Porque no es posible olvidar el pasado

Disfruto filosofar y me encantaría estar sentada tomándome un café con usted y conversando sobre este tema. Porque buscar la verdad libera y en El Salvador somos muy dados a intentar dejar atrás el pasado. Y con ello las responsabilidades por el tipo de país que hemos construido. Lamentablemente con esta actitud también perdemos la posibilidad de modificar lo que hemos hecho mal. Pero la historia y los hechos, aunque desagradables, no pueden ser olvidados. Por más que lo intenten algunos. Porque estos, inevitablemente, nos definen, nos limitan o nos potencian en la construcción del futuro. Sin reconocer los efectos del pasado y sin comprender su impacto en el presente, estos solo se siguen repitiendo en un ciclo interminable de intentos fracasados.

No pretendo decir que vivir en el ayer sea la solución. Eso sería ilógico. Es requerido vivir en el presente, atento y consciente, para poder construir el futuro. Sin embargo, cuando se vive en una sociedad como la salvadoreña, con una cultura de violencia que inicia en los hogares y se traslada al tráfico, a los lugares de trabajo y a los espacios de convivencia común, es difícil desentenderse y evitar comprender por qué o desde dónde persiste esta violencia que crece y se complejiza.

El pasado sirve para ser comprendido y para corregir los errores en el momento presente. Un problema que no es identificado ni comprendido a fondo difícilmente puede ser enmendado. Y este es uno de los pecados de origen del país. Nos vamos por las ramas, justificando los acontecimientos del presente, pero no tenemos el valor de buscar en el ayer los efectos que vivimos hoy.

Somos incapaces de cuestionar a los ídolos que nos hemos creado, porque tememos que se caiga el castillo de naipes construido a través de las décadas sin ningún rigor ni capacidad de revisión o de reflexión. No existen héroes, ni líderes, ni santos que sean perfectos. Simplemente no existen. Debemos sacarnos esa carga para ejercitar nuestra humanidad inherente, reconocer los desaciertos y definir con valentía el nivel de responsabilidad de cada uno. Y desde ese espacio, sin olvidar para no volver a repetir, avanzar hacia el futuro.

Las frases vacías de “pensemos solo en el futuro” o “construyamos hacia adelante” son un intento por ocultar la historia dolorosa y vergonzosa que este país ha vivido. Y mientras las historias colectivas y personales no sean observadas, aceptadas y comprendidas, difícilmente serán sanadas. Al pasado se va a buscar entendimiento, porque inevitablemente las claves del momento actual se encuentran en esos espacios que habitamos, en esas historias que vivimos, en las familias que crecimos.

Es difícil cuestionar a los héroes, privados y públicos, pero es necesario si deseamos que al hablar de honorabilidad y de ética esos conceptos sean reales y coherentes, y no solo ficciones pálidamente coloreadas. Requerimos aceptar que lo que existe son seres humanos falibles, con claroscuros, con amor, desamor y odio, que se equivocan a diario, pero que también a diario tienen la posibilidad de reconocer esos errores y enmendarlos.

A este país, a las familias y a los individuos nos hace falta honestidad para ver de frente las verdades, personales y colectivas, lo que nos sirve, pero también lo que es urgente corregir. Y cierro con la frase de la directora ejecutiva de AccesArte, Claudia Cristiani, que en la presentación de la publicación “La muerte violenta como realidad cotidiana. El Salvador 1912-2016” ofreció: “Ante la tentación que, contra toda lógica, representa descartar nuestro pasado como insumo para la definición de nuestro futuro, consideramos indispensable detenernos un momento y mirar atrás…”

El principio femenino

Durante milenios, las mujeres hemos sido controladas de diversas formas, a través del dinero o de nuestros cuerpos. A cambio, nosotras hemos expresado nuestra frustración y enojo con la manipulación emocional. Estoy convencida de que hombres y mujeres hemos fundado familias, comunidades y sociedades desde el desequilibrio de los aspectos masculino y femenino. Unos dominando activamente y otros pasivamente, en un juego tóxico en el que nos hemos hecho mucho daño.

Las mujeres hemos ganado espacio en un mundo diseñado por hombres. Pero hemos perdido al tratar de ajustarnos a un modelo desequilibrado de lo masculino, que expresa su poder de formas autoritarias, llenas de ego, en donde solo importa ganar, sin medir las consecuencias.

