Fluir en el tiempo, como la naturaleza

Los griegos utilizaban dos conceptos acerca del tiempo: Kronos y Kairos. Kronos como la “medida” lineal del tiempo; y Kairos como la “participación” en el tiempo. Nuestras vidas en la actualidad están regidas por el primero que se expresa a través del reloj, los horarios, el estrés provocado por el hacer excesivo; y el permanecer ocupados y preocupados tratando de cumplir con él, olvidándonos de estar verdaderamente presentes.

Kronos cuadricula, y aunque efectivo, si Kairos no se incluye, corremos el riesgo de perder el disfrute de lo que hacemos. Vivir desde Kronos es correr, estar adentro de los esquemas y atados. Vivir a través de Kairos es participar, implicarse, fluir y renovarse en el proceso.

Kairos es como la naturaleza, que siempre está concentrada en su constante renovación. Hace algunos años me acerqué a la naturaleza y empecé a comprender sus ciclos. Me alegraba cuando todo florecía, y me entristecía cuando lo verde y colorido empezaba a envejecer y morir. En aquel entonces, no entendía que ella se mantiene en un ciclo constante de renovación y renacimiento; en ese “tiempo sin tiempo”, en un fluir que se asemeja a una espiral que gira y avanza lenta y constantemente.

Los humanos nos hemos desconectado de ese estar “dentro” del tiempo, y nos hemos casado con la idea de que este nunca se detiene; perdiendo energía valiosa en una lucha incesante para que la vida se mantenga en línea recta y sin desviaciones.
La energía se dispersa cuando perseguimos aquello que “otros” nos dicen que debemos alcanzar; cuando creemos que el “tiempo” se nos acaba y corremos detrás de él en lugar de ir por nuestros sueños, ideas y motivaciones. Y la energía se renueva cuando reconocemos los ciclos naturales del espacio que habitamos, y aprendemos a descansar para reponernos.

Pensadores, escritores y filósofos han hablado de ese fluir durante siglos: “Sé cómo un árbol, deja que las hojas muertas se caigan”. “…planta tu jardín y adorna tu alma…”. “Adopta el paso de la naturaleza: su secreto es la paciencia”. “El secreto no es correr detrás de las mariposas, es cuidar el jardín para que ellas vengan a ti”.

Las claves para fluir en el tiempo se expresan en la naturaleza. La tierra que recibe la semilla, el viento, el sol, las aves e insectos que movilizan lo necesario para que esa semilla se alimente y crezca; la lluvia que llena de vida las profundidades; los frutos que se ofrecen una y otra vez hasta que llega el momento de cerrar un ciclo y dar paso a una nueva fase.

Entender la naturaleza es comprender el manejo del tiempo; porque en ella todo llega en su justo momento. Como señala la analista junguiana Jean Shinoda Bolen: “Todas y cada una de las cosas que existen en la naturaleza pertenecen a su grupo particular con el que comparten semejanzas, al tiempo que cada una es en sí misma única; en ningún caso hay dos ejemplares idénticos. Sin embargo, cada una de ellas florece o fructifica junto con las demás, cuando llega su temporada”.

El sueño de detener al tren del progreso

El progreso es un tren ultrarrápido que avanza sin fin, siempre en línea recta, sin detenerse, sin equilibrar nada. Corre con una obsesión infinita por acumular, por crecer, por consumir, por innovar, por hacer. Su deseo, desenfrenado, se enfoca en el tener cosas, descuidando en esa carrera lo humano y despreciando a la naturaleza.

Tuve un sueño en el que los maquinistas que dirigían ese tren ultramoderno, siempre vivo y atareado, decidían frenar por unos segundos. Durante ese breve tiempo, modificaban los techos de hierro que los mantenían aislados y los cambiaban por ventanas transparentes que abrían y cerraban a su antojo. El resultado era agridulce. Por un lado se sorprendían frente a los verdes y azules intensos del cielo y la naturaleza; y por otro, observaban la destrucción y el abandono a su alrededor. Niños sin salud ni educación, casas de lámina sin agua, espacios polvosos y grises.

Mundos paralelos rodeaban al tren del progreso. Algunos, salvajes en los que la naturaleza había tomado control de edificios y ciudades abandonadas, y se observaba poca vida humana; otros, donde solo se percibían espacios cubiertos por cemento y hierro, edificaciones que mostraban el intento por atraer al tren y que habían causado tal daño, que flores y aves se habían retirado por completo al no encontrar espacio, agua ni aire para vivir.

