevivientes del Mozote. La otra opción sería preguntárselo al presidente, quizá él tenga una mejor explicación para eso, quizá el pueda decirnos cómo ha cambiado su percepción del ejército desde sus días de joven revolucionario y guerrillero.

El caso es que Darío ahora está muerto y para mí su ausencia reitera la absurda presencia del ejército en al menos 25 puntos de la ciudad. Antes de su asesinato y con los militares ya apostados en cualquier esquina, había 108 familias, que en un lapso de cuatro días, perdieron a sus seres queridos y la cuenta no se detiene.

Casi sin parpadear las autoridades dijeron en conferencia de prensa que “las víctimas no estaban perfiladas como pandilleros, y que incluso, sus casos se salían del parámetro de edad de homicidios contra miembros de estas estructuras, que es entre 18 y 30 años”. Como siempre están en vías de investigación, y no para hacer justicia, sino más bien para corroborar cuántos de ellos tenían parentesco con pandilleros.

Lo que quiere decir que si estas personas tenían algún parentesco merecían morir y por lo tanto, el Estado salvadoreño no debe invertir más recursos en explicaciones.

Si hay algo peor que la violencia es nuestra indiferencia. Ese postergar, ese traspapelar, esa idea de que podemos avanzar mientras caminamos sobre de los muertos. Para mí la presencia de los militares en las calles es como volver a sentir ese viento que sopla fuerte, que desbarata y desordena todo lo que encuentra a su paso, que se lleva la esperanza, las semillas y los buenos augurios. Un viento que nos presagia el inicio de otra gran tormenta. ¿Qué más estamos esperando?

Prioridades

La espiritualidad es una necesidad humana. Crea o no en un ser superior, el hombre necesita arraigarse de dogmas que le den sentido a su vida. De ahí que desde el origen de la civilización se haya buscado rendir adoración a uno o varios seres dioses; o que, ante los problemas que tenemos los contemporáneos, sea recurrente buscar refugio y ayuda en lugares que prometen religarnos con el Creador. Nuestro país, aunque parezca paradójico porque es un cómodo y holgado nido para la violencia y la corrupción, vive mucho su espiritualidad a través de la religión.

El nuestro es un territorio predominantemente cristiano —bastante polarizado por evangélicos y católicos— en el que se encuentran tantas iglesias y ermitas como tiendas. Y que haya suficiente libertad de religión es una verdadera fortuna para quienes dedican su vida al servicio de sus respectivas creencias. En El Salvador, cualquiera puede hacer una vigilia al aire libre sin temor a ser castigado. Nadie es reprendido por hacer procesiones, campañas evangelizadoras o acciones de caridad. Ser creyente es sinónimo de “ser bueno”, y llevar una biblia en la mano es una forma ideal de ganar simpatía y afinidad por casi todo salvadoreño promedio.

Creer es un derecho que no debería llegar hasta la frontera del fanatismo. Cuando supe de esa iniciativa legal para cambiar el nombre de la Puerta del Diablo solo se me vino a la mente ese concepto. Pensé que solo era un chiste, pero al darme cuenta que esa idea está siendo respaldada por representantes legislativos me convencí de lo pésimos que podemos ser los salvadoreños para ordenar nuestra lista de prioridades. Cambiar el nombre de un lugar histórico, solo porque hace alusión al “mal”, más que iniciativa religiosa parece una rabieta caprichosa de niño malcriado. Aunque sería maravilloso que al rebautizar esas piedras como Puerta de Jesús se detuvieran esos hasta 80 homicidios cada 72 horas, eso es tan irreal como la honestidad de la mayoría (porque quiero creer que a lo mejor hay algún par íntegro) de nuestros funcionarios de ayer y hoy.

Es una pena que las iglesias, con todo el poder e influencia que tienen, no tengan el valor que tuvo el Jesús que predican para señalar lo que de verdad le hace mal a nuestra sociedad. Es una lástima que todo ese poder —basta con recordar cuando renegaron de la iniciativa de fomentar una educación sexual integral en las escuelas, hasta que la detuvieron—, se malgaste en iniciativas tan sin sentido. Iniciativas que, como digno carroñero, más de alguno con ansias de poder y simpatía de la gente está aprovechando para legitimarse como “bueno” y hacedor de la voluntad de Dios. Porque ahora que se acercan las elecciones, nuestros excelsos candidatos tienen que hacer lo que sea necesario para afianzar ese puestecito lleno de tantos beneficios y de oportunidades de (enrique)crecimiento. Visitar cultos y misas, así como posar para las fotos con la actitud más nívea que se tenga, siempre ha sido una carta infalible para ganar votos.

Ordenemos nuestras prioridades. Para poder ver al menos una pizca de progreso en la situación del país hay que comenzar por remover, más que nombres diabólicos, a todo el que esté al frente y que incumple su deber. No podemos resignarnos en pensar que todo el que llega al poder es por la voluntad de Dios. Ya va siendo hora de que le recordemos a nuestros gobernantes, del color que sean, que así como los votamos los podemos botar.

