«Mi miedo más grande es que, al morir, mi presencia no haya cambiado algo»

​​​​​​​¿Cómo te imaginabas que iba a ser tu vida?

Que a mis 29 habría fundado una empresa, una ONG, vivido en el extranjero y próxima a iniciar un matrimonio.

¿Qué está soportando o tolerando actualmente que no le haga feliz?

La falta de aguacates.

¿Qué es lo que tiene más valor de su situación actual?

El poder inventarnos la vida al crear nuevas oportunidades y superar retos con personas maravillosas que luchan y apuestan por un mejor país.

¿Cuál es su miedo más grande?

Vivir una vida sin sentido y que, al morir, mi presencia no haya cambiado algo.

¿Dónde y cuándo es feliz?

Al caminar y jugar de crear historias, inventando batallas épicas y esporádicas con mi perro, amigos y familia.

Para usted, ¿cuál es el impacto más visible del cambio climático en El Salvador?

La variación en la temporada lluviosa y seca.

¿Cuál es el mayor beneficio de contar con educación ambiental?

Brindar a las personas el criterio de responsabilizarse y elegir qué sucede con los recursos que usamos a diario, que nos permiten o impiden desarrollar la vida que conocemos.

La soledad de los errantes

Ilustración de Moris Aldana

Los miro siempre

Hace dos meses que solo me atrevo a salir en la madrugada. Me vengo al guanacaste a tomarme el café. Desde esta loma puedo ver todo y a todos. Nadie me mira a mí.
Allá abajo se van prendiendo como estrellas, una a una, las casas del cantón. Oigo latir a los perros a lo lejos y comienza a pasar la gente por el camino de tierra. Van para la milpa o al ingenio. Allá va también mi papá.
Ya casi no extraño las cosas que hacía antes, ni la cancha, ni los ensayos del grupo de música. Lo que sí quisiera es arriar las vacas en el terreno del peñón, donde vive mi hermana. Por ahí también vive la Silvita, la cipota de los camanances.
Mi papá sigue buscando adónde irnos. Toda la gente cree que ya me fui, pero yo vivo encerrado. En las noches no puedo pegar el ojo, me pasa siempre, estoy en la cama, vuelta y vuelta, y de día paso pegado a la ventana y a la tele: miro noticias y películas casi sin volumen, abro un poquito la cortina y los miro a ellos en este guanacaste que está a cincuenta varas de mi casa. Siempre están con los teléfonos, fumando, mirando hacia el camino de tierra. Aquí les gusta estar.
Yo los miro siempre desde la ventana, los prime-ros llegan a las seis de la mañana. Los últimos se van ya noche, como a las once, pasan por el solar de mi casa, silbando.
En este cantón amanece bonito. Antes no me fijaba. Ahora me gusta mirar cómo se va llenando el cielo de fuego y de azul. Salen de las cocinas chorros de humo y poco a poco va cayendo el día en los tejares.
«Andá a traerme un paquete al punto de buses», me decían siempre que me los encontraba. Pero yo no iba.
«Prestame el caballo», me decían. Pero no se los daba, y me iba pasando en medio de todos, agachando la cabeza.
A mis primos y a mis amigos también les gustaba pasar en este guanacaste, siempre correteábamos por aquí, porque las ramas son bajitas y frondosas, y la sombra se queda quieta todo el día. Pero algunos de ellos se tuvieron que ir, otros se brincaron. Después quedó silencio por estos lados.
Para el terreno del peñón iba yo el día en que me salió el Chino, con otros varios que andaba siempre. «Si te vuelvo a encontrar te morís, hijueputa», me dijo. Yo le iba a echar carrera al caballo cuando me bajaron. Solo de eso me acuerdo, después ya estaba en la casa con la cara hinchada, como berenjena.
Ya está aclarando. Allá abajo, por la vereda del molino, viene asomando el primero.

***

Nadie los vio llegar Llueve ceniza.

Los cañales cercanos a la casa de Rosa arden y las fibras calcinadas caen por todo el valle. El viento las mece como plumas. La mujer se limpia la cara con una manta y aprovecha para taparse la nariz, quiere descansar del tufo a muerto que le llega de la boca del hombre.
Al notar que ella se incomoda por su aliento, el visitante le regala una sonrisa amplia. Tiene la boca llena de coronas de oro y de una masa amarilla. Quiere convencerla de que le alquile la casa y el terreno en el que ella habita con su familia.
—Perdone, señor, pero esto me lo dejó mi abuelo y va a ser de mis cipotes cuando me muera. No necesitamos más. No nos queremos ir al pueblo ni a la capital —dice la mujer.
El hombre le cuenta que las demás familias del caserío han aceptado la misma oferta que le está haciendo, que algunas al inicio se negaron, pero finalmente se fueron.
Un olor a carne y a pelo quemado se mezcla con la pudrición de la boca del hombre. Rosa hace otra mueca de malestar, le da de mamar a la niña que carga en brazos, no quiere que sienta el tufo, piensa que podría enfermarla.
El marido de Rosa y sus otros dos hijos asoman por la vereda. Se ven agotados.
—¿No le dan lástima? con lo que le ofrezco ya no van a tener que andar así. Pero quizá despuesito cambie de opinión, madre. Voy a pasar otro día. Platique con su marido. Mire cómo viene el pobre —añade el hombre de la boca maloliente. Arranca su motocicleta y se va. Varios metros adelante lo comienza a seguir otra motocicleta, estuvo ahí desde el principio y Rosa no se dio cuenta.
La mujer sabe que algunos de sus vecinos se han ido. Nadie dijo nada, todos dejaron las casas de noche. Están solos.
Rosa entra, pone a su hija en la hamaca, la pequeña llora un rato, luego se duerme. La madre se apresura a servir la comida.
—Quieren que alquilemos la casa y el terreno. Pero ofrecen una nadita, Martín. El hombre ese me dijo que van a meter unos cultivos nuevos aquí y que las otras familias ya aceptaron. ¿Vos qué decís, viejo, nos vamos? —pregunta Rosa desde la hornilla.
Afuera el humo sube cada vez más negro.

***

Los cañales ardieron toda la noche.

La niña no ha dormido desde las tres de la madrugada, Rosa no cesa en sus intentos por hacerla sentir mejor. Le pasa un huevo indio, la baña con agua de hierba del susto, quema basura de cuatro esquinas en una cacerola atrás de la casa, cree que puede controlar el mal antes de tener que ir a la clínica.
El ruido de unos pasos por la vereda que baja de la loma la asusta. La sorpresa se convierte en temor cuando mira al hombre de la boca de oro cerca de ella.
—¡No ande haciendo eso! Nadie le dio permiso para meterse —recrimina Rosa casi a gritos, se agita. Nota que el hombre trae un revólver a la cintura, viene más sucio que la primera vez, parece que ha dormido en el monte.
—Andaba aquí nomasito, seño, y quise venir a verla. ¿Qué pasó, ya decidieron? mire que mucho tiempo no le voy mantener la oferta.
José, el hijo mayor de la familia, escucha a su madre, se levanta y va hasta la parte de atrás. Lleva su corvo.
—Rosita, necesitamos una respuesta. Si quiere vengo mañana a esta hora y le adelanto el camión para que vayan subiendo sus cosas.
El joven acelera el paso —Mire, a huevo que le estamos dando un buen trato, hasta mucho tiempo se han tardado. No detenga el progreso, que si no el progreso se los va a tragar.
José se interpone entre Rosa y el invasor.
—Piense en sus hijos, mire que están morros. Acá no van a tener ningún futuro. Por esta que no —se besa los dedos y hace una señal de cruz.
El chico aparta a su madre y encara al visitante, el olor de su boca le da náuseas.
—La onda es que la hemos agarrado al suave con ustedes. Decida ya: se van o se quedan. Los meros jefes son de mecha corta. La otra gente agarró el vacil rápido y se pelaron. Nadie quiere que le den la foto, va.
José empuja al hombre. Empuña con fuerza su corvo. Algo lo enceguece, cae desorientado. El visitante trata de repetir el golpe. Rosa toma el arma de su hijo, dirige la punta al atacante. Tiene miedo. No entiende el cambio, pero reconoce esa forma de hablar. Tiembla.
Unos murmullos llegan desde la vereda, es Martín y su hijo menor. Las voces cada vez se escuchan más fuertes.
—La onda está así: ¡se van a ir sin ni mierda, pero ya! —grita el visitante mientras se marcha.
El fuego avanza. La niña llora.

***

Varios trozos de ocote arden en el piso de la casa. Afuera, el monte en llamas ilumina los cerros.
Rosa guarda la ropa de la niña en una pañalera, acomoda la leche y las medicinas.
Martín y sus hijos ponen lo que pueden en sacos, también preparan un poco de comida para el viaje. No saben adónde irán.
Una luz blanca llena todo. Afuera se estacionan dos automóviles, frente a los focos de los carros se paran cuatro siluetas, traen armas. La familia pone tranca a la puerta, apagan los trozos de madera, callan.
Algo se estrella contra el techo, otro golpe suena en la puerta, uno más en la ventana. Adentro sube el calor. Una luz rojiza comienza a entrar a la casa, el humo inunda todo. El fuego se come el techo, trozos de madera caen, suena un disparo, los animales que resguardan tratan de salir, los gritos de la familia se mezclan con los chillidos de las bestias, suenan más disparos.
Rosa moja un trapo, le tapa la boca a su hija, se arrin-cona. Algo hiere la pierna del hermano menor, sangra. José lo ve, abre una ventana, saca al chico, luego a su madre con la niña.
Los disparos dan una tregua, el fuego no. Una segunda tanda de escopetazos destroza la puerta. Una voz conocida da la orden de seguir.
La familia está afuera, suena una tercera ráfaga: alcanza a José. El padre quiere volver, la madre lo detiene, vio cómo volaron los sesos del joven. Corren hacia el barranco, el hijo menor avanza apoyado en su padre. Los hombres siguen disparando.
Del cielo no les llega ayuda, de la tierra solo el plomo les sopla en el cuello. Entran en una cueva, los pasos no cesan cerca de ellos, tampoco el fuego de las armas.
La penumbra los cobija.
Los pasos paran, los disparos callan.
El adolescente muerde un trapo, su padre le cubre la pierna con su camisa. La niña comienza a llorar.
Rosa le pone el pecho para que se calme, la pequeña no quiere, el miedo también la domina. Los pasos vuelven a sonar cerca, la niña llora más. Rosa le pone nuevamente el pecho, la fuerza. Suena un tiro. La niña se queja, su llanto está ahogado pero sigue haciendo ruido. Rosa también llora, aprieta más la cabeza de su hija contra su pecho. Cree oír a alguien caminar fuera de la cueva, la aprieta aún más. El llanto de la niña cesa, también los pasos, también el plomo. El silencio se queda.
La primera luz del día llega. Rosa sale de la cueva, camina hacia el pueblo con el cuerpo de su hija en brazos.
La ceniza no deja de caer.

