Conciencia para disminuir la violencia

La frase expresada por el fiscal general de la república en el caso de corrupción contra Mauricio Funes “Ada Mitchell Guzmán se vuelve casi una obra pública por toda la inversión de fondos públicos que hizo en ella el expresidente” da pie para hacer una reflexión sobre el machismo y la misoginia que opera en El Salvador. No solo porque lo dicho proviene de una de las figuras más importantes en el combate contra la delincuencia y el crimen en el país, sino porque también demuestra claramente cómo los prejuicios ocultos están presentes en la cultura salvadoreña.

Tuve la oportunidad de conversar con el fiscal acerca de esta declaración y aceptó que no había sido correcta, sobre todo por lo que su cargo representa. Por supuesto que esto no le resta relevancia a su trabajo. Ojalá lleve a la cárcel a los responsables del saqueo al Estado y recupere lo robado para invertirlo en la población más vulnerable.

La misoginia y el machismo significan respectivamente “aversión a las mujeres” y “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres…” Los chistes en los que se denigra y degrada a una mujer o a lo femenino, aunque cueste aceptarlo, representan una forma más de misoginia y machismo. Ambas tejen una red fina en el inconsciente que es difícil advertir en nosotros, en otros o en este tipo de manifestaciones. Las expresiones como la del fiscal general, aparentemente inocentes, son el primer paso hacia el desprecio, la violencia y el abuso en contra de las mujeres. Para comprender mejor solo basta ser curioso y leer la declaración del fiscal y los comentarios expresados en Twitter por hombres y mujeres acerca de lo que quisieran hacer o lo que, según ellos, se merece esta señora por haber sido llamada de la forma en la que lo hizo el funcionario.

Muchos padecemos de estos prejuicios inconscientes. Creer que las mujeres “valen menos que los hombres” o que “su rol es ser únicamente madres o esposas”, entre otros, son el resultado de haber aceptado esas ideas hasta haberlas convertido en verdades absolutas; alimentadas, además, durante milenios por filósofos, religiosos y hombres de ciencia. La verdad es que hoy, al igual que lo hicieron antes, estas continúan limitando el desarrollo de las potencialidades que existen en cada niña y en cada mujer, y también promueven y normalizan el control y la violencia hacia lo femenino.

Las cifras sobre la violencia en contra de niñas y mujeres en el país son perturbadoras. Según el observatorio de Ormusa, en el primer trimestre de 2018 hubo 1,515 delitos contra las mujeres, casi 17 casos al día. Diez mujeres fueron asesinadas por sus parejas entre enero y abril de este año. Entre enero y julio de 2017, un total de 1,948 denuncias por delitos sexuales fueron registradas, y la violación en menor e incapaz fue el delito más denunciado (47.95 %). Estas son solo cifras oficiales, porque la vergüenza y el temor evitan la denuncia.

Las creencias machistas y misóginas están ocultas en lo profundo de nuestro inconsciente, y por ello son peligrosas, porque nos llevan a normalizar este tipo de expresiones y comportamientos. Para traerlas al consciente, es necesario aceptar que formamos parte de una cultura machista, preguntarnos si esas manifestaciones denigrantes las utilizaríamos si fueran dirigidas a familiares o allegados, y corregir esas creencias en nuestros entornos.

Es urgente realizar un esfuerzo colectivo para entender las raíces de ese desprecio a lo femenino y construir una nueva conciencia con creencias saludables y edificantes acerca de las niñas y mujeres si en realidad deseamos reducir la violencia. Las palabras, que provienen de nuestras creencias, son generativas, construyen o destruyen. Al expresarnos irresponsablemente alimentamos el ciclo de odio-abuso-violencia-asesinato que en este país afecta no solo a niñas y mujeres, sino que corrompe a las familias enteras.

De prejuicios, crisis y redes sociales

Vivimos en una época con acceso irrestricto a información y conocimiento, en el que la denuncia de prácticas y creencias que hasta hace muy poco eran aceptadas se ha vuelto la norma. Grupos de población que antes se habían replegado frente a los abusos e irrespeto de sus derechos ahora están hablando abierta y directamente. Estamos conectados con el planeta y esto nos ha permitido ampliar la comprensión del mundo que habitamos; aunque también nos ha hecho más vulnerables a información falsa y ataques personales.