Las chifladuras de la creatividad

Recuerdo que en horas del atardecer, cuando niño me gustaba acostarme sobre la grama de la calle, porque mi casa tenía características rurales. No había electricidad ni agua potable, para dar una idea. Pero sí había mucha alegría de vivir que transmitía mi modesto grupo familiar. En ese entonces, quizá en primer grado, me propuse contar las estrellas, boca arriba. La idea era descubrir la primera, comenzar la cuenta. Pensaba sorprender al cielo si las contaba a medida que iban apareciendo, pues mi maestra de parvularia me había dicho que el número de astros era infinito. En San Miguel, de cielo limpio, era fácil el conteo, pero a medida que se tachonaba de parpadeos de luz se volvía difícil contar. Y así comenzó mi interés por los números.

Ya más crecidito, en educación básica, me dio por hacer operaciones sobre la distancia en kilómetros entre el planeta Tierra y el Sol; o los lejanos soles. Supe que la luz solar tarda en llegar a la Tierra 8 minutos. Me asombró saber que la medida de longitud entre los astros era el segundo-luz; y que Alfa del Centauro, la estrella o sol más cercano de la Tierra está a 4.36 años luz, y si en segundos equivalía a 299,792 kilómetros, en una hora la distancia-luz sería de 1,080 millones de kilómetros. Desconocía que existen otros medios de medición de distancias astronómicas para ahorrarse papel y dígitos… y locura infantil.

¿Se pueden imaginar la distancia calculada a Alfa del Centauro, si está a cuatro años y medio-luz? Comenzaba a multiplicar cuántos segundos hay en una hora, y en cuatro años y pico. Si el segundo equivale a casi 300,000 kilómetros por segundo. Un asombro hermoso.

Comencé a calcular distancias de otros soles, a puro lápiz. Hasta ahora sé que las chifladuras tienen que ver con la creatividad, esa capacidad de generar ideas propias a partir de ideas ajenas o estrafalarias que el oficio de escritor me permitió. Me gusta, por ejemplo, lo de mi novela “Los poetas del mal”, donde hablo del arma de destrucción masiva de los chinos: una cuerda de nylon y un reloj, para que cuando venga por el aire la lluvia atómica, saltar la cuerda al mismo tiempo y desviar la ruta del planeta. Y que la bomba se pierda en las galaxias. O la posibilidad masculina de salir embarazado.

Después reparé que la Tierra viaja unos 210 kilómetros por segundo hacia las galaxias, como ir en un vehículo a la velocidad de 12,600 kilómetros por minuto, es trasladarse de Nueva York a Pekín (China) en 45 segundos. Y tenemos millones de años moviéndonos en el espacio interestelar. Inimaginable lo que recorre en una hora, en un mes, o en 100 siglos si en un segundo recorre casi 13,000 kilómetros.
Como estudiante de educación media hacía operaciones por recreación, medir la distancia de la Tierra a una estrella a 100 años-luz. ¿Cuántos segundos hay en un año, esto se multiplica por la cantidad de segundos que hay en 100 años-luz. En esos intríngulis mi madre que su hijo era raro, “me das miedo”, me dijo un día. Quizá porque para tales experimentos necesitaba estar solo, aunque más tarde me iba a jugar fútbol y a hacer maldades de niños con mis primos Éver Cristo y Ennio de Jesús: cazar garrobos o sustraer frutas del cercado ajeno.

Agradezco esas chifladuras porque desde niño fui cultivando una vocación por los números (en sexto grado daba clases de aritmética a las niñas del barrio, no sé por qué solo a niñas). Cuando vine a San Salvador a estudiar jurisprudencia (el famoso doctorado de siete años), pese a tener a temprana edad dos primeros premios de poesía, y gran amor por la literatura, opté por certificarme en el MINED como profesor de Matemáticas. Di clases de álgebra en Santa Tecla, el Damián Villacorta, hasta que por “orden superior” fui despedido.

La razón: antes de comenzar la clase de álgebra, daba unos 3 minutos de educación cívica, y el único que me protestaba era un niño de 13 años que después fue un reconocido oficial, blanco de amor y odio, según la gente se considere víctima o victimaria. Cuando las autoridades se dieron cuenta de mis 3 minutos cívicos, después de tres años de impartir la materia, me prohibieron continuar como profesor por hablar temas ajenos a las Matemáticas (aunque solo eran 2 o 3 minutos). O bien por poeta de versos excedidos en ideas, pues ya era reconocido por los premios. Me quedé sin trabajo, dejé de ser “poeta rico”, como me decían mis compañeros de generación literaria, pues como profesor joven (desde 18 a los 21 años), los podía invitar al estilo de los jóvenes de la época, a café o bohemia sana con intercambio de ideas y libros de literatura.

