“Me preocupa la indiferencia de las personas y, a veces, hasta del mismo sistema»

Fotografía de cortesía

Las casas de la comunidad están construidas en un terreno usurpado. Están lejos, en un cerro. De la comunidad ninguna alcaldía quiere hacerse cargo. Las municipalidades se lanzan entre ellas la responsabilidad de la zona, como si no la habitaran personas. Aquí, en unas gradas, un niño en edad preescolar espera a Kara. Cuando la ve llegar, corre a encontrarla.

El niño le cuenta, entre otras cosas, cómo la tormenta Amanda le llevó el techo del cuartito en el que duerme junto a sus tres hermanos y su sobrina, que tiene casi su edad. El viento también le llevó uno de sus juguetes favoritos. Pero, ahora, ya no tienen que preocuparse tanto por las lluvias, porque la ONG que Kara dirige les construyó una casa provisional. Es de madera, no como la que tenían antes, de plásticos y láminas. La casa es provisional, porque ellos no saben en qué momento los dueños del terreno van a decidir sacarlos.

Esa es una de tantas familias a las que Proyecto Red ha llevado atención psicológica, atención médica, becas, alimentos y, también, un techo seguro. Les ha llevado, cuenta la madre de los niños, una vida distinta.

Kara García es la directora ejecutiva de Proyecto Red, una ONG que nació con la creación de la Lepina. Lo que busca es apoyar a familias de escasos recursos que han sufrido vulneraciones a sus derechos. La prioridad son las que tienen niños, niñas y adolescentes que han vivido en orfanatos, instituciones, hogares o en centros de acogimiento, y que están siendo reintegrados con sus parientes biológicos.

Kara cuenta en esta entrevista cómo trasladaron todas sus actividades a las comunidades. Lo hicieron, dice ella, porque esa era la única manera de dar seguimiento a las víctimas de trauma. Explica, además, que la llegada de la pandemia aumentó las vulneraciones a los derechos humanos y la violencia que ya se sufría en el hogar. Por lo que, llegar al territorio era la única manera de velar por el bienestar de las familias a las que apoyan y de intentar evitar que el encierro terminara en tragedia.

Nuestro trabajo no paró. No para nunca, porque en los momentos de más encierro es cuando los abusadores se vuelven más agresivos. Por eso, aprovechamos el tiempo para hacer denuncias y para proteger los derechos de las víctimas.

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¿Con qué intención nace Proyecto Red?

El proyecto se funda a partir de una necesidad muy grande, pues vimos que miles de niños, niñas y adolescentes habían estado institucionalizados, y fueron reintegrados con sus familias biológicas sin brindarles ningún tipo de apoyo. Por eso, nosotros intentamos llevar atención integral a estas familias, con la intención de satisfacer sus necesidades físicas, económicas, emocionales. Para que, en algún momento, puedan ser autosostenibles.

¿Cómo es el proceso para acercarse a las familias?

Trabajamos en conjunto con el Consejo Nacional de la Niñez y de la Adolescencia (CONNA) y con el Juzgado Especializado de la Niñez y Adolescencia. Ellos nos remiten los casos de los niños más vulnerables del país, de los niños que han sufrido algún tipo de vulneración a sus derechos, y les brindamos apoyo a ellos y a sus familias.

¿Qué situaciones encuentran cuando llegan a los hogares?

Nos encontramos con situaciones muy duras. El tipo de situaciones que casi no se ven en el día a día. Vemos, sobre todo, casos graves de abuso. Trabajamos con casos de maltrato, abuso físico, muchos casos de violencia sexual, abandono y trata. Identificamos qué es lo que está afectado al niño, niña o adolescente y a su familia, y lo informamos al Trauma. Trauma es la metodología que utilizamos. Y lo que se busca con ella es que todas nuestras intervenciones se basen en técnicas que reconozcan el trauma vivido por cada persona. Eso es bien importante, porque sabemos que todas las personas a las que apoyamos, incluyendo a los familiares, a los padres, a los responsables, también han sido víctimas de traumas en sus vidas.

¿Cómo cambia su trabajo con la llegada de la Covid-19?

Ha cambiado bastante. Creo que todos hemos experimentado cambios en muchos ámbitos. En nuestro caso, siempre hemos tenido actividades en la oficina: arteterapia, terapia lúdica y atenciones psicológicas. En las sedes tenemos diferentes actividades grupales, pero una parte importante de nuestro trabajo está en el campo, visitando a las familias en sus hogares. Con la llegada de la Covid-19 pasaron dos cosas. La primera es que nos enfocamos en brindar alivio a las familias que forman parte del proyecto, con las que trabajamos directamente. También visitamos comunidades que sabemos que tienen muchas necesidades. Llevamos paquetes de alimentos, kits de higiene y productos de limpieza. Y, durante tres meses, estuvimos de lleno apoyando de esa manera.

