Un equipo salvadoreño de Antropología Forense de papel

Ilustración de Moris Aldana

Yaneth sintió que su propia casa se convirtió en una morgue; y su habitación, en una cámara de almacenamiento de restos. Su computadora estaba llena de imágenes de cuerpos sin tejidos, osamentas, partes de vértebras, fémures, dientes, cráneos, cadáveres con rasgos faciales irreconocibles y textos que advertían que, luego de 10 días, las personas muertas comienzan a oler a carne podrida. Bastó una mañana y una búsqueda en internet para que ella se sintiera una especialista en el proceso de descomposición de un cuerpo.

Esa búsqueda la llenó de insumos, la sacó de dudas. Sobre todo, porque, de encontrar a Kevin, luego de 57 días perdido, esta sería la escena a la que se enfrentaría. Pensaba que su camisa naranja, el pantalón y las zapatillas negras que usaba el 3 de junio, cuando desapareció, ya no le servirían para identificarlo. Así que llegó a la conclusión de que solo una muestra de ácido desoxirribonucleico (ADN) le ayudaría.

Yaneth lo busca entre los muertos; entre las alertas de redes sociales que reportan cuerpos tirados en la carretera, en predios; entre las morgues de hospitales; entre las bodegas del Instituto de Medicina Legal (IML), y en terrenos baldíos que, aparte de vegetación, hospedan restos y funcionan como cementerios clandestinos.

A la petición de pruebas de Yaneth, el Estado, de momento, no puede darle una respuesta. Primero, porque el IML solo recoge muestras genéticas por la solicitud de un juez o un fiscal para la investigación de un caso específico; y, segundo, porque el país no cuenta con un banco nacional de perfiles genéticos. O bueno, sí, sí lo tiene.

El 29 de abril, la comisión de relaciones exteriores, integración centroamericana y salvadoreños en el exterior realizó una reforma en la Ley Especial para la Protección y el Desarrollo de la Persona Migrante y su familia que, entre sus cambios, propone la institucionalización de un banco de perfiles genéticos para la identificación de los desaparecidos a cargo del IML. Esto en su artículo 30, inciso A. El banco que necesita Yaneth para aumentar la posibilidad de encontrar a su sobrino existe, pero solo en papel.

Este banco de perfiles genéticos, de funcionar en este momento, serviría como un espacio para obtener, almacenar y analizar pruebas de ADN (sangre o saliva) de un familiar que busca y de los cuerpos u osamentas que se encuentran. Cada muestra podría ser conservada en un registro digital que, en el caso de encontrar coincidencias de parentesco, alertaría sobre la identificación de un desaparecido.

La Fiscalía General de la República (FGR) ha confirmado que, solo en julio, ha recibido más de 190 denuncias de personas desaparecidas. Pero este número no es un reflejo confiable del problema. Muchas personas no denuncian por temor a represalias. En este país, el banco de datos podría ofrecer la posibilidad de contar con un registro único para sistematizar los casos sin, necesariamente, enfrentar un proceso de denuncia. Podría acelerar el amargo consuelo para los familiares de desaparecidos: hallar los restos.

Los lunes

«Vivo o muerto», «vivo o muerto» se repite Yaneth cada que amenace y busca a su sobrino. En una tarde de julio, cuenta que en los últimos días se ha dedicado como una criminalista a escarbar, a mirar a personas que ya no parecen personas dentro de las morgues, y a ponerle, momentáneamente, el nombre de Kevin a cada ‘no identificado’.

Su madre también lo hace. Cada lunes, desde que Kevin no está, Elena llega a la sede del Instituto de Medicina Legal que está en el Centro de Gobierno de San Salvador. Cerca de las 8:30 de la mañana, sin falta, ella hace la misma pregunta: «¿Ha aparecido alguien con características de Kevin?» La respuesta sigue siendo la misma: «No».

En esos lunes, Yaneth narra que su madre recibe más regaños que información. La última vez, alguien en la Oficina de Personas Desaparecidas del IML le pidió «no llegar tanto», y, hasta después, le notificaron «que no había aparecido ningún joven como Kevin».

Entre aquellos lunes, mientras Estela estaba en la sede de Medicina Legal, los diputados, a unos cuantos metros, manoseaban leyes en el Palacio Legislativo. Entre las que tocaron por ese tiempo estuvo la Ley Especial para la Protección de la Persona Migrante y su Familia.

Ese 29 de abril de 2019, la ley se modificó en los artículos: 1, 2, 4, 10, 12, 27 y 30. Los diputados que firmaron los ajusten fueron: Karina Sosa, Marcela Villatoro, Numan Salgado, Reynaldo López Cardoza, José Luis Urías, Juan Manuel Cornejo, José Édgar Batarse y Alberto Romero.

José Luis Urías, del PCN, votó por la reforma, pero no la recuerda. Este día de julio está sentado en su silla, detrás de una ventanilla. Al ser cuestionado sobre el respaldo que dio a las modificaciones hace apenas un par de meses, el diputado envía a su representante de comunicaciones a buscar detalles para responder a la entrevista.

Minutos después, Urías declara por medio de su vocera que «no conoce la reforma y que, quien manejaba esa información era Reynaldo López Cardoza», su compañero de fracción dentro de la comisión.

Esta ley en realidad fue creada el 17 de marzo de 2011. Los diputados de ese entonces se pusieron de acuerdo para aprobar un instrumento que permitiera crear respuestas a las crecientes demandas de las familias de los migrantes. Y así nació con 44 artículos. El espíritu de la ley consistió en establecer programas de asistencia y protección humanitaria, un fondo especial de repatriaciones y el retorno de heridos, asistencia legal, educación y servicios en salud para la persona migrante y su familia. Con las reformas de este año se buscó que este instrumento incluyera también elementos que ampliaran su terreno de acción. Así, el banco genético no se limita a migrantes desaparecidos, sino que incluye a toda persona desaparecida.

Casi al final del documento de seis páginas en donde se hacen constar las reformas hechas en abril, están detallados los nombres de los 12 diputados que, en teoría, discutieron estas modificaciones. Entre ellos está el de Leonardo Bonilla, el diputado independiente.

Junto a su nombre, no hay firma. Y a dos meses y un poco más de aquello, tampoco recuerda qué pasó. «Desconozco la reforma», responde, y pide «un momento para hacer memoria». Sin poder lograrlo, sugiere que es mejor que se le dé el detalle a través de un mensaje de WhatsApp.