Las crisis en redes sociales son una constante. Nadie está exento. Por lo que se vuelve importante evaluar a fondo los cambios que se están produciendo en el mundo con apoyo de estas herramientas. Aquellos que ocupan posiciones públicas o liderazgos activos, o simplemente quienes aprovechan el espacio virtual para expresar sus ideas, valores o estilos de vida, enfrentan el enorme desafío del escrutinio de sus palabras y, sobre todo, de sus acciones. Ahora es requerido ser coherente y volverse ejemplo de lo que se promueve.

Además, han tomado fuerza movimientos étnicos, colectivos relacionados con el género, la sexualidad y movimientos de inmigrantes que han sido forzados a huir de sus lugares de origen en el mundo entero. Todos ellos están reclamando su derecho a recuperar y vivir sus tradiciones y valores. Asimismo, existe una serie de conceptos que no son nuevos, pero que están resurgiendo con la presencia de activistas que han ampliado su voz a través de lo digital. Hay mucho que comprender acerca de temas como la supremacía blanca, el patriarcado o el feminismo interseccional.

Sin lugar a dudas, la humanidad entera ha vivido por milenios bajo el paradigma que considera a la raza blanca superior al resto. Esta idea y otras, como que las mujeres tienen menores capacidades intelectuales que los hombres, o que los negros delinquen más que los blancos, o que los indígenas son violentos por naturaleza, han sido asumidas en el inconsciente colectivo y han sido promovidas en beneficio de unos y prejuicio de otros; convirtiéndose en verdades absolutas que muy pocos se atrevían a cuestionar hasta hace unos años. Estos prejuicios nos han llevado a deshumanizar y a creer que unas vidas valen más que otras, y esta diferenciación justificó la dominación, el maltrato, la expulsión, llegando hasta el asesinato de millones de seres humanos.

Esta es la época que nos ha tocado vivir y somos testigos de las consecuencias devastadoras en las vidas de millones de personas por causa de esos paradigmas. Nuestra responsabilidad, como mínimo, es tratar de comprender el impacto y autoanalizarnos para evaluar cómo nos han afectado y cómo hemos afectado a otros con estas creencias.

Si la intención es tener algún impacto en nuestros entornos más cercanos e incluso ampliarlos a través de las redes sociales, es deseable reconocer esta realidad y reducir el margen de enfrentar una crisis debido a prejuicios o ideas que se expresan sin haber sido evaluadas. Es recomendable autoaplicar un “doble clic” y revisar esos prejuicios ocultos que nos hacen opinar sin empatizar con realidades que, por no vivirlas, no las comprendemos. En este nuevo contexto se vuelve relevante, también, entender cómo los privilegios que una persona ha tenido (mejor educación, oportunidades laborales, protección familiar, entre otros) no son la norma para millones de individuos y, por lo tanto, es indebido creer que estas ventajas aplican igual para todos.

Escuchar para comprender a fondo cómo esos paradigmas, bajo los cuales hemos vivido y actuado, han tenido impactos en diversas poblaciones, es una forma que el ejercicio del liderazgo, desde cualquier ámbito, exige en esta época de transparencia extrema.

Atender al conflicto

Soy una promotora del conflicto. Estoy convencida de que es una forma real y honesta de ponerle luz a situaciones, relaciones o proyectos que necesitan actualizarse y sanar. Creo también que los humanos hemos avanzado en ciencia, economía, matemáticas, física, pero seguimos siendo unos analfabetas emocionales, que hemos creído ese discurso dominante de que el estado óptimo y natural del humano es estar “siempre” feliz. Peor aún, que, bajo la influencia de las redes sociales, todos deben ser testigos de ese estado de felicidad permanente. Nada más alejado de la realidad.

En un país como El Salvador, plagado de formas y con muy poco fondo, huimos de conversaciones incómodas y de emociones fuertes, como el enojo, la frustración y la rabia. Y no es que estas últimas no las sintamos, eso es imposible. Lo que sucede es que las adormecemos con lo que sea, porque consideramos que no es “normal” sentir el dolor.

Al evitar el dolor, la cólera y otras expresiones emocionales, lo único que conseguimos es desconectarnos de nosotros mismos, fortaleciendo, al mismo tiempo, los problemas; porque sin atenderlos con claridad y transparencia lo que hacemos es alimentar con gasolina una situación que pide atención y soluciones.

Lamentablemente, en esta sociedad estamos tan acostumbrados a que estallen violentamente esos aspectos desatendidos que hemos olvidado que existen otras formas para gestionar los conflictos, que con respeto por las opiniones diversas se puede dialogar y, sobre todo, que se pueden descubrir rutas de solución que beneficien a los involucrados. Tristemente, en El Salvador vivimos estancados. Cada uno defendiendo su postura. Sin posibilidad de apertura.

