“Me preocupa la indiferencia de las personas y, a veces, hasta del mismo sistema»

Fotografía de cortesía

Las casas de la comunidad están construidas en un terreno usurpado. Están lejos, en un cerro. De la comunidad ninguna alcaldía quiere hacerse cargo. Las municipalidades se lanzan entre ellas la responsabilidad de la zona, como si no la habitaran personas. Aquí, en unas gradas, un niño en edad preescolar espera a Kara. Cuando la ve llegar, corre a encontrarla.

El niño le cuenta, entre otras cosas, cómo la tormenta Amanda le llevó el techo del cuartito en el que duerme junto a sus tres hermanos y su sobrina, que tiene casi su edad. El viento también le llevó uno de sus juguetes favoritos. Pero, ahora, ya no tienen que preocuparse tanto por las lluvias, porque la ONG que Kara dirige les construyó una casa provisional. Es de madera, no como la que tenían antes, de plásticos y láminas. La casa es provisional, porque ellos no saben en qué momento los dueños del terreno van a decidir sacarlos.

Esa es una de tantas familias a las que Proyecto Red ha llevado atención psicológica, atención médica, becas, alimentos y, también, un techo seguro. Les ha llevado, cuenta la madre de los niños, una vida distinta.

Kara García es la directora ejecutiva de Proyecto Red, una ONG que nació con la creación de la Lepina. Lo que busca es apoyar a familias de escasos recursos que han sufrido vulneraciones a sus derechos. La prioridad son las que tienen niños, niñas y adolescentes que han vivido en orfanatos, instituciones, hogares o en centros de acogimiento, y que están siendo reintegrados con sus parientes biológicos.

Kara cuenta en esta entrevista cómo trasladaron todas sus actividades a las comunidades. Lo hicieron, dice ella, porque esa era la única manera de dar seguimiento a las víctimas de trauma. Explica, además, que la llegada de la pandemia aumentó las vulneraciones a los derechos humanos y la violencia que ya se sufría en el hogar. Por lo que, llegar al territorio era la única manera de velar por el bienestar de las familias a las que apoyan y de intentar evitar que el encierro terminara en tragedia.

Nuestro trabajo no paró. No para nunca, porque en los momentos de más encierro es cuando los abusadores se vuelven más agresivos. Por eso, aprovechamos el tiempo para hacer denuncias y para proteger los derechos de las víctimas.

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¿Con qué intención nace Proyecto Red?

El proyecto se funda a partir de una necesidad muy grande, pues vimos que miles de niños, niñas y adolescentes habían estado institucionalizados, y fueron reintegrados con sus familias biológicas sin brindarles ningún tipo de apoyo. Por eso, nosotros intentamos llevar atención integral a estas familias, con la intención de satisfacer sus necesidades físicas, económicas, emocionales. Para que, en algún momento, puedan ser autosostenibles.

¿Cómo es el proceso para acercarse a las familias?

Trabajamos en conjunto con el Consejo Nacional de la Niñez y de la Adolescencia (CONNA) y con el Juzgado Especializado de la Niñez y Adolescencia. Ellos nos remiten los casos de los niños más vulnerables del país, de los niños que han sufrido algún tipo de vulneración a sus derechos, y les brindamos apoyo a ellos y a sus familias.

¿Qué situaciones encuentran cuando llegan a los hogares?

Nos encontramos con situaciones muy duras. El tipo de situaciones que casi no se ven en el día a día. Vemos, sobre todo, casos graves de abuso. Trabajamos con casos de maltrato, abuso físico, muchos casos de violencia sexual, abandono y trata. Identificamos qué es lo que está afectado al niño, niña o adolescente y a su familia, y lo informamos al Trauma. Trauma es la metodología que utilizamos. Y lo que se busca con ella es que todas nuestras intervenciones se basen en técnicas que reconozcan el trauma vivido por cada persona. Eso es bien importante, porque sabemos que todas las personas a las que apoyamos, incluyendo a los familiares, a los padres, a los responsables, también han sido víctimas de traumas en sus vidas.

¿Cómo cambia su trabajo con la llegada de la Covid-19?