«Si es que fue en abril, como usted lo dice, ya han pasado tres meses. Escríbame y déjeme recordar». El diputado no apoyó la reforma del 29 de abril; pero, en julio, no sabe decir por qué.

Es 15 de julio, lunes. Karina Sosa diputada del FMLN, se dirige a los medios en el lobby de la Asamblea Legislativa. Se pronuncia ante la crisis de salvadoreños migrantes en la frontera sur de Estados Unidos, y exige que el gobierno entrante emita una postura ante las violaciones de los derechos humanos de la administración del presidente Donald Trump. La euforia en su discurso le dura 5 minutos. Luego, corre directo al elevador que la lleva a la reunión de la comisión de relaciones exteriores.

En el ascensor, Sosa explica que la reforma a la ley especial migrante se da en un contexto en donde los derechos humanos de la niñez son violados. «La reforma lo que buscó, concretamente, era incluir a la niñez migrante dentro de su contenido, y así brindarle la protección hacia su camino a Estados Unidos».

Antes de bajar, dice de manera apresurada que el banco de datos de perfiles genéticos «era clave para que las familias pudieran identificar con mayor precisión a quiénes… cuando anuncian que han encontrado a su familiar o estar seguro de que es la persona que decían», y sin aclarar su mensaje, la diputada se marcha.

Cuarenta minutos más tarde, con tres comunicadores que graban su llegada a la comisión, Milena Mayorga, de ARENA, se detiene y se justifica. Cuenta que, el día en que se reformó la ley especial, ella se encontraba fuera del país. Pero asegura que «estaba a favor» de las modificaciones en favor de la niñez. Dice que, en otra entrevista, previamente programada, daría declaraciones sobre el banco de perfiles genéticos.

Las diputadas hacen alusión a una de las principales reformas, específicamente, a la del artículo 2 literal E: «El Estado prestará primordial atención a las niñas, niños y adolescentes para su desarrollo físico, psicológico, moral y social para la garantía de sus derechos».

Es julio, los noticieros, los periódicos y las redes sociales se llenan de noticias sobre familiares que buscan información acerca del anuncio de que la FGR propone crear una la Unidad Especializada para casos de Personas Desaparecidas y sobre los hallazgos de dos cementerios clandestinos.

A pesar de toda esta información, los diputados de la comisión de relaciones exteriores parecen alejados de toda coyuntura. Reiteran que no recuerdan nada de una pieza clave en la investigación, como un registro nacional genético.

“Queríamos paz, pero no funcionó. La caja solo nos recuerda que Kevin está por ahí, solo, sin que lo puedan identificar. Al menos quisiera sepultarlo en la casa que yo le prometí. Deseo sus restos, enflorar su tumba, saber que él está ahí”, cuenta su tía. Los deseos de Yaneth se quedan en eso, en puros anhelos. La institución que le podría ayudar no ha sido llevada a la realidad.

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UNA CAJA VACÍA

Sin hallazgos, sumergida en angustia y perseguida por imágenes de cuerpos en descomposición, Yaneth busca paz. Así que prepara un funeral sin los restos de Kevin.

La familia se viste de blanco, acompaña el trayecto del carro fúnebre, y realiza una ceremonia. La familia lo llora y lo entierra en una caja vacía, a la que le acompañan un par de rosas, una fotografía y una placa: Kevin Antonio Meléndez Granados (1999-2019).

«Queríamos paz, pero no funcionó. La caja solo nos recuerda que Kevin está por ahí, solo, sin que lo puedan identificar. Al menos quisiera sepultarlo en la casa que yo le prometí. Deseo sus restos, enflorar su tumba, saber que él está ahí», cuenta su tía. Los deseos de Yaneth se quedan en eso, en puros anhelos. La institución que le podría ayudar no ha sido llevada a la realidad.

Para montar el banco, el IML necesita un software adecuado para el registro de las muestras, los protocolos de atención, un equipo salvadoreño de antropólogos forenses, de más genetistas, de la especialización de peritos y de la implementación de carreras universitarias enfocadas al estudio forense.

A pesar de la falta de recursos, Doris Luz Galindo, presidenta de la Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) y del consejo directivo del Instituto de Medicina Legal, asegura que el IML puede asumir la responsabilidad de un registro genético. Y acepta que el presupuesto aún es un factor que deben resolver.

«El IML junto con el Ministerio de Relaciones Exteriores inyectarán una parte de los fondos, y lo demás se gestionará con la cooperación internacional. Aún no se sabe cuánto y cómo, pero en los próximos días se tendrán que sostener pláticas con el nuevo gobierno para saber cómo se le dará continuidad a este proyecto», explica Galindo.

Sobre qué terreno pisar en la búsqueda de un familiar, Luis López, del Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos de El Salvador (COFAMIDE), sabe. Lo ha prendido con el paso de los años, 18 para ser exactos, desde que su hermano migró y ya no apareció.

El tiempo a Luis lo ha convertido en vocero de familiares migrantes que reclaman más protagonismo de parte del Estado para responder a las denuncias. Quién más que una persona que ha buscado por más de una década, para conocer sobre los atropellos que cometen las instituciones al tratar con las víctimas.

Ilustración de Moris Aldana

López cree necesario que dentro del banco nacional de perfiles genéticos se incluya a los familiares de las víctimas.

«El banco no puede ser manejado solo por el IML. Las familias y las organizaciones deben fiscalizar y verificar que las cosas se hagan de la manera adecuada. No se puede atender a los familiares de las víctimas sin un enfoque humano, sin protocolos. Se debe dar prioridad a ello», concluye Luis.

Si se habla de desenterrar, decir qué pasó y hacer que los huesos recuperen su identidad, el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) es un referente. Desde 1984, los antropólogos se han encargado de buscar a los desaparecidos de la dictadura argentina; y de darle nombre a los restos exhumados de la masacre de El Mozote.

Así que, cuando el EAAF fundó en 2010 el Banco de Datos Forenses de Migrantes No Localizados de El Salvador pensó en los detalles de los que habló Luis. Incluyó a COFAMIDE e integró a instituciones como el Ministerio de Relaciones Exteriores y la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH).

También pensó en protocolos de atención, en la toma de la prueba, en la notificación adecuada, en el acompañamiento de los casos, en la atención psicológica, en brindar un informe técnico detallado sobre la prueba científica y lo qué pasó con la víctima.

