“Este país no es mío, este país es prestado”

Irma Molina posa en el puerto de Berkeley, California. Lleva veinte años residiendo en la Bay Area, cerca de San Francisco.  Foto de Dany Barrientos Ramírez. 

Son las 10 de la noche y en esta fiesta parece que ya no cabe más gente, pero los asistentes siguen llegando. La oferta es atractiva. Aquí adentro hay pupusas, empanadas, yuca, cerveza y cumbia. Las mujeres bailan en círculo, algunos hombres observan y los niños -morenos y pequeños- corren entre canción y canción. Los asistentes se emocionan bailando y cantando los temas propios de una Navidad centroamericana. Aquí todo es calor. Afuera, esta noche de mayo en Berkeley (California), la temperatura es de 15° y corre un viento fresco.

Esta no es cualquier fiesta. Es una “pachanga pro-inmigrante”, a la que llamaron “Noche quinceañera”, aunque no hay ninguna quinceañera celebrando su cumpleaños. Los organizadores del evento pusieron ese nombre solo para que la gente supiera qué clase de evento esperar. Esto ha sido planificado por el Comité del Norte de California del TPS, un grupo de personas que hace actividades para debatir, unir a la comunidad migrante y tratar de incidir políticamente.

El TPS es un permiso que le fue dado a los salvadoreños tras los terremotos de enero y febrero de 2001 para poder vivir en Estados Unidos sin ser deportados. Esta medida reconoció que El Salvador no tenía las condiciones adecuadas para recibir a sus ciudadanos de manera segura. Permite, entre otras cosas, acceder a un trabajo y hacer procedimientos legales que de forma indocumentada no son posibles. Pero este programa no es un camino hacia la legalización permanente.

La entrada a esta fiesta cuesta $15 en internet y $20 en la puerta del local. La mayoría de quienes han venido es salvadoreña, le siguen los hondureños. La idea es que la gente compre comida y escuche la música que le recuerde a su país a casi 5,000 kilómetros de distancia. El dinero que salga de ganancia se sumará a un fondo designado para actividades como foros informativos y cabildeos.

Durante los últimos 17 años, el TPS se había renovado cada 18 meses. Pero en enero pasado, la administración de Donald Trump lo canceló y dio un período de año y medio para abandonar el país o legalizar la situación migratoria a través de otras alternativas. Estados Unidos gastaría $1.8 millones si deportara a todos los “tepesianos” (como se conoce a los beneficiarios), según un estudio del Centro de Recursos Legales para Inmigrantes.

El período de gracia que el Gobierno estadounidense dio al TPS vence de manera formal dentro de 435 días, el 9 de septiembre de 2019. Durante los días que restan, las organizaciones activistas planean llevar a cabo protestas, reuniones con políticos y hacer presión en el Congreso estadounidense. Hoy por lo menos se puede seguir bailando cumbia.

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Cuando se instala el miedo

Fredy Ochoa no quería venir a esta fiesta. A él no le gusta salir de noche y mucho menos a bailar. Pero este día lo convenció su pareja, Morena Ramírez. Ellos se conocieron en San Francisco, donde ahora viven. En El Salvador, quizá, habría sido más improbable conocerse. Ella es de San Vicente y él es de El Sunzal, en La Libertad. Como Morena no creció en la playa, Fredy bromea con ella. Dice que ella no entiende qué es vivir dentro esos paisajes, que “no sabe de paraísos”. Ella se ríe y él la mira como cómplice.

Fredy tiene TPS, Morena lo perdió hace años por entregar tarde unos papeles, explican. Han salido de la fiesta a platicar un rato. El local de la “Noche quinceañera” es un espacio donde se realizan eventos culturales para la comunidad latina y tiene un mural en su fachada donde se ha pintado a gente morena, músicos y trabajadores, como los que están adentro empezando a mover las caderas. Sobre ese mural se apoya Fredy, y Morena se mantiene a su lado.

Comienzan a contar que tienen dos hijos juntos. Uno de ocho y otro de 11 años. Y que no es justo ver a dos niños de esa edad con miedo a perder a sus papás. “Cuando dijeron que había ganado el señor Donald Trump, mis hijos lloraron. Mi hijo más grande todo el tiempo está preocupado. Siempre pregunta: ‘¿Quién de ustedes no tiene papeles?’”, relata Morena Ramírez. Como los de ella, hay otros 192,700 hijos de tepesianos nacidos como ciudadanos americanos que podrían enfrentarse a la separación familiar pronto.

Fredy se fue de El Salvador tras el conflicto armado a los 18 años, en 1994. “La guerra había hecho estragos y ya había dejado todo despelucado. Entonces no hallaba qué hacer y decidí venirme”, dice. Nunca ha vuelto a El Salvador.

Morena, en más de dos décadas, tampoco ha vuelto a Guadalupe, su pueblo en San Vicente. No puede hacerlo si quiere seguir junto a sus hijos. No pudo volver incluso cuando murieron los abuelos que la criaron. Entonces, la distancia y el sueño de tener una mejor vida se interpuso entre ella y el luto familiar. “Fue bien duro cuando uno solo por teléfono le pudo contar que mis abuelos ya habían fallecido”, dice en San Salvador su primo Carlos Montoya.

Morena creció con la guerra civil. La casa de sus abuelos era de bahareque y durante el conflicto armado era común que se quedaran sin energía eléctrica. Carlos recuerda que ante la ausencia de corriente, juntos inventaron sus propios juegos. A la hora de comer, se sentaban frente al televisor apagado y empezaban a comentar las imágenes que, según su imaginación, iban saliendo en la tele.

Morena y Carlos crecieron juntos imaginando, corriendo y jugando chibolas. Cuando ella cumplió los 18 años y ya era madre de una niña de seis meses, optó por irse indocumentada a Estados Unidos. Su decisión fue la natural en su contexto. Su madre y dos hermanos ya habían hecho lo mismo y ella había quedado, de alguna manera, sola. Y “la vida aquí para ella era bien dura porque le tocaba andar trabajando en las fincas. Jalaba el abono, hacía hoyos para sembrar café y, cuando sobraban los palos de sombra, ella picaba la leña”, ejemplifica su primo.

Ahora Carlos y Morena se escriben cotidianamente. Pero a él todavía le duele que no pudieron despedirse. “Más cuando uno de chiquito ha crecido en la misma casa… no me dijo nada porque lo hizo a escondidas, en secreto. Ni nos despedimos. Ni un abrazo ni nada”.

Han transcurrido 20 años desde que Fredy y Morena dejaron sus casas, hartos de las secuelas de la guerra civil y la pobreza. Pero en estas dos décadas no ha sucedido mucho que sirva para evitar que los niños y jóvenes de este país quieran –o necesiten– irse. Entre enero de 2016 y mayo de 2018, la organización Cristosal atendió a 675 niños y jóvenes entre los cero y 25 años que fueron desplazados de sus hogares. Los principales motivos son las amenazas directas, el asesinato de un familiar o sobrevivir a intento de homicidio.

Mientras esta pareja cuenta su historia de migración, la fiesta con ritmos tropicales comienza a ponerse más alegre. Por un momento el buen ánimo de Morena cae y contrasta con lo que sucede en la pista de baile. Ella lanza una pregunta para la que no tiene, ni quiere, respuesta: “Siempre pasamos pensando qué va a pasar si nos agarran, porque Migración llega a las casas por uno y se lleva a todo el que no tenga papeles. ¿Y qué va a pasar en el día que nuestros hijos estén en la escuela y nosotros caigamos?”

Padres migrantes. Fredy Ochoa y Morena Ramírez posan afuera del Centro Cultural La Peña, en Berkeley, California. Fredy está amparado bajo el TPS. Sus dos hijos en común son ciudadanos americanos. Foto de Dany Barrientos Ramírez. 

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La llegada

Las puertas de esta fiesta se abrieron a las 8:30 de la noche. Y lo primero en abarrotarse fueron las mesas donde se vendía comida. Otro de los atractivos es la presencia del grupo Fuego Latino, que interpreta salsa, merengue y cumbia. Sobre el escenario y antes de que la banda saque a bailar a todo el mundo, una chica joven da la bienvenida a los asistentes.

“Que esta noche sea inolvidable para ustedes. Que la pasemos bien en familia, como tepesianos, como amigos, entre salvadoreños y hondureños”, pronuncia a través de un micrófono. Luego da otro anuncio:

“Tenemos a una persona de El Salvador que se llama Blanca Flor Bonilla. Ella es secretaria de Relaciones Internacionales del grupo FMLN y es congresista del Parlamento Centroamericano”.

La diputada sube al escenario y comienza a pronunciar un discurso que dura minuto y medio. Dice que el Gobierno de El Salvador está haciendo esfuerzos de incidencia por el TPS y que va a dejar un número de contacto por si alguien quiere invitar a más diputados a eventos de migrantes.

“Gracias, señora Blanca”, dice la maestra de ceremonia al tomar el micrófono de vuelta. La diputada baja a sentarse en una silla frente a la pista de baile y al lado de otras personas que comen pupusas. Luego otro mensaje emociona a la gente: “Anuncios antes de la pachanga: ¡Tenemos algunos premios!”

Esta noche, a 6 kilómetros de acá está otra tepesiana: Irma Molina. Ella no está organizada en ningún grupo de migrantes. Una semana antes de esta fiesta dijo, entre risas y un poco tímida, que ella no sabe mucho de cómo se organiza la comunidad salvadoreña en estos lugares. Desde que llegó solo ha trabajado.

Irma Molina es la supervisora de limpieza de un hotel elegante de Emeryville, California, y en su tiempo libre es conductora de Uber. El hotel en el que trabaja está a solo 20 minutos del centro de San Francisco. Nació en 1980 en Santa Isabel Ishuatán, al occidente del país. Aprendió a caminar y a hablar conforme la guerra civil avanzó. “Crecí con esa mentalidad de que el país era violento. A mis papás les daba miedo sacarme del pueblo porque pensaban que me podían quitar de las manos de ellos. Crecimos con ese temor”, dice desde un cuarto del hotel en el que trabaja.

Convencida de que la vida tenía que ser algo más que el miedo, decidió migrar sola a los 18 años. Para llegar a Estados Unidos viajó escondida, junto a un centenar de personas, en los contenedores de grandes camiones. Han pasado 20 años desde esos viajes en tráiler, pero aún recuerda los detalles de ese camino. Todavía se acuerda de cómo se colaba la luz entre las redes de repollos bajo las cuales viajó en un camión.

“Sufrí el hambre, sufrí la sed”, asegura Irma. Después de los viajes dentro de camiones, vinieron otros días caminando en el desierto. Dice que junto a otros migrantes, se perdió por una semana en el desierto. No se detiene mucho a hablar de ello. Prefiere hablar de cómo, al llegar a San Francisco, comenzó a trabajar en un restaurante.

En 2001 obtuvo el TPS. Eso significó también la posibilidad de abrir una cuenta de ahorros en el banco. Contar con un permiso de residencia, aunque sea temporal, permite acceder a mejores trabajos, a diferencia de las personas indocumentadas. Eso se traduce, también, en más dinero enviado a los familiares en El Salvador. Solo durante mayo de 2018 se recibieron $493.7 millones en remesas, el 93 % provenía de Estados Unidos.

Irma dice que su familia siempre creyó en Dios, pero que recientemente se volvió más religiosa. Antes de que se conociera de la cancelación del TPS, pidió a su Dios que, al menos, la administración actual le diera otros 18 meses de protección.

Está enfocada en ganar tiempo. Los hijos nacidos en Estados Unidos, al cumplir 21 años, pueden solicitar el cambio de estatus migratorio para sus padres. Su hija mayor está por cumplir los 18 años. Su esperanza es que los próximos tres años pasen pronto.

Con el Estatus de Protección Temporal, los tepesianos pueden declarar sus impuestos y ser vecinos responsables, aunque sea en un país que no es propio. “Este país no es mío, este país es prestado. El mío se quedó allá, aunque sea violento”, explica Irma. A pesar de la nostalgia por El Salvador, volver a su patria no es una meta.

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Activismo para quedarse

Según lo planeado, la fiesta quinceañera terminará a la medianoche y se rifará un televisor. Por ahora, el premio mayor de la rifa ya está colocado con una chonga roja sobre el escenario. Detrás de esta logística está José Mejía, el coordinador del Comité del Norte de California del TPS. Este viernes está encargado de hacer que la pachanga inmigrante termine bien.

La fiesta lleva buen ritmo. Las parejas bailan y son tantas que chocan entre sí al dar giros. A las 11 de la noche, la cerveza ya se ha acabado y la gente comienza a beber vino en vasos plásticos. Le dan un sorbo al vaso y siguen moviendo las caderas. Y eso ya es un problema porque, entre vueltas del baile, el vino cae al suelo y el piso se vuelve resbaloso para los que bailan, emocionados, una cumbia que dice “el humo del cigarrillo me hace llorar”.

El comité que coordina este evento está formado por 13 personas que, a su vez, son parte de la Alianza Nacional por el TPS, un grupo de más de 40 organizaciones en todo Estados Unidos. José Mejía está convencido de que existe un camino para que los “tepesianos” alcancen la residencia permanente. Lo sabe porque él mismo ya pasó por ese proceso.

Él sostiene que llegó a Estados Unidos en 1989 y, dos años más tarde, obtuvo el TPS. En ese momento, la medida fue otorgada por la inestabilidad que experimentaba el país producto de la guerra civil. Más de un lustro luego, en 1997, se amparó en la Ley de Ajuste para Nicaragüenses y Alivio para Centroamérica (NACARA). Esa ley brindó beneficios migratorios a personas que pisaron territorio estadounidense antes de 1990. Así, José pudo obtener su residencia.

La migración es un tema que divide radicalmente a la sociedad estadounidense en la actualidad. Y por lo tanto, es un tema para el cual, a pesar del cabildeo y de las actividades que realizan los migrantes, no hay respuesta política fácil.

No hay una salida sencilla en términos legales. Pero, en la práctica, a Estados Unidos le conviene que las personas con TPS se mantengan trabajando en ese país. Al menos desde el punto de vista económico. “La tasa de participación en la fuerza de trabajo de la población con TPS oscila entre el 81 % y 88 %, muy por encima de la tasa de la población total de Estados Unidos, 63 %”, de acuerdo con el Centro de Estudios Migratorios de Nueva York.

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Incertidumbre aun en los “santuarios”

Conforme la medianoche se acerca, la fiesta se empieza a vaciar y las conversaciones se trasladan hacia la calle. Las familias con niños en brazos salen a buscar un poco de silencio. Aquí están tranquilos. Aquí nadie puede preguntarles sobre su estatus migratorio.

En Estados Unidos hay cerca de 200 ciudades denominadas “santuarios”. Estas se presentan como espacios en los que las fuerzas locales no colaboran brindado información de estatus migratorio a las autoridades federales, que son quienes se encargan de los procesos de deportación. California es el estado con más migrantes salvadoreños, haitianos y hondureños con TPS. Se calcula que al menos en California viven 55,000 beneficiarios.

El 1.º de enero de este año California se convirtió en un estado “santuario” en totalidad. Eso significa que tampoco se pueden realizar redadas en escuelas o lugares de trabajo sin una orden judicial.

Pero que una ciudad sea santuario no implica la protección automática de la deportación. La noche del 24 de febrero de 2018, Libby Schaaf, la alcaldesa de Oakland, una ciudad a 5 minutos de esta calle, anunció algo que puso nerviosos a muchos: dijo que tenía conocimiento de que agentes de Migración llegarían a la ciudad a realizar redadas el día siguiente.

La acción de avisar a una comunidad que “la migra” se acercaba fue criticada luego por Trump, quien se ha encargado de no hacer diferenciación entre migrantes y criminales. En marzo no fue tímido al expresar su molestia con Schaaf. “En Oakland, la alcaldesa le dijo a la gente que iba a suceder una redada. No puedes hacer eso, no puedes”, dijo alterado.
“Las jurisdicciones de ‘santuario’ son el mejor amigo de contrabandistas, pandilleros, narcotraficantes, traficantes de personas, asesinos y otros delincuentes violentos”, dijo el presidente. Él ya exigió al Congreso que deje de brindarle dinero federal a estas ciudades: “Pido al Congreso que deje de financiar ciudades ‘santuario’ para que podamos salvar vidas estadounidenses. Queremos que nuestras ciudades sean santuarios para los estadounidenses, no refugios seguros para delincuentes”.

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Ramas que se extienden

A pesar de que la fiesta estaba prevista que terminara a las 12 en punto, pasada la medianoche aún se pueden escuchar algunas canciones y los asistentes más jóvenes siguen bailando sobre la pista de baile. La rifa del televisor ya pasó y el ganador no apareció.

Freddy y Morena parten hacia su casa en San Francisco. “El TPS dice que es un estatus temporal, pero, realmente, los hondureños tienen 20 años ya. Nosotros, los salvadoreños, ya vamos para eso. Ya no es algo temporal. Es una vida completa, y decirnos ‘okay, vamos a sacarlos ahorita’, es como que deje crecer un árbol, echar raíces y hasta que dé frutos. Es ilógico decir ‘vamos a arrancarte ahora’”, ha comentado antes de irse Fredy, el padre de dos niños que se siente como ese árbol, con el riesgo de ser cortado.

Familias separadas. Se calcula que hay 192,700 hijos de tepesianos nacidos como ciudadanos americanos que podrían quedar sin sus padres si estos son deportados.

Décadas de bosques perdidos

El terreno seco y lleno de piedras detrás de esta escuela era, hace 10 años, un pequeño cerro lleno de árboles. Así lo recuerda el profesor de Ciencias del Centro Escolar Caserío Rosario de Cerén, una escuela a la orilla de la carretera que conduce hacia Izalco.

“Toda esta área es propicia para que haya animales, pero las personas se meten a cortar leña”, dice el maestro mientras camina entre las piedras y el pasto amarillento de lo que una vez fue un terreno con sombra. Para venir a mostrar este lugar le ha pedido a tres de sus estudiantes que lo acompañen.

Los muchachos caminan callados detrás de su profesor. En contraste, el profesor no deja de señalar los troncos o raíces que han quedado sobre la tierra después de haber sido talados. “Mire, ahí hay uno”, comenta mientras atraviesa el terreno, y un par de pasos más adelante, la escena se repite: “Ahí hay otro”.

Entre la tierra árida, lo que más sobresale son unas rocas. Después de una breve caminata, el profesor repite una de las consecuencias visibles de una zona sin
vegetación: “Ni un animalito hemos visto”. El hombre coloca las manos sobre la cintura, mira al suelo –como quien ha perdido algo– y mueve la cabeza hacia los lados.

En la primera década de este siglo se perdieron 138 mil hectáreas de cobertura forestal, de acuerdo con el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN). Lo que se perdió cada año de 2000 a 2010 equivale a casi dos veces la extensión territorial del municipio de San Salvador, es decir, una pérdida anual de 138 kilómetros cuadrados de bosque.

Como este terreno no tiene sombra, a los pocos minutos de estar bajo el sol es imposible dejar de sudar. Leonel, un joven moreno de 15 años, escucha con cara de aburrimiento la denuncia de su maestro. Él es de una comunidad cercana y conoce la zona. Habla poco, pero cuando lo hace es para dejar claro que no es la mezquindad o el odio a la naturaleza lo que ha provocado la tala de este lugar, es la necesidad de sembrar para comer y vender: “La mayoría de gente corta los árboles cuando quiere sembrar matas de loroco”, dice con seguridad.

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LA REGLA DE DESTRUIR
La regla en El Salvador es la destrucción de los bosques. En restaurarlos se avanza a paso lento. Y eso debería ser prioridad en un país en el que solo el 38 % del territorio cuenta con algún tipo de cobertura arbórea, de acuerdo con datos oficiales. La cobertura tiene que ver con el uso que se le da al suelo. Contrario a lo que podría pensarse, las urbanizaciones no ocupan la mayoría de la tierra. Casi tres tercios del país están dedicados a la siembra de cultivos o ganadería, y solo el 17 % de la superficie nacional conserva un ecosistema natural. Pero incluso esos ecosistemas se encuentran “en un estado de alta degradación”.

Además, solo el 0.1 % de los bosques se mantienen intactos, de acuerdo con estudios internacionales. A pesar de que los bosques mantienen vivas algunas especies, purifican el aire y ayudan a fijar la tierra y evitar deslaves, los beneficios de su conservación no parecieron ser suficientes para protegerlos.

El país perdió 21 mil hectáreas de bosque entre 2010 y 2016, según la organización Global Forest Watch, pero Lina Pohl, la ministra de Medio Ambiente, advierte que la cifra puede ser más alta. Hasta la fecha no se sabe con exactitud cuántas hectáreas se han perdido desde 2010 hasta 2018. La funcionaria sostiene que actualmente se trabaja en un inventario nacional de bosques que, en teoría, servirá para dimensionar con precisión la magnitud del problema.