Requerimos balancear ese poder desmedido y esto solo lo puede hacer un principio femenino armonizado. Para ello es necesario asumir que este principio es integrador y se expresa mejor en espacios donde todos caben; además es potente en su vulnerabilidad y suavidad. Debemos comprender que este poder siempre ha estado ahí expresándose a través de las emociones, que lamentablemente han sido ignoradas y han operado descontroladas, contribuyendo a la toxicidad en nuestras relaciones.

El principio femenino en su forma equilibrada nutre. Alimenta la consciencia de la comunidad. Una comunidad que se respeta reconoce a sus miembros solo por el hecho de existir y cuida de cada uno de ellos en sus diferentes etapas. El pequeño es alimentado, amado, protegido y celebrado, porque representa la continuidad y el futuro. El adulto es acompañado por esta faceta femenina para que viva sus propios sueños, y desde esa plenitud contribuya a la vida creativa y generadora de su familia y de su espacio. Ese principio también corrige y advierte las consecuencias de acciones desalineadas con la tribu o que van en contra del bienestar colectivo.

El principio femenino escucha y es compasivo. Es abierto y comprensivo. Es creativo y generador. Se autocuida y sana primero para ayudar a otros después. Se estabiliza constantemente, se reconoce en cada momento. Es autoobservador. Se confronta con valentía y amor. Busca a la naturaleza para regenerarse. Escucha la voz del silencio. Observa. Tiene la capacidad de reconocer sus propios ciclos y los ciclos de la vida. Sabe cuándo es tiempo de cerrar uno y abrir otro. Su rol es gestar y originar. Está lleno de procesos y comprensiones. Todo tiene sentido para el principio femenino. Todo puede ser comprendido, sanado y regenerado desde ese lugar.

Ignorarlo, no honrarlo, abandonarlo y abusarlo son las causas de su desequilibrio y dolor. Desde ese lugar se vuelve posesivo, agresivo, controlador, y actúa con rabia porque está herido. Puede esconderse para protegerse o mostrarse manipulador; e incluso violento y devolver el dolor con abuso, perturbando las emociones, las propias y las de aquellos que lo rodean.

Las mujeres somos fuertes, emocionalmente fuertes, con una enorme capacidad de empatía y resiliencia, con un corazón capaz de proteger al desvalido. Y por ello somos las llamadas a sanar al mundo. Pero requerimos sanar al principio femenino primero. Nos urge equilibrarlo, honrarlo y abrazarlo; para mostrarlo con valentía y orgullo en los espacios que habitamos. Y además para defender y proteger a quienes siguen siendo víctimas y requieren hacer el recorrido hacia la sanidad mental y emocional que la violencia y el abuso le roban al ser.

Este es el poder del principio femenino. Este es el poder de una mujer: sanar al mundo, dar vida al mundo, un nuevo mundo

Opinión y ciudadanía

Con frecuencia escucho a personas de diferentes ámbitos expresar que las opiniones de aquellos que no están en la palestra o no participan públicamente en la resolución de los problemas del país no cuentan. Estoy en desacuerdo con esa afirmación porque solo contribuye a reforzar la desvalorización que hacemos de aquellos que, según nuestras creencias, son diferentes o no son “tan buenos” o “importantes” como nosotros.

A nuestro país le urge que sus ciudadanos participen en la solución de temas centrales como la violencia y la corrupción. Y esto no necesariamente pasa por pertenecer a partidos políticos, sino que está relacionado, más bien, con convertirnos en individuos que nos informamos y sobre todo que alzamos nuestras voces frente a los abusos de quienes están en el poder. Ya que es, precisamente, desde el espacio ciudadano desde donde podemos ejercer presión para que políticos y funcionarios atiendan los problemas que nos afectan.

Cada ciudadano, independientemente de sus recursos sociales, económicos o educativos, tiene un rol que cumplir para avanzar como sociedad. Y ese rol requiere que permanezcamos atentos a la realidad nacional para comprender cómo la violencia, la corrupción y la impunidad nos han dificultado a todos y de diferentes formas la posibilidad de desarrollo; pero sobre todo han afectado a cientos de miles de salvadoreños que viven en condiciones inhumanas o que huyen diariamente del país porque es la única forma de mantenerse con vida.

En un lugar como El Salvador en el que, solo en el pasado reciente, dos expresidentes –uno confeso y otro acusado– desviaron un total de más de $700 millones, es iluso pensar que solo viendo al futuro se resolverán los problemas cuyas raíces demanda revisar el pasado. Todos tenemos que aportar una cuota de sacrificio y sería injusto que la cuota más alta la sufran los salvadoreños más afectados por la impunidad, que viven en condiciones de pobreza, desatención y padeciendo altos índices de violencia.

