“Me preocupa la indiferencia de las personas y, a veces, hasta del mismo sistema»

Fotografía de cortesía

Las casas de la comunidad están construidas en un terreno usurpado. Están lejos, en un cerro. De la comunidad ninguna alcaldía quiere hacerse cargo. Las municipalidades se lanzan entre ellas la responsabilidad de la zona, como si no la habitaran personas. Aquí, en unas gradas, un niño en edad preescolar espera a Kara. Cuando la ve llegar, corre a encontrarla.

El niño le cuenta, entre otras cosas, cómo la tormenta Amanda le llevó el techo del cuartito en el que duerme junto a sus tres hermanos y su sobrina, que tiene casi su edad. El viento también le llevó uno de sus juguetes favoritos. Pero, ahora, ya no tienen que preocuparse tanto por las lluvias, porque la ONG que Kara dirige les construyó una casa provisional. Es de madera, no como la que tenían antes, de plásticos y láminas. La casa es provisional, porque ellos no saben en qué momento los dueños del terreno van a decidir sacarlos.

Esa es una de tantas familias a las que Proyecto Red ha llevado atención psicológica, atención médica, becas, alimentos y, también, un techo seguro. Les ha llevado, cuenta la madre de los niños, una vida distinta.

Kara García es la directora ejecutiva de Proyecto Red, una ONG que nació con la creación de la Lepina. Lo que busca es apoyar a familias de escasos recursos que han sufrido vulneraciones a sus derechos. La prioridad son las que tienen niños, niñas y adolescentes que han vivido en orfanatos, instituciones, hogares o en centros de acogimiento, y que están siendo reintegrados con sus parientes biológicos.

Kara cuenta en esta entrevista cómo trasladaron todas sus actividades a las comunidades. Lo hicieron, dice ella, porque esa era la única manera de dar seguimiento a las víctimas de trauma. Explica, además, que la llegada de la pandemia aumentó las vulneraciones a los derechos humanos y la violencia que ya se sufría en el hogar. Por lo que, llegar al territorio era la única manera de velar por el bienestar de las familias a las que apoyan y de intentar evitar que el encierro terminara en tragedia.

Nuestro trabajo no paró. No para nunca, porque en los momentos de más encierro es cuando los abusadores se vuelven más agresivos. Por eso, aprovechamos el tiempo para hacer denuncias y para proteger los derechos de las víctimas.

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¿Con qué intención nace Proyecto Red?

El proyecto se funda a partir de una necesidad muy grande, pues vimos que miles de niños, niñas y adolescentes habían estado institucionalizados, y fueron reintegrados con sus familias biológicas sin brindarles ningún tipo de apoyo. Por eso, nosotros intentamos llevar atención integral a estas familias, con la intención de satisfacer sus necesidades físicas, económicas, emocionales. Para que, en algún momento, puedan ser autosostenibles.

¿Cómo es el proceso para acercarse a las familias?

Trabajamos en conjunto con el Consejo Nacional de la Niñez y de la Adolescencia (CONNA) y con el Juzgado Especializado de la Niñez y Adolescencia. Ellos nos remiten los casos de los niños más vulnerables del país, de los niños que han sufrido algún tipo de vulneración a sus derechos, y les brindamos apoyo a ellos y a sus familias.

¿Qué situaciones encuentran cuando llegan a los hogares?

Nos encontramos con situaciones muy duras. El tipo de situaciones que casi no se ven en el día a día. Vemos, sobre todo, casos graves de abuso. Trabajamos con casos de maltrato, abuso físico, muchos casos de violencia sexual, abandono y trata. Identificamos qué es lo que está afectado al niño, niña o adolescente y a su familia, y lo informamos al Trauma. Trauma es la metodología que utilizamos. Y lo que se busca con ella es que todas nuestras intervenciones se basen en técnicas que reconozcan el trauma vivido por cada persona. Eso es bien importante, porque sabemos que todas las personas a las que apoyamos, incluyendo a los familiares, a los padres, a los responsables, también han sido víctimas de traumas en sus vidas.