La experiencia de trabajar con el EAAF, según Beatriz Campos (procuradora adjunta de Migración y Seguridad Ciudadana de la PDDH), les dio insumos para recomendar a los diputados que era necesario un equipo de transición con expertos forenses.

«Vemos positivo que el Estado asuma su rol en la búsqueda de desaparecidos. Pero tenemos temor de que el IML no tenga los estándares necesarios para asumir el registro nacional de perfiles genéticos», dice Campos.

Y hace hincapié en el uso de la terminología, entre llamarlo un banco ‘genético’ y no ‘forense’. En la primera definición, Campos señala que la visión es muy reducida porque solo se enfoca en la toma de las muestras. Mientras que, la segunda, se basa en la atención integral para los familiares de las víctimas.

«Sin la debida transición, es muy aventurado que el IML asuma el banco. La atención a las víctimas y los familiares es lo primordial. Debido a esto, la PDDH ha solicitado una reunión con la comisión de relaciones exteriores de la Asamblea Legislativa. Pero hasta el momento no nos han respondido», explica Campos.

La transición de Yaneth y su familia ante la desaparición de Kevin, a los 20 años, es un proceso arbitrario. Han hecho un funeral, pero el luto no está completo. «Vivo o muerto, como sea, pero lo quiero encontrar», repite.

“El banco no puede ser manejado solo por el IML. Las familias y las organizaciones deben fiscalizar y verificar que las cosas se hagan de la manera adecuada. No se puede atender a los familiares de las víctimas sin un enfoque humano, sin protocolos. Se debe dar prioridad a ello”, Luis López, del Comité de Familiares de Migrantes Fallecidos y Desaparecidos de El Salvador (COFAMIDE).

***

UN DIPLOMA

En esta mañana de un miércoles de julio, Yaneth se encuentra en un hotel de San Salvador. Un total de 160 jóvenes están graduándose como asesores de venta, diseñadores gráficos y cocineros. Entre el listado de los graduados aparece Kevin, pero él no está.

En esta ceremonia solo está su tía. Ella recibirá el título en ausencia de Kevin. En medio de risas, fotografías, jóvenes eufóricos, padres y madres orgullosos de ver a sus hijos graduarse está Yaneth, en la primera fila, junto a una silla vacía.

En las palabras de bienvenida se recuerda a Kevin. Llaman a un minuto de aplausos en honor del joven, luego le piden a Yaneth que suba al escenario. «Reciba el título de Kevin como técnico en asesor de ventas», le dice el maestro de ceremonia.

Al bajar, Yaneth se acomoda nuevamente en su silla, observa el diploma y le toma una fotografía, la comparte con su familia y chequea sus redes sociales. Entre las publicaciones que revisa se encuentra con un tuit del fiscal general, Raúl Melara, que dice «cada persona cuenta».

«Me pregunto si, en verdad, este fiscal creará una Unidad Especializada para Personas Desaparecidas. Nosotros estuvimos pendientes de la información que dio la fiscalía sobre la fosa clandestina que se encontró en Ilopango, en Vista al Lago. Queríamos saber a quiénes habían encontrado, luego supimos que las osamentas eran de unos soldados desaparecidos por 2011. Ahí fue cuando descartamos que Kevin pudiese estar ahí», aclara Yaneth.

El 8 de julio, la FGR convocó a los medios en Vista al Lago, Ilopango, por el hallazgo de una fosa clandestina, donde se encontró 11 cuerpos. En ese cementerio clandestino, Melara se dirigió a la prensa y dijo que la institución crearía una Unidad Especializada para Personas Desaparecidas, tras registrar, al menos, siete casos por día. «Hay que ponerle cara a todas las personas que han sido desaparecidas y dar respuesta a las familias de las víctimas», decía el fiscal en la conferencia de prensa.

Antes de partir a casa, Yaneth recibe un mensaje. Un conocido le escribe para comentarle que, ayer por la mañana, la PNC encontró un cementerio clandestino, otro, en la colonia Santísima Trinidad, en el municipio de Ayutuxtepeque. Ella responde: «Inmediatamente me comunico con mi madre para que se dé una vuelta en Medicina Legal».

Hasta el momento, a pesar de que la reforma fue aprobada por el pleno legislativo, el 2 de mayo de 2019, y que el decreto entró en vigencia ocho días después, el banco de perfiles genéticos aún sigue siendo solo un proyecto.

«Si no está ahí, vamos a seguir buscándolo. Es lo que nos queda», repite Yaneth, mientras se despide con una sonrisa a medias de la ceremonia de graduación de la que Kevin no pudo sentirse orgulloso.

La esquiva responsabilidad moral

Oskar Gröning era un devoto coleccionista de estampillas. En una de las reuniones anuales del club de filatelia al que pertenecía, Gröning comenzó una conversación casual con alguien que resultó ser negacionista del holocausto. Este argumentaba que era imposible que la matanza y los campos de concentración hubiesen sido reales. Al despedirse, el negacionista le prestó un libro sobre el tema. Gröning se lo devolvió, dejando un mensaje de su puño y letra en una de sus páginas: «Yo vi todo, las cámaras de gas, las cremaciones, el proceso de selección. Un millón y medio de judíos fueron asesinados en Auschwitz. Yo estuve allí».

A partir de entonces, Gröning consideró necesario hablar de su experiencia como miembro de la SS, en particular, de los dos años que estuvo asignado como contador del campo de concentración de Auschwitz. Su función consistía en hacer inventario de todos los bienes y el dinero que portaban los judíos al arribar al Lager, y enviarlo todo a Berlín.

Pasó tres semanas escribiendo su historia en 87 páginas, que luego dio a sus hijos. Concedió una extensa entrevista a la BBC. La revista alemana Der Spiegel también habló con él. Las autoridades y los sobrevivientes del campo comenzaron a seguir su pista. En septiembre de 2014 por fin fue llevado a juicio, luego de que en Alemania se admitió como recurso legal que todo empleado en un campo de concentración podría ser juzgado como cómplice de asesinato por crímenes de lesa humanidad, aunque sus cargos fuesen burocráticos o de mantenimiento. Al momento del juicio, Gröning tenía 92 años.

El documental «El contador de Auschwitz» (2018), de Matthew Shoychet, habla sobre el juicio contra Oskar Gröning, pero también plantea puntos de reflexión importantes: ¿cuándo termina la culpa de alguien? ¿Es válido juzgar a alguien a los 90 y tantos años por crímenes cometidos cuando tenía 23? Si él obedecía a una cadena de mando, ¿estaba eximido de la responsabilidad moral que implicaba aceptar ciertas órdenes?

