¿Periodismo? ¿Para qué?

Para nadie es un secreto que los medios de comunicación están en crisis. Más bien, el modelo de negocios, sobre todo de los medios escritos, está en crisis. Lejos quedaron los tiempos en los que los periódicos tenían un cierto monopolio en cuanto a la difusión de la información, y muchos no han logrado aún encontrar la ruta.

Aún así, soy una fiel convencida de que el periodismo de calidad sí vende. Quizá hemos fallado en recordarles a nuestras sociedades el verdadero papel de los periodistas y de los medios de comunicación en nuestras democracias. Mucha gente incluso cree que los medios tradicionales ya no son necesarios, porque eligen informarse en redes sociales, sin reparar mucho en quién les está presentando esta información.

Sin embargo, aunque los soportes cambien y los medios electrónicos despunten cada vez más, el método del buen periodismo no cambia. Periodismo no es repetir como lorito lo que un funcionario o un empresario dice, ni tomarlo como la verdad absoluta. El periodista recolecta datos, busca información, contrasta fuentes y sabe que, mientras más se esmere en esta búsqueda, más se acercará a la verdad. Como si cada persona con la que se hablara y cada documento que se consultara constituyeran pequeñas presas de un gran rompecabezas, seguir el método periodístico de investigar, contrastar, contextualizar y explicar permite ir armando una fotografía lo más parecida posible a la realidad.

Y, claro que cada medio tiene una agenda, los propietarios tienen sus propios intereses e ideologías, y los mismos periodistas tienen una carga importante de subjetividad, como todo ser humano pero, al final, es el método el que nos permite ofrecer un trabajo del que podamos sentirnos orgullosos. Y a usted, el consumidor de la información, se le presenta un abanico de medios de todos los colores y tendencias, para que usted mismo sea capaz de ir viendo los diferentes enfoques de la realidad que cada uno le presenta.

Recientemente, en El Salvador se ha vuelto común que a los periodistas se nos confunda con inspectores, policías o fiscales. «Si tanto saben, ¿por qué no van a la FGR? ¿Por qué no los denuncian ustedes?». Y sí, lo hacemos. Lo hacemos desde nuestras notas, desde nuestros reportajes, en nuestros minutos al aire, incluso en nuestras columnas de opinión.

Por el papel del periodista no es el mismo de un policía o de un abogado. En el siglo pasado se nos llamaba los «perros guardianes», los vigilantes del poder, los encargados de encender la luz para que la sociedad vea lo que realmente sucede, sobre todo en los ámbitos de poder político o económico.

Nuestro trabajo es la denuncia pública, para que usted, como ciudadano, esté armado con el enorme poder que otorga la información, para que tenga herramientas para tomar mejores decisiones, para indignarse, para reclamar y, ¿por qué no? Para que las entidades encargadas de las investigaciones administrativas y judiciales hagan lo suyo.

Los medios son necesarios en las democracias en su papel de vigilantes, para apuntar los reflectores y señalar el dedo hacia lo que requiere ser señalado. El periodismo de calidad es básico para que los sectores poderosos no abusen de los que están abajo, para pedir cuentas a la administración pública, para hacer eco de las voces de quienes sufren por los problemas sociales, económicos, políticos y humanitarios.

El buen periodismo, hoy más que nunca, se debe defender, apoyar y promover.

Ramiro

Corrían los últimos meses de 2008. José Luis Merino me mandó un mensaje con mi padre: quería, le dijo, hablar conmigo para aclararme algunas cosas sobre los textos que otros colegas y yo habíamos escrito en LA PRENSA GRÁFICA sobre los correos electrónicos del comandante Raúl Reyes de las FARC, donde Merino aparece nombrado como mediador en la compra de armas para la guerrilla colombiana.

Le dije a mi padre que le diera mi teléfono celular. Ramiro me llamó. Y se identificó así: «Habla Ramiro». Y me citó en una casa de la colonia Flor Blanca, cerca del Gimnasio Nacional. Fui a la hora que me dijo al lugar que me indicó. Me bajé del carro, pero ahí solo había dos personas que cuidaban un garaje lleno de cajas viejas. Ramiro, me dijeron, solía llegar a esa casa, pero ese día no lo haría. Marqué al teléfono y nadie me contestó.

Aquella fue la única vez que hablé, en teléfono o en persona, con José Luis Merino, el comandante Ramiro. He escrito mucho sobre él después del episodio de las FARC, y siempre busqué entrevistarlo, a menudo a través de funcionarios del partido. Nunca contestó. Esa es una de las características de este líder efemelenista: es escurridizo; prefiere hablar desde la comodidad que le otorgan los medios partidarios para asegurarse de que no haya preguntas incómodas y que su discurso llega, sin molestias, al coro fiel de sus seguidores.

Para escribir lo del nexo con las FARC viajé a Bogotá a entrevistar a los fiscales colombianos que procesaron los correos de Raúl Reyes y a los agentes estadounidenses y europeos que certificaron que las computadoras del comandante fariano no habían sido manipuladas.

En el marco de aquella investigación, asesores cercanos al entonces presidente Saca me dijeron que Merino había sido pieza importante en la negociación política que siguió al 5 de julio de 2006, cuando Mario Belloso, un francotirador asociado al FMLN, mató a dos agentes de la PNC durante una manifestación.

Aquel año, asociados de Merino fundaron ALBA Petróleos con dinero proveniente de Venezuela. En los meses siguientes, ALBA Petróleos se diversificó y llegó a servir de paraguas a una docena de empresas, varias de ellas afincadas en Panamá. Para 2014, los ingresos del grupo rozaban los $1,000 millones. Años después, el conglomerado está al borde de la bancarrota, como lo demuestran la quiebra de la aerolínea VECA y comentarios públicos de algunos de sus operativos.

En 2017, al calor del caos en Venezuela, el senador estadounidense Marco Rubio, republicano de Florida, acusó a Merino de lavar dinero del narcotráfico y pidió sanciones en su contra. La reacción del FMLN entonces fue acuerpar a Ramiro y escudarse en que lo de Rubio era una pataleta más del lobby cubano-americano de Florida, asociado con la derecha salvadoreña.

Después vino la carta de los 14 congresistas de la cámara baja, entre ellos demócratas identificados con la izquierda que no han dudado en apoyar en Washington la agenda de los gobiernos efemelenistas, y que, durante la gestión de Funes, incluso ayudaron a abrir las puertas del Capitolio al primer gobierno del FMLN.

Ya no es solo Rubio, son más los que ven con mucha preocupación la lista de sospechas que se suman en torno de Ramiro.

El FMLN, después de esa carta, optó por cerrar filas y asegurar el blindaje a Merino. Todos en el partido corrieron a defenderlo, y usaron los recursos del Estado para hacerlo: cancillería creó, ad hoc, un puesto de viceministro.

El ruido en torno del comandante es demasiado, y los indicios suficientes como para que la Fiscalía salvadoreña lo investigue en serio. Pero no, al menos en El Salvador, Ramiro Vásquez sigue siendo intocable. Y, con su caso, el FMLN ha dejado claro que la impunidad es también un asunto que se tiñe de rojo.

*Una versión de esta columna fue publicada en julio de 2017.

Carta Editorial

Las consecuencias del cambio climático las notan las mimas personas de siempre. Este no es un fenómeno abstracto. Es una realidad que en este país ya es la base de una serie de problemas tangibles, como la pérdida de bosques y la alteración de la época de lluvias. A esto se suma el tema que se desarrolla en el reportaje principal de esta edición: los cambios en el nivel del mar.

