Más de 60 sacerdotes muertos: la tragedia que impacta al clero italiano

Fotografía de archivo

Dicen en Italia que muchos sacerdotes católicos caminan como si fueran zombis.

Con mascarilla, gorra, guantes, sotana y extrañas gafas, decenas de ellos andan soñolientos entre féretros, enfermeros exhaustos, quejidos y lágrimas de moribundos que no solo tienen temor a la muerte, sino que además les aterra cerrar sus ojos sin haber visto por última vez el rostro de sus seres queridos. Se sienten solos, espiritualmente consternados y, al final de la carrera, sedientos de escuchar que su Dios los perdona y que el llanto de ahora se convertirá en gozo en un anhelado más allá.

Por eso los zombis con sotana se han resistido a dejarlos solos. En muchos casos, los ministros han puesto de primero sus obligaciones pastorales antes que su propia vida y al final han terminado compartiendo el mismo destino que sus «hijos espirituales»: han muerto en soledad, sin parientes a quienes decir adiós y, paradójicamente, sin funerales, esas ceremonias religiosas que en vida oficiaron centenares de veces.

Es la realidad, pero parece una ficción; en Italia el nuevo coronavirus (covid-19) se ha cobrado la vida de al menos 69 sacerdotes. Son números oficiales que, incluso, podrían ser más abultados, pues en ellos se registran los decesos de ministros diocesanos pero no con precisión a los pertenecientes a comunidades religiosas.

El 15 de marzo, aproximadamente, las noticias comenzaron a abrumar al clero. En medio de la emergencia sanitaria, que ha cobrado más de 11,000 víctimas en Italia, los medios oficiales de la iglesia y otros de carácter local encendieron las alarmas en las parroquias.

«Cinco muertes de sacerdotes de la diócesis de Parma, dos en Milán y Cremona, una en Brescia, sin contar los numerosos sacerdotes contagiados, algunos en cuidados intensivos», publicó en sus páginas el diario local L’Eco di Bérgamo, citado por la Deutsche Welle en un reportaje especial sobre el tema.

Pero ese dato solo significó el zarpazo inicial. El número de muertos se consolidaría con el paso de los días en el norte de Italia, un sector que como bien lo apunta Deutsche Welle es «particularmente creyente».

Un ejemplo de eso es la ciudad de Bérgamo -la más golpeada por el virus en toda Italia-. En ese lugar las tradiciones católicas son el corazón cultural del pueblo y sus sacerdotes sus queridos protagonistas. El pontífice Juan XXIII, mejor conocido como el «Papa bueno» por su recordado carisma, era originario de esa provincia, perteneciente a la región de Lombardía. Por eso, cuando el covid-19 comenzó a cobrar sus primeras víctimas, los sacerdotes de esa región salieron de sus sacristías sin reparo. ¿Acaso había opción? El pueblo clamaba por ellos y su vocación los llamaba a la acción.

“Los sacerdotes nunca se jubilan. Por eso, el virus los cazó. Porque su vida estaba inmersa en la de sus comunidades, y es probable que algunos de ellos se infectaran, sin darse cuenta o conscientes del peligro mortal, para ofrecer la extrema unción a un enfermo o simplemente atenderle en sus necesidades. Por ejemplo, confesarle».

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LAS VÍCTIMAS, SUS HISTORIAS

Según el diario L’Avvenire, con sede en Milán, la mayoría de sacerdotes fallecidos en Italia eran mayores de 70 años. Eso sí, el más joven de la lista era un padre de 45 años, perteneciente a la Diócesis de Salerno.

Suena lógico. Se sabe que el covid-19 se ensaña sobre todo con los adultos mayores, pero ¿acaso no estaban estos padres jubilados?

No estaban retirados. Tal como lo recordó la periodista e historiada italiana Lucetta Scarafia -famosa por ser una recurrente critica al sistema eclesiástico de Roma y por haber denunciado en L’Osservatore Romano los abusos sexuales cometidos contra monjas por parte de religiosos-, «la misión del sacerdote es una elección vital, que nunca termina».

«Los sacerdotes nunca se jubilan. Por eso, el virus los cazó. Porque su vida estaba inmersa en la de sus comunidades, y es probable que algunos de ellos se infectaran, sin darse cuenta o conscientes del peligro mortal, para ofrecer la extrema unción a un enfermo o simplemente atenderle en sus necesidades. Por ejemplo, confesarle», expresó Scarafia en su blog Desde el último banco, de la revista Vida Nueva Digital.

«El dolor que todos sentimos al ver que tantas personas enfermas mueren solas, sin consuelo espiritual, incluso ahora sin funerales, deja en claro cuán importante es la presencia de un sacerdote al final de su vida, y también cómo los sacramentos y los rituales ayudan. Quizás cuando volvamos a la vida normal, puede que la presencia de los sacerdotes en los hospitales ya no se considere algo desafortunado», finalizó la periodista.

