La marcha de las ausentes

Intervención. Sobre la base del Monumento a la Constitución se colocaron mariposas negras en representación de las mujeres asesinadas.

Larissa tenía 11 años cuando un vecino le tocó los senos que empezaban a asomarse por su pecho. Ella usaba una camisa con un estampado y su vecino, un hombre mayor, se acercó a ella con la excusa de tocar la tela. El hombre terminó manoseándola. Larissa se congeló. No supo qué hacer, pero supo que algo estaba mal. Esa vez aprendió que no estaba segura en su colonia, a metros de su casa.

Más de una década después, una mujer escucha la historia que Larissa cuenta y relata algo que la hizo sentir vulnerable cerca de su casa. Un hombre de la zona intentó meterla a la fuerza a un carro. Por anécdotas así, desde niñas aprendieron a evitar ciertas calles, ciertos vecinos y a apresurar el paso cuando están en la vía pública.

Estas historias se escuchan en el patio de un café de San Salvador. Este lunes 5 de marzo hay 14 mujeres reunidas en un círculo. Hay jóvenes y adultas, empleadas, artistas y universitarias.
“¿Quién nos convoca? Pues nosotras nos autoconvocamos”, dice Montserrat, una activista por los derechos de las mujeres con amplia trayectoria. El grupo se creó cuando en un chat, algunas de ellas plantearon el deseo de realizar una protesta nocturna. Que la actividad sea de noche tiene un motivo. Quieren caminar en la oscuridad para reclamar su derecho a movilizarse y no sentir miedo de que alguien las toque o las intente subir en un carro.

En 2016, la organización Small Arms Survey posicionó a El Salvador como el país más feminicida de América Latina. Y solo en los primeros meses de 2018, una mujer ha sido asesinada cada 19 horas, de acuerdo con las estadísticas oficiales.

“En la conmemoración del 8 de marzo no deberíamos hablar de violencia, sino de las conquistas de los derechos de nosotras, de los avances en salud y educación”, explica Enayda Argueta, investigadora social del Sistema Interactivo de Avisos de Violencia de Género (SIAVG) de la organización Háblame de Respeto. “Lo que pasa es que en nuestro país hemos conquistado unos derechos pero nos siguen matando”, continúa.

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LAS ORGANIZADORAS de este evento llamaron a sus amigas y conocidas y regaron la voz. Las invitaron a vestirse de luto y llevar flores y velas para una concentración en el redondel del Monumento a la Constitución, mejor conocido como La Chulona.

A las 6:50 de la noche del 7 de marzo, ya hay 50 mujeres reunidas en la rotonda. Conforme pasan los minutos, algunas de las organizadoras entregan unas mariposas negras de papel a las asistentes. Las mariposas tienen una cinta adhesiva. Luego se le explica al grupo que en algún momento de la noche esas mariposas simbolizarán a una asesinada.

“A pesar de que sentimos rabia por las mujeres que no están, lo que prima en nosotras es la alegría”, dice Vanessa Pocasangre a las 7 de la noche, antes de iniciar la marcha. Elena Salamanca, historiadora y otra de las planificadoras del evento, habla de la importancia de visibilizar el duelo en el espacio público. Lo de hacer duelo no es exageración. Frente a ella, el colectivo de mujeres transgénero ASPIDH-Arcoíris ha colocado una manta llena de nombres y fotos de sus compañeras trans asesinadas.

Diez minutos después ya hay un centenar de mujeres reunidas en el redondel. Incluso hay niñas vestidas con el uniforme del colegio. De pronto, comienza una música suave y una bailarina vestida de blanco realiza una danza. Se tira al suelo e intenta levantarse con movimientos cortados. En el piso también yace inmóvil otra mujer de vestido azul. Algunas poses se asemejan a una escena de homicidio: la mujer quieta, boca abajo, en medio de la gente. La mayoría de mujeres víctimas de homicidios ocurridos entre enero y octubre del año pasado fueron encontradas en la calle, de acuerdo con información del Sistema Interactivo de Avisos de Violencia de Género (SIAVG).

“Cada muerte nos va a doler. Pero deben hacerse análisis diferenciados de feminicidios y homicidios, porque aunque los feminicidios sean menos, eso no quiere decir que los hombres están siendo asesinados por las mismas razones que las mujeres”.

Performance. La bailarina Paola Lorenzana interpreta una pieza denunciando la violencia contra las mujeres en una marcha nocturna del 7 de marzo.

En medio del público, una actriz vestida de blanco empieza a leer una lista de casi 200 nombres. Esta lista fue un tema de discusión hace dos días. Quienes planificaron la protesta nocturna aseguran que se acercaron al Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) a solicitar una lista con nombres de las asesinadas durante el año pasado. Ellas sostienen que la respuesta que encontraron es que ese instituto no lleva ese registro. Séptimo Sentido consultó al respecto al instituto y, hasta el cierre de la nota, no obtuvo respuesta.

El primer nombre que se lee en esta lista, creada a partir de la revisión de noticias de periódicos, es Katya Miranda. Ella tenía nueve años cuando fue violada y asesinada en un viaje familiar a la playa en 1999. El principal sospechoso, su abuelo, fue absuelto de los cargos. Su caso se convirtió en un símbolo de la impunidad de los delitos contra las niñas. Cuando su nombre se escucha en esta concentración, hay silencio. Hasta que Montserrat grita: “¡Ausente!”.

Así se marca la dinámica de la lectura. Por cada nombre de mujer asesinada, otras 100 responden “¡ausente!”, y la partida se hace palpable. Pasan los minutos, los nombres, las páginas y las lista de asesinadas no parece tener fin.

Sobrecogida por la cantidad de muertas, una joven de 22 años llora mientras sigue gritando por las ausentes. Rápido, se seca las lágrimas y sigue respondiendo a cada nombre. Por cada mujer mencionada, las manifestantes se acercan a la base del Monumento a la Constitución y pegan una mariposa negra sobre la pared. En cuestión de minutos la pared blanca es saturada por mariposas que conforman una gran mancha oscura.

Cuando la lista se termina, las manifestantes recogen del piso una manta que han pitando con tres palabras “Caminamos sin miedo”. Todas se forman detrás de ella y salen a la calle.

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Recorrido. Las mujeres que asistieron a la marcha “Caminamos sin miedo” realizaron un circuito cerrado de 3 kilómetros en el que se leyeron los nombres de decenas de mujeres asesinadas en los últimos años.

CADA 8 DE MARZO se conmemora el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Este día sirve para conmemorar su lucha por salarios justos y condiciones de trabajo dignas. El año pasado, por primera vez, se realizó el Primer Paro Internacional de Mujeres. Este año se realizó por segunda vez una huelga internacional. Pero no todas pueden hacer huelga para exigir sus derechos.

Este miércoles 7 de marzo también marchan aquellas que no pueden hacerlo de día porque pueden ser amonestadas en sus trabajos. La marcha de ahora está enfocada en mujeres, aunque en El Salvador la gran mayoría de los asesinados son hombres.
En 2017 fueron asesinados 3,954 salvadoreños. Eso mantuvo a El Salvador como el país con la tasa de homicidios más alta de Centroamérica. Las mujeres asesinadas fueron 469. La mayoría de ellas eran jóvenes.

“Cada muerte nos va a doler. Pero deben hacerse análisis diferenciados de feminicidios y homicidios porque aunque los feminicidios sean menos, eso no quiere decir que los hombres están siendo asesinados por las mismas razones que las mujeres”, explica, a través del teléfono, Claudia Interiano, abogada experta en derechos humanos.

Para Interiano, es importante analizar los hechos de violencia desde sus causas: “Las situaciones de riesgo a las que se puede someter una mujer para que acaben con su vida son, por ejemplo, cuando se pone fin a una relación, un divorcio, al denunciar una situación de violencia y abuso sexual. Esas son las razones de riesgo por las que las matan. Y no son esas las razones por las que matan a los hombres”, comenta la experta.

Frecuencia. De acuerdo con las cifras oficiales, durante los dos primeros meses de 2018 una mujer fue asesinada cada 19 horas.

A las 7:40 de la noche, la concentración sale del redondel hacia la calle San Antonio Abad. De inmediato, aparece una patrulla policial. Un agente, tomado por sorpresa, les pregunta el motivo de la marcha. Cuando alguien le responde que es una manifestación contra la violencia, el agente comunica a través de su radio que se encargará de darle seguimiento a la actividad.

Por unos minutos, la manifestación toma la forma de una procesión religiosa y solemne. Algunas llevan velas y flores en sus manos. Con un megáfono, lámpara y listado van leyendo nombres de mujeres ya asesinadas y de manera serena, se sigue respondiendo que están ausentes. Después, la tranquilidad de la marcha se rompe y algunas comienzan a gritar en coro: “No sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”.

En octubre del año pasado, Vilma Pérez fue asesinada así: en la cara de la gente. Vilma salió con sus dos hijos hacia la subdelegación de Apopa para denunciar por maltrato intrafamiliar a su compañero de vida, José Menjívar. Él la mató antes. Le disparó en la calle, frente a sus dos hijos, de cuatro y ocho años. Menjívar huyó del lugar sin que nadie lo detuviera. Sigue prófugo.

Conforme la marcha avanza, más personas se unen a la manifestación. Hacia el final del grupo camina Frida tomada de la mano con su madre. Frida tiene siete años, estudia primer grado y a veces dice que quiere ser veterinaria. Hoy conoció a otra niña de su edad en la marcha y le ha tendido la mano para caminar junto a ella.

Natalia, la madre de Frida, dice que ha traído a su hija a la manifestación para que aprenda a luchar por ella misma, para que sepa que siempre es mejor denunciar las ofensas que guardar silencio.
El grupo llega hasta el redondel El Torogoz e inicia el camino de vuelta hacia el Monumento a la Constitución. Al llegar, quienes cargan flores y velas las colocan al pie de la base de La Chulona. Pronto se forma un altar para las asesinadas.

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8M. Concentración de mujeres en la alameda Roosevelt en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. En la marcha gritaban “Ni una menos, vivas nos queremos”.

IRENE DÍAZ ha descansado poco esta mañana del 8 de marzo. Ella tiene 37 años, es editora audiovisual y tiene una hija de 11 años. En 2017 participó en un proceso de formación para defender y conocer sus derechos. Desde entonces, empezó a platicar con más mujeres y a tener claro que había que defender hasta la memoria de quienes ya no viven.

Así llegó a Ni Una Menos El Salvador, un movimiento de sociedad civil conformado por 14 mujeres que se reúnen los sábados en asambleas y empiezan a discutir temas como el derecho a la tierra, a un salario justo y la seguridad.

Ni Una Menos es un movimiento que surgió en 2015 en Argentina para exigir un alto a los feminicidios. El caso que removió la indignación colectiva fue el asesinato de Chiara Páez, una joven de 14 años golpeada hasta morir por su novio. Tras esa muerte, el movimiento logró concentrar a 300,000 personas. Entre ellas estaba Franchesca Mata, una abogada salvadoreña residente en Buenos Aires. Mata vino al país este año y empezó a convocar a mujeres a través de internet para formar la filial salvadoreña del movimiento.

Ellas no pertenecen a ninguna ONG ni tienen financiamiento de nadie. Tienen diversas profesiones y oficios y se reúnen para hablar sobre sus problemas y los de la sociedad. “Sabemos que somos nada dentro de las organizaciones”, comenta Franchesca Mata. Ella explica que lo que buscan es visibilizar la realidad a través de sus denuncias: “Ante la indignación, la acción. Estamos cansadas y salimos de la red social a conocernos”.

Irene Díaz participó en la marcha nocturna del 7 de marzo, y 12 horas después, en la mañana del Día Internacional de la Mujer, ya se encuentra en otra actividad. Ella y otras siete integrantes de Ni Una Menos El Salvador han llegado ante la Fiscalía General de la República en Santa Elena.

Pretenden colocar una pancarta en la fachada de la FGR. La manta tiene cruces pintadas y la leyenda: “469 mujeres asesinadas en 2017”. En la fachada de este edificio hay una especie de gruta en la que hay un ángel. Después de unos minutos, colocan la manta sobre la gruta.

De inmediato, aparece un policía. En su uniforme lleva el apellido Interiano, y a pesar de que en la acera solo hay mujeres, pregunta:

—Buenos días, ¿quién es el encargado de esto?

El policía les explica lo que deben hacer: “Me van a quitar de ahí la manta y la van a poner en esa pared, al lado de la escalera”. El policía hace referencia a un paredón que sirve de división entre los carriles de la calle frente a la sede fiscal.

La pancarta lleva menos de 5 minutos colocada sobre la gruta. Las integrantes de Ni Una Menos se muestran un poco reticentes. El policía les pide que la muevan, que en el lugar que él les indica, todo se verá “bonito”. Antes de quitar la tela que ellas han pintado, las mujeres le toman fotos. El policía les advierte que la Ley de Seguridad Pública establece que “es prohibido” tomarle fotos al edificio de la Fiscalía.

Hace dos años el actual alcalde de San Salvador, Nayib Bukele, montó una tarima con un equipo de sonido y movilizó a más de 1,000 personas para protestar contra el fiscal general. La concentración de entonces ocurrió en esta misma calle y frente a este mismo edificio público. En ese entonces, nadie fue desalojado.

Irene Díaz se muestra fastidiada por las indicaciones policiales. Ella dice que lo que buscan es hacer hincapié en que las autoridades estatales también tienen responsabilidad en las muertes de mujeres. El policía se apresura a responderle que sí, que él la comprende porque tiene estadísticas de “270 feminicidios”. Consultado sobre la fuente de su cifra, el policía responde que no está autorizado para dar estadísticas.
Las integrantes de Ni Una Menos obedecen al policía. Horas antes, en la calle San Antonio Abad, el grupo protestó por la desaparición de la agente policial Carla Ayala, quien este domingo cumple 73 días de desaparecida. Un policía la atacó con arma de fuego tras una fiesta navideña y huyó con su cadáver.

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UN PAR DE HORAS MÁS TARDE, EN LA ALAMEDA ROOSEVELT, EN EL PARQUE CUSCATLÁN, MILES DE MUJERES Y HOMBRES SE JUNTAN PARA INICIAR LA MARCHA OFICIAL DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER. EN ESTA PARTICIPAN ORGANIZACIONES FEMINISTAS, DEFENSORAS DEL MEDIO AMBIENTE, MUJERES TRANS, UNIVERSITARIOS, ETC.
Esta marcha es distinta a la de la noche anterior. Es multitudinaria. Hay colores, música, baile y se dirige hacia la plaza Salvador del Mundo.

La marcha no despierta mucha simpatía entre los conductores y las personas que ven su tránsito afectado. Desde un bus de la ruta 30-B, un hombre ve a las asistentes y dice que estas son “viejas gritonas y sin marido”. En una intersección de la alameda Roosevelt, cuatro hombres y una mujer en motocicleta no quieren esperar a que termine de avanzar el flujo de personas. Hacen sonar los motores de sus motocicletas e insinúan avanzar entre las organizaciones. Un grupo de mujeres se coloca, desafiante, frente a ellos. Entonces los motociclistas retroceden en su estrategia para salir del tráfico y piden que, al menos, les dejen espacio para dar la vuelta y regresar por la calle que venían.

La marcha termina al mediodía. La mayoría de personas empieza a buscar una sombra después de estar de pie y bajo el sol por al menos tres horas. Irene Díaz ha realizado dos marchas en menos de 15 horas, pero no se muestra cansada. Va cantando y portando un cartel que dice “Soy la mujer de mi vida”.

“La violencia de género, y en general la dominación de género, limita las oportunidades y condiciona la conducta y las aspiraciones de las personas, en particular de las mujeres. Y, en ese sentido, se constituyen barreras específicas para un grupo social”.

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Estado implicado. En la marcha del 8 de marzo, cientos de personas exigieron que el caso de la policía desaparecida Carla Ayala no quede en la impunidad.

ANA RUTH RAMOS SOBRESALE entre las personas que buscan un espacio de césped para sentarse y descansar en el Salvador del Mundo. Ella es una mujer de 22 años con un hijo de tres y una bebé en brazos. Marchó en el bloque del Foro Nacional de Salud. Ana Ruth lleva un manto de tela blanca en la cabeza para cubrir su cabello. Ella se congrega en una iglesia cristiana y profética. Su hija descansa sobre una manta en la grama y su hijo corretea alrededor de ella.

Ana Ruth dice que quería estudiar y mejorar su vida. Ahora sus sueños están puestos en sus hijos. Como ella es una mujer religiosa, cuenta que a veces la critican por asistir a estos movimientos de mujeres. “Ya me han dicho varias veces que a nosotros que somos cristianos no nos conviene andar aquí, pero yo les digo que no ando haciendo nada malo”.

“La violencia de género, y en general la dominación de género, limita las oportunidades y condiciona la conducta y las aspiraciones de las personas, en particular de las mujeres. Y, en ese sentido, se constituyen barreras específicas para un grupo social”, explica vía telefónica el Dr. Manuel Sánchez, economista y experto en temas de desarrollo humano.

En El Salvador las mujeres tienen menos acceso a educación y salarios justos. Y esta no es una percepción, está probado estadísticamente. Por ejemplo, la tasa de analfabetismo de la población femenina es de 12.5 %, mientras que la de hombres es del 8.8%, de acuerdo con la Dirección General de Estadísticas y Censos (DIGESTYC). Además de tener menor escolaridad, las salvadoreñas ganan menos que sus contrapartes masculinas. Un ciudadano que ha estudiado más de 13 años tiene, en promedio, un salario que sobrepasa los $600, mientras que el pago que recibe una mujer con el mismo nivel de educación es de $516.33, según la DIGESTYC.

Ana Ruth no tuvo oportunidad de estudiar. Mientras se come unas pupusas, cuenta que su madre murió cuando ella era pequeña y quedó sola con su padre, quien la maltrató. Por eso, aunque era menor de edad, dejó la casa de su papá para trabajar como niñera en San Salvador.

Cuando cumplió los 18 años se acompañó con un muchacho y dejó de trabajar para empezar a criar hijos propios. Hoy dice que marcha para protestar contra el maltrato: “A nosotras siempre nos faltan al respeto. Hay hombres que se quieren aprovechar de una o los mismos padres la quieren golpear, violar. Yo ya pasé por eso y no quisiera que las demás mujeres pasen lo mismo, porque ya sufrí”.

Al lado izquierdo de Ana Ruth, a solo unos metros de donde su hija duerme, está colocada una tarima desde la cual se saluda a los últimos bloques de hombres y mujeres que llegan al final de la marcha. Por una mañana, una calle de San Salvador fue el escenario para que más de 1,000 mujeres pudieran caminar sin miedo.

Los adultos mayores de un Estado negligente

Beneficiario. Humberto Torres tiene 82 años. A los 13 aprendió el oficio de sastre. Tiene hijos, pero viven en el exterior. Fue operado de los ojos y ya no pudo seguir trabajando.

María es persuasiva y coqueta. Se ríe mucho y sus ojos negros persiguen vivaces cualquier movimiento dentro de su cuarto. Sus amigas dicen que tiene 98 años y otros dicen que tiene 94. Ella no lo sabe precisar. Esta tarde lluviosa está acostada en una cama porque se rompió la cadera y está en recuperación. Cuando ve que un hombre de pelo entrecano entra a su dormitorio, pone en práctica su estrategia. Lo llama para que se acerque, lo toma de la mano, le sonríe y le pide una cosa: pollo frito.

La táctica es recurrente, cuentan. “La Mariyita”, como le dicen aquí, siempre quiere comer lo mismo. Y, aunque lo primero que encuentra ante sus súplicas es un no, el hombre cede y manda a alguien a comprar un pedazo de pollo a un negocio cercano. Él no es un familiar o amigo. Es Rizzieri Luzzi, el encargado del dormitorio público de la Fundación Salvadoreña de la Tercera Edad (FUSATE) de Santa Tecla.

María llegó a este lugar porque se quedó sola. La historia de vida que suele contar es así: Su esposo era soldado en Chalatenango. Ella trabajaba como niñera. Tenían tres hijos. Durante “la guerra de los ochenta” murieron sus hijos y su pareja. Dice que ellos nunca se hicieron una mala mirada y se quisieron “del alma”, que hoy ya se conforma porque ha gozado bastante en la vida.
Que los adultos mayores se queden sin casa o familia no es una situación inusual. De una muestra de 2,000 adultos consultados por el Gobierno, el 46 % respondió que vive solo o con amigos. El 83 % expresó no contar con vivienda propia.

La cifra de adultos mayores en el país alcanza los 808,000, lo que representa al 12.4 % de la población salvadoreña. Se cree que ese porcentaje crece 0.5 % anualmente. Y el grupo etario de adultos mayores que más ha crecido es el de quienes sobrepasan los 80 años. Además, hay cerca de 2,000 personas mayores de 100 años. Así lo asegura la Dirección de Personas Adultas Mayores de la Secretaría de Inclusión Social (SIS).

A pesar de que en la actualidad El Salvador es un país joven, si las tendencias se cumplen, el escenario cambiará en los próximos años. La sociedad está envejeciendo. La SIS explica que actualmente hay un promedio de 16 personas jóvenes por cada adulto mayor, pero, de acuerdo con las estimaciones de la región, en 50 años la proporción será de dos jóvenes por cada persona de la tercera edad.

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Capacidad. La gran mayoría de los beneficiarios del dormitorio son hombres. El centro tiene espacio para 93 personas.

EL ACCESO A VIVIENDA DIGNA NO ESTÁ GARANTIZADO

La Ley de Atención Integral para la Persona Adulta Mayor, publicada en 2002, indica que la vivienda adecuada es un derecho fundamental de las personas. Y no solo eso, reconoce que en caso de desamparo o abandono, le corresponde al Estado la atención de adultos mayores.

Pero la realidad no coincide con el papel. En la práctica, los protagonistas de esta labor son las ONG, las fundaciones sin fines de lucro y las iglesias. Jennifer Soundy, titular de la Dirección de la Persona Adulta Mayor, considera que la ley vigente es débil. Y que eso se pone en evidencia porque la ley “no establece mecanismos de sanción por incumplimiento de los derechos”.

Si se tiene conocimiento de un hogar de ancianos que no cumple con los requisitos de limpieza o cuidado adecuados, Soundy asegura que no existe una manera de que el Consejo Nacional de Atención Integral a los Programas de los Adultos Mayores (CONAIPAM) pueda cerrarlo definitivamente.

“Muchos centros de atención se abrieron sin regulaciones y funcionan sin regulaciones, pero la Corte Suprema de Justicia es muy clara en decir que si se quiere sancionar, eso tiene que estar dicho. Una ley tiene que decir de cuánto es la sanción, el proceso para ponerla y cómo esa persona puede apelar de una resolución sancionatoria. La ley le pone una facultad al CONAIPAN, pero no le da el debido proceso para hacerlo y entonces, por mucho que yo vaya y vea una cosa terrible en un hogar, como CONAIPAM no lo puedo cerrar porque no existe un procedimiento legal para hacerlo”, argumenta la directora.

A su juicio, uno de los logros más grandes del país en términos de legislación es la presentación de la Política Pública de la Persona Adulta Mayor el año pasado. Sin embargo, por su naturaleza, su impacto es más reducido del que tendría una ley nacional y solo las instituciones que pertenecen al Órgano Ejecutivo son las responsables de aplicarla.

Pertenencias. Para mantener el orden, FUSATE brinda a sus beneficiarios un espacio limitado en el que pueden guardar su ropa y los recuerdos de toda una vida.

En 2016 se presentó un nuevo anteproyecto de ley para beneficiar a personas de la tercera edad ante la Asamblea Legislativa. La encargada de estudiarla es la comisión de la familia, niñez, adolescencia, adulto mayor y personas con discapacidad. Casi dos años después de haber sido presentada, la comisión no la ha aprobado. Que el estudio de esta ley va “caminando”, se limitó a expresar el diputado Rodolfo Parker, a través de una aplicación de mensajería móvil. Él es presidente de la comisión y afirmó que la ley se aprobará en la legislatura presente, pero hasta después de las elecciones de alcaldes y diputados.