La posibilidad de continuar distraídos de lo que aquí sucede se nos va cerrando cada vez más. El camino que nos queda es el de la protesta pacífica para exigir propuestas y acciones concretas y, sobre todo, para demandar, a quienes pretenden gobernar que hablen con claridad y transparencia.

Existe una idea, convenientemente repetida e instalada en la mente de buena parte de los salvadoreños, que nos ha hecho pensar que las soluciones llegarán cuando asuma el poder un líder fuerte que “impondrá orden”. Esta creencia no es real porque es imposible que una sola persona resuelva el caos que, con diferentes niveles de responsabilidad, todos hemos contribuido a generar. Además debemos reconocer que lo que ha sostenido a este país, a pesar de la violencia y la corrupción generalizadas, es la suma de los esfuerzos de esas personas que cada día actúan sin buscar ningún reconocimiento.

La política tiene entre sus funciones atender y ordenar los conflictos que plantea la convivencia colectiva, garantizando el bien común; y como ciudadanos todos la ejercemos. Y aunque resulte cómodo desentenderse de ella, la verdad es que nuestras opiniones y la participación activa se convierten en contrapesos frente a los abusos de quienes tienen el poder.

Pretender vivir de espaldas a la realidad ya no es posible. Si queremos desarrollo y libertad para nosotros y nuestras familias debemos preocuparnos porque los demás también tengan las condiciones para construir lo mismo. Este país solo será viable si de una vez por todas empezamos a trabajar por el bien común en lugar de buscar únicamente nuestro propio bienestar.

Cuestionar por el bien del país

Como buena parte de los salvadoreños yo también estoy cansada de la forma en cómo se hace política en el país; de candidatos y campañas con frases e imágenes bonitas pero carentes de fondo y honestidad para atender los múltiples y profundos problemas que enfrentamos como sociedad. Desgastada de que en corto plazo, las asociaciones dudosas y el saqueo de los fondos públicos parezcan ser los únicos intereses de quienes alcanzan el poder.

Llevo años decepcionada observando cómo abandonan a la nación y a la gente para cuidar intereses personales y de allegados. Los partidos políticos, a pesar de que han sido presionados para transparentar la forma en cómo gestionan sus finanzas, quienes los patrocinan o para aceptar que las sociedades cambian y que los paradigmas del pasado están siendo cuestionados a fondo, permanecen atascados en sus visiones añejas o lo que ellos llaman sus ideologías. Y eso los mantiene alejados de las variadas capas de realidad que vivimos los ciudadanos, dificultándonos puntos de encuentro para avanzar.

La campaña presidencial arrancó hace ya muchos meses y a pesar del tiempo transcurrido seguimos observando posturas románticas que suenan huecas. A los votantes, además, se nos trata de conquistar a través de imágenes diseñadas para agradar o sobre la base del ataque anónimo que solo exacerba los ánimos y genera conflictos a conveniencia y luchas entre “buenos” contra “malos”, donde realmente no se distingue entre unos y otros.

Mientras los aspirantes utilizan su energía en conflictos creados, ninguno está realmente liderando un debate que discuta con transparencia, honestidad y sinceridad las posibilidades que tenemos para atender problemas como la delincuencia, la falta de educación, el bajo crecimiento económico, la inmigración, la falta de oportunidades y de equidad entre diversidad de salvadoreños o cómo cerrarle las puertas a la impunidad. Y en ese proceso caótico el desorden, la falta de visión y la corrupción se siguen profundizando, en beneficio de personajes y grupos interesados en alcanzar el poder solo para su provecho.

Los candidatos, sin duda alguna, no la tienen fácil. Demasiados cerrojos y compromisos, demasiados socios y patrocinadores. Lo que les evita hablar desde lo profundo de sus convicciones; algo que se nota en su comunicación.

Como ciudadana solo tengo preguntas para quienes aspiran al poder, quienes hasta ahora no han logrado generarme ninguna confianza ni credibilidad. Sobre corrupción quisiera saber: ¿por dónde iniciarán su combate contra este flagelo?, ¿quiénes serán sus aliados para realizar ese trabajo?, ¿cuáles son sus asociaciones e intereses privados?, ¿están dispuestos a revelar esas relaciones económicas como un acto de transparencia?, ¿qué opinan acerca de las diferencias entre administrar una empresa y administrar un país?