Los maquinistas se mostraban sorprendidos y se cuestionaban entre ellos cómo había podido suceder tanta destrucción alrededor de su tren sin que se hubieran percatado. Otros se preguntaban cómo nunca se habían detenido a ofrecer ayuda a quienes se habían quedado en esos espacios, o a cuidar que la naturaleza jamás se retirara por completo.

Entendían perfectamente que la humanidad estaba íntimamente vinculada a la vida del planeta. Lo habían leído o escuchado de alguno de sus referentes o en informes a los que eran asiduos, pero que habían ignorado por estar concentrados en el avance sin fin del progreso. Nunca pensaron en detenerse y observar lo que sucedía a las sociedades y a los individuos que habían quedado fuera del sistema. Siempre habían creído que, de alguna manera, las personas sobrevivirían y se incorporarían en algún momento a su tren.

En esos breves segundos se daban cuenta de que esos humanos que estaban fuera jamás lograrían alcanzarlos sin ayuda de los maquinistas que podían desacelerar y facilitar la incorporación de otras personas. Descubrían que el tren y la naturaleza permanecían en una constante guerra, un conflicto en el que algunas veces la máquina del progreso lograba dominar y otras en que la naturaleza salía victoriosa destruyendo con furia sus vidas y sus creaciones.

Desperté asustada porque, en el sueño no visualicé ningún punto de encuentro. Mi deseo es que los maquinistas se den cuenta de que el progreso no valdrá la pena sin el equilibrio y la armonía entre la vida humana y el mundo natural, sin que se ofrezca a todos las mismas oportunidades para que avancen y tengan la opción de subirse al tren o de dirigirse en dirección contraria, si así lo deciden. Mi aspiración es que aprendamos a desacelerar y a explorar nuevas formas de progreso en el que todos quepamos, y en el que todos tengamos opciones para avanzar a diferentes velocidades. Algunas veces será más rápido, por alcanzar un sueño, y otras más despacio, para cuidar de quienes no han tenido las condiciones necesarias para avanzar o simplemente para disfrutar del fresco de una mañana y el aroma de una flor.

Cuestionar a fondo al patriarca

Por siglos se ha repetido la creencia falsa que la prostitución femenina es la “profesión” más antigua de la humanidad. En su libro “Calibán y la bruja” la escritora y profesora universitaria de Hofstra en Nueva York, Silvia Federici, presenta ampliamente su visión acerca de cómo en la Edad Media, en Europa y luego a través de la conquista en América, y durante la transición entre el feudalismo y el capitalismo, se despojó a las mujeres de sus principales actividades económicas que estaban relacionadas con el cultivo de la tierra, el oficio de parteras y cuidadoras de la salud, así como de trabajos artesanales, lanzándolas a las calles y dejándoles únicamente dos opciones: ser esposas y madres o ser prostitutas.

Federeci señala que “las mujeres no hubieran podido ser totalmente devaluadas como trabajadoras, privadas de toda autonomía con respecto a los hombres, de no haber sido sometidas a un intenso proceso de degradación social; y efectivamente, a lo largo de los siglos XVI y XVII, las mujeres perdieron terreno en todas las áreas de la vida social”.

Este proceso, según la escritora, inicia hacia finales del siglo XV cuando los artesanos implementaron una campaña para devaluar el trabajo femenino con el propósito de excluirlas de los talleres. Durante este período se eliminaron muchos derechos de las mujeres; por ejemplo, el acceso a trabajos asalariados y a la libre circulación. Además, desde los ámbitos religiosos y culturales se construyó un concepto femenino acerca de sus virtudes y sus vicios. En este proceso, indica, se identifican dos tendencias: “Por un lado la construcción de cánones culturales que maximizaban las diferencias entre mujeres y hombres; y por otro se estableció que las mujeres eran inferiores a los hombres, excesivamente emocionales y lujuriosas, incapaces de manejarse por sí mismas y tenían que ser puestas bajo control masculino”.

Federeci indica que la caza de brujas concluyó la degradación de la identidad social en el que “la definición de las mujeres como seres demoníacos y las prácticas atroces y humillantes a las que muchas de ellas fueron sometidas dejó marcas indelebles en su psique colectiva y en el sentido de sus posibilidades” porque “destruyó todo un mundo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que habían sido la base del poder de las mujeres en la Europa precapitalista…”.