Cuando ingresé a la universidad, un talentoso catedrático, mi gran amigo Pepe, me decía que yo le preocupaba pues me encontraba ciertos rasgos de retraso mental. Claro, si desde niño me proponía a hacer esas investigaciones sin mayores fuentes de investigación, excepto por lecturas periódicas (diarios y revistas), me imagino que como poeta o estudiante de derecho planteaba problemas chiflados (nunca referido a las ciencias jurídicas), esto lo dejábamos para las aburridas horas de clase.

Estas experiencias nos formaron una cultura propositiva precoz. Por ejemplo, Roberto Armijo ya había publicado libros de ensayos sobre T. S. Eliot y sobre Rubén Darío antes de los 24 años; Roque Dalton, a los 25 años, conoció la penitenciaría central, siendo reconocido poeta, periodista y polemista inteligente; mi persona conoció la expatriación, o expulsión, a los 23 años; Ítalo López Vallecillos era director de un periódico nacional a los 26 años; y a la misma edad, Álvaro Menéndez Leal fundaba el primer TV periódico y dirigía un semanario escrito (verlo en la Biblioteca Nacional). Precocidades y chifladuras demasiado riesgosas por romper con el aullido de la palabra los conformismos del silencio.

Uso equilibrado de redes sociales, un modelo

Las redes sociales irrumpieron en nuestra vida y en menos de 20 años han modificado la forma en cómo nos comunicamos, hacemos negocios y nos relacionamos. Con esa revolución también llegaron las crisis y los problemas.

Vivimos en la era de la información y de la transparencia. Casi todo está disponible en la web, y hemos actuado inocentemente al compartir ideas y datos, facilitándoles a quienes saben cómo manipular esas referencias para su uso en campañas políticas y comerciales.

Afortunadamente tenemos información acerca del impacto de esas herramientas. Por ejemplo, sabemos que nuestros cerebros están desarrollando nuevas y superficiales “avenidas” neuronales que afectan la capacidad de concentración, debido a la posibilidad que ofrece internet de saltar de un vínculo a otro. Asimismo, a muchos niños se les dificulta experimentar empatía debido al excesivo uso de dispositivos móviles que bloquean el ejercicio de sus habilidades para relacionarse y percibir lo que otros sienten.

Problemas de reputación y conflictos en las relaciones de pareja, personales y profesionales son el día a día de las redes sociales. Compartimos en exceso nuestra información y creemos que eso es comunicación, o que vamos a cambiar al mundo expresando lo que pensamos, aunque ello no implique la movilización requerida para modificar la realidad que está fuera de esos espacios.

La comunicación es un tema complejo. Antropólogos y otros científicos han demostrado que las peores herramientas para comunicarse son los mensajes de texto y las redes sociales, porque afectan la percepción de aspectos vitales para que se produzca una comunicación efectiva, como el tono de voz y el lenguaje no verbal.

En la búsqueda por entender a quienes hacen un uso equilibrado de redes sociales, modelé a individuos a través de herramientas de programación neurolingüística y neurosemántica.

El modelaje es utilizado en “coaching” para identificar elementos clave que utiliza una persona que se desempeña con excelencia en una determinada actividad. Al aplicarlo se obtiene una fórmula que establece qué hace, qué siente, qué se dice, en qué entornos lo hace, así como valores y propósitos profundos de ese individuo. Esas pautas pueden utilizarse luego para el desarrollo de otras personas.

En el proyecto definí que el “uso equilibrado” de redes sociales se daba cuando una persona era capaz de divertirse o informarse con ellas, y tenía a la vez la capacidad de guardar, sin experimentar angustia, su dispositivo móvil para dedicarse a otras actividades, como sus responsabilidades laborales, o para pasar tiempo de calidad con sus relaciones más significativas.

Encontré que estas personas tienen características similares: disfrutan de esas herramientas porque les permiten conectar con otros y descubrir contenido valioso. Además, les facilitan enterarse de noticias de interés para ellos. Tienen claro que la “vida” en esos espacios es irreal, que las redes sociales son solo herramientas y que pueden ser adictivas si no se está consciente de sus ventajas y desventajas. Y creen que al hacer un uso excesivo se generan conflictos innecesarios que afectan su entorno, su reputación y sus familias.

También, mantienen un diálogo interno que pone por encima los valores que han escogido para sus vidas: aprecio de la intimidad, cuido de sus familias, y la aspiración de ser percibidos como individuos inteligentes, equilibrados y que evitan el exhibicionismo. Estos valores facilitan poner a un lado esas herramientas cuando es necesario dedicarse a otras actividades.