***

Crucifixión

Me dice que no llore, porque a donde vamos hay un montón de juguetes con los que voy a jugar. Me dice que si quiero un pan, que si me ha dado frío, que si me pasa algo, que por favor me calle, que ya estuvo bueno. Mi abuela me nalguea, para que al menos llore por algo. Mi tía va llorando a la par mía, y lloro porque ella llora.
Un hombre malo llegó a la casa cuando ella me cuidaba y estábamos solos. Él tenía los ojos rojos rojos, como los del Cadejo, y dijo cosas feas mientras me señalaba, y sentí un gran miedo. Mi tía me pidió que me fuera, y yo quería hacerle caso, pero no podía moverme. El hombre agarró a mi tía de las manos y las puso arriba de su cabeza, y ella hacía fuerzas para soltarse, pero la tenía crucificada, y la tiró al suelo, y ella gritó duro para que la ayudaran, pero él le pegó en la cara y luego en las rodillas para ponérsele encima. Yo me acuerdo que seguí quieto porque me había hecho de piedra, pero mi tía empezó a llorar porque le dolía, y el hombre malo le volvió a pegar.
Entonces me fui corriendo, pero no sabía adónde porque las lágrimas solo me dejaban ver bultos por todos lados, y me crucé la calle y seguí corriendo fuer-te, fuerte, hasta que escuché a mi abuela llamarme «¡Luisito!» y me fui a agarrar de ella para que nos sal-vara. Solo alcancé a contarle que el hombre malo le estaba pegando a mi tía, y empezó a correr como yo, pero de regreso a la casa, y la seguí.
Se puso a gritar cuando los halló, pero el hombre malo solo se levantó y se subió el pantalón mientras la miraba, y tenía los ojos rojos, y le dijo que nos iba a matar si le decíamos a alguien, y mi abuela se quedó quieta, y mi tía lloraba.
Él caminó a la puerta, y mi abuela me agarró como con miedo de que me llevara, pero solo me puso la mano en la cabeza y se fue. Sentí que esa mano esta-ba sucia, pero cuando me revisé el pelo vi que no te-nía nada.
Me alegré cuando mi abuela me contó que al hombre lo habían metido preso, por malo, pero después llegaron los amigos de él. Me acuerdo que eran tres y que llevaban pistolas. El más gordo dijo que todo era culpa de ellas, y que más les valía que sacaran a su primo o si no, nos iban a despachar. Así dijo.
Nos vamos, porque mi abuela tiene miedo. Nos vamos, porque a mi tía le duele.

***

Zopes

Donde vivíamos antes me decían «¿Don Gustavo, cómo le va?». Pero de eso ya van seis meses que no lo escucho. Aquí me miran igual que a los chuchos que andan pepenando conmigo… yo me hago el que no los veo y asunto arreglado.
Y pues sí, bien que he de apestar, pero no es por mi gusto. Me encuentro tantas cochinadas en las bolsas que ya ni mi propio tufo siento. A veces me imagino que pedacitos de la pudrición se me meten, y me paso todo el día afligido porque ando cargando adentro el tufo, ¿se figura usted? A veces, en lo que busco botellas y latas, hallo comida que todavía está buena y la guardo para mis hijos. Ayer encontré una muñeca y se la llevé a la niña. Le gustó mucho… pues sí, algo de alegría hay que llevarles, con todo lo que nos ha pasado…
Nos vinimos a la capital porque nos llegaron a decir que ya no nos querían ver. Y no es que uno pueda rezongar. Lo que dicen es y punto. Así que agarramos lo que alcanzamos y pusimos la champa cerca de donde una prima.
Todo lo malo empezó cuando mi muchacho se nos perdió. Él no se metía con nadie, pero ese fue el problema, que dicen que no quiso y pues… Lo fuimos a encontrar en un barranco, casi que en el otro cantón. Viendo a los zopes llegamos a donde estaba.
Él era igualito a mí, hasta el mismo paso teníamos. Hallármelo así, tirado como chucho, como que… y el olor… ¿Podrá usted creer que eso era la único en lo que yo podía pensar cuando lo hallé? El tufo se me había metido, y desde ese día, por más que me sueno la nariz, no tengo cómo sacarlo.
Yo lo ando cargando adentro.

***

Huir

Están solos. A esta hora de la madrugada, sus familias no saben que las ranas los levantaron, que los llevan casi desnudos caminando por veredas, descalzos, con los pulgares atados, con los pantalones abajo para que no corran.
La luz de la luna ilumina sus espaldas, llevan las suelas de las botas tatuadas con lodo y sangre seca. Los culatazos no cesan, sus pasos se acortan, la respiración honda los desnuda aún más, se pueden contar sus costillas.
Los chicos no tenían mucho de vivir en la zona. Llegaron con sus familias escapando de los bichos. Les habían dado dos caminos: colaborar o morirse. Ellos escogieron huir.
El cura de este pueblo les consiguió refugio. La clica no los encontró, pero los soldados no soportaron su juventud, su risa de hiena por las tardes en el parque, su terquedad cuando eran revisados, la resistencia de sus manos al apretarles los dedos enlazados tras la cabeza.
Los tres lamentan en silencio haberse escondido en el gallinero de la parroquia. Pensaron que la lejanía de sus casas y el ruido de los animales serían un buen escudo. La noche anterior durmieron en el cerro, en la copa de los árboles del lado más escabroso, les fue mejor.
Los sonidos de la violencia no alteran la calma de las milpas que cruzan. Los tacuazines corren des-preocupados, los perros ladran siempre a lo lejos. El pequeño universo de golpes e insultos se mueve lentamente, al ritmo de sus pasos. Nadie oye, nadie quiere oír.
Una orden llegó de arriba. Había que liberar la zona de amenazas, limpiarla de bichos, de sus amigos o de cualquiera que se pareciera a ellos. El método era lo de menos, el país estaba amenazado El parque se convirtió poco a poco en zona veda-da, los militares comenzaron a usar gorros navarones, borraron cualquier marca de identificación de sus uniformes. Los cacheos fueron más frecuentes, más violentos. Los chicos buscaron otros espacios para estar, luego casi no podían salir a la calle. Ya eran, sin serlo, la sombra de una amenaza.
Sus lenguas son tejas secas, no hay saliva en ellas, solo la sangre que llena sus bocas rotas. Desconocen su destino. Piensan en correr pero se contienen. Escapar únicamente les daría un motivo más para golpearlos, para jalar el gatillo.
Por un instante creen que eso sería lo mejor. El ruido de las balas en la madrugada no se puede ignorar como a los gritos en la calle, como a la pólvora en las ma-nos, como a los cuerpos en posición de huida, como a las marcas de tortura. Desisten, es una película que vieron ya en este pueblo, el resultado fue el silencio. Nada puede contra la voz que señala a los muertos de terroristas, de agresores del Estado, de enemigos del bien común.
A uno de sus amigos lo sacaron de madrugada. Era un operativo del Ejército. Lo subieron al mismo picap blanco que ahora los escolta. La familia pensó que en la mañana podrían llevarle comida a la bartolina. No estaba allí, tampoco en el cuartel.
Al mediodía les llegó la noticia del joven muerto. Cinco tiros en la espalda, uno en la nuca. Fue en un tiroteo, dijeron los jefes uniformados. Alguien habló de alteración de la escena, de que el arma había sido colocada, de señales de ataduras en las manos, de livideces que no concordaban con la posición del cadáver, de ejecución. Después, nada.
Días antes, el muchacho no se había dejado revisar, los soldados lo sometieron. Sus amigos intentaron ayudarlo, la punta de los fusiles los paró en seco. Las madres llegaron a tiempo, increparon a los militares. Los chicos finalmente se fueron, pero los soldados no olvidaron.
Los jóvenes comenzaron a dormir afuera de las casas tras el crimen. Cada noche buscaban un refugio nuevo, como sus padres en la guerra. Primero fue la iglesia, después la casa comunal, luego el cerro, por último el gallinero.
No escucharon al vehículo acercarse, llegó con las luces apagadas. La puerta no opuso resistencia, varias lámparas les iluminaron el rostro, los cegaron. Los golpes llegaron sin aviso. Nadie escuchó los gritos. Ni un solo hijueputa llegó a los oídos de los vecinos, ni un solo hijueputa quiso ser escuchado. Las gallinas fueron testigos del espanto, también gritaron, luego volvieron a dormir.
Uno de los muchachos cae. Un soldado lo levanta por el cuello, le da un rodillazo en el estómago. El chico se desploma nuevamente, vomita algo oscuro. El militar le pone el pie en el pecho, le orina la cara.
Los bultos en el horizonte comienzan a tomar forma de casas, no reconocen este pueblo, no es el suyo, no es el que les dio refugio. Una luz se prende y apaga a lo lejos, los jóvenes piensan que son los compañeros de los soldados, quieren creer que solo los llevarán a encerrarlos a otro lado, que mañana no estarán en un tiroteo fantasma, que verán a sus padres.
Unos números romanos pintados sobre un muro marcan una frontera, la cruzan. El terror se queda con los chicos.
—Aquí les traemos —grita el soldado al mando. De las sombras se desprenden varias siluetas.

Ilustración de Moris Aldana

Feria

Han puesto un cono a la par mía. Alguien me arregló los brazos y las piernas y me puso la mantelina en la cara. Soy un cuerpo acostado boca arriba sobre piedras incómodas. Un policía me cuida mientras van por la cinta. Eso le dijeron. «Cuidala». Pero no me mira. Hay gente sentada ahí nomasito, renegando que el bus se tarda. Una muchacha se ríe diciendo que quizá celebré demasiado porque me quedé dormida de tan borracha. Luego se calla. Se escuchan los cuetes y la bulla de la feria. Se distingue la calle solo por las luces de toda esa chorrera de carros que quiere entrar al pueblo. Nadie alcanza a ver el alambre en mi cuello morado. Mi familia no sabe que me dejaron aquí tirada.

***

Cuando se metieron a la casa, nos ordenaron que quitáramos la denuncia y nos fuéramos o nos mataban. Traté de que no me temblara la voz: «Dios no permita, hija, —le dije a la Ana— pero a ese que lo tengan preso por lo que le hizo a la niña». Y no es tanto que yo fuera valiente, la verdad es que no teníamos para dónde irnos. Nos quedamos, pero cerramos las ventanas con pasadores y trancamos la puerta. Ya ni dormía bien por imaginarme todas las formas en que podían matar a la Ana, que es salida y nunca distingue cuándo callarse la boca, y a la Karlita, que Dios sabe por qué le hicieron eso a ella y no a su nana. En la casa vivíamos las tres, nadie más. Cuando las sentía hincarse juntas, a la par de la cama, y pedir que no nos pasara nada, solo me daba la vuelta y me hacía la dormida. Hacía tiempo que se me había acabado la fe, pero no era algo que les pudiera decir.

***

Después de lo de Karlita, a la Ana le tocaba pedir permiso en el trabajo bien seguido, y al final la echaron. En esa misma semana fue que vinieron ellos y nos encerramos. Ayer, viendo que ya nos estábamos quedando sin comida, agarré unas libras de maíz y frijoles que tenía guardados y me puse a hacer unos tamales pisques. Le pedí a la vecina que les contara a los demás en la colonia, pero casi no vendí. Hoy en la mañana oí unos cuetes y me acordé de que había feria. Y cabal es la fecha en que el pueblo rebalsa de gente porque traen música y hacen la procesión. Le dije a Ana que me ayudara a llevar la mesa y los peroles al parque y se regresara. Me puse en una buena esquina. Para cuando se hizo de noche había vendido un montón y estaba bien contenta por eso. Vi a los niños jugar y me dio lástima que Karlita, con lo inquieta que es, esté ahora tan triste y encima tenga que pasársela encerrada todo el día. Pero es de esas cosas que una piensa y sabe que es por gusto, de nada sirve lamentarse. Como a las ocho ya estaba más calmada la venta porque todos andaban en el baile. Le dije al de a la par: «Cuídeme aquí en lo que voy al baño».

***

Tal vez fue porque no me hinqué a la par de mi hija y de mi nieta que me pasó lo que me pasó. Tal vez solo me tocaba. Tal vez no, pero ellos me adelantaron; ellos, los que me hallaron en el camino y me sacaron del pueblo y después me vinieron a tirar aquí, en el predio que da a la entrada. Aunque hubiera gritado, ¿quién se iba a dar cuenta entre tanta cumbia? No me acuerdo quién me arregló las manos y las piernas. No sé a quién se le ocurrió taparme. Pero le agradezco. Debe ser feo verle la muerte en la cara a una vieja como yo.

