Carta Editorial

Renacho Melgar es un artista que busca hacerle trampas al olvido. Quiere hacernos ser conscientes de nuestra memoria y quiere que carguemos con ella de manera responsable y auténtica.
Para lograrlo, pinta puertas, paredes. Pinta las láminas de una comunidad ubicada justo al frente de centros comerciales que representan el consumismo, a veces, demasiado voraz. Como voraz e insultante resulta también la desigualdad que desde siempre ha sido regla en este país.

«¿Cuánta gente te dice ‘no es que aquí no hay’? Sí hay, pero como los procesos del sistema educativo no te lo enseñan, como la universidad no te lo enseña y como tu mamá está tan empecinada en que tengás dinero para zapatos. Es tan rápida la vida, que no la conocés», cuenta Melgar al periodista Stanley Luna en la entrevista que entregamos en esta edición.
En otras ocasiones, Melgar ha hablado acerca de la importancia que tuvo la figura de su madre en su proceso hacia el descubrimiento de lo que quería hacer. Ha dicho que ella lo salvó al ponerle en las manos libros, al impulsarlo no a creer en una verdad prefabricada, sino que a construir la propia. Así fue como logró que su entorno, uno marcado por la violencia y la pobreza, no se lo tragara.

La más reciente intervención de Melgar está en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Es un mural con los rostros de los jesuitas y dos colaboradoras asesinados hace 30 años, hacia el final de la guerra. De esta manera, este artista vuelve a confrontarnos ya no solo con lo despreciable que es un hecho de violencia en contra de gente desarmada y sorprendida de madrugada. La obra de Melgar, más que eso, nos enfrenta a esos 30 años en los que la impunidad no ha hecho más que ponerse cómoda.

Una canción presuntuosa está destinada a fracasar

¿Qué es lo que más le disgusta?

Tres cosas: la traición, la gente que bota basura en las calles y las pacayas.

¿El arte se consume o se disfruta?

En este caso, ambos términos están ligados. Uno consume lo que cree que va a disfrutar y uno disfruta lo que ya consumió y le gustó.

¿Qué hace la diferencia entre una buena canción y una que no lo es?

Definitivamente la sinceridad con la que fue compuesta. Una canción presuntuosa está destinada a fracasar. Las mejores canciones hechas son las que son transparentes en su composición y directas con lo que quieren decir o, al menos, hacer sentir.

¿Cuál es su mayor debilidad y su mayor fortaleza?

Mis ideas obsesivas son mi mayor debilidad y mi mayor fortaleza a la vez.

¿Qué hace a alguien ser bello?

Definitivamente su nivel de transparencia como ser humano.

Una canción que le alegra el día…

Hey Jude

¿Qué característica es indispensable en un músico exitoso?

Entender que está bien equivocarse, aprender de sus errores, no dejar de tocar, repetir hasta que salga y, sobretodo, nunca dejar de sentir.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (230)

1883. CRUCE DE IDENTIDADES

El caminante se detuvo ya cuando estaba a unos pasos la entrada a la pequeña y rústica construcción que podía ser muchas cosas, desde una taberna hasta una capilla, porque en aquellas soledades semidesérticas todas las identidades eran volátiles. Empujó la puerta de madera agujereada por la intemperie, y ya estaba adentro. Lo recibió una oscuridad total, que en ese mismo instante empezó a desvanecerse. Él no pudo controlar el susurro: «¿Dónde estoy?» Y de inmediato otro susurro le respondió: «En la casa del señor». Él reaccionó como si la respuesta fuera en mayúsculas: La Casa del Señor. Hizo el intento de arrodillarse; pero el susurro se convirtió en carcajada: «¡No, hombre, es la casa del dueño de estas tierras, un forajido con ínfulas de señor… Le gusta recibir a viajeros inocentes, jajá!»

1884. TARDE EN CONFIANZA

El vehículo, uno de esos carros clásicos que se han vuelto tan apetecidos por los coleccionistas jóvenes, iba haciendo alarde de su capacidad intacta de avance veloz, y en un giro de ojos el que iba en el asiento vecino al del conductor le advirtió a éste, con la confianza de los allegados de siempre: «¡Te pasaste, cabrón, tenés que retroceder!» El conductor hizo un instantáneo derrape hacia la orilla, sin decir nada, yendo hacia atrás. Y el acompañante le agradeció: «Gracias, amigo, hoy sí estamos llegando al puesto». La reacción fue risueña, con la ironía del caso: «Ah, qué bien que en un segundo pasé de ser cabrón a ser amigo…» Risotadas mutuas. Ya estaban ahí, frente a la casa de muchachas que era la favorita de ambos. «¡Apurémonos, pues, que se nos va a notar!», dijeron al unísono, tapándose por aquello de las dudas…

1885. LEALTAD SIN FIN

Hacía buen rato que había amanecido y el pito del ferrocarril anunciando su próximo arribo a la estación inmediata era la mejor prueba de ello. El niño que hacía las veces de testigo superior de todo lo que ocurría en los entornos se hallaba despierto y levantado desde que el sol apenas se anunciaba. Ahora iba descendiendo a toda prisa por la cuesta polvosa para llegar a la orilla e los rieles antes de que el tren apareciera entre los paredones orientales. Así sucedió, en efecto, y cuando la máquina de larga vida se dio a ver seguida por su lista de vagones trepidantes, él estaba ahí, con el saludo a flor de mano. Todos los maquinistas lo conocían, y el que estaba de turno esa mañana le envió un saludo en altavoz natural: «¡Buenos días, chelito fiel, que estarás ahí aun cuando tu tren amigo ya no exista!»

1886. EL COLOR DEL TIEMPO

El adolescente se le acercó a aquel señor octogenario que vivía muy cerca. El jovencito, que estaría a lo sumo en vísperas de sus 16 abriles, se halló así frente al anciano que de seguro bordeaba su década novena. Sentados frente a frente, emprendieron el encuentro. «¿Qué te preocupa, muchacho? No puede ser el tiempo, porque a tu edad el tiempo no existe…» «No es el tiempo, sino el color que me provoca». «¿El color? No lo había pensado. ¿De qué color lo ves y de qué color quisieras verlo?» «Es lo que no sé: los colores se me cruzan». «Ah, pues no eres el único. Me pasa lo mismo». «¿Y entonces cuál es la enseñanza de los años?» «Que todos los momentos están siempre presentes, con sus colores característicos. El tiempo es sólo un juego. El tablero es la vida. ¡Somos contemporáneos, ahora y siempre!»

1887. LECCIÓN PARA NOVATOS

La dama vestida de rojo a la última estaba ubicada en uno de los sillones de espera, mientras él, su pareja trajeada formalmente en azul marino, iba a recoger las entradas a la ventanilla correspondiente. Volvió con ellas, viendo su Apple watch. «Falta un buen rato para que empiece la función, y bien podemos ir a tomar algo por ahí entre tanto». «¿Algo?», inquirió ella con la mirada provocadora que le era tan característica. «Bueno, una copa de Don Perignon, donde haya». «Así ya entiendo. Vamos», aceptó ella, dirigiéndose sin vacilar hacia el sitio conocido. Era un rincón en penumbra con una cuantas mesas de corte clásico. «¡Ah –dijo él en voz de adolescente ilusionado–, si aquí fue donde nos vimos por primera vez!» Ella sonrió como una estrella de los años 50: «Es que el Dom Perignon hace milagros».

1888. FUSIÓN DE GUSTOS

Desde la ventanilla del avión se observaban los matices pictóricos del paisaje, que cambiaba con el avance del vuelo. Ellos Iban de Dallas a Nueva York en una tempranera ruta vespertina, y esperaban llegar a tiempo para ir a cenar al restaurante hindú que se hallaba lateralmente enfrente del edificio donde estaba ubicado su apartamento. Él iba junto a la ventanilla y ella en el asiento vecino. Ella se hallaba a punto de dormirse y él continuaba en su labor contemplativa. «¡Eso parece una ración de Palak Paneer!», dijo él refiriéndose a una de las formaciones de la tierra vista desde el aire. Ella reaccionó, y se acercó al cristal: «¡Y lo que está ahí es una porción de Jeera Rice!» Se tomaron de las manos. El juego podía continuar. Y ambos dijeron en una sola voz: «¡Este menú viajero es lo más apetitoso que hay!»

