Los habitantes de Nueva Trinidad, Chalatenango, se abastecen de dos proyectos comunitarios de agua potable. Uno se llama SIMAGÜE y el otro Simapecahl. En Carasque, uno de los cantones del municipio, las casas tienen conexión con dos fuentes. La primera es un chorro que les brinda agua ácida y un chorro de agua dulce para el consumo humano. Sin embargo, en los últimos años todo ha parecido fallar.

Las autodefensas del agua

un reportaje de Valeria Guzmán

fotografias de Josué Guevara

Pozo. Cerca del río Gualsinga se encuentran estas instalaciones en desuso, que se pretenden reactivar para bombear agua a las comunidades.

A las 2 de la madrugada se empezaban a hacer las tortillas. Era 2010 y las mujeres del cantón Carasque se levantaban tempranísimo para hacer la masa y echar al comal el alimento que sus hermanos y esposos luego metían en una matata o mochila. Cada día de trabajo, 50 personas del cantón se reunían frente a la iglesia y emprendían, en la oscuridad, una caminata de dos horas hasta el cerro Eramón.

Hasta entonces la única agua que conocían era una que llaman “ácida” por la presencia de metales. Después de dos décadas sin agua potable, el proyecto hacía ilusión. Y 336 personas trabajaron para construir una caja de recolección del líquido en un nacimiento del cerro y la colocación de los tubos para que, por gravedad, el agua llegara hasta su cantón a 10 kilómetros de distancia.

Cuando el sol empezaba a salir, ellos ya tenían asignada su tarea. Abrir zanjas, colocar tuberías y hacerlo todo con cuidado. El proyecto de agua potable trabajado con sus propias manos y herramientas costó $96,000, y representaba la esperanza de la comunidad en una vida más digna.

Ninguno de los que trabajó recibió pago. Sudaron por el derecho a tener agua potable en su casa. El proyecto se llama Simapecahl, que significa Sistema de mantenimiento de Agua Potable de Eramón, Carasque, Huizucar y Lajitas.

Distintas organizaciones ayudaron para que la comunidad consiguiera el dinero necesario: la parroquia, la alcaldía, una ONG suiza y los mismos beneficiarios. Si en una casa dos personas trabajaban, tenían derecho a instalar dos llaves. Un total de 136 de las 336 personas que hicieron posible el proyecto pidieron que todavía no se les instalara el derecho de agua y solo lo reservaron. Algunos no tenían su propia casa, otros aún no estaban casados. Trabajaban y pensaban en el futuro. Nadie imaginaba que solo cinco años después su fuente se secaría.

Oficina Simapecahl. La oficina del proyecto de agua es un cuarto diminuto al lado de una pupusería y tienda. El tejido social del municipio ha sido la clave para articular su acceso al agua.

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“Hay lugares –nos cuentan– que entre la misma gente vecina no se comunican, pero eso es lo que dicen”. Quien duda de la posibilidad de que esto sea verdad es Froilán Menjívar, un habitante de 72 años, de Carasque. Para él no tiene lógica que hayan personas que vivan cerca y no se hablen entre ellos.

Carasque es una comunidad de 80 familias de Nueva Trinidad, Chalatenango. Llegar desde San Salvador y volver de ella en el mismo día si se viaja en bus no es posible. El único bus que transita por el cantón pasa una vez al día, a la hora del almuerzo. El cantón se encuentra entre montañas y desde sus puntos altos se divisa la frontera con Honduras.

Las paredes de las casas están llenas de frases plasmadas con aerosol, pero ninguna es de pandillas. “No es piropo, es acoso”, “Mi voz cuenta” y “No a la minería” son las que más se repiten y las que han pintado organizaciones no gubernamentales que trabajan en la zona. Es una comunidad construida desde cero después de la guerra. “Todo este municipio (Nueva Trinidad) es repoblado de los refugiados en Honduras. Cuando se vino, lo único que quedaba era organizarse para ver cómo se hacía porque aquí no habían ni viviendas”, explica Bety Urbina, la administradora del SIMAGÜE, el otro proyecto de agua potable que sirve para abastecer al municipio.

La Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) brinda cobertura de agua potable en el ámbito urbano al 89.6 % de la población y en lo rural al 18.6 %. Así lo especifica un informe del Ministerio de Medio Ambiente presentado el año pasado con cifras de 2012. Consultado sobre la cobertura de servicios de ANDA en la zona rural, Marco Fortín –el presidente de la autónoma– declaró en 2015 a LA PRENSA GRÁFICA: “Nosotros damos solo un 17 %. El resto la dan las juntas rurales”.

Vida comunitaria. Carasque está conformado por 80 familias, la mayoría se refugiaron en Honduras durante el conflicto armado.

Ese mismo año LA PRENSA GRÁFICA publicó que cerca de 1,500 administradoras comunitarias de agua en todo el país abastecen a cerca de 1,200,000 personas.

Ese es el caso de Nueva Trinidad, donde se registraron 1,673 personas en el censo de 2007 de la Dirección General de Estadísticas y Censos. El abastecimiento de agua de Nueva Trinidad está dividido entre las casas que tienen agua a través de dos grandes proyectos. Hay 215 conexiones del SIMAGÜE y 200 del proyecto de agua Simapecahl.

El área urbana del pueblo y los cantones Manaquil, El Sitio y Zacamil fueron los primeros en contar con agua potable del SIMAGÜE en el año 2000. Tuvo que pasar una década para que los habitantes de Carasque y los caseríos aledaños contaran con la misma suerte.

En Carasque las casas tienen dos chorros y poca agua. Una llave es el agua ácida que tienen desde 1994. Para entonces también pusieron la mano de obra y se ganaron el derecho para tener en sus patios un chorro de agua que al menos sirviera para hacer los oficios domésticos. Así lo cuenta Emelina Orellana, administradora del Simapecahl.

Ganadería. Los animales también sufren la falta de agua. Una vecina dijo sentirse preocupada porque el pasto no crece y los animales se están quedando sin comida.

Aquí la municipalidad no gestiona ninguno de los proyectos. Hay un comité de agua en el que sus miembros se reúnen a discutir cuáles son las posibilidades de abastecimiento para las comunidades. Alexánder Menjívar, el coordinador de la unidad ambiental de la municipalidad, explica que la alcaldía no administra ningún fondo relativo al líquido. Tanto el SIMAGÜE como el Simapecahl tienen sus propias oficinas, en las que se emiten recibos y se reciben reclamos por la falta de agua.

En el proyecto Simapecahl, el agua empezó a faltar en 2014. En septiembre de 2015, cuenta Emelina Orellana, la fuente se secó.

A partir de entonces han buscado medidas paliativas para seguir dándole agua a la gente, cada vez de manera menos frecuente. Una de esas alternativas es recolectar el agua que rebalsa del tanque del proyecto del SIMAGÜE. Es decir, esperar que los habitantes del casco urbano tengan tanta agua en su tanque, que les sobre, y sea suficiente para compartir con ellos.

“Ellos están más jodidos que nosotros porque no tienen agua, porque la fuente de ellos se les secó. Y si (en el SIMAGÜE) no hay rebalse, ellos no tienen nada”, explica Andrés Franco, un fontanero.

Aquí no es fácil identificar algún culpable de que las llaves de agua dulce ahora solo saquen aire la mayoría del tiempo. “A lo que más le echamos el peso es al cambio climático, el desorden del ciclo hídrico”, explica el coordinador de la unidad ambiental.

En uno de los dormitorios de la casa de Froilán Menjívar hay 11 botellas de gaseosa de litro llenas de agua y dos vacías. Mientras él habla de lo desorganizada que es San Salvador, su esposa pela unos mangos sobre la pila. Ella sigue pensando en los problemas de agua y frente a un arco de veraneras fucsias, pronuncia una oración como quien lanza una sentencia: “Aquí ya no van a haber ni flores”.

Río Gualsinga. En Carasque ese río es la última alternativa de fuente que han encontrado ante el problema de escasez del agua.

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El viernes 28 de abril de 2017 hubo una vela en Carasque. Uno de los ancianos de la comunidad murió; y su familia y vecinos se organizaron para despedirlo. Encima de las preocupaciones normales que la muerte trae, había otra preocupación: ¿Quién daría tanta agua para hacer el café que se le entregaría a los asistentes a la vela?

