Retando estereotipos

Un estereotipo, según la Real Academia Española de la Lengua, es una “idea o imagen aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”. Los estereotipos se generalizan rápidamente porque nos facilitan colocar en grupos o categorías a las personas con las que nos relacionamos o con las que evitamos hacerlo.

Si observamos los estereotipos más comunes en El Salvador, será fácil explicar por qué nos debatimos en el estancamiento, la polarización y la desconfianza que evitan que alcancemos acuerdos. Algunos de estos son: “todos los políticos son corruptos”, “todos los pandilleros son delincuentes y no pueden aprender a trabajar”, “este país no tiene solución”, “los ricos son malos y los pobres son haraganes”.

Creo que es vital cuestionar las creencias a las que les decimos que “sí” ciegamente y promover una actitud de “librepensador” como la que impulsaba Tolstói, lo que nos facilitaría comprender por qué este país y muchas familias se hunden en la indolencia, la violencia y el abuso. Según pensaba ese escritor ruso, “los librepensadores son aquellos que están dispuestos a utilizar sus mentes sin prejuicios y sin miedos a fin de comprender cosas que chocan con sus propias costumbres, privilegios o creencias. Este estado mental no es frecuente, pero es esencial para el pensamiento correcto, que, en caso de estar ausente, la discusión tiende a ser peor que inútil”.

Recientemente participé en un ejercicio para retar estereotipos. Y conversé, por primera vez en mi vida, con una expandillera. La experiencia consistía en escuchar sin juzgar. Al permitirme estar presente para esta persona, pude aproximarme mínimamente al dolor que ha tenido que atravesar y comprender muchas de las decisiones que tomó en su vida.

Fue una niña que pronto conoció la violencia en un hogar en el que fue testigo y víctima de maltrato físico y abuso de parte de su papá. El horror de su experiencia familiar la empujó a buscar una relación con un hombre mayor creyendo que con él encontraría protección y cariño, pero esa relación resultó ser más de lo mismo. Su vida fue huir de situaciones de violencia a las que se vio expuesta constantemente, terminando en una pandilla en donde la crueldad solo fue en aumento.

Dos situaciones inesperadas, un embarazo y la cárcel representaron para ella el inicio de un largo viaje de confrontación personal que la llevaría a buscar una salida definitiva al ciclo de violencia en el que había vivido. Su proceso fue difícil: limpiarse del consumo de drogas; obtener ayuda médica y psicológica; pedir permiso en la pandilla para lograr su libertad; y, lo más complejo, buscar el perdón de sus hijos y aprender a vivir con la culpa por el daño que les había causado su abandono.

El precio que pagó por buscar afecto y seguridad fue demasiado alto. Y aunque ha reconstruido su vida, el dolor y la culpa persisten porque señala que aún no se ha perdonado por el daño que causó a otros.

A los salvadoreños nos urge poner bajo la luz esos conceptos a los que les hemos dicho que “sí” a ciegas y tener presente que al centro de cada individuo se encuentra un ser humano que ha sufrido, que siente, que intenta vivir mejor y ser feliz. Sus métodos pueden estar errados y sin duda que la ley y la justicia deberían operar en donde aplique, pero no debería negársele una nueva oportunidad a alguien que realmente desee cambiar, sino más bien debería proveérsele de los medios para intentarlo, si queremos un país que alcance verdaderamente la paz.

Uso equilibrado de redes sociales, un modelo

Las redes sociales irrumpieron en nuestra vida y en menos de 20 años han modificado la forma en cómo nos comunicamos, hacemos negocios y nos relacionamos. Con esa revolución también llegaron las crisis y los problemas.

Vivimos en la era de la información y de la transparencia. Casi todo está disponible en la web, y hemos actuado inocentemente al compartir ideas y datos, facilitándoles a quienes saben cómo manipular esas referencias para su uso en campañas políticas y comerciales.

Afortunadamente tenemos información acerca del impacto de esas herramientas. Por ejemplo, sabemos que nuestros cerebros están desarrollando nuevas y superficiales “avenidas” neuronales que afectan la capacidad de concentración, debido a la posibilidad que ofrece internet de saltar de un vínculo a otro. Asimismo, a muchos niños se les dificulta experimentar empatía debido al excesivo uso de dispositivos móviles que bloquean el ejercicio de sus habilidades para relacionarse y percibir lo que otros sienten.