Juristas entrevistados para el documental coincidieron en que la edad de los acusados no debería ser obstáculo para enfrentar la justicia. Alguno también comentó que para matar a las víctimas de Auschwitz no fue tomada en consideración su edad. De hecho, los ancianos, junto con bebés de meses y niños de corta edad que llegaban al campo, eran aniquilados de inmediato por considerárseles no aptos para trabajar.

Gröning no mató a nadie directamente, pero era parte del engranaje de exterminio. Aunque solicitó su transferencia en un par de ocasiones, el cambio le fue denegado, recordándosele el juramento de lealtad y secretismo que había asumido y firmado en papel antes de ser asignado al campo. Su testimonio en el juicio y sus entrevistas para los medios de comunicación narran cosas que confirman no solo que sabía lo que ocurría, sino que lo aprobaba y asumía como algo normal. Verlo, saberlo y tratar de asumirlo con indiferencia, como una parte más de su trabajo, era acaso su mecanismo de sobrevivencia interior.

Después de escuchar a 60 testigos en el juicio, Gröning se admitió moralmente culpable de los muertos de Auschwitz. La corte debería decidir si también lo era a nivel criminal. Cosa que en efecto ocurrió. El 15 de julio de 2015, Oskar Gröning fue condenado a cuatro años de cárcel, acusado de cómplice del asesinato de por lo menos 300,000 judíos. Se hicieron un par de apelaciones, pero ambas fueron rechazadas y la sentencia ratificada. Gröning murió a los 96 años en marzo de 2018, sin haber entrado nunca a prisión.

Que Gröning hablara abiertamente de su experiencia en Auschwitz terminó siendo algo positivo y necesario. Víctimas y victimarios del holocausto tienen ya una avanzada edad y están falleciendo. Quienes menos han hablado son los responsables directos de la matanza y su testimonio resulta importante para completar la narración de los hechos.

Uno de los sobrevivientes judíos entrevistados, Bill Glied, quien falleció antes de que el documental pudiera completarse, estaba convencido de que a pesar del tiempo transcurrido y de la edad de Gröning, este debía ser juzgado. Consideraba que el juicio era importante para establecer un precedente y construir el marco legal para proteger a futuras víctimas, aunque el acusado no llegara a cumplir su sentencia.

El documental presenta varios planteamientos que sirven como detonantes de reflexión y que aplican perfectamente a nuestra realidad actual, por la discusión en la Asamblea Legislativa de la llamada ley de reconciliación nacional, pero también por la reanudación del juicio contra los militares acusados por la masacre de El Mozote y lugares aledaños. Recordemos que también hay negacionistas sobre esa y otras masacres de nuestra guerra civil.

En El Salvador, la masacre de 1932 sigue siendo un evento del cual se habla con incomodidad, a pesar de lo mucho que marcó nuestro presente. Nadie fue juzgado ni acusado por aquella matanza. Todo lo contrario, se emitió «amplia e incondicional amnistía a favor de los funcionarios, autoridades, empleados, agentes de la autoridad y cualquiera otra persona civil o militar, que de alguna manera aparezcan ser responsables de infracciones a las leyes, que puedan conceptuarse como delitos de cualquier naturaleza, al proceder en todo el país, al restablecimiento del orden, represión, persecución, castigo y captura de los sindicados en el delito de rebelión del presente año», según el Decreto Legislativo N.º 121, artículo 2, del 11 de julio de 1932. No dudemos que dicho decreto dejó establecida la impunidad que favoreció las matanzas acontecidas años después.

En nuestro país, los involucrados en diferentes eventos históricos que han marcado nuestro presente de violencia ni siquiera han tenido el gesto de reflexionar y admitir su responsabilidad moral en los hechos. Un gesto que, si demostrara ser sincero, contribuiría mucho más a una reconciliación efectiva que una ley cuya redacción podría dejar abierta la puerta para continuar la impunidad y permitir la repetición de hechos similares a futuro.

Como ciudadanía deberíamos estar más atentos a esto porque, a fin de cuentas, los más vulnerados seríamos, como siempre, nosotros.

El siguiente paso

En El Salvador hay muchas cosas que ya damos por hecho. Una de las más tristes es la resignación a que hay muy pocas oportunidades, y que a estas tiene acceso una porción bien limitada de la población. Indicadores económicos y sociales lo confirman: hay bajo grado de escolaridad, pocos terminan la escuela, muchos menos el bachillerato, y un número aún más reducido logra concluir una carrera universitaria.

Y aún entre quienes logran finalizar sus estudios superiores hay desempleo o subempleo. Nuestra economía crece a duras penas y ninguna de las recetas que se han aplicado a la fecha –apostarle a la maquila, a la sustitución de inversiones, al libre comercio, a ser un centro logístico regional (que esto ni siquiera se llegó a concretar)– han logrado que se despegue.

Con una inversión limitada en educación, es difícil romper el ciclo de mala preparación del capital humano y la falta de oportunidades. Mientras gobiernos van y vienen, sigue sin alcanzarse la cifra casi utópica de destinar un equivalente al 6 % de nuestro Producto Interno Bruto (PIB) a la educación pública. Ante esta realidad, no es exclusiva del país, surgen iniciativas privadas que buscan llenar, en la medida de lo posible, estos vacíos.

Este mes se celebró una de esas iniciativas, el encuentro Conexiones para el Empleo, organizado por la Fundación Gloria de Kriete. Esta entidad se enfoca en diferentes proyectos sociales, pero la educación es su fuerte. Tienen diferentes programas y plataformas de educación continua, y en este encuentro presentaron a gente de varias empresas el talento humano que han formado a través de estos.

Esta misma fundación lanzó recientemente un sitio web con más de 200 opciones de formación gratuita, para los que el único requisito es saber leer, escribir y tener correo electrónico y una conexión a internet, ya sea en una computadora o un teléfono celular. La plataforma capacitateparaelempleo.org fue desarrollada en colaboración con la Fundación Carlos Slim, que tiene una parecida para México. Al terminar el curso o especialización, se recibe un diploma con un código que garantiza su autenticidad. La plataforma es gratuita y se adecua al tiempo que cada quien tenga disponible.