El problema no es nuevo. Los compromisos tomados para restaurar los bosques, tampoco. En 2012, el ministro de Medio Ambiente, Herman Rosa Chávez, le anunció al mundo que El Salvador se comprometía a restaurar un millón de hectáreas de tierras degradadas para 2020. El compromiso fue asumido en Catar como parte de un acuerdo llamado El Desafío de Bonn.

Los países que forman parte de este acuerdo asumieron, en papel, la responsabilidad de restaurar 150 millones de hectáreas de tierra degradadas y deforestadas en todo el mundo. Pero El Salvador, seis años después, cumple a cuenta gotas. De un millón prometido, ha logrado restaurar 108 mil hectáreas.

El Salvador tiene mucho por hacer en términos de recuperación de tierras y ecosistemas. El Ministerio de Medio Ambiente ha creado guías para restaurar y ha designado cuáles son los lugares prioritarios que necesitan intervención, pero se ha quedado corto en términos de resultados. Las 108 mil hectáreas restauradas hasta la fecha, solo representan un avance del 10.8 % en torno a la meta que el país se propuso cumplir para 2020.

Bosque amenazado. Se calcula que existen 40 mil hectáreas de manglar en el país, pero al menos la mitad de ellas están siendo afectadas por la deforestación.

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CUANDO EL MANGLAR SE CONVIERTE EN POTRERO
En la Barra de Santiago hay hectáreas de bosque de manglar que ahora funcionan como potreros. Donde debería haber mangles por doquier, lo que se encuentra son decenas de vacas. Aquí la deforestación no se observa como un paraje desértico, sino verde. Varios habitantes de la zona han ido, poco a poco, cortando el mangle y usándolo para leña. Al cortarlo, la zona se ha ido secando y se ha convertido en el potrero ideal para el ganado de algunos. En lugar de mangles, ahora crece pasto que, con la luz del sol parece fosforescente.

Quien denuncia esto es Éder Caceros, un biólogo que trabaja en el manglar con la Asociación de Desarrollo Comunal de Mujeres de Barra de Santiago (AMBAS). Los bosques salados son de propiedad estatal, por eso él cuestiona por qué un terreno que debería ser de provecho para la región, en general, está siendo utilizado solo por ciertos dueños de ganado.

El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950. Si en ese año se calculaban 100 mil hectáreas de bosque salado, en la
actualidad restan 40 mil hectáreas.

Los bosques salados que restan no están a salvo. Al menos 20 mil hectáreas están siendo afectadas por la deforestación. Si la pérdida continúa a la misma velocidad que en las últimas décadas, dentro de 40 años el país no contará con ninguna hectárea de bosque de manglar.

Se trata de un ecosistema en el que se mezcla el agua dulce de los ríos con el agua salada del océano para crear un equilibrio que hace la vida posible para ciertas especies acuáticas. De su conservación también depende la calidad del aire, porque los manglares capturan hasta cuatro veces más carbono que los bosques secos.

La primera causa de deforestación reconocida por las autoridades es el avance de la frontera agrícola. Uno de los temores del biólogo Éder Caceros es que siga avanzando, que cada vez el límite de los potreros se extienda hacia adentro del bosque. La tierra, aquí donde debería haber un pantano, ya cambió.

Para probar que el terreno ha perdido su humedad, el biólogo desenvaina un machete y lo intenta clavar en la tierra. En lugar de hundirse, como sucede en terrenos con consistencia lodosa propia de los manglares, la tierra le pone resistencia; y él explica, decepcionado, que esto no debería pasar.

En la Barra de Santiago, como sucede en otras áreas protegidas, es casi imposible asegurarse de que los recursos naturales se mantengan si no hay apoyo de la comunidad y presencia de autoridades. Aquí se realizan proyectos de conservación y hay cinco guardarrecursos que deben vigilar la zona, pero no llega a ser suficiente ante la amenaza que enfrentan los bosques salados.

Solo en la zona de Las Salinas se ha documentado una pérdida de cobertura de 83 hectáreas. Así, “la pérdida (de manglar) más acelerada ha ocurrido en la Barra de Santiago y Tamarindo”, se lee en un documento de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

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LOS BOSQUES QUEMADOS
Tres estudiantes del Centro Rosario de Cerén observan una columna de humo. Ellos están sobre un terreno con altura que hace años fue verde. Los muchachos sudan y solo esperan que su maestro de Ciencias dé la indicación para que la miniexpedición en la que ha explicado la deforestación de la zona termine. La columna de humo proviene del otro lado de la carretera. De ese lado hay muchos más árboles.

Solo en cuatro años, entre 2013 y 2016, más de 20 mil hectáreas fueron quemadas, según datos de la Comisión Nacional de Incendios Forestales. Esas 20 mil hectáreas equivalen a 200 kilómetros cuadrados. La cifra es mayor a la extensión territorial del municipio de Santa Tecla, que es de 112 kilómetros cuadrados.

Del fuego no se salvan ni siquiera los árboles que crecen en el agua. Después de mostrar la zona del manglar deforestada, Éder Caceros se dirige a un área que se está intentando reforestar con mayor éxito, conocida como El Colegio de las Aves. La historia de los mangles en la Barra de Santiago es una de destrucción y restauración. El biólogo explica que hace unos cinco años un incendio acabó con los árboles adultos de este lugar.

Y a pesar de que han pasado los años, del fuego todavía hay evidencias. Hay algunos troncos en el suelo y, aunque la zona está empantanada no cuenta con mangles altos. Caceros asegura que el incendio ocurrió por la mala práctica de quemar los campos de caña de azúcar.

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HUMANOS CONTRA BOSQUES Y ANIMALES
“El Salvador tiene un problema y es una concepción que no podemos compartir. Nosotros no tenemos ese concepto de bosque tan clásico que son las amplias masas boscosas. No lo vamos a tener nunca. Tenemos poblados y gente en todos lados”, sostiene Lina Pohl, ministra de Medio Ambiente y Recursos Naturales, desde una oficina en San Salvador.

Que el país no cuente con grandes masas de bosque implica –entre otras cosas– que los espacios para la vida silvestre se reducen considerablemente en
comparación a la de otros países vecinos. “Belice tiene jaguar, Guatemala tiene jaguar, Honduras incluso, pero nosotros, no. El jaguar necesita hasta 200 kilómetros de bosque continuo para desarrollarse”, asegura Pohl. Por eso, conservar las especies que aún sobreviven en El Salvador es un reto en un país acostumbrado a eliminar sus hábitats.

Los manglares siguen siendo un espacio vital para la conservación de ciertos animales. A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay
espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago.

A pesar de que se ha perdido el 60 % del bosque manglar nacional, hay espacios que intentan ser refugio, como el canal El Zapatero de la Barra de Santiago. Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros y es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos.

 

Hábitat. Los manglares sirven como refugio para algunos animales, pues es el ambiente propicio para la vida de especies como el cocodrilo, el caimán y la tortuga marina.

Aquí, un cocodrilo se acerca a centímetros de distancia de un grupo de personas que avanza en lancha. El reptil mide 3 metros. A los pocos segundos de su
aparición, otro cocodrilo de tamaño similar se une al espectáculo. El primero es reconocido por los guardarrecursos como “el Niño” o “el Zarco” por el color claro de sus ojos. Se dice que los animales se acercan a los extraños para buscar comida.

Este canal, además de servir como refugio para estos animales, propicia las condiciones para la vida del caimán y la tortuga marina.

Acá es prohibido pescar o explotar el bosque para conseguir madera. Pero en la cotidianidad, los guardarrecursos son testigos de cómo hay quienes hacen caso omiso a las instrucciones. Quizá por necesidad, dicen, la gente entra a pescar o a cazar.

Cuando encuentran a alguna persona explotando la reserva, los encargados de mantener este lugar deben hacer que la actividad cese. Pero quienes rompen la ley terminan escapando la mayoría del tiempo. “Los corremos, pero, entre el manglar, son venados”, confiesa Juan Henríquez, un guardarrecursos.

Al inicio de este canal están ubicados unos troncos y cadenas para indicar que esta es una zona restringida en la que no se puede pescar. Este día soleado de abril, justo en esa frontera señalada con letreros y palos, tres hombres jóvenes han colocado la lancha y pescan. Aunque ellos están fuera del canal, las líneas de pesca cruzan hacia adentro del área protegida.

A varios metros de ellos, un hombre sin bote arregla una red sobre el agua. Rodeado de tanta agua como está, pareciera que camina sobre ella. En realidad, asegura Jorge Oviedo, el presidente del Fondo de la Iniciativa para las Américas (FIAES), es que el terreno está azolvado.

La gran mayoría de los ríos principales del país, el 67 %, no cuentan con árboles a su alrededor, con bosques de galería. Esto no es solo un problema por la deforestación de las riberas, sino porque influye en que los manglares se azolven, que ocurre cuando los ríos arrastran más sedimento como arena y tierra.

Cuando el lodo llega a los manglares, tapa los canales en los que se comunica el agua del océano con la dulce; no se produce el equilibrio necesario en ese ambiente. Sin este, los mangles mueren. Se extingue un ecosistema, sufren las especies acuáticas y la gente que vive de ellas.

Tala. El biólogo Éder Caceros denuncia que en este terreno de la Barra de Santiago, los mangles han sido cortados y ahora sirve como potrero para el ganado.

 

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LOS BOSQUES QUE FALTAN
Manuel de Jesús Díaz tiene 53 años, pero su piel quemada por el sol lo hace aparentar más edad. Se sube a un cayuco y empieza a remar a través del canal El Saite de la Barra de Santiago. Hacer esto hace un par de años era impensable. El canal se tapó.

“Fueron dos meses paleando”, cuenta Manuel. Así, a pura pala, los vecinos de la Barra lograron sacar el lodo acumulado que estaba afectando esta zona del manglar. El proyecto costó dinero. El trabajo para desazolvar un canal es pesado y requiere esfuerzo. La AMBAS logró ejecutar el trabajo, apoyada por FIAES y el MARN.

Manuel rema lento. Asegura que ganó $6.69 por cada tarea de tierra en la que quitaba el sedimento. Este espacio –que se considera ahora un ecosistema recuperado– también se había convertido en un potrero. El FIAES asegura que desde 2016 ha invertido $825 mil para conservar el área de El Imposible y la Barra de Santiago.

Cuando a Manuel se le pregunta qué fue lo más difícil de este trabajo, bromea con que “es comenzar”. Se ríe. Luego se pone serio y da una respuesta más formal: “Lo más difícil es que haya alguna organización que done el dinero para hacer las cosas”.

Este espacio intervenido de la Barra de Santiago contrasta drásticamente con aquel de Las Salinas. Allá, las vacas comen y se pasean en un lugar donde, en teoría, deberían habitar cocodrilos y caimanes entre las raíces y el agua de un bosque salado.

Deforestación. El Salvador ha perdido más de la mitad de los bosques de manglar que tenía en 1950.

Trucos de supervivencia en la Ópera de El Salvador

Ópera de El Salvador

Son las 6 de la tarde de este miércoles y, a excepción de un par de butacas, la zona del público del Teatro Presidente está vacía. No se puede decir lo mismo del escenario, donde hay una veintena de jóvenes esperando que les toque el turno de cantar y bailar. Frente a ellos, está la maestra de canto Gladys de Moctezuma. Ella tiene 90 años, y con calma, ha visto cómo sus alumnos se preparan para iniciar este ensayo. Cuando la música de la primera canción de esta pieza suena, se levanta de su asiento, camina a un pasillo y, alegre, comienza a bailar sola.

La Ópera de El Salvador (OPES) ha preparado un espectáculo que se llama “Moulin Rouge”, donde se interpretan canciones populares de varios musicales. La maestra que baila ilusionada por el estreno de sus alumnos es una de las fundadoras de esta organización privada. Sabe que su edad es avanzada y que la gente no espera que alguien de 90 años esté dando clases ni mucho menos bailando espontáneamente, pero ella dice que seguirá compartiendo lo que sabe hasta el último día en el que tenga la facultad para hacerlo.

Gladys es una cantante profesional entrenada en Nueva York. En El Salvador, su camino en la docencia musical inició en 1999, cuando un profesional del canto al que ella conocía, Joseph Doestch, la invitó a unirse al Programa de Formación de Cantantes de Ópera de la Asociación Lírica Salvadoreña. En 2007 el programa se transformó en lo que ahora se conoce como OPES.

La idea era enseñar la ópera a algunos jóvenes. Ahora el proyecto ha crecido más de lo que imaginaron y tienen bajo su responsabilidad el desarrollo de la voz de decenas de personas. Por eso esta semana es clave. Para que el proyecto de formación pueda sostenerse, es necesario que vendan suficientes entradas.

Los jóvenes que se forman para ser cantantes también reciben clases de actuación y expresión corporal. Vienen de todas partes del país y estratos sociales, así que son educados como becarios y se les pide una cuota simbólica. A veces, cuenta uno de los becarios, no todos logran pagar los $10 mensuales sugeridos. Aunque eso llegue a pasar, no se les expulsa del programa.

La OPES llena un vacío estatal de formación artística. Para desarrollar las clases, recibe financiamiento de la Secretaría de Cultura, recientemente convertida en ministerio, pero con eso solo se logra cubrir una parte del salario de los profesores, asegura el director. Para pagar el alquiler del local, el agua, la luz y la vigilancia, la OPES debe ofrecer clases privadas, brindar espectáculos populares y organizar recitales con sus solistas.

Además, varias personas reconocen a este colectivo como un espacio para cuestionar los privilegios que algunos de sus integrantes tienen y las carencias de otros. Hay dentro de sus salones de clases gente que estudió en conservatorios musicales de Norteamérica y hay, también, becarios que huyeron de sus casas porque las pandillas amenazaron a sus familias. El prestigio que cuenta es el de la calidad de su voz. Uno de sus cantantes con mayor experiencia lo resume en unas frases: “Todo mundo cree que aquí solo es la high class, la gente de la Escalón, pero no. La ópera es para todos, no solo ricos ni viejitos. Yo vengo de Apopa. Aquí hay gente que viene de huir y luchar por su vida”.

El escenario. La soprano Gracia González durante su participación en “Moulin Rouge, revista musical”, el último espectáculo montado por la OPES, a mediados de abril.

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LA OBSTINACIÓN DE APRENDER

En la OPES también hay historias de terquedad. Como la de José Benítez. Él tiene 25 años y es un cantante del oriente del país. Durante la tarde de este miércoles está usando un corsé. En la obra “Moulin Rouge”, él interpretará a un personaje femenino y cree que si usa esta pieza, talvez creará la ilusión de una cintura pequeña debajo del vestido de su personaje. Justo por comprar ese atuendo que probablemente nunca vuelva a usar, él se quedó sin dinero esta semana. En este vestuario gastó buena parte de los últimos $25 que tenía guardados para comer estos días.

José Benítez nació Usulután y creció en San Miguel. Su padre se dedicaba a la agricultura. Cuando cumplió 10 años ya empezó a trabajar por su propia cuenta en una huerta de plátanos. Cerca de su cantón estudió los primeros años de educación básica, ahí conoció a un profesor que cantaba música ranchera y quiso imitarlo, pero sus padres lo sacaron de la escuela por falta de dinero y por una creencia absoluta. José cuenta que su familia es muy religiosa y escuchó que la segunda venida de Cristo estaba cerca. Ante eso, la familia decidió que sus hijos no debían perder el tiempo en cosas mundanas como la escuela.

José dice que estaba decidido a superarse. Así que pidió, a través de otra iglesia evangélica, que lo recibieran en San Salvador para seguir estudiando y graduarse de bachillerato. La iglesia de la capital lo aceptó: le dio un espacio para vivir y lo inscribió en una escuela pública. A cambio, él tenía que trabajar en limpieza y estudiar teología.

“Para mí, fue bonito porque dije ‘voy a terminar mis estudios y a la misma vez voy a estudiar teología’. Pero yo no sabía qué era teología. Cuando vine aquí es que me llevé la sorpresa de que es estudiar la biblia”, cuenta entre risas desde las gradas del Teatro Presidente.

Para José, San Salvador fue una ciudad de sorpresas. En su cantón las iglesias no tenían instrumentos musicales, y venir a escuchar los cultos a San Salvador con bandas completas era como asistir al concierto de un artista famoso. “Como ver a Madonna”, dice, y sonríe.

Desde San Miguel traía la inquietud de aprender música. En San Salvador se inscribió en unas clases de piano que costaban $5. Ahí le contó sus deseos al profesor de música. Le pidió que le enseñara a cantar, pero el acento de oriente es distinto al de la capital, las eses de las oraciones no se marcan. Y el maestro le dijo que primero tenía que aprender a hablar. Y así, cuenta José, empezó a mejorar la pronunciación de sus palabras.

Dedicación. La OPES ofrece a sus alumnos una ventana de educación musical con formato único en el país.

En 2014 audicionó a la OPES y quedó seleccionado como uno de los becarios de la organización. Él no esconde que el primer contacto que tuvo con la ópera lo intimidó: “La primera vez que escuché una ópera, me retrocedí. Escuchaba una ópera en inglés, en francés, en ruso… y yo decía ‘apenas acabo de estar aprendiendo a hablar bien y hoy hay que hablar otro idioma. Esto no es lo mío’”.

Superó sus inseguridades respecto de su acento y se enfrentó a su voz cantada. Ahora ya está en su cuarto año de entrenamiento de la voz. Ya se graduó de bachillerato y sueña con estudiar una licenciatura en música.

 

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REGRESAR PARA SERVIR

Joseph Doestch es un hombre mayor de voz grave. Sus palabras suenan tan profundas que cada oración que pronuncia parece caer al suelo con peso. Creció en El Salvador, pero nació en Estados Unidos, donde se formó profesionalmente en la música. Es el presidente y director general musical de la OPES.

Se sienta sobre unas butacas y no es tímido para hablar de las cifras con las que hacen que el proyecto siga de pie. Dice que el gasto mensual para mantener un local y formar jóvenes es de $2,150 al mes: “Eso representa una cantidad anual de $26,000. De la SECULTURA (ahora convertida en un ministerio) se han recibido ayudas que han ido en decrecimiento. Ahorita, este año estamos recibiendo $20,000, pero eso solo cubre parte de las clases. Hemos tenido que recortar algunas porque nos recortaron el presupuesto. Por ejemplo, la clase de capacitación coreográfica se recortó porque no había para pagarle al maestro. Así es que nos hemos quedado con la clase de canto, de solfeo y la clase de capacitación corporal”.

Estas clases, que pueden sonar como un lujo, son esenciales para la formación temprana de artistas de calidad. Los esfuerzos estatales de formación artística hasta ahora han fracasado. La Escuela Experimental de Jóvenes Talentos en Artes Escénicas, Musicales y Plásticas, financiada por el Estado, cerró en 2012 sin haber siquiera logrado graduar a su primera promoción. Y hasta ahora, el Instituto Superior en Artes prometido desde la campaña presidencial de 2014 (ISAR) solo existe en papel.

A diferencia de proyectos fracasados, en este espacio hay cerca de un centenar de personas educándose artísticamente. “Nosotros tenemos tres niveles: el básico, que es el de los jóvenes que recién entran; los intermedios, que van poquito a poco siendo promovidos a nivel inmediato superior; y tenemos a los muchachos avanzados. Generalmente la estadía máxima en el nivel básico y en el nivel intermedio que pueden tener con beca son tres años. Y en el nivel avanzado es indefinido porque la idea es continuar creciendo”, explica Doestch.

Álex tiene 27 años y trabaja en una institución pública. Para poder venir a sus clases y ensayos, se coordina con sus compañeros de trabajo. Usualmente debería cumplir su horario laboral haciendo turnos desde las 3 de la tarde hasta las 11 de la noche. Pero ha encontrado una estrategia: hace dos turnos seguidos para poder venir a las lecciones y los ensayos. Es decir, trabaja desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Este miércoles, por ejemplo, ha venido a su clase sin haber dormido.

En el último año se ha tenido a 31 becarios intermedios y 18 becarios avanzados. Además de 24 niños que pertenecen al programa Niños Cantores de OPES. Con orgullo, el director indica que “este es el único programa que tiene esta formación. Todos estos muchachos están haciendo de todo: teatro musical, música popular, como cosas de más altura”.

Una estrategia para mantenerse a flote que la OPES ha encontrado es ofrecer clases privadas a personas con mejores condiciones económicas que puedan y deseen aprender canto lírico. El mes de clases privadas en esa modalidad cuesta $75.

Por ello, la maestra Gladys de Moctezuma se ríe cuando alguien le pregunta si obtiene un gran beneficio económico a través de este trabajo. A pesar de que realizan temporadas en el Teatro Presidente, donde las entradas cuestan en promedio $10, ella sostiene que al contrario de lo que podría creer el público, la lucha mensual es la de no quedar en números rojos.

Gladys de Moctezuma estudió música, filosofía y psicología hasta que llegó un momento en su vida en el que tuvo claro que su aporte para la sociedad debía ser musical. Así lo cuenta mientras toma un receso de la clase de canto que imparte este miércoles en la colonia Flor Blanca. Detrás de un piano, explica: “Yo sentí que había recibido un montón y que no había hecho un servicio social para ayudar a mi país. Hubo un momento que dije ‘necesito hacer algo con esto’ (la música), y Joseph Doestch me invitó unirme a él para formar a cantantes, y nunca imaginamos que iba a llegar hasta aquí”.