Sobre la educación y la falta de recursos para desarrollar ciudadanos con pensamiento crítico y creatividad en lugar de masas obedientes e influenciables, quisiera saber: ¿cuál es la visión de largo plazo acerca de la educación en El Salvador?, ¿cuál será la estrategia para mejorar la educación en el país?, ¿cómo garantizarán un presupuesto adecuado para invertir en el recurso más importante, la gente?

Acerca de la violencia contra la mujer, me urge conocer hasta dónde los aspirantes conocen el fondo cultural y psicológico de este fenómeno que tiene un impacto enorme en la calidad de sociedad que tenemos y qué piensan hacer para atenderlo.

Sobre la delincuencia y su relación con la falta de oportunidades económicas y educativas: ¿cómo innovarán frente a un problema que no puede seguir siendo tratado únicamente con represión? y ¿cómo ejercerán control sobre las pandillas?

Los temas son múltiples y los ciudadanos, sin importar las simpatías partidarias, tenemos la obligación de actuar con responsabilidad y dejar de creer a ciegas. Hoy, nuestro deber es cuestionar constantemente.

Conciencia para disminuir la violencia

La frase expresada por el fiscal general de la república en el caso de corrupción contra Mauricio Funes “Ada Mitchell Guzmán se vuelve casi una obra pública por toda la inversión de fondos públicos que hizo en ella el expresidente” da pie para hacer una reflexión sobre el machismo y la misoginia que opera en El Salvador. No solo porque lo dicho proviene de una de las figuras más importantes en el combate contra la delincuencia y el crimen en el país, sino porque también demuestra claramente cómo los prejuicios ocultos están presentes en la cultura salvadoreña.

Tuve la oportunidad de conversar con el fiscal acerca de esta declaración y aceptó que no había sido correcta, sobre todo por lo que su cargo representa. Por supuesto que esto no le resta relevancia a su trabajo. Ojalá lleve a la cárcel a los responsables del saqueo al Estado y recupere lo robado para invertirlo en la población más vulnerable.

La misoginia y el machismo significan respectivamente “aversión a las mujeres” y “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres…” Los chistes en los que se denigra y degrada a una mujer o a lo femenino, aunque cueste aceptarlo, representan una forma más de misoginia y machismo. Ambas tejen una red fina en el inconsciente que es difícil advertir en nosotros, en otros o en este tipo de manifestaciones. Las expresiones como la del fiscal general, aparentemente inocentes, son el primer paso hacia el desprecio, la violencia y el abuso en contra de las mujeres. Para comprender mejor solo basta ser curioso y leer la declaración del fiscal y los comentarios expresados en Twitter por hombres y mujeres acerca de lo que quisieran hacer o lo que, según ellos, se merece esta señora por haber sido llamada de la forma en la que lo hizo el funcionario.

Muchos padecemos de estos prejuicios inconscientes. Creer que las mujeres “valen menos que los hombres” o que “su rol es ser únicamente madres o esposas”, entre otros, son el resultado de haber aceptado esas ideas hasta haberlas convertido en verdades absolutas; alimentadas, además, durante milenios por filósofos, religiosos y hombres de ciencia. La verdad es que hoy, al igual que lo hicieron antes, estas continúan limitando el desarrollo de las potencialidades que existen en cada niña y en cada mujer, y también promueven y normalizan el control y la violencia hacia lo femenino.

Las cifras sobre la violencia en contra de niñas y mujeres en el país son perturbadoras. Según el observatorio de Ormusa, en el primer trimestre de 2018 hubo 1,515 delitos contra las mujeres, casi 17 casos al día. Diez mujeres fueron asesinadas por sus parejas entre enero y abril de este año. Entre enero y julio de 2017, un total de 1,948 denuncias por delitos sexuales fueron registradas, y la violación en menor e incapaz fue el delito más denunciado (47.95 %). Estas son solo cifras oficiales, porque la vergüenza y el temor evitan la denuncia.

Las creencias machistas y misóginas están ocultas en lo profundo de nuestro inconsciente, y por ello son peligrosas, porque nos llevan a normalizar este tipo de expresiones y comportamientos. Para traerlas al consciente, es necesario aceptar que formamos parte de una cultura machista, preguntarnos si esas manifestaciones denigrantes las utilizaríamos si fueran dirigidas a familiares o allegados, y corregir esas creencias en nuestros entornos.

Es urgente realizar un esfuerzo colectivo para entender las raíces de ese desprecio a lo femenino y construir una nueva conciencia con creencias saludables y edificantes acerca de las niñas y mujeres si en realidad deseamos reducir la violencia. Las palabras, que provienen de nuestras creencias, son generativas, construyen o destruyen. Al expresarnos irresponsablemente alimentamos el ciclo de odio-abuso-violencia-asesinato que en este país afecta no solo a niñas y mujeres, sino que corrompe a las familias enteras.