***

Escucho a Ana pedirle al policía que si las pueden acompañar a la casa, que las dejen subir un par de cosas al carro y que las lleven lejos, lejos, adonde sea. Ana nunca entendió que no se puede correr así nomás, sin saber para dónde va uno. ¿Qué va a ser de ellas? Ana empieza a gritar: «¡¿Que no ve que me la mataron?! ¡¿Que no ve que ahora nos van a matar a nosotras?!». La gente la mira desde los carros detenidos por la trabazón. El policía le pide que se calme, que está asustando a los turistas. Ana sigue llorando abrazada a la niña, pero ya no grita: «Llévenos lejos, por favor, se lo ruego, llévenos adonde no nos sigan». El policía la ignora, como me ha ignorado a mí, tal vez para él las dos estamos muertas.

«Yo vendo libros y amo hacerlo»

¿Qué le hace llorar?

Todo lo que sea hermoso. Todo el arte que logre conmover esos pellejos del alma que uno creía dormidos.

¿Cree que es importante un empleo estable?

Para mí lo es. Pero no es imprescindible. Cada uno busca la mejor manera de obtener dinero. Lo más importante es un trabajo que uno ame. Yo vendo libros y amo hacerlo, me da la satisfacción de encontrarme con libros especiales, primeras ediciones y cosas raras.

¿Quién le habría gustado ser?

Nadie más que yo, pero en otras épocas y lugares.

¿Cómo definiría a su voz poética?

Hacer poemas a partir de escombros, calcar en el papel la mano que me ha golpeado o hablarle al diablo en el espejo. Es difícil hablar de uno mismo. Prefiero no hacerlo si estoy sobrio.

¿Qué se habla, afuera, sobre la literatura que acá se está escribiendo?

Realmente no se habla mucho sobre Centroamérica y mucho menos de El Salvador, de no ser por los grandes escritores ya consagrados. Creo que se necesita trabajar más para que nuestros escritores lleguen a más países y estos encuentros son muy importantes para eso. Pero no siempre es fácil para nuestros artistas tener la capacidad de poder salir del país. A mí me costó cuatro meses de trámites horrorosos.

¿Sus poetas favoritos?

Roque, Armijo, Kijadurías, Gelman, Huidobro, Joaquín Prada. Y arriba de todos ellos, mis amigos.

¿Cómo reacciona a las críticas, si cree que son injustificadas?

Me gusta escucharlas, me ponen de buen humor.

Préstamos Gota a Gota: la esclavitud financiera de los más pobres en Latinoamérica

Por CONNECTAS

Fue a finales de los noventa en la ciudad de Medellín, cuna de uno de los mayores carteles del narcotráfico en Colombia, cuando empezó a gestarse un fenómeno económico clandestino que se conoce en varios países de Latinoamérica como ‘gota a gota’, una modalidad de préstamo que fue creada para el lavado de dinero, pero que condena a la esclavitud financiera a los más pobres del continente y que ahora está en 16 países como lo confirmó esta investigación realizada por El País de Cali en alianza con la principal plataforma que promueve el periodismo colaborativo en la región, CONNECTAS.

Blanquear todo el dinero que ingresaba a Colombia como ganancia del narcotráfico era una misión imposible. Así, empieza a aparecer la figura que hoy recorre las calles de los países de América Latina: el ‘gota a gota’, ‘chulco’ o ‘pagadiario’. Aunque es imposible precisar la dimensión de este fenómeno, un informe realizado por la Universidad Central de Bogotá revela que el ‘gota a gota’ mueve diariamente cerca de un millón de dólares, solo en Colombia.

Andrés Nieto, analista de seguridad en la Universidad, aseguró tras el estudio que “Es tanta la cantidad de dinero que mueve el ‘gota a gota’, que de alguna manera se asemeja a las ganancias del narcotráfico”. La problemática de tinte regional ya ha causado encuentros entre varios países latinoamericanos, para plantearse soluciones concretas que ayuden a combatir este modelo de préstamo ilegal.

Sus víctimas han sido vendedores callejeros, pequeños comerciantes, amas de casa, mecánicos, conductores y todas aquellas personas que no tienen acceso a un crédito bancario. El ‘gota a gota’ no detalla si la persona tiene capacidad de pago, no exige trámites ni fiadores. Basta el documento de identidad y el dinero se entrega en minutos. La intimidación y la violencia es la prenda de garantía de que no se perderá el dinero.

México, Ecuador, Perú y Brasil son los países en los que hay mayoría de colombianos detenidos por delitos afines a los cobros del ‘gota a gota’.

En diferentes países de América Latina las estructuras armadas que trabajaban para los carteles del narcotráfico salieron a la caza de ‘beneficiarios’. La necesidad llevó a la población más pobre del continente a negociar directamente con el crimen organizado.

Una vez recibido el crédito, un cobrador, muchas veces en motocicleta, llegará a la misma hora durante los próximos 20 días para recoger una cuota que en el mejor de los casos terminará pagando un interés del 20 por ciento. Por un préstamo de 100 dólares se puede cobrar una tarifa hasta de seis dólares durante 20 días. La persona terminaría pagando un total de 120 dólares.

 

Ecuador fue el primer país que importó esta modalidad en el año 2008 y posteriormente las redes de colombianos hicieron presencia con estos créditos en mercados y zonas marginales de Perú, adonde llegaron en 2009. Ya en 2010, probado el modelo exitoso en ganancias, hubo auge de esta modalidad, que empezó a colonizar a Chile y Argentina en parte debido a la migración de colombianos hacia esos países. Asimismo, esta investigación obtuvo reportes de que ese mismo año una comunidad grande de colombianos que empezó a radicarse en el sur de Bolivia y ya en 2011 estas redes rompieron la barrera del idioma y se tomaron algunos de los estados de la periferia de Brasil, llegando incluso a Sao Paulo y Río de Janeiro.

Los primeros prestamistas en llegar a México para abrir rutas lo hicieron en 2012, pero a partir de 2014, con la eliminación de la visa para los colombianos, se consolidó su accionar gracias a la alianza que lograron con bandas de crimen organizado en ese país. Posterior a esto, la conquista en Centroamérica se realizó entre 2013 y 2014, cuando los créditos sin requisitos ni fiadores se tomaron los comercios y zonas marginales de Honduras y Guatemala, donde trabajan también en alianza con las marcas salvadoreñas.

Alrededor de 300 personas, entre deudores y cobradores, han muerto en los últimos años en América Latina por retaliaciones relacionadas con ‘gota a gota’.

Aunque a comienzos de 2019 Panamá reportó el primer caso de capturas de colombianos por ‘gota a gota’, en 2015 se registró una serie de actos violentos y de muertes relacionados con esta actividad ilícita en la capital del país. Personas de nacionalidad colombiana y nicaragüenses indocumentados fueron las víctimas de estas redes.

Uruguay es el último país en el que aterrizó este fenómeno, a comienzos del 2017, y ya se tienen reportes de una persona asesinada y un cobrador colombiano desaparecido.

 

Para que desde el 2008 empezara la expansión del fenómeno del ‘gota a gota’ por América Latina fue necesario reclutar a decenas de jóvenes colombianos graduados de bachillerato, sin empleo y sin la posibilidad de continuar una carrera universitaria.

Otros factores también fueron fundamentales para la expansión de este cruel modelo de préstamo por la región: los altos índices de corrupción en los gobiernos de algunos países, la desigualdad social en el continente y la corrupción de algunas autoridades policiales en países como Colombia, Perú, Ecuador y México.

Asimismo, las organizaciones colombianas dedicadas a este tipo de delitos en el extranjero operan con la complicidad de los carteles o las bandas criminales de cada uno de esos países tal como ha ocurrido en Perú, Honduras, Brasil y México.

 

Ante una realidad evidente de expansión, representantes de los gobiernos de diez países se reunieron en agosto del 2017 en la ciudad de Puebla, en México, para firmar un acuerdo de cooperación internacional a fin de combatir la corrupción y la delincuencia organizada. En el evento, uno de los temas tratados fue el de la presencia de legiones de colombianos dedicados al préstamo ilegal de dinero, bajo el modelo de ‘cobradiario’ o ‘gota a gota’.

Dueño del capital, administradores, cajeras y cobradores, entre otros, hacen parte del negocio del ‘gota a gota’.

De acuerdo con la respuesta entregada por la Cancillería colombiana a un pedido de información para este reportaje, entre el año 2014 y julio del 2019, fueron asesinados 337 colombianos en 14 países de América Latina, en su mayoría por casos relacionados con préstamos ‘gota a gota’ y microtráfico. Hay además 152 casos más en los que las circunstancias de su muerte están ‘por determinar’.

El ‘gota a gota’ es, en últimas, la sumatoria de la desigualdad en América Latina. Salvador Guerrero, director del Consejo Ciudadano para la Seguridad y la Justicia de la Ciudad de México, dice que este no es un asunto punitivo policial, sino de política social “porque quienes necesitan el dinero como quienes lo cobran, prácticamente pertenecen al mismo segmento de población depauperada que es utilizada por las organizaciones del ‘gota a gota’ a nivel continental”.

Amplíe la información sobre el nacimiento y desarrollo del modelo ‘gota a gota’ en los diferentes países de la región acá.


* Esta historia fue realizada por Hugo Mario Cárdenas para El País de Cali, Colombia, en alianza con CONNECTAS.

Una canción presuntuosa está destinada a fracasar

¿Qué es lo que más le disgusta?

Tres cosas: la traición, la gente que bota basura en las calles y las pacayas.

¿El arte se consume o se disfruta?

En este caso, ambos términos están ligados. Uno consume lo que cree que va a disfrutar y uno disfruta lo que ya consumió y le gustó.

¿Qué hace la diferencia entre una buena canción y una que no lo es?

Definitivamente la sinceridad con la que fue compuesta. Una canción presuntuosa está destinada a fracasar. Las mejores canciones hechas son las que son transparentes en su composición y directas con lo que quieren decir o, al menos, hacer sentir.

¿Cuál es su mayor debilidad y su mayor fortaleza?

Mis ideas obsesivas son mi mayor debilidad y mi mayor fortaleza a la vez.

¿Qué hace a alguien ser bello?

Definitivamente su nivel de transparencia como ser humano.

Una canción que le alegra el día…

Hey Jude

¿Qué característica es indispensable en un músico exitoso?

Entender que está bien equivocarse, aprender de sus errores, no dejar de tocar, repetir hasta que salga y, sobretodo, nunca dejar de sentir.

En esta casa no hay nadie

Ilustración de Moris Aldana

J​​​​​​​uan se levantó de un salto, prendió la linterna y caminó hacia el interior del edificio.

—Ahora vuelvo —dijo.

—¿A dónde va?

—Espéreme —respondió, desapareciendo en la oscuridad.

Unos momentos después escuché unos fuertes golpes desde el interior del edificio. Después, pasos. El foco vacilante de la lámpara.

El viejo cojo volvía.

—¡Ayuda! —gritó.

—¿Qué pasa?

—¡Sígame!

Caminé detrás de él intentando no caer. El viejo poseía un instinto de sobrevivencia muy desarrollado. Había algo animal en su actitud.

Llegamos hasta la boca del piso 7. Prendió la lámpara y me mostró un promontorio de cartones y piezas de madera.

—El escritorio del puto asesor jurídico… — dijo, riendo.

 

2

Yo no podía dejar de pensar en la posibilidad de que el Milenio se desplomara de un momento a otro. Años atrás NatGeo publicó un escalofriante documental sobre un edificio que se vino al suelo una hora después de ocurrido el terremoto de la Ciudad de México. Esas cosas pasan. En aquel momento, sin ninguna comunicación, imaginaba que la ciudad estaba en ruinas.