Ha cambiado bastante. Creo que todos hemos experimentado cambios en muchos ámbitos. En nuestro caso, siempre hemos tenido actividades en la oficina: arteterapia, terapia lúdica y atenciones psicológicas. En las sedes tenemos diferentes actividades grupales, pero una parte importante de nuestro trabajo está en el campo, visitando a las familias en sus hogares. Con la llegada de la Covid-19 pasaron dos cosas. La primera es que nos enfocamos en brindar alivio a las familias que forman parte del proyecto, con las que trabajamos directamente. También visitamos comunidades que sabemos que tienen muchas necesidades. Llevamos paquetes de alimentos, kits de higiene y productos de limpieza. Y, durante tres meses, estuvimos de lleno apoyando de esa manera.

Lo segundo fue que, luego de ver la necesidad y lo que la Covid-19 estaba causando, decidimos ajustar también nuestras formas de trabajo. Durante los meses más críticos, trasladamos el 100% de nuestras atenciones al campo. Llegamos a las casas de las personas a las que como ONG servimos. Llevamos a las comunidades apoyo legal, psicológico y cualquier otro tipo de ayuda que las personas pudieran necesitar.

¿Qué fue lo primero que pensó cuando se enteró que se había declarado cuarentena a nivel nacional?

Pensé en los fondos, porque somos una ONG. Todo lo que hacemos es financiado por donantes individuales, y esta situación ha generado una crisis económica mundial. Por eso comencé a pensar en la sostenibilidad del trabajo. Y pues sí, hemos sentido el impacto, pero, al mismo tiempo, hemos visto mucha generosidad. Eso me ha llenado de gozo y alegría. Mucha gente de aquí mismo, del país, nos ha apoyado y ha brindado ayuda para las personas más necesitadas. Ha sido increíble la forma en que la ayuda ha llegado en el momento preciso.

¿Qué fue lo primero que detectó al llegar a las comunidades?

Hemos visto cifras altas de abuso durante la pandemia. Es muy trágico que niños, niñas y mujeres, que suelen ser las víctimas, estén atrapados con sus abusadores. Por eso, durante la cuarentena, nos enfocamos mucho en abogar y luchar por esas personas. Nuestro trabajo no paró. No para nunca, porque en los momentos de más encierro es cuando los abusadores se vuelven más agresivos. Por eso, aprovechamos el tiempo para hacer denuncias y para proteger los derechos de las víctimas.

Durante este año, hemos recibido muchos casos nuevos de abuso, que ya estamos apoyando. Ha sido una situación muy grave. Y sabemos que nosotros solo podemos ver una muestra de lo que está pasando. Por eso es tan importante que todos seamos conscientes de lo que sucede en cuanto a cifras de violencia, no solo en el país, también a nivel mundial.

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¿Cómo logra acercarse a estas familias, acercarse a los niños o mujeres que están siendo víctimas de violencia, teniendo en cuenta que el agresor está en casa?

Ha sido difícil, porque la base de nuestro trabajo es la confianza. Las relaciones de confianza. Y, en algunos momentos, ha sido muy duro para nosotros cuando un niño se nos acerca y quiere abrazarnos, y no podemos hacerlo porque queremos evitar el contagio. A pesar de eso, buscamos seguir construyendo buenas relaciones, pues creemos que es la mejor forma para trabajar con víctimas de trauma. Y está comprobado. Las personas se abren cuando saben que pueden confiar en uno. Eso es lo que necesitamos para poder brindarles apoyo.

Las víctimas perciben cuando yo me muestro interesada en su bienestar. Justo la semana pasada nos remitieron un nuevo caso, y, con el fin de brindar apoyo a esa familia, les llevamos una cama y también atención psicológica. Ellos, instantáneamente, vieron cómo es nuestra forma de trabajar. Y, quienes estaban sufriendo, se animaron a hablar sobre lo que les estaba pasando.

¿Han encontrado alguna limitante?

Creo que las mascarillas, los equipos y las medidas de protección nos pueden poner una barrera física, y podrían llegar a impedir un poco la confianza, pero al final lo que cuenta es el corazón. El corazón detrás de las acciones que uno realiza y que las personas perciben. Eso, cuando es genuino y se hace con compromiso, puede romper cualquier tipo de barrera. Y lo hemos hecho así desde el 2011 hasta hoy. Así que, gracias a Dios, hemos podido brindar apoyo a más de 40 víctimas de violencia durante este año.

Además de la violencia, ¿qué otra situación ha logrado identificar?

