México: universitarias se rebelan contra violencia de género

Fotografía de AP
Fotografía de AP

Las rejas que rodean la facultad de Ciencias Políticas y Sociales están cubiertas parcialmente con pancartas y dejan entrever pintas que adelantan algo de lo que ocurre adentro: «Paro separatista», «Feministas antifascistas».

Todas las puertas están cerradas, algunas bloqueadas con sillas, salvo una que tiene una cadena sin candado. No obstante, los miles que estudian o trabajan aquí saben que no pueden pasar porque la facultad -un complejo de una docena de edificios- está tomada por mujeres.

Desde octubre, las estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) han ocupado por la fuerza y de forma no coordinada varias escuelas y facultades para exigir seguridad y mayores castigos a los agresores de mujeres. Son, también, la cara más radical de miles de feministas que han participado en marchas y protestas en distintos puntos del país para mostrar su hartazgo por los feminicidios y la falta de resultados para investigarlos o simplemente para prevenir la violencia de género.

Diez escuelas de la mayor universidad pública de México siguen tomadas, algunas de forma intermitente, y aunque han esquivado la presencia de los medios, de quienes dicen desconfiar, las estudiantes de Políticas autorizaron esta semana a The Associated Press a pasar 24 horas con ellas. Dos condiciones: no dar detalles de cuántas mujeres están y preservar la identidad de quienes así lo solicitaran.

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Al amanecer el frío se mete en los huesos. Las chicas de guardia se desperezan entre las cobijas, algunas tumbadas en unos sofás sacados de las oficinas y colocados junto a la pluma del estacionamiento, el único acceso a las instalaciones y donde hay estudiantes día y noche.

Un puñado de palos y barras metálicas descansan junto a la caseta de vigilancia.

La única presencia oficial son un par de patrullas de la universidad por la noche, pero las autoridades académicas no han hecho amagos por recuperar la instalaciones para evitar tensiones.

Las estudiantes ya no se asustan por las alarmas que suenan inesperadamente de madrugada en los edificios cercanos y que, dicen, son premeditadas para intentar intimidarlas.

Calientan agua en un hornillo sobre una mesa metálica donde se acumula la comida donada por amigos, profesoras o comerciantes que las apoyan.

Las jóvenes se relevan de acuerdo a las necesidades personales: el trabajo, la familia. Ninguna sabe cuánto tiempo estarán ahí.

En un pizarrón están las urgencias logísticas -queso, jamón, cigarros- y el recordatorio de la reunión prevista para el mediodía con representantes de otras facultades. Hay frases como «¿Planes de acción?» o «Revisión art. 98» en referencia al artículo del estatuto de la UNAM que las alumnas exigen modificar para que haya mayores castigos por el abuso y el acoso, un tema que genera problemas porque choca con los derechos laborales de trabajadores y profesores.

También hay propuestas, como hacer un «taller de mamás», porque muchas de sus madres han sido víctimas de la violencia, pero muy pocas han hablado del tema con ellas.

En la UNAM, como en otros muchos espacios públicos o privados de México, las quejas por acosos, abusos o delitos más graves como violaciones, desapariciones o muertes han sido recurrentes desde hace años. Y la exigencia de las mujeres a una vida sin violencia se repite a lo largo del continente de forma diversa: gritando, pintando monumentos, o con huelgas y tomas… como la de Políticas.

Esta mañana recuerdan las protestas más radicales en las que han participado. Las manos se agitan en el aire reviviendo las pintadas, los destrozos, la furia.

De repente, una visita inesperada cambia el ánimo. Una muchacha de otra escuela llega a pedir consejo para organizarse, pero acaba confesando el brutal acoso cibernético del que fue víctima. «Ni siquiera me acuerdo de todo lo que me pidió hacer… Me da mucho asco», dice.

Un nudo en la garganta las asfixia al escuchar los chantajes a los que era sometida y muchas no pueden contener las lágrimas. Ya no son las encapuchadas de las marchas que algunos despectivamente califican de «feminazis«, sólo chicas de entre 18 y 24 años sobrecogidas por el relato de una compañera.

«Las mujeres están despertando», asegura Andrea Ballarte, una alumna de Sociología de 18 años. «No creo que ser feminista sea algo que tengas que elegir. Yo lo vi como necesidad de sobrevivir a este sistema que nos trata como carne, como un saco de basura».

