Una película de fantasmas

Ilustración de Moris Aldana

En el sueño mataban a una mujer. La pesadilla se repite cada cierto tiempo. Unas veces, el cadáver está en medio del charco creado con sus propios fluidos; otras, cuelga de una soga con la lengua de fuera, hinchada como un bistec. Me temo que este es otro de los efectos del medicamento que estoy tomando. El brebaje me sumerge en un sueño placentero que va tornándose quebradizo, como el cascarón de un huevo, y despierto temiendo que solo he traspuesto el umbral a una nueva pesadilla.

Si no consigo dormir, me vienen a la memoria el viejo bóer sosteniendo sus anteojos manchados de sangre; el cura Neto agujereado a tiros; y la chiquilla esa, Viviana Gallardo, la que murió por amor, sollozando en el rincón de una estrecha celda. Todos ellos se encuentran en estas páginas que escribí únicamente para satisfacer la curiosidad de Albertina, mi hada madrina.

En la ciudad se exhibe “Ghost”, un drama romántico de fantasmas. En la cola para entrar al cine miro a Edmundo Font. Jamás me lo hubiera esperado. Lo conocí en Managua en aquellos años, cuando llegaban personajes de todo el planeta, locos de felicidad, para apoyar una, dos, tres guerras, las que hiciera falta. Font era entonces un gigantón con cara de niño que reunía dinero para apoyar la Revolución sandinista. Ahora estaba convertido en un funcionario de la embajada mexicana en San Salvador, estaba gordo y usaba unas gafas cuadradas que le conferían un aire doctoral. Yo tenía un trabajo de medio tiempo, pasaba apuros económicos, usaba el bigote atusado en las puntas y, para acentuar mi aire chic, de “recién llegado”, lucía una pequeña argolla en la oreja. Todos estábamos un poco cambiados. De hecho, el mundo entero era muy extraño al de antes, pero nos reconocimos de inmediato y nos abrazamos dándonos unas estrepitosas palmadas en la espalda.

A la salida, conmovidos por la película y animados por el reencuentro, decidimos ir a tomarnos algo. Perseguí su Volvo de vidrios oscuros hasta el Club Campestre, en la falda del volcán. Desde la terraza, la vista nocturna de San Salvador es espectacular. ¡Hasta las bombillas de las zonas más miserables de la ciudad lucen como un joyero de Swarovski!

—Míranos no más, ‘sobrebebiendo’, sin heridas –dijo Font a modo de brindis, guiñándome un ojo.

Olvidaba Font que una herida es cualquier cosa que te rompa, y yo andaba por la vida poniéndole remiendos a algo dentro de mí que se agrietaba cada vez más.

Font hablaba sin parar de sus perros, de sus viajes, de su trabajo como consejero en la embajada mexicana: apenas un peldaño de su ambicioso plan en el servicio exterior. Tenía metas claras para los próximos 15, 20 años. Yo, en cambio, vivía al centavo. Le expliqué que no tenía interés en participar en las riñas del caldeado ambiente que siguió al fin de la guerra. Las cosas no estaban fáciles.

—¿Cómo? ¡Un hombre con tu capacidad! ¡Saldrás adelante!

Font pagó los tragos y antes de despedirnos me animó a asistir a las actividades de su embajada.

—¿Para qué? ¡Qué pregunta! Pues, para vernos, para ganar la calle, maestro. Conocerás gente interesante –me dijo, dándome un puñetazo en el hombro.

No tenía muchas ganas, pero fui, por primera vez, y… ¡vaya decepción! Los personajes más conspicuos de la velada eran un dirigente de la logia masónica local, un académico medio sordo, con el pelo teñido, y una poetisa chiquitita, ya mayor, que no paraba de hablar de sus días en el Colmex e insistía en ser llamada “doctora”. Habían tenido vidas intensas y encantadoras, ni dudarlo, pero ya eran agua pasada: ninguno servía para mis propósitos de vida. Pero seguí yendo, por la insistencia de mi amigo. Hice lo correcto porque, si bien yo no lo sabía, en esas tediosas tertulias, poco a poco, la rueda de la fortuna comenzaba a girar a mi favor.