1889. PARÁBOLA DEL CLIMA

El solsticio de verano estaba haciéndose el rogado, como es reiterada tendencia estacional en estos caprichosos tiempos. Los meteorólogos, cada día más desconcertados, ya casi hablaban en lenguas, y esta vez anunciaban una nueva onda tropical ya cuando era fecha más que sobrada para que aparecieran los afamados vientos de octubre. Entonces a alguien se le ocurrió ir a consultar a un maestro en señales extraterrestres. La respuesta inmediata del aludido tuvo sabor premonitorio: «No habrá vientos, pero habrá brisas, porque las brisas son más condescendientes con el cambio climático, que es el que hoy gobierna. Y pidámosle a las brisas que convenzan al verano de que es mejor cantar en coro que enmudecer en solitario… ¡Así sea!…»

1890. PASAJERO MISTERIOSO

El piloto acababa de anunciar el inicio del descenso, y toda la ceremonia formal se emprendió al instante. Él, que había dormido durante todo el trayecto, se espabiló sin dificultad. La aeromoza pasaba junto a su asiento, y él le preguntó: «¿Cuánto durará la caída?» Ella se detuvo asustada: «¿Caída, dice? ¿Pero cómo se le ocurre semejante cosa?» Él respondió como si todo aquello fuera un chiste ingenuo: «Ay, señorita, usted y yo sabemos que en este desierto es imposible aterrizar…» Ella se autodefendió con el gesto: «Yo no soy quién para opinar al respecto, pero si usted lo dice sus razones tendrá…» Y él entonces lanzó una mirada a su alrededor como diciendo: misión cumplida.

Everglades: Una batalla contra el reloj… y el clima

Everglades

Aferrándose a una mata para conservar el equilibrio, Tiffany Troxler avanza cuidadosamente por un entablado improvisado al adentrarse en el pantano. El tablón se hunde y ella queda con agua color té hasta las rodillas.

«Esta es la parte más traicionera», comenta la investigadora de la Universidad Internacional de la Florida. «El nivel del agua es alto».

Este terreno de tono marrón y manglares del Parque Nacional Everglades puede parecer saludable, pero Troxler sabe bien lo que hay debajo de la superficie oscura. Señala hacia un sector de césped: debajo de la línea del agua, las raíces están expuestas. Esto revela que la gruesa capa de turba (combustible fósil formado por residuos vegetales acumulados en sitios pantanosos) que sustenta este ecosistema está desapareciendo. Y las investigaciones hacen pensar que la responsable de esto es el agua marina que se ha adentrado en la zona.

«Puedes ver a estas tierras como tu cuenta bancaria», dice Troxler, directora adjunta del Centro para Soluciones del Nivel del Mar de la Universidad Internacional de la Florida. «En las condiciones actuales de este pantano, las perspectivas no son buenas».

Formados hace unos 5,000 años, durante un período de subida del nivel de los mares, los Everglades eran mucho más grandes.

«El milagro de la luz se derrama sobre la extensión verde y marrón de la hierba y de agua, que brilla y se mueve lentamente, la hierba y el agua que son la esencia de Los Everglades«, escribió en 1947 la periodista y activista Marjory Stoneman Douglas. «Es un río de hierbas».

En el último siglo, no obstante, se perdió la mitad del sistema original, por los cultivos o la pavimentación, para nunca volver. Los 8 millones de habitantes del sur de la Florida se lo apropiaron para vivir, trabajar y divertirse allí.

La zona está hoy llena de canales y diques que reconfiguraron el paisaje y alteraron el hábitat de los animales, contaminado por los campos cultivados aguas arriba, transformado por especies invasores. Y ahora, el creciente nivel de las aguas -esta vez causado por el hombre- amenaza con arruinar lo que construyó la naturaleza a lo largo de miles de años.

Lo que sobrevive ya no es realmente un ecosistema natural, sino lo que queda de él, que depende -y está a merced- de una red de más de 3,360 kilómetros (2,100 millas) de canales, 3,200 kilómetros (2,000 millas) de diques y cientos de compuertas, estaciones de bombeo y otras estructuras para controlar el agua.

Lo que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército describe como un «sistema muy controlado», otros le dicen «Los Everglades de Disney«.

Dos décadas y 4,000 millones de dólares después de que se pusiese en marcha un Plan Integral de Restauración de los Everglades -un ambicioso proyecto a nivel estatal y nacional adoptado en el 2,000-, nuevos informes acerca del cambio climático plantean interrogantes acerca de qué porcentaje de los Everglades se puede salvar y lo que eso significa.

«Tiendo a pensar que se puede salvar todo», dice Fred Sklar, del Distrito de Manejo del Agua del Sur de la Florida que administra la infraestructura de los Everglades. «Restaurarlo es otra historia».

“Estamos empezando a ver que la vegetación responde. Hay más turba, más de esos cenagales de aguas abiertas”, dice Stephen Davis, ecólogo de la Fundación Everglades. “Confío mucho en que podemos restaurar el ecosistema. Por restauración quiero decir que podemos mejorar el funcionamiento de lo que queda”. “Pronto podremos ver si el trabajo de los últimos 20 años servirá de algo o no”, dice William Nuttle, consultor del Centro para la Ciencia del Medio Ambiente de la Universidad de Maryland, que empezó su carrera en los pantanos del sur de la Florida.

***

«Aquí no hay nobles picos que buscan el cielo, ni portentosos glaciares ni arroyos que erosionan la tierra», dijo el presidente Harry S. Truman en 1947 durante la inauguración del Parque Nacional de los Everglades. «Aquí hay tierra, tranquila en su serena belleza, que no sólo es una fuente de agua sino también la última receptora de ella. A su abundancia natural le debemos la espectacular vida animal y vegetal que distingue este sitio de todos los demás en nuestro país».

En el centro de todo esto estaba el Lago Okeechobee, el «corazón líquido» de los 1,890 kilómetros cuadrados (730 millas cuadradas) de los Everglades.

Hoy sabemos que los sistemas naturales como el de los Everglades ofrecen muchos beneficios: filtran el agua, permiten la reproducción de peces y otros animales silvestres, protegen de las tormentas y hasta absorben carbono. Pero para los habitantes de la Florida del siglo 19, el agua -y los mosquitos y reptiles que alberga- impedía el progreso.

Y cuando la Florida pasó a ser un estado en 1845, una de las primeras medidas de la Legislatura fue aprobar una resolución que pedía al Congreso que investigase esos pantanos «sin absolutamente ningún valor… con miras a su reciclaje».

A partir de la década de 1880, una serie de entidades empezaron a drenar el pantano. Cavaron canales al este y el oeste del Lago Okeechobee, que portaban agua llena de nutrientes que alteraron la salinidad de los estuarios costeros e hicieron proliferar algas tóxicas. Sembraron desde el aire una planta australiana que consume mucha agua llamada maleleuca. Los manzanares de la costa sur del lago fueron quemados.

El suelo de turba que se había acumulado por miles de años se secó y fue arrastrado por el viento. El resultado: en una estación de Investigaciones de la Universidad de la Florida de Belle Glade se hundió un medidor de cemento en el suelo orgánico hasta tocar la capa de piedra caliza y se comprobó que se había hundido más de unos 180 centímetros (seis pies) desde 1924.

No obstante eso, siguieron sin hacer nada.

En la década de 1960, el Cuerpo de Ingenieros empezó a enderezar el zigzagueante río Kissimmee, que se desborda fácilmente. Rodeado de pantanos tan exuberantes que se les dice «los Pequeños Everglades«, este río de más de 200 kilómetros (130 millas) de extensión fue lo que un experto en la vida silvestre describió como un «criadero de peces». Hacia 1971, los ingenieros habían enderezado el río, que dio paso a un canal con una extensión de 90 kilómetros (56 millas) y una profundidad de unos 9 metros (30 pies), burocráticamente bautizado C-38.

Pero fue un evento de 1928 el que más alteró los Everglades. Ese año, un huracán destruyó un dique en la costa sur del lago Okeechobee, causando una inundación que mató a 3,000 personas, la mayor parte de ellas campesinos negros, pobres. Se empezó a construir entonces la Represa Herbert Hoover, de 10 metros de altura y una extensión de 230 kilómetros (143 millas), que está casi terminada y que rodea el lago, aislándolo permanentemente del parque.