Pese a la gravedad de las consecuencias, tanto sociales como económicas, ya vistas, el país aún no se mueve hacia una actitud que dé paso a la ejecución de medidas de adaptación. La razón de este poco avance también tiene que ver con las víctimas. Al Estado y a la sociedad siempre les ha costado mucho escucharlos a ellos, a los vulnerables de siempre, a los que ponen los muertos en cada tormenta.

El cambio climático no se puede detener de inmediato, pero se puede preparar a los habitantes para que el impacto no deje secuelas irreversibles. Esta es otra de las razones del atraso. La educación es una medida efectiva, pero que se lleva a cabo con tiempo y paciencia. No es una cuestión de horas y, por tanto, nunca ha sido material para una foto de campaña.

Hacer de esta una población consciente y responsable en materia medioambiental exige que haya autoridades en la misma sintonía. Aunque las distintas autoridades han comenzado a abrir cada vez más espacios a la discusión del cambio climático, los pasos que se han dado para minimizar el impacto de este fenómeno no han tenido la contundencia necesaria. La falta de recursos no puede ser siempre la excusa para posponer las acciones que lleven a resultados más sustanciales.

Las consecuencias ya las está sufriendo una parte importante de la población. Una a la que no se le puede seguir poniendo atención solo cuando las desgracias ya han sucedido.

«Toda mi personalidad es una extravagancia»

¿Cómo acepta los códigos de vestimenta?

Trato de evitar los códigos, principalmente, porque no me gustan los prejuicios y estereotipos. Como artista considero que la estética personal y las vestimentas son formas de expresión.

¿Qué hace cuando tiene dificultades para resolver un problema?

Yo pienso que la vida es un problema constante que exige resolver diariamente. Trato de mantener la mente enfocada en encontrar soluciones.

¿Cuál es su mayor extravagancia ?

Toda mi personalidad es una extravagancia. Pero tomando en cuenta el contexto histórico, social y cultural de mi país, creo que ser artista siempre se ha considerado como algo extraordinario.

¿Cuál ha sido su mayor logro?

No sé cuál sea mi mayor logro, creo que he hecho cosas importantes en mi profesión y en mi primera juventud, pero creo que solo es una primera parte de mi historia. Quizá mi mayor logro es mantenerme auténtico, leal a mis ideales y a mi pasión

¿Dónde y cuándo es feliz?

Soy feliz en lugares donde pueda explorar o tener contacto con la naturaleza, como los bosques, la playa, algún paisaje bonito, algún pueblito o ciudad nueva y donde encuentre arte y amor.

¿Qué o quién es el más grande amor de su vida?

Justo me encuentro redefiniendo y reconstruyendo la palabra «amor». Es algo muy extenso por descubrir. Pero sin duda diría que mi carrera y el arte en general. Es como un amor lindo,intenso,obsesivo y necio.

¿Cree en la inmortalidad del alma?

Sí, pienso que como artistas estamos destinados a estar en constante creación. Durante toda la vida y en cada pintura, en cada canción, en cada poema, en cada performance estamos dejando parte de nuestro ser y de nuestras experiencias. Como un registro que trasciende en el tiempo.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (226)

1851. CITA CON EL DESTINO

El arribo del vuelo estaba programada para las 2 de la madrugada, pero cuando él despertó de su cómoda somnolencia y vio su reloj se percató de que la hora era ya bastante más avanzada y aún iban en las mayores alturas. No le dio importancia, porque los itinerarios con frecuencia son así; pero cuando las horas fueron pasando como si nada se animó a preguntarle a la azafata: «Señorita, ¿está previsto que aterricemos pronto?» Ella se le quedó viendo con mirada de sorpresa, y sólo hizo un leve gesto indefinible. Él fue a hacer su necesidad al baño y cuando estaba ahí, frente al reducido espejo, algo se dibujó detrás, como una imagen casi mística. Entonces tuvo la corazonada de que aquel viaje era hacia el infinito. Volvió a su asiento junto a la ventana. La tierra firme estaba debajo, diciendo adiós.

1852. SOMOS DIOSES, ¿RECUERDAS?

La nave emprendió viaje sobre las aguas tranquilas, y el horizonte se fue dibujando como una estancia de acogida, sin figuras visibles. Ellos fueron a instalarse en su cabina, que era de las mejores, y luego de ponerlo todo en su lugar se asomaron a la veranda, para entrar en ambiente. En efecto, todo auguraba un trayecto naturalmente idílico, en perfecta armonía con sus estados de ánimo. Y es que aquel era un viaje de bodas, pues recién acababan de trenzar votos de amor sin fin. Como siempre pasa, de pronto surgió en la cercana lejanía un promontorio en crecimiento. «Es ahí», dijo él. «¿Tan pronto?», preguntó ella, agregando: «Pensé que sería el punto final de la travesía». «Sí, pero acabo de mover las piezas del mapa para llegar de inmediato. Ya no aguanto el ansia de ocupar nuestro nuevo hogar en la isla encantada…»

1853. AMISTAD PERFECTA

Estaban reunidos por primera vez desde hacía mucho tiempo, porque en lo que algunos viajaban otros estaban inmersos en sus trabajos profesionales. No eran familiares, pero como si lo fueran; más aún, la antigua amistad se les había ido volviendo un vínculo anímico indisoluble. Lo curioso era que en tanto menos se veían más unidos estaban, como si la cercanía física tuviera efecto de repelente invisible pero invencible. Aquella vez, en el encuentro todo transcurría con la lasitud acostumbrada, hasta que uno de ellos preguntó: «¿Qué hacemos aquí: por qué no nos vamos a la orilla del mar, donde al menos las olas se mueven?» Fue suficiente para que todos se levantaran para coger cada quien su camino. Y la frase de alguno dio la pista: «Amigos para siempre, como siempre, ahí nos vemos sin tener que vernos…»

1854. TRANSFIGURACIÓN AL DÍA

En el barrio se decía que aquel muchacho con apariencia de inocente vagabundo era en verdad gatillero de un grupo criminal. Nadie se sorprendía, porque la delincuencia estaba a tope, salvo aquella señora que tenía en la zona su tiendita desde siempre. No hacía ningún comentario, pero pensaba para sus adentros: «¿Cómo es posible que Nachito, al que le enseñé catecismo con otros cipotes del vecindario, ande en ésas…?» Hasta que un día la noticia la zarandeó. Nacho, el gatillero, había quedado sin vida, con el cuerpo cruzado de balas, luego de un enfrentamiento con la Policía en uno de los callejones más peligrosos del entorno. La Niña Tere se fue a la iglesia a rezar un rosario por el alma de Nacho, y como por arte de magia lo halló en la calle: «¡Chit, chit, chit, Niña Tere, ya no tengo armas, sólo recuerdos!»

1855. ¡UNA AYUDITA, POR FAVOR!

Sin saber por qué, la suerte se le había venido volviendo un deshoje constante y progresivo. El tronco y el ramaje de su existencia estaban cada vez más a merced de lo inevitable, y eso se manifestaba a las claras en su forma de vida. La familia se le alejaba inmisericordemente. Los trabajos iban en picada, perdiendo categoría y frecuencia. Los bienes desaparecían como piedras rodantes. Nuevas oportunidades ni por asomo. Sólo la salud permanecía intacta. Un día de tantos, tuvo que quedarse a vivir en la calle. Buscó una que fuera muy transitada para tener más acceso a la caridad transeúnte. Nadie parecía advertir su presencia. Pero de pronto una imagen se le acercó y le tendió la mano, sonriente. Él lo reconoció sin más: «¡Tú por fin! ¡Has venido sin que te llame, Ángel de la Guarda! ¡Una ayudita, por favor!»