En un escenario donde ni siquiera el marco legal que protege a los adultos mayores está claro, solucionar el tema de vivienda para ellos no parece ser prioridad. El Estado cuenta en San Salvador con el Centro de Atención a Ancianos Sara Zaldívar, pero en ese espacio, asegura Rizzieri Luzzi, el administrador del dormitorio público de Santa Tecla, solo “llegan personas que ya no se pueden valer por sí mismas”.

La situación es diferente en este centro tecleño. Un ejemplo de ello es Baudilio Miranda, un beneficiario del lugar. Tiene 67 años y sobre el cuello lleva un juego de llaves de las puertas de este centro. Él hace trabajo voluntario en el dormitorio. Tiene un cuaderno donde, a diario, anota quién llega al lugar y el motivo de la visita. Sostiene que desde las 4 de la tarde hasta las 8 de la noche está encargado del portón principal. Terminado su turno, procede a cobrarle $0.50 a los demás beneficiarios. Veinticinco centavos de dólar son por el derecho al uso de baños y los otros $0.25 corresponden al derecho de cama.

“FUSATE es una institución que vive con base en donaciones, huérfana del apoyo estatal”, afirma Luzzi. En este centro los adultos mayores pueden salir cuando lo deseen, siempre que sea de día. Entre ellos hay quienes todavía se encuentran hábiles para realizar una actividad que represente un ingreso económico. Y es que, en teoría, para poder quedarse en este lugar es necesario que las personas sean independientes.

El administrador de este centro asegura que, en realidad, no todos los ancianos pueden conseguir los $0.50 diarios y que, al contrario, la mayoría no los paga. Conseguir esa cantidad no es tarea sencilla en esta etapa especialmente vulnerable de la vida. Por ejemplo, hay un hombre que vende sorbetes en un carretón, pero no sin molestias. Usa unos guantes negros sobre las manos que empujan su venta para protegerse. La escena puede parecer extraña, hasta que él la explica: “El sol me molesta cuando me pega aquí, me salen ronchas”.

En su afán de conseguir monedas para el día a día, algunos venden agua en bolsa en el mercado municipal o en las calles aledañas. Otros piden dinero en la calle, unos comercian medicinas y hay hasta músicos que cobran por tocar canciones en una guitarra. Aunque este centro es ocupado por 93 personas, el administrador asegura que la cantidad de monedas que se recibe como contribución de los beneficiarios es mínima: “A veces son $5, a veces son $6”.

Rizzieri Luzzi asevera que ese dinero se ocupa como caja chica y sirve para pagar la factura del agua para este casi centenar de personas. El administrador recalca: “Aquí veo las necesidades del adulto mayor, que está abandonado. Aquí no existen entidades estatales que se dediquen a favor del adulto mayor”.

“Una ley tiene que decir de cuánto es la sanción, el proceso para ponerla y cómo esa persona puede apelar una resolución sancionatoria. La ley le pone una facultad al CONAIPAN, pero no le da el debido proceso para hacerlo y entonces, por mucho que yo vaya y vea una cosa terrible en un hogar, como CONAIPAM no lo puedo cerrar porque no existe un procedimiento legal para hacerlo”, argumenta la directora.

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SIN EDUCACIÓN, EL FUTURO SE NUBLA

“Ya vas, vas Barrabás, ya vas”, canta un hombre de cabello largo y blanco sobre una tarima. Una mujer con una camisa de estampado de tigre no puede contener la energía y se sube, de manera improvisada, a bailar junto al cantante esta canción de rock and roll. La música suena a todo volumen en el cuartel El Zapote, de San Jacinto. Sobre la tarima está la razón de este salto de euforia entre un grupo de señoras de la tercera edad. Luis López, conocido como “el Monseñor del Rock”, se agacha, toca una guitarra imaginaria, hace muecas rudas con la cara, mueve la cadera, levanta una pierna y recorre el escenario con sus mejores movimientos al estilo de Elvis Presley.

Este miniespectáculo de Luis López se realiza en el festival Acercando Generaciones, un evento de la SIS para celebrar el Mes del Adulto Mayor. Con solo tres canciones Luis López logra animar a su público. Cuando baja del escenario, algunas señoras llegan a saludarlo y a pedirle fotos. Mientras espera para irse del lugar, él comenta que la calidad de vida del adulto mayor “depende de cómo fue su vida cuando joven. Muchos tienen una vida holgada, pero la mayoría de adultos mayores yo creo que están desprotegidos porque no hay leyes que los protejan realmente. No hay instituciones que se preocupen por ellos”.

Reina. María cuenta que fue reina de la tercera edad hace algunos años. En el centro recibe visitas de iglesias y voluntarios que realizan manualidades o brindan plática y compañía a los adultos mayores.

A López se le pregunta si no es una contradicción decir que no hay instituciones que se preocupen por el adulto mayor cuando, precisamente, acaba de cantar en un evento dirigido a personas de la tercera edad. “El Monseñor del Rock” no duda en contestar.

“Este es un dulcito. ¿Cuántos adultos mayores hay en el país? Y mire cuántos hay aquí. Si es que el problema no es de darles un dulcito. El problema es de darles la oportunidad de ser productivos aunque estén viejos. Debería haber talleres vocacionales en todo el país. Y tampoco hablo de eventos. Estoy hablando de una oportunidad real de trabajo. Una oportunidad en la que el adulto mayor se pueda desarrollar hasta que muera”.

A solo unos metros del escenario camina Marta Jiménez, una mujer pensionada de 70 años. Se pasea entre las mesas que se han colocado en este evento dentro del cuartel. Dice que siempre busca mantenerse ocupada y aprender cosas nuevas.

Marta pide algunos folletos de las mesas de información de servicios en este evento y hay uno que le llama especialmente la atención. Es el que se refiere al bachillerato virtual. Cuenta que fue secretaria durante 30 años y que sabe manejar las máquinas de escribir y las computadoras, pero que su pensión no le alcanza para cubrir sus gastos y que consigue vivir con la ayuda que le dan sus hijos. Luego dice que hoy quisiera sacar el bachillerato e ir a la universidad porque nunca pudo conseguir su sueño de ser abogada especializada en derechos humanos.

El Informe sobre Desarrollo Humano 2013 de Naciones Unidas reveló que en El Salvador no existe movilidad social, es decir, que la mayoría de sus ciudadanos permanece en la situación económica de la familia en la que nacen. Romper los círculos de pobreza en cualquier etapa de la vida es una tarea difícil. La educación, por tradición, ha sido vista como la mejor herramienta para salir de esos círculos. Pero conseguirla a una edad avanzada, no es tarea sencilla.
El 31.9 % de los adultos mayores de El Salvador son analfabetas, de acuerdo con cifras oficiales. Y si la población de la tercera edad es de 808,000, eso significa que al menos 257,000 de ellos no saben leer ni escribir. Además, “entre las personas de 60 años y más, la tasa de analfabetismo es 11.7 puntos porcentuales mayor en mujeres que en hombres”.

Esa disparidad sirve para explicar por qué dentro de los círculos de alfabetización para adultos del Ministerio de Educación las mujeres doblan en cantidad a los hombres que se inscriben para aprender a leer y escribir en su tercera edad. En 2016 fueron 2,555 hombres y 4,797 mujeres. El año pasado la tendencia se mantuvo y fueron alfabetizados 2,853 adultos mayores hombres y 5,570 mujeres.

En cambio, la cantidad de adultos mayores que son voluntarios para alfabetizar es muy reducida. En todo el país, durante 2016 hubo 31 hombres mayores enseñando a leer y escribir y 29 mujeres. En 2017 la cifra se redujo aún más y solo fueron 24 hombres y 20 mujeres.

El acceso a la educación influye en los tipos de trabajo a los que las personas pueden optar. Y es ese trabajo el que, en buena parte, define la calidad de vida que tienen los adultos en su vejez. Por ejemplo, las personas que viven en el dormitorio público de Santa Tecla no son beneficiarias de ninguna pensión. Durante sus años productivos la mayoría realizó trabajos de oficios domésticos o servicios informales. Aquí hay sastres, pequeños comerciantes, y entre los pasillos también se escuchan historias de artistas, músicos y futbolistas que al llegar a la vejez no contaron con ningún sistema de respaldo.

Los adultos mayores dentro de un sistema de trabajo formal y sus beneficios son minoría. Desde 2014, en promedio, son 27,000 los hombres mayores de 60 años que cotizan al régimen de salud del ISSS y la cifra de mujeres se queda cerca de los 10,000. La cotización de estas personas representó hasta septiembre del 2017 un 3.72 % de la cifra total.

El Programa de Pensión Básica Universal consiste en una ayuda económica para personas mayores de 70 años que no se encuentran pensionadas. De acuerdo con documentos del Gobierno, esta es entregada a 32,800 personas. El monto que los beneficiarios reciben es de $50. Pero esa cifra contrasta con el precio de la canasta básica que, hasta diciembre del año pasado costó $137.84 en la zona rural y $200.39 en la zona urbana.

El acceso a la educación influye en los tipos de trabajo a los que las personas pueden optar. Y es ese trabajo el que, en buena parte, define la calidad de vida que tienen los adultos en su vejez. Por ejemplo, las personas que viven en el dormitorio público de Santa Tecla no son beneficiarias de ninguna pensión. Durante sus años productivos, la mayoría realizó trabajos de oficios domésticos o servicios informales. Aquí hay sastres, pequeños comerciantes, y entre los pasillos también se escuchan historias de artistas, músicos y futbolistas que al llegar a la vejez no contaron con ningún sistema de respaldo.

Info
Educación y alfabetismo

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Asistencia estatal. La Ley de Atención Integral para la Persona Adulta Mayor asegura que cuando la familia no se responsabilice de sus adultos mayores, el Estado debe garantizar su atención.

EL DERECHO AL BIENESTAR EMOCIONAL

Tener acceso a una pensión por jubilación también significa poder ser beneficiario de otros programas ocupacionales. Implica tener una mayor oportunidad de crear un círculo social amplio y de conseguir apoyo emocional fuera de la familia. Por ejemplo, el ISSS cuenta con siete centros de Atención de Día. Estos son espacios donde los adultos mayores se reúnen y toman clases de actividades como repujado, yoga, baile o telares. Algunos adultos pasan todo el día ahí y se reúnen con sus amigos antes de volver cada noche a sus casas.

El Centro de Atención de Día del ISSS de la colonia Layco, una casa a la que asistían cerca de 100 personas, se quemó a finales de enero. Cuando se visita este espacio, lo único que se encuentra es un portón cerrado y un encargado que cuenta que el incendio ocurrió un sábado -día en el que no había nadie– y que, probablemente, se debió a un cortocircuito.

Ahora los beneficiarios de ese centro fueron trasladados a la cuarta planta del Policlínico Zacamil, donde reciben sus talleres. A diferencia del Centro de Atención, los adultos mayores no pasan todo su día en talleres y platicando con sus amigos. Asisten a una clase que les interesa y regresan a su casa. El hospital les cede el espacio del auditorio y, si los adultos mayores quieren aprender algo, se organizan entre ellos mismos para conseguir maestros y sus propios materiales.

La socialización y que las personas se sientan parte de una comunidad es vital para la salud integral de los adultos mayores. El Ministerio de Salud registró que el año pasado atendió a 13,000 adultos mayores por ansiedad y a 7,000 por depresión. Ese número de atenciones incluso sobrepasa a las que fueron brindadas para tratar padecimientos como la demencia.

El bienestar emocional de las personas de la tercera edad es reconocido como una prioridad. La consulta de la Política Pública de la Persona Adulta Mayor reveló que el principal derecho que los adultos mayores exigen, incluso antes que el acceso a una pensión y vivienda digna, es “el cuidado que deben recibir con amor y buen trato”.

Ingreso económico correcto

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EL SISTEMA DE SALUD PÚBLICA NO ES SUFICIENTE

Sin pensiones. Al menos el 80 % de los adultos mayores del país no tienen acceso a ningún tipo de pensión. Algunos se dedican a trabajos varios e informales para poder sobrevivir.

Ya que la mayoría de salvadoreños de la tercera edad no cuenta con Seguro Social, recibe sus atenciones médicas a través de las redes de establecimientos del Ministerio de Salud. La ley de Atención Integral a las Personas Adultas Mayores reconoció hace 16 años que la atención médica geriátrica es un derecho fundamental de los adultos mayores; sin embargo, este no se cumple.

En El Salvador, una persona de edad avanzada y de recursos económicos limitados no puede recibir tratamiento especializado según su condición etaria. “El ministerio no cuenta con geriatras en sus estable cimientos, hay personal que ha sido preparado con diplomados y cursos en geriatría, pero no especialistas”, respondió la Dirección de Desarrollo de Recursos Humanos del MINSAL a través de una solicitud de información pública.

En El Salvador sí hay geriatras en el ejercicio privado. Estos son médicos que han realizado sus estudios en el extranjero ya que la especialización no existe dentro del país.

Las principales causas de muerte de adultos mayores durante los últimos cuatro años han sido infarto, insuficiencia renal crónica y neumonía. Annette Chicas, médica general y estudiante de una maestría en gerontología en línea, explica que para el tratamiento médico de una persona de la tercera edad “se necesita un doctor especializado”. De acuerdo con la profesional, al no contar con esta atención, “muchas veces se retrasa el diagnóstico y esto entorpece el pronóstico”.

“Hemos tratado de meterlo en varias universidades, no ha habido respuesta”, dice Jennifer Soundy, la titular de la Dirección de la Persona Adulta Mayor de la SIS, y asegura que cuentan con los planes de estudio de una maestría en gerontología. Luego explica que la búsqueda de esa especialización es “un salto cualitativo que tiene que hacer el MINSAL. La SIS no puede asumir los roles de todos los demás ministerios”. Soundy comenta que el año pasado la institución en la que trabaja otorgó 42 becas para un diplomado en atención geriátrica, pero solo 35 profesionales lo completaron.

Soundy denuncia ciertas acciones dentro de los hospitales que, a su juicio, están normalizadas y son violentas para la población de adultos mayores. Habla sobre la sujeción, una técnica que consiste en amarrar a las personas a las camas: “Esta es una práctica hospitalaria terrible. La excusa que le van a dar todos es que es por tema de seguridad. Para que no se caiga de la cama, pero está comprobado que muchas veces la pita con la que amarra puede ahorcar a una persona, puede lesionarla, fracturarla. Es más peligroso el remedio que la enfermedad. Y muchos de estos temas de sujeción no están regulados, o sea, hasta el ordenanza puede atar”.

También considera que otras prácticas hospitalarias de rutina, como la sola entrega del alimento, son insuficientes ante las necesidades de la vejez: “Vaya un día a un hospital y pregunte si les dan de comer, porque esa no es la práctica. Si es alguien que no puede comer por él mismo, dejarle el plato ahí es igual que no darle de comer, ¿no?”.

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CUANDO NO HAY RED DE SEGURIDAD

Joselino Ayala tiene 61 años, una manta gruesa, una mochila y una botella con agua. Eso es lo único que posee. Él duerme en una calle del centro de Santa Tecla. Es de apariencia ruda y cabello enmarañado. Hoy tiene la mirada perdida y está acostado en el suelo con las manos cruzadas sobre el pecho. Le duele una muela. A diferencia de los hogares de ancianos donde reina la música, en la acera donde Joselino duerme solo se escucha el pasar de los buses y los camiones.

Joselino es serio, pero a los 10 minutos de plática, cuando se le pregunta cómo hace para conseguir comida, los ojos le empiezan a brillar. A los pocos segundos, sus ojos no pueden contener las lágrimas que empiezan a acumularse. Joselino sigue hablando. La voz no se le quiebra y mantiene un gesto estoico. “De todos modos, qué voy a hacer, así me toca”, dice.

Él narra que cuando era joven tuvo parejas, pero que nunca pudo tener hijos. Cuenta que desde hace un par de años, cuando murieron sus padres, quedó en la calle. Pero asegura que aquí, en la calle, no le pasa nada. En un par de minutos repite cuatro veces esa misma frase, casi como un mantra.
La población de adultos mayores no está exenta de los golpes, homicidios y violencia sexual que colman los noticieros de El Salvador. La Fiscalía General de la República registró que en 2017 fueron asesinadas 192 personas mayores de 60 años. Además, desde 2014 hasta mediados de diciembre, se tuvo conocimiento de 3,012 adultos mayores denunciando un hurto ante la Policía y 3,096 denunciando amenazas.

“La persona adulta mayor es una de las víctimas más silenciosas de la violencia. Esta se manifiesta desde agresiones físicas y sexuales hasta formas más sutiles, como la negligencia o el abandono”, se asegura en la Política Pública de la Persona Adulta Mayor.

En 2016, una decena de adultos mayores fue evaluada por el Instituto de Medicina Legal por sospechas de violencia sexual. En 2017 la cifra aumentó y fueron 22 las personas evaluadas por el mismo motivo. Las agresiones no paran ahí. Hace dos años esa misma institución evaluó a 641 personas de la tercera edad por maltrato físico y el año pasado la cifra subió hasta rozar los 700.
“Aunado al silencio que generalmente encubre los escenarios de violencia contra mayores, los mecanismos de protección resultan ineficientes, lentos y burocráticos para la protección efectiva”, también se lee en la política.

“La persona adulta mayor es una de las víctimas más silenciosas de la violencia. Esta se manifiesta desde agresiones físicas y sexuales hasta formas más sutiles, como la negligencia o el abandono”, se asegura en la Política Pública de la Persona Adulta Mayor.

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ENVEJECER COMO QUIEN RECOGE FLORES

“En nuestro país no hay conciencia de que va a llegar un día en que todo mundo envejece. Cuando era joven miraba a las personas mayores y pensaba que yo jamás iba a llegar a eso y… sucede”, narra Rizzieri Luzzi, el hombre de pelo entrecano y administrador del dormitorio público de FUSATE en Santa Tecla. A su juicio, faltan políticas que permitan visualizar a la senilidad como un período en el que se recogen los frutos sembrados de una vida entera.

“La vejez es una parte integral e importante de nuestro ciclo como seres humanos, la cual debe ser valorada, como todas las otras etapas de nuestras vidas. La vejez no debe ser sinónimo de pérdida de derechos, sino que debe ser sinónimo de respeto y sabiduría”, dijo Vanda Pignato en un evento realizado para los adultos mayores el 25 de enero de este año. A pesar de los reconocimientos institucionales, El Salvador aún tiene un largo recorrido para reivindicar a sus adultos mayores.

El Estado le ha fallado a sus ciudadanos y en una misma consulta realizada gubernamentalmente, las personas de la tercera edad manifestaron que las entidades a las que les tienen más confianza son las iglesias.

Una de las internas con edad más avanzada del dormitorio público de FUSATE, María, confía también en las iglesias. Estas son las que han procurado sus comidas en el dormitorio durante los últimos años. En este tipo de espacios la principal ayuda no es estatal, sino que proviene de la caridad.

María, quien alguna vez trabajó como niñera, ahora sobrevive gracias al cuidado de otros. Es necia y, así como pide pollo, a veces pide que le ayuden a levantarse y la dejen caminar aunque tiene la cadera quebrada. Y cuando nadie le ayuda porque eso contradice las indicaciones del doctor, se para ella sola e intenta caminar sosteniéndose entre camas y paredes.

Esta tarde lluviosa de febrero está acostada y tranquila en su cama. En su pared hay recortes de corazones rojos y ella está de buen humor. Cuenta que a veces mira en sueños a su cónyuge ya fallecido: “Pero a mi esposo lo revelo como que es un muchachito así… contento. ‘Mirá, amor –me dice–, no te aflijás. Nosotros estamos bien allá. Y dentro de poco vas a llegar vos’. Están cortando flores, flores así, los manojos. Viera qué bonito. Yo por eso no me aflijo”.

Sin vivienda. El 83 % de los adultos mayores consultados para la realización de la Política Pública de la Persona Adulta Mayor dijo que no contaba con vivienda propia en la cual habitar.

El Calabozo: El retorno de una denuncia 26 años después

El Calabozo. Esta es la zona cercana al cantón Amatitán Abajo donde se ha construido un monumento para honrar a las víctimas de la masacre.
Amado Carrillo. Él denunció la masacre por primera vez en 1992. Sostiene ante los tribunales que su esposa y sus cuatro hijos fueron asesinados el 22 de agosto de 1982.

Amado Carrillo es un campesino de 78 años, de barba y cabello entrecano, del cantón Amatitán Abajo, de San Esteban Catarina, San Vicente. Esta mañana de enero cuenta que se siente un poco mal, que tiene calentura. El malestar se le nota en el cuerpo, pero ha esperado este día durante más de 20 años, así que ha ignorado la fiebre y ha decidido presentarse a un terreno cercano a la zona conocida como El Calabozo.

A unos metros del río, Amado se encuentra con el juez de Primera Instancia de San Sebastián. El juez lo presenta como la persona que “nos va a ayudar a identificar el lugar de los hechos”.

Así, a las 11 de la mañana y bajo el sol se inicia una caminata en la que la vereda se vuelve estrecha para una hilera de 30 personas. El grupo está conformado por víctimas y familiares, vecinos, periodistas, defensores de derechos humanos y peritos de la Policía Nacional Civil y Fiscalía General de la República. Este día Amado y otros dos testigos han sido llamados a identificar los lugares en los que, de acuerdo con su denuncia interpuesta en 1992, ocurrió la masacre conocida como El Calabozo.

En agosto de 1982, cientos de familias del municipio de San Esteban Catarina fueron desplazadas forzosamente de sus hogares. Los residentes de la zona afirman que caminaban durante las noches para huir de los bombardeos militares que se realizaban durante esos días en contra de la guerrilla y la población civil. Hasta que en la mañana del 22 de agosto, cuando los campesinos descansaban a la orilla del río Amatitán, al menos 200 personas desarmadas fueron emboscadas por militares. La operación militar fue nombrada Teniente Coronel Mario Azenón Palma.

A los pocos minutos de haber iniciado la caminata para realizar la inspección, se llega al río. Frente a este se ha construido un monumento con los nombres de personas que murieron en la masacre. El monumento está compuesto por unas placas y unas paredes pequeñas para protegerlas.

Las placas se colocaron en el lugar en el que Amado perdió a su esposa y a cuatro hijos cuyas edades iban desde los 14 meses hasta los 14 años. La mayoría de los presentes en este trámite desconoce el paradero de las osamentas de sus familiares. Ellos cuentan que a varios cadáveres se los llevó la corriente del río porque cuando sucedió la masacre era invierno y llovía torrencialmente; otros, fueron comidos por animales.

En un espacio entre el río y el monumento a las víctimas, el juez comienza a interrogar a Amado. La entrevista no dura más de cinco minutos.

—Necesito que me cuente, enseñándome los lugares posibles que usted recuerde, por favor –le indica el juez a Amado.
—Lo que yo recuerdo no se olvida en la memoria. Aquí fue un lugar difícil, donde el Batallón Atlacatl de allá empezó a disparar –dice y señala a unos 10 metros de distancia, del otro lado del río.

El denunciante asegura que cuando fueron atacados, ya llevaban varios días huyendo de la represión militar en la zona. Cuando el juez le pregunta qué hacía tanta gente agrupada al lado del río, Amado se limita a contestar que “únicamente esperándola”. El juez se muestra confundido y vuelve a preguntar:

—Déjeme entender. Estas personas tenían tres días de estar aquí, ¿pero qué estaban haciendo? Usted me dice esperando, ¿esperando qué?
—Esperando la muerte –responde Amado– porque los perseguían a los niños y ancianos.

Más de 200. De acuerdo con los listados de familiares de víctimas de la masacre, los muertos y desaparecidos fueron entre 200 y 250 personas incluyendo a niños, mujeres y ancianos.

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UNA DENUNCIA INTERPUESTA EN 1992

Amado termina de brindar su declaración y el juez y peritos se dedican a escuchar el testimonio de otras dos personas. Este trámite no es una reconstrucción de los hechos, pero sirve para identificar los lugares donde ocurrió la masacre.

Si el caso avanza y se logra abrir un juicio, estos puntos serán importantes para determinar la veracidad o falsedad de los testimonios de los denunciantes. Por ello, los peritos se dedican a tomar nota de los espacios que los sobrevivientes les indican.

A partir de la declaración de Amado se identifican tres lugares. Del lado del monumento en honor de las víctimas quedó definido el lugar en el que los campesinos se encontraban antes de ser asesinados. Después se identificó el lugar desde el que se cree que militares dispararon contra los campesinos. Por último, un terreno cercano al río que se encuentra a varios metros de altura quedó establecido como el escondite en el que Amado se puso a salvo y desde el cual escuchó cómo mataron a su familia.

