El valioso silencio de Francisco Gavidia

Me une con Francisco Gavidia varias circunstancias formales de la vida: ambos somos de San Miguel, y nacimos en la misma calle, apenas separadas las casas por tres cuadras. Algo más, Gavidia tuvo récord como director de la Biblioteca Nacional (13 años); en esto ya lo superé pues, pronto, si Dios es grande, como decía mi madre, cumpliré 20 años como director de la misma entidad; también ambos terminamos los estudios de Leyes, aunque nunca la ejercimos; y los dos tuvimos un padre abogado.

Aunque de don Chico Gavidia se ha escrito mucho en el pasado, me sentí confundido cuando estaba en proceso de escribir mi novela «Los poetas del mal». Esta obra de sana ironía trata de la palabra y la vida. Por eso pensé en Francisco Gavidia y en su sello más resaltante del que se nos hablaba desde niños en el sistema escolar. Me refiero a su relación con el poeta nicaragüense Rubén Darío, un hecho que más parecía una leyenda. Sin embargo, en la obra «Autobiografía», del nicaragüense, descubrí que dicha leyenda era una realidad.

En ese proceso de escribir mi libro mencionado, referido a los males que se nos atribuyen a los escritores de poemas, más por la incomprensión del receptor que por la palabra transformada, me hice la pregunta relativa al silencio del humanista por antonomasia de El Salvador. Mi respuesta afectaba a Gavidia, porque, hasta entonces, desconocía el origen de ese silencio y aislamiento (tomar nota: sin información no hay conocimiento).

No desconocía que ambos eran casi de la misma edad (dos años mayor el salvadoreño que el nicaragüense); pero, además, Gavidia murió a los 92 años (1955); y Darío, su maestro inicial, falleció a los 49 años (1916). ¿Por qué, entonces, nuestro poeta salvadoreño se había cobijado en el silencio de la palabra escrita cuando, por su poder, podía sonar como un aullido mostrando su presencia? Mientras el nicaragüense optó por gritar a un auditorio universal.

Cuando los dos eran muy jóvenes, de visita el nicaragüense en San Salvador, su amigo salvadoreño le hizo ver al visitante adolescente las nuevas métricas y la musicalidad poética, algo que los españoles no habían descubierto, pese a su gran canon literario. Darío se adelantó para mostrar la renovación poética de nuestro idioma, mientras su maestro se encerraba en sus sabias palabras.

Francisco Gavidia había recibido al poeta nicaragüense de visita en El Salvador, cuando este tenía 17 años, y Darío se encontró con un estudioso de 20 años. En esa ocasión el salvadoreño señaló al nicaragüense la ruta para una nueva poesía.

Ante eso, pensé que el descubridor se había distanciado del territorio descubierto, mientras el nicaragüense salió en búsqueda de los territorios mundiales de la literatura.

«Tienes que salir de estas tierra» –a Chile, sugirió el general y poeta Juan José Cañas. El joven Darío, pobre de bienes, abandonado por padre y madre, a diferencia de Gavidia, de padres terratenientes, le respondió a Cañas: «¿Pero, general, cómo me voy a ir a Chile si no tengo recursos?» Su consejero respondió: «Vete a nado aunque te ahogues en el camino» (Darío. 1983. «Autobiografía». pág. 34). Y luego reconoce como maestro a Gavidia, «el primero que ensayara en castellano la métrica francesa, pues dominaba muy bien el idioma francés». «De ese modo, de la lectura de los alejandrinos franceses (de Víctor Hugo) surgió en mí la idea de renovar la métrica», continúa Darío… (op. cit. pág. 47).

Darío era poeta, pero también de relevantes creaciones en prosa. Mi duda al escribir sobre Gavidia surgió del hecho de que este había vivido 41 años más que Darío, quien solo tuvo educación formal hasta cuarto grado. Por lo contrario, Gavidia fue un gran estudioso, vivía en su biblioteca escribiendo historia, poesía, narraciones, periodismo, filósofo, dramaturgo, además de manejar varios idiomas: francés, alemán, inglés, italiano, portugués, hebreo, latín y griego.

En fin, Gavidia pasó una odisea de su genio, como dicen en su obra asociada Roberto Armijo y Pepe Rodríguez Ruiz («Francisco Gavidia, la odisea de su genio». 1965). ¿Fue acaso su silencio y soledad la ruta de su odisea? Lo que no ocurrió con Darío, quien clamó por un lugar a su poesía haciéndose acompañar aun de quienes no creían en él, comenzando por escapar de Centroamérica, como le sugirió el general Juan José Cañas.

Fue ese silencio y encierro incomprensibles lo que quise expresar en «Los poetas del mal», lo cual calificaba como una aventura sumisa a las penas y dificultades adversas, comprensibles para países poco abiertos al pensamiento de la época. Porque la literatura, las expresiones culturales, poco audibles, hay que gritarlas para que surtan los efectos necesarios e incidan en el desarrollo social. En ese proceso de escribir mi novela, escuché una conferencia de Carlos Cañas Dinarte que me hizo cambiar la valoración que ya había escrito sobre Gavidia. Entonces, reparé los motivos del silencio y del encierro, comprendí las grandes dificultades para enfrentarse a una vida que está en todas partes, y para él solo estaba su buró de escritor.

Explico mejor mi revaloración: en «Autobiografía» (pág. 47) el poeta Darío escribió que «sucedió que recién llegado a París (Gavidia de 22 años) oyó que las aguas del río, los árboles de la orilla, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante gritaban… e incontinente se arrojó al río (el Sena), afortunadamente, alguien lo vio y pudo salvarlo». Gavidia explicó después que lo hizo después de leer una noticia que se condenaba a muerte a un inocente.

Sobre esto el periodista Óscar Girón, (septiembre de 2001) al hacerle entrevista a un nieto de Gavidia le confirmó que su amado abuelo sufría alucinaciones, porque joven sufrió un conato de derrame cerebral. Esto obligó a Gavidia a retirarse de las letras cuando tenía 21 años. Desde entonces, optó por un silencio para hablar con las letras. Un silencio que grita para romper los muros del tiempo y de la indiferencia.

Bukele versus Funes

Hubo un tiempo en que los dos compartieron la misma bandera política. Mauricio Funes era el presidente de la república por el Frente y Nayib Bukele había sido electo como alcalde de Nuevo Cuscatlán por la coalición del FMLN y Cambio Democrático. Era 2012 y nadie preveía el meteórico ascenso del alcalde Bukele. Mucho menos la enconada y pública disputa que sostendrían ambos en la actualidad. Ahora Nayib ocupando la silla presidencial y Funes nacionalizado como nicaragüense. Los giros de la política salvadoreña parecen tener mejores guionistas que los dramas más rebuscados de Netflix.