En esa línea, medios católicos, como la agencia Vatican News, mencionan que muchos de los sacerdotes ancianos que murieron en Italia se mantenían activos de distintas maneras en sus pueblos, muchas veces para compensar una realidad que afecta a la Iglesia católica en todo el mundo: la disminución del clero, pues cada día menos jóvenes optan por ingresar al seminario.

Por ese motivo habría muerto de coronavirus el sacerdote Mario Cavalleri, que con 104 años de edad es el mayor de la lista. Se suma el caso de los sacerdotes gemelos Mario y Giovanni Boselli, de 87 años, y llama poderosamente la atención la perdida de 13 miembros de una comunidad de misioneros javerianos, en Parma.

Sin embargo, uno de los casos que más ha conmovido al mundo es el de Giuseppe Berardelli. Este sacerdote de 72 años, perteneciente a la diócesis de Bérgamo, fue contagiado con el covid-19 y falleció después de renunciar al respirador que sus feligreses le habían comprado.

Fe. Los sacerdotes en Italia han servido de soporte emocional a una población muy religiosa que, pese a sus creencias y costumbres, debe permanecer en casa acatando cuarentena.

Según ABC, de España, Berardelli donó su respirador a un paciente más joven, que él consideró tenía mayores posibilidades de sobrevivir. Su comunidad, que recuerda a Berardelli como un tipo bonachón, al que le encantaba trasladarse con una vieja moto para atender a sus feligreses y charlar con sus amigos del mercado, no lo pudo ni siquiera despedir.

Al padre Berardelli se lo llevaron al hospital y más nadie lo volvió a ver. Para honrarlo, lo único que pudieron hacer sus feligreses fue apostarse frente a su casa y dedicarle un sonoro aplauso. «Era un sacerdote que escuchaba a todos, sabía escuchar, quien se dirigía a él sabía que podía contar con su ayuda», dijo a la ABCClara Poli, quien fue alcaldesa de Fiorano, una comunidad a la que sirvió el presbítero hace varios años.

«Gracias a Berardelli se llegó a abrir un centro de ayuda para las familias en situación de vulnerabilidad. Cuando se le veía pasar era siempre alegre y lleno de entusiasmo. Ha regalado paz y alegría a nuestra comunidad», agregó Poli.

Otros sacerdotes fallecidos por covid-19 son Monseñor Angelo Moreschi, salesiano misionero que sirvió por muchos años en Etiopía, y el padre Cirillo Longo, de 95 años, quien según el sitio Aleteia.orgse habría despedido de este mundo con la siguiente frase: «¡Nos vemos en el Paraíso, recen el rosario!».

El saludo de Francisco y la «fantasía» pastoral

No por nada el Papa Francisco tomó una tarde el teléfono y llamó extremadamente preocupado al obispo de Bérgamo, Monseñor Francesco Beschi. Enterado de la complicada situación, el pontífice se quiso solidarizar extendiendo un mensaje de aliento a los sacerdotes en riesgo, pero también a sus feligreses.

«El Santo Padre ha sido muy cariñoso mostrando su cercanía paternal, conmigo, con los sacerdotes, con los enfermos, con los que los cuidan y con toda nuestra comunidad. Quería preguntar detalles sobre la situación que vive Bérgamo, sobre la que estaba muy bien informado», comunicó Monseñor Beschi.

Francisco dijo a Beschi que llevara su cercanía a los enfermos, a las familias dolientes y a todos aquellos que de diferentes maneras están haciendo un trabajo heroico por el bien de los demás. Sin embargo, hubo un detalle adicional que llamó la atención, pues en su mensaje el Papa mencionó estar conmovido por la «fantasía pastoral con la que los sacerdotes se inventan toda forma posible de cercanía a las familias, los ancianos y los niños, un signo de la propia cercanía de Dios».

Efectivamente, tras los trágicos acontecimientos, las autoridades de salud de Italia han ordenado a los sacerdotes evitar riesgos que puedan poner en peligro su vida. Ante el restrictivo panorama, muchos presbíteros han desoído los ordenamientos, pero otros se las han ingeniado para seguir sirviendo a sus feligreses con «fantasía pastoral».

Es el caso de fray Aquilino Apassiti, de 84 años, quien en el corazón del Hospital Juan XXIII, de Bérgamo, tiene que convivir todos los días con la muerte de decenas de pacientes por el covid-19. Conocedor del sufrimiento de los enfermos y de sus familiares por no poder llorar a sus muertos, se las ha arreglado para suavizar la triste situación. «Los familiares de los fallecidos me llaman, pongo mi móvil sobre los cuerpos de sus seres queridos y rezamos juntos», contó Apassiti a InBlu Radio, la cadena de radio católica de la Conferencia Episcopal Italiana.

Pero Fray Apassiti no se conforma con eso. Camina por los pabellones del hospital y, donde no lo dejan entrar por restricciones médicas, realiza oraciones especiales desde las puertas.