Metas. Joseph Karl Doestch y Gladys de Moctezuma no han dejado de encontrar en sus alumnos la motivación para mantener abierta la OPES, por encima de todas las dificultades de educar en el arte en El Salvador.

A unos metros de ella, detrás de una delgada pared, se encuentra el profesor asociado Josué Martínez, otra persona que salió de El Salvador, se formó y ahora intenta crear un medio real de artistas de la ópera. Cuando el conflicto armado de El Salvador inició, sus padres y él se mudaron a Canadá. Allá se educó, actuó, bailó y se convirtió en maestro. Hace un par de años vino a El Salvador, vio un espectáculo de la OPES y se sorprendió. Comenzó a acercarse a los maestros Joseph y Gladys, y empezó, durante sus vacaciones, a dar consejos a los jóvenes y a ser respetado por los fundadores.

Ahora divide su tiempo entre impartir clases en Canadá y en El Salvador. Como maestro, es duro y exigente. En los ensayos se encarga de poner disciplina y demandar que cada uno de los intérpretes lleguen en buen tiempo al escenario, que las cosas estén donde tengan que estar en cada momento y que la coreografía que han montado se siga con precisión.

La llegada de Josué Martínez a la OPES significó varias cosas. Una de ellas fue una visión fresca de lo que se podía hacer con el canto. Los maestros fundadores se enfocaron en educar a cantantes líricos y Josué puso sobre la mesa la posibilidad de formar a cantantes más versátiles que también fueran capaces de cantar música popular. Esta posibilidad se convirtió en una realidad sobre los escenarios. Y así es como se crearon espectáculos como “Moulin Rouge”.

Esto no solo sirve como experiencia para los estudiantes. El público también reconoce con mayor frecuencia los títulos de obras populares y la asistencia de espectadores es mayor que cuando se ofrece ópera clásica.

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ÓPERA EN LUNES

Es un lunes de abril. Son las 7:30 de la noche y este evento ha empezado puntual. Frente al público de este salón en el MARTE se encuentran Gracia González y Michelle Tejada. Las dos usan vestidos de gala. Al piano está el maestro Joseph. Las dos son estudiantes avanzadas de OPES y se nota. Son solistas y su voz es suficiente para convocar a 90 personas a escuchar ópera en varios idiomas un día de semana.

Michelle Tejada es mezzosoprano y esta noche canta en italiano, en francés y en inglés. El espacio en el que se presenta no es el mejor para la ópera, pero el público guarda un silencio absoluto cada vez que ella canta algo. En el salón solo se escuchan tres cosas: el piano, el aire acondicionado y su voz. Por un momento parece que si alguno de los espectadores respirara con demasiada fuerza, eso sería suficiente para interrumpir el canto sereno de Michelle.

El público de esta noche se ha enterado del recital a través de redes sociales. Las jóvenes artistas cantan durante una hora y al final reciben una ovación. Toda la velada ha sido una oda a lo simple: un piano y la voz. La entrada cuesta $5 y las cantantes no reciben pago por esto. Es parte de su formación. El dinero que se recolecta a través de estas presentaciones sirve para el fondo de funcionamiento de la OPES.

Michelle es una de las voces más protagónicas de este colectivo. “Viene de Ciudad Delgado y llegó a una audición que hicimos en la Alcaldía de Soyapango. Inmediatamente supimos que era una voz especial”, explica su maestro y director musical.

Ella ha resaltado incluso internacionalmente. En 2015 fue a pasar una temporada a Estados Unidos y sus maestros, desde El Salvador, buscaron a alguien que pudiera apoyarla para seguir entrenando su voz por las semanas que Michelle estaría fuera. Una maestra con quien estudió durante ese tiempo la inscribió en un concurso juvenil de canto lírico de la Asociación de Maestros de Canto de Estados Unidos. Michelle ganó el primer lugar y se convirtió en la primera hispana en lograrlo.

“Como Michelle, hay varios cantantes que vienen de zonas difíciles, pero la OPES está ayudando a explotar sus talentos, siempre se está haciendo todo a contracorriente y aún así, sacando estas producciones. Muy a pesar de los problemas económicos, ahí está el sentido de pertenencia y realización personal de ser parte de estos sueños”, comenta el becario y tenor Émerson Ayala.

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ABAJO DEL ESCENARIO

Abajo del escenario la vida suele ser menos glamurosa. Quienes encarnan a los personajes que se ven sobre las tablas del teatro tienen que sortear trabajos, estudios y, en algunos casos, la falta de fondos para poder venir a ensayar.

El centro de operaciones es una casa arreglada para funcionar como oficina y estudio. Algunas separaciones entre salones y escritorios llenos de papeles son biombos de madera con alguna tela. En esta casa de la colonia Flor Blanca, de San Salvador, se administran, ensayan y preparan los espectáculos. Aquí el contador y la secretaria escuchan clases de canto todo el día, pues los escritorios no están completamente aislados del sonido de las lecciones.

Este miércoles hay una clase de canto infantil en un salón. Nueve de quienes cantan son niñas y tres son niños. Parados frente a un espejo, empiezan a interpretar una canción andaluza y aplauden coordinados hacia los lados imitando a los cantantes de flamenco.

Las actividades están a la orden del día. A unos metros de los niños que hacen pasos de baile español está Ricardo Merino, uno de los becarios avanzados de la ópera. Merino es un joven alto y de complexión robusta. Este día está acá para tomar su clase, pero también tiene un pequeño espacio dentro de la oficina. Él es estudiante de diseño gráfico y dona su tiempo para realizar los afiches y la publicidad de las obras de la OPES. A veces recibe algún pago en reconocimiento por el tiempo invertido, pero no suele ser la regla.

Otro cantante de la OPES pone de su propio dinero para promover la publicidad que Ricardo realiza en redes sociales. Los esfuerzos de este colectivo no son solo monetarios, son de tiempo y sacrificio.

Por ejemplo, Álex Arce tiene ocho años de pertenecer a la OPES. Esta es la primera vez que no estará actuando ni cantando en un espectáculo del colectivo y eso lo tiene un poco triste. No estará porque no pudo hacer el tiempo suficiente para ensayar en la obra. Aun así, llega a los ensayos que puede para colaborar con cosas que necesiten resolver sus compañeros.

Alex tiene 27 años y trabaja en una institución pública. Para poder venir a sus clases y ensayos, se coordina con sus compañeros de trabajo. Usualmente debería cumplir su horario laboral haciendo turnos desde las 3 de la tarde hasta las 11 de la noche. Pero ha encontrado una estrategia: hace dos turnos seguidos para poder venir a las lecciones y los ensayos. Es decir, trabaja desde las 3 de la tarde hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Este miércoles, por ejemplo, ha venido a su clase sin haber dormido.

Sin límites. El talento de los estudiantes de la OPES ha sido reconocido también en otros países.

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CUANDO LAS LUCES SE ENCIENDEN

Es la noche del estreno de “Moulin Rouge”. Los camerinos están llenos de vestuario brillante, tacones, pelucas y faldas de vuelo para que los cantantes interpreten desde canciones tropicales hasta música disco. La mitad de las butacas del Teatro Presidente –con espacio para 1,400 personas– están vacías, pero eso no le baja el ánimo a los jóvenes que están nerviosos por mostrar su espectáculo por primera vez.

El telón del teatro toca el piso y de pronto una luz rosada se posa sobre el centro del escenario. Se escucha un coro y el cantante y presentador de la noche se muestra frente al público. Usa un saco formal, pero lleva el pecho descubierto, sin camisa. Le da la bienvenida a la gente con una canción y el telón se corre hacia arriba. Una veintena de jóvenes baila y le canta al público. “Tenemos obras milagrosas que presentar”, dice la canción en inglés que interpretan vestidos de blanco y negro.

Uno de los que lleva este traje es José Benítez, el que hace años, en San Miguel, decidió que quería ser cantante y vino a San Salvador para estudiar en la escuela y aprender música.

A las 8:40 de la noche llega el intermedio de la obra. Algunas personas del público se levantan, se estiran, se toman fotos y regresan a sus asientos 10 minutos después. Mientras eso sucede en las butacas, José Benítez se maquilla e intenta entrar en el vestido de su personaje. Está serio y nervioso. Se prepara para colocarse una peluca.

José cantará una canción que dice: “Soy lo que soy y no tengo que dar excusas por eso”. Para ponerse de tono con la canción, los tres muchachos que actúan en la pieza van vestidos de drag queens. La canción es una celebración de la autenticidad y la identidad que se construye cada persona. No es algo que se discuta mucho durante los últimos ensayos pero, en privado, uno de los integrantes de la OPES dice estar nervioso por el recibimiento que pueda tener este número en específico.

José, de voz grave, intenta huir de los nervios y se enfoca en arreglarse mientras se prepara para salir al escenario. Cuando llega su número, se ve tímido al inicio. Conforme la canción avanza, gana presencia y termina de cantar su canción seguro. Al final, uno de sus compañeros hace un salto dramático e inmediatamente cae sobre el suelo en una pose estilizada. La gente aplaude. José regresa a los camerinos y comienza de nuevo la preparación para otro número y, ojalá, otro espectáculo.

A Medicina Legal le faltan forenses con especialización académica

Medicina Legal

Hasta el día de hoy, El Salvador no ha graduado a ningún médico con el grado de especialidad en medicina forense en ninguna universidad. A pesar de ello, la Corte Suprema de Justicia (CSJ) sí ha contratado a médicos como forenses a pesar de que estos no cuenten con títulos de especialización en el extranjero que permita llamarlos así.

La creación del Instituto de Medicina Legal fue acordada en 1990. El instituto depende de la CSJ y desde el inicio de sus operaciones ha contratado a médicos generales para realizar actividades propias de especialistas. Así lo asegura la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH).

“Lo que se ha venido realizando son contrataciones de profesionales de la medicina que no cuentan con la especialización en las ciencias forenses para que ejerzan tales funciones en el Instituto de Medicina Legal”, se puede leer la resolución SS-0340-2004 de la PDDH.

Debido a que los procedimientos y dictámenes que el Instituto de Medicina Legal (IML) hace forman parte de procesos judiciales, cualquier cuestionamiento a la idoneidad de quienes los realizan puede llegar a convertirse en un cuestionamiento al sistema judicial del país. La administración de justicia basa buena parte de sus expedientes judiciales en la prueba científica que produce Medicina Legal.

“La falta de nombramiento de profesionales acreditados por la Corte Suprema de Justicia para el ejercicio de las labores del Instituto de Medicina Legal Dr. Roberto Masferrer violenta los derechos del debido proceso y de acceso a la justicia”, indica la resolución de la procuraduría.

En 2004 fue aprobada la Ley de Educación Superior actual. Esta ley estableció que los grados académicos como especialistas solo pueden ser brindados por institutos especializados de nivel superior o universidades. Solo hace dos años, en 2016 se empezaron a impartir clases de una nueva especialidad en medicina forense para crear médicos especialistas capacitados de acuerdo con la ley.

En otras palabras, en El Salvador, un país con 10 homicidios diarios en el primer trimestre del año, la especialidad en medicina forense es reciente. Tan reciente que aún no se ha graduado la primera promoción.

Para ser director del Instituto de Medicina Legal no es necesario contar con una especialización en esta área específica. De acuerdo con las convocatorias públicas realizadas para obtener el cargo, el único requisito académico fundamental para desempeñarse en el cargo es tener un título en ciencias jurídicas, medicina, química, biología o afines. El postgrado está señalado como una posibilidad “de preferencia”.

Por ejemplo, el actual director interino, Pedro Martínez, es un médico graduado de la Universidad Salvadoreña Alberto Masferrer (USAM) con especialidad en cirugía. Su currículum, disponible en la página web de la CSJ, enlista dentro del apartado de “información profesional” dos cursos en medicina forense: el primero es un “postgrado en medicina legal” de 12 días en 1996; el segundo, un curso de cinco días de investigación de escena de la muerte en 1998.

En leyes. El artículo 189 del Código Procesal Penal regula que “la autopsia la practicarán únicamente médicos forenses”.

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EL ESTADO ACTUAL DE LA ESPECIALIDAD

El 26 de octubre de 2015 la Corte Suprema de Justicia firmó un convenio con la Universidad de El Salvador. En él las dos partes se comprometieron a implementar la especialidad médica en Medicina Legal. En la actualidad hay 24 médicos residentes estudiando esa especialidad.

A la universidad le compete encargarse de los temas académicos, mientras que el IML pone a disposición de los residentes de la especialidad la infraestructura y el material del instituto, “todo con la finalidad de que el Instituto de Medicina Legal pueda contar, en el futuro, con médicos forenses especializados y acreditados”, se lee en un comunicado de la Corte.

La creación de esta especialidad no ha sido un proceso orgánico. Al contrario, para poderla implementar, se necesitó la presión de diversos actores ajenos a la Corte o a entes académicos. La presión externa comenzó en 2004, cuando la PDDH tuvo conocimiento a través de una denuncia “por nombrar y juramentar a médicos generales como médicos forenses”. Es decir, para que la denuncia tuviera una respuesta práctica, tuvieron que pasar 11 años.

La presidenta de la Sala de lo Penal y del Consejo Directivo del Instituto de Medicina Legal, Doris Luz Rivas Galindo, argumenta desde su oficina que los médicos que están contratados como forenses en el instituto sí tienen la capacidad y experiencia para desempeñarse como tales, y que ellos sí tienen “diplomados, maestrías” en ciencias forenses.

Ya que en el país no existía la especialidad en medicina legal, la Corte defendió durante años la práctica de contratar médicos generales en “la facultad constitucional” que tenían para nombrar médicos forenses. De acuerdo con información recabada por la PDDH, así respondió en un escrito en 2005 el entonces presidente de la Corte Suprema de Justicia, Agustín García Calderón.

En efecto, el artículo 182 de la Constitución establece que una de las atribuciones de la Corte Suprema de Justicia es nombrar a los médicos forenses y a los empleados de las dependencias de la misma Corte.

“Todo esto comienza a raíz de una muerte de una sobrinita mía en 1991, por mala praxis médica”, explica el abogado Alfaro mientras saca documentos de su maletín en una cafetería de Antiguo Cuscatlán. Él sostiene que en las diligencias de ese proceso descubrió que quien realizó la autopsia de su familiar no era un médico forense certificado.

Dudas. ADESAM-Coribel cuestiona la idoneidad de la autorización legal con la que cuentan los médicos residentes para realizar acciones de práctica sobre, por ejemplo, cuerpos que son parte de un caso judicial.

A juicio de la PDDH, ese argumento se encontraba basado en una mala interpretación de la Constitución. Pues el artículo 5 de La Ley Superior de Educación de 2004 establece que el grado de especialista es uno académico y que solo los “institutos especializados de nivel superior y las universidades podrán otorgar todos los grados establecidos”.

Hace más de una década, cuando el Ministerio de Educación fue consultado al respecto, quien entonces era ministra de Educación, Darlyn Meza, “informó que conforme a la Ley de Educación Superior, le corresponde a ese ente acreditar los estudios de especialidades en las ramas de la medicina, con la colaboración interinstitucional y previa aprobación y dictamen de la Junta de Vigilancia de las especialidades respectivas”.

La procuraduría asegura que la CSJ hizo una interpretación errónea de las atribuciones constitucionales que la institución argumentaba. En ese sentido, el nombramiento de forenses al que se haría referencia en la Constitución se entendería como la capacidad de contratar a los médicos y no como la posibilidad de asignar un grado académico sin que estos lo cursen.

“Actualmente hay más de 122 médicos forenses en El Salvador, de donde la mayoría, más del 80 %, son mayores de 50 años”, cuenta la magistrada Doris Luz Rivas Galindo. Una fuente que pidió no ser identificada para este reportaje y que trabaja en una jefatura de la Corte explica que en Medicina Legal siempre se ha aprendido sobre la práctica. Y la práctica implica el manejo de información sensible para procesos judiciales.

“Todos entran así (sin experiencia)”, sostiene. Luego explica cómo es que en el instituto un médico general puede ser nombrado forense. Esta persona asegura que “cuando usted entra, se le entrena, se le tutorea y después de un tiempo… tres, seis meses en el área, a usted lo empiezan a soltar y empieza a poner la firma en el peritaje más sencillo y así por el estilo”.

La magistrada Rivas explica: “A partir del desarrollo de la especialidad, ya no es un médico que va a venir, verdad, que ha estado en un lugar equis y de repente va a venir a hacer peritajes”. Ella asegura que con las personas que se gradúen de la especialidad se van a quitar una preocupación de decir ‘bueno y a quiénes vamos a poner’ y evitar otro tipo de prácticas que son menos transparentes.

Rivas Galindo señala que a escala regional, solo Nicaragua y El Salvador no contaban con una especialidad forense. Y que ella no puede responder por qué la Corte no hizo la presión necesaria para que esta especialidad se gestionara con anterioridad. “Nosotros no podemos dar cuenta de por qué no lo hicieron antes. Ahora sí estamos dando cuenta de por qué lo estamos haciendo ahora”, se limita a responder.

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EL INICIO DE LA DEMANDA

La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos tuvo conocimiento de esta situación en 2004. Así lo explica Mireya Tobar, la procuradora adjunta para la Defensa de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, desde su oficina en un edificio que tiembla cuando los carros transitan por la calle de enfrente.

Hace 14 años, Wilfredo Alfaro, representante legal de la Asociación para la Defensa de la Salud y del Medio Ambiente Corina Isabel Pérez Alfaro (ADESAM-Coribel), puso una denuncia ante la PDDH.

“Todo esto comienza a raíz de la muerte de una sobrinita mía en 1991 por mala praxis médica”, explica el abogado Alfaro mientras saca documentos de su maletín en una cafetería de Antiguo Cuscatlán. Él sostiene que en las diligencias de ese proceso descubrió que quien realizó la autopsia de su familiar no era un médico forense certificado.

Y como hasta hace tres años El Salvador no contaba con ninguna especialización forense certificada por una universidad, la procuradora Tobar no vacila en asegurar que “esta práctica ha sido histórica por parte del Instituto de Medicina Legal. Eso hay que tenerlo claro: en la historia de la creación del instituto no se ha contado con médicos con especialización como tal y si lo ha tenido ha sido de manera individual”.

Mireya Tobar asegura desde su escritorio -lleno de expedientes con denuncias de mala praxis médica- que la no certificación forense ha sido un obstáculo a la hora de evaluar el tipo de casos que llegan a esa unidad.

—Muchos de estos dictámenes, a la hora de que son presentados por Medicina Legal, evaden un dictamen por no tener una especialización en el tema de forense como puede ser en temas de medicina interna –declara.
—¿Pero de todas maneras sí realizan el trabajo con las limitaciones que tienen o se abstienen? –se le consulta a la procuradora.
—En algunos casos, sí. Un porcentaje realiza el dictamen pese a no tener la especialización.
—¿Los médicos pueden abstenerse de pronunciarse?
—Sí, se han llegado a abstener. Y como no hay un sustento en ese reconocimiento que emite, al final a la Fiscalía no le favorece y quedan en la impunidad los casos porque tienden a prescribir.
—¿Estamos hablando de que el nivel de la prueba científica es débil?
—Es débil en ese sentido. Y eso lo vemos en específico en los temas de negligencia y mala praxis –responde.

Tras la denuncia interpuesta durante 2004 por ADESAM-Coribel, la procuraduría de Beatrice de Carrillo exigió informes a la Corte Suprema de Justicia y al Instituto de Medicina Legal. En marzo de 2006, es decir, hace 12 años, hubo un primer pronunciamiento de la procuraduría en el que, de acuerdo con Mireya Tobar, se dio por establecida “la afectación al derecho de la tutela legal efectiva por parte del personal médico del IML”.

Según la procuradora adjunta, esta situación empezó a cambiar con “los esfuerzos realizados por la señora presidenta de la Sala de lo Penal y el consejo directivo del IML, licenciada Doris Luz Rivas Galindo, al gestionar la creación de la especialidad de medicina legal”, efectuados desde 2013.

A pesar de admitir los avances en este tema, Tobar dice: “Personalmente sé que se siguen las contrataciones (de personal no acreditado). Esperaríamos que la primera promoción, que ya son médicos que ya cuentan con la especialización, pueda tener un espacio en Medicina Legal o que aún los médicos (forenses) empíricos que están en IML también realicen estos estudios”.

La magistrada Rivas Galindo no descalifica la capacidad de los médicos contratados como forenses en los años anteriores, a pesar de que no cuentan con una especialidad académica, pero habla de “una gran distancia” en la formación que reciben quienes se están formando actualmente y quienes se formaron con la práctica. Ese mismo residentado que la magistrada defiende no ha estado exento de críticas.

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LAS CRÍTICAS A LA ESPECIALIDAD

Cupos. En 2015 se abrió la convocatoria para seleccionar a ocho médicos generales que pudieran optar a la especialización en medicina legal. Aplicaron 29 personas.