La segunda testigo en la diligencia es una mujer que va vestida de negro y está visiblemente afectada por la declaración. Dice que era una niña cuando todo pasó y lleva los ojos vidriosos. La mujer cuenta que vino a esta zona “por temor, aquí estábamos escondidos. Era como una playita. Se escuchó la balacera y nosotros, como éramos niños, salimos corriendo a escondernos en un palito de pitarrillo. Ahí pasamos como tres días”.

La tercera persona que declara cuenta que él va a mostrar la tumba de sus familiares. Esta se encuentra al otro lado del río. Él asegura que ahí está enterrada “una parte de huesitos de mi familia. Una parte de los huesitos porque los zopes ya habían venido al lugar y era invierno”.

Cuando los tres testigos terminan de dar sus declaraciones, se procede a tomar fotografías de los sitios mencionados por ellos. El juez le comenta a los peritos: “Hay un indicio claro de que ocurrió el evento que han denunciado”.

Esta afirmación informal del juez llega más de un cuarto de siglo después de la denuncia de Amado. Él cuenta que un día por la tarde, después de que se firmaron los Acuerdos de Paz, unos amigos se acercaron a él para preguntarle si se animaba a ir al juzgado de San Sebastián a denunciar la masacre. Ya había pasado una década desde que había perdido a su familia, pero Amado no estaba seguro de que esa fuera una decisión segura. “Nos encontramos un poco pensativos porque no era fácil lo que había sucedido”, acepta.

De acuerdo con documentación oficial, la denuncia se interpuso en julio de 1992 y en ese año también se ordenó una primera inspección del lugar. Esas diligencias estuvieron a cargo de otro juez. En esa inspección se determinó que debido a las características del lugar era difícil encontrar vestigios de lo denunciado.

La segunda testigo en la diligencia es una mujer que va vestida de negro y está visiblemente afectada por la declaración. Dice que era una niña cuando todo pasó y lleva los ojos vidriosos. La mujer cuenta que vino a esta zona “por temor, aquí estábamos escondidos. Era como una playita. Se escuchó la balacera y nosotros, como éramos niños, salimos corriendo a escondernos en un palito de pitarrillo. Ahí pasamos como tres días”.

El caso no avanzó y en 1999 fue archivado. Pero en 2006, el abogado David Morales, exprocurador para la Defensa de los Derechos Humanos y acusador particular, presentó una denuncia contra altos mandos de la Fuerza Armada de El Salvador “por la comisión de los delitos de asesinato, actos de terrorismo, daños agravados, otros estragos, robo y privación ilegal de la libertad en perjuicio de miles de personas de San Esteban Catarina”.

Morales solicitó el desarchivo del proceso penal, pero el tribunal de San Sebastián declaró que el desarchivo no podía proceder debido a la aplicación de la Ley de Amnistía de 1993. Esos hechos quedaron registrados así en la documentación de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia.

Tras la negativa de los tribunales locales para reactivar el caso, los denunciantes solicitaron un amparo ante la Sala de lo Constitucional. Y en noviembre de 2016, este organismo resolvió que “durante casi 24 años la actividad investigativa ha sido nula” y determinó que esa inactividad “implicó una desprotección para los derechos fundamentales de los sobrevivientes y familiares de las víctimas”.

Nuevas generaciones. Ledy Rosales y Dayana Rosales son bisnieta y tataranieta de Cornelio Rosales, un anciano de 86 años que fue señalado como “extremista” para las fechas de la masacre de El Calabozo.

Además, la sala valoró que el argumento de la aplicación de la Ley de Amnistía no era válido porque al momento en el que el tribunal se negó a desarchivar el caso “la jurisprudencia constitucional ya había establecido que dicho beneficio no era aplicable en aquellos casos en los que se impidiera la protección y la garantía de los derechos de las víctimas o sus familiares; es decir, aquellos delitos cuya investigación persiguiera la reparación de un derecho fundamental”.
Como resultado del amparo, se ordenó que “esta investigación debe ser realizada a través de todos los medios legales disponibles y orientarse a la determinación de la verdad”. Por ese motivo, el tribunal de Primera Instancia de San Sebastián se vio obligado a retomar las labores de indagación.

Si en estas averiguaciones se considera que hay suficientes indicios para llevar el caso a juicio, este seguiría una modalidad parecida a la del juicio de la masacre de El Mozote, donde se aplican las leyes vigentes de la época en la que ocurrió la matanza. En el caso de El Calabozo, se utilizaría el Código Penal y Procesal Penal de 1973. Esa es la razón por la que el juez de Primera Instancia está presente en la inspección de lugares, pues el Código de 1973 lo reconoce como juez-investigador. Es decir que en esta etapa las averiguaciones están encabezadas por él y no por la Fiscalía General de la República.

El juez se acerca al río y las personas que han dado su declaración se colocan en los lugares donde quedaron los cadáveres de sus familiares para servir de referencia en las fotografías que se anexarán al caso. Amado camina un poco y se para justo donde él recuerda haber visto a los primeros soldados del Batallón Atlacatl listos para dispararle a la gente. A Amado aún le falta ser fotografiado en el tercer lugar que ayudó a identificar, pero su cuerpo no es tan ágil como lo era cuando ocurrió la masacre, y caminar hasta arriba de una cuesta, donde permaneció escondido en 1982, ahora es un reto. Antes de seguir, se sienta en un borde de cemento, respira despacio y admite lo evidente: “Algo mal me siento”.

El juez le explica que lo van a esperar, pero Amado se desespera al sentirse observado y saber que el trámite se demora por él. Se levanta de inmediato y empieza a caminar cuesta arriba.

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SOBREVIVIR A LA MASACRE

Amado sobrevivió porque logró esconderse entre el monte. Él cuenta que por horas tuvo que mantenerse inmóvil mientras escuchaba lamentos. Aprovechó una tormenta que ocurrió después de la masacre para poder salir de su escondite. “Y me perdí. Anda muerto uno en esos momentos. Las grandes tragedias y uno solo, sin comer y sin beber, no… sino es fácil. Le cuento la realidad. Yo oía aquella clamazón del río”, recuerda.

Amado se pone la mano izquierda sobre la frente y baja la mirada mientras cuenta que un par de días después volvió a la zona de la matanza: “¡Ay!, a ver aquello. Gran desorden, los hombres que habían quedado los pusieron bocabajo… encima, como formando picardía… y cortaron ramas y les dieron fuego”. Cuando habla de los cadáveres, sus ojos se mueven por el suelo como buscándolos entre la tierra del suelo.

Amado sobrevivió porque logró esconderse entre el monte. Él cuenta que por horas tuvo que mantenerse inmóvil mientras escuchaba lamentos. Aprovechó una tormenta que ocurrió después de la masacre para poder salir de su escondite. “Y me perdí. Anda muerto uno en esos momentos. Las grandes tragedias y uno solo, sin comer y sin beber, no… sino es fácil. Le cuento la realidad. Yo oía aquella clamazón del río”, recuerda.

Tras la masacre algunos de los sobrevivientes se incorporaron a las filas de la guerrilla. Uno de ellos es Marcial Bolaños, el actual alcalde de San Esteban Catarina. Él asegura que tenía 16 años cuando se salvó porque otra persona lo ayudó a enterrarse y le colocó piedras y hojas encima para que no fuera detectado. El narra que su padre también sobrevivió porque fue dado por muerto. “Mi papá sobrevivió con la misma sangre de Edgardo y de Elsa, mis hermanos, porque con esa misma sangre se le cubrió el rostro”, cuenta desde la oficina municipal. Él dice que se incorporó a la guerrilla después porque “¿qué más quedaba? Era más la irritación de la sangre”.

Bolaños se encarga de resaltar que la muerte de su madre y hermanos fue lo que lo impulsó a unirse a la guerrilla. Él no acepta el argumento de la época que decía que las personas que murieron en El Calabozo eran guerrilleras. “Imagínese usted, la última hermana que yo andaba chineando tenía ocho meses, ¿qué combatiente era ella? La otra hermana tenía tres, la otra cinco, el otro tenía siete años. ¿Qué guerrilleros iban a ser?”, pregunta exaltado.

Los hechos de El Calabozo están incluidos dentro del informe de la Comisión de la Verdad en el apartado de “Masacres de campesinos por la Fuerza Armada”. Los otros casos que acompañan esta sección son la masacre del Sumpul y la de El Mozote. El informe estableció que “el Gobierno informó al público que había sido un éxito que se había dado muerte a numerosos guerrilleros”, pero la comisión concluyó que existen pruebas suficientes de que “efectivos del Batallón Atlacatl dieron muerte deliberadamente a más de 200 civiles, hombres, mujeres y niños que habían apresado sin resistencia”.

Alonso Rosales. El hijo de Cornelio Rosales asegura que su padre no fue guerrillero y que por lo tanto, se encontraba desarmado cuando fue capturado por soldados en 1982

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CUANDO UN CORTE DE CABELLO SIGNIFICA LIBERTAD

Amatitán. El río ha sido símbolo de vida. Ahí se divierten y hacen oficio los lugareños. En 1932 el agua del río se tiñó de rojo y arrastró los cadáveres de la masacre de El Calabozo, San Vicente.

Los días 23 y 24 de agosto de 1982, la prensa nacional retomó la versión oficial de los hechos y publicó textos relacionados con los acontecimientos que se vivieron en los cantones de San Esteban Catarina. Los titulares fueron: “Subversivos se entregan en San Vicente” y “FMLN sufre gran número de bajas”. Una nota de la época fue acompañada de una fotografía en la que se observa a siete campesinos capturados. En la fotografía resaltan un niño de 11 años sin camisa y un par de ancianos de más de 80 años descalzos. En la noticia se les identificó como “extremistas” y “terroristas”.

La figura que más sobresale en la fotografía, porque está al centro y por su altura, es la de Cornelio Rosales Rodríguez, un hombre de 83 años. Él mira hacia el frente con el ceño fruncido, tiene el cabello blanco despeinado y viste una camisa clara de botones.

Casi 36 años después de que se tomó esa fotografía, en esta tarde del último día de enero, una figura idéntica a la de Cornelio Rosales sobresale en la misa del cantón Amatitán Arriba. Es Alonso Rosales, hijo de Cornelio, un hombre de mirada clara y voz triste. Su caballo lo espera amarrado afuera de la iglesia. Cuando la misa de las 2 de la tarde termina, Alonso sale del templo y se sorprende cuando se le muestra la foto de su padre capturado. “Sí, es mi papá”, acepta.

Los retos de este caso ya se veían en 1992, cuando solo había pasado una década desde la masacre. Los documentos oficiales sostienen que durante la primera inspección “realizada el 29 de julio y ampliada el 1.º de agosto de 1992 se determinó que en dicho lugar era difícil encontrar vestigios que ayudaran a establecer los hechos denunciados, tanto por el tiempo transcurrido como por las características del lugar”.

Alonso tiene 72 años y cuenta que salvó su vida en dicho operativo porque en lugar de tomar el camino hacia El Calabozo, su familia y él caminaron hacia otra zona conocida como Tortuguero. Pero al “salir a la calle del Tortuguero ahí estaban los soldados y empezaron a tirar luces de bengala, y ahí se me quedó mi papá perdido; y ahí lo capturaron”.

El recorte del periódico sostiene que el terrorista Cornelio Rosales tenía 83 años cuando fue capturado, pero Alonso cree que su padre tenía al menos tres años más. “Yo de mi papá volví a saber a los seis meses. A mi papá se lo llevaron al cuartel de San Vicente”.

Alonso asegura que a su padre lo detuvieron porque “los soldados decían que era guerrillero… un viejito de 86 años, ¿qué guerrillero iba a ser?” La carta de libertad para Cornelio vino meses después, cuando en el cuartel le iban a cortar el pelo. Ahí, mientras a Cornelio Rosales le hacían un corte, un peluquero que trabajaba para el ejército lo reconoció. Eran parientes lejanos y eso sirvió para poder recuperar la libertad.

“En el cuartel de San Vicente trabajaba un yerno de una sobrina de mi papá. Y ese yerno era peluquero. Así fue como lo sacaron de ahí a mi papá”, cuenta Alonso. Cuando se reencontraron hablaron sobre el trato que recibió mientras estaba detenido y “quizás cayó bien el viejito, porque era bien pasivo. No lo torturaron”, reconoce Alonso. Hablar de su papá lo emociona. Conversa pocos minutos fuera de la iglesia y luego se sube en su caballo rumbo a su casa.

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LOS RETOS DE UN CASO SIN CADÁVERES

Marcial Bolaños. El alcalde de San Esteban Catarina asegura que es sobreviviente de la masacre. Él cree que la justicia le ha dado una “respuesta confusa” a las víctimas y familiares.

“Al agua se le respeta”, dice el juez encargado de las primeras diligencias de este caso reactivado. La gente de Amatitán bien lo sabe. Este mismo río que ahora no es profundo y se observa de caudal reducido es el que se llevó los restos de sus familiares y vecinos en aquel invierno de 1982.

Y ese es uno de los principales retos que rodean al caso. Además de las trabas legales a las que se ha enfrentado durante 26 años, hay otros retos que se deben superar, si se quiere individualizar a los responsables de la matanza.

A pesar de los programas de reparación a víctimas y de las pedidas de perdón que se han hecho durante los últimos dos gobiernos del FMLN, el acceso a la información oficial sobre operativos militares durante la guerra, por tradición, ha sido denegado. Incluso en 2014, el Ministerio de la Defensa le prohibió la entrada a personal del Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP). El IAIP buscaba documentos de planes militares y personas que participaron en violaciones a los derechos humanos. En abril del año pasado ese instituto aseguró que Defensa destruyó documentos relacionados con operativos militares.

Los retos de este caso ya se veían en 1992, cuando solo había pasado una década desde la masacre. Los documentos oficiales sostienen que durante la primera inspección “realizada el 29 de julio y ampliada el 1.º de agosto de 1992 se determinó que en dicho lugar era difícil encontrar vestigios que ayudaran a establecer los hechos denunciados, tanto por el tiempo transcurrido como por las características del lugar”.

A pesar de las condiciones, en esa ocasión sí se logró encontrar “restos de algunas ropas, las cuales fueron señaladas por la señora Corina Roxana Aguilar Carrillo –testigo y ofendida– como las que utilizaba su madre el día que ocurrieron los hechos”. Pero hoy, varios lustros más tarde, la posibilidad de encontrar pruebas físicas de este tipo se ven limitadas.

Cerca de la 1 de la tarde, la inspección se traslada hacia otra zona. La hilera de personas que acompañan a las víctimas y a los funcionarios cruza el río Amatitán. Los lugareños cruzan el río de forma grácil a diferencia de otras personas que se deslizan entre las piedras y se mojan la ropa y los zapatos. Cuando Amado Carrillo ve que la gente no encuentra forma de cruzar al río, busca un tronco grande y lo coloca sobre las piedras para que el resto de gente pueda pasar.

A los pocos minutos se encuentra una tumba verde con tres cruces y dos coronas propias del día de muertos; una es amarilla y la otra es blanca. La persona que ha venido a mostrar esta ubicación repite lo que contó en su declaración un par de horas antes: “Estaban todos revueltos los huesos. No le puedo decir de quién eran propiamente”.

Ante esto, el juez del caso le comenta al personal de Fiscalía que lo acompaña que van a tener que solicitar la intervención del Equipo Argentino de Antropología Forense cuando se ordene la exhumación de estas víctimas. Este equipo trabajó también en las exhumaciones que se llevaron a cabo en la zona de la masacre de El Mozote.

El juez habla de ADN y de identificación de las personas, pero un comentario del personal de la FGR lo hace aterrizar. Mencionan la palabra presupuesto y también se habla de trabajar con limitaciones. El optimismo se retiene.

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EL DERECHO A LA VERDAD

En los últimos años la masacre de El Calabozo ha sido reconocida estatalmente y se han realizado actos simbólicos en aras de la reparación de las víctimas. A finales de 2016, la Secretaría de Cultura nombró bien cultural al sitio donde ocurrieron los asesinatos. La representante de SECULTURA en el acto aseguró que la declaratoria se hacía en cumplimiento al Programa de Reparaciones a las Víctimas de Graves Violaciones a los Derechos Humanos ocurridas durante el Conflicto Armado.

También, en agosto de 2017 el Estado salvadoreño pidió perdón a los familiares. Los actos han tenido la aprobación de los lugareños, sin embargo, en los sobrevivientes prima un aire de desconfianza cuando se habla de la puesta en marcha de la justicia en tribunales.

En este lugar lo que más se exige es conocer la verdad y las motivaciones de estos operativos. La Sala de lo Constitucional resolvió hace más de un año que al conocer lo sucedido en estos hechos “se posibilita la memoria colectiva, la cual permitirá construir un futuro basado en el conocimiento de la verdad… para evitar nuevas vulneraciones de los derechos fundamentales”.

La idea de perdón en esta zona no es homogénea. Algunos sobrevivientes de la masacre y familiares de las víctimas dicen que ya están listos para perdonar a quienes mataron a sus seres queridos. Otros no se sienten tan seguros de poder hacerlo. Pero en algo sí coinciden: necesitan que se haga un proceso judicial para identificar responsabilidades. Creen que eso le va a servir al país entero para poder escribir la historia de manera justa. Amado Carrillo, el campesino de barba y cabello entrecano, explica lo que busca conseguir desde hace 26 años, cuando interpuso la denuncia: “Aquí no es venganza, sino que son hechos que no se pueden quedar en el olvido”.

Monumento. En 2016 la Secretaría de Cultura nombró bien cultural al espacio donde ocurrió la masacre de El Calabozo. Hasta la fecha nadie ha sido procesado por estas muertes.

Reponerse de la depresión 12-E siete años después

Vulnerabilidad. Las casas de la comunidad 30 de Abril están construidas con materiales que no los protegen de las inclemencias del clima.

“Gracias a Dios las pobrezas que sentíamos eran lo normal, porque sin dinero se sufre”, es lo único que responde Eloísa Salguero cuando se le pregunta en qué momento de su vida ha vivido mejor. Eloísa es una mujer morena, pequeña y de cabello blanco. Esta mañana está molesta porque el árbol de limón que sembró ya da frutos, pero no ha crecido lo suficiente para dar sombra. Lo mismo pasa con los almendros. Por eso, le apena no poder invitar a platicar bajo la sombra de algún árbol, sino a la sombra de la pequeña casa de lámina en la que vive con su hijo.
Eloísa sabe que la pobreza no solo se traduce en problemas consiguiendo dinero para la comida. En su caso, la pobreza ha implicado la posibilidad de enfrentarse contra la Unidad de Mantenimiento del Orden de la Policía para poder ocupar la tierra en la que ahora vive. Y es que la comunidad 30 de Abril se formó cuando un grupo de ciudadanos se tomó un terreno propiedad del Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA) en 2012.
La usurpación de estas tierras no fue una decisión basada en el capricho. En octubre de 2011 no dejó de llover durante una semana por la depresión tropical 12-E. Durante esa tormenta llovió más de lo que se registró durante el huracán Mitch. Al menos 21 ríos se desbordaron y se contabilizó más de 30 muertos. Eloísa y su familia casi pierden la vida. Ella residía en las cercanías de un río que se desbordó y destruyó su antigua casa. Por eso se tomó una parte de las tierras para no vivir entre el peligro y el fango.
En la comunidad en la que ahora reside, la organización interna ha sido vital. Varios vecinos cuentan que durante los primeros días que llegaron a este terreno, la mayoría de familias dormía al aire libre, las personas no dejaban de toser por el polvo y pasaban frío durante toda la noche. Ahora, a través de su organización, la gran mayoría ya ha logrado conseguir las escrituras del espacio que habitan y construir sus casas de lámina.
Aquí se vive en los márgenes, pero sus habitantes hablan con esperanza del futuro. En él se imaginan calles asfaltadas, agua potable, alumbrado público y casas construidas con bloques de hormigón. La situación de vivienda de esta zona no es una anormalidad. De acuerdo con la Dirección General de Estadísticas y Censos, al menos el 11 % de los hogares salvadoreños están construidos con lámina, bajareque o palma.

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LA TORMENTA QUE FORMÓ UNA COMUNIDAD

Vivienda. De acuerdo con la Dirección General de Estadísticas y Censos, al menos el 11 % de hogares salvadoreños está construido con lámina, bajareque o palma.

Dolores es una mujer de 33 años dedicada al cuido de sus hijas y su comunidad. En octubre de 2011, ella vivía frente al río Los Patos con su esposo, sus hijas menores de 10 años y su madre, Eloísa. Su esposo trabajaba en el campo y además, estaba encargado de cuidar un terreno y sus propiedades. Como parte del trato, el dueño del terreno le dio permiso de usar un espacio en el que la familia podía vivir.
En El Salvador casi la mitad de familias no es propietaria de su vivienda. El 47.2 % de los hogares vive como inquilino, colono o en otra situación irregular, de acuerdo con la última Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples.
A pesar de no tener lujos, Dolores recuerda que en esa casa vivía tranquila. El sábado 15 de octubre de 2011 todo cambió. Durante la noche empezó a escuchar cómo caía la lluvia y pensó que era un aguacero más. Ella no supo que lo que se venía era una tormenta en la que caería más agua que durante el huracán Mitch. La zona del río Los Patos “es bien apartada, no teníamos ni televisor ni nada, no podíamos ver ningún noticiero”, cuenta hoy Dolores.
El río Los Patos dividía la casa de Dolores de la calle principal, donde pasaban los buses y carros. Para salir hacia la calle se utilizaba un puente, pero cerca de las 8 de la noche, este dejó de existir. Dolores pensó primero que se trataba de un rayo. Su esposo salió a ver y confirmó uno de sus más grandes miedos: el puente se cayó y la familia quedó aislada.
A los pocos minutos el nivel del agua del río subió hasta que empezó a inundar la casa. Dolores y Eloísa colocaron la ropa, los trastes y los guacales sobre las camas para que no se mojaran. De nada sirvió. A los minutos el nivel del agua subió tanto que levantó las camas. Los vecinos empezaron a llamar a Dolores y a su familia para que salieran de la casa, pero ya no había forma de cruzar el río y llegar a terreno seguro. La familia solo logró salir de la casa y colocarse en un espacio un poco más alto dentro del mismo terreno en el que vivían. Intentaron ponerse a salvo en lo que ellos describen como una “cuchera”.

La familia de Dolores pasó cinco meses intentando volver a reconstruir la vida en el mismo lugar que casi se las arrebata. No tenían a dónde más ir. Alquilar una casa no era una opción real. La lucha diaria era para reponer otras necesidades urgentes. “Acuérdese que mi esposo trabaja en el campo, entonces, ¿qué son $40 que gana? No le alcanza a veces ni para los alimentos a uno y ya para hacerse de trastes y de ropa, ya es bien difícil”, explica.