Esto lo respondo un poco desde mi perspectiva, porque soy estadounidense, y las cosas están difíciles en todas partes. Cuando hablo con mi familia que está en Estados Unidos, hablo con donantes y amigos, me doy cuenta de que sí hay sufrimiento en todo el mundo. Pero aquí es otro nivel. En este país, la gente literalmente no ha tenido nada para comer en el día. Y nosotros hemos tenido el privilegio de llegar en el momento más crítico, en ese momento cuando ya no tenían ni una taza de arroz para una familia de 8 personas. Ha sido un trabajo muy intenso. Y ha sido, también, una experiencia triste porque no hemos podido llegar a cubrir toda la necesidad. Sin embargo, confiamos en que llegamos a las personas indicadas en el momento indicado.

No sé si está bien comparar, pero mucha gente habla en Estados Unidos de la necesidad, y cuando veo la situación en la que se encuentran las personas aquí, creo que no hay comparación. Estamos hablando de una región, de un mundo, totalmente diferente al de los países desarrollados. Nos hemos encontrado a personas con hambre, sin poder acceder a los servicios médicos. Por ejemplo, nos encontramos con una mujer que estaba embarazada, se encontraba en mal estado de salud. Ya estaba en proceso de pérdida del bebé, y no la atendieron. Simplemente no las estaban atendiendo porque no eran casos de Covid-19, y eso es muy grave.

Además, hemos visto muchos casos de niños que han dejado de estudiar. Y nosotros no sabemos con certeza qué va a traer todo esto, pero hemos tratado de ayudar, en lo que podemos, a los que están en nuestro programa. Eso también ha sido bien difícil, porque nos hemos encontrado con padres que no pueden leer ni escribir, o que no pueden pagar internet para que los niños accedan a las guías. También, hay maestras que no tienen los recursos para entregar las guías de manera personal. Y los niños están ahí, sin poder tener educación. Esa situación ha sido una de las más graves que hemos identificado. Es preocupante porque no solo es la falta de alimentos, es no poder gozar de otros derechos.

Cuando hablo con mi familia que está en Estados Unidos, hablo con donantes y amigos, me doy cuenta de que sí hay sufrimiento en todo el mundo. Pero aquí es otro nivel. En este país, la gente literalmente no ha tenido nada para comer en el día. Y nosotros hemos tenido el privilegio de llegar en el momento más crítico, en ese momento cuando ya no tenían ni una taza de arroz para una familia de 8 personas. Ha sido un trabajo muy intenso.

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De manera personal, ¿cómo le impactó la llegada de la pandemia?

A todos nos ha tocado ajustar nuestra vida, nuestra forma diaria de vivir. En mi caso, estoy embarazada. Y ha sido un gran cambio porque he tenido que vivir esta etapa protegiéndome todo el tiempo, cuidando mi salud mental, intentando no estar afligida. Además, El Salvador no es mi país de origen. Por eso, me ha costado acostumbrarme a muchas cosas. Pese a eso, creo que no podría estar en otro lugar. Porque qué mejor forma de enfrentar la pandemia si no es ayudando a los demás.

¿Qué es lo que siente o piensa cuando llega a las comunidades y se encuentra con estas situaciones?

Yo elijo estar feliz de poder ayudar. Porque si nos ponemos a pensar en que la necesidad es abrumante, nos deprimimos y sentimos que no estamos consiguiendo impactar. Y yo siempre he pensado que, si todos hacemos algo, vamos a lograr algo muy grande.

Hay una historia que me impactó mucho, es de una de las familias que nosotros apoyamos en Red. Ellos tienen una historia difícil. Están todavía superando muchos retos, pero ya llevan un tiempo en nuestro proyecto. En el contexto de esta crisis, hicimos una campaña para recaudar fondos para cubrir las necesidades que se presentaron. Un día, llegamos a su casa a entregarles víveres. Ahí, nos comenzaron a contar que habían perdido sus trabajos, que se habían quedado sin lo que les permite tener comida en su hogar. Estaban como en la mayoría de los casos. Pero cuando lanzamos la campaña, esa familia decidió hacer una donación de $20, porque ellos en su corazón creen eso: si todos hacemos algo, vamos a hacer mucho. Esa ha sido la filosofía en Proyecto Red, especialmente, durante esta pandemia.

Como directora de la ONG, ¿por qué decidió trasladar las actividades a las comunidades y no hacerlo, por ejemplo, de manera virtual?