Problemas de reputación y conflictos en las relaciones de pareja, personales y profesionales son el día a día de las redes sociales. Compartimos en exceso nuestra información y creemos que eso es comunicación, o que vamos a cambiar al mundo expresando lo que pensamos, aunque ello no implique la movilización requerida para modificar la realidad que está fuera de esos espacios.

La comunicación es un tema complejo. Antropólogos y otros científicos han demostrado que las peores herramientas para comunicarse son los mensajes de texto y las redes sociales, porque afectan la percepción de aspectos vitales para que se produzca una comunicación efectiva, como el tono de voz y el lenguaje no verbal.

En la búsqueda por entender a quienes hacen un uso equilibrado de redes sociales, modelé a individuos a través de herramientas de programación neurolingüística y neurosemántica.

El modelaje es utilizado en “coaching” para identificar elementos clave que utiliza una persona que se desempeña con excelencia en una determinada actividad. Al aplicarlo se obtiene una fórmula que establece qué hace, qué siente, qué se dice, en qué entornos lo hace, así como valores y propósitos profundos de ese individuo. Esas pautas pueden utilizarse luego para el desarrollo de otras personas.

En el proyecto definí que el “uso equilibrado” de redes sociales se daba cuando una persona era capaz de divertirse o informarse con ellas, y tenía a la vez la capacidad de guardar, sin experimentar angustia, su dispositivo móvil para dedicarse a otras actividades, como sus responsabilidades laborales, o para pasar tiempo de calidad con sus relaciones más significativas.

Encontré que estas personas tienen características similares: disfrutan de esas herramientas porque les permiten conectar con otros y descubrir contenido valioso. Además, les facilitan enterarse de noticias de interés para ellos. Tienen claro que la “vida” en esos espacios es irreal, que las redes sociales son solo herramientas y que pueden ser adictivas si no se está consciente de sus ventajas y desventajas. Y creen que al hacer un uso excesivo se generan conflictos innecesarios que afectan su entorno, su reputación y sus familias.

También, mantienen un diálogo interno que pone por encima los valores que han escogido para sus vidas: aprecio de la intimidad, cuido de sus familias, y la aspiración de ser percibidos como individuos inteligentes, equilibrados y que evitan el exhibicionismo. Estos valores facilitan poner a un lado esas herramientas cuando es necesario dedicarse a otras actividades.

Es innegable el impacto y las posibilidades que ofrecen las redes sociales. Pero para aprovecharlas, es aconsejable equilibrar el uso que hacemos de ellas. Para esto es vital definir por qué las utilizamos, cuáles son nuestros valores, así como estimar potenciales riesgos en su uso excesivo.

De niñas y mujeres

Existen ideas y conceptos alrededor de lo que significa ser niña y mujer en este país que afectan negativamente nuestro desarrollo como sociedad. En pleno siglo XXI, tenemos demasiadas víctimas que padecen a causa de estas suposiciones, las cuales pocas veces son puestas bajo la luz para verificar su validez.

El machismo y la violencia de género, que aceptamos y alimentamos, y que son parte de la cultura salvadoreña, bloquean un desarrollo saludable y equilibrado en el que las niñas y mujeres puedan realizar sus sueños.

Esos aspectos de nuestra cultura comprenden ideas acerca de los roles, posibilidades y opciones que le corresponden a una mujer, y que son aceptados por la mayoría. Estos, con la práctica y el tiempo, se han convertido en marcos de pensamiento, principios y valores que habitan en la mente de los ciudadanos y que son actuados consciente e inconscientemente.

Basta ver algunos indicadores, como las estadísticas de abuso sexual o las de salarios de hombres y mujeres, o echar un vistazo a aspectos legales como el que permite a un hombre que ha abusado sexualmente de una menor evadir la cárcel si decide casarse con ella, para tener una idea del terreno en el que estamos parados.