De tierra. Los vecinos se quejan del polvo al que se enfrentan a diario. Ninguna de sus calles principales está pavimentada. Lo mismo sucede con los canales para que corra el agua, la mayoría es de tierra.
Peligro para la salud. Una investigación de la Universidad de El Salvador apuntó que la comunidad es atravesada “por tuberías de captación de agua potable y por colectores de aguas

El dueño del terreno solía criar cerdos durante otros años y había construido una estructura metálica para que los animales se alimentaran. Cuando el agua subía y subía, los adultos pusieron una colchoneta sobre esa estructura de metal. Sobre la colchoneta colocaron a las niñas pequeñas y los adultos la mantuvieron sujetada toda la noche mientras rezaban para que el agua no siguiera subiendo. Si llovía más, creían que al menos las niñas tendrían la posibilidad de salvarse.
Ni Eloísa ni Dolores sabían nadar y el cuerpo se les llenó de miedo. La luz de los rayos que caían les servían para ver que ya no quedaba nada seco alrededor. El río se había desbordado completamente y el agua subió hasta cubrirles la cintura. Dolores dice que llamó por horas a la Policía para que su familia fuera rescatada, pero el rescate nunca ocurrió.
A la mañana siguiente, la familia vio que una refrigeradora flotaba. Esa refrigeradora no servía desde hace tiempo y la habían sacado al patio. Al esposo de Dolores se le ocurrió ocuparla como balsa para cruzar así el río desbordado. Ahí se transportaron Dolores, su madre y sus hijas. “Cuando ya me llevaban a mí, me dieron vuelta a medio camino en lo más hondo, pero rápido me agarraron y me sacaron”, cuenta Dolores entre risas nerviosas.
Cuando llegó a tierra segura, la familia de Dolores fue trasladada a un albergue. Ahí se encontró con más personas que pasaron por situaciones similares. Esta tormenta dejó al menos a 50 mil evacuados a escala nacional. Y cuando el sol volvió a salir, algunos de los afectados se enfrentaron con una nueva realidad: habían perdido sus hogares.
La familia de Dolores pasó cinco meses intentando volver a reconstruir la vida en el mismo lugar que casi se las arrebata. No tenían a dónde más ir. Alquilar una casa no era una opción real. La lucha diaria era para reponer otras necesidades urgentes. “Acuérdese que mi esposo trabaja en el campo, entonces, ¿qué son $40 que gana? No le alcanza a veces ni para los alimentos a uno, y ya para hacerse de trastes y de ropa, ya es bien difícil”, explica.
El 30 de abril de 2012, ella se enteró de que otras familias afectadas por la misma tormenta se tomaron unas tierras que no se inundaban y en las que no vivía nadie. Su familia llegó al terreno y trasladó algunas de las pocas cosas que lograron salvar del agua y del fango para empezar a construir una casa temporal con palos, láminas y pedazos de plástico.
Los residentes cuentan que cuando llegaron a estas tierras, la UMO se hizo presente. Ahí la comunidad dio su primera muestra de organización. De acuerdo con un empleado de la Alcaldía de Ciudad Arce, unos vecinos llamaron a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y a través de mediación, sin violencia, 176 familias lograron quedarse en el terreno.

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LA CLAVE PARA CONSTRUIR: LA ORGANIZACIÓN
Dolores cuenta que en este terreno no había vegetación y “a veces pasaban tormentas y, como no había ningún árbol, nos rompían las carpetas, se llevaban las champitas y volvíamos a empezar de cero otra vez”. A pesar de esos problemas, preferían reconstruir a tener que vivir a la orilla del río.
Así vino la necesidad de organizarse formalmente. Se creó una directiva comunal y se empezaron a hacer gestiones para obtener los títulos de propiedad de esas tierras. A los pocos meses, “falleció la persona que estaba encargada, entonces nos reunimos con unas amigas ahí en mi casa y dijimos: ¿Y por qué no nos organizamos nosotras como mujeres?”, narra Dolores.
Ella se convirtió durante 2013 en la presidenta de la asociación de mujeres de la comunidad. Ya organizadas, las mujeres empezaron a enviar cartas a la alcaldía, a ciertas ONG, al Ministerio de Gobernación y al ISTA para conseguir ayuda y legalizar su situación de vivienda. La palabra se corrió pronto y en los siguientes meses llegaron a vivir a este sitio más personas hasta conformar hoy un grupo de 700 familias. Cinco años después de la tormenta, en diciembre de 2016, la mayoría de habitantes de la 30 de Abril recibió sus escrituras.
La organización de mujeres no solo tuvo incidencia consiguiendo las tierras, también fueron capacitadas por otras organizaciones para formar el Comité de Protección Civil Comunal. Además, se convirtieron en un enlace entre la alcaldía y los vecinos ante cualquier emergencia. En caso de que algo urgente suceda, Dolores guarda en su hogar un megáfono. Ella puede activar la alarma de ese aparato cuando quiera informar de una necesidad a la comunidad. Cuando la alarma suena, las personas organizadas saben que deben llegar a la casa de Dolores.

LA VULNERABILIDAD TAMBIÉN ES ECONÓMICA

Mayra es una mujer risueña, blanca y de plática tendida que acepta conversar debajo de un árbol frente a una cancha de fútbol. A los pocos minutos de charla, varios zompopos caen desde unas ramas y ella solo se los sacude y sigue hablando.
El esposo de Mayra trabaja en una fábrica. Ella es ama de casa y sale unos días a la semana a hacer trabajos domésticos en Santa Tecla para aportar dinero a su familia. Ella también fue afectada por la depresión 12-E. Era vecina de Dolores y pasó una parte de la noche, desde lejos, gritándole y buscando una respuesta o un grito que le confirmara que su amiga estaba bien.
“Mi casa era de lámina y madera sencilla, (con) palos que uno hallaba a la orilla del cerco y estaba medio encementada de abajo para no patear solo tierra”, cuenta Mayra mientras se sacude un par de insectos. En esta zona la mayoría de afectados durante la tormenta fueron personas de bajos ingresos económicos.
Mauricio Quijano es el director del Programa de Desarrollo Comunitario de la Fundación Cristosal e impulsa proyectos en este terreno. Es una de las personas que más conoce las condiciones de vida de los habitantes de este sitio. “La vivienda es precaria, las calles internas todavía se inundan cuando llueve, las nubes de polvo son exageradas, el calor es intenso y no hay mayor vegetación”, describe desde San Salvador.

“Si se da un desastre natural, se generan desplazamientos. ¿Por qué razón? Porque la población habita en zonas que son vulnerables. Pero ¿por qué habitan en zonas vulnerables? Probablemente por falta de oportunidades socioeconómicas no tienen acceso a un hogar en un lugar seguro”, explica Mauricio Quijano, director del Programa de Desarrollo Comunitario de la Fundación Cristosal.

Eloísa. Ella es una habitante de la comunidad 30 de Abril y ya obtuvo el título de propiedad de su terreno. Pertenece al Comité de Protección Civil Comunal.

Quijano entiende la vulnerabilidad de los salvadoreños ante fenómenos de la naturaleza como un tema atravesado por la clase social de las personas. El experto pone un ejemplo: “Si se da un desastre natural, se generan desplazamientos. ¿Por qué razón? Porque la población habita en zonas que son vulnerables. Pero, ¿por qué habitan en zonas vulnerables? Probablemente por falta de oportunidades socioeconómicas no tienen acceso a un hogar en un lugar seguro”.
En 2009, El Salvador fue nombrado el país con mayor vulnerabilidad ambiental en el mundo. De acuerdo con el Índice Global de Riesgo Climático, durante 2016, El Salvador se ubicó en la posición número 116.
Mayra cuenta que volvió a su antigua casa después de la tormenta. “Daba sentimiento ver que había gente que había perdido muchas cosas, guacales, ropa, gallinas, perritos, vacas”. Lo que le quedó de su casa estaba lleno de lodo. Pronto compró detergente y lejía para intentar salvar algunas pertenencias. Meses después, se trasladó hacia la comunidad con los mismos colchones que se habían llenado de agua sucia y lodo.
“Este tipo de desplazamientos que surgen por desastres naturales, falta de oportunidades socioeconómicas o incluso por la violencia están en todo el país”, asegura Mauricio Quijano.
Mayra dice que a la orilla del río Los Patos aún viven varias familias afectadas por la tormenta 12-E. Ella asegura que no han querido moverse hacia esta zona porque “no se acostumbran a la vida que uno puede tener aquí. No se acostumbran a que aquí se sufre”.
Los problemas al llegar al establecerse en este terreno fueron acumulándose. A las carencias de una vivienda digna, agua potable y electricidad para todos, se le suma la percepción de inseguridad que la comunidad representa para los vecinos de otras colonias cercanas. A unos metros de donde Mayra platica hay casas que ya no pertenecen a la 30 de Abril. Ahí, una mujer habla de lo peligrosos que son estos vecinos. Ella sospecha que ahí viven pandilleros.

Más de 700. Son las familias que han luchado por construir una vivienda digna en la comunidad 30 de Abril.

Los líderes comunitarios aseguran que este es un territorio por el cual se puede transitar con tranquilidad. En las casas no se observa ninguna pinta alusiva a pandillas.
Mauricio Quijano asegura que aquí se enfrentan a la discriminación porque viven en los márgenes. “Cuando vemos la pobreza, tendemos a asociarla con delincuencia, cuando no necesariamente es así”, afirma. El director del Programa de Desarrollo Comunitario de Cristosal subraya la necesidad de prevenir: “La comunidad 30 de Abril está llena de niños y niñas que dentro de cinco años serán adolescentes, y si se siguen enfrentando a problemas de exclusión, de pobreza, de precariedad, entonces estaríamos hablando de una población que está en riesgo, pero decir que una población está en riesgo no es equivalente a estigmatizarla”.

“En un banco presté unos $600, en otro $300, a modo de que por eso tengo esa champita levantada. Así, luchando. Pero estoy enjaranada en tres bancos. En uno pago $31.25. Este sábado que viene voy a pagar $44 y en el otro voy a pagar $62”, dice María antes de encender la plancha de tortillas”.

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Sobre las tierras. Adalberto Mejía, promotor social, asegura que la obtención de los títulos de propiedad representa “un triunfo en poco tiempo” para la comunidad. En la fotografía de arriba se observa a Mayra Argueta, y en la de abajo, a Dolores Mejía. Ambas son residentes de la 30 de Abril.

LAS CARENCIAS ACTUALES
Es un jueves de enero cerca del mediodía y María Rivera, de 57 años, recién se ha bañado para empezar su jornada haciendo tortillas. Tiene una cabellera larga y gris, y cuando habla junta las manos frente a su cara. Parece que reza, aunque en realidad habla de cuánto le debe a tres bancos distintos.
“En un banco presté unos $600, en otro $300, a modo de que por eso tengo esa champita levantada. Así, luchando. Pero estoy enjaranada en tres bancos. En uno pago $31.25. Este sábado que viene voy a pagar $44, y en el otro voy a pagar $62”, dice antes de encender la plancha de tortillas.
María no solo debe preocuparse por ella. Vive con su esposo y también tiene tres nietos a su cuido porque su hija trabaja en San Salvador. La hija le ayuda económicamente y la visita una vez a la semana. “Yo saco la comidita de acá –dice y señala el puesto de tortillas– de lo que yo voy vendiendo, voy comprando la comida y ya los que trabajan afuera, ya es para pagar el banco”.
Solamente en deudas a bancos María paga $137 al mes. Los préstamos los adquirió intentando construir su hogar. Por ejemplo, instalar la luz eléctrica le costó $400, asegura. Además, gasta $10 mensuales exclusivamente en conseguir agua para beber. El agua que ocupa para bañarse, lavar platos y lavar la ropa la obtiene de un pozo que los hombres de su familia cavaron durante una semana. Esa agua está contaminada porque a solo unos metros del pozo se encuentra la fosa séptica de la casa. Esta es la regla en la comunidad.
La presidenta de la asociación de mujeres cuenta que la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) ha intentado llevar agua potable a la zona a través de cantarelas. A pesar de eso, casi nadie confía en que ese líquido sea de buena calidad. “Esa agua no sirve ni para las plantas”, dice una vecina de la zona. Por eso, la mayoría de habitantes depende de camiones que llenan un cántaro de agua a $0.25 o $0.30.
Los vecinos de este lugar han gestionado por su propia cuenta su acceso a servicios básicos. Y así como hicieron préstamos para alumbrar sus calles y casas, también arreglan, incluso, las calles.
Un día de noviembre del año pasado, la junta directiva y otras representantes de la asociación de mujeres se reunieron para recibir a un grupo de periodistas que visitaron la zona. Los vecinos aprovecharon la ocasión para discutir entre ellos una situación que estaba afectando a un buen número de personas: un vecino estaba tirando el agua de sus oficios hacia la calle, en lugar de mantenerla en la canaleta de su terreno. Esto provocó que la calle estuviera llena de charcos.
Ese mismo día por la tarde, algunas de las personas organizadas salieron a tirar tierra en los hoyos que se habían formado en las calles. Aquí, la exclusión se ha encargado de dejarles claro que, ante una necesidad, la respuesta inmediata está en sus propias manos.

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COMENZAR DE CERO
El 4 de enero fue un jueves con demasiado viento en la comunidad. Durante la mañana no hubo tregua y las ventiscas levantaban constantemente el polvo. Algunas vecinas optaron por sacar agua del pozo y mojar sus patios. Durante la tarde, el viento también fue parte del problema.
Cerca de la casa de Eloísa, la mujer morena que espera que sus árboles crezcan pronto para que le den sombra, un hogar perdió todas sus pertenencias materiales. Era una casa de lámina y carpeta donde residía una familia con una niña de tres años. Durante la tarde, la madre de la niña encendió su cocina de leña para cocer frijoles y una corriente de viento trasladó una chispa desde la cocina hasta el corredor donde la familia almacenaba leña seca. La leña agarró fuego y pronto la casa entera se empezó a quemar.
Si en la 30 de Abril hay problemas para conseguir el agua, no se puede pensar en hidrantes o en cisternas que se encuentren de inmediato para sofocar las llamas. Los vecinos intentaron apagar el fuego y en una foto tomada el día del incendio se les ve cargando agua en los recipientes metálicos que se usan para lavar el maíz. Una empresa de la zona también envió una pipa, pero la ayuda llegó muy tarde.
Al día siguiente, Dolores cuenta que entre los vecinos ya se organizaron para juntar ropa limpia y que los afectados puedan cambiarse durante los siguientes días. Ahora ellos están durmiendo en la casa de una vecina. Pronto intentarán reconstruir todo.

Sin agua potable. Los habitantes de la comunidad 30 de Abril compran agua potable a diferentes camiones. El agua de los pozos dentro de sus terrenos está contaminada, pero la usan para oficios

«Hemos sido eliminadas a través de mecanismos muy finos de discriminación»

María Isabel Rodríguez, asesora presidencial.

A María Isabel Rodríguez parece que nada la exaspera. Es miércoles y en San Salvador cae una tormenta que hace que las calles colapsen, pero ella desde su biblioteca habla con una serenidad que parece solo llegar con los años. Habla tranquila sobre su paso por el Ministerio de Salud y la situación actual de esa entidad. Platica con calma incluso cuando le toca responder sobre temas que parece que preferiría no mencionar, como los sobresueldos recibidos durante el gobierno de Mauricio Funes.

Se sienta en una silla en la segunda planta de su casa y antes de comenzar a platicar, pide una disculpa. Dice que usualmente no hace esperar un mes y medio a una periodista que quiere entrevistarla, pero se enfermó de gripe y canceló muchos compromisos. “Desde que salí del ministerio tenía los planes de dedicarme a escribir de todo lo que he hecho en la vida y ya tenía listo todo, pero ahora se me complicó la vida porque estoy en muchas cosas”, cuenta desde su hogar. Actualmente es la asesora presidencial más longeva y se encarga de aconsejar al Gobierno en temas relacionados con la educación y la salud.

Fue la primera decana de su facultad, primera rectora de la Universidad Nacional y primera ministra de Salud, y afirma que los espacios de participación de mujeres en las esferas de decisión no han sido suficientes. “Hemos sido eliminadas a través de mecanismos muy finos de discriminación”, dice durante esta conversación en la que ofrece agua, jugo, café y quesadilla a sus visitantes. Es difícil imaginar que la mujer que habla con tanto sosiego, mientras afuera se cae el cielo, es la misma estudiante de medicina que repartió panfletos en contra del dictador Maximiliano Hernández Martínez. O que esta mujer que ahora tiene una oficina en Casa Presidencial es la misma que durante su juventud llegó a transportar municiones, mientras se preparaba la huelga de brazos caídos que terminó con la dictadura militar más larga de El Salvador. Pero ha pasado más de medio siglo desde entonces y ahora las cosas que defiende la exministra de Salud son otras.

Anteriormente dijo que si para 2014 no había un cambio notable en salud pública “se habría fracasado de manera rotunda”. Este año en el Hospital Rosales faltaban 70 medicamentos, si alguien necesitaba operarse, le pedían que llevara su propia medicina, y hasta las sábanas del hospital se tuvieron que ir a lavar al Hospital San Rafael. ¿Se logró ese cambio notable?

Mire, analicemos la situación en todo el país. Cuando uno analiza los cambios que ocurrieron por el incremento de cobertura de salud, el acercamiento del especialista, sobre todo el pediatra y obstetra, uno ve que son cambios sustanciales. Uno tiene cifras como mortalidad materna que disminuyó importantemente cuando se crearon los Hogares de Espera Materna y cuando se incrementó el número de partos atendidos en los hospitales. Todas esas son cifras que están indicando que hubo un cambio sustancial, pero lógicamente alguien me podría decir que quizá el ritmo que llevaban las cosas se paró. Si me dicen retrocedió, tengo que aceptarlo.

¿En qué se retrocedió?

Cuando ahora se ha hecho el escándalo de la falta de medicamentos. Para mí era un motivo de quitarme el sueño el hecho de que no se hubiera hecho la licitación a tiempo. Veo en lo que ha ocurrido ahora, que no hay esa responsabilidad de la gente que tiene que saber que si no se hacen las compras a tiempo, eso repercute en la vida de la gente.
La gente necesita sus medicamentos y tienen que ser oportunos y adecuados al momento. Pero si no los tiene, la vida de ellos está en peligro, como un paciente renal que tiene que interrumpir sus diálisis.

No es solo el dinero del que se dispone para los medicamentos, es la posibilidad, es la rapidez de la gestión. Uno tiene que revisar qué está pasando con las unidades que tienen que ver con la compra. ¿Están previniendo que eso ocurra? Yo no puedo salir a decir públicamente “mire, la razón es esta”, porque sería terrible que una persona que ha estado al frente del ministerio vaya a decirle a las autoridades actuales qué está pasando. Yo creo que hay que pedirle a las autoridades el análisis de cuál es el mecanismo a través del que se llega a la obtención del medicamento y por qué hoy no se ha llegado a eso.

¿Usted cree que le hace falta autocrítica a este ministerio?

Fíjese que esa respuesta usted la tiene. Sí, yo creo que usted la tiene. Uno quisiera que una línea que consideró correcta en un determinado momento y que empezó a revivir buenos resultados, se continuara. Pero nuestro país tiene un sistema en que el Estado-nación no tiene una política permanente. Las políticas no son de Estado. Cambian con el que entra al frente. Esa es una de las principales situaciones en todos los organismos, llámense autónomas o públicas. Y la gran desgracia que yo me la voy a llevar a la tumba es que ese gran esfuerzo que uno hace o puede hacer en un determinado campo –en la Facultad de Medicina, en la Universidad de El Salvador, en el Ministerio de Salud– que uno cree que llegó aquí y que necesitaba un poco de tiempo, tal vez, para llegar aquí; se paró o se fue para atrás.

Nuestro país tiene un sistema en que el Estado-nación no tiene una política permanente. Las políticas no son de Estado. Cambian con el que entra al frente.

Cuando usted estuvo en el ministerio criticó fuertemente el Sistema Nacional de Salud porque no se incluyó al sistema privado. ¿Mantiene esa crítica?

Yo creo que se necesita un cambio de estructura política de gobierno muy importante. El sistema privado debería ser objeto de una reorganización interna. No me interesa que desaparezca, pero que sea sometido a las mismas regulaciones, a la misma política de salud que desarrolla el sistema público.

¿Qué mejoraría eso?

Hay elementos que en este momento se están considerando en muchos países, incluso hasta la regulación de costo y cobros. Tampoco es justo que esté suelto el establecimiento de cuotas. El sistema privado debe ser sometido –y yo pienso que hay cosas del sistema privado buenas– en el mismo aspecto epidemiológico. Es indispensable que el sistema privado esté incorporado totalmente, que se reporten los casos de determinadas enfermedades, que se haga el control igual.

Poco a poco algo se ha ido haciendo, pero pienso que sería muy bueno que el sistema fuera integral. Lo que quería hacer era eso, porque no podemos pensar en que se hizo todo público. Para eso necesitaríamos otro tipo de Estado y eso no era lo que se perseguía.

Creo que el Estado debe tener un control de lo que ocurre en medicamentos y en toda la parte contra epidemias. Falta una verdadera planificación conjunta.

Es indudable que hay una brecha enorme entre el sistema privado y el sistema público. ¿Qué falla? ¿A qué le seguimos atribuyendo esa brecha, siempre a la falta de presupuesto?

Hay un criterio que no lo promueve el Estado, y es un criterio de la gente: “Porque es público puedo hacer con él cualquier cosa”. Es decir, no cuidar las cosas. Si usted entra a algún lugar donde hay baños… hasta las cubiertas de las tazas se roban. El criterio de lo público y de lo que debe cuidarse todavía no ha entrado, en general, en el país.

En el trabajo, a veces es distinta la forma en que se trata a un paciente en enfermería a cómo se trata a esa misma persona (en el sistema privado). Nos lo han dicho médicos que tienen enfermeras que trabajan en lo público. Su actitud y su forma de trato al enfermo es absolutamente diferente. Allá es la “señora, pase adelante”, gran respeto…

¿Entonces es porque somos una sociedad hipócrita?

Bueno eso hay que estudiarlo porque es parte de la educación de la gente.

El año pasado estuvo en algo parecido a una crisis mediática cuando en un programa radial usted mencionó que recibió sobresueldos. ¿Esto le trajo problemas?

A mí me trajo problemas desde el punto de vista (de) que me empezaron a mover en esa situación. A mí no me causa problemas a nivel de gobierno ni nada. ¿Qué me podían decir? ¿Que me callara? Era a lo más que podían llegar. Pero si yo en un determinado momento he recibido, ha sido igual que lo reciben todos los ministros e igual que viene ocurriendo. Es la única ocasión en la que yo he recibido como ministra de salud. Lo estableció ARENA y siguió eso. ¿Por qué no se dio el paso de ponerle a los ministros el salario adecuado? Y, entonces, encontraron que la mejor solución era pagarle (los sobresueldos) para que no se diga que se le paga mucho, pero ¿por qué no? Si el salario debe ser adecuado a la función que desempeña la persona.

Yo creí que se iba a hacer la reforma en el sentido de que ese llamado complemento de salario, o sobresueldo, o lo que fuere, iba a ser incorporado oficialmente porque a uno le conviene. Eso es necesario que se haga. Yo no digo si es por ley o por qué, cuándo se estableció, no sé de cuándo viene, pero así se ha hecho.

¿Pidió que se diera ese cambio?
Yo lo dije ahí. Que había hablado con el tipo y yo le dije “pero ¿por qué esto?” Porque cuando yo iba a firmar un documento o cómo se iba a hacer ese proceso, yo creí que iba a Casa Presidencial a esa oficina a hacerlo, pero no se hizo y realmente nunca se ha hecho un esfuerzo de todos para que, así, tal vez hubiera sido más adecuado.

Empatía. Cuando la exministra recorre espacios públicos es común que la población
se le acerque a pedirle una fotografía o saludarla. En la fotografía aparece haciendo un
recorrido por las áreas de comida de una feria en 2012.

¿De todos los ministros?
Claro. Pero si yo lo dije lo tengo que sostener. Yo no lo voy a negar. No quise hacerle daño a ninguno de los compañeros. Yo nunca recibí órdenes de “no lo diga, esto es secreto”. Pero tampoco me hubiera gustado que me lo dijeran. Es una discusión política que debería de existir de lo que es el sistema de gobierno y cómo se maneja. Si los políticos, los que pelean tanto por la pureza del sistema, (son) muchos de los cuales llegan al Gobierno y los cobran.

Debería de haber un análisis: ¿Es ilegal que un ministro gane cinco mil dólares o tres mil dólares cuando hay consultores, o una cantidad de gente que gana más de eso? ¿Es lógico que un presidente gane menos que lo que está ganando un asesor? Entonces si eso es así, hagamos un presupuesto que coloque el valor justo del sistema que cada quien gana. Eso todavía no está claro en la vida de la nación: cuánto debe ganar un funcionario de alto nivel. Porque se considera una cosa inadecuada un salario alto. Deben establecerse salarios adecuados a la función de la gente sin esperar que haya complementos de salario.

¿Eso usted ya lo sabía al asumir el ministerio?

No lo sabía al asumir el ministerio porque yo no pregunté cuánto me iban a pagar. Lo que es inadecuado es lo que después salió: que no solo se daban esos complementos de salario, sino que había personas que no tenían que ver con el Gobierno y que recibían aportes que no eran sueldos, eran como regalías. Eso se hizo público, porque incluso lo dijeron algunas gentes.

