El mar que traga comunidades

Fotografías de Franklin Zelaya y Ángel Gómez

José Hernández todavía se acuerda de aquella madrugada de 2015. Eran las 2 de la mañana cuando el mar pasó arrasando su casa de lámina. Desde temprano, él y sus vecinos habían visto la marea alta y las grandes olas que no les daban zozobra. Pero José, un pescador con 49 años encima y toda una vida en la costa, sabe que el mar enfurecido nunca da tiempo. Y, esa vez, tampoco lo hizo. No les dio tiempo a las 30 familias que perdieron sus casas en el fuerte oleaje que hubo en la playa El Espino.

«Cuando viene, no da chance de desarmar las casas», dice, subido en una bicicleta que tiene en la parte delantera una carreta, en la entrada del terreno que cuida y donde, al fondo, ha hecho su casa. Viste con una camisa azul y un pantalón de sastre negro. Se prepara para ir a dejar, a una actividad de la iglesia apostólica en la que se reúne, frescos y comida que esta mañana preparan seis mujeres.

Este es el mismo terreno en el que, hace cuatro años, el mar destruyó su casa. Le ha tocado a él, como a otros habitantes de la playa, retroceder unos 30 metros para vivir. Ellos han tenido que hacer una nueva calle, porque la que había, también se la comió el mar. Al igual que unos cocoteros de los que solo quedan troncos.

La nueva calle atraviesa los terrenos que dejaron de ser playa y se convirtieron en mar. El agua ya llega hasta acá, y eso, a José, le inquieta, porque no sabe cuándo volverá a pasarle lo mismo que en 2015. «Y cuando llegue allá, ¿a saber para dónde vamos a agarrar?», se pregunta, señalando hacia atrás, a su casa, a la orilla de un manglar. Antes que el mar le botara la casa de lámina, en 1998, el Mitch, al menos le dio tiempo para que desarmar otra que tenía y que era de palma.

La única barrera que protege a las personas del mar, asegura, está desplegada a dos kilómetros a la derecha. Se trata de piedras que la alcaldía de Jucuarán mandó a colocar en la parte más turística de la playa u otras que han colocado quienes han podido, pero los otros kilómetros restantes, dice, están desprotegidos.

“Ahí se perdió la playa ya. Incluso los ranchos, las viviendas de veraneo, algunas ya están cayéndose, porque el mar ha avanzado. ¿A qué se debió? Establecieron cultivos de cocoteros. Se alteró la duna que naturalmente ya existía. Y ahora las fuerzas de la naturaleza están cobrando factura y están erosionando El Espino», explica Enrique Barraza, experto en biodiversidad acuática y contaminación acuática.

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La playa El Espino es una isla barra de 11.7 kilómetros de extensión, ubicada en el municipio de Jucuarán, en Usulután, que, por sus característica, con el tiempo, puede hacerse más ancha o estrecharse. En los últimos 70 años, esta playa ha sufrido transformaciones que, además de deberse a fenómenos naturales, corresponden al impacto ambiental, los cuales ya han sido documentados por el Estado.

El Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales (MARN) publicó en 2012 un estudio en el que estableció que, entre 1949 y 2009, la línea costera de El Espino retrocedió 144 metros. Cada año hubo una disminución de la costa de 2.40 metros. Esto, señala, ha sido a causa de la fuerte erosión en la zona, que puede aumentar en el futuro, ya que el daño al ecosistema continuaba hasta la fecha en la que fueron difundidos los hallazgos.

El MARN dice que en la parte donde hoy rompen las olas, antes hubo asentamientos humanos. De acuerdo con los testimonios que recopiló para este estudio, las intervenciones comenzaron a mediados del siglo pasado, cuando en la playa se instalaron dos haciendas: la Chepona y la San Luis, y también fueron sustituidos los espesos bosques de mangle y la vegetación natural por cocoteros y otros cultivos agrícolas. La actividad atrajo a los pobladores para ofrecer su mano de obra. Otros fueron atraídos por la pesca.

Sin embargo, a finales del siglo pasado y principios del siglo XXI, con el incremento del turismo, iniciaron las construcciones de hoteles y restaurantes. Y con estos, siguieron los daños al ecosistema.

Erosión. La erosión en las playas ocurre cuando el mar se lleva más arena de la que trae, dejando vulnerable a las comunidades que viven en la costa.

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«Cuando yo estaba pequeño, El Espino, esta playa, estaba bien lejos. Esta isla llegaba allá, por donde se viene haciendo el primer tumbo», relata Adalberto Blandón, un hombre de 53 años que, con dos ayudantes, levanta una ramada a la orilla del nuevo camino que la comunidad ha hecho, por si hay algún turista que pase y se interese en alquilarla. Es agricultor, pero también se gana la vida de este trabajo.

Frente a él, dice, hace tiempos hubo una manzana y media de playa que el mar ya se comió. Por estos días aquí revientan los tumbos en la noche, pero adelante, a unos 10 metros de distancia, han quedado las señas de una casa, con un muro alto, que él cuidaba. Se trata de unos pedazos de pared, que no miden ni un metro de alto, y que cada vez el mar va arrastrando. Era una propiedad privada que, después de sus límites, todavía tenía más playa. Pero hace años este terreno ya cedió al mar.

La casa solo duró en pie 15 años, recuerda Adalberto, porque ocho días después de que el Mitch golpeó El Espino, el oleaje fuerte la botó. A su paso, también se llevó tres casas, incluida la suya, y aterró el estero con deslaves que empozaron el agua dulce.

El hombre, con un sombrero y una camisa de manga larga con los dos primeros botones sueltos, dice que el mar no ha parado de crecer desde hace años. Hace 26 años también se unió con el estero, que está atrás, a 60 metros de distancia; y a 40 minutos de este lugar, formó una media bocana a la que le llaman La Angostura, que no dejaba que las personas cruzaran de un lado a otro cuando se llenaba.

Cuenta que cuando el mar botó las casas que estaban a la orilla de lo que antes era playa, pidieron ayuda al alcalde de Jucuarán. Pero la ayuda no llegó hasta ahí, porque de ese lado no hay mucho turismo. Para referirse al abandono en el que, dice, están, muestra la lámpara de alumbrado público arruinada que cuelga de lado sobre un poste. Está sujeta solo por un cable y deteriorada por la sal.

Destrucción. Esta fue una de las casas afectadas por el mar de fondo de 2015, en el caserío Bola de Monte, del cantón Garita Palmera, en San Francisco Menéndez, Ahuachapán.

La organización Oikos Solidaridad, que trabaja en la zona oriental del país, señala que en El Espino hay afectación porque todo lo que baja del volcán Chaparrastique, en San Miguel, va a parar al mar. Esto incluye los desechos de los agricultores, quienes, dice, no realizan buenas prácticas, lo que contribuye a aumentar la erosión y el nivel del mar.

«Ahí se perdió la playa ya. Incluso los ranchos, las viviendas de veraneo, algunas ya están cayéndose, porque el mar ha avanzado. ¿A qué se debió? Establecieron cultivos de cocoteros. Se alteró la duna que naturalmente ya existía. Y ahora las fuerzas de la naturaleza están cobrando factura y están erosionando El Espino», explica en su oficina, en el Laboratorio de Nanotecnología del Instituto de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Universidad Francisco Gavidia (UFG), Enrique Barraza.

Restos. En la playa El Espino hubo construcciones donde ahora hay mar. La fotografía corresponde a los restos de una casa a la que las olas arrebataron ocho días después del huracán Mitch, en 1998.

Barraza es investigador asociado al área de Recursos Acuáticos de la UFG. Es experto en biodiversidad acuática y contaminación acuática. Le apasiona el mar y explorar El Salvador. Lo hace en el terreno, pero esta mañana explora las costas del país a través de Google Earth. Su oficina está en la esquina de un salón. Tiene dos mesas y dos estantes. En uno, hay recipientes de crustáceos que pretende estudiar.

Sobre una de las mesas hay una linterna marina que el instituto recién acaba de comprar. Antes de comenzar a viajar online en las costas, la retira y la coloca cerca de los crustáceos. Sobre esta mesa también hay un pez de cerámica y la alfombrilla para el mouse tiene plasmada una playa. Detrás de Barraza, un afiche enmarcado en el que aparecen los peces de mayor importancia comercial en Centroamérica.

El Salvador tiene 338 kilómetros de costa. En el occidente, las playas comienzan en la desembocadura del río Paz, en la frontera con Guatemala, en Ahuachapán; y terminan en oriente, en La Unión, en el Golfo de Fonseca. La mayor parte de las playas se formó por medio de depósitos de arena que, pasados miles de años, el mar hizo en las rocas. Por esto se les conoce como barra de arena.

Protección. Para protegerse del impacto de las olas, la alcaldía, y quienes pueden, han colocado piedras alrededor de la playa El Espino y así evitar que el mar se lleve, de a poco, las construcciones.

Las playas de barra de arena, según Barraza, se caracterizan porque, al igual que las bocanas, son inestables en el tiempo. Sucede en el país y en el mundo. Para explicarlo, acude a Google Earth, se posiciona en el mapa de El Salvador y señala las líneas que dividen el mar de las playas.

Las dunas -pequeñas elevaciones de arena que están a la orilla de la playa, donde hay vegetación, y que sirven como barrera para evitar las marejadas y que el viento arrastre sedimentos- han sido destruidas en la mayor parte del litoral salvadoreño, dice.