“Del chorro jalaron agua los niños”, cuenta Julia, una habitante del centro de Carasque. En el cantón se ha inaugurado hace unos meses un chorro de agua público. El chorro está a la orilla de la calle y viene de una pila que se encuentra unos metros arriba en una pendiente. La pila se llena naturalmente de un nacimiento en la base de un árbol. En Semana Santa, cuentan algunos pobladores, hubo gente que hizo fila desde las 4 de la mañana hasta las 9 de la noche para llenar cántaros.

Julia cree que el sacerdote de la zona también tuvo la misma preocupación sobre el café. Quizá por eso, dice, como cortesía transportó desde Arcatao “cinco pichingadas grandes a la vela, como sabía que no había agua aquí. Yo creo que él las llenó”.

El río más cercano en la zona se llama Gualsinga y, de acuerdo con Mario Menjívar, el presidente del comité de agua, contiene metales y no es recomendable que la gente beba de él. Pero algunos habitantes lo han hecho ante la necesidad.

A pesar de los problemas, en Nueva Trinidad no se apoya que se busque ayuda en ANDA. Bety Urbina, la administradora del SIMAGÜE, es tajante al explicar que “aquí no se apoya esa idea”.

Comenta que “en 2011 ANDA visitó el proyecto, pero se pidió una declaratoria de interés social. Esa declaratoria hace ver que el proyecto es comunitario y por ende puede ser administrado solo por la comunidad”. Séptimo Sentido consultó a ANDA su postura respecto a comunidades que hacen autogestión del recurso hídrico, pero no se obtuvo una respuesta.

Los líderes comunales de Nueva Trinidad se enorgullecen al decir que las decisiones son tomadas en conjunto. Por ejemplo, en 2015 se realizó una consulta para saber si los habitantes apoyaban o rechazaban la explotación de los recursos del subsuelo a través de la minería metálica. El 99 % de los votos fue por el “no a la minería”. Así, este municipio fue el tercero en declararse libre de minería metálica.

En 1992, el monto por persona que el gobierno central daba a la municipalidad era de $0.68. En 1997 la asignación subió a $17.72 y en 2009 este fue de $182.60, superando a 26 municipios de los 33 de Chalatenango. Así lo documenta una investigación de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Alexánder Menjívar, empleado de la municipalidad, explica que desde la alcaldía se está trabajando para concientizar a la población y “si este año había fondos para construir alguna casa... pues la comunidad mejor lo destina para apoyar un proyecto de agua”.

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“El problema de Nueva Trinidad es que es una comunidad bien seca. Nueva no tiene río cerca, más que el Sumpul y el Gualsinga”, explica Bety Urbina, la administradora del SIMAGÜE.

Carasque es un cantón de contrastes con San Salvador, pero también con Nueva Trinidad, que está a 15 minutos de camino en carro. En el casco urbano del municipio el agua ha llegado a faltar hasta por cinco días. En cambio, en el cantón pasaron 22 días sin agua dulce. Además, el agua “ácida” ahora también escasea.

El fontanero del SIMAGÜE, Andrés Franco, explica que la carencia total de agua se debió a que se “habían quebrado unos tubos de la tubería que viene de Eramón. Como el proyecto ya tiene bastante tiempo, ya va dando su porrazo de poquito a poco”. A esto se le suma que el nacimiento de agua que abastece al casco urbano del municipio se ha ido reduciendo.

En contraparte con lo que sucede en el casco urbano, en Carasque el agua dulce ha faltado por casi todo abril, y el comité de agua ha decidido que no le cobrará a la gente el recibo del mes. Para darle mantenimiento al sistema de agua potable es necesario que el Simapecahl recolecte $454 al mes. “Pero solo se recaudan $390 o $380, y este mes nada”, explica la administradora del proyecto. Ella gana $80 mensuales por su trabajo y tres fontaneros ganan $56.

 

“El chorro está muerto”, afirma María Celina Orellana, en su casa. La tierra seca sobre la que se erige la llave lo confirma. En ANDA el cobro mínimo de agua es de $2.39. En Carasque es de $1.75 por la gestión comunitaria y $1.11 en el centro de Nueva Trinidad. Si el servicio de las comunidades pasara a ser brindado por ANDA, el precio aumentaría de manera drástica para ellos. Por ejemplo, una persona que con ANDA consume, en promedio, 25 metros cúbicos de agua mensuales paga $11. El SIMAGÜE cobra $3.75 por esa misma cantidad del líquido.