Otro tema que también la puso en controversia fue cuando usted se posicionó a favor de la reforma del Código Penal para aprobar cuatro causales de interrupción del embarazo. ¿Por qué es un tema médico?

¿Cómo voy a considerar yo que se ponga en el riesgo de morir a una madre con hijos por un embarazo absolutamente inviable? ¿Se acuerda del caso de Beatriz, la mujer que tenía un feto acéfalo? Eso es un crimen, si la criatura no iba a vivir. Cada hora de ese producto era una hora de la vida de la mujer que se estaba agravando. Exponer a la madre a ver a un producto de estos sin cerebro, sin cráneo, para despertar el instinto materno es una tortura.

Quienes están en contra de esta reforma mencionan que el daño de las mujeres que abortan es mayor porque adquieren un trauma psicológico tras abortar. ¿Esto es algo médico que haya visto en su carrera?

No.

A usted la acusan en redes sociales de ser una exministra abortista.
¿Ah, sí?

Sí.
Bueno, ese es el criterio de ellos, no es el mío. Yo creo que esa es una cosa que se debe ver con mucha seriedad.

¿En qué está trabajando ahora?

Qué divertido eso. Estoy trabajando en todo. Teóricamente estoy como asesora en salud y educación del presidente. Desde que salí del ministerio yo tenía los planes de dedicarme a escribir de todo de lo que he hecho en la vida y ya tenía listo todo, pero ahora se me complicó la vida porque estoy en muchas cosas. Por ejemplo, trabajamos aquí con mi asistente en muchos campos de la educación y la salud. Hay un día de la semana que en la tarde nos reunimos con el ministro de Educación y dos o tres personas que él ha escogido como asesores y trabajamos un poco adelantándonos a los problemas que se van a presentar.

Mi semana es un poco complicada. Mi mañana la dedico a Casa Presidencial. Allá tengo una oficinita. Allá se hacen las reuniones que se pueden hacer, pero algunas de grupo incluso las hacemos aquí porque tenemos las facilidades. Aquí no hay quien cierre las puertas.

¿Se está trabajando en el Ministerio de Educación en planes de educación sexual?
Se está trabajando intensamente. Creo que cualquier trabajo de hoy todavía es débil, pero debe seguirse trabajando muy duramente.

¿La Iglesia también debería tener palabra en el campo de educación y salud sexual?
Claro que sí.

¿Por qué?
Porque la Iglesia está causando también una acción negativa, porque ellos no conciben la prevención del embarazo. Ellos llegan a interferir con esos programas.

Entonces, ¿me está hablando de invitarlos a discutir para que entiendan o para que ellos pongan las reglas?
No, de ninguna manera. Todo lo contrario.

«Las jovencitas llegan a un servicio de salud y piden que se les dé un condón o un anticonceptivo… y los trabajadores de salud las insultan, les niegan la información… ¡Pero si es parte del servicio de salud!»

Hace unos días se mencionó en un evento de Naciones Unidas en El Salvador que en uno de cada cinco embarazos de adolescentes, la relación sexual había ocurrido con un familiar y a la fuerza.
Así es. Padre, padrastro, pariente, todos esos están en la lista. Bueno, pero ¿qué pasa con la niña adolescente? Hay una responsabilidad triple. La responsabilidad no es solo del Ministerio de Salud, la responsabilidad es de la familia en buena parte. La responsabilidad es de la escuela. Los padres no quieren –sobre todo la madre– no quiere que se le dé educación en el campo de salud reproductiva a las niñas.

Que se le hable de lo que representa el condón es un escándalo, porque “le están abriendo los oídos a los niños y es una barbaridad, la niña no debe saber de eso”. Pero esa niña a la cual se le niega esa información, está llegando ya al hospital porque ya está embarazada. Los papás están soñando que la niña es ingenua e inocente, y hemos tenido casos en que, luego, la madre recibe la noticia de que la niña no solo está embarazad,a sino que es seropositiva. Según ella la niña no debía saber nada nunca de eso. Pero la niña ya ha pasado ignorando muchas cosas que tiene a la mano. Todavía no tenemos una educación de los padres que haga que sean uno de los elementos que deben formar a la joven. Luego, las jovencitas llegan a un servicio de salud y piden que se le dé un condón o un anticonceptivo… y los trabajadores de salud las insultan, les niegan la información… ¡pero si es parte del servicio de salud!

Detalle. En todas sus apariciones públicas María Isabel Rodríguez se encarga de lucir elegante y ser puntual.

En los grupos feministas es reconocida como pionera, ¿usted se considera feminista?
Yo considero que algo he hecho, tal vez no todo lo que debería, en favor del crecimiento de la mujer y del reconocimiento que tenemos el mismo derecho que los hombres. Para mí es una pena que digan que soy la única mujer rectora de la Universidad de El Salvador. Me preocupa muchísimo eso y no tengo el porqué alegrarme. Al contrario, tendría que ponerme muy triste que no haya podido llegar otra mujer. Los grupos llamados progresistas, los grupos de la izquierda universitaria y demás deberían de responder por qué no ha sido posible que otra mujer llegue a la rectoría de la universidad, llegar a la punta es difícil.

Cuando usted entró al Ministerio de Salud con el gobierno de Mauricio Funes se señaló que había muy pocas mujeres en el Gabinete. ¿Cree en las cuotas de género?

Mi opinión en ese sentido es un tanto crítica. En ocasiones establecer la cuota es una cosa simbólica. Muy bien que se diga que van a subir el número de mujeres, pero ¿qué tipo de mujeres suben? ¿Es una mujer bien preparada que va a contribuir? ¿Va realmente a ser una persona que va a influir en decisiones trascendentales?

Por ejemplo, en el caso de organismos internacionales, llegaban a mi oficina a buscar a unas de las funcionarias que trabajan conmigo para decirles “por favor, aplica a esta plaza”. Y la persona a la cual se le invitaba a entrar a la plaza decía: “Yo no lleno el perfil”. “Pero no importa. Lo que importa es la cuota que yo tengo que llenar porque si no, no puedo abrir el concurso”, respondían. Totalmente simbólico y la llenaban con gente que no llenaba los requisitos y ya sabían que no iban a salir electas.

La otra razón es que hay una serie de razonamientos que son ingratos en las selecciones para mujeres. Por ejemplo, cuando llega una mujer se toman argumentos como estos: “Está en edad de casarse. Va a resultar embarazada. Va a estar necesitando permisos de maternidad. No es conveniente”. Hemos tenido experiencias incluso de una persona que fue director de sanidad, que era el equivalente al Ministerio de Salud en El Salvador, que hacía que las mujeres firmaran su renuncia sin poner la fecha y en el caso de salir embarazadas, se hacía efectiva. Injusto, pero ocurría y a alto nivel.

¿Le tocó enfrentarse a eso?

Quizá nunca me vieron cara de que iba a ser madre, ja, ja. Como fui un poquito peleona desde el inicio, nunca me lo hicieron. Peleé esas situaciones porque las mujeres hemos sido eliminadas a través de mecanismos muy finos de discriminación. No se dice “no puede entrar aquí una mujer”. No, eso no, pero sí hay mecanismos.

A partir de la preparación de los discursos para las memorias anuales de la universidad y analizando las notas, se graduaban con mejores calificaciones las mujeres. Hasta ahí todo bien. Pero a partir de ahí yo empecé a seguir a las personas que en la universidad están en posiciones importantes, que adquieren posiciones de docentes a partir del que es instructor, el que sube a la posición de profesor auxiliar, y ya se empieza a ver la diferencia. El número de mujeres empieza a disminuir y el número de hombres a crecer. Y eso sigue en forma piramidal hasta el momento de las posiciones directivas.

Usted creció en un matriarcado, ¿alguna vez le hizo falta una figura paterna?

A veces me han dicho que soy ingrata en ese sentido. Yo diría que no. No me hizo falta porque tuve unas mujeres que fueron madres y padres. Yo sabía que tenía un padre que era abogado, pero nunca se ocupó de llegar a la casa, realmente nunca me hizo falta.
Fui hija única, pero mis tías fueron capaces de hacer crecer sus hijos y educarlos sin mucho escándalo.

Usted se educó en la Facultad de Medicina cuando aún el general Maximiliano Hernández Martínez gobernaba, ¿cómo vivió la caída de Martínez?

Como éramos estudiantes, con mucha alegría, con mucha diversión, pero tal vez no midiendo las dimensiones del proceso. Quizá no teníamos la suficiente preparación política para medir hasta dónde se había llegado. Ya estábamos en la Facultad de Medicina y había caído Martínez, había caído Ubico en Guatemala, había caído Carías en Honduras. Vivíamos una época de gran celebración.

Usted ha dicho que uno de los más grandes dolores de su vida fue en el 1972 cuando un movimiento en el que estaba Schafik Hándal la expulsó de la universidad porque la tachaban de imperialista.

Yo termino mi decanato en el 71, la intervención es en el 72, pero esa época es muy confusa, muy convulsa. Entonces ese problema del imperialismo era una cosa muy tonta. Muy burda. Ese San Benito del imperialismo no me lo pude quitar durante mucho tiempo por el hecho de haber tenido relación con algunas fundaciones que nos ayudaron, incluso, para el desarrollo de la educación médica. Era tan ridículo el pensamiento, tan polarizado de la izquierda extrema salvadoreña que llegó al grado de que un dirigente llegara a la biblioteca de la Facultad de Medicina a ver los libros de la biblioteca y dijera: “Miren cuántos libros de estos están en inglés. Aquí casi no hay libros en español. ¿Por qué? Porque la doctora es una imperialista”.

¿Ese era Schafik Hándal?

No, no. Yo debo decirle que tengo el mayor de los respetos por Shafick. Él me respetó y me apoyó mucho cuando yo estaba en la UES. Al grado tal de que en el momento más difícil de mi vida como rectora, Schafik fue de las personas que me apoyaron y le dijeron a la gente el error en el que estaban al no aprobar el préstamo que hubiera representado el desarrollo universitario. El problema es que la vida de la universidad no solo ha estado expuesta a los golpes de afuera, sino a los de adentro. Los internos han sido terribles.

Después de ser decana usted comenzó a trabajar con la Organización Panamericana de la Salud y tenía pasaporte diplomático, ¿venía a El Salvador durante la guerra?

Sí. No venía tan seguido porque estaba en ese programa tan fuerte, pero sí, vine. Había que pensar que en ese momento no era fácil, pero ya después de los Acuerdos de Paz consideré que se estaban dando las condiciones para venirse a El Salvador.

¿Estuvo alejada por completo del proceso de los Acuerdos de Paz?

No. Todo lo contrario. Yo creo que muchos de los organismos internacionales tienen una función dependiendo de su ideología, de su punto de vista, que no se conoce pero que es de apoyo.

¿Y cuál era esa función?
Quizás eso no vale la pena contarlo.

Cómo no, a mí sí me parece que vale la pena. Ya pasaron 25 años desde la firma de los Acuerdos.
Sí, pero… no es fácil traer a cuenta procesos y compromisos que se dieron y que la gente los mantuvo ocultos incluso hasta su muerte. No tiene uno derecho. A veces aquí en las conversaciones con los compañeros salen cosas que no deberían de salir, pero que las comentamos. Realmente la guerra es la guerra.

Usted ha visto cambiar El Salvador durante todos estos años, ¿por qué vale la pena quedarse?
¡Uy!, esa pregunta es una cosa terrible. Yo creo que todos tenemos una responsabilidad por hacer crecer este país.

¿Dónde se enflora a un desaparecido?

Guadalupe Mejía, fundadora de CODEFAM

Se llama Guadalupe Mejía y sus allegados la conocen como madre Lupe. Ahora es una señora de 74 años que camina lento y apoyada en un bastón, pero ha pasado los últimos 40 años de su vida organizando marchas, gritando consignas en megáfonos, realizando protestas y exigiendo justicia. Este año se anunció en Casa Presidencial la creación de CONABUSQUEDA y para Guadalupe esa es una señal de que después de décadas buscando a hombres y mujeres desaparecidos, hoy se encuentra un poco más cerca de conocer su paradero.

Su plan nunca fue ser activista. Quería graduarse de maestra, sin embargo, solo pudo estudiar hasta segundo grado. Guadalupe nació en el cantón La Ceiba, de Chalatenango, y cuando tenía 17 años, se casó con Justo Mejía. Pronto formaron una familia que se sostenía vendiendo atarrayas y trabajando la tierra.

Sin dinero para hacer la siembra, Justo fundó la Unión de Trabajadores del Campo y una cooperativa campesina para acceder a créditos. Los militares señalaron como comunistas a los integrantes de la cooperativa. En 1977, Justo fue asesinado. Guadalupe tenía 34 años cuando quedó viuda y con nueve hijos que criar.

La historia de ese período de la vida de Guadalupe inspiró al escritor Manlio Argueta para escribir la novela “Un día en la vida”. Ella le brindó una entrevista en la que le contó el origen de su dolor. “Si yo no hubiera tenido esa entrevista, no hubiera tenido material para escribir”, reconoce ahora Argueta.

Tras el asesinato de Justo, vinieron otras muertes. Uno de los hermanos de Guadalupe fue desaparecido y no se ha podido encontrar sus restos. Y ya en 1981, fuerzas estatales asesinaron a siete de sus familiares.

Guadalupe, junto a otras personas, fundó el Comité de Familiares de Víctimas de las Violaciones de los Derechos Humanos Marianella García Villas (CODEFAM) en 1981. Desde ahí denunció las torturas que sus familiares vivieron. También presionó a cuanta autoridad fue necesaria para liberar a cientos de presos políticos. Desde los ochenta, su organización ha brindado apoyo para las madres y familiares que tienen la esperanza de encontrar, al menos, los huesos de sus seres queridos.

Durante esta plática, Guadalupe a veces olvida algún detalle específico y cierra los ojos, hace una mueca y se pone las manos sobre la cara como si le avergonzara olvidar. Todo su trabajo ha sido enfocado en recordar. Ella también fue una de las principales impulsoras del Monumento a la Memoria y a la Verdad ubicado en el parque Cuscatlán, en San Salvador. Ahí se recogen los nombres de los desaparecidos y asesinados durante el conflicto armado. Es un espacio donde se concreta la memoria, pero es un monumento descuidado que se deteriora ante la indiferencia pública.

Irónicamente, aunque los dolores de la vida de Guadalupe son de conocimiento público y su legado se materializó en un libro y un monumento nacional, su nombre no suele resaltar con letras grandes. La historia no ha sido justa retratando a una mujer que se ha esforzado por combatir el olvido en un país que parece ser amnésico.

¿Cree que el país ya aprendió su lección con respecto a los desaparecidos?
Yo digo que está lejos todavía para aprender eso. Mire cómo hay desapariciones de gente. Yo pensaba que después de los Acuerdos de Paz ya no se iban a seguir dando estos hechos, pero se siguen dando y no sé hasta dónde vamos a llegar. No sé qué hacer. Me siento incapaz de decir “hagamos esto para que eso no se dé”.

Guadalupe Mejía

¿Cómo vive una madre que no encuentra a sus hijos?
Es una gran tristeza y angustia quererlos encontrar. Ya cuando los encuentra es tranquilidad para ella, porque por lo menos les dan cristiana sepultura. Con eso ya uno queda más tranquilo.

Hay algunas personas que dicen que es mejor dejar eso en el pasado. ¿Por qué es importante hacer excavaciones para encontrar los restos de los desaparecidos?

Porque uno entierra y ya queda conforme que ya queda ahí descansando la persona. Mientras (eso) no está, uno anda pensando que dónde están, que no sabe qué pasó. Encontrar los restos le ayuda a uno a sanar las heridas.

¿Entonces no es cosa del pasado?
No, si para nosotros ese tema es como que fuera ahorita. Porque pasó hace años, pero uno todos los días los recuerda y piensa en ellos. Para uno no es cosa del pasado. Es cosa de presente y de mañana también.

¿Cuántos familiares desaparecidos tiene usted?
Solo mi hermano Gilberto. Está desaparecido desde agosto de 1981.

¿Cómo lo desaparecieron a él?
Él venía para Aguilares a ver a mi mamá. Y en el puente de hamacas lo detuvieron y se lo llevaron. No estoy segura de quién se lo llevó, pero iban vestidos de soldados.

¿El asesinato de su esposo, Justo Mejía, fue de los primeros casos violentos que vio en Chalatenango?
Sí, de los primeros casos en 1977.

Se casó con él bien jovencita.
De 17 años. Bien jóvenes comenzábamos la vida ya acompañadas o casadas.

¿Justo se organizó después de casarse?
Sí, hasta después. Nosotros solo trabajábamos. Hacíamos los paños y las atarrayas para irlas a vender. Mañaneaba a trabajar en los paños y de ahí se iba a la milpa. Regresaba en la tarde y no teníamos otra preocupación.
Recuerdo que nos reuníamos para estudiar el evangelio y entonces salíamos a las comunidades y analizábamos lo que la biblia nos decía. Así fue como comenzó la vida organizada. Después él se organizó en una cooperativa de campesinos que era de ahorro y crédito. La formó para que los campesinos obtuvieran tierras y créditos para trabajar porque no se tenía cómo comprar el abono.

¿Usted sintió algún presentimiento de que eso era peligroso?
Al principio no. Lo que hacíamos era estudiar la biblia e ir a las comunidades, haciendo asambleas con ellas. Hasta que un día nos dijeron que no teníamos que andar en eso porque era peligroso. Eso dijeron los orejones.

¿Cómo fue avanzando todo hasta que pasó el asesinato de su esposo?
Los campesinos formaron la cooperativa y se reunían. Ahí llegaban los soldados y la Guardia a ver qué hablaban. Así fue agudizándose más porque ya los vigilaban y donde nosotros andábamos, ellos también andaban.

Quienes estaban en contra de que los campesinos se organizaran decían que esa era una causa comunista. ¿Qué sabían del comunismo?
No sabíamos qué era comunismo. Nos decían que nosotros estábamos enseñándolo, y yo les decía: “¿Y qué es comunismo?” Porque así era, no sabíamos y nos decían que éramos subversivos, todas esas palabras.

¿Usted, en ese momento, entendía esas palabras?
No, yo no les entendía qué quería decir subversivo, ja, ja… no entendíamos qué era, hasta que nos decían revoltosos.

Cuando a su esposo lo mataron, usted ha contado que tuvo que negar que él era familiar suyo. En esa constante huida en la que estaban, ¿tuvo algún momento privado para llorarlo?
Muy poco espacio nos quedaba para eso. Sí me daban ganas de llorar, y lo hice, quizá, pero lloré en silencio, sin que la gente lo supiera. Su cadáver lo hicieron destrozado. Por eso Monseñor Romero decía que Justo Mejía había sufrido la pasión de Cristo. A él le quebraron los brazos, le sacaron el ojo, le quitaron las uñas con las boquillas de los fusiles y lo colgaron de los árboles. Lo tiraron allá, en una quebradita, cerca de un palo de quina.

Cuando usted encontró el cadáver de Justo, ¿lo enterró en ese mismo lugar?
Sí. Cuando estábamos en el entierro de él, los guardias nos pusieron en una fila y nos preguntaron quién era el familiar del muerto. Nosotros les dijimos que no había nadie de la familia, que estábamos haciendo una obra de caridad. Es bien duro tener que negarlo por amor a la vida de mis hijos.

Leí que días después sacaron el ataúd del primer lugar donde lo enterraron y lo llevaron a otro lugar para hacer una vela.
Sí, a los 17 días lo vinieron a sacar los compañeros. Lo asearon y lo bajaron por esas lomas hasta llegar a El Jícaro.

¿Pudo ir a la vela?
Sí, ahí fui toda la noche. Lo llevamos para El Jícaro en el día y después fuimos a La Ceiba. Ahí lo velamos. Al siguiente día lo enterramos ya en el cementerio. Después de que a Justo lo mataron, nos quedamos viviendo allá en la comunidad. Pero llegaron los escuadrones de la muerte y nos sacaron. En la puerta habían puesto un letrero y la mano blanca. Nos daban 15 días para que abandonáramos la casa.

¿Cómo la apoyó Monseñor Romero?
Cuando se llevaron a mi esposo, que estaba como desaparecido, vine a poner la denuncia donde él y ahí fue donde lo conocí.

En una homilía Monseñor Romero dijo que se le “horrorizó el corazón” cuando la vio llegar con sus nueve niños a contarle de la tortura y el asesinato de su esposo. ¿Cómo era la relación con Monseñor Romero?
Con Monseñor Romero convivimos desde que estaban haciendo una champa que ocupábamos nosotros mismos en el arzobispado.

Como familiares de desaparecidos, ¿cómo vivieron ustedes el momento en el que mataron a Monseñor Romero?
Fue duro porque nosotros teníamos una gran esperanza en él porque nos ayudaba. Era la persona a la que íbamos a denunciar los hechos que habían pasado. Por ejemplo, los que capturaban en la semana, nosotros el domingo lo íbamos a denunciar a Monseñor. Por eso él los daba en la homilía del domingo.

¿No pensó que si a él lo mataron, le podían hacer eso a cualquiera?
Ah, cómo no. Eso lo pensábamos nosotros. Que habían tenido el valor de hacerle eso a nuestro obispo, ¿cómo no a cualquiera se lo iban a hacer? Cuando llegábamos a los cuarteles, nos decían: “Váyanse, viejas. ¿Qué vienen a buscar? Aquí van a quedar ustedes también”. Nosotros hacíamos eso conformes a que cualquier cosa nos podía pasar.

Guadalupe se convirtió en una voz de denuncia de las violaciones a los derechos humanos. En 1979 realizó un viaje por Centroamérica denunciando los crímenes contra los campesinos y conoció al escritor Manlio Argueta. Él asegura que primero entrevistó a Guadalupe en un grupo de cinco mujeres. Luego le realizó una entrevista privada de 45 minutos. “En ese momento no estaba pensando escribir una novela”, cuenta Argueta. Ocho meses después de haber escuchado su historia, se dispuso a escribir el libro “Un día en la vida” y lo basó en el testimonio de Guadalupe. Argueta comenta que aunque la novela ha sido catalogada de carácter testimonial, es un texto de ficción basado en hechos reales. Le tomó tres meses escribir ese libro.

¿Cómo fue el viaje a Costa Rica?
Hicimos una gira que nos organizó aquí la universidad. Íbamos con estudiantes, con maestros, y fuimos a Honduras, a Panamá y Costa Rica. Allá, en Costa Rica, fue que encontramos a Manlio Argueta. Y ahí él tomó mi testimonio.

¿Cómo se sintió cuando vio el libro “Un día en la vida”?
En Inglaterra, en una gira que andaba allá, me dijo una persona donde me quedé que si ya había visto mi libro y le dije que no. “Ah, ya se lo voy a enseñar”, me dijo, y me lo enseñó. Yo no sabía que estaba ese libro, pues.

¿Le hubiera gustado que le pidieran permiso para usar su historia?
Como no. Sí porque ahí no me pidieron permiso. Nada más fue así.

La historia está basada en usted, pero tiene elementos de ficción. ¿Cómo se sintió cuando la leyó?
El libro tiene bastante de lo que sufrimos allá, en La Ceiba. Eso sí, pienso que me removió porque yo eso no lo había contado así a otra gente y en el libro salía lo que habíamos sufrido en la comunidad.

Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.

¿Se sintió extrañada?
Como no, pero como ya estaba hecho el libro… así se da cuenta mucha gente de lo que vivimos. Muchos no conocen la realidad y por lo menos leyendo libros conocen un poco.

Hablemos de cómo empezó su organización, CODEFAM. ¿Cómo decide organizarse?
El espíritu de fortaleza me lo da mi esposo, porque uno no tiene otra cosa más que contar lo que pasó y hacerse fuerte para contarlo con la idea de que estos hechos no se repitan.

Además del caso de su esposo, ¿hubo otro caso que la hiciera decidirse para estar en la organización?
Sí, el asesinato de siete familiares, entre primos, sobrinos y una señora que era comadre de nosotros. Fue terrible, en 1981. Allá, en Las Vueltas. Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.
También había otra muerte que nos dolía: se llamaba Catochita y era una señora que no tenía dónde dormir y se quedaba donde le agarraba la noche. La mataron a ella. Su niña, que tenía unos 10 meses, estaba tomando pecho y pasó toda la noche tomando pecho en la señora muerta. Viera, eso sí duele. Muchas barbaridades hicieron con nosotros.