Aquí se valoran demasiado las buenas formas, lo externo y lo cosmético; y se evita asumir las responsabilidades personales y de grupo ante situaciones que requieren soluciones concretas o que exigen, al menos, poner sobre la mesa los diferentes puntos de vista frente a un desacuerdo. Olvidar el pasado, darle vuelta a la página y ver hacia el futuro son solo frases vacías que buscan tapar la realidad. Porque sin la comprensión de los hechos y del impacto del pasado en el presente, solo nos condenamos a revivir, una y otra vez, ese ciclo de apariencias en el que las profundidades están plagadas de frustración, rabia y desencanto, las cuales terminan expresándose, invariablemente, en formas cada vez más violentas.

En El Salvador, somos expertos en atacar anónimamente a quienes piensan diferente a nosotros. Evitamos y bloqueamos los espacios en los que se puede abrir el diálogo honesto, sincero y transparente. Y, por falta de valentía para hablar con la verdad, contribuimos a que la sociedad se mantenga en la superficie hablando de colores y de situaciones idílicas que no tienen un asidero real. Esa falta de honestidad para evaluar otros puntos de vista siembra, en adultos, niños y jóvenes, una forma perversa de construir comunidad y sociedad, donde domina el que más grita, el que miente y el que destruye a toda costa a quien es diferente a la corriente dominante.

Esa falta de respeto por quienes piensan distinto es lo que nos está matando, porque no logramos ver el fondo de los problemas y la raíz desde donde la violencia y la superficialidad se alimentan. Requerimos poner luz en los temas más complejos, en la infinidad de conflictos que nos afectan; de lo contrario, continuaremos promoviendo esa falsa sonrisa que se pinta por fuera, pero por dentro viviremos descompuestos y presos de traumas.

Comunicar y liderar

Liderar y comunicar son dos actividades que se encuentran íntimamente relacionadas. Ambas, si se realizan con la intención adecuada, permiten establecer conexiones transformadoras entre individuos y equipos, así como descubrir significados comunes, que facilitan avanzar hacia un horizonte compartido en el que se obtienen beneficios tangibles para quienes participan de un proyecto u organización.

Desde hace varios años comprendí que había algo que estaba perdiendo vigencia con el concepto generalizado de la comunicación, que en lugar de contribuir con el desarrollo de una persona, o de una organización, estaba bloqueándolo. Ese algo es el excesivo enfoque en lo externo o el confundir la comunicación con la imagen. Si bien un edificio cómodo y adecuado o la presentación limpia y ordenada de los empleados sin duda comunica, es más potente cuando lo que se pretende transmitir está soportado por los comportamientos de un líder y de su equipo. Es decir, la comunicación es más efectiva cuando se manifiesta a través de los comportamientos de las personas y no desde la imagen que proveen las cosas.

La comunicación y el liderazgo han cambiado radicalmente en los últimos años. La inteligencia emocional, la psicología positiva, la neurociencia y el “coaching” están incidiendo fuertemente en estas actividades. Una mejor comprensión acerca de cómo operamos, creamos hábitos y nos transformamos ha puesto sobre la mesa la necesidad de enfocarse y desarrollar habilidades blandas o inteligencia emocional, que permiten a un individuo gestionar sus relaciones de forma eficiente y saludable, acompañando el desarrollo de otros.

Google aportó al mundo empresarial información valiosa acerca de estas habilidades blandas y de su incidencia en el desarrollo de los equipos. En 2009 inició el proyecto Oxígeno bajo la presuposición de que “los jefes ya no eran necesarios”. El estudio recopiló, entre los empleados de Google, más de 10,000 observaciones acerca de los gerentes, y descubrió patrones de comportamiento que convirtió en indicadores para medir y desarrollar, a través de sus programas de capacitación, el óptimo desempeño gerencial y de liderazgo. A la fecha, esta organización reporta una mejora del 75 % en el cumplimiento de los liderazgos y de los equipos, como resultado de su enfoque en esos indicadores.

Según Google y Oxígeno, estas habilidades son: (i) ser un buen coach, (ii) empoderar, (iii) mostrar interés en el éxito y bienestar del equipo, (iv) ser productivo y orientado a resultados, (v) escuchar y ser un buen comunicador, (vi) contribuir con el desarrollo profesional de los empleados, (vii) tener una visión y claridad estratégica y (viii) contar con habilidades técnicas para aconsejar al equipo.