Así fue como conocí a Albertina, en la fiesta del Día de Muertos. Llegué atrasado y me instalé en la primera mesa que encontré, justo al lado de su silla. Micrófono en mano, Font se deshacía en halagos a Dolores del Río, la difunta en cuyo honor se había erigido el altar de muertos de ese año. Después que sirvieron los tragos, me acerqué a Albertina presentándome como alguien que volvía de la pacífica Costa Rica a abrirse paso en el nuevo país. La joven me dijo que acababa de volver de Miami con un posgrado en mercadología. Lo suyo eran los negocios. Quería hacer cosas diferentes. Comenzamos hablando, naturalmente, de la muerte. El ambiente del salón la evocaba por todas partes. Además, le dije, no existe personaje tan justiciero, ni nada provoca tanta incertidumbre a los humanos, como ella. Hicimos clic. Hablamos de música y luego sobre cine. Días más tarde, nos encontramos para un café y, en menos de lo que canta un gallo, comencé a caer los fines de semana a su apartamento en Torre del Sol para disfrutar de sus 13 favoritas películas de miedo, que ella organizó con videos de Blockbuster. Entre los sobresaltos provocados por mellizas asesinas, posesiones diabólicas y muertos vivientes, conocí a publicistas, restauranteros, arquitectos, consultores y funcionarios de la cooperación internacional, prósperos, astutos y, sobre todo, cobardes. Sí. La valentía terminó desacreditada por causa de las atrocidades de la guerra. Incluso escuché a idiotas reivindicando la cobardía en nombre de la no violencia. Pero mi estómago iba aprendiendo a digerirlo todo.

“Estaba seguro de que iba a morir pronto”

Es 1.º de abril y si todo hubiera ido según lo planeado por el ímpetu de la juventud, Miguel Huezo Mixco estaría en la celebración de los 47 años que han pasado desde la creación de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), uno de los cinco movimientos guerrilleros que conformaron al Frente Farabundo Martí para La Liberación Nacional (FMLN). Pero desde hace más de 20 años Miguel está alejado de banderas y esta mañana de sábado recibe en la sala de su casa a un equipo de periodistas.

Antes de que inicie la entrevista, Miguel –de 62 años– cuenta acerca de un tatuaje que recién se retocó en el brazo derecho. En la muñeca izquierda, lleva tatuada una pluma. Vive con su pareja en una tranquila casa en la que se cuela el canto de los pájaros que parecen sacados de una grabación. Antes fue el encargado de propaganda de las FLP y su jefe directo fue el comandante Leonel, el ahora presidente Salvador Sánchez Cerén. Durante el conflicto armado, después de que su pareja de entonces murió, solicitó permiso para salir de la guerrilla y dedicarse a escribir. Leonel no se lo concedió: “Bueno si lo que querés es escribir, ¿por qué no sos capaz de hacerlo aquí?”, le retó.

El escritor dice que en el último par de años no ha podido descansar. Todo el tiempo libre lo usó para escribir “La casa de Moravia”, un libro que lo tiene nervioso y que ya está a la venta. La mayoría de su trabajo literario ha sido en la poesía, el ensayo y ha transitado incluso por el periodismo. Platica de su nueva novela y sus recuerdos viejos de tiempos de campamento, de poesía creada en la montaña y de dilemas morales. Al terminar la conversación, muestra el nombre de un chat donde están algunos de sus excompañeros de la radio oficial de las FPL, la radio Farabundo Martí. Una mezcla extraña entre nostalgia, épocas de revolución y grupos de WhatsApp.

