Los vecinos del Sur de Honduras tienen dañados los riñones

Fotografía de Glenda Girón

Read this article in English: Honduras: The neighbors of the South have damaged kidneys

Ángel Ortega levanta el brazo y apunta con el dedo. Allá, a 800 metros de esta su casa, empieza un campo que luce ahora desprovisto, pero que, pronto, estará lleno de melones hasta donde alcance la vista. Ángel baja rápido el brazo, no lo puede sostener así por mucho tiempo. Tiene las venas hinchadas como con pelotas y la piel marchita después de cuatro años de recibir tratamiento para su enfermedad. Siente dolor.

La cosecha de melón de 2018/2019 fue histórica para Honduras. El precio internacional de este fruto acuoso creció en un 45 %. Y el valor solo de lo exportado ascendió a 110,1 millones de dólares, de acuerdo con el Banco Central de Honduras. La gran productora de melones es la zona de los departamentos de Choluteca y Valle, el Sur, fronterizo con El Salvador y cercano al Océano Pacífico. Ángel apunta el lugar en el que está la melonera, a la derecha de su casa. Y, agrega que, si va al frente, un kilómetro, encuentra los campos de caña de azúcar. Esos 800 metros y ese kilómetro están llenos de casas.

Ángel llegó a trabajar a Monjarás, Choluteca, en 1977. En 1988, logró comprar un terreno para construir su casa. Llegó como a los 20 años, atraído por una oferta de residencia y trabajo. Se levantaba a las 3 de la mañana y se iba al campo. A las 8, ya había terminado una tarea y comenzaba otra. Así, hasta las 4 de la tarde, cuando dejaba de trabajar los terrenos de otros y se iba al propio, donde tenía maíz y frijol. Este horario imposible es el que podrían repetir casi todos los hombres de esta comunidad de Monjarás que se dedican a la agricultura.

Ahora, Mojarás tiene 7,500 casas, 16 escuelas, dos agencias bancarias, cerca de 20 tiendas de ropa y varios restaurantes. Ángel, por su parte, ya no produce. Pasa los días en la hamaca que ha colgado del corredor externo de esta casa de ladrillo crudo, con letrina externa que se parece a muchas otras de esta zona. Hace 4 años, a Ángel le dijeron que sufre enfermedad renal crónica. Un diagnóstico que, como la agricultura, el ladrillo crudo, o la letrina externa, es un factor común en muchas viviendas de esta región.

La enfermedad renal crónica, se puede decir ahora, tiene dos categorías. Una, la tradicional, es la que se presenta junto con otras enfermedades de base que son la diabetes y la hipertensión arterial. La otra, que es la que sufre Ángel, ha sido difícil de nombrar. Tiene como características que aparece sin enfermedades previas y a una edad más temprana. Y se presenta entre quienes tienen en común una serie de condiciones sociales específicas, entre ellas: trabajar en agricultura y residir en áreas en donde hay cultivos masivos.

Fotografía de señor en una hamaca
Diagnóstico. Ángel Ortega está, desde hace 4 años, en tratamiento por enfermedad renal crónica. En Monjarás, Choluteca, Honduras, el diagnóstico es común entre los vecinos.

Carlos Orantes es nefrólogo en El Salvador y ha sido pionero, desde 2009, en dirigir estudios que ayudan a delimitar las causas de la enfermedad renal crónica por causas no tradicionales. Orantes es asesor del Grupo de Expertos en Sri Lanka para el enfoque de la ERC que afecta a las comunidades agrícolas; es autor en revistas científicas y, recientemente, ha publicado capítulos sobre el tema en el libro Medicina interna y nefrología clínica en la Universidad de Oxford. Orantes ha sido profesor visitante en la división de Nefrología del Hospital General de Massachusetts, la Escuela de Medicina de Harvard, el Centro Médico Harbor-UCLA y el Centro Médico Cedars Sinai. «Esto se puede ver como enfermedad o como epidemia», apura como aclaración inicial.

«Cuando usted la enfoca desde el punto de vista individual, el fenómeno se circunscribe a los signos, síntomas y dolencias de la persona; este enfoque es fundamentalmente médico y es necesario implementarlo». Orantes habla desde una sala de juntas en el Ministerio de Salud, en el centro de la capital salvadoreña. El conocimiento, sin embargo, lo ha adquirido en las comunidades que ha tenido que recorrer para realizar los estudios que ha publicado en revistas médicas. «Pero, cuando esta enfermedad se presenta no en una, dos ni en tres; sino en muchas personas en un límite geográfico, social, ambiental y con características específicas de condiciones laborales insalubres, entonces esto ya no es un problema individual, sino que un problema de las colectividades humanas».

La enfermedad renal crónica de causas no tradicionales presenta números elevados desde México hasta Panamá, pasando por el corredor del Pacífico centroamericano. De acá que los especialistas se hayan puesto de acuerdo para llamarle nefropatía mesoamericana. «Ya no estamos hablando de enfermedad, estamos hablando de epidemia. Y como afecta a más de dos países, esto ya se convierte en pandemia», explica con alarma Orantes, una de las voces más autorizadas del continente.

En Monjarás, Ángel y sus vecinos no lo ponen en palabras, pero llevan años de experimentar en carne propia esta pandemia que se ha afincado en las comunidades agrícolas del Pacífico, sin que, hasta el momento, haya podido ser detenida.

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Honduras está dividida en 18 departamentos en donde viven 9.2 millones de personas. Choluteca y Valle son los dos con más incidencia de enfermedad renal crónica. Entre 2016 y 2017, 2,839 personas egresaron de los hospitales públicos de Honduras por este diagnóstico. De ellas, el 30 % dijo ser de alguno de estos dos departamentos. Es decir, 3 de cada 10 personas atendidas.

Choluteca y Valle aparecen también como dos de los departamentos más productivos. Solo con el melón de esta zona sur hondureña, en 2016 se llenaron y se exportaron más de 16,000 contenedores. Para 2019, los cálculos son todo arriba: el melón crecerá en un 13 %, la okra en un 19 % y la sandía en un 50 %. Y de esto lo que en Banco Central de Honduras destaca es la ganancia y el empleo.

«Esta es la zona del país aporta una gran cantidad de riqueza, pero mire a su alrededor, ¿en qué se nota para nosotros?», pregunta Marcos, ante las calles de tierra de la comunidad. Marcos es un líder comunal que prefiere mantener su verdadero nombre en el anonimato, porque en Choluteca hay más de cien defensores de los Derechos Humanos que han denunciado públicamente amenazas.

Marcos se equivoca. La productividad sí se nota en la comunidad, pero no como él quisiera. Estudios relacionan la presencia de cultivos masivos como un factor de riesgo de sufrir enfermedad renal crónica. «Encontramos una lesión específica en los pacientes con enfermedad renal crónica de las comunidades agrícolas», anuncia como conclusión un estudio que se realizó al dar seguimiento por 12 meses a 34 pacientes de cuatro países diferentes. «Sospechamos que los pesticidas utilizados en la agricultura son los responsables de provocar esta nefropatía«, explica en el estudio Marc de Broe, uno de los especialistas que lo firma.

En su casa, Ángel recuerda cómo solían ser sus días de trabajo: «Una vez, un tanque de Metil 800 que iba en un tractor se dio vuelta y todo me cayó a mí, me quedé ciego y por eso el tractorista me tuvo metido en el río como por media hora. Por más que ellas la lavaron, toda la ropa me quedó amarilla». Ángel habla frente a su familia. Porque, aunque el único que podría aparecer en las planillas de las productoras agrícolas sea él, en realidad, todos en esta casa de ladrillo crudo y letrina exterior han estado expuestos a los agroquímicos. A ellos, sin embargo, es a quienes menos contabiliza el sistema sanitario y social en general.

«Los pacientes que residen en las comunidades agrícolas tienen un riesgo mayor de desarrollar enfermedad renal crónica», dice un extracto de la investigación publicada por la Universidad de Sanford, Dakota del Sur. En Monjarás, se junta una tormenta perfecta para el daño renal: cercanía de macrocultivos, contacto directo o indirecto con agroquímicos, y agua de dudosa calidad.

«Encontamos una lesión específica en los pacientes con enfermedad renal crónica de las comunidades agrícolas», anuncia como conclusión un estudio que se realizó al dar seguimiento por 12 meses a 34 pacientes de cuatro países diferentes.

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Los cuatro productos más rentables del Sur -melón, sandía, okra y camarón- dejaron en 2018 divisas por 304.8 millones de dólares en Honduras. Lo que esta tierra produce viaja hasta los mercados de Alemania, Colombia, El Salvador, Ecuador, España, Francia, Japón, México, Reino Unido y Taiwán, entre otros. Lo queda acá después de producir tanto es, sin embargo, un paisaje vacío. Habitado, sí, pero por gente que convive con la muerte.

«Para donde mire hay una casa en donde hay alguien enfermo o alguien que ya se murió de eso», la frase no es una exageración. Marcos, el líder comunal en Marcovia, Choluteca, a unos pocos kilómetros de aquí y que ha venido a visitar a Ángel, hace recuento. Atrás de esta casa, murió hace poco un señor; al frente, a la izquierda, hay alguien más enfermo. Si se pregunta por el lado derecho, también.

Si Honduras tuviera un mapa con un punto rojo colocado en cada casa en donde hay alguien con daño en los riñones, esta comunidad de Monjarás sería toda roja. Pero Honduras no tiene este mapa, tampoco tiene estudios que profundicen en las causas de esta epidemia. Lo único que tiene es la cantidad de personas diagnosticadas. Entre junio de 2018 y junio de 2019, fueron atendidas en hospitales públicos 3,085 con enfermedad renal crónica en todo Honduras. De ellas, 806, dijeron ser de Valle y Choluteca. Estos dos departamentos, de 18 en total, acumulan el 26 % de casos.