La principal misión del Cuerpo de Ingenieros era proteger a la gente, no el medio ambiente. Como dijo el narrador del documental de la década del 50 «Waters of Destiny» (Las aguas del destino), el Cuerpo se vio a sí mismo como victorioso en una guerra contra la naturaleza.

«El agua fluía desenfrenadamente. Agua que arruinó una tierra rica. Que mató personas y la tierra. Que causó desastres y la muerte de la tierra. Ahora, espera allí, tranquila, pacíficamente. Lista para acatar las órdenes del hombre y sus máquinas».

Daño. A partir de la década de 1880, una serie de entidades empezaron a drenar el pantano. Esto constituyó un daño de alta consideración, pero nadie hizo nada.

Los científicos estiman que más de 2,600 millones de litros de agua fresca bañaban anualmente lo que es hoy el Parque Nacional Everglades. En la actualidad, recibe 1,120 litros.

Muchos de los mismos canales, diques y bombas que ayudaron a drenar los Everglades están siendo usados para tratar de salvarlos. Junto a las plantaciones de caña de azúcar y de vegetales de invierno al sur del lago Okeechobee, grandes extensiones están siendo adaptadas para que puedan almacenar y limpiar agua a ser usada cuándo y dónde sea necesaria.

Tal vez el paso más importante que se ha dado hasta ahora es la recuperación del Camino de Tamiami, una carretera de este-oeste que sirvió como un dique en el corazón de los Everglades desde la década de 1920. A partir del 2013, trabajadores elevaron 5.28 kilómetros (3.3 millas) del camino, permitiendo que el agua fluya libremente hasta el Cenagal de Shark River, históricamente la parte más profunda de los Everglades.

«Estamos empezando a ver que la vegetación responde. Hay más turba, más de esos cenagales de aguas abiertas», dice Stephen Davis, ecólogo de la Fundación Everglades. «Confío mucho en que podemos restaurar el ecosistema. Por restauración quiero decir que podemos mejorar el funcionamiento de lo que queda». «Pronto podremos ver si el trabajo de los últimos 20 años servirá de algo o no», dice William Nuttle, consultor del Centro para la Ciencia del Medio Ambiente de la Universidad de Maryland, que empezó su carrera en los pantanos del sur de la Florida.

El tiempo, no obstante, no ayuda a los Everglades.

En la última década los científicos empezaron a notar una alarmante tendencia en los pantanos cerca del extremo sudoeste del parque, «cavernas» con agua llenas de vegetación muerta. El agua marina, dice Nuttle, estaba haciendo que amplias zonas de turba saludable «quedasen inutilizadas como sweaters de lana comidos por polillas».

La falta de agua fresca del norte y la intromisión de agua del mar han aumentado el nivel de salinidad de los pantanos, señalaron Troxler y otros, lo que parece estar afectando el crecimiento de las plantas.

Los científicos confían en que los manglares y otras plantas que toleran mejor la sal migren a tierra firme, hacia los llanos de turba, y creen una nueva barrera natural contra el cambio climático. Pero este cambio tal vez no llegue a tiempo. Cuando los autores del proyecto de restauración lanzaron su iniciativa en el 2000, pensaban que el mar subiría unos 18 centímetros (6 pulgadas) para el 2050. Pero el mar crece a un ritmo mucho más acelerado. Desde el 2000 ya creció 15 centímetros (5 pulgadas).

En su informe más reciente al Congreso, un equipo de la Academia Nacional de la Ciencia, la Ingeniería y la Medicina exhortó a hacer una amplia reevaluación del proyecto de restauración, advirtiendo que los trabajos actuales no avanzan a la velocidad del cambio climático y que podría tomar 65 años completar el proyecto con los niveles de financiación actuales.

«A este paso, es más imperativo todavía que las agencias se preparen para los Everglades del futuro», escribieron.

Invasores. Los Everglades se ha llenado de especies invasoras que alteran el equilibio, una de ellas es la serpiente pitón birmana, a la que en el estómago le han encontrado tanto roedores como pájaros.

El Parque Nacional de los Everglades cuenta con una impresionante variedad de vida silvestre.

Hay más de 360 especies de aves y se dice que es el único lugar de la tierra donde pueden convivir los caimanes de agua dulce y los cocodrilos de agua salada.

También hay numerosas especies no nativas que confunden a la naturaleza.

Una mañana de fines de octubre muy calurosa, el biólogo especializado en vida silvestre Ian Bartoszek, director de un programa de investigación y remoción de víboras de Conservancy of Southwest Florida, chapotea por un pantano con cipreses en las afueras de Naples.

En su mano derecha sostiene una antena con forma de H y escucha cómo aumenta la señal de un aparato en su otra mano. «A medida que el sonido se hace más fuerte, la víbora gigantesca está más cerca», expresó.

De todas las especies invasoras de los Everglades, la serpiente pitón birmana es la más conocida y probablemente la más arisca. Nadie sabe bien cómo fue que esta serpiente del sudeste asiático llegó a la Florida a fines de la década de 1970, aunque muchos creen que todo empezó con unos animales que eran mascotas y se escaparon. O fueron liberados. Se calcula que hay algunos cientos, si no miles, y se sabe que son voraces.

En el 2015, el equipo de Bartoszek capturó una hembra de 14 kilos (31.5 libras) que estaba digiriendo un cervatillo de 16 kilos (35 libras). Este grupo investigador y sus socios documentaron los restos de 23 especies de mamíferos y de 43 especies de aves en los estómagos de las pitones.

Los científicos sospechan que la pitón es la responsable de la desaparición de hasta el 99% de los conejos de los pantanos, los mapaches y otros mamíferos pequeños del parque nacional.

Las pitones pueden permanecer debajo del agua hasta media hora. Su tono negro, marrón y castaño les permite pasar inadvertidas. Todo esto hace que sea casi imposible detectarlas. Por ello, desde el 2013 Bartoszek está usando pitones para pillar otros pitones.

Todas las semanas sobrevuela el área, recogiendo las señales que emiten unos transmisores implantados en 25 serpientes y toma nota de su ubicación. La esperanza es que los guíen a otros animales, sobre todo hembras en edad de procrear.

Este día en particular recogieron la señal de la pitón número 21, un macho de poco más de 30 kilos (50 libras) y 3,5 metros (11 pies y medio) llamado Johnny Rebel que los ayudó a encontrar 20 pitonas adultas, incluidas ocho que tenían unos 560 huevos.

«Es nuestra pitón más valiosa», dice Bartoszek.

Bartoszek se ata un machete y con un gesto a la Sherlock Holmes, se adentra en el bosque. Siguiendo el rastro de un venado, él y su colaborador Ian Easterling pasan por encima de un viejo cerco de alambres de púas y de árboles malaleuca caídos mientras el receptor los guía más adentro de los arbustos. El sonido se intensifica.

«Nos acercamos», dice Bartoszek. «Debería estar por aquí».

«¡Veo una cabeza por allí!», grita Bartoszek poco después. «¡Confirmado!».

«Hay una serpiente que se mueve por allí», responde Easterling. Metiéndose entre los arbustos, Bartoszek se detiene un momento. «Pueden ser dos pitones».

Da la impresión de que Johnny tiene una novia.

Luego de recuperar el aliento, Bartoszek y Easterling meten la cabeza en el matorral, donde la serpiente está enroscada, y mirando a Easterling le dice «¡no te asustes!».

Easterling la toma de la cola mientras Bartoszek le pasa la mano por detrás de la cabeza. Ella está mudando su piel, lo que hace que resulte más difícil aferrarla.

«Ahora viene el momento decisivo», grita el biólogo mientras el reptil se retuerce de dolor, dejándose caer sobre sus muslos. Con un gemido profundo, deja ir el contenido de su tubo digestivo.

Se acabó la pelea.

De vuelta en el laboratorio, pesan y miden su botín: poco más de cuatro metros (14 pies) de largo y pesa 43 kilos (95 libras). Después de ponerla en una caja y encerrarla en un depósito, Bartoszek estudia sus excrementos y encuentra pedazos de huesos y lo que resultan ser las pezuñas de un venado de cola blanca, la presa preferida del leopardo de la Florida, una especia nativa en peligro de extinción.