¿Actualmente usted recibe salario por su trabajo?
En los años que teníamos dinero sí nos daban un salario. Después ya no se podía, ya no recibimos.

¿Cuál diría que es el mayor logro de CODEFAM?
La libertad de los presos políticos. Pudimos sacar como a 1,000 presos políticos de diferentes penales del país.

¿Cómo lo lograron?
Luchando, haciendo actividades en las calles, consiguiendo fondos para pagarle a los abogados para que ellos tomaran los datos. Así fue como se logró. Con la presión de las madres que hacíamos marchas y hablábamos con el director general de los penales y así.

Muchos dirían que organizaciones como CODEFAM perdieron su sentido de existir si ya pasó la guerra. ¿Por qué su trabajo es importante 25 años después de haber firmado la paz?
Mi trabajo como defensora de los derechos humanos es importante porque siempre se violan los derechos humanos. Talvez no igual como se violaron en la guerra, sin embargo, hoy se viola lo mismo en otra forma. No dejo de trabajar hasta que Dios me llame porque estamos viendo que haya justicia y que haya reparación. Hay que buscar a las personas que mataron, las tiraron y no se sabe a dónde.

Me acuerdo de una madre que se llamaba Yolanda. Ella hace cuatro años murió y me decía: “Madre Lupita, no quiero morirme sin saber de mi hijo. Quiero morirme pero cuando ya sepa de mi hijo. No quiero quedar así”. Ella lo anduvo buscando varias veces. Hubo una vez que le dijeron que les llevara dinero, que se lo iban a tener en un lugar, y ella llegó y solo le quitaron el dinero y no le llevaron al hijo.

A mí no se me olvida otra vez que ella me dijo: “Fíjese lo que me pasó: me subí al bus de la ruta 2 y allá, al fondo, vi a mi hijo y caminé para donde él y lo toqué. ‘Hijo’, le dije, y me volteó a ver el muchacho. ‘Ay, me equivoqué’”. Imagínese con qué fe ella pensó que él era su hijo. A mí eso no se me olvida y me da no sé qué no poder hacer nada con el caso de ella, porque se murió así, con su hijo desaparecido.

Yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Usted cree que las madres de desaparecidos están desilusionadas de no poder conocer la verdad del paradero de sus hijos con los gobiernos de ARENA y FMLN?
Sí, porque ellas tenían otra esperanza de que cuando ya estuviera un gobierno del FMLN, que hubiera más apoyo en esos casos, pero no. Todavía no se sabe.

¿Con dos gobiernos del FMLN eso ya debería haberse destapado?
Yo digo que sí, debería ser así. Ya la información la debería de pedir el presidente para poderla conocer. Si estando el FMLN no hemos podido y si llega otro, cómo la vamos a conocer.

En 2014, el Ministerio de la Defensa no permitió que el Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP) ingresara a las instalaciones del archivo castrense. El IAIP buscaba determinar la existencia de documentos de planes militares e información sobre las personas que participaron en violaciones a derechos humanos. En abril de este año, el IAIP concluyó con que hay evidencias de que la Defensa destruyó varios documentos referentes a operativos militares que terminaron con el asesinato de población civil.

La Fuerza Armada se ha negado a compartir la información de los casos de las masacres y usted les ha pedido que colaboren con la justicia.
En una pedida (de perdón) pública les dije que colaboren con la información. Ellos conocen lo que hicieron y también tienen esa información. Si no lo hacen es porque no quieren, no porque no la tengan.

¿Recuerda alguna ocasión en que la Fuerza Armada sí haya colaborado brindando información?
No, no me acuerdo nunca que nos hayan dado algo de información.

Guadalupe Mejía

En 2003 CODEFAM y otras organizaciones lograron inaugurar el Monumento a la Memoria y a la Verdad en el parque Cuscatlán. ¿Cómo fue luchar por la creación de ese monumento?
Fue muy difícil, pero se logró porque se hizo una campaña para que la gente viniera a dejar sus nombres. Aquí venían y (más) los que sacábamos nosotros de afuera.

¿Por qué era importante tener en un monumento los nombres de las víctimas?
Para guardar la memoria de ellos y para que los jóvenes conozcan lo que pasó. También es importante para las madres porque ellas van a depositar la flor y cuando quieren ir a ver, van. Ahí hablan con su ser querido. Cuando no teníamos ningún monumento no se hallaba dónde ir a enflorar. No teníamos un lugar fijo porque ¿dónde se enflora a un desaparecido si uno no conoce el lugar?

Ahora la gente llega y pone nuevos nombres…
Sí, así es. Y ellos manchan también el muro. Ponen cosas de tirro, y nosotros ya les dijimos que no pongan porque se va manchando el espacio.

¿Quién le da mantenimiento a ese monumento?
Pues sí eso es lo que hace falta: alguien que le dé mantenimiento. Nosotros ya hablamos con la alcaldía y con SECULTURA para ver si le dan mantenimiento y han expresado que sí le van a dar, pero todavía no. Y se está manchando de arriba, cae lodo cuando llueve y se mancha la plancha.

¿A ustedes les dicen que no o les dicen sí pero no lo hacen?
Nos han dicho que sí, pero todavía no lo han hecho.

¿Desde cuándo están pidiendo el mantenimiento del monumento?
Ya tiene como ocho años.

Los familiares mantienen la esperanza de encontrar a las personas cuyos nombres están inscritos en el monumento. En septiembre de este año el presidente anunció la creación de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Adultas Desaparecidas en el Contexto del Conflicto Armado en El Salvador (CONABUSQUEDA). Esta comisión será una dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores y estará conformada por tres comisionados que tendrán la misión de identificar el paradero de los desaparecidos durante la guerra. Aún no se conoce cómo será su mecanismo de actuación.
*

Usted ha dicho que va a seguir trabajando hasta que un día se haga justicia. Eso suena a tener un montón de esperanza.
Pues sí, yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Cree que sus nietos van a ver un país más justo?
Espero que así sea, porque uno sale con miedo porque cualquier cosa le puede pasar a sus hijos. Eso es lo que uno no quisiera porque ya vivimos esos hechos y no quisiéramos que se repitan.

La historia parece que sí se repite.
Sí, parece y se repite. En otro ámbito, pero siempre se repite.

¿Cuál es su plan para 2018?
No es mucho el plan, lo que espero es que la Comisión de Búsqueda funcione y se empiece a conocer la verdad de los hechos, que se empiece a saber de los desaparecidos, que los encuentren. Eso es lo que pienso de 2018.

La promesa de Caluco y el cacao

Símbolo de identidad. El cacao es originario de la región mesoamericana y fue utilizado por las culturas precolombinas en ceremonias, medicinas y bebidas sagradas.

La historia de Caluco y el cacao es una de prueba y error. De siembra con esperanza y de árboles que se secan. María de los Ángeles Escobar es una lideresa de Caluco, Sonsonate. Hace siete años motivó a un puñado de vecinos para sembrar cacao y poder progresar como comunidad. Así, cada uno sembró en su parcela los árboles, pero estos se echaron a perder y María fue quien tuvo que dar la cara ante los agricultores y decirles que confiaran, que una vez el cacao prosperara, ellos tendrían un ingreso económico estable porque sus semillas se venden bien durante todo el año. El fruto de este árbol es una mazorca y al procesar sus granos se puede crear chocolate.

María cuenta que los productores de Caluco pidieron asesoría al Centro Nacional de Tecnología Agropecuaria y Forestal (CENTA). Ellos preguntaron cuál era la mejor manera para hacer progresar sus cultivos. Pero el conocimiento técnico que se tenía entonces era limitado y María asegura que les recomendaron sembrar los árboles directamente bajo el sol, sin sombra. Las plantas soportaron la estación de lluvias, pero cuando la estación seca llegó, todo lo que habían sembrado se marchitó y María de los Ángeles se encontró cara a cara con otra siembra fallida.

María tiene ojos claros y una voz dulce que parece flotar entre el calor y la humedad intensa del centro de Caluco. Sus conocidos le dicen Angelita y trabaja como la directora de la Casa de la Cultura del municipio. Desde este espacio se potencian las actividades de una asociación fundada hace siete años llamada Grupo Calicacao.

La asociación reúne a 29 agricultores, 25 mujeres en el área de procesamiento del cacao y 20 jóvenes en talleres de aprendizaje de creatividades y de buenas prácticas de un vivero. Así está escrito en un rótulo de la Casa de la Cultura. La meta es hacer que Caluco sea reconocido como un municipio productor de cacao de alta calidad. En 2014, los productores de Caluco se convirtieron en beneficiarios de la Alianza Cacao. Esta alianza es un proyecto con financiamiento internacional que busca motivar la reactivación de este cultivo durante cinco años.

La idea oficial del programa es comercializar el cacao en “los rentables segmentos especiales y gourmet de mercado internacional”. En la práctica, el beneficio local es tentador: si los campesinos de Caluco encuentran en este cultivo un trabajo con ingresos dignos, no se verán obligados a dejar la vida que conocen para poder subsistir.

***

SEMBRAR, TRANSFORMAR, PINTAR Y BAILAR CACAO

Apoyo durante un lustro. La Alianza Cacao busca reactivar la siembra de cacao durante un periodo de cinco años que va desde 2014 hasta 2019.

Dentro de la Casa de la Cultura que María de los Ángeles dirige se han creado varios talleres para formar a los jóvenes en diferentes ramas creativas. Los talleres son gratis y se ha formado un grupo de muchachos que pinta cuadros y trozos de madera con dibujos alusivos al cacao y un grupo de mujeres jóvenes que elaboran aretes y collares con granos de este cultivo. Y si esos talleres no son suficientes para motivar a la población juvenil, hay un grupo de danza para realizar coreografías con canciones que tengan una letra alusiva al cacao.

María de los Ángeles es el motor de este proyecto. No solo convenció a algunos campesinos para sembrar e impulsó que los jóvenes se involucren en actividades creativas, además ha producido un festival, ha motivado la creación de una tienda para vender chocolate en tablilla y ha influido en que los postes de electricidad y las paredes del casco urbano del municipio tengan dibujos que hagan referencia a la temática.

“Creo que está dando resultados porque los señores son agricultores, las señoras están procesando, los jóvenes están haciendo arte y a los que no les gusta todo esto… están bailando. Hay espacio para todos”, dice entre risas la directora de la Casa de la Cultura desde un salón multiusos.

En Caluco las oportunidades de trabajo no abundan. El año pasado el nombre del municipio estuvo varias semanas en los periódicos porque las pandillas provocaron el desplazamiento de la mayoría de los habitantes de El Castaño, uno de sus cantones. Además, varios pobladores del lugar afirman que hace dos años, algunos campesinos dejaron de ir a sembrar a sus tierras por el temor de encontrarse a un grupo de pandilleros armados.

En el último mapa de pobreza realizado por el Estado, el panorama de Caluco no se mostró favorable. La investigación evidenció que el 79 % de su población vivía en pobreza extrema y el 43.7 % de sus habitantes vivía en pobreza extrema severa. El panorama educativo tampoco es esperanzador. De acuerdo con el Observatorio del Ministerio de Educación, en todo el municipio hay 10 escuelas y solo una brinda clases de bachillerato. Además, la mitad de los centros escolares tiene problemas de seguridad interna por las pandillas y por lo menos el 12 % de los maestros de la localidad ha sido extorsionado por pandilleros.

En este contexto educarse es un reto. “Las oportunidades que se dan son algo escasas –dice un joven tímido que no levanta la vista de sus pinturas– porque, por ejemplo, si no me entero de este taller, creo que no hubiera aprendido nada”.

El que habla es Noé Villalta, parte del Grupo Calicacao. Él pinta un cuadro en el salón multiusos de la Casa de la Cultura y dice que estudió hasta primer año de bachillerato, que la cooperativa le ha ayudado a formarse y que tiene una hija que alimentar. Para ello trabaja en un restaurante, pero sueña con un día poder sostenerse a través del arte sin tener que salir de Caluco.

Si uno de los cuadros que Noé realiza se vende por t $3, se calcula que el costo es de $1.50. Entonces a Noé le corresponden $0.50 en concepto de ganancia, $0.50 se destinan a la cooperativa y $0.50 se guardan para la compra de materiales. El pago es bajo, pero Noé dice que “poco a poco se van formando las cosas y ya se mira uno con futuro”.

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Calicacao. Los integrantes del Grupo Calicacao no solo siembran y procesan el cacao, también lo utilizan en manualidades.

SEMBRAR, TRANSFORMAR, PINTAR Y BAILAR CACAO
Dentro de la Casa de la Cultura que María de los Ángeles dirige se han creado varios talleres para formar a los jóvenes en diferentes ramas creativas. Los talleres son gratis y se ha formado un grupo de muchachos que pinta cuadros y trozos de madera con dibujos alusivos al cacao y un grupo de mujeres jóvenes que elaboran aretes y collares con granos de este cultivo. Y si esos talleres no son suficientes para motivar a la población juvenil, hay un grupo de danza para realizar coreografías con canciones que tengan una letra alusiva al cacao.

María de los Ángeles es el motor de este proyecto. No solo convenció a algunos campesinos para sembrar e impulsó que los jóvenes se involucren en actividades creativas, además ha producido un festival, ha motivado la creación de una tienda para vender chocolate en tablilla y ha influido en que los postes de electricidad y las paredes del casco urbano del municipio tengan dibujos que hagan referencia a la temática.

“Creo que está dando resultados porque los señores son agricultores, las señoras están procesando, los jóvenes están haciendo arte y a los que no les gusta todo esto… están bailando. Hay espacio para todos”, dice entre risas la directora de la Casa de la Cultura desde un salón multiusos.

En Caluco las oportunidades de trabajo no abundan. El año pasado el nombre del municipio estuvo varias semanas en los periódicos porque las pandillas provocaron el desplazamiento de la mayoría de los habitantes de El Castaño, uno de sus cantones. Además, varios pobladores del lugar afirman que hace dos años, algunos campesinos dejaron de ir a sembrar a sus tierras por el temor de encontrarse a un grupo de pandilleros armados.

En el último mapa de pobreza realizado por el Estado, el panorama de Caluco no se mostró favorable. La investigación evidenció que el 79 % de su población vivía en pobreza extrema y el 43.7 % de sus habitantes vivía en pobreza extrema severa. El panorama educativo tampoco es esperanzador. De acuerdo con el Observatorio del Ministerio de Educación, en todo el municipio hay 10 escuelas y solo una brinda clases de bachillerato. Además, la mitad de los centros escolares tiene problemas de seguridad interna por las pandillas y por lo menos el 12 % de los maestros de la localidad ha sido extorsionado por pandilleros.

En este contexto educarse es un reto. “Las oportunidades que se dan son algo escasas –dice un joven tímido que no levanta la vista de sus pinturas– porque, por ejemplo, si no me entero de este taller, creo que no hubiera aprendido nada”.

El que habla es Noé Villalta, parte del Grupo Calicacao. Él pinta un cuadro en el salón multiusos de la Casa de la Cultura y dice que estudió hasta primer año de bachillerato, que la cooperativa le ha ayudado a formarse y que tiene una hija que alimentar. Para ello trabaja en un restaurante, pero sueña con un día poder sostenerse a través del arte sin tener que salir de Caluco.

Si uno de los cuadros que Noé realiza se vende por t $3, se calcula que el costo es de $1.50. Entonces a Noé le corresponden $0.50 en concepto de ganancia, $0.50 se destinan a la cooperativa y $0.50 se guardan para la compra de materiales. El pago es bajo, pero Noé dice que “poco a poco se van formando las cosas y ya se mira uno con futuro”.

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EL ORIGEN DE LA ALIANZA Y EL CACAO
Alianza Cacao brinda un servicio de asistencia técnica a quienes quieran ser productores de este cultivo. La alianza está pensada para tener una duración de cinco años, por finalizar en 2019. Está liderada por Catholic Relief Services y espera crear 13,500 empleos.

La alianza capacita a productores no solo para sembrar cacao, sino para organizarse y que en sus comunidades lleguen a procesar este producto originario de la región mesoamericana. En algunas publicaciones se dice que antes de la conquista española los granos del cacao eran ocupados para hacer una bebida amarga para los caciques mayas; otras investigaciones afirman que se utilizaba como ofrenda en sacrificios, como moneda de cambio y que era ocupado en tratamientos medicinales.

Sembrar este cultivo implica, de cierta forma, la recuperación de la memoria de la tierra. Así lo deja ver Jairo Andrade, el director de la alianza: “No hay otro lugar en el mundo donde el cacao esté tan vinculado en términos culturales como lo es acá en El Salvador. Es histórico. El famoso cacao que llevaron de México a España, ¿de dónde cree que era originario? Era de los territorios que hoy son El Salvador”, cuenta Andrade.

En este contexto educarse es un reto. “Las oportunidades que se dan son algo escasas –dice un joven tímido que no levanta la vista de sus pinturas– porque, por ejemplo, si no me entero de este taller, creo que no hubiera aprendido nada”.

A pesar de esa identidad tan ligada a este fruto, su presencia mermó en la vida agrícola de los salvadoreños. Poco a poco, el café, el algodón y la caña de azúcar sustituyeron la producción del cacao. Y a pesar de ser originario de estas tierras, ahora el continente africano es el mayor productor del cultivo en todo el mundo.

Sin embargo, El Salvador sigue teniendo una ventaja. El cacao de esta región tiene más de 3 mil años de historia. Genéticamente, asegura la alianza, es una de las mejores y más antiguas semillas del cultivo. Se considera que es de excelente calidad y que solo el 5 % de la producción mundial es de este tipo.

Andrade afirma que las semillas que se producen en El Salvador “pueden llegar a costar cuatro veces más de lo que cuesta el cacao masivo. Eso hace que el potencial como un generador de ingreso para las familias en El Salvador sea alto”.
A pesar de ello hay un problema para quien necesite utilizar la tierra para que esta produzca rápido. Quien siembre debe tener paciencia. Andrade lo explica: “Es un cultivo que para alcanzar el pico de producción demora entre cinco y seis años”.

En la ruta del cacao. Hasta la fecha se ha logrado registrar que por el impacto directo de este programa han sido sembradas en cuatro años al menos 4,735 hectáreas de cacao.

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LA TIERRA AGRADECE EL CACAO
Emilio Escobar está harto de los pájaros carpinteros. Es un hombre de 56 años que camina con el pecho en alto, es fuerte y está dedicado completamente a la vida del campo. Cuando llega a su terreno sembrado con cacao, no puede evitar mostrar su molestia con los chejes, como le llaman aquí a esas aves. En esta zona del cantón Plan de Amayo, de Caluco, él plantó hace cuatro años una manzana y media de árboles de este cultivo. Pero la suerte, hasta hoy, no ha estado de su lado.

Hace un par de años, un vecino estaba limpiando su terreno con fuego, vino una ventisca, el fuego se pasó hacia el terreno de Emilio y arrasó por completo con una manzana de árboles de cacao sembrados. Su producción se redujo a media manzana. Aquí es donde, a diario, debe pelear sus frutos con los chejes.

“Hemos tratado de ver si los podemos ahuyentar poniéndoles cosas brillantes. Hemos recolectado botellas plásticas y las hemos forrado con papel aluminio. Las colgamos en diferentes partes de la plantación y donde la pichinga tiene sol, pega resplandor”, narra después de inspeccionar su plantación. Él calcula que, de cada 10 mazorcas de cacao maduras, hay seis picadas por los chejes.

A pesar de las botellas brillosas, los pájaros siguen llegando y picando sus mazorcas de cacao. Ahora, lo único que se le ocurre a Emilio es sembrar árboles de naranja para que los chejes se distraigan comiendo esos frutos.

Y es que la venta de cacao, cuando se puede sacar, es buena. Él ya ha llegado a cortar 800 mazorcas cada ocho días. En el mercado de Sonsonate ha logrado vender cada libra a $2.50. Por ello, la recompensa económica de este trabajo es prometedora. Además, un árbol cacaotero puede llegar a producir hasta por 70 años. Pero hoy, todas las mazorcas picadas representan pérdidas para su hogar conformado por su esposa y tres hijos.

“No hay otro lugar en el mundo donde el cacao esté tan vinculado en términos culturales como lo es acá en El Salvador. Es histórico. El famoso cacao que llevaron de México a España, ¿de dónde cree que era originario? Era de los territorios que hoy son El Salvador”, cuenta Jairo Andrade, el director de la Alianza Cacao.

Emilio es uno de los 4,680 productores que han sido apoyados por la Alianza Cacao. Este miércoles de diciembre le pregunta a un representante de la alianza qué es lo que puede hacer para evitar más pérdidas en su terreno. El representante le asegura que enviará a un técnico con mejor información.

Para Emilio las razones por las cuales se unió al proyecto son sencillas: con estos árboles viene la promesa de un ingreso económico extra para su familia. Además, él dice que la mano de obra para recolectar las mazorcas “es más suave”, pues se trabaja bajo sombra. Esta posibilidad de trabajar la tierra con una mano de obra “suave” suena tentadora en un espacio como este. A solo unos metros, sus hijos recogen cilantro bajo el sol en otra parcela. El mediodía y el cielo completamente despejado hacen que el verde de las plantas hasta parezca fosforescente.

A pesar de que ya es hora de almuerzo, los hijos de Emilio siguen trabajando en este campo verde y oloroso. Emilio espera que ellos, al ver la posibilidad de una vida digna a través de la venta de mejores productos, decidan estudiar para encontrar mejores maneras de vivir sin tener que dejar su origen. “Mi hijo se va a graduar de bachiller en Contaduría y me dice ‘si la vida la tenemos en el campo, la tenemos en la tierra, vamos a echarle ganas para ver de qué forma aumentar los ingresos’”, relata Emilio orgulloso.

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Un cultivo agradecido. El cacao da frutos durante la época seca y de lluvias. Además, un solo árbol puede llegar a tener una vida productiva de hasta 70 años.

LOS OTROS BENEFICIOS DE LA SIEMBRA DE CACAO
Para llegar a una parte de la parcela de Emilio es necesario abrir el camino con una cuma, cortar ramas con espinas y cruzar un río pequeño. Por un momento, mientras Emilio inspecciona su terreno, sospecha que no hay suficiente humedad en la tierra. Pero la tierra no está visible, pues una capa de hojas la cubren. Las aparta con la cuma y se encuentra con una tierra negra y húmeda, adecuada para el cultivo.

A diferencia de lo que alguna vez les recomendaron, los productores ya saben que el cacao necesita un 50 % de sombra y un 50 % de sol para crecer. Por eso deben sembrar árboles que funcionen como su sombra. La clave que ha encontrado la alianza para hacer que los productores vean esto como un beneficio es recomendarles sembrar árboles que den sombra y que también sean productivos como el coco o plátano.

Emilio optó por hacer una sombra de plátano. Él y su esposa se han dedicado en los últimos meses a vender tostadas de plátanitos. Ellos mismos cosechan, cortan y fríen el producto que luego las personas les compran como bocadillo.

El cacao y el plátano no solo ayudan a sostener a la familia, cuando sus hojas caen y es invierno, ayudan a preservar el suelo en época de lluvias. Durante la época seca, esa misma cobertura vegetal sirve para que no se pierda la humedad de la tierra. El director de la alianza asegura que con esto “se genera una microfauna muy interesante. Empieza a mejorarse la calidad biológica del suelo”.

El cultivo del cacao, a diferencia del café, también representa un ingreso más sostenido para las familias campesinas. El árbol da fruto tanto en verano como en invierno. Otros cultivos tradicionales se siembran más por necesidad que por la oportunidad de hacer negocio.

Manuel Beltrán, otro productor de cacao de Caluco, lo cuenta de una manera simple. “El cacao ya es un aliciente que viene a llenarle algunos vacíos a uno”, dice. Dentro de una plantación del cantón Plan de Amayo, él dice: “Lo que es agrícola, puramente maíz y frijol, uno lo hace porque tiene que comer tortillas, pero que uno diga que le va a ganar, no. Mire ahora cuánto vale el quintal, en esas condiciones uno sobrevive porque Dios es grande”.

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MUJERES QUE TRANSFORMAN
En octubre de este año, una muestra de cacao de El Salvador figuró por primera vez como una de las mejores 18 a escala mundial. Esto ocurrió en el Salón del Chocolate en París, Francia, donde se realizó un certamen que reunió a países con producción gourmet de dicho producto.