En una publicación de esta semana, LA PRENSA GRÁFICA señaló que en 2016 “ocurrieron cinco casos diarios de violencia sexual contra niñas o adolescentes, según Medina Legal”. De acuerdo con datos de la Fiscalía General de la República, desde 2003 hasta junio de este año se han registrado “un total de 20,140 delitos de violación en menores de 15 años”. En el 80 % de los casos, los agresores fueron familiares o conocidos.

Por otro lado, en el tema económico, la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC) reveló, en un informe de 2010, que los hombres ganaban un promedio de $45.36 más que las mujeres, y que el salario promedio de estas últimas, en ese año, había sido un 15.5 % inferior al de un hombre.

Estos datos reflejan una parte de la realidad, pero difícilmente muestran los verdaderos impactos emocionales a los que se enfrentan niñas, adolescentes y mujeres, que crecen en ambientes que aceptan e incluso promueven ese tipo de situaciones, sin que se cuestione casi nunca su validez.

Si no cuidamos y desarrollamos las potencialidades de nuestras niñas, ¿cómo esperamos que desarrollen una adultez sana y equilibrada?  

Es urgente acelerar el cambio cultural acerca de lo femenino, por el bienestar de las niñas y por el desarrollo equilibrado de las mujeres y de la sociedad entera. Sin embargo, no existe una fórmula mágica. La solución es un proceso que ha iniciado y que tomará tiempo.

Esa solución requerirá reflexión y discusión en todos los espacios posibles, así como una educación profunda sobre las formas saludables de entender y vivir los roles de hombres y mujeres.

Tenemos la necesidad impostergable de poner luz sobre esas ideas aberrantes que las estadísticas y las historias de niñas y mujeres abusadas o con muy pocas oportunidades, nos muestran. Solo así comprenderemos cómo esos conceptos que hemos validado por siglos alimentan esta cultura de violencia y abuso que mantenemos.

Solo cuestionando a fondo lo que creemos acerca de las niñas y de las mujeres podremos reducir las historias que tanto duelen, pero sobre todo garantizarles y garantizarnos un futuro mejor como sociedad.

Convivir con las ideas diversas

En El Salvador tenemos malas costumbres, muchas de ellas relacionadas con la ausencia de una educación integral que desarrolle individuos con pensamiento crítico, capaces de lidiar, en un marco de respeto, con ideas diversas.

Se nos educó para la obediencia y la ausencia de debate. Esta incapacidad para disentir y valorar pensamientos diferentes lleva fácilmente a la deshumanización de quienes piensan distinto a nuestros marcos de creencias.

Una sociedad en la que sus habitantes no son capaces de cuestionar o debatir ideas de forma respetuosa y pacífica, tampoco puede negociar ni desarrollar agendas comunes que comprometan a sus ciudadanos en un proyecto compartido.

Una sociedad de este tipo se encuentra desarticulada, sin conexiones y sin confianza. Y si a esto le sumamos que los liderazgos políticos promueven la división y el miedo como forma para mantener el control, tenemos un cóctel tóxico que amenaza constantemente a la débil democracia que intentamos construir.

En un país así, la mayoría de personas también tiende a creer que no tiene poder para solucionar sus principales problemas, por lo que cae fácilmente en populismos y violencia.
Pienso y siento que lo que más nos afecta, como país, es la ausencia de un tejido social fuerte que permita conectar a los sectores que conforman la sociedad, y que ofrezca a los ciudadanos la inspiración de un ideal común del cual podamos sentirnos parte y en el que, a pesar de las diferencias, decidamos aportar al desarrollo del país.

Es complicado creer que El Salvador tendrá la capacidad de revertir sus problemas más dramáticos: la delincuencia, el irrespeto a la ley, la corrupción, la violencia generalizada y la falta de salud, educación y oportunidades, por mencionar solo algunos, sin la confianza como elemento aglutinador que facilite y sume la participación de sus habitantes.

También es poco probable que una sola persona, un solo partido político, una sola ideología o un solo estrato de la sociedad pueda disminuir el estancamiento y el atraso en el que se encuentra el país.

La diversidad de ideas no debería ser un obstáculo, ni tampoco una excusa para excluir a nadie. Por el contrario, esta debería fortalecernos porque ofrece diferentes vías de solución a los problemas más complejos.