Mucho también se recicla. En julio de 2012, el mismo Funes inició una serie de programas sabatinos titulados «Conversando con el presidente». Una plataforma en la que ministros rendían cuentas a Funes sobre su trabajo, el mandatario les exigía y buscaba ser un medio directo con la población. Una plataforma que también utilizó para señalar a la oposición y convertirse en un «foro de denuncia de los hechos de corrupción imputables a los anteriores gobiernos de ARENA», como dijo el mismo Funes. Algo en esencia bastante similar –aunque con las obvias diferencias de cada medio– a lo que leemos en la cuenta de Twitter de Bukele.

En esta última red social, todo se ha convertido en un interminable hilo de acusaciones mutuas. De dimes y diretes que se refieren hasta a la vida personal de cada quien. Como cuando las cosas se ponían tensas en las cantinas de los pueblos. Cada quien se pelea por tirar la primera piedra e ir a destruir el rancho del otro. Lo cierto es que nunca se había hablado tanto de un nicaragüense en El Salvador. Aún más cuando se acorta el plazo impuesto, por el mismo Bukele, de que en sus primeros 100 días de gestión Funes estaría en El Salvador para enfrentar las acusaciones que le imputa la Fiscalía.

La FGR ha vuelto a la carga desnudando el suntuoso estilo de vida, que acusan, llevó Funes mientras fue presidente. Zapatos finos, gastos en mascotas y otros gustos más que hacen parte de una táctica fiscal que puede ser llamativa para los medios, pero que no queda claro si será estéril en los tribunales. Lo mismo hizo el anterior fiscal, Douglas Meléndez, y no pasó de eso. Más ahora, ante el nuevo escenario de Funes como ciudadano nicaragüense y ver si podrán encontrar una «estrategia legal», como han declarado, para traerlo al país.

Sería un fracaso que el expresidente Funes no responda por casos que han representado pérdidas millonarias para el Estado como el de la fallida represa El Chaparral, la compra de terrenos a sus allegados en el programa «Casa para todos», entre otros casos vinculados al grupo de «Los amigos de Mauricio», como se hicieron llamar en su momento. No se trata de pleitos vía Twitter o cualquier otra red social. De este modo, Funes, desde Nicaragua, siente que no tiene nada que perder y continúa alimentado la polémica.

El próximo 8 de septiembre se cumplen 100 días de la gestión de Bukele. Una buena parte de la población ahora cifra sus esperanzas en su administración, como en 2009 lo hizo con Funes. El poeta de la antigua Grecia, Píndaro, escribió alguna vez que los hombres son la sombra de un sueño. Se tendría que agregar que también pueden ser sombra de una pesadilla. Todo radica en las decisiones que tomen y sus prioridades.

La cueva negra de la biopsia

Necesitamos hacerte una biopsia. No esperabas oír esas palabras. Has venido a la visita médica para que te den alguna receta fácil, para saber que no es nada y para confirmarte que estás bien. No para meterte a esta cueva negra. La palabra biopsia está compuesta y procede del griego bio, «vida»; y opsía, «observar», e implica que hay una parte de tu propio ser que no se puede ver con claridad. El hecho de ser y reconocer que somos en el fondo un organismo biológico vulnerable nos reduce a lo más corporal. De hecho, esas cuatro palabras te transportan al umbral, a punto de entrar a tu propio tejido como si fueras un forastero.

Tratas de ser positivo. Que te hagan una biopsia quiere decir, primero, que uno tiene el acceso al cuidado preventivo necesario para mantener la buena salud; eso en sí es un privilegio que no hay que dar por hecho, dado que una gran parte de la población mundial ni recibe atención médica. Tenés suerte de estar en esta situación, pensás, pero en estos espacios esa lógica vacila y falla.

Entramos a la cueva opaca que son esos días de esperar los resultados. Son días en los que uno empieza a desprenderse de la trayectoria hacia el futuro porque tenemos muy presente que ese porvenir no le es prometido a nadie. Interesante es ver la facilidad con que soltamos hasta nuestros objetivos profesionales más claros sin mayores inconvenientes y cómo deja de tener tanta urgencia estar al tanto de las novedades de Facebook y Twitter. Lo único que interesa del internet es buscar síntomas, eso sí. Y qué anhelo de estar con tus seres más queridos para que estén cerca, pero que no te pregunten nada de nada. Guardas tus pensamientos, dudas y sospechas en silencio porque todavía crees que las palabras tienen algún control sobre la realidad. Como si fuera la diagnosis y no el mal en sí que te hiciera daño con palabras y conceptos malignos que identifican «genus», especie y fenómeno.

La ventaja de la oscuridad de estos días es que ya no eres ni vieja, ni gorda, ni imperfecta. Te ves en el espejo como un organismo bello que nunca has podido ver bien, ni apreciar, hasta hoy. A saber por qué. Pero ahora sí, ahora que tu reflexión te mira con esa expresión de zombi.

Y bueno, de ahí, todo lo más feo; pánico, ansiedad, puro cortisol. De hecho, según un estudio de Harvard publicado en la revista médica Radiology, esperar los resultados de una biopsia afecta los niveles de hormonas del estrés igual como recibir la mala noticia de un cáncer. En ese mismo estudio 126 mujeres se hicieron biopsias mamarias y después de cinco días 73 todavía no tenían los resultados de sus biopsias. Las que no sabían los resultados tenían los mismos niveles de cortisol que las 16 a quienes les diagnosticaron un cáncer. Total que esperar los resultados de biopsias mamarias no es nada chiche.

Al fin y al cabo hay que dar gracias por las veces que logramos encontrar la salida y zafarnos de las cuevas negras de la vida. Hay que salir de ese espacio tenebroso y saber apreciar el cielo despejado y la luz del día. En fin, lo más curioso que aprendes de esos espacios oscuros es que nos dilatan la experiencia humana dejándonos con más posibilidades de ver y entender qué es lo esencial de la vida. Terminan siendo fuentes de luminosidad.

Carta Editorial

No hay apuesta por la ciencia y la investigación. Es así desde hace décadas. Esta carencia no solo nos está haciendo perder a talentosas personas que prefieren hacer sus carreras en otros países. También está afectando a nuestros recursos naturales.

