Tres nodos de esta red

Cuando pienso en una red «digital» la veo como ese tejido conformado por esos nodos que suelen ser personas que están interactuando en esa red, y que justo es al interactuar que permiten que los «hilos» entre un nudo y otro se llenen de luz o color, en cuanto a que la metáfora de lo digital suelo pensarla como una red blanca contra un fondo azul oscuro, con nodos o puntos que pueden iluminarse un poco más.

Estas redes digitales podrían, metafóricamente, representar un año, y permitirían leer cuáles son esos puntos o nodos centrales en ese período de tiempo. Aquí dejo tres de mis nodos de este año.

1. El futuro está en la #InteligenciaColectiva. Desde las ciencias sociales o humanísticas, me parece que hasta la #InteligenciaArtificial depende para su uso, comprensión y potencialidad de lo colectivo. Esta también puede verse como metodologías de trabajo, que permiten o facilitan el encuentro de lo multidisciplinario en función de la resolución de asuntos cotidianos. Al final, «todo lo que sabemos lo sabemos entre todos», diría Jesús Martín Barbero (citando a Antonio Machado). Este sería el nodo de la esperanza.

2. El espacio para trabajar (el futuro) es un laboratorio de innovación. Laboratorio porque se diseñan soluciones ante un problema identificado, se prototipan los modelos de esa solución, se prueban y si son exitosos se escalan. La innovación entendida como las nuevas maneras de hacer algo, y esto encaja con la inteligencia colectiva porque es la puesta en acción de esta. En ello, la comprensión o visualización de que la tecnología es el instrumento para estas transformaciones es fundamental: no ofrezcamos lo digital como solución, sino como la herramienta con la que vamos a actuar sobre nuestro mundo. Este es el nodo del potencial.

3. La brecha digital debe ser usada a favor. La gran pregunta sigue siendo cómo damos acceso a todas las personas que habitamos este país a las tecnologías digitales. Los números no suelen estar a favor: el Grupo del Banco Mundial dice que apenas tenemos acceso a esta red el 34 % (en el 2017), pero más allá de la certeza del número hay otras preguntas clave. Los números normalmente no reflejan el tipo de uso que se le da a la red: ¿es para informarse, para entretenerse? ¿Se conocen los riesgos y se sabe cómo sacarle el mayor provecho? Por eso, la contraparte de este es la #AlfabetizaciónDigital. No es solo buscar darnos acceso a todos, sino educarnos en ese acceso: y eso puede hacerse desde antes para que, cuando la conexión llegue, hagamos un uso crítico y útil de la herramienta. Este es el nodo del desafío.

¿Cuáles son para ustedes los tres nodos centrales de su año? ¿Hacia dónde se ven en el 2020? Acá seguiremos abogando por reflexiones sobre tecnología cívica, innovación ciudadana y gobierno abierto, pero ante todo por pasar ya a la acción (colectiva, por supuesto). La ciudadanía, digital y física, nos requiere teorizando y practicando la mejora de nuestra polis, y en eso seguiremos buscando referentes de cómo hacer un uso responsable de las tecnologías, así como de la concientización de la preferencia ante los datos abiertos, la cultura de la participación, el aprendizaje colaborativo y la innovación pública. Que este nuevo año nos permita multiplicar la esperanza, aprovechar al máximo el potencial y resolver el desafío, y que le sumemos siempre paz, convivencia ciudadana, salud y amor para nuestras familias y nuestros espacios vitales. ¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

Recuperando la conversación

Seguramente todos hemos estado en una situación similar, estás intentando platicar con alguien y esa otra persona tiene su atención dividida entre tu conversación y su teléfono, a veces al punto de estar escribiendo y hablando al mismo tiempo. Cada vez más este comportamiento de tener nuestra atención dividida entre el mundo y una pantalla es más normal. En su libro «Reclaiming Conversation» (Algo así como «Recuperando la conversación», en español), Sherry Turkle escribe sobre el impacto que la hiper conectividad está teniendo en la formación y desarrollo de una generación entera que ha crecido con la tecnología.

Una de las observaciones que Turkle hace en su libro es que hoy en día, niños de 12 años se comportan socialmente como niños de 8 años al momento de interactuar unos con otros cuando están jugando. Son más propensos a hacer bullying en parte porque les es más difícil construir y practicar habilidades de empatía. Al tener conversaciones cara a cara, un niño puede ver la reacción de la otra persona al decirle un comentario grosero, y puede ver cómo lo que está diciendo puede lastimar a esa persona. Esto es mucho más difícil si se hace detrás de una pantalla, donde no se puede leer e interpretar el lenguaje corporal de otra persona. Además de esto Turkle también habla sobre como los niños están cada vez menos expuestos al aburrimiento y cómo esto tiene un efecto negativo en habilidades creativas y en desarrollar ansiedades en la vida.

Un segundo punto del libro es el impacto de la atención dividida en el desempeño laboral. Gran parte de la fuerza laboral ya es millennial, y poco a poco los centennials también se van insertando como fuerza productiva en la economía. En un ambiente profesional muchos se sienten orgullosos de poder hacer «multi-tasking», cambiando entre actividad y actividad con frecuencia. Pasamos de revisar nuestro correo, a contestar un mensaje, a trabajar en un reporte y así tenemos nuestra atención dividida entre muchas cosas a la vez, y aunque muchos sienten que así hacen más la realidad es que, entre tanta transición, se sacrifica tanto calidad de trabajo como cantidad de lo que se hace. De igual manera le huimos a las interacciones cara e incluso a llamadas telefónicas, en detrimento de la cohesión de equipos y la productividad.

Finalmente, esto también impacta nuestras relaciones personales con nuestra familia y amigos. En casa, en cenas familiares cada vez más tenemos distracciones en estímulos como los teléfonos y la televisión. En vez de todos estar en una conversación puede haber hasta siete o diez conversaciones ocurriendo al mismo tiempo. Cada vez menos se están teniendo conversaciones completas cara a cara, y cada vez más se recurre a los mensajes de texto para tener conversaciones difíciles para la resolución de conflictos. De nuevo, como en el ejemplo de los niños, esto dificulta el poder leer el lenguaje corporal de las personas y desarrollar empatía.

El libro tiene una variedad de ejemplos sustentados por estudios que se han hecho alrededor de estos comportamientos, estos tan solo son algunos de los ejemplos que se cubren. «Reclaiming Conversation» no está haciendo un argumento radical en el que nos sugiere separarnos de la tecnología completamente, por el contrario, sugiere que pongamos atención en cómo una herramienta puede tener repercusiones negativas y qué podemos hacer o cambiar para poder aprovecharla mejor sin sacrificar las habilidades sociales que construimos y desarrollamos al interactuar cara a cara.

Carta Editorial

El ambiente está lleno de alusiones a hogares cálidos en estos días. La idea de familia, esa de postal, está exacerbada y explotada. Lejos de lo que los discursos políticos y religiosos buscan promover, esta es una época muy excluyente, muy de no ver qué es lo que pasa.

Porque, lo que sucede no es siempre esa escena de la familia reunida en torno a una mesa. Ojalá así fuera. Pero aquí hay cientos de familias rotas, sin casa, sin seguridad. Hay familias que han tenido que huir con lo puesto. Y lo más injusto es que a estas familias se les ha venido a reconocer la existencia hasta hace muy poco tiempo.