En la Edad Media, se cultivaron y florecieron esas creencias que continúan alimentando la violencia en contra de lo femenino. Reducirla hasta eliminarla requiere de múltiples actores. La responsabilidad de los adultos es desmontar y construir un nuevo modelo para relacionarnos con lo femenino y lo masculino, y mostrar a las nuevas generaciones que es posible vincularnos desde la sanidad emocional y el respeto.

Las mujeres requerimos recuperar lo que nos fue expoliado y los hombres, como una obligación moral, deben proveerse su propio proceso para actualizar esas creencias acerca de lo femenino. Las iglesias, por su parte, deben cuestionar a sus patriarcas y replantearse la forma en cómo orientan a sus feligreses en relación con este flagelo que destruye la vida de niñas y niños y el futuro de nuestras familias y sociedades.

La solución empieza por mí, cuando asumo mi poder como mujer, cuando me reconcilio con mi historia y me atrevo a cuestionar a los patriarcas de mi vida, recogiendo lo bueno y desechando lo malo de una vez por todas de mi sistema. Y también cuando activo e invito a líderes religiosos, políticos y empresariales para que se sumen a la tarea de desmontar esas creencias dañinas acerca de las mujeres, de nuestros cuerpos y de nuestra participación en la economía.

La iniciación primordial de una mujer

“Como mujeres, no podemos escalar más alto de lo que estamos dispuestas a descender” señala la autora del libro “Manual para la mujer emergente” Mary Elizabeth Marlow, al referirse al mito griego de Psique (alma o mente) que representa un viaje iniciático a las profundidades del alma para conectar con el interior profundo de una mujer y desatar su potencial y su autoridad individual.

El mito cuenta que Psique debe enfrentar una serie de desafíos en su vida, de entre los cuales el más complicado acaso sea el impuesto por Afrodita (diosa de la belleza) que la obliga a viajar al Hades (inframundo) de donde debe volver con una caja que, en su interior, contenga un poco de belleza. Solo entonces, alcanzado ese objetivo, podrá recuperar el amor de Eros (dios del placer). Durante su travesía, confronta grandes retos que la empujan a asumir, en soledad, el control de sus decisiones, y solo la fuerza de su amor le permite encarar sus miedos. Una vez superadas las pruebas y a su regreso al mundo, Psique desobedece a Afrodita y abre la caja, cayendo en un sueño del que no puede volver. Eros la lleva frente a Zeus y le pide que les permita casarse, a lo que el dios del Olimpo responde despertándola y convirtiéndola en inmortal.

Este mito muestra aspectos de Psique aplicables al desarrollo de cualquier niña en su camino a convertirse en una mujer autodirigida y segura de sí misma que atesore, en su interior, las herramientas que le permitan alcanzar su visión personal. Psique es, inicialmente, influenciada por su familia: su padre la obliga a casarse; su hermana la incita a asesinar a su esposo porque según ella es un monstruo. La diosa Afrodita le ordena, además, enfrentar pruebas imposibles para un humano, prometiéndole que al superarlas podrá alcanzar el amor que busca. Dicho amor significa la pasión canalizada para alcanzar los sueños del tipo que sean. A lo largo de cada una de las pruebas, están siempre presentes su voluntad y su pasión, que le permiten cumplir con las exigencias impuestas y adquirir, en el camino, la seguridad para enfrentar el reto más complejo de su vida: descender y volver del Hades.

La historia de Psique es utilizada en psicología para referirse al desarrollo del aspecto femenino y las profundidades del inconsciente. Cada una de las pruebas, con su respectiva desobediencia, la llevan por un nuevo camino de búsquedas y aprendizajes que la impulsan a tomar decisiones en soledad y, en definitiva, la incitan a asumir la más difícil de sus osadías: desobedecer a la diosa Afrodita y abrir la caja; y a través de este hecho conquistar su autoridad interior.

Psique es el inconsciente que dirige la vida de una persona. Descender y conectarse con esta realidad individual es vital para evaluar el pasado, así como para entender las causas que retienen a un individuo. Y, desde ese íntimo lugar, volver a la superficie, abrir la caja y descubrir el enorme regalo de la aceptación total con lo bueno, lo malo, los aprendizajes y los dolores. Y para realizar, en el momento presente, los ajustes requeridos e iniciar un vuelo hacia el futuro libre de cargas y con la seguridad de estar en el camino correcto.

