Crecen sin techo en Buenos Aires, otro signo de la crisis

En la calle. “Es un día triste”, anunciaron las autoridades gubernamentales el día en que dieron a conocer las nuevas cifras de pobreza.

La pequeña Valentina Alemán corre por la acera entre cajas de cartón, un sofá deshilachado y una heladera en desuso indiferente a los automóviles que pasan a su lado. Su sonrisa delata que no tiene dimensión de los peligros que acechan a quienes viven en la calle.

Una tienda improvisada con paredes de cartón, techo de bolsas y dos colchones instalada a un costado de una transitada avenida de la capital argentina aloja a la niña de dos años, sus cuatro hermanos y sus padres desde hace ocho meses, cuando los ingresos de la familia ya no fueron suficientes para cubrir un alquiler al ritmo de la galopante inflación en Argentina.

Con la profundización de la crisis económica han aumentado las familias como los Alemán asentadas con sus pertenencias en las aceras de las principales avenidas, los accesos a grandes centros comerciales, las paradas de autobuses, los parques o debajo de las autopistas.

Según el último informe del estatal Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, en el segundo semestre de 2018 la pobreza creció al 32 % desde el 27.3 % del primer semestre. Argentina padeció el año pasado una devaluación del 51 % de su moneda, que en una economía fuertemente atada al dólar se trasladó de inmediato a los precios, con fuerte impacto en los alimentos.

La indigencia en la capital argentina, el distrito más rico del país y uno de los más modernos de América Latina, se duplicó en los últimos tres años a 6.46 % –el equivalente a 198,000 personas–, según datos oficiales del tercer trimestre del año pasado. La alcaldía todavía no ha dado a conocer un relevamiento de fines de 2018 sobre las personas viviendo en la calle, pero organizaciones no gubernamentales estiman que son unas 8,000.

La reducción de la pobreza es una de las cuentas pendientes del presidente conservador Mauricio Macri que transita su último año de mandato y ha lanzado la campaña para la reelección en los comicios generales de octubre. Cuando asumió en 2015 dijo que su gestión debía evaluarse por la baja de la pobreza –entonces del 30 %– y fijó el lema «pobreza cero» como objetivo de su gobierno.

«Confié en él cuando decía ‘pobreza cero’, creía en él, parecía que iba estar con los pobres», se lamentó Damiana Alemán, de 37 años, con la pequeña Valentina en brazos. «Pero él se refería a descartarnos a los pobres, no a aumentar nuestros valores o economía. Desde mi punto de vista, ‘pobreza cero’ significa que él quiere borrar a los pobres del mapa de Argentina».

Macri sostiene que subestimó los desajustes macroeconómicos heredados del gobierno populista de Cristina Fernández (2007-2015) y que corregirlos le está demandando más tiempo y un alto costo social porque en el medio se interpusieron una sequía récord, que privó al país de millones de dólares, y factores externos que atentaron contra la reactivación económica.

“Cuando uno está en la calle siente que molesta, siente que es culpable y que se lo merece. Sentís todo lo peor sobre vos”, reflexionó Horacio Ávila, psicólogo social y uno de los fundadores de Proyecto 7, una organización no gubernamental que asiste a personas sin hogar. El especialista sostuvo que “todo es extraño, todo es agresivo”.

Pero el creciente descontento social impactó en la popularidad del mandatario mientras crece en las encuestas la líder opositora y expresidenta, quien todavía no oficializó su postulación pero que sus partidarios dan por descontada. La nostalgia por la relativa estabilidad económica y las medidas populistas para alentar el consumo durante su mandato le permitieron a la actual senadora repuntar en las mediciones pese a las numerosas investigaciones judiciales en su contra por supuesta corrupción.

Sin embargo, la mayoría de los sondeos reflejan un escenario de paridad en una eventual segunda vuelta entre ambos.

Los Alemán pagaban entre 4,000 y 5,000 pesos (entre $90 y $112) de alquiler. La economía familiar colapsó cuando en el marco de fuertes aumentos en las tarifas de servicios públicos –77.6 % en el gas, 46.3 % en la electricidad y 26 % en el agua durante el último año– les llegó una boleta de electricidad que duplicaba la renta y el padre, Emilio, perdió el trabajo en una fábrica de muebles que cerró por la crisis.