En este contexto, no me puedo imaginar haber intentado trabajar con las familias de otra manera. Si nosotros nos apuntamos para hacer este trabajo, para asumir este compromiso, no había forma de no hacerlo en el territorio. Eso es lo lógico para mí. Para nosotros, acercarnos a las comunidades era la única manera de llegar a las personas y de cumplir nuestra misión. Cuando se trata del tipo de necesidades con las que nos encontramos y trabajamos, de manera virtual no iba a ser posible ayudar.

¿Qué es lo que se lleva a su casa después de un día de trabajo?

Alegría. Y creo que hablo también por todo mi equipo. De ese trabajo diario nos llevamos alegría y satisfacción, porque sabemos que hemos ayudado a las personas que Dios nos ha puesto en el camino. Tenemos claro que solo hemos logrado llegar a un porcentaje mínimo de personas en el país, pero hemos llegado a quienes debíamos ayudar. Y eso nos llena de felicidad y de agradecimiento. Estamos muy agradecidos porque tenemos la oportunidad de apoyar en los momentos de más necesidad.

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¿Ha sentido temor en algún momento?

Sí, cuando íbamos a entregar la ayuda a las familias y nos encontrábamos con los retenes. Porque la forma en la que los estaban haciendo era intimidante. Y creo que eran intimidantes a propósito. Pero nosotros teníamos autorización para circular, entonces no había problema con eso. A veces, nos paraban, pero al ver a lo que íbamos, los policías y los militares nos decían: «¡Qué bendición!» o «¡Qué bueno lo que están haciendo!», y nos dejaban pasar. No dejaba de dar temor, pero al final era confiar en nuestro trabajo, y todo salió bien.

¿Hay algo que, en estos meses, la agotara?

Hay algo personal, muy personal, que ha sido muy difícil para mí. Y es no tener la posibilidad de viajar a mi país. Yo digo a mi país de origen, porque ahora este es mi país. Pero no he podido viajar a ver a mi familia, porque no hay certeza de poder regresar. Entonces, no he salido todo el año, y eso ha sido un poco extraño. Pero también sé que hay un propósito más grande, y que estoy aquí, en este momento, por algo. Durante este tiempo, he tenido el regalo de ver el impacto que hemos tenido.

¿Hay algo que le preocupe a futuro?

Algo que me preocupa siempre, y que este año se ha reforzado, es la cantidad de casos de abuso que hay. También me preocupa la indiferencia de las personas y, a veces, hasta del mismo sistema. Y, lastimosamente, eso se ha endurecido en estos meses debido a la pandemia. La pobreza y las necesidades nunca se van a acabar, pero siempre hay cosas que todos podemos hacer para ayudar. Y no solamente a la gente que necesita un plato de comida, también a quienes necesitan que alguien esté siendo su voz. Esta situación me genera emociones simultáneas. Por un lado, estoy alegre de poder ayudar, pero también siento frustración por toda la indiferencia. Realmente, alguien tiene que estar para la gente más vulnerable, y por eso estamos nosotros.

19,000 niños enfrentan penurias para educarse en escuelas unidocentes

Entre febrero y diciembre, Jéssica Quesada se levanta, todos los días, a las a las 5 de la mañana para ir a la escuela. Tiene 12 años y vive en una casa construida con tablas de madera, donde el único cuarto lo comparte con su hermana Ángela y su mamá.

Luego de desayunar se mete a un improvisado baño afuera de su casa, donde una gran bolsa negra sirve de cortina y un palo de madera es el gancho para colgar la ropa.

Ya con su uniforme puesto emprende camino hacia la escuela unidocente de Flor de Islita, en Puntarenas. Ahí todos los niños –desde primero hasta sexto grado– comparten la misma aula, el horario y un mismo profesor.

La historia de Jéssica es similar a la que viven otros 19,132 niños que asisten a una de las 1,475 escuelas unidocentes del país, ubicadas casi en su totalidad en la zona rural. Estos centros son el 36 % del total nacional (4,107) y tienen entre uno y 30 alumnos.

Los niños enfrentan una serie de penurias para estudiar que van desde las económicas en su casa hasta falta de internet, libros y útiles en sus escuelas, cuya infraestructura, a veces, está en mala condición.

El trabajo también es parte de sus vidas. Después de clases, Jéssica dedica sus tardes a buscar carnada para pescar; lo hace para que su madre la venda a los pescadores del puerto, en Puntarenas.

