Las dos pandemias que se cruzan en Jiquilisco

Fotografías de Maynor Lovo

En los países que forman parte del mundo desarrollado, la Enfermedad Renal Crónica (ERC) está relacionada con padecimientos previos, como la diabetes o la hipertensión. Quiere decir que el deterioro de la función depuradora de los riñones llega como consecuencia del fallo previo de otros procesos. En esos países, es un padecimiento que representa un problema de salud serio desde el punto de vista de la investigación y del diagnóstico. Implica, para los pacientes y para los sistemas de salud, un tratamiento que es complejo y caro. Para esos países, evitar esta situación pasa por promover, principalmente, el control de excesos, como el sedentarismo o las dietas altas en grasas y azúcar.

Julio Pérez vive en El Salvador. Y la que hay en su casa -de piso de tierra, palos y plásticos-, es la misma enfermedad renal en cuanto a consecuencias, pero exhibe un origen que no tiene nada que ver con la abundancia. La enfermedad renal de los países en vías de desarrollo prevalece en las comunidades agrícolas, entre la población más pobre.

Julio tiene 41 años y ya no recuerda a qué edad comenzó a trabajar. No es una efeméride a la que se le ponga atención en esta zona rural de Jiquilisco, en la costa del departamento Usulután, en la zona oriental salvadoreña. Aquí, en el muy rural cantón Roquinte, casi toda actividad económica es agricultura o pesca y no hay edad para empezar.

«Trabajé de acarrear ladrillos, en el manglar sacando curiles (cangrejos), en la albañilería y en la milpa y bastante en caña de azúcar», cuenta. La lista de lo que Julio ha cultivado es variada, y lo mismo aplica para la cantidad y clase de químicos que le ha tocado aplicar o a los que se ha visto expuesto.

La enfermedad que desde hace dos décadas avanza en el municipio de Jiquilisco es la misma que viene desolando comunidades agrícolas en México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Se le conoce como enfermedad renal crónica de causas no tradicionales y está, igual que los macrocultivos, enraizada hasta lo más profundo en las comunidades de la costa del océano Pacífico de esta región. Esta otra clase de deterioro de la función renal es muy distinta a la que se reporta en Estados Unidos o en el Reino Unido. Esta, la nuestra, encuentra sus causas en la contaminación ambiental, el limitado acceso a agua potable, las condiciones de trabajo inadecuadas, el contacto con agroquímicos y, más a la base de todo: la pobreza.

Paciente. Julio Pérez tiene 41 años de edad y, hace 14, fue diagnosticado con Enfermedad Renal Crónica. Es parte de los afectados por este mal en Jiquilisco, Usulután.

Para Carlos Orantes, uno de los nefrólogos que más se ha dedicado a realizar investigaciones internacionales sobre esta enfermedad, la calificación que merece la ERC de causas no tradicionales, a juzgar por su componente geográfico, está clara desde hace años. Este profesional, que en 2009 comenzó a dirigir estudios en la zona del Bajo Lempa, a la que pertenece Jiquilisco, señala que este no es un fenómeno «individual», es fenómeno «poblacional» y, por estar presente en más de cinco países manteniendo unas características similares, se debe reconocer como una pandemia. «Pero estamos acostumbrados a relacionar el fenómeno de las pandemias solo con las enfermedades transmisibles», explica. Las transmisibles son las que se pasan de un ser humano a otro por medio de vectores, como lo que sucede con el covid-19.

En términos de distribución de servicios médicos, Jiquilisco pertenece a una microred en la que se coordinan establecimientos como unidades de salud y hospitales. Aquí es en donde trabaja el médico nefrólogo Denis Calero: «En cinco años que llevo aquí, esta ha sido siempre la microred con mayor prevalencia de ERC en el país; y es así tanto por el número que manejamos de casos ya diagnosticados, como por los nuevos que van apareciendo», explica desde su cargo como director de la Unidad Comunitaria de Salud Familiar Especializada «Monseñor Oscar Arnulfo Romero».

Jiquilisco, con la ERC, ya libra una batalla de décadas contra una enfermedad que cuenta entre sus factores de riesgo a otro de los grandes problemas de los habitantes de este municipio costero: la pobreza, que está presente en el 44.5 de los hogares, según informe de la Procuraduría de Derechos Humanos. Estos son hogares como el que Julio comparte con su esposa, su madre y otros familiares. Viven en una casa de adobe que apenas se mantiene en pie y está al lado de una quebrada por la que pasan aguas turbias. Santos es la madre de Julio y cuenta que pudo comprar este terreno con base en préstamos que pagó, poco a poco, con el dinero que le dejaba la venta de tortillas.