El desplazamiento forzado por violencia es una violación sumaria a los derechos humanos y es, también, una de las injusticias más difíciles de medir. En un intento por explicar el dolor de las víctimas sin ponerlas en riesgo, cuatro jóvenes escritores se han reunido para levantar 14 relatos cortos que tienen como base testimonios de víctimas que todavía estaban en etapa de niñez o adolescencia cuando sufrieron este flagelo. Esto bajo la sombrilla de un asocio entre el colectivo literario La Mosca Azul y Fundación Educo.

“Con este poderoso libro estamos dejando de lado los números sobre el desplazamiento forzado interno en el país, que por supuesto son alarmantes, pero que a veces no nos dejan ver más allá de lo que pasa con las vidas de las niñas, niños, adolescentes, padres y madres que huyen de sus hogares para salvar sus vidas; con estos relatos mostramos esa parte humana, con la que esperamos haya un reflexión y sobretodo acción para este grave problema” , ha dicho Alicia Ávila, Directora de Educo El Salvador.

En esta edición hemos incluido algunos de esos relatos. Entre ellos lo que se encuentra es inocencia, frustración, dolor, impunidad, injusticia y desarraigo. Pero más que todo desigualdad. Las víctimas del desplazamiento forzado siempre han merecido más atención, más asistencia y más recursos que los que este país les ha dado hasta hoy.

«Yo vendo libros y amo hacerlo»

¿Qué le hace llorar?

Todo lo que sea hermoso. Todo el arte que logre conmover esos pellejos del alma que uno creía dormidos.

¿Cree que es importante un empleo estable?

Para mí lo es. Pero no es imprescindible. Cada uno busca la mejor manera de obtener dinero. Lo más importante es un trabajo que uno ame. Yo vendo libros y amo hacerlo, me da la satisfacción de encontrarme con libros especiales, primeras ediciones y cosas raras.

¿Quién le habría gustado ser?

Nadie más que yo, pero en otras épocas y lugares.

¿Cómo definiría a su voz poética?

Hacer poemas a partir de escombros, calcar en el papel la mano que me ha golpeado o hablarle al diablo en el espejo. Es difícil hablar de uno mismo. Prefiero no hacerlo si estoy sobrio.

¿Qué se habla, afuera, sobre la literatura que acá se está escribiendo?

Realmente no se habla mucho sobre Centroamérica y mucho menos de El Salvador, de no ser por los grandes escritores ya consagrados. Creo que se necesita trabajar más para que nuestros escritores lleguen a más países y estos encuentros son muy importantes para eso. Pero no siempre es fácil para nuestros artistas tener la capacidad de poder salir del país. A mí me costó cuatro meses de trámites horrorosos.

¿Sus poetas favoritos?

Roque, Armijo, Kijadurías, Gelman, Huidobro, Joaquín Prada. Y arriba de todos ellos, mis amigos.

¿Cómo reacciona a las críticas, si cree que son injustificadas?

Me gusta escucharlas, me ponen de buen humor.

Historias sin Cuento

RUTA DE ESCAPE

Su padre estaba a punto de retirarse de la conducción de la compañía de envíos internacionales que los abuelos habían fundado poco tiempo después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Eran tiempos de expectativas, y las nuevas rutas del mundo apenas iban asomando. Le tocaría a él entonces asumir, por mandato genético, el control superior del ente empresarial, que se había expandido al impulso de las dinámicas globalizadoras que se imponían cada vez más, sin que nada pudiera contenerlas.

El padre anunciaba su retiro cada vez que se le venía a la mente, y sobre todo cuando estaban reunidos en la mesa en los tiempos de comida, y a él esa sola referencia le quitaba el hambre, porque su intención original era dedicarse a recorrer el mundo como turista de mochila, condición que también se viralizaba cada vez más.

Hasta que llegó el día en que la amenaza iba a concretarse:

–Iván, este será tu despacho a partir de mañana. Yo ya hice todos los arreglos para irme con tu mamá dentro de unos cuantos días a un crucero alrededor del mundo. A gozar de esa libertad flotante a la que siempre aspiré.

Él no respondió con palabras, pero su gesto tenía la ambivalencia que era un susurro que estaba a punto de salir a flote.

–Nos reunimos mañana para afinar detalles.

«¿Afinar detalles? –pensó él, con un repunte de rebeldía interior–. ¿Pero qué importan los detalles cuando la realidad es un monumento de piedra?»

Y al día siguiente no se apareció, ni contestaba el celular, ni respondía el WhatsApp. Había desaparecido, y cuando pasaron los días y las semanas, el padre tomó su decisión: en vez del hijo mayor iba a ser la hija que venía después la que asumiría el cargo. Y para el padre, machista por excelencia, era una decisión dolorosa, que el ausente, desde su refugio en una de las buhardillas más pobres de los entornos, que era la antesala de su fuga para siempre, celebró con gran ilusión: «Más vale ser vagabundo sin nada que prisionero con todo…»

MISIÓN MILLENNIAL

A pesar de ser millennial en el estricto sentido cronológico del término, él era alérgico a todas las formas manuales de la tecnología de punta, y usaba aún cuadernos a rayas y plumas fuentes con tinta azul, como sus antepasados. Los que lo conocían y estaban a su alrededor ya habían asumido aquel curioso distanciamiento como algo natural en él, que en muchos sentidos parecía haber nacido en los años 40 o a lo más en los 50 del pasado siglo. Pero tal distanciamiento sin origen conocido estaba haciéndole mella en la interioridad anímica hasta el punto que se vio impulsado a acudir a la opinión de un experto:

–Doctor, ya le di a conocer mi círculo de enigmas y lo que le pido es que me indique alguna salida porque me siento cada día más distanciado del presente…

–Bueno, eso primero que todo habría que descifrarlo.

–¿Qué más quiere que le diga, doctor?

–Así, en síntesis, sus frustraciones y sus anhelos.

–¿Frustraciones? Ninguna que yo sepa. Anhelos, pues le confieso que no me he puesto a reconocerlos.

–O sea, vive usted en el limbo.

–Pues si usted le llama limbo al culto a las distancias, sí.

–¿Culto a las distancias? ¿Quiere decir hacia adentro?

–Exactamente.

–Bueno, pues tenemos que dibujar un mapa. ¿Se anima?

–A eso he venido, doctor.

En las sesiones siguientes las palabras fueron y vinieron. Él, tendido sobre el diván y con los ojos cerrados, iba recorriendo las distintas parcelas de su paisaje interior. Hasta que llegó a aquella casita que parecía abandonada. Sin moverse, penetró en ella. Y ese fue el comienzo de otra aventura.

El profesional acudió a la asistencia médica porque su paciente parecía haber quedado sin signos vitales. Llegaron los expertos y dieron su diagnóstico: «Está en coma, y habría que buscar de inmediato la causa. Hay que llevarlo a Cuidados Intensivos».

La familia, asustada y angustiada, pedía opiniones por doquier, pero la primera impresión se convirtió de inmediato en misterio indescifrable, hasta que llegó el momento en que vino la recomendación final: desconectarlo de todos los soportes externos y dejarlo que se fuera sin más.

Alguien lo dijo junto a él, en el cuarto donde permanecía desde hacía tanto; y en ese preciso minuto hubo una primera reacción espasmódica, de la que nadie se dio cuenta; pero cuando los encargados llegaron él ya estaba sentado en la cama, con todas las señales externas de hallarse plenamente consciente. La orden fue inmediata:

–Ha despertado el paciente número 20. Hay que hacerle sin tardanza los exámenes que determinen las medidas a tomar.