De los 10 hogares de tránsito y paradores nocturnos que gestiona la ciudad, uno solo es para familias y no da abasto. Los otros también tienen problemas para atender la demanda que se vio potenciada por un nuevo fenómeno: los residentes de los suburbios que vienen a la capital a trabajar y prefieren vivir en la calle de lunes a viernes para no gastar en transporte.

Las familias, por lo general, prefieren instalarse en la calle antes que separarse en diferentes centros de acogida.

No hay plata para comida. La gente no solo tiene problemas para pagar los servicios básicos. Tiene problemas para comprar los alimentos, que han registrado grandes aumentos de precio.

«Cuando uno está en la calle siente que molesta, siente que es culpable y que se lo merece. Sentís todo lo peor sobre vos», reflexionó Horacio Ávila, psicólogo social y uno de los fundadores de Proyecto 7, una organización no gubernamental que asiste a personas sin hogar. El especialista sostuvo: «Todo es extraño, todo es agresivo. Es muy difícil los primeros tres o cuatro días. Después te vas acomodando porque somos animales de supervivencia. Te vas conectando».

Pero el crudo invierno, el calor agobiante, las lluvias, la inseguridad y la indiferencia de los transeúntes pueden volverse desoladores para una madre de cinco. «Estar con ellos acá no es lindo, el principal riesgo es la salud de ellos», apuntó Alemán mientras sus niños se distraían con juguetes usados que les acababan de regalar. «Ellos quisieran mirar tele. El más grande me pregunta por qué no podemos estar en casa, con nuestra tele y en la cama».

Los Alemán dependen del dinero que obtiene el padre por los cartones y desechos reciclables que junta en la calle y la generosidad de los vecinos, aunque también los hay que llaman a la alcaldía y piden que los desalojen de la acera. Se alimentan en comedores populares, originariamente destinados a los adictos pero que en los últimos tiempos atienden a familias y ancianos que no tienen para comer.

En febrero una familia tipo de cuatro integrantes que viven en la capital necesitó 13,319.26 pesos (unos $299) para no caer en la indigencia cuando hace un año ese valor de referencia estaba en 8,559 pesos ($191). Los precios se dispararon al compás de una inflación de 47.6 % en 2018, la más alta desde 1991.

El salario mínimo en Argentina está fijado en 12,500 pesos (unos $280).

De acuerdo con un relevamiento realizado por el privado Centro de Estudios Metropolitanos (CEM) en capital y sus alrededores a fines de febrero, el 65 % de los 1,523 entrevistados sostuvo que sus ingresos no le alcanzan y 52 % disminuyó la cantidad de comida que consume por esa razón.

«La falta de certezas sobre de cuánto será la boleta de luz y gas amenaza cualquier proyecto personal. Un horizonte de aumentos ininterrumpidos de tarifas con pérdida de poder adquisitivo del salario no hace más que incrementar los miedos», advirtió Matías Barroetaveña, director del CEM.

«Ustedes sigan riéndose que dentro de poco los voy a ver al lado mío», bromea Héctor García a quienes pasan por delante de su tienda hecha con varias capas de tela y plásticos que comparte con María Ortega, de 77 años. El hombre de cabello y barba canosa lleva cuatro años en la acera de un barrio de clase media de Buenos Aires tras quedarse sin empleo. Sobrevive reparando electrodomésticos o desarmándolos para vender sus partes.

«La posibilidad de salir de la calle te la dan por cinco o seis meses, eso no es solución», apuntó García, de 57 años, en referencia a los subsidios habitacionales que ofrece el gobierno.

Aunque antes de asumir Macri había cuestionado duramente las políticas asistencialistas del kirchnerismo, luego aumentó el presupuesto de ayuda social, que demanda el 70 % de los recursos de la administración nacional previstos para 2019. El propio Fondo Monetario Internacional, que aprobó un rescate para Argentina de unos $56,000 millones en 2018, acaba de avalar un aumento en las partidas presupuestarias para subsidios a los pobres.