En 2014, cuando presentó “Camino de hormigas”, dijo que esperaba tener aliento para escribir al menos una novela más. ¿Ahora renueva ese deseo o esperamos leerlo en otros géneros?

Estoy entusiasmado con la posibilidad de terminar un grupo de novelas que estén relacionadas, una trilogía. Esta es de alguna manera una continuación desde otra perspectiva de la novela anterior y tengo idea de poder hacer una tercera, pero para eso tengo que descansar un poco.

A “Camino de hormigas” se le llamó de varias maneras: “Una gran crónica”, “Una serie de relatos”, “Una novela”, ¿usted cree que este libro va a provocar una discusión similar sobre el género?

No lo sé. Lo que sí tiene de peculiar esta producción es que hago uso de algunos recursos que son para mí novedosos. Le solicité autorización a los tuiteros para que me permitieran publicar algunos tuits y también usar algunas imágenes que circulan en blogs como Tumblr o Instagram. También incorpora fuentes periodísticas reales para hablar de un caso específico en la segunda parte de la novela. Hay una mezcla de hechos históricos con fuentes periodísticas que son partes de la historia, que es una ficción. A ver cómo funciona.

El narrador en “Camino de hormigas” parte de sus propias experiencias en la guerra, ¿pasa algo similar en “La casa de Moravia”?

Es algo parecido. El personaje de “Camino de hormigas” aparece en medio de la trama de la novela. Algunos de los elementos de la vida de este personaje tienen que ver un poco, no tanto, con mi propia experiencia. Es por demás, uno muy difícilmente puede escaparse de sus propias experiencias, sobre todo cuando han sido tan intensas.

Si tuviera que hacer un cálculo matemático sobre qué tanto de su vida personal queda en esta novela, ¿cuánto sería?

Si le pusiéramos un porcentaje creo que andaríamos en un 15 % o 20 %. Creo que, a diferencia de “Camino de hormigas”, donde hay partes que podrían parecer casi testimoniales, esta novela incorpora muchos más elementos ficcionados.

Mi vida personal está volcada completamente en la novela en el sentido de que la producción de una novela te demanda un esfuerzo de vida permanente de pensamiento, a la hora del trabajo, en la noche, en los sueños, en las pesadillas está presente. En ese sentido, la novela sin duda que es una expresión de mi vida.

En entrevistas anteriores le preguntaban sobre si aparecía el presidente Sánchez Cerén en su novela…

No, no aparece. Buena parte de la novela (“La casa de Moravia”) se desarrolla entre Nicaragua y Costa Rica, aunque los personajes están en un hotel de mala muerte en la playa El Obispo, La Libertad. Es una road novel porque (un personaje) tiene que viajar haciendo contrabando entre Costa Rica y Nicaragua, pero no contrabandeando fierros, armas o tiros. Anda contrabandeando cosas que hacen falta en Nicaragua porque están padeciendo el bloqueo de Ronald Reagan en 1981. Él contrabandea papel higiénico, bolígrafos, cuadernos, cosas de utensilios básicos que hacen falta.

Usted fue un protagonista de la historia en los ochenta. ¿Cómo es ahora su relación con los demás protagonistas de la historia salvadoreña del conflicto armado?

Variada. Con algunas conservo una amistad entrañable. Diría que hay tres niveles de relación. El primero sería con los que ya no están. Con los que desaparecieron tengo una relación permanente de admiración, de respeto. Siempre están presentes.

Luego están con los que tengo una relación de mucha amistad porque nos tocó vivir momentos difíciles y esos momentos hacen que las personas establezcamos lazos profundos, y no solamente con personas que fueron parte de la guerrilla, sino personas que fueron parte de la población civil en las zonas de combate donde estábamos en medio o muy cerca de poblaciones campesinas… y otros con los cuales la vida nos puso en diferentes situaciones, tenemos algunas diferencias. No puedo decir que tenga enemigos ni nada semejante, pero ya no gravito en los espacios de los rituales propios de la cultura de la organización armada ni del partido.