Se realizó la evaluación exhaustiva del caso, y lo indicado estaba ya por escrito:

–Hay que pasarlo a una habitación normal, y de ahí ver lo que viene.

Cuando despertó su primera petición fue inesperada, al menos para quienes lo conocían:

–Necesito mi laptop ya.

Se la llevaron en el momento, y él la abrazó, como si se tratara de un encuentro anhelado por largo tiempo.

–¡Gracias, gracias! Por fin he logrado llegar a mi punto de partida.

LOS COLORES DEL KARMA

Aunque hacía ya mucho tiempo que se hallaba integrado a su familia propia, la que formó con Olivia luego de un largo noviazgo juvenil, desde hacía algunos meses venía experimentando una especie de distanciamiento anímico con todo lo que estaba en su círculo de mayor cercanía. Y las personas eran la parte más viva de tal sentimiento. Hasta que el hecho llegó a ser tan notorio que Olivia se animó a preguntarle:

–¿Algo te pasa, verdad?

–¿A mí? Quizás, aunque los nudos nunca tienen una sola cuerda de origen.

–¿Y entonces?

–¿Tú no sientes nada?

–¿Quieres decir que puedo ser la otra cuerda del nudo?

–Bueno, quizás en el punto de encuentro está la causa.

–Lo que me dices es que estamos compartiendo un efecto…

–¿Cómo saberlo si no interiorizamos la sensación y luego la ponemos en claro?

Ella asintió sin palabras. En las horas siguientes había que emprender la experiencia. Y así lo hicieron, cada uno por su lado. Ella se fue en ferrocarril hacia su pueblo natal, en las montañas invisibles; y se quedó muy cerca de la casa en una posada para transeúntes.

Transcurridos unos pocos días, ambos se reencontraron sin ponerse de acuerdo en su casa de siempre. Era como si nunca hubieran hecho el experimento:

–¿Lograste tu propósito? –le preguntó ella.

–¿Y tú?

La pregunta cruzada se les graficó por dentro como la distensión del mismo nudo.

–Lo que conseguí fue identificar mi color interior.

–Ah, pues es lo mismo que a mí se me dio.

Se miraron directamente a los ojos, y esa mirada era una ruta de ida y vuelta. Una especie de bruma protectora estaba envolviéndolos.

–¿Y cuál es tu color?

–¿Y el tuyo?

Volvieron a mirarse, con un impulso de complicidad que les nacía de un centro de iluminación que nunca antes habían identificado. Y les brotó la risa con el mismo color de sus respectivos karmas, que estaban por primera vez a la vista; al menos a la vista de sus percepciones individuales.

Y no pudieron contener el impulso esclarecedor:

–Color amanecer.

–Color atardecer.

–Son lo mismo, ¿verdad?

–Si tú lo dices…

Préstamos Gota a Gota: la esclavitud financiera de los más pobres en Latinoamérica

Por CONNECTAS

Fue a finales de los noventa en la ciudad de Medellín, cuna de uno de los mayores carteles del narcotráfico en Colombia, cuando empezó a gestarse un fenómeno económico clandestino que se conoce en varios países de Latinoamérica como ‘gota a gota’, una modalidad de préstamo que fue creada para el lavado de dinero, pero que condena a la esclavitud financiera a los más pobres del continente y que ahora está en 16 países como lo confirmó esta investigación realizada por El País de Cali en alianza con la principal plataforma que promueve el periodismo colaborativo en la región, CONNECTAS.

Blanquear todo el dinero que ingresaba a Colombia como ganancia del narcotráfico era una misión imposible. Así, empieza a aparecer la figura que hoy recorre las calles de los países de América Latina: el ‘gota a gota’, ‘chulco’ o ‘pagadiario’. Aunque es imposible precisar la dimensión de este fenómeno, un informe realizado por la Universidad Central de Bogotá revela que el ‘gota a gota’ mueve diariamente cerca de un millón de dólares, solo en Colombia.

Andrés Nieto, analista de seguridad en la Universidad, aseguró tras el estudio que “Es tanta la cantidad de dinero que mueve el ‘gota a gota’, que de alguna manera se asemeja a las ganancias del narcotráfico”. La problemática de tinte regional ya ha causado encuentros entre varios países latinoamericanos, para plantearse soluciones concretas que ayuden a combatir este modelo de préstamo ilegal.

Sus víctimas han sido vendedores callejeros, pequeños comerciantes, amas de casa, mecánicos, conductores y todas aquellas personas que no tienen acceso a un crédito bancario. El ‘gota a gota’ no detalla si la persona tiene capacidad de pago, no exige trámites ni fiadores. Basta el documento de identidad y el dinero se entrega en minutos. La intimidación y la violencia es la prenda de garantía de que no se perderá el dinero.

México, Ecuador, Perú y Brasil son los países en los que hay mayoría de colombianos detenidos por delitos afines a los cobros del ‘gota a gota’.

En diferentes países de América Latina las estructuras armadas que trabajaban para los carteles del narcotráfico salieron a la caza de ‘beneficiarios’. La necesidad llevó a la población más pobre del continente a negociar directamente con el crimen organizado.

Una vez recibido el crédito, un cobrador, muchas veces en motocicleta, llegará a la misma hora durante los próximos 20 días para recoger una cuota que en el mejor de los casos terminará pagando un interés del 20 por ciento. Por un préstamo de 100 dólares se puede cobrar una tarifa hasta de seis dólares durante 20 días. La persona terminaría pagando un total de 120 dólares.

 

Ecuador fue el primer país que importó esta modalidad en el año 2008 y posteriormente las redes de colombianos hicieron presencia con estos créditos en mercados y zonas marginales de Perú, adonde llegaron en 2009. Ya en 2010, probado el modelo exitoso en ganancias, hubo auge de esta modalidad, que empezó a colonizar a Chile y Argentina en parte debido a la migración de colombianos hacia esos países. Asimismo, esta investigación obtuvo reportes de que ese mismo año una comunidad grande de colombianos que empezó a radicarse en el sur de Bolivia y ya en 2011 estas redes rompieron la barrera del idioma y se tomaron algunos de los estados de la periferia de Brasil, llegando incluso a Sao Paulo y Río de Janeiro.

Los primeros prestamistas en llegar a México para abrir rutas lo hicieron en 2012, pero a partir de 2014, con la eliminación de la visa para los colombianos, se consolidó su accionar gracias a la alianza que lograron con bandas de crimen organizado en ese país. Posterior a esto, la conquista en Centroamérica se realizó entre 2013 y 2014, cuando los créditos sin requisitos ni fiadores se tomaron los comercios y zonas marginales de Honduras y Guatemala, donde trabajan también en alianza con las marcas salvadoreñas.

Alrededor de 300 personas, entre deudores y cobradores, han muerto en los últimos años en América Latina por retaliaciones relacionadas con ‘gota a gota’.

Aunque a comienzos de 2019 Panamá reportó el primer caso de capturas de colombianos por ‘gota a gota’, en 2015 se registró una serie de actos violentos y de muertes relacionados con esta actividad ilícita en la capital del país. Personas de nacionalidad colombiana y nicaragüenses indocumentados fueron las víctimas de estas redes.

Uruguay es el último país en el que aterrizó este fenómeno, a comienzos del 2017, y ya se tienen reportes de una persona asesinada y un cobrador colombiano desaparecido.