—¿Faltará mucho para el amanecer?

El viejo lanzó un gruñido, como si mi pregunta le importara poco. Le puso fuego a una pequeña pirámide de astillas y papeles, y sopló la llama con una cadencia bien aprendida.

En cosa de segundos el fuego lanzó resplandores contra las paredes. El lugar se llenó con la presencia de nuestras sombras. Se agigantaban y se achicaban, meneándose de un lado a otro, en una danza con ecos ancestrales. Aquel pasadizo de paredes ásperas y amenazantes se convirtió en una acogedora caverna. Hace medio millón de años una simple fogata debió tener significados inimaginables en la vida de nuestros abuelos homínidos. Ahora tenía una idea de lo que eso significaba.

Mi ropa comenzó a emanar un tibio vapor y me senté en el suelo sin poder apartar la mirada del destello reconfortante de las llamas. Juan se desnudó y arrimó al fuego cada pieza de ropa que se quitaba, como si fueran trozos de su propia piel.

—Esta cicatriz la tengo desde que era un bicho —dijo, con cierto orgullo, mostrando el corte de uno de sus costados.

Otra —añadió, señalando la zona de la ingle. Una abultada cicatriz de color púrpura sobresalía debajo de la rodilla. Era como un pequeño demonio marcado de cicatrices.

Se puso en cuclillas frente a las llamas y comenzó a contarme la historia de sus cicatrices.

 

3

A lo largo de su vida usó muchos nombres, pero el suyo, el verdadero, era Juan. Como su padre, que también se llamó Juan. Como su propio padre. Y como el padre de este, que recibió el nombre de su padre, un tal Juan Abrego. Su madre se llamaba María, igual que su abuela, y la madre de esta, que recibió ese nombre de su madre, que era el nombre de su propia madre, heredado de María López, la tatarabuela.

Todos los Abrego nacieron con la ayuda de una partera. Si la mujer preñada no conseguía parir la hacían que se confesara, y si con eso no podía dar a luz traían al marido para que se confesara. Cuando la criatura nacía, la partera le hacía una raya con tile en un pie, para que le ayudara a no perderse en los montes, y pasados doce días llevaban a la criatura donde un sacerdote para que le diera un nombre. Todos los así nacidos tienen el ombligo enterrado alrededor de un rancho. El rancho era un rancho a la orilla de un caserío y el caserío era un puñado de chozas echadas sobre una ladera del volcán. El nombre del volcán es Chinchontepec, y el del caserío, La Cayetana.

A medida que Juan contaba esa historia yo me imaginaba una larga trenza de Juanes y Marías emergiendo de la fogata y caminando de la mano hacia el horizonte mientras los astros giraban enloquecidos. Sonará estúpido, siento que estoy contando una versión tropical de Tierra de osos.

Al igual que la mayoría de los habitantes de ese lugar, sus padres, sus tíos y sus hermanos trabajaban desde mucho tiempo atrás para la poderosa familia Segura, propietaria de cultivos de café, caña de azúcar y algodón que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Todos los Juanes estaban acostumbrados a guardar silencio frente al mandador, el guardia, el cura, el alcalde y el juez. Las Marías también bajaban la vista cuando hablaba el juez, el alcalde, el cura, el guardia y el mandador.

Pero las cosas comenzaron a cambiar. Los Juanes y las Marías, los Humbertos y los Jesuses, las Marinas, los Abeles y las Lucrecias comenzaron su rebelión. La rebelión de las pequeñas cosas. Pidieron a los amos unos pocos centavos más por el jornal. Pidieron comida caliente. Dos cucharadas más de arroz. Una tortilla adicional. No lo consiguieron. Pidieron que les arrendaran tierras a buen precio para sus propios cultivos y para la crianza de sus animales, y protestaron porque

los pesticidas envenenaban el agua matando a los peces.

Algo les ha picado. Ya se les va a pasar, decían los patrones. Las cosas están bien y así deben seguir, decían.

Los Juanes y las Marías, los Humbertos y los Jesuses, las Marinas, los Abeles y las Lucrecias decidieron enviarles un mensaje a los patrones. Una noche cortaron a machetazos un campo de algodón a punto de brote, y los señores, enojados, llamaron a la Guardia. Dos parejas de agentes con los cascos calados hasta las cejas y los dedos puestos en el gatillo de sus fusiles entraron al caserío interrogando de forma amenazante a los pobladores. Todo lo que oyeron fue que nadie sabía nada. Los guardias se fueron advirtiéndoles que se anduvieran con cuidado.

Esa fue la noche del algodón.

Después vino la noche de la caña.

Un humo negro y olisco se elevó hasta el firmamento entre un resplandor de color naranja. Doce manzanas de caña ardieron esa noche. Cuando se hizo de día, una llovizna de ceniza cayó sobre los árboles, los techos, los caminos y la ropa tendida.

La madre de Juan barría el traspatio cuando escuchó el ruido de los motores. Llamó al bichito flaco y le dijo que fuera a esconderse, y que no saliera de allí hasta que ella fuera a buscarlo.

En las palanganas de cinco camiones venían los guardias dejando una hedentina a diesel y aceite quemado por donde quiera que pasaban. Se apearon de los vehículos y rodearon el caserío. Un grupo numeroso se apostó frente a la ermita con los fusiles terciados y un cabo ordenó a voces que todos salieran de sus casas. Para que no quedara duda de sus intenciones dispararon unas ráfagas al aire.

La gente salió con las manos alzadas. Los guardias acostaban a la gente, boca abajo, con la cara pegada al polvo y las manos sobre la cabeza.

«¡Ahora van a entregar las armas!», gritó el oficial.

Nadie respondió nada. A una orden, los guardias levantaron del pelo a unos hombres y, a la vista de todos, los golpearon con la culata de los fusiles hasta desfigurarlos.

Un joven se atrevió a protestar y lo mataron en el acto de un tiro en la cabeza. Su padre se indignó y también fue muerto.

Frente a la ermita se formaron charcos de sangre revueltos con la ceniza que seguía cayendo.

La bulla de que la Guardia estaba en el pueblo llegó hasta una finca de café, volcán arriba, donde se encontraba un grupo de cortadores. Ocho hombres bajaron al caserío para pedirles a los agentes que no maltrataran a la gente.

Los ocho fueron detenidos y llevados a un lugar donde les dieron muerte a cuchillo y dejaron sus cabezas en el camino.

Antes de retirarse, al atardecer, los guardias dispararon al aire. Juan escuchó la tronazón y sintió un quemón a un lado de la espalda. Era una bala perdida, que le entró en la carne rompiéndole una costilla.

—No tiene orificio de salida —me dijo, enseñándome

el calazo.

Los puntos de sutura le dejaron la piel como la espina dorsal de un pescado.

 

4

«Los proyectiles salían de la instalación del destacamento militar, en la represa, y caían en un macizo montañoso inclinado sobre el río. Cuando los soldados detectaban un movimiento extraño llamaban a una avioneta de observación para que les indicara las coordenadas y afinaran la puntería. Si las avionetas estaban ocupadas, simplemente disparaban contra lo que fuera.

«Los soldados percibieron un movimiento de personas entre los cerros. Temieron que se preparara un ataque contra la represa y lanzaron morteros. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete rondas o más. En realidad lo que se movía entre la espesura era una columna de ancianos, mujeres y niños que buscaban la manera de cruzar la frontera y refugiarse en las montañas de Honduras. Se extraviaron y fueron a parar a los cerros frente a la represa.»

Entre aquella muchedumbre venía la familia de Juan.

Al otro lado del río, sin enterarse de lo que estaba pasando, Juan se recuperaba en un improvisado puesto médico de un balazo que recibió cuando cargaba a una combatiente herida. En el intercambio de fuego, la muchacha recibió de lleno una ráfaga de tiros. A Juan le entró un balazo por la nalga y le salió por la ingle.

—Aquí —dijo.

Se bajó el calzoncillo y me mostró un desgarramiento rosáceo entre los pelos.

—Cuando me curé me enviaron al campamento de la radioemisora, donde los muchachos vivían como topos para no ser detectados.

 

5

Por fin, cerca de la medianoche me contó qué le pasó después de que dejamos el taller donde tenían al X.

—Salí de mi casa a la discoteca y cerca de la parada de buses miré la Chevrolet negra.

—Era gris —le interrumpí.

—No. Era negra.

—Quizá era otra —insistí.

—Tenía la misma placa. Yo la memoricé mientras usted estuvo adentro. Alguien permanecía frente al volante porque estaban prendidas las luces de los frenos. En ese momento salieron dos hombres con pistolas y las caras cubiertas. Venían por mí. Corrí en medio del gentío buscando la quebrada en dirección a La Tabacalera. Yo conocía bien esas calles. Cuando iba llegando al bordo de la quebrada me dejaron ir unos plomazos. Un tiro me pegó en un hueso, aquí, en la pierna, y caí al suelo. Como llevaba impulso, no me detuve. Me fui devanando entre piedras y breñales hasta que topé con una piedra grande en el fondo de la quebrada.

¡Calavera! ¡Calavera! ¡Sos hombre muerto! —gritó uno de ellos. Era Bartolo. Algunas piedras rodaron quebrada abajo. Venían por mí. Saqué la mecha, me aposté en la piedra y les solté unos pijazos. No se lo esperaban. Los tipos respondieron, pero no tuvieron huevos de bajar. Todo quedó en silencio. Solo se oían los perros. Me mantuve alerta, con los dientes apretados, empuñando la mecha. Estaba mareado. Sonaban las putas chicharras. ¡Qué animales para chillar! Los árboles se volvieron invisibles. Alguien venía caminando, despacio, entre la hojarasca. Yo estaba listo para jalarle no más apareciera. Apareció entre la penumbra un chucho seco y jiotoso, que al verme salió espantado. Me apliqué un torniquete con el cincho. Soplaba un viento caliente, que no era de agua. Faltaba para que empezaran las lluvias. No iba a quedarme a morir en aquel zanjón. Tomé un trago del agua chuca de la quebrada y caminé río arriba, por toda la orilla. Cojeando. Ayudándome con una rama seca. En algún lugar alguien cocía frijoles. Juan, tenés que volver a probar frijoles, me decía a mí mismo, para darme ánimos. Se escuchaban risas, llantos de niños y toses que provenían de las covachas. Me detuve cuando sentí un mal olor. Estaba a unos pasos del basurero. No muy lejos de allí quedaba la 28 de Diciembre, donde vivía Santiago, un viejo amigo, conocido como Teo, aunque su nombre verdadero era Gerardo. La 28 nació como un campamento de refugiados. Le pusieron ese nombre porque las primeras familias llegaron a ese predio el propio Día de los Santos Inocentes. Trepé por la vereda de los pepenadores hasta la explanada. Unos perros salieron al paso gruñendo. La puerta de la casucha se abrió y en ese momento me desvanecí.

Desperté. El sol estaba alto. Una mosca sobrevolaba mi nariz. Entró Santiago. Teo, le dije, contento de verlo otra vez. Habían pasado varios años. Me pidió que no hablara. Ya habría tiempo de platicar. Santiago estuvo entre los primeros que llegaron a la 28. Terminó la guerra y los refugiados volvieron a sus lugares. Santiago prefirió quedarse en la ciudad. Ya no quería ser campesino. Había aprendido un oficio. Su compañera se hizo enfermera y trabajaba en la clínica comunal. Sus hijos se hicieron muchachos grandes, con novias y amigos. Ninguno quería volver al pasado. Pero el pasado lo persigue a uno.