Este proceso se concluye, como señala Marlow, “por la decisión correcta en el momento correcto”, cuando se reconoce que no hay autoridad externa que pueda asumir la sabiduría interior y cuando “se emerge a través de la aceptación de todo lo que se es”. Este es el mito de Psique, la iniciación primordial en la vida de una mujer.

Porque no es posible olvidar el pasado

Disfruto filosofar y me encantaría estar sentada tomándome un café con usted y conversando sobre este tema. Porque buscar la verdad libera y en El Salvador somos muy dados a intentar dejar atrás el pasado. Y con ello las responsabilidades por el tipo de país que hemos construido. Lamentablemente con esta actitud también perdemos la posibilidad de modificar lo que hemos hecho mal. Pero la historia y los hechos, aunque desagradables, no pueden ser olvidados. Por más que lo intenten algunos. Porque estos, inevitablemente, nos definen, nos limitan o nos potencian en la construcción del futuro. Sin reconocer los efectos del pasado y sin comprender su impacto en el presente, estos solo se siguen repitiendo en un ciclo interminable de intentos fracasados.

No pretendo decir que vivir en el ayer sea la solución. Eso sería ilógico. Es requerido vivir en el presente, atento y consciente, para poder construir el futuro. Sin embargo, cuando se vive en una sociedad como la salvadoreña, con una cultura de violencia que inicia en los hogares y se traslada al tráfico, a los lugares de trabajo y a los espacios de convivencia común, es difícil desentenderse y evitar comprender por qué o desde dónde persiste esta violencia que crece y se complejiza.

El pasado sirve para ser comprendido y para corregir los errores en el momento presente. Un problema que no es identificado ni comprendido a fondo difícilmente puede ser enmendado. Y este es uno de los pecados de origen del país. Nos vamos por las ramas, justificando los acontecimientos del presente, pero no tenemos el valor de buscar en el ayer los efectos que vivimos hoy.

Somos incapaces de cuestionar a los ídolos que nos hemos creado, porque tememos que se caiga el castillo de naipes construido a través de las décadas sin ningún rigor ni capacidad de revisión o de reflexión. No existen héroes, ni líderes, ni santos que sean perfectos. Simplemente no existen. Debemos sacarnos esa carga para ejercitar nuestra humanidad inherente, reconocer los desaciertos y definir con valentía el nivel de responsabilidad de cada uno. Y desde ese espacio, sin olvidar para no volver a repetir, avanzar hacia el futuro.

Las frases vacías de “pensemos solo en el futuro” o “construyamos hacia adelante” son un intento por ocultar la historia dolorosa y vergonzosa que este país ha vivido. Y mientras las historias colectivas y personales no sean observadas, aceptadas y comprendidas, difícilmente serán sanadas. Al pasado se va a buscar entendimiento, porque inevitablemente las claves del momento actual se encuentran en esos espacios que habitamos, en esas historias que vivimos, en las familias que crecimos.

Es difícil cuestionar a los héroes, privados y públicos, pero es necesario si deseamos que al hablar de honorabilidad y de ética esos conceptos sean reales y coherentes, y no solo ficciones pálidamente coloreadas. Requerimos aceptar que lo que existe son seres humanos falibles, con claroscuros, con amor, desamor y odio, que se equivocan a diario, pero que también a diario tienen la posibilidad de reconocer esos errores y enmendarlos.

A este país, a las familias y a los individuos nos hace falta honestidad para ver de frente las verdades, personales y colectivas, lo que nos sirve, pero también lo que es urgente corregir. Y cierro con la frase de la directora ejecutiva de AccesArte, Claudia Cristiani, que en la presentación de la publicación “La muerte violenta como realidad cotidiana. El Salvador 1912-2016” ofreció: “Ante la tentación que, contra toda lógica, representa descartar nuestro pasado como insumo para la definición de nuestro futuro, consideramos indispensable detenernos un momento y mirar atrás…”

El principio femenino

Durante milenios, las mujeres hemos sido controladas de diversas formas, a través del dinero o de nuestros cuerpos. A cambio, nosotras hemos expresado nuestra frustración y enojo con la manipulación emocional. Estoy convencida de que hombres y mujeres hemos fundado familias, comunidades y sociedades desde el desequilibrio de los aspectos masculino y femenino. Unos dominando activamente y otros pasivamente, en un juego tóxico en el que nos hemos hecho mucho daño.