A esta realidad ya precaria es que, ahora, hay que sumar la amenaza de contagio de covid-19. Acá no solamente se trata de virus y tejidos. Se trata de vulnerabilidad física y social. La ERC coloca a quienes la sufren en los primeros lugares de riesgo de complicaciones por el covid-19. Y la pobreza coloca a las personas en desventaja con respecto a la disponibilidad de alimentos, de recursos para viajar a recoger medicina y hasta de acceso a servicios básicos, como agua potable, en su lugar de residencia.

«Para nosotros está complicado. En el hospital nos dan el material, pero esa vez que lo fuimos a traer, estaba lleno», explica Julio desde un corredor donde cuelga una hamaca. Recuerda que no había ni dónde sentarse y lo que los salvó fue que su madre, Santos, cargo con un par de asientos de plástico. «Ahí estuvimos prestándolos a otra gente de más edad, así toca», recuerda Julio mientras está de pie apoyado en sus muletas.

En las palabras de Julio como usuario de la red de asistencia médica se confirma la principal instrucción que se ha girado desde el Ministerio de Salud: que a los pacientes con ERC se les brinden los insumos para seguirse realizando la diálisis peritoneal continua ambulatoria en sus casas. Julio debe, cada cuatro horas, caminar hacia el único cuarto con piso de ladrillo y paredes repelladas que tiene la casa. Este espacio fue contruido por la familia, con mucho sacrificio, y se reserva de forma exclusiva para que él se haga su tratamiento.

El doctor Calero, en la unidad de salud que le corresponde, ha buscado acortarles el camino a los pacientes y ha seguido haciendo recorridos para llevar atención. Desde ahí, reconoce: «Estamos tomando medidas muy enérgicas contra el coronavirus, pero quizá nos estamos descuidando de estos pacientes que sufren esta otra enfermedad que lleva aquí mucho tiempo y que, además, es una de las primeras causas de muerte a escala nacional», explica.

Para lo que se circunscribe estrictamente a la unidad renal de la que está a cargo en Jiquilisco, el doctor Calero confirma que, en lo que va de la cuarentena obligatoria, tres personas han fallecido por complicaciones o avance de la ERC. Tres víctimas del cruce de pandemias.

La enfermedad que desde hace dos décadas avanza en el municipio de Jiquilisco es la misma que viene desolando comunidades agrícolas en México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Se le conoce como enfermedad renal crónica de causas no tradicionales y está, igual que los macrocultivos, enraizada hasta lo más profundo en la costa del océano Pacífico de esta región.

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EN EL SALVADOR, DESDE HACE 20 AÑOS, el avance de la ERC de causas no tradicionales ha sido imparable. Solo entre enero y diciembre de 2019, por ejemplo, se diagnosticaron 5,133 pacientes con ERC, de acuerdo con el informe de evaluación del Plan Operativo Institucional del Ministerio de Salud. Todos fueron hallados en estadio 5, esta es la etapa avanzada, es cuando las personas se encuentran a un paso de depender de un tratamiento de terapia sustitutiva.

De estos casos descubiertos el año pasado, solo un 10% tuvo acceso a terapias sutitutivas, reconoce el mismo informe. Solo 544 de esas más de cinco mil pudieron tener acceso a diálisis o a hemodiálisis. Y estos números son parciales, ya que en esta medición no se incluyó al Hospital Nacional Rosales, uno de los hospitales con mayor capacidad para diagnosticar y atender enfermos renales.

Las hipótesis que se han planteado sobre las causas de la ERC apuntan a que es multicausal e incluye entre sus factores cuestiones que son de carácter social. «La enfermedad es provocada por la exposición ocupacional a agroquímicos, utilizados indiscriminadamente y sin protección durante la actividad agrícola y por la exposición ambiental a contaminantes presentes en el suelo, agua, aire y alimentos», se lee en la Encuesta Nacional de Enfermedad No transmisibles de 2015. Y continúa: «Tales exposiciones resultan potenciadas por una actividad laboral intensa, desarrollada bajo altas temperaturas e inadecuada hidratación y asociada a determinantes sociales, principalmente la pobreza».

Fotografía de Maynor Lovo

Julio tiene hoy sobre la mesa un frasco de gel alcohol y lleva puesta una mascarilla. Santos, la madre de Julio, explica que hace 14 años, cuando él presentó los primeros síntomas, lo primero que pensaron fue que se traba de locura. Las fiebres lo hacían delirar y su comportamiento se vio seriamente afectado.