La especialidad de medicina legal de la Universidad de El Salvador consta de 23 materias con 107 unidades valorativas. “En el primer año se cursan siete asignaturas, en el segundo ocho y en el tercero tres”, indica la coordinadora de docencia y especialidad médica de IML, Carolina Paz.

Durante 2015 se realizó un proceso de selección de médicos generales que pudieran optar a la especialización en medicina legal. El número de plazas disponibles era de ocho estudiantes y aplicaron 29 personas, de acuerdo con información de la Corte. Actualmente hay 24 estudiantes de la especialidad en el instituto, repartidos en tres años de estudio y práctica.

Las clases empezaron en febrero de 2016. “En el primer año cursan criminalística, que es la base fundamental de todo perito forense, se ven temas de clínica forense, más que todo dirigidos a la parte de lesionología. En el segundo año ya ellos van incursionando en temáticas más especiales, como el área clínica, ya se empieza a relacionar más que todo con estados de salud y se vuelven a ver temáticas médicas ya con un enfoque médico legal. En tercer año es donde ellos van a ver la parte más especializada de medicina legal, que serían ya ciencias forenses de la conducta, química forense; se empiezan ya a hacer sus rotaciones en áreas más especializadas”, explica Carolina Paz desde una sala de reuniones del IML una mañana de marzo.

A pesar de ser una especialidad académica para la cual el país esperó durante casi 20 años, desde que el IML fue creado, la versión en línea del pénsum de la Universidad de El Salvador, que se encuentra disponible para el público, tiene mal escrita 40 veces la palabra “forence”. La puesta en marcha de esta especialidad no ha estado libre de señalamientos.

Wilfredo Alfaro, el representante de ADESAM-Coribel, asegura que tiene información que le permite afirmar que “ahora resulta que los practicantes son los que están haciendo las autopsias”, cuando “Medicina Legal está constituida para hacer autopsias y reconocimientos médicos que van a servir en un proceso penal. Eso no puede estar contaminado”. Él denuncia que los médicos residentes efectúan sus prácticas sobre cuerpos y que esto influye en la posibilidad de contaminar los resultados.

La magistrada Doris Rivas Galindo rechaza dicho señalamiento.

—¿Cómo residentes ellos están autorizados en el área de patología a tener contacto con los cuerpos o a levantar actas que van a ser utilizadas en procesos judiciales? –se le cuestiona.
—Fíjese que por hoy no. No, ellos… una cosa es que puedan participar, apoyar y todo igual que lo hacen los auxiliares de autopsia, qué mejor que también un médico, pero ellos no. Es un tema que discutir, verdad. Ellos tendrían que participar en los juicios para aclarar todo esto, pero no. Y en todo caso ellos participan con el tutor, con alguien que ya realmente lo está haciendo.
—¿Habría que pedir algún permiso? ¿O cómo se establece que las personas que están teniendo contacto con prueba directa que va a ser utilizada puedan tener conocimiento de eso?
—Ellos no manipulan la prueba. La manipula el responsable, el médico forense responsable. Todo ese cuidado se está teniendo. Entonces, a lo mejor los profesores o los tutores son los que podrían dar mayor fe de eso –reitera la magistrada.

El coordinador general de especialidades médicas de la UES, Roberto Germán Tobar, respalda la respuesta de la magistrada. Al igual que Carolina Paz, la coordinadora de la especialidad en el Instituto de Medicina Legal. Ella enfatiza que “el especialista en formación no practica ningún tipo de actividad solo. Tiene un acompañamiento absoluto de los peritos con experiencia y peritos nombrados por la Corte, obviamente, que son los que firman los reconocimientos”.

ADESAM-Coribel, no obstante, cuestiona cuál es la autorización legal con la que cuentan los médicos residentes para realizar acciones de práctica sobre, por ejemplo, cuerpos que son parte de un caso judicial. “Esta persona tiene un familiar. ¿Quién de la familia de ellos autorizó para que esta persona estuviera manipulando el cuerpo? No tiene que estarle pidiendo permiso a los familiares. Pero una persona que no tiene competencia sí debe tener permiso de los familiares”, considera su representante legal.

El artículo 189 del Código Procesal Penal regula que “la autopsia la practicarán únicamente médicos forenses”. Una persona empleada de la Corte que solicitó el anonimato sostiene que “los médicos residentes no pueden tocar los documentos oficiales. Y ellos están con puño y letra haciendo los levantamientos”. Para este profesional, eso podría calificarse como falsedad documental.

Además, añade que “en la especialidad los médicos residentes no pueden hacer autopsias y las están haciendo”. La fuente va más lejos en su señalamiento y menciona que algunos residentes ejecutan las autopsias y el médico tutor solo las firma. Según la versión de esta persona, cuando los médicos encargados sean llamados a juicios para dar fe de la realización de autopsias, es posible que se omita decir que la ejecución fue por los residentes. “Esto se va a convertir en un delito cuando llegue donde el juez y diga ¿es su firma? Sí, esa es su firma. Pero el juez no pregunta ¿usted realizó la autopsia? Porque nos creen a nosotros”, sostiene.

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CONTRA LA IMPUNIDAD

Herramientas

“La prueba científica es la piedra angular sobre la que descansa un caso”, explica el doctor Miguel Enrique Velásquez, de la Asociación de Medicina Legal y Ciencias Forenses, una asociación que ofrece cursos privados de corta duración relacionados con la criminología, investigación forense y derechos humanos.

El presidente de la asociación indica que en su rama laboral, “lo más importante es que los peritos y los médicos forenses” tienen “una responsabilidad grande porque a través del trabajo se restituyen derechos”.

Pero esos derechos no pueden ser restituidos si los forenses no cuentan con los procesos de aprendizaje adecuados o más efectivos. La mayoría de personas consultadas para este reportaje coinciden en una cosa: la formación y acreditación de los profesionales de la medicina forense debe mejorar para que el sistema judicial pueda fortalecer su prueba científica.

—Si el patólogo forense no establece las dinámicas de movimiento de trayectorias internas de proyectiles y heridas para poder hacer una recreación de los hechos, ¿cómo le consta al juez que lo que dice el testigo es verdad? –se pregunta Velásquez desde una universidad para ilustrar la importancia del trabajo que efectúan los forenses.

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De acuerdo con el presidente de la Asociación de Medicina Legal y Ciencias Forenses, la acreditación idónea del personal de Medicina Legal es un paso vital para todo un sistema de justicia: “La impunidad se va a acabar en la medida de lo posible que tengamos menos casos, cuando los fiscales tengan más tiempo para dirigir un caso y poderlo condenar; en la medida que el perito tenga todos los recursos, que esté capacitado y que también el juez esté capacitado”.

Charlie

Karla Turcios

Termina abril y tengo que empezar a dejarte descansar, Charlie, a dejar de mencionarte en mis pláticas con desconocidos. Tengo que aprender a no llorar cuando recuerdo que te mataron.
Te conocí en las gradas del periódico. Me habían dado una beca. Nico escribió la nota y la noticia salió en la edición del siguiente día. Era noviembre del 2016, tenía solo unos meses de trabajar en esta redacción. Vos, entonces, me paraste solo para decirme que, aunque no me conocías ni éramos amigas, querías felicitarme. Y empezamos a hablar. Meses más tarde ya estábamos comiendo todos los días juntas; hablando de Julissa Ventura, de tu hermano, de lo que cuesta perder a gente que se quiere, de cómo nunca parece que uno está listo para dar otros pasos, de cómo cuidabas a tu bebé, de cómo querías a tu pareja.

Hace 16 días que te mataron. Y hace 17 días celebramos mi cumpleaños. Vos planificaste la salida. Nos pediste que esperaramos a la Ale, que la pobre seguía trabajando porque habían matado a otros periodistas en Suramérica. La Ale se tardó un montón. Pero, al final, pudimos irnos. Comimos en un lugar vegetariano. Le tomaste fotos a la comida. Probaste las berenjenas por primera vez. Le enviaste la foto a tu pareja porque estabas emocionada por probar ese plato. Después fuimos a tomar licuados. Erick quería enseñarte lo que este lado de la ciudad tiene.

Pedimos unos jugos dentro de una bolsa y a vos se te ocurrió brindar con ellos. Nos reímos más, porque se te olvidó brindar con Moisés. Él, fingiendo estar enojado, te dijo que si querías te regresaras en bus al trabajo mientras te abría la puerta del carro.

Todo el camino fue risotadas. Nos reímos con vos, porque no dejabas de tomarle fotos a cada cosa y dijiste que sí, ‘ve chis’, que estabas teniendo nuevas experiencias de vida. Al volver, me regañaste, porque no compré galletas para comer durante la tarde.

Tu asesinato nos ha herido a todos. El día que encontraron tu cuerpo, Moisés y yo estábamos de turno. Moisés tuvo que ir a Santa Ana a confirmar con fuentes si era tu cuerpo. Yo, en la noche, tuve que actualizar la nota de tu homicidio y poner los detalles de tu funeral. Ninguna escuela de periodismo te prepara para escribir el asesinato de tu amiga.

Hace 17 días nos vimos en la noche. Yo estaba cubriendo un tema de un grupo artístico. Y vos fuiste a ver el espectáculo. No te encontraba entre el público. ‘Charlie, levantá la mano’, te dije. Y ahí estabas, como loca levantando las manos en el teatro de mil butacas. Llegué adonde estabas, estuve con vos y nos reímos y cantamos todo el espectáculo. No nos despedimos porque tuviste que volver a trabajar y yo quería cenar. La vida termina así, en medio de algo.

Hace 15 días empezó lo que al inicio creímos que era una pesadilla. Son 15 días de no poder leer las noticias. De no poder entrar a redes sociales porque un nuevo detalle aparece. De recordar una y otra vez nuestras pláticas, el último viernes, la última comida, la última salida. De tratar de que todo vuelva a tener sentido. Se cumplen 15 días desde que me desperté a las 7 de la mañana porque “te habían secuestrado”. Ahora sabemos que tu compañero está siendo acusado. Y nunca la vida ha sido tan agridulce para mí. Estoy muy feliz y al mismo tiempo soy muy miserable, Charlie. Porque ya estoy cursando otra beca por la que estabas contenta por mí. Porque te extraño.

Tu asesinato nos ha herido a todos. El día que encontraron, tu cuerpo Moisés y yo estábamos de turno. Moisés tuvo que ir a Santa Ana a confirmar con fuentes si era tu cuerpo. Yo, en la noche, tuve que actualizar la nota de tu homicidio y poner los detalles de tu funeral. Ninguna escuela de periodismo te prepara para escribir el asesinato de tu amiga.

Los días posteriores a tu asesinato no los tengo claros. Sé que estuve en tu funeral. Sé que Erick y yo lloramos. Sé que en tu entierro estuve enojada. Porque se habló mal de vos, porque hubo gente que no pudo tratarte bien durante tu vida, porque hubo periodistas que te culparon a vos misma de tu propio asesinato. Y sé que en la oficina todos nos empezamos a ver más a los ojos y a ser conscientes de la presencia del otro. Porque ahora nos parece, al fin, que la presencia es un privilegio.

Ahora estoy en otra redacción, tratando de aprenderlo todo, viendo lugares hermosos pero te pienso a cada rato y eso me recuerda que El Salvador es una herida de nacimiento. En D.C, cuando capturaron a tu pareja, busqué desesperada un par de ojos que hubieran visto algo similar a lo que hemos visto nosotros. Y no sabés lo difícil que eso es aquí, donde todo parece sacado de cuento. Pero los países que son heridas están en todas partes y encontré a alguien que me dijo que entendía mi dolor, porque también asesinaron a uno de sus amigos. Así, Charlie, hoy ando buscando gente que comprenda lo difícil que es seguir viendo cuando vos viste lo terrible. Quisiera poder seguir mandando bromas al chat de grupo que teníamos, pero ahora solo quedamos Erick y yo.

Termina abril, Charlie, y tengo que empezar a dejarte ir. A sonreír más. A no sentirme culpable cuando me siento feliz. A perdonarme porque todo mi discurso feminista no fue suficiente. A construir. A recordarte como fuerza, como luz, como alegría, como risas al mediodía. A los bichos de la mesa les decía que hay que luchar porque sabemos que vos lo hubieras hecho. Y eso es suficiente.


Valeria Guzmán es periodista de la revista Séptimo Sentido de este medio de comunicación. Este texto fue publicado el 30 de abril. Para el caso, se han respetado los tiempos de la publicación original que se puede encontrar en:http://badbichas.com/2018/04/30/charlie/

“Los ideales no terminan; lo que pasa es la vida”

Sergio Ramírez escritor nicaragüense recibirá el Premio Miguel de Cervantes, este 23 de abril de 2018.

Renuncio de manera pública e irrevocable a pertenecer al Frente Sandinista para la Liberación Nacional”, dijo Sergio Ramírez después de sentarse frente a una mesa llena de micrófonos en 1995. A su espalda estaba colgado un retrato de Augusto Sandino, la inspiración para la revolución nicaragüense del siglo pasado. “El Frente al que yo me incorporé hace 20 años ya no existe”, dijo ese 10 de junio en una conferencia de prensa a la que él convocó.

Así fue como Sergio Ramírez inició el retorno hacia su vocación: la literatura. Para entonces, el nombre de Sergio Ramírez tenía un mayor tinte político que literario. Él fue parte de la movilización que derrocó la dictadura de los Somoza, y con el triunfo de la revolución sandinista se convirtió en vicepresidente del gobierno de Daniel Ortega de 1985 a 1990. Pero él asegura que el partido con el que había luchado, cambió para mal y en 1995 los diferencias entre él y la cúpula del partido se volvieron insostenibles.

De acuerdo con Ramírez, el FSLN no estaba dispuesto a democratizarse y se empezaba a instalar una línea autoritaria similar a la que ellos mismos habían combatido. “Todo aquello parecía irreal”, escribió Ramírez en su libro “Adiós, muchachos”, en el que se despidió del partido y de su papel como político.

Es originario de Masatepe, hijo de una maestra de escuela y un comerciante. En 1959 empezó a estudiar Derecho y a los 22 años se graduó como abogado, pero la escritura fue siempre su compañera. La producción literaria de más de cinco décadas lo comprueba. Veintitrés años después de salir del partido sandinista, este abril recibirá el Premio Miguel de Cervantes, uno de los reconocimientos literarios más importantes en la lengua española.

En marzo vino a El Salvador a presentar su novela “Ya nadie llora por mí”. El protagonista de esta novela es un investigador y excombatiente guerrillero que es contratado para resolver la desaparición de la hija de un matrimonio poderoso. La novela, de género policial, retrata la corrupción de algunas instituciones nicaragüenses y, además, recoge con humor la vida de la ciudad y sus habitantes.

“Esta novela es absolutamente contemporánea”, dice Sergio Ramírez. Tan contemporánea que hasta aparece nombrado el cantante de música pop Justin Bieber. Además, dentro del libro, las redes sociales y sus “hashtags” juegan un papel primordial para revelar ciertas verdades que el poder estatal quiere mantener escondidas.

Sergio Ramírez también es presidente del festival literario Centroamérica Cuenta, un festival que reúne a cientos de escritores y amantes de la literatura en Managua durante una semana. Este será en mayo y se realizarán presentaciones de libros, conversatorios, talleres de periodismo, edición y traducción. Y a pesar de que es uno de los festivales más grandes de la región, no cuenta con ningún apoyo del Estado nicaragüense. “Con que nos lo dejen hacer, suficiente”, dice el escritor. Y es que él no es bien visto por quienes antes fueron sus compañeros de lucha y gobierno.

Cuando le comunicaron sobre el Premio Cervantes usted dijo que se encontraba en “estado de gracia”, cuénteme, ¿sigue ahí?
Son noticias que llegan en la vida con cierta sorpresa. Yo había aparecido en las listas finales de candidatos y la verdadera sorpresa es la confirmación. Esa llamada oficial diciendo que he sido ganador del premio a las 7 de la mañana. La diferencia de horas también contribuye a crear este estado de incertidumbre, de sorpresa.

¿Al final no se rompió el silencio oficial del Gobierno para felicitarlo?
No, ja, ja. Una periodista que me preguntaba esto me decía: pero, ¿cómo es posible que no? Es como tener un elefante en la sala e ignorarlo.

La sorpresa sería lo contrario, ¿no?
Sí, en Centroamérica hubo mucha alegría. Siempre he pensado que tenemos una identidad cultural fuerte y que en momentos como estos es donde se manifiesta.

El Premio Latinoamericano de Cuento de la revista Imagen de Caracas fue su primer premio.
Sí, yo gané el premio de la revista que dirigía Guillermo Sucre, que era una muy importante en aquel tiempo, cuando Venezuela era un epicentro cultural de América Latina. Eso fue en el setenta y uno. Y tenía 29 años.

¿Hay algún punto de comparación entre ese primer premio y el Premio Cervantes?
Ganarse un primer premio internacional es importante… siendo la primera vez en que a esa edad se gana un premio convocado para toda América Latina por una revista de prestigio. De ahí nació mi libro “De tropeles y tropelías”, porque los cuentos ganadores fueron a dar a ese libro que se publicó aquí en la editorial universitaria de El Salvador. El año siguiente fue la toma militar de la Universidad de El Salvador y la edición se quedó ahí. No circuló. Este es un libro con una suerte extraordinaria. Salió el libro, pero se quedó en las bodegas. La universidad pasó tomada como un año.

¿El libro quedó secuestrado?
Sí, todo quedó ahí. Y luego se había hecho otra edición en Managua y vino el terremoto en diciembre de 1972 y entonces la edición quedó sepultada por el terremoto. Es un libro perseguido por los hados.

¿Qué influencia tiene su esposa en su literatura?
Ella ha sido un respaldo importante para mí porque en la literatura no todo es coser y cantar. Ha habido en nuestras vidas momentos muy difíciles como los de la revolución cuando faltaba el tiempo.

Usted publicó su primer libro “Cuentos” a los 20 años y luego escribió que Tulita Guerrero, su esposa, salió a venderlo de puerta en puerta por las calles de León.
Ja, ja, sí. Éramos novios y ella siempre ha sido muy entusiasta. Ella tomó el libro y salió de puerta en puerta a venderlo. Claro, eso me daba mucho terror a mí, mucha pena. Como cuando salió publicado mi primer cuento en la prensa y mi abuela salió a proclamar por el pueblo que había salido un cuento mío en el periódico. También me fui a esconder.

Usted ha escrito que entonces se llenó de horror y vergüenza.
Ocurrió cuando yo tenía 14 años porque mandé un cuento con un tema vernáculo al diario La Prensa en Managua. Había una página que dirigía Pablo Antonio Cuadra, un poeta. Y mandé este cuento y él lo publicó pensando que yo era un adulto. Era sobre la carreta náhuat, que es una carreta que arrea muertos y ese tipo de cuentos de camino. Esa es la primera vez que me di cuenta que la literatura tiene el poder de engañar.

Ahora, ¿qué siente antes de publicar?
Cuando recibo impreso el libro –que me llega generalmente un paquete con cuatro o cinco ejemplares– veo la tapa, pero no abro una página. Porque tengo cierto terror de que lo que está ahí no me vaya a gustar o que vaya a encontrar un error que ya no se pueda enmendar.

¿No lo revisa hasta que se presenta?
Sí, porque el libro ha pasado por un proceso que te lleva al cansancio. Escribir un borrador tras otro borrador. Imprimo el último borrador. Lo corrijo con lápiz de grafito. Vuelvo a incorporar las correcciones. Se lo doy a leer a alguien que me puede detectar errores ortográficos o sintácticos y luego se va a la editorial y me pone a un editor o editora que trabaja conmigo con preguntas. Yo las respondo. Se hacen aclaraciones. Y por fin, el libro se imprime. Entonces hay una especie de cansancio del texto. Y hay que agregar un tercer elemento. Y es que cuando este pan está saliendo del horno, uno está amasando otro porque ya está pensando en otro libro.

Galardonado. Sergio Ramírez en su entrevista con Séptimo Sentido en el marco de las actividades del festival Centroamérica Cuenta en El Salvador.

A nadie le interesa la felicidad. Interesa el conflicto, la contradicción y por lo tanto, si el lector encuentra que hay una visión crítica y que identifica los colores de esa ciudad como él piensa que son, pues excelente, se ha establecido esa comunicación crítica entre escritor y autor.

Considerando que su correspondencia personal y de trabajo se archiva en la Universidad de Princeton, ¿existe una vigilancia permanente de lo que escribe?
¿Sabés lo que pasa? Que ahora ya no se escriben cartas y en los archivos de este tipo donde se depositan documentos, los mensajes electrónicos no los consideran correspondencia, lo cual me parece que es un error que se va a llegar a corregir porque uno se comunica ahora a través de correo electrónico o de wasaps, etc.
De todas maneras, ahora a mí no se me ocurre escribir en un mensaje electrónico una carta de dos páginas como antes. Cuando vivía en Alemania era un buen corresponsal porque mis amigos estaban en América Latina, en otras partes de Europa y yo dedicaba una tarde entera a contestar correspondencia y recibía cartas de cuatro, cinco pliegos. Esas son las que están archivadas ahí, las de cuando vivía en Costa Rica y Alemania. Ahora la correspondencia se acabó. Yo tengo un archivo de todos mis correos electrónicos. Los tengo en un disco duro. Algún día le van a dar valor, ¿no?