Lo del melón ha sido meteórico, también. Para la cosecha de 2017/2018, las divisas generadas por la exportación fueron de 70 millones de dólares. Con base en esto, se calculó que la de 2018/2019 podía dejar hasta 90 millones de dólares. Pero la proyección se quedó corta, lo exportado superó los 110.

En su casa, Ángel hace otro tipo de cuentas. «Para que no nos saliera tan caro, nos habíamos juntado tres para pagar el taxi para ir a la diálisis en Choluteca«. Ángel hacía este viaje de 31 kilómetros con dos amigas, Rosa y Maura. Desde Monjarás, hasta Choluteca, en donde se encuentra el hospital de Diálisis de Honduras, la empresa a la que el gobierno ha subcontratado solo para brindar los tratamientos, el servicio de taxi cuesta 600 lempiras ($24). «Pero entre mi amiga la Rosita y la Maurita, solo nos tocaban 200 ($8) cada uno», cuenta Ángel antes de empezar a restar y multiplicar. «Ya hace un año, se murió la Rosita, y nos quedamos pagando 300 ($12) cada uno con la Maurita, para ir dos veces por semana».

La diálisis es un tratamiento que consiste, a grandes rasgos, en que una máquina hace el trabajo que los riñones ya no pueden hacer. Los pacientes deben estar conectados a esta máquina por entre cuatro y seis horas. Dependiendo del estado del riñón, un paciente puede necesitar viajar al hospital dos o tres veces por semana. Aunque hay personas que deben estar conectadas todos los días. «Me quedé pagando yo solo el viaje», dice Ángel. Maura falleció en agosto por complicaciones propias de la disminución de la actividad renal. Ángel, de verdad, va quedando solo.

http://guilles.website/dev/honduras-ecr/datavis.html

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La enfermedad renal crónica es un fenómeno tan focalizado en el corredor del Océano Pacífico de Centroamérica que, ya en 2013 fue la razón por la que los ministros de salud de Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica se reunieron en El Salvador para declarar la investigación de este problema como una prioridad. En ese momento, las máximas autoridades sanitarias acordaron que dar tratamiento a los afectados y estudiar las causas de la enfermedad y los factores de riesgo serían una prioridad más allá de cada gobierno.

«Honduras no ha aportado nada a los estudios sobre esta enfermedad que sí tienen Nicaragua, Costa Rica y, a la vanguardia, El Salvador. Guatemala también tiene aportes, excepto nosotros. No porque no tengamos grandes volúmenes de pacientes, sino que por un problema de recursos, o de no tener ganas de ver que este es un serio problema», explica Gemmer Espinoza, desde su consultorio privado. Espinoza es nefrólogo. Es, de hecho, el único en Choluteca.

Espinoza también trabaja en Diálisis de Honduras, que es la empresa a la que el Estado ha contratado para dar los tratamientos de diálisis. Desde ahí ha podido, con base en la experiencia, trazar el perfil del paciente con enfermedad renal crónica. Es, por sobre todo, un agricultor. Pero también es, casi de manera indefectible, una persona que reside en las zonas vecinas de los cultivos masivos.

En Monjarás, las calles polvosas se llenan de gente al atardecer, cuando ha bajado un poco el calor. Hay jóvenes en las esquinas que comparten golosinas y hay niños que van en bicicleta. Si ha llovido, hay charcos de varios metros de largo, si el día ha sido seco, se levantan nubes de polvo. Por ratos, se llegan olores desde los campos de cultivos. El más molesto es el que llega de madrugada, con la fumigación que hacen los aviones.

Sin que se pueda basar en ningún estudio, porque no lo hay, Espinoza, el único nefrólogo de Choluteca, señala que un 80 % de casos llega en estadio 4 o 5, es decir, cuando ya los riñones han perdido casi toda capacidad de filtración y la terapia de diálisis es necesaria para prolongar la vida del paciente. A la empresa privada que brinda este servicio, el Estado hondureño le paga cerca de $100 por paciente, de acuerdo con fuentes que solicitaron anonimato. Los gastos indirectos, como el pasaje de bus o taxi colectivo, como el que pagaba Ángel con sus amigas, también enfermas, corren por cuenta de cada quien.

Vivir en esta zona hace que para Ángel y su familia aumente la posibilidad de sufrir enfermedad renal. Y, aunque las autoridades sanitarias de Honduras tienen información que lo confirma, esto no ha sido suficiente para acercar servicios, campañas educativas, diagnósticos tempranos o tratamientos. Salvo por los pacientes que se agolpan cada mañana en el hospital para recibir diálisis, esta enfermedad está invisibilizada.

Productividad. Monjarás es una comunidad rodeada de cultivos masivos, como el melón, la cañá de azúcar y la okra. Esta es una de las zonas más productivas de Honduras.

«En lo que coinciden El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Honduras es en que la gente que enferma está relacionada de alguna manera con los macrocultivos. Porque veamos que la labor agrícola ha existido todo el tiempo. Para subsistencia se ha sembrado maíz-frijol, maíz-frijol. El factor que viene a ser distinto en este tiempo es el macrocultivo«, explica Espinoza. «Es difícil hacer una afirmación sin argumentos, como estamos en Honduras sin los estudios pertinentes, pero todo lo investigado afuera apunta al uso de pesticidas». Solo para tener una idea del uso masivo de agroquímicos, en Honduras se comercializan 129 marcas de Glifosato y 19 de Paraquat. Estos son dos de los químicos que los estudios científicos señalan como altamente tóxicos para el riñón.

Frente a la casa de Ángel han pasado varios hombres en bicicleta. Es el final de la tarde y, seguramente, vienen de realizar labores. Hace 4 años, Ángel también recorría estas calles en bicicleta, cuando, de repente, sintió un mareo que lo obligó a detenerse.

«Ahí ya venía con una gran calentura. Y se me empezaron a agarrar calambres en las piernas. Mandé al güirro (niño) a comprarme unas pastillas y un jugo», cuenta. Ángel no se curó con el jugo o las pastillas. Tuvo que ir al hospital, a varios, de hecho. Su diagnóstico, pese a vivir donde vive y haber trabajado en lo que trabajó, tardó en llegar. Porque el sistema tampoco está enfocado en canalizar de forma expedita estos casos. Se tardó por lo menos 4 meses en saber que tenía enfermedad renal y en recibir el tratamiento correcto: diálisis.

Esta falta de contundencia en cuáles son las causas de la aparición de la enfermedad renal crónica por causas no tradicionales ha retrasado también la ejecución de programas focalizados en las necesidades especiales de la población, como el diagnóstico temprano. Manuel Sierra, de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Autónoma de Honduras, dirigió, en 2019, un estudio sobre la prevalencia de daño renal en los pacientes de los seis hospitales más grandes del país. «A los mayores de 18 años que se encontraban recibiendo atención en Medicina Interna les hicimos una pregunta de tamizaje: ‘¿le han diagnosticado enfermedad renal?’ Si respondía que sí, ya no podía participar».

«Los pacientes que residen en las comunidades agrícolas tienen un riesgo mayor de desarrollar enfermedad renal crónica», dice un extracto de la investigación publicada por la Universidad de Sanford, Dakota del Sur. En Monjarás, se junta una tormenta perfecta para el daño renal: cercanía de macrocultivos, contacto directo o indirecto con agroquímicos, y agua de dudosa calidad.

Los investigadores encontraron a 774 pacientes que dijeron no tener ningún daño renal. Y, a la luz de los resultados de las pruebas, solo en el 20 % de los casos esto resultó ser cierto. «El 82% de los que aseguraban que no tenían nada, salió con algún nivel de daño: 8%, en estadio 1; 28 %; en estadio 2; 30 %, en estadio 3; 10 %, en estadio 4; y 6 %, en estadio 5», explica Sierra. Quiere decir que 8 de cada 10 de las personas que llegan a los hospitales por otros motivos, ya tienen sus riñones dañados y todavía no lo saben, todavía no se cuidan y todavía no reciben tratamiento adecuado. Y solo están a la espera de tener un colapso como el que, hace cuatro años, tumbó a Ángel de la bicicleta entre fiebre y calambres.

Entre enero de 2018 y junio de 2019, 197 personas murieron en hospitales públicos por enfermedad renal crónica en Honduras. Aquel día en que Ángel tuvo que interrumpir su viaje en bicicleta, se dirigía al funeral de un amigo: El Chuta, un gran compañero de labranza y vecino. El Chuta murió por la misma enfermedad que tiene a Ángel tumbado hoy en la hamaca. Ángel lleva rato viendo morir amigos.

El estudio sobre prevalencia no diagnosticada de la enfermedad renal se está repitiendo, dice el doctor Sierra, pero ahora exclusivo para la zona de Choluteca. Mientras esto llega, en la comunidad de Ángel, la de las casas vecinas de macrocultivos y con agua de pozo, la enfermedad renal es un fantasma que se lleva a mucha gente y es, a la vez, un miedo. «Hasta ahora, ninguno de ellos (familia) padece esto, porque esta enfermedad es perra. Pero la veo a ella, mi esposa, que ya tiene calambres, y veo a aquel (hijo), también con lo mismo; aquí, no se sabe, es lo más triste, quizás solo esperan que todos nos muramos».

En manos privadas. El estado Hondureño ha subrrogado el tratameinto de enfermedad renal crónica a Diálisis de Honduras. Esta empresa recibe al menos $100 por cada sesión brindada a un paciente.

* Glenda Girón es becaria de la fundación Bertha de la generación 2019-2020

Espacio de memorias

El pasado 16 de enero se hizo el prelanzamiento del Espacio de Memorias y Derechos Humanos, una plataforma web destinada a ser un memorial virtual y un punto de encuentro para arrancar un diálogo sobre los eventos de la guerra de los años 80 en El Salvador.