Para ese entonces, 2004, la discusión científica y gubernamental sobre la ERC en las comunidades agrícolas apenas empezaba. Los agricultores y sus familias se deterioraban y morían en cuestión de semanas, a lo mucho, meses. Los tratamientos de diálisis y hemodiálisis, que sustituyen la función renal, apenas y se conocían en la comunidad. A Julio le dio miedo someterse. «Se convenció porque cabal en ese tiempo murieron como cuatro de los vecinos, uno tras otro», recuerda Santos. Así fue como Julio accedió. Desde hace 12 años está en diálisis peritoneal ambulatoria, quiere decir que cada cuatro horas, se recluye en su cuarto estéril y, ahí, se conecta a dos mangueras: por una entra líquido y, por la otra, sale.

Julio no solo ha visto morir compañeros de trabajo. También ha visto morir a sus vecinos a causa del mismo mal le afecta a él. Así como cuando le dieron el diagnóstico fueron cuatro los muertos; a lo largo de su tratamiento han caído más. Han sido tantos, que ya ni recuerda.

La tasa de mortalidad prematura de la Enfermedad Renal Crónica en El Salvador creció 3.3 puntos en solo un año. Para 2019, alcanzó un 56.3. En este país, esta enfermedad lleva a la muerte a más personas que el cáncer cérvicouterino o la hipertensión.

Julio, como otros de sus vecinos que también están enfermos, no tiene ningún otro padecimiento, solo ERC. Según la Encuesta de Enfermedades No transmisibles, del total de casos de ERC detectados en El Salvador, en un 30 % de casos están ausentes la hipertensión arterial, la diabetes mellitus, o la albuminuria. El factor de riesgo por el que 30 de cada 100 personas enferma de ERC tiene que ver más con el lugar en que vive, las condiciones, el clima y la clase de trabajo que realiza.

Falta de calidad. Un 25 % del parque habitacional salvadoreño tiene techo, paredes o pisos deficientes, de acuerdo con un estudio que, en otras instituciones, firma Habitat for Humanity.

Jiquilisco, por otro lado, aparece ya como uno de los municipios en donde se han reportado casos de covid-19 que se han calificado como locales. El virus, que se caracteriza por ser altamente contagioso, ya circula en la comunidad.

Debido al riesgo de covid-19, a los pacientes de ERC se les ha animado, con especial énfasis, a quedarse en su casa. Las consultas en las unidades intermedias están suspendidas, para evitar las aglomeraciones. Y se ha buscado que el enfermo no salga, no se mueva de su casa. Se les ha girado instrucción para que sea un familiar quien recoja los insumos en nombre de ellos. Pero esta medida de contener a los pacientes en sus viviendas es, también, una condena cuando se considera la calidad de los inmuebles que puede pagar la mayoría de personas que sufre ERC en zonas como las de Jiquilisco.

En El Salvador, un 75% del parque habitacional tiene alguna deficiencia en su calidad. Y, entre las más endebles, hay un 3.5% que no cumplen ni los requisitos mínimos establecidos como aceptables para una vivienda, de acuerdo con el informe Estado de la Vivienda en Centroamérica, respaldado por Habitat for Humanity, entre otras instituciones.

La ERC no es un fenómeno “individual”, es fenómeno “poblacional” y, por estar presente en más de cinco países manteniendo unas características similares, se debe reconocer como una pandemia. “Pero estamos acostumbrados a relacionar el fenómeno de las pandemias solo con las enfermedades transmisibles”, explica el nefrólogo e investigador, Carlos Orantes.

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Santos, la madre de Julio, de hecho, reconoce que compró el terreno en donde de habitan incluso con la advertencia de que había sido ya vendido a otra persona antes que a ella. Así, esta es parte de ese 24 % de familias que habitan en casas cuya propiedad no es segura. Y, si se toman en cuenta los materiales de construcción, un 25 % del parque habitacional salvadoreño tiene techo, paredes o pisos deficientes. Sobre el que está de pie Julio es de tierra.

El covid-19 y la ERC tienen en común una recomendación: el lavado de manos. Como en muchas otras enfermedades, la higiene personal funciona como barrera. En el covid-19 para evitar contagios. Y en la ERC para evitar infecciones. Aquí, sin embargo, hay que tomar en cuenta, también, que 27 de cada 100 hogares reportan problemas con el suministro de agua.