El Espino no es la excepción, por eso está más vulnerable a mareas altas y a tormentas fuertes, como ocurrió en el huracán Mitch, cuando arrasó con las casas de los lugareños. Para el experto, esta es la playa en donde, posiblemente, está más visible la erosión en las costas del país. Más arena deja la playa y esta no es igual a la que trae el mar.

De acuerdo con el estudio realizado por el MARN, entre las causas del proceso de erosión en El Espino provocadas por el hombre están las construcciones, donde chochan las olas y extraen arena, no permitiendo que su energía corra a la cara de la playa; la deforestación de la vegetación natural, que ayudaba a retener los sedimentos -descomposición de los materiales- más finos; y la construcción de las represas del Río Lempa y sistemas de riego en el río Grande de San Miguel que, con su actividad, hacen que se pierda parte del sedimento que llegaba a la costa, sumado a que en sus cauces hay extracción de arena.

Aunque el investigador Barraza indica que la erosión en las costas es natural y que las playas están en constante cambio por el movimiento que el mar y el viento producen en los sedimentos, advierte que el cambio climático está acelerando los procesos. A esto se agregan factores como la deforestación en la cobertura boscosa alrededor de los ríos que desembocan en los mares, que provoca que ya no haya retención de las lluvias y un cauce suave, sino que puede generar hasta inundaciones.

Lo ejemplifica, en su computadora, mostrando dos fotografías satelitales de la desembocadura del río Jiboa. Son de 1957 y de 2019. En la primera se observa mayor cobertura boscosa, mientras que, en la segunda, esta ha ido disminuyendo, sustituida por cultivos y viviendas. Y además, la bocana del río desplazada más a la derecha, lo que hace que, cuando el río crece, inunde a las comunidades de la zona.

El Grupo Intergubernamental de Experto sobre el Cambio Climático, creado por la Organización Meteorológica Mundial y la Organización de las Naciones Unidas Medio Ambiente, publicó el Quinto Informe de Evaluación sobre el cambio climático en 2014, concluyendo que el ser humano es el causante del mismo.

El informe estableció que, entre 1901 y 2010, el nivel medio mundial del mar subió 19 centímetros y que los océanos se han expandido por el derretimiento de hielo. Además, determinó que, por las emisiones de gases de efecto invernadero, posiblemente la temperatura mundial -la cual entre 1800 y 2012, incrementó 0.85°- siga en aumento y con ella los océanos se calienten y el hielo continúe derritiéndose.

Por lo tanto, según las estimaciones, en 2065, el nivel medio del mar aumentará entre 24 y 30 centímetros; y en 2100, 63 centímetros, respecto a los años de referencia, que son 1986-2005.

“Hemos producido mucho CO2 en casi 40 años, casi el doble que se produce en los últimos cinco siglos, según los estudios, y esto ha llevado que el planeta se caliente, que funcione como un carro cuando lo dejás en el sol, que por dentro está hirviendo, pero por afuera los rayos se están esparciendo”, explica Gregorio Ramírez, sociólogo del Área Natural de Articulación Social y Organizativa, de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES).

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Josué López no estaba en su casa el 2 de mayo de 2015. Andaba con su primo apagando un incendio a kilómetros de la playa El Botoncillo, en San Francisco Menéndez, Ahuachapán. Cuando llegó, al presidente de la Asociación de Desarrollo Comunitaria de esta comunidad, le costó reconocer el paisaje. Encontró inundado el terreno donde estaba su casa y su familia ya había sido evacuada a una escuela que sirvió de albergue en el municipio guatemalteco de Moyuca, vecino de El Salvador. Perdieron todo, y en medio de la angustia, la alcaldía del municipio ahuachapaneco les dio la espalda, dice.

Tres meses después, Josué encontró su cocina enterrada en el manglar, donde fueron a parar muchas de las cosas de las 210 familias afectadas en el caserío El Botoncillo y Bola del Monte, a quienes las olas no les dieron paz durante cuatro días.

«A esta altura nadie se puede imaginar todo lo que sufrimos y todo lo que destruyó el mar en esa fecha, porque ya del 2015 a 2019, aquí se ve como que así era», cuenta Josué a un lado de donde una vez fue su casa. La casa de ladrillo a la que le faltan paredes y no ha podido reconstruir, porque la pesca, dice, se ha puesto mala y no alcanza para pagar las deudas que tiene.

Cuando habla mira al horizonte, donde antes que el mar destruyera a la comunidad y parte de su manglar, habían más de 200 metros de playa: afuera de su casa tenía los tapescos en los que secaba el pescado, más allá había un surco de árboles de botoncillo, un bordo, un basurero y una cancha de fútbol playa. Y atrás, pozos de agua dulce, que ya son de agua salada. Todo lo cambió el mar.

Ahora, cuando la marea está alta, para evitar que las olas que impactan se lleven la arena, ha tirado basura, como palmas secas y plástico, a la par de donde están los restos de su casa y metros enfrente donde ha construido dos casas con palma, vena de coco y horcones de botoncillo. Dice que el mismo aire va enterrando la basura y esto crea una barrera.

En mayo de 2015 las costas salvadoreñas fueron afectadas por el mar de fondo, un fenómeno que ocurre entre mayo y noviembre, y que provoca olas de hasta 10 metros de altura. El fuerte oleaje se debe a las lluvias ocurridas en el Océano Índico, entre diciembre y febrero, e inicia en el Océano Pacífico cuando termina la época seca y comienza la lluviosa.

Desde esa fecha, la vida ya no es igual en la comunidad. Tras el mar de fondo, en el manglar, que se extiende hasta el cantón de Garita Palmera, el canal perdió su hondura y su anchura. Lo cuenta Rigoberto Monge, el vicepresidente de la Asociación de la Microcuenca Marino Costera de la Zona Sur de Ahuachapán y primo de Josué.

Rigoberto está frente a un canal que, dice, años atrás tenía una profundidad de un metro. Pero, cuando el mar sobrepasó la playa y entró por la bocana, comenzó a matar a los manglares. Enfrente hay palos de mangle pequeños, que fueron sembrados después que la comunidad excavó los canales, porque todo quedó aterrado de arena y lodo. También hay troncos de árboles que se secaron. Ante él saltan los camarones y los pescados conocidos como chimberitas, en el poco de agua que se niega a morir.

«Eso quedó como si no había existido estero, como si no había existido río, porque todo lo llenó de arena», relata. Y recuerda que, antes de 2015, la bocana del caserío El Botoncillo pasaba destapada de seis a cinco años, lo que permitía que el agua fluyera libremente y bañara el manglar. Ahora se tapa una o dos veces por año. A veces la alcaldía de San Francisco Menéndez les envía una máquina para extraer arena, pero, sino, la comunidad la saca con palas y azadones.

Los bosques de manglar previenen las erosiones en las costas y son barreras naturales ante las inundaciones. En ellos viven crustáceos y peces, que contribuyen a la economía de los lugareños. Para que los bosques estén vivos, necesitan 50 % de agua salada y 50 % de agua dulce, porque con los flujos de estas dos aguas, los árboles constantemente están subiendo y bajando. De lo contrario, se quedan estancados y se pudren. Y mueren los animales.

Manglares. Con el aumento del mar, también incrementa la salinidad. Esto afecta a los bosques de manglar, que necesitan que corra en sus canales 50 % de agua salada y 50 % de agua dulce.

El manglar de El Botoncillo es parte del sitio Ramsar Complejo Barra de Santiago. Estos sitios son ecosistemas de importancia internacional, por ser humedales únicos, que almacenan dióxido de carbono y que les sirven de hogar a especies migratorias.

Caminando a un lado de la bocana, donde se observan más árboles de mangle descubiertos de agua, entre la frontera de El Salvador y Guatemala, este mediodía Rigoberto lamenta que el escenario no sea el de años anteriores, con canales profundos y anchos. Que ya no lleguen a este lugar las aguas del río Paz, que evitaban la arena acumulada en la bocana y la salinidad en el estero, y que además, ayudaban a que hubiese un flujo de agua. Así, es imposible que no se acumule el agua salada en el bosque y se contamine. Antes no pasaba, con las seis horas de llenado y otras seis de vaciado.

«Hemos producido mucho CO2 en casi 40 años, casi el doble que se produce en los últimos cinco siglos, según los estudios, y esto ha llevado que el planeta se caliente, que funcione como un carro cuando lo dejás en el sol, que por dentro está hirviendo, pero por afuera los rayos se están esparciendo», explica Gregorio Ramírez, sociólogo del Área Natural de Articulación Social y Organizativa, de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES).

Ramírez, el encargado de la UNES de monitorear la zona sur de Ahuachapán, indica que fenómenos hidrometeorológicos, como el mar de fondo, tienden a ser constantes por el cambio climático y esto conlleva al aumento de los niveles de mar. Sobre todo en esa parte de la zona de occidental, donde ha habido un cambio de uso de suelo y cada vez hay más monocultivo de caña.

Después de lo que ocurrió en 2015, la UNES comenzó a implementar un monitoreo hidroclimático que consiste en extraer agua de los pozos de la zona para saber cuánta agua tienen, vincular su cantidad a la sequía, a la ausencia de lluvia o la extracción para la riega de caña. También hay un monitoreo de lluvia, en conjunto con el MARN, para saber cuándo es tiempo para cultivar o reforestar el manglar; y hay un monitoreo para medir la salinidad, acidez y el oxígeno del manglar. Pero la comunidad se ve amenazada.