Un ejemplo de esto es la laguna de Alegría, ubicada en el departamento de Usulután. Cada vez recaen sobre ella más y más amenazas sin que, hasta ahora, se haya podido hacer una investigación que busque dar con los procedimientos más adecuados para su conservación y protección.

La laguna de Alegría, como se lee en el reportaje realizado por el periodista Stanley Luna, es el corazón de una población. De ella emanan historias que se han hecho eternas en la tradición oral de los residentes de la zona. Ese cuerpo de agua verdosa es el centro de identidad, de pertenencia.

Pero toda esa importancia social, cultural y natural que tiene no ha servido para que se le dediquen los recursos económicos y humanos para investigar qué es lo que se puede hacer para que no sea vulnerable a todo lo que pasa a su alrededor. Para que no se nos muera en medio de la desidia.

La laguna es un espectáculo hermoso y también una rareza que merece atención. Dentro de los proyectos que ofrecen los gobiernos central y municipales siempre está el desarrollo del turismo. En este caso, se debería apuntar a un mecanismo que tenga por meta el equilibrio entre facilitar que más gente conozca la laguna, pero minimizando el daño que el paso de las personas suele dejar.

Urge que a la de Alegría se le otorgue el reconocimiento que desde siempre se le ha quedado a deber. Urge que se le llame valiosa y que con ello vengan amarradas las políticas de protección. Es lo básico.

«Pienso que reírse mucho está bien»

¿Cuál es su estado mental más común?

El entusiasmo, la alegría, el jolgorio, el júbilo. Básicamente, mi estado mental está siempre enfocado en lo positivo.

¿Le aburre hacer el mismo trabajo una y otra vez?

Sí, me aburre hacer el mismo trabajo. Necesito cambiar constantemente, por eso me gusta la cocina, porque de alguna manera se hacen mil cosas al mismo tiempo y es muy versátil.

¿Cuál es su lema?

No tengo un lema en especial. Pienso que reírse mucho está bien, y eso más que un lema es una filosofía de vida.

Si pudiera hacer otra cosa, ¿qué haría?

Viajar por el mundo cocinando. Pronto lo haré.

¿Para usted qué es un buen insulto?

No sé, la diplomacia supongo. No elegir insultar. La verdad no soy una persona conflictiva.

¿Cuál es su idea sobre el éxito?

Emprender y creer en sí mismo.

¿Hay alguien en quien se haya inspirado en su profesión?

Me inspira la gente que, a pesar de las adversidades, trabaja duro para tener comidita, una vida plena y feliz. Cada profesión tiene personas así.

VICTORIA PROFUNDA

Estaba haciendo sus primeras andanzas en el mundo de esa realidad de la que siempre fue tan desconfiado, y eso que hoy, en el mundo invasoramente virtual, se sentía más cómodo y más dispuesto que nunca. No era casualidad entonces que a la hora de buscar destino para ganarse profesionalmente la vida se hubiera decidido por el área que se movía en la avanzada de los tiempos; y así estaba ya incorporado a aquella empresa de innovación tecnológica comunicacional, que a diario alzaba vuelo hacia todas las latitudes disponibles.

En cuanto inició labores como promotor de novedades imaginativas, sus jefes inmediatos se dieron cuenta de que ahí tenían a un gestor de primera calidad, que le aportaría al negocio ventajas ilimitadas. Lo dejaron hacer por unos meses, y, al evaluar su desempeño y los resultados económicos del mismo, fueron a comunicarles las apreciaciones al CEO y a su círculo inmediato:

–En este muchacho hay una mina de oro, y eso hay que aprovecharlo al máximo.

La exposición de los hechos concretos que llevaban a tal conclusión dejó a la cúpula convencida sin reservas de que el joven era un vivero de iniciativas que efectivamente había que aprovechar al máximo, y lo más pronto posible, para evitar que alguien de la competencia les fuera a robar el mandado. Así, trascurrido un par de días, el CEO hizo el llamado correspondiente. Se presentó el aludido a recibir órdenes o instrucciones, y la primera frase que oyó lo puso en ascuas emotivas:

–Te quiero hacer una oferta de destino. ¿Estás preparado?

Su respuesta inmediata fue a su estilo:

–Señor, para el destino nadie se prepara, porque si hay algo impredecible es el destino.

–¡Excelente respuesta! Vamos entonces al grano.

–Soy todo oídos.

El CEO se levantó de su esponjada poltrona, y se fue hacia el ventanal abierto, que daba a un paisaje con horizonte, porque estaban en un décimo piso.

–Ven para acá.

Obedeció como si fuera un ejemplar hijo de dominio.

–Ahí está el mundo a nuestros pies. Lo único que falta es caminar hacia él, y tú estás en el mejor momento para emprender la ruta.

–¿Y eso qué significa, señor?

–Que te estoy ofreciendo un mapa abierto para que te dirijas al lugar del mundo donde quieras seguir formándote como el genio tecnológico que ya eres…

Él se quedó serio, porque aquello era mucho más que una oportunidad común. Y por un fugaz instante se sintió como un inocente elegido de los dioses. Y le dio miedo, aunque sus ambiciones imaginadas nunca habían respetado límites.

–Le repito, señor: ¿eso qué significa?

–Que te estoy ofreciendo enviarte al sitio que escojas, para perfeccionar tu visión de ti mismo en lo que ya estás desempeñando con tanta creatividad: la innovación sin límites en el campo de la tecnología avanzada…

–¿Y qué significa cualquier parte del mundo?

–Esto.

Y le extendió un documento que desde el principio había tenido a su alcance: un mapamundi multicolor, con todos los nombres distinguibles.

Él lo tomó entre las manos, como si fuera un objeto sagrado, y se quedó esperando.

–Te lo dejo para que te sirva de referencia, y así se te haga más fácil trazar tu propia ruta hacia el lugar que más te llame. Porque este es también una cuestión de llamado, como todo lo que tiene que ver con los impulsos interiores.

Nunca había oído hablar al CEO en términos semejantes, y tuvo la inmediata sensación de que todo aquello era un mensaje de otras latitudes. Se sacudió telarañas vivas por dentro: «Yo, que soy un devoto de la tecnología, ¿me estoy descubriendo como ilusionista trascendental?…»

Aquella tarde, ya cuando estaba anocheciendo, llegó a su casa y se encerró en su cuarto a pensar. El mapamundi se hallaba extendido sobre la mesita que le servía de escritorio. Y él, tendido en su cama de colchón liviano, jugaba mentalmente con las imágenes de los lugares posibles. Llegó la hora de la cena, y la familia, como siempre, se reunió en torno a la mesa.