Bajo la consigna de «Dialogar. Dignificar. Reparar», la plataforma ha sido el resultado de algunos años de consultas y reuniones entre organismos de la sociedad civil y gubernamental que, preocupados por el rescate de la memoria salvadoreña, impulsaron este proyecto. También se espera provocar reflexión en la ciudadanía sobre la cultura de paz que necesita el país y promocionar nuevos valores para reconstruir nuestro muy averiado tejido social.

Según la información que proporciona la plataforma, en la creación del proyecto participan diferentes defensores y activistas de derechos humanos, educadores, psicólogos, estudiantes, instituciones públicas, organismos internacionales y miembros de la sociedad civil en general.

Quien visite la plataforma, que está disponible en https://www.espaciodememorias.com/, podrá encontrar testimonios en video, foto reportajes, animaciones y otros formatos. Así mismo, la página tiene una casilla de contacto y alienta a quienes así lo deseen, a compartir sus propias historias. Se plantea la recopilación de memorias como un medio para «para mostrar una visión plural del pasado y del presente en relación con el período de guerra y con aquellas problemáticas que son una amenaza para los derechos humanos». Esto ayudará a preservar el pasado, pero además servirá para comprender mejor cuáles son los procesos necesarios para lograr resarcir a las víctimas que aún no reciben justicia sobre sus casos.

El proyecto cuenta con la asesoría técnica del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile, y cuenta con financiamiento del Fondo Chile, instancia del gobierno de aquel país para brindar cooperación internacional. De parte del gobierno salvadoreño participan el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Secretaría de Innovación.

Se espera también que la plataforma promueva el diálogo intergeneracional, un ejercicio que hace mucha falta en nuestro país. Esto resulta evidente cada vez que los más jóvenes manifiestan su tedio e incomodidad ante el tema de la guerra. Es común escuchar entre los nacidos en los años noventa, que la guerra no sirvió para nada y que ya están hartos de escuchar sobre el tema, que lo mejor es mirar hacia adelante, hacia el futuro, y olvidarse de aquello.

De alguna manera puede comprenderse dicho cansancio. Vivimos complejas formas de violencia, cuya intensidad cotidiana nos puede hacer creer que el pasado no tiene nada que ver con todo lo que anda mal hoy en día. Pero ignorar la historia reciente puede pasar una factura onerosa a las futuras generaciones.

¿Cómo reconocer los síntomas de un sistema explotador que abusa de su poder si no se conocen los motivos y los actores que definieron el rumbo del país, para bien o para mal? ¿Cómo comprender la importancia cultural de algunos sitios emblemáticos del país y del valor afectivo que encierran para la población si no sabemos qué eventos ocurrieron allí? ¿Cómo trazar una ruta para comprender nuestra salvadoreñidad, si no nos reconocemos en la versión de la historia que nos es contada?

Cuando se firmaron los Acuerdos de Paz en 1992, poco se habló de la recuperación de la salud mental de los desmovilizados y de la reconstrucción de la confianza entre la población. Poco se habló también de cuál o cómo sería la narrativa que se propondría en las escuelas para educar a las futuras generaciones sobre esa fractura en nuestra historia, sobre ese antes y después que fue la década de los 80 en El Salvador.

Decir que su familia no fue afectada de manera directa por la guerra y que por lo tanto, no le importa saber sobre el asunto, es una muestra de insensibilidad social preocupante. Que nuestra juventud no muestre interés en ello, también obliga a revisar la incapacidad de nuestra sociedad para educar a la población en torno al respeto por un evento traumático para todo el país y cuyas consecuencias seguimos sin terminar de digerir.

El prelanzamiento de este Espacio de Memorias y Derechos Humanos implica que un lanzamiento oficial está por venir, ojalá con más componentes y con mayor participación del público. Es una iniciativa que se celebra. Que ocurra 28 años después de la firma de los Acuerdos de Paz no es más que el reflejo de lo complicados y largos que son los procesos de sanación social. También nos recuerda que estamos poco preparados como país para comprender las complejidades de la reconciliación nacional y del trauma social que significa un proceso bélico.

Una plataforma de memoria, un espacio físico como un museo o monumentos, materiales audiovisuales y narrativos, todos son importantes ejercicios en la significación que como sociedad damos a los eventos importantes de nuestra historia y a la construcción de nuestro imaginario común. Pero esos elementos, por sí solos, no podrán sanar el tejido social salvadoreño que quedó dañado hasta su médula. Para ello es imprescindible el diálogo, tener la capacidad y el deseo de escuchar las historias de quienes participaron en el conflicto y hacerlo despojados de todos nuestros prejuicios políticos.

El rescate de la memoria de la guerra no es una tarea inútil, como piensan muchos. No se trata de oficializar un culto a la guerra, ni de exaltar héroes y maldecir villanos. No se trata de idealizar causas ni tomar venganza. La guerra no es un suceso bonito y sus consecuencias perviven durante generaciones. El dolor se hereda y si no se aprende a convivir con ello, puede terminar destruyéndonos.

La refundación de la nación costó sangre y muchas lágrimas. Al reconocer ese sacrificio, al dignificar a las víctimas de la guerra, al construir una dignidad común y nueva desde el entendimiento y la tolerancia, dignificaremos al país entero.

La memoria ciudadana puede servir como punto de partida para lograrlo.

Creadores de significados

Me relaciono con ciertas palabras de una forma cercana porque al pensarlas, hablarlas y sentirlas estas generan significados importantes que me impulsan. Tres de las más relevantes son: límites, tiempo y rendición.

Los humanos somos creadores de significados. Nuestra mente está permanente lanzándonos frases, oraciones y palabras para interpretar lo que nos sucede. Si alguien me dirige una mirada mi mente genera variadas representaciones o conceptos para ese simple acto de ver. Puede deducir que esa persona busca acercarse para conversar, o que no le caigo bien, o incluso puede advertirme que esa mirada «luce» amenazante. ¿Verdades? Depende.

En términos generales lo que la mente produce, en forma de lenguaje, son percepciones basadas en nuestras experiencias. Y sabiendo que somos creadores de significados procuro no dejar a la mente sola a la hora de diseñar el diálogo que se produce en mi interior.

Por ejemplo, a la palabra tiempo me gusta verla como una idea y un espacio en el que me organizo, priorizo y avanzo. Es decir, decido ser la dueña de mi tiempo y evito expresarme con frases del tipo «no me alcanza», «es escaso» o «no me pertenece».

Algunos pensarán que soy dueña de mi tiempo porque administro mi negocio. A esto respondo inmediatamente recordando la historia del creador de la logoterapia, Viktor Flankl, que, mientras estuvo recluido en un campo de concentración nazi, decidió convertirse en un observador para identificar hasta dónde es capaz de llegar un ser humano en condiciones extremas. Su decisión le permitió mantenerse cuerdo, sobrevivir y crear una terapia psicológica.

Frankl demostró que aún en circunstancias extremas se puede dirigir a la mente. Y si existe al menos un humano que puede, eso significa que nosotros también estamos dotados con las mismas posibilidades.

Por otro lado, la palabra límite es un concepto útil a la hora de proteger nuestro espacio y tiempo ya que se convierte en una especie de «contenedor» que facilita el enfoque y el avance.

Al establecer mis límites sé que algunas personas experimentarán incomodidad. Yo misma me observo sintiendo esa sensación al expresarlos, pero su significado es tan importante –porque me permiten mantener mi centro, poner un alto a relaciones desgastantes, descansar y avanzar—que acepto la incomodidad al practicarlos.

La tercera palabra es rendición. Durante mucho tiempo asumí la creencia que como mujer debía ser perfecta. Una idea llevada al extremo por muchas mujeres, a las que se nos enseña desde pequeñas que debemos mostrarnos amables y hacer todo lo que esté en nuestras manos y más para lucir siempre jóvenes, o para solucionar los problemas que se nos presentan. Conceptos irreales e inútiles.

Desmontar esa creencia ha sido desafiante porque no solo he tenido que aceptar que ser perfecta es completamente irreal, sino que, además, he tenido que reconocer que a ese concepto lo acompaña otro que es todavía más tóxico: «si no soy perfecta, tampoco soy digna de amor».

Y en ese proceso quirúrgico con mi mente y con mis emociones había dado muchas vueltas buscando desarmar esas percepciones. Los resultados no habían sido satisfactorios. Y lo único que me faltaba experimentar era simplemente rendirme. En otras palabras, aceptar totalmente y sin posibilidad de escape el efecto que esos pensamientos tenían en mí vida. Esa rendición soltó el nudo que mantenía fuertes a esas ideas dañinas.

Los significados que nos auto generamos son filtros que inciden en nuestras decisiones y acciones, por lo que se vuelve estratégico y saludable revisar el estado de esos mensajes que nuestra mente nos envía. Vale la pena ajustar los lentes con los que salimos a la vida todos los días.

Estallido en pausa

En Chile hace calor. En el cono sur, el verano está en apogeo, por tanto, muchos chilenos están de vacaciones. Esto ha producido una delicada sensación de normalidad en medio del estallido social.

El desempleo ha llegado al 8,8%; 116 proyectos de Ley han sido ingresados desde que Chile despertó el 18 de octubre, más de 30 de ellos están vinculados con orden público y seguridad; 9 proyectos han sido despachados a Ley y, más de 22 mil personas han sido detenidas en el contexto de las protestas.

Estas cifras generan molestia: el gobierno se ha concentrado a reprimir, dicen, y no a resolver las solicitudes en torno a las peticiones que buscan un Chile más justo. Reflejo de esto es que el Presidente Piñera gobierna con un 82% de desaprobación. Sí, 82%. Ah, pero los diputados cuentan con el 2% de confianza.