Un informe que el MARN y la UNES realizaron en 2016 señala que en los últimos 40 años, se ha transformado el manglar de Garita Palmera, que debería ser pantanoso y con ramificaciones hidrológica. Ha sido afectado porque la microcuenca El Aguacate, un brazo del río Paz, que lleva agua hasta el manglar, ha servido como canal de riego para cañales. Esto lo descubrieron las comunidades y comenzaron acciones contra empresarios. Pero el agua de este río, cuyo curso fue desviado por el huracán Fifi, en 1974, para el territorio guatemalteco, sigue sin llegar a la costa salvadoreña.

Ramírez sostiene que la producción de caña afecta los ecosistemas y a las poblaciones vulnerables, como El Botoncillo, y que, por ello, es necesario que el MARN y el Ministerio de Agricultura y Ganadería regulen los permisos ambientales. Ya que, con estas actividades, hay una repercusión en el aumento de los niveles del mar, sumado al cambio climático. También apunta a la necesidad de una Ley General de Aguas que garantice la sustentabilidad de las comunidades ante los intereses empresariales. Voceros oficiales de una empresa cañera dijeron a esta revista que el sector no tiene incidencia en la cuenta desde hace dos años.

En la entrada de la bocana, Rigoberto espera que, un día, los casi dos metros de arena que trajo el mar de fondo, en 2015, puedan ser drenados en donde una vez fue un estero fluyente. Aunque esto no sería suficiente para recuperar el bosque de manglar, ante un río que ya no es de ellos, de la comunidad, y un mar que va creciendo y se traga todo lo que encuentra.

Pequeños actos de resistencia

En agosto del año pasado decidí hacer un experimento: dejé de dar «me gusta» o «likes» en las pocas redes sociales que mantengo. Estaba fastidiada de ver los contenidos a los que la gente que sigo daba like y que aparecían en el TL de mi Twitter. Por lo general eran contenidos que me resultaban indiferentes o hasta desagradables. Lo peor era la sensación de ser una fisgona, una entrometida involuntaria en la privacidad ajena.

También hubo otros motivos para hacerlo. Nuestras interacciones en redes alimentan algoritmos que toman decisiones sobre lo que aparece o no en nuestros correspondientes muros o líneas de tiempo, a veces con resultados espeluznantes. No entraré en detalles, pero tuve una de esas experiencias. El algoritmo no comprende ni respeta sensibilidades ni corazones rotos y algunas veces te impone ver o enterarte de cosas que preferirías no saber.

El resultado de ello fue tan brutal que ese día cerré casi todas las redes que tenía, comenzando por Facebook y terminando por LinkedIn, una red para profesionales y que se supone puede servir para encontrar trabajo, pero que para lo único que me sirvió fue para que alguien intentara estafarme. A regañadientes mantengo Twitter, que he usado, sobre todo, como un lector de noticias y una forma de difundir esta columna, así como información cultural y las convocatorias de mis talleres literarios.

Mi experimento fue silencioso. Ni siquiera tenía claro cuánto tiempo lo haría. Simplemente dejé de ceder al impulso automático de gustar lo posteado en alguna red u otras publicaciones electrónicas. Fue algo difícil al comienzo. A fin de cuentas, un «me gusta», dentro de este contexto, puede tener varias lecturas y no siempre es literal. Muchas veces es un acuse de lectura, una muestra de apoyo, un dejar el texto marcado para leerlo más adelante, un signo de complicidad con alguien, un levantar la mano y decir «aquí estoy». Para solventar eso, sobre todo con los conocidos reales, contestaba con algún emoji o comentario.

Poco a poco comencé a ver una mejoría en el contenido del TL y los likes ajenos desaparecieron por completo. También dejé de seguir docenas de cuentas cuyo contenido en realidad nunca leía o que ya no me interesaba. Eso comenzó a darme la sensación de estar burlando un poco a los tan odiados algoritmos, de asumir un actuar más consciente en redes y no un dejarse llevar en automático por una conducta programada, que es lo que las redes quieren lograr. A cada estímulo se espera que haya una reacción determinada y mientras más reaccionemos, contarán con mejor información para engancharte y perpetuar el hábito.

Comprendo que mi experimento puede estarme dando la falsa sensación de tener algo de control sobre los contenidos de mis redes. Estoy clara de que no es así. Cada movimiento que hacemos en la web, sea desde nuestras computadoras o desde nuestros dispositivos portátiles, cada navegación, cada página visitada, guardada, comentada o eliminada, todo va siendo registrado en alguna parte. Compartimos información que pensamos no le interesa a nadie, pero resulta que, al hacerlo, regalamos a otros una materia prima con la que algunos se están haciendo millonarios y que otros están utilizando para manipular nuestras decisiones y nuestra percepción sobre temas varios, desde preferencias electorales hasta problemas globales o regionales.

Existen empresas de diferente índole que necesitan esa información, en apariencia banal e inútil, pero que, utilizada y explotada de manera adecuada, puede servir para muchos fines: desde vendernos un producto de una marca determinada hasta manipular emociones colectivas a favor o en contra de alguna causa.

En el documental de Netflix The Great Hack (2019), conocido en español como Nada es privado, los directores Karim Amer y Jehane Noujaim examinan el escándalo en torno a la empresa Cambridge Analytica, una consultora política que recopiló en secreto información de millones de usuarios de Facebook, que luego fue utilizada para influenciar los resultados de las campañas de Trump y el Brexit. De hecho, el documental comienza con la demanda del profesor universitario estadounidense David Carroll, quien exigió saber de Cambridge Analytica los datos que la empresa había recopilado sobre él, metiéndose a un larguísimo y complicado procedimiento legal para lograrlo.

Es recomendable ver dicho documental para darnos cuenta del alcance y el valor que tiene nuestra información y nuestros movimientos en la red y cómo nosotros, de manera ingenua y voluntaria, ponemos en bandeja de plata los datos que servirán para dejarnos manipular según antojos y conveniencias de terceros.

Lo que podemos hacer al respecto es poco, sobre todo en países como el nuestro donde no existen leyes que defiendan nuestros derechos digitales, entre ellos el derecho al olvido, es decir, de solicitar que información específica que circula en internet sobre nosotros sea borrada de los servidores de los grandes consorcios informáticos.

Por motivos laborales y sociales, las diferentes aplicaciones y dispositivos que utilizamos para informarnos y comunicarnos con los demás son de uso inevitable. El simple hecho de tener un teléfono, con sensores de geolocalización, cámaras y micrófonos que están emitiendo una constante serie de señales, nos hace fácilmente rastreables, ubicables y hasta predecibles. La vida actual está impregnada del quehacer por vía electrónica o digital y, aunque eliminemos todas nuestras redes sociales, la huella que dejamos por otras vías (como las tarjetas de crédito) queda registrada en varias partes.

Acaso pronto tendremos que luchar por el derecho de recuperar nuestra privacidad íntegra o recurrir a mecanismos extremos como «los desconectados», gente que ha optado por no conectarse a la red, no tener redes sociales o utilizar esos medios al mínimo.

Puede que mi pequeño experimento sea completamente inútil. Pero zafarme del movimiento automático del like es como un pequeño acto de resistencia personal, la negación a realizar la reacción esperada y, ojalá, una forma de desconcertar a los malditos algoritmos, que se supone nos conocen mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos.

¿Periodismo? ¿Para qué?

Para nadie es un secreto que los medios de comunicación están en crisis. Más bien, el modelo de negocios, sobre todo de los medios escritos, está en crisis. Lejos quedaron los tiempos en los que los periódicos tenían un cierto monopolio en cuanto a la difusión de la información, y muchos no han logrado aún encontrar la ruta.

Aún así, soy una fiel convencida de que el periodismo de calidad sí vende. Quizá hemos fallado en recordarles a nuestras sociedades el verdadero papel de los periodistas y de los medios de comunicación en nuestras democracias. Mucha gente incluso cree que los medios tradicionales ya no son necesarios, porque eligen informarse en redes sociales, sin reparar mucho en quién les está presentando esta información.

Sin embargo, aunque los soportes cambien y los medios electrónicos despunten cada vez más, el método del buen periodismo no cambia. Periodismo no es repetir como lorito lo que un funcionario o un empresario dice, ni tomarlo como la verdad absoluta. El periodista recolecta datos, busca información, contrasta fuentes y sabe que, mientras más se esmere en esta búsqueda, más se acercará a la verdad. Como si cada persona con la que se hablara y cada documento que se consultara constituyeran pequeñas presas de un gran rompecabezas, seguir el método periodístico de investigar, contrastar, contextualizar y explicar permite ir armando una fotografía lo más parecida posible a la realidad.

Y, claro que cada medio tiene una agenda, los propietarios tienen sus propios intereses e ideologías, y los mismos periodistas tienen una carga importante de subjetividad, como todo ser humano pero, al final, es el método el que nos permite ofrecer un trabajo del que podamos sentirnos orgullosos. Y a usted, el consumidor de la información, se le presenta un abanico de medios de todos los colores y tendencias, para que usted mismo sea capaz de ir viendo los diferentes enfoques de la realidad que cada uno le presenta.

Recientemente, en El Salvador se ha vuelto común que a los periodistas se nos confunda con inspectores, policías o fiscales. «Si tanto saben, ¿por qué no van a la FGR? ¿Por qué no los denuncian ustedes?». Y sí, lo hacemos. Lo hacemos desde nuestras notas, desde nuestros reportajes, en nuestros minutos al aire, incluso en nuestras columnas de opinión.

Por el papel del periodista no es el mismo de un policía o de un abogado. En el siglo pasado se nos llamaba los «perros guardianes», los vigilantes del poder, los encargados de encender la luz para que la sociedad vea lo que realmente sucede, sobre todo en los ámbitos de poder político o económico.