Las mujeres hemos ganado espacio en un mundo diseñado por hombres. Pero hemos perdido al tratar de ajustarnos a un modelo desequilibrado de lo masculino, que expresa su poder de formas autoritarias, llenas de ego, en donde solo importa ganar, sin medir las consecuencias.

Requerimos balancear ese poder desmedido y esto solo lo puede hacer un principio femenino armonizado. Para ello es necesario asumir que este principio es integrador y se expresa mejor en espacios donde todos caben; además es potente en su vulnerabilidad y suavidad. Debemos comprender que este poder siempre ha estado ahí expresándose a través de las emociones, que lamentablemente han sido ignoradas y han operado descontroladas, contribuyendo a la toxicidad en nuestras relaciones.

El principio femenino en su forma equilibrada nutre. Alimenta la consciencia de la comunidad. Una comunidad que se respeta reconoce a sus miembros solo por el hecho de existir y cuida de cada uno de ellos en sus diferentes etapas. El pequeño es alimentado, amado, protegido y celebrado, porque representa la continuidad y el futuro. El adulto es acompañado por esta faceta femenina para que viva sus propios sueños, y desde esa plenitud contribuya a la vida creativa y generadora de su familia y de su espacio. Ese principio también corrige y advierte las consecuencias de acciones desalineadas con la tribu o que van en contra del bienestar colectivo.

El principio femenino escucha y es compasivo. Es abierto y comprensivo. Es creativo y generador. Se autocuida y sana primero para ayudar a otros después. Se estabiliza constantemente, se reconoce en cada momento. Es autoobservador. Se confronta con valentía y amor. Busca a la naturaleza para regenerarse. Escucha la voz del silencio. Observa. Tiene la capacidad de reconocer sus propios ciclos y los ciclos de la vida. Sabe cuándo es tiempo de cerrar uno y abrir otro. Su rol es gestar y originar. Está lleno de procesos y comprensiones. Todo tiene sentido para el principio femenino. Todo puede ser comprendido, sanado y regenerado desde ese lugar.

Ignorarlo, no honrarlo, abandonarlo y abusarlo son las causas de su desequilibrio y dolor. Desde ese lugar se vuelve posesivo, agresivo, controlador, y actúa con rabia porque está herido. Puede esconderse para protegerse o mostrarse manipulador; e incluso violento y devolver el dolor con abuso, perturbando las emociones, las propias y las de aquellos que lo rodean.

Las mujeres somos fuertes, emocionalmente fuertes, con una enorme capacidad de empatía y resiliencia, con un corazón capaz de proteger al desvalido. Y por ello somos las llamadas a sanar al mundo. Pero requerimos sanar al principio femenino primero. Nos urge equilibrarlo, honrarlo y abrazarlo; para mostrarlo con valentía y orgullo en los espacios que habitamos. Y además para defender y proteger a quienes siguen siendo víctimas y requieren hacer el recorrido hacia la sanidad mental y emocional que la violencia y el abuso le roban al ser.

Este es el poder del principio femenino. Este es el poder de una mujer: sanar al mundo, dar vida al mundo, un nuevo mundo

Opinión y ciudadanía

Con frecuencia escucho a personas de diferentes ámbitos expresar que las opiniones de aquellos que no están en la palestra o no participan públicamente en la resolución de los problemas del país no cuentan. Estoy en desacuerdo con esa afirmación porque solo contribuye a reforzar la desvalorización que hacemos de aquellos que, según nuestras creencias, son diferentes o no son “tan buenos” o “importantes” como nosotros.

A nuestro país le urge que sus ciudadanos participen en la solución de temas centrales como la violencia y la corrupción. Y esto no necesariamente pasa por pertenecer a partidos políticos, sino que está relacionado, más bien, con convertirnos en individuos que nos informamos y sobre todo que alzamos nuestras voces frente a los abusos de quienes están en el poder. Ya que es, precisamente, desde el espacio ciudadano desde donde podemos ejercer presión para que políticos y funcionarios atiendan los problemas que nos afectan.

Cada ciudadano, independientemente de sus recursos sociales, económicos o educativos, tiene un rol que cumplir para avanzar como sociedad. Y ese rol requiere que permanezcamos atentos a la realidad nacional para comprender cómo la violencia, la corrupción y la impunidad nos han dificultado a todos y de diferentes formas la posibilidad de desarrollo; pero sobre todo han afectado a cientos de miles de salvadoreños que viven en condiciones inhumanas o que huyen diariamente del país porque es la única forma de mantenerse con vida.