«Una de las primeras cosas que le pedí a Santiago fue que averiguara cómo estaban mi mujer y mi hijo. Mi niño estaba enfermo. Nació con un problema. Aquel mandó a un cipote a vender jocotes embolsados. Llegó a la casa, golpeó la puerta y nadie respondió. Volvió al día siguiente. Pomponeó la puerta. Nada. Una mujer le dijo ‘en esa casa no hay nadie’. Era merodeada por hombres en automóviles. Que se fuera de allí. Nunca volví a saber nada de mi mujer y de mi niño. Dejé las cosas como estaban. Ni loco se me hubiera ocurrido ir a la policía. La bulla del hombre vaciado estaba en las noticias. Era obvio que Bartolo estaba involucrado en esa muerte y que me buscaba para no dejar testigos. Pensé que usted era parte de ese plan. Juré que iba a matarlo si volvía a encontrármelo. Lloré amargamente la pérdida de mi familia, sin mencionarle a nadie una palabra. A Santiago le dije que el ataque que me hicieron era obra del enemigo. Escuadroneros. Santiago pensó igual. Todavía estaba fresco el recuerdo de los guerrilleros que aparecían muertos después de la paz. Grupos armados que actuaban al margen, se decía. Uno nunca lo sabe todo. Ni hace falta. Éramos personas acostumbradas a no preguntar más de lo debido.»

Santiago se enteró de que unos desconocidos llegaron a los alrededores preguntando por un herido, un tipo peligroso que era buscado por las autoridades. Era hora de marcharse. Necesitaba una nueva identidad y largarse a donde nadie lo conociera. Se dejó el bigote. Se decoloró el pelo hasta dejárselo blanco, como el de un viejo. El trámite para su nuevos papeles no fue complicado. Los sediciosos quemaron numerosas alcaldías. Al finalizar la guerra un arreglo transitorio estableció que una persona podía obtener un documento de identidad presentando a dos personas que legitimaran la veracidad de su origen. Santiago y su mujer acompañaron a Juan a la alcaldía de San Pedro Perulapán, donde los registros municipales fueron reducidos a ceniza, y en cosa de minutos consiguió un nuevo documento. Pasó a llamarse Noé Basilio Monge. Soltero. Agricultor. Se despide de sus amigos. Inventa una historia sobre su origen y sus calamidades. No es pecado engañar al diablo.

Mecapalero en Gotera.

Pescador en La Barra.

Pordiosero en Divisadero.

Cortador en Nuevo Edén.

Mesero en una pupusería de El Amatillo.

Con el paso de los años, Juan decide acercarse a las ciudades, donde es más fácil encontrar algo que hacer.

Ayudante de fontanero.

Motorista de un picap de mudanzas en San Miguel.

Alquila una pieza en La Curruncha, en la falda del volcán Chaparrastique. Vive rodeado por cuatro bandas de malhechores. Sale ileso de un fuego cruzado entre un grupo de exterminio y una clica de pandilleros.

 

6

Dos tipos vestidos de payasos suben al bus. Uno de ellos camina hasta la puerta de salida haciéndoles muecas a los pasajeros. El otro se queda a la entrada. El vehículo sigue su marcha.

—¿Les decimos, vos? —grita uno, con voz chillona.

—Mejor no. No van a querer —responde el otro, riéndose.

—Entonces, ¿les cantamos?

—Vos cantás muy feo.

La gente se ríe.

—Y ustedes, ¿de qué se ríen? ¿Me ven cara de payaso? —reclama. La gente se ríe a carcajadas.

Mirá, se están riendo. ¿Les decimos?

—Ya te dije. No van a querer.

—Les voy a preguntar.

El payaso se dirige a la gente.

—¿Quieren que se los digamos?

—Sí —responden unos niños.

—¿De veras quieren que se los digamos? — grita el otro, desde atrás.

—¡Sí!

—Vaya pues. Todos tienen que decir que sí.

—¡Sí! —responden los pasajeros.

—¡No se oye! A ver, ¿de veras, quieren que se los digamos?

—¡Sí! —grita la gente.

—Vaya. Se los vamos a decir —dice el payaso, sacando un enorme cuchillo.

—¡Este es un asalto! ¡Nadie se mueva! —grita el otro, pistola en mano.

Los payasos desvalijan a los pasajeros. Teléfonos. Cadenas. Monederos. Golpean a quien se les resiste. Uno de los payasos llega al lado de una muchacha.

—¿Nos llevamos a esta? —grita.

—Está bien buena. Démosle remolque —responde el otro.

El payaso le pone el cuchillo en la garganta y le soba una chiche. La joven se rompe a llorar. Un hombre que comparte asiento con Noé golpea al payaso. Se arma una pelea. El payaso de la pistola dispara a mansalva. Todos gritan. El motorista frena el bus. El payaso del puñal pierde el equilibrio y cae sobre la gente. Noé intenta cogerlo. En medio del forcejeo recibe un golpe en un ojo. Los payasos saltan a la calle y huyen despavoridos disparando al aire. En el interior del bus quedan personas heridas. El hombre que venía sentado al lado de Noé mana sangre por la garganta. A Noé le inyectan un sedante, le colocan una bolsa de

hielo en el ojo.

«¡Juan!», le susurra al oído una voz de mujer. Cree que está soñando. Abre los ojos y mira a una oficial de la policía. Ha llegado a tomarle declaración. «Me ha confundido. Mi nombre es Noé», responde. La mujer lo tranquiliza. «Te conozco.

Sos uno de los Abrego.» Escribe su número de teléfono en un papel y se lo introduce en un bolsillo.

—¿Quién era ella? —le pregunté.

Mélida. Su familia es de mi cantón. Me recomendó para este trabajo —dijo, señalando el pasillo oscuro.

 

7

—Y la Dante… ¿supo cómo pasaron las cosas? —me preguntó Noé.

—La Dante —repetí, saboreando el nombre—. Ninguno sabe bien cómo pasaron las cosas.

Noé se rió.

—Yo no tengo las manos manchadas con la sangre de ese muchacho —contestó.

—¡Matarlo no estaba en el plan!

—Y entonces ¿qué pasó?

—Les ordené que lo soltaran. No me obedecieron. El lunes el hombre apareció en todas las noticias…

Juan se puso de pie, con el foco en la mano.

—Intentaron matarme.

—Nunca volví a saber nada de Bartolo. Bueno, sí. No sé si se enteró…

—¡Ese maldito! —exclamó, y escupió en el piso.

«Cada estado de ánimo te hace crear algo nuevo»

Si lo que tiene ahora no le gusta, ¿cómo cree que debería ser?

La vida es un constante movimiento donde lo que deja de gustarme me inspira a un cambio y, luego, esto se convierte en una experiencia nueva, siempre con un enfoque en lo que me encanta, como el diseño y el arte.

¿Qué le gustaría que pasara hoy que no esté pasando?

Estoy abierto a lo que la vida me dé. Así que lo que esté pasando en este momento es cuestión de mis propias decisiones, y si decido que debería de pasar algo mejor, simplemente muevo el timón de mi vida a otra dirección.

¿Cuál es su posesión más preciada?

Mis sueños, pues de ahí nace lo que alimenta mi creatividad, que luego se transforma en mi proyecto de vida.

¿Con qué estado de ánimo prefiere diseñar?

Hubo un momento de mi vida que descubrí que cada estado de ánimo te hace crear algo nuevo, intenso, único y original. Nunca dejé de diseñar o de crear, independientemente de mi estado de ánimo. A veces lo que sientes es más fácil expresarlo con arte.

¿Qué carrera o negocio consideraría si tuviera que comenzar otra vez?

No tengo por qué considerarlo, siempre escogería el diseño gráfico.

¿A qué persona viva admira?

Al maestro espiritual Sadhguru, yogui y místico. Su visión sobre el autoconocimiento te hace reflexionar quién eres y hacia dónde vas.

¿Quién fue su inspiración para que se dedicara al diseño gráfico?

No fue alguien en específico, desde pequeño sabía que mis habilidades artísticas podían ser algo de lo cual viviría y así fue.

El poder de las iglesias evangélicas en Latinoamérica

GDA

Los evangélicos en la región han aprovechado ventajas como el no tener que hacer aportaciones tributarias, leyes que en el mejor de los casos son vagas y, en el peor, inexistentes y les permiten actuar con libertad. Aunque hay casos específicos donde se les asocia con algún partido político en particular, estas asociaciones han sabido adaptarse a los cambios y, señalan expertos, su objetivo es acercarse al poder, esté en manos de quien esté.

Su ascenso no ha estado exento de polémica; al contrario, y es apenas el principio. «La iglesia evangélica recién empieza a asomar la cabeza», advierte a El Nuevo Día el doctor Samuel Silva Gotay, profesor distinguido de Historia y Sociología de la Religión en la Universidad de Puerto Rico.

Aunque diversas, las iglesias evangélicas tienen una agenda común que pasa por el No al aborto, la lucha contra los derechos de la comunidad LGBTTQ (en Puerto Rico impulsaron en el Senado un proyecto para aplicar terapias de conversión de menores homosexuales y transexuales que el gobierno frenó) y ganar acceso a los medios de comunicación donde no los tienen son algunos ejemplos.

Ha sido una labor de décadas. En Brasil, uno de los ejemplos más notorios del poder evangélico, estos grupos se consolidaron en la década de 1970, y hoy en día su influencia se ha disparado en el gobierno del presidente Jair Bolsonaro, cuya candidatura impulsaron.

En México, agrupaciones evangélicas como los protestantes y pentecostales se incrementaron, en poco menos de 10 años, 35 %, al pasar de mil 331 en 2010 a 5 mil 843 en la actualidad, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

En Uruguay, señala El País, aunque sólo 7 % de la población se define como evangélica, según Latinobarómetro (2018), los expertos coinciden en que la cifra subestima la realidad y, desde 2009 un pastor, Jorge Márquez, intentó contender en las elecciones.

Venezuela vivió en 2018 el llamado fenómeno Bertucci, cuando el pastor evangélico Javier Bertucci se lanzó como candidato presidencial y su partido, Esperanza por el Cambio, alcanzó más de un millón de votos, una cifra histórica para una organización política de esa tendencia religiosa, advierte El Nacional. En este país, 17% se declara evangélico o protestante, según Latinobarómetro (2018).

De todo el universo de iglesias evangélicas, destacan por su poder económico y político los pentecostaeles y neopentecostales. En Puerto Rico, suman 840 mil creyentes, de un total de 3 millones de habitantes.

En Uruguay se fundó en 2004 el Consejo de Representatividad Evangélica (CREU), que aglutina a las iglesias de este tipo y representa a más de 700 congregaciones locales en el país. Y aunque no se les asocia al presidente, en las primarias de este año al menos 16 listas electorales fueron encabezadas por pastores evangélicos. Tres legisladores titulares son evangélicos, todos del Partido Nacional.

Un caso particular en México que ha destacado es el de la Luz del Mundo, fundada en 1926 y que afirma contar con más de 600 mil fieles. Tiene empresas filiales de diversos giros comerciales en sectores inmobiliarios, cultural, editorial e informativo. A nivel político, cuenta con tres legisladores y se le ha asociado a diferentes partidos políticos, como el Partido Revolucionario Institucional (PRI), Acción Nacional (PAN) y el que está actualmente en el poder, MORENA.

***

BRASIL, LA MECA

Un caso que cabe destacar es el de Brasil, no sólo por la relación evangélicos-Bolsonaro, sino por la fuerza política, mediática y económica de este grupo.

La Iglesia Universal del Reino de Dios (conocida en México como Pare de Sufrir) es considerada una pionera en la expansión nacional e internacional de la iglesia neopentecostal, indica O Globo. Es propietaria de Radio Aleluia, con más de 90 emisoras y su fundador, el obispo Edir Macedo, es dueño de Grupo Record.