Nuestro trabajo es la denuncia pública, para que usted, como ciudadano, esté armado con el enorme poder que otorga la información, para que tenga herramientas para tomar mejores decisiones, para indignarse, para reclamar y, ¿por qué no? Para que las entidades encargadas de las investigaciones administrativas y judiciales hagan lo suyo.

Los medios son necesarios en las democracias en su papel de vigilantes, para apuntar los reflectores y señalar el dedo hacia lo que requiere ser señalado. El periodismo de calidad es básico para que los sectores poderosos no abusen de los que están abajo, para pedir cuentas a la administración pública, para hacer eco de las voces de quienes sufren por los problemas sociales, económicos, políticos y humanitarios.

El buen periodismo, hoy más que nunca, se debe defender, apoyar y promover.

Ramiro

Corrían los últimos meses de 2008. José Luis Merino me mandó un mensaje con mi padre: quería, le dijo, hablar conmigo para aclararme algunas cosas sobre los textos que otros colegas y yo habíamos escrito en LA PRENSA GRÁFICA sobre los correos electrónicos del comandante Raúl Reyes de las FARC, donde Merino aparece nombrado como mediador en la compra de armas para la guerrilla colombiana.

Le dije a mi padre que le diera mi teléfono celular. Ramiro me llamó. Y se identificó así: «Habla Ramiro». Y me citó en una casa de la colonia Flor Blanca, cerca del Gimnasio Nacional. Fui a la hora que me dijo al lugar que me indicó. Me bajé del carro, pero ahí solo había dos personas que cuidaban un garaje lleno de cajas viejas. Ramiro, me dijeron, solía llegar a esa casa, pero ese día no lo haría. Marqué al teléfono y nadie me contestó.

Aquella fue la única vez que hablé, en teléfono o en persona, con José Luis Merino, el comandante Ramiro. He escrito mucho sobre él después del episodio de las FARC, y siempre busqué entrevistarlo, a menudo a través de funcionarios del partido. Nunca contestó. Esa es una de las características de este líder efemelenista: es escurridizo; prefiere hablar desde la comodidad que le otorgan los medios partidarios para asegurarse de que no haya preguntas incómodas y que su discurso llega, sin molestias, al coro fiel de sus seguidores.

Para escribir lo del nexo con las FARC viajé a Bogotá a entrevistar a los fiscales colombianos que procesaron los correos de Raúl Reyes y a los agentes estadounidenses y europeos que certificaron que las computadoras del comandante fariano no habían sido manipuladas.

En el marco de aquella investigación, asesores cercanos al entonces presidente Saca me dijeron que Merino había sido pieza importante en la negociación política que siguió al 5 de julio de 2006, cuando Mario Belloso, un francotirador asociado al FMLN, mató a dos agentes de la PNC durante una manifestación.

Aquel año, asociados de Merino fundaron ALBA Petróleos con dinero proveniente de Venezuela. En los meses siguientes, ALBA Petróleos se diversificó y llegó a servir de paraguas a una docena de empresas, varias de ellas afincadas en Panamá. Para 2014, los ingresos del grupo rozaban los $1,000 millones. Años después, el conglomerado está al borde de la bancarrota, como lo demuestran la quiebra de la aerolínea VECA y comentarios públicos de algunos de sus operativos.

En 2017, al calor del caos en Venezuela, el senador estadounidense Marco Rubio, republicano de Florida, acusó a Merino de lavar dinero del narcotráfico y pidió sanciones en su contra. La reacción del FMLN entonces fue acuerpar a Ramiro y escudarse en que lo de Rubio era una pataleta más del lobby cubano-americano de Florida, asociado con la derecha salvadoreña.

Después vino la carta de los 14 congresistas de la cámara baja, entre ellos demócratas identificados con la izquierda que no han dudado en apoyar en Washington la agenda de los gobiernos efemelenistas, y que, durante la gestión de Funes, incluso ayudaron a abrir las puertas del Capitolio al primer gobierno del FMLN.

Ya no es solo Rubio, son más los que ven con mucha preocupación la lista de sospechas que se suman en torno de Ramiro.

El FMLN, después de esa carta, optó por cerrar filas y asegurar el blindaje a Merino. Todos en el partido corrieron a defenderlo, y usaron los recursos del Estado para hacerlo: cancillería creó, ad hoc, un puesto de viceministro.

El ruido en torno del comandante es demasiado, y los indicios suficientes como para que la Fiscalía salvadoreña lo investigue en serio. Pero no, al menos en El Salvador, Ramiro Vásquez sigue siendo intocable. Y, con su caso, el FMLN ha dejado claro que la impunidad es también un asunto que se tiñe de rojo.

*Una versión de esta columna fue publicada en julio de 2017.

Carta Editorial

Las consecuencias del cambio climático las notan las mimas personas de siempre. Este no es un fenómeno abstracto. Es una realidad que en este país ya es la base de una serie de problemas tangibles, como la pérdida de bosques y la alteración de la época de lluvias. A esto se suma el tema que se desarrolla en el reportaje principal de esta edición: los cambios en el nivel del mar.

Pese a la gravedad de las consecuencias, tanto sociales como económicas, ya vistas, el país aún no se mueve hacia una actitud que dé paso a la ejecución de medidas de adaptación. La razón de este poco avance también tiene que ver con las víctimas. Al Estado y a la sociedad siempre les ha costado mucho escucharlos a ellos, a los vulnerables de siempre, a los que ponen los muertos en cada tormenta.

El cambio climático no se puede detener de inmediato, pero se puede preparar a los habitantes para que el impacto no deje secuelas irreversibles. Esta es otra de las razones del atraso. La educación es una medida efectiva, pero que se lleva a cabo con tiempo y paciencia. No es una cuestión de horas y, por tanto, nunca ha sido material para una foto de campaña.

Hacer de esta una población consciente y responsable en materia medioambiental exige que haya autoridades en la misma sintonía. Aunque las distintas autoridades han comenzado a abrir cada vez más espacios a la discusión del cambio climático, los pasos que se han dado para minimizar el impacto de este fenómeno no han tenido la contundencia necesaria. La falta de recursos no puede ser siempre la excusa para posponer las acciones que lleven a resultados más sustanciales.

Las consecuencias ya las está sufriendo una parte importante de la población. Una a la que no se le puede seguir poniendo atención solo cuando las desgracias ya han sucedido.

«Toda mi personalidad es una extravagancia»

¿Cómo acepta los códigos de vestimenta?

Trato de evitar los códigos, principalmente, porque no me gustan los prejuicios y estereotipos. Como artista considero que la estética personal y las vestimentas son formas de expresión.

¿Qué hace cuando tiene dificultades para resolver un problema?

Yo pienso que la vida es un problema constante que exige resolver diariamente. Trato de mantener la mente enfocada en encontrar soluciones.

¿Cuál es su mayor extravagancia ?

Toda mi personalidad es una extravagancia. Pero tomando en cuenta el contexto histórico, social y cultural de mi país, creo que ser artista siempre se ha considerado como algo extraordinario.

¿Cuál ha sido su mayor logro?

No sé cuál sea mi mayor logro, creo que he hecho cosas importantes en mi profesión y en mi primera juventud, pero creo que solo es una primera parte de mi historia. Quizá mi mayor logro es mantenerme auténtico, leal a mis ideales y a mi pasión

¿Dónde y cuándo es feliz?

Soy feliz en lugares donde pueda explorar o tener contacto con la naturaleza, como los bosques, la playa, algún paisaje bonito, algún pueblito o ciudad nueva y donde encuentre arte y amor.

¿Qué o quién es el más grande amor de su vida?

Justo me encuentro redefiniendo y reconstruyendo la palabra «amor». Es algo muy extenso por descubrir. Pero sin duda diría que mi carrera y el arte en general. Es como un amor lindo,intenso,obsesivo y necio.

¿Cree en la inmortalidad del alma?

Sí, pienso que como artistas estamos destinados a estar en constante creación. Durante toda la vida y en cada pintura, en cada canción, en cada poema, en cada performance estamos dejando parte de nuestro ser y de nuestras experiencias. Como un registro que trasciende en el tiempo.

ÁLBUM DE LIBÉLULAS (226)

1851. CITA CON EL DESTINO

El arribo del vuelo estaba programada para las 2 de la madrugada, pero cuando él despertó de su cómoda somnolencia y vio su reloj se percató de que la hora era ya bastante más avanzada y aún iban en las mayores alturas. No le dio importancia, porque los itinerarios con frecuencia son así; pero cuando las horas fueron pasando como si nada se animó a preguntarle a la azafata: «Señorita, ¿está previsto que aterricemos pronto?» Ella se le quedó viendo con mirada de sorpresa, y sólo hizo un leve gesto indefinible. Él fue a hacer su necesidad al baño y cuando estaba ahí, frente al reducido espejo, algo se dibujó detrás, como una imagen casi mística. Entonces tuvo la corazonada de que aquel viaje era hacia el infinito. Volvió a su asiento junto a la ventana. La tierra firme estaba debajo, diciendo adiós.