Lo segundo fue que, luego de ver la necesidad y lo que la Covid-19 estaba causando, decidimos ajustar también nuestras formas de trabajo. Durante los meses más críticos, trasladamos el 100% de nuestras atenciones al campo. Llegamos a las casas de las personas a las que como ONG servimos. Llevamos a las comunidades apoyo legal, psicológico y cualquier otro tipo de ayuda que las personas pudieran necesitar.

¿Qué fue lo primero que pensó cuando se enteró que se había declarado cuarentena a nivel nacional?

Pensé en los fondos, porque somos una ONG. Todo lo que hacemos es financiado por donantes individuales, y esta situación ha generado una crisis económica mundial. Por eso comencé a pensar en la sostenibilidad del trabajo. Y pues sí, hemos sentido el impacto, pero, al mismo tiempo, hemos visto mucha generosidad. Eso me ha llenado de gozo y alegría. Mucha gente de aquí mismo, del país, nos ha apoyado y ha brindado ayuda para las personas más necesitadas. Ha sido increíble la forma en que la ayuda ha llegado en el momento preciso.

¿Qué fue lo primero que detectó al llegar a las comunidades?

Hemos visto cifras altas de abuso durante la pandemia. Es muy trágico que niños, niñas y mujeres, que suelen ser las víctimas, estén atrapados con sus abusadores. Por eso, durante la cuarentena, nos enfocamos mucho en abogar y luchar por esas personas. Nuestro trabajo no paró. No para nunca, porque en los momentos de más encierro es cuando los abusadores se vuelven más agresivos. Por eso, aprovechamos el tiempo para hacer denuncias y para proteger los derechos de las víctimas.

Durante este año, hemos recibido muchos casos nuevos de abuso, que ya estamos apoyando. Ha sido una situación muy grave. Y sabemos que nosotros solo podemos ver una muestra de lo que está pasando. Por eso es tan importante que todos seamos conscientes de lo que sucede en cuanto a cifras de violencia, no solo en el país, también a nivel mundial.

Fotografía de cortesía

¿Cómo logra acercarse a estas familias, acercarse a los niños o mujeres que están siendo víctimas de violencia, teniendo en cuenta que el agresor está en casa?

Ha sido difícil, porque la base de nuestro trabajo es la confianza. Las relaciones de confianza. Y, en algunos momentos, ha sido muy duro para nosotros cuando un niño se nos acerca y quiere abrazarnos, y no podemos hacerlo porque queremos evitar el contagio. A pesar de eso, buscamos seguir construyendo buenas relaciones, pues creemos que es la mejor forma para trabajar con víctimas de trauma. Y está comprobado. Las personas se abren cuando saben que pueden confiar en uno. Eso es lo que necesitamos para poder brindarles apoyo.

Las víctimas perciben cuando yo me muestro interesada en su bienestar. Justo la semana pasada nos remitieron un nuevo caso, y, con el fin de brindar apoyo a esa familia, les llevamos una cama y también atención psicológica. Ellos, instantáneamente, vieron cómo es nuestra forma de trabajar. Y, quienes estaban sufriendo, se animaron a hablar sobre lo que les estaba pasando.

¿Han encontrado alguna limitante?

Creo que las mascarillas, los equipos y las medidas de protección nos pueden poner una barrera física, y podrían llegar a impedir un poco la confianza, pero al final lo que cuenta es el corazón. El corazón detrás de las acciones que uno realiza y que las personas perciben. Eso, cuando es genuino y se hace con compromiso, puede romper cualquier tipo de barrera. Y lo hemos hecho así desde el 2011 hasta hoy. Así que, gracias a Dios, hemos podido brindar apoyo a más de 40 víctimas de violencia durante este año.

Además de la violencia, ¿qué otra situación ha logrado identificar?

Esto lo respondo un poco desde mi perspectiva, porque soy estadounidense, y las cosas están difíciles en todas partes. Cuando hablo con mi familia que está en Estados Unidos, hablo con donantes y amigos, me doy cuenta de que sí hay sufrimiento en todo el mundo. Pero aquí es otro nivel. En este país, la gente literalmente no ha tenido nada para comer en el día. Y nosotros hemos tenido el privilegio de llegar en el momento más crítico, en ese momento cuando ya no tenían ni una taza de arroz para una familia de 8 personas. Ha sido un trabajo muy intenso. Y ha sido, también, una experiencia triste porque no hemos podido llegar a cubrir toda la necesidad. Sin embargo, confiamos en que llegamos a las personas indicadas en el momento indicado.