Las protestas han disminuido en intensidad. Pero este descanso seguramente responde al periodo estival. Ya circulan en redes sociales diversos videos que convocan a un paro nacional el 8 de marzo, fecha emblemática, tanto por ser el día de la mujer como por ser el primer mes del año en que el país vuelve a funcionar en pleno: colegios, universidades y empresas vuelven de vacaciones.

Según la encuesta de opinión CADEM, el «Apruebo» a la nueva Constitución llega al 67%. En abril sabremos qué tan acertado es este porcentaje. Sin embargo, cómo se votará esta aprobación o rechazo a la nueva carta magna está aun por decidirse. El gobierno propone que la convención constituyente se elija con listas cerradas en que no se vote por personas, sino por partidos políticos. Sin embargo, los partidos políticos tienen un 2% de aprobación, por lo que esta opción es -a lo menos- absurda, como señala el periodista Daniel Matamala en su columna «La hora del populismo».

¿Qué pasará? Tenemos hasta abril para averiguarlo -al menos en lo que respecta a si se aprueba o rechaza la nueva constitución-. Y así, ¿qué pasará? es la pregunta interminable que marca esta histórica etapa que vive el país.

¿Qué pasará con el pago de las carreteras, con las pensiones, con la salud, con la educación, con las pruebas universitarias, con el metro, con los impuestos, con el gobierno? El estallido social ha sido una instancia obligada de reflexión para todos, chilenos y extranjeros, que nos preguntamos hacia dónde se dirigirá Chile cuando los proyectos de Ley avancen y la constitución se renueve.

Según la encuesta CADEM, 37% de la población se siente optimista o muy optimista sobre el futuro del país y curiosamente, casi el mismo porcentaje, el 38%, se siente pesimista o muy pesimista al respecto.

Como es obvio, este ambiente de incertidumbre es atractivo para algunos y desconcertante para otros -como yo-, quien veía en Chile un país pujante, estable y seguro. Ahora, sigo este proceso de transición considerándolo incluso utópico -aunque valiente-, por alcanzar un nuevo modelo que nadie sabe muy bien cómo se financiará, ni qué contemplará con exactitud, pero que ha marcado un precedente empoderando a la ciudadanía desde hace 3 meses.

Mientras tanto, el estallido está en pausa, como agarrando fuerza para reclamar lo que considera justo y para hacer de este largo y angosto país, uno más equitativo.

Carta Editorial

La enfermedad renal crónica lleva décadas instalada en las casas de los agricultores. Y acá no importa si hablamos de Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica o El Salvador. Esta enfermedad ha demostrado que no conoce fronteras. De lo que sí da cuenta es de desigualdad y silencio.

En esta edición, arranca una serie de reportajes que busca, de la mano de los datos y los hallazgos científicos, contar las enormes dimensiones que ha llegado a tener este problema para las familias marcadas por la escasez de recursos para hacerle frente al escenario tan complejo que impone esta enfermedad.

Con el apoyo de la Fundación Bertha, con sede en Londres, Inglaterra, como un socio externo para hacer posible la investigación, en estas publicaciones el principal objetivo es el de hacer la tarea de llegar a dar voz a las personas a las que les ha tocado apostar el cuerpo en función de que la tierra produzca tanto como pueda y, con ellos, crezca la productividad de los países. Así, han terminado siendo consumidos por una dinámica injusta en la que han sido los que más han perdido. Han acabado como protagonistas de una historia cruel de pobreza y enfermedad.

En contraste, los gobiernos y todos los que han reportados ganancias basadas en el esfuerzo campesino, no han hecho lo que les correspondía para atajar las consecuencias de esta epidemia. La desidia ha derivado en que el drama de miles de personas afectadas por la enfermedad ha sido silenciado, pese a las evidentes características sociales que unen a los diagnosticados y que la ciencia ya se ha encargado de delimitar bien.

Lo que sucede en la costa del Océano Pacífico de Centroamérica es, en toda regla, un caso grave de discriminación. La gente está sufriendo un serio daño en los riñones y ha faltado quien ponga atención a este flagelo colectivo.

«No creo que la ética del mundo actual sea muy diferente a la de antes»

¿ Cómo nace su pasión por la batería?

En el colegio donde estudié formaron una banda conniñas de primaria. Recuerdo verlas tocar y presentarse en los actos escolares. Yo estaba en cuarto grado. Me llamó la atención ver tanto instrumento, especialmente la batería.

¿Quiénes son sus bateristas preferidos?

Cuando comencé a tocar, admiraba mucho a Travis Barker y John Bonham. Ahora, a pesar de que tengo clarísimo que hay bateristas más virtuosos, le tengo un especial cariño a Taylor Hawkins.

¿Hay alguien en quien se haya inspirado en su profesión?

En mis compañeras y compañeros músicos. Siempre tengo algo que aprender de ellos.

¿Qué piensa de la ética del mundo actual?

En términos generales, no creo que la ética del mundo actual sea muy diferente a la de antes. En todo caso, estoy consciente en que la falta de ética con la que han actuado las personas, sobre todo las élites económicas y políticas, es lo que ha terminado por desencadenar los grandes conflictos sociales y medioambientales.

¿Cuál sería su empleo perfecto?

Un empleo en el que me paguen por practicar la batería en un horario de ocho horas al día.

¿Qué es lo que más le conmueve?

Las cosas hechas con pasión.

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Hacer lo que te gusta.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (233)

1907. ALTAR SONRIENTE

En los bordes de los tejados vecinos los grupos de palomas que venían en bandadas a volar en torno se alineaban con disciplina impecable. Siempre juntas, como si fueran una comunidad monástica. Él, que era el habitante mayor en el edificio de apartamentos que se hallaba enfrente, se asomaba constantemente desde su ventana en uno de los pisos superiores a participar contemplativamente del rito que parecía programado por un maestro que no fallaba nunca; y el fiel cumplimiento de aquella contemplación le producía una serenidad que les daba alivio inmediato a los distintos avatares de una cotidianidad cada vez más poblada de sobresaltos. Pero llegó un día en que tuvo que preguntarse a sí mismo cuál era la identidad de lo que le producía tal sensación. Y del fondo de su propia experiencia brotó la respuesta: “Estoy ante el altar del aire que sonríe…”

1908. CAMINO DE POLVO

Desde que tenía memoria, su afición a caminar descalzo por las veredas del cerro vecino se había vuelto parte natural de su rutina cotidiana. Esto sólo podía hacerlo entonces en los fines de semana y en los tiempos de vacaciones, que eran cuando estaba en la casa de la finca donde vivían su madre y su padrastro. Pero todo aquello fue cambiando para él con el paso del tiempo: cuando ingresó en la vida universitaria desaparecieron las vacaciones programadas, y sus visitas al lugar se hicieron fugaces e imprevistas. Sin embargo, la atracción original seguía ahí, en una comarca perfectamente identificable de su mente. Y el desenlace llegó cuando se decidió a adquirir vivienda propia: regresó al lugar originario, buscó a Lucía, reemprendió con ella el romance de adolescencia, y la invitó a irse en un camino de polvo, descalzos ambos, hacia el futuro.

1909. UN RESPIRO INEFABLE

La casa familiar se fue vaciando en corto tiempo, a partir de la hora en que sus padres dispusieron separarse luego de muchos años de distanciamiento progresivo. Ambos tomaron cada quien por su lado, porque los hijos ya estaban en edad de manejarse por su cuenta. Bueno, salvo él, que era el único graduado universitario pero no sabía cómo administrar su cotidianidad. Él se quedó en la casa, solo y en plan de indigente con recursos. Sólo salía a comprar algunos comestibles y, muy de vez en cuando, piezas de vestir. En verdad, sólo contaba con la compañía de su ventana, que abría muy de vez en cuando. Era como un ermitaño constipado de soledad. Pero un día recibió un regalo sin enviador ni destinatario. El bote con una sustancia para fumigación fragante. Y entonces recordó que existe el aire puro y se fue al jardín más próximo a reconciliarse con él.

1910. LA SOLEDAD ES UN ESPEJO

Sus padres casi se lo preguntaban a diario cuando era un adolescente a punto de concluir su formación secundaria: “Hijito, ¿qué querés ser cuando seás grande?” Y él, ya por costumbre, se quedaba mirándolos sin responder. Sacó su bachillerato y era la hora de elegir carrera universitaria, pero entonces les avisó a sus padres: “Me voy a ir unos cuantos días como turista de mochila. Ahi me comunico con ustedes en el trayecto…” Ellos no hallaron qué decir, y él se fue de inmediato. Pasaron los días y las semanas. Los padres comenzaron a inquietarse, pero en eso reapareció. Parecía otro. Vestido de traje oscuro, con gesto de joven emprendedor y mirada de adulto inminente. Ellos indagaron por su actitud. Él respondió: “No se extrañen. Fui a terapia conmigo mismo. La soledad es un espejo que gira hacia el interior…”

1911. QUE HABLEN LAS HOJAS

Todas las palabras se quedaban en vilo cuando aquel señor de misterioso porte aparecía en el umbral. Aquella tarde, ya con la claridad solar en retirada, el sitio de reunión, rodeado por un amplio boscaje, se hallaba prácticamente vacío, y eso le daba a la ocasión un tinte de originalidad a la vez sutil y comprometedora. Sólo había un par de jóvenes sentados sobre la alfombra, que mostraban la actitud de los iniciados incipientes. Ellos parecieron no advertir la presencia del señor, y él, sin darse por aludido por aquella inadvertencia, fue a ubicarse en su atril, se despojó de su chamarra y abrió el libro que estaba dispuesto. Comenzó su disertación trascendental, pero ellos no se dieron por aludidos. Al final, el señor les pregunto: “¿Qué les pareció el mensaje?” Ellos no disimularon su opinión: “Nosotros sólo escuchamos el mensaje de las hojas…”

1912. SERVICIO SUPERIOR

“¿Qué te pasa, amor?” Era la pregunta de siempre, y él respondió también lo de siempre: “Nada que no sea mi realidad”. Ella entonces simuló un aplauso y lanzó su frase favorita: “Eres el rutinario más original que existe. ¡Bendiciones!” Se abrazaron y ya estaban dispuestos a salir al aire abierto a buscar el lugar más propicio para tomar sus bocadillos vespertinos. Aquel restaurantito con terraza que era posición ideal aquella noche de luna creciente. Les dieron su sitio favorito, y no había nadie en las mesas aledañas. Ya ubicados, pidieron una copa de vino tinto, y él tomó impulso para sincerarse: “Debo confesarme contigo: mi realidad me impulsa a tomar mi camino en solitario. ¿Comprendes?” Ella le tomó mano, emocionada: “¡Amor, estamos en la misma onda! Si nuestros caminos se encuentran, el aire lo dirá!”