¿Cuáles son esos espacios?

Este día, el 1.º de abril, es la celebración de la fundación de las FPL y hay actividades, hay invitaciones a convivios y todo eso. Yo no participo en nada de eso ya. Yo estoy desmarcado completamente de ello.

¿Le llegan las invitaciones?

Sí, sí, sí. Estoy en un grupo de WhatsApp con gente que estuvo ahí también y mandan cosas, pero estoy en ese grupo como estoy en otros también.

¿Hay un grupo de WhatsApp de las FPL?

Hay uno de gente que estuvo en la radio Farabundo Martí. Poco intervengo ahí, pero sí me entero de cosas porque ahí hay gente a la que yo le tengo mucho afecto y de la que quiero saber cómo están. En algunas cosas pensamos diferente, pero así es la vida, ¿no? No por eso vamos a ser enemigos, sino que simplemente cada quien mantiene su propio espacio y su distancia.

Y cuando yo le digo “Sánchez Cerén”, ¿se imagina al comandante o al presidente?

Sin duda que es el presidente del país.

Pero si cierra los ojos y le digo “Sánchez Cerén”, ¿lo ve en la montaña o lo ve dando un discurso?

Lo veo como presidente, porque en las montañas se llamaba de otro modo.

Leonel. Leonel y el nombre de él está asociado con su vida ya como un actor político importante del país. El otro nombre sí inmediatamente me remite a la persona que estuvo en el frente de guerra.

En la guerra usted le pidió salir para escribir, un permiso que le fue denegado ¿verdad?

Sí. ¿Eso está dicho en alguna entrevista?

Sí.

Ah, sí. Sí… y fue una lección maravillosa de vida. En ese momento probablemente yo estaba tan lastimado emocionalmente que si me hubieran dado permiso de salir a escribir, probablemente no hubiese vuelto a la guerra. Me dijo: “Bueno si lo que querés es escribir, ¿por qué no sos capaz de hacerlo aquí si tenés todas las condiciones para hacerlo? Todo está en tu cabeza. No le des la espalda a esto tampoco”. Y me pareció que me tocó un nervio importante y le dije “sí, tenés razón, me voy a quedar”.

¿Ese fue directamente el comandante Leonel, verdad?

Sí, directamente él fue. Yo no viví esos procesos como una persona que me sintiera perseguida por escribir ni nada semejante. Sino, más bien, yo estaba sometido a una disciplina que era necesaria. Ahí cada quien tiene que jugar a la parte que le toca y a veces renunciar a las cosas que apetecen porque estás metido en una causa que requiere que tengás una disciplina sostenida.

¿Ha habido un punto en la historia política del país donde usted haya empezado a ver un mayor apoyo hacia la literatura o no se ha dado ese giro?

No se ha dado ese giro. Sin duda esta es una opinión sesgada. Yo participé de un momento en el que hubo una especie de renacimiento de los esfuerzos culturales que fue recién pasada la guerra, cuando se funda el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y se pone al frente de él a una persona extraordinaria como Roberto Galicia y yo tengo la suerte de que él me lleve a trabajar con él a dirigir la editorial del Estado. En ese momento el país estaba en otras condiciones, no tenía el nivel de endeudamiento que tiene ahora. Estamos hablando de 1996 al 2000, aproximadamente, o más, 2004. Ahí fue cuando se hizo la colección de la Biblioteca Básica de Literatura, se hizo la Colección Orígenes, se hizo la Colección de Teatro. Fue un florecimiento, una apertura de aire fresco.

¿En los últimos dos gobiernos usted ha visto algo similar o alguna intención?

Ni en los dos últimos, ni en los tres últimos, ni en los cuatro últimos probablemente. La Dirección de Publicaciones ha entrado en una especie de crisis. El modelo de gestión de la editorial tiene que cambiar radicalmente.