En esa tarea, no pocas veces el sol le quema la piel o se expone a la “picadura” de una mantarraya. A cambio de todo ese esfuerzo, la familia recibe un pago mínimo para sostenerse.

El esfuerzo de estos 19,132 niños no siempre es compensado. Materias como arte, educación física o inglés están ausentes de algunos de estos centros.

Así, mientras la cobertura de ese idioma es del 89 % a escala nacional, apenas llega al 26 % de las escuelas unidocentes, donde solo 290 profesores imparten lecciones de esa materia.

El Ministerio de Educación (MEP) no suministró datos sobre el alcance de las otras dos materias, pero su jerarca, Sonia Marta Mora, afirmó que la brecha en inglés debe de reducirse.

“Hemos contemplado alianzas con el Cuerpo de Paz, con voluntarios y organizaciones no gubernamentales. También con la Embajada de Estados Unidos y el Centro Cultural Costarricense Norteamericano”, dijo Mora.

Cuando llegan a la escuela de Santubal, todos los estudiantes pasan al comedor antes que a las aulas. Así, el profesor se asegura de que todos los niños vayan a clases bien desayunados.

A las escuelas unidocentes también les faltan libros que se ajusten a su entorno, una advertencia hecha por el Informe “Estado de la Educación”.

“A estos niños hay que enseñarles a valorar su realidad, sino llegan a lo urbano y lo sienten como un mundo prototípico, en el que deberían de estar inmersos”, advierte Claudio Vargas, encargado de la sección de escuelas unidocentes de la Universidad de Costa Rica.

En ese sentido, su educación también debe considerar que trabajan en el campo y, por lo tanto, carecen de tiempo para hacer tareas fuera del aula.

“En las zonas lecheras, por ejemplo, los niños se levantan en la madrugada, con los papás, para ordeñar a las vacas. Posteriormente, cuando regresan a su casa también se quitan el uniforme, se ponen las botas y se incorporan al trabajo del lugar”, recalca Vargas.

Para él, esa es la razón por la cual en el aula unidocente debe de concentrarse en que los niños logren el mayor aprendizaje y vincularlo a las necesidades futuras de la comunidad.

Luego del desayuno, los alumnos cantan el Himno Nacional y el de su escuela.

Para tratar de solventar algunas de esas carencias, nacieron iniciativas, ciudadanas y empresariales, como la asociación Libros para Todos, la cual dota de libros a niños en escuelas vulnerables.

Otra es el programa de computación de la Fundación Quirós Tanzi en 15 de las escuelas unidocentes, el cual integra a las comunidades rurales al mundo tecnológico, dando una computadora personal a cada estudiante.

Pero esos son solo pequeños pasos. Mientras se mejoran las condiciones de las escuelas unidocentes, niños como Jéssica, Kendall y los hermanos Moya seguirán andando por ríos y trillos con la esperanza de algún día asistir a un colegio y ojalá a la universidad.

Carrera de Obstáculos

Ángela Quesada y Jhon Campos son egresados de una escuela unidocente. Ambos están en edad de ir al colegio, pero solo Jhon asiste.

Aunque Ángela fue el primer promedio en la escuela de Flor de Islita, Puntarenas, eso no le bastó para ir a la secundaria. La marea la detuvo. Cada vez que subía era imposible salir del manglar sin correr el riesgo de ahogarse. Por eso, dejó el colegio y se dedicó a la pesca.

Los viernes, los estudiantes de la escuela Santubal reciben clases de cabécar con un profesor de la zona, quien habla este dialecto tan fluido como el español.

Jhon tuvo mejor suerte. Para andar por el escabroso camino que separa su casa del colegio, en Golfito, su tío le regaló un cuadraciclo.

“Me levanto a las 5 de la mañana para darle comida a los animales, el camino para llegar al cole es de 6 kilómetros”, contó el joven, quien cursa el octavo año.

Recorrer caminos peligrosos no es el único reto de Jhon. También debió adaptarse a un nuevo sistema de enseñanza. Pasar de tener un solo maestro a convivir con más estudiantes y profesores.

“Es una transición más dura. Nadie le da ayuda especial a un muchacho porque venga de una escuela unidocente”, menciona la coordinadora del Estado de la Educación, Isabel Román.

¡Una mejenga! A la hora del merecido recreo, un balón de fútbol une a todos los niños en un mismo juego.