A pesar de los problemas actuales de Nicaragua relativos a la democracia y a la corrupción, usted ha dicho que se mantiene optimista respecto al futuro del país. ¿Qué le hace pensar eso?
No hay mal que dure cien años. Pensar lo contrario sería un acto de desprecio a la voluntad popular, decir que la voluntad popular se va a quedar para siempre estancada. Los cambios se dan porque la historia obliga que se den y los cambios, por lo menos en mi íntima convicción, tienen que ser para bien.

Vemos cómo se han venido derrumbando en toda América Latina todas estas ambiciones de quedarse para siempre en el poder. En Ecuador hubo una salida tan elegante con el presidente Lenín Moreno que hizo que le dijeran no al continuismo de Correa, poniendo él por delante su propio cargo, porque tampoco puede reelegirse. Estos actos de honestidad, de entereza cívica, ¿por qué no van a repetirse en otras partes de América Latina? Los cambios generacionales también son importantes y creo que estamos destinados a la democracia, no al autoritarismo.

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Tras la revolución, El Frente Sandinista de Liberación Nacional gobernó en Nicaragua desde 1979 a 1990. En ese periodo, el partido contó con figuras intelectuales prominentes como la poeta Gioconda Belli y el exministro de Cultura y poeta, Ernesto Cardenal. Ellos, como Sergio Ramírez, se opusieron a la dirección que el partido tomó liderado por Daniel Ortega y renunciaron a su posición dentro del Frente Sandinista. En 2006, Daniel Ortega volvió a la presidencia con el 37.99 % de los votos válidos en las elecciones presidenciales y ha sido reelecto en otras dos ocasiones, en 2011 y 2016.

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La poeta Gioconda Belli dijo: “Tenemos el cordón umbilical a la idea de la revolución. Esa ya no está, pero sí están con nosotros sus ideales”. ¿Cuál es su opinión acerca de esto?
Yo coincido con Gioconda. Yo escribí eso en el libro “Adiós, muchachos”. Los ideales no terminan; lo que pasa es la vida. Uno envejece y los ideales uno tiene que mirar hacia atrás para verlos. Lo que conservo cimentado en esos ideales es mi actitud crítica frente a lo que veo porque tampoco es que ahora voy a decir “no, ahora yo soy solo escritor y me olvidé de la realidad de mi país o de América Latina”. Al contrario, mantengo la persiana abierta. Me asomo por la ventana, veo lo que ocurre y hablo sobre lo que ocurre. Para eso tengo el espacio de mis artículos de prensa, las entrevistas y eso es aparte de mi oficio de escritor, pero va junto. Porque junto al oficio de escritor, tengo mi oficio de ciudadano.

En su última novela “Ya nadie llora por mí”, se habla un poco sobre el rol de la Iglesia en la revolución sandinista. Como ciudadano, ¿cuál es su lectura de la Iglesia en la Nicaragua actual?
La Iglesia en Nicaragua sigue teniendo una posición muy independiente. La mayoría de los obispos tiene una posición muy crítica y hay una lucha entre la posición moral de la Iglesia y lo que el Gobierno considera su propia política. Hay obispos que alzan más su voz que otros. Hay, pienso yo, una ofensiva del Gobierno para tratar de sonsacar obispos. Una lucha por el poder… es decir, cuando el poder quiere tenerlo todo, entonces se mete con todo.

El protagonista de su nueva novela, el inspector Dolores Morales, es alguien también crítico con quienes ocupan el poder.
Sí, porque él es mi alter ego a pesar de que el inspector Morales era más joven que yo cuando la revolución. Fue un combatiente guerrillero, yo no lo fui. Él peleó en el frente sur. Perdió una pierna. Tiene que aguantar toda su vida una prótesis. Es un hombre que viene de un estrato muy humilde de la sociedad, su abuela vendía carne en el mercado, pero él tenía ideales. Quería un mundo mejor, distinto al que representaba la dictadura somocista, y con el paso del tiempo y la caída de la revolución, él guarda esa nostalgia. Envuelve en su nostalgia ese viejo ideal que no abandona. Y lo que hace es transformarlo en humor negro.

Un eje clarísimo de la novela y sus personajes es el de interpelar al poder.
Una novela siempre viene desde la profundidad crítica, aunque el escritor no lo quiera o no sea ese su propósito. Porque cuando uno tiene el propósito de denunciar, de acusar, entonces se está equivocando de vehículo. Debería usar mejor el discurso, el panfleto, el manifiesto. La novela es un campo complejo donde uno le tiene que dar la voz a todo el mundo. Y los personajes tienen que estar en contradicción porque si no, no hay novela, no hay relato.

Los relatos paralelos, donde todo mundo piensa igual, no son atractivos. Los relatos siempre son infelices. Si se fija bien, cuando los cuentos terminan dicen “y vivieron felices para siempre… eso ya nadie lo cuenta. A nadie le interesa la felicidad. Interesa el conflicto, la contradicción y por lo tanto, si el lector encuentra que hay una visión crítica y que identifica los colores de esa ciudad como él piensa que son, pues excelente, se ha establecido esa comunicación crítica entre escritor y autor. Y si el lector no es nicaragüense e identifica su propia sociedad con lo que la novela dice, pues mayor triunfo del escritor porque está dándole perspectiva universal a una situación que no vive solo Nicaragua. Esto de la corrupción entre la oscuridad y el poder desgraciadamente es un mal de América Latina.

En su novela aborda temas como el aborto y las problemáticas de la comunidad gay ¿Cómo decide abordar temas tan actuales y necesarios de discutir?
Esta novela es absolutamente contemporánea, tanto que en la medida que la iba escribiendo, el tiempo iba pasando y si me levantaba de la máquina porque me iba de viaje y volvía, ya la novela había envejecido en cuanto a esa pretensión mía de que tenía que estar al día. Y si una película se está pasando en un cine, yo tenía que cambiar la película para que fuera más contemporánea. Los asuntos que están en la contemporaneidad hoy tienen que estar allí porque son parte del conflicto. Si los personajes entran en conflicto, entran en conflicto con las características de la sociedad. Religión, sexo, aborto, la política sobre los gays, todo eso está de por medio y (también) el abuso sexual.

Imagino que cuando usted empezó a escribir esta novela en 2013 muy pocos preveían que para 2017 se iba a desatar la ola de denuncias contra el acoso y abuso sexual que se ha visto en la actualidad.
Sí, cuando la novela se publicó todavía no había comenzado esa ola… pero es como un globo que solo necesitaba un pinchazo. Eso estaba ahí cargando la atmósfera y, en determinado momento, la valentía de una sola persona arrastra a otros. Porque siempre ha sido un estigma para una mujer decir “fui violada, fui acosada, abusada, a cambio de que me den un papel en el cine”. Que es lo mismo a decir a “cambio de que me den un trabajo”. ¿Cuántas veces no ocurre que una mujer se presenta a solicitar un trabajo y entonces el favor que le exigen a cambio es el sexual? Me parece que estamos viviendo un momento muy trascendental. Ojalá después de esta ola universal de denuncias, las cosas no volverán a ser las mismas.

¿Usted cree que se está haciendo lo suficiente para contar Nicaragua?
Sí, yo creo que ahora hay más narradores que antes porque hemos sido un país de poetas. En Nicaragua se es poeta mientras uno no pruebe lo contrario. Pero ahora hay más narradores, sobre todo entre los jóvenes, después de la generación que nació en los años ochenta, hay una expansión de la narración. Y eso todavía se está consolidando, vamos a ver más frutos. Me parece que está ocurriendo también en el resto de Centroamérica.

¿Cuál es su balance de estos años haciendo el festival Centroamérica Cuenta?
Lo hemos logrado consolidar. Este año vamos ya viento en popa, lo abrimos en la tercera semana de mayo. Tenemos una lista muy calificada de invitados. Más de 70 invitados que vienen de muchas partes: de México, de Italia, Argentina, Chile, Colombia, Perú, Francia, Inglaterra y, por supuesto, de todos los países centroamericanos.

El festival tiene patrocinio de la empresa privada. ¿Hay algún apoyo del Estado nicaragüense?
No, ni pensarlo, no, no… con que nos lo dejen hacer, suficiente. Pero la empresa privada cada vez nos apoya más. Y entidades internacionales, fundaciones, gobiernos. Tenemos el apoyo del Gobierno de Francia, de España, de Alemania, de Brasil, de Colombia. Entonces… tenemos respaldo.

Sergio Ramírez

Jóvenes que desafían la exclusión

Por todo el país. En El Salvador existen 16 centros Municipales de Formación Profesional (FÓRMATE).

Isaac Martínez tenía 14 años cuando la zona en la que vive se llenó de miedo. Después vino la huida. Él reside en un área que durante 2015 fue noticia por los desplazamientos internos que provocaron las pandillas con base en amenazas y sangre. En enero de ese año, una residente del cantón El Callejón, de Zacatecoluca, fue asesinada con 28 impactos de bala. Hubo quienes dijeron que el asesinato ocurrió porque la víctima se había mudado y provenía de un área donde operaba una pandilla contraria.

Un día después de ese homicidio, otro hombre de la zona fue asesinado frente a sus hijos. Ante la violencia y los rumores de nuevas amenazas, algunos vecinos de los cantones La Joya y El Callejón dejaron sus hogares y abandonaron sus pertenencias para salvar la vida. El miedo era tal que la escuela del lugar cerró porque dejó de recibir alumnos. Los portones del centro escolar permanecieron cerrados durante más de un año.

Cuando a Isaac se le pregunta sobre la violencia de la zona, él se limita a contestar que “sí estuvo fluido antes, pero ahora, gracias a Dios, no”. Él es un estudiante de 17 años del curso de pastelería del Centro Municipal de Formación Profesional de Zacatecoluca, mejor conocido como FÓRMATE.

El curso al que asiste ha sido diseñado con el apoyo de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y la municipalidad. Aquí desarrollan capacitaciones para jóvenes que han crecido en entornos donde la desigualdad y la violencia han estado a la orden del día.

La actividad de la clase de hoy es aprender a hacer un pan con forma de lagarto. Para que el pan tenga una apariencia más realista, Isaac toma una tijera y hace cortes sobre la masa tratando de imitar la textura de la piel del reptil. Sus compañeras, divertidas, se ríen de la forma que va tomando el pan.

El salón donde se imparte la clase es un cuarto amplio en el que 21 jóvenes aprenden a hornear. Isaac ya tiene práctica en esta actividad. Él trabaja en una panadería desde que tenía 12 años. En El Salvador el trabajo infantil tiene el rostro de un niño del campo. Hace dos años se contabilizó que existían al menos 131,904 niños de cinco a 17 años trabajando. De esa cifra, la mayoría pertenecen al sexo masculino y son de la zona rural.

Este día, como todos los anteriores desde hace años, Isaac se levantó a las 3:30 de la mañana, cargó el pan hacia la camioneta del negocio, llegó al centro del municipio y empezó a pedalear una bicicleta para repartir pan francés por el casco urbano. A las cuatro de la tarde debe volver al negocio y empezar a hacer pan.

Isaac ve su trabajo como un motivo de satisfacción. Gracias a su esfuerzo y a la ayuda de su abuelo, cuenta que ya logró construir su propia casa en un terreno familiar. “Varios me han preguntado si ya me acompañé, pero no. Uno decide ya vivir apartado. Y un primo que es albañil me dio la idea. Levantamos (la casa) y ahí está. No es la gran cosa, pero es suficiente para alguien como yo. Ya tengo equipo de sonido y la juguetera. Eso de mi trabajo”, cuenta sonriente y orgulloso.

Isaac estudia este curso porque su familia tiene un sueño depositado en él. Quieren poner una panadería propia y esperan delegarle una de las mayores responsabilidades. Quieren que él sea el panificador.

Variedad de cursos. Las capacitaciones pueden ser de tecnología, costura, pastelería, cosmetología, manejo de vehículos, reparación de celulares y preparación de dulces típicos.

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UNA RESPUESTA A LA VIOLENCIA

Joven

En El Salvador hay 16 centros Municipales de Formación Profesional. Estos centros se instalan como parte del Proyecto de Prevención del Crimen y la Violencia de USAID. Los cursos que imparten son variados. Hay de costura, pastelería, cosmetología, manejo de vehículos, reparación de celulares y preparación de dulces típicos. Además, brindan clases de tecnología impartidas por Microsoft Imagine Academy.

Estos centros actúan en coordinación con las alcaldías de municipios que han sido identificados como focos de violencia. Para asistir a los cursos, basta con ser un joven menor de 29 años y comprometerse a asistir a todas las clases. Los cursos tienen, en promedio, una duración de 15 días.

Además de la capacitación en el área de su preferencia, quienes se inscriben reciben clases de emprendimiento. La idea es mostrarles a residentes de comunidades acechadas por la violencia que ante la falta de oportunidades, es posible crear las propias.

Hasta la fecha, de acuerdo con información de USAID, hay 3,034 graduados de cursos certificados por INSAFORP y 1,761 jóvenes que han completado cursos con Microsoft Imagine Academy.
La beca del curso cubre solamente los materiales y las clases. Quienes asisten a las clases deben gastar en transporte y alimentación diaria, lo que implica una inversión grande para quienes no tienen ingresos económicos.

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Gratuidad. Los interesados en los cursos no deben pagar nada por las clases. Los gastos en los que los participantes pueden incurrir son los relativos a su propia alimentación y viáticos.

CUANDO ESTUDIAR ES PRIVILEGIO

En 2015, Santa Cruz Michapa fue clasificado como uno de los municipios más violentos del país. Ese año se registraron 36 homicidios en ese espacio de solo 28 kilómetros cuadrados.

Para entonces, Juan Carlos Sánchez ya se despertaba a las 2 de la mañana para ir a trabajar. Él se había propuesto terminar su bachillerato. Eso no implicaba solo estudiar y hacer sus tareas. Para financiar sus estudios, tenía que levantarse de madrugada, ir a vender al mercado Central de San Salvador, volver por la noche, hacer tareas y presentarlas durante el fin de semana a sus profesores de educación a distancia.

“Me vi en la obligación de trabajar porque yo no he tenido apoyo de ninguna persona. Mis papás solo me apoyaron hasta el octavo grado”, explica Juan Carlos, un joven de Santa Cruz Michapa de 25 años de edad. En 2015 logró graduarse de bachiller y quiere tener la posibilidad de encontrar un trabajo que le permita seguir estudiando. Por eso se inscribió en marzo en un curso de cocina mexicana del FÓRMATE de su municipio.

En promedio, los salvadoreños tienen 6.8 años de estudio. Y lo más común es que las personas que viven en el campo solo tengan 5 años de escolaridad. Además, de acuerdo con la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC), solo el 13.5 % de la población ocupada en el país tiene estudios universitarios.
Durante la clase de este jueves, tiene que aprender a hacer los cortes correctos de la carne, preparar las verduras y los acompañamientos de un burrito mexicano. Estas clases son un respiro de su vida diaria, donde debe enfocarse en vender su producto para volver con algo de dinero a su casa. Él pertenece a un sector de la población cuyo trabajo está cimentado en la informalidad. En 2013 la Organización Internacional del Trabajo (OIT) aseguró que el 66 % de los trabajadores salvadoreños pertenecían al sector informal, sin prestaciones de ley ni planes de ahorro para la vejez.

Aunque la ganancia que Juan Carlos obtiene vendiendo frutas y verduras no es mucha, ha sido lo suficiente para sostenerse a sí mismo, ayudar en su casa y financiar su educación media. “Con mi venta no saco ni lo del mínimo porque saco poquito. Solo voy pasando día tras día, pero lo del gasto diario. No voy sacando de decir que me va a quedar más para ahorrar”, lamenta.

Puede parecer poco, pero la idea de ganar el salario mínimo, es decir $304, lo motiva a inscribirse en cursos especializados. Con ese dinero ya podría ahorrar para pagarse una carrera universitaria. Quiere ser profesor, pero sabe que aún debe esperar. Antes de poder inscribirse en una universidad desea tener un empleo formal: “Quiero ser una persona preparada. Porque sí soñaba con llegar a la universidad. Yo hubiera querido tener esa oportunidad”, dice antes de volver a cocinar.

“Me vi en la obligación de trabajar porque yo no he tenido apoyo de ninguna persona. Mis papás solo me apoyaron hasta el octavo grado”, explica Juan Carlos, un joven de Santa Cruz Michapa de 25 años de edad. En 2015 logró graduarse de bachiller y quiere tener la posibilidad de encontrar un trabajo que le permita seguir estudiando. Por eso se inscribió en marzo en un curso de cocina mexicana del FÓRMATE de su municipio”.

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FORMARSE PARA ROMPER CICLOS

El calor de este viernes por la mañana en Zacatecoluca es desesperante, pero eso no parece distraer a Maricela Jovel, una mujer de 28 años que cose un velo. Alrededor de ella, otras mujeres le hacen los últimos ajustes a un corsé y a una falda blanca. Juntas están haciendo un vestido de novia.

Maricela es estudiante del curso de confección artesanal de vestidos de alta costura del FÓRMATE de Zacatecoluca. Lleva el pelo recogido, jeans y una camisa roja de manga corta. Trabaja en silencio. Para ella, llegar a este salón no ha sido simple. Maricela vive en una comunidad alejada del casco urbano de Zacatecoluca y, además, es madre de tres niños de cuatro, seis y nueve años.

A los 19 tuvo a su primer hijo y se acompañó. Ahora ha vuelto con sus niños a la casa de sus padres y se ha propuesto algo: ser independiente económicamente. Para ello vende productos de belleza a través de revistas y, cuando tiene tiempo, cultiva pipianes en su comunidad para luego venderlos. “Voy agarrando venta de cualquier cosa para poder salir adelante, pero eso no es suficiente porque cuesta hacerlo y no es seguro que vaya a tener ganancia”, cuenta bajo la sombra de un árbol.

Este espacio de capacitación es un oasis para comunidades donde la seguridad, la educación y el acceso a un empleo digno son posibilidades remotas. Por ejemplo, de los 64 centros educativos que hay en Zacatecoluca, solo ocho brindan clases de bachillerato. Y de acuerdo con estadísticas del Ministerio de Educación, el 67 % de las escuelas del municipio ven afectada su seguridad por las pandillas que rondan sus comunidades.

Cuando Maricela era adolescente, dejó de estudiar porque sus padres ya no podían seguir pagando sus estudios. Ahora, ya adulta y con una familia que alimentar, ha emprendido la misión de educarse. “Hay gente que me dice que ya a mi edad no se está para seguir estudiando, pero a mí no me detiene eso. Aunque sí lamento que no estoy con mis hijos. Pero si estoy solo con ellos, de eso no comen”, reflexiona.

Durante las últimas semanas ha estado en clases de costura desde las 8 de la mañana hasta las 5 de la tarde. Además, los sábados estudia segundo año de bachillerato a distancia.

Para venir acá gasta, en promedio, $3 de pasaje diarios. Cuando se siente muy cansada, paga más porque contrata una moto para que la lleve desde donde la deja el bus hasta su casa, en la comunidad San José Las Flores, del cantón Tierra Blanca. Pero el dinero no sobra y en la mayoría de ocasiones, prefiere caminar 1 hora entre veredas y ahorrar un poco de dinero.

Para Maricela el curso de confección representa una posibilidad. “La esperanza es que por medio del taller yo aprenda algo y eso me sirva para trabajar”, dice mientras piensa en sus hijos. Luego explica sus razones: “Si yo me quedo sin estudiar, no hay ninguna posibilidad de que yo les pueda dar estudio a ellos, no hay esperanzas de un empleo. Y si no tengo empleo, no tengo esperanzas de sacarlos adelante”.

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EL ARTE CONTRA LA ESTIGMATIZACIÓN

“Nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”, reza un cartel dentro de un salón de ensayos de la Orquesta Filarmónica de Apopa. Los músicos practican dentro del Centro Municipal de Prevención de la Violencia.

Si se escribe “Apopa” en un buscador de internet, los primeros resultados que se obtienen son sobre un joven asesinado en la cancha de fútbol, sobre una familia masacrada o la noticia de una mujer que planeaba entregar una niña de 12 años a pandilleros para que la violaran. Esas historias sucedieron en este municipio solo en marzo.

Ante esta realidad, el arte se presenta para los jóvenes de Apopa como una forma de demostrar que existe talento y esfuerzo más allá de las cifras de violencia. Ellos practican para formar una orquesta de la cual su ciudad se sienta orgullosa.

A las 2:35 de la tarde hay 16 niños afinando sus violines y cellos en un salón. Al lado hay tres jóvenes practicando con guitarras. En otro salón hay tres muchachos haciendo sonar sus trompetas y en el cuarto salón, un grupo conformado por niños y mujeres jóvenes aprende a leer solfeo.