1852. SOMOS DIOSES, ¿RECUERDAS?

La nave emprendió viaje sobre las aguas tranquilas, y el horizonte se fue dibujando como una estancia de acogida, sin figuras visibles. Ellos fueron a instalarse en su cabina, que era de las mejores, y luego de ponerlo todo en su lugar se asomaron a la veranda, para entrar en ambiente. En efecto, todo auguraba un trayecto naturalmente idílico, en perfecta armonía con sus estados de ánimo. Y es que aquel era un viaje de bodas, pues recién acababan de trenzar votos de amor sin fin. Como siempre pasa, de pronto surgió en la cercana lejanía un promontorio en crecimiento. «Es ahí», dijo él. «¿Tan pronto?», preguntó ella, agregando: «Pensé que sería el punto final de la travesía». «Sí, pero acabo de mover las piezas del mapa para llegar de inmediato. Ya no aguanto el ansia de ocupar nuestro nuevo hogar en la isla encantada…»

1853. AMISTAD PERFECTA

Estaban reunidos por primera vez desde hacía mucho tiempo, porque en lo que algunos viajaban otros estaban inmersos en sus trabajos profesionales. No eran familiares, pero como si lo fueran; más aún, la antigua amistad se les había ido volviendo un vínculo anímico indisoluble. Lo curioso era que en tanto menos se veían más unidos estaban, como si la cercanía física tuviera efecto de repelente invisible pero invencible. Aquella vez, en el encuentro todo transcurría con la lasitud acostumbrada, hasta que uno de ellos preguntó: «¿Qué hacemos aquí: por qué no nos vamos a la orilla del mar, donde al menos las olas se mueven?» Fue suficiente para que todos se levantaran para coger cada quien su camino. Y la frase de alguno dio la pista: «Amigos para siempre, como siempre, ahí nos vemos sin tener que vernos…»

1854. TRANSFIGURACIÓN AL DÍA

En el barrio se decía que aquel muchacho con apariencia de inocente vagabundo era en verdad gatillero de un grupo criminal. Nadie se sorprendía, porque la delincuencia estaba a tope, salvo aquella señora que tenía en la zona su tiendita desde siempre. No hacía ningún comentario, pero pensaba para sus adentros: «¿Cómo es posible que Nachito, al que le enseñé catecismo con otros cipotes del vecindario, ande en ésas…?» Hasta que un día la noticia la zarandeó. Nacho, el gatillero, había quedado sin vida, con el cuerpo cruzado de balas, luego de un enfrentamiento con la Policía en uno de los callejones más peligrosos del entorno. La Niña Tere se fue a la iglesia a rezar un rosario por el alma de Nacho, y como por arte de magia lo halló en la calle: «¡Chit, chit, chit, Niña Tere, ya no tengo armas, sólo recuerdos!»

1855. ¡UNA AYUDITA, POR FAVOR!

Sin saber por qué, la suerte se le había venido volviendo un deshoje constante y progresivo. El tronco y el ramaje de su existencia estaban cada vez más a merced de lo inevitable, y eso se manifestaba a las claras en su forma de vida. La familia se le alejaba inmisericordemente. Los trabajos iban en picada, perdiendo categoría y frecuencia. Los bienes desaparecían como piedras rodantes. Nuevas oportunidades ni por asomo. Sólo la salud permanecía intacta. Un día de tantos, tuvo que quedarse a vivir en la calle. Buscó una que fuera muy transitada para tener más acceso a la caridad transeúnte. Nadie parecía advertir su presencia. Pero de pronto una imagen se le acercó y le tendió la mano, sonriente. Él lo reconoció sin más: «¡Tú por fin! ¡Has venido sin que te llame, Ángel de la Guarda! ¡Una ayudita, por favor!»

1856. SON COSAS DE LA SED

Cuando le cogió aquel ahogo desesperado, sus familiares inmediatos lo llevaron al hospital público más cercano, para que no fuera producírsele un cierre total de la respiración. Con frecuencia había venido padeciendo episodios más o menos análogos, pero nunca tan inquietantes como aquél. Los médicos, luego de hacerle los exámenes exteriores del caso, concluyeron que su comportamiento orgánico no presentaba ningún síntoma alarmante. «Quizás es un ataque de ansiedad», les dijo sonriendo uno de los galenos, el más joven, que apenas estaba iniciándose en el ejercicio. Ellos respiraron tranquilizados y se lo llevaron a casa. Pero esa noche vino un nuevo acceso. Todos dormían, menos él. Se incorporó y buscó auxilio líquido. Lo único disponible a la mano era aquella botellita de tequila. El trago le hizo respirar. ¡Aleluya!

1857. TRAGALUZ HACIA EL SUEÑO

Se conocieron en un festejo. Armaron su relación como un pequeño rompecabezas inocente. Iniciaron su vida en común con lo estrictamente necesario. Y fueron incorporándose a la rutina doméstica sin ningún sobresalto anticipado. Muy pronto Delmy quedó embarazada y Julián pasó a buscar ocupaciones adicionales para poder sufragar los gastos de las obligaciones presentes y por venir. Entonces, y de manera súbita, empezó a crecer entre ellos una especie de maraña de sentimientos encontrados. Ninguno de los dos se animaba a comentar aquel hecho, hasta que él no aguantó: «Has dejado de quererme, ¿verdá, Delmy?» «Pues yo creo que sos vos el que ha dejado de quererme». Y entonces ambos al unísono miraros hacia arriba. Ahí estaba el tragaluz, animándolos a no darse por vencidos. Anochecía con invitación.

1858. CADENAS ESCONDIDAS

Aquella noche, después de departir con amigos en el bar de siempre, regresó a su estancia en el edificio vertical al que acababa de pasarse. Su piso era el más alto, y desde ahí podía contemplar las etapas del día y de la noche como si fuera un pájaro posado en una nube. Esa medianoche, sin embargo, el juego de sus sensaciones parecía trastornado. Un ahogo sin causa aparente le dominaba el ánimo. Se tendió en el piso de la pequeña terraza y cerró los ojos. La lejanía abierta estaba causándole pánico. ¿Qué era aquello? Sus memorias de infancia infeliz lo invitaban al sótano…

Parques para casas rodantes acogen a inmigrantes en Colorado

Fotografías de AP

El Aspens Mobile Home Village se encuentra entre la autopista I-70 y el río Eagle, en una zona montañosa cerca de Vail. Es fácil pasarse de largo entre tanta carretera, árboles, cercos y remolques que circulan antes de que asome el cartel azul de la salida 167, anunciando un Burger King, un Subway y un Fiesta Jalisco.

Aspens es un lugar discreto, como le gusta a la gente que generalmente no vive en casas rodantes, y esto lo distingue del parque más grande del condado que se encuentra a 10 minutos de carretera en Edwards. Ese parque, el Eagles River Village, ha generado titulares por un problema persistente, que aún no ha sido resuelto, con la calidad del agua. Fila tras fila de remolques viejos emergen casi desde el río y se internan en las colinas llenas de casas de un millón de dólares y campos de golf de la Cordillera.

Estos son dos de los 31 parques para casas rodantes que hay en el condado de Eagle. Las comunidades tienen distintos tamaños y un total de 1,248 viviendas, casi todas ocupadas por gente que trabaja en la industria hotelera, de servicios y la construcción. En un condado de viviendas y alquileres caros, las casas rodantes son una necesidad económica pues ofrecen un techo a trabajadores con salarios bajos, que limpian las habitaciones de los hoteles y cuidan los campos de golf de localidades montañosas que viven del turismo.

Aspens Mobile Home Village tiene cabida para 159 remolques y actualmente hay un solo lugar vacío. El parque funciona desde hace casi 50 años y está bien mantenido. Los remolques son bastante nuevos y hay plazas en las que juegan los hijos y nietos de trabajadoras domésticas, pintores, campesinos, jardineros, cocineros y niñeras.

Igual que en otros parques de casas rodantes, los residentes son propietarios de los remolques y alquilan espacios para instalarse por unos $1,100 por mes. Esto no incluye el gas, la luz ni la televisión por cable. Su administradora es Agustina del Hoyo, quien desde el 2008 combina tareas de jefa que se ocupa de que todo funcione y de madre. Dice que no sabe cuánta gente vive en Aspens, pero una noche hizo la cuenta y sumó 525 vehículos.

«Hemos recibido gente de todos lados. De Rusia, de Bulgaria, de Jamaica, de Honduras, incluso vietnamitas. Pero el 75 % aproximadamente son latinoamericanos», expresó.

La mayoría son inmigrantes. Algunos llegaron a Estados Unidos legalmente, otros no. Vinieron por un par de años y ya llevan 12, 15 o 20. Para ellos Aspens es su casa, por más que se nieguen a admitirlo y añoren la tierra de su infancia, donde viven o están enterrados sus padres. Dicen que su casa es la que construyeron o están construyendo en Aguascalientes, Chihuahua o Guerrero, que pagaron con el dinero que ganan haciendo camas y limpiando alfombras.

En sus años en Avon, se han casado y tuvieron hijos. Remodelaron sus viviendas, agregando ventanas, porches, pisos de madera, mesadas de granito y Corian. Cuando una mujer le dijo a su familia que tal vez era hora de comprar una casa -ya habían pasado casi 20 años desde que vinieron de México-, sus dos hijas protestaron y lloraron, según cuenta. Después de todo, vivieron toda su vida aquí.

«Tengo el corazón dividido», dice otra madre, que lleva casi 22 años en Avon, los últimos cinco en Aspens. Cruzó la frontera ilegalmente, dejando atrás a sus padres, la mayoría de sus hermanos, sus sobrina y sobrinos, «la gente que quiero», en Aguascalientes. Ha pasado casi la mitad de su vida en esta hermosa localidad de montaña, pero dice que cuando ella y su esposo terminen de arreglar el remolque, terminarán de construir una casa en México. Tal vez algún día regresen. O tal vez no.