1856. SON COSAS DE LA SED

Cuando le cogió aquel ahogo desesperado, sus familiares inmediatos lo llevaron al hospital público más cercano, para que no fuera producírsele un cierre total de la respiración. Con frecuencia había venido padeciendo episodios más o menos análogos, pero nunca tan inquietantes como aquél. Los médicos, luego de hacerle los exámenes exteriores del caso, concluyeron que su comportamiento orgánico no presentaba ningún síntoma alarmante. «Quizás es un ataque de ansiedad», les dijo sonriendo uno de los galenos, el más joven, que apenas estaba iniciándose en el ejercicio. Ellos respiraron tranquilizados y se lo llevaron a casa. Pero esa noche vino un nuevo acceso. Todos dormían, menos él. Se incorporó y buscó auxilio líquido. Lo único disponible a la mano era aquella botellita de tequila. El trago le hizo respirar. ¡Aleluya!

1857. TRAGALUZ HACIA EL SUEÑO

Se conocieron en un festejo. Armaron su relación como un pequeño rompecabezas inocente. Iniciaron su vida en común con lo estrictamente necesario. Y fueron incorporándose a la rutina doméstica sin ningún sobresalto anticipado. Muy pronto Delmy quedó embarazada y Julián pasó a buscar ocupaciones adicionales para poder sufragar los gastos de las obligaciones presentes y por venir. Entonces, y de manera súbita, empezó a crecer entre ellos una especie de maraña de sentimientos encontrados. Ninguno de los dos se animaba a comentar aquel hecho, hasta que él no aguantó: «Has dejado de quererme, ¿verdá, Delmy?» «Pues yo creo que sos vos el que ha dejado de quererme». Y entonces ambos al unísono miraros hacia arriba. Ahí estaba el tragaluz, animándolos a no darse por vencidos. Anochecía con invitación.

1858. CADENAS ESCONDIDAS

Aquella noche, después de departir con amigos en el bar de siempre, regresó a su estancia en el edificio vertical al que acababa de pasarse. Su piso era el más alto, y desde ahí podía contemplar las etapas del día y de la noche como si fuera un pájaro posado en una nube. Esa medianoche, sin embargo, el juego de sus sensaciones parecía trastornado. Un ahogo sin causa aparente le dominaba el ánimo. Se tendió en el piso de la pequeña terraza y cerró los ojos. La lejanía abierta estaba causándole pánico. ¿Qué era aquello? Sus memorias de infancia infeliz lo invitaban al sótano…

Parques para casas rodantes acogen a inmigrantes en Colorado

Fotografías de AP

El Aspens Mobile Home Village se encuentra entre la autopista I-70 y el río Eagle, en una zona montañosa cerca de Vail. Es fácil pasarse de largo entre tanta carretera, árboles, cercos y remolques que circulan antes de que asome el cartel azul de la salida 167, anunciando un Burger King, un Subway y un Fiesta Jalisco.

Aspens es un lugar discreto, como le gusta a la gente que generalmente no vive en casas rodantes, y esto lo distingue del parque más grande del condado que se encuentra a 10 minutos de carretera en Edwards. Ese parque, el Eagles River Village, ha generado titulares por un problema persistente, que aún no ha sido resuelto, con la calidad del agua. Fila tras fila de remolques viejos emergen casi desde el río y se internan en las colinas llenas de casas de un millón de dólares y campos de golf de la Cordillera.

Estos son dos de los 31 parques para casas rodantes que hay en el condado de Eagle. Las comunidades tienen distintos tamaños y un total de 1,248 viviendas, casi todas ocupadas por gente que trabaja en la industria hotelera, de servicios y la construcción. En un condado de viviendas y alquileres caros, las casas rodantes son una necesidad económica pues ofrecen un techo a trabajadores con salarios bajos, que limpian las habitaciones de los hoteles y cuidan los campos de golf de localidades montañosas que viven del turismo.

Aspens Mobile Home Village tiene cabida para 159 remolques y actualmente hay un solo lugar vacío. El parque funciona desde hace casi 50 años y está bien mantenido. Los remolques son bastante nuevos y hay plazas en las que juegan los hijos y nietos de trabajadoras domésticas, pintores, campesinos, jardineros, cocineros y niñeras.

Igual que en otros parques de casas rodantes, los residentes son propietarios de los remolques y alquilan espacios para instalarse por unos $1,100 por mes. Esto no incluye el gas, la luz ni la televisión por cable. Su administradora es Agustina del Hoyo, quien desde el 2008 combina tareas de jefa que se ocupa de que todo funcione y de madre. Dice que no sabe cuánta gente vive en Aspens, pero una noche hizo la cuenta y sumó 525 vehículos.

«Hemos recibido gente de todos lados. De Rusia, de Bulgaria, de Jamaica, de Honduras, incluso vietnamitas. Pero el 75 % aproximadamente son latinoamericanos», expresó.

La mayoría son inmigrantes. Algunos llegaron a Estados Unidos legalmente, otros no. Vinieron por un par de años y ya llevan 12, 15 o 20. Para ellos Aspens es su casa, por más que se nieguen a admitirlo y añoren la tierra de su infancia, donde viven o están enterrados sus padres. Dicen que su casa es la que construyeron o están construyendo en Aguascalientes, Chihuahua o Guerrero, que pagaron con el dinero que ganan haciendo camas y limpiando alfombras.

En sus años en Avon, se han casado y tuvieron hijos. Remodelaron sus viviendas, agregando ventanas, porches, pisos de madera, mesadas de granito y Corian. Cuando una mujer le dijo a su familia que tal vez era hora de comprar una casa -ya habían pasado casi 20 años desde que vinieron de México-, sus dos hijas protestaron y lloraron, según cuenta. Después de todo, vivieron toda su vida aquí.

«Tengo el corazón dividido», dice otra madre, que lleva casi 22 años en Avon, los últimos cinco en Aspens. Cruzó la frontera ilegalmente, dejando atrás a sus padres, la mayoría de sus hermanos, sus sobrina y sobrinos, «la gente que quiero», en Aguascalientes. Ha pasado casi la mitad de su vida en esta hermosa localidad de montaña, pero dice que cuando ella y su esposo terminen de arreglar el remolque, terminarán de construir una casa en México. Tal vez algún día regresen. O tal vez no.

Aquí, un remolque es más que una casa, es una metáfora que resume la vida de los inmigrantes, un lugar temporal, bien tenido, pero sin raíces.

Desigualdad. La diferencia entre la vida que se lleva en los remolques y la que se lleva en las casas es grande. La brecha incluye acceso a servicios básicos.

***

UN NUEVO RITMO

Los obreros de la construcción y los jardineros parten temprano en caravanas de automóviles y camiones y trabajan cuantas horas pueden antes de que venga la nieve. Ganan dinero durante el verano. El invierno es para las empleadas domésticas y los trabajadores de los hoteles que reciben a los aficionados al esquí. Ganan de 11 a 17 dólares la hora. Durante la mañana se escucha el barullo de los niños que van a la escuela con sus mochilas, sus capuchas y su almuerzo. Los ancianos los ven pasar desde sus porches mientras se dirigen a la parada de autobuses en la entrada del parque. A la noche se repite todo, solo que en sentido inverso. Y se siente el olor de cebollas, carne y tortillas que la gente lleva a sus casas.