«El laboratorio a veces parece ser parte de (la serie televisiva) ‘CSI: Escena del Crimen’», comenta. «Es la prueba del delito, lo que sucede allí en los Everglades«.

En los últimos seis años, el equipo de preservación de la naturaleza ha retirado más de 500 pitones con un peso combinado de 5,900 kilos (13,000 libras) en un área de 129 kilómetros cuadrados (50 millas cuadradas). A pesar de eso, Bartoszek dice que la erradicación total de la pitón «es imposible».

«Parece estar adaptándose y evolucionando en tiempo real en el ecosistema de los Everglades«, expresó. «Tal vez ya no corresponda hablar de la pitón birmana en los Everglades. Ahora es nuestra. Son de aquí».

Los científicos confían en que los manglares y otras plantas que toleran mejor la sal migren a tierra firme, hacia los llanos de turba, y creen una nueva barrera natural contra el cambio climático.

***

Cuando se adoptó el plan de restauración de los Everglades en el 2000, el objetivo era volver a los tiempos previos al drenaje, del relato de Douglas. Pero con la subida de los mares y las fluctuantes temperaturas y lluvias, los expertos coinciden en que eso no será posible.

«La restauración de los Everglades siempre fue un proyecto ambicioso y complejo», declaró el panel de la Academia Nacional de Ciencias. «Nuestra visión actual pone énfasis en lo dinámico que es y en la importancia de enfocarse en la restauración de los Everglades del futuro, no en los del pasado».

Este año un grupo de expertos de distintas dependencias del gobierno que incluyó al Cuerpo de Ingenieros y el Servicio de Parques Nacionales difundió un nuevo informe sobre el estado del Sistema de los Everglades y no fue alentador.

«En términos generales, los Everglades de la Florida luchan por sobrevivir en medio de presiones sostenidas de actividades humanas y del creciente impacto del cambio climático», señaló el grupo. «Las anotaciones bajas del informe indican que los ecosistemas de la región se están degradando y que los beneficios ecológicos de la restauración todavía no se ven».

De todos modos, hay algunas señales positivas.

Se percibe alguna adaptación. Los científicos que examinen los estómagos del corocoro blanco, un «indicador de especies», encontraron señales de que está comiendo el jewelfish africano, un pez que no es nativo. Y un caracol de la región en peligro de extinción (el snail kite) está mostrando preferencia por otra especie exótica del molusco, que llegó no hace mucho a los Everglades.

Tal vez el elemento más alentador de todos es un proyecto de 578 millones de dólares que busca restaurar 103 kilómetros cuadrados (40 millas) de la cuenca del río Kissimmee. Desde la demolición de algunas represas, una parte del río encontró su viejo lecho. Están reapareciendo los pantanos y también la vida silvestre.

Thomas Van Lent, vicepresidente de ciencia y educación de la Fundación Everglades, hace poco recorrió en una lancha poco más de 3 kilómetros (2 millas) restaurados del río.

«Había caracoles por todos lados», comentó. «Es sorprendente ver el impacto» de la restauración.

Su colega Stephen Davis cree que el plan puede ofrecer protección de inundaciones -además de agua potable y recreación- al tiempo que recupera y preserva las funciones originales de los Everglades.

«Creo que hay quienes piensan que la restauración es lo mismo que arreglar un viejo automóvil para que se vea como en sus buenos tiempos», manifestó. «Ese no es el caso con la restauración de los Everglades«.

En el 2015 el Cuerpo de Ingenieros presentó un informe al Congreso y calculó que la restauración costará unos 16,000 millones de dólares, casi el doble de lo estimado inicialmente. No sorprende que haya mucha gente que cuestiona el gasto de semejante cantidad sin que haya garantías de éxito.

Una mañana reciente extremadamente calurosa, Michael Todd Tillman observó cómo tres grandes bombas que funcionaban las 24 horas del día desde mediados de año despedían agua en el Canal L-29 junto al Camino de Tamiami a un ritmo de 7 centímetros cúbicos (25 pies cúbicos) por segundo.

«Me van a llenar de agua», dijo el operador de la lancha, cuya familia tiene un campamento recreativo en el parque.

Tillman afirma que comprende lo que tratan de hacer los ingenieros, pero se pregunta si él y los demás pueden sobrevivir en base a las suposiciones de alguien.

«Han cometido grandes errores en el pasado», señaló. «¿Saben cuál es la respuesta indicada ahora?».

Sea cual fuere el precio final, Nuttle dice que los humanos crearon este «ecosistema híbrido» y que les corresponde a ellos mantenerlo, por el bien de la naturaleza y el nuestro.

«En el sur de la Florida le declaramos la guerra al ecosistema», manifestó. «No estamos pagando por una restauración, sino por una restitución».

Sin marcha atrás. La tarea de los científicos es salvar lo que queda. El retroceso en el daño ya causado a Los Everglades es imposible.

En esta casa no hay nadie

Ilustración de Moris Aldana

J​​​​​​​uan se levantó de un salto, prendió la linterna y caminó hacia el interior del edificio.

—Ahora vuelvo —dijo.

—¿A dónde va?

—Espéreme —respondió, desapareciendo en la oscuridad.

Unos momentos después escuché unos fuertes golpes desde el interior del edificio. Después, pasos. El foco vacilante de la lámpara.

El viejo cojo volvía.

—¡Ayuda! —gritó.

—¿Qué pasa?

—¡Sígame!

Caminé detrás de él intentando no caer. El viejo poseía un instinto de sobrevivencia muy desarrollado. Había algo animal en su actitud.

Llegamos hasta la boca del piso 7. Prendió la lámpara y me mostró un promontorio de cartones y piezas de madera.

—El escritorio del puto asesor jurídico… — dijo, riendo.

 

2

Yo no podía dejar de pensar en la posibilidad de que el Milenio se desplomara de un momento a otro. Años atrás NatGeo publicó un escalofriante documental sobre un edificio que se vino al suelo una hora después de ocurrido el terremoto de la Ciudad de México. Esas cosas pasan. En aquel momento, sin ninguna comunicación, imaginaba que la ciudad estaba en ruinas.

—¿Faltará mucho para el amanecer?

El viejo lanzó un gruñido, como si mi pregunta le importara poco. Le puso fuego a una pequeña pirámide de astillas y papeles, y sopló la llama con una cadencia bien aprendida.

En cosa de segundos el fuego lanzó resplandores contra las paredes. El lugar se llenó con la presencia de nuestras sombras. Se agigantaban y se achicaban, meneándose de un lado a otro, en una danza con ecos ancestrales. Aquel pasadizo de paredes ásperas y amenazantes se convirtió en una acogedora caverna. Hace medio millón de años una simple fogata debió tener significados inimaginables en la vida de nuestros abuelos homínidos. Ahora tenía una idea de lo que eso significaba.

Mi ropa comenzó a emanar un tibio vapor y me senté en el suelo sin poder apartar la mirada del destello reconfortante de las llamas. Juan se desnudó y arrimó al fuego cada pieza de ropa que se quitaba, como si fueran trozos de su propia piel.

—Esta cicatriz la tengo desde que era un bicho —dijo, con cierto orgullo, mostrando el corte de uno de sus costados.

Otra —añadió, señalando la zona de la ingle. Una abultada cicatriz de color púrpura sobresalía debajo de la rodilla. Era como un pequeño demonio marcado de cicatrices.

Se puso en cuclillas frente a las llamas y comenzó a contarme la historia de sus cicatrices.

 

3

A lo largo de su vida usó muchos nombres, pero el suyo, el verdadero, era Juan. Como su padre, que también se llamó Juan. Como su propio padre. Y como el padre de este, que recibió el nombre de su padre, un tal Juan Abrego. Su madre se llamaba María, igual que su abuela, y la madre de esta, que recibió ese nombre de su madre, que era el nombre de su propia madre, heredado de María López, la tatarabuela.

Todos los Abrego nacieron con la ayuda de una partera. Si la mujer preñada no conseguía parir la hacían que se confesara, y si con eso no podía dar a luz traían al marido para que se confesara. Cuando la criatura nacía, la partera le hacía una raya con tile en un pie, para que le ayudara a no perderse en los montes, y pasados doce días llevaban a la criatura donde un sacerdote para que le diera un nombre. Todos los así nacidos tienen el ombligo enterrado alrededor de un rancho. El rancho era un rancho a la orilla de un caserío y el caserío era un puñado de chozas echadas sobre una ladera del volcán. El nombre del volcán es Chinchontepec, y el del caserío, La Cayetana.