De prejuicios, crisis y redes sociales

Vivimos en una época con acceso irrestricto a información y conocimiento, en el que la denuncia de prácticas y creencias que hasta hace muy poco eran aceptadas se ha vuelto la norma. Grupos de población que antes se habían replegado frente a los abusos e irrespeto de sus derechos ahora están hablando abierta y directamente. Estamos conectados con el planeta y esto nos ha permitido ampliar la comprensión del mundo que habitamos; aunque también nos ha hecho más vulnerables a información falsa y ataques personales.

Las crisis en redes sociales son una constante. Nadie está exento. Por lo que se vuelve importante evaluar a fondo los cambios que se están produciendo en el mundo con apoyo de estas herramientas. Aquellos que ocupan posiciones públicas o liderazgos activos, o simplemente quienes aprovechan el espacio virtual para expresar sus ideas, valores o estilos de vida, enfrentan el enorme desafío del escrutinio de sus palabras y, sobre todo, de sus acciones. Ahora es requerido ser coherente y volverse ejemplo de lo que se promueve.

Además, han tomado fuerza movimientos étnicos, colectivos relacionados con el género, la sexualidad y movimientos de inmigrantes que han sido forzados a huir de sus lugares de origen en el mundo entero. Todos ellos están reclamando su derecho a recuperar y vivir sus tradiciones y valores. Asimismo, existe una serie de conceptos que no son nuevos, pero que están resurgiendo con la presencia de activistas que han ampliado su voz a través de lo digital. Hay mucho que comprender acerca de temas como la supremacía blanca, el patriarcado o el feminismo interseccional.

Sin lugar a dudas, la humanidad entera ha vivido por milenios bajo el paradigma que considera a la raza blanca superior al resto. Esta idea y otras, como que las mujeres tienen menores capacidades intelectuales que los hombres, o que los negros delinquen más que los blancos, o que los indígenas son violentos por naturaleza, han sido asumidas en el inconsciente colectivo y han sido promovidas en beneficio de unos y prejuicio de otros; convirtiéndose en verdades absolutas que muy pocos se atrevían a cuestionar hasta hace unos años. Estos prejuicios nos han llevado a deshumanizar y a creer que unas vidas valen más que otras, y esta diferenciación justificó la dominación, el maltrato, la expulsión, llegando hasta el asesinato de millones de seres humanos.

Esta es la época que nos ha tocado vivir y somos testigos de las consecuencias devastadoras en las vidas de millones de personas por causa de esos paradigmas. Nuestra responsabilidad, como mínimo, es tratar de comprender el impacto y autoanalizarnos para evaluar cómo nos han afectado y cómo hemos afectado a otros con estas creencias.

Si la intención es tener algún impacto en nuestros entornos más cercanos e incluso ampliarlos a través de las redes sociales, es deseable reconocer esta realidad y reducir el margen de enfrentar una crisis debido a prejuicios o ideas que se expresan sin haber sido evaluadas. Es recomendable autoaplicar un “doble clic” y revisar esos prejuicios ocultos que nos hacen opinar sin empatizar con realidades que, por no vivirlas, no las comprendemos. En este nuevo contexto se vuelve relevante, también, entender cómo los privilegios que una persona ha tenido (mejor educación, oportunidades laborales, protección familiar, entre otros) no son la norma para millones de individuos y, por lo tanto, es indebido creer que estas ventajas aplican igual para todos.

Escuchar para comprender a fondo cómo esos paradigmas, bajo los cuales hemos vivido y actuado, han tenido impactos en diversas poblaciones, es una forma que el ejercicio del liderazgo, desde cualquier ámbito, exige en esta época de transparencia extrema.

Atender al conflicto

Soy una promotora del conflicto. Estoy convencida de que es una forma real y honesta de ponerle luz a situaciones, relaciones o proyectos que necesitan actualizarse y sanar. Creo también que los humanos hemos avanzado en ciencia, economía, matemáticas, física, pero seguimos siendo unos analfabetas emocionales, que hemos creído ese discurso dominante de que el estado óptimo y natural del humano es estar “siempre” feliz. Peor aún, que, bajo la influencia de las redes sociales, todos deben ser testigos de ese estado de felicidad permanente. Nada más alejado de la realidad.