No es una metáfora. Este mes el cuerpo de una niña de 7 años fue hallado en una bolsa de basura al sur de la Ciudad de México y la foto de una joven desollada ha cubierto las portadas de algunos medios. Ambos crímenes detonaron las más recientes protestas.

«Todas tenemos miedo, pero no estamos solas», agrega la joven procedente del Estado de México, una de las regiones del país con mayor índice de feminicidios. «Entre más seamos, más rápido vamos a acabar con esto», confía. «Pero no es fácil».

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Las mujeres y sus reivindicaciones están más vivas que nunca.

Cintia Martínez, exprofesora del Colegio de Filosofía de la UNAM y actual investigadora de la Northwestern University de Chicago, considera que los últimos años ha habido un resurgimiento del feminismo. Hay, dice, «una suma de molestias colectivas» que transformaron a las mujeres «en sujetos políticos reales».

Uno de los escenarios es la UNAM, el mayor centro de estudios de América Latina.

Hace varios años se instalaron botones de pánico en los baños de mujeres de muchas facultades ante las constantes agresiones, también teléfonos amarillos de emergencia que se activan al descolgarlos. Pero en 2017 el asesinato en el campus de Lesvy Berlín marcó un punto de inflexión: el crimen de la joven de 22 años indignó profundamente, no sólo por su muerte, sino porque las autoridades lo calificaron de suicidio. En 2019, la fiscalía tuvo que pedir perdón públicamente y meses después su novio fue condenado por el asesinato. En la cabina telefónica donde la estranguló, hoy puede leerse «ni perdón ni olvido».

El hartazgo tomó nuevas formas cuando las unidades para atender denuncias que se habían puesto en marcha quedaron desbordadas y, o no conseguían pruebas, o archivaban los casos, aunque sí las encontraran. Hubo «tendederos de la vergüenza»: ropa sucia con los nombres de supuestos acosadores; se hicieron «escraches» a profesores o trabajadores a quienes las estudiantes perseguían por las facultades profiriéndoles insultos, y se empapelaron las paredes con las fotografías de supuestos abusadores. Que los trabajadores limpiaran las pintas y murales enojó aún más a las alumnas.

El ambiente se radicalizó. Según Martínez, esto se debió a que mezclaron denuncias inconsistentes con las serias y que ingresó una nueva generación de jóvenes de barrios mucho menos privilegiados que habían vivido la violencia muy de cerca y venían de un activismo más duro.

«Tenemos que empezar a crear caos para que las cosas se vayan moviendo», explica Rebecca Gamero, una estudiante de Sociología de 20 años y 1,80 metros de estatura que participó en la toma de Políticas.

El momento que Gamero recuerda más violento fue un enfrentamiento con alumnos de Ingeniería que se oponían a las feministas. «Las morras (las alumnas) nos dijeron quemen todo, rompan todo», dice y asegura que una de sus reglas es que son las mujeres de cada facultad las que marcan hasta dónde deben llegar las protestas en sus instalaciones.

«Nuestra forma de atacar el sistema es atacar sus espacios», añade. «Un vidrio no tiene la culpa, pero el vidrio está representando un sistema y nosotras no nos vamos a poner a matar diputados como nos matan a nosotras».

Fotografía de universitarias reunidas
En protesta. Rebeca, de 20 años, lee consignas en una de las tomas de la universidad.

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En 2019 fueron asesinadas 3,825 mujeres, aparentemente por el solo hecho de ser mujeres. Es un 7% más que en 2018, según las autoridades federales, aunque tanto el gobierno de Andrés Manuel López Obrador como el de la capital insisten en que se están tomando medidas contra la violencia de género.

López Obrador considera que las protestas feministas son alentadas por sus contrincantes políticos. «Hay un oportunismo de quienes no nos ven con buenos ojos y aprovechan el movimiento para perjudicarnos», afirma.

Las chicas ríen sonoramente cuando se las pregunta sobre las acusaciones de estar manipuladas por críticos del gobierno. «Dicen que el PRI (el opositor Partido Revolucionario Institucional) nos trae cerveza, pero no la veo por ningún lado», bromea una.