–¿Qué te pasa, hijo, por qué estás tan ensimismado? –le preguntó el padre, mientras se servía la cuajada y los frijoles molidos, que eran su plato vespertino favorito.

–Nada en especial. Sólo que estoy asomado a mi futuro.

Frase enigmática, que pasó inadvertida. Por eso todo fue sorpresa cuando les avisó a sus padres:

–Me voy para Bengaluru, en el sur de la India, a prepararme más. La empresa me envía.

–¿Y por qué ahí, si no vas a hacerte monje?

–No, no me voy a hacer sacerdote védico ni pandit, sino gestor tecnológico de primer nivel. Hoy lo antiguo y lo moderno van ahí de la mano. No me costó mucho decidir. Ustedes ya me conocen, y esta es mi hora…

La ruta aérea fue Nueva York, Dubai, Bengaluru. Y cuando llegó, temprano por la noche, se fue directamente hacia aquel apartamentito que había conseguido vía Internet, en Race Course Road. Como no había mobiliario ni objetos de casa, se acomodó en el suelo y se durmió de inmediato. Tenía que estar despejado al amanecer.

Y aquel amanecer traía consigo todas las nubes anheladas para ubicarlas en un cielo con denominación de origen.

En las fechas siguientes contactó con la empresa filial, visitó el recinto universitario al que se incorporaría y se aperó de lo necesario para asegurar su estadía personal. En los momentos intermedios, se desplazaba por los alrededores, y pasaba a cada momento por la entrada del Taj West End, aquel hotel con apariencia de bosque habitado.

Y el primer día en el aula se topó con ella. Como ocurre en las crónicas románticas, la conmoción interior fue espontánea. Y ese mismo día se le acercó para verla de cerca y preguntarle su nombre.

–Manisha.

–Yo soy Víctor.

Bastaba, porque los efluvios compartidos lo hacían todo. Y desde aquel preciso instante quedó sellado el pacto sin palabras. Eran, como se dice, el uno para el otro, sin ningún otro vínculo que la corriente de los anhelos espontáneos, esos que brotan de la profundidad desconocida.

Pero en él aquel enlace fue un motor desconcertante. La nostalgia encendida se levantaba de su lecho atávico para envolverlo en una lucha de emociones. ¿Se quedaría ahí para siempre, renunciando a la humedad vital de sus orígenes, o volvería a estos con la intimidad dividida?

Estuvo así por muchos días, como si en su interior se hubiera desatado una guerra de decisiones irreconciliables. Una nueva fidelidad amorosa estaba atacando sin piedad su determinación hasta aquel momento incuestionada de regresar a su tierra y a su mundo al cumplir la misión formativa.

Entonces Manisha le tomó las manos, y el calor de aquel contacto decidió por su cuenta. Ella lo contemplaba desde la profundidad de sus propias fuentes existenciales, y no había cómo escapar a dicho influjo.

–Te acepto, Víctor, para que hagamos vida en común de aquí hasta siempre, con una sola condición: que te pongas un nombre que yo pueda recordar en mis sueños…

–¿Y cuál sería ese nombre?

–Tú decides: Shankar, Venkatesh, Saidul, Rabi, Ramakrishna…

Él se quedó pensativo. Una mariposilla blanca le revoloteaba por los pasillos del cerebro. Quiso estar solo, y así se lo dijo a Manisha:

–Voy a pensar hacia adentro. ¿Puedo, verdad?

Manisha lo miró, ilusionada.

–Hasta mañana, pues.

El cielo de Bengaluru lo recibió en la calle con ansia de mapamundi. Había airecillo de lluvia, pero sin que la luz perdiera su inspiración multicolor. Y todo eso junto le humedeció los ojos.

Al llegar a su refugio fue a buscar de inmediato el mapamundi que le entregara su jefe, y lo extendió junto a él en el reducido lecho. Se durmió casi al instante, y el sueño fue la nave aérea más veloz del mundo. Volvió a su país y les comunicó a todos la decisión tomada. Abrazos a granel. Y entonces despertó, ya de vuelta.

Manisha lo aguardaba, en el lugar acostumbrado los domingos al mediodía: Blue Ginger, el restaurante vietnamita sin paredes y rodeado de estanques poblados de peces, entre la vegetación frondosa, ubicado en el Taj West End.

–Hola, Ramakrishna.

–¿Cómo te enteraste de que ahora me llamo así?

–Porque no sólo eres el soldado victorioso de tu guerra profunda, sino el enamorado más comunicativo en la tertulia del ensueño… ¡Gracias para siempre!

La mítica plaza de los encantadores de serpientes se resiste al orden tarifario

Tarifa. La decisión fue tomada recientemente por el gobernador de la ciudad tras constatar la multiplicación de las quejas de los turistas.

Las autoridades de la ciudad turística de Marrakech han decidido poner orden en la mítica plaza de Yemaa el Fna y obligar a la exhibición pública de precios de los encantadores de serpientes, tatuadoras, adivinadoras y todas las profesiones que pululan en esta anárquica explanada.

Pero los «proveedores de servicios» de la plaza no acaban de entender esta medida disciplinaria.

La decisión fue tomada recientemente por el wali (gobernador) de la ciudad ocre tras constatar la multiplicación de las quejas de los turistas por las redes sociales sobre las malas experiencias, los abusos y los timos que sufren allí.

El incidente que motivó las nuevas medidas fue una turista que denunció a un encantador de serpientes en la plaza por exigirle 450 dirhams (unos 45 euros) por una simple foto con el ofidio colgado del cuello. La denuncia se hizo viral y fue comentada en el mundo entero.

En los alrededores de la plaza aún no se ven exhibidas las tarifas y, de momento, son solo objeto de discusión entre profesionales y vecinos de la zona que se preguntan sobre si será factible imponer el orden a un lugar cuya naturaleza es el desorden.

Comerciantes. Encantadores de serpientes exigen más de la tarifa y han llegado a cobrar a los turistas 45 euros por fotografía.

Declarada patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO en 2008 gracias a la labor del escritor español Juan Goytisolo, esta plaza fue en el siglo XII un lugar de exhibición de ejércitos antes de pasar a ser en el siglo XVI un zoco comercial.

Esta particular «corte de los milagros» cobra su encanto por el variopinto estilo de oficios que acoge, sobre todo cuando llega la noche y los humos de los puestos de comida conviven con el constante ambiente de chalanería y trapicheo donde no faltan toda suerte de pícaros.