No sé si está bien comparar, pero mucha gente habla en Estados Unidos de la necesidad, y cuando veo la situación en la que se encuentran las personas aquí, creo que no hay comparación. Estamos hablando de una región, de un mundo, totalmente diferente al de los países desarrollados. Nos hemos encontrado a personas con hambre, sin poder acceder a los servicios médicos. Por ejemplo, nos encontramos con una mujer que estaba embarazada, se encontraba en mal estado de salud. Ya estaba en proceso de pérdida del bebé, y no la atendieron. Simplemente no las estaban atendiendo porque no eran casos de Covid-19, y eso es muy grave.

Además, hemos visto muchos casos de niños que han dejado de estudiar. Y nosotros no sabemos con certeza qué va a traer todo esto, pero hemos tratado de ayudar, en lo que podemos, a los que están en nuestro programa. Eso también ha sido bien difícil, porque nos hemos encontrado con padres que no pueden leer ni escribir, o que no pueden pagar internet para que los niños accedan a las guías. También, hay maestras que no tienen los recursos para entregar las guías de manera personal. Y los niños están ahí, sin poder tener educación. Esa situación ha sido una de las más graves que hemos identificado. Es preocupante porque no solo es la falta de alimentos, es no poder gozar de otros derechos.

Cuando hablo con mi familia que está en Estados Unidos, hablo con donantes y amigos, me doy cuenta de que sí hay sufrimiento en todo el mundo. Pero aquí es otro nivel. En este país, la gente literalmente no ha tenido nada para comer en el día. Y nosotros hemos tenido el privilegio de llegar en el momento más crítico, en ese momento cuando ya no tenían ni una taza de arroz para una familia de 8 personas. Ha sido un trabajo muy intenso.

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De manera personal, ¿cómo le impactó la llegada de la pandemia?

A todos nos ha tocado ajustar nuestra vida, nuestra forma diaria de vivir. En mi caso, estoy embarazada. Y ha sido un gran cambio porque he tenido que vivir esta etapa protegiéndome todo el tiempo, cuidando mi salud mental, intentando no estar afligida. Además, El Salvador no es mi país de origen. Por eso, me ha costado acostumbrarme a muchas cosas. Pese a eso, creo que no podría estar en otro lugar. Porque qué mejor forma de enfrentar la pandemia si no es ayudando a los demás.

¿Qué es lo que siente o piensa cuando llega a las comunidades y se encuentra con estas situaciones?

Yo elijo estar feliz de poder ayudar. Porque si nos ponemos a pensar en que la necesidad es abrumante, nos deprimimos y sentimos que no estamos consiguiendo impactar. Y yo siempre he pensado que, si todos hacemos algo, vamos a lograr algo muy grande.

Hay una historia que me impactó mucho, es de una de las familias que nosotros apoyamos en Red. Ellos tienen una historia difícil. Están todavía superando muchos retos, pero ya llevan un tiempo en nuestro proyecto. En el contexto de esta crisis, hicimos una campaña para recaudar fondos para cubrir las necesidades que se presentaron. Un día, llegamos a su casa a entregarles víveres. Ahí, nos comenzaron a contar que habían perdido sus trabajos, que se habían quedado sin lo que les permite tener comida en su hogar. Estaban como en la mayoría de los casos. Pero cuando lanzamos la campaña, esa familia decidió hacer una donación de $20, porque ellos en su corazón creen eso: si todos hacemos algo, vamos a hacer mucho. Esa ha sido la filosofía en Proyecto Red, especialmente, durante esta pandemia.

Como directora de la ONG, ¿por qué decidió trasladar las actividades a las comunidades y no hacerlo, por ejemplo, de manera virtual?

En este contexto, no me puedo imaginar haber intentado trabajar con las familias de otra manera. Si nosotros nos apuntamos para hacer este trabajo, para asumir este compromiso, no había forma de no hacerlo en el territorio. Eso es lo lógico para mí. Para nosotros, acercarnos a las comunidades era la única manera de llegar a las personas y de cumplir nuestra misión. Cuando se trata del tipo de necesidades con las que nos encontramos y trabajamos, de manera virtual no iba a ser posible ayudar.

¿Qué es lo que se lleva a su casa después de un día de trabajo?

Alegría. Y creo que hablo también por todo mi equipo. De ese trabajo diario nos llevamos alegría y satisfacción, porque sabemos que hemos ayudado a las personas que Dios nos ha puesto en el camino. Tenemos claro que solo hemos logrado llegar a un porcentaje mínimo de personas en el país, pero hemos llegado a quienes debíamos ayudar. Y eso nos llena de felicidad y de agradecimiento. Estamos muy agradecidos porque tenemos la oportunidad de apoyar en los momentos de más necesidad.

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¿Ha sentido temor en algún momento?

Sí, cuando íbamos a entregar la ayuda a las familias y nos encontrábamos con los retenes. Porque la forma en la que los estaban haciendo era intimidante. Y creo que eran intimidantes a propósito. Pero nosotros teníamos autorización para circular, entonces no había problema con eso. A veces, nos paraban, pero al ver a lo que íbamos, los policías y los militares nos decían: «¡Qué bendición!» o «¡Qué bueno lo que están haciendo!», y nos dejaban pasar. No dejaba de dar temor, pero al final era confiar en nuestro trabajo, y todo salió bien.