Fue un logro para el productor salvadoreño Eduardo Zacapa, que logró posicionar su muestra y también se entendió como un logro para la producción nacional de cacao. No obstante, en Caluco el impacto directo de la reactivación de un cultivo como este no se mide en premios o en ranking internacionales, se mide en que, por ejemplo, una mujer como Marta Posada ahora tiene un ingreso fijo por cada jornada que trabaja transformando cacao.

Grupo Calicacao. En él participan jóvenes que reciben clases de pintura y luego realizan artesanías y pinturas que son comercializadas. En la fotografía, Noé Villalta pinta una de sus piezas en madera.

Se le llama transformar al proceso de convertir la semilla seca de cacao en un producto comestible o bebible, según se prefiera. Marta tiene 59 años, es ama de casa, tuvo seis hijos y cuando se le pregunta por los nietos, duda por un segundo mientras calcula que, quizá, sus nietos llegan a la docena. Esta mujer espontánea y de plática amena logró criar a todos sus hijos vendiendo tablillas de chocolate.

Ella cuenta que había días tan buenos en los que lograba vender unos 100 colones de tablilla, unos $8.75. Ella aprendió de su mamá las recetas para procesar el cacao. Su padre tenía unos árboles de los cuales sacaban la materia prima y, con lo que aprendió en su familia, se consolidó como la vendedora de chocolate del municipio. La tradición de su producto es tanta que algunos lugareños afirman que “bien sabe uno cuando el chocolate es de la niña Marta”.

Por eso, cuando la directora de la Casa de la Cultura inició el proyecto de desarrollo local a través del cacao, Marta fue una de las contactadas. Ella sabía bien cómo tratar las semillas y le enseñó algunas recetas al resto de mujeres que se unieron al Grupo Calicacao.

“Los hombres suelen migrar en busca de un ingreso extrafinca para solventar la economía familiar, y la mujer, frecuentemente, queda a cargo de las actividades productivas de la parcela, pero eso no se sincera porque si uno ve las listas de las personas donde decimos cuáles son las personas beneficiarias del proyecto, vemos que el 80 % o un 90 % son hombres, cuando el trabajo real lo está haciendo la mujer”.

Al lado del parqueo de la Casa de la Cultura hay un cuarto con varias mesas y material para realizar tablillas de chocolate. Es el cuarto donde las mujeres del Grupo Calicacao se reúnen para transformar la semilla. A veces trabajan en función de un pedido y en otras ocasiones, como explica Marta, esperan venderlo entre vecinos: “Hay que salir a pasearlo y esperamos, primero Dios, ya con la cooperativa salir adelante”.

Al igual que sucede con las pinturas que hacen los jóvenes, todo el ingreso del producto que se vende, se divide. Una es la ganancia personal y otra parte está destinada a la cooperativa. En esta asociación se intenta generar capital y, aunque su inicio ha sido lento y lleno de baches, sus integrantes hablan con ilusión por el futuro. La meta fijada para 2018 es ambiciosa. Esperan aumentar sus ingresos, mejorar la presentación de sus productos y consolidar una marca.

Mientras Marta trabaja en unas tablillas de chocolate afirma que “aquí lo que va a salir de ganancia lo vamos a ver después. Ahorita trabajamos, nos pagan a nosotros el día y lo que quede de ganancia, va a quedar. Ya cuando tengamos bastante ya vamos a ver qué hacemos”.

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POR EL FUTURO
“Históricamente ha habido discriminación hacia la mujer en general, hacia los jóvenes y los enfoques de los proyectos han sido generalmente trabajar con el jefe de familia”, asegura el director de Alianza Cacao, Jairo Andrade, desde su oficina en San Salvador.

De acuerdo con las estadísticas de esta institución, en estos cuatro años del programa se ha logrado sembrar 4,735 hectáreas de cacao a través de 4,680 productores. De esos, mil son mujeres enlistadas como productoras. Sin embargo, Andrade hace un matiz:

“Los hombres suelen migrar en busca de un ingreso extrafinca para solventar la economía familiar y la mujer, frecuentemente, queda a cargo de las actividades productivas de la parcela, pero eso no se sincera porque si uno ve las listas de las personas donde decimos cuáles son las personas beneficiarias del proyecto, vemos que el 80 % o un 90 % son hombres, cuando el trabajo real lo está haciendo la mujer”.

Además de la búsqueda por reivindicar la labor de la mujer en el campo, este proyecto tiene un componente de arraigo. La directora de la Casa de la Cultura de Caluco, María de los Ángeles, afirma que lo más común al ver las pocas oportunidades que existen para las personas de la zona rural es preguntarse: “¿Y qué va a hacer toda esta gente?”

Ella cree que si se le asegura a las personas campesinas un trabajo con ingresos dignos y la oportunidad de desarrollar una técnica adecuada y conocimiento especializado sobre sus productos, es posible que los jóvenes del municipio decidan quedarse a mejorar los cultivos y ser un referente del cacao gourmet.

Ahora mismo eso es un sueño. Pero María de los Ángeles se adelanta al pesimismo y responde que “hay que tener paciencia. No es de la noche a la mañana que esto produce. La esperanza es que le dejemos algo mejor a las nuevas generaciones”.

Un cultivo antiguo. A pesar de que el cacao es originario de Mesoamérica, su siembra como producto para comerciar a gran escala se descontinuó. Ahora se intenta reactivarlo.

¿Dónde se enflora a un desaparecido?

Guadalupe Mejía, fundadora de CODEFAM

Se llama Guadalupe Mejía y sus allegados la conocen como madre Lupe. Ahora es una señora de 74 años que camina lento y apoyada en un bastón, pero ha pasado los últimos 40 años de su vida organizando marchas, gritando consignas en megáfonos, realizando protestas y exigiendo justicia. Este año se anunció en Casa Presidencial la creación de CONABUSQUEDA y para Guadalupe esa es una señal de que después de décadas buscando a hombres y mujeres desaparecidos, hoy se encuentra un poco más cerca de conocer su paradero.

Su plan nunca fue ser activista. Quería graduarse de maestra, sin embargo, solo pudo estudiar hasta segundo grado. Guadalupe nació en el cantón La Ceiba, de Chalatenango, y cuando tenía 17 años, se casó con Justo Mejía. Pronto formaron una familia que se sostenía vendiendo atarrayas y trabajando la tierra.

Sin dinero para hacer la siembra, Justo fundó la Unión de Trabajadores del Campo y una cooperativa campesina para acceder a créditos. Los militares señalaron como comunistas a los integrantes de la cooperativa. En 1977, Justo fue asesinado. Guadalupe tenía 34 años cuando quedó viuda y con nueve hijos que criar.

La historia de ese período de la vida de Guadalupe inspiró al escritor Manlio Argueta para escribir la novela “Un día en la vida”. Ella le brindó una entrevista en la que le contó el origen de su dolor. “Si yo no hubiera tenido esa entrevista, no hubiera tenido material para escribir”, reconoce ahora Argueta.

Tras el asesinato de Justo, vinieron otras muertes. Uno de los hermanos de Guadalupe fue desaparecido y no se ha podido encontrar sus restos. Y ya en 1981, fuerzas estatales asesinaron a siete de sus familiares.

Guadalupe, junto a otras personas, fundó el Comité de Familiares de Víctimas de las Violaciones de los Derechos Humanos Marianella García Villas (CODEFAM) en 1981. Desde ahí denunció las torturas que sus familiares vivieron. También presionó a cuanta autoridad fue necesaria para liberar a cientos de presos políticos. Desde los ochenta, su organización ha brindado apoyo para las madres y familiares que tienen la esperanza de encontrar, al menos, los huesos de sus seres queridos.

Durante esta plática, Guadalupe a veces olvida algún detalle específico y cierra los ojos, hace una mueca y se pone las manos sobre la cara como si le avergonzara olvidar. Todo su trabajo ha sido enfocado en recordar. Ella también fue una de las principales impulsoras del Monumento a la Memoria y a la Verdad ubicado en el parque Cuscatlán, en San Salvador. Ahí se recogen los nombres de los desaparecidos y asesinados durante el conflicto armado. Es un espacio donde se concreta la memoria, pero es un monumento descuidado que se deteriora ante la indiferencia pública.

Irónicamente, aunque los dolores de la vida de Guadalupe son de conocimiento público y su legado se materializó en un libro y un monumento nacional, su nombre no suele resaltar con letras grandes. La historia no ha sido justa retratando a una mujer que se ha esforzado por combatir el olvido en un país que parece ser amnésico.

¿Cree que el país ya aprendió su lección con respecto a los desaparecidos?
Yo digo que está lejos todavía para aprender eso. Mire cómo hay desapariciones de gente. Yo pensaba que después de los Acuerdos de Paz ya no se iban a seguir dando estos hechos, pero se siguen dando y no sé hasta dónde vamos a llegar. No sé qué hacer. Me siento incapaz de decir “hagamos esto para que eso no se dé”.

Guadalupe Mejía

¿Cómo vive una madre que no encuentra a sus hijos?
Es una gran tristeza y angustia quererlos encontrar. Ya cuando los encuentra es tranquilidad para ella, porque por lo menos les dan cristiana sepultura. Con eso ya uno queda más tranquilo.

Hay algunas personas que dicen que es mejor dejar eso en el pasado. ¿Por qué es importante hacer excavaciones para encontrar los restos de los desaparecidos?

Porque uno entierra y ya queda conforme que ya queda ahí descansando la persona. Mientras (eso) no está, uno anda pensando que dónde están, que no sabe qué pasó. Encontrar los restos le ayuda a uno a sanar las heridas.

¿Entonces no es cosa del pasado?
No, si para nosotros ese tema es como que fuera ahorita. Porque pasó hace años, pero uno todos los días los recuerda y piensa en ellos. Para uno no es cosa del pasado. Es cosa de presente y de mañana también.

¿Cuántos familiares desaparecidos tiene usted?
Solo mi hermano Gilberto. Está desaparecido desde agosto de 1981.

¿Cómo lo desaparecieron a él?
Él venía para Aguilares a ver a mi mamá. Y en el puente de hamacas lo detuvieron y se lo llevaron. No estoy segura de quién se lo llevó, pero iban vestidos de soldados.

¿El asesinato de su esposo, Justo Mejía, fue de los primeros casos violentos que vio en Chalatenango?
Sí, de los primeros casos en 1977.

Se casó con él bien jovencita.
De 17 años. Bien jóvenes comenzábamos la vida ya acompañadas o casadas.

¿Justo se organizó después de casarse?
Sí, hasta después. Nosotros solo trabajábamos. Hacíamos los paños y las atarrayas para irlas a vender. Mañaneaba a trabajar en los paños y de ahí se iba a la milpa. Regresaba en la tarde y no teníamos otra preocupación.
Recuerdo que nos reuníamos para estudiar el evangelio y entonces salíamos a las comunidades y analizábamos lo que la biblia nos decía. Así fue como comenzó la vida organizada. Después él se organizó en una cooperativa de campesinos que era de ahorro y crédito. La formó para que los campesinos obtuvieran tierras y créditos para trabajar porque no se tenía cómo comprar el abono.

¿Usted sintió algún presentimiento de que eso era peligroso?
Al principio no. Lo que hacíamos era estudiar la biblia e ir a las comunidades, haciendo asambleas con ellas. Hasta que un día nos dijeron que no teníamos que andar en eso porque era peligroso. Eso dijeron los orejones.

¿Cómo fue avanzando todo hasta que pasó el asesinato de su esposo?
Los campesinos formaron la cooperativa y se reunían. Ahí llegaban los soldados y la Guardia a ver qué hablaban. Así fue agudizándose más porque ya los vigilaban y donde nosotros andábamos, ellos también andaban.

Quienes estaban en contra de que los campesinos se organizaran decían que esa era una causa comunista. ¿Qué sabían del comunismo?
No sabíamos qué era comunismo. Nos decían que nosotros estábamos enseñándolo, y yo les decía: “¿Y qué es comunismo?” Porque así era, no sabíamos y nos decían que éramos subversivos, todas esas palabras.

¿Usted, en ese momento, entendía esas palabras?
No, yo no les entendía qué quería decir subversivo, ja, ja… no entendíamos qué era, hasta que nos decían revoltosos.

Cuando a su esposo lo mataron, usted ha contado que tuvo que negar que él era familiar suyo. En esa constante huida en la que estaban, ¿tuvo algún momento privado para llorarlo?
Muy poco espacio nos quedaba para eso. Sí me daban ganas de llorar, y lo hice, quizá, pero lloré en silencio, sin que la gente lo supiera. Su cadáver lo hicieron destrozado. Por eso Monseñor Romero decía que Justo Mejía había sufrido la pasión de Cristo. A él le quebraron los brazos, le sacaron el ojo, le quitaron las uñas con las boquillas de los fusiles y lo colgaron de los árboles. Lo tiraron allá, en una quebradita, cerca de un palo de quina.

Cuando usted encontró el cadáver de Justo, ¿lo enterró en ese mismo lugar?
Sí. Cuando estábamos en el entierro de él, los guardias nos pusieron en una fila y nos preguntaron quién era el familiar del muerto. Nosotros les dijimos que no había nadie de la familia, que estábamos haciendo una obra de caridad. Es bien duro tener que negarlo por amor a la vida de mis hijos.

Leí que días después sacaron el ataúd del primer lugar donde lo enterraron y lo llevaron a otro lugar para hacer una vela.
Sí, a los 17 días lo vinieron a sacar los compañeros. Lo asearon y lo bajaron por esas lomas hasta llegar a El Jícaro.

¿Pudo ir a la vela?
Sí, ahí fui toda la noche. Lo llevamos para El Jícaro en el día y después fuimos a La Ceiba. Ahí lo velamos. Al siguiente día lo enterramos ya en el cementerio. Después de que a Justo lo mataron, nos quedamos viviendo allá en la comunidad. Pero llegaron los escuadrones de la muerte y nos sacaron. En la puerta habían puesto un letrero y la mano blanca. Nos daban 15 días para que abandonáramos la casa.

¿Cómo la apoyó Monseñor Romero?
Cuando se llevaron a mi esposo, que estaba como desaparecido, vine a poner la denuncia donde él y ahí fue donde lo conocí.

En una homilía Monseñor Romero dijo que se le “horrorizó el corazón” cuando la vio llegar con sus nueve niños a contarle de la tortura y el asesinato de su esposo. ¿Cómo era la relación con Monseñor Romero?
Con Monseñor Romero convivimos desde que estaban haciendo una champa que ocupábamos nosotros mismos en el arzobispado.

Como familiares de desaparecidos, ¿cómo vivieron ustedes el momento en el que mataron a Monseñor Romero?
Fue duro porque nosotros teníamos una gran esperanza en él porque nos ayudaba. Era la persona a la que íbamos a denunciar los hechos que habían pasado. Por ejemplo, los que capturaban en la semana, nosotros el domingo lo íbamos a denunciar a Monseñor. Por eso él los daba en la homilía del domingo.

¿No pensó que si a él lo mataron, le podían hacer eso a cualquiera?
Ah, cómo no. Eso lo pensábamos nosotros. Que habían tenido el valor de hacerle eso a nuestro obispo, ¿cómo no a cualquiera se lo iban a hacer? Cuando llegábamos a los cuarteles, nos decían: “Váyanse, viejas. ¿Qué vienen a buscar? Aquí van a quedar ustedes también”. Nosotros hacíamos eso conformes a que cualquier cosa nos podía pasar.

Guadalupe se convirtió en una voz de denuncia de las violaciones a los derechos humanos. En 1979 realizó un viaje por Centroamérica denunciando los crímenes contra los campesinos y conoció al escritor Manlio Argueta. Él asegura que primero entrevistó a Guadalupe en un grupo de cinco mujeres. Luego le realizó una entrevista privada de 45 minutos. “En ese momento no estaba pensando escribir una novela”, cuenta Argueta. Ocho meses después de haber escuchado su historia, se dispuso a escribir el libro “Un día en la vida” y lo basó en el testimonio de Guadalupe. Argueta comenta que aunque la novela ha sido catalogada de carácter testimonial, es un texto de ficción basado en hechos reales. Le tomó tres meses escribir ese libro.

¿Cómo fue el viaje a Costa Rica?
Hicimos una gira que nos organizó aquí la universidad. Íbamos con estudiantes, con maestros, y fuimos a Honduras, a Panamá y Costa Rica. Allá, en Costa Rica, fue que encontramos a Manlio Argueta. Y ahí él tomó mi testimonio.

¿Cómo se sintió cuando vio el libro “Un día en la vida”?
En Inglaterra, en una gira que andaba allá, me dijo una persona donde me quedé que si ya había visto mi libro y le dije que no. “Ah, ya se lo voy a enseñar”, me dijo, y me lo enseñó. Yo no sabía que estaba ese libro, pues.

¿Le hubiera gustado que le pidieran permiso para usar su historia?
Como no. Sí porque ahí no me pidieron permiso. Nada más fue así.

La historia está basada en usted, pero tiene elementos de ficción. ¿Cómo se sintió cuando la leyó?
El libro tiene bastante de lo que sufrimos allá, en La Ceiba. Eso sí, pienso que me removió porque yo eso no lo había contado así a otra gente y en el libro salía lo que habíamos sufrido en la comunidad.

Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.

¿Se sintió extrañada?
Como no, pero como ya estaba hecho el libro… así se da cuenta mucha gente de lo que vivimos. Muchos no conocen la realidad y por lo menos leyendo libros conocen un poco.

Hablemos de cómo empezó su organización, CODEFAM. ¿Cómo decide organizarse?
El espíritu de fortaleza me lo da mi esposo, porque uno no tiene otra cosa más que contar lo que pasó y hacerse fuerte para contarlo con la idea de que estos hechos no se repitan.

Además del caso de su esposo, ¿hubo otro caso que la hiciera decidirse para estar en la organización?
Sí, el asesinato de siete familiares, entre primos, sobrinos y una señora que era comadre de nosotros. Fue terrible, en 1981. Allá, en Las Vueltas. Ellos estaban durmiendo. Como a las 10 de la noche se empezaron a oír los gritos de las personas y los disparos. A una comadre la mataron con el yatagán, un cuchillón que tiene dos patas para que cuando se lo metan, tope. También mataron a un primo de Justo. Hicieron una rueda con la familia de él y en medio lo mataron. Ellos tenían un niño chiquito y ese niño se enloqueció, quizá de eso.
También había otra muerte que nos dolía: se llamaba Catochita y era una señora que no tenía dónde dormir y se quedaba donde le agarraba la noche. La mataron a ella. Su niña, que tenía unos 10 meses, estaba tomando pecho y pasó toda la noche tomando pecho en la señora muerta. Viera, eso sí duele. Muchas barbaridades hicieron con nosotros.

¿Actualmente usted recibe salario por su trabajo?
En los años que teníamos dinero sí nos daban un salario. Después ya no se podía, ya no recibimos.

¿Cuál diría que es el mayor logro de CODEFAM?
La libertad de los presos políticos. Pudimos sacar como a 1,000 presos políticos de diferentes penales del país.

¿Cómo lo lograron?
Luchando, haciendo actividades en las calles, consiguiendo fondos para pagarle a los abogados para que ellos tomaran los datos. Así fue como se logró. Con la presión de las madres que hacíamos marchas y hablábamos con el director general de los penales y así.

Muchos dirían que organizaciones como CODEFAM perdieron su sentido de existir si ya pasó la guerra. ¿Por qué su trabajo es importante 25 años después de haber firmado la paz?
Mi trabajo como defensora de los derechos humanos es importante porque siempre se violan los derechos humanos. Talvez no igual como se violaron en la guerra, sin embargo, hoy se viola lo mismo en otra forma. No dejo de trabajar hasta que Dios me llame porque estamos viendo que haya justicia y que haya reparación. Hay que buscar a las personas que mataron, las tiraron y no se sabe a dónde.

Me acuerdo de una madre que se llamaba Yolanda. Ella hace cuatro años murió y me decía: “Madre Lupita, no quiero morirme sin saber de mi hijo. Quiero morirme pero cuando ya sepa de mi hijo. No quiero quedar así”. Ella lo anduvo buscando varias veces. Hubo una vez que le dijeron que les llevara dinero, que se lo iban a tener en un lugar, y ella llegó y solo le quitaron el dinero y no le llevaron al hijo.

A mí no se me olvida otra vez que ella me dijo: “Fíjese lo que me pasó: me subí al bus de la ruta 2 y allá, al fondo, vi a mi hijo y caminé para donde él y lo toqué. ‘Hijo’, le dije, y me volteó a ver el muchacho. ‘Ay, me equivoqué’”. Imagínese con qué fe ella pensó que él era su hijo. A mí eso no se me olvida y me da no sé qué no poder hacer nada con el caso de ella, porque se murió así, con su hijo desaparecido.

Yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Usted cree que las madres de desaparecidos están desilusionadas de no poder conocer la verdad del paradero de sus hijos con los gobiernos de ARENA y FMLN?
Sí, porque ellas tenían otra esperanza de que cuando ya estuviera un gobierno del FMLN, que hubiera más apoyo en esos casos, pero no. Todavía no se sabe.

¿Con dos gobiernos del FMLN eso ya debería haberse destapado?
Yo digo que sí, debería ser así. Ya la información la debería de pedir el presidente para poderla conocer. Si estando el FMLN no hemos podido y si llega otro, cómo la vamos a conocer.

En 2014, el Ministerio de la Defensa no permitió que el Instituto de Acceso a la Información Pública (IAIP) ingresara a las instalaciones del archivo castrense. El IAIP buscaba determinar la existencia de documentos de planes militares e información sobre las personas que participaron en violaciones a derechos humanos. En abril de este año, el IAIP concluyó con que hay evidencias de que la Defensa destruyó varios documentos referentes a operativos militares que terminaron con el asesinato de población civil.

La Fuerza Armada se ha negado a compartir la información de los casos de las masacres y usted les ha pedido que colaboren con la justicia.
En una pedida (de perdón) pública les dije que colaboren con la información. Ellos conocen lo que hicieron y también tienen esa información. Si no lo hacen es porque no quieren, no porque no la tengan.

¿Recuerda alguna ocasión en que la Fuerza Armada sí haya colaborado brindando información?
No, no me acuerdo nunca que nos hayan dado algo de información.

Guadalupe Mejía

En 2003 CODEFAM y otras organizaciones lograron inaugurar el Monumento a la Memoria y a la Verdad en el parque Cuscatlán. ¿Cómo fue luchar por la creación de ese monumento?
Fue muy difícil, pero se logró porque se hizo una campaña para que la gente viniera a dejar sus nombres. Aquí venían y (más) los que sacábamos nosotros de afuera.

¿Por qué era importante tener en un monumento los nombres de las víctimas?
Para guardar la memoria de ellos y para que los jóvenes conozcan lo que pasó. También es importante para las madres porque ellas van a depositar la flor y cuando quieren ir a ver, van. Ahí hablan con su ser querido. Cuando no teníamos ningún monumento no se hallaba dónde ir a enflorar. No teníamos un lugar fijo porque ¿dónde se enflora a un desaparecido si uno no conoce el lugar?

Ahora la gente llega y pone nuevos nombres…
Sí, así es. Y ellos manchan también el muro. Ponen cosas de tirro, y nosotros ya les dijimos que no pongan porque se va manchando el espacio.

¿Quién le da mantenimiento a ese monumento?
Pues sí eso es lo que hace falta: alguien que le dé mantenimiento. Nosotros ya hablamos con la alcaldía y con SECULTURA para ver si le dan mantenimiento y han expresado que sí le van a dar, pero todavía no. Y se está manchando de arriba, cae lodo cuando llueve y se mancha la plancha.

¿A ustedes les dicen que no o les dicen sí pero no lo hacen?
Nos han dicho que sí, pero todavía no lo han hecho.

¿Desde cuándo están pidiendo el mantenimiento del monumento?
Ya tiene como ocho años.