¿Cómo es que usted logra publicar dos libros en 1988 en medio de la guerra?

Publico “El pozo del tirador” y también “Trespájaros de un tiro” y, al año siguiente, publico “Pájaro y volcán”. Los dos primeros en la Universidad de El Salvador y el segundo en la UCA Editores.

En 1988 estamos hablando de un año complicado, ¿cómo hacía para enviar los textos?

“El pozo del tirador” fue un libro que yo dejé hecho antes de irme a la guerrilla. El proceso de producción tomó bastante tiempo. En el caso de “Trespájaros de un tiro” es un libro que yo produje allá. Una guerra es un espacio y una condición que también está caracterizada por momentos de cierto ocio. No todo el tiempo estás enfrentando situaciones bélicas arriesgadas, sino que también en esas zonas se produce una vida cotidiana.

“Tres pájaros de un tiro” lo hice con el apoyo de una extranjera que estaba en la zona de Chalatenango, que tenía contacto con la UCA y me transmitió la idea. “Mirá, en la UCA tienen interés en publicar algo con la literatura que se está produciendo en el frente de guerra, no sé si te interesa”. Escribí a mucha gente que sabía que estaba escribiendo para comenzar a coleccionar eso. Fueron llegando los poemas a mis manos en mensajes, en papeles doblados y todo eso. Traté de buscar poesía que no fuera la más panfletaria, sino también la poesía que tenía que ver con los conflictos personales, las pérdidas, el romanticismo presente en las relaciones. Esa colección se convirtió en ese libro.

¿Cómo la envían a la UCA?

Había vasos comunicantes impresionantes por todo el país de todos los frentes de guerra. Me iban llegando los puchitos. Alguna gente mandó cosas que no recibí, seguramente. Hago dos copias, una la compilo y se la hago llegar a la editorial. La persona que apoyó esto fue el padre Ignacio Ellacuría.

En sus textos aparecen las mujeres como combatientes, como mujeres aguerridas, como amantes. La académica Jocelyn Viterna dice “la participación de las mujeres fue fundamental para el éxito del FMLN”, pero luego dice “la participación de las mujeres en promedio, benefició más al FMLN que a ellas”. ¿Cuál es su lectura de las tareas que realizaban las mujeres en los campamentos guerrilleros?

Bueno, ya casi no estamos hablando de literatura… Nos hemos salido un poco…

Sí, pero después podemos volver…

Okay, voy a tratar de hacerlo llegar a la literatura. Creo que el proceso del movimiento armado salvadoreño en algunas cosas fue de mucha innovación en las relaciones entre géneros y en otras fue también un reflejo de la sociedad en la que nació. Muchos de los roles de género se reproducen en el mundo de la guerrilla y otros cambian. La presencia de mujeres al frente de tropa o al frente de colectivos políticos importantes ocurre, pero era una proporción menor.En general las tareas que les eran otorgadas a las mujeres reproducían en buena manera los roles y estereotipos de género de la sociedad salvadoreña y los dominantes en general: cocineras, enfermeras, educadoras. Había hombres, pero la mayoría de las personas que hacían esto eran mujeres. En la cocina, sin embargo, es un espacio muy complejo. La cocina necesitaba un equipo de abastecimientos, las personas que se encargaban de ir a recoger maíz, frijoles, sal, azúcar, café, era un trabajo que le tocaba fundamentalmente a hombres. La recolección de leña era compartida por hombres y mujeres, pero la hendidura de leña con hacha era un trabajo que le correspondía a los hombres. La cocina no es solo la preparación de los alimentos.