A medida que Juan contaba esa historia yo me imaginaba una larga trenza de Juanes y Marías emergiendo de la fogata y caminando de la mano hacia el horizonte mientras los astros giraban enloquecidos. Sonará estúpido, siento que estoy contando una versión tropical de Tierra de osos.

Al igual que la mayoría de los habitantes de ese lugar, sus padres, sus tíos y sus hermanos trabajaban desde mucho tiempo atrás para la poderosa familia Segura, propietaria de cultivos de café, caña de azúcar y algodón que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Todos los Juanes estaban acostumbrados a guardar silencio frente al mandador, el guardia, el cura, el alcalde y el juez. Las Marías también bajaban la vista cuando hablaba el juez, el alcalde, el cura, el guardia y el mandador.

Pero las cosas comenzaron a cambiar. Los Juanes y las Marías, los Humbertos y los Jesuses, las Marinas, los Abeles y las Lucrecias comenzaron su rebelión. La rebelión de las pequeñas cosas. Pidieron a los amos unos pocos centavos más por el jornal. Pidieron comida caliente. Dos cucharadas más de arroz. Una tortilla adicional. No lo consiguieron. Pidieron que les arrendaran tierras a buen precio para sus propios cultivos y para la crianza de sus animales, y protestaron porque

los pesticidas envenenaban el agua matando a los peces.

Algo les ha picado. Ya se les va a pasar, decían los patrones. Las cosas están bien y así deben seguir, decían.

Los Juanes y las Marías, los Humbertos y los Jesuses, las Marinas, los Abeles y las Lucrecias decidieron enviarles un mensaje a los patrones. Una noche cortaron a machetazos un campo de algodón a punto de brote, y los señores, enojados, llamaron a la Guardia. Dos parejas de agentes con los cascos calados hasta las cejas y los dedos puestos en el gatillo de sus fusiles entraron al caserío interrogando de forma amenazante a los pobladores. Todo lo que oyeron fue que nadie sabía nada. Los guardias se fueron advirtiéndoles que se anduvieran con cuidado.

Esa fue la noche del algodón.

Después vino la noche de la caña.

Un humo negro y olisco se elevó hasta el firmamento entre un resplandor de color naranja. Doce manzanas de caña ardieron esa noche. Cuando se hizo de día, una llovizna de ceniza cayó sobre los árboles, los techos, los caminos y la ropa tendida.

La madre de Juan barría el traspatio cuando escuchó el ruido de los motores. Llamó al bichito flaco y le dijo que fuera a esconderse, y que no saliera de allí hasta que ella fuera a buscarlo.

En las palanganas de cinco camiones venían los guardias dejando una hedentina a diesel y aceite quemado por donde quiera que pasaban. Se apearon de los vehículos y rodearon el caserío. Un grupo numeroso se apostó frente a la ermita con los fusiles terciados y un cabo ordenó a voces que todos salieran de sus casas. Para que no quedara duda de sus intenciones dispararon unas ráfagas al aire.

La gente salió con las manos alzadas. Los guardias acostaban a la gente, boca abajo, con la cara pegada al polvo y las manos sobre la cabeza.

«¡Ahora van a entregar las armas!», gritó el oficial.

Nadie respondió nada. A una orden, los guardias levantaron del pelo a unos hombres y, a la vista de todos, los golpearon con la culata de los fusiles hasta desfigurarlos.

Un joven se atrevió a protestar y lo mataron en el acto de un tiro en la cabeza. Su padre se indignó y también fue muerto.

Frente a la ermita se formaron charcos de sangre revueltos con la ceniza que seguía cayendo.

La bulla de que la Guardia estaba en el pueblo llegó hasta una finca de café, volcán arriba, donde se encontraba un grupo de cortadores. Ocho hombres bajaron al caserío para pedirles a los agentes que no maltrataran a la gente.

Los ocho fueron detenidos y llevados a un lugar donde les dieron muerte a cuchillo y dejaron sus cabezas en el camino.

Antes de retirarse, al atardecer, los guardias dispararon al aire. Juan escuchó la tronazón y sintió un quemón a un lado de la espalda. Era una bala perdida, que le entró en la carne rompiéndole una costilla.

—No tiene orificio de salida —me dijo, enseñándome

el calazo.

Los puntos de sutura le dejaron la piel como la espina dorsal de un pescado.

 

4

«Los proyectiles salían de la instalación del destacamento militar, en la represa, y caían en un macizo montañoso inclinado sobre el río. Cuando los soldados detectaban un movimiento extraño llamaban a una avioneta de observación para que les indicara las coordenadas y afinaran la puntería. Si las avionetas estaban ocupadas, simplemente disparaban contra lo que fuera.

«Los soldados percibieron un movimiento de personas entre los cerros. Temieron que se preparara un ataque contra la represa y lanzaron morteros. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete rondas o más. En realidad lo que se movía entre la espesura era una columna de ancianos, mujeres y niños que buscaban la manera de cruzar la frontera y refugiarse en las montañas de Honduras. Se extraviaron y fueron a parar a los cerros frente a la represa.»

Entre aquella muchedumbre venía la familia de Juan.

Al otro lado del río, sin enterarse de lo que estaba pasando, Juan se recuperaba en un improvisado puesto médico de un balazo que recibió cuando cargaba a una combatiente herida. En el intercambio de fuego, la muchacha recibió de lleno una ráfaga de tiros. A Juan le entró un balazo por la nalga y le salió por la ingle.

—Aquí —dijo.

Se bajó el calzoncillo y me mostró un desgarramiento rosáceo entre los pelos.

—Cuando me curé me enviaron al campamento de la radioemisora, donde los muchachos vivían como topos para no ser detectados.

 

5

Por fin, cerca de la medianoche me contó qué le pasó después de que dejamos el taller donde tenían al X.

—Salí de mi casa a la discoteca y cerca de la parada de buses miré la Chevrolet negra.

—Era gris —le interrumpí.

—No. Era negra.

—Quizá era otra —insistí.

—Tenía la misma placa. Yo la memoricé mientras usted estuvo adentro. Alguien permanecía frente al volante porque estaban prendidas las luces de los frenos. En ese momento salieron dos hombres con pistolas y las caras cubiertas. Venían por mí. Corrí en medio del gentío buscando la quebrada en dirección a La Tabacalera. Yo conocía bien esas calles. Cuando iba llegando al bordo de la quebrada me dejaron ir unos plomazos. Un tiro me pegó en un hueso, aquí, en la pierna, y caí al suelo. Como llevaba impulso, no me detuve. Me fui devanando entre piedras y breñales hasta que topé con una piedra grande en el fondo de la quebrada.

¡Calavera! ¡Calavera! ¡Sos hombre muerto! —gritó uno de ellos. Era Bartolo. Algunas piedras rodaron quebrada abajo. Venían por mí. Saqué la mecha, me aposté en la piedra y les solté unos pijazos. No se lo esperaban. Los tipos respondieron, pero no tuvieron huevos de bajar. Todo quedó en silencio. Solo se oían los perros. Me mantuve alerta, con los dientes apretados, empuñando la mecha. Estaba mareado. Sonaban las putas chicharras. ¡Qué animales para chillar! Los árboles se volvieron invisibles. Alguien venía caminando, despacio, entre la hojarasca. Yo estaba listo para jalarle no más apareciera. Apareció entre la penumbra un chucho seco y jiotoso, que al verme salió espantado. Me apliqué un torniquete con el cincho. Soplaba un viento caliente, que no era de agua. Faltaba para que empezaran las lluvias. No iba a quedarme a morir en aquel zanjón. Tomé un trago del agua chuca de la quebrada y caminé río arriba, por toda la orilla. Cojeando. Ayudándome con una rama seca. En algún lugar alguien cocía frijoles. Juan, tenés que volver a probar frijoles, me decía a mí mismo, para darme ánimos. Se escuchaban risas, llantos de niños y toses que provenían de las covachas. Me detuve cuando sentí un mal olor. Estaba a unos pasos del basurero. No muy lejos de allí quedaba la 28 de Diciembre, donde vivía Santiago, un viejo amigo, conocido como Teo, aunque su nombre verdadero era Gerardo. La 28 nació como un campamento de refugiados. Le pusieron ese nombre porque las primeras familias llegaron a ese predio el propio Día de los Santos Inocentes. Trepé por la vereda de los pepenadores hasta la explanada. Unos perros salieron al paso gruñendo. La puerta de la casucha se abrió y en ese momento me desvanecí.