Los familiares mantienen la esperanza de encontrar a las personas cuyos nombres están inscritos en el monumento. En septiembre de este año el presidente anunció la creación de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas Adultas Desaparecidas en el Contexto del Conflicto Armado en El Salvador (CONABUSQUEDA). Esta comisión será una dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores y estará conformada por tres comisionados que tendrán la misión de identificar el paradero de los desaparecidos durante la guerra. Aún no se conoce cómo será su mecanismo de actuación.
*

Usted ha dicho que va a seguir trabajando hasta que un día se haga justicia. Eso suena a tener un montón de esperanza.
Pues sí, yo tengo esperanza de que un día sepamos la verdad. Porque con la Comisión de Búsqueda, si su trabajo lo desempeñan como tienen que desempeñarlo, es posible que se esclarezcan casos. Que le digan a usted “venga, aquí hay una fosa con tantos cadáveres”. Van, la revisan, se investiga y se ve si son de los desaparecidos.

¿Cree que sus nietos van a ver un país más justo?
Espero que así sea, porque uno sale con miedo porque cualquier cosa le puede pasar a sus hijos. Eso es lo que uno no quisiera porque ya vivimos esos hechos y no quisiéramos que se repitan.

La historia parece que sí se repite.
Sí, parece y se repite. En otro ámbito, pero siempre se repite.

¿Cuál es su plan para 2018?
No es mucho el plan, lo que espero es que la Comisión de Búsqueda funcione y se empiece a conocer la verdad de los hechos, que se empiece a saber de los desaparecidos, que los encuentren. Eso es lo que pienso de 2018.

Él tiene la costumbre de golpear a las mujeres

Fernanda, UNA MUJER QUE ENFRENTA VIOLENCIA DOMÉSTICA

Fernanda es una mujer de ojos grandes y manos trabajadoras. Es treintañera y todos los días se levanta temprano para ir a trabajar en un sitio donde realiza labores domésticas. Por su propia seguridad se ha omitido su nombre real y su ubicación en el país. Ella vive con su pareja quien es, a su vez, su agresor.

“La violencia contra la mujer es la forma más extrema de discriminación y, en los casos más graves, esa violencia puede provocar la muerte”, sostiene la ONU. La pareja de Fernanda la ha golpeado incontables veces en los últimos años, se ha referido a ella como “perra” y cuando ella menciona la palabra denuncia, él amenaza con matarla.

Su historia, lejos de ser única, forma parte de un patrón. De acuerdo con un informe del secretario general de la ONU, el 19 % de mujeres entrevistadas en 87 países entre 2005 y 2016 dijeron que habían experimentado violencia física o sexual de su pareja en el último año previo a ser encuestadas. En otras palabras, de cada 10 mujeres entrevistadas, dos aseguraron que sus novios o esposos las habían golpeado o agredido sexualmente.

El compañero de vida de Fernanda es un hombre trabajador, no pertenece a pandillas y no tiene nexos con grupos delictivos. Es un hombre que tiene la mala “costumbre” de golpear mujeres.

Un artículo de la revista Realidad de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas titulado “Mujer y violencia en El Salvador” sostiene que uno de los mitos de la violencia doméstica es que esta solo sucede en hogares pobres. La realidad suele ser distinta. El texto afirma que “no es difícil encontrar similares actitudes violentas en obreros y patronos, en analfabetos y profesionales, en albañiles y psicólogos”.

De acuerdo con cifras de la Policía Nacional Civil en 2016 se recibieron 1,176 denuncias de violencia intrafamiliar. En 1,020 ocasiones las denuncias fueron interpuestas por mujeres. Las organizaciones que trabajan con mujeres maltratadas aseguran que el nivel de denuncia aún es bajo en comparación con la realidad de mujeres que experimentan violencia. Aun así, el observatorio de la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA) registró que en el primer trimestre de este año se denunciaron cinco casos de violencia intrafamiliar al día.

“Nosotros tenemos aproximadamente cuatro años de estar juntos. Y como toda pareja, cuando comienza es todo color de rosa”, narra Fernanda durante un descanso de su trabajo.

¿Dónde lo conoció?
Acá cerca. Andábamos paseando con una tía de él y de repente nos vimos. Yo le dije a la tía de él: “¿Y ese bombón?”, “¿cuál bombón? Ese es mi sobrino”, me dijo ella. Él andaba con su niño chiquito y cruzamos miradas. Desde ese día comenzamos a platicar, a hablarnos por teléfono y así se fue dando la relación.

Él le dijo a la tía que le consiguiera mi número. Yo, emocionada, hasta mariposas sentía. Le dije: “Está bonito tu sobrino, ¿qué pasó?, ¿está solo?” Es lo primero que le pregunté. “Sí”, me dijo, “hace como ocho meses terminó una relación, le ha ido mal”. “¿Ah, de verdad?” dije más emocionada. “Si querés hablémosle”, me dijo. Le hablamos y él bien nervioso y yo igual.

Desde ese día ya prácticamente no nos apartamos porque va de hablar, eran las 2, 3 de la mañana y nosotros hablando.

¿De qué hablaban?
De su vida, de qué había hecho… cosas así. Él me contaba sus cosas y yo le contaba las mías y fue bonito…

¿Viven juntos?
Sí, hoy sí vivimos juntos. La primera vez que salimos fue como a los tres meses y medio. Fuimos a tomarnos un café, pero nosotros como que éramos bichitos, todos nerviosos y todo bien chivo. Yo sentí como mariposas. Bien emocionada y ya después, como yo le había dicho que no andaba con nadie, me preguntó: “¿Qué pasó, vamos a andar?”, “vaya”, le dije yo. Desde ahí comenzamos a salir. Yo venía a su casa y así, nos llevábamos bien.

¿Ha sucedido un cambio?
Sí, cuando uno comienza todo es bien bonito, pero ya después… como a los seis meses ya nos acompañamos. Yo llegaba a su casa y de repente ahí me quedé, jaja… quizás ese fue mi error, no sé.

¿Él vivía solo?
Sí, él vivía solo. Y no sé cuál fue el error, pero la cuestión es que nos quedamos juntos. Después de que ya nos acompañamos… puya. Uno nunca termina de conocer a la persona, pero yo no sabía cómo era él. En la primera discusión que tuvimos, si más me ahorca. Como a los cuatro o cinco meses que teníamos de estar acompañados, un día llegó algo tomado. Como es bien alto y más grande que mí, me levantó por detrás y yo de tonta le decía como podía: “¡Hey!, soltame” porque me tenía bien aprisionada. Y él: “No, que te voy a matar”.

¿Por qué estaba enojado?
No me acuerdo por qué discutimos y de un solo me agarró del (cuello). De ahí yo solo me le quedaba viendo, pero no le decía nada y los ojos llorosos. Ya después le dije “nombre, mejor andate, que te pase la cólera, no sé qué sentís”. Y al siguiente día como que no había hecho nada y yo solo me le quedaba viendo. Desde ese día comenzaron los problemas. Y me costó que me soltara y pasé como 15 días con dolor de garganta porque me la presionó. Él toma seguido y cada vez que llegaba bolo, no había día que no me dejaba así.

Los motivos por los que este tipo de agresiones no se denuncian son múltiples. Entre ellos están la “vergüenza y estigma, las barreras financieras, la impunidad percibida para los perpetradores, la falta de conocimiento de los servicios disponibles, amenaza de perder a los hijos, el miedo a meter al agresor en problemas, el miedo a represalias, actitudes discriminatorias hacia las víctimas en los tribunales y las instituciones policiales, y desconfianza hacia los trabajadores de la salud”. Así lo recoge la investigación “La punta del iceberg: la denuncia de la violencia de género en los países en desarrollo” de la Revista Americana de Epidemiología.

Uno nunca termina de conocer a la persona, pero yo no sabía cómo era él. En la primera discusión que tuvimos, si más me ahorca. Como a los cuatro o cinco meses que teníamos de estar acompañados, un día llegó algo tomado. Como es bien alto y más grande que mí, me levantó por detrás y yo de tonta le decía como podía: ‘¡Hey!, soltame’, porque me tenía bien aprisionada. Y él: ‘No, que te voy a matar’.

¿Usted le contó a alguien?
No. La familia de él bien feo el modo. Como tres veces me vieron golpeada en mi cara. Incluso, la última vez me vio la mamá de él. Ella vio cómo me bajó él de las mechas.
“Soltame, ¿qué te pasa?”, le decía yo, porque estábamos discutiendo por una cipota. “Mirá, platiquemos que a vos no te gusta hablar”, le pedía. “No, que vos ya me tenés harto”, me respondía. “No me golpees, que yo solo un papá tuve”, le dije. Como que más alas agarró… me bajó del pelo para el suelo y la señora solo se hizo para atrás, como que una basura iba pasando.

Me le quedé viendo y me puse a llorar porque, obvio, me dolía. Y yo dije, “si le pego una manada, voy a dar lástima”. Por eso he tratado la manera de no oponérmele. Ese día me llevó la que no me trajo, como dicen. A mi suegra le dije: “¿por qué no te metiste?”, y ella me dijo: “Yo no, eso es problema de pareja”. Ese mismo día en la noche me había dejado el pómulo izquierdo hinchado y me dejó al lado de afuera, así en el patio. Y ahí teníamos la refri nosotros.

¿Cómo la dejó afuera?
No me dejó entrar al cuarto. Mi suegra vivía entonces ahí. Y yo toda la noche pasé ahí. Y como tenía que venir a trabajar, pasé toda la noche poniéndome escarcha porque no tenía hielo para que se me desinflamara. Y yo va de llorar y llorar. Y le pedía a mi suegra que abriera y no me quiso abrir. Ella solo tosía. Y yo con unas cobijas todas sucias me arropaba y mi chuchito solo se me quedaba viendo y se me acercaba. A él lo abrazaba porque tenía frío y así pasé toda la noche. No pude ni dormir y va de ponerme escarcha, se me desinflamó un poco. De ahí como a las 5 me enojé y agarré a patadas la puerta, “abrime”, le dije yo y él se levantó. Me dijo: “Entrá, perra, para dentro”.

Se me rodaron las lágrimas y me le quedé viendo a la maitra bien dormida. Púchica, está bueno. Por ser mujer yo dije que se iba a poner en mi lado… qué. Como a las 9 de la mañana comenzamos a discutir y yo le dije: “Mirá cómo me has dejado la cara, si yo voy a la Policía te van a llevar preso”. Él me dijo: “Andá, andá, pero te mato”.

Y quizá no sé, aquel temor que siempre me ha puesto él, yo solo me le quedaba viendo. Le dije a la maitra “¿por qué no te metiste? como es tu hijo a él sí lo defendés”. A ella le dio una risita y me dijo: “Ja”. ¿Y por qué te reís?”, le pregunté yo. “Mirá, ahí puedo ver que él haga un hoyo y puedo ver que te entierre y yo ¿cómo le voy a echar tierra a mi hijo?” Sentí como una puñalada y solo volteé a ver para otro lado y me puse a llorar.

¿Hace cuánto fue eso?
Hace como seis meses. Fue la última. Sí ahorita él no me golpea porque yo le he dicho que lo voy a meter preso, pero cuánto le he aguantado. Mi jefa me dijo que hable con él. Ella moralmente sí me ha ayudado bastante. No es bueno oponérsele a la pareja porque el hombre siempre es hombre. Pero de que me ha golpeado, varias veces. Si anantes no me ha sacado los ojos.

La violencia dentro de las parejas, por lo general, es entendida dentro de un ciclo. El ciclo tiene varias fases y no todas son violentas. Se habla de una primera fase en la que dentro de la relación se acumula tensión y la persona violenta no explota. En la segunda fase es cuando ocurre un episodio de violencia aguda. En la tercera fase, conocida comúnmente como “la luna de miel”, el agresor expresa que se arrepiente de lo sucedido. A eso le sigue el perdón de parte de su víctima. Después viene una etapa de calma que puede durar varias semanas hasta que se regresa a la primera fase y se reactivan los episodios agresivos.

¿Usted nunca le ha dicho a nadie?
Solo a mi jefa. Una vez me dijeron que fuera ahí a Las Dignas, pero no me atrevo, no sé.

¿Él la amenaza?
Puesí, me amenaza. Yo le digo: “Te voy a echar a la Policía si me volvés a golpear”. Solo le da risa y me dice: “Andá y ya vas a ver lo que te va a pasar”.

¿Ya no se han peleado?
Siempre discutimos. O sea, vamos a lo mismo. Él ya no me golpea porque le dije que lo voy a llevar a la Policía. Él moralmente me acaba. Cuando discutimos viera cómo me dice unas palabras que duelen más que un porrazo. Duele.

¿Usted por qué cree que él sea así?
No sé.

¿A la mamá no la trataba así?
No, con ella es diferente.

¿Él tiene un hijo?
Tres hijos tiene, pero sí, él tiene la costumbre de golpear a las mujeres. A veces hablo con la muchacha anterior, la mamá de los niños de él. Ella me dice: “Ay, Fernanda, yo no sé qué está haciendo con ese hombre. Si ese hombre es mala persona”. O sea que él, mala costumbre de pegarle a las mujeres.

¿Usted ya había conocido a un hombre así?
No, primera vez. Me ha dejado traumada este hombre. Yo me pongo a pensar, volteo a ver al cielo y digo Señor…

Durante toda la conversación Fernanda se ha mostrado seria. Su cara ha sostenido un semblante fuerte, pero a punto de desbordarse. Cuando habla del cielo, vuelve a ver hacia arriba y no puede contenerse más. Empieza a llorar mientras posa la mirada en el techo, como quien espera alguna respuesta.

¿Usted tiene niños?
Tengo tres.

Antes estaba delgada. O sea, comía, pero como que no me caía bien la comida. Aquí en el trabajo bien galán, pero ya llegando a la casa, otra vez, es una gran agonía. Ya no es felicidad como cuando uno comienza. Cuando iba cerca de su casa yo me alegraba porque ya iba a llegar. No, hoy aflicción me da.

¿Viven con él?
No. Hace poco se me fue una porque él me le quiso pegar. Hasta ella me dijo: “Valorate, ese hombre no te valora”. Ella ya está grande, ya entiende. “No, mamá –me dice– yo no sé por qué está con este hombre”. Ellos viven con mi mamá.

¿Usted ha querido irse?
Cómo no. No sé, yo también tengo la culpa, no sé si lo quiero tanto, pero no vale la pena.

Usted lo quiere…
Sí, yo acepto, lo quiero. Yo siempre pienso, si hubiera una bayuncada… un lavado de cerebro quiero para quitarme una gran venda. A mi sentir, una gran venda que tengo que no me puedo ir… tanto maltrato físico.

¿Él a usted le da para los gastos?
Sí da, pero no alcanza. Prácticamente con mi trabajo yo me visto, me calzo, como. Porque lo que él da son $20. Qué van a andar alcanzando a la semana.

¿Usted ha pensado separarse del todo de él?
Yo le pido a Dios que me ayude. Prácticamente sí. Un día mi jefa me dijo que buscara ayuda. Yo creo que ya pronto porque ya esta situación…
Hoy diga que estoy gordita, si antes estaba delgada. O sea, comía, pero como que no me caía bien la comida. Aquí en el trabajo bien galán, pero ya llegando a la casa, otra vez, es una gran agonía. Ya no es felicidad como cuando uno comienza. Cuando iba cerca de su casa yo me alegraba porque ya iba a llegar. No, hoy aflicción me da.

¿Él es tranquilo ante los amigos?
Él es cruel porque cuando lo voy a buscar con los amigos me maltrata. “Andate, maje, andate, ¿qué venís a hacer?” Y a los amigos solo risa les da y yo digo púchica, si soy tonta, es que es la verdad.

Ahora que usted ve ese recorrido por el cual ha pasado, si usted hubiera sabido todo eso, usted no…
No, yo por eso digo ahora: “Señor, ayudame para algún día voy a dejar a este hombre”, pero otra vez acompañarme ya no. Mejor estar solo. Porque estar así no es vida.

¿Ahora lo que más la sostiene ahí es el cariño hacia él?
Eso.

¿Usted se podría regresar a la casa de su mamá?
O alquilar algún cuarto. Yo sola me mantengo. ¿Qué yo debo depender de él? No. Si a mí me falta un par de zapatos, yo reúno y los compro. Si no tengo ropa, yo la compro. Si hasta él mismo dice: “Yo no puedo mantener a ninguna mujer”. “Si yo soy la tonta que estoy aquí –le digo– porque vos qué”.

¿Qué es aquello que usted ve en él que la hace quererlo? ¿Él es atento aunque sea en algunos días?
Es que mire, es bien raro. Yo hace poco tuve un problema. Él, a capa y espada, me estaba defendiendo y yo me le quedé viendo y se para y me dice: “No, es que de fregarte, solo yo te puedo fregar, te puedo verguear y todo, pero otra gente, no. Eso sí no me gusta”. No sé, bien raro.

¿Usted qué le diría a otra mujer que pasa por esto?
A las jóvenes, que conozcan a la persona, que no solo se dejen ir, como a mí me pasó. Que no solo se dejen ir. Que piensen una y once mil veces porque cuando uno comienza es todo color de rosa. Y después ya estando en la situación, ahí se ve quién es quién. Y si alguna mujer está en mi caso, que abra los ojos, porque no es vida estar así, para nada.

¿Me podría hablar de algún plan a futuro que tiene para usted misma?
Lo que quisiera primero es ya no estar con esta persona. Ya no sufrir. Y otra mejor, echarle ganas a la vida con mis hijas para una vida mejor. Yo aconsejo a mis hijas, les digo que se fijen, les pongo mi ejemplo. Las tres saben la situación. Una de ellas me dice: si algún día yo te llego a ver (golpeada), yo voy a llamar a la Policía y que se lo lleven preso y lo hace. “No mamá –me dice– no es tu papá”.

¿Por qué ella está tan despierta a la situación?
De ver tanta situación. Acuérdese que hoy está más tremenda la situación. Mejor ellas. Si yo por eso digo: “Ay, dios mío, ayudame”. Se lo juro, yo no sé, como que una venda tengo.

¿Cree que es miedo?
Una parte es miedo y otra parte es que como mujer, no le voy a mentir, lo quiero.


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Un grupo de autoayuda

Grupo de autoayuda
Atención especial La Policía cuenta con Unidades de Atención Especializada para mujeres que enfrentan violencia.

Marina colocó el veneno dentro de unos vasos y los llenó de jugo. Las bebidas estaban preparadas para sus cuatro hijos y para ella. La puerta de su casa estaba abierta y una muchacha la observó. “Vos sos bonita y estás joven, ¿por qué le aguantás tanto a ese tipo?”, recuerda que le dijo la mujer.

Han pasado 19 años desde ese día y Marina no sabe quién fue la que llegó a su casa ese día. Ella solo dice que ese comentario fue suficiente para repensar la idea del suicidio. Le dio vuelta al contenido de los vasos y empezó a echar agua para que no quedara rastro del jugo mortal.

Marina creció en San Juan Nonualco y conoció a los 17 años a la pareja con la que convivió dos décadas. “No hubo noviazgo ni enamoramiento”, cuenta. “Un día mi mamá me dijo ‘vas a ir con él a San Salvador’. Y como todas le obedecíamos, me vine. Él me llevó a un mesón y ahí me tuvo. Y yo pensé que era normal que a ti te pegaran en la noche y que en el día estuvieran encima de ti”.

“Él en varias ocasiones me dijo: ‘Si vos me denuncias, te voy a cortar la cabeza y la voy a ir a sembrar en un puente. La voy a dejar ensartada como ejemplo para que las mujeres respeten a los hombres’”, relata Marina.

Soportó el maltrato durante 20 años, hasta que un día de 1998 decidió denunciarlo ante la Procuraduría General de la República (PGR). Ese mismo año se creó en la PGR un grupo de autoayuda de mujeres. El grupo es una red de apoyo para quienes pasan por experiencias similares.

“Al grupo le pusimos El Despertar de las Mujeres. Así fue nombrado porque yo estuve dormida 20 años. ¿Qué fue de mí? ¿Por qué aguanté tantos golpes, violaciones, insultos?”, se cuestiona Marina.
El grupo de autoayuda sigue activo. Este jueves de noviembre un puñado de mujeres ha formado un círculo en el auditorio de la PGR. Ahí hablan de sus vidas y el maltrato. Unas ya dejaron a sus parejas y otras siguen viviendo con sus agresores.

Ahora Marina tiene 59 años, es dueña de su propio negocio y es independiente económicamente. Y aunque ya pasaron 19 años desde el día en el que denunció a su pareja, sigue asistiendo al grupo de autoayuda. Ahí ella conoce a las mujeres que recién denuncian a sus compañeros de vida e incluso las acompaña a sus trámites legales.

“Él en varias ocasiones me dijo: ‘Si vos me denuncias, te voy a cortar la cabeza y la voy a ir a sembrar en un puente. La voy a dejar ensartada como ejemplo para que las mujeres respeten a los hombres’”, relata Marina. Soportó el maltrato durante 20 años, hasta que un día de 1998 decidió denunciarlo ante la Procuraduría General de la República.

Más allá de los golpes. La Ley Especial Integral para Una Vida Libre de Violencia para las Mujeres identifica siete tipos de violencia.

De acuerdo con la memoria de labores de la PGR 2015-2016, en ese periodo se realizaron 383 reuniones de grupos de autoayuda a escala nacional. El personal de la PGR funciona como facilitador de la experiencia.

Una de las mujeres que también asiste a este grupo es Diana. Su verdadero nombre es otro, pero ha pedido que su nombre real no sea publicado. Ella era una adolescente cuando conoció al hombre con el que tuvo cuatro hijos.

El primer hijo no fue planeado y su pareja se molestó con ella por el embarazo. Después vinieron tres más. “Tal vez no se concibieron con amor, sino que con violencia, pero ellos no tienen la culpa. Así que los amo”, dice. Luego cuenta que hubo un momento en el que creía que las violaciones y golpes eran lo natural en una relación de pareja.

“Yo le consultaba a mi mamá y le decía: ‘¿Y eso es normal?’, y como mi mamá sufrió una violencia peor que la mía, ella decía: ‘Sí, hija, tu papá así era’. A veces me agarraba del pelo y me tiraba al suelo como que trapeaba conmigo. No pude salir de la casa como unos cuatro años. Bien tremendo, cuando él llegaba todavía me revisaba la ropa interior para ver si había estado con alguien. Era algo bien humillante”, narra.

Ella asegura que estaba deprimida por el maltrato e intentó suicidarse varias veces. Un intento lo realizó con un lazo, pero uno de sus hijos la encontró a tiempo. En otra ocasión se encerró en un cuarto e intentó suicidarse consumiendo varias pastillas. Y otra vez, uno de sus hijos entró a la fuerza y la detuvo.

“Yo le consultaba a mi mamá y le decía: ‘¿Y eso es normal?’, y como mi mamá sufrió una violencia peor que la mía, ella decía: ‘Sí, hija, tu papá así era’. A veces me agarraba del pelo y me tiraba al suelo como que trapeaba conmigo. No pude salir de la casa como unos cuatro años. Bien tremendo, cuando él llegaba todavía me revisaba la ropa interior para ver si había estado con alguien. Era algo bien humillante”, narra.

Material. En el grupo de autoayuda de la PGR, las asistentes cuentan con información que las ayuda a formarse en sus derechos.

El informe sobre hechos de violencia contra las mujeres elaborado por el Ministerio de Justicia y Seguridad Pública en conjunto con la Dirección General de Estadística y Censos incluye a los suicidios dentro de la violencia feminicida “por tratarse de muertes prevenibles”. Dicho documento sostiene que estos casos “son el resultado de violaciones a sus derechos humanos”.

Ya que Diana creía que el maltrato en la pareja era normal, solo denunció a su compañero de vida cuando él golpeó a uno de sus hijos. El proceso se realizó por la vía penal y él fue encontrado culpable. Se separaron y el padre de los muchachos recibió medidas sustitutivas a la cárcel.

Atención en crisis. Una mujer que enfrenta un caso de violencia intrafamiliar es atendida por una psicóloga en la PGR.

Cuatro años después de haber iniciado un proceso legal en contra de quien fue su pareja, Diana se encuentra, ilusionada, pensando en el futuro. Se convirtió en vendedora informal y este año ya hizo un préstamo. Hace unos días compró ropa para vender en la temporada navideña. Ella se siente distinta: “Soy una mujer diferente. No voy a dejar ya que nadie me maltrate. Hoy salgo a la calle y yo me siento hasta grande”.

Asesoría legal. Emilia Zelaya, defensora pública, atiende a una usuaria de la PGR.

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