¿Cómo cambia su trabajo con la llegada de la Covid-19?

Ha cambiado bastante. Creo que todos hemos experimentado cambios en muchos ámbitos. En nuestro caso, siempre hemos tenido actividades en la oficina: arteterapia, terapia lúdica y atenciones psicológicas. En las sedes tenemos diferentes actividades grupales, pero una parte importante de nuestro trabajo está en el campo, visitando a las familias en sus hogares. Con la llegada de la Covid-19 pasaron dos cosas. La primera es que nos enfocamos en brindar alivio a las familias que forman parte del proyecto, con las que trabajamos directamente. También visitamos comunidades que sabemos que tienen muchas necesidades. Llevamos paquetes de alimentos, kits de higiene y productos de limpieza. Y, durante tres meses, estuvimos de lleno apoyando de esa manera.

Lo segundo fue que, luego de ver la necesidad y lo que la Covid-19 estaba causando, decidimos ajustar también nuestras formas de trabajo. Durante los meses más críticos, trasladamos el 100% de nuestras atenciones al campo. Llegamos a las casas de las personas a las que como ONG servimos. Llevamos a las comunidades apoyo legal, psicológico y cualquier otro tipo de ayuda que las personas pudieran necesitar.

¿Qué fue lo primero que pensó cuando se enteró que se había declarado cuarentena a nivel nacional?

Pensé en los fondos, porque somos una ONG. Todo lo que hacemos es financiado por donantes individuales, y esta situación ha generado una crisis económica mundial. Por eso comencé a pensar en la sostenibilidad del trabajo. Y pues sí, hemos sentido el impacto, pero, al mismo tiempo, hemos visto mucha generosidad. Eso me ha llenado de gozo y alegría. Mucha gente de aquí mismo, del país, nos ha apoyado y ha brindado ayuda para las personas más necesitadas. Ha sido increíble la forma en que la ayuda ha llegado en el momento preciso.

¿Qué fue lo primero que detectó al llegar a las comunidades?

Hemos visto cifras altas de abuso durante la pandemia. Es muy trágico que niños, niñas y mujeres, que suelen ser las víctimas, estén atrapados con sus abusadores. Por eso, durante la cuarentena, nos enfocamos mucho en abogar y luchar por esas personas. Nuestro trabajo no paró. No para nunca, porque en los momentos de más encierro es cuando los abusadores se vuelven más agresivos. Por eso, aprovechamos el tiempo para hacer denuncias y para proteger los derechos de las víctimas.

Durante este año, hemos recibido muchos casos nuevos de abuso, que ya estamos apoyando. Ha sido una situación muy grave. Y sabemos que nosotros solo podemos ver una muestra de lo que está pasando. Por eso es tan importante que todos seamos conscientes de lo que sucede en cuanto a cifras de violencia, no solo en el país, también a nivel mundial.

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¿Cómo logra acercarse a estas familias, acercarse a los niños o mujeres que están siendo víctimas de violencia, teniendo en cuenta que el agresor está en casa?

Ha sido difícil, porque la base de nuestro trabajo es la confianza. Las relaciones de confianza. Y, en algunos momentos, ha sido muy duro para nosotros cuando un niño se nos acerca y quiere abrazarnos, y no podemos hacerlo porque queremos evitar el contagio. A pesar de eso, buscamos seguir construyendo buenas relaciones, pues creemos que es la mejor forma para trabajar con víctimas de trauma. Y está comprobado. Las personas se abren cuando saben que pueden confiar en uno. Eso es lo que necesitamos para poder brindarles apoyo.

Las víctimas perciben cuando yo me muestro interesada en su bienestar. Justo la semana pasada nos remitieron un nuevo caso, y, con el fin de brindar apoyo a esa familia, les llevamos una cama y también atención psicológica. Ellos, instantáneamente, vieron cómo es nuestra forma de trabajar. Y, quienes estaban sufriendo, se animaron a hablar sobre lo que les estaba pasando.

¿Han encontrado alguna limitante?