De las ocho habilidades, seis son competencias “blandas”. Y la habilidad número uno, “ser un buen coach”, permite a un jefe o líder desarrollar el resto de competencias: escuchar y mostrar interés, comunicar para conectar, empoderar y contribuir al desarrollo del equipo. Estamos frente a un cambio de época, donde las nuevas generaciones y los desafíos provocados por la tecnología, entre otros, demandan innovación en la forma de liderar, porque no existe una fórmula única para hacerlo, y el mundo tiene muchos avances en ciencia, salud y tecnología, pero hace falta poner ese mismo énfasis de progreso en el desarrollo del ser humano.

Los nuevos liderazgos e individuos con poder para incidir en amplios grupos de personas requieren enfocarse en procesos de transformación que necesitan de tiempo y de confianza, e imprimir una actitud sincera de respeto por la individualidad y la validación del potencial de crecimiento de cada miembro del equipo.

Cuando se aceptan y se ejercitan conscientemente estas nuevas formas de liderar, se abre la puerta a una conexión más profunda y real, y como lo demostró Google, también a un cambio que beneficia a más personas. Sin duda, no es una tarea fácil y requiere cultivar una actitud mental de principiante y un estado permanente de curiosidad, que faciliten la implementación de formas diferentes e innovadoras para gestionar a las personas.

Límites para reducir la conflictividad

Los salvadoreños somos famosos por ser “buena gente”, amistosos, amables y entregados. Sin embargo, a pesar de esas características, el país está catalogado como uno de los más violentos del mundo. Vamos de un extremo a otro en un péndulo que oscila entre la sonrisa y la “cherada”, el insulto y la violencia. Evitamos decir no por temor al rechazo; rehuimos discutir los temas difíciles porque preferimos ignorar el conflicto hasta que es insostenible y explota. En pocas palabras: no reconocemos nuestros propios límites y mucho menos sabemos cómo expresarlos de forma asertiva a los demás.

Los límites personales son una especie de barrera imaginaria que nos ponemos a nosotros mismos y a otros para proteger y dividir ciertos aspectos de nuestra vida. Por ejemplo, un límite en la familia sería el espacio que le solicitamos a los demás miembros cuando deseamos estar solos. En el trabajo, sería solicitar que se respete el horario establecido y evitar asignaciones fuera de las horas habituales o hacerlo únicamente para casos de emergencia.

Estas fronteras nos permiten ejercer nuestro poder personal y, al mismo tiempo, nos posibilitan gestionar nuestras emociones, así como diversos aspectos de la vida cotidiana. Además, nos facilitan obtener espacios desde donde podemos, en la intimidad, reflexionar, evaluar y realizar ajustes a nuestros comportamientos o simplemente descansar de la actividad extrema.
Es importante reconocer que vivimos en grupos de diferente tipo y que el ser humano aspira a pertenecer, ya sea a una familia, a amigos, a grupos de interés o pasatiempos, a un país, a un trabajo, entre otros. Ese cúmulo de asociaciones da sentido a la vida de una persona, y le ofrece marcos desde donde actuar. Pertenecer es un acto social importante, y para hacerlo muchas veces estamos dispuestos a tomar responsabilidades y tareas con las que no nos sentimos cómodos, que no satisfacen nuestros intereses, y, en el peor de los casos, que nos hacen obviar nuestros principios e integridad.

Y es, precisamente, frente a esos casos que los límites no solo se vuelven saludables sino necesarios, porque nos permiten experimentar control y autogestión. Lamentablemente estamos tan acostumbrados a decir que sí, a evitar el conflicto y a complacer a los demás que ni siquiera nos preguntamos cuáles son y dónde están esas fronteras personales. Preferimos permanecer en la zona de confort frente a deberes y estándares impuestos por otros, aunque estos hayan dejado de ser útiles y nos provoquen malestar y frustración.
Para identificar esos límites es importante dedicarse tiempo a solas y reflexionar sobre ellos. Conocerlos es el primer paso para ejercerlos con nosotros y luego con los demás. Los mecanismos más importantes para descubrirlos se expresan en forma de emociones o sensaciones a través del cuerpo. El cansancio, el enojo sin razón aparente y la frustración son algunas de las señales iniciales que muestran que es necesario establecer un límite. Sin embargo, prestamos poca o nula atención a esas pistas y preferimos acumular el malestar hasta que este es insostenible y surge, sin control, en forma de rabia o de molestias físicas mayores.
Puede ser complicado expresar un no o devolver la responsabilidad de una situación o actividad a quien corresponde, pero es importante sobrepasar la incomodidad y el miedo al rechazo. Decir un no oportuno, cancelar actividades, rechazar responsabilidades que no nos competen es incómodo pero necesario. Los límites son una muestra de respeto para nosotros mismos y también para los demás. Y, sobre todo, una forma de reducir la conflictividad que caracteriza a buena parte de los salvadoreños.

