¿Cómo cuidar la salud mental de los niños en medio de la pandemia?

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Caleb tiene seis años. Es alegre, servicial y tiene la voz dulce igual que el carácter. Cuenta que antes le gustaba estudiar. Lo que más le agradaba de ir al kínder era jugar con sus amigos, a quienes ya no ha visto desde que suspendieron las clases presenciales. Tampoco se han comunicado por ningún medio. Los extraña y le hace falta compartir tiempo con ellos. Estar en casa todo el día lo hace sentir mal, aburrido y triste. Esto, en gran medida, se debe a la cantidad de tareas que le dejan, a las que, a veces, dedica hasta seis horas al día. Caleb, que este año cursa preparatoria, se pone a llorar porque, para él, la carga es desesperante.

El 11 de marzo, con una declaratoria de cuarentena nacional, fueron suspendidas las clases presenciales en todos los niveles de instituciones educativas públicas y privadas. A partir entonces, los niños, acostumbrados a asistir a los centros educativos y a convivir con sus compañeros, dejaron de hacerlo y comenzaron el esfuerzo por integrarse a la modalidad educativa que sus recursos les permitieran. La ruptura en sus rutinas y la carga de todo lo que implica la pandemia han tenido un impacto psicosocial y de salud mental significativo en sus vidas, indica el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Frente a esto, profesionales de la salud mental y ONG han incrementado los esfuerzos por llevar apoyo psicológico y emocional a la niñez salvadoreña. «Se está brindando atención, solo que ahora es en la modalidad virtual, a través de videollamadas o llamadas tradicionales. De manera que los niños, niñas y adolescentes tengan siempre este espacio para ser escuchados, orientados y para que puedan expresar sus emociones y preocupaciones», explica Yesenia Segovia, asesora nacional de protección de la niñez de Plan Internacional,

Esta, sin embargo, no ha sido una tarea fácil. María José Figueroa, coordinadora de la Clínica psicológica de Fundasil, dice que brindar atención psicológica a los niños es complejo, pues es difícil que ellos busquen apoyo por sus propios medios, y si lo hacen, el psicólogo solo los puede atender si tienen una autorización de sus encargados o cuidadores. Entonces, lo que suelen hacer es orientar a los padres para que sepan abordar a sus hijos.

Figueroa dice, además, que, con la virtualidad, la situación se complica más. Porque parte de la atención psicológica es tener control del ambiente. Y, en ese sentido, eso se vuelve difícil para el psicólogo que lo está atendiendo, pues solo puede tener acceso a una parte de la pantalla, mientras que lo demás escapa de su control. «Por eso intentamos ayudar más a los adultos, para que ellos desde un abordaje cálido, respetando sus derechos, puedan hacer más por sus hijos o por los niños que están a su cargo», explica

Yanci Valladares es madre de dos niños y una niña: Caleb, de seis, Nehemías, de 8 y Saraí, de 13. Para ella, estos han sido días difíciles, llenos de estrés y preocupaciones. Debido a la cuarentena, suspendieron su trabajo en una empresa que vende productos por catálogo. Las primeras semanas, logró sacar adelante los gastos del hogar con unos ahorros que tenía. Cuando ese dinero se acabó, comenzó a hacer comida para vender entre sus vecinos.

Desde que comenzó la pandemia, Yanci ha notado cambios en el estado de ánimo de los niños. «Ellos reaccionan distinto porque son bien diferentes. La niña, que antes era muy activa, ahora pasa mucho tiempo acostada. No se duerme, solo está ahí. El segundo niño se me pone más agresivo, por ratitos, cuando está estresado. Yo le digo «cálmese, hijo, tranquilo. Juegue, coloree, cante», pero él dice que no, que está aburrido. Al pequeño le agarra de llorar, se ha vuelto más sensible, se pone a llorar cada vez que le digo que no haga algo. Eso a uno lo desespera también», comenta.

Figueroa añade que, en el caso de los niños, ha sido frecuente ver dificultades en la conducta relacionadas con el encierro. «Se debe partir de que hay una multidimensionalidad de realidades dentro del marco de estar confinados. Hay niños que están viviendo en cuartitos chiquititos y hay otros que están viviendo en casas con jardín. Las reacciones serán distintas tomando en cuenta estas realidades en las que los niños y niñas están», explica.

La psicóloga dice que otro elemento a tomar en cuenta es que ha aumentado la cantidad de trabajo que tienen los padres, por lo que hay menos tiempo para los hijos. Entonces, hay una exigencia emocional que no está siendo suplida porque los cuidadores están ocupados en sus labores. «Esta desvinculación que se está dando es algo que tiene repercusiones en la conducta de los niños», dice Figueroa.

Yanci ha visto el impacto que ha tenido la pandemia en la vida de sus hijos. Pues, aunque no comprenden con exactitud lo que está sucediendo, se preocupan por lo que ven en la televisión, y le preguntan que «por qué ha venido un virus tan malo a matar a tantas personas inocentes». Eso los tiene alterados.