Creo que las mascarillas, los equipos y las medidas de protección nos pueden poner una barrera física, y podrían llegar a impedir un poco la confianza, pero al final lo que cuenta es el corazón. El corazón detrás de las acciones que uno realiza y que las personas perciben. Eso, cuando es genuino y se hace con compromiso, puede romper cualquier tipo de barrera. Y lo hemos hecho así desde el 2011 hasta hoy. Así que, gracias a Dios, hemos podido brindar apoyo a más de 40 víctimas de violencia durante este año.

Además de la violencia, ¿qué otra situación ha logrado identificar?

Esto lo respondo un poco desde mi perspectiva, porque soy estadounidense, y las cosas están difíciles en todas partes. Cuando hablo con mi familia que está en Estados Unidos, hablo con donantes y amigos, me doy cuenta de que sí hay sufrimiento en todo el mundo. Pero aquí es otro nivel. En este país, la gente literalmente no ha tenido nada para comer en el día. Y nosotros hemos tenido el privilegio de llegar en el momento más crítico, en ese momento cuando ya no tenían ni una taza de arroz para una familia de 8 personas. Ha sido un trabajo muy intenso. Y ha sido, también, una experiencia triste porque no hemos podido llegar a cubrir toda la necesidad. Sin embargo, confiamos en que llegamos a las personas indicadas en el momento indicado.

No sé si está bien comparar, pero mucha gente habla en Estados Unidos de la necesidad, y cuando veo la situación en la que se encuentran las personas aquí, creo que no hay comparación. Estamos hablando de una región, de un mundo, totalmente diferente al de los países desarrollados. Nos hemos encontrado a personas con hambre, sin poder acceder a los servicios médicos. Por ejemplo, nos encontramos con una mujer que estaba embarazada, se encontraba en mal estado de salud. Ya estaba en proceso de pérdida del bebé, y no la atendieron. Simplemente no las estaban atendiendo porque no eran casos de Covid-19, y eso es muy grave.

Además, hemos visto muchos casos de niños que han dejado de estudiar. Y nosotros no sabemos con certeza qué va a traer todo esto, pero hemos tratado de ayudar, en lo que podemos, a los que están en nuestro programa. Eso también ha sido bien difícil, porque nos hemos encontrado con padres que no pueden leer ni escribir, o que no pueden pagar internet para que los niños accedan a las guías. También, hay maestras que no tienen los recursos para entregar las guías de manera personal. Y los niños están ahí, sin poder tener educación. Esa situación ha sido una de las más graves que hemos identificado. Es preocupante porque no solo es la falta de alimentos, es no poder gozar de otros derechos.

Cuando hablo con mi familia que está en Estados Unidos, hablo con donantes y amigos, me doy cuenta de que sí hay sufrimiento en todo el mundo. Pero aquí es otro nivel. En este país, la gente literalmente no ha tenido nada para comer en el día. Y nosotros hemos tenido el privilegio de llegar en el momento más crítico, en ese momento cuando ya no tenían ni una taza de arroz para una familia de 8 personas. Ha sido un trabajo muy intenso.

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De manera personal, ¿cómo le impactó la llegada de la pandemia?

A todos nos ha tocado ajustar nuestra vida, nuestra forma diaria de vivir. En mi caso, estoy embarazada. Y ha sido un gran cambio porque he tenido que vivir esta etapa protegiéndome todo el tiempo, cuidando mi salud mental, intentando no estar afligida. Además, El Salvador no es mi país de origen. Por eso, me ha costado acostumbrarme a muchas cosas. Pese a eso, creo que no podría estar en otro lugar. Porque qué mejor forma de enfrentar la pandemia si no es ayudando a los demás.

¿Qué es lo que siente o piensa cuando llega a las comunidades y se encuentra con estas situaciones?

Yo elijo estar feliz de poder ayudar. Porque si nos ponemos a pensar en que la necesidad es abrumante, nos deprimimos y sentimos que no estamos consiguiendo impactar. Y yo siempre he pensado que, si todos hacemos algo, vamos a lograr algo muy grande.