Desperté. El sol estaba alto. Una mosca sobrevolaba mi nariz. Entró Santiago. Teo, le dije, contento de verlo otra vez. Habían pasado varios años. Me pidió que no hablara. Ya habría tiempo de platicar. Santiago estuvo entre los primeros que llegaron a la 28. Terminó la guerra y los refugiados volvieron a sus lugares. Santiago prefirió quedarse en la ciudad. Ya no quería ser campesino. Había aprendido un oficio. Su compañera se hizo enfermera y trabajaba en la clínica comunal. Sus hijos se hicieron muchachos grandes, con novias y amigos. Ninguno quería volver al pasado. Pero el pasado lo persigue a uno.

«Una de las primeras cosas que le pedí a Santiago fue que averiguara cómo estaban mi mujer y mi hijo. Mi niño estaba enfermo. Nació con un problema. Aquel mandó a un cipote a vender jocotes embolsados. Llegó a la casa, golpeó la puerta y nadie respondió. Volvió al día siguiente. Pomponeó la puerta. Nada. Una mujer le dijo ‘en esa casa no hay nadie’. Era merodeada por hombres en automóviles. Que se fuera de allí. Nunca volví a saber nada de mi mujer y de mi niño. Dejé las cosas como estaban. Ni loco se me hubiera ocurrido ir a la policía. La bulla del hombre vaciado estaba en las noticias. Era obvio que Bartolo estaba involucrado en esa muerte y que me buscaba para no dejar testigos. Pensé que usted era parte de ese plan. Juré que iba a matarlo si volvía a encontrármelo. Lloré amargamente la pérdida de mi familia, sin mencionarle a nadie una palabra. A Santiago le dije que el ataque que me hicieron era obra del enemigo. Escuadroneros. Santiago pensó igual. Todavía estaba fresco el recuerdo de los guerrilleros que aparecían muertos después de la paz. Grupos armados que actuaban al margen, se decía. Uno nunca lo sabe todo. Ni hace falta. Éramos personas acostumbradas a no preguntar más de lo debido.»

Santiago se enteró de que unos desconocidos llegaron a los alrededores preguntando por un herido, un tipo peligroso que era buscado por las autoridades. Era hora de marcharse. Necesitaba una nueva identidad y largarse a donde nadie lo conociera. Se dejó el bigote. Se decoloró el pelo hasta dejárselo blanco, como el de un viejo. El trámite para su nuevos papeles no fue complicado. Los sediciosos quemaron numerosas alcaldías. Al finalizar la guerra un arreglo transitorio estableció que una persona podía obtener un documento de identidad presentando a dos personas que legitimaran la veracidad de su origen. Santiago y su mujer acompañaron a Juan a la alcaldía de San Pedro Perulapán, donde los registros municipales fueron reducidos a ceniza, y en cosa de minutos consiguió un nuevo documento. Pasó a llamarse Noé Basilio Monge. Soltero. Agricultor. Se despide de sus amigos. Inventa una historia sobre su origen y sus calamidades. No es pecado engañar al diablo.

Mecapalero en Gotera.

Pescador en La Barra.

Pordiosero en Divisadero.

Cortador en Nuevo Edén.

Mesero en una pupusería de El Amatillo.

Con el paso de los años, Juan decide acercarse a las ciudades, donde es más fácil encontrar algo que hacer.

Ayudante de fontanero.

Motorista de un picap de mudanzas en San Miguel.

Alquila una pieza en La Curruncha, en la falda del volcán Chaparrastique. Vive rodeado por cuatro bandas de malhechores. Sale ileso de un fuego cruzado entre un grupo de exterminio y una clica de pandilleros.

 

6

Dos tipos vestidos de payasos suben al bus. Uno de ellos camina hasta la puerta de salida haciéndoles muecas a los pasajeros. El otro se queda a la entrada. El vehículo sigue su marcha.

—¿Les decimos, vos? —grita uno, con voz chillona.

—Mejor no. No van a querer —responde el otro, riéndose.

—Entonces, ¿les cantamos?

—Vos cantás muy feo.

La gente se ríe.

—Y ustedes, ¿de qué se ríen? ¿Me ven cara de payaso? —reclama. La gente se ríe a carcajadas.

Mirá, se están riendo. ¿Les decimos?

—Ya te dije. No van a querer.

—Les voy a preguntar.

El payaso se dirige a la gente.

—¿Quieren que se los digamos?

—Sí —responden unos niños.

—¿De veras quieren que se los digamos? — grita el otro, desde atrás.

—¡Sí!

—Vaya pues. Todos tienen que decir que sí.

—¡Sí! —responden los pasajeros.

—¡No se oye! A ver, ¿de veras, quieren que se los digamos?

—¡Sí! —grita la gente.

—Vaya. Se los vamos a decir —dice el payaso, sacando un enorme cuchillo.

—¡Este es un asalto! ¡Nadie se mueva! —grita el otro, pistola en mano.

Los payasos desvalijan a los pasajeros. Teléfonos. Cadenas. Monederos. Golpean a quien se les resiste. Uno de los payasos llega al lado de una muchacha.

—¿Nos llevamos a esta? —grita.

—Está bien buena. Démosle remolque —responde el otro.

El payaso le pone el cuchillo en la garganta y le soba una chiche. La joven se rompe a llorar. Un hombre que comparte asiento con Noé golpea al payaso. Se arma una pelea. El payaso de la pistola dispara a mansalva. Todos gritan. El motorista frena el bus. El payaso del puñal pierde el equilibrio y cae sobre la gente. Noé intenta cogerlo. En medio del forcejeo recibe un golpe en un ojo. Los payasos saltan a la calle y huyen despavoridos disparando al aire. En el interior del bus quedan personas heridas. El hombre que venía sentado al lado de Noé mana sangre por la garganta. A Noé le inyectan un sedante, le colocan una bolsa de

hielo en el ojo.

«¡Juan!», le susurra al oído una voz de mujer. Cree que está soñando. Abre los ojos y mira a una oficial de la policía. Ha llegado a tomarle declaración. «Me ha confundido. Mi nombre es Noé», responde. La mujer lo tranquiliza. «Te conozco.

Sos uno de los Abrego.» Escribe su número de teléfono en un papel y se lo introduce en un bolsillo.

—¿Quién era ella? —le pregunté.

Mélida. Su familia es de mi cantón. Me recomendó para este trabajo —dijo, señalando el pasillo oscuro.

 

7

—Y la Dante… ¿supo cómo pasaron las cosas? —me preguntó Noé.

—La Dante —repetí, saboreando el nombre—. Ninguno sabe bien cómo pasaron las cosas.

Noé se rió.

—Yo no tengo las manos manchadas con la sangre de ese muchacho —contestó.

—¡Matarlo no estaba en el plan!

—Y entonces ¿qué pasó?

—Les ordené que lo soltaran. No me obedecieron. El lunes el hombre apareció en todas las noticias…

Juan se puso de pie, con el foco en la mano.

—Intentaron matarme.

—Nunca volví a saber nada de Bartolo. Bueno, sí. No sé si se enteró…

—¡Ese maldito! —exclamó, y escupió en el piso.

Bibliotecas: expresión universal de la cultura

Las Bibliotecas Nacionales son entidades existentes en cada país del mundo, una por cada país, le importan dramas históricos sin divisiones políticas, ni sesgos ideológicos. Menos de una decena de países en el globo carecen de estas «catedrales del conocimiento», como le llamaron los egipcios; o «república de las letras», como dicen los chinos. Nosotros hemos retomado el concepto de «biblioteca en la calle», que implica salir de las paredes y del escritorio hacia los usuarios que lo necesitan. Son tradición de humanismo para el desarrollo humano.

En Nínive (Siria) se edifica la primera biblioteca organizada más reconocida, con obras en tabletas de arcilla de hace 2700 años. Y luego está la de Alejandría, (Egipto, 2300 años), ahora una de las más grandes y bellas del mundo. Esa perennidad es la función patrimonial que preserva valores de identidad, conocimiento, información documental.