Otro obispo, Marcelo Crivella, fue senador y nominado a ministro de Estado en el gobierno de Dilma Rousseff. Hoy es alcalde de Río de Janeiro.

De las filas de una de las iglesias evangélicas más antiguas de Brasil, la Asamblea de Dios, han salido también pastores que han sido líderes políticos, como Everaldo Pereira. En el censo de 2010, 12.3 millones de personas se declararon fieles de esta iglesia.

En México existe la Cofraternidad Nacional de Iglesias Cristianas Evangélicas (Cofraternice), que agrupa a 7 mil iglesias. La presidente Arturo Farela, quien se declara amigo de años del actual presidente Andrés Manuel López Obrador.

De acuerdo con datos de El Universal, la presencia de los grupos evangélicos se ha incrementado en la administración actual, en la que han solicitado acceso a medios electrónicos de comunicación y han asistido a por lo menos cinco actos públicos del mandatario, quien durante su campaña estableció una alianza con el Partido Encuentro Social, de filiación cristiano-evangélica.

El censo de 2010 identificaba a 8 millones 386 mil mexicanos protestantes, pentecostales, cristianos o evangélicos.

Un caso particular en México que ha destacado es el de la Luz del Mundo, fundada en 1926 y que afirma contar con más de 600 mil fieles. Tiene empresas filiales de diversos giros comerciales en sectores inmobiliarios, cultural, editorial e informativo. A nivel político, cuenta con tres legisladores y se le ha asociado a diferentes partidos políticos, como el Partido Revolucionario Institucional (PRI), Acción Nacional (PAN) y el que está actualmente en el poder, MORENA.

Gran polémica causó en el país un evento realizado el 5 de mayo en el recinto cultural de Bellas Artes, en la Ciudad de México, para homenajear al líder de la Luz del Mundo, Naasón Joaquín, García, al que asistieron legisladores morenistas. Naasón está hoy detenido en Estados Unidos, acusado de violación de menores y tráfico de personas, entre otros cargos.

En Colombia, explica El Tiempo, hay dos partidos con personería jurídica y cada uno cuenta con tres senadores. Ambas agrupaciones políticas son cercanas al llamado uribismo, el movimiento de apoyo al expresidente Álvaro Uribe. Uno de ellos es el partido Mira, derivado de la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional y con presencia en el Congreso colombiano desde el 2000.

En Chile, los últimos 20 años han visto la caída en el número de fieles católicos y el ascenso de los evangélicos. Los primeros pasaron de representar 73% de la población en 1998 a 55% en 2018; por contraparte, los segundos pasaron de 14% a 16%, o un total de 3 millones 57 mil 154 fieles, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadísticas proporcionados por El Mercurio.

Pareciera un número pequeño, pero ha ido aparejado de un aumento en su poder económico: para 2017, de acuerdo con datos de la Superintendencia de Valores y Seguros, más de 40 distintas iglesias y corporaciones del mundo protestante poseían acciones en empresas que cotizan en la Bolsa de Comercio.

Los evangélicos pentecostales se han enfocado además en la compra/renta de medios. Tienen dos canales de tv, un centenar de radiodifusoras, como radio Armonía y radio Corporación.

A nivel político, hay siete diputados evangélicos, de un total de 155, y hoy la apuesta es a conformar, ellos mismos, agrupaciones políticas que puedan contender en el futuro.

GDA

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EL SALVADOR, CATÓLICOS A LA BAJA

Uno de los ascensos más notorios de los evangélicos se ha dado en El Salvador, donde pasaron de tener 28.70 % de fieles en 2004 a 39.50 % en 2019. Los católicos, primer grupo religioso del país, han sufrido un declive igualmente impactante en el mismo periodo: de 55.10 % a 40.50 %.

Igual que en otros países, se han hecho de medios de comunicación y forman parte de consejos ciudadanos para el diseño de políticas públicas.

No se les asocia con un partido político en particular, sino con el poder, explica LA PRENSA GRÁFICA. Se llevan bien con quien gane. Muestra de ello es que en las tomas de posesión de los últimos cuatro presidentes ha habido presencia de sacerdotes católicos, pero también de pastores, y en la Asamblea Legislativa se han realizado sesiones especiales con motivaciones religiosas.

En Argentina aún no se nota tanto la influencia de los evangélicos, a pesar de que son el segundo grupo religioso más importante, con 3 millones 600 mil fieles, de acuerdo con datos recabados por La Nación, en un país con una población de unos 40 millones.

Una de las razones por las que no son tan influyentes es que no han logrado constituir una organización política que los estructure. Tampoco cuentan con algún candidato político con suficiente trayectoria.

Durante las protestas de este año contra el gobernador Ricardo Antonio Rosselló, Raschke no sólo criticó el Paro Nacional, durante el cual más de 500 mil personas marcharon para exigir la dimisión del gobernante, inmerso en un escándalo por comentarios denigrantes de su parte y otros funcionarios que salieron a la luz, sino también la protesta al ritmo de reguetón denominada “perreo combativo”, cerca de la casa oficial del Ejecutivo, y en la que participaron manifestantes de la comunidad LGBTTTI.

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DE LA CARTILLA MORAL A LA DECLARACIÓN MÉXICO-URUGUAY

El acercamiento de los grupos evangélicos al poder tiene un objetivo particular: impulsar su agenda. Y en algunos países, eso se ha traducido en acciones muy concretas.

Es el caso de México, donde la Cofraternice se encargará de distribuir la cartilla moral impulsada por el presidente López Obrador, con la que busca, según ha declarado, «reconstruir el tejido social» para disminuir la violencia que hay en el país. Será difundida en 7 mil iglesias evangélicas y los pastores planean incluso ir casa por casa.

La Cofraternice busca sumarse, asimismo, a programas «emblema» del gobierno de López Obrador, como Jóvenes Construyendo el Futuro, que otorga becas a personas de entre 18 y 29 años por ser capacitados en empresas, y Sembrando Vida, para impulsar políticas de desarrollo que ayuden a disminuir la migración centroamericana.

En Brasil, los evangélicos se anotaron un gran triunfo en mayo de 2019, cuando a pedido del propio presidente Bolsonaro la Reserva Federal acordó flexibilizar las obligaciones accesorias de las iglesias (sus declaraciones diarias y mensuales de movimientos financieros).

El mandatario causó polémica al advertir que tendrá la oportunidad de nominar a dos ministros para el Tribunal Supremo y que uno de ellos será «terriblemente evangélico».

En Uruguay, el 15 de junio de 2017 fue una fecha clave para los evangélicos. Ese día, 670 parlamentarios de la región, incluyendo tres evangélicos uruguayos, suscribieron la Declaración de México, que se opone a que las resoluciones de organismos internacionales como la Organización de Estados Americanos obliguen a los Estados miembros a modificar sus leyes locales «en asuntos relacionados a la vida, la familia y la libertad religiosa».

En Colombia, estos movimientos mostraron su poder al impulsar el voto por el «No» a los acuerdos de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en el plebiscito de 2016, que finalmente se impuso. Tras el fracaso del Sí, el presidente Juan Manuel Santos se reunió con una decena de pastores para escuchar sus planteamientos.

Paso a paso, las iglesias evangélicas han ganado terreno en Latinoamérica. Su cercanía al poder está redibujando la división Iglesia-Estado que solía prevalecer. Y van por más.

Fotografía de referencia

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PERSONAJES POLÉMICOS LIGADOS A LAS IGLESIAS EVANGÉLICAS

Algunos de los líderes de las iglesias evangélicas más importantes o populares se han visto envueltos en escándalos de corrupción o, incluso, de delitos más graves por los que se encuentran en prisión.

En México destaca el caso del líder mundial de la Iglesia de La Luz del Mundo, Naasón Joaquín García, quien fue detenido en junio y está acusado por la fiscalía de California de 26 delitos graves, incluidos pornografía infantil, abuso sexual a menores y tráfico de personas. Se le denegó libertad bajo fianza después de que se dieron a conocer videos sexuales de Joaquín García en los que aparecía un menor; también se detectaron imágenes de pornografía infantil en un teléfono del acusado.

Apenas el 15 de mayo anterior, Naasón recibió un homenaje en el Palacio de Bellas Artes por su cumpleaños número 50; en el recinto se presentó la ópera El Guardián en el Espejo, en un evento organizado por la Asociación de Profesionistas y Empresarios de México (APEM) y presidido por Rogelio Zamora, padre del senador Israel Zamora y de Alma Zamora, esposa de Joaquín García, menciona EL UNIVERSAL de México.

Al lugar acudieron miembros de la clase política; por ejemplo, el entonces presidente de la Mesa Directiva del Senado, el morenista Martí Batres Guadarrama; el diputado Sergio Mayer Bretón (Morena), presidente de la Comisión de Cultura y Cinematografía de la Cámara de Diputados; los senadores Ricardo Ahued, Julio Menchaca, Félix Salgado Macedonio, Roberto Moya, Gabriela Benavides, Juan Manuel Fócil y el senador del Partido Verde, Rogelio Israel Zamora, quien gestionó el evento.

Además, Joaquín García tuvo otro homenaje el 22 de mayo a nombre de la Cámara de Diputados por al menos 35 legisladores, sobre todo de Movimiento Ciudadano. El personaje recibió dos reconocimientos, uno tras el concierto en Bellas Artes y costó 7 mil pesos; el otro se lo dieron diputados federales de Jalisco.

Imagen de referencia

En Venezuela causó gran revuelo la candidatura presidencial de Javier Bertucci, pastor de la Iglesia Maranatha Venezuela. Hubo quienes lo acusaron de actuar en complicidad con el presidente Nicolás Maduro, al validar con su participación unas elecciones que no fueron reconocidas por un gran sector de la oposición.

Durante la candidatura de Bertucci salieron a la luz presuntos vínculos con casos de corrupción que fueron expuestos en la filtración de los Panama Papers en 2016. Una investigación de la periodista Katherine Pennacchio mostró que Bertucci fue presidente de Stockwin Enterprises Inc, una compañía creada en Panamá el 3 de enero de 2012 con un capital de 5 millones de dólares dedicada a la compra-venta de insumos, principalmente la importación de materias primas del sector alimenticio. Para importar se necesitaba conseguir una licencia de importación y dólares de Cadivi, pero ninguna de las dos cosas de obtuvieron. Luego de la publicación del reportaje, Bertucci explicó en un comunicado que la iniciativa no se concretó y que no tenía los recursos como para poseer cuentas en paraísos fiscales.

En Puerto Rico, Jorge Raschke, pastor de Asambleas de Dios, presidente del Ministerio Clamor de Dios Internacional y asesor del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, ha causado más de un revuelo.

En junio de 2018 fue desautorizado por la Conferencia Evangélica Pentecostés de las Asambleas de Dios de Nicaragua por apoyar las posturas del cuestionado gobierno de Ortega. Además, ha desatado polémicas por sus posturas conservadoras y ataques contra figuras políticas, de la farándula y líderes activistas.

Durante las protestas de este año contra el gobernador Ricardo Antonio Rosselló, Raschke no sólo criticó el Paro Nacional, durante el cual más de 500 mil personas marcharon para exigir la dimisión del gobernante, inmerso en un escándalo por comentarios denigrantes de su parte y otros funcionarios que salieron a la luz, sino también la protesta al ritmo de reguetón denominada «perreo combativo», cerca de la casa oficial del Ejecutivo, y en la que participaron manifestantes de la comunidad LGBTTTI.

«Las asquerosidades que vimos fuera en la prensa, los videos de gente teniendo sexo en las calles… Eso no se puede permitir. Y Bad Bunny y Ricky Martin (…) y Calle 13, ¿quiénes son ellos? Que no viven ni aquí», declaró el pastor.