Vidas inspiradoras

¿En quién te inspiras?, ¿dónde buscas esos personajes, reales o ficticios, en los que descubres pautas para tu vida? Hoy quiero referirme a tres personas cuyas vidas representaron, entre otras cosas, valentía, determinación y capacidad de responder con paz a la violencia. Seguramente, también cometieron errores y están lejos de considerarse perfectos, pero destaco los aspectos que estimo más notables de sus vidas.
La primera es sor Juana Inés de la Cruz, poetisa, música, pintora, teóloga y monja mexicana que vivió en el siglo XVII. Un tiempo en el que las mujeres, para obtener “valor” como personas, solo podían aspirar al matrimonio o a recluirse y vivir sin ninguna aspiración personal. En ese contexto, Juana Inés decidió convertirse en religiosa, porque encontró en ese espacio la posibilidad de perseguir y desarrollar su amor por el conocimiento; aunque tuvo que pelear muchas batallas contra quienes pretendieron silenciar su arte.

Su valentía queda patente en una carta dirigida a su confesor, que se cree fue escrita entre 1681 y 1683, donde señala: “Mis estudios no han sido en daño ni perjuicio de nadie, mayormente habiendo tan sumamente privados que no me he valido ni aun de la dirección de un maestro, sino que a secas me lo he habido conmigo y mi trabajo…”. Y, en la misma misiva cuestiona a su confesor acerca del derecho a los estudios negado a las mujeres: “¿Quién los ha prohibido a las mujeres? ¿No tienen alma racional como los hombres? ¿Pues por qué no gozará el privilegio de la ilustración de las letras con ellas?… ¿Qué revelación divina, qué determinación de la Iglesia, qué dictamen de la razón hizo para nosotras tan severa ley?”

El segundo es Gandhi, pensador, abogado y activista por la independencia de la India, que nació en el siglo XIX. Su concepto “satyagraha” llama a la no violencia, a expresar la propia verdad con determinación y convencer con el poder de la palabra a través de argumentos veraces, documentados y magistralmente construidos. Lograr eso requiere plantear con honestidad y transparencia razones que provengan de la convicción más profunda, y desde ese espacio persuadir a otros.

El tercer personaje es Nelson Mandela, líder y activista contra la segregación racial en Sudáfrica, abolida finalmente en 1993, y quien asumió la presidencia de su país en 1999 luego de haber permanecido en la cárcel durante 27 años, tiempo en el cual fue sometido a un duro régimen y malos tratos. Este visionario del siglo XX es el ejemplo fresco de que sobrevivir al odio y al desprecio de un grupo que se sentía superior es posible; porque Mandela ofreció la paz como respuesta a la violencia de la que fue víctima y logró colocarse por encima de la locura y el egoísmo humano para demostrar una capacidad de perdón y de reconstrucción personal digna de estudio. Una actitud, además, que contuvo el odio entre los sudafricanos y que definió, al fin y al cabo, el rumbo de su país.

Juana Inés, Gandhi y Mandela defendieron con pasión sus ideales, a pesar de los enormes obstáculos que encontraron. Sus vidas simbolizan la coherencia entre convicciones, palabras y acciones. Sin duda, tres personajes intensos y fascinantes que rompieron esquemas, derribaron muros de prejuicios y de violencia y, sobre todo, que continúan representando los valores de valentía, determinación y paz.

Conexión personal, un deseo para 2018

La frase atribuida a Albert Einstein: “No podemos resolver nuestros problemas con el mismo nivel de pensamiento que los creó”, permanece vigente, sobre todo cuando nos observamos debatiendo diariamente acerca de cómo cambiar al mundo. Las opciones son múltiples, y van desde cómo contar con un nuevo tipo de político, pasando por el diseño de nuevos e inclusivos marcos legales, hasta el avance tecnológico que se supone contribuirá a que nos relacionemos mejor. Todos, cambios enfocados en lo externo que dejan de lado la necesidad de actualizar lo que cada uno de nosotros llevamos dentro.