¿Hay algo que, en estos meses, la agotara?

Hay algo personal, muy personal, que ha sido muy difícil para mí. Y es no tener la posibilidad de viajar a mi país. Yo digo a mi país de origen, porque ahora este es mi país. Pero no he podido viajar a ver a mi familia, porque no hay certeza de poder regresar. Entonces, no he salido todo el año, y eso ha sido un poco extraño. Pero también sé que hay un propósito más grande, y que estoy aquí, en este momento, por algo. Durante este tiempo, he tenido el regalo de ver el impacto que hemos tenido.

¿Hay algo que le preocupe a futuro?

Algo que me preocupa siempre, y que este año se ha reforzado, es la cantidad de casos de abuso que hay. También me preocupa la indiferencia de las personas y, a veces, hasta del mismo sistema. Y, lastimosamente, eso se ha endurecido en estos meses debido a la pandemia. La pobreza y las necesidades nunca se van a acabar, pero siempre hay cosas que todos podemos hacer para ayudar. Y no solamente a la gente que necesita un plato de comida, también a quienes necesitan que alguien esté siendo su voz. Esta situación me genera emociones simultáneas. Por un lado, estoy alegre de poder ayudar, pero también siento frustración por toda la indiferencia. Realmente, alguien tiene que estar para la gente más vulnerable, y por eso estamos nosotros.

Violadores que enamoran a niñas

La razón de una amplia discusión en el tribunal fue el himen, una membrana que hace estrecha la vagina. “No habían rupturas recientes ni antiguas, solo que el himen se encontraba en una forma dilatado; que al referirse que el himen es dilatable, es porque el himen tiene un orificio bien amplio, y este tipo de himen permite la penetración sin ruptura, que podría ocasionarse una ruptura con esta clase de himen si la penetración se hiciera con violencia”. La membrana que se describe es la de Roxana*, una menor de 14 años que empezó a ser novia de Antonio* cuando tenía 11. Él, dice ella, le escribía papeles en los que le decía que era bonita y la quería. Antonio es un adulto desde antes de que empezaran a ser novios. Antonio tuvo relaciones sexuales con Roxana en un marco de ventaja, pero de esa ventaja emocional y madurativa se habla poco en el tribunal. Es junio de 2013 y en la sala se discute más la condición del himen de Roxana porque Antonio está acusado de violación en menor incapaz.

Toda relación sexual con una persona menor de 15 años se considera delito, según el artículo 159 del Código Penal. “El que tuviere acceso carnal por vía vaginal o anal con menor de quince años de edad o con otra persona aprovechándose de su enajenación mental, de su estado de inconsciencia o de su incapacidad de resistir será sancionado con prisión de catorce a veinte años”. Antonio y Roxana se veían de noche en el patio de la casa de ella ubicada en una zona rural de Chalatenango en donde los cercos no representan protección.

Uno de los aspectos en los que más se hizo énfasis en el tribunal cuando Antonio fue acusado fue la condición del cuerpo de Roxana. El cuerpo de la adolescente tenía que aportar pruebas suficientes del delito de Antonio. Roxana, que no completó el quinto grado, llegó a esta cita judicial a enterarse de cómo funciona su cuerpo. Hasta entonces supo, por medio de peritos que la examinaron, que el himen es una membrana que puede dilatarse, es decir, estirarse sin romperse. Supo que la virginidad no es un sello, que no se puede decir si alguien es virgen solo porque tiene una membrana. Supo que los peritos pueden calificar su himen y el de ella lo calificaron como “complaciente”.

En síntesis, los peritos indicaron que no se podía afirmar y tampoco negar que ella hubiera tenido relaciones porque no había eritema. El eritema es una lesión que se puede o no se puede encontrar en personas que empiezan a tener relaciones sexuales. Ella no tenía eritema, no porque nunca haya tenido, sino que porque llegó a las instancias legales cuatro meses después de que su novio, Antonio, la convenciera de tener relaciones sexuales. “Es un himen que puede permitir la penetración, pero también va a depender de la contextura de la persona, en este caso ya era una señorita grande (a los 14 años para un perito ya se es “grande”), el himen es más amplio y después de cuatro meses era muy difícil… a menos que hubiere violencia, que encontraría un eritema”, concluyeron.