1913. LA CORBATA GRIS

Fecha de la boda estaba cada día más próxima, y los preparativos se aceleraban al mismo ritmo. Los contrayentes eran contrastantes: él, un vagabundo que se había convertido en emprendedor; ella, una bailarina que había derivado en promotora de modas. Sus personalidades, sin embargo, coincidían en algo muy básico: el ansia de notoriedad. Así las cosas, llegaron a los umbrales del compromiso definitivo. En uno de los días inmediatos había que definir los últimos detalles. Y él se centró en uno que parecía insignificante: la corbata de su traje. “Es smoking, pero yo voy a llevar mi corbata favorita. La gris que me regaló mi abuelo, que fue la primera que usé en la vida”. “¿Gris?”, preguntó ella con gesto desabrido: “¿A quién se le ocurre? Puede ser hasta de mala suerte”. “Entonces, aquí lo dejamos. Gris o nada”. Ella dio la vuelta. Adiós.

1914. INMEMORIAL FIDELIDAD

La estación lluviosa se estaba iniciando y las siembras comenzaban a multiplicarse en los entornos. Era una planicie propicia para ello, y en las pocas viviendas rústicas que había en el lugar también se activaban los huertos hogareños. Todo parecía exactamente igual a lo ocurrido por costumbre en aquella época del año, pero un curioso habitante emergía sin que nadie pareciera advertirlo. Era él, el retoño de la planta exótica que sus dueños trajeran de muy lejos hacía unas pocas semanas. Estaba habituándose al clima y a la compañía. Y si le hubieran preguntado habría respondido: “Voy a crecer hasta las nubes para atisbar desde aquí mi jardín de origen”.

El caos reina en las cortes de inmigración en EUA

Fotografía de AP
Fotografía de AP

En una sala cerrada del tribunal, dentro de un complejo rodeado por alambre de espino, el juez de inmigración Jerome Rothschild espera, y deja pasar el tiempo.

El intérprete de español llega tarde porque ha pinchado una rueda. Rothschild dice a los cinco inmigrantes que tiene delante que se tomará un descanso antes de que comiencen las sesiones. Confía en demorar el proceso lo suficiente como para que esas personas no tengan que quedarse sentadas sin comprender lo que ocurre mientras se decide su futuro.

«Estamos, lo que no es inusual, sin intérprete», dice Rothschild a un abogado que entra en la sala del Centro de Detención Stewart tras manejar desde Atlanta, a 225 kilómetros (140 millas) de distancia.

En su desorden, este es un día típico en el caótico, sobrepasado y confuso sistema judicial de inmigración de Estados Unidos, del que la sala de Rothschild es solo un pequeño rincón.

Envueltas en secretismo, las cortes migratorias que gestiona el Departamento de Justicia de Estados Unidos son disfuncionales desde hace años, y solo han empeorado. Un repunte en la llegada de solicitantes de asilo y la campaña del gobierno de Donald Trump sobre la frontera suroeste y la inmigración ilegal han dejado más gente en proceso de deportación, disparando a un millón el número de casos acumulados.

Fotografía de AP
Sin resolver. Los casos migratorios que llegan a la vista judicial llevan casi dos años en proceso. Muchos inmigrantes llevan esperando mucho más.

«Es un sistema enorme, engorroso, y sin embargo un gobierno tras otro llega e intenta utilizar el sistema para sus propios objetivos», dijo la juez de inmigración Amiena Khan en la ciudad de Nueva York, hablando como vicepresidenta de la Asociación Nacional de Jueces de Inmigración.

«Y cada vez, el sistema no cambia ni un ápice, porque no se puede hacer virar el Titanic», añadió.

The Associated Press visitó cortes de inmigración en 11 ciudades diferentes más de dos docenas de veces durante un periodo de 10 días a finales del otoño. En tribunales de Boston a San Diego, los reporteros asistieron a docenas de vistas que mostraban cómo una carga de trabajo abrumadora y los cambios de normativa han sumido los tribunales en una situación sin precedentes.

Por ejemplo, algunos jueces intentan hacer el ritmo de trabajo más eficiente programando el doble o el triple de citas. Como no es posible completarlas, se producen muchas cancelaciones. Los inmigrantes reciben nuevas citas, con años de diferencia.

Hay niños pequeños por todas partes, sentados en el suelo, de pie o llorando en salas judiciales abarrotadas. Muchos inmigrantes no saben cómo rellenar los formularios, conseguir traducciones de sus documentos o presentar su casa.

Hay niños pequeños por todas partes, sentados en el suelo, de pie o llorando en salas judiciales abarrotadas. Muchos inmigrantes no saben cómo rellenar los formularios, conseguir traducciones de sus documentos o presentar su casa.

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Los cambios frecuentes en la ley y las normas sobre cómo gestionan los jueces sus salas hacen imposible saber lo que deparará el futuro cuando los inmigrantes consigan su día ante el tribunal. A menudo, los documentos se pierden. Con frecuencia, no hay intérpretes.

En Georgia, el intérprete asignado a la sala de Rothschild termina llegando, pero la vista se interrumpe poco después cuando no se localiza a la abogada de un hombre mexicano, que debía intervenir por teléfono. Dejan a Rothschild en espera, y la animada música de espera suena en la sala.

El juez pasa a otros casos -un solicitante de asilo peruano, un cubano que pide una fianza- y aplaza el caso de la abogada desaparecida a la sesión de la tarde.

Para entonces la abogada sí responde, y se disculpa entre toses por no estar disponible antes, explicando que está enferma.

Ahora el intérprete está en otra sala, lo que deja a Rothschild en lo que el juez describe como la «incómoda posición» de juzgar el caso de alguien que no entiende lo que ocurre.

«Odio que un hombre salga de una vista sin tener ni idea de lo que ha pasado», dice, y pide a la abogada que resuma el resultado del proceso a su cliente en español.

Tras algo de discusión, la abogada accede a retirar la petición de fianza y volver a presentarla cuando pueda demostrar que el hombre lleva más tiempo en el país de lo que cree el gobierno, lo que podría aumentar sus opciones.

Por ahora, el hombre vuelve a detención.

En un edificio federal en el centro de Manhattan, la lista de citas ante los tribunales de inmigración abarca dos páginas. Una multitud espera en los pasillos a su turno para ver un juez, hablando en susurros entre ellos y con sus abogados, pegándose a la pared para dejar pasar a la gente.

Los guardias de seguridad pasan y les ordenan quedarse a un lado y dejar despejados los pasillos.

Los jueces de inmigración instruyen 30, 50 o cerca de 90 casos al día. Cuando asignan fechas futuras, se pide a los inmigrantes que vuelvan en febrero o marzo… de 2023.

La mayor acumulación de casos del país está en la Ciudad de Nueva York, donde se reparte en tres edificios diferentes. Uno de cada 10 casos judiciales de inmigración se dirime allí, según el directorio de información sobre administraciones públicas (TRAC, por sus siglas en inglés) que mantiene la Universidad de Siracusa.

De media, los casos migratorios que llegan a la vista judicial llevan casi dos años en proceso. Muchos inmigrantes llevan esperando mucho más, especialmente los que no están en centros de detención.

Como hay tantos casos, a menudo hay citas dobles y triples, lo que puede convertir la cita en un arriesgado juego de sillas musicales donde ser el que se queda sin sitio puede tener graves consecuencias.

Rubelio Sagastume-Cardona lleva dos años esperando a que un juez de Nueva York determine si debe recibir una «green card», una tarjeta de residencia permanente.

Fotografía de AP
Saturación. En muchos tribunales se repiten estas escenas, donde inmigrantes y abogados luchan por los espacios en agendas sobrecargadas.

El guatemalteco tenía una cita en mayo, pero se vio demorado para dejar hueco a otro caso. Esta vez compite por el espacio en la agenda de la juez Khan con el caso de otra persona, a pesar de que Sagastume-Cardona solo consiguió esta cita porque su abogado le cambió el hueco con otro cliente. Ahora debe esperar a 2023 para tener una vista.

«Está siendo más difícil conseguir una vista para el caso de mi cliente que litigarlo», dice su abogado, W. Paul Alvarez. «Es una locura».

Las largas esperas son agónicas para muchos inmigrantes y sus familias, angustiadas con la incertidumbre de qué -y cuándo- les ocurrirá a sus seres queridos.

Este problema no se limita a Nueva York. En muchos tribunales se repiten estas escenas, donde inmigrantes y abogados luchan por los espacios en agendas sobrecargadas.

Los tribunales de San Francisco y Los Ángeles tienen más de 60.000 casos cada uno. De Arlington, Virginia, a Omaha, Nebraska, hay casos que llevan pendientes una media de dos años, según TRAC.