Es innegable el impacto y las posibilidades que ofrecen las redes sociales. Pero para aprovecharlas, es aconsejable equilibrar el uso que hacemos de ellas. Para esto es vital definir por qué las utilizamos, cuáles son nuestros valores, así como estimar potenciales riesgos en su uso excesivo.

Ocio y reflexiones literarias

Desde hace varios años me ha llamado la atención el poco interés de la crítica latinoamericana sobre los escritores de Centroamérica; pero también suplementos literarios y críticos de nuestro país, que optan por estudiar a los “grandes” escritores. No falta ni García Márquez, ni Mario Vargas Llosa (para mí, uno de los mejores narradores contemporáneos) o Julio Cortázar (uno de mis maestros). A veces se menciona al argentino Ernesto Sábato o al uruguayo Juan Carlos Onetti. Jorge Luis Borges es omnipresente, en especial por las influencias europeas.

Por lo demás, poco a poco se está excluyendo a Pablo Neruda, casi olvidado; Octavio Paz, a punto del olvido; Miguel Ángel Asturias (totalmente invisible). Sin embargo, los dos primeros mencionados por tener un entorno cultural y educativo avanzado (Chile y México respectivamente) no afecta mucho, por lo menos no son marginados en su propio país. Con Asturias ha comenzado su resurrección, en la actual Guatemala. Los tres son Premio Nobel, y su obra los hace permeables a su estudio, quizás el futuro los salve.

Aquí es donde vienen algunas de las preguntas relacionadas con la crítica: ¿cuándo se habla de “grandes” será por provenir de países grandes? ¿Grandes por tener editoriales muy profesionales que les interesa comercializar al libro y al autor como corresponde a toda editorial? ¿Qué pasaría si Gabriela Mistral o García Márquez hubiesen nacido en El Salvador o en Honduras o Haití, se habrían congelado en sus propios países? A propósito recuerdo el consejo de Juan J. Cañas cuando le dijo, en El Salvador, al adolescente Rubén Darío (la gran excepción): “Debes salir de estos países si quieres desarrollar el talento que tienes para la poesía”. Darío acogió el consejo, previas cartas de recomendación de su “maestro” y exdiplomático para que pudiera ubicarse en Chile o en Argentina. Se ve que desde aquellas épocas existió gueto literario en los países pequeños, donde la palabra no se vende o se vuelve prisionera.
Respecto de los encierros también hay países centroamericanos que se liberan fortaleciendo la capacidad lectora, caso de Costa Rica y Panamá. Creo que Ecuador, Venezuela y Perú han decrecido si comparamos la literatura actual con su literatura de la última mitad del siglo XX. Colombia es un caso especial con gran promoción de la poesía, el despliegue de narradores tiene pujante presencia.

De acuerdo con una tendencia de mediados del siglo XX se dijo que antes de pensar en libros, en lectura y aun en educación lo primero es comer; les pareció inocuo o riesgoso liberar la palabra. Se hizo caso omiso de que el libro es complemento educativo, produce mentalidades de cambio, forma conductas propositivas y creativas e implica desarrollo. Porque educa al ciudadano para conseguir su comida y la de otros, tiene “armas” imperecederas que nadie va a pensar en destruir o a entregar (“armas” de papel o digitales), diferentes a las otras armas de coyuntura. Veamos si no, en el pasado, a Napoleón Bonaparte, o Hitler, y entre nosotros Barrios y Morazán. Masferrer ya planteaba en 1915 esta idea de manera muy fuerte: la lectura educa “para no ser manipulado”.

Es posible que el prejuicio provenga desde la antigüedad porque tanto “escuela” como “filosofía” y “literatura” tienen origen lingüístico en el ocio. Los guerreros eran los propiciadores de la riqueza por medio de invasiones y despojos. A propósito, repito la conocida anécdota sobre el escritor inglés Bernard Shaw, sentado en el porche de su casa, quien es saludado por un vecino: “Mr. Shaw, ¿descansando? El humanista le responde: “No, trabajando”. Otro día pasa el mismo vecino mientras Shaw limpia su jardín. El vecino: “¿Mr. Shaw, trabajando? Shaw la responde: “No, descansando”. Para el vecino Shaw era además de ocioso un loco.

Me hago la pregunta en la modernidad, ¿se aprovechan los escritores del trabajo de los demás? ¿Sirve escribir un libro que nadie va a leer? Preguntas del millón. ¿O es para ganar honores mientras otros sudan la gota gorda? Por ahí, el prejuicio cultivado desde la antigüedad.

A medida que avanzaron los tiempos, el ocio se volvió visible al surgir el humanismo, la literatura; la imprenta revoluciona al mundo, puso el libro fuera de las catacumbas religiosas, rompe las ataduras oscuras de la herejía y las brujas para ir avanzando la civilización con ideas transformadoras y deja atrás la sociedad basada en el garrote, la guerra y las hechicerías. Todo parecía inamovible. Iba bien sin imprenta, sin libros… y sin Gutenberg.