En Brasil una figura divisiva es el alcalde de Río de Janeiro, Marcelo Crivella. En 2018 anunció ante un público de pastores evangélicos que se les daría prioridad a integrantes de la iglesia para cirugías de cataratas y varices en la red hospitalaria pública. Esas declaraciones dieron origen a un pedido de destitución del alcalde, que al final acabó siendo archivado por la Cámara Legislativa Municipal.

Otros escándalos involucran a Damares Alves, pastora evangélica y educadora brasileña, actual ministra de la Mujer, quien causó polémica luego de decir: «Comienza una nueva era. Los niños visten de azul, las niñas de rosa». Posteriormente argumentó que era una metáfora «contra la ideología de género».

En Chile hubo cuestionamientos a los evangélicos en 2017, después de que durante un Te Deum, ceremonia organizada por la Unión de Iglesias evangélicas, la entonces presidenta Michelle Bachelet fue objeto de ataques y gritos que la calificaron de «asesina» y «vergüenza nacional» debido al impulso que daba el gobierno a proyectos como el aborto bajo tres causales o el matrimonio igualitario.


* El GDA está integrado por La Nación (Argentina), O Globo (Brasil), El Mercurio (Chile), El Tiempo (Colombia), La Nación (Costa Rica), El Universal (México), El Comercio (Perú), El Nuevo Día (Puerto Rico), El País (Uruguay), El Nacional (Venezuela) y La Prensa Gráfica (Salvador).

Hay sumideros de gases de efecto invernadero que desconocemos en el país

¿Qué le gustaría que pasara hoy que no esté pasando?

Temperaturas ambientales un poco más frescas.

¿Cómo encara las tareas que le disgustan?

Riéndome sarcásticamente y tomándolo como un nuevo reto que se debe alcanzar.

¿Qué es lo que más lo ha impresionado en su carrera?

Que hay tanto que descubrir y hacer por la biodiversidad acuática nacional y regional

¿Qué haría con un millón de dólares?

Comprar equipo para investigar mejor la biodiversidad acuática, compartir algo con mi familia y necesitados y, el resto, ahorrarlo.

¿Qué medida es la más urgente ante el cambio climático?

A escala global, que todos los países del planeta puedan ponerse de acuerdo en políticas para reducir las fuentes de gases de efecto invernadero. En El Salvador, posiblemente se requiera implementar políticas de reducción de emisiones, mejor manejo de la vulnerabilidad territorial asociada al cambio climático. Y disponer fondos para que investigadores nacionales o extranjeros realicen estudios serios con equipo moderno para monitorear los gases de efecto invernadero en la atmósfera, suelo y ecosistemas acuáticos de nuestro país y poder así prevenir esas emisiones y anticiparnos a los posibles cambio que ocurran. Hay fuentes de emisiones y sumideros de gases de efecto invernadero que desconocemos en el país.

¿Qué necesita el país para proteger sus recursos?

Mayor monitoreo y control para aplicar estrictamente la legislación ambiental ya existente. Y que las autoridades pertinentes consideren la información científica para tomar la mejor decisión posible para los salvadoreños y la región mesoamericana. Los investigadores estamos generando información para que se puedan seleccionar las mejores decisiones posibles.

De seguir cómo va ¿cómo cree que va a estar en 10 años?

Con mayor cantidad de conflictos sociales por el uso o acceso a los recursos naturales.

Juan Guaidó, el presidente insospechado

Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela

Juan Guaidó mira todos los días desde su oficina unas fotos del Palacio de Miraflores, la sede del gobierno en Venezuela. El edificio, donde despacha Nicolás Maduro, está en el centro de Caracas, varios kilómetros al occidente de la sede de Guaidó, situada en una torre ejecutiva de aspecto sobrio. Pero allí, sobre su escritorio, el político de 36 años conserva un libro con fotografías del Palacio donde espera vivir y despachar en el corto plazo. Las imágenes, de página completa y a todo color, son un amuleto que le indica cuál es su objetivo. Pero también, cada mañana, ese Miraflores de papel le recuerda que su presidencia sigue siendo simbólica.

El 5 de enero de 2019, Juan Guaidó se convirtió en el nuevo presidente de la Asamblea Nacional, el último poder público elegido en Venezuela en 2015, cuando la coalición opositora logró la mayoría calificada del Parlamento. Por un acuerdo entre la oposición, el partido Voluntad Popular postuló a Guaidó para presidir la cámara de 2019 a 2020.

El 10 de enero se cumplieron seis años desde que Nicolás Maduro asumió la presidencia de la república, justo después de que Hugo Chávez se retiró por enfermedad antes de morir en marzo de 2013. Con Guaidó recién elegido en la Asamblea, la oposición argumentó que Maduro empezaba a usurpar el cargo. Guaidó invocó el artículo 233 de la Constitución venezolana, que faculta al presidente del Poder Legislativo para encargarse del Ejecutivo de forma provisional.

Desde entonces, su exigencia, apoyada por la mayoría de los partidos de oposición, se resume en tres pasos: cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres.

Alrededor de 60 países, incluidos Estados Unidos y la Unión Europea, reconocen a Guaidó como el presidente legítimo de Venezuela. Este apoyo se logró con un intenso lobby internacional que empezó a fraguarse en diciembre de 2018, poco antes de su ascenso a la presidencia del Parlamento. Aunque aliados como Donald Trump e Iván Duque le han prestado un apoyo esencial al inusitado gobierno de Guaidó, Nicolás Maduro sigue firme en el sillón presidencial. Nueve meses han pasado desde que el líder de la oposición juró su cargo como jefe de Estado frente a miles de venezolanos en las calles de Caracas, pero la criatura de un nuevo poder en Venezuela continúa en gestación.

He hablado con familias cuyos hijos se han ido caminando durante semanas hasta Perú. En Colombia tenemos también a muchos venezolanos. La normalidad en Venezuela se convirtió en una urgencia. Cuando uno tiene una urgencia, ¿qué hace? Lo que sea necesario para resolverla.

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Juan Guaidó es el diputado más joven que ha alcanzado la presidencia del Legislativo en Venezuela. Ingeniero industrial con posgrado en gerencia pública, se formó en la Universidad Católica Andrés Bello, donde empezó su preparación política como activista y líder estudiantil. Guaidó nació y creció en La Guaira, una zona del litoral central de Venezuela ubicada a solo 40 kilómetros de Caracas.

En diciembre de 1999, mientras Hugo Chávez animaba a sus seguidores para que votaran una nueva constitución, un derrumbe provocado por intensas lluvias bajó del cerro y sepultó a miles de víctimas. Hubo alertas y se consideró suspender la elección para evitar riesgos, pero el entonces presidente citó a Simón Bolívar: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». La naturaleza no obedeció, y la cifra de muertos superó los diez mil.

Entonces, a los 16 años, Juan Guaidó empezó a padecer una forma de actuar que se volvería típica durante la hegemonía chavista: primero el poder; después todo lo demás.

Expulsada por ese derrumbe, la familia Guaidó, junto con miles de vecinos, tuvo que abandonar La Guaira para radicarse de forma provisional en casas de algunos familiares. Hoy, el político recuerda que dormía junto a su madre y hermanos hacinados en una misma alcoba. En aquella época, para reconocer las consecuencias de la tragedia, algunos estudiantes recibieron becas, entre ellos Juan Guaidó.

Esos días le generan sonrisas, pero también revive los múltiples esfuerzos que debió hacer para vivir en distintos lugares mientras completaba su carrera universitaria. Durante varios años, en vacaciones, Guaidó viajó hasta el estado Zulia, en el occidente de Venezuela, para visitar a su madre, quien se había mudado a esa zona.

Junto con varios políticos de su edad, Guaidó debutó en la escena pública en 2007, cuando Chávez canceló la licencia de Radio Caracas Televisión, un canal muy crítico hacia su gobierno. Este cierre estimuló protestas, y él, en compañía de otros estudiantes que hoy son diputados, varios de ellos presos o exiliados, lideró protestas que le abrieron un camino en la política nacional.

Juan Guaidó

Con esos colegas y bajo la mentoría de Leopoldo López, otro líder opositor perseguido, Guaidó ayudó a fundar en 2009 el partido Voluntad Popular, que ha sido protagonista en la resistencia frente a Maduro durante estos años. Criado en una familia de clase media baja, Guaidó integra la última generación de venezolanos que pudo ascender en la escala social gracias al estado de bienestar que financió el petróleo. Al mismo tiempo pertenece a la primera generación que creció bajo el chavismo como único sistema de gobierno: el que despojó a millones de jóvenes de una verdadera oportunidad de desarrollo dentro de su país.

El desafío personal de Juan Guaidó contra el régimen de Nicolás Maduro es, en resumen, una cruzada por el derecho al futuro.

Pasa el tiempo, y hay un desgaste de su figura como líder. También es evidente y está medido el desgaste de la gente. ¿Cómo administra la desesperanza?

Tengo una ventaja: yo soy de La Guaira. Soy fanático de los Tiburones de la Guaira, un equipo de béisbol que tiene 30 años sin ganar. Sin embargo, nos mantenemos militantes de la fe y de la esperanza.

¿Y la desesperanza de la gente?

La frustración es un tema latente. Nuestro trabajo es generar certezas, esa es la parte complicada en medio de esta incertidumbre que la dictadura convirtió en algo cotidiano. He hablado con familias cuyos hijos se han ido caminando durante semanas hasta Perú. En Colombia tenemos también a muchos venezolanos. La normalidad en Venezuela se convirtió en una urgencia. Cuando uno tiene una urgencia, ¿qué hace? Lo que sea necesario para resolverla.

¿Existe aún la posibilidad de una intervención militar en Venezuela?

Nosotros estamos pagando los costos de la guerra sin haberla tenido. Hoy, Colombia está sufriendo los embates de una guerra que no existió en Venezuela. Tenemos los indicadores terribles de una guerra, pero sin ella. Aquí ya existe una invasión: de los cubanos, de los rusos, de grupos irregulares como las disidencias de las Farc y el Eln, al que le permiten explotar nuestros recursos y contrabandearlos hacia Colombia. Pero de esa invasión no se habla, y me parece hipócrita. Este dilema no puede ser visto como un dilema de guerra o paz; el dilema es cómo se soluciona el conflicto de la mejor manera en Venezuela. Colombia ha sido absolutamente solidaria con nuestra situación, y nos unen lazos históricos. A Colombia, además, le conviene que Venezuela se recupere, porque es su primer socio comercial. Lo que ha hecho Iván Duque con el caso venezolano es acertado y noble, pero además, inteligente.

Si tuviera que repetir lo que hicieron en la frontera con Cúcuta, ¿lo repetiría o probaría otro modo?

Lo repetiría, sin duda, y buscaría mejores mecanismos para que ingresara más ayuda. Tenemos siete millones de venezolanos en emergencia humanitaria compleja. Y a esos hay que sumar todos los que están fuera del país.

¿Podría explicar sus fotos con miembros de ‘los Rastrojos’?

El impacto de eso en Venezuela fue nulo. ¿Por qué? Porque aquí se entiende la vulnerabilidad que existe hoy no solo en la frontera, sino en muchos sectores del país tomados por el hampa. Ahí, lo que pasó es que el Gobierno venezolano bloqueó la frontera para tratar de impedir el ingreso de la ayuda humanitaria, y nosotros salimos por el lugar que pudimos sin conocimiento de cuáles sectores están bajo el dominio de quién en torno a la frontera. Lo cierto es que esos señores están presos en Colombia, como tienen que estar. La verdad, no tenía idea de quiénes eran. Yo atravesé por un lugar que era el único posible para poder llegar a Colombia.