Encantadores de serpientes, adiestradores de monos, aguadores tradicionales, danzantes travestidos, músicos gnawa y tatuadoras de la henna ofrecen sus servicios a cambio de una contrapartida que depende de la voluntad de cada cliente.

Mohamed, un veterano encantador de serpientes, defiende la importancia del entretenimiento que ofrece con su trabajo, y el dinero que ganan como recompensa a la peligrosidad que supone su oficio.

«Dependemos de la generosidad de los clientes. Somos un grupo de personas que arriesgamos la vida para ofrecer un espectáculo que entretiene a la gente», cuenta a Efe Mohamed, mientras explica los viajes que realizan por el desierto en las regiones del sur y sureste del país en busca de reptiles.

“Es una plaza única en el mundo, pero desgraciadamente hay unos personajes que empiezan desaparecer, como el cuentacuentos”.

Debajo de una sombrilla, Mohamed y sus compañeros esperan a que se acerquen turistas para comenzar su espectáculo: mientras el encantador realiza arriesgadas maniobras con una cobra, el resto de compañeros tocan al son de panderos y mizmar melodías para hipnotizar al ofidio.

Simultáneamente, algunos compañeros de Mohamed se acercan con otras serpientes, generalmente no venenosas, para animar a los espectadores a tomarse fotos con el reptil al cuello, una de las fotos que más reclaman los turistas.

Pero cuidado: todo el grupo vigila siempre la presencia de celulares o cámaras de «intrusos» que graben el espectáculo sin pagar, pues todo el mundo tiene que pasar por caja, y hasta los periodistas no escapan al negocio si quieren conseguir imágenes.

«Constituimos el espíritu mismo de esta plaza», dijo a Efe Hakim, otro encantador de serpientes, mientras discutía las nuevas medidas sobre la exhibición de tarifas con otros profesionales.

A pocos metros de los encantadores de serpientes, los maestros de monos y las tatuadoras de la henna también expresan sus reticencias sobre las nuevas medidas.

Plaza Yemaa. Encantadores de serpientes, adiestradores de monos, aguadores tradicionales, danzantes travestidos, músicos gnawa y tatuadoras de la henna ofrecen sus servicios.

«No exageramos en los precios, pero si alguna tatuadora se pasa, la turista puede recurrir a la Brigada de Turismo en la plaza, que interviene para devolver el dinero a la interesada, y se resuelve el problema», explicó a Efe Jadiya, que ejerce de tatuadora en la plaza desde hace cinco años.

Con la cara tapada –forma a la que recurren esas mujeres para evitar que sus fotos recorran el mundo y que sean estigmatizadas en sus barrios– Jadiya subrayó que una comisión formada por las autoridades locales les visitó recientemente para anunciarles las nuevas medidas y exhortarlos a descubrirse la cara para que sean reconocidas por los turistas en caso de timos.

El responsable de Comunicación en el Consejo Regional de Turismo (CRT) en Marrakech, Abdellatif Abouricha, explicó a Efe que la instauración de las nuevas medidas irá por etapas.

«El turista tiene derecho a conocer las tarifas, y hay turistas que no saben regatear. Tenemos en Marrakech una buena reputación que hay que mantener», señaló.

Marrakech recibe a 2.6 turistas al año, con un aumento del 6 %, indicó Abouricha, quien añadió que el objetivo es alcanzar 5 millones de turistas.

Queda por ver cómo se puede compaginar entre la exhibición de precios y el mantenimiento del espíritu de este lugar.

«Es una plaza única en el mundo, pero desgraciadamente hay unos personajes que empiezan desaparecer, como el cuentacuentos«, lamentó un profesional de Turismo, que añadió: «No por nada Goytisolo propuso destinar un salario a los personajes de Yamaa el Fna«.

La moribunda economía venezolana se toma un respiro

Venezuela. El FMI estima que la economía se ha reducido a su nivel más bajo en siete décadas y caerá otro 35 % este año.

Errol Irausquin ha encontrado un rentable nicho de negocio con su boyante restaurante Fat Panda, en la capital de Venezuela, pese al colapso económico que ha hecho que millones de personas abandonen su maltrecho país. Aprovechando el éxito que tenía vendiendo comida desde una camioneta, Irausquin llevó su menú de influencia asiática a un nuevo restaurante, donde ofrece emparedados picantes que gotean por los brazos de los clientes en un rincón acomodado de Caracas.

Pronto abrirá un segundo local, un atisbo de prosperidad en la pesadilla económica venezolana. “Parte de la población que decidió quedarse en el país”, comentó Irausquin. “Esa población necesita actividades. Esa población necesita salir, necesita socializar. Necesita estar al aire libre”.

El empresario no es un caso aislado. En aparente desafío a las apocalípticas predicciones de Washington sobre la inminente implosión económica, varios restaurantes y tiendas de moda llenas de productos de importación, desde Fruit Loops a iPhones, han brotado en Caracas en los últimos meses. Lo que impulsa ese resurgir es la decisión que tomó el pasado mayo el presidente, Nicolás Maduro, que pasó bastante desapercibida en su momento de suavizar los estrictos controles de la divisa introducidos 16 años antes. Eso permitió a los bancos comprar y vender dólares a cualquier cambio para facilitar que los empresarios operen en una moneda aceptada a escala internacional.

Al mismo tiempo, las autoridades socialistas están mirando a otro lado conforme el dólar sustituye a la moneda local, el bolívar, como una forma aceptada de pago incluso para pagar una porción de pizza. Algunos incluso señalan que ante el creciente aislamiento del país, los empresarios con buenos contactos, algunos de ellos sujetos a sanciones, están repatriando ganancias ilícitas obtenidas con contratos del Gobierno y por la venta ilegal de oro y drogas para financiar la construcción de nuevos edificios de oficinas y negocios.

El resultado es una dosis de adrenalina poco habitual para una economía que agonizaba. Por primera vez en años, la inflación que sigue entre las más altas del mundo ha perdido velocidad, los supermercados están surtidos y el instinto capitalista se está poniendo en marcha. Los economistas advierten que el inesperado rebote es muy limitado y es improbable que dure. Es probable que las amplias sanciones estadounidenses, endurecidas la semana pasada cuando el gobierno de Donald Trump amenazó con perseguir a empresas extranjeras que hicieran negocios con el Gobierno de Venezuela, agraven el declive económico iniciado hace años.