Según como respondamos estas preguntas, podemos complicarnos las respuestas. Pero mis reflexiones son para preguntarse si acaso la literatura joven y la contemporánea servirán para algo. Y si vamos a considerar ociosas las proyecciones de este oficio ahora relacionado con la imagen y la palabra y el pensamiento volando a la velocidad de la luz.

Continuemos preguntándonos: ¿Qué pasará con nuestra narrativa de inicios del siglo XXI? ¿Será borrada con la prisa de los nuevos tiempos? ¿Seremos los primeros en desaparecer, los grandes y pequeños de América Latina? La pregunta pareciera boba, pero recordemos que a Francisco Gavidia ya lo tenemos guardado en el clóset. Masferrer sí logra sacar la cabeza. Conste, a ninguno de los dos se les desconoce el nombre y hasta se les hace algún afiche para no olvidar los rostros. A Claudia Lars, pese a su dimensión, se desconoce más allá de El Salvador. A Alfredo Espino por lo menos gusta a los neófitos de la literatura y los niños lo disfrutan, perciben su sencillez y musicalidad.

Pese a todos las nuevas generaciones de escritores de alguna manera se regeneran y hacen despertar los fantasmas, porque el libro y la lectura nos recuerdan a cada quien –lectores o no lectores– que existimos. Sin duda la obra actual es contrapropuesta a la obra del pasado. Los invisibles subsisten en la nueva literatura, respiran al unísono. El escritor necesita del ocio y siendo el oficio más solitario del mundo aparece como un asocial. No importa, propone y contribuye a un mundo distinto.

En el limbo cultural

Comparar puede ser muy molesto. Sin embargo, exponer un elemento frente a otro para evaluar y contraponer sus características es una práctica común y necesaria. Es gracias a esa acción de identificar opuestos y semejantes que los seres humanos empezamos a construir significados durante las primeras etapas de nuestra vida, por ejemplo. Y aunque mantengamos cierta relación de amor-odio con esta forma de entender el mundo, abordamos la existencia en gran medida a través de las comparaciones.

Así, comparando, es como muchos migrantes nos adaptamos con más fluidez a los entornos que desconocemos. Eso discutía hace unos días con colegas provenientes de varios países hispanohablantes. La tertulia que se desencadenó por un comentario frívolo sobre la calidad de un tomate en un almuerzo de planificación terminó haciéndonos reconocer que, sin importar lo derrumbado que esté el lugar de donde provenimos, siempre anhelamos volver a él. Y que cuando volvemos, ya somos otros. Regresamos híbridos entre dos culturas, y que son las comparaciones las que nos permiten mantenernos conectados con ambas realidades.

No soy el más cualificado para hablar de cómo afecta a nuestra identidad que estemos en un país extranjero por un tiempo prolongado, pero voy a conjeturar –desde mi experiencia– que nos hace situarnos en un limbo. En el sociolecto salvadoreño, se podría decir que los que vivimos afuera nos volvemos “ni chicha, ni limonada”. Y no es porque algunos terminen pegados con la muletilla del “¿oh, sí?” o porque la rutina haga adoptar al spanglish que algunos puristas acusan de mutilar el español. Si estamos en ese borde es porque hemos tenido que incorporar rasgos de esa otra cultura para poder desenvolvernos con solvencia dentro de la sociedad en la que está inserta. Esos rasgos se funden y, lo queramos o no, modifican nuestra forma de actuar y pensar.

No es que sea por enajenación, pero el sentido de pertenencia se congestiona cuando se está lejos de la tierra donde uno enterró el cordón umbilical. Se ama tanto el nido de donde se voló que nunca se puede terminar de llamar hogar al destino extranjero; pero cuando se vuelve a ese nido es difícil salir del rol de visitante, como si alguna parte de uno se hubiera quedado pendiendo en la otra realidad. Es esa dualidad generada por nuestra capacidad de adaptación la que nos deja pegados en el limbo cultural.
Hace unas semanas, cuando regresé a El Salvador al menos por unos días, hice tantas comparaciones como cuando llegué por primera vez a Estados Unidos. Que si aquí la mayoría de la gente es afable, que si las normas de conducir son más estrictas allá, que si aquí las principales preocupaciones están relacionadas con el cumplimiento de los derechos fundamentales, que si allá el sistema judicial parece ser más eficiente… Aunque pueda resultarle molesto, hacerlo sirve para saber qué terreno se está pisando.

En esos 14 días que había anhelado tanto (y que sin duda fueron insuficientes) reconocí que El Salvador puede ser tan bonito como horroroso, pero que a pesar de todo lo que se ha echado a perder de nuestra sociedad, los que nos vamos seguimos necesitando estar conectados con él. No importa cuántos rasgos de otras culturas deba incorporar, ni cómo le cambien la forma de ver la vida, estar en el lugar de donde uno brotó no tiene comparación.