Además de este portal, que cuenta también con el apoyo de INSAFORP, la fundación ejecuta un programa denominado «Oportunidades», en el que 2,400 jóvenes han sido beneficiados ya con formación y becas para continuar sus estudios más allá de lo que el programa les ofrece. Kódigo, otra de las iniciativas, permite que los jóvenes aprendan programación y desarrollo de software, algo que también se imparte en el Centro de Desarrollo de Software que hay en 15 municipios del país.

Estos y otros programas cubren la parte de formación, pero acciones como el encuentro celebrado este mes son el siguiente paso: acercar a estos jóvenes ya especializados a los potenciales empleadores. Es, por otro lado, un camino de doble vía. Para quienes trabajan en esta fundación es importante conocer lo que demanda el mercado laboral, de modo que su oferta formativa permita que estos muchachos y muchachas cuenten con las habilidades y los conocimientos que los vuelvan competitivos.

En lo personal, me parece un aporte muy valioso contar con una plataforma como capacitateparaelempleo.org, para la que no hay edad límite, y abarca una amplia variedad de oficios y especializaciones, incluso en diferentes áreas de tecnología. La capacitación constante es ahora un concepto que se repite en los foros internacionales sobre el empleo, y constituye un verdadero reto para los adultos que ya contamos con un trabajo. La actualización y la formación son casi una obligación dadas las cambiantes condiciones de la economía global, y esta plataforma es una opción accesible, flexible y gratuita.

Si bien las iniciativas privadas no lograrán cubrir todas las necesidades que persisten en la parte educativa, es importante saber que se cuenta con recursos como estos para que la mayor cantidad de gente posible los aproveche.

Mientras tanto, seguiremos esperando que desde la administración pública se hagan esfuerzos por solventar las graves necesidades que persisten en el sistema educativo público, que junto con la salud constituyen dos de las principales áreas que el Estado debe garantizar para la población, sobre todo la que vive en pobreza.

¿Y la CICIES?

Pasaron ya 58 días desde que Nayib Bukele juró como presidente de la república. En la recta final de la campaña presidencial, Bukele dijo que desde el primer día de su mandato presentaría a la Asamblea el proyecto para la formación de una comisión internacional contra la impunidad en El Salvador, similar a la CICIG guatemalteca. Aún no lo hace: el “hashtag” creado con fines proselitistas sigue existiendo solo en Twitter para todos los efectos prácticos.

Han pasado casi dos meses y la CICIES no existe ni en papel, al menos no en un papel que, presentado a la Asamblea Legislativa, inicie la ruta legal para que en este país haya un mecanismo supranacional capaz de combatir la corrupción y luchar contra la impunidad en forma eficiente, como el Estado nacional, sobrepasado por las mafias políticas locales, no puede hacerlo.

Lo he escrito varias veces tras conocer de cerca, desde 2006, el camino de la CICIG en Guatemala: la instalación de una comisión internacional como esta requiere, antes que de otra cosa, de la voluntad política del Ejecutivo para convencer a los otros poderes del Estado de que esta es una buena idea.

En el caso de la CICIG fue el Ejecutivo de Óscar Berger, liderado por el entonces vicepresidente Eduardo Stein, quien cabildeo en Washington ante el gobierno de George W. Bush y en Nueva York ante Naciones Unidas para conseguir el respaldo político internacional que le permitió gestionar fondos de funcionamiento y, más importante, presionar a las elites locales -empresariales y políticas- a que no se opusieran. Stein y quienes lo apoyaron en Ciudad de Guatemala, en Estados Unidos y Europa no tenía Twitter, pero tuvo la suficiente voluntad para hacer de la comisión una realidad.

Nayib Bukele sigue sin dar el primer paso. Es cierto, no todo depende de él, pero como él mismo escribió hace poco en una columna en The Washington Post, tiene de su lado el apoyo popular que le otorga una gran cintura política para hacer algo como esto.

Como bien me han dicho algunos de los colaboradores del presidente, convencer a la Asamblea Legislativa de que este es un buen paso no será fácil. Es ahí, en el Congreso, donde siguen instaladas las mismas mafias que hicieron de la sección de Probidad de la Corte Suprema un ente inoperante y siguen empeñándose en nombrar funcionarios de segundo grado que, en el mejor de los casos, juegan a pasar desapercibidos en oficinas que El Salvador necesita con urgencia que funcionen bien, como la Fiscalía General, la Corte de Cuentas o la Procuraduría de Derechos Humanos.

“Solo descabezando al crimen organizado seremos capaces de tener un El Salvador más seguro”, escribió el presidente Bukele en la columna que le publicó el Post el 23 de julio pasado. Lo mismo dijo el expresidente Mauricio Funes ante la Asamblea de Naciones Unidas en 2010, más de un año después de su toma de posesión. Al final, lo de Funes, lo sabemos hoy, fueron solo palabras huecas: el primer presidente elegido con la bandera política de la izquierda no fue más que un fiasco y terminó, prófugo, huyendo de cinco órdenes de captura por corrupción (lo de ser asilado en Nicaragua con la bendición de la dictadura de Daniel Ortega no es más que un triste eufemismo).

El gobierno de Bukele es aún muy joven y no puede pedírsele que, a la vuelta de 60 días, tenga lista una comisión internacional. Lo que sí le podemos exigir a estas alturas es que la comisión que prometió para “descabezar” al crimen organizado deje de existir solo en Twitter y se convierta, de verdad, en iniciativa presidencial. Eso depende solo de él. De nadie más.

Carta Editorial

En periodismo no solemos permanecer. Entramos a los temas para descubrirlos y salimos de ellos llenos de testimonios y conocimientos, pero no nos quedamos. Llegamos, vemos, contamos y nos vamos. En la revista quisimos parar este mecanismo. Y durante todo el año, una vez al mes, nos hemos quedado a escuchar, con toda la atención del mundo, las historias de los desaparecidos y de sus familias.

No es lo usual, pero decidimos tomar el riesgo y caminar en este borde porque era indispensable subir el nivel del debate al tema. Lo que hemos ido descubriendo nos obliga a hacer cada vez más preguntas y nos causa muchas emociones; pero, sobre todo, nos duele.

Al margen de lo mucho que hayan avanzado las tecnologías de la información, el periodismo sigue siendo una profesión muy humanitaria. No podemos entender un fenómeno, si no trabajamos también en entender al individuo. “Cada persona cuenta”, pregona hoy la Fiscalía General de la República y, en eso, tiene toda la razón. Cada persona cuenta.