En Jiquilisco, el doctor Calero indica que en la Unidad de Salud Renal que tiene a cargo atiende a una cantidad de pacientes que oscila entre los 600 y los 800. Ellos se encuentran en etapas diferentes de la enfermedad. Pero, hay algunos, los que más preocupan, que son los que están en estadio 5 y ya dependen de terapia, ya sea con diálisis en sus casas o con hemodiálisis en un centro hospitalario. A ellos no se les puede dejar de ver. «Entre los pacientes sí hay temor de ir a un hospital o a una unidad de salud, por todo esto de la cuarentena. En el paciente renal, esto es grave; si no lo vemos en sus controles, se puede complicar, puede llegar a ponerse muy urémico o puede llegar a sufrir un edema pulmonar». El médico, en un día, organizó visitas domiciliares a ocho pacientes distribuidos entre cantones a los que no es fácil llegar. Lo hizo como iniciativa propia que, consideró viable por la cantidad de pacientes que tiene en este estado de gravedad.

Disyuntiva. Los macrocultivos requieren una cantidad de cuidados y recursos. Los agroquímicos elevan la producción, pero deterioran la salud de trabajadores y vecinos de la zona.

Desde lo más alto en autoridad del Ministerio de Salud no se ha girado ninguna guía especial para los pacientes con ERC ni para los que sufren de cualquier otra enfermedad crónica no transmisible, salvo, la general, la de quedarse en casa para reducir la posibilidad de contagio.

En un artículo que publicó en este periódico hace un par de semanas, el doctor Carlos Orantes, nefrólogo e investigador, ya hacía un punto de honor sobre el riesgo que corre esta población: «Los pacientes en diálisis son particularmente vulnerables a este coronavirus, sobre todo en quienes no reciben una dosis de diálisis adecuada», explicaba. La razón, continuaba, es «que repercute en un estado inmunológico disminuido que incrementa el riesgo de presentar la forma más grave de la covid-19″.

Julio sabe que debe quedarse en casa. Pero la medida, en las circunstancias en las que él y su familia deben cumplirla, escapa a cualquier cliché de redes sociales. Aquí no hay libros, ni servicios de series y películas y tampoco hay entregas de comida a domicilio. Santos, la madre de Julio, dejó de hacer tortillas y ahora quien tiene el negocio es su nuera. De lo que sacan de ahí, se mantienen todos. Sacar la venta cada día es, sin embargo, en sí mismo un riesgo. En el momento en que, como ha sucedido con otros municipios, las restricciones de circulación se intensifiquen, ya no habrá clientes. Ya no habrá ingresos. Quedarán solo ellos, en su casa de abobe y láminas intentando sobrevivir a dos pandemias.


Glenda Girón es becaria 2019-2020 de Bertha Foundation.

Los vecinos del Sur de Honduras tienen dañados los riñones

Fotografía de Glenda Girón

Read this article in English: Honduras: The neighbors of the South have damaged kidneys

Ángel Ortega levanta el brazo y apunta con el dedo. Allá, a 800 metros de esta su casa, empieza un campo que luce ahora desprovisto, pero que, pronto, estará lleno de melones hasta donde alcance la vista. Ángel baja rápido el brazo, no lo puede sostener así por mucho tiempo. Tiene las venas hinchadas como con pelotas y la piel marchita después de cuatro años de recibir tratamiento para su enfermedad. Siente dolor.

La cosecha de melón de 2018/2019 fue histórica para Honduras. El precio internacional de este fruto acuoso creció en un 45 %. Y el valor solo de lo exportado ascendió a 110,1 millones de dólares, de acuerdo con el Banco Central de Honduras. La gran productora de melones es la zona de los departamentos de Choluteca y Valle, el Sur, fronterizo con El Salvador y cercano al Océano Pacífico. Ángel apunta el lugar en el que está la melonera, a la derecha de su casa. Y, agrega que, si va al frente, un kilómetro, encuentra los campos de caña de azúcar. Esos 800 metros y ese kilómetro están llenos de casas.

Ángel llegó a trabajar a Monjarás, Choluteca, en 1977. En 1988, logró comprar un terreno para construir su casa. Llegó como a los 20 años, atraído por una oferta de residencia y trabajo. Se levantaba a las 3 de la mañana y se iba al campo. A las 8, ya había terminado una tarea y comenzaba otra. Así, hasta las 4 de la tarde, cuando dejaba de trabajar los terrenos de otros y se iba al propio, donde tenía maíz y frijol. Este horario imposible es el que podrían repetir casi todos los hombres de esta comunidad de Monjarás que se dedican a la agricultura.