La asignación universal por hijo, que reciben unos cuatro millones de menores de 18 años de familias sin empleo, se incrementó 46 % en marzo a 2,650 pesos por mes (unos $59). La Alcaldía de Buenos Aires, a cargo de un aliado del presidente, también se comprometió a ampliar la capacidad de los hogares de tránsito.

«Para un lugar peor, me quedo acá. Al menos no llegan las cuentas», ironizó García antes de refugiarse en su morada callejera.

Sin nada. La indigencia en la capital argentina, el distrito más rico del país y uno de los más modernos de América Latina, se duplicó en los últimos tres años y llegó a 198,000 personas.

Argentina alumbra movimiento global contra feminicidios

Desde la educación. Las demandas de Ni Una Menos van desde la elaboración de estadísticas oficiales y la protección de víctimas hasta la inclusión de la temática de la violencia contra las mujeres en programas escolares.
Huelga. Este año Ni Una Menos ayudó a organizar
la primera huelga general de mujeres el 8 de marzo en
coincidencia con el Día Internacional de la Mujer,
que tuvo adhesión en varias decenas de países.

En vísperas de la Nochebuena de 2011, Maira Maidana le prendió una vela a la santa patrona de Argentina, cerró los ojos y rezó, tal como lo hacía cada vez que temía una golpiza de su pareja.

Pero esta vez, a diferencia de los golpes habituales, sintió que todo su cuerpo ardía. Cuando se dio vuelta, él la estaba mirando con una botella de alcohol en la mano. En llamas, Maidana corrió hacia tres grifos, pero no salió ni una sola gota de agua.

Después de 59 cirugías, Maidana tuvo el coraje de contar la verdad sobre lo que le pasó aquella noche y había callado durante años. Se lo debe al movimiento civil Ni Una Menos, que ha movilizado a cientos de miles de personas en Argentina contra la violencia de género desde 2015 y se ha extendido rápidamente por todo el mundo.

“Con Ni Una Menos las mujeres ya no se ocultan”, afirma Maidana, quien tiene cicatrices en el cuello y el pecho y habla en susurros a causa de las quemaduras. La mujer, de 29 años, marchó durante la última manifestación a principios de este mes en Buenos Aires, sosteniendo con orgullo una fotografía de ella misma con el torso quemado y la frase “A pesar de todo”.

“Antes las mujeres no hablábamos, no contábamos. No sé si era miedo o vergüenza. O sentir que la justicia no te ayudaba”, reflexiona Maidana. “Me gusta que se muestre, que se abran los ojos, que lo vean todos”.

***

Solo en 2016 se registraron 254 feminicidios en Argentina, según un reporte de la Corte Suprema de Justicia difundido a finales de mayo. Esto significa que una mujer es asesinada cada 34 horas en el país. En 60 de los casos había denuncias previas por violencia.

Maidana temía que algún día su pareja intentaría matarla.

 

Se conocieron en 2003: él tenía 14 y ella un año más. La primera vez que le pegó fue en 2005. Estaban bromeando con compañeros de escuela y él se puso celoso. Después de clases, le dio un puñetazo en la cara. Al otro día ella fue a la escuela con un ojo morado. Una amiga le aconsejó que lo dejara porque, si lo perdonaba, se iba a poner peor.

Tenía razón. Durante los siguientes ocho años la golpeó regularmente, salvo cuando estuvo embarazada de sus dos hijos, Áxel y Nicole. Consumía drogas y solía regresar a casa borracho.

Cuando sus hijos eran pequeños presenciaron las peleas. Dejaba que descargara su furia sobre ella para que después no los lastimara a ellos. Cuando entendió que ella ya no lo amaba, amenazó con suicidarse. Un día tomó un cuchillo de la cocina y se cortó las muñecas enfrente de los pequeños.

“Tenía asco, bronca, pero sobretodo, miedo”, recuerda Maidana. “El miedo no me dejaba pensar, reaccionar, liberarme, pedir ayuda, escaparme”. El día que le prendió fuego, ella había estado ayudando a su madre en los preparativos para la fiesta del cumpleaños 17 de su hermano. Maidana estaba ansiosa por estrenar un vestido blanco que había escogido con su pareja.