Solo este mes han desaparecido más de 190 personas. En todo este año, más de 1,800. Y estos son los casos que han llegado a las instituciones. En el camino ha quedado cualquier cantidad de víctimas que, para este país, no existen. No cuentan. No se investigan y no son buscadas más que por sus propias familias.

Esta es la deuda de un Estado que no ha sabido contestar con altura a las víctimas. Primero, no supo garantizarles seguridad. Y, después, no puede hacer que sus casos no caigan en impunidad. En El Salvador de casi 200 desaparecidos institucionalizados al mes, todavía estamos discutiendo cómo hacer para que la desaparición por particulares sea un delito. Estamos, aún, muy en lo que debía haber pasado hace décadas.

Esta es la séptima de nuestras entregas. Y va sobre la necesidad de contar con instituciones que ayuden no solo a aportar pruebas, sino que también a calmar angustias. Tener a un familiar de quien no se sabe nada es una muerte no dicha, no propia, no digna. Y, cada día, se suman más a esta condena.

«Liderar una orquesta no había estado en mi lista de propósitos para el futuro»

​​​​​​​¿Qué es lo difícil de hacer música en El Salvador?

En el sentido de tocar un instrumento, cantar o interpretar una serie de sonidos coordinados en el tiempo es relativamente fácil, lo difícil es llegar hasta allí y tener una audiencia que aprecie lo que estás haciendo.

¿Años atrás se veía formando una orquesta con personas de su generación?

Inicialmente, liderar una orquesta no había estado en mi lista de propósitos para el futuro.

¿Hay algo que de tener más/menos marcaría alguna diferencia en su vida?

Me encantaría tener mucho más tiempo para trabajar más por la música y seguir expandiendo el legado de nuestros artistas por todo el país.

¿Cree que es importante tener un empleo estable?

Por supuesto. Aunque todos tenemos sueños y metas por cumplir es importante tener una base firme y una fuente de ingresos para construir el camino hacia donde queremos llegar.

¿Su músico favorito?

El maestro Esteban Servellón.

Actualmente, ¿cuál considera que es la virtud más sobrevalorada?

Dentro del contexto de la música creo que la virtud más sobrevalorada es el nivel técnico del músico.

Si pudiera, ¿qué cambiaría de su familia?

Su capacidad para cuestionar al mundo y detenerse a encontrar lo bello hasta en las cosas más pequeñas.

CIUDADANÍA FANTASMAL (23)

PARÁBOLA DEL EMISARIO

La salida del vuelo estaba marcada para las 7:50 de la noche, y él, conforme a su costumbre, llegó a chequearse cuatro horas antes, para prevenir cualquier tipo de angustia sorpresiva. Se fue a instalar, como siempre, en el lounge que correspondía a la línea en que iba a viajar, la de siempre, porque era la que comunicaba sin escalas su ciudad de origen y su ciudad de destino. Al entrar en el salón le causó sorpresa constatar que se encontraba totalmente vacío, lo cual nunca había ocurrido antes; pero en el sitio donde colocaban los bocadillos y las bebidas disponibles todo se halla debidamente dispuesto, y con una abundancia radiante que no era lo común en tales condiciones.

–Lo estábamos esperando a usted, señor –le dijo al verlo la señorita que atendía.

Él se quedó en suspenso. ¿A él? ¿Y por qué a él, que era un pasajero común, como lo había sido toda la vida? No preguntó nada, pero la explicación llegó por su cuenta:

–Sabemos que usted es un mensajero de las nubes, y queremos reconocérselo…

–Gracias, acepto lo que me ofrecen. Gracias por hacérmelo sentir. Trataré de estar a la altura.

DOMINGO EN FAMILIA

Fabián, el aprendiz de pensador, pasaba el día entero junto a su ventana abierta en el reducido cuarto donde moraba desde que se escapó de la casa de sus padres, con unas pocas prendas y unos cuantos ahorros. Aquella reclusión era el precio de su libertad, y aunque nadie lo entendiera así, él se sentía acompañado por el aire fugaz y por los destellos del clima, cada vez más impredecibles…

Quizás a consecuencia del encierro físico apenas aliviado por las fugaces salidas en busca de alimento, él se había ido volviendo una especie de presidiario gozoso. Pensaba y repensaba los temas que se le aparecían en la pantalla de la conciencia. Hablaba solo y se refugiaba en su lucidez escondida, como un en resort misterioso. Y al ser así, para él todas las jornadas eran dominicales en el más anhelante sentido del término.

Pero aquel domingo pasó algo inusual. Alguien llamó a su puerta, y al principio él creyó que era un juego de resonancias interiores. Cuando el llamado insistió, se dio cuenta de que alguien estaba afuera. Sin pensarlo, acudió.

–Hola, vecino, soy tu otro yo, y vengo a compartir casa contigo. No tienes alternativa…

EL MEJOR AUGURIO

Según el horario establecido, el tren llamado de Oriente llegaba temprano por la mañana y volvía cuando ya estaba casi anocheciendo. Él era un niño, y los sábados tomaba el tren mañanero para llegar a aquella estación muy próxima a la casa de su familia inmediata que nunca salió del campo. Venía de la capital, donde estudiaba bajo el amparo de su abuela materna.

Era sábado de lluvia matutina, sin truenos ni ráfagas, y como no tenía capa protectora, llegó corriendo y empapado a la vivienda familiar, donde la madre lo recibió con ansiedad:

–¡Niño, te vas a resfriar, y hasta te puede dar neumonía! Te voy a traer una toalla para que te sequés bien…

Pero en vez de resfriarse pareció que la lluvia temprana le producía un efecto revitalizador, que desde luego era inesperado, hasta el punto que la madre no pudo evitar el comentario:

–A mí se me hace que el agua llovida te hace feliz. Y ya no voy a prohibirte que te bañés con ella. Quizás tu destino está en las nubes…

HORTICULTURA INGRÁVIDA

Alrededor de la pequeña construcción habitable se extendía el estanque poblado de nenúfares y a su alrededor la vegetación frondosa y apacible hacía recordar que aquel era un refugio natural por excelencia. El encargado de cuidar aquel ambiente era mister Prasad, quien a pesar de estar moviéndose constantemente por los senderos bordeados de árboles centenarios y de plantas multicolores andaba siempre vestido como un empleado de oficina, con su traje oscuro y su pañuelo satinado en el bolsillo superior del saco.