Ahora, Mojarás tiene 7,500 casas, 16 escuelas, dos agencias bancarias, cerca de 20 tiendas de ropa y varios restaurantes. Ángel, por su parte, ya no produce. Pasa los días en la hamaca que ha colgado del corredor externo de esta casa de ladrillo crudo, con letrina externa que se parece a muchas otras de esta zona. Hace 4 años, a Ángel le dijeron que sufre enfermedad renal crónica. Un diagnóstico que, como la agricultura, el ladrillo crudo, o la letrina externa, es un factor común en muchas viviendas de esta región.

La enfermedad renal crónica, se puede decir ahora, tiene dos categorías. Una, la tradicional, es la que se presenta junto con otras enfermedades de base que son la diabetes y la hipertensión arterial. La otra, que es la que sufre Ángel, ha sido difícil de nombrar. Tiene como características que aparece sin enfermedades previas y a una edad más temprana. Y se presenta entre quienes tienen en común una serie de condiciones sociales específicas, entre ellas: trabajar en agricultura y residir en áreas en donde hay cultivos masivos.

Fotografía de señor en una hamaca
Diagnóstico. Ángel Ortega está, desde hace 4 años, en tratamiento por enfermedad renal crónica. En Monjarás, Choluteca, Honduras, el diagnóstico es común entre los vecinos.

Carlos Orantes es nefrólogo en El Salvador y ha sido pionero, desde 2009, en dirigir estudios que ayudan a delimitar las causas de la enfermedad renal crónica por causas no tradicionales. Orantes es asesor del Grupo de Expertos en Sri Lanka para el enfoque de la ERC que afecta a las comunidades agrícolas; es autor en revistas científicas y, recientemente, ha publicado capítulos sobre el tema en el libro Medicina interna y nefrología clínica en la Universidad de Oxford. Orantes ha sido profesor visitante en la división de Nefrología del Hospital General de Massachusetts, la Escuela de Medicina de Harvard, el Centro Médico Harbor-UCLA y el Centro Médico Cedars Sinai. «Esto se puede ver como enfermedad o como epidemia», apura como aclaración inicial.

«Cuando usted la enfoca desde el punto de vista individual, el fenómeno se circunscribe a los signos, síntomas y dolencias de la persona; este enfoque es fundamentalmente médico y es necesario implementarlo». Orantes habla desde una sala de juntas en el Ministerio de Salud, en el centro de la capital salvadoreña. El conocimiento, sin embargo, lo ha adquirido en las comunidades que ha tenido que recorrer para realizar los estudios que ha publicado en revistas médicas. «Pero, cuando esta enfermedad se presenta no en una, dos ni en tres; sino en muchas personas en un límite geográfico, social, ambiental y con características específicas de condiciones laborales insalubres, entonces esto ya no es un problema individual, sino que un problema de las colectividades humanas».

La enfermedad renal crónica de causas no tradicionales presenta números elevados desde México hasta Panamá, pasando por el corredor del Pacífico centroamericano. De acá que los especialistas se hayan puesto de acuerdo para llamarle nefropatía mesoamericana. «Ya no estamos hablando de enfermedad, estamos hablando de epidemia. Y como afecta a más de dos países, esto ya se convierte en pandemia», explica con alarma Orantes, una de las voces más autorizadas del continente.

En Monjarás, Ángel y sus vecinos no lo ponen en palabras, pero llevan años de experimentar en carne propia esta pandemia que se ha afincado en las comunidades agrícolas del Pacífico, sin que, hasta el momento, haya podido ser detenida.

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Honduras está dividida en 18 departamentos en donde viven 9.2 millones de personas. Choluteca y Valle son los dos con más incidencia de enfermedad renal crónica. Entre 2016 y 2017, 2,839 personas egresaron de los hospitales públicos de Honduras por este diagnóstico. De ellas, el 30 % dijo ser de alguno de estos dos departamentos. Es decir, 3 de cada 10 personas atendidas.

Choluteca y Valle aparecen también como dos de los departamentos más productivos. Solo con el melón de esta zona sur hondureña, en 2016 se llenaron y se exportaron más de 16,000 contenedores. Para 2019, los cálculos son todo arriba: el melón crecerá en un 13 %, la okra en un 19 % y la sandía en un 50 %. Y de esto lo que en Banco Central de Honduras destaca es la ganancia y el empleo.