 

Para que desde el 2008 empezara la expansión del fenómeno del ‘gota a gota’ por América Latina fue necesario reclutar a decenas de jóvenes colombianos graduados de bachillerato, sin empleo y sin la posibilidad de continuar una carrera universitaria.

Otros factores también fueron fundamentales para la expansión de este cruel modelo de préstamo por la región: los altos índices de corrupción en los gobiernos de algunos países, la desigualdad social en el continente y la corrupción de algunas autoridades policiales en países como Colombia, Perú, Ecuador y México.

Asimismo, las organizaciones colombianas dedicadas a este tipo de delitos en el extranjero operan con la complicidad de los carteles o las bandas criminales de cada uno de esos países tal como ha ocurrido en Perú, Honduras, Brasil y México.

 

Ante una realidad evidente de expansión, representantes de los gobiernos de diez países se reunieron en agosto del 2017 en la ciudad de Puebla, en México, para firmar un acuerdo de cooperación internacional a fin de combatir la corrupción y la delincuencia organizada. En el evento, uno de los temas tratados fue el de la presencia de legiones de colombianos dedicados al préstamo ilegal de dinero, bajo el modelo de ‘cobradiario’ o ‘gota a gota’.

Dueño del capital, administradores, cajeras y cobradores, entre otros, hacen parte del negocio del ‘gota a gota’.

De acuerdo con la respuesta entregada por la Cancillería colombiana a un pedido de información para este reportaje, entre el año 2014 y julio del 2019, fueron asesinados 337 colombianos en 14 países de América Latina, en su mayoría por casos relacionados con préstamos ‘gota a gota’ y microtráfico. Hay además 152 casos más en los que las circunstancias de su muerte están ‘por determinar’.

El ‘gota a gota’ es, en últimas, la sumatoria de la desigualdad en América Latina. Salvador Guerrero, director del Consejo Ciudadano para la Seguridad y la Justicia de la Ciudad de México, dice que este no es un asunto punitivo policial, sino de política social “porque quienes necesitan el dinero como quienes lo cobran, prácticamente pertenecen al mismo segmento de población depauperada que es utilizada por las organizaciones del ‘gota a gota’ a nivel continental”.

Amplíe la información sobre el nacimiento y desarrollo del modelo ‘gota a gota’ en los diferentes países de la región acá.


* Esta historia fue realizada por Hugo Mario Cárdenas para El País de Cali, Colombia, en alianza con CONNECTAS.

«Tengo una necesidad primaria de crear memoria gráfica»

Renacho Melgar, dibujante, pintor y muralista

De creerse un rockstar, pasó a no pintar durante un año y medio. Renacho Melgar tenía 24 años, recién volvía de Cuba y tenía planes de viajar a México a una exposición. Antes, ya había recorrido Centroamérica como mochilero y se había ganado la vida vendiendo sus dibujos en el centro de Costa Rica. Pero, entonces, un diagnóstico de cáncer y una operación lo detuvieron. Verse emplazado por la vulnerabilidad de su ser físico lo llevó a caer en cuenta de que, hasta ese momento, «no había hecho nada para construir su memoria, su legado». Así, comenzó un proceso en el que no solo buscaba una cura, sino que una transformación.

Hoy, le invaden las ganas por volver visible, a través del color, lo que la cotidianidad ha hecho invisible. Lo hace en su Estudio Jaguar, que está en una casa rodeada de pinos, en las afueras de La Palma, Chalatenango. También lo ha hecho en carretones de vendedores ambulantes y en paredes de países latinoamericanos y europeos. Su mural más reciente lo pintó en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA), en conmemoración a los 30 años del asesinato de los seis sacerdotes jesuitas y sus dos colaboradoras.

A sus 13 años, Renacho quiso ser pandillero. Había crecido rodeado de pandillas, en el Proyecto Santa Teresa, en San Martín, pero recuerda que su mamá, una sindicalista, lo salvó con libros y educación. Aunque a veces extraña San Salvador y sus calles, desde este pueblo montañoso, le es fiel a la rutina que le dejó aquel diagnóstico de cáncer: pintar todos los días. Trabaja entre 12 y 13 horas para construir. Cuando no está pintando, está leyendo, o si no, viendo alguna conferencia de su interés.

Dice que tiene dos tipos de obras, las comerciales, que le ayudan a estar solvente para dedicarse a las otras, las que reflejan su cosmovisión de mundo y sus posturas políticas. Una de estas obras va tomando vida en un óleo que está en la pared izquierda del Estudio Jaguar. Es Zeus acostado en una cama, convirtiéndose en cisne, y un fauno observándolo. Forma parte de Retaguardia, una serie que piensa exponer el otro año y que consiste en un recorrido por la literatura europea clásica que ama, pero en escenarios contemporáneo en los que él se convierte en un personaje. «Es un homenaje a mi ego», señala.

Renacho Melgar
Renacho Melgar

Después de crecer y vivir en la ciudad, hoy vive en un pueblo. ¿Se siente más cómodo creando acá?

Extraño la ciudad, extraño el cine, extraño ir a poder comprar libros, extraño ir a meterme a los usados y encontrarme cosas. Extraño la ciudad, porque al final, soy una rata urbana. Me he criado tanto en la ciudad y me influye tanto. Mis discursos siguen manteniendo la ciudad, retratando tanto la ciudad. Soy como un jaguar urbano que se esconde en las esquinas de una ciudad maldita, pero también vivir aquí hace que no estés con el miedo, con la zozobra. Después de vivir en Ecuador, después de vivir en Sudamérica, aprendí a caminar sin miedo. Toda Latinoamérica es violenta, pero en El Salvador la vida cuesta una cora, y en cualquier lugar del mundo te pueden robar, pero solo en El Salvado hay premeditación, dolo y alevosía, porque se necesita demostrar que sos malo.

Siento que aún no es mi momento para regresar, quizá me estoy recargando baterías, porque hay pequeños lugares que tengo vigiados desde hace como cinco años que quiero pintar, que quiero volverlos visibles y quiero jugar en la ciudad, pero quizá es necesario salir un rato. Es necesario salir, tomarse un tiempo.

Desde que comenzó a dibujar y pintar, ¿cuánto tiempo tuvo que pasar para que por primera vez se sintiera satisfecho con una obra?

Mi abuela vivía en Los Ranchos, camino a San Alejo, La Unión. Casi siempre éramos mi abuela, mi abuelo y yo, y mi hermana ayudándole a ella a hacer pan, porque hacía pan para la navidad. Recuerdo una vez que me robé un tizón y me fui a hacer un dibujo en una pared de abobe con cal, habré tenido nueve años. Hice un Miguel Ángel, pero de Las tortugas ninjas, y aprendí que podía dibujar desde la memoria. Ese momento solo lo puedo igualar a cuando viví en Ecuador y me dejaron hacer un mural a lápiz en el Museo de Arte Contemporáneo. Me sentí sabrozón, sobre todo porque lo dibujé a mano alzada. Fueron como 14 días de dibujo, de mucho dibujo. Era una performance, era un happening, pero seguía siendo yo. Eran dos discursos en uno, que se unían, y ahí aprendí que mi oficio es ser dibujante, ser pintor. Puedo hacer un montón de cosas, pero mi columna vertebral es el dibujo.

Siempre he dicho que cuando llevás (tu obra) al público es como un ciclo hidrológico, porque te retroalimenta todo lo que dice el público, el transeúnte, el observador. En ese momento, había regresado a mi gráfica.