En Boston, Audencio López, de 39 años, pidió asilo hace siete años. En 1997, cuando era adolescente, se marchó de su pueblo campesino en Guatemala para cruzar la frontera de manera ilegal y pronto encontró empleo en una firma de jardinería donde aún trabaja, manteniendo los jardines de escuelas de la zona. Pero no fue hasta el pasado noviembre cuando entró en la imponente corte de Boston para conocer qué sería de él.

Le acompañan su esposa y sus tres hijos, incluida una beba que mordisquea cereales sentada en el regazo de su madre hasta que llega la cita.

López le habla al juez de su devoción cristiana y sus estudios de la Biblia, de que sus hijos estudian en una escuela concertada y sueñan con ir a la universidad, de su miedo a tener que llevar a sus hijos a un lugar peligroso en el que nunca han estado.

Fotografía de AP
Tribunales. Los jueces de inmigración instruyen 30, 50 o cerca de 90 casos al día. Cuando asignan fechas futuras, se pide a los inmigrantes que vuelvan en febrero o marzo de 2023.

Él confía en poder quedarse en el país amparándose en una cláusula para inmigrantes que llevan más de una década en el país y tienen hijos estadounidenses que sufrirían si ellos no están.

Tras una hora de interrogatorios, el juez Lincoln Jalelian dice a López que el caso pasará a deliberaciones. La abogada del gobierno dice que no se opondrá a conceder una visa a López dado su historial «ejemplar» y sus servicios a la comunidad, lo que implica que probablemente podrá quedarse.

Pero mientras sueña con un futuro para su familia en Estados Unidos, López admite que la esperanza y la alegría se ven ensombrecidas por la incertidumbre, porque la situación de su esposa aún no está resuelta. Ella pidió asilo hace cinco años y aún no ha tenido su vista de inmigración.

«Es un buen primer paso», dice López una semana después. Da gracias a Dios, pero añade «esperemos que pueda mostrarnos otro milagro».

Venezuela a ciegas y a empujones hacia unas elecciones inminentes

Fotografía de EFE
Elección. Venezuela está próxima a elegir a nuevos miembros de la Asamblea Nacional, controlada numéricamente, por la oposición chavista.

En la convocatoria de las elecciones legislativas que corresponde este año en Venezuela se asoma un doble rasero que, según los pronósticos más esperanzadores, puede destrabar la crisis política o, por las últimas movidas de cada bando, atizar la confrontación entre el Gobierno y la oposición.

En 2020, por ley, el país debe elegir a nuevos miembros de la Asamblea Nacional (AN, Parlamento) que, al menos numéricamente, la oposición controla por amplio margen desde enero de 2016, sin que esto se haya traducido en un poder real contra el Ejecutivo de Nicolás Maduro que considera a la Cámara en desacato.

Esta apreciación, sin embargo, está a punto de cambiar, pues no hay nadie más interesado en reconquistar el dominio parlamentario que el oficialismo y en ese afán el Gobierno inició una hambrienta precampaña en todo el país aunque hasta ahora los ciudadanos no saben cuándo votarán, con cuáles garantías ni por quién.

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NUEVO ENTE ELECTORAL

Lo más definitorio del año será la elección de una nueva directiva del Consejo Nacional Electoral (CNE), el árbitro de las votaciones que hasta ahora integran una mayoría cercana al Gobierno que han sido acusados dentro y fuera de Venezuela de favorecer a la llamada revolución bolivariana, en el poder desde 1999.

La designación de los rectores electorales es una competencia exclusiva del Parlamento que parece escapársele de las manos debido a la reciente disputa por la presidencia legislativa entre el líder opositor Juan Guaidó y el disidente de su coalición Luis Parra, respaldado por el chavismo.

Esto favorece al Ejecutivo, pues entraría en juego la controvertida idea de «omisión legislativa», según la cual la AN fue incapaz de acordar con 112 de los 167 votos las designaciones y por ende, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), que ha cerrado filas en torno a Maduro, asumiría ese rol por tercera vez.

Desde el año pasado, el Parlamento trabaja, con todas las de la ley y participación de oficialistas, en esta tarea que podía llegar a buen puerto en febrero, pero ahora quienes respaldan a Parra como jefe de la Cámara descartan la viabilidad de este mecanismo.

El portavoz del oficialismo en el Legislativo, Francisco Torrealba, ya dijo que no hay condiciones para que se logre un acuerdo dentro del Parlamento por lo que la comisión de diputados que venía trabajando en el tema «ha quedado en el limbo».

«Estamos buscando una negociación con la finalidad de conseguir nombres que representen al pueblo, no a nosotros, y que esas nuevas autoridades (del CNE) hagan la convocatoria para las elecciones parlamentarias», dijo el pastor evangélico y excandidato presidencial, Javier Bertucci.

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MESA DE DIÁLOGO

El Gobierno y un minúsculo sector opositor participan desde hace meses en una mesa de diálogo, cuya funcionalidad o representatividad no es reconocida por el grueso del antichavismo pero que ha venido debatiendo en paralelo lo relacionado con los comicios legislativos.

El pastor evangélico y excandidato presidencial Javier Bertucci, que participa en estas conversaciones, explicó a Efe que esta instancia ya considera innegable la omisión legislativa y por ello la tarea ahora «queda en manos del TSJ«.

«Estamos buscando una negociación con la finalidad de conseguir nombres que representen al pueblo, no a nosotros, y que esas nuevas autoridades (del CNE) hagan la convocatoria para las elecciones parlamentarias», dijo.

Bertucci se dice confiado en que el llamado a las urnas para unos comicios legislativos y no presidenciales como demanda la oposición «va a destrabar» la reyerta entre Maduro, cuya legitimidad no es reconocida por buena parte de la comunidad internacional, y las fuerzas que respaldan a Guaidó como presidente encargado de Venezuela.

«Tenemos que avanzar en las cosas que podemos hacer, no ofrecer cosas que no puedes cumplir», sostuvo.

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VOTAR: CUÁNDO Y CÓMO

Aunque el chavismo insiste en acudir a las urnas cuanto antes y está desplegado en mítines como si las elecciones fueran mañana, la organización de estos comicios requiere un tiempo que, aun cuando las nuevas autoridades del CNE actúen de manera expedita, no será menor a 120 días.

Bertucci y los otros participantes no oficialistas de las negociaciones esperan que las nuevas autoridades electorales y la fecha de los comicios sean conocidas lo más pronto posible, probablemente en febrero, pero que esa contienda se dispute en el último trimestre del año.

El Gobierno, en cambio, ha mostrado su lado más conciliador este mes al proponer que las votaciones se realicen a más tardar en el tercer trimestre y no en el primer semestre del año como temía la oposición que ocurriera en vista de la sed electoral que ha mostrado el oficialismo hasta ahora.

Maduro ha ofrecido «las más amplias garantías» para tal jornada, así como que esta transcurra con «puertas abiertas al acompañamiento internacional» de Naciones Unidas y la Unión Europea (UE), excepto la Organización de Estados Americanos (OEA) a la que el chavismo acusa de injerencia en el país sudamericano.

Los negociadores que hacen contrapeso al Ejecutivo, señalados de colaboracionistas del régimen por la mayoría opositora, exigen que todos los partidos políticos sean habilitados para participar en las votaciones y se tomen otras medidas, todavía en discusiones, para evitar el ventajismo oficialista que han denunciado en el pasado.

Fotograf'ia de EFE
Chavismo. Desde 1999,. el país suramericano es gobernado por la denominada revolución bolivariana.

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EL CAMINO DE GUAIDÓ

Guaidó, reelegido este año como presidente del Parlamento con 100 de los 167 votos en juego, no ha dado señales de cambios en el camino que ya emprendió la cámara para designar a los rectores electorales, y que puede convertirse en letra muerta en vista de la imposibilidad del Legislativo de materializar sus decisiones.

A juicio de Bertucci, si la mayoría opositora que respalda a Guaidó como líder de la cámara nombra un nuevo CNE, esos designados «están presos al otro día», como ocurrió en el pasado cuando el Parlamento escogió nuevos magistrados para el TSJ que terminaron presos o exiliados.

Mientras tanto, algunos de los partidos más grandes de la oposición se han venido preparando para ir a las urnas, y aunque públicamente aseguran que su meta es repetir las cuestionadas presidenciales de 2018 en las que Maduro fue reelegido, el chavismo asegura que acudirán a las legislativas de este año.

«Van a participar todos los partidos políticos de la oposición, anótelo, nosotros aspiramos a recuperar la Asamblea Nacional con votos, y lo vamos a lograr», dijo esta semana Maduro que pronosticó al menos 104 escaños oficialistas (desde 2016 tienen 55).

¿Participar o no en las elecciones legislativas será un dilema para las fuerzas contrarias al Gobierno? «Decididamente no», respondió a Efe uno de los más altos representantes opositores que prefirió el anonimato, no sin adelantar que la «estrategia» de lucha de este año está puliendo sus últimos detalles.

Un ecosistema marino limitado a su hallazgo

Pasto marino

Mediodía. A esta hora los moluscos conocidos como cascos de burro están bajo el fango y los pescadores ya se han ido a sus casas. En el playón solo quedan tres jóvenes que todavía buscan jaibas. Dos están a un costado de la barca que han usado ese día, donde tienen un barril de plástico, partido a la mitad, que sirve como recipiente para depositarlas. Jorge Mejía atrapa las jaibas y Miguel Yanes ayuda a acomodar las canastas y los changales, los instrumentos a base de hilo de trasmallo que sirven para pescarlas.

Han sido siete horas de pesca y ahora se preparan para ir a la casa, pero aclaran que aquí no hay hora para pescar. Siempre están las condiciones para hacerlo. «Hay unas 10 libras», dice Miguel, señalando las jaibas vivas que, por gusto, luchan por salir del barril. Miguel aprovecha para decir lo ricas que saben en sopa o guisadas con tomate, y con tortillas.