«Esta es la zona del país aporta una gran cantidad de riqueza, pero mire a su alrededor, ¿en qué se nota para nosotros?», pregunta Marcos, ante las calles de tierra de la comunidad. Marcos es un líder comunal que prefiere mantener su verdadero nombre en el anonimato, porque en Choluteca hay más de cien defensores de los Derechos Humanos que han denunciado públicamente amenazas.

Marcos se equivoca. La productividad sí se nota en la comunidad, pero no como él quisiera. Estudios relacionan la presencia de cultivos masivos como un factor de riesgo de sufrir enfermedad renal crónica. «Encontramos una lesión específica en los pacientes con enfermedad renal crónica de las comunidades agrícolas», anuncia como conclusión un estudio que se realizó al dar seguimiento por 12 meses a 34 pacientes de cuatro países diferentes. «Sospechamos que los pesticidas utilizados en la agricultura son los responsables de provocar esta nefropatía«, explica en el estudio Marc de Broe, uno de los especialistas que lo firma.

En su casa, Ángel recuerda cómo solían ser sus días de trabajo: «Una vez, un tanque de Metil 800 que iba en un tractor se dio vuelta y todo me cayó a mí, me quedé ciego y por eso el tractorista me tuvo metido en el río como por media hora. Por más que ellas la lavaron, toda la ropa me quedó amarilla». Ángel habla frente a su familia. Porque, aunque el único que podría aparecer en las planillas de las productoras agrícolas sea él, en realidad, todos en esta casa de ladrillo crudo y letrina exterior han estado expuestos a los agroquímicos. A ellos, sin embargo, es a quienes menos contabiliza el sistema sanitario y social en general.

«Los pacientes que residen en las comunidades agrícolas tienen un riesgo mayor de desarrollar enfermedad renal crónica», dice un extracto de la investigación publicada por la Universidad de Sanford, Dakota del Sur. En Monjarás, se junta una tormenta perfecta para el daño renal: cercanía de macrocultivos, contacto directo o indirecto con agroquímicos, y agua de dudosa calidad.

«Encontamos una lesión específica en los pacientes con enfermedad renal crónica de las comunidades agrícolas», anuncia como conclusión un estudio que se realizó al dar seguimiento por 12 meses a 34 pacientes de cuatro países diferentes.

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Los cuatro productos más rentables del Sur -melón, sandía, okra y camarón- dejaron en 2018 divisas por 304.8 millones de dólares en Honduras. Lo que esta tierra produce viaja hasta los mercados de Alemania, Colombia, El Salvador, Ecuador, España, Francia, Japón, México, Reino Unido y Taiwán, entre otros. Lo queda acá después de producir tanto es, sin embargo, un paisaje vacío. Habitado, sí, pero por gente que convive con la muerte.

«Para donde mire hay una casa en donde hay alguien enfermo o alguien que ya se murió de eso», la frase no es una exageración. Marcos, el líder comunal en Marcovia, Choluteca, a unos pocos kilómetros de aquí y que ha venido a visitar a Ángel, hace recuento. Atrás de esta casa, murió hace poco un señor; al frente, a la izquierda, hay alguien más enfermo. Si se pregunta por el lado derecho, también.

Si Honduras tuviera un mapa con un punto rojo colocado en cada casa en donde hay alguien con daño en los riñones, esta comunidad de Monjarás sería toda roja. Pero Honduras no tiene este mapa, tampoco tiene estudios que profundicen en las causas de esta epidemia. Lo único que tiene es la cantidad de personas diagnosticadas. Entre junio de 2018 y junio de 2019, fueron atendidas en hospitales públicos 3,085 con enfermedad renal crónica en todo Honduras. De ellas, 806, dijeron ser de Valle y Choluteca. Estos dos departamentos, de 18 en total, acumulan el 26 % de casos.

Lo del melón ha sido meteórico, también. Para la cosecha de 2017/2018, las divisas generadas por la exportación fueron de 70 millones de dólares. Con base en esto, se calculó que la de 2018/2019 podía dejar hasta 90 millones de dólares. Pero la proyección se quedó corta, lo exportado superó los 110.