En un país como El Salvador, plagado de formas y con muy poco fondo, huimos de conversaciones incómodas y de emociones fuertes, como el enojo, la frustración y la rabia. Y no es que estas últimas no las sintamos, eso es imposible. Lo que sucede es que las adormecemos con lo que sea, porque consideramos que no es “normal” sentir el dolor.

Al evitar el dolor, la cólera y otras expresiones emocionales, lo único que conseguimos es desconectarnos de nosotros mismos, fortaleciendo, al mismo tiempo, los problemas; porque sin atenderlos con claridad y transparencia lo que hacemos es alimentar con gasolina una situación que pide atención y soluciones.

Lamentablemente, en esta sociedad estamos tan acostumbrados a que estallen violentamente esos aspectos desatendidos que hemos olvidado que existen otras formas para gestionar los conflictos, que con respeto por las opiniones diversas se puede dialogar y, sobre todo, que se pueden descubrir rutas de solución que beneficien a los involucrados. Tristemente, en El Salvador vivimos estancados. Cada uno defendiendo su postura. Sin posibilidad de apertura.

Aquí se valoran demasiado las buenas formas, lo externo y lo cosmético; y se evita asumir las responsabilidades personales y de grupo ante situaciones que requieren soluciones concretas o que exigen, al menos, poner sobre la mesa los diferentes puntos de vista frente a un desacuerdo. Olvidar el pasado, darle vuelta a la página y ver hacia el futuro son solo frases vacías que buscan tapar la realidad. Porque sin la comprensión de los hechos y del impacto del pasado en el presente, solo nos condenamos a revivir, una y otra vez, ese ciclo de apariencias en el que las profundidades están plagadas de frustración, rabia y desencanto, las cuales terminan expresándose, invariablemente, en formas cada vez más violentas.

En El Salvador, somos expertos en atacar anónimamente a quienes piensan diferente a nosotros. Evitamos y bloqueamos los espacios en los que se puede abrir el diálogo honesto, sincero y transparente. Y, por falta de valentía para hablar con la verdad, contribuimos a que la sociedad se mantenga en la superficie hablando de colores y de situaciones idílicas que no tienen un asidero real. Esa falta de honestidad para evaluar otros puntos de vista siembra, en adultos, niños y jóvenes, una forma perversa de construir comunidad y sociedad, donde domina el que más grita, el que miente y el que destruye a toda costa a quien es diferente a la corriente dominante.

Esa falta de respeto por quienes piensan distinto es lo que nos está matando, porque no logramos ver el fondo de los problemas y la raíz desde donde la violencia y la superficialidad se alimentan. Requerimos poner luz en los temas más complejos, en la infinidad de conflictos que nos afectan; de lo contrario, continuaremos promoviendo esa falsa sonrisa que se pinta por fuera, pero por dentro viviremos descompuestos y presos de traumas.

Comunicar y liderar

Liderar y comunicar son dos actividades que se encuentran íntimamente relacionadas. Ambas, si se realizan con la intención adecuada, permiten establecer conexiones transformadoras entre individuos y equipos, así como descubrir significados comunes, que facilitan avanzar hacia un horizonte compartido en el que se obtienen beneficios tangibles para quienes participan de un proyecto u organización.

Desde hace varios años comprendí que había algo que estaba perdiendo vigencia con el concepto generalizado de la comunicación, que en lugar de contribuir con el desarrollo de una persona, o de una organización, estaba bloqueándolo. Ese algo es el excesivo enfoque en lo externo o el confundir la comunicación con la imagen. Si bien un edificio cómodo y adecuado o la presentación limpia y ordenada de los empleados sin duda comunica, es más potente cuando lo que se pretende transmitir está soportado por los comportamientos de un líder y de su equipo. Es decir, la comunicación es más efectiva cuando se manifiesta a través de los comportamientos de las personas y no desde la imagen que proveen las cosas.

La comunicación y el liderazgo han cambiado radicalmente en los últimos años. La inteligencia emocional, la psicología positiva, la neurociencia y el “coaching” están incidiendo fuertemente en estas actividades. Una mejor comprensión acerca de cómo operamos, creamos hábitos y nos transformamos ha puesto sobre la mesa la necesidad de enfocarse y desarrollar habilidades blandas o inteligencia emocional, que permiten a un individuo gestionar sus relaciones de forma eficiente y saludable, acompañando el desarrollo de otros.