Aquí, un remolque es más que una casa, es una metáfora que resume la vida de los inmigrantes, un lugar temporal, bien tenido, pero sin raíces.

Desigualdad. La diferencia entre la vida que se lleva en los remolques y la que se lleva en las casas es grande. La brecha incluye acceso a servicios básicos.

***

UN NUEVO RITMO

Los obreros de la construcción y los jardineros parten temprano en caravanas de automóviles y camiones y trabajan cuantas horas pueden antes de que venga la nieve. Ganan dinero durante el verano. El invierno es para las empleadas domésticas y los trabajadores de los hoteles que reciben a los aficionados al esquí. Ganan de 11 a 17 dólares la hora. Durante la mañana se escucha el barullo de los niños que van a la escuela con sus mochilas, sus capuchas y su almuerzo. Los ancianos los ven pasar desde sus porches mientras se dirigen a la parada de autobuses en la entrada del parque. A la noche se repite todo, solo que en sentido inverso. Y se siente el olor de cebollas, carne y tortillas que la gente lleva a sus casas.

Hace cinco meses, los jueves por la noche, las mujeres empezaron a reunirse para lo que del Hoyo describe como una sesión Entre Mujeres. Organizó ese grupo porque con frecuencia las mujeres que iban a su oficina a pagar el alquiler se quedaban allí y le contaban sus problemas con el trabajo, los hijos y sus maridos. Le decían que extrañaban sus casas, sus madres, sus hermanos y sus amigos.

Del Hoyo, quien es hija de inmigrantes mexicanos, sintió que tenía una conexión con estas mujeres. Ella también había dejado atrás a su familia, en California, en busca de lo desconocido.

«Todos los días, las 24 horas, estas mujeres están trabajando. Trabajan en sus empleos y en sus casas. Necesitan una hora a la semana para ser ellas mismas», dice del Hoyo. «Aquí piensan solo en ellas mismas. Necesitan ayuda, apoyo. Yo les digo, ‘cuando hablas con una amiga, es como una medicina. Cuando nos juntamos todas, es como una farmacia’».

La voz se corre rápidamente en el parque. Si un auto desconocido se mueve muy lentamente, de inmediato alguien llama a Agustina. Un funcionario del servicio de flora y fauna ve un oso en las inmediaciones y alguien llama a Agustina. La puerta del salón de reuniones permanecía cerrada, de modo que al principio poca gente asistió a las charlas. Pero pronto fueron animándose y un jueves reciente había unas dos docenas de mujeres que habían llevado pollo, pasta, sandías, tamales, buñuelos, ensaladas y dulces.

No es fácil mostrarse vulnerable, pero comparten sus historias, que son las mismas de la mayoría de las madres de cualquier parte: cómo les va a sus hijos en la escuela, los problemas en el trabajo, las cuentas que hay que pagar, padres enfermos, la ausencia de seguros médicos, el cansancio. «Cada día de mi vida es un sacrificio», dice una mujer, y las otras asienten.

Pero hay otro nivel de vulnerabilidad aquí: Vivir en Estados Unidos sin papeles es vivir con una incertidumbre constante, con una ansiedad permanente. Dicen que las cosas empeoraron desde que Donald Trump llegó a la presidencia. Hablan de eso, del miedo que no las deja, dicen que tratan de no pensar en ello y al mismo tiempo se preocupan de cómo preparar a sus hijos para la eventualidad de que un día no vuelvan a casa. «La migra te puede detener en cualquier sitio», dice la madre con el corazón destrozado. «En tu casa, en la escuela, en el trabajo, en un negocio».

A pesar del miedo, dicen que se sienten agradecidas por la vida que llevan, por el trabajo, por el sueldo, por las escuelas y los parques, y tienen la convicción de que este es un sitio mucho más seguro que sus países. «Me iré a casa si Trump me obliga, pero espero que no lo haga», dice una mujer de Aguascalientes que vino con una visa de trabajo y se quedó. «Allí no hay trabajo. No hay nada».

“Tengo el corazón dividido”, dice otra madre, que lleva casi 22 años en Avon, los últimos cinco en Aspens. Cruzó la frontera ilegalmente, dejando atrás a sus padres, la mayoría de sus hermanos, sus sobrina y sobrinos, “la gente que quiero”, en Aguascalientes. Ha pasado casi la mitad de su vida en esta hermosa localidad de montaña, pero dice que cuando ella y su esposo terminen de arreglar el remolque, terminarán de construir una casa en México. Tal vez algún día regresen. O tal vez no.

***

A NO ENCARIÑARSE DEMASIADO

Hay una mujer en Aspens que vino de la Ciudad de México. Tiene dos años de universidad y se enamoró de un hombre que venía todos los veranos a Estados Unidos para trabajar en jardinería. Su padre no aprobaba la relación. «Esa vida es una locura», le dijo. Su madre falleció y su padre crió solo a sus tres hijos. «Seré tu madre y tu padre de ahora en más», recuerda que le dijo. «Tendrás que ser fuerte». Ella tenía ocho años.

Partió a Estados Unidos con su futuro esposo. No le dijo nada a su padre y cruzó la frontera ilegalmente. Caminó dos días y una noche por el desierto, según cuenta. Llamó finalmente a su padre desde una casa en Tucson. El padre le dijo que para él estaba muerta y que no lo volviese a llamar. Su prometido le dijo que tenía que olvidarse de su vida en México. Que eso era historia.

La mujer encontró un trabajo en un negocio de Avon. Ella y su marido tuvieron dos hijos. Se las arreglaron para no tener que contratar una niñera. Tenían un trabajo cada uno. Decidieron no recibir primos ni amigos con tal de olvidarse de México.

Cuando se mudaron a Aspens hace seis años, ocuparon un remolque que no usaba nadie y lo remodelaron. Piso de madera, gabinetes de madera y electrodomésticos y mesones nuevos. Pusieron una pantalla plana en la pared y una foto de Jesús arriba de la mesa de la cocina. Las pocas veces que ella está sola en la casa, se sienta en un extremo de la mesa y disfruta de la vista de las montañas.

A su padre se le pasó el enojo después de un año. Con su nueva esposa y sus tres hijos pequeños, el menor de cuatro años, cruzó también el desierto. Eso fue hace 15 años. Dice que, al igual que tantos inmigrantes que conoce, su padre tomó dos trabajos, trabajó todo el tiempo y ahorró dinero. «Mantenía sus casas en México y pagaba impuestos aquí, pero no tuvo vida».

Eso no le pasará a ella, asegura.

Se está dando cuenta de que, luego de vivir 18 años como esposa, madre y empleada, «lo más triste es que me olvidé de mí misma».

Ahora trabaja como voluntaria en varias organizaciones y asiste a los encuentros con las otras mujeres del parque. Todas comparten el mismo estado indefinido de no ser necesariamente propietarias de una casa pero tampoco tienen el típico alquiler. Ya no están en sus países pero tampoco se sienten en casa. Trata de mantener un delicado equilibrio, echando algunas raíces, aunque sin apegarse demasiado al lugar donde reside. Su familia tiene una casa en México y si algún día pasa algo, no será el fin del mundo. «Vinimos a este mundo sin casas y nos iremos sin ellas», comenta.

«No quiero vivir pensando en lo que podría pasar», manifestó. «Quiero la vida que tengo frente a mí».

A poca distancia. Una de las ventajas que ofrece el parque de casas rodantes es que jardineros y obreros de la construcción encuentran empleo cerca. La gente que habita en los remolques ubicados en estas zonas por lo general ha migrado en situación irregular.

Fentanilo y el dinero fácil: No toma mucho hacerse rico

Víctima. Rod y Tonya Meldrum sostienen el retrato de su hijo Devi, en Provo, Utah. Él fue víctima de una sobredosis después de ingerir una sola pastilla de fentanilo.

Las pastillas llegaban de a miles a buzones de todo el país, rojas y azules, con el sello de oxicodona estampado en ellas.

Los fiscales dirían más adelante que eran «veneno», píldoras falsas con fentanilo, un potente opioide sintético que está escribiendo un capítulo mortal en la historia de la epidemia de opioides en Estados Unidos. Habían sido enviadas desde suburbios de Salt Lake City.

Fue allí que un joven de 29 años que no terminó la universidad llamado Aaron Shamo se hizo rico, construyendo un imperio de tráfico de fentanilo tan solo con su computadora y un par de amigos.

Durante tres semanas este verano, esos millenials suburbanos declararon en el juicio que se les siguió y contaron cómo fentanilo comprado y vendido a través de la internet transformó el comercio de las drogas ilegales. No fue el testimonio de sanguinarios capos del narcotráfico ni nada que pueda frenar un muro en la frontera con México. Shamo se describió a sí mismo como un «traficante de guante blanco», que buscó la colaboración de viejos compañeros de trabajo en eBay a los que bombardeó con mensajes con emojis sonrientes. Su abogado dijo que era un «tonto», no lo suficientemente inteligente como para ser un capo del narcotráfico.

Es tan potente, tan fácil de transportar, que los traficantes en gran escala ya no necesitan redes sofisticadas, según Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la DEA. Lo único que hace falta es un buzón, acceso a la internet y gente que consuma opioides. .

La forma en que él y sus amigos lograron inundar el país con medio millones de pastillas falsas de oxicodona revela la facilidad con que el fentanilo recorre el mundo, amenazando con llevar la epidemia fuera de Estados Unidos. Un polvo hasta 100 veces más fuerte que la morfina era comprado en un laboratorio de China y llegaba a Utah por correo. Era envasado en réplicas perfectas de pastillas de oxicodona en el sótano de la casa de Shamo y vendido por la internet, con entregas, nuevamente, por correo.