En su casa, Ángel hace otro tipo de cuentas. «Para que no nos saliera tan caro, nos habíamos juntado tres para pagar el taxi para ir a la diálisis en Choluteca«. Ángel hacía este viaje de 31 kilómetros con dos amigas, Rosa y Maura. Desde Monjarás, hasta Choluteca, en donde se encuentra el hospital de Diálisis de Honduras, la empresa a la que el gobierno ha subcontratado solo para brindar los tratamientos, el servicio de taxi cuesta 600 lempiras ($24). «Pero entre mi amiga la Rosita y la Maurita, solo nos tocaban 200 ($8) cada uno», cuenta Ángel antes de empezar a restar y multiplicar. «Ya hace un año, se murió la Rosita, y nos quedamos pagando 300 ($12) cada uno con la Maurita, para ir dos veces por semana».

La diálisis es un tratamiento que consiste, a grandes rasgos, en que una máquina hace el trabajo que los riñones ya no pueden hacer. Los pacientes deben estar conectados a esta máquina por entre cuatro y seis horas. Dependiendo del estado del riñón, un paciente puede necesitar viajar al hospital dos o tres veces por semana. Aunque hay personas que deben estar conectadas todos los días. «Me quedé pagando yo solo el viaje», dice Ángel. Maura falleció en agosto por complicaciones propias de la disminución de la actividad renal. Ángel, de verdad, va quedando solo.

http://guilles.website/dev/honduras-ecr/datavis.html

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La enfermedad renal crónica es un fenómeno tan focalizado en el corredor del Océano Pacífico de Centroamérica que, ya en 2013 fue la razón por la que los ministros de salud de Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica se reunieron en El Salvador para declarar la investigación de este problema como una prioridad. En ese momento, las máximas autoridades sanitarias acordaron que dar tratamiento a los afectados y estudiar las causas de la enfermedad y los factores de riesgo serían una prioridad más allá de cada gobierno.

«Honduras no ha aportado nada a los estudios sobre esta enfermedad que sí tienen Nicaragua, Costa Rica y, a la vanguardia, El Salvador. Guatemala también tiene aportes, excepto nosotros. No porque no tengamos grandes volúmenes de pacientes, sino que por un problema de recursos, o de no tener ganas de ver que este es un serio problema», explica Gemmer Espinoza, desde su consultorio privado. Espinoza es nefrólogo. Es, de hecho, el único en Choluteca.

Espinoza también trabaja en Diálisis de Honduras, que es la empresa a la que el Estado ha contratado para dar los tratamientos de diálisis. Desde ahí ha podido, con base en la experiencia, trazar el perfil del paciente con enfermedad renal crónica. Es, por sobre todo, un agricultor. Pero también es, casi de manera indefectible, una persona que reside en las zonas vecinas de los cultivos masivos.

En Monjarás, las calles polvosas se llenan de gente al atardecer, cuando ha bajado un poco el calor. Hay jóvenes en las esquinas que comparten golosinas y hay niños que van en bicicleta. Si ha llovido, hay charcos de varios metros de largo, si el día ha sido seco, se levantan nubes de polvo. Por ratos, se llegan olores desde los campos de cultivos. El más molesto es el que llega de madrugada, con la fumigación que hacen los aviones.

Sin que se pueda basar en ningún estudio, porque no lo hay, Espinoza, el único nefrólogo de Choluteca, señala que un 80 % de casos llega en estadio 4 o 5, es decir, cuando ya los riñones han perdido casi toda capacidad de filtración y la terapia de diálisis es necesaria para prolongar la vida del paciente. A la empresa privada que brinda este servicio, el Estado hondureño le paga cerca de $100 por paciente, de acuerdo con fuentes que solicitaron anonimato. Los gastos indirectos, como el pasaje de bus o taxi colectivo, como el que pagaba Ángel con sus amigas, también enfermas, corren por cuenta de cada quien.

Vivir en esta zona hace que para Ángel y su familia aumente la posibilidad de sufrir enfermedad renal. Y, aunque las autoridades sanitarias de Honduras tienen información que lo confirma, esto no ha sido suficiente para acercar servicios, campañas educativas, diagnósticos tempranos o tratamientos. Salvo por los pacientes que se agolpan cada mañana en el hospital para recibir diálisis, esta enfermedad está invisibilizada.

Productividad. Monjarás es una comunidad rodeada de cultivos masivos, como el melón, la cañá de azúcar y la okra. Esta es una de las zonas más productivas de Honduras.