Sin embargo, para la menguante élite venezolana es un alivio tras años de pasear entre estantes vacíos en las tiendas y ver que sus restaurantes favoritos habían cerrado. En un sábado reciente había un ambiente de fiesta en una feria callejera, donde camionetas restaurante ofrecían comida junto a un pequeño parque, mientras el cielo se despejaba tras un chaparrón tropical. La música en vivo y las luces atrajeron a una multitud, dando la impresión de que la vida había vuelto a la normalidad. La división entre los pudientes y los pobres se torna más dramática conforme avanza la crisis, señaló Luis Vicente León, presidente de la encuestadora Datanalisis, con sede en Caracas.

La principal línea divisoria es el acceso a dólares estadounidenses. Mientras que un adinerado quinto de la población disfruta de sus ahorros en bancos extranjeros y salarios de compañías extranjeras, cada vez más venezolanos dependen de los $4,000 millones en remesas enviadas por los 4 millones de compatriotas que han dejado el país en los últimos años.

El regreso de unas pocas comodidades tras años de escasez subraya la eficacia limitada de las sanciones para derrocar a Maduro, señaló León. Las protestas lideradas por Juan Guaidó, reconocido como mandatario legítimo del país por Estados Unidos y más de 50 países, se han ido diluyendo en la capital, aunque mantienen una alta participación en el interior, donde la situación económica es tan desesperante como siempre. “Vas a tener un país destruido y una burbuja que logra sobrevivir sin que el problema real termine por ser resuelto”, dijo León.

La inmensa mayoría de los venezolanos vive en una profunda pobreza sin ayuda del exterior. En torno al 80 % depende de comida subvencionada por el Gobierno y gana un salario mínimo en bolívares equivalente a $3.50 mensuales, que mengua cada día bajo una inflación que alcanzó el millón por ciento el año pasado, según el Fondo Monetario Internacional. El FMI estima que la economía se ha reducido a su nivel más bajo en siete décadas y caerá otro 35 % este año.

Los economistas advierten que el inesperado rebote es muy limitado y es improbable que dure. Es probable que las amplias sanciones estadounidenses, endurecidas la semana pasada cuando el gobierno de Donald Trump amenazó con perseguir a empresas extranjeras que hicieran negocios con el Gobierno de Venezuela, agraven el declive económico iniciado hace años.

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Todo esto en un país que estuvo entre los más prósperos de América Latina, productor de riqueza gracias a las reservas de crudo más grandes del mundo. Los detractores culpan a dos décadas de gobierno socialista por la caída en picada de la producción de petróleo en un país que se desmorona. Pese al sombrío panorama, hay empresarios que aprovechan la oportunidad de cubrir la demanda de consumidores acomodados. Una de las tiendas de importación más exclusivas de Caracas ofrece servicio de aparcacoches. Dentro, asistentes personales cargan las canastas de los clientes desde el momento que entran hasta que están listos para pagar.

Pueden elegir entre una amplia variedad de artículos, como cerveza con sabor a sandía y sal baja en sodio, todo con precios en dólares. Otras tiendas venden cigarrillos electrónicos, limpiador facial de Neutrogena y cápsulas de Caffe Verona de Keurig Starbucks, la clase de objetos que llevan mucho tiempo desaparecidos en Venezuela. No todo son costosos artículos de lujo; también se ofrecen productos básicos, antes abundantes, de los que Venezuela ya no produce suficiente –como harina y aceite de cocinar– de modo que incluso familias con bajos ingresos pueden en ocasiones ahorrar para comprar unas pocas cosas.

Entre los que aprovechan el repunte económico está Daisy Romero. Harta de ver un descenso en las ventas de su tienda de modo, convirtió hace poco su pequeño local en una tienda de alimentación que ofrece paquetes de bienes importados que envía su hijo en Estados Unidos. El negocio va bien, señaló, indicando que los clientes entran entusiasmados en su tienda. “¡Wow! Pero qué tantos cereales hay aquí. Tenía años que no los veía”, dijo, repitiendo una reacción habitual entre los clientes.

“¿Qué cuesta? Dame uno, dame el otro”. El médico Jorge Hoegl entró en una nueva tienda de importación, donde había golosinas como helado Haagen-Dazs, que fue habitual en las tiendas venezolanas antes de que la crisis empeorara en los últimos cinco años. Aunque estas tiendas venden algunos medicamentos sin receta, la mayoría de la gente con enfermedades crónicas como la diabetes sigue teniendo problemas para conseguir los fármacos. Hoegl no cree que estos nuevos negocios sean la respuesta a los problemas de Venezuela.

“De pronto ves los bodegones y podrías pensar que todo podría cambiar o mejorar la economía”, dijo. “Sin embargo, yo creo que este tipo de cosas no van a mejorar una situación. Es un problema progresivo crónico que probablemente lleve más tiempo normalizar acá”.

Economía. Los detractores culpan a dos décadas de gobierno socialista por la caída en picada de la producción de petróleo en un país que se desmorona.

Una revolución que se desmorona

Daño. La estructura que sostiene al “Chulón” presenta fisuras. De su base también se desprende material.

Un hombre se está desfigurando. Ya ha perdido su mano izquierda, su pie derecho. De a poco, se va quedando sin sus dedos, sin sus brazos, sin sus piernas, sin su rostro. Cada parte de su cuerpo va cayendo a pedazos, de piedra en piedra. Y a la vista pública, al final de una avenida en San Salvador, sin que nadie le preste atención, «el Chulón» –gigante del tamaño de un edificio de cinco pisos, monumento a La Revolución de 1948 y edificado en 1955– se cae.

Ni siquiera estar dentro de las instalaciones del Museo de Arte de El Salvador (MARTE) le ha servido de garantía. En los alrededores del monumento se apila la basura, las colillas de cigarros, las latas, la arena que llega de las construcciones aledañas. Y, de bajo de su estructura, donde también se construyó un templo, ahora se ha vuelto un sótano que funciona como una bodega improvisada.

«El Chulón» también está al lado del Teatro Presidente, un espacio artístico donde las personas llegan por un concierto, recital u obra. Ahí, este hombre que alza la mano en son de libertad se va quedando sin forma.

Las piedras –que forman el todo– de este hombre son retratos que develan la transición política entre 1944 y 1950. Una ola de golpes de Estado que dejó fuera a la dictadura del general Maximiliano Hernández Martínez y a los gobiernos de Andrés Ignacio Menéndez, Osmín Aguirre y Salinas, y Salvador Castaneda Castro.

De una revolución que se edificó con las primeras elecciones democráticas en 1950 y la llegada del coronel Óscar Osorio a la presidencia. Un presidente que dio pie a reformas constitucionales que le otorgaron a la mujer su calidad como ciudadana e incluyeron derechos sociales, culturales, de familia y salud pública. Y de un monumento que representa los cimientos de las primeras expresiones del arte salvadoreño.