Damos vueltas en los mismos temas y tras las mismas soluciones, haciendo exactamente lo mismo día con día y esperando que sea “lo externo” lo que cambie para, entonces, ajustar los lentes a través de los cuales observamos esa realidad que está allá, lejos, afuera.

Estoy convencida de que para iniciar y poner en práctica soluciones a nuestros problemas para comunicarnos y relacionarnos, debemos realizar un viaje profundo hacia los laberintos personales, esos en donde construimos nuestra narrativa y nuestra identidad. Porque es en esos espacios donde, consciente o inconscientemente, tejemos y damos sentido a nuestros deseos internos ajustándolos con lo que el mundo exterior nos presenta. Es ahí donde podemos adaptar los lentes con los que nos percibimos a nosotros mismos y a lo que nos rodea.

Desde ese espacio desarrollamos comportamientos y hábitos que nos dan una serie de resultados que no siempre están alineados con lo que deseamos profundamente. Sin hacer consciente lo que llevamos en el interior, los marcos de creencias y de identidad, sin responsabilizarnos por comprender y adecuar esa parte, difícilmente seremos eficaces en los roles que desempeñamos en nuestros entornos más cercanos. Simplemente actuamos como espectadores esperando que “lo de afuera” cambie nuestra realidad personal.

Hace varios años, decidí emprender ese viaje profundo y, con el acompañamiento de dos psicólogas, logré romper las capas de protección que había construido para aislarme de mí misma y de los demás, alcanzando el centro de ese pasado doloroso que me mantenía atada a una historia a la que pude darle aire fresco para verla, finalmente, evaporarse de mi identidad.

Durante ese tiempo entendí que el cambio me correspondía hacerlo únicamente a mí; que no hay gurús, ni pastillas, ni magia en un proceso de sanación emocional; sino la voluntad férrea de un individuo que desea experimentar realización y ser feliz. Y sobre todo que decide hacerse cargo de su vida.

En la medida que ganaba claridad acerca de mí, también mis relaciones más relevantes empezaron a mejorar. En el proceso, sumé herramientas con las que aprendí a gestionarme desde mis fortalezas en lugar de seguir justificando mis problemas en una historia pasada.

Creo que cada individuo debe ajustar sus lentes constantemente y actualizar los marcos de creencias en los que basa su historia, su identidad y la forma en cómo se relaciona con el mundo que habita. Esos lentes representan, metafóricamente hablando, ese “nivel de pensamiento” al que hizo referencia Einstein; y que, sin un ajuste permanente, nos mantiene atados a soluciones ineficaces ante los desafiantes problemas del mundo moderno.

Mi deseo para 2018 es que cada uno de nosotros nos conectemos, de forma íntima, con nuestras narrativas personales, para conocernos mejor y sustituir las viejas historias por nuevas, llenas de recursos y posibilidades, que nos permitan actuar efectivamente en el mundo que nos rodea y convertirnos en agentes de cambio que participen, constructiva y responsablemente, en los ámbitos en los que puedan verdaderamente incidir.

Que 2018 sea un año de transformación personal que nos permita avanzar hacia el desarrollo colectivo de nuestro querido país.

Hablar de lo que no se habla

A buena parte de los salvadoreños nos cuesta llamar a las cosas por su nombre y también nos es difícil tratar con apertura y naturalidad los temas complejos. También, frente a los problemas, tendemos a ver hacia otro lado, creyendo que estos desaparecerán al dejar de observarlos. Lamentablemente estos solo se dejan de ver, pero siguen ahí, presentes y haciéndose más profundos en la medida que más los ignoramos.

Ejemplo de esta característica de la sociedad salvadoreña es el tema de la educación sexual en menores y adolescentes. Muchas familias creen que es mejor ocultar la información y evitar hablar sobre el tema. Lamentablemente esa población se encuentra expuesta a mucha violencia y abuso relacionado con la sexualidad. Evitar la educación sexual solo eleva el riesgo para ese grupo.

Recientemente, participé en el IV Congreso de Docentes de ConTextos; que fue fundada en El Salvador hace siete años, y cuya misión es “transformar experiencias educativas para promover el pensamiento crítico”. Entre las poblaciones que atiende: escuelas situadas en 39 de los municipios más violentos del país y en cuatro centros de reinserción social con jóvenes en conflicto con la ley, ConTextos utiliza “la lectura y la escritura como herramientas para desarrollar el diálogo, el debate, la autorreflexión y autoactualización”, enfocándose en los profesores como componente clave para un cambio sostenible.