El diablo violador de derechos humanos

El 3 de mayo de 1972, un grupo de personas encabezado por la folclorista María de Baratta; el párroco de Los Planes de Renderos, Bonicio Morín; y el alcalde de Panchimalco, Nolberto Benítez, ejecutaron una ceremonia para renombrar el lugar que conocemos como la Puerta del Diablo. El párroco Morín colocó allí una cruz de madera, la roció con agua bendita y ordenó al diablo a abandonar el lugar, que fue bautizado como “la Puerta de los Ángeles”.
La ceremonia se realizó luego de que Morena Celarié, reconocida bailarina folclórica, apareció muerta en el lugar. Aunque siempre se habló de un suicidio provocado por sus intensas depresiones, la familia se negó a aceptarlo; pero ninguna de las otras versiones sobre su muerte pudo ser confirmada.

La señora de Baratta, consternada por la muerte de su amiga Celarié, pensó que un cambio de nombre evitaría que hubiera más muertes en el lugar. Los vecinos de Los Planes de Renderos se opusieron a ello y tildaron de loca a doña María. Los diputados de la Asamblea Legislativa también se opusieron porque el cambio no tenía fundamentos legales. De hecho, los diputados del entonces gobernante Partido de Conciliación Nacional (PCN) aducían que el nombre debía mantenerse. El Gobierno impulsaba por entonces una fuerte campaña para aumentar el turismo en el país y el cambio de nombre haría evidente el incremento de la violencia, algo que podría espantar a los potenciales turistas.

El año pasado surgió el Movimiento Cambio de Nombre que intenta, de nuevo, hacer lo mismo. Dicho movimiento está conformado por miembros de varias denominaciones religiosas. Según sus responsables, el lugar es “un altar de adoración a Satanás” y cambiar la palabra “diablo” por “Jesús” serviría para frenar la violencia del país.

De esto nos enteramos los ciudadanos cuando hace pocas semanas, los miembros del mencionado movimiento acudieron a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) a solicitar su intervención en el asunto. La sorpresiva respuesta de la PDDH fue que la petición sería analizada por su Consejo Consultivo de Pastores. La noticia provocó interminable cantidad de críticas y preguntas, al punto que la PDDH borró de sus redes sociales la nota en que hizo pública dicha reunión.

Para comenzar, el nombre histórico de una formación natural no constituye una violación ni amenaza a los derechos humanos de los salvadoreños. Por lo tanto, esto no es tarea que incumbe a la PDDH. Por otro lado, ¿por qué una institución que se supone autónoma e independiente tanto de partidos políticos como de instituciones religiosas, tiene un Consejo Consultivo de Pastores?

Cambiar el nombre de la Puerta del Diablo implica descartar e ignorar las leyendas relacionadas con el origen de la formación pétrea, leyendas que forman parte de nuestro acervo cultural. Como planeña que se crió y vivió en Los Planes durante casi 25 años, conozco cuatro variantes de esas leyendas que se transmitían por vía oral entre los que habitamos aquel cantón.

Fue el historiador Jorge Lardé y Larín quien documentó una copiosa tormenta registrada en octubre de 1762, cuyos caudales portentosos socavaron la base del cerro, causando un derrumbe de magnitudes descomunales. Las leyendas surgieron a partir del estruendo y los retumbos de aquel derrumbe pétreo. Esto detonó las especulaciones de los lugareños.
Cuando el poeta Raúl Contreras comenzó a llamarlo “la Puerta del Diablo”, lo que hizo fue expresar en voz alta el nombre que ya los habitantes de los alrededores habían asumido como propio y que desplazó su nombre original, cerro El Chulo, que según su toponimia significa “el lugar del desertor” o “el lugar del fugitivo”. Lo de desertor o fugitivo terminó incorporado en esas leyendas, que en todas sus versiones culminan con alguien, incluso el diablo, huyendo hacia el cerro, donde la gente desaparece o muere.

Todos quisiéramos poder encontrar una solución a las múltiples manifestaciones de violencia que nos agobian. Pero es ingenuo pensar que el cambio de nombre de un lugar lo logrará. La supuesta expulsión del diablo realizada en 1972 no impidió que la gente siguiera suicidándose allí, que las fuerzas de seguridad lo ocuparan como botadero de cadáveres de los enemigos políticos del Gobierno y que se desatara la guerra de los ochenta, con las consecuencias que ya todos conocemos.

El diablo anda suelto, es cierto, pero habita en los corazones de todos esos padres, tíos, hermanos, amigos, vecinos y maestros que atormentan a nuestras niñas, violándolas y obligándolas a parir cuando ni sus cuerpos ni sus mentes están preparados para la inmensa responsabilidad que implica la maternidad. El demonio también habita en esos sacerdotes y párrocos pedófilos que, abusando de su posición de autoridad, violan a niños, fenómeno del cual se habla aún menos, porque el machismo imperante nos impide hablar en voz alta de la violación a los varones, ejecutada también por otros miembros masculinos y hasta femeninos dentro de las familias salvadoreñas.