No hubo violencia, pero de acuerdo con la resolución del tribunal en el que se ventiló el caso, hubo insistencia de parte de él. “La primera vez que tuvieron relaciones el joven, Antonio, le insistía, pero ella no quería acceder; hasta que la convenció y la acostó en el suelo, quitándole la ropa y se le subió encima y comenzó a introducirle el pene en su vulva, manifiesta ella que era su primera vez y le dolió bastante, pero Antonio le decía que se iba a hacer cargo de ella si la familia se enteraba”, se lee en la sentencia. Antonio le alumbraba con una lámpara la ventana a Roxana para que saliera a las 10 de la noche cada tres o cuatro días. En esas citas tenían relaciones sexuales. Roxana define como relaciones sexuales a que él le quitaba el pantalón, el suéter, la blusa y el blúmer, la acostaba en el suelo de tierra, cerca de la letrina y metía el pene en su vulva. Algo de lo que se habla muy poco en el tribunal es que Antonio se preocupaba por siempre llevar condones. Uno de los condones usados fue encontrado por la madre de Roxana, quien lo desechó en la letrina de hoyo.

Este caso no se hizo visible por un embarazo, sino porque la madre de ella los sorprendió en una ocasión. Mandó a llamar a Antonio y él, contrario a lo que le había dicho a Roxana acerca de que se iba a encargar de todo, lo negó. Dijo a la madre que él no le había hecho nada a Roxana. La madre, entonces, colocó la denuncia bajo el argumento de que “no quería que nadie les faltara el respeto a sus hijas”. Evitó que el contacto entre su hija y Antonio continuara, no sin antes darle un castigo físico a Roxana, como consta en la resolución, le dio “dos chilillazos en las nalgas”.

En el tribunal se consideró a Roxana una persona con un desarrollo cognitivo suficiente como para dar una declaración detallada y ordenada. Esto a pesar de que solo llegó al quinto grado de la educación formal y de que no tenía mayores oportunidades de formación y su madre tampoco. El tribunal halló inconsistencias en la declaración de Roxana, como que, por ejemplo, en una etapa del proceso dijo: “No quiero que se lo lleven, no me ha hecho nada”. En estas instancias legales se reconoció a Roxana como una niña enamorada que tenía un himen que pudo permitir ser penetrado sin romperse. En el cuerpo de Roxana no hallaron pruebas suficientes. Y de la mente, el cuerpo o la intención de Antonio no se dijo mucho. Antonio fue absuelto de los cargos.

Una de cada tres mujeres de 20 a 49 años estuvo embarazada antes de cumplir 18 años; y una de cada cuatro estuvo unida a un hombre antes de esa edad, de acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Salud 2014. “Tanto la unión como el embarazo temprano son resultado de circunstancias que están fuera del control de la niña y la adolescente, las cuales le impiden tomar adecuadamente decisiones clave sobre su vida”, dice el informe Maternidad y Unión en Niñas y Adolescentes firmado por varias instituciones internacionales y de gobierno. También sentencia: “Las uniones y los embarazos antes de los 17 años son producto de la violencia social que sufren cotidianamente, lo cual no es asumido como tal por la sociedad y el Estado”. Casos como el de Roxana, en donde se interpuso una denuncia sin embarazo de por medio, siguen siendo una excepción a la norma.

No asumir esa violencia sexual contra las niñas impacta en la cantidad de denuncias que se hacen. Además de lo establecido como violación en menor incapaz en el artículo 159 del Código Penal, el artículo 163 señala que el delito de estupro consiste en que “el que tuviere acceso carnal por vía vaginal o anal mediante engaño, con persona mayor de quince años y menor de dieciocho años de edad será sancionado con prisión de cuatro a diez años”. Ambos artículos se aplican a mayores de edad que abusan de menores de edad. Cuando la relación es entre menores de edad, no hay delito, pero sí consecuencias.

En las inscripciones prenatales del año pasado hay 11,194 niñas de 10 a 17 años de edad, según el Ministerio de Salud. De ellas, 1 de cada 10, tenían menos de 14 años. “Estos datos que resultan particularmente alarmantes, por una parte por el alto riesgo que significa para la vida de las niñas de dichas edades que han sido embarazadas, y por otra porque la legislación salvadoreña establece que toda relación sexual con una adolescente menor de 14 años constituye delito, es decir que estamos ante la presencia de una problemática que demanda urgente atención y la más alta prioridad en la agenda nacional”, demanda el “Mapa de embarazos” más reciente, presentado en 2015.

El año pasado se presentaron dos informes que detallaban la situación del embarazo en adolescentes, pero también hicieron visible la situación de estas niñas con sus parejas, estos fueron el “Mapa de embarazos” y “Maternidad y Uniones en Niñas y Adolescentes”. “¿Cuál es el patrón que se ve? Que adultos de diferentes edades han estado teniendo relaciones sexuales con niñas de 14, 10, nueve, ocho años. Y el caso sale a luz pública cuando la niña sale embarazada, pero han estado unidas a estas personas desde antes, muchas veces esa unión tiene un carácter legal que contradice el Código Penal”, explica Hugo González, representante del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Solo entre las niñas de entre 10 y 12 años, el 29 % ya estaba unida antes del embarazo, según el informe “Maternidad y Uniones de Niñas y Adolescentes” que se elaboró con datos de 2012. Además, se encontró que 17 % tenía una pareja que la superaba por 10 o más años de edad. Es decir, niñas de 12 años unidas y embarazadas de hombres de 22 años, por lo menos.