Yo sí le agradezco mucho a Edwin Ayala y a Alfredo Catalán, sobre todo al maestro Catalán, que me dieron una herramienta, que me dieron un machete, y puedo ir de aquí a donde sea, a machetear el monte. Y voy a tener trabajo, porque soy feliz con mi lápiz, soy feliz con mi pincel. Dejé de creer en cánones y dejé de responder a gremios, estéticas, solo confío en mis caprichos. Lo que pinto es lo que me da la gana, con lo que yo me siento satisfecho con lo que puedo generar discurso.

Solo compartiendo el diálogo y el conocimiento vamos a construir un petate generacional. Esto somos, aquí vamos, pero de lo contrario, casaca.

***

¿En qué momento llega esa necesidad de generar este discurso, pero ya de una forma colectiva, cuando ocupa las paredes para intervenirlas?

Cuando vivíamos en San Salvador (con Gabriela Meléndez, su esposa) teníamos el taller sobre la 1ª calle poniente y salíamos a pintar. Nadie nos identificaba. Teníamos el estudio detrás del atrio de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús. La gente se perdía y en La bola de oro (un bar del centro de San Salvador que se incendió) había una puerta hermosa. Yo le pregunté a la señora si me daba chance de pintarla. Quería hacer algo ahí y terminé pintando la puerta, pero en el proceso de pintar la puerta, pasó alguien y me dijo: «¿Te puedo ayudar?». «Sí, tomá«. Antes hacía eso, casi que solo con Gabi. Como eran figuritas, con Gabi ponía amarillo, amarillo, amarillo, y ella lo rellenaba. Ya era un método de control sobre la pieza, y cuando apareció un montón de gente, me pareció lógico utilizar el mismo método que con mi esposa. Suelo llamarlo el manejo del color pin pon, porque pongo uno aquí y me alejo. Pongo otro, y poco a poco, voy saturando. Incluso hasta hacía chiste de que el cáncer hizo metástasis, pero con mi gráfica, porque ahora ves que saturo todo. Pero de ahí, la gente empezó a participar.

No soy franco parlante, pero en París pinté un mural como de 40 metros cuadrados con 600 niños y niñas. Fue como un ciclón tener a 40 niños de un solo, y al no hablar, era marcar color, pero ahí surgió la necesidad de una metodología para que la gente pintara conmigo. Luego, en Milán, pinté otro con la gente en la calle. Pero digamos que son dos murales previos que me permitieron crear un método.

Llevar el arte al espacio público es una forma de acercarlo a la gente que quizá nunca ha tenido el tiempo de contemplar una pintura, pero ¿cuántas veces se ha metido en problemas por intervenir una pared? Precisamente vi, en su Instagram, que en Ecuador un banco se quejaba porque usted estaba interviniendo una pared sin permiso.

El spray traduce vandalismo. No sé por qué, no me preguntés por qué, pero lo traduce hacia la policía. Cada vez que estoy pintando algo en la calle, cuando veo pasar a un policía, automáticamente agarro una brocha, lo que estoy traduciéndole al policía es que soy pintor. Mi lectura es que porque están acostumbrados a ver a la gente que anda haciendo rótulos, que están trabajando con la brocha y es como «ah, bueno, si es brocha y es lento, quizá tiene permiso». Casi nunca tengo permiso, y te digo, casi nunca. Tengo una pieza sobre la 3ª avenida norte, yo pensé siempre que la casa estaba abandonada. Gabriela y yo nos fuimos a pintar puertas media luna y de pronto veo a una viejita que sale, cuando ya estábamos por terminar. Se pone lentes y me dice: «Mire, la próxima vez, pídame permiso. Le saco una silla».

Siento que el universo, el estatus de artista o de pintor, lo otorga la gente desde otra óptica. Nosotros siempre estamos pintando en energía de felicidad, la gente recibe también ese tipo de energía y un proceso químico, muy loco. Es más, a ese banco llegó la policía, mi estatus era de migrante, pero yo estaba tan tranquilo y tan feliz pintando, que el mismo policía llamó y les dijo: «Que no venga la patrulla. Él es muy educado». Es el tipo de energía con el que te manejás en la ciudad. Para mí, pintar es un estado de ánimo y eso es lo que vos le traducís a la sociedad. La gente te ve tan feliz pintando que te dice si puede pintar.

Renacho Melgar
Renacho Melgar

Borges decía que el «arte debe ser como ese espejo que nos revela nuestra propia cara». ¿Cómo era ese espejo antes que a usted le diagnosticaran cáncer y cómo es ahora?

Era un chicle, entre rockstar y un chihuahua rabioso. Te digo un chihuahua, porque un chihuahua es tembloroso y siempre está ladrando. Yo era eso, me molestaban los triunfos de los demás, tenía ese síndrome de creer que yo era tan bueno y que él era malo. Era horroroso. Al final, eran esos conflictos no resueltos, esos complejos no resueltos, porque sobre todo eran complejos de inferioridad más de superioridad.

Aprendí a llevarme bien con mi reflejo, a aceptar a mi reflejo, a aceptar que así soy, que soy odioso por momentos, pero también puedo ser sumamente amoroso; que soy explosivo, pero también entendí que soy bien pasivo y bien apasionado. Siempre he vivido en un constante huracán, pero que lo genero yo con mis malas decisiones, con mis conflictos, con mis contradicciones. Yo creo que para ser parte de un colectivo, tenés que saber quién sos como individuo, porque si no te vas a enajenar y vas a absorber la obra de los demás, y vas a ser los demás. Vos tenés que aprender a ser fiel a vos, a tu obra, a lo que viene de vos, lo que querés decir, sobre todo, lo que te preocupa.

La UES sigue siendo, prácticamente, la única universidad que tiene la carrera de Artes Plásticas con opción Pintura, pero aún así, varios alumnos se quejan por la falta de visión que tiene sobre el arte, ¿qué nos dice esto de un país que cada año expulsa a artistas por la carencia de espacios formativos y que, además, no les reconoce como profesionales?

Es más fácil invisibilizar. «Somos la Escuela de Arte, los únicos que formamos». ¿Y la Don Bosco? ¿Y el proyecto en artes de Jóvenes Talentos de la Tecnológica? ¿Y la Mónica Herrera? ¿Y la Matías? ¿Y CORPROSER, algo que tiene la alcaldía frente a la Sala Nacional? ¿Y el proceso formativo de los policías? ¿Por qué no hablamos de todos esos? Tenemos miedo, porque tenemos miedo que nos quiten nuestros pequeños espacios y, sobre todo, los personajes que se han enquistado en plataformas que te venden, llamémoslo el set, el mood de ser artista.

Hay un montón de plataformas, me niego a ese ostracismo de decir que solo en un espacio se están produciendo el conocimiento artístico de las futuras generaciones, me niego, porque cuando todos los espacios se nos negaron a mi generación, tuvimos que construir una plataforma y lo hicimos, y estamos bien, y ya no somos los grandes como mi colectivo, Colectivo Urbano. No estamos juntos, pero creamos una plataforma y mucha gente empezó a copiar el ritmo de trabajo de esa plataforma, nuestro ritmo de trabajo se volvió algo, para bien o para mal, pero me niego a creer que solo un espacio tiene el santo real, porque hay un montón de realidades. Somos ese chicle, somos esa sopa de frijoles que todavía se está moviendo y nos estamos cocinando, y hay frijolitos que ya están aguaditos, pero hay otros que están bien duros. Pero seguimos ahí, y ser rostro de país es un proceso colectivo.