Hace cinco meses, los jueves por la noche, las mujeres empezaron a reunirse para lo que del Hoyo describe como una sesión Entre Mujeres. Organizó ese grupo porque con frecuencia las mujeres que iban a su oficina a pagar el alquiler se quedaban allí y le contaban sus problemas con el trabajo, los hijos y sus maridos. Le decían que extrañaban sus casas, sus madres, sus hermanos y sus amigos.

Del Hoyo, quien es hija de inmigrantes mexicanos, sintió que tenía una conexión con estas mujeres. Ella también había dejado atrás a su familia, en California, en busca de lo desconocido.

«Todos los días, las 24 horas, estas mujeres están trabajando. Trabajan en sus empleos y en sus casas. Necesitan una hora a la semana para ser ellas mismas», dice del Hoyo. «Aquí piensan solo en ellas mismas. Necesitan ayuda, apoyo. Yo les digo, ‘cuando hablas con una amiga, es como una medicina. Cuando nos juntamos todas, es como una farmacia’».

La voz se corre rápidamente en el parque. Si un auto desconocido se mueve muy lentamente, de inmediato alguien llama a Agustina. Un funcionario del servicio de flora y fauna ve un oso en las inmediaciones y alguien llama a Agustina. La puerta del salón de reuniones permanecía cerrada, de modo que al principio poca gente asistió a las charlas. Pero pronto fueron animándose y un jueves reciente había unas dos docenas de mujeres que habían llevado pollo, pasta, sandías, tamales, buñuelos, ensaladas y dulces.

No es fácil mostrarse vulnerable, pero comparten sus historias, que son las mismas de la mayoría de las madres de cualquier parte: cómo les va a sus hijos en la escuela, los problemas en el trabajo, las cuentas que hay que pagar, padres enfermos, la ausencia de seguros médicos, el cansancio. «Cada día de mi vida es un sacrificio», dice una mujer, y las otras asienten.

Pero hay otro nivel de vulnerabilidad aquí: Vivir en Estados Unidos sin papeles es vivir con una incertidumbre constante, con una ansiedad permanente. Dicen que las cosas empeoraron desde que Donald Trump llegó a la presidencia. Hablan de eso, del miedo que no las deja, dicen que tratan de no pensar en ello y al mismo tiempo se preocupan de cómo preparar a sus hijos para la eventualidad de que un día no vuelvan a casa. «La migra te puede detener en cualquier sitio», dice la madre con el corazón destrozado. «En tu casa, en la escuela, en el trabajo, en un negocio».

A pesar del miedo, dicen que se sienten agradecidas por la vida que llevan, por el trabajo, por el sueldo, por las escuelas y los parques, y tienen la convicción de que este es un sitio mucho más seguro que sus países. «Me iré a casa si Trump me obliga, pero espero que no lo haga», dice una mujer de Aguascalientes que vino con una visa de trabajo y se quedó. «Allí no hay trabajo. No hay nada».

“Tengo el corazón dividido”, dice otra madre, que lleva casi 22 años en Avon, los últimos cinco en Aspens. Cruzó la frontera ilegalmente, dejando atrás a sus padres, la mayoría de sus hermanos, sus sobrina y sobrinos, “la gente que quiero”, en Aguascalientes. Ha pasado casi la mitad de su vida en esta hermosa localidad de montaña, pero dice que cuando ella y su esposo terminen de arreglar el remolque, terminarán de construir una casa en México. Tal vez algún día regresen. O tal vez no.

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A NO ENCARIÑARSE DEMASIADO

Hay una mujer en Aspens que vino de la Ciudad de México. Tiene dos años de universidad y se enamoró de un hombre que venía todos los veranos a Estados Unidos para trabajar en jardinería. Su padre no aprobaba la relación. «Esa vida es una locura», le dijo. Su madre falleció y su padre crió solo a sus tres hijos. «Seré tu madre y tu padre de ahora en más», recuerda que le dijo. «Tendrás que ser fuerte». Ella tenía ocho años.

Partió a Estados Unidos con su futuro esposo. No le dijo nada a su padre y cruzó la frontera ilegalmente. Caminó dos días y una noche por el desierto, según cuenta. Llamó finalmente a su padre desde una casa en Tucson. El padre le dijo que para él estaba muerta y que no lo volviese a llamar. Su prometido le dijo que tenía que olvidarse de su vida en México. Que eso era historia.

La mujer encontró un trabajo en un negocio de Avon. Ella y su marido tuvieron dos hijos. Se las arreglaron para no tener que contratar una niñera. Tenían un trabajo cada uno. Decidieron no recibir primos ni amigos con tal de olvidarse de México.

Cuando se mudaron a Aspens hace seis años, ocuparon un remolque que no usaba nadie y lo remodelaron. Piso de madera, gabinetes de madera y electrodomésticos y mesones nuevos. Pusieron una pantalla plana en la pared y una foto de Jesús arriba de la mesa de la cocina. Las pocas veces que ella está sola en la casa, se sienta en un extremo de la mesa y disfruta de la vista de las montañas.

A su padre se le pasó el enojo después de un año. Con su nueva esposa y sus tres hijos pequeños, el menor de cuatro años, cruzó también el desierto. Eso fue hace 15 años. Dice que, al igual que tantos inmigrantes que conoce, su padre tomó dos trabajos, trabajó todo el tiempo y ahorró dinero. «Mantenía sus casas en México y pagaba impuestos aquí, pero no tuvo vida».

Eso no le pasará a ella, asegura.

Se está dando cuenta de que, luego de vivir 18 años como esposa, madre y empleada, «lo más triste es que me olvidé de mí misma».

Ahora trabaja como voluntaria en varias organizaciones y asiste a los encuentros con las otras mujeres del parque. Todas comparten el mismo estado indefinido de no ser necesariamente propietarias de una casa pero tampoco tienen el típico alquiler. Ya no están en sus países pero tampoco se sienten en casa. Trata de mantener un delicado equilibrio, echando algunas raíces, aunque sin apegarse demasiado al lugar donde reside. Su familia tiene una casa en México y si algún día pasa algo, no será el fin del mundo. «Vinimos a este mundo sin casas y nos iremos sin ellas», comenta.

«No quiero vivir pensando en lo que podría pasar», manifestó. «Quiero la vida que tengo frente a mí».

A poca distancia. Una de las ventajas que ofrece el parque de casas rodantes es que jardineros y obreros de la construcción encuentran empleo cerca. La gente que habita en los remolques ubicados en estas zonas por lo general ha migrado en situación irregular.

Fentanilo y el dinero fácil: No toma mucho hacerse rico

Víctima. Rod y Tonya Meldrum sostienen el retrato de su hijo Devi, en Provo, Utah. Él fue víctima de una sobredosis después de ingerir una sola pastilla de fentanilo.

Las pastillas llegaban de a miles a buzones de todo el país, rojas y azules, con el sello de oxicodona estampado en ellas.

Los fiscales dirían más adelante que eran «veneno», píldoras falsas con fentanilo, un potente opioide sintético que está escribiendo un capítulo mortal en la historia de la epidemia de opioides en Estados Unidos. Habían sido enviadas desde suburbios de Salt Lake City.

Fue allí que un joven de 29 años que no terminó la universidad llamado Aaron Shamo se hizo rico, construyendo un imperio de tráfico de fentanilo tan solo con su computadora y un par de amigos.