Hay una historia que me impactó mucho, es de una de las familias que nosotros apoyamos en Red. Ellos tienen una historia difícil. Están todavía superando muchos retos, pero ya llevan un tiempo en nuestro proyecto. En el contexto de esta crisis, hicimos una campaña para recaudar fondos para cubrir las necesidades que se presentaron. Un día, llegamos a su casa a entregarles víveres. Ahí, nos comenzaron a contar que habían perdido sus trabajos, que se habían quedado sin lo que les permite tener comida en su hogar. Estaban como en la mayoría de los casos. Pero cuando lanzamos la campaña, esa familia decidió hacer una donación de $20, porque ellos en su corazón creen eso: si todos hacemos algo, vamos a hacer mucho. Esa ha sido la filosofía en Proyecto Red, especialmente, durante esta pandemia.

Como directora de la ONG, ¿por qué decidió trasladar las actividades a las comunidades y no hacerlo, por ejemplo, de manera virtual?

En este contexto, no me puedo imaginar haber intentado trabajar con las familias de otra manera. Si nosotros nos apuntamos para hacer este trabajo, para asumir este compromiso, no había forma de no hacerlo en el territorio. Eso es lo lógico para mí. Para nosotros, acercarnos a las comunidades era la única manera de llegar a las personas y de cumplir nuestra misión. Cuando se trata del tipo de necesidades con las que nos encontramos y trabajamos, de manera virtual no iba a ser posible ayudar.

¿Qué es lo que se lleva a su casa después de un día de trabajo?

Alegría. Y creo que hablo también por todo mi equipo. De ese trabajo diario nos llevamos alegría y satisfacción, porque sabemos que hemos ayudado a las personas que Dios nos ha puesto en el camino. Tenemos claro que solo hemos logrado llegar a un porcentaje mínimo de personas en el país, pero hemos llegado a quienes debíamos ayudar. Y eso nos llena de felicidad y de agradecimiento. Estamos muy agradecidos porque tenemos la oportunidad de apoyar en los momentos de más necesidad.

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¿Ha sentido temor en algún momento?

Sí, cuando íbamos a entregar la ayuda a las familias y nos encontrábamos con los retenes. Porque la forma en la que los estaban haciendo era intimidante. Y creo que eran intimidantes a propósito. Pero nosotros teníamos autorización para circular, entonces no había problema con eso. A veces, nos paraban, pero al ver a lo que íbamos, los policías y los militares nos decían: «¡Qué bendición!» o «¡Qué bueno lo que están haciendo!», y nos dejaban pasar. No dejaba de dar temor, pero al final era confiar en nuestro trabajo, y todo salió bien.

¿Hay algo que, en estos meses, la agotara?

Hay algo personal, muy personal, que ha sido muy difícil para mí. Y es no tener la posibilidad de viajar a mi país. Yo digo a mi país de origen, porque ahora este es mi país. Pero no he podido viajar a ver a mi familia, porque no hay certeza de poder regresar. Entonces, no he salido todo el año, y eso ha sido un poco extraño. Pero también sé que hay un propósito más grande, y que estoy aquí, en este momento, por algo. Durante este tiempo, he tenido el regalo de ver el impacto que hemos tenido.

¿Hay algo que le preocupe a futuro?

Algo que me preocupa siempre, y que este año se ha reforzado, es la cantidad de casos de abuso que hay. También me preocupa la indiferencia de las personas y, a veces, hasta del mismo sistema. Y, lastimosamente, eso se ha endurecido en estos meses debido a la pandemia. La pobreza y las necesidades nunca se van a acabar, pero siempre hay cosas que todos podemos hacer para ayudar. Y no solamente a la gente que necesita un plato de comida, también a quienes necesitan que alguien esté siendo su voz. Esta situación me genera emociones simultáneas. Por un lado, estoy alegre de poder ayudar, pero también siento frustración por toda la indiferencia. Realmente, alguien tiene que estar para la gente más vulnerable, y por eso estamos nosotros.