Detalle del taller

¿Qué pasa cuando en este proceso colectivo existe invisibilización hacia la obra de otros artistas? ¿Qué pasaría si algún existiera un gremio artístico unificado? Porque de momento, veo que las generaciones de artistas y los gremios artísticos están desconectados unos de los otros.

Yo sí siento esa necesidad. La plataforma del arquitecto es, para mí, que antes de ser Renacho, reconozco a Dagoberto Nolasco, reconozco a Alex Chuchilla, reconozco a Guillermo Araujo, y paralelo, reconozco a Sara Boulogne, reconozco al Loquillo de León, reconozco a Efraín Cruz. Me veo reflejado en esa generación, me veo reflejado en las mismas inquietudes, en los mismos procesos, en las mismas dolencias, en los mismos miedos, en los mismos complejos. Tenemos que llegar a que los creadores contemporáneos se den cuenta que hay toda una plataforma del arquitecto, esa es la única forma de darnos cuenta de dónde venimos y hacia dónde vamos.

A mí me preocupa mucho que se muera Antonio Bonilla y que lo único que recordemos de él sea que era un borracho. Ese hombre es uno de los intelectuales más vergones del país, con el que podés hablar desde Bob Espoja, te podés saltar a la escuela alemana (Escuela de Frankfurt) y hablar de Walter Benjamín, y que siempre está leyendo. O hablar con Julio Reyes Yazbek, que me parece otro intelectual. Con él podés hablar de la Bauhaus. Es necesario que se escriba una historia, no tenemos esa historia escrita.

Tenemos que aprender a dialogar con los demás sin la obra, o si querés con la obra, hacer ejercicios de comunicación, como que la gente te pregunte y sea sincera: «Mirá, ¿y vos por qué siempre hacés ese tipo de cosas?». Esa sinceridad. Necesitamos estar claros de lo que podemos dar como creadores. Es necesario crear estos círculos de diálogos, espacios generacionales y que empecemos a hablar más allá. Solo compartiendo el diálogo y el conocimiento vamos a construir un petate generacional. Esto somos, aquí vamos, pero de lo contrario, casaca.

Siempre he dicho que cuando llevás (tu obra) al público es como un ciclo hidrológico, porque te retroalimenta todo lo que dice el público, el transeúnte, el observador”

***

Varias de sus pinturas son una mezcla de cotidianidad, sincretismo y cosmovisión indígena. En el mural que hizo en la UCA, por una parte, están los jesuitas, Monseñor Romero, Elba, Celina; pero por otro lado hay un tigre, un venado, un Quetzalcoatl, un historiante, un jaguar. ¿Cómo surgen estas conexiones en su arte?

Mi primer historiante lo pinté en el 2003, mi primer cuadro al óleo fue un historiante en San Martín y me han acompañado por esa necesidad. Mi madre me inculcó esa necesidad de regresar a la tradición oral, de construir memoria histórica, pero memoria colectiva, desde la abuela que te cuenta un cuento, desde Salarrué que se inventa palabras. Siento que tenemos que recrear a nuestros grandes. Tenemos que abrazar nuestra identidad geopolítica, geocultural, no llenarla con vacíos. Mucho de lo que pasa es que la gente tiende a llenar esos vacíos, absorbiendo otras cosas, pero porque no se ha creado, y esta palabra no existe y me voy a atrever a reconfiguarla, porque es una construcción personal, memoria gráfica. Tengo una necesidad primaria de crear memoria gráfica. De crear siete imágenes del Cipitío, ocho, nueve, 10 posibilidades del Cipitío, y de la Siguanaba. Que no sea solo el Cipitío del Canal 10, sino que también sea el Cipitío que tenga los pies para atrás. Siento la necesidad de crear memoria gráfica para construir identidad. ¿Cuánta gente te dice «no es que aquí no hay»? Sí hay, pero como los procesos del sistema educativo no te lo enseñan, como la universidad no te lo enseña y como tu mamá está tan empecinada en que tengás dinero para zapatos. Es tan rápida la vida, que no la conocés, pero sí tenemos que acercarnos, buscar formas.

En toda su trayectoria, ¿lleva cuenta de las veces que ha pintado a Monseñor Romero y cuáles son las particularidades de cada una de estas pinturas? La última pintura de él que he visto es la que está en el mural de la UCA.

Creo que he dibujado unos 70 Romeros, bocetos rápidos de Romero. Antes hacía, con mis figuritas, una aureola alrededor de Romero, pero luego mutó y las figuritas se empezaron a comer a Romero. El ojo se empezó a transformar y empezaron a salir de Romero. Destruir esa imagen sacra, el Romero que siempre está quieto, me permitió jugar con él y me permitió tomarme unas libertades bien cabronas, como una vez pinté un Romero jaguar. Era muy loco, porque yo estaba proponiendo dos paralelas religiosas, las religión prehispánica y a monseñor. Es más, lo hice para una Semana Santa, era un mural. Casi me cuelgan en Quezaltetepeque. A partir de ese, que se llamaba Sinfonía para Monseñor Romero y Tláloc, empecé a hibridarlo y ese híbrido me gustó. Empecé a jugar con una imagen de Romero desde otro fenómeno religioso, político, más enraizado, más desde esa idea de renacer en mi pueblo. Empecé a jugar con él y empecé a jugar con sus ojos. Esa idea mutó tanto que en algún momento, en Milán, pinté un Monseñor Romero que tenía una mitra, que era una mazorca, y empecé a hacer un monseñor Romero con un corazón que era atravesado por un torogoz. Empecé a reconfigurar a Romero y toda la iconografía alrededor de Romero hacia el maíz, y se volvió una necesidad continua. Para la idea de la mitra, hablé con Camilo Ravey: «Me gusta tu ilustración, ¿me permitís apropiármela?».

He puesto el rostro de Romero en un pandillero, han sido muchos tiempos para llegar al Romero del mural este, porque, con el mural, quería hacer un parteaguas de Monseñor Romero, antes y después, como mi cáncer, y ese era Rutilio Grande. Como todo, era el maíz, pero en medio de donde está el corazón, hice un grano de maíz en forma de corazón y era Rutilio Grande. El mismo proceso que me ha llevado a mí a deconstruir a Romero y a construirlo, se lo quería llevar a la gente y resultó sin que yo se los dijera: «Ah, es Rutilio Grande». Semiótica pura. Creo que en la construcción de imágenes, ese es el grave problema de los que pintamos, se nos olvida que también nuestras imágenes pueden ser poéticas, pueden ser metafóricas. Podés jugar con eso, darle a la gente esa herramienta. Digamos que este del mural es como cerrar un círculo con Romero, no sé si voy a hacer otro o no. Este Romero creo que es el resultado de todos esos que he hecho, y es diferente.

Ver a un Romero en un pandillero no es algo de todos los días ¿Qué impresiones causó?

No era un Romero pandillero, era un pandillero que tenía tatuado a Romero en el corazón. En ese momento estaba trabajando la serie de De hijos suyos podernos llamar, que siempre aparece cada cierto tiempo, regresa esa necesidad estética. Creo que era un homenaje a Monseñor Romero, justo para el 24 de marzo. Y todos eran bien contemplativos, excepto el de Gonzalo Vásquez, que era un Monseñor Romero con audífono, era como un DJ. Era el más cínico de todos.