Durante tres semanas este verano, esos millenials suburbanos declararon en el juicio que se les siguió y contaron cómo fentanilo comprado y vendido a través de la internet transformó el comercio de las drogas ilegales. No fue el testimonio de sanguinarios capos del narcotráfico ni nada que pueda frenar un muro en la frontera con México. Shamo se describió a sí mismo como un «traficante de guante blanco», que buscó la colaboración de viejos compañeros de trabajo en eBay a los que bombardeó con mensajes con emojis sonrientes. Su abogado dijo que era un «tonto», no lo suficientemente inteligente como para ser un capo del narcotráfico.

Es tan potente, tan fácil de transportar, que los traficantes en gran escala ya no necesitan redes sofisticadas, según Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la DEA. Lo único que hace falta es un buzón, acceso a la internet y gente que consuma opioides. .

La forma en que él y sus amigos lograron inundar el país con medio millones de pastillas falsas de oxicodona revela la facilidad con que el fentanilo recorre el mundo, amenazando con llevar la epidemia fuera de Estados Unidos. Un polvo hasta 100 veces más fuerte que la morfina era comprado en un laboratorio de China y llegaba a Utah por correo. Era envasado en réplicas perfectas de pastillas de oxicodona en el sótano de la casa de Shamo y vendido por la internet, con entregas, nuevamente, por correo.

Todo esto ocurre en momentos en que la demanda civil más grande de la historia pone a prueba hasta qué punto la industria farmacéutica debería ser considerada responsable de inundar el país con analgésicos, generando adicciones masivas. Purdue Pharma, fabricante de la popular OxyContin, llegó a un principio de acuerdo por 12,000 millones de dólares esta semana con la mitad de los estados y unas 2,000 administraciones locales. El mes que viene comenzará otro juicio a otras farmacéuticas en el que las comunidades argüirán que la intensa comercialización de analgésicos desencadenó una epidemia.

La crisis empezó en la década de 1990, en que los opioides recetados dieron paso a la heroína, la cual a su vez despejó el camino al fentanilo. Esta droga ha causado la muerte de decenas de miles de personas desde su aparición en las calles en el 2013. Hay dos fuentes de abastecimiento: Los carteles mexicanos y paquetes enviados directamente por correo desde China, donde es producida masivamente, sin controles del gobierno. Hay muchos traficantes nuevos como Shamo, según las autoridades. Estadísticas de confiscaciones indican que su uso se expande rápidamente por todo el mundo. En el 2013 solo cuatro países reportaron confiscaciones. En el 2016, lo hicieron 16 naciones.

Es tan potente, tan fácil de transportar, que los traficantes en gran escala ya no necesitan redes sofisticadas, según Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (conocida por sus siglas en inglés, DEA). Lo único que hace falta es un buzón, acceso a la internet y gente que consuma opioides. Las tasas de consumo aumentan en todos lados, desde Asia hasta Europa y América Latina, como consecuencia de la intensa promoción de los analgésicos que hacen las farmacéuticas.

Potencia. Una pastilla de fentanilo es hasta 100 veces más adictiva que la oxicodona.

El margen de ganancias que deja el fentanilo ilegal es irresistible. La DEA calcula que un kilo sintetizado por unos pocos miles de dólares puede generarle a un traficante más de un millón de dólares.

«Cualquier idiota puede ser un traficante grande de fentanilo», afirmó Vigil. «Cualquiera con un coeficiente intelectual de menos 100 puede hacerse rico de la noche a la mañana».

Cuando un paquete sospechoso proveniente de China hizo que los investigadores se interesasen en Shamo, ya había producido al menos 458,946 pastillas potencialmente venenosas, según el gobierno. Encontraron $1.2 millones en el cajón de las medias y en una caja fuerte, y más dinero en criptodivisas.

Shamo empezó su negocio con su viejo amigo Drew Crandall.

Ambos comenzaron a vender Adderall, una medicina recetada para el déficit de atención, usando buscadores especiales no regulados. Hay mercados digitales clandestinos en los que se venden armas y drogas y se cambia dinero anónimamente mediante criptodivisas. Fue así que se expandieron, ofreciendo también la droga popular en los clubes nocturnos MDMA, hongos alucinógenos, drogas que los hombres usan para dormir y violar a mujeres, y cocaína sin salir prácticamente de sus casas. Compraron una máquina que fabrica píldoras y produjeron versiones falsas de xanax, una medicina para la ansiedad.

Un traficante local le comentó a Shamo que podría ganar fortunas vendiendo oxicodona falsa hecha con fentanilo. Crandall se fue del país y Shamo reclutó a otro amigo, Jonathan Luke Paz, para que lo ayudase a producir oxicodona.

Vendía las pastillas tanto a individuos como a traficantes, quienes luego la ofrecían en la calle. Cuando la policía interceptó los envíos de un solo día, contó 34,828 pastillas de fentanilo destinadas a direcciones de 26 estados. Algunas eran ofrecidas en la internet como fentanilo, otras no, sino que eran vendidas como 30 miligramos de oxicodona.

Los fiscales afirman que decenas de clientes suyos murieron, pero lo acusan solo en conexión con una muerte, la de Ruslan Klyuev, de 21 años, quien falleció en su habitación en Daily City, California. Junto a su cadáver se encontró un sobre en el que había recibido pastillas provenientes de Utah.

Shamo fue condenado por 12 cargos, incluido el de desarrollar actividades delictivas en forma continuada, el cargo reservado generalmente para gente como el «Chapo» Joaquín Guzmán, que conllevan condenas fijas de por vida. El jurado no llegó a un acuerdo en torno a una 13ra acusación, la relacionada con la muerte de Klyuev.

El día que Shamo fue condenado, un mercado digital clandestino tenía miles de ofertas de cosas presentadas como oxicodona. No había forma de saber si venía de una farmacia o del sótano de una casa.

Redada. En noviembre de 2016, dos hombres dos hombres con trajes protectores salen de una residencia mientras las agencias policiales locales y federales responden a una redada de drogas en Cottonwood Heights, Utah.

Angélica no migra, huye

Ilustración de Moris Aldana

Angélica recibió la llamada de un investigador de la Policía Nacional Civil (PNC) que le advirtió que ella y su familia estaban en peligro. Alguien los estaba buscando para asesinarlos. Ella, sus dos hijos y su madre huyeron de su hogar con lo que tenían puesto y nada más.

Aquella tarde, Angélica apenas venía de enterrar a sus dos hijas que fueron asesinadas por los mismos que ahora los estaban amenazando. Aún sin poder asimilar la pérdida, la familia escapó sin tener un lugar a donde ir. Era mediados de 2017.

Dos años después, en una mañana de finales junio, Angélica se prepara para migrar. Junto a ella partirán sus dos hijos y su madre. Son alrededor de las 9:30 de la mañana. Hace unas pocas horas, abandonaron una casa de resguardo para la protección de víctimas y testigos de la Unidad Técnica del Sector Justicia (UTE).

Ella empaca, en prisas, lo poco que le queda y se despide de sus hermanas y sobrinas que, cree, nunca volverá a ver. Huye de la delincuencia y de un Estado que no la pudo proteger.

Entre marzo de 2018 y abril de 2019, 634 personas se desplazaron de manera forzada a causa de la violencia de acuerdo con las instituciones estatales. Sin embargo, lo que domina este fenómeno es el subregistro. La gente se va en silencio.

***

Esta mañana es la primera vez, en un año y medio, que Angélica sale con un poco de libertad. Camina apurada y mira para todos lados desconfiada. Se ha bajado de un vehículo en el que, como mínimo, le ha dado unas cinco vueltas a la cuadra. Los pandilleros, los que mataron a sus hijas y luego amenazaron al resto de su familia, aún la buscan.