Idealmente los salones de clase deberían ser a prueba de sonido, pero los de Apopa tienen la estructura de un salón regular de clases. Los jóvenes y maestros de este centro deben hacer un esfuerzo doble para desarrollar la lección. Además de concentrarse en su propia clase, deben tratar de ignorar el ruido que proviene de las prácticas de los demás salones.

Este espacio antes era un colegio y luego fue una sede del Seguro Social. La alcaldía lo alquiló desde julio del año pasado y se encarga de pagarle a los maestros de música y al resto de personal. Así lo explica Juan Carlos Soriano, un técnico del Centro Municipal.

Orquestas filarmónicas. A través de la práctica en grupo de la música, se busca que los jóvenes de ciertos municipios logren formar músicos y recuperar el orgullo local.

Una hora después hay un poco de silencio. La orquesta está conformada por 96 integrantes, pero no todos se han presentado ahora. Alrededor de 40 jóvenes comienzan a preparar las sillas para realizar el ensamble en el patio del lugar de ensayos. Adelante se sientan violinistas y los percusionistas atrás.

De acuerdo con sus instrumentos, los grupos reciben clases por separado, pero la orquesta practica junta los jueves. Algunos padres, orgullosos, llegan este día a escuchar a sus hijos y se sientan frente a ellos en unas sillas de plástico. Los jóvenes inician la práctica grupal. Tocan el “Himno a la alegría” y después su propia versión de una cumbia popular.

“Tienen que entenderse. Tienen que escucharse a ustedes mismos y a sus compañeros. Es más fácil ser solista. Lo difícil de tocar como orquesta es el acople”, les dice Carlos Durán, director de la orquesta. La idea es que a través de la música los jóvenes refuercen valores como la disciplina y reconozcan la importancia de escuchar a los demás.

Como esta, hay otras 16 orquestas con 1,400 beneficiarios a escala nacional. Wendy Henríquez y Melvin Cortez pertenecen a la Orquesta Filarmónica de Colón. Los dos tienen 18 años y ya habían tenido experiencias previas en el mundo de la música. Pero esta es la primera vez que tienen la oportunidad de formarse musicalmente y de manera estable dentro de su municipio, también marcado por la violencia.

Wendy, quien toca el fagot, está consciente de eso. “La gente solo cuenta las cosas malas que pasan acá. En cambio, de ciertos proyectos no se sabe”, se queja. Melvin también reconoce que solo por vivir en esa zona es probable que alguien intente poner la mancha de la violencia sobre su nombre, pero él explica: “Me siento bien en mi consciencia porque yo ando haciendo cosas buenas”.

Los dos sobresalen en el grupo por la dedicación con la que tocan. Melvin toca el corno francés y quiere dedicarse a la música profesionalmente. Mientras ensaya, le ayuda a otros niños pequeños que comienzan su formación. Él asegura que quiere estudiar música fuera del país para luego volver y enseñarle a más personas: “Quisiera hacer lo mismo que hicieron conmigo. Apoyar en la música. Hacer eso con muchos jóvenes que ahorita están niños”.

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EL CAMBIO ES GENERACIONAL

Entre los callejones del mercado Central, las ventas y los gritos de los vendedores anunciando verduras está Juan Carlos este martes de abril. Apenas son las 8 de la mañana cuando ya lleva horas intentando sacar alguna ganancia que le permita pagar los gastos de su casa.

“Dentro del mercado estuvo superpeligroso porque uno no se podía andar moviendo de un lado para otro porque ya decían que uno andaba viendo personas que no debía. Ahorita, gracias a Dios, ha disminuido. Se ha calmado bastante”, explicó el joven de Santa Cruz Michapa unos días antes.

Hoy Juan Carlos lleva una camiseta roja y las manos llenas de anillos plateados. Cuenta que hace un par de semanas se graduó de dos cursos de FÓRMATE. Además de estudiar el curso de comida mexicana, también participó en otro de comida china. Ahora guarda los diplomas que le entregaron. Con eso puede dar fe de que ha seguido estudiando.

No ha perdido el sueño de estudiar en la universidad. Sabe que de él depende no solo su posibilidad de tener estudios formales, sino la de alguien más. Tiene un sobrino. “Desde que él nació, la responsabilidad cayó en mí porque solo yo era el que estaba trabajando. Cuando puedo, le compro las cosas que le piden en la escuela. Quisiera darle una mejor vida de la que yo he tenido”, dice.

“Hay gente que me dice que ya a mi edad no se está para seguir estudiando, pero a mí no me detiene eso. Aunque sí lamento que no estoy con mis hijos. Pero si estoy solo con ellos, de eso no comen”, reflexiona Maricela, una estudiante del curso de confección artesanal de vestidos de alta costura del FÓRMATE de Zacatecoluca. Además de aprender el oficio de la costura, se encuentra estudiando segundo año de bachillerato a distancia.

Enseñanza de la música.

Fernanda Melchor: “El acto contestatario es mirar al muerto”

Una voz destacada. Fernanda Melchor tiene 35 años y ya figura entre las listas de los mejores escritores del México contemporáneo.
Obra. Ha publicado tres libros. El primero es un libro de crónicas titulado “Aquí no es Miami”. Tiene dos novelas: “Falsa liebre” y “Temporada de huracanes”.

“Soler estaba desnudo, excepto por un calzón color rojo, y un pantalón que, amarrado a sus hombros, le cubría la cara. Fue entonces cuando Bulmaro Avendaño, hijastro de Ana María, le roció gasolina en la cabeza y lo prendió con un cerillo. Rodolfo Soler gritó por lo que pareció un largo rato, segundos o minutos, antes de caer con el cabello y el rostro chamuscados”.

La historia, escrita por Fernanda Melchor, narra la muerte de Rodolfo Soler, un hombre que intentó violar a una mujer en algún río de Veracruz. Cuando la mujer puso resistencia, Soler la golpeó y asfixió. Los vecinos se dieron cuenta por los gritos y encontraron al victimario aún sosteniendo por los cabellos a la mujer ya muerta. Soler era un hombre problemático entre los vecinos. Era ladrón, y el pueblo, harto, decidió hacer justicia por su propia cuenta. Lo amarraron a un árbol y lo quemaron.

Esa historia, ocurrida en 1996, la escribió Fernanda Melchor cuando tenía 19 años. Así empezó su carrera formal en el mundo de las letras. Con ese texto ganó, incluso, un premio nacional. Han pasado 16 años desde que Melchor investigó esa historia, pero las otras que ha ido narrando no se han vuelto menos cruentas.

Melchor es periodista de profesión. Inició escribiendo crónicas de lo que pasaba en su estado natal, Veracruz, y luego dio el paso hacia la ficción. Hasta la fecha ha escrito dos novelas con base anclada en la realidad. Y aquella realidad que Melchor retrata es una muy parecida a la salvadoreña: la de pueblos de gente trabajadora, muy dada a la celebración, pero también muy violenta.

Esta es la primera vez que la escritora está en El Salvador. Ha venido al país para participar en un conversatorio sobre literatura y memoria organizado por el festival Centroamérica Cuenta. Desde el vestíbulo de un hotel en la capital, admite que en su carrera se ha interesado por contar lo que considera que son los claroscuros de la ciudad y sus personajes: “Lo que nos hace humanos no es nada más el heroísmo, la generosidad y el altruismo. Lo que nos hace humanos también es el rencor, la envidia y la venganza. Lo que pasa es que nuestra sociedad tiende a no querer verlas, pero son parte de nosotros”.

“Quería investigar qué eran esas cosas más profundas que hacen que crucemos esta línea y cometamos un crimen porque, la verdad, todos hemos tenido el deseo de apretarle el pescuezo a alguien. Todos hemos tenido deseo de robarnos algo, de desear algo, de cometer una locura. Todos. Pero ¿por qué no lo cometemos? ¿Por qué hay gente que sí y gente que no?”, se pregunta a la hora del atardecer.

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FERNANDA MELCHOR no siempre quiso ser escritora. Esta tarde de lunes de marzo cuenta que de pequeña quería ser investigadora como las que veía en la televisión. “Pero cuando hubo chance de elegir un oficio, pensé que el de periodista era lo más parecido a ser detective sin tener que andar cargando un arma, ¿no?”, cuenta entre risas.

La escritora tiene 35 años y en su hablar no hay gotas de superioridad. La crítica ha alabado su manera de escribir por tener un lenguaje muy cercano a la gente. También ha sido nombrada por revistas como GatoPardo y Letras Libres como una de las grandes escritoras contemporáneas. Aun así, ella se muestra muy sencilla a la hora de conversar sobre su trabajo.

Hace años quiso escribir para un periódico y duró ahí un mes. Ella cuenta que los editores le pedían que fuera a entrevistar a funcionarios y que dejara de escribir las noticias como si fueran cuentos. Entonces renunció y entre los 20 y los 28 años escribió crónicas.

“Veracruz, un estado que era supertranquilo, empezó a tener balaceras, empezaron a aparecer cadáveres mutilados. Lo que hice fue que entre 2002 y 2009 publiqué estas crónicas donde pude. Hasta que junté un libro y ese fue mi primer libro, que se llama ‘Aquí no es Miami’, que salió en 2013”.

“Aquí no es Miami” recién vino a las librerías de El Salvador. En él se narran historias propias del estado veracruzano y su puerto, pero no desde una perspectiva bucólica, “pues también la ciudad es luminosa y sombría”, dice Melchor.

A través de la crónica, Melchor quiso contar la vida de las personas comunes y sus golpes: “Si secuestran al hijo del gobernador, es noticia, pero si le pegan un susto a doña fulana, no. Yo quería contar historias simplemente porque eran buenas, no porque fueran noticiosas. Ese es mi eterno pleito con el diarismo. Necesitamos el periodismo inmediato, que denuncia, pero también necesitamos este otro tipo de narraciones que nos ayudan a entender a otro nivel quiénes somos”.

Más que un recuento de lo que sucede en el estado, la escritora se interesó por las causas que provocan que alguien cometa un delito. “Quería investigar qué eran esas cosas más profundas que hacen que crucemos esta línea y cometamos un crimen porque, la verdad, todos hemos tenido el deseo de apretarle el pescuezo a alguien. Todos hemos tenido deseo de robarnos algo, de desear algo, de cometer una locura. Todos. Pero ¿por qué no lo cometemos? ¿Por qué hay gente que sí y gente que no?”, se pregunta a la hora del atardecer.

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VERACRUZ es uno de los lugares más violentos de México: el año pasado se tuvo registro de 2,385 homicidios, de acuerdo con estadísticas oficiales del Gobierno. Es decir que hubo al menos seis asesinatos diarios solo en ese estado.

Durante los inicios de 2018 la cosa no pareció mejorar. De la violencia no solo impactan los números, sino las formas en las que ocurre. En los primeros 12 días de este año se encontraron nueve cabezas humanas en los cofres de dos taxis. Además, las imágenes que se retratan en los medios desconciertan: el 14 de enero se encontraron nueve cuerpos desmembrados y apilados dentro de una camioneta.

Este es el escenario desde el que Fernanda Melchor ha presentado a los protagonistas de sus historias. Uno que no suele ser muy optimista, pero que también es uno en el que se construye la vida diaria. “Veracruz es un lugar famoso porque ahí se va a vacacionar porque la gente es muy alegre, porque la comida es rica y porque hay carnaval. Quería contrastar esta imagen alegre con la cuestión de la violencia y lo siniestro”, explica.

Melchor asegura que es imposible que quienes se dedican a la literatura no escriban sobre la realidad que los rodea. “Tú eres hija de tu tiempo, te tocó vivir en una época muy particular. Hay gente como yo que nos gusta hablar del presente. Pero creo que aunque tú decidas ‘no voy a hablar de la violencia. Voy a hablar de personajes que viven en otro país’, incluso esa decisión es política. A lo mejor tiene que ver con el hartazgo de la violencia o tu distancia emocional que quieres poner”.

Ella admite que esa necesidad de escribir lo que sucede es una manera de resistir ante las cosas que se consideran inadmisibles. Aunque esto no signifique la posibilidad de que las cosas cambien para bien. “Un libro no va a cambiar una sociedad, pero sí creo que un libro puede cambiar a una persona. No creo que la literatura pueda funcionar en términos de utilidad. Para muchos que nos dedicamos a esto, es inevitable que lo hagamos porque es nuestra personal manera de lidiar contra todo esto. Yo escribí crónica porque era mi manera de hacer algo ante lo que estaba sucediendo en mi ciudad natal”.

La última novela que publicó, “Temporada de huracanes”, se basó en una historia que encontró en una nota roja o sensacionalista. Este tipo de periodismo es ampliamente criticado porque muestra escenas sangrientas y sin censura. Fernanda Melchor defiende la función de las notas rojas porque, a su juicio, dan una idea de las pasiones más oscuras entre las personas:

“Tú puedes agarrar grandes libros de la literatura, Shakespeare, Cervantes, los griegos, las grandes obras de la literatura pueden ser condensadas en una nota roja. ¿Por qué? Porque en la nota roja están las emociones que nos hacen humanos. Imagínate: “Mata a su papá y se casa con su mamá”, dice, haciendo referencia a la obra “Edipo Rey”.

La veracruzana considera que es necesario tomar conciencia de la muerte que rodea las sociedades violentas en lugar de asumirla con naturalidad: “A cómo está la situación en México, donde hay tantos muertos, tantos desaparecidos, tantas fosas comunes y cadáveres, donde la muerte anda a sus anchas, yo creo que el acto contestatario es mirar al muerto porque ahora todo mundo se tapa los ojos para no ver”.

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“TEMPORADA DE HURACANES” (Literatura Random House, 2017) trata la historia de cómo un grupo de niños encuentra el cuerpo de una mujer flotando en un canal de riego. La víctima es “la bruja”, una mujer respetada y temida en el pueblo por sus oficios esotéricos.

La noticia que Melchor leyó explicaba que la bruja fue asesinada por su propio examante, quien “la había matado porque esta persona le había estado haciendo brujería para que regresara con ella. Y yo me puse a pensar ‘esto es muy veracruzano’. Cuando vemos una nota de nota roja que nos la ponen muy simple como ‘mató a su compadre porque lo vio feo’, tú dices ‘no, uno no mata a nadie porque lo vio feo’. Uno mata a la gente por mil y una cosas más profundas”.

Melchor pensó en escribir esta historia de la manera más periodística posible: ir al lugar, hablar con la gente e intentar descubrir las razones que habían motivado este asesinato. Pero su instinto le dijo que talvez esa no era la mejor manera de explicar lo que había sucedido. Además, Veracruz es un sitio peligroso para ejercer el periodismo. Las cifras lo demuestran: en los últimos siete años han sido asesinados 21 periodistas.

“En México matan a los periodistas, pero no matan a los escritores, y además, la ficción te protege”, considera Melchor. En lo que va del año, ya fueron asesinados tres periodistas, de acuerdo con la organización Artículo 19. El reciente miércoles 21 de marzo el periodista Leobardo Vázquez Atzin fue asesinado en Veracruz.

“Un libro no va a cambiar una sociedad, pero sí creo que un libro puede cambiar a una persona. No creo que la literatura pueda funcionar en términos de utilidad. Para muchos que nos dedicamos a esto, es inevitable que lo hagamos porque es nuestra personal manera de lidiar contra todo esto. Yo escribí crónica porque era mi manera de hacer algo ante lo que estaba sucediendo en mi ciudad natal”.

Convencida de que la novela era el mejor género para contar la historia, la escritora se puso a trabajar. Dejó que los personajes le hablaran: “Yo me sentaba a escribir y haz de cuenta que yo era la secretaria del juzgado que le está tomando la declaración al asesino. Entonces la gente me contaba la historia y yo nada más tecleaba. Yo me sentía como una médium… empecé a escuchar estas voces. Ya sé que suena muy esquizofrénico”, acepta con un dejo de picardía.

Las referencias que Melchor hace al hablar de su proceso de escritura sorprenden de la misma forma que hacen que sea más fácil entenderla: “Fue un proceso de andar buscando una voz. La novela está escrita con esta voz que es una cosa que yo le llamo narrador Pazuzu. ¿Te acuerdas de la película ‘El exorcista’? El demonio se llamaba Pazuzu, pero Pazuzu está dentro de la niña, pero de repente se sale. El narrador que yo quería era uno que pudiera estar arriba describiendo todo, pero que de repente se metiera dentro de mí. Así fue como surgió la novela”.

El proceso de escuchar las voces del pueblo contándole sobre el asesinato y pasarlas al papel fue solo uno de los primeros pasos para llegar a construir esta novela que ha sido considerada una obra imprescindible de 2017. “Escribí muchísimo, como 200 páginas, y ya una vez que las tuve, me di cuenta de que eso no era la novela. Uno no se vuelve novelista cuando publica un libro. Uno se vuelve novelista cuando agarra esas 200 páginas que escribió y las bota a la basura porque dice: ‘Bueno, ya estoy más cerca, pero esto no es’”.

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“DICEN QUE EL CALOR ESTÁ VOLVIENDO LOCA A LA GENTE, que cómo es posible que a estas alturas de mayo no haya llovido una sola gota. Que la temporada de huracanes se viene fuerte. Que las malas vibras son las culpables de tanta desgracia: decapitados, descuartizados, encobijados y embolsados que aparecen en los recodos de los caminos o en fosas cavadas con prisa en los terrenos que rodean las comunidades”, lee Fernanda Melchor sobre el escenario del Teatro Luis Poma.

Este martes 20 de marzo se realiza en San Salvador la primera actividad de Centroamérica Cuenta, el festival de literatura más grande de la región que desarrolla la mayoría de eventos en Managua. Melchor fue la invitada internacional para la inauguración. Esta noche está planeado un conversatorio entre ella y la escritora salvadoreña Jorgelina Cerritos.

Cada una lee un fragmento de sus obras. Melchor se para sobre las tablas del teatro y zapatea tímidamente con el pie izquierdo, como marcando el ritmo de su texto. “A mí me importa mucho que se escuche muy bien, leo mucho en voz alta lo que escribo porque no solo importa la historia, sino cómo la cuentas”, dijo un día antes.
El turno de Jorgelina Cerritos llega y ella lee otro fragmento de su obra. Esta vez es la voz de una niña gritándole a su padre que corra porque alguien lo persigue para matarlo: “Corre, papá, corre, que no te desangren la espalda”, exclama en un compás apresurado.

Los textos que se leen esta noche están marcados por una premisa de angustia. A las escritoras se les pregunta si la literatura es una respuesta ante la espiral de violencia que se vive en la sociedad veracruzana y salvadoreña. Melchor responde: “A mí lo que me interesa mucho es hablar del presente”. Y pone de ejemplo una pieza de la artista mexicana Teresa Margolles, quien recolectó el agua que se ocupó para lavar cuerpos (de asesinatos) “y trapeó así los pisos”. La pieza se llama: “¿De qué otra cosa podríamos hablar?”

“Tiembla”. Es el último libro en el que se publica un texto de Fernanda Melchor. En él, se recopilan las vivencias de 35 escritores sobre el terremoto del año pasado en México.

La marcha de las ausentes

Intervención. Sobre la base del Monumento a la Constitución se colocaron mariposas negras en representación de las mujeres asesinadas.

Larissa tenía 11 años cuando un vecino le tocó los senos que empezaban a asomarse por su pecho. Ella usaba una camisa con un estampado y su vecino, un hombre mayor, se acercó a ella con la excusa de tocar la tela. El hombre terminó manoseándola. Larissa se congeló. No supo qué hacer, pero supo que algo estaba mal. Esa vez aprendió que no estaba segura en su colonia, a metros de su casa.

Más de una década después, una mujer escucha la historia que Larissa cuenta y relata algo que la hizo sentir vulnerable cerca de su casa. Un hombre de la zona intentó meterla a la fuerza a un carro. Por anécdotas así, desde niñas aprendieron a evitar ciertas calles, ciertos vecinos y a apresurar el paso cuando están en la vía pública.

Estas historias se escuchan en el patio de un café de San Salvador. Este lunes 5 de marzo hay 14 mujeres reunidas en un círculo. Hay jóvenes y adultas, empleadas, artistas y universitarias.
“¿Quién nos convoca? Pues nosotras nos autoconvocamos”, dice Montserrat, una activista por los derechos de las mujeres con amplia trayectoria. El grupo se creó cuando en un chat, algunas de ellas plantearon el deseo de realizar una protesta nocturna. Que la actividad sea de noche tiene un motivo. Quieren caminar en la oscuridad para reclamar su derecho a movilizarse y no sentir miedo de que alguien las toque o las intente subir en un carro.

En 2016, la organización Small Arms Survey posicionó a El Salvador como el país más feminicida de América Latina. Y solo en los primeros meses de 2018, una mujer ha sido asesinada cada 19 horas, de acuerdo con las estadísticas oficiales.