«En lo que coinciden El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Honduras es en que la gente que enferma está relacionada de alguna manera con los macrocultivos. Porque veamos que la labor agrícola ha existido todo el tiempo. Para subsistencia se ha sembrado maíz-frijol, maíz-frijol. El factor que viene a ser distinto en este tiempo es el macrocultivo«, explica Espinoza. «Es difícil hacer una afirmación sin argumentos, como estamos en Honduras sin los estudios pertinentes, pero todo lo investigado afuera apunta al uso de pesticidas». Solo para tener una idea del uso masivo de agroquímicos, en Honduras se comercializan 129 marcas de Glifosato y 19 de Paraquat. Estos son dos de los químicos que los estudios científicos señalan como altamente tóxicos para el riñón.

Frente a la casa de Ángel han pasado varios hombres en bicicleta. Es el final de la tarde y, seguramente, vienen de realizar labores. Hace 4 años, Ángel también recorría estas calles en bicicleta, cuando, de repente, sintió un mareo que lo obligó a detenerse.

«Ahí ya venía con una gran calentura. Y se me empezaron a agarrar calambres en las piernas. Mandé al güirro (niño) a comprarme unas pastillas y un jugo», cuenta. Ángel no se curó con el jugo o las pastillas. Tuvo que ir al hospital, a varios, de hecho. Su diagnóstico, pese a vivir donde vive y haber trabajado en lo que trabajó, tardó en llegar. Porque el sistema tampoco está enfocado en canalizar de forma expedita estos casos. Se tardó por lo menos 4 meses en saber que tenía enfermedad renal y en recibir el tratamiento correcto: diálisis.

Esta falta de contundencia en cuáles son las causas de la aparición de la enfermedad renal crónica por causas no tradicionales ha retrasado también la ejecución de programas focalizados en las necesidades especiales de la población, como el diagnóstico temprano. Manuel Sierra, de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Autónoma de Honduras, dirigió, en 2019, un estudio sobre la prevalencia de daño renal en los pacientes de los seis hospitales más grandes del país. «A los mayores de 18 años que se encontraban recibiendo atención en Medicina Interna les hicimos una pregunta de tamizaje: ‘¿le han diagnosticado enfermedad renal?’ Si respondía que sí, ya no podía participar».

«Los pacientes que residen en las comunidades agrícolas tienen un riesgo mayor de desarrollar enfermedad renal crónica», dice un extracto de la investigación publicada por la Universidad de Sanford, Dakota del Sur. En Monjarás, se junta una tormenta perfecta para el daño renal: cercanía de macrocultivos, contacto directo o indirecto con agroquímicos, y agua de dudosa calidad.

Los investigadores encontraron a 774 pacientes que dijeron no tener ningún daño renal. Y, a la luz de los resultados de las pruebas, solo en el 20 % de los casos esto resultó ser cierto. «El 82% de los que aseguraban que no tenían nada, salió con algún nivel de daño: 8%, en estadio 1; 28 %; en estadio 2; 30 %, en estadio 3; 10 %, en estadio 4; y 6 %, en estadio 5», explica Sierra. Quiere decir que 8 de cada 10 de las personas que llegan a los hospitales por otros motivos, ya tienen sus riñones dañados y todavía no lo saben, todavía no se cuidan y todavía no reciben tratamiento adecuado. Y solo están a la espera de tener un colapso como el que, hace cuatro años, tumbó a Ángel de la bicicleta entre fiebre y calambres.

Entre enero de 2018 y junio de 2019, 197 personas murieron en hospitales públicos por enfermedad renal crónica en Honduras. Aquel día en que Ángel tuvo que interrumpir su viaje en bicicleta, se dirigía al funeral de un amigo: El Chuta, un gran compañero de labranza y vecino. El Chuta murió por la misma enfermedad que tiene a Ángel tumbado hoy en la hamaca. Ángel lleva rato viendo morir amigos.

El estudio sobre prevalencia no diagnosticada de la enfermedad renal se está repitiendo, dice el doctor Sierra, pero ahora exclusivo para la zona de Choluteca. Mientras esto llega, en la comunidad de Ángel, la de las casas vecinas de macrocultivos y con agua de pozo, la enfermedad renal es un fantasma que se lleva a mucha gente y es, a la vez, un miedo. «Hasta ahora, ninguno de ellos (familia) padece esto, porque esta enfermedad es perra. Pero la veo a ella, mi esposa, que ya tiene calambres, y veo a aquel (hijo), también con lo mismo; aquí, no se sabe, es lo más triste, quizás solo esperan que todos nos muramos».

En manos privadas. El estado Hondureño ha subrrogado el tratameinto de enfermedad renal crónica a Diálisis de Honduras. Esta empresa recibe al menos $100 por cada sesión brindada a un paciente.

* Glenda Girón es becaria de la fundación Bertha de la generación 2019-2020