En dicho encuentro, en el que participaron en su mayoría docentes de escuelas a escala nacional, presencié un diálogo transparente, honesto y sobre todo realista acerca de lo difícil que es, en El Salvador actual, ser un menor o un adolescente. Las historias son diferentes, pero las heridas emocionales y físicas son constantes: abandono y abuso físico, verbal y sexual. Conflictos que tienen un origen común, la desintegración familiar.

ConTextos señala que “las personas que perpetúan actos de violencia comienzan siendo víctimas, las víctimas siendo testigos”. Por eso trabajan en entornos de violencia en donde los jóvenes son subvalorados y subestimados; y es en esos espacios donde “las conversaciones basadas en textos o libros” son métodos que consideran “poderosos para el cambio y la transformación individual, institucional y social”. Es en esos espacios donde la labor de esta organización se vuelve una fuente de esperanza.

Durante el diálogo, sostenido en el congreso, celebramos que al menos ahora los docentes tienen herramientas que les facilita orientar a los menores y jóvenes que se encuentran en alto riesgo. ConTextos ha recogido las historias de muchos adolescentes que están en las cárceles y a través de darle vida y lectura a esos relatos, los estudiantes pueden conversar abiertamente sobre lo que ellos viven en sus casas y en sus entornos.

Este ejercicio es sin duda sanador para quienes participan; y es una práctica de empatía colectiva, real y honesta, que trata por su nombre los problemas, que permite reconocer el dolor en otros y explorar salidas diferentes a la delincuencia y a la violencia. Quizás no sea la única solución para los menores y adolescentes, pero permite tejer una red de apoyo que es tan necesaria en la vida de cualquier persona.

Luego de siete años de operaciones en El Salvador, ConTextos tiene muchos resultados que presentar: 80 bibliotecas escolares y municipales, 1,236 docentes que comparten e intercambian mejores prácticas, más de 100,000 libros distribuidos, 680 autores en centros de reinserción y cárceles de adultos y más de 50,000 estudiantes participando en el diálogo para “hablar de lo que no se habla”. Sin duda, la transparencia al tratar los temas difíciles tiene un impacto positivo en la vida de aquellos que se atreven a practicarla.

El tiempo de una emprendedora

Noviembre de 2017 marca el quinto año de mi primer emprendimiento. Según las estadísticas, entre el 80 % y el 90 % de este tipo de experiencias fracasan durante los primeros cinco años debido a causas externas e internas relacionadas principalmente con la capacidad de gestión del negocio.
Dentro de las causas externas se encuentran, entre otras, las leyes, la falta de financiamiento y de apoyo de las instituciones, así como los impuestos excesivos. En las internas están las relacionadas con la empresa: las ventas, la producción, la planificación y el manejo de los estados mentales y emocionales para enfrentar los desafíos de quienes dirigen el negocio.

Aceptemos que los desafíos externos estarán siempre. Aunque tengamos 100 años de existencia, los problemas, las nuevas tecnologías, el hecho de que los consumidores sean cambiantes, la situación de inseguridad y la política influirán definitivamente en nuestros emprendimientos.

Sin embargo, luego de cinco años, llenos de desafíos como los anotados anteriormente, puedo señalar que la decisión de sacar adelante un negocio y de hacerlo exitoso depende, en buena medida, de lo que piensa, siente, dice y hace un emprendedor.

Pronto me di cuenta de que, si quería que mi negocio se mantuviera, debía asumir aspectos de este que no me gustaban, como la administración, el manejo de las finanzas y el control para hacer un uso adecuado de los ingresos. Reconozco que esta parte ha sido para mí la más difícil y que, a pesar de haber ordenado lo administrativo, todavía nos encontramos a mitad de camino.

Uno de los errores más comunes que cometemos los emprendedores es dejar en manos de otros los temas administrativos y financieros, contratando personas sin las credenciales adecuadas para manejar lo que considero la columna vertebral de un negocio: las finanzas. Tener en orden los números es básico para dedicarse a otros temas estratégicos como el servicio, los productos y la innovación.