Con estas características las Bibliotecas Nacionales se convierten en acompañantes imprescindibles de desarrollo, brazo a abrazo con la humanidad. Y vistas en la era tecnológica se agrega como fuente adicionada a la investigación científica. En fin, son colectivos de nacionalidad, que, articulada con otras instituciones, despliega políticas de lectura promoviendo el libro como eje transversal educativo. Este gran paisaje nos lleva a pensar que una biblioteca también alfabetiza en emociones, sensibiliza, crea socialización familiar; fuente inicial para recrear ideas, y contribuir al pensamiento crítico que incide en formar sujetos propositivos y creativos. Incide en crear sensibilidad y sociedad democrática y conviviente. Es referente nacional e internacional de la producción literaria y cultural de un país.

Estas ideas parecieran nuevas, sin embargo, en El Salvador ya lo dijo un visionario del desarrollo social y la economía. ¿Qué fines tienen el libro que cultiva valores en la comunidad? Alberto Masferrer responde en su obra «Leer y Escribir» (1915): «Crea un nivel de cultura que contribuye a la democratización, a la salud y al bienestar como realidad posible, (ofrece) una extensa comunicación mental que nos vincula». De otra manera «viviremos en la anarquía de ideas y aspiraciones cada quien por su lado, sin posibilidad de transformar la Nación». Noten como este visionario autor salvadoreño incluye desde aquellas épocas salud mental y control de las emociones con el libro y la lectura.

En el caso de una Biblioteca Nacional es algo mucho más que el repositorio de obras que ofrece al usuario. Significa comunicación que humaniza con su información. Entra en contacto con la vida y con los que viven en un entorno social sin exclusiones de ningún tipo.

Y para no quedar solo en palabras, en el caso nuestro, la Biblioteca Nacional recibe jóvenes que no llegan solo por un libro, o una publicación periódica; también buscan descubrir el significado de su máxima institución bibliográfica que ofrece un diálogo con los bibliotecarios para compartir historia y libertad de pensamiento.

Porque desde ABINIA-América Central se decidió contar con funciones adicionales como la Biblioteca Móvil, destinadas a las comunidades; la Sala Infantil; promoción de la lectura y libros; y diversas formas de extensión cultural. Ofrece también un servicio adicional al usuario que necesita el diálogo para resolver limitaciones y vacíos de conocimiento, no solo tener acceso a la obra analógica o digital. Y en el caso de los niños se debe ofrecer dinámicas lúdicas para empatía y vocación por el libro y la lectura.

Porque las bibliotecas no solo deben limitarse a entregar obras para leerlas o investigar. Sino convertirse en hacedores adicionales de una civilización edificante para fortalecer la mejoría intelectiva y social desde edades tempranas.

Aprovecho para citar ideas del filósofo y escritor español Fernando Savater, quien hace un planteamiento innovador sobre libros y bibliotecas: formar seres humanos completos, ofrecer una perpetuación humanística: «Nos hacemos humanos unos a otros, repartimos humanidad a nuestro alrededor y la recibimos de los demás». Porque la Nación no es definida «por la tierra o sus componentes naturales», también se construye «por un estado de derecho, por el respeto a una Carta Fundamental y a las leyes de un país».

De modo que debemos obligarnos a educar como si cada ciudadano pueda ser un futuro gobernante. Insiste: «La educación es lo que lucha contra esa fatalidad que hace que el pobre siempre tenga hijos pobres y que el ignorante siempre tenga hijos ignorantes». Savater habla de la educación por medio del libro: «La literatura como alegría y salvación en el arte de educar para multiplicar nuestra alma». Y continúa: «La persona que sabe leer, que se aficiona a la alegría de la lectura, tiene goces extraordinarios. El mundo está lleno de diversiones caras. Cuanto más inculta es una persona, más dinero necesita para pasar los fines de semana… (pero) la riqueza que nos dan los libros es real, duradera y limpia».

Estas ideas expuestas llevan a la necesidad de apropiarnos del concepto extenso de las bibliotecas: educan, recrean, transforman mentalidades para una sociedad emocionalmente pacífica, porque significa formar en inclusión, equidad, tolerancia, solidaridad social, ética política, honestidad, como prevención de la violencia. Por eso muchos países han hecho de las bibliotecas un espacio espectacular con arquitecturas asombrosas y similares contenidos.

Cito los ocho millones de libros de la actual biblioteca de Alejandría, fundada hace dos mil años. La Nacional de China, con 31 millones de ejemplares, la más grande de Asia, «una especie de sumun del conocimiento».

Las Bibliotecas Nacionales conservan el patrimonio bibliográfico como función estratégica formativa de civilización de lo cual se ha ido apropiando en el curso de los siglos. Tal las Nacionales de Taiwán, de Irlanda, Croacia, España. Las Reales de Dinamarca y Suecia. Todas con un sistema que aúnan investigación científica y bienestar social, catedrales y repúblicas del libro. Soporte humanístico para el desarrollo integral.

Son diferentes las Bibliotecas Públicas, orientada a las comunidades con lecturas y atención a la niñez. De estas conozco espectaculares como las de Nueva York, San Francisco, Estocolmo. Pero esto es tema aparte.

Nota.- Segunda parte y final del trabajo solicitado por «Journal of Science, Technology and Society«.

El Salvador y el mar

La historia cuenta que el pueblo de Jucuarán fue atacado por un grupo de piratas ingleses. Los invasores asaltaron e incendiaron el poblado anclado en la actual costa de Usulután, y masacraron a muchos de sus habitantes, mientras que los sobrevivientes se refugiaron en los cerros vecinos. Corría el año de 1682. La costa del Pacífico centroamericano era testigo y víctima de la incursión pirata en una ruta comercial española, que movía mercancías entre el Perú, Centroamérica y la Nueva España (actual México). La consigna para los europeos era que el que dominaba el mar –sus rutas de navegación– dominaba el mundo. Hacía menos de 15 años que Henry Morgan había saqueado Maracaibo y Panamá. Lo ocurrido en Jucuarán también parece sacado de una de las crónicas escritas por Alexandre Exquemelin.

Pasado el peligro, los jucuarenses que quedaron retornaron a su pueblo nativo, pero decidieron ya no edificar la población en el mismo lugar. Se mudaron a la ubicación actual del poblado, más alejado de la costa, en una decisión defensiva. No querían revivir su tragedia mientras los piratas merodeaban también el golfo de Fonseca. Aunque los ingleses hacían expediciones terrestres, al menos les daba más tiempo para huir. Presos del miedo, los pobladores renunciaron a estar más cerca del mar. Esta es parte de la historia sobre Jucuarán que recopiló el académico Jorge Lardé y Larín y publicó originalmente en 1957. La historia de Jucuarán ilustra bien lo que ocurrió con El Salvador y cómo le dio la espalda al mar en buena parte del siglo XX.

La zona costera del país ha estado abandonada a su suerte. Y cuando se hace esta afirmación, no se refiere a grandes obras de infraestructura moderna; sino a los problemas más básicos de aguas residuales y vías de acceso. Algo generalizado en casi todo el litoral salvadoreño, con casos como la contaminación en la bahía de Jiquilisco, por los ríos que la alimentan; la falta de acceso al agua potable de muchas comunidades cercanas al puerto de La Libertad; la escasa oferta laboral, más allá de la pesca en la mayoría del territorio, entre muchos otros. Una falta de oportunidades generalizada que, incluso, ha provocado el éxodo de generaciones completas en poblaciones como la de la playa El Tamarindo, en el departamento de La Unión.

Incapaz de dar respuesta a población en la costa, ahora el Estado, al fin, parece arrancar una intervención que puede mejorar el nivel de vida de algunas de estas comunidades. Uno de los proyectos que sería financiado con la cooperación china. Si bien es cierto que se coloca al turismo como uno de los ejes centrales para el desarrollo de la zona costera, vale hacer la acotación que en Latinoamérica hay grandes centros turísticos –como Cartagena de Indias o Cancún– rodeados por cinturones de pobreza. Se debe promover un desarrollo integral de la zona costera. Que el centro de los proyectos sea la población. Se ha dicho hasta la saciedad que el crecimiento económico no implica, en el sistema en el que vivimos, que se mejore la calidad de vida de la gente.