La bendición de los cadáveres es otro doloroso ritual realizado por el padre Apassiti. Con agua bendita en una jarra y un aspersor, el fray riega las bendiciones sobre el féretro a sabiendas que posiblemente es la única despedida religiosa que podrán tener. Lo hace en soledad, pues, aunque los familiares de la víctima desearían estar en ese momento, la cuarentena se los impide.

«El otro día una señora, incapaz de despedirse de su difunto marido, me pidió que hiciera este gesto. Bendije el cuerpo de su esposo, hice una oración, y luego ambos comenzamos a llorar por teléfono. Uno experimenta dolor en el dolor. Es un momento de gran prueba», dijo Apassiti a InBlu Radio.

La «fantasía pastoral» lleva a otros sacerdotes a celebrar misas, horas santas y bendiciones especiales con el Santísimo en Youtube o en las redes sociales. Otros, un poco más osados, salen de sus casas y organizan misas en plazas circundadas por unidades de apartamentos, a sabiendas de que los feligreses en cuarentena saldrán por las ventanas a escuchar la ceremonia.

Otros presbíteros organizan procesiones con el Santísimo por las calles o confiesan a varios metros de distancia a sus feligreses. Esto no solo pasa en Italia, en Costa Rica ya hemos visto varias procesiones de este tipo, mientras que en Maryland, Estados Unidos, un sacerdote llamado Scott Holmer se va para la calle, se sienta en una silla y escucha los pecados de algunos conductores de ‘larguito’, sin que tengan que bajarse de su auto. Es algo así como ir al autoservicio de un restaurante de comida rápida, solo que el combo no trae papitas fritas, sino una ración de consuelo en tiempos convulsos.

«Vamos a estar aquí el tiempo que la gente nos necesite», dijo el padre Scott al diario español La Vanguardia. «La emoción que la gente más expresa es la gratitud. Poder venir y ver a un sacerdote les da sensación de estabilidad en un momento en que todo es inestable», agregó.

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¿DÓNDE ESTÁ DIOS?

El sacerdote costarricense Gerardo Rodríguez es, desde hace dos años y medio, el capellán del Hospital Spallanzani, de Roma. Rodríguez contó su experiencia a la agencia de noticias Rome Reports, pues Hospital Spallanzani es uno de los centros italianos dedicados, casi exclusivamente, a enfrentar la pandemia.

«En estos días, me sucede muy a menudo que tengo que dar yo solo la bendición con un ataúd. Solo estamos el difunto y yo. A lo mejor con un operador sanitario haciendo un video para la familia que está en la casa y no puede estar», comentó Rodríguez, poniendo como ejemplo a una mujer de 28 años que había dado a luz hace apenas dos meses y que finalmente murió sin nadie conocido a la par.

Otro caso dramático fue el de un hombre infectado que pidió un sacerdote antes de morir. Narra Rome Reports que, por evitar el contagio, Rodríguez tuvo que comunicarse con él de lejos y casi a los gritos.

«Le pedí al enfermo que hiciera algún movimiento pequeño de la mano, para asegurarme que me estaba escuchando. Le di la absolución de los pecados y le he recordado el amor que Dios le tiene y que posiblemente ya estaba apunto de entregar su alma al creador. El movía sus manos e incluso sus pies», narró el padre, que en medio de tanta angustia no pudo evitar hacerse una pregunta existencial.

-¿Dónde está Dios en todo esto?- se cuestiona el padre, para un segundo después auto responderse.

«Pues bueno, para mi Dios estaba en ese enfermo, para él, seguramente, Dios estaba en ese momento en mi persona. Eso es lo más difícil de hacer en este momento, hacer entender a las personas que Dios no los ha abandonado», reflexionó el costarricense, que desde el vidrio de una ventana tiene que comunicarse con un amigo suyo que también está internado en el hospital. El covid-19 no hace distinciones.

El diario italiano Corriere della Sera también recogió en sus páginas el testimonio del padre Rodríguez, quien contó como da la comunión con tantas restricciones.

«He tomado por sorpresa a más de un paciente. A más de uno, preocupado porque no se ha confesado, le respondo que no se preocupe, que confesaremos con el tiempo», narró el padre.

Pero las precauciones para dar la hostia son muchas. El sacerdote debe dejar el plato con la hostia en una antesala, y el paciente, si puede levantarse, va y lo toma con sus propias manos.

«Entonces hacemos una oración común y damos la bendición. El otro día mi fue cumpleaños y muchos pacientes hicieron la comunión. Yo leí eso como un regalo de Dios. Cuando llegué a casa puse música y me canté feliz cumpleaños. Solo…», finalizó conmovido.

Esa es la fe, en tiempos de la pandemia.

Edad. El riesgo que corren los sacerdotes se ve incrementado por la edad promedio de los mismos. Son una población de riesgo alto.