En un lugar como El Salvador en el que, solo en el pasado reciente, dos expresidentes –uno confeso y otro acusado– desviaron un total de más de $700 millones, es iluso pensar que solo viendo al futuro se resolverán los problemas cuyas raíces demanda revisar el pasado. Todos tenemos que aportar una cuota de sacrificio y sería injusto que la cuota más alta la sufran los salvadoreños más afectados por la impunidad, que viven en condiciones de pobreza, desatención y padeciendo altos índices de violencia.

La posibilidad de continuar distraídos de lo que aquí sucede se nos va cerrando cada vez más. El camino que nos queda es el de la protesta pacífica para exigir propuestas y acciones concretas y, sobre todo, para demandar, a quienes pretenden gobernar que hablen con claridad y transparencia.

Existe una idea, convenientemente repetida e instalada en la mente de buena parte de los salvadoreños, que nos ha hecho pensar que las soluciones llegarán cuando asuma el poder un líder fuerte que “impondrá orden”. Esta creencia no es real porque es imposible que una sola persona resuelva el caos que, con diferentes niveles de responsabilidad, todos hemos contribuido a generar. Además debemos reconocer que lo que ha sostenido a este país, a pesar de la violencia y la corrupción generalizadas, es la suma de los esfuerzos de esas personas que cada día actúan sin buscar ningún reconocimiento.

La política tiene entre sus funciones atender y ordenar los conflictos que plantea la convivencia colectiva, garantizando el bien común; y como ciudadanos todos la ejercemos. Y aunque resulte cómodo desentenderse de ella, la verdad es que nuestras opiniones y la participación activa se convierten en contrapesos frente a los abusos de quienes tienen el poder.

Pretender vivir de espaldas a la realidad ya no es posible. Si queremos desarrollo y libertad para nosotros y nuestras familias debemos preocuparnos porque los demás también tengan las condiciones para construir lo mismo. Este país solo será viable si de una vez por todas empezamos a trabajar por el bien común en lugar de buscar únicamente nuestro propio bienestar.

Cuestionar por el bien del país

Como buena parte de los salvadoreños yo también estoy cansada de la forma en cómo se hace política en el país; de candidatos y campañas con frases e imágenes bonitas pero carentes de fondo y honestidad para atender los múltiples y profundos problemas que enfrentamos como sociedad. Desgastada de que en corto plazo, las asociaciones dudosas y el saqueo de los fondos públicos parezcan ser los únicos intereses de quienes alcanzan el poder.

Llevo años decepcionada observando cómo abandonan a la nación y a la gente para cuidar intereses personales y de allegados. Los partidos políticos, a pesar de que han sido presionados para transparentar la forma en cómo gestionan sus finanzas, quienes los patrocinan o para aceptar que las sociedades cambian y que los paradigmas del pasado están siendo cuestionados a fondo, permanecen atascados en sus visiones añejas o lo que ellos llaman sus ideologías. Y eso los mantiene alejados de las variadas capas de realidad que vivimos los ciudadanos, dificultándonos puntos de encuentro para avanzar.

La campaña presidencial arrancó hace ya muchos meses y a pesar del tiempo transcurrido seguimos observando posturas románticas que suenan huecas. A los votantes, además, se nos trata de conquistar a través de imágenes diseñadas para agradar o sobre la base del ataque anónimo que solo exacerba los ánimos y genera conflictos a conveniencia y luchas entre “buenos” contra “malos”, donde realmente no se distingue entre unos y otros.

Mientras los aspirantes utilizan su energía en conflictos creados, ninguno está realmente liderando un debate que discuta con transparencia, honestidad y sinceridad las posibilidades que tenemos para atender problemas como la delincuencia, la falta de educación, el bajo crecimiento económico, la inmigración, la falta de oportunidades y de equidad entre diversidad de salvadoreños o cómo cerrarle las puertas a la impunidad. Y en ese proceso caótico el desorden, la falta de visión y la corrupción se siguen profundizando, en beneficio de personajes y grupos interesados en alcanzar el poder solo para su provecho.

Los candidatos, sin duda alguna, no la tienen fácil. Demasiados cerrojos y compromisos, demasiados socios y patrocinadores. Lo que les evita hablar desde lo profundo de sus convicciones; algo que se nota en su comunicación.