Creo que hubo alguna desventaja de parte de las mujeres en la situación de guerra. No faltaron desde luego casos en los cuales hubo personas que trataban de aprovecharse de su posición para acercarse a ellas. Se dieron muchos casos de este tipo, sin duda, pero también se dieron casos en los cuales había una actitud bastante firme para tratar de que esas cosas, si eran conocidas, no se toleraran. Pero también hubo tolerancia en otros casos. En “Camino de hormigas”, una de las historias que yo cuento tiene que ver con una persona que es acusada de hacer uso de su poder para seducir a una muchacha, el conflicto se desarrolla en esa circunstancia.

Bueno, termina la guerra, usted se sale del partido y se va a Nueva York. Debió haber sido un cambio sorprendente. ¿En algún momento temió sentirse como traidor?

Quizás no. Estaba convencido de que ese momento para mí era un momento crucial en el que tenía que volver a la literatura.

Lo que más me afecta en ese momento no es lo que los demás te dicen como lo que te dice tu conciencia, porque después de haber estado tanto tiempo metido en eso uno no deja de sentir: ¿Estaré haciendo lo correcto? Hay un comisario interno que dentro de ti te está diciendo que le estás dando la espalda al pueblo para hacer un trabajo que es tuyo, literatura… que podría ser casi que un bien ostentoso.

¿Escribir era su prioridad?

Esa era una de mis dos prioridades.

¿Cuál era la otra?

Tomar distancia de un proceso en el cual yo sentía que había dado lo que me correspondía, un proceso en el cual sentía que comenzaban a emerger algunas diferencias.

En entrevistas con excombatientes es común que se mantengan con una actitud alerta. ¿Alguna vez la guerra abandona por completo el cuerpo?

No. Uno se va relajando, pero, para mí, el Día del Ejército o el Día de la Independencia, cuando ponen a volar los aviones Fouga o los A-37 y los helicópteros a hacer maniobra, es un día desagradable porque inmediatamente me trae la evocación de los momentos en que estábamos bajo un desembarco, que venían los bombardeos. Una situación de esas no te va a abandonar.

Claudia Cristiani dijo sobre “Camino de hormigas” que le parecía que era el comienzo del fin de la posguerra y que son las personas con un nivel de sensibilidad femenina las que están dispuestas a presentar una realidad sin vencedores ni vencidos. ¿Usted considera que existe esa sensibilidad femenina dentro de su literatura?

Tengo actitudes muy femeninas, pero tiene que ver con la estructura emocional que tiene cada uno de nosotros. Algunas veces en la guerrilla, bromeando, por mi amistad tan cercana con un compañero, insinuaban de que entre él y yo había una relación homosexual. Tengo mi parte femenina que está bastante más desarrollada, más de lo que normalmente se podría pensar para un hombre, y eso me halaga muchísimo porque una de las maravillas que tiene la mujer es la posibilidad de quebrarse, de romperse, de llorar, de enternecerse. Es una cosa que nos está negada culturalmente a los hombres.

Los roles masculinos te obligan a ser exitoso, a ser proveedor, una cosa de la que poco se habla. Esa representación de que el hombre no puede llorar, no puede romperse, no puede vaciarse, es algo que yo trato de permitírmelo. Cuando uno siente que se va a romper, tiene que romperse, y cuando uno tiene que llorar, llora. He dejado de leer poesía en público justamente por eso. Empiezo a leer mis poemas y siento que me voy a romper.

Usted ha increpado a otros escritores porque les falta “una pizca de vergüenza” a la hora de recordar la guerra. ¿Por qué intenta evitar la heroicidad en sus narraciones de guerra?

Creo que una de las cosas que nos está faltando como país para podernos reconciliar y construir un nuevo nosotros es despojarnos cada uno de sus triunfos.

Justamente lo digo sobre un libro extraordinario, “Los secretos de el paraíso”, el libro sobre el asalto al cuartel El Paraíso de este colega (Armando Salazar), una persona a la que yo le tengo mucho respeto. Lo que le faltaba ahí era pensar que no solamente estábamos demoliendo una estructura militar, sino también que estaba muriendo gente y que probablemente las madres o los hijos de estos soldados, si estaban en pobreza, posiblemente se sumergieron más en la pobreza o se vieron obligados a emigrar.