Nadie ni siquiera menciona la afectación a la salud mental, no solo de nuestra infancia violada, sino también de los bebés resultados de la violación, que la mayoría de las veces crecen en condiciones atroces de rechazo, agresión y pobreza, sin derecho humano alguno que les sea respetado. Después nos extraña que nuestra sociedad esté tan enferma y de que existan grupos e individuos que manifiestan su rabia y dolor ante la sociedad mediante el asesinato, el descuartizamiento, la violación y la implantación del miedo para todos.
Cambiar los nombres profanos por sacros no es la solución a la violencia imperante. Si fuera así de sencillo, el país viviría feliz desde 1972. Bajo esa lógica, al país tampoco le ha servido de mucho llevar el nombre del Divino Salvador del Mundo.

El verdadero cambio que necesitamos comienza por dejarnos de mojigaterías, hipocresía social e intereses mezquinos para emprender acciones concretas de cambio en la ciudadanía y las estructuras sociales. No en hacer cambios cosméticos a leyes e instituciones y mucho menos en cambiar el nombre de un cerro.

Sanvergones

Todos somos mejor que el que está a la par. Nuestro equipo de fútbol es mejor, nuestro instituto era mejor que el otro, nuestra iglesia es el único camino a la salvación eterna, mi santo es más milagroso que el suyo, doña, y tengo pruebas. Mi pelo se ve mejor, mi forma de pensar es la correcta, mi político —corrupto y todo— es menos ladrón y menos pajero que el tuyo.

Vivimos en una ilusión constante de superioridad, que en sí no sería mala si fuera nada más una vía para ayudarnos a tolerar este rosario de dolores y sufrimiento que nos proporciona la existencia. Porque sí, creer que uno es bueno no es una cosa perjudicial y es incluso sana y necesaria. Autoestima, le dicen. El problema es cuando esta ilusión de superioridad requiere despreciar, condenar o atropellar al otro.

Lo peor es que muchas veces esta pantalla de perfección y esta crítica constante al prójimo esconden a gente débil, con personalidades inseguras, dadas a la furia y al enojo rápido. Por eso ha habido tanto conflicto originado por causas mínimas que termina a golpes o, peor aún, a tiros.

Los temas controvertidos, como la educación sexual, la enorme cantidad de niños y niñas violados y la alta tasa de embarazos en adolescentes, son campos propicios en los que sale a relucir la policía de la moral, con argumentos que rayan en el absurdo. Hace unos días, se publicó en este periódico el testimonio de una adolescente de 16 años embarazada de su novio mayor de edad.

El tema acá era cómo los casos de estupro (sexo con un adolescente, aún con supuesto consentimiento de este) se dan en medio de una extraña normalidad. Saltaron inmediatamente los comentarios de hombres inmaculados que afirman que la culpa es de las niñas que desde pequeñas andaban de busconas y coquetas.

En lo personal, lo que más me duele es leer a mujeres prestas a condenar, a acusar y señalar a la menor de edad, y no al adulto, como las culpables. Los comentarios van desde quienes dicen que las niñas se embarazan por tontas (¿¡!?), hasta quienes disfrutan poniéndose como ejemplos a sí mismas: “Yo por eso estudié y me gradué en lugar de andar de caliente”, “yo me embaracé joven, pero le hice ovarios y he sacado adelante a mis niños”, y una larga lista de etcéteras.

Sanvergones y sanvergonas por doquier, carecemos de la más mínima empatía, nos cuesta demasiado pensar que la realidad del otro es distinta, sobre todo la realidad de miles de niños y niñas en nuestro país que carecen de las condiciones básicas de vida digna en sus hogares, que crecen entre hambre, pobreza, marginalidad y promiscuidad, que muchas veces no viven con sus padres sino con otros familiares, que sufren abusos de parte de esos adultos que se supone deberían de cuidarlos y a quienes nunca se les ha hablado de que su cuerpo es suyo, que merecen respeto y protección y que carecen de conocimiento sobre cómo prevenir embarazos o enfermedades venéreas —de nuevo entramos al terreno de lo absurdo, como si una víctima de violación tuviera posibilidad de prevenir en estos casos—.

Pero, sobre todo, juzgamos desde el privilegio. “La educación sexual deben darla los padres en el hogar”, me dijeron al menos 10 personas la semana pasada cuando pregunté en una red social por qué se le teme tanto a la educación sexual. ¿Acaso es tan poco conocido el dato de que en este país solo un tercio de los hogares cuenta con madre, padre e hijos (dato de UNICEF, 2012) y que las familias en las que solo hay uno de los padres o el jefe es otro tipo de familiar crecen año con año?