A unos 20 metros de donde están, el agua comienza a empozarse. La marea está subiendo, pero todavía deja a la vista pequeñas hojas verdes, parecidas a la grama de un campo de fútbol, que ellos han visto desde hace años. No saben cómo se llaman, tampoco cuándo las vieron por primera vez. «Ya tiene años de andar eso allá. Tiempazo«, dice Jorge. «Eso» es pasto marino: un complejo ecosistema que la ciencia descubrió en El Salvador hasta hace 11 años. Se ha extendido por diferentes partes de la Bahía de Jiquilisco, en Usulután, como en este lugar, la isla Rancho Viejo.

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Wilfredo López había vuelto de estudiar una maestría en Gestión de Ecosistemas Marinos de la Universidad de Alicante, en España. Allá, José Luis Sánchez, su tutor, lo había incitado a que buscara pastos marinos en El Salvador. «Yo siento que han de haber en tu país. Hay que buscar», le dijo. Aquel joven quedó con la terquedad de encontrarlos, porque había pasado los seis años de su carrera de Biología pensando que acá no existían.

En 2009, Wilfredo tenía 28 años y trabajaba, con un grupo de biólogos, en un proyecto sobre tortugas de carey con la Iniciativa Carey del Pacífico Oriental. El grupo había escuchado de pobladores y guarda recursos del Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) sobre unas plantas que no eran comunes. «Hay una cosa que parece cultivo de arroz», también le había dicho Óscar Carranza, un biólogo que, en más de una ocasión, vio las plantas cuando recorría la zona.

El grupo, liderado por Wilfredo, visitó el Golfo La Perra, en la Bahía de Jiquilisco. Vio que en lugar había tortugas prietas que se alimentaban de unas hojas. Al llegar al golfo, Wilfredo palpó las plantas y las analizó. A simple vista, no le parecieron algas marinas: tenían hojas, tallos y raíces. No encajaban en las características de un alga. Supo, entonces, que no estaba solo frente a una especie que no había visto antes en El Salvador, sino frente a todo un ecosistema.

Así comenzaron los trámites de permisos ambientales en MARN para continuar con los estudios. Fueron días de trabajo fijando muestras y revisándolas en el laboratorio del Centro de Investigación y Desarrollo en Salud de la Universidad de El Salvador, donde dispusieron de equipo. Wilfredo contactó a su tutor y le envió fotografías de la punta de las hojas. José Luis le confirmó que se trataba de pastos marinos. Pero faltaba descubrir cuál era la especie.

Wilfredo se empecinó en leer guías de identificación taxonómica. «No le hallo. No entiendo qué especie será esa», se dijo por días. Había visto otros tipos de pastos: plantas grandes, no pequeñas, de centímetros, como las del Golfo La Perra. Al inicio supuso que podrían ser dos tipos de plantas, una de ellas Halodule wrightii, que, sabía, crecía en el Océano Atlántico.

Tenía razón, se trataba de Halodule wrightii. José Luis le dijo que se había creído que esa planta solo crecía en el Océano Atlántico, pero también crece en el Pacífico.

El biólogo temía que cuestionaran su hallazgo. Por un tema de malinchismo, dice esta mañana, en un café, al recordar aquel viaje. Enseña, en su computadora, un álbum de fotos de las plantas, de las mediciones que hicieron en los pastos para los estudios y algunos de los animales encontrados en las hojas y en el lodo. Calcula que antes de descubrir el ecosistema, este tenía 10 años de existencia.

Distribución. La pradera marina está distribuida en seis áreas de la Bahía de Jiquilisco, entre ellas, el Golfo La Perra. La fotografía muestra la zona en la que Wilfredo López y su grupo la descubrieron.

 

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Los pastos marinos o praderas marinas son plantas que crecen donde hay mareas bajas, como en la Bahía de Jiquilisco. Forman todo un ecosistema que le sirve de hogar a diferentes especies de moluscos, crustáceos y equinodermos.

La bióloga salvadoreña Olga Tejada realizó la investigación «Praderas Submarinas de Bocas del Toro, Panamá», publicada en 2014, en la que dice que los pastos marinos representan menos del 0.2 % de los océanos del mundo y que anualmente toman el 10 % de carbono enterrado en sedimentos oceánicos. Almacenan dos veces más carbono que los bosques terrestres.

Alrededor del mundo, Wilfredo dice que la ciencia ha descubierto entre siete y ocho especies de pastos. Los hay de diferentes tamaños y extensiones. Los pastos que él y su equipo descubrieron siguen siendo los únicos de los que se sabe en el país. Según sus investigaciones, hasta la fecha hay 27 especies de invertebrados que ahí habitan, como cangrejos y almejas . Otros animales viven pegados a las hojas, pero de ellos todavía no conoce el nombre.

Algunas especies prefieren el lodo en el que nacen los pastos, otras prefieren las hojas o ambos lugares, como las conchas, dice; porque, cuando están en la etapa de cría, se pegan a las hojas o a los tallos y, cuando están adultas, se despegan y bajan al lodo.

Las hojas de los pastos, además, de acuerdo con datos del MARN, son, en un 62 %, la dieta de las tortugas prietas, aquellas que los científicos siguieron para descubrir el ecosistema.

En 2017, un grupo de científicas, entre ellas unas representantes del Museo de Historia Natural de El Salvador (MUHNES), publicó un estudio que estableció que el tipo de pasto que hay en el país, Halodule wrightii, se extiende en seis áreas de la Bahía de Jiquilisco: el Golfo La Perra, las islas Rancho Viejo y Corral de Mulas, y en El Golfito, La Chepona y El Bajón. Este estudio se basó en el trabajo previo que había hecho Wilfredo desde 2009.

Wilfredo dice que estudió la especie en los primeros dos lugares, además de El Icaco y El Tular, y supo de la extensión de los pastos en las demás áreas, pero estas no formaron parte de las muestras.

Las científicas tomaron como muestra el Golfo La Perra y Corral de Mulas, donde concluyeron que había una extensión de esta especie de 27.1 km 2, 26 en el golfo y 1.1 km2 en la isla. En estos lugares, establecieron que hay 22 especies de invertebrados.

El lugar donde está ubicada la pradera marina es un Área de Conservación Natural y ha sido reconocido como un sitio Ramsar. Es el Complejo Ramsar Bahía de Jiquilisco, una bahía que abarca seis municipios de Usulután y que alberga diversidad de especies animales y vegetales. El Fondo de Inversión Ambiental de El Salvador (FIAES) asegura que ahí se encuentra la mitad de los manglares del país.

La bahía, desde 2007, también es una Reserva de Biósfera que está amparada bajo el Programa sobre Hombre y la Biósfera de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Un nombramiento como este implica que exista conservación de toda la biodiversidad para que sea sostenible, que haya investigación, desarrollo económico y educación. Pero los pastos marinos, por hoy, apenas son conocidos y las instituciones del Estado todavía no le dan el valor científico que merecen.

“Nunca pensamos que iba a ser una pradera marina, porque la idea de la pradera marina es que son unas plantas frondosas, con las hojas grandes, gruesas y todo eso, cubierto en grandes extensiones, en zonas próximas a los corales. Esa es la idea que se tiene, ¿no? Pero esta del Pacífico es diferente, es delgadita, es pequeñita y aquí está”, recuerda Enrique Barraza, exjefe de Humedales del MARN e investigador especializado en la conservación de la

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«Cuando yo estaba en el Ministerio de Medio Ambiente, recuerdo que me dijeron: ‘Mire, vamos a ver una planta que ha aparecido’. Y dijimos: ‘Sí, aquí está una planta’, pero hasta ahí llegamos, no le dimos la importancia debida. Nunca pensamos que iba a ser una pradera marina, porque la idea de la pradera marina es que son unas plantas frondosas, con las hojas grandes, gruesas y todo eso, cubierto en grandes extensiones, en zonas próximas a los corales. Esa es la idea que se tiene, ¿no? Pero esta del Pacífico es diferente, es delgadita, es pequeñita y aquí está», recuerda Enrique Barraza, investigador especializado en la conservación de la biodiversidad acuática y exjefe de la Unidad de Humedales del MARN. Él también tiene todo un álbum de fotografías, que muestra esta mañana para explicar mejor el ecosistema.

Enrique -el primer exfuncionario al que Wilfredo le comunicó sobre el hallazgo de la pradera marina, porque para entonces era el referentes de los sitios Ramsar en El Salvador- dice que, aunque la pradera marina que está en la Bahía de Jiquilisco es la única descubierta a la fecha, recuerda que hace 15 años vio una en la Barra de Santiago, en Ahuachapán, pero desapareció. Cree que esto sucedió porque, en esa zona, la fuerte lluvia erosiona la costa y la arena comienza a cubrir lo que encuentra a su paso.

El especialista explica que las praderas marinas son ecosistemas que tienen una fijación un sedimento suave y que, en parte, ayudan a evitar la erosión en la costa. Además, representan una función importante ante el cambio climático, porque son sumideros de carbono. En el país aún no se sabe cuál es la tasa de incorporación de carbono que ha absorbido la pradera marina.

Las plantas, dice, viven en un fondo horizontal, con una leve pendiente que permita que reciban luz para hacer fotosíntesis. Son de aguas calmadas, claras y saladas. Las que están en el Golfo La Perra son cubiertas, máximo, por un aproximado de 2.5 metros cuando la marea está alta.

Enrique trabaja como investigador en el Laboratorio de Nanotecnología del Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia. Ahí conserva muestras de las hojas de Halodule wrightii bajo refrigeración y en frascos con alcohol. Las tomó en agosto del año pasado. Sobre una mesa pone 18 frascos con hojas del pasto y extrae, con una pinza, una de las más grandes. Dice que una planta completa puede llegar a medir 20 centímetros.