Tenemos que hacer como un twist mental al no presentar un discurso en el cual celebramos nuestras victorias para humillar al otro, al adversario que fue nuestro enemigo. Pero mientras tú sigas celebrando sin autocrítica los homicidios y el otro siga celebrando los homicidios que cometió, estamos muy lejos de encontrar el país que necesitamos.

Si yo le contara al Miguel de los ochenta que en 2017 se va a estar moviendo en un mundo de diplomacia, ¿qué cree que me respondería?

No te creería. Cuando entré a la guerra, estaba seguro de que iba a morir pronto. Era una cosa que la sentía segura. No era una persona que tenía formación militar ni nada de eso.

Leí que después de una caminata muy extenuante usted pensó en retirarse.

Sí y me pasó más de una vez. Esas cosas que decís “no voy a aguantar” y tratás de encontrar una coartada para sacarte, para liberarte. Esa vez dije “voy a romper los anteojos y ya con eso voy a poder salir”. Yo te respondería en aquel momento que no, no me veo yo metido dentro de 15 años en el mundo en el que ahora estoy. La idea que yo tenía del país que iba a surgir era una idea difusa, distinta. Uno de los sueños que yo tenía si la guerra termina y yo la sobrevivo era escribir, que era lo que más deseaba, y publicar libros.

Y sobre estas novelas que ha publicado, ¿qué es más difícil: entrar al bagaje de recuerdos o terminar de escribir y salir?

No, lo más difícil es editar la novela. Lo otro son cosas que de alguna manera vas encontrando.

Ja, ja, ¿no es un tránsito tortuoso?

No, es tortuoso en términos de proceso de creación porque comenzás a obsesionarte mucho con las cosas que estás haciendo. Luego la parte más, más, más difícil es justamente esta. Te lo confieso. Esta que estoy viviendo ahorita que la obra ya está publicada y te exponés.

Hay mucha gente que está celebrando la publicación del libro. No deja de ser un poco angustiante. Desde luego se agradece, pero es algo así como “¿Voy a defraudar?, ¿realmente este libro estará bien?”

Yo tenía muchísimas dudas con “Camino de hormigas”, tengo muchísimas dudas con este otro también. Es una experiencia completamente diferente de la producción de poesía, donde vos sabés que nadie va a entender nada –ja, ja–, que es una cosa que es un lenguaje muy críptico. Es un lenguaje que no te da ni siquiera oportunidad de conversar sobre ello. O sea: ¿conversar con un periodista sobre un libro de poesía? Es muy difícil… la narrativa te da esa posibilidad.

También te expone mucho más a preguntas. Expone personajes que se van a reconocer ahí, que están bien o mal retratados. A mucha gente no le gusta verse en los libros pintada como aparece. Me ha pasado con el libro anterior y va a pasar también con este.

¿Personas reales en las que usted se inspira y toma alguna parte y luego le dicen “no, pero yo no soy así”?

Sí.. sí, gente que se siente maltratada.

¿Pero es ficción al final?

Sí, pero ellos se reconocen ahí y dicen: “¿Por qué decís eso de mí?” Ja, ja.

¿Y qué responde usted?

Es ficción. Es complicado.

Usted dijo que “Camino de hormigas” probó suerte en siete editoriales y en cinco fue rechazada y en dos aceptada. ¿Cómo fue ese proceso con “La casa de Moravia”?

Fue diferente. En Alfaguara, después de “Camino de hormigas”, no quedaron tan desagradados aparentemente y me dijeron: bueno, ¿cuándo nos das otro libro? Lo ponen en programación y comienzan a meter un poco de presión. ¿Cómo vas con el libro? Mostranos algo. O, ¿cómo va el adelanto? Es una suerte que te digan dame otro libro… y me acaban de pedir otro ya.