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“El agua de Carasque tiene níquel, hierro, manganeso y gas carbónico. Eso es peligroso. Aunque los niveles todavía no son críticos, sí están sobre la norma”, afirma Andrés Jovel, el ingeniero que ha trabajado los proyectos de agua en Nueva Trinidad.

El “Plan Nacional de Gestión Integrada del Recurso Hídrico” presentado por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales, en febrero de 2016, hizo un diagnóstico de la disponibilidad y calidad del agua del país. Los resultados de ese documento indican que la escasez del agua es un problema cada vez más generalizado.

“La inseguridad hídrica en la que se encuentra el país es el resultado de una mala gestión del agua, lo que aunado a la vulnerabilidad del territorio, exacerba la inseguridad hídrica. Sin embargo, el tema de la calidad del agua es uno de los temas más críticos”, sostiene dicho informe.

Además, Medio Ambiente estudió la calidad hídrica con muestras a escala nacional. Descubrió que “en buena parte de las masas” –como sucede en Carasque– existen concentraciones de algunos metales y sales por encima de los límites máximos permisibles establecidos por la Norma Salvadoreña Obligatoria, relativa al uso del recurso como agua potable. “Es el caso de metales como el hierro y el manganeso”, sostiene el informe de Medio Ambiente.

Cantarera. Mario Menjívar, el presidente del comité de agua muestra un chorro que se ha logrado instalar para ayudar a la comunidad. La conexión es directa con un nacimiento natural.

El Salvador tiene el reto no solo de asegurar que sus habitantes tengan agua, sino de verificar su calidad. El PH es un indicador que sirve para medir la acidez o la alcalinidad del agua. El agua potable tiene su indicador de PH entre los 6.5 y 7 puntos. Cualquier indicador abajo de esto no es apto para el consumo humano, pues el agua se considera ácida. Esta puede manchar la ropa por la presencia de metales e incluso corroer tuberías. En Carasque, “el agua tiene un PH aproximado de 3.4 y, por lo tanto, así sin tratamiento, no se puede consumir”, explica el jefe de la Unidad Ambiental de la Alcaldía de Nueva Trinidad.

El comité de agua que administra el Simapecahl se reunió en marzo de 2016. Convocaron a asambleas comunitarias, y ahí decidieron las medidas a corto plazo que tomarían: incentivar a la comunidad a purificar con sus propios métodos el agua que recojan del río, construir dos pilas en unos nacimientos pequeños que hay en terrenos privados para compartirlos con la comunidad y conseguir filtros artesanales para las familias del municipio.

A través de una iglesia lograron el subsidio de los filtros de agua. Las familias solo deben pagar $13 por una cubeta azul, como las que se usan para vender pintura, a la que va conectado un aparato que filtra el agua. En el mercado, cuenta Mario Menjívar esa cubeta vale $75. Hasta ahora 74 familias de las conectadas al Simapecahl ya tienen una y 46 más lo han encargado.

Otras personas han optado por alternativas que son gratis, pero de efectividad dudosa. En las orillas del río Gualsinga es posible ver varios agujeros de unos 50 centímetros de diámetro y de igual profundidad. Son “pocitos” que la gente hace, explica Mario, para sacar agua “filtrada del río”. Al lado del cauce se excava y queda un agujero que por la humedad de la zona poco a poco se va llenando. Ahí llegan las personas a llenar su cántaro.

Después de ver estas situaciones, el comité de agua ha llegado a la conclusión de que deberán usar su último recurso: bombear agua del río Gualsinga. El problema es que el río queda en una zona baja del cantón y hacerla llegar hasta el centro de la comunidad es caro. En cambio, el agua que venía del cerro Eramón bajaba directamente por gravedad.

Los líderes comunales calculan que solo la puesta en marcha del bombeo del agua ronda los $70,000. Dicen que aún no tienen una organización que les apoye, pero que por eso mismo se encuentran haciendo cotizaciones y armando una carpeta del proyecto.