Como ciudadana solo tengo preguntas para quienes aspiran al poder, quienes hasta ahora no han logrado generarme ninguna confianza ni credibilidad. Sobre corrupción quisiera saber: ¿por dónde iniciarán su combate contra este flagelo?, ¿quiénes serán sus aliados para realizar ese trabajo?, ¿cuáles son sus asociaciones e intereses privados?, ¿están dispuestos a revelar esas relaciones económicas como un acto de transparencia?, ¿qué opinan acerca de las diferencias entre administrar una empresa y administrar un país?

Sobre la educación y la falta de recursos para desarrollar ciudadanos con pensamiento crítico y creatividad en lugar de masas obedientes e influenciables, quisiera saber: ¿cuál es la visión de largo plazo acerca de la educación en El Salvador?, ¿cuál será la estrategia para mejorar la educación en el país?, ¿cómo garantizarán un presupuesto adecuado para invertir en el recurso más importante, la gente?

Acerca de la violencia contra la mujer, me urge conocer hasta dónde los aspirantes conocen el fondo cultural y psicológico de este fenómeno que tiene un impacto enorme en la calidad de sociedad que tenemos y qué piensan hacer para atenderlo.

Sobre la delincuencia y su relación con la falta de oportunidades económicas y educativas: ¿cómo innovarán frente a un problema que no puede seguir siendo tratado únicamente con represión? y ¿cómo ejercerán control sobre las pandillas?

Los temas son múltiples y los ciudadanos, sin importar las simpatías partidarias, tenemos la obligación de actuar con responsabilidad y dejar de creer a ciegas. Hoy, nuestro deber es cuestionar constantemente.

Conciencia para disminuir la violencia

La frase expresada por el fiscal general de la república en el caso de corrupción contra Mauricio Funes “Ada Mitchell Guzmán se vuelve casi una obra pública por toda la inversión de fondos públicos que hizo en ella el expresidente” da pie para hacer una reflexión sobre el machismo y la misoginia que opera en El Salvador. No solo porque lo dicho proviene de una de las figuras más importantes en el combate contra la delincuencia y el crimen en el país, sino porque también demuestra claramente cómo los prejuicios ocultos están presentes en la cultura salvadoreña.

Tuve la oportunidad de conversar con el fiscal acerca de esta declaración y aceptó que no había sido correcta, sobre todo por lo que su cargo representa. Por supuesto que esto no le resta relevancia a su trabajo. Ojalá lleve a la cárcel a los responsables del saqueo al Estado y recupere lo robado para invertirlo en la población más vulnerable.

La misoginia y el machismo significan respectivamente “aversión a las mujeres” y “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres…” Los chistes en los que se denigra y degrada a una mujer o a lo femenino, aunque cueste aceptarlo, representan una forma más de misoginia y machismo. Ambas tejen una red fina en el inconsciente que es difícil advertir en nosotros, en otros o en este tipo de manifestaciones. Las expresiones como la del fiscal general, aparentemente inocentes, son el primer paso hacia el desprecio, la violencia y el abuso en contra de las mujeres. Para comprender mejor solo basta ser curioso y leer la declaración del fiscal y los comentarios expresados en Twitter por hombres y mujeres acerca de lo que quisieran hacer o lo que, según ellos, se merece esta señora por haber sido llamada de la forma en la que lo hizo el funcionario.

Muchos padecemos de estos prejuicios inconscientes. Creer que las mujeres “valen menos que los hombres” o que “su rol es ser únicamente madres o esposas”, entre otros, son el resultado de haber aceptado esas ideas hasta haberlas convertido en verdades absolutas; alimentadas, además, durante milenios por filósofos, religiosos y hombres de ciencia. La verdad es que hoy, al igual que lo hicieron antes, estas continúan limitando el desarrollo de las potencialidades que existen en cada niña y en cada mujer, y también promueven y normalizan el control y la violencia hacia lo femenino.

Las cifras sobre la violencia en contra de niñas y mujeres en el país son perturbadoras. Según el observatorio de Ormusa, en el primer trimestre de 2018 hubo 1,515 delitos contra las mujeres, casi 17 casos al día. Diez mujeres fueron asesinadas por sus parejas entre enero y abril de este año. Entre enero y julio de 2017, un total de 1,948 denuncias por delitos sexuales fueron registradas, y la violación en menor e incapaz fue el delito más denunciado (47.95 %). Estas son solo cifras oficiales, porque la vergüenza y el temor evitan la denuncia.