“En la conmemoración del 8 de marzo no deberíamos hablar de violencia, sino de las conquistas de los derechos de nosotras, de los avances en salud y educación”, explica Enayda Argueta, investigadora social del Sistema Interactivo de Avisos de Violencia de Género (SIAVG) de la organización Háblame de Respeto. “Lo que pasa es que en nuestro país hemos conquistado unos derechos pero nos siguen matando”, continúa.

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LAS ORGANIZADORAS de este evento llamaron a sus amigas y conocidas y regaron la voz. Las invitaron a vestirse de luto y llevar flores y velas para una concentración en el redondel del Monumento a la Constitución, mejor conocido como La Chulona.

A las 6:50 de la noche del 7 de marzo, ya hay 50 mujeres reunidas en la rotonda. Conforme pasan los minutos, algunas de las organizadoras entregan unas mariposas negras de papel a las asistentes. Las mariposas tienen una cinta adhesiva. Luego se le explica al grupo que en algún momento de la noche esas mariposas simbolizarán a una asesinada.

“A pesar de que sentimos rabia por las mujeres que no están, lo que prima en nosotras es la alegría”, dice Vanessa Pocasangre a las 7 de la noche, antes de iniciar la marcha. Elena Salamanca, historiadora y otra de las planificadoras del evento, habla de la importancia de visibilizar el duelo en el espacio público. Lo de hacer duelo no es exageración. Frente a ella, el colectivo de mujeres transgénero ASPIDH-Arcoíris ha colocado una manta llena de nombres y fotos de sus compañeras trans asesinadas.

Diez minutos después ya hay un centenar de mujeres reunidas en el redondel. Incluso hay niñas vestidas con el uniforme del colegio. De pronto, comienza una música suave y una bailarina vestida de blanco realiza una danza. Se tira al suelo e intenta levantarse con movimientos cortados. En el piso también yace inmóvil otra mujer de vestido azul. Algunas poses se asemejan a una escena de homicidio: la mujer quieta, boca abajo, en medio de la gente. La mayoría de mujeres víctimas de homicidios ocurridos entre enero y octubre del año pasado fueron encontradas en la calle, de acuerdo con información del Sistema Interactivo de Avisos de Violencia de Género (SIAVG).

“Cada muerte nos va a doler. Pero deben hacerse análisis diferenciados de feminicidios y homicidios, porque aunque los feminicidios sean menos, eso no quiere decir que los hombres están siendo asesinados por las mismas razones que las mujeres”.

Performance. La bailarina Paola Lorenzana interpreta una pieza denunciando la violencia contra las mujeres en una marcha nocturna del 7 de marzo.

En medio del público, una actriz vestida de blanco empieza a leer una lista de casi 200 nombres. Esta lista fue un tema de discusión hace dos días. Quienes planificaron la protesta nocturna aseguran que se acercaron al Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) a solicitar una lista con nombres de las asesinadas durante el año pasado. Ellas sostienen que la respuesta que encontraron es que ese instituto no lleva ese registro. Séptimo Sentido consultó al respecto al instituto y, hasta el cierre de la nota, no obtuvo respuesta.

El primer nombre que se lee en esta lista, creada a partir de la revisión de noticias de periódicos, es Katya Miranda. Ella tenía nueve años cuando fue violada y asesinada en un viaje familiar a la playa en 1999. El principal sospechoso, su abuelo, fue absuelto de los cargos. Su caso se convirtió en un símbolo de la impunidad de los delitos contra las niñas. Cuando su nombre se escucha en esta concentración, hay silencio. Hasta que Montserrat grita: “¡Ausente!”.

Así se marca la dinámica de la lectura. Por cada nombre de mujer asesinada, otras 100 responden “¡ausente!”, y la partida se hace palpable. Pasan los minutos, los nombres, las páginas y las lista de asesinadas no parece tener fin.

Sobrecogida por la cantidad de muertas, una joven de 22 años llora mientras sigue gritando por las ausentes. Rápido, se seca las lágrimas y sigue respondiendo a cada nombre. Por cada mujer mencionada, las manifestantes se acercan a la base del Monumento a la Constitución y pegan una mariposa negra sobre la pared. En cuestión de minutos la pared blanca es saturada por mariposas que conforman una gran mancha oscura.

Cuando la lista se termina, las manifestantes recogen del piso una manta que han pitando con tres palabras “Caminamos sin miedo”. Todas se forman detrás de ella y salen a la calle.

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Recorrido. Las mujeres que asistieron a la marcha “Caminamos sin miedo” realizaron un circuito cerrado de 3 kilómetros en el que se leyeron los nombres de decenas de mujeres asesinadas en los últimos años.

CADA 8 DE MARZO se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Este día sirve para conmemorar su lucha por salarios justos y condiciones de trabajo dignas. El año pasado, por primera vez, se realizó el Primer Paro Internacional de Mujeres. Este año se realizó por segunda vez una huelga internacional. Pero no todas pueden hacer huelga para exigir sus derechos.

Este miércoles 7 de marzo también marchan aquellas que no pueden hacerlo de día porque pueden ser amonestadas en sus trabajos. La marcha de ahora está enfocada en mujeres, aunque en El Salvador la gran mayoría de los asesinados son hombres.
En 2017 fueron asesinados 3,954 salvadoreños. Eso mantuvo a El Salvador como el país con la tasa de homicidios más alta de Centroamérica. Las mujeres asesinadas fueron 469. La mayoría de ellas eran jóvenes.

“Cada muerte nos va a doler. Pero deben hacerse análisis diferenciados de feminicidios y homicidios porque aunque los feminicidios sean menos, eso no quiere decir que los hombres están siendo asesinados por las mismas razones que las mujeres”, explica, a través del teléfono, Claudia Interiano, abogada experta en derechos humanos.

Para Interiano, es importante analizar los hechos de violencia desde sus causas: “Las situaciones de riesgo a las que se puede someter una mujer para que acaben con su vida son, por ejemplo, cuando se pone fin a una relación, un divorcio, al denunciar una situación de violencia y abuso sexual. Esas son las razones de riesgo por las que las matan. Y no son esas las razones por las que matan a los hombres”, comenta la experta.

Frecuencia. De acuerdo con las cifras oficiales, durante los dos primeros meses de 2018 una mujer fue asesinada cada 19 horas.

A las 7:40 de la noche, la concentración sale del redondel hacia la calle San Antonio Abad. De inmediato, aparece una patrulla policial. Un agente, tomado por sorpresa, les pregunta el motivo de la marcha. Cuando alguien le responde que es una manifestación contra la violencia, el agente comunica a través de su radio que se encargará de darle seguimiento a la actividad.

Por unos minutos, la manifestación toma la forma de una procesión religiosa y solemne. Algunas llevan velas y flores en sus manos. Con un megáfono, lámpara y listado van leyendo nombres de mujeres ya asesinadas y de manera serena, se sigue respondiendo que están ausentes. Después, la tranquilidad de la marcha se rompe y algunas comienzan a gritar en coro: “No sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”.

En octubre del año pasado, Vilma Pérez fue asesinada así: en la cara de la gente. Vilma salió con sus dos hijos hacia la subdelegación de Apopa para denunciar por maltrato intrafamiliar a su compañero de vida, José Menjívar. Él la mató antes. Le disparó en la calle, frente a sus dos hijos, de cuatro y ocho años. Menjívar huyó del lugar sin que nadie lo detuviera. Sigue prófugo.

Conforme la marcha avanza, más personas se unen a la manifestación. Hacia el final del grupo camina Frida tomada de la mano con su madre. Frida tiene siete años, estudia primer grado y a veces dice que quiere ser veterinaria. Hoy conoció a otra niña de su edad en la marcha y le ha tendido la mano para caminar junto a ella.

Natalia, la madre de Frida, dice que ha traído a su hija a la manifestación para que aprenda a luchar por ella misma, para que sepa que siempre es mejor denunciar las ofensas que guardar silencio.
El grupo llega hasta el redondel El Torogoz e inicia el camino de vuelta hacia el Monumento a la Constitución. Al llegar, quienes cargan flores y velas las colocan al pie de la base de La Chulona. Pronto se forma un altar para las asesinadas.

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8M. Concentración de mujeres en la alameda Roosevelt en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. En la marcha gritaban “Ni una menos, vivas nos queremos”.

IRENE DÍAZ ha descansado poco esta mañana del 8 de marzo. Ella tiene 37 años, es editora audiovisual y tiene una hija de 11 años. En 2017 participó en un proceso de formación para defender y conocer sus derechos. Desde entonces, empezó a platicar con más mujeres y a tener claro que había que defender hasta la memoria de quienes ya no viven.

Así llegó a Ni Una Menos El Salvador, un movimiento de sociedad civil conformado por 14 mujeres que se reúnen los sábados en asambleas y empiezan a discutir temas como el derecho a la tierra, a un salario justo y la seguridad.

Ni Una Menos es un movimiento que surgió en 2015 en Argentina para exigir un alto a los feminicidios. El caso que removió la indignación colectiva fue el asesinato de Chiara Páez, una joven de 14 años golpeada hasta morir por su novio. Tras esa muerte, el movimiento logró concentrar a 300,000 personas. Entre ellas estaba Franchesca Mata, una abogada salvadoreña residente en Buenos Aires. Mata vino al país este año y empezó a convocar a mujeres a través de internet para formar la filial salvadoreña del movimiento.

Ellas no pertenecen a ninguna ONG ni tienen financiamiento de nadie. Tienen diversas profesiones y oficios y se reúnen para hablar sobre sus problemas y los de la sociedad. “Sabemos que somos nada dentro de las organizaciones”, comenta Franchesca Mata. Ella explica que lo que buscan es visibilizar la realidad a través de sus denuncias: “Ante la indignación, la acción. Estamos cansadas y salimos de la red social a conocernos”.

Irene Díaz participó en la marcha nocturna del 7 de marzo, y 12 horas después, en la mañana del Día Internacional de la Mujer, ya se encuentra en otra actividad. Ella y otras siete integrantes de Ni Una Menos El Salvador han llegado ante la Fiscalía General de la República en Santa Elena.

Pretenden colocar una pancarta en la fachada de la FGR. La manta tiene cruces pintadas y la leyenda: “469 mujeres asesinadas en 2017”. En la fachada de este edificio hay una especie de gruta en la que hay un ángel. Después de unos minutos, colocan la manta sobre la gruta.

De inmediato, aparece un policía. En su uniforme lleva el apellido Interiano, y a pesar de que en la acera solo hay mujeres, pregunta:

—Buenos días, ¿quién es el encargado de esto?

El policía les explica lo que deben hacer: “Me van a quitar de ahí la manta y la van a poner en esa pared, al lado de la escalera”. El policía hace referencia a un paredón que sirve de división entre los carriles de la calle frente a la sede fiscal.

La pancarta lleva menos de 5 minutos colocada sobre la gruta. Las integrantes de Ni Una Menos se muestran un poco reticentes. El policía les pide que la muevan, que en el lugar que él les indica, todo se verá “bonito”. Antes de quitar la tela que ellas han pintado, las mujeres le toman fotos. El policía les advierte que la Ley de Seguridad Pública establece que “es prohibido” tomarle fotos al edificio de la Fiscalía.

Hace dos años el actual alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, montó una tarima con un equipo de sonido y movilizó a más de 1,000 personas para protestar contra el fiscal general. La concentración de entonces ocurrió en esta misma calle y frente a este mismo edificio público. En ese entonces, nadie fue desalojado.

Irene Díaz se muestra fastidiada por las indicaciones policiales. Ella dice que lo que buscan es hacer hincapié en que las autoridades estatales también tienen responsabilidad en las muertes de mujeres. El policía se apresura a responderle que sí, que él la comprende porque tiene estadísticas de “270 feminicidios”. Consultado sobre la fuente de su cifra, el policía responde que no está autorizado para dar estadísticas.
Las integrantes de Ni Una Menos obedecen al policía. Horas antes, en la calle San Antonio Abad, el grupo protestó por la desaparición de la agente policial Carla Ayala, quien este domingo cumple 73 días de desaparecida. Un policía la atacó con arma de fuego tras una fiesta navideña y huyó con su cadáver.

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UN PAR DE HORAS MÁS TARDE, EN LA ALAMEDA ROOSEVELT, EN EL PARQUE CUSCATLÁN, MILES DE MUJERES Y HOMBRES SE JUNTAN PARA INICIAR LA MARCHA OFICIAL DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER. EN ESTA PARTICIPAN ORGANIZACIONES FEMINISTAS, DEFENSORAS DEL MEDIO AMBIENTE, MUJERES TRANS, UNIVERSITARIOS, ETC.
Esta marcha es distinta a la de la noche anterior. Es multitudinaria. Hay colores, música, baile y se dirige hacia la plaza Salvador del Mundo.

La marcha no despierta mucha simpatía entre los conductores y las personas que ven su tránsito afectado. Desde un bus de la ruta 30-B, un hombre ve a las asistentes y dice que estas son “viejas gritonas y sin marido”. En una intersección de la alameda Roosevelt, cuatro hombres y una mujer en motocicleta no quieren esperar a que termine de avanzar el flujo de personas. Hacen sonar los motores de sus motocicletas e insinúan avanzar entre las organizaciones. Un grupo de mujeres se coloca, desafiante, frente a ellos. Entonces los motociclistas retroceden en su estrategia para salir del tráfico y piden que, al menos, les dejen espacio para dar la vuelta y regresar por la calle que venían.

La marcha termina al mediodía. La mayoría de personas empieza a buscar una sombra después de estar de pie y bajo el sol por al menos tres horas. Irene Díaz ha realizado dos marchas en menos de 15 horas, pero no se muestra cansada. Va cantando y portando un cartel que dice “Soy la mujer de mi vida”.

“La violencia de género, y en general la dominación de género, limita las oportunidades y condiciona la conducta y las aspiraciones de las personas, en particular de las mujeres. Y, en ese sentido, se constituyen barreras específicas para un grupo social”.

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Estado implicado. En la marcha del 8 de marzo, cientos de personas exigieron que el caso de la policía desaparecida Carla Ayala no quede en la impunidad.

ANA RUTH RAMOS SOBRESALE entre las personas que buscan un espacio de césped para sentarse y descansar en el Salvador del Mundo. Ella es una mujer de 22 años con un hijo de tres y una bebé en brazos. Marchó en el bloque del Foro Nacional de Salud. Ana Ruth lleva un manto de tela blanca en la cabeza para cubrir su cabello. Ella se congrega en una iglesia cristiana y profética. Su hija descansa sobre una manta en la grama y su hijo corretea alrededor de ella.

Ana Ruth dice que quería estudiar y mejorar su vida. Ahora sus sueños están puestos en sus hijos. Como ella es una mujer religiosa, cuenta que a veces la critican por asistir a estos movimientos de mujeres. “Ya me han dicho varias veces que a nosotros que somos cristianos no nos conviene andar aquí, pero yo les digo que no ando haciendo nada malo”.

“La violencia de género, y en general la dominación de género, limita las oportunidades y condiciona la conducta y las aspiraciones de las personas, en particular de las mujeres. Y, en ese sentido, se constituyen barreras específicas para un grupo social”, explica vía telefónica el Dr. Manuel Sánchez, economista y experto en temas de desarrollo humano.

En El Salvador las mujeres tienen menos acceso a educación y salarios justos. Y esta no es una percepción, está probado estadísticamente. Por ejemplo, la tasa de analfabetismo de la población femenina es de 12.5 %, mientras que la de hombres es del 8.8%, de acuerdo con la Dirección General de Estadísticas y Censos (DIGESTYC). Además de tener menor escolaridad, las salvadoreñas ganan menos que sus contrapartes masculinas. Un ciudadano que ha estudiado más de 13 años tiene, en promedio, un salario que sobrepasa los $600, mientras que el pago que recibe una mujer con el mismo nivel de educación es de $516.33, según la DIGESTYC.

Ana Ruth no tuvo oportunidad de estudiar. Mientras se come unas pupusas, cuenta que su madre murió cuando ella era pequeña y quedó sola con su padre, quien la maltrató. Por eso, aunque era menor de edad, dejó la casa de su papá para trabajar como niñera en San Salvador.

Cuando cumplió los 18 años se acompañó con un muchacho y dejó de trabajar para empezar a criar hijos propios. Hoy dice que marcha para protestar contra el maltrato: “A nosotras siempre nos faltan al respeto. Hay hombres que se quieren aprovechar de una o los mismos padres la quieren golpear, violar. Yo ya pasé por eso y no quisiera que las demás mujeres pasen lo mismo, porque ya sufrí”.

Al lado izquierdo de Ana Ruth, a solo unos metros de donde su hija duerme, está colocada una tarima desde la cual se saluda a los últimos bloques de hombres y mujeres que llegan al final de la marcha. Por una mañana, una calle de San Salvador fue el escenario para que más de 1,000 mujeres pudieran caminar sin miedo.

Los adultos mayores de un Estado negligente

Beneficiario. Humberto Torres tiene 82 años. A los 13 aprendió el oficio de sastre. Tiene hijos, pero viven en el exterior. Fue operado de los ojos y ya no pudo seguir trabajando.

María es persuasiva y coqueta. Se ríe mucho y sus ojos negros persiguen vivaces cualquier movimiento dentro de su cuarto. Sus amigas dicen que tiene 98 años y otros dicen que tiene 94. Ella no lo sabe precisar. Esta tarde lluviosa está acostada en una cama porque se rompió la cadera y está en recuperación. Cuando ve que un hombre de pelo entrecano entra a su dormitorio, pone en práctica su estrategia. Lo llama para que se acerque, lo toma de la mano, le sonríe y le pide una cosa: pollo frito.

La táctica es recurrente, cuentan. “La Mariyita”, como le dicen aquí, siempre quiere comer lo mismo. Y, aunque lo primero que encuentra ante sus súplicas es un no, el hombre cede y manda a alguien a comprar un pedazo de pollo a un negocio cercano. Él no es un familiar o amigo. Es Rizzieri Luzzi, el encargado del dormitorio público de la Fundación Salvadoreña de la Tercera Edad (FUSATE) de Santa Tecla.

María llegó a este lugar porque se quedó sola. La historia de vida que suele contar es así: Su esposo era soldado en Chalatenango. Ella trabajaba como niñera. Tenían tres hijos. Durante “la guerra de los ochenta” murieron sus hijos y su pareja. Dice que ellos nunca se hicieron una mala mirada y se quisieron “del alma”, que hoy ya se conforma porque ha gozado bastante en la vida.
Que los adultos mayores se queden sin casa o familia no es una situación inusual. De una muestra de 2,000 adultos consultados por el Gobierno, el 46 % respondió que vive solo o con amigos. El 83 % expresó no contar con vivienda propia.

La cifra de adultos mayores en el país alcanza los 808,000, lo que representa al 12.4 % de la población salvadoreña. Se cree que ese porcentaje crece 0.5 % anualmente. Y el grupo etario de adultos mayores que más ha crecido es el de quienes sobrepasan los 80 años. Además, hay cerca de 2,000 personas mayores de 100 años. Así lo asegura la Dirección de Personas Adultas Mayores de la Secretaría de Inclusión Social (SIS).

A pesar de que en la actualidad El Salvador es un país joven, si las tendencias se cumplen, el escenario cambiará en los próximos años. La sociedad está envejeciendo. La SIS explica que actualmente hay un promedio de 16 personas jóvenes por cada adulto mayor, pero, de acuerdo con las estimaciones de la región, en 50 años la proporción será de dos jóvenes por cada persona de la tercera edad.

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Capacidad. La gran mayoría de los beneficiarios del dormitorio son hombres. El centro tiene espacio para 93 personas.

EL ACCESO A VIVIENDA DIGNA NO ESTÁ GARANTIZADO

La Ley de Atención Integral para la Persona Adulta Mayor, publicada en 2002, indica que la vivienda adecuada es un derecho fundamental de las personas. Y no solo eso, reconoce que en caso de desamparo o abandono, le corresponde al Estado la atención de adultos mayores.

Pero la realidad no coincide con el papel. En la práctica, los protagonistas de esta labor son las ONG, las fundaciones sin fines de lucro y las iglesias. Jennifer Soundy, titular de la Dirección de la Persona Adulta Mayor, considera que la ley vigente es débil. Y que eso se pone en evidencia porque la ley “no establece mecanismos de sanción por incumplimiento de los derechos”.

Si se tiene conocimiento de un hogar de ancianos que no cumple con los requisitos de limpieza o cuidado adecuados, Soundy asegura que no existe una manera de que el Consejo Nacional de Atención Integral a los Programas de los Adultos Mayores (CONAIPAM) pueda cerrarlo definitivamente.

“Muchos centros de atención se abrieron sin regulaciones y funcionan sin regulaciones, pero la Corte Suprema de Justicia es muy clara en decir que si se quiere sancionar, eso tiene que estar dicho. Una ley tiene que decir de cuánto es la sanción, el proceso para ponerla y cómo esa persona puede apelar de una resolución sancionatoria. La ley le pone una facultad al CONAIPAN, pero no le da el debido proceso para hacerlo y entonces, por mucho que yo vaya y vea una cosa terrible en un hogar, como CONAIPAM no lo puedo cerrar porque no existe un procedimiento legal para hacerlo”, argumenta la directora.