Edith Lue es psicóloga escolar. Trabaja con centros educativos del departamento de La Libertad. Ella explica que desde que comenzó la crisis por la Covid-19 ha atendido casos de niños que se han vuelto más inquietos, han mostrado cambios en su conducta y que ya no quieren estudiar.

Lue ha buscado formas para no dejar de brindar sus servicios como psicóloga escolar. Se reúne por WhatsApp, o por otras plataformas, con los estudiantes. Esto depende de los recursos con los que ellos cuenten. Puede ser que se comunique con sus padres por mensajes o, si los niños tienen acceso a una computadora e internet, lo haga a través de una videollamada. Sin embargo, por el tiempo que le demanda preparar las sesiones, su capacidad de atención ha disminuido. «Antes, atendíamos a dos niños al día, ahora atendemos solo a uno. Preparamos los materiales por la mañana y atendemos al niño por la tarde, porque mucho de nuestro material ha quedado en las escuelas», comenta.

Lazos. Los hijos de Yanci soy muy apegados a sus abuelos. Desde que no los pueden ver, han hecho un conteo de los días que llevan alejados.

En la escuela donde estudian los dos hijos mayores de Yanci, Nehemías y Saraí, hay un psicólogo que imparte charlas a través de Facebook Live para enseñar a los niños a organizar su tiempo, de manera que puedan adaptarse mejor a los cambios que han tenido. También ha sugerido hacer manualidades que les ayuden a distraerse y a sobrellevar la situación. Él ha dado su número telefónico a los padres por si los niños necesitan apoyo psicológico y emocional, pero Yanci no le ha llamado «todavía».

No todos los menores en edad escolar tienen acceso a atención psicológica en sus centros educativos. En 2018, según estadísticas del Observatorio del Ministerio de Educación (Mined), de los 589 centros escolares (C.E) ubicados en el departamento de San Salvador, solo 109 ofrecieron consulta psicológica a sus estudiantes, es decir, el 18 %. En el segundo departamento más poblado del país, La Libertad, 47 de 439 C.E realizaron este tipo de consultas, lo que corresponde a un 10.71%. En Santa Ana, el tercer departamento con más población, de 450 C.E, solo 47 brindaron este servicio de salud mental, que es igual al 10.24% de los C.E.

«Las psicólogas educativas no hemos abandonado a los estudiantes, y mucho menos el resto de organizaciones que también trabajan con ellos. Muchas escuelas no tienen psicólogas, pero hay otras instituciones que apoyan a los niños, como Save the Children o Plan Internacional, que sí están dando asistencia desde las casas. No se logra abarcar al 100 %, pero sí se les está dando atención», concluye Lue.

Caleb ha buscado nuevas maneras para soportar el aburrimiento. Al principio, usaba la bicicleta en el patio de su casa, pero, hace poco, se le dañó y ya no ha podido jugar con ella. También hace, junto a sus hermanos, casas, comida o pistas de carreras con trocitos de madera y piedritas que encuentra en su hogar. Lo primero que quiere hacer, cuando se acabe la pandemia, es ir a ver a sus abuelitos, que, en videollamadas, le dicen que esta situación pronto va a pasar y le recomiendan cuidarse mucho.

 

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DETECTANDO SEÑALES DE ALARMA

Lucia Romero, psicóloga y catedrática, dice que la salud mental para la niñez en El Salvador es un terreno abandonado, que poco a poco va sumando aliados que tienen como horizonte común la lucha por el derecho a una vida en bienestar. Desde la puesta en marcha de la Ley de Protección Integral de la Niñez y Adolescencia (LEPINA), se dibuja sobre el mapa una ruta para trabajar por los derechos de la niñez salvadoreña.

Una de las principales labores de estos aliados es identificar señales de alarma en relación a abusos contra menores. En ese sentido, Save the Children realizó un diagnóstico de necesidades, en el que detectó que los niveles de estrés durante las primeras dos semanas de la pandemia aumentaron en el 75% de los hogares consultados. Y, ante esas afectaciones, no se vislumbraban en el territorio programas de atención para apoyar a la población, explica la directora de operaciones de programas y punto focal de dicha organización, Ludin Chávez.

Chávez también dice que, comúnmente, los altos niveles de estrés en las personas se deben a incertidumbres aumentadas con ira, frustración y miedos que suelen traducirse en expresiones de violencia que pueden ir creciendo en intensidad y en frecuencia. Este tipo de emociones se dirigen a las personas que, dentro del hogar, pueden tener mayor vulnerabilidad, como los niños, adolescentes y mujeres.

Según Romero, la detección de este tipo de situaciones y otros esfuerzos que realizan las ONG son un alivio en el terreno de las comunidades, pues se apuesta por la prevención desde la educación en disciplina positiva, el fortalecimiento familiar y el mejoramiento de las condiciones y recursos de las familias.

Alexandra tiene nueve años. Le gusta leer y admirar la naturaleza. Lo que más extraña de la vida sin pandemia es ver a sus amigos y visitar a sus maestras. Cuando le dijeron que ya no iba a poder salir, se sintió angustiada. Estar encerrada en el mismo lugar todo el día, todos los días, le genera estrés. Al principio, lloraba mucho. Lloraba de repente. Ahora, cuenta, ha intentado verle el lado positivo a la situación, como que puede pasar más tiempo con sus cinco mascotas: un pollo, tres patos y un conejo negro.