Pero cuando él regresó a la casa estaba borracho y sin ánimo de ir a la fiesta. Ella le insistió, le contó lo duro que había trabajado todo el día en los preparativos. Apenas llegaron a la celebración, él comenzó a quejarse de que su vestido era muy corto. Estaba celoso y con ganas de pelear.

A mitad de la fiesta él quiso irse. Ella accedió para evitar una escena frente a su familia y amigos. Llamaron un taxi y regresaron a casa con sus dos hijos. Cuando llegaron, él le pidió a su hermana que encerrara a los niños en un cuarto y comenzó a gritarle a Maidana.

La discusión subió de tono. Él la amenazó con abandonarla. Por primera vez después de años de soportar sus palizas, Maidana lo enfrentó y le dijo que se fuera. Se sentía fuerte.

Pero eso no duró mucho.

***

Una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia psicológica o física, según Naciones Unidas. En la mayoría de los países menos del 40 % de las víctimas buscaron ayuda.

En Argentina se cometieron 2,384 feminicidios entre 2008 y 2016, según la Casa del Encuentro, una asociación por la defensa de los derechos de las mujeres. No son las cifras más altas de América Latina, pero los casos han tenido un aumento constante en los últimos años, dice Ada Rico, presidente de esa organización.

La cultura machista es todavía fuerte en Argentina, donde las mujeres sufren acoso callejero con frecuencia. En 2014, cuando era el alcalde de Buenos Aires, el actual presidente Mauricio Macri dijo en una entrevista que a todas las mujeres les gusta que les digan qué buen trasero tienen. El comentario le valió duras críticas y desde que fue electo en 2015 se manifestó a favor del Ni Una Menos y de mayor protección para víctimas.

Después de decirle a su pareja que se fuera de la casa, Maidana se quitó el maquillaje. Luego, con las manos temblorosas, prendió una vela en un pequeño altar con la imagen de la Virgen de Luján. Eran las 2:45 de la madrugada.

De repente sintió calor.

“No sabía qué estaba pasando, estaba en llamas”, recuerda.

Desesperada, corrió al baño y abrió la ducha. Luego el lavamanos. Nada. Llegó a la cocina. No salió una gota de agua por ningún lado. Él había cerrado antes las llaves de paso.

Estuvo en llamas durante algunos minutos que a ella le parecieron horas. Finalmente corrió al jardín y se zambulló en la piscina de plástico para niños con agua sucia. Sintió como si ardiera por dentro.
Minutos después, él le dijo que el agua había vuelto. Maidana tomó una ducha. Las cenizas de un vestido floreado -que solo usaba para dormir porque a su pareja le parecía demasiado escotado- se habían fundido en su pecho carbonizado.

 

El agresor no quiso llamar a una ambulancia, pero aceptó dar aviso a la policía. Cuando los oficiales llegaron a la vivienda, él les dijo que era un vecino.

Maidana fue trasladada a una pequeña clínica donde perdió al conocimiento. Dada la gravedad del caso fue trasladada a un hospital especializado para tratar las quemaduras. Ahí estuvo internada durante cuatro meses, mientras su mamá Olga cuidaba a sus hijos.
Un día el padre los retiró del colegio y se los llevó con él. Después de 10 meses y con ayuda de un abogado, Maidana recuperó a los niños.

A causa del ataque tiene cicatrices en el pecho y partes del rostro pese a una docena de cirugías e implantes de piel. Perdió la mayoría del cabello, la audición en el oído derecho y la visión en el ojo izquierdo. Bajó 30 kilogramos, a la mitad de su peso habitual. Su garganta resultó severamente dañada, lo cual le dificulta hablar.
Tuvo que aprender a comer y caminar de nuevo con ayuda de su mamá. Por temor a que lastimara a sus hijos, Maidana nunca denunció a su expareja ante la justicia. En vez de eso, le contó a su familia y a la policía que ella se derramó alcohol y se prendió fuego.

Sus padres nunca creyeron la versión del intento de suicidio. Pero Maidana mantuvo la misma historia hasta la marcha de Ni Una Menos.