Siempre me ha molestado la idea de lo sacro, lo sacralizado, que solo llegás a contemplarlo y a rendirle pleitesías. Después de una búsqueda entre la estética sacra y las pandillas, quería que este Romero generara un impacto. De pandillas estamos hablando de la virgen de Guadalupe, Las manos de Durero, que son también bien repetitivas; el «Dios mío, perdóname por mi vida loca», o así podríamos acercarnos a todas estas estéticas de pandillas que se repiten.

Te estoy hablando de que eso fue unos seis años antes que se beatificara a Monseñor Romero. Se me ocurrió: «Bueno, y si la MS tuviera un santo, ¿fuera un santo salvatrucho? Si la virgen de Guadalupe es parte de la estética de los 18, y si un pandillero te ve con una virgen de Guadalupe, automáticamente traduce que sos del otro bando, ¿qué pasaría si tuviéramos uno salvadoreño?». Esa inquietud, que no fue respondida con la pieza, que solo lo hice como tatuaje, se lo tatué en el corazón al pandillero. Esa imagen pequeña tenía como dos pulgadas en todo el cuadro. El cuadro era como de 90 x 70, pero solo era un Romero chiquito. Todo mundo la vio y unas señoras pidieron que me excomulgaran, otra le pegó con una escoba al cuadro. Jamás les dije que era mío. Mi familia también me escribió. Uno de mis primos me dijo que no sabía cómo sentirse con la imagen que había construido, porque, por un lado, sentía que era verdad; pero por el otro, era Romero. Era esa ambivalencia de sentimientos alrededor de Romero. Eso catapultó o repercutió mi obra, de tal forma, que empecé a usar imágenes con ese sentido.

Nombrar y respetar el dolor

El 6 de diciembre de este año, Wilfredo Medrano, representante de Tutela Legal «Dra. María Julia Hernández» denunció que el Instituto de Medicina Legal (IML) no mantuvo en buenas condiciones las muestras de ADN de los familiares sobrevivientes de la masacre de El Mozote y cantones aledaños. Dichas muestras, tomadas desde hacía tres años y que permitirían confirmar la identificación de 29 osamentas exhumadas en el 2016, se habían estropeado. Esto obligó a que los familiares tuvieran que someterse a nuevas pruebas de ADN.

Algunos de dichos familiares se manifestaron molestos, porque esperaban poder recibir los restos de sus fallecidos durante la conmemoración del aniversario de la matanza. Hacer las nuevas pruebas implica que comenzará otro ciclo de espera para culminar el trámite de la identificación.

Aparte de la inoperancia del IML, lo primero que pensé es que ese descuido en el mantenimiento de las muestras es una profunda falta de respeto hacia los familiares y su dolor. Es no reconocer ni dar importancia a ese dolor. Y menciono estos aspectos subjetivos, el respeto y el dolor, porque creo que nos hace falta mucha humanidad en lo que al tema de la masacre de El Mozote, y a todas las demás matanzas de la guerra, se refiere. ¿Por qué, durante tres años, nadie se dio cuenta de que esas muestras no estaban siendo conservadas de la mejor manera posible? ¿No se considera un caso urgente y prioritario lo de El Mozote?

Un par de días después de la noticia del ADN, el periódico digital El Faro y el programa Focos presentaron tres extensos reportajes sobre otras masacres ocurridas en el país durante la guerra. Uno de esos reportajes habla sobre uno de los temas tabú dentro de la ex guerrilla salvadoreña: los asesinatos ordenados por el comandante Mayo Sibrián contra gente de su misma organización, entre 1986 y 1991.

El abogado Pablo Parada Andino, ex comandante de la Fuerzas Populares de Liberación (FPL) y una de las cinco organizaciones que conformaron el FMLN durante la guerra, lleva años empeñado en dar a conocer estas muertes. Ha logrado juntar y unirse a deudos de los ajusticiados por Sibrián para impulsar la denuncia correspondiente ante la Fiscalía General de la República.

Para el FMLN, el tema de Sibrián siempre resultó incómodo. Se dijo que había perdido la razón y que por eso mandó a matar a cientos de guerrilleros, colaboradores y pobladores de las zonas de control, porque veía espías y enemigos en todas partes. El asunto se dio por zanjado con el fusilamiento de Sibrián en 1991, cinco años después de que comenzaran las muertes.

Otro de los reportajes de El Faro/Focos, «La masacre ignorada del río Lempa», habla de la muerte y desaparición de casi 200 personas, la mayoría población civil, por parte de miembros del ejército que habían sido enviados para eliminar una célula guerrillera de 40 miembros, ubicada en Santa Marta. Sobre estas muertes en el Lempa, la Comisión de la Verdad apenas escribió tres líneas en su informe final sobre la guerra en el país. Otras masacres, con menor número de muertes, ni siquiera fueron registradas en dicho informe.

Los habitantes de Santa Marta realizan en marzo de cada año una peregrinación desde el pueblo al lugar en el río donde se dio el suceso. Es un día de convivencia entre la comunidad, pero también un día de dolor y recuerdos que todavía humedecen los ojos de quienes lo pueden contar. Estas masacres son menos conocidas, pero su dolor y su realidad siguen teniendo el mismo efecto entre los sobrevivientes y las generaciones que crecieron a su sombra.

Somos un país donde los vivos nos dedicamos a buscar los huesos de muchos muertos. Muertos de hoy y muertos de ayer. Los de las masacres de la guerra. Los de los desaparecidos. Los de los cementerios clandestinos. Un país lleno de huesos. Un país lleno de dolor. Un país lleno de memorias difíciles que deben ser nombradas para poder ser expiadas.

Si en El Salvador aprendiéramos a respetar el dolor ajeno, podríamos tener un ambiente menos ideologizado para crear espacios colectivos y hablar de esos traumas, dejando de lado las diferencias y partiendo de lo común: el dolor que nos une. Identificar los dolores que nos causó la guerra, nombrarlos. Asumir la responsabilidad ética de los mismos. Hablar sobre ello, que las víctimas puedan nombrar su dolor en voz alta, ponerle palabras, nombres y apellidos. Hablar de la culpa, de la rabia, de las pérdidas. Hablar de nuestra guerra y del por qué nos matamos de la manera en que lo hicimos, muchas veces con toda crueldad.

Hay dolores que jamás terminan, que no podrán sanar jamás. Hay dolores demasiado profundos y complejos, que dejan secuelas interiores con las cuales sólo queda aprender a convivir, porque estarán ahí siempre. Hay dolores que incluso se heredan, de generación en generación, a través de conductas condicionadas, de silencios, de secretos familiares o de verdades dichas a medias.

Hablar del dolor, señalarlo, implica también sacudir la culpa del sobreviviente. Es otorgar dignidad a eventos que, de manera personal o colectiva, hemos aprendido a callar o nos han obligado a callar.

No sé qué tan cierta sea la premisa de que al conocer la historia podremos evitar que ocurra de nuevo. Esto lo digo a la luz de los eventos mundiales que nos hacen ver un lamentable auge de movimientos neo nazis, autoritarios y fascistas, como si volviéramos a comenzar todo de nuevo. Como si no existiera el pasado. Como si no hubiéramos aprendido nada de la historia. Hay quienes niegan el Holocausto y también hay quienes niegan El Mozote o quienes justifican aquellas crueles acciones.

Como sociedad, tenemos que reconocer lo acontecido en nuestra historia. Nombrarlo. Dignificarlo reconociendo su existencia. Respetar la memoria de tantas personas que murieron muertes indignas, crueles, atroces. No importa de qué bando. No importa de qué ideología.