“Estas uniones de niñas y adolescentes con parejas mucho mayores que ellas suponen una relación extremadamente desigual de poder que las excluye de la posibilidad de tomar decisiones sobre su vida”. En este grupo de niñas de 10 a 12 años, que son las más jóvenes que toma en cuenta el estudio, 1 de cada 10 estaba casada con su violador. Esta acción ha implicado el aval de sus padres o tutores para que esa niña embarazada adquiera un compromiso legal con una persona que, por ley, debería ser procesada por violación en menor incapaz.

En el camino para establecer el perfil de las relaciones sexuales en menores de edad, la Encuesta Nacional de Salud 2014 señala que el 7 % de mujeres entre los 15 y los 49 años se casaron o se acompañaron antes de tener 15 años. Mientras que en este mismo grupo de edad, el 29 % se casó antes de los 18 años de edad, es decir, 3 de cada 10 mujeres en el país ya había formalizado una unión antes de alcanzar la mayoría de edad. Y el 10.6 % de las mujeres que al momento de la encuesta tenían entre 15 y 24 años habían iniciado relaciones sexuales antes de cumplir 15 años. “La tendencia que se está observando es que los adolescentes están teniendo relaciones sexuales cada vez a más temprana edad”, explica González, representante del UNFPA.

Las consecuencias de unirse o salir embarazada a tan temprana edad “obliga a las niñas a transitar a la vida adulta de manera abrupta y sin estar preparadas para ello”, dice el estudio. Las niñas dejan su papel y se convierten en responsables de la casa y de su hijo. Tendrán menos tiempo para actividades educativas o las interrumpirán definitivamente. Lo que las dejará sin oportunidades de optar por empleos que les ofrezcan una mejora en la calidad de vida de ellas y de sus familias.

Solo el 34 % de niñas embarazadas entre los 10 y los 14 años nunca había estado como conviviente con un hombre antes de concebir. Y entre las de 15 a 17 años, el porcentaje baja a 15. “Este resultado sitúa un marco de análisis diferente. No se busca determinar entonces los factores que conllevaron a la ocurrencia del embarazo y la maternidad –pues los mismos están ocurriendo dentro de una unión previamente formada– sino en los factores que determinan la ocurrencia de la unión a las edades reportadas”. En otras palabras, el estudio plantea al país la necesidad de saber por qué las niñas se están uniendo a tan temprana edad y, en la mayoría de casos, con hombres que son sus violadores.

Pedro es un hombre de 42 que se acompañó con una mujer de edad similar. La mujer tenía tres hijos, entre ellos una niña de 13 años que estudiaba en una institución educativa privada. Pedro solía ingerir alcohol, cuando lo hacía, maltrataba a su pareja, por lo que era usual que ella se ausentara de la casa que compartían en un municipio de Usulután. Se iba y dejaba a los tres hijos con Pedro.

Pedro, de 42 años, empezó a decirle a María*, de 13, que la quería y que él pronto iba a separarse de su mamá para estar solo con ella. María contó a los peritos que investigaron su caso que él empezó a darle besos en la boca y que, al cumplir 14 años de edad tuvieron relaciones sexuales en la misma habitación que él, su padrastro, compartía con su madre.

Una vez, María se estaba vistiendo tras mantener relaciones sexuales con su padrastro, de 42 años, y su madre los sorprendió. Corrió a Pedro de la casa y a ella le dio un castigo físico y la llamó descarada. Pero, en esa ocasión, la madre no alcanzó a convencerse del abuso porque solo halló a María sin ropa, él ya estaba vestido. La madre permitió que Pedro regresara a la casa.

Fue hasta dos años más tarde que María presentó síntomas de que algo le pasaba. Bajó sus notas en el colegio y el psicólogo de la institución se interesó en saber por qué. Así, María le confesó que estaba teniendo una relación sentimental con su padrastro, que tenían sexo –para entonces ella de 16 y él de 45 años– al menos una vez al mes y que su madre, aunque había sospechado algo, no se había dado por enterada. Con intervención del psicólogo, María le contó todo a su madre y el profesional les indicó que era necesario colocar una denuncia.

Los peritos hallaron en María “sintomatología psicológica de persona expuesta a abuso sexual”. Observaron, entre otras características: vergüenza, sentimiento de culpa, deseo de muerte, pensamiento recurrente sobre los hechos, ansiedad, tendencia depresiva, pesadillas. Declararon que, al momento de la evaluación, presentaba capacidad para reconocer entre la verdad y la mentira. Pero dado el estado de María, los expertos también calcularon que la adolescente iba a necesitar $2,400 para recibir terapia psicológica, a $25 por sesión.