Antes de partir, Angélica ha decidido conversar sobre lo que la ha obliga a migrar. Solo tiene una hora para hablar. Dentro de poco, su vuelo despegará.

En una oficina que se ha acomodado como un salón de entrevistas, Angélica cuenta que, a mediados de 2017, perdió a sus hijas.

Angélica aún lo cuenta incrédula, sin poder comprender el porqué. Explica que la tarde en que desaparecieron, ellas salieron de estudiar y se reunieron con una amiga que les regalaría un par de pantalones y camisas. Luego de eso, no supo más.

Fabiola, una niña de ocho años y Marcela, de 20, estuvieron desaparecidas. Pero antes de que Angélica pudiera hacer una denuncia para iniciar la búsqueda, ella se enteró por la noticias que una niña y una joven con las características de sus hijas, habían sido localizadas por la PNC en un predio baldío.

Angélica entró en negación. No quiso creer que la noticia estuviera relacionada con la desaparición de sus hijas. Así que marcó y marcó el número de celular de su hija mayor.

La hermana de Angélica, al ver las noticias, se movilizó al lugar para saber si aquella dos personas eran, en verdad, sus sobrinas. Unas cuantas horas después, regresó con la confirmación de que las de las noticias sí eran Fabiola y Marcela.

«Todavía se me revuelven las tripas de solo recordar. No podía creer que fueran ellas. Esa misma noche, salí para el Instituto de Medicina Legal. Ahí me tocó reconocer a mis hijas», dice Angélica.

Así que, cuando el investigador llamó y los alertó de que los pandilleros «venían por ellos», Angélica no dudó en tomar lo que estuviera al alcance y marcharse junto con hijos y madre.

El Estado respondió, pero hasta ocho meses después. Antes, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) tuvo que emitir medidas cautelares para Angélica y su familia.

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Cuando la familia huyó, dejaron casa, ropa, mascotas, trabajo; como la mayoría de víctimas de desplazamiento forzado. Sin hogar y con miedo, Angélica acudió a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) y a la Fiscalía General de la República (FGR) por ayuda.

Ante la petición, la FGR solo le dio la garantía de custodiar su hogar con agentes de seguridad, mientras ellos iniciaban las investigaciones por el asesinato de sus dos hijas. Ante el riesgo de que la vigilancia les diera más problemas. Angélica se negó a aceptar esta opción. Buscó ayuda de organizaciones sociales y solo interpuso la denuncia por los asesinatos.

Según la PDDH, las víctimas de desplazamiento forzado interno prefieren permanecer en un estatus «invisible» y pasar con la mayor discreción posible.

El Informe Preliminar de Registros sobre desplazamiento forzado de la PDDH, de 2017, detalla que «es muy común que la denuncia ocurra solo hasta después de haber agotado los recursos personales, familiares y las redes de relaciones sociales de las víctimas».

Angélica también agotó sus recursos. Junto a sus dos hijos y su madre se mantuvieron nómadas entre cuartos de hotel que costearon organizaciones sociales. Luego, durante siete meses, permanecieron en un albergue temporal hasta que decidieron que era tiempo de que el Estado respondiera por su calidad de desplazados.

El Estado respondió, pero hasta ocho meses después. Antes, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) tuvo que emitir medidas cautelares para Angélica y su familia.

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Esta mañana, Angélica ha venido a la entrevista acompañada de uno de sus hijos, un joven de 24 años que desea platicar sobre los abusos que recibieron de parte del Estado cuando fueron «protegidos» en el programa de víctimas y testigos de la UTE.

Angélica y Mario recuerdan que, meses atrás, sin medidas cautelares, la UTE solo ofreció proteger a quien realizó la denuncia, ningún otro miembro de la familia podía ingresar al programa. La Ley Especial para la Protección de Víctimas y Testigos (LEPVT), no incluye a las víctimas en general, solo considera a las personas que son parte de un proceso judicial.

Al conocer las medidas de la CIDH, sin embargo, la UTE tuvo que hacer una excepción.

Cuando la familia ingresó al programa, en noviembre de 2017, Mario tenía 22 años, estaba recién graduado de bachillerato e iniciaba su vida laboral.

Su otro hermano tenía apenas seis años. Estaba a meses de iniciar su preparatoria y su abuela, una mujer de 74 años, se dedicaba a cuidar de sus nietos pequeños mientras Angélica trabajaba.

Mario asegura que antes de aceptar ser protegidos por la UTE, «ellos se la pintaron bonito», le aseguraron que contaban con todo lo necesario para protegerlos, pero no fue así.

En el resguardo, su hermano cumplió los ochos años y nunca recibió un refuerzo escolar. No tuvo la oportunidad de cursar ningún grado académico. A pesar de que la LEPVT, en su artículo 13 literal I, dice que se debe facilitar a víctimas y testigos la permanencia en el sistema educativo.

En cambio, Mario solicitó ser parte de talleres de formación técnica vocacional para contar con otras acreditaciones, pero no fue posible. La UTE no respondió a sus solicitudes. Esto a pesar de que la UTE y el Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (INSAFORP) tienen un acuerdo, desde 2018, para que las personas dentro del régimen de protección a víctimas y testigos sean parte de procesos de capacitación profesional.

«Ahí, en la UTE, no están cumpliendo con protección. A uno, de víctima, solo le dan seguridad», asegura Angélica.

Hace énfasis en lo insalubre de la comida que recibían. «Si no estaba crudo, lo servían descompuesto». En los almuerzos, cuenta, era común el pollo;, pero, en toda su estancia, no recuerda ni una sola vez que la comida se sirviera en buen estado.

Además, en la semana, a la familia se entregaba un garrafón de agua, uno que debían racionar porque debían compartir la mitad con otras personas del hogar.

La atención médica tampoco era la adecuada. La familia debía esperar horas para trasladarse a un centro asistencial u hospital. No importaba la emergencia. En una ocasión, la madre de Angélica tuvo que esperar desde la 1:30 pm hasta 5:00 pm para que la llevaran a un hospital. Ese día, la gravedad fue tal, que la señora quedó ingresada.

La familia también solicitó en varias ocasiones, atención psicológica, pero no la recibieron. La psicóloga que los visitaba unas cuanta veces al mes, respondió a su petición y les dijo que ella solo estaba designada para realizar talleres generales y no para dar terapias o consultas a las víctimas o testigos.

Ante las condiciones, Mario denunció en tres ocasiones, a través de escritos, la situación que vivía el resguardo.

«Me quedé con esas notas que mandamos. Cada denuncia llevaba unas 2 o 3 páginas detallando los abusos», recalca Mario.

Lo que terminó por agravar su situación fue que, dentro del espacio, no solo habían víctimas de desplazamiento forzado. La familia convivió con testigos criteriados que podían, todavía, tener vínculo con la pandilla que los perseguía.

Un testigo criteriado, es una persona que confiesa su participación en un delito y aporta pruebas testimoniales o documentales que ayudan a establecer responsabilidades de otros implicados, a cambio de una reducción de pena o el beneficio de libertad.

«La UTE lo que hace es revolver a la gente. Ahí, un corre peligro. Al principio, estuvimos en una casa sola; pero, luego, fueron llegando más. Metieron a un señor que era un criteriado. Lo supimos porque él mismo contaba las cosas», reitera Mario.

Julio Magaña, Coordinador Nacional de Litigio Estratégico de Cristosal, una organización que trabaja con las víctimas de desplazamiento forzada, asegura que el sistema está creado para proteger testigos y no víctimas. «Esto es un gran vacío en la ley. No pueden estar mezclados víctimas y testigos en un mismo resguardo».