A las 3 de la mañana tocaron la puerta, y pensé: ‘me vinieron a buscar, llegó la dictadura’

¿Cree que todavía hay músculo de protesta en la gente?

¡Sin duda! Estamos en una sociedad más desgastada por la situación crítica que vivimos; llevamos años en esto. Pero hoy, el dilema en Venezuela es existencial. El dilema es por la propia existencia de la república y de sus ciudadanos. Una y otra vez nos han exigido como sociedad. Durante mucho tiempo, la comunidad internacional vio esto con buenos ojos: le parecía un socialismo simpático. Y trataron de ver esto como un tema de izquierdas y derechas. Y lo advertimos desde siempre: este no es un tema de ideologías; es un tema de derechos fundamentales.

Vamos al inicio de todo. Usted creció junto al mar, ¿cierto?

Sí, tenía la playa a dos cuadras. Y, la verdad, siento que era otra Venezuela, una muy distinta a la que vemos hoy. En esa época, la única preocupación de mi mamá era si me raspaba las rodillas corriendo en la calle, o si peleaba con un amigo o un vecino. Nada más.

¿Tenía algún tipo de conciencia política en esa época?

Me gustaba organizar el salón. Ayudar a organizar los equipos, los intercambios deportivos. Más que conciencia política, tenía mucha conciencia del contexto en el que vivía. Eso sí.

¿Cuándo ocurrieron las primeras aproximaciones a la política?

En la universidad, con ese mismo análisis de contexto: para que la familia esté bien, todos tenemos que estar bien, pensaba en esa época. Porque el bienestar es la suma de responsabilidades y de la conciencia cívica. Empecé por la cultura ciudadana; por la responsabilidad en sociedad, los deberes y los derechos. En esa época entendimos que si no aportábamos todos, nada iba a funcionar. Y fundamos nuestra primera agrupación política, y realizamos nuestras primeras acciones. Los estudiantes eran muy apáticos y estaban muy desconectados de la realidad. Entonces tratábamos de generar conciencia para que participaran en las labores de todos, en el voluntariado, en los centros de estudiantes. Ahí participé porque sentía que los líderes estudiantiles no me representaban, y tenían seis años seguidos siendo electos en cargos que duraban un año. Gracias a ese descontento armamos nuestro grupo.

Siempre le ha tocado enfrentarse a gente que se aferra al poder y no lo suelta.

Y por distintas razones [risas]; pero, ciertamente, nos tocó.

En esa etapa, como estudiante, conoció a varios de sus aliados de hoy.

Sí. Hay dos frases que marcaron a mi generación. La primera: no podemos tener profesionales exitosos en sociedades fracasadas. La segunda: tenemos que ensuciar nuestras manos de realidad. La segunda era de un profesor jesuita, y le dimos muchas vueltas. Porque era entender cómo funcionan la política y los factores de poder para transformar la sociedad. Y además, la constancia. La danza de la lluvia que hacen los indios funciona porque bailan hasta que llueve. Hay que bailar hasta que llueva.

¿Usted pensaba entonces en un destino como político?

No sé en qué momento lo pensé, o lo asumí. Yo veía por televisión a los diputados, a los alcaldes, y me llamaba la atención. «En todo amar y servir», esa frase de san Ignacio de Loyola me marcó. En la universidad hicimos un curso basado en el liderazgo al estilo de los jesuitas. Ahí se inició para mí un proceso de germinación de ideas, de debate político intenso, y la necesidad del aporte en sociedad.

¿Llegó a soñar con la presidencia en esa etapa?

Fue un proceso; fuimos cumpliendo pasos. En 2007, cuando Chávez promovió la reforma constitucional que permitió la reelección indefinida, nos dimos cuenta de que había que asumir esto en primera persona. Entendimos que este problema es nuestro, no de un tercero.

Hay que entrar en el juego.

Exacto. Ahí vino un cambio importante para mi generación, que creció en la antipolítica. Somos hijos de esa antipolítica. «Los políticos son malos, son

corruptos, ahí no hay que meterse», decían mucho en ese tiempo. Pues siendo joven yo tomé la decisión de meterme de lleno. En 2008 me gradué y empecé a trabajar como ingeniero industrial; ganaba un salario alto siendo un profesional joven. Pero renuncié a los seis meses porque descubrí que eso no era lo mío. Recuerdo una frase de un amigo que me dijo: «Esto no es un pasatiempo, es una vocación». Y así lo asumí desde ese momento.

Ramón J. Velásquez, quien fue presidente encargado de Venezuela entre 1993 y 1994, dijo que para ser presidente había que nacer.

Buena figura esa. Más que en el destino, yo creo en la preparación. Nos fuimos formando para asumir ciertas responsabilidades. Evidentemente, nadie se forma para encargarse de la presidencia bajo una dictadura que asesina, que persigue y genera la crisis humanitaria más severa en la historia del continente. Pero así fue: nos formamos en dictadura, en la protesta, en la defensa de nuestros derechos, y en formar en paralelo un plan de gobierno. Cuando lo ves en retrospectiva, no sé si es el destino.

¿Cómo es su rutina?

Bueno, siempre ha sido muy laboriosa, desde que tenía que levantarme a las 4 de la mañana para ir a la universidad. Todos los semestres hice cursos de verano para tratar de adelantar lo máximo posible. Trabajaba en vacaciones. Durante los semestres no me daba tiempo porque era una carrera muy exigida. Siempre he tenido una dinámica bien activa. Obviamente, en esta emergencia que estamos atravesando, mucho más. Estamos en una situación totalmente atípica: un presidente encargado en dictadura, reconocido por 60 países. Pero, aun así, el régimen de facto controla mucho el gobierno, entre comillas. Y digo entre comillas porque hoy ya no gobiernan. No ha habido un acto de gobierno real en el último año y medio. Maduro ya no gobierna; es un prisionero del poder.

Con más de 200 militares presos, muchos de ellos torturados, ¿cómo conquistarlos para su causa cuando existe entre ellos tanto miedo?

Nadie está cómodo con lo que está pasando. Ni siquiera la dictadura, y se les nota. Las fuerzas armadas están absolutamente descontentas. Un 80 o quizá 85 por ciento de ellos no está conforme con esta situación. Entonces hay que construir garantías para todos los sectores. Nosotros hablamos de la Ley de Amnistía y Garantías, pero lamentablemente no cuajó. Luego de la mediación de Noruega, nosotros propusimos la conformación de un Consejo de Estado. Si los militares no confían en un Parlamento que pueda respetar sus garantías, que confíen en ellos mismos, y que formen parte de este Consejo. Allí cabrían tres acciones: contener la emergencia humanitaria compleja, reinstitucionalizar el país y generar una elección presidencial libre que genere estabilidad y gobernabilidad. Esa es la propuesta. Tenemos más de 400 presos políticos y más de mil exiliados que debemos ayudar a volver.

¿Planean volver a las negociaciones en Oslo?

Oslo era para nosotros un mecanismo, y no estamos enamorados de ningún mecanismo. Estamos enamorados de la solución. Si es a través de Oslo, bienvenida.

La inmensa presión que ustedes han generado contra el chavismo todavía no produce el desenlace. ¿Qué nuevas estrategias quedan?

Primero, presionar a la dictadura. Vienen más acciones de calle. Y se pueden esperar más sanciones.

Mayor aislamiento político y económico para Maduro y los suyos.

Ya lo tienen, y va a aumentar. Mientras sigan a la defensiva van a tener muchos más problemas. Tienen un problema central que es el económico. Ya no tienen socios, sino acreedores; ya no tienen aliados, sino financistas. Ellos se quedaron solos hace mucho tiempo.

¿Cuánto tiempo antes del 23 de enero de este año se tomó la decisión de asumir la presidencia?

Veníamos construyendo esas capacidades, conversando con los países desde finales del año pasado. Veníamos conversando con los partidos políticos, con los distintos actores sociales. Y logramos reunir todo ese 23 de enero.

Y mucho lobby internacional también.

Claro, mucho lobby internacional, pero ese se hizo todo en diciembre, y el avance final se completó en enero.

Unas navidades y un Año Nuevo muy activos.

Hubo mucho trabajo para mí y toda nuestra gente. Fue muy intenso, y había un factor fundamental que era la gente. Ese 23 de enero, la fecha en que cayó la última dictadura venezolana, tuvimos esa gran manifestación en Caracas y en 56 ciudades de Venezuela. Fue impresionante. Bueno, ahí dijimos: «Aquí ya hay una oportunidad; tenemos el respaldo popular y el respaldo internacional».

Nadie está cómodo con lo que está pasando. Ni siquiera la dictadura, y se les nota. Las fuerzas armadas están absolutamente descontentas.

¿En enero ustedes pensaron que el desenlace estaba más cerca?

En principio, nadie tenía expectativa. Recién juramentado como presidente del Parlamento, mi discurso no fue de agradecimiento; dije más bien que era el momento de rehabilitar y construir capacidades para enfrentar a una dictadura. Había llegado el momento de ejercer la mayoría. No basta solamente con ser mayoría; hay que ejercerla. Sobre todo en una situación como la que estamos viviendo. Entonces, en principio, nadie tenía expectativa, pero la construimos muy rápido. Recuperamos rápido la esperanza. Aún no nos hemos rendido, y el pueblo venezolano tampoco se va a rendir. Por eso digo que la dictadura está derrotada.

servir”, esa frase de san Ignacio de Loyola me marcó. En la universidad, hicimos un curso basado en el liderazgo al estilo de los jesuitas. Ahí se inició para mí un proceso de germinación de ideas, de debate político intenso, y la necesidad del aporte en sociedad.

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¿Por qué no lo han metido preso?

Porque es muy costoso políticamente para ellos, todavía. Digo todavía porque ese riesgo estará siempre latente.

¿Y cómo se prepara para la cárcel?

El día que secuestraron a Roberto Marrero, mi jefe de despacho, yo estaba solo en mi casa. Mi esposa se había ido de gira por Chile, Perú, Estados Unidos. A las 3 de la mañana tocaron la puerta, y pensé: «Me vinieron a buscar, llegó la dictadura». Pero no; venían a avisarme lo de Roberto.

Usted ya ha asumido ese escenario como uno de los posibles.

Sin duda. Nosotros hemos pasado por el escenario de perder la vida en este rol.

¿Cuánto influye Leopoldo López, su mentor, en su trabajo político?

Tenemos los roles muy claros. Leopoldo es el coordinador de Voluntad Popular, nuestro partido; y yo soy el presidente encargado de Venezuela, y presidente del Parlamento.

¿Hablan con frecuencia, lo aconseja?

Hablo con Leopoldo (López), con Henrique (Capriles), con María Corina (Machado). Hablo con todos los jefes de los partidos, con muchas personas de la sociedad civil.

¿Cómo consigue navegar entre los distintos bandos de la oposición y, además, combatir el chavismo?

Diría Steve Jobs: «conectar los puntos». Yo fui jefe de fracción parlamentaria el año pasado en la Asamblea Nacional. Mi trabajo era articularlos a todos para lograr los acuerdos políticos, para mantener la unidad. No fue una tarea fácil, pero sí había buena voluntad de todos.

¿Y cómo está hoy la unidad de la oposición?

Muy sólida. Por primera vez en años trascendimos de una unidad electoral a una unidad de causa. Debemos estar juntos o no vamos a tener país.

¿Usted ha considerado competir por la presidencia?

En esta etapa ese es un debate extemporáneo, porque mi rol ahora mismo es de articulador. Pero lo evaluaría llegado el momento.

¿Cómo espera que lo recuerde la historia de Venezuela?

Como un servidor público que no solo lo intentó, sino que logró recuperar la democracia y la dignidad para su país; que ayudó a sanar la nación. En definitiva, que me recuerden como un servidor de Venezuela.

Juan Guaidó