Todo esto ocurre en momentos en que la demanda civil más grande de la historia pone a prueba hasta qué punto la industria farmacéutica debería ser considerada responsable de inundar el país con analgésicos, generando adicciones masivas. Purdue Pharma, fabricante de la popular OxyContin, llegó a un principio de acuerdo por 12,000 millones de dólares esta semana con la mitad de los estados y unas 2,000 administraciones locales. El mes que viene comenzará otro juicio a otras farmacéuticas en el que las comunidades argüirán que la intensa comercialización de analgésicos desencadenó una epidemia.

La crisis empezó en la década de 1990, en que los opioides recetados dieron paso a la heroína, la cual a su vez despejó el camino al fentanilo. Esta droga ha causado la muerte de decenas de miles de personas desde su aparición en las calles en el 2013. Hay dos fuentes de abastecimiento: Los carteles mexicanos y paquetes enviados directamente por correo desde China, donde es producida masivamente, sin controles del gobierno. Hay muchos traficantes nuevos como Shamo, según las autoridades. Estadísticas de confiscaciones indican que su uso se expande rápidamente por todo el mundo. En el 2013 solo cuatro países reportaron confiscaciones. En el 2016, lo hicieron 16 naciones.

Es tan potente, tan fácil de transportar, que los traficantes en gran escala ya no necesitan redes sofisticadas, según Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (conocida por sus siglas en inglés, DEA). Lo único que hace falta es un buzón, acceso a la internet y gente que consuma opioides. Las tasas de consumo aumentan en todos lados, desde Asia hasta Europa y América Latina, como consecuencia de la intensa promoción de los analgésicos que hacen las farmacéuticas.

Potencia. Una pastilla de fentanilo es hasta 100 veces más adictiva que la oxicodona.

El margen de ganancias que deja el fentanilo ilegal es irresistible. La DEA calcula que un kilo sintetizado por unos pocos miles de dólares puede generarle a un traficante más de un millón de dólares.

«Cualquier idiota puede ser un traficante grande de fentanilo», afirmó Vigil. «Cualquiera con un coeficiente intelectual de menos 100 puede hacerse rico de la noche a la mañana».

Cuando un paquete sospechoso proveniente de China hizo que los investigadores se interesasen en Shamo, ya había producido al menos 458,946 pastillas potencialmente venenosas, según el gobierno. Encontraron $1.2 millones en el cajón de las medias y en una caja fuerte, y más dinero en criptodivisas.

Shamo empezó su negocio con su viejo amigo Drew Crandall.

Ambos comenzaron a vender Adderall, una medicina recetada para el déficit de atención, usando buscadores especiales no regulados. Hay mercados digitales clandestinos en los que se venden armas y drogas y se cambia dinero anónimamente mediante criptodivisas. Fue así que se expandieron, ofreciendo también la droga popular en los clubes nocturnos MDMA, hongos alucinógenos, drogas que los hombres usan para dormir y violar a mujeres, y cocaína sin salir prácticamente de sus casas. Compraron una máquina que fabrica píldoras y produjeron versiones falsas de xanax, una medicina para la ansiedad.

Un traficante local le comentó a Shamo que podría ganar fortunas vendiendo oxicodona falsa hecha con fentanilo. Crandall se fue del país y Shamo reclutó a otro amigo, Jonathan Luke Paz, para que lo ayudase a producir oxicodona.

Vendía las pastillas tanto a individuos como a traficantes, quienes luego la ofrecían en la calle. Cuando la policía interceptó los envíos de un solo día, contó 34,828 pastillas de fentanilo destinadas a direcciones de 26 estados. Algunas eran ofrecidas en la internet como fentanilo, otras no, sino que eran vendidas como 30 miligramos de oxicodona.

Los fiscales afirman que decenas de clientes suyos murieron, pero lo acusan solo en conexión con una muerte, la de Ruslan Klyuev, de 21 años, quien falleció en su habitación en Daily City, California. Junto a su cadáver se encontró un sobre en el que había recibido pastillas provenientes de Utah.

Shamo fue condenado por 12 cargos, incluido el de desarrollar actividades delictivas en forma continuada, el cargo reservado generalmente para gente como el «Chapo» Joaquín Guzmán, que conllevan condenas fijas de por vida. El jurado no llegó a un acuerdo en torno a una 13ra acusación, la relacionada con la muerte de Klyuev.

El día que Shamo fue condenado, un mercado digital clandestino tenía miles de ofertas de cosas presentadas como oxicodona. No había forma de saber si venía de una farmacia o del sótano de una casa.

Redada. En noviembre de 2016, dos hombres dos hombres con trajes protectores salen de una residencia mientras las agencias policiales locales y federales responden a una redada de drogas en Cottonwood Heights, Utah.

Angélica no migra, huye

Ilustración de Moris Aldana

Angélica recibió la llamada de un investigador de la Policía Nacional Civil (PNC) que le advirtió que ella y su familia estaban en peligro. Alguien los estaba buscando para asesinarlos. Ella, sus dos hijos y su madre huyeron de su hogar con lo que tenían puesto y nada más.

Aquella tarde, Angélica apenas venía de enterrar a sus dos hijas que fueron asesinadas por los mismos que ahora los estaban amenazando. Aún sin poder asimilar la pérdida, la familia escapó sin tener un lugar a donde ir. Era mediados de 2017.

Dos años después, en una mañana de finales junio, Angélica se prepara para migrar. Junto a ella partirán sus dos hijos y su madre. Son alrededor de las 9:30 de la mañana. Hace unas pocas horas, abandonaron una casa de resguardo para la protección de víctimas y testigos de la Unidad Técnica del Sector Justicia (UTE).

Ella empaca, en prisas, lo poco que le queda y se despide de sus hermanas y sobrinas que, cree, nunca volverá a ver. Huye de la delincuencia y de un Estado que no la pudo proteger.

Entre marzo de 2018 y abril de 2019, 634 personas se desplazaron de manera forzada a causa de la violencia de acuerdo con las instituciones estatales. Sin embargo, lo que domina este fenómeno es el subregistro. La gente se va en silencio.

***

Esta mañana es la primera vez, en un año y medio, que Angélica sale con un poco de libertad. Camina apurada y mira para todos lados desconfiada. Se ha bajado de un vehículo en el que, como mínimo, le ha dado unas cinco vueltas a la cuadra. Los pandilleros, los que mataron a sus hijas y luego amenazaron al resto de su familia, aún la buscan.

Antes de partir, Angélica ha decidido conversar sobre lo que la ha obliga a migrar. Solo tiene una hora para hablar. Dentro de poco, su vuelo despegará.

En una oficina que se ha acomodado como un salón de entrevistas, Angélica cuenta que, a mediados de 2017, perdió a sus hijas.

Angélica aún lo cuenta incrédula, sin poder comprender el porqué. Explica que la tarde en que desaparecieron, ellas salieron de estudiar y se reunieron con una amiga que les regalaría un par de pantalones y camisas. Luego de eso, no supo más.

Fabiola, una niña de ocho años y Marcela, de 20, estuvieron desaparecidas. Pero antes de que Angélica pudiera hacer una denuncia para iniciar la búsqueda, ella se enteró por la noticias que una niña y una joven con las características de sus hijas, habían sido localizadas por la PNC en un predio baldío.

Angélica entró en negación. No quiso creer que la noticia estuviera relacionada con la desaparición de sus hijas. Así que marcó y marcó el número de celular de su hija mayor.

La hermana de Angélica, al ver las noticias, se movilizó al lugar para saber si aquella dos personas eran, en verdad, sus sobrinas. Unas cuantas horas después, regresó con la confirmación de que las de las noticias sí eran Fabiola y Marcela.

«Todavía se me revuelven las tripas de solo recordar. No podía creer que fueran ellas. Esa misma noche, salí para el Instituto de Medicina Legal. Ahí me tocó reconocer a mis hijas», dice Angélica.

Así que, cuando el investigador llamó y los alertó de que los pandilleros «venían por ellos», Angélica no dudó en tomar lo que estuviera al alcance y marcharse junto con hijos y madre.

El Estado respondió, pero hasta ocho meses después. Antes, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) tuvo que emitir medidas cautelares para Angélica y su familia.

***

Cuando la familia huyó, dejaron casa, ropa, mascotas, trabajo; como la mayoría de víctimas de desplazamiento forzado. Sin hogar y con miedo, Angélica acudió a la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) y a la Fiscalía General de la República (FGR) por ayuda.

Ante la petición, la FGR solo le dio la garantía de custodiar su hogar con agentes de seguridad, mientras ellos iniciaban las investigaciones por el asesinato de sus dos hijas. Ante el riesgo de que la vigilancia les diera más problemas. Angélica se negó a aceptar esta opción. Buscó ayuda de organizaciones sociales y solo interpuso la denuncia por los asesinatos.

Según la PDDH, las víctimas de desplazamiento forzado interno prefieren permanecer en un estatus «invisible» y pasar con la mayor discreción posible.

El Informe Preliminar de Registros sobre desplazamiento forzado de la PDDH, de 2017, detalla que «es muy común que la denuncia ocurra solo hasta después de haber agotado los recursos personales, familiares y las redes de relaciones sociales de las víctimas».

Angélica también agotó sus recursos. Junto a sus dos hijos y su madre se mantuvieron nómadas entre cuartos de hotel que costearon organizaciones sociales. Luego, durante siete meses, permanecieron en un albergue temporal hasta que decidieron que era tiempo de que el Estado respondiera por su calidad de desplazados.