A su juicio, uno de los logros más grandes del país en términos de legislación es la presentación de la Política Pública de la Persona Adulta Mayor el año pasado. Sin embargo, por su naturaleza, su impacto es más reducido del que tendría una ley nacional y solo las instituciones que pertenecen al Órgano Ejecutivo son las responsables de aplicarla.

Pertenencias. Para mantener el orden, FUSATE brinda a sus beneficiarios un espacio limitado en el que pueden guardar su ropa y los recuerdos de toda una vida.

En 2016 se presentó un nuevo anteproyecto de ley para beneficiar a personas de la tercera edad ante la Asamblea Legislativa. La encargada de estudiarla es la comisión de la familia, niñez, adolescencia, adulto mayor y personas con discapacidad. Casi dos años después de haber sido presentada, la comisión no la ha aprobado. Que el estudio de esta ley va “caminando”, se limitó a expresar el diputado Rodolfo Parker, a través de una aplicación de mensajería móvil. Él es presidente de la comisión y afirmó que la ley se aprobará en la legislatura presente, pero hasta después de las elecciones de alcaldes y diputados.

En un escenario donde ni siquiera el marco legal que protege a los adultos mayores está claro, solucionar el tema de vivienda para ellos no parece ser prioridad. El Estado cuenta en San Salvador con el Centro de Atención a Ancianos Sara Zaldívar, pero en ese espacio, asegura Rizzieri Luzzi, el administrador del dormitorio público de Santa Tecla, solo “llegan personas que ya no se pueden valer por sí mismas”.

La situación es diferente en este centro tecleño. Un ejemplo de ello es Baudilio Miranda, un beneficiario del lugar. Tiene 67 años y sobre el cuello lleva un juego de llaves de las puertas de este centro. Él hace trabajo voluntario en el dormitorio. Tiene un cuaderno donde, a diario, anota quién llega al lugar y el motivo de la visita. Sostiene que desde las 4 de la tarde hasta las 8 de la noche está encargado del portón principal. Terminado su turno, procede a cobrarle $0.50 a los demás beneficiarios. Veinticinco centavos de dólar son por el derecho al uso de baños y los otros $0.25 corresponden al derecho de cama.

“FUSATE es una institución que vive con base en donaciones, huérfana del apoyo estatal”, afirma Luzzi. En este centro los adultos mayores pueden salir cuando lo deseen, siempre que sea de día. Entre ellos hay quienes todavía se encuentran hábiles para realizar una actividad que represente un ingreso económico. Y es que, en teoría, para poder quedarse en este lugar es necesario que las personas sean independientes.

El administrador de este centro asegura que, en realidad, no todos los ancianos pueden conseguir los $0.50 diarios y que, al contrario, la mayoría no los paga. Conseguir esa cantidad no es tarea sencilla en esta etapa especialmente vulnerable de la vida. Por ejemplo, hay un hombre que vende sorbetes en un carretón, pero no sin molestias. Usa unos guantes negros sobre las manos que empujan su venta para protegerse. La escena puede parecer extraña, hasta que él la explica: “El sol me molesta cuando me pega aquí, me salen ronchas”.

En su afán de conseguir monedas para el día a día, algunos venden agua en bolsa en el mercado municipal o en las calles aledañas. Otros piden dinero en la calle, unos comercian medicinas y hay hasta músicos que cobran por tocar canciones en una guitarra. Aunque este centro es ocupado por 93 personas, el administrador asegura que la cantidad de monedas que se recibe como contribución de los beneficiarios es mínima: “A veces son $5, a veces son $6”.

Rizzieri Luzzi asevera que ese dinero se ocupa como caja chica y sirve para pagar la factura del agua para este casi centenar de personas. El administrador recalca: “Aquí veo las necesidades del adulto mayor, que está abandonado. Aquí no existen entidades estatales que se dediquen a favor del adulto mayor”.

“Una ley tiene que decir de cuánto es la sanción, el proceso para ponerla y cómo esa persona puede apelar una resolución sancionatoria. La ley le pone una facultad al CONAIPAN, pero no le da el debido proceso para hacerlo y entonces, por mucho que yo vaya y vea una cosa terrible en un hogar, como CONAIPAM no lo puedo cerrar porque no existe un procedimiento legal para hacerlo”, argumenta la directora.

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SIN EDUCACIÓN, EL FUTURO SE NUBLA

“Ya vas, vas Barrabás, ya vas”, canta un hombre de cabello largo y blanco sobre una tarima. Una mujer con una camisa de estampado de tigre no puede contener la energía y se sube, de manera improvisada, a bailar junto al cantante esta canción de rock and roll. La música suena a todo volumen en el cuartel El Zapote, de San Jacinto. Sobre la tarima está la razón de este salto de euforia entre un grupo de señoras de la tercera edad. Luis López, conocido como “el Monseñor del Rock”, se agacha, toca una guitarra imaginaria, hace muecas rudas con la cara, mueve la cadera, levanta una pierna y recorre el escenario con sus mejores movimientos al estilo de Elvis Presley.

Este miniespectáculo de Luis López se realiza en el festival Acercando Generaciones, un evento de la SIS para celebrar el Mes del Adulto Mayor. Con solo tres canciones Luis López logra animar a su público. Cuando baja del escenario, algunas señoras llegan a saludarlo y a pedirle fotos. Mientras espera para irse del lugar, él comenta que la calidad de vida del adulto mayor “depende de cómo fue su vida cuando joven. Muchos tienen una vida holgada, pero la mayoría de adultos mayores yo creo que están desprotegidos porque no hay leyes que los protejan realmente. No hay instituciones que se preocupen por ellos”.

Reina. María cuenta que fue reina de la tercera edad hace algunos años. En el centro recibe visitas de iglesias y voluntarios que realizan manualidades o brindan plática y compañía a los adultos mayores.

A López se le pregunta si no es una contradicción decir que no hay instituciones que se preocupen por el adulto mayor cuando, precisamente, acaba de cantar en un evento dirigido a personas de la tercera edad. “El Monseñor del Rock” no duda en contestar.

“Este es un dulcito. ¿Cuántos adultos mayores hay en el país? Y mire cuántos hay aquí. Si es que el problema no es de darles un dulcito. El problema es de darles la oportunidad de ser productivos aunque estén viejos. Debería haber talleres vocacionales en todo el país. Y tampoco hablo de eventos. Estoy hablando de una oportunidad real de trabajo. Una oportunidad en la que el adulto mayor se pueda desarrollar hasta que muera”.

A solo unos metros del escenario camina Marta Jiménez, una mujer pensionada de 70 años. Se pasea entre las mesas que se han colocado en este evento dentro del cuartel. Dice que siempre busca mantenerse ocupada y aprender cosas nuevas.

Marta pide algunos folletos de las mesas de información de servicios en este evento y hay uno que le llama especialmente la atención. Es el que se refiere al bachillerato virtual. Cuenta que fue secretaria durante 30 años y que sabe manejar las máquinas de escribir y las computadoras, pero que su pensión no le alcanza para cubrir sus gastos y que consigue vivir con la ayuda que le dan sus hijos. Luego dice que hoy quisiera sacar el bachillerato e ir a la universidad porque nunca pudo conseguir su sueño de ser abogada especializada en derechos humanos.

El Informe sobre Desarrollo Humano 2013 de Naciones Unidas reveló que en El Salvador no existe movilidad social, es decir, que la mayoría de sus ciudadanos permanece en la situación económica de la familia en la que nacen. Romper los círculos de pobreza en cualquier etapa de la vida es una tarea difícil. La educación, por tradición, ha sido vista como la mejor herramienta para salir de esos círculos. Pero conseguirla a una edad avanzada, no es tarea sencilla.
El 31.9 % de los adultos mayores de El Salvador son analfabetas, de acuerdo con cifras oficiales. Y si la población de la tercera edad es de 808,000, eso significa que al menos 257,000 de ellos no saben leer ni escribir. Además, “entre las personas de 60 años y más, la tasa de analfabetismo es 11.7 puntos porcentuales mayor en mujeres que en hombres”.

Esa disparidad sirve para explicar por qué dentro de los círculos de alfabetización para adultos del Ministerio de Educación las mujeres doblan en cantidad a los hombres que se inscriben para aprender a leer y escribir en su tercera edad. En 2016 fueron 2,555 hombres y 4,797 mujeres. El año pasado la tendencia se mantuvo y fueron alfabetizados 2,853 adultos mayores hombres y 5,570 mujeres.

En cambio, la cantidad de adultos mayores que son voluntarios para alfabetizar es muy reducida. En todo el país, durante 2016 hubo 31 hombres mayores enseñando a leer y escribir y 29 mujeres. En 2017 la cifra se redujo aún más y solo fueron 24 hombres y 20 mujeres.

El acceso a la educación influye en los tipos de trabajo a los que las personas pueden optar. Y es ese trabajo el que, en buena parte, define la calidad de vida que tienen los adultos en su vejez. Por ejemplo, las personas que viven en el dormitorio público de Santa Tecla no son beneficiarias de ninguna pensión. Durante sus años productivos la mayoría realizó trabajos de oficios domésticos o servicios informales. Aquí hay sastres, pequeños comerciantes, y entre los pasillos también se escuchan historias de artistas, músicos y futbolistas que al llegar a la vejez no contaron con ningún sistema de respaldo.

Los adultos mayores dentro de un sistema de trabajo formal y sus beneficios son minoría. Desde 2014, en promedio, son 27,000 los hombres mayores de 60 años que cotizan al régimen de salud del ISSS y la cifra de mujeres se queda cerca de los 10,000. La cotización de estas personas representó hasta septiembre del 2017 un 3.72 % de la cifra total.

El Programa de Pensión Básica Universal consiste en una ayuda económica para personas mayores de 70 años que no se encuentran pensionadas. De acuerdo con documentos del Gobierno, esta es entregada a 32,800 personas. El monto que los beneficiarios reciben es de $50. Pero esa cifra contrasta con el precio de la canasta básica que, hasta diciembre del año pasado costó $137.84 en la zona rural y $200.39 en la zona urbana.

El acceso a la educación influye en los tipos de trabajo a los que las personas pueden optar. Y es ese trabajo el que, en buena parte, define la calidad de vida que tienen los adultos en su vejez. Por ejemplo, las personas que viven en el dormitorio público de Santa Tecla no son beneficiarias de ninguna pensión. Durante sus años productivos, la mayoría realizó trabajos de oficios domésticos o servicios informales. Aquí hay sastres, pequeños comerciantes, y entre los pasillos también se escuchan historias de artistas, músicos y futbolistas que al llegar a la vejez no contaron con ningún sistema de respaldo.

Info
Educación y alfabetismo

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Asistencia estatal. La Ley de Atención Integral para la Persona Adulta Mayor asegura que cuando la familia no se responsabilice de sus adultos mayores, el Estado debe garantizar su atención.

EL DERECHO AL BIENESTAR EMOCIONAL

Tener acceso a una pensión por jubilación también significa poder ser beneficiario de otros programas ocupacionales. Implica tener una mayor oportunidad de crear un círculo social amplio y de conseguir apoyo emocional fuera de la familia. Por ejemplo, el ISSS cuenta con siete centros de Atención de Día. Estos son espacios donde los adultos mayores se reúnen y toman clases de actividades como repujado, yoga, baile o telares. Algunos adultos pasan todo el día ahí y se reúnen con sus amigos antes de volver cada noche a sus casas.

El Centro de Atención de Día del ISSS de la colonia Layco, una casa a la que asistían cerca de 100 personas, se quemó a finales de enero. Cuando se visita este espacio, lo único que se encuentra es un portón cerrado y un encargado que cuenta que el incendio ocurrió un sábado -día en el que no había nadie– y que, probablemente, se debió a un cortocircuito.

Ahora los beneficiarios de ese centro fueron trasladados a la cuarta planta del Policlínico Zacamil, donde reciben sus talleres. A diferencia del Centro de Atención, los adultos mayores no pasan todo su día en talleres y platicando con sus amigos. Asisten a una clase que les interesa y regresan a su casa. El hospital les cede el espacio del auditorio y, si los adultos mayores quieren aprender algo, se organizan entre ellos mismos para conseguir maestros y sus propios materiales.

La socialización y que las personas se sientan parte de una comunidad es vital para la salud integral de los adultos mayores. El Ministerio de Salud registró que el año pasado atendió a 13,000 adultos mayores por ansiedad y a 7,000 por depresión. Ese número de atenciones incluso sobrepasa a las que fueron brindadas para tratar padecimientos como la demencia.

El bienestar emocional de las personas de la tercera edad es reconocido como una prioridad. La consulta de la Política Pública de la Persona Adulta Mayor reveló que el principal derecho que los adultos mayores exigen, incluso antes que el acceso a una pensión y vivienda digna, es “el cuidado que deben recibir con amor y buen trato”.

Ingreso económico correcto

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EL SISTEMA DE SALUD PÚBLICA NO ES SUFICIENTE

Sin pensiones. Al menos el 80 % de los adultos mayores del país no tienen acceso a ningún tipo de pensión. Algunos se dedican a trabajos varios e informales para poder sobrevivir.

Ya que la mayoría de salvadoreños de la tercera edad no cuenta con Seguro Social, recibe sus atenciones médicas a través de las redes de establecimientos del Ministerio de Salud. La ley de Atención Integral a las Personas Adultas Mayores reconoció hace 16 años que la atención médica geriátrica es un derecho fundamental de los adultos mayores; sin embargo, este no se cumple.

En El Salvador, una persona de edad avanzada y de recursos económicos limitados no puede recibir tratamiento especializado según su condición etaria. “El ministerio no cuenta con geriatras en sus estable cimientos, hay personal que ha sido preparado con diplomados y cursos en geriatría, pero no especialistas”, respondió la Dirección de Desarrollo de Recursos Humanos del MINSAL a través de una solicitud de información pública.

En El Salvador sí hay geriatras en el ejercicio privado. Estos son médicos que han realizado sus estudios en el extranjero ya que la especialización no existe dentro del país.

Las principales causas de muerte de adultos mayores durante los últimos cuatro años han sido infarto, insuficiencia renal crónica y neumonía. Annette Chicas, médica general y estudiante de una maestría en gerontología en línea, explica que para el tratamiento médico de una persona de la tercera edad “se necesita un doctor especializado”. De acuerdo con la profesional, al no contar con esta atención, “muchas veces se retrasa el diagnóstico y esto entorpece el pronóstico”.

“Hemos tratado de meterlo en varias universidades, no ha habido respuesta”, dice Jennifer Soundy, la titular de la Dirección de la Persona Adulta Mayor de la SIS, y asegura que cuentan con los planes de estudio de una maestría en gerontología. Luego explica que la búsqueda de esa especialización es “un salto cualitativo que tiene que hacer el MINSAL. La SIS no puede asumir los roles de todos los demás ministerios”. Soundy comenta que el año pasado la institución en la que trabaja otorgó 42 becas para un diplomado en atención geriátrica, pero solo 35 profesionales lo completaron.

Soundy denuncia ciertas acciones dentro de los hospitales que, a su juicio, están normalizadas y son violentas para la población de adultos mayores. Habla sobre la sujeción, una técnica que consiste en amarrar a las personas a las camas: “Esta es una práctica hospitalaria terrible. La excusa que le van a dar todos es que es por tema de seguridad. Para que no se caiga de la cama, pero está comprobado que muchas veces la pita con la que amarra puede ahorcar a una persona, puede lesionarla, fracturarla. Es más peligroso el remedio que la enfermedad. Y muchos de estos temas de sujeción no están regulados, o sea, hasta el ordenanza puede atar”.

También considera que otras prácticas hospitalarias de rutina, como la sola entrega del alimento, son insuficientes ante las necesidades de la vejez: “Vaya un día a un hospital y pregunte si les dan de comer, porque esa no es la práctica. Si es alguien que no puede comer por él mismo, dejarle el plato ahí es igual que no darle de comer, ¿no?”.

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CUANDO NO HAY RED DE SEGURIDAD

Joselino Ayala tiene 61 años, una manta gruesa, una mochila y una botella con agua. Eso es lo único que posee. Él duerme en una calle del centro de Santa Tecla. Es de apariencia ruda y cabello enmarañado. Hoy tiene la mirada perdida y está acostado en el suelo con las manos cruzadas sobre el pecho. Le duele una muela. A diferencia de los hogares de ancianos donde reina la música, en la acera donde Joselino duerme solo se escucha el pasar de los buses y los camiones.

Joselino es serio, pero a los 10 minutos de plática, cuando se le pregunta cómo hace para conseguir comida, los ojos le empiezan a brillar. A los pocos segundos, sus ojos no pueden contener las lágrimas que empiezan a acumularse. Joselino sigue hablando. La voz no se le quiebra y mantiene un gesto estoico. “De todos modos, qué voy a hacer, así me toca”, dice.

Él narra que cuando era joven tuvo parejas, pero que nunca pudo tener hijos. Cuenta que desde hace un par de años, cuando murieron sus padres, quedó en la calle. Pero asegura que aquí, en la calle, no le pasa nada. En un par de minutos repite cuatro veces esa misma frase, casi como un mantra.
La población de adultos mayores no está exenta de los golpes, homicidios y violencia sexual que colman los noticieros de El Salvador. La Fiscalía General de la República registró que en 2017 fueron asesinadas 192 personas mayores de 60 años. Además, desde 2014 hasta mediados de diciembre, se tuvo conocimiento de 3,012 adultos mayores denunciando un hurto ante la Policía y 3,096 denunciando amenazas.

“La persona adulta mayor es una de las víctimas más silenciosas de la violencia. Esta se manifiesta desde agresiones físicas y sexuales hasta formas más sutiles, como la negligencia o el abandono”, se asegura en la Política Pública de la Persona Adulta Mayor.

En 2016, una decena de adultos mayores fue evaluada por el Instituto de Medicina Legal por sospechas de violencia sexual. En 2017 la cifra aumentó y fueron 22 las personas evaluadas por el mismo motivo. Las agresiones no paran ahí. Hace dos años esa misma institución evaluó a 641 personas de la tercera edad por maltrato físico y el año pasado la cifra subió hasta rozar los 700.
“Aunado al silencio que generalmente encubre los escenarios de violencia contra mayores, los mecanismos de protección resultan ineficientes, lentos y burocráticos para la protección efectiva”, también se lee en la política.

“La persona adulta mayor es una de las víctimas más silenciosas de la violencia. Esta se manifiesta desde agresiones físicas y sexuales hasta formas más sutiles, como la negligencia o el abandono”, se asegura en la Política Pública de la Persona Adulta Mayor.

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ENVEJECER COMO QUIEN RECOGE FLORES

“En nuestro país no hay conciencia de que va a llegar un día en que todo mundo envejece. Cuando era joven miraba a las personas mayores y pensaba que yo jamás iba a llegar a eso y… sucede”, narra Rizzieri Luzzi, el hombre de pelo entrecano y administrador del dormitorio público de FUSATE en Santa Tecla. A su juicio, faltan políticas que permitan visualizar a la senilidad como un período en el que se recogen los frutos sembrados de una vida entera.

“La vejez es una parte integral e importante de nuestro ciclo como seres humanos, la cual debe ser valorada, como todas las otras etapas de nuestras vidas. La vejez no debe ser sinónimo de pérdida de derechos, sino que debe ser sinónimo de respeto y sabiduría”, dijo Vanda Pignato en un evento realizado para los adultos mayores el 25 de enero de este año. A pesar de los reconocimientos institucionales, El Salvador aún tiene un largo recorrido para reivindicar a sus adultos mayores.

El Estado le ha fallado a sus ciudadanos y en una misma consulta realizada gubernamentalmente, las personas de la tercera edad manifestaron que las entidades a las que les tienen más confianza son las iglesias.

Una de las internas con edad más avanzada del dormitorio público de FUSATE, María, confía también en las iglesias. Estas son las que han procurado sus comidas en el dormitorio durante los últimos años. En este tipo de espacios la principal ayuda no es estatal, sino que proviene de la caridad.

María, quien alguna vez trabajó como niñera, ahora sobrevive gracias al cuidado de otros. Es necia y, así como pide pollo, a veces pide que le ayuden a levantarse y la dejen caminar aunque tiene la cadera quebrada. Y cuando nadie le ayuda porque eso contradice las indicaciones del doctor, se para ella sola e intenta caminar sosteniéndose entre camas y paredes.

Esta tarde lluviosa de febrero está acostada y tranquila en su cama. En su pared hay recortes de corazones rojos y ella está de buen humor. Cuenta que a veces mira en sueños a su cónyuge ya fallecido: “Pero a mi esposo lo revelo como que es un muchachito así… contento. ‘Mirá, amor –me dice–, no te aflijás. Nosotros estamos bien allá. Y dentro de poco vas a llegar vos’. Están cortando flores, flores así, los manojos. Viera qué bonito. Yo por eso no me aflijo”.

Sin vivienda. El 83 % de los adultos mayores consultados para la realización de la Política Pública de la Persona Adulta Mayor dijo que no contaba con vivienda propia en la cual habitar.