Actualmente, si uno recorre la costa de Jucuarán –más de 300 años después de los hechos que marcaron su cambio de ubicación– se encuentran comunidades dispersas de «mareños» con vías de acceso en mal estado, altos índices de pobreza y familias que luchan por subsistir. Es un contraste cruel. En el lugar ya hay pocos hostales y hoteles construidos en este paraje idílico que albergan, en su mayoría, a turistas europeos y norteamericanos que llegan atraídos por las olas y las playas de origen volcánico. Uno de los lugareños de la costa de Jucuarán me lo resumió tristemente: «Aquí estamos en el monte, vivimos como en los tiempos de antes».

La mujer salvadoreña en la lucha armada

«Eugenia» es el apodo de Ana María Castillo Rivas. Nace el 7 de mayo de 1950 en San Salvador y es la hija mayor de una familia de clase media acomodada. En el colegio empieza a participar con la organización Juventud de Estudiantes Cristianos (JEC). Ahí, por su trabajo con las clases menos favorecidas y con los indígenas, se va concientizando políticamente. En 1975 es estudiante de psicología en la UCA y deja pendiente su tesis para meterse del todo a trabajar con organizaciones que en ese momento incorporan los campesinos a la revolución. Se casa con Javier, otro revolucionario, en 1976. Deciden esperar dos años antes de tener una hija (Ana Patricia) que nace en 1979. El 17 de enero de 1981, a ocho días de ofensiva general, Eugenia cae junto a tres compañeros mientras transportan armas. Aunque los últimos momentos de su vida son difíciles de reconstruir, Alegría y Flakoll sugieren que Eugenia se mata disparándose con una subametralladora como una última muestra de su compromiso absoluto, «!Por el terramplén de la izquierda! –gritó Eugenia-. ¡Qué no nos agarren vivos!»

No me agarran viva: La mujer salvadoreña en la lucha de Claribel Alegría y D.J. Flakoll (UCA, 1987) se enfoca en reconstruir la vida de Eugenia, una militante en las Fuerzas Populares de Liberación. Recoge los testimonios de militantes y de parientes y las cartas de Eugenia a su marido. En el prólogo, los autores recalcan que Eugenia no es un caso excepcional y que es típica de tantas mujeres salvadoreñas que dedicaron sus vidas a la lucha armada de modo que Alegría y Flakoll proponen a Eugenia como una metáfora para la mujer salvadoreña en la revolución.

Este libro nos revela cómo se construye el ideal militante de la mujer salvadoreña en la lucha armada. Uno de los principios de la vida de un revolucionario es desprenderse de su familia para dedicarse a la lucha. Vemos como Eugenia, primero, pospone ser madre por su compromiso político y, luego, cuando decide tener hijos, conceptualiza la maternidad como una obra colectiva y depende de los demás compañeros para criar a su hija: «… ella, comprendiendo la vida del revolucionario, integraba emocionalmente a la niña al colectivo» (111). Los testimonios sobre su persona enfatizan la disciplina, la capacidad de trabajo, y el compromiso absoluto de Eugenia. A pesar de trabajar muchas veces de la madrugada hasta muy tarde, Eugenia es una madre cariñosa: «Ese cariño contrastaba con la disciplina, con la firmeza que siempre tuvo en sus tareas revolucionarias ni éstas fueron un obstáculo en la educación de la niña» (112). Sin embargo, entiende que en cualquier momento puede caer así que trata de acostumbrar a su hija a que la cuiden los demás y a la distancia emocional. Ella combina integralmente las tareas de una revolucionaria, de una madre y de una compañera. Con la construcción del heroísmo de Eugenia, No me agarran viva presenta un modelo femenino ejemplar de abnegación, de sacrificio y de heroísmo revolucionario.

No me agarran viva presenta varios problemas éticos. Primero, Eugenia no solo se sacrifica personalmente sino que exige que su hija también sacrifique por la revolución. Cuando Eugenia muere Ana Patricia pierde su madre y crece con el conocimiento de que el compromiso absoluto de Eugenia no era con ella sino con la lucha armada. De ahí, la experiencia de Ana Patricia es un silencio notable en No me agarran viva. Obviamente, como Ana Patricia era una niña pequeña, su perspectiva sobre el involucramiento de su madre no entra en los testimonios. Sin embargo, hoy, más de treinta años después, sería necesario recoger el testimonio clave de Ana Patricia para darle voz a los niños cuyas relaciones con sus madres se sacrificaron por la lucha armada. Por otra parte, Eugenia es un ejemplo inalcanzable para muchas mujeres que no pudieron reconciliar su compromiso como madre con su compromiso político. Tienen que haber muchas que optaron por no tener hijos y otras que se salieron de la lucha para dedicarse a la familia. ¿Cómo darle voz a estas experiencias de auto-sacrificio que no encajan dentro del modelo de heroísmo que se construye en la persona de Eugenia?

Carta Editorial

Hace un par de años, Miguel Huezo Mixco dijo en una entrevista publicada en estas páginas que pensaba que iba a morir rápido. Era parte de la guerrilla. Su jefe directo era Salvador Sánchez Cerén, el expresidente, que, para aquel tiempo, se hacía llamar Leonel. Tras la muerte de su entonces pareja, Huezo Mixco solicitó permiso para retirarse y escribir. Leonel se lo negó y lo instó a escribir desde la trinchera.

Sobrevivió a la guerra y más. Convertido en poeta y escritor, Huezo Mixco está hoy en plena promoción de Días del Olimpo, el título que cierra la trilogía que comenzó con Camino de Hormigas y La casa de Moravia. Los tres son un esfuerzo por rescatar la memoria desde un punto de vista íntimo y lleno de sentimientos que encuentran autenticidad en las acciones.

En esta edición, entregamos un adelanto de este libro que toma su nombre de un centro nocturno gay que se mantuvo en funciones durante el tiempo de la posguerra. El Salvador no es país para letras, lo hemos escuchado y lo hemos sufrido. Pero hay mucho de esperanzador en cómo este país, ingrato con sus escritores, está siendo narrado ahora. Hay, acá, una voz particular que es indicativo de que algo se hizo bien en algún punto. Huezo Mixco, por ejemplo, insistió en seguir escribiendo y se agradece.

En estos tiempos en los que la intolerancia y la polarización parecen ser las grandes conquistadoras de los espacios públicos, vale muchísimo la pena apostarle a la diversidad de discurso. Sí, la guerra ha sido contada antes, y en cada oportunidad ha habido verdad. Cada aporte ha sido valioso y desde estas páginas seguimos abriendo espacios para ganar en dos vías: difusión y conocimiento, para que saber quiénes son los escritores y para que enriquecer el criterio entre sus letras.

«Cada estado de ánimo te hace crear algo nuevo»

Si lo que tiene ahora no le gusta, ¿cómo cree que debería ser?

La vida es un constante movimiento donde lo que deja de gustarme me inspira a un cambio y, luego, esto se convierte en una experiencia nueva, siempre con un enfoque en lo que me encanta, como el diseño y el arte.

¿Qué le gustaría que pasara hoy que no esté pasando?

Estoy abierto a lo que la vida me dé. Así que lo que esté pasando en este momento es cuestión de mis propias decisiones, y si decido que debería de pasar algo mejor, simplemente muevo el timón de mi vida a otra dirección.

¿Cuál es su posesión más preciada?

Mis sueños, pues de ahí nace lo que alimenta mi creatividad, que luego se transforma en mi proyecto de vida.

¿Con qué estado de ánimo prefiere diseñar?

Hubo un momento de mi vida que descubrí que cada estado de ánimo te hace crear algo nuevo, intenso, único y original. Nunca dejé de diseñar o de crear, independientemente de mi estado de ánimo. A veces lo que sientes es más fácil expresarlo con arte.

¿Qué carrera o negocio consideraría si tuviera que comenzar otra vez?

No tengo por qué considerarlo, siempre escogería el diseño gráfico.

¿A qué persona viva admira?

Al maestro espiritual Sadhguru, yogui y místico. Su visión sobre el autoconocimiento te hace reflexionar quién eres y hacia dónde vas.

¿Quién fue su inspiración para que se dedicara al diseño gráfico?

No fue alguien en específico, desde pequeño sabía que mis habilidades artísticas podían ser algo de lo cual viviría y así fue.