Esa es la realidad en este país. Tener un hogar con las condiciones básicas de vida digna es un lujo. Tener padre y madre en casa es una excepción y no la regla. La cantidad de hogares donde los padres son adolescentes también ha aumentado en los últimos años, y la pobreza es un mal que se rehúsa a dejar de afectar a un tercio de la población, según la última Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples.

Juzgar desde el privilegio es fácil. Salirse de esta burbuja y ver que la realidad del resto de la gente es distinta, más difícil, cruda y complicada, eso es algo que todos deberíamos tratar de hacer. El país no necesita más sanvergones, ya son epidemia.

Grupos de exterminio y la hipocresía selectiva

El periodista Bryan Avelar y el antropólogo Juan José Martínez publicaron esta semana en Revista Factum un extenso reportaje sobre escuadrones de la muerte de la Policía Nacional Civil cuyos miembros, uniformados, con armas de equipo y utilizando recursos del Estado, se han embarcado en crímenes que van desde los homicidios agravados hasta la extorsión y la agresión sexual a menores de edad.

La entrega periodística de Factum certifica que los abusos y crímenes cometidos por agentes del Estado no se reducen a casos específicos, como el publicado por La Prensa Gráfica de ejecuciones en Panchimalco, la historia de El Faro sobre una masacre perpetrada por policías en San Blas o el caso de la ejecución de un discapacitado en Zaragoza a manos de agentes que contó el periodista Jorge Beltrán también en Factum.

Este reportaje termina de abrir la puerta para mostrar lo que esas historias ya insinuaban: la cultura del exterminio y la ilegalidad, engendrada a la sombra de la impunidad, es un cáncer que lleva carcomiendo la entraña de la Policía desde que nació. Y muestra algo más: la Fiscalía General de la República ha sido protagonista activa en el encubrimiento de los crímenes ejecutados por los policías. Lo es hoy como lo fue en el pasado.

Cáncer dije. Una enfermedad terminal capaz de socavar la salud de la democracia, de matarla: una fuerza pública sin control, autorizada por la complicidad de las élites políticas a delinquir no es más que el embrión de un Estado fallido, de una tiranía en el sentido más específico de la palabra.

Uno de los pasajes que más me indignó al leer las primeras versiones del reportaje fue el que cuenta las agresiones sexuales cometidas por los agentes Bladimir de Jesús Flores Ávalos y José Roberto Ventura Gámez contra dos adolescentes a las que se encontraron en un cerro de Aguilares y a quienes acusaron de ser cómplices de pandilleros. La reconstrucción de esas escenas habla, sin equívocos, de los protagonistas de esta historia: policías uniformados, agentes del Estado que se entienden autorizados para cometer, sin temor a consecuencia alguna, todo tipo de delitos.

Flores Ávalos y Ventura Gámez agredieron a las niñas porque podían, porque entendían que nadie les haría nada, porque se consideraban parte de una comunidad amparada por un hálito de heroicidad construido en redes social gracias, en muy buena medida, a la tolerancia de los autoridades de la policía: si podían subir fotos de cadáveres en Whatssap y Facebook, si podían utilizar el pick up asignado por la policía para matar, si podían sumarse a la práctica extendida de hacer pasar una ejecución como un “enfrentamiento”, por qué no iban a poder manosear a dos adolescentes o cobrar por una extorsión. ¿Por qué no?

Tras la publicación de la historia hemos recibido, a través de redes, en buena medida de los mismos troles que han alimentado estos grupos de exterminio, amenazas de todo tipo. Entendemos los mensajes como lo que son: las pataletas de grupos criminales que se saben descubiertos; pasa cuando los señalados son políticos, funcionarios o empresarios. Pero en este caso entendemos que quienes amenazan defienden a criminales que portan armas y uniformes proveídos por el Estado. Por ello, desde ya, hacemos responsables a las autoridades de contenerlos.

En varias de esos mensajes los remitentes anónimos dicen estar indignados porque nos acusan de defender delincuentes. No es así, estamos denunciando a delincuentes: hemos señalado a cuatro criminales uniformados por matar, agredir sexualmente y extorsionar. En otras ocasiones hemos hablado hasta el cansancio de los crímenes cometidos por las pandillas MS-13 y Barrio 18, y de la complicidad de los políticos que, desde los partidos ARENA y FMLN, los han acuerpado y les han ofrecido dinero.

¿Hasta dónde llega nuestra indignación? ¿Nuestra tolerancia a la impunidad? ¿Damos impunidad a unos y a otros no? ¿Se nos revuelve el estómago ante el homicidio cometido por un pandillero, pero no ante la agresión sexual o la ejecución perpetrada por un uniformado y la impunidad que lo protege? Repito: La única forma de combatir la ilegalidad es desde la fuerza de la ley. Lo demás es tiranía.