Por ahora, vive en el kínder donde su mamá trabajaba haciéndoles la comida a los niños. Desde que suspendieron las clases, ella ya no pudo trabajar. Alexandra se preocupa porque la ve triste. Dice que la encuentra callada y seria. Le causa angustia porque está acostumbrada a verla sonriendo y hablando. Intenta entender qué siente para ver cómo puede ayudarla. A sus nueve años, ya carga con el estrés que le ha generado la pandemia y con la responsabilidad de consolar a su madre. En su escuela no hay psicólogo. Tampoco conoce a uno que pueda acompañarla, apoyarla o escucharla durante el encierro.

Caleb ha buscado nuevas maneras para soportar el aburrimiento. Al principio, usaba la bicicleta en el patio de su casa, pero, hace poco, se le dañó y ya no ha podido jugar con ella. También hace, junto a sus hermanos, casas, comida o pistas de carreras con trocitos de madera y piedritas que encuentra en su hogar. Lo primero que quiere hacer, cuando se acabe la pandemia, es ir a ver a sus abuelitos, que, en videollamadas, le dicen que esta situación pronto va a pasar.

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NIÑEZ MÁS VULNERABLE

La Dirección de Análisis y Técnicas de investigación e Información de la Fiscalía General de la República (FGR) muestra que, del 1 de enero al 31 de julio de 2020, se identificó a 1,224 menores víctimas de violencia. Además, según los prontuarios estadísticos del ISNA, en el primer y segundo trimestre del año 2020 se han atendido un total de 2,456 casos por vulneración de derechos.

Esa es una cifra alarmante en comparación con las 2,009 atenciones que se dieron en los doce meses del año anterior. «Es un hecho histórico, sabiendo que nuestra niñez se encuentra en cuarentena, con las personas que «deberían» brindarles espacios seguros, sanos y de protección», explica Romero.

Para Figueroa, de Fundasil, el confinamiento ha expuesto a la niñez a sus agresores y le ha quitado todo el sistema de apoyo externo con el que antes contaba. «Los niños han dejado de tener la ayuda de sus factores protectores externos, que para algunos son la escuela, la profesora, los amigos, los tíos o los abuelos».

En eso coincide Patricia Velasco, psicóloga de la FGR, pues comenta que «los niños viven situaciones difíciles en los hogares, empezando por cómo se habla y se les habla. Se les grita, les dicen palabras soeces y los insultan. Eso es el pan de cada día, lo común. También pasan viendo las peleas de los padres o ven cuando hay golpes. Antes, cuando estaban en la escuela, presenciaban menos ese tipo de acciones».

Atención reactiva y no preventiva

Según datos estadísticos del Ministerio de Salud (Minsal), de enero a junio de 2020, se detectaron 56 casos de violencia física contra menores de entre 0 y 14 años, 91 casos de violencia psicológica, 200 menores víctimas de violencia sexual y 420 niños entre cero y nueve años víctimas de negligencia o abandono.

Aunque el confinamiento aumenta la vulnerabilidad de la niñez salvadoreña, el Estado parece no tener la voluntad para garantizar el respeto a sus derechos. Según el Procurador Adjunto para la Defensa de los Derechos de la Niñez y Juventud, Ulises Rivas, el país no tiene la capacidad para dar atención psicología a todos los niños que la necesitan.

«Solo se brinda atención psicológica a los niños que resultan afectados en un contexto determinado. Ni el Mined ni el Minsal tienen un programa constante para dar servicios de salud mental a la niñez. Si es un caso de divorcio o de violencia en una familia, entonces sí, se atienden. Pero no hay un programa, por ejemplo, para llevar apoyo psicológico a un niño porque cree que lo necesita. Es solo cuando ya se presenta un caso clínico», explica Rivas.

El Instituto Nacional de la Niñez y la Adolescencia (ISNA) aseguró que la institución invierte un promedio de $170 mil anuales en concepto de salarios a psicólogos que trabajan en los Programas de Protección, y que, desde mayo del presente año, iniciaron un proyecto de apoyo psicosocial en centros de acogimiento de manera conjunta con Save the Children.

La mayoría de estas medidas, sin embargo, corresponde a acciones reactivas y no preventivas. Para cambiar esto, dice Yesenia Segovia, lo primero que se debe tener claro es que la salud mental es un derecho humano fundamental, como el derecho a la salud en general. Y, por lo tanto, es el Estado el ente responsable de asegurar y garantizar que la población, especialmente la niñez y la adolescencia, cuente con servicios integrales para atender la salud mental.

A pesar de los múltiples esfuerzos realizados por algunas instituciones del Estado y por las ONG en el país, todavía hace falta mucho para poder hablar de logros y avances en el tema de niñez y salud mental, concluye Romero.

Alexandra, que es muy reflexiva, intenta encontrar aprendizajes de esta situación: «Me he vuelto un poco más paciente y calmada. Me ha ayudado ver el movimiento del agua, observar cómo la brisa mueve las ramas de los árboles y escuchar el canto de los pájaros».