LAS MEDIDAS CAUTELARES

Antes de acudir a la CIDH, la familia también agotó los recursos legales y presentó una demanda de amparo, ante la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), donde señalaron una serie de omisiones atribuidas a instituciones del Estado para su protección y garantía de justicia.

El amparo fue admitido hasta que la CIDH dictó medidas cautelares, en noviembre de 2017. Tres meses después de que se presentó el recurso.

La CIDH, luego de conocer el caso de Angélica, en octubre de 2017, concluyó que ella y su familia enfrentaban una situación de urgencia y gravedad frente al asesinato de sus dos hijas, las amenazas de la pandilla, la falta de un espacio seguro y medidas efectivas de protección por parte del Estado.

«Los integrantes de la familia se encuentran una situación de gravedad y urgencia, puesto que sus derechos a la vida e integridad personal están en riesgo. El grupo familiar habría abandonado su residencia habitual, y buscando protección en diversos albergues para evitar un atentado en contra de sus vidas. Se solicita al Estado de El Salvador que adopte las medidas necesarias para preservar la vida e integridad del grupo familiar», detalla el comunicado de la CIDH sobre las medidas.

Sin un decreto legislativo, el Estado respondió a la medidas y acopló la LEPVT y el programa de Protección a Víctimas y Testigos, que está a cargo de la UTE, para proteger a Angélica y su familia.

A pesar de ello, en el informe de seguimiento que presentó el Estado salvadoreño a la CIDH, a solo un mes de aplicar las medidas cautelares, el gobierno solicitó a la Comisión levantar las medidas al asegurar que la «institucionalidad se encontraba operativa y que el Estado se mantenía supervisando a las instituciones responsables para cumplir las disposiciones».

Sin embargo, hasta la fecha, las medidas cautelares aún siguen activas de parte de la CIDH.

Norma Fernández, representante legal de víctimas de desplazamiento forzado de Cristosal, asegura que la lentitud en el estudio de la ley provoca que los desplazados internos sigan sin un respaldo para su protección.

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De historia en historia, aquella mañana, Angélica y Mario llegaron a la misma conclusión: los pandilleros siempre los busca y el Estado siempre les falla.

En ese año y medio, el gobierno nunca les dio una opción para su reubicación, tampoco les propuso otra sola solución, aparte del encierro, y no les dio garantía de justicia por el asesinato de sus familiares.

«Hasta esta fecha, junio de 2019, no hay justicia. Mis hijos no han podido estudiar y yo no he podido trabajar. Queremos retomar nuestras vidas por duro que sea, pero ya no puede ser acá. Aquí no tenemos ninguna garantía», concluyó Angélica.

En El Salvador, por el momento, el único mecanismo de protección al que pueden recurrir las víctimas de desplazamiento forzado es la LEPVT. No hay otro respaldo. El Estado sigue sin crear una política pública, a favor de los desplazados.

Recientemente, la Comisión de Legislación y Puntos Constitucionales de la Asamblea Legislativa ha retomado el estudio de la Ley Especial para la Atención y Protección Integral de Personas en condición de desplazamiento forzado, luego de que la Sala de lo Constitucional emitiera la sentencia 411- 2017 y ordenara al Estado reconocer el fenómeno y crear políticas a favor de las víctimas.

La discusión sobre la ley, sin embargo, es lenta. Los diputados llevan cuatro lunes, desde el mes de agosto, reescribiendo apartados de los primeros cinco artículos. Los parlamentarios aún deben revisar y aprobar 64 artículos.

En una de esas sesiones de la Comisión, los diputados discutían y concluían que para tener una propuesta de ley especial ‘pasaría un tiempo’ y no podían tomárselo a la ligera. Aunque ya ha pasado un año desde que la Sala emitió la sentencia.

Entre los diputados que conforman la Comisión están: Mario Tenorio, de Gana; Alejandrina Castro, Bonner Belloso y Ricardo Velásquez Parker, de Arena; Jorge Uriel Mazariego, del PDC; Eileen Romero y José Antonio Almendáriz, del PCN y Cristina Cornejo, del FMLN.

Norma Fernández, representante legal de víctimas de desplazamiento forzado de Cristosal, asegura que la lentitud en el estudio de la ley provoca que los desplazados internos sigan sin un respaldo para su protección.

«Es preocupante no tener una legislación especial que brinde los lineamientos y garantías para los desplazados internos. La vulneración que sufren las víctimas del fenómeno es más grande ya que no hay restitución de derechos fundamentales», expresa Fernández.

Por su parte, la Mesa de la Sociedad Civil contra el desplazamiento forzado a causa de la Violencia (MCDF), a 100 días del gobierno de Nayib Bukele, ha solicitado que el Presidente se pronuncie a favor de una ley para las víctimas del fenómeno y que tipifique el delito de desplazamiento forzado, de acuerdo con las normas y estándares internacionales.

De aquella mañana, ya han pasado dos meses. Angélica partió ese mismo día de El Salvador. Se marchó sin la esperanza de volver y migró porque el Estado no le supo responder.

Cuentos de camino real y otras experiencias

En mi pequeña infancia, entre seis y siete años, ante carencias de libro, tuve un amigo narrador de cuentos de apenas diez años. Había, además, otro amigo de mi edad que podía obtener dinero de la tienda («gavetazo») de su madre para pagar un centavo de colón al amigo mayor por cada tres cuentos contados, toda vez la narración tuviera los temas que le pedíamos: «Queremos un cuento sobre un gato negro en la oscuridad». O le pedíamos de chistes colorados, o de espantos. El narrador se inventaba o recreaba el cuento, entre otros los de Pedro Urdemales, una picaresca que proviene de la edad media; o cuentos de Quevedo (¿de dónde diablos salían esos cuentos de picardía chabacana que lo homologaba a Urdemales?). Pero nuestro amigo de diez años tenía agilidad para hacer de su ingenio un medio para ganarse unos centavos.

El niño contador de cuentos se llamaba Alfredo Sánchez, de los primeros emigrantes que conocí. Siendo adolescente partió Guatemala en búsqueda de trabajo. El niño «gavetero» era Leonel quien ya no está es este mundo. Y, de mi parte, me separé de ellos para ir a «rodar tierra» por los barrios de San Miguel, alquilando una u otra casa. Poco supe de ellos en nuestra vida de adolescencia y adultez.

Las fantasías de infancia nos hacían inventar los temas que pedíamos a nuestro amigo narrador, y él era toda una antología imaginaria de cuentos, que le permitía ganar seis centavos por las noches. Los tres bañados por el polvo de las estrellas, (así le decíamos a la luz estelar que iluminaba los techos de tejas de la ciudad de colonial). La tienda de la madre de Leonel Estrada era nuestro banco saqueado por su hijo para poder pagar a Alfredo.

Nunca los olvidé. Quizás fueron ellos, uno por pagar, y el otro por contar fantasías del pequeño mundo que nos rodeaba, los que me fortalecieron a edad temprana de cultura marginal, que se logra más por lo vivido que por lo leído, una forma de encontrarse con la cultura de la realidad, contactando personas, ciudades, experiencias, deslumbramientos, emociones, y golpes de la cotidianidad. Ahí donde se esconden valores de alto contenido humano. Es de donde «surgen la bellezas del arte»: el poema, la pintura, la música. Y en especial el teatro de nuestra vidas que «van a dar al mar/ que es el morir;/ ahí van los señoríos/ …ahí los ríos caudales/ ahí los otros medianos/ y los chicos/ …los que viven por sus manos y los ricos. («Elegía a mi Padre», Jorge Manrique -1440-1479- traducción libre del español antiguo, que me influyó en mi poesía temprana).