El peritaje físico concluyó que el cuerpo de María sí tenía señales de haber mantenido relaciones sexuales. Sin embargo, en el tribunal consideraron que María y su madre no presentaron una correlación de fechas creíble, que sus declaraciones tenían huecos, como por ejemplo, que no había explicación a que Pedro regresara a la casa después de la madre los haya sorprendido juntos. Tampoco les pareció adecuado el delito por el que se acusaba a Pedro. A pesar de que las agresiones comenzaron a los 14 años de María, consideraron que el delito por el que debió habérsele procesado era estupro.

De Pedro, sus intensiones, su estado emocional y mental, su cuerpo y su ventaja sobre María no se habló. Pedro tenía 45 años cuando fue absuelto de violar de manera continuada a su hijastra de 16.

“Lo que tenemos aquí es una sociedad altamente punitiva y en lugar de proteger a la niña o a la adolescente, busca culparla”, señala Zaira Navas, directora ejecutiva del Consejo Nacional de la Niñez y la Adolescencia (CONNA). “Nos siguen diciendo que una niña fue abusada o quedó embarazada porque ella lo buscó, cada vez que se toca este tema, hay un grupo de personas que cree que no es cierto que haya niñas y adolescentes que no hayan desarrollado todas sus capacidades y que no es cierto que todavía no tenga toda su autonomía, creen que de verdad ella sabía cuál era la consecuencia de sus actos”.

La deserción escolar guarda una relación estrecha con las uniones en niñas menores de 17 años. El 80 % de las encuestadas para el informe sobre maternidad y uniones reporta haber abandonado la escuela antes del primer nacimiento. De estas, un 60 % son niñas y adolescentes que desertaron antes de ocurrido el embarazo. El 20 % de las niñas de 10 a 14 años dijo haber dejado la escuela solo para unirse a un hombre y entre las de 15 a 17 años, el porcentaje por esta causa fue idéntico. Quiere decir que una condición que está haciendo vulnerables a las niñas es, en toda regla, el abandono escolar.

“Lo ideal sería que la niña finalice su escuela y con eso tenga mejores oportunidades de realizarse y mejorar sus ingresos y que pueda, sobre la base de su aspiración, tener hijos. Pero, muchas adolescentes al abandonar la escuela, por pobreza o por violencia, terminan viendo en la maternidad y en la nupcialidad un proyecto de vida”, explica González desde una oficina con una vista impresionante de Antiguo Cuscatlán, uno de los municipios con mejores condiciones de vida del país.

En esa misma línea, Navas señala: “El estudio de uniones tempranas nos da datos distintos a los que veníamos manejando sin evidencia y nos dice que las niñas se unen no porque estén embarazadas, se unen porque buscan huir de una situación de violencia en el hogar o porque quieren tener una mejor condición de vida y acá es en donde personas adultas se aprovechan para tener acceso a las menores a partir de ofrecer una mejora económica para toda la familia de ella”. La funcionaria describe así que en El Salvador todavía se ve a las niñas como una mercancía, como algo que puede dar dinero.

La pobreza fue tan brutal que en 735 centros estudiantiles reportaron alumnos que desertaron por esta razón en 2015. Y la violencia pandilleril fue el argumento bajo el cual alumnos de otros 1,240 centros escolares dejaron sus estudios, según el Observatorio del MINED 2016. “Tenemos una sociedad con valores y estigmas que responsabiliza a las mujeres de cualquier situación que ocurra, incluso de situaciones de violencia hacia ellas. Pero hacer justicia es recabar pruebas que permitan tanto establecer si soy responsable, como las causas o razones que me llevaron a tomar una decisión o a participar de una actividad”.

Roxana no estaba escolarizada cuando mantuvo su relación con Antonio. María tuvo una relación con un hombre que le triplicaba la edad y que mantenía una cuota de poder importante en el hogar que compartían. Como si conociera los casos, González, del UNFPA, apunta que “lo que se tiene que hacer es generar opciones para las niñas; esto no va a detener que tengan relaciones sexuales, pero detiene la posibilidad de que adultos mayores abusen de ellas y escapen del proceso legal impunes; debe existir protección para las niñas para que, por un lado, cuenten con educación e información para retrasar el inicio de las relaciones; pero si aún así inician temprano, que sepan protegerse de abusos, de enfermedades y de embarazos”.

Las niñas van llegando a esta casa comunal después de caminar por calles de tierra bajo un sol que no da tregua. Esto es un municipio de los que llevan por apellido Lempa, en Usulután, es jueves casi a medio día. Son cinco adolescentes y, a grandes rasgos, se pueden presentar así: todas son mamás, tres terminaron bachillerato, tres tienen 18 años, una 17 y otra 19; tres están casadas por lo civil, una está acompañada, una se separó de su pareja tras dar a luz, todas mantienen relaciones con adultos; en todos los casos se cumplen los requisitos para abrir investigaciones por violación en menor incapaz o por estupro, pero también, en todos los casos, las niñas han mantenido relaciones sentimentales estables y públicas con los hombres con los que procrearon.