Para un emprendedor, el tiempo nunca es suficiente, porque además que este es finito, los roles que uno desarrolla son múltiples y demandantes. Comprendí que enfocarme en una sola actividad, aunque fuera solo durante 20 minutos, significaba un gran avance en la tarea. Por eso decidí abandonar definitivamente la multitarea y comprendí lo que dicen los estudios acerca de que esta únicamente ofrece una sensación de logro, pero al final solo se consigue hacer poco de muchas actividades, que sin la concentración adecuada deja resultados mediocres que hay que corregir más tarde; y esto genera una espiral de uso ineficiente del tiempo.

Mi cuerpo y yo mejoramos, además, la comunicación. Ahora entiendo las señales que me envía para pedirme que pare y descanse. Lo escucho y lo atiendo porque sé que esto contribuye a mantener la energía requerida para gestionar el negocio y mis prioridades de vida.

Emprender ha sido un viaje intenso y apasionante que no cambiaría por nada. El ejercicio de autogestionarme me ha proporcionado un sentido de libertad y control que disfruto mucho. Reconozco que la libertad viene paradójicamente vinculada a la responsabilidad y la consistencia; y estas últimas son imprescindibles en cualquier actividad en la vida que verdaderamente aspiremos a mantener en el tiempo. Hoy, cinco años después de haber iniciado mi primer negocio, renuevo mis votos para continuar en este camino del emprendedor.

Retando estereotipos

Un estereotipo, según la Real Academia Española de la Lengua, es una “idea o imagen aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”. Los estereotipos se generalizan rápidamente porque nos facilitan colocar en grupos o categorías a las personas con las que nos relacionamos o con las que evitamos hacerlo.

Si observamos los estereotipos más comunes en El Salvador, será fácil explicar por qué nos debatimos en el estancamiento, la polarización y la desconfianza que evitan que alcancemos acuerdos. Algunos de estos son: “todos los políticos son corruptos”, “todos los pandilleros son delincuentes y no pueden aprender a trabajar”, “este país no tiene solución”, “los ricos son malos y los pobres son haraganes”.

Creo que es vital cuestionar las creencias a las que les decimos que “sí” ciegamente y promover una actitud de “librepensador” como la que impulsaba Tolstói, lo que nos facilitaría comprender por qué este país y muchas familias se hunden en la indolencia, la violencia y el abuso. Según pensaba ese escritor ruso, “los librepensadores son aquellos que están dispuestos a utilizar sus mentes sin prejuicios y sin miedos a fin de comprender cosas que chocan con sus propias costumbres, privilegios o creencias. Este estado mental no es frecuente, pero es esencial para el pensamiento correcto, que, en caso de estar ausente, la discusión tiende a ser peor que inútil”.

Recientemente participé en un ejercicio para retar estereotipos. Y conversé, por primera vez en mi vida, con una expandillera. La experiencia consistía en escuchar sin juzgar. Al permitirme estar presente para esta persona, pude aproximarme mínimamente al dolor que ha tenido que atravesar y comprender muchas de las decisiones que tomó en su vida.

Fue una niña que pronto conoció la violencia en un hogar en el que fue testigo y víctima de maltrato físico y abuso de parte de su papá. El horror de su experiencia familiar la empujó a buscar una relación con un hombre mayor creyendo que con él encontraría protección y cariño, pero esa relación resultó ser más de lo mismo. Su vida fue huir de situaciones de violencia a las que se vio expuesta constantemente, terminando en una pandilla en donde la crueldad solo fue en aumento.

Dos situaciones inesperadas, un embarazo y la cárcel representaron para ella el inicio de un largo viaje de confrontación personal que la llevaría a buscar una salida definitiva al ciclo de violencia en el que había vivido. Su proceso fue difícil: limpiarse del consumo de drogas; obtener ayuda médica y psicológica; pedir permiso en la pandilla para lograr su libertad; y, lo más complejo, buscar el perdón de sus hijos y aprender a vivir con la culpa por el daño que les había causado su abandono.

El precio que pagó por buscar afecto y seguridad fue demasiado alto. Y aunque ha reconstruido su vida, el dolor y la culpa persisten porque señala que aún no se ha perdonado por el daño que causó a otros.

A los salvadoreños nos urge poner bajo la luz esos conceptos a los que les hemos dicho que “sí” a ciegas y tener presente que al centro de cada individuo se encuentra un ser humano que ha sufrido, que siente, que intenta vivir mejor y ser feliz. Sus métodos pueden estar errados y sin duda que la ley y la justicia deberían operar en donde aplique, pero no debería negársele una nueva oportunidad a alguien que realmente desee cambiar, sino más bien debería proveérsele de los medios para intentarlo, si queremos un país que alcance verdaderamente la paz.