Pero varias cosas les preocupan: las críticas de otras estudiantes que ni se han acercado a ellas y se quejan de estar perdiendo muchas clases; que las autoridades las criminalicen o la presencia esporádica de «porros» para amedrentarlas, una especie de fuerzas de choque al servicio de diferentes partidos o grupos de poder que funcionan en México desde hace décadas.

Además, hay un sabor amargo entre alguna que reconocen haber votado por López Obrador, como una michoacana de 20 años que se siente defraudada. «Lo único que ha hecho es desacreditar al movimiento feminista», dice.

Es por la tarde, y después de haber comido unos sándwiches, galletas o sopas instantáneas, alguien da la señal de alarma. Algunas chicas toman un palo o barra, cualquier cosa para taparse la cara y corren hacia el edificio donde temen que alguien se coló. A su paso hay manos color rosa pintadas en el suelo con lemas como «Estamos en todos lados» o «Estado feminicida«.

Días antes, proyectores, luces y alarmas se conectaron inesperadamente, y optaron por tomar algunas precauciones: colocaron precintos para sellar algunas zonas y tener el espacio controlado.

«Quieren aterrorizarnos», dice una de ellas mientras inspecciona los rincones.

Se muestran decididas, aunque no ocultan sus temores. «Las cosas están feas», solloza Andrea Ballarte, la estudiante de Sociología que se reconoce como una niña vulnerable metida en una «armadura de mujer activista y luchadora».

Gamero, que cuida amorosamente a una gatita negra bautizada como Santa Úrsula, subraya la fuerza de las protestas colectivas y anónimas: «Te pones la capucha (y) te vuelves todas», explica. «Se va creando ese enojo colectivo (pero) a la vez se crea esa sanación colectiva».

“Las mujeres están despertando”, asegura Andrea Ballarte, una alumna de Sociología de 18 años. “No creo que ser feminista sea algo que tengas que elegir. Yo lo vi como necesidad de sobrevivir a este sistema que nos trata como carne, como un saco de basura”.

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En un momento de la jornada, la atención se va al auditorio de la facultad, donde representantes de diversas facultades celebran una asamblea. Sentadas en círculo debaten y toman acuerdos. Su estructura es horizontal y democrática, sin líderes, pero también excluyente: no aceptan hombres.

En algunos planteles se han hecho paros o tomas mixtas, pero las alumnas de Políticas y todas las ahí congregadas defienden el separatismo.

Hablan de cómo afrontar las propuestas de diálogo de la rectoría y de próximas acciones.

La presión de las estudiantes logró en los últimos meses algunos avances, pero para Márgara Millán, profesora de Sociología, el malestar siguió porque solo hubo respuestas a casos concretos y no una política generalizada.

Apenas el viernes, el rector de la UNAM, Enrique Graue, anunció una ambiciosa batería de propuestas para enfrentar la violencia de género: unidades de atención de denuncias en todas las escuelas (ahora solo funcionan en algunas), incorporar materias obligatorias sobre género e igualdad y la creación de una coordinación general que trate el tema.

«Son buenas noticias, fruto del trabajo de muchos años y del movimiento actual de paros y tomas», asegura Millán. La académica considera, sin embargo, que poner en práctica todas esas medidas no será sencillo porque todavía hay «mucha oposición» dentro de la UNAM. Y recuerda que queda pendiente decidir el destino de directivos que han sido acusados por las estudiantes de encubrir a acosadores.

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Antonia Avilés se ha pasado la noche pintando. Después de dormir unas horas en una tienda de campaña, toma un sándwich de frijoles y queso que le ha preparado una compañera y sale corriendo a su trabajo en una tienda de ropa. La joven menuda de 19 años volverá por la noche para acabar un mural: la «virgen abortista».

«Mi mamá sufría mucha violencia», dice subida a una mesa en uno de los pasillos de la facultad mientras colorea de verde el pañuelo que cubre la cara de la virgen. «Me harté de no tener voz y un día decidí involucrarme, actuar. El feminismo me salvó».

Por eso, aquí nadie suena dispuesta a tirar la toalla.

«Si me pasa algo no van a ser las autoridades las que actúen», afirma Avilés. «Pero ellas estarán ahí para quemarlo todo si no aparezco».

Por lo pronto, la toma de Políticas continúa mientras se analizan las propuestas del rector.

Activistas universitarias con el rostro cubierto
Sin fecha. La toma de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, o UNAM, en la Ciudad de México es de carácter indefinido.