Lo que verdaderamente nos afecta es la aplicación de ideas, fórmulas, visiones o ideologías en donde la ética y la honestidad son ignoradas por completo. Considero que la clave está en aprender a lidiar con las opciones diversas colocando por encima estos principios universales.

Si realmente nos interesa contribuir a mejorar las condiciones en las que se encuentra el país, los salvadoreños necesitamos un cambio de mentalidad en el que dejemos de pensar que el desarrollo se limita únicamente a generar dinero y bienes materiales; porque este enfoque reduce nuestra capacidad de ver al otro como un ser humano que siente, piensa y tiene ideales, preocupaciones y sueños que pueden ser diferentes, pero también legítimos.

Desmond Tutu, el sacerdote que acompañó a Mandela en el proceso de reconciliación de Sudáfrica, señala que los individuos estamos “unidos en una delicada red de interdependencia porque una persona lo es a través de otras. Deshumanizar a otros irremediablemente significa que nos deshumanizamos a nosotros mismos”.

Nuestra tarea es aprender a vernos como seres humanos interrelacionados y no como individuos aislados, para generar un ambiente en donde la confianza, el respeto y la convivencia de ideas sume a la solución de los principales problemas de las personas, y así logremos definir un rumbo común que permita el avance de la nación.

Poder ciudadano

Los salvadoreños necesitamos vernos a nosotros mismos y al país de forma diferente. Debemos dejar de pensar y creer que al país lo definen únicamente el actuar de los políticos o la delincuencia. Precisamos vernos como ciudadanos con capacidad de hacer y de exigir a quienes hemos designado para que gestionen el destino político, económico y social de la República.

Solo por medio del pago del IVA, los ciudadanos le generamos al Estado, según datos del Ministerio de Hacienda, un millonario ingreso que, en 2016, por ejemplo, ascendió a más de $1,800 millones. Eso sin contar que, por medio del voto, cedemos parte de nuestra cuota de poder a alcaldes, diputados y al presidente de la República.

Lo anterior representa poder ciudadano. Los salvadoreños necesitamos asumirlo si en realidad nos interesa formar parte de la solución a nuestros problemas de nación y dejar de ser simples espectadores.

Ejercer el poder ciudadano es un derecho, pero también conlleva una cuota de responsabilidad, en la que es necesario que cada uno asuma el rol de corresponsable del país que construimos día a día. Nuestras acciones en lo individual talvez no sean visibles; sin embargo, en la suma de ellas es donde radica la posibilidad de cambio para El Salvador.

Para nadie es un secreto que el sistema político salvadoreño se encuentra en cuidados intensivos y que es urgente sembrar la semilla de la cual nazca un sistema político nuevo, transparente y efectivo, que responda a intereses más diversos e inclusivos.

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”, dijo Einstein, y por eso creo que el cambio que este país necesita solo será posible si los ciudadanos asumimos el rol que nos corresponde.

Pero ¿qué significa asumir ese rol? Considero que pasa por reconocer nuestro aporte en el desarrollo de la sociedad que habitamos. Siendo conscientes del impacto de nuestras decisiones, tanto en nosotros mismos como en los demás, cuando respetamos o irrespetamos la ley, o cuando caemos en la tentación de actuar con impunidad porque otros también lo hacen.

Abrigo la esperanza de que un día entendamos que el poder en un país, en una comunidad o en una familia es compartido. Y cada individuo que conforma esos grupos tiene una porción del poder que debe ejercer con seguridad y respeto para sí mismo y para el resto de miembros, asumiendo un rol activo en la solución de los problemas que afectan a las mayorías.

Entiendo también que no todos pueden asumir esa postura activa. Hay demasiados salvadoreños que están en situación de supervivencia y es también por ellos que quienes disfrutamos de mejores condiciones debemos actuar responsable y conscientemente desde nuestros espacios y exigir objetivamente a quienes dirigen el país, sin importar el color de su partido político o de su ideología.

El Salvador no le pertenece a un solo grupo. Un ciudadano lo es sin importar su religión, su condición económica y social o su preferencia política o sexual. “Todas las personas son iguales ante la ley”, al menos eso declara la Constitución de la República que tanto decimos respetar.