Aquellos cuentos de cipotes en San Miguel, fueron claves para apropiarse de una vocación. Y «rodé tierra», ahora más distante, por propia voluntad o en contra de ella, ausente más de 25 años fuera de la patria natal, en realidades propias del tercer mundo. Algunos ganan, otros pierden, incluso la vida. De mi parte, tuve el privilegio de la nostalgia que me hizo aprovechar las fantasías de aquella infancia o juventud para usarla en mi poesía o narrativa. Una semilla sembrada en un barrio de San Miguel, bajo el polvo luminoso de las estrellas.

En ese rodar de tierras distantes, me encontré con un amigo compatriota, (¿dónde estarás ahora, Paco?). Abogado inteligente, peleador, desde su adolescencia había viajado con su padre, un diplomático de las alturas. En un encuentro que tuvimos hablamos de ciudades, las que nos habían impresionado. Le mencioné las primeras que me vinieron a la mente, pensé sobre todo en su arquitectura: Brujas, Amsterdam. Le pregunté a él, como viajero, cuál era su ciudad favorita. Sorpresa. Pensó un poco y me dijo: San Miguel. Este detalle al parecer simple volvió a fortalecerme para escribir dos novelas que llevaba en mente: «Siglo de O(g)ro» y «Milagro de la Paz». Descubrí la energía creativa de apreciar el pequeño mundo, con valores suficientes para homologarlos con expresiones culturales del gran mundo. Porque la globalidad cultural no admite diferencias. Resulta igual dar un conversatorio en Oxford, en Stanford, Boston o Estocolmo, u ofrecerla en el humilde cantón llamado Loma del Muerto, en Sonsonate, siempre hay un gran estímulo proveniente de niños y niñas de cuarto grado. Para un escritor, o trabajador de cultura, comparecer allá o aquí tiene igual trascendencia en la búsqueda del desarrollo humano.

A ese propósito detecté en visitas al área de Maryland, Virginia y el D.C., que muchos compatriotas quisieran seguir siendo salvadoreños, «a la salvadoreña». Algunos tienen aves domésticas en sus apartamentos, donde los cacareos de los gallos a las cuatro de la mañana parecen ruido terrorífico. O bien, venden «minutas» (o «raspados») en Langley Park, y piña y sandía tasajeada. Ese encontronazo cultural lleva a cambios evidentes, nosotros ya no somos los mismos. Sabemos del respeto a los valores étnicos, a los derechos de la mujer, y a las opciones sexuales. La inteligencia natural de nuestra gente ha pasado por tantos hitos trágicos que hacen fácil el aprendizaje, si se cumplen normas de «donde quiera que fueres, haz lo que vieres». Hay que aprender de lo que asombra y enternece.

Pero, entonces, hubo un 11 de septiembre de 2001. Los Estados Unidos, donde emigra la mayor parte de nuestra gente, ya no es lo mismo. La destrucción de sus torres emblemáticas produjo cambios en la emotividad nacional que trascendió a la vida pública. Los impactos emotivos superan la voluntad institucional.

Describo una escena que ya no veré: temprano por la mañana, algunos duermen en el suelo en una clínica comunal; otros están sentados en el suelo, descansan a la sombra de un árbol, esperan a ser llamados para un trabajo, son las personas humildes que logran sobrevivir sin documentos. Nuestra gente que dejamos a la buena de Dios. Los tristes más tristes del mundo, nuestros compatriotas y hermanos, como dice Roque Dalton. Grabadas en piedras sus tragedias, buscan un salvavidas ante los vacíos de una patria que no pudo abrazarlos.

Un prócer llamado Júpiter

Era un esclavo salvadoreño con nombre de dios romano. Pero, en lugar de estar en el panteón junto a las demás deidades, fue encontrado en las montañas de Metapán, siendo azotado cruelmente por sus propietarios. Un sacerdote llamado José Matías Delgado lo rescató y el esclavo se convirtió en su protegido. Aunque no comían en la misma mesa, el cura tuvo la osadía de enseñarle a leer y escribir. Lo trataba como si fuera una persona. Ese hombre negro era Júpiter, el protagonista de una obra teatral de Francisco Gavidia, ambientada en los días previos al grito de independencia del 5 de noviembre de 1811. Eran días de conspiración.

En el drama, un grupo reducido de criollos ideaba una cruzada para desestabilizar a las autoridades de la intendencia de San Salvador. Era un puñado de hombres sumamente reducido que más parecía una secta y que soñaba –solo soñaba– con que las ideas emancipadoras de Norteamérica llegaran al pueblo con paredes de adobe donde vivían. Solo hablaban durante las noches para no ser vistos en grupo, ni que ubicaran los lugares de reunión. Gavidia tira de la imaginación para ubicarnos entre telones de estos conspiradores. Pero los criollos rápidamente se dan cuenta de que algo no va bien.

Matías Delgado, el doctor Santiago Celis, Manuel José Arce y un par más de conjurados se reconocen como un grupo demasiado frágil para soportar la pesada carga que implica desestabilizar al gobierno colonial. Su plan necesita al pueblo, pero ninguno de ellos está dispuesto a ensuciarse las manos. Bajar a la vega del Acelhuate y convencer al vulgo de las bondades de la independencia. Entonces, al doctor Celis se le ocurre mandar al esclavo Júpiter para que convenza a los de su clase del sueño independentista. O, al menos, decirles a los pobres que tendrán menos hambre si San Salvador se separa del imperio español.

Júpiter duda al inicio, pero Celis lo seduce con la idea. Le dice que dejaría de ser esclavo y se convertiría en el único dueño de su porvenir. Embriagado por las posibilidades que eso significa, el negro se embarca en la insurrección. El simple hecho de decidir su oficio e ir donde se le antoje le parece suficiente. (Digresión: para los de abajo, la libertad de decidir siempre ha sido un privilegio con o sin independencia). Y como si fuera el mismo planeta con nombre de dios romano, todo el levantamiento comienza a gravitar entorno a él. Júpiter suma a los pobres a la insubordinación y los arma con lo que puede.

En el camino de la revuelta, el esclavo de Matías Delgado se da cuenta de que no necesita al grupo inicial de conjurados. Muchos menos seguir sus órdenes. Él tiene el apoyo popular y los contactos. Incluso, calcula que, si mandan una tropa desde la capitanía de Guatemala, sus hombres y él podrían vencerla y «como en un tablero, pongo la mano sobre toda Centroamérica». Júpiter, además, cree que, en el marco de la libertad, puede pedir la mano de la hija del doctor Celis. Una aberración para el criollo, a quien, irónicamente, el sueño de la independencia y el ideal de los hombres libres parece jugarle en contra tras descubrir la intención del esclavo.

La libertad de Júpiter ya no le parece tan conveniente a Celis. Todo se viene abajo cuando los conspiradores son descubiertos por un enviado de la corona desde Guatemala. Júpiter es torturado, vejado y muere en manos de sus captores. Muere siendo esclavo en las mazmorras del viejo San Salvador. Sin nada de lo que, por un momento, soñó tener. Pero en el drama de Gavidia, Júpiter encarna al pueblo. Siempre al borde del abismo y encandilado con la idea de cambiar su situación. Manipulable en su desesperación. Júpiter es la alegoría del prócer que no fue.