A esos obstáculos se enfrentó el científico Iván Vargas, quien asistió a un centro unidocente en San Carlos, a inicios de los ochenta.

“Viniendo del campo cuando fui al colegio me costaba interactuar con la gente. Estar en un colegio donde había más estudiantes me provocaba timidez. Fue difícil esa transición y aún más la del colegio a la universidad”, contó Vargas, ganador del Premio Nacional de Tecnología 2016 y quien tuvo a cargo el lanzamiento del primer disparo de plasma de Latinoamérica para producir energía eléctrica.

Mientras tanto, al otro extremo del país, en la escuela La Florida de Golfito, la profesora Grace Esquivel les narra a sus alumnos la historia del Duende y la gota de agua.

Para llegar hasta el colegio técnico en Aguas Zarcas, el científico aprovechaba un camión que pasaba por su casa y viajaba en el cajón. Además del largo trayecto diario debía de trabajar en el campo.

“El consejo mío para los niños y adolescentes es mantener el sueño en mente y todos los días hacer algo por alcanzar ese sueño, indistintamente de las situaciones que lo tiren a uno atrás”, menciona el científico Vargas.

Sin embargo, no todos los jóvenes de zona rural, que terminaron la primaria y están en edad de ir al colegio, persisten. Más de 13,000 entre 15 y 17 años guardaron su diploma de primaria y se alejaron de las aulas.

Cada uno con razones distintas detrás de su decisión. Uno de cada tres (35 %) lo hizo al perder el interés por continuar las lecciones; mientras uno de cada cinco (23 %) no va al colegio porque le cuesta el estudio. Estos datos se extrajeron de la Encuesta Nacional de Hogares del Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC) de 2016.

Claudio Vargas afirma que esa es la realidad a la que se exponen los egresados de centros con un único profesor.

Luego, a media mañana, Kendall Araya disfruta de una merienda que alista la cocinera de la escuela, quien es madre de una de las estudiantes de este centro educativo.

“Fui maestro unidocente por muchos años, precisamente teníamos el problema de que los estudiantes de nuestras escuelas, cuando iban a los liceos, desertaban. Entonces hicimos una telesecundaria, donde se formaban con unos videos que venían de México, con todas las materias”, recuerda Vargas.

Actualmente, el MEP busca alternativas para solventar la falta de colegios secundarios en las zonas rurales alejadas, aprovechando la infraestructura de las propias escuelas para crear dentro de ellas, un liceo rural, donde los alumnos no se sientan ajenos a las experiencias que conocen.

Maestros sacrifican comodidad.
Óscar Castro dejó su natal Pérez Zeledón para aceptar una plaza como docente en la escuela de Flor de Islita, Puntarenas. Allí no solo educa a ocho niños, también vive en carne propia las carencias que agobian a la comunidad.

Después de comer, Kendall vuelve a clases para colorear al personaje principal de la historia que narraba la profesora Grace: al duende.

Desde que es profesor unidocente –hace 18 años– acumula experiencias que van desde vivir sin luz y agua potable hasta consolar a sus alumnos.

Hace tres meses, los protegió cuando delincuentes, a balazos, intentaron robar las lanchas de pesca de sus padres.

“Usted no sabe lo que es estar durmiendo y que, de un momento a otro, se escuche un tiroteo. Lo primero que hice fue agarrar mi teléfono y llamar al 911. Después de eso, correr con los niños y los papás hacia un extremo de la isla, montarnos en un bote y alejarnos del tiroteo”, recordó el maestro.

Esa zozobra por la violencia no la vive Grace Esquivel, otra maestra unidocente en La Florida de Golfito, pero sí comparte el sacrificio de dejar su casa y a su hijo, seis días a la semana.

Cuando terminan las clases, Kendall se pone de nuevo las botas de hule y se prepara para caminar de vuelta a casa. Lo hace por barriales y quebradas.

Todos los viernes por la tarde, Grace toma un autobús a Palmar Norte, también en Puntarenas. Recorre 90 kilómetros para pasar el sábado con Jahir Ruiz, su hijo, quien entre semana queda al cuidado de sus abuelos.

Teniendo su propia casa, Grace saca de su bolsillo ¢25,000 al mes para alquilar otra y enseñar a sus 10 alumnos. También paga el traslado hasta la escuela, pues el camino no cuenta con carretera pavimentada.