Espera enviarlas a un laboratorio de San Diego, California, en Estados Unidos, para un análisis genético de la especie y así conocer si la pradera que hay en El Salvador tiene similitudes con otras que están en el Pacífico panameño, costarricense y suramericano, o si se trata de una especie única. También para saber si el pasto está relacionado con un especie ancestral en común.

Sin embargo, al investigador le aqueja la burocracia que existe para enviarlas. Ya tiene los permisos ambientales para hacerlo, pero el proceso está detenido porque el Banco Central de Reserva le ha pedido, como si fuera un comerciante, facturas y permisos del Ministerio de Hacienda.

Los científicos todavía no saben cómo se reproduce la pradera marina en El Salvador. Wilfredo dice que las praderas marinas, en general, tienen dos formas de hacerlo. Una es por medio de la extensión de sus raíces, y la otra, por medio de semillas que permiten que otras plantas germinen. Él, de momento, todavía no le ha visto flores a los pastos de la Bahía de Jiquilisco, pero dice que la teoría indica que sus flores salen entre marzo o abril. Enrique se inclina por la primera forma de reproducción.

En su investigación, Olga advirtió que, a escala mundial, los pastos marinos han disminuidos en un 29 % desde hace décadas. Pero a Enrique le da la impresión que, en El Salvador, los pastos se están extendiendo debido a la contaminación, a la química del agua y al cambio climático. Una colega mexicana le dijo lo mismo.

biodiversidad acuática.

“Si se acaba la pradera, se acaba el hábitat de las especies. Así de simple. Ahí puede estar la cura del cáncer, la cura de un montón de enfermedades. Hay mucho qué hacer, el problema es que la investigación es lenta y no la pagan, y no podemos dedicarnos solo a eso. Y hay que estar haciendo un montón de proyectos para poder trabajarla” señala Wilfredo López.

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Leonel Rivas está en el Golfo La Perra, el lugar donde fueron localizados los primeros hallazgos de la pradera marina. Al fondo se observa toda la sierra Tecapa-Chinameca, que se extiende desde Berlín, Usulután, hasta San Miguel.

La lancha en la que Leonel ha viajado nueve kilómetros, desde Puerto Parada, está aparcada a unos 50 metros. De donde está, todavía falta un kilómetro para llegar a tierra firme. Aquí, con la marea baja, hay fango y pasto de donde salen cangrejos pequeños, conchas y caracoles. Al estar descalzo y permanecer fijo en un solo lugar, se siente el cosquilleo de pequeños animales.

«Puede ser que en este espacio no hubo pasto hace un tiempo. Se concentró en otra parte, pero llegó algo que no le gustaba y se vino para acá», dice Leonel, quien desde 2009 es uno de los guarda recursos del MARN. Su trabajo consiste en hacer patrullajes por toda la Bahía de Jiquilisco. Sabe que en unas horas el agua llegará a 2.5 metros, pero ahora, con el agua que llega hasta unos cinco centímetros, puede observarse, sin ninguna dificultad, la pradera marina. Por donde está la lancha, aclara, hay más pasto inundado del que todavía no se ha investigado el tamaño.

A un lado de Leonel, Daysi Herrera se agacha para tocar el fango y remover el agua, que rápido se vuelve oscura. Escarba, saca lodo, pero quiere palpar arena. La encuentra después de haber escarbado unos tres centímetros. A ella le asusta el alga que se ve entre las hojas de la pradera, que el color de sus plantas no sea verde claro, sino un verde apagado, y que al remover exista mucho sedimento y poca arena.

El nombre del alga que está sobre las plantas se llama caulerpa. Enrique tiene fotos de ella sobre los pastos. Dice que una colega norteamericana se asustó al verlas, porque es un alga que usualmente se asocia a la contaminación por la abundancia de fertilizantes, pero que está en la parte pacha del golfo, al adentrare al agua, desaparece.

Estudio. Enrique Barraza tiene muestras de los pastos marinos para enviarlas a un laboratorio de San Diego, California, Estados Unidos.

«Ella decía que van a desaparecer (los pastos)». Y yo no sé. Puede ser un ciclo, habría que ir a echar un vistazo. Esas fotos son de agosto, época lluviosa. Eso no debería estar ahí, porque eso es una carga extra, le quita espacio para la fotosíntesis a la plantita, pero puede ser una competencia de poca profundidad, algo natural. Pero también puede estar alimentado por la contaminación, por fertilizantes que recibe la Bahía de Jiquilisco«, dice.

Daysi, bióloga de FIAES y quien ha trabajado en diferentes proyectos en la zona, explica que los pastos marinos son un complemento del manglar y de los arrecifes para que exista una pesca sostenible. Sin embargo, acepta que actualmente no hay consciencia de las poblaciones aledañas al ecosistema sobre el cuido de los pastos, como sí lo hay con los manglares.

Insiste en que su protección también depende de buenas prácticas agrícolas, porque de esta forma se evitaría que la bahía –un lugar de agua quieta y que no alcanza grandes profundidades- sea contaminada por todo el sedimento que baja de las cuencas mediana y alta de la sierra Tecapa-Chinameca, donde hay municipios que cultivan granos básicos y caña de azúcar. En esta bahía también desemboca el río Gran de San Miguel, que recorre más de 10 municipios.

Por esa razón, Daysi remueve el agua y escarba, porque le preocupa que, en algún momento, la cantidad de sedimento supere a la arena de la bahía, y esto se convierta en un peligro para la pradera y las especies que en ella habitan.

Asentamientos. Las personas aledañas a las zonas donde hay pastos marinos aún no toman consciencia de la importancia de este ecosistema.

«Si se acaba la pradera, se acaba el hábitat de las especies. Así de simple. Ahí puede estar la cura del cáncer, la cura de un montón de enfermedades. Hay mucho qué hacer, el problema es que la investigación es lenta y no la pagan, y no podemos dedicarnos solo a eso. Y hay que estar haciendo un montón de proyectos para poder trabajarla. Nosotros hacemos investigación en nuestro tiempo libre o cuando nos está pagando una institución para hacerla», señala Wilfredo, quien trabaja investigaciones independientes, y además, es parte de la Asociación Territorios Vivos El Salvador.

El biólogo dice que la pradera marina podría estar vulnerable si existe una tala de manglares en la zona y los pastos quedan soterrados, porque habría sedimentación y también contaminación. Pero Enrique suma más peligros: la contaminación por fertilizantes, un derrame de hidrocarburos y la presencia de animales que no pertenezcan al ecosistema, como un cerdo, que está escarbando, que él fotografió cerca del Golfo La Perra, donde al igual que en la isla Rancho Viejo, hay asentamientos humanos. Cuenta que también ha visto a vacas en el pasto.

«(Las personas) no la conocen, no le han puesto coco. No saben que es algo diferente. Las autoridades, en conjunto, deberían estar ahí notificando que esto es único en el país», enfatiza Barraza.

Doris Nieto, de la Asociación de Municipios ASIBAHIA, que trabaja en el plan de ordenamiento territorial en municipios de la Bahía de Jiquilisco, dice que aún desconocen la cantidad de habitantes que hay en los lugares con asentamientos y donde hay registros de pastos marinos. La ha solicitado al Ministerio de Salud, que, por su trabajo comunitario, tiene un registro poblacional, pero el ministerio ha negado entregarla.

El MARN no cuenta con estudios propios sobre la pradera marina. La primera vez que expuso de su existencia a escala mundial fue en el Cuarto Informe al Convenio sobre Diversidad Biológica en El Salvador, en 2010, y partió de la documentación que recopiló Barraza. Lo reconoce el técnico en Biotecnología y Restauración de Ecosistemas de este ministerio, Carlos Rivera.

Características. Las hojas de los pastos marinos puedenmedir hasta 20 centímetros. Prefieren aguas calmadas y saladas, como las de la Bahía de Jiquilisco.

Carlos, para precisar la extensión de los pastos y el número de especies que viven en ellos, recurre a mediciones contempladas informe publicado en 2017 por las científicas independientes y el MUHNES. Agrega que, en Rancho Viejo, hay 4.12 km2 de pastos; en El Bajón, 0.26 km2; y en La Chepona, 4.12 km2.

«Esa es la cobertura estimada, que hay a la fecha, considerando que, por supuesto, son ecosistemas fluctuantes y cuyas fronteras varían dependiendo de la época del año y otros factores», dice. Por esto precisa que los datos tienen que corroborarse.

Según el técnico del MARN, como la pradera está dentro del Complejo Ramsar Bahía de Jiquilisco, existe un plan de manejo del humedal, creado el año pasado, que falta «interiorizarlo», pero que incluye regulaciones relacionadas con las zonas núcleos de todo el ecosistema. Para esto, indica, hay un comité. «Usted no va a encontrar una referencia directa a esto (la pradera marina)», justifica, y dice que esto es por la variedad de ecosistemas de la bahía, pero que todo está «armonizado» para su conservación.

Señala, además, que hay un Plan de Desarrollo Local Sostenible, proyectado hacia 2031, del cual ya existe un comité de Reserva de Biósfera destinado, entre otras actividades, a educar para evitar la contaminación de las cuencas media y alta, la contaminación de desechos sólidos y a tratar de mejorar los mecanismos de vertidos de residuos líquidos, como el caso de los estanques camaroneros. A esto, añade los patrullajes realizados en conjunto con instituciones, gobiernos locales y la Policía Nacional Civil.

Falta por descubrir particularidades de la pradera marina. Su reproducción y los demás animales que la ocupan de casa. Y, como dice su Wilfredo, «quizá ahí esté la cura del cáncer u otra enfermedad». Hoy es solo un hallazgo esperanzador.

Posible peligro. Por el momento, los pastos marinos están cubiertos por una alga asociada a la contaminación de las aguas. Faltan estudios que indiquen si esta podría causarles daños con el tiempo.