El Estado respondió, pero hasta ocho meses después. Antes, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) tuvo que emitir medidas cautelares para Angélica y su familia.

***

Esta mañana, Angélica ha venido a la entrevista acompañada de uno de sus hijos, un joven de 24 años que desea platicar sobre los abusos que recibieron de parte del Estado cuando fueron «protegidos» en el programa de víctimas y testigos de la UTE.

Angélica y Mario recuerdan que, meses atrás, sin medidas cautelares, la UTE solo ofreció proteger a quien realizó la denuncia, ningún otro miembro de la familia podía ingresar al programa. La Ley Especial para la Protección de Víctimas y Testigos (LEPVT), no incluye a las víctimas en general, solo considera a las personas que son parte de un proceso judicial.

Al conocer las medidas de la CIDH, sin embargo, la UTE tuvo que hacer una excepción.

Cuando la familia ingresó al programa, en noviembre de 2017, Mario tenía 22 años, estaba recién graduado de bachillerato e iniciaba su vida laboral.

Su otro hermano tenía apenas seis años. Estaba a meses de iniciar su preparatoria y su abuela, una mujer de 74 años, se dedicaba a cuidar de sus nietos pequeños mientras Angélica trabajaba.

Mario asegura que antes de aceptar ser protegidos por la UTE, «ellos se la pintaron bonito», le aseguraron que contaban con todo lo necesario para protegerlos, pero no fue así.

En el resguardo, su hermano cumplió los ochos años y nunca recibió un refuerzo escolar. No tuvo la oportunidad de cursar ningún grado académico. A pesar de que la LEPVT, en su artículo 13 literal I, dice que se debe facilitar a víctimas y testigos la permanencia en el sistema educativo.

En cambio, Mario solicitó ser parte de talleres de formación técnica vocacional para contar con otras acreditaciones, pero no fue posible. La UTE no respondió a sus solicitudes. Esto a pesar de que la UTE y el Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (INSAFORP) tienen un acuerdo, desde 2018, para que las personas dentro del régimen de protección a víctimas y testigos sean parte de procesos de capacitación profesional.

«Ahí, en la UTE, no están cumpliendo con protección. A uno, de víctima, solo le dan seguridad», asegura Angélica.

Hace énfasis en lo insalubre de la comida que recibían. «Si no estaba crudo, lo servían descompuesto». En los almuerzos, cuenta, era común el pollo;, pero, en toda su estancia, no recuerda ni una sola vez que la comida se sirviera en buen estado.

Además, en la semana, a la familia se entregaba un garrafón de agua, uno que debían racionar porque debían compartir la mitad con otras personas del hogar.

La atención médica tampoco era la adecuada. La familia debía esperar horas para trasladarse a un centro asistencial u hospital. No importaba la emergencia. En una ocasión, la madre de Angélica tuvo que esperar desde la 1:30 pm hasta 5:00 pm para que la llevaran a un hospital. Ese día, la gravedad fue tal, que la señora quedó ingresada.

La familia también solicitó en varias ocasiones, atención psicológica, pero no la recibieron. La psicóloga que los visitaba unas cuanta veces al mes, respondió a su petición y les dijo que ella solo estaba designada para realizar talleres generales y no para dar terapias o consultas a las víctimas o testigos.

Ante las condiciones, Mario denunció en tres ocasiones, a través de escritos, la situación que vivía el resguardo.

«Me quedé con esas notas que mandamos. Cada denuncia llevaba unas 2 o 3 páginas detallando los abusos», recalca Mario.

Lo que terminó por agravar su situación fue que, dentro del espacio, no solo habían víctimas de desplazamiento forzado. La familia convivió con testigos criteriados que podían, todavía, tener vínculo con la pandilla que los perseguía.

Un testigo criteriado, es una persona que confiesa su participación en un delito y aporta pruebas testimoniales o documentales que ayudan a establecer responsabilidades de otros implicados, a cambio de una reducción de pena o el beneficio de libertad.

«La UTE lo que hace es revolver a la gente. Ahí, un corre peligro. Al principio, estuvimos en una casa sola; pero, luego, fueron llegando más. Metieron a un señor que era un criteriado. Lo supimos porque él mismo contaba las cosas», reitera Mario.

Julio Magaña, Coordinador Nacional de Litigio Estratégico de Cristosal, una organización que trabaja con las víctimas de desplazamiento forzada, asegura que el sistema está creado para proteger testigos y no víctimas. «Esto es un gran vacío en la ley. No pueden estar mezclados víctimas y testigos en un mismo resguardo».

LAS MEDIDAS CAUTELARES

Antes de acudir a la CIDH, la familia también agotó los recursos legales y presentó una demanda de amparo, ante la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), donde señalaron una serie de omisiones atribuidas a instituciones del Estado para su protección y garantía de justicia.

El amparo fue admitido hasta que la CIDH dictó medidas cautelares, en noviembre de 2017. Tres meses después de que se presentó el recurso.

La CIDH, luego de conocer el caso de Angélica, en octubre de 2017, concluyó que ella y su familia enfrentaban una situación de urgencia y gravedad frente al asesinato de sus dos hijas, las amenazas de la pandilla, la falta de un espacio seguro y medidas efectivas de protección por parte del Estado.

«Los integrantes de la familia se encuentran una situación de gravedad y urgencia, puesto que sus derechos a la vida e integridad personal están en riesgo. El grupo familiar habría abandonado su residencia habitual, y buscando protección en diversos albergues para evitar un atentado en contra de sus vidas. Se solicita al Estado de El Salvador que adopte las medidas necesarias para preservar la vida e integridad del grupo familiar», detalla el comunicado de la CIDH sobre las medidas.

Sin un decreto legislativo, el Estado respondió a la medidas y acopló la LEPVT y el programa de Protección a Víctimas y Testigos, que está a cargo de la UTE, para proteger a Angélica y su familia.

A pesar de ello, en el informe de seguimiento que presentó el Estado salvadoreño a la CIDH, a solo un mes de aplicar las medidas cautelares, el gobierno solicitó a la Comisión levantar las medidas al asegurar que la «institucionalidad se encontraba operativa y que el Estado se mantenía supervisando a las instituciones responsables para cumplir las disposiciones».

Sin embargo, hasta la fecha, las medidas cautelares aún siguen activas de parte de la CIDH.

Norma Fernández, representante legal de víctimas de desplazamiento forzado de Cristosal, asegura que la lentitud en el estudio de la ley provoca que los desplazados internos sigan sin un respaldo para su protección.

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De historia en historia, aquella mañana, Angélica y Mario llegaron a la misma conclusión: los pandilleros siempre los busca y el Estado siempre les falla.

En ese año y medio, el gobierno nunca les dio una opción para su reubicación, tampoco les propuso otra sola solución, aparte del encierro, y no les dio garantía de justicia por el asesinato de sus familiares.

«Hasta esta fecha, junio de 2019, no hay justicia. Mis hijos no han podido estudiar y yo no he podido trabajar. Queremos retomar nuestras vidas por duro que sea, pero ya no puede ser acá. Aquí no tenemos ninguna garantía», concluyó Angélica.

En El Salvador, por el momento, el único mecanismo de protección al que pueden recurrir las víctimas de desplazamiento forzado es la LEPVT. No hay otro respaldo. El Estado sigue sin crear una política pública, a favor de los desplazados.

Recientemente, la Comisión de Legislación y Puntos Constitucionales de la Asamblea Legislativa ha retomado el estudio de la Ley Especial para la Atención y Protección Integral de Personas en condición de desplazamiento forzado, luego de que la Sala de lo Constitucional emitiera la sentencia 411- 2017 y ordenara al Estado reconocer el fenómeno y crear políticas a favor de las víctimas.

La discusión sobre la ley, sin embargo, es lenta. Los diputados llevan cuatro lunes, desde el mes de agosto, reescribiendo apartados de los primeros cinco artículos. Los parlamentarios aún deben revisar y aprobar 64 artículos.

En una de esas sesiones de la Comisión, los diputados discutían y concluían que para tener una propuesta de ley especial ‘pasaría un tiempo’ y no podían tomárselo a la ligera. Aunque ya ha pasado un año desde que la Sala emitió la sentencia.

Entre los diputados que conforman la Comisión están: Mario Tenorio, de Gana; Alejandrina Castro, Bonner Belloso y Ricardo Velásquez Parker, de Arena; Jorge Uriel Mazariego, del PDC; Eileen Romero y José Antonio Almendáriz, del PCN y Cristina Cornejo, del FMLN.

Norma Fernández, representante legal de víctimas de desplazamiento forzado de Cristosal, asegura que la lentitud en el estudio de la ley provoca que los desplazados internos sigan sin un respaldo para su protección.

«Es preocupante no tener una legislación especial que brinde los lineamientos y garantías para los desplazados internos. La vulneración que sufren las víctimas del fenómeno es más grande ya que no hay restitución de derechos fundamentales», expresa Fernández.

Por su parte, la Mesa de la Sociedad Civil contra el desplazamiento forzado a causa de la Violencia (MCDF), a 100 días del gobierno de Nayib Bukele, ha solicitado que el Presidente se pronuncie a favor de una ley para las víctimas del fenómeno y que tipifique el delito de desplazamiento forzado, de acuerdo con las normas y estándares internacionales.

De aquella mañana, ya han pasado dos meses. Angélica partió ese mismo día de El Salvador. Se marchó sin la esperanza de volver y migró porque el Estado no le supo responder.