Las creencias machistas y misóginas están ocultas en lo profundo de nuestro inconsciente, y por ello son peligrosas, porque nos llevan a normalizar este tipo de expresiones y comportamientos. Para traerlas al consciente, es necesario aceptar que formamos parte de una cultura machista, preguntarnos si esas manifestaciones denigrantes las utilizaríamos si fueran dirigidas a familiares o allegados, y corregir esas creencias en nuestros entornos.

Es urgente realizar un esfuerzo colectivo para entender las raíces de ese desprecio a lo femenino y construir una nueva conciencia con creencias saludables y edificantes acerca de las niñas y mujeres si en realidad deseamos reducir la violencia. Las palabras, que provienen de nuestras creencias, son generativas, construyen o destruyen. Al expresarnos irresponsablemente alimentamos el ciclo de odio-abuso-violencia-asesinato que en este país afecta no solo a niñas y mujeres, sino que corrompe a las familias enteras.

De prejuicios, crisis y redes sociales

Vivimos en una época con acceso irrestricto a información y conocimiento, en el que la denuncia de prácticas y creencias que hasta hace muy poco eran aceptadas se ha vuelto la norma. Grupos de población que antes se habían replegado frente a los abusos e irrespeto de sus derechos ahora están hablando abierta y directamente. Estamos conectados con el planeta y esto nos ha permitido ampliar la comprensión del mundo que habitamos; aunque también nos ha hecho más vulnerables a información falsa y ataques personales.

Las crisis en redes sociales son una constante. Nadie está exento. Por lo que se vuelve importante evaluar a fondo los cambios que se están produciendo en el mundo con apoyo de estas herramientas. Aquellos que ocupan posiciones públicas o liderazgos activos, o simplemente quienes aprovechan el espacio virtual para expresar sus ideas, valores o estilos de vida, enfrentan el enorme desafío del escrutinio de sus palabras y, sobre todo, de sus acciones. Ahora es requerido ser coherente y volverse ejemplo de lo que se promueve.

Además, han tomado fuerza movimientos étnicos, colectivos relacionados con el género, la sexualidad y movimientos de inmigrantes que han sido forzados a huir de sus lugares de origen en el mundo entero. Todos ellos están reclamando su derecho a recuperar y vivir sus tradiciones y valores. Asimismo, existe una serie de conceptos que no son nuevos, pero que están resurgiendo con la presencia de activistas que han ampliado su voz a través de lo digital. Hay mucho que comprender acerca de temas como la supremacía blanca, el patriarcado o el feminismo interseccional.

Sin lugar a dudas, la humanidad entera ha vivido por milenios bajo el paradigma que considera a la raza blanca superior al resto. Esta idea y otras, como que las mujeres tienen menores capacidades intelectuales que los hombres, o que los negros delinquen más que los blancos, o que los indígenas son violentos por naturaleza, han sido asumidas en el inconsciente colectivo y han sido promovidas en beneficio de unos y prejuicio de otros; convirtiéndose en verdades absolutas que muy pocos se atrevían a cuestionar hasta hace unos años. Estos prejuicios nos han llevado a deshumanizar y a creer que unas vidas valen más que otras, y esta diferenciación justificó la dominación, el maltrato, la expulsión, llegando hasta el asesinato de millones de seres humanos.

Esta es la época que nos ha tocado vivir y somos testigos de las consecuencias devastadoras en las vidas de millones de personas por causa de esos paradigmas. Nuestra responsabilidad, como mínimo, es tratar de comprender el impacto y autoanalizarnos para evaluar cómo nos han afectado y cómo hemos afectado a otros con estas creencias.

Si la intención es tener algún impacto en nuestros entornos más cercanos e incluso ampliarlos a través de las redes sociales, es deseable reconocer esta realidad y reducir el margen de enfrentar una crisis debido a prejuicios o ideas que se expresan sin haber sido evaluadas. Es recomendable autoaplicar un “doble clic” y revisar esos prejuicios ocultos que nos hacen opinar sin empatizar con realidades que, por no vivirlas, no las comprendemos. En este nuevo contexto se vuelve relevante, también, entender cómo los privilegios que una persona ha tenido (mejor educación, oportunidades laborales, protección familiar, entre otros) no son la norma para millones de individuos y, por lo tanto, es indebido creer que estas ventajas aplican igual para todos.

Escuchar para comprender a fondo cómo esos paradigmas, bajo los cuales hemos vivido y actuado, han tenido impactos en diversas poblaciones, es una forma que el ejercicio del liderazgo, desde cualquier ámbito, exige en esta época de transparencia extrema.