La clave está en dejar la comodidad del espectador, que solo se ríe, se burla o llora. Dejar de seguir a quienes promueven posiciones extremas que solo nos dividen, porque en el equilibrio radica el respeto y la paz. Ser conscientes que nuestras acciones en lo individual generan impacto cuando sumamos a todos los ciudadanos. Así como escribió Tolstói a Gandhi en su célebre “Carta a un hindú”: “No solo resistas al mal, no participes de él…”

El espírito emprendedor

Me tomó casi diez años emprender mi negocio. De pequeña aprendí que debía conseguir un trabajo, esforzarme mucho, no provocar problemas; y así, podría “sobrevivir” en un mismo lugar hasta jubilarme. Esa era la forma en que buena parte de las generaciones pasadas cubrían sus necesidades de seguridad y logro. Sin embargo, en pleno siglo XXI, esta idea, de seguridad permanente, está alejada de lo que sucede laboralmente.

El mundo está automatizándose cada vez más, las máquinas aparentemente son más eficientes en el trabajo que los humanos y no tienen necesidad de parar en ningún momento del día. Esa es la idea de progreso que impera. Nada justa, pero así opera.

Esto sumado a las nuevas y diversas formas de entender el trabajo, el propósito de vida y las pasiones personales, ha facilitado que los individuos decidamos buscar la independencia, emprender y probar nuestras ideas.

Sin embargo, emprender requiere de una serie de habilidades y marcos de pensamiento que permitan, a quienes lo hacen, mantenerse llenos de recursos mentales y emocionales para gestionar los desafíos de iniciar de cero un negocio, o administrar simultáneamente las responsabilidades de un trabajo a tiempo completo y los esfuerzos por emprender.

Cambiar la idea de vivir una vida entera como empleada me fue difícil. Tenía miedo y me faltaba confianza en mis habilidades. Pero la incomodidad de permanecer desarrollando un trabajo sin un propósito con un alto significado para mí, fue más fuerte.

Hoy, con el camino recorrido, me gustaría compartir algunas claves que me sirvieron en el proceso para desarrollar mi espíritu emprendedor.

La primera, fue conocerme a mí misma y atender la voz de mi intuición. No sabía qué quería, solo podía reconocer que no estaba satisfecha y que necesitaba un cambio.

En este proceso de conocerme empecé a albergar la idea de la independencia y, además, reconocí esas habilidades profesionales y personales que me servirían si en realidad deseaba iniciar mi propio negocio.

La segunda clave fue gestionar la incomodidad. Agradezco a esas personas que me escucharon y que me hicieron las preguntas correctas que me llevaron a reflexionar y tomar las mejores decisiones en esos momentos. Algunas preguntas fueron: ¿Adónde irás si renuncias ahora? ¿Cómo están tus finanzas para cubrir al menos seis meses sin tener clientes? ¿Cuáles son tus compromisos actuales y cómo piensas cubrirlos? ¿Qué es exactamente lo que quieres hacer? ¿Para qué deseas ser independiente? Al responder entendí que mi tiempo no había llegado aún. Y eso me llevó a la tercera clave.

Ocuparme en lugar de preocuparme. Decidí continuar con mi trabajo y hacer un esfuerzo adicional para dedicar tiempo y desarrollar un plan detallado. Investigué acerca de cómo me percibían otros, qué cualidades me veían y si estarían dispuestos a pagar por ellas, escribí mi primera idea de negocio siguiendo una guía básica. Leí mucho sobre vidas con propósito y empecé a responderme para qué y por qué quería independencia.
Así llegué a Voces Vitales. Creyendo que iba a “donar” tiempo, a “aportar” al desarrollo de otras mujeres. Nunca me imaginé que la que más ayuda recibiría sería yo. Porque escuchar una y otra vez las historias de mujeres emprendedoras, apasionadas con sus negocios y sus ideas, a pesar de las dificultades, fue la mejor vitamina que pude encontrar para mi alma libre.

Ahora disfruto el espíritu emprendedor, ese que te pide dar un salto cada día. No al vacío, sino uno que tenga la inspiración de un propósito y un sentido de contribución. Porque este significado es lo que me motiva a continuar a pesar de los desafíos presentes en cada momento y en cada fase de la vida.