El de Grace no es un caso único. Claudio Vargas, encargado de la sección de escuelas unidocentes de la Universidad de Costa Rica, comenta que otros profesores invierten hasta un total de ¢120,000 para que un chofer los transporte en un vehículo todoterreno, en un viaje ida y vuelta.

La Nación consultó a Anabelle Venegas, jefe de Educación Primaria del MEP, si se debe reembolsar a los maestros unidocentes el dinero que emplean en transporte y vivienda, pero respondió que no sabía si el presupuesto del MEP daba para eso.

Una vez en la orilla del río, Kendall espera a que su padre salga un momento del trabajo para llevarlo de vuelta a casa en el bote de remos.

Más enfática fue la ministra Sonia Marta Mora al afirmar que el Estado aspira a pagar un salario suficientemente competitivo para que los maestros cubran esas necesidades. Añadió que a estos docentes se les paga el incentivo de Índice de Desarrollo Social.

Venegas sí recomendó disminuir la carga administrativa que pesa sobre estos educadores, quienes deben encargarse de funciones de director, al carecer estos centros de esa figura. Eso los aleja de su responsabilidad primordial: enseñar a los niños.

Por esa razón, el MEP y el Consejo Nacional de Rectores los capacita para equilibrar esas funciones y mejorar su interacción con los niños y sus padres.

A pesar de todas estas trabas y dificultades, los maestros de escuelas unidocentes son ingeniosos para enseñar. Para su clase de matemática, Óscar Castro creó una tabla con puntos de colores que facilita a los niños de Flor de Islita aprender a multiplicar.

En el río, Kendall dice ver frecuentemente a su animal favorito, el lagarto.

Este año, el Premio Nacional de Educación lo ganó un maestro unidocente: Humberto González Barrantes. González es docente de la escuela de Jocotal de Aserrí, donde le enseña a sus estudiantes por medio del arte y la lectura.

Los niños que estudien solos o con menos de cuatro compañeros en una escuela unidocente tendrían que abandonar su centro para unirse a otro en el futuro.

Así ocurriría si el MEP aprueba la fusión de escuelas unidocentes, cuya matrícula oscile entre uno y cinco alumnos y se encuentren en un radio de menos de 2 kilómetros de distancia entre sí. La idea es estudiada por la Dirección de Planificación Institucional del ministerio.

Aunque la medida no está en firme, ya la Universidad de Costa Rica (UCR) advirtió que esa fusión propiciaría la deserción.

Cuando llega a casa, Kendall le enseña a su madre las tareas que le dejó la profesora y se prepara para el examen del día siguiente.

“Si yo quito esa escuela que está ahí le estoy agregando un kilómetro más a ese chiquito que camina. Además, un kilómetro en una zona rural, con la geografía de este país, puede implicar un río de por medio, una pendiente muy grande, una montaña. No es un kilómetro sobre asfalto”, explica Claudio Vargas, encargado de la Sección de Escuelas Unidocentes de la UCR.

Sin embargo, para otros la existencia de estas pequeñas escuelas no se justifica, así está plasmado en el Atlas de la Educación, informe elaborado por el “Estado de la Nación”.

“Es muy importante entender que muchas veces el mecanismo que operó para construir una escuela unidocente fue la comunidad presionando a un diputado. Y un diputado, por quedar bien con la comunidad, presionaba al MEP y se construía una escuela, aunque estuviera una a un kilómetro de la otra. Era un tema clientelista”, comentó Isabel Román, coordinadora del “Estado de la Educación”.

Esa versión de presión política fue debatida por la Ministra Mora, quien dijo que, al menos en su administración, esa no ha sido razón para abrir centro educativo alguno.

Finalmente, y después de haber alimentado a los cerdos, patos y aves de la casa, Kendall se sienta en su cuarto a jugar con su imaginación.

Vargas enfatizó que cuando se trata de un derecho humano como la educación de un niño el tema político o económico nunca debe inclinar la balanza de la decisión.

“La escuela unidocente es el corazón de una comunidad, incluso, en muchos lugares, son la única institución del Estado que existe. Ahí se reúnen para hacer la misa y celebrar las efemérides: el Día del Padre, el Día de la Madre, el 15 de setiembre y se hace la graduación de los chiquitos. Entonces la escuela unidocente es un corazón realmente, porque palpita. Le da identidad a una comunidad. Si se muere una escuela, una comunidad muere”, dijo Claudio Vargas, encargado de la Sección de Escuelas Unidocentes de la UCR.