A sus 64 años, el monumento a La Revolución, no es solo una obra a gran escala, también es historia. Una que los salvadoreños no la nombran como «revolución», sino más bien «el Chulón». Este mismo reconocimiento y valor histórico es lo que lo hace parte del patrimonio cultural de El Salvador sin necesidad de una declaratoria.

Aunque la misma Ley Especial para la Protección del Patrimonio Cultural en su artículo 3 dice que los bienes relacionados con la historia son considerados patrimonio cultural del país.

Daño. La estructura que sostiene al “Chulón” presenta fisuras. De su base también se desprende material.

A pesar de ello, lo que un día fue diseñado por los arquitectos Óscar Reyes y Kurt Shulzs como un espacio público; hoy, está atrapado entre cercos improvisados y lleno de rótulos que advierten que se «prohíbe el paso». Y es que la obra representa un peligro de que sobre algún desafortunado caiga una roca y le reviente la cabeza.

Sin embargo, intentos por restaurar y conservar «el Chulón» han existido. El arquitecto Rafael Alas, encargado de las exhibiciones del MARTE, dice que, en 2009, el museo realizó un diagnóstico con ingenieros, arquitectos y especialistas en restauración para evaluar los daños en el monumento luego de 54 años sin mantenimiento y el peso de dos terremotos en 2001.

Según el documento, el monumento tenía que ser reparado en cada uno de sus bordes debido a las grietas, necesitaba un reforzamiento en su estructura y la restauración del mosaico. Todo de manera urgente.

Pero en 2009, tras gestiones con el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA), hoy Ministerio de Cultura, lo único que se pudo pagar fue un reforzamiento de emergencia: dos columnas. Una al lado derecho y otra al izquierdo en la parte posterior del monumento. «No hubo fondo para más», cuenta Alas.

Aunque la Ley Especial de Protección del Patrimonio Cultural, en los artículos 5 y 30, dice que el Ministerio de Cultura debe de preservar los bienes culturales por daño o peligro inminente, las autoridades no están cumpliendo, y tampoco dan respuesta sobre cómo se reparará.

La directora nacional del Patrimonio Cultural, María Isaura Arauz, no responde a las interrogantes, y desde la Dirección de Comunicaciones dice que es muy pronto para solventar las dudas y que aún sigue adecuándose a su cargo.

Desde su experiencia en el rescate de la memoria histórica y con 23 años de estar al frente del Museo de la Palabra e Imagen (MUPI), Carlos Henríquez Consalvi cree necesario que en las comunidades y la ciudadanía se impulsen espacios para la creación de políticas públicas a favor de la conservación del patrimonio histórico.

«Entendiendo la importancia que el patrimonio cultural tiene para la conformación de nuestras identidades, el fortalecimiento del sentido de pertenencia y la comprensión de nuestra historia. Por esta razón también llamamos la atención sobre la urgencia de impulsar medidas de restauración y conservación para el mural realizado por el artista Julio Reyes, en el monumento a La Memoria y la Verdad, en el parque Cuscatlán», dice Consalvi.

En este mismo estado se encuentran tres piezas escultóricas elaboradas en 1950 y una plaza conmemorativa a Los Próceres, hecha en 1957 por el artista salvadoreño Valentín Estrada dentro del parque Balboa en Los Planes de Renderos. Musgo, grietas y hongos se hospedan en cada una de ellas.

Monumento a La Revolución
La obra solo ha sido restaurada una vez. Esto fue en 2009 cuando se realizó un reforzamiento de emergencia en la estructura.

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Entre los municipios de San Salvador, Panchimalco y San Marcos a 12 kilómetros de la capital se ubica Los Planes de Renderos, y en el corazón de este, un parque que es considerado unas de las reservas ecológicas más grandes del país, con 40 manzanas de vegetación propias de un bosque tropical: el Balboa.

Construido en 1949, el parque Balboa, el primer espacio hecho para la recreación; conserva piezas escultóricas que solo le llevan un año desde su fundación, 69 para ser exactos. Obras de las que no hay certeza sobre su proceso de conservación y restauración.

Un hombre con el poder de purificar, proveer y preservar la cosecha, Shiutetl –el nombre náhuat para el dios del fuego– está agrietado, su cara se ha partido. Cuando tiene suerte alguien de mantenimiento le limpia un panal de avispas que se niega a dejar de coexistir entre sus brazos.

Sótano. El templo que fue construido bajo el Monumento a La Revolución se ha convertido en una bodega improvisada.

En cambio, la Diosa de la Lluvia ha sido reparada para que una de sus fisuras no crezca, pero no precisamente por manos de un especialista, sino por el mismo personal de mantenimiento del parque. Una mezcla de cemento y una pequeña repellada ha sido la solución.

Entre musgo y pequeñas plantas que quieren crecer entre sus hendiduras está el Dios del Hechizo. Quizá con menos daño o a, simple vista, que solo tiene una fisura en toda la pieza.

Dios del Fuego. La escultura de Valentín Estrada está agrietada de todo el rostro. No hay registros sobre cuando fue la última vez que se restauró.

Cada obra tallada por la manos del escultor Valentín Estrada trata de sobrevivir entre la adversidad del tiempo, entre la historia que poco ha sabido valorar sobre obras que representan el rescate a la identidad y las creencias de una cultura hispanoamericana previa a la conquista española.

Sobre restaurar y regresar una obra lo más parecido a su estética, Jorge Orellana, director del Departamento de Conservación de Bienes Culturales Muebles de la Dirección Nacional de Patrimonio Cultural y Natural del Ministerio de Cultura, conoce muy bien el campo. Considera que para saber sobre el daño que existe en las esculturas es necesario hacer una investigación técnica con especialistas; algo que hasta el momento no se ha hecho, según Orellana.

«Sé que sonará contradictorio, pero muchas veces el musgo ayuda a que este tipo de escultura hecha de piedra reconstruida no se deteriore ante las inclemencias del tiempo. Sin embargo, el problema es que las microraíces del musgo van penetrando la piedra y estas escarban y pueden levantar los cimientos con el paso de los años», dice Orellana.

Diosa de la Lluvia. La obra ha sido reparada por personal de mantenimiento del Parque Balboa. Un repellada de cemento ha sido la solución para que la fisura no crezca.

Otra de las creaciones de Estrada que se deteriora y se oculta entre el bosque del Balboa es la plaza a Los Próceres. Los bustos de Manuel José Arce, José Matías Delgado, Nicolás Aguilar, Manuel Aguilar y Vicente Aguilar ahora son caras desfiguradas con pintura deteriorada. La fuente en forma de alberca que está al centro del monumento ahora es un espacio para expresiones de grafiti.