Google aportó al mundo empresarial información valiosa acerca de estas habilidades blandas y de su incidencia en el desarrollo de los equipos. En 2009 inició el proyecto Oxígeno bajo la presuposición de que “los jefes ya no eran necesarios”. El estudio recopiló, entre los empleados de Google, más de 10,000 observaciones acerca de los gerentes, y descubrió patrones de comportamiento que convirtió en indicadores para medir y desarrollar, a través de sus programas de capacitación, el óptimo desempeño gerencial y de liderazgo. A la fecha, esta organización reporta una mejora del 75 % en el cumplimiento de los liderazgos y de los equipos, como resultado de su enfoque en esos indicadores.

Según Google y Oxígeno, estas habilidades son: (i) ser un buen coach, (ii) empoderar, (iii) mostrar interés en el éxito y bienestar del equipo, (iv) ser productivo y orientado a resultados, (v) escuchar y ser un buen comunicador, (vi) contribuir con el desarrollo profesional de los empleados, (vii) tener una visión y claridad estratégica y (viii) contar con habilidades técnicas para aconsejar al equipo.

De las ocho habilidades, seis son competencias “blandas”. Y la habilidad número uno, “ser un buen coach”, permite a un jefe o líder desarrollar el resto de competencias: escuchar y mostrar interés, comunicar para conectar, empoderar y contribuir al desarrollo del equipo. Estamos frente a un cambio de época, donde las nuevas generaciones y los desafíos provocados por la tecnología, entre otros, demandan innovación en la forma de liderar, porque no existe una fórmula única para hacerlo, y el mundo tiene muchos avances en ciencia, salud y tecnología, pero hace falta poner ese mismo énfasis de progreso en el desarrollo del ser humano.

Los nuevos liderazgos e individuos con poder para incidir en amplios grupos de personas requieren enfocarse en procesos de transformación que necesitan de tiempo y de confianza, e imprimir una actitud sincera de respeto por la individualidad y la validación del potencial de crecimiento de cada miembro del equipo.

Cuando se aceptan y se ejercitan conscientemente estas nuevas formas de liderar, se abre la puerta a una conexión más profunda y real, y como lo demostró Google, también a un cambio que beneficia a más personas. Sin duda, no es una tarea fácil y requiere cultivar una actitud mental de principiante y un estado permanente de curiosidad, que faciliten la implementación de formas diferentes e innovadoras para gestionar a las personas.

Límites para reducir la conflictividad

Los salvadoreños somos famosos por ser “buena gente”, amistosos, amables y entregados. Sin embargo, a pesar de esas características, el país está catalogado como uno de los más violentos del mundo. Vamos de un extremo a otro en un péndulo que oscila entre la sonrisa y la “cherada”, el insulto y la violencia. Evitamos decir no por temor al rechazo; rehuimos discutir los temas difíciles porque preferimos ignorar el conflicto hasta que es insostenible y explota. En pocas palabras: no reconocemos nuestros propios límites y mucho menos sabemos cómo expresarlos de forma asertiva a los demás.

Los límites personales son una especie de barrera imaginaria que nos ponemos a nosotros mismos y a otros para proteger y dividir ciertos aspectos de nuestra vida. Por ejemplo, un límite en la familia sería el espacio que le solicitamos a los demás miembros cuando deseamos estar solos. En el trabajo, sería solicitar que se respete el horario establecido y evitar asignaciones fuera de las horas habituales o hacerlo únicamente para casos de emergencia.

Estas fronteras nos permiten ejercer nuestro poder personal y, al mismo tiempo, nos posibilitan gestionar nuestras emociones, así como diversos aspectos de la vida cotidiana. Además, nos facilitan obtener espacios desde donde podemos, en la intimidad, reflexionar, evaluar y realizar ajustes a nuestros comportamientos o simplemente descansar de la actividad extrema.
Es importante reconocer que vivimos en grupos de diferente tipo y que el ser humano aspira a pertenecer, ya sea a una familia, a amigos, a grupos de interés o pasatiempos, a un país, a un trabajo, entre otros. Ese cúmulo de asociaciones da sentido a la vida de una persona, y le ofrece marcos desde donde actuar. Pertenecer es un acto social importante, y para hacerlo muchas veces estamos dispuestos a tomar responsabilidades y tareas con las que no nos sentimos cómodos, que no satisfacen nuestros intereses, y, en el peor de los casos, que nos hacen obviar nuestros principios e integridad.