Mil cincuenta niñas que estaban estudiando en 565 centros escolares públicos se reportaron embarazadas durante 2015, de acuerdo con el Observatorio del MINED. Hubo 334 centros escolares que reportaron una niña embarazada cada uno, dos que reportaron hasta 15 niñas embarazadas durante ese año escolar y uno que tuvo hasta 18 niñas en este estado. En 450 centros se dijo que todas las embarazadas se mantuvieron en la escuela, mientras que el 150 instituciones, hubo niñas que desertaron por embarazo.

En este panorama, las que se han dado cita en esta casa comunal son excepcionales. Cada una tiene un proyecto de vida. Ellas forman parte del proyecto Por una educación integral de la sexualidad, inclusiva y con equidad de género, en dos sistemas integrados de educación pública en Jiquilisco y Suchitoto, que les entrega algo que es la razón por la que se mantienen estudiando: una beca de $25 mensuales para viáticos. Este dinero ha adoptado característica de crucial en la dinámica de estas niñas. Sin esto –que parece tan poco en otros sectores–, no podrían haberse mantenido en la institución.

Sus historias de vida, sin embargo, no dejan de ser difíciles de asimilar para cualquiera que no sepa cómo se vive en un municipio de apellido Lempa. Yanira* ya terminó el bachillerato, tiene 18 años de edad y cuatro de casada. Fue a alcaldía a contraer nupcias antes de poder decirse quinceañera. Tenía un mes de embarazo y 14 años de edad cuando fue declarada esposa de un hombre que entonces alcanzaba los 21 años de edad y de oficio corralero. Sigue casada y su hijo ahora tiene tres años.

En términos legales ella se casó con su violador. En la realidad de esta adolescente, se casó con el novio de toda la vida en un municipio en donde la oportunidad de trabajo más apetecida es ser cajera de supermercado o mesera en un restaurante de pollo frito y para ambos puestos hay que viajar a la cabecera departamental pagando un pasaje de bus de $0.75 por viaje, que hacen $1.50 al día, $7.50 a la semana y $30 al mes. La más idílica oportunidad de empleo formal que ven estas niñas implica una inversión fuerte solo en transporte.

Ana*, también nombre ficticio, se acompañó a los 15 con su pareja de 21 años de edad. A los 16 tuvo su primer hijo. A los 17 se casó. Ahora cría a un bebé de 10 meses junto a su esposo y espera a cumplir los 18 para empezar a mandar solicitudes de empleo a supermercados, tiendas, restaurantes.

Ana tiene claro que su ritmo de vida no es algo que recomendaría a su hermana menor, a ella le pide que espere, que estudie más, que disfrute más. Ana, como Yanira, se casaron con hombres mayores a los que siempre vieron enamoradas, porque en este su mundo no tuvieron la oportunidad de adoptar criterios para saberse víctimas de la situación.

Cecilia*, otra de las niñas con una historia similar a las anteriores resume en una frase el sentimiento de su madre: “Me dijo que me pasó por mi ignorancia, que yo salí embarazada siendo ignorante”.

Guiadas por la Organización Colectiva Feminista, que administra el programa financiado por la Fundación Pestalozzi, estas adolescentes saben que no les conviene salir embarazadas por segunda vez. Sus parejas usan condón.

“El 20 % de las adolescentes que salen embarazadas repiten antes de cumplir los 18 años, y de ellas, 8 de cada 10 salen embarazadas antes de que su primer hijo tenga un año y medio, salen del parto sin conciencia de prevención”, explica Heydy Cáceres, gerente del proyecto No estoy lista para ser madre, de Asociación Panamericana de Mercadeo Social (PASMO).

Cecilia, tímida, con una voz difícil de escuchar, cuenta que ella ya no quería seguir estudiando, pero su madre la impulsó y después fue hallada por la gente de la Colectiva Feminista que le ofreció la beca. En la conversación, se ríe y asiente cuando, airosa, Ana reclama que le molesta que en el instituto le dijeran “señora”.

—Es que no hemos dejado de ser cipotas, uno es cipota, aunque esté casada y tenga hijos; y hay compañeros y hasta profesores que como que quieren hacerla sentir mal a uno, que lo sacan y lo hacen de menos diciéndole “señora” –explica con los ojos bien abiertos y moviendo las manos–, yo sé que soy cipota todavía.

Todas estas niñas cuyas vidas representan delitos se ríen con desparpajo ante la defensa del derecho a declararse “cipota”, por encima de todo.

*Todos los nombres de las menores de edad han sido cambiados.