Daríamos un primer gran paso con sólo practicar el respeto al dolor ajeno.

Fe

La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, según la definición bíblica. Aunque en el plano metafísico es algo básico y en la parte espiritual es el sostén de millones y millones de personas en el mundo, es cierto que hay muchísimas cosas para las que no basta con creer.

Puedo tener fe en que el próximo año será mejor, pero depende de mí actuar, trabajar y poner de mi parte para que eso suceda. Puedo, así mismo, tener fe en mis gobernantes, en esos a los que les confié mi voto y quienes ahora se sientan en las sillas del poder y deciden cosas que serán determinantes para mi calidad de vida y la de mis compatriotas.

Con ese poder, dado por la mayoría que acudió a las urnas, pueden decidir en qué usarán nuestros dineros, esos que pagamos cada vez que compramos algo, recibimos un pago o nos aplican tasas e impuestos que ni sabemos que existen —con la gasolina seguimos pagando el FEFE, al que le decían «impuesto de guerra»—. Deciden, además, en qué montos y para qué fines contratar más deuda.

Entonces, sobre esa plata pueden tomarse decisiones que fomenten el bienestar social: invertir en mejorar la salud pública, la educación, los servicios para la población más pobre. Puede priorizarse recursos para reforzar lo que se traduzca en mejoras para la gente y reducir el gasto en cuestiones como viajes o lujos para los funcionarios públicos. Incluso tenemos un fallo de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia en este sentido.

Mucha fe puedo tener en mis gobernantes, pero allí sí necesito ver, sí necesito saber y sí necesito conocer cómo y en qué usará la plata. No se vale que el proceso de elaboración y discusión del presupuesto sea tan poco público y tan poco transparente. La población tiene acceso al proyecto de presupuesto una vez presentado y luego, tras su aprobación, una vez publicado. Porque pese a que las reuniones de la Comisión de Hacienda de la Asamblea Legislativa se transmitan por radio o televisión, las verdaderas decisiones se siguen tomando a puerta cerrada, bajo la mesa, y según pactos que poco tienen que ver con el bienestar de la gente.

La fe, la confianza en mis funcionarios no puede ni debe ser un cheque en blanco ni un salvoconducto para que hagan lo que les dé la gana. La transparencia ha sido el gran ausente en los procesos de formulación del presupuesto durante décadas y si de verdad vamos a hacer las cosas distintas, cambiar esto es un buen inicio.

Es delicadísimo que el plan de gastos del Estado no se maneje como lo que es: una herramienta de política fiscal cuyos fines deben ser asegurar una gestión alineada con el bienestar social, con la sostenibilidad y con la austeridad en las áreas en las que se pueda aplicar. Seguimos siendo el país con una de las planillas públicas más caras de la región, se sigue manteniendo partidas de gastos reservados, le seguimos dando más recursos a publicidad que a entidades que cuidan del bienestar de los niños, del medio ambiente o de la promoción del turismo. Incumplimos fallos judiciales que nos mandan a tener presupuestos equilibrados y sin gastos subestimados ni ingresos inflados.

El problema de un presupuesto mal elaborado y mal enfocado es que el resultado es una merma en la calidad de la vida de la gente, sobre todo de los más pobres, por dos causas principales. Primero, si no se prioriza bien el gasto, no se dedican suficientes recursos a los servicios básicos, esos a los que la población más vulnerable no puede tener acceso a menos que el Estado se los provea.

Segundo, con presupuestos desequilibrados, se debe recurrir cada vez más a deuda, y los futuros presupuestos deberán destinar, como ya pasó en 2019, más recursos al pago de la deuda que a salud y educación combinados.

No es poca cosa. Tengo fe en que finalmente nuestros gobernantes entenderán. Ojalá no me equivoque.

Seguridad pública en 2019

El año termina y en El Salvador hay una tendencia clara: la reducción en las cifras de homicidios, que empezó con el ascenso de Nayib Bukele a la jefatura del Ejecutivo. Eso es, por donde se le vea, una buena noticia. Cualquiera que sea la explicación, esto implica que hoy menos salvadoreños mueren de forma violenta.

La buena noticia no quita que haya que buscar, con todo el afán necesario, las explicaciones al descenso. Entre otras cosas, para sistematizar las causas y usarlas como insumos para una política de seguridad pública sostenible.

Además, en un país en que el aparato de propaganda y desinformación del gobierno navega con facilidad, es indispensable que el periodismo, la academia, la sociedad civil en general -mencionar a la oposición política parece ya inútil- busquen lo que el barullo triunfalista del oficialismo pretende esconder.

Empecemos.

Estuve este año, como parte de una investigación amplia sobre seguridad y crimen organizado, en seis de los departamentos del país con mayores índices de violencia. Con matices, y a falta de ordenar toda la información, dos conclusiones son ya posibles. Una, el estado salvadoreño sigue sin ejercer control en amplias porciones de su territorio. Dos, los operadores políticos vinculados a la corrupción y al crimen organizado siguen siendo protagonistas en el manejo de la seguridad pública.

En La Unión, por ejemplo, los grupos de exterminio, algunos integrados por miembros de la PNC, fueron autores de un porcentaje importante de los homicidios registrados en ese departamento. En una franja significativa de la frontera entre La Unión y San Miguel, estos grupos son los que ejercen el control.

En toda la costa unionense, desde El Tamarindo hasta El Icacal, aun hasta los límites con playa El Cuco, grupos criminales ejercen un control silencioso pero efectivo en carreteras, manglares, cantones y, sobre todo, en las decenas de entradas del Golfo de Fonseca en tierra salvadoreña. Ahí sigue habiendo extorsión, ajustes de cuentas y, de acuerdo con autoridades locales, entrada regular de cocaína procedente de Nicaragua y Honduras.

Ante panoramas como este, y a falta de un diálogo serio entre el poder formal de la administración Bukele y la ciudadanía, el alegato del gobierno de que la baja de homicidios está relacionada a una estrategia basada en el despliegue masivo de la fuerza pública no se sostiene. Me inclino más por el análisis que pone en la voluntad de los grupos criminales, llámense pandillas o bandas de narcotráfico, el descenso en las cifras.

En corto: animados por la eficiencia del control territorial que ellos ejercen, los grupos criminales decidieron bajarle a la violencia para favorecer un escenario en que pactos políticos con el gobierno de turno -como los que hicieron con las tres últimas administraciones- son posibles. Negociar en lugar de confrontar. Esto, se ha dicho hasta la saciedad, es la política pública más peligrosa, no solo porque facilita la paz mafiosa que, al final, suele ser el prólogo de un estado criminal, sino también porque alienta la evolución de los grupos criminales a estadios más sofisticados.

2019 trajo una buena noticia, sí, pero también muestras de un ejercicio político que privilegia la opacidad para vender como exitosa una reducción de homicidios que no se explica solo con el despliegue de más soldados y policías en las calles.

Al lado de El Salvador, en Guatemala y Honduras, las bajas de homicidios también ocurrieron durante administraciones que facilitaron pactos con grupos criminales, en esos casos, de narcotraficantes y mafias políticas.

De nuevo, en países donde el abandono del estado y la tolerancia al crimen han sido fórmulas comunes de ejercicio político, las bajas sostenibles en las cifras de violencia con estrategias que no minen la gobernabilidad democrática nunca se lograrán con atajos o recorriendo callejones oscuros.