Ellos eran huéspedes asiduos, y conocían los detalles de cada espacio y cada rincón, que recorrían como rutina casi sagrada. Y aquella tarde fueron a desplazarse, como todos los días que permanecerían ahí, por las callejuelas nutridamente arboladas. Y por ahí se desplazaban cuando en sintonía indescifrable sintieron que todo lo que les rodeaba en un mundo desconocido.

–¿Dónde estamos? –se preguntó él, apretándose a ella.

–En nuestro paraíso propio –respondió ella, con sonrisa inspirada.

Y al decirlo ambos sintieron que volaban sin que sus pies se alzaran del suelo.

RESIDENCIA FOLIAR

Contraerían matrimonio muy pronto, y andaban en busca de un espacio donde vivir. Pero en verdad lo que ellos anhelaban era más que convivir al estilo convencional: desplegar sus alas aunque fuera en una pequeña estancia sin ningún horizonte visible. Recorrieron todos los anuncios que aparecían en los periódicos tanto tradicionales como digitales, y luego empezaron a visitar lugares para tomar la decisión que se ajustara a sus propósitos.

Se sucedían las visitas y nada les satisfacía. Llegó el día de la boda, que tuvo lugar en un hotelito de montaña donde la vegetación era especialmente acogedora. Mientras la ceremonia se desarrollaba bajo los ramajes entre los que la intensa claridad solar se colaba como una efusión traviesa, los dos contrayentes tuvieron una sensación simultánea, y eso les provocó imaginar que levitaban.

Volvieron los ojos hacia arriba, sin que nadie lo advirtiera, y el impulso feliz los invadió. Ya tenían su respuesta.

Buscaron entonces lo que ansiaban: un pequeño terreno con un gran árbol. Y hubo quien asumió el desafío arquitectónico: armar la casita arriba, entre las ramas. ¿Cómo imaginar mejor destino?

BENGALURU, 6 A.M.

No tenía necesidad de abrir los ojos para enterarse de que el día comenzaba a hacerse sentir, porque los pájaros que pernoctaban en los alrededores lo testimoniaban con sus múltiples cánticos. Y aquel concierto espontáneo y puntual le hacía a él reencontrarse a diario instintivamente con sus impresiones antepasadas, que venía revisando en la memoria desde que tenía conciencia.

Y tales impresiones le parecieron siempre una muestra de cariño del día anterior, como si la vida fuera sólo un incesante tránsito de horas, cada una con su propio ser.

Ese día, él estaba especialmente inspirado, con una inspiración que parecía surgir a la vez de afuera y de adentro. De afuera, de las arboledas vecinas; de adentro, de las arboledas profundas. Y cuando sintió que un cuervo venía a avisarle que tenía la jornada a su disposición, se dispuso a recoger y asumir el mensaje.

Muy pronto iba ya camino a Puttaparthi, en excursión espiritual. Las colinas rocosas y las llanuras pobladas de sembradíos le hicieron sentir que el paisaje era parte íntima de su ser.

Y cuando estuvo en aquel poblado tradicional que hoy era ciudad moderna supo que el amanecer seguía estando dentro de él ya para siempre.

Trabajo le abre las puertas a personas con autismo: estas son sus historias

En su último trabajo, Kevin Berrocal fue despedido a la semana de haber empezado. Era en un centro de llamadas y dice que la causa de su separación fue por «problemas de comunicación con las personas». Él tenía 17 años, cuatro antes lo diagnosticaron con autismo.

«Cuando supe que estaba dentro del espectro autista fue muy raro, en mi mente colegial pensaba que iba a tener ayudas y que mi vida iba a ser más fácil. Luego, me di cuenta de que no era así. Ese orgullo se convirtió en vergüenza y yo quería esconderlo. Eso me pasó en mi trabajo pasado, sabía que tenía deficiencias a la hora de hablar y socializar; trabajar con personas enojadas en un teléfono, me hizo pensar que no era capaz de mucho», cuenta Kevin, quien tuvo su primera experiencia laboral al salir de un colegio técnico, hace tres años.

Desde hace cinco meses, Kevin, de 20 años, es parte de la planilla laboral de Procter & Gamble (P&G). Él y cinco jóvenes más, todos dentro del espectro autista, fueron contratados para trabajar en el departamento de Tecnologías de la Información.

«En esta empresa volví a recuperar la confianza en mí mismo dentro de mi propia condición. Mi experiencia es preciosa. Nunca me había sentido tan querido en toda mi vida. (…) Uno se siente apreciado y que puede generar valor. No nos sentimos que estamos por mero programa de diversidad o para llamar la atención, sino que aprovechan nuestras habilidades para generar valor a la empresa», admite el estudiante de ingeniería informática.

El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición caracterizada por un desorden del desarrollo de las funciones del cerebro. Quienes la presentan tienen una interacción social limitada y problemas con la comunicación verbal y no verbal, aunque algunas personas logran mayores desarrollos sociales que otras. Los síntomas usualmente comienzan a presentarse en los primeros dos años de vida.

Datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) estiman que en el mundo hay más de 70 millones de personas con TEA. En Costa Rica no hay datos oficiales, pero se habla de unas 64,000 personas, publicó La Nación en el artículo Tras la genética del autismo: no solo se trata de cuáles genes se tienen, también de cuáles están ‘trabajando’.

“Mi mamá siempre tuvo la impresión de que conmigo pasaba algo distinto. Yo no era igual a mis hermanas. A mí me diagnosticaron a los 17 años, a las mujeres cuesta más diagnosticarlas; cuando recibí la noticia fue una extraña confirmación de que yo tenía algo de aquello que había leído (un artículo acerca de autismo) cuando tenía 15 años”, dice Caterina, hoy con 26 años. “Durante los primeros tres años del diagnóstico, no me gustaba ser diferente”, añade.

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GANAR-GANAR

De los 1,500 colaboradores que P&G tiene en Costa Rica, seis de ellos son personas con autismo. Fernando Calderón, gerente de comunicaciones de esta compañía, dice que emplear a estos hombres y mujeres es parte de «los esfuerzos corporativos de diversidad e inclusión» de la empresa, aunque es honesto al afirmar que para la compañía existe un interés adicional por las habilidades específicas de estos chicos.

«Nos interesamos en personas dentro del espectro autista básicamente porque es un tema de reconocer las destrezas que estas personas aportan al lugar de trabajo. Es superinteresante cuando se analiza y se sienta a ver el tipo de habilidades que tienen, hacen muchísimo sentido con el trabajo que nosotros desempeñamos en el centro de servicio», cuenta Calderón.