***

En un país con un movimiento feminista poderoso y con una tradición de mujeres luchadoras como Eva Perón y las Madres de Plaza de Mayo, Ni Una Menos se gestó a partir del encuentro de una veintena de periodistas, intelectuales y artistas, algunas con militancia en el feminismo, que se sintieron interpeladas por una serie de brutales feminicidios a principios de 2015. El nombre lo tomaron de un poema sobre la masacre de mujeres en Ciudad de Juárez, de la escritora mexicana Susana Chávez, asesinada en 2011.

Primero organizaron una lectura pública de textos sobre violencia de género, con la participación de familiares de víctimas. Pero cuando Chiara Páez, una adolescente de 14 años embarazada, fue asesinada por su novio y hallada enterrada en la vivienda de la familia del asesino, ellas dijeron basta.

La primera convocatoria a protestar llegó de un tuit de la cronista radial Marcela Ojeda: “Mujeres todas, ¿no vamos a alzar la voz? Nos están matando”. El mensaje se replicó por miles e inspiró la primera marcha el 3 de junio de 2015.

Las organizadoras pensaron que sería pequeña. Pero ese día miles inundaron las calles de 70 ciudades de Argentina exigiendo que dejaran de asesinar a mujeres. La protesta mereció amplia cobertura de los medios de comunicación, que a partir de entonces tomaron la violencia de género como un tema central de su agenda.

Maidana se sumó a la marcha frente al Congreso porque quería “sentirse viva” después de tanto dolor. Cuando advirtió la comunión entre tantos miles, desde mujeres con cochecitos de bebés, estudiantes y hasta políticos de todos los partidos, empezó a llorar. Abrazó a su madre y le dijo que estaba lista para contar la verdad.

“Tenía un dolor inmenso de ver a tantas madres, padres, amigos reclamando justicia por chicas que ya no estaban. Y a la vez estaba reclamando por mí misma, que estaba viva”, confesó Maidana.

Al otro día de la movilización, se despertó y escribió una carta de agradecimiento. “Hoy, un día después, dejé salir la angustia… Me sentí agradecida por no ser un cartel, una bandera, una foto, un nombre más. Por poder luchar por ellas. Doy las gracias a Dios por luchar y poder gritar: ‘Ni una menos’”.

Aquella marcha inicial creció rápidamente hasta convertirse en un movimiento global, con lazos en varios países de América Latina y también en Nueva York, Berlín e Italia. El astro Lionel Messi se sumó a la campaña con un mensaje contra los feminicidios en su cuenta de Twitter. Durante una visita a Buenos Aires en marzo de 2016, Michelle Obama elogió la lucha de las mujeres argentinas.

 

Este año Ni Una Menos ayudó a organizar la primera huelga general de mujeres el 8 de marzo en coincidencia con el Día Internacional de la Mujer, que tuvo adhesión en varias decenas de países, desde Tailandia a Chile y de Polonia a Corea del Sur. Al mismo tiempo, el movimiento estableció alianzas con otras organizaciones feministas, como Vivas Nos Queremos, de México. Las redes sociales han sido una herramienta central para afianzar esta comunidad global.

Las demandas de Ni Una Menos van desde la elaboración de estadísticas oficiales, la protección de víctimas y la inclusión de la temática de la violencia contra las mujeres en programas escolares. Ha obtenido algunos éxitos. Por un lado, la Corte Suprema creó un registro nacional de feminicidios. A finales de 2016 se sancionó en Buenos Aires una ley que penaliza el acoso callejero verbal o físico, mientras la marca de vestimenta deportiva Reef canceló su tradicional concurso que organiza desde hace 23 años para elegir la “mejor cola” del verano en el balneario argentino de Mar del Plata.

“El feminicidio es la punta del iceberg, no se soluciona con más policía”, explicó Marta Dillon, periodista y una de las fundadoras de Ni Una Menos. “El movimiento busca ser revolucionario. Y nos hacemos cargo de esa palabra. Revolucionar las sensibilidades y las condiciones sociales y económicas”.

Maidana dejó a su pareja en 2011, después del ataque. Todavía no ha tomado el coraje para denunciarlo ante la Policía, pero conserva en una bolsa plástica los restos del vestido de flores que usaba aquella noche y la botella de alcohol como evidencia.