Y es, precisamente, frente a esos casos que los límites no solo se vuelven saludables sino necesarios, porque nos permiten experimentar control y autogestión. Lamentablemente estamos tan acostumbrados a decir que sí, a evitar el conflicto y a complacer a los demás que ni siquiera nos preguntamos cuáles son y dónde están esas fronteras personales. Preferimos permanecer en la zona de confort frente a deberes y estándares impuestos por otros, aunque estos hayan dejado de ser útiles y nos provoquen malestar y frustración.
Para identificar esos límites es importante dedicarse tiempo a solas y reflexionar sobre ellos. Conocerlos es el primer paso para ejercerlos con nosotros y luego con los demás. Los mecanismos más importantes para descubrirlos se expresan en forma de emociones o sensaciones a través del cuerpo. El cansancio, el enojo sin razón aparente y la frustración son algunas de las señales iniciales que muestran que es necesario establecer un límite. Sin embargo, prestamos poca o nula atención a esas pistas y preferimos acumular el malestar hasta que este es insostenible y surge, sin control, en forma de rabia o de molestias físicas mayores.
Puede ser complicado expresar un no o devolver la responsabilidad de una situación o actividad a quien corresponde, pero es importante sobrepasar la incomodidad y el miedo al rechazo. Decir un no oportuno, cancelar actividades, rechazar responsabilidades que no nos competen es incómodo pero necesario. Los límites son una muestra de respeto para nosotros mismos y también para los demás. Y, sobre todo, una forma de reducir la conflictividad que caracteriza a buena parte de los salvadoreños.

Vidas inspiradoras

¿En quién te inspiras?, ¿dónde buscas esos personajes, reales o ficticios, en los que descubres pautas para tu vida? Hoy quiero referirme a tres personas cuyas vidas representaron, entre otras cosas, valentía, determinación y capacidad de responder con paz a la violencia. Seguramente, también cometieron errores y están lejos de considerarse perfectos, pero destaco los aspectos que estimo más notables de sus vidas.
La primera es sor Juana Inés de la Cruz, poetisa, música, pintora, teóloga y monja mexicana que vivió en el siglo XVII. Un tiempo en el que las mujeres, para obtener “valor” como personas, solo podían aspirar al matrimonio o a recluirse y vivir sin ninguna aspiración personal. En ese contexto, Juana Inés decidió convertirse en religiosa, porque encontró en ese espacio la posibilidad de perseguir y desarrollar su amor por el conocimiento; aunque tuvo que pelear muchas batallas contra quienes pretendieron silenciar su arte.

Su valentía queda patente en una carta dirigida a su confesor, que se cree fue escrita entre 1681 y 1683, donde señala: “Mis estudios no han sido en daño ni perjuicio de nadie, mayormente habiendo tan sumamente privados que no me he valido ni aun de la dirección de un maestro, sino que a secas me lo he habido conmigo y mi trabajo…”. Y, en la misma misiva cuestiona a su confesor acerca del derecho a los estudios negado a las mujeres: “¿Quién los ha prohibido a las mujeres? ¿No tienen alma racional como los hombres? ¿Pues por qué no gozará el privilegio de la ilustración de las letras con ellas?… ¿Qué revelación divina, qué determinación de la Iglesia, qué dictamen de la razón hizo para nosotras tan severa ley?”

El segundo es Gandhi, pensador, abogado y activista por la independencia de la India, que nació en el siglo XIX. Su concepto “satyagraha” llama a la no violencia, a expresar la propia verdad con determinación y convencer con el poder de la palabra a través de argumentos veraces, documentados y magistralmente construidos. Lograr eso requiere plantear con honestidad y transparencia razones que provengan de la convicción más profunda, y desde ese espacio persuadir a otros.

El tercer personaje es Nelson Mandela, líder y activista contra la segregación racial en Sudáfrica, abolida finalmente en 1993, y quien asumió la presidencia de su país en 1999 luego de haber permanecido en la cárcel durante 27 años, tiempo en el cual fue sometido a un duro régimen y malos tratos. Este visionario del siglo XX es el ejemplo fresco de que sobrevivir al odio y al desprecio de un grupo que se sentía superior es posible; porque Mandela ofreció la paz como respuesta a la violencia de la que fue víctima y logró colocarse por encima de la locura y el egoísmo humano para demostrar una capacidad de perdón y de reconstrucción personal digna de estudio. Una actitud, además, que contuvo el odio entre los sudafricanos y que definió, al fin y al cabo, el rumbo de su país.

Juana Inés, Gandhi y Mandela defendieron con pasión sus ideales, a pesar de los enormes obstáculos que encontraron. Sus vidas simbolizan la coherencia entre convicciones, palabras y acciones. Sin duda, tres personajes intensos y fascinantes que rompieron esquemas, derribaron muros de prejuicios y de violencia y, sobre todo, que continúan representando los valores de valentía, determinación y paz.