Estas piezas son parte del patrimonio cultural como bienes artísticos de arte estatuario y escultura, por hoy, no son un referente; pasan ante la vista indiferente de personas que llegan al Balboa y del Estado que no da pie a conservar la historia y proyectarla a sus ciudadanos.

La Ley Especial para la Protección del Patrimonio Cultural, como otras tantas leyes salvadoreñas, se queda simplemente entre la tinta y el papel. Aunque se dice que el patrimonio cultural es la herencia propia del pasado de una comunidad, en El Salvador, muchos de estos lugares con gran valor histórico son abatidos por el tiempo, se caen a pedazos y sucumben en el olvido.

Los hermanos Romero

Una noche de enero se escucharon en la colonia maullidos de gato chiquito. Eran tan fuertes y afligidos que varios vecinos salimos a ver qué pasaba. Una gata callejera, que vive en el techo de unas casitas que están a la entrada de la colonia, había vuelto a parir. De alguna manera, uno de sus críos había llegado al pasaje. Estaba escondido entre unas macetas, en la acera de mi casa, maullando a todo pulmón. Su piel era atigrada en gris, con el pecho blanco. Tendría un par de meses de nacido.

Tres o cuatro vecinos nos apiadamos. Alguien asumió que era hembra. «Pobrecita la gatita», dijimos todos. Un par de personas le pusieron comida. Intentamos agarrarla, pero huía muerta de miedo. En los días siguientes, la gatita siguió maullando. De pronto aparecía la madre a darle teta. También aparecía el padre, un gato grande, blanco y con parches grises. Los tres se juntaban en las noches a jugar en mi parqueo. Poco a poco, la gente dejó de poner comida. Poco a poco, sus padres dejaron de llegar.

Agarré por costumbre dejarle en el jardincito de enfrente un cumbito con agua limpia. Cuando iba a cambiar el agua en las mañanas, la descubría dormida encima de un tronco redondo, despojo de una mata de huerta cortada. También se echaba en una maceta muy grande de la casa de enfrente, sobre el techo del carro de un vecino al que le presto mi cochera o en el filo de la ventana de la sala.

No he querido volver a tener animales desde 2011 cuando murió Loli, mi gata de 17 años. No quería volver a pasar por la tristeza y el vacío en la que nos deja la muerte de un animal querido. Pero ver a aquella gatita solitaria, enfrentada a los peligros del tráfico de la Panamericana (que tenemos a la orilla), los perros de la colonia y algún humano mata gatos, me hizo decidir agarrarla, mientras encontraba a quien regalarla. En mi casa correría menos riesgos. El asunto era capturarla.

Era huraña, salvaje y veloz. De solo ver a cualquiera, se escondía en un tubo de aguas lluvia que conecta con mi patio interno. No se dejaba tocar y si la mirabas demasiado, corría a esconderse. Empecé una tarea que no sé si definir como un acto de paciencia, perseverancia, disciplina u obstinación, pero me hice el propósito de ganarme su confianza.

Todos los días le daba comida. Todos los días me sentaba con ella un rato, sin hacer ni intento de agarrarla, para no asustarla más. Cada día iba acercando un poquito más el platito de comida a la puerta de mi casa, hasta que por fin lo puse adentro. La gatita se animaba a entrar, aunque huía a la calle a mi menor movimiento. Así es que ella comía y yo me sentaba a observarla, a distancia, sin moverme.

La animalita comenzó a quedarse adentro, primero dos horas, después cuatro, hasta que, al fin, se quedó del todo. La primera vez que pude acariciar su lomo, tres meses después, fue un triunfo. La acariciaba un par de veces y me mordía, suavecito, como para recordarme su rudeza, que era un animal de la calle. Pero le terminó gustando eso de los cariñitos. Ronroneaba.

La convivencia me permitió descubrir que en realidad no era hembra sino macho. No tuve duda que debía llamarse Orlando, como el personaje de la novela homónima de Virginia Woolf. Quien lea el libro, comprenderá el motivo.

Su madre era testigo de lo bien que se había puesto su crío. A veces me pedía comida y yo se la daba. Quería ganármela para ver si era posible esterilizarla y que deje de parir tanto. Ya tenía otra camada, en el techo de las casitas de enfrente. Eran dos. Podía verlos desde la ventana de mi baño. Uno de ellos me pareció gracioso porque tenía la nariz negra, en la parte blanco y gris de su carita.

Un domingo, los dos nuevos críos aparecieron en mi jardincito de enfrente. La madre gata, nada tonta, me los fue a dejar. Sabía que quedaban en buenas manos. Para Orlando, tener la compañía de sus hermanitos fue un evento jubiloso. Jugaban como desquiciados. Orlando se tiró a la calle de nuevo, con los chiquitos. Un día, uno de los nuevos desapareció. Quedó el de la nariz negra. Lo llamé Carboncito, porque tiene cara y cuerpo de que entró en un saco de carbón y salió entilado.

Orlando jaló a Carboncito dentro de la casa, lo que me pareció bien para que no corrieran peligro afuera. Estaba ya hablando con un par de gentes, a ver si los regalaba, pero al verlos jugar y lo inseparables que se habían tornado, decidí quedarme con los dos.

Carboncito vivía en casa, pero no se dejaba agarrar. Con los días, al verme acariciar a Orlando, fue tomando confianza también. Por fin, un par de meses después, se ha hecho más querendón que su hermano.

Parte de su salvaje rutina de juegos ocurre en el jardincito interior. Destruyeron la sábila, los helechos, el papiro y una maceta de begonias. Corren por el jardín y los cuartos, suben y bajan las gradas a la velocidad de un par de caballos disputándose un derbi.

Una tarde, después de sus juegos, abracé a Carboncito. Olía maravilloso, pero no distinguía el olor. Hundí mi nariz en su pelo y me di cuenta que se había frotado contra mi plantita de romero. Ahí se ganó el apellido, Carboncito Romero. Y así fue como surgieron los hermanos Romero.

Mientras los veo dormir, agotados, después de jugar, pienso en tantos animales que viven en la calle, salvajes, sin garantía de sobrevivir el día, enfermos, con hambre, donde los riesgos son permanentes y donde los humanos somos un peligro mortal. Aunque de pronto también hay gente corazón de pollo que, para un par de animalitos, podemos llegar a representar la diferencia entre la vida y la muerte.