De ponerse en marcha el plan para sacar agua del río, tendrán primero que filtrarla. El precio mínimo por el derecho al agua pasaría de $1.75 a $4.50. Aunque temen que pase lo mismo que sucedió con su fuente del cerro Eramón. Conseguir el dinero, trabajar, y luego, pasar sed. El presidente del comité afirma que ya toparon en la búsqueda de alternativas: “Al secar ese río, ahí si ya es lo último”.

***

Es 17 de abril de 2017 Cuatro hombres sudados, con cumas y corvos en mano cuentan con medida emoción su descubrimiento. Han logrado apartar piedras y maleza para ver cómo, en un pedazo de tierra, brota agua. “Se ve muy caudalosa la fuente. Yo valoro que una cubeta se puede llenar en seis segundos”, dice Otilio Abrego, presidente de la directiva comunal de Nueva Trinidad. Ese día, él y sus acompañantes caminaron entre los cerros aledaños al municipio buscando nacimientos de agua para abastecer a la gente que depende del proyecto SIMAGÜE.

La escena, que parece sacada de un programa de aventura de la televisión, es solo la manifestación de las búsquedas a las que Nueva Trinidad se ha sometido por años. En realidad, el grueso del “chorro” de agua que desciende es de unos 10 centímetros. Pero los hombres ven en él una nueva oportunidad. Uno de ellos graba todo el momento para subirlo a internet, y explica por qué es tan importante ese chorrito de agua que sale de la tierra.

Andrés Jovel, el ingeniero que ha trabajado por dos décadas con las comunidades de la zona y sus proyectos de agua, opina que el problema hídrico no es solo una preocupación de los habitantes de esta región de Chalatenango. “Tenemos problemas en La Paz, en Nueva Trinidad, en Arcatao, en La Palma, es en general en el país. El asunto del agua está crítico. Nosotros estamos tratando de preparar a la gente para que no se atengan a las fuentes, sino ir buscando la manera de obtener aguas de pozos”, dice.

Emelina Orellana. La administradora del Simapecahl trabaja en la pequeña oficina de agua de Carasque. Ahí se elaboran recibos y se lleva un registro de calidad de agua.

En abril del año pasado, el presidente Salvador Sánchez Cerén declaró a la capital en estado de emergencia por crisis de agua y alerta nacional por el desabastecimiento del líquido. “He autorizado al presidente de ANDA para que declare una emergencia que le permita gestionar, en un plazo de tres meses, alrededor de $3.5 millones que le permitan a él resolver de inmediato la construcción de pozos nuevos, contratar pipas y otras medidas”, dijo para entonces el mandatario.

En El Salvador las organizaciones medioambientales llevan una década presionando al Gobierno para que se estudie y apruebe la ley general de aguas. Con la aprobación de dicha ley se espera que el control de la explotación de los mantos acuíferos del país se convierta en un proceso ordenado, que garantice el justo acceso al agua para todos los habitantes del país. Sin embargo, ese anteproyecto se presentó en la Asamblea Legislativa en 2012 y, hasta la fecha, la ley sigue engavetada.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconoce que “el derecho al agua potable y el saneamiento es un derecho humano esencial para el pleno disfrute de la vida y de todos los derechos humanos”. En estas comunidades de Chalatenango, la autogestión de los proyectos de agua ha sido la base para resolver unas carencias que difícilmente el Estado les resolvería, considerando su contexto económico.

Siete años después de haber ensamblado con sus manos las tuberías para el proyecto de agua del cerro Eramón, la comunidad se ha organizado para traer de San Salvador fardos de ropa usada y venderla en la casa comunal. Además hacen ventas de pupusas. Lo recaudado se irá para el fondo del proyecto Simapecahl para buscar una forma de poner en marcha el bombeo de agua desde el río Gualsinga.

Las comunidades de Nueva Trinidad han logrado articular un sistema de administración del agua que funciona. Pero el problema es que los mantos acuíferos se han rebajado y el cauce del Sumpul y el Gualsinga es cada vez menor.

En la directiva comunal saben la importancia de la búsqueda de nuevas fuentes propias. En el video en el que se observa a los hombres cansados tras buscar un nacimiento de agua en una montaña, se escucha una voz de convicción: “Nos queda el desafío de seguir descubriendo fuentes como esta, y así tendremos mejor agua, mejor vida”.

 


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