El gerente de comunicaciones dice que los nuevos empleados de la compañía son personas enfocadas y analíticas. Agrega que esta última destreza es, actualmente, muy buscada a nivel corporativo.

«Tienen una apreciación muy especial por los sistemas, por la tecnología y por los patrones. Son personas que pueden ver un proceso y analizarlo; tienen un potencial inmenso. Entonces ahí hay un interés de negocio, es un ganar-ganar, estas personas verdaderamente están creando valor para el negocio», explicó Calderón.

Sin embargo, más allá de la política de diversidad e inclusión, hay un importante detalle en el nacimiento de esta práctica: Laura Becker, gerente de todos los servicios globales de P&G, es madre de un adolescente con autismo. Ella envió una carta a los centros de servicios con la propuesta y Costa Rica alzó la mano para asumir este proyecto, explica Marcela Lizano, directora del recién implementado programa de neurodiversidad de P&G.

Lizano comentó que para implementar este proyecto «se lanzaron al agua», ya que no conocían demasiado sobre el autismo. «Conocer más de autismo rompe barreras, 25 personas de la empresa, quienes no tienen ninguna relación afectiva con personas con autismo, se unieron a este programa de la compañía. Hay cultura de inclusión en la empresa; de nada sirve contratarlos si el resto de la compañía no está alineada», afirma.

Agregó que «se ha normalizado» que las personas dentro del espectro autista no pasen entrevistas de trabajo, ya que algunos postulantes «no hacen contacto visual o se les dificulta hablar de situaciones futuras». Por esa razón, P&G contrató a Specialisterne, una empresa de reclutamiento especializada en inserción laboral de personas que están dentro del espectro autista.

«El proceso consistió en hacer una prueba con lego, ellos tenían que armarlo y programarlo. Veíamos cómo pedían ayuda, cómo interactuaban. Luego se hizo una pequeña entrevista, pero esa no era la base. Era para conocerlos. El proyecto inició como plan piloto de contratar cinco chicos, al final contratamos seis», explicó Lizano, quien asegura que el plan es contratar, en los próximos tres años, unas 15 personas con autismo, lo que significaría el 1 % de su planilla actual.

Lazos. En cinco meses, los jóvenes han forjado una relación estrecha. Todos los días almuerzan juntos y se apoyan entre sí.

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CATERINA

Caterina Carboni encontró en los vistosos accesorios de gatos o animes la forma para comunicar su personalidad. Tres años después de ser diagnosticada con autismo, al fin pudo ser ella misma.

«Mi mamá siempre tuvo la impresión de que conmigo pasaba algo distinto. Yo no era igual a mis hermanas. A mí me diagnosticaron a los 17 años, a las mujeres cuesta más diagnosticarlas; cuando recibí la noticia fue una extraña confirmación de que yo tenía algo de aquello que había leído (un artículo acerca de autismo) cuando tenía 15 años», dice Caterina, hoy con 26 años. «Durante los primeros tres años del diagnóstico, no me gustaba ser diferente», añade.

Hoy Caterina se siente bien. Utiliza vistosos accesorios, como el gran gato que cubre su celular. Esta estudiante de ingeniería en informática se muestra tal cual. Es risueña y divertida.

Caterina es una de las personas dentro del espectro autista que entró a trabajar en el proyecto de P&G. En este lugar se siente cómoda porque puede ser auténtica. Siempre.

«Me suelto y dejo que mis cosas salgan. Yo antes las escondía. Me he hecho amiga de bastante gente de aquí. Ven mi taza de gato y se acercan a hablarme. Antes trabajé en un call center y no fue bonito. Esa situación social no es buena para nosotros los autistas. Era vivir constantemente con presión. Eso me deterioró un poco», dice.

En casa, Caterina encuentra comprensión de su mamá y hermanas. Hay un vínculo con su padre muy fuerte, pues ambos se comprenden del todo, ya que él también está dentro del espectro autista. Luego de que Caterina fue diagnosticada, él también (en ese momento tenía 50 años).

«Mi trastorno tiene que ver con genética. El doctor me lo explicó y nos dimos cuenta de que venía de mi papá. Sin saberlo, mi papá y yo ya teníamos ese vínculo y la gente decía que nos parecemos. Él sin saberlo pasó cosas que yo estoy pasando ahorita y me dice: ‘vos entendés’».

Caterina destaca que las personas con autismo «son como todo el mundo», con facilidades para unas situaciones y dificultades para otras. Su padre es abogado y ejerció, ella pronto se graduará como ingeniera.

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JOSÉ PABLO

José Pablo Abarca no es «creído ni grosero». Tampoco es «poco inteligente». Este muchacho, de 27 años, hace la salvedad porque, por su forma de ser, muchas veces le han juzgado de manera errónea. Es alto, amable y educado.

«Como no soy fluido hablando, asocian eso a que no soy inteligente. Mi cerebro funciona más rápido que mi boca. Tengo que pensar cómo decir lo que ya estoy pensando e ir pensando en lo siguiente mientras lo voy diciendo. Las personas con autismo no somos groseras ni creídas. Solamente a algunos nos incomoda un poco socializar, pero no es por ser groseros», cuenta.

José Pablo fue diagnosticado con autismo a los 14 años. Sus papás notaron que «no socializaba como los demás». Él y su familia vivieron por más de una década en Estados Unidos, pero fue en Costa Rica donde un especialista le dijo al entonces adolescente que tenía Asperger, condición que está catalogada como un trastorno dentro del espectro autista.

«Yo siempre entendí quién era yo. Quería que mis padres comprendieran por qué yo no era como los demás, mi forma de ser no era por mi propia decisión, es algo con lo que nací; luego, ellos comprendieron y respetaban mis características y me apoyaban», cuenta.

José Pablo estudió informática empresarial en la Universidad de Costa Rica. El año anterior buscando trabajo topó con la oferta de P&G y decidió inscribirse. Gracias a su rol diario, José Pablo ha desarrollado más la lógica de programación a escenarios de la vida real. Se siente cómodo con su equipo y en el entorno laboral.

«Las personas son respetuosas, me gusta. No se escucha el lenguaje de la calle. Aquí me han tratado bien. No socializo mucho, pero si necesitan que interactúe me dicen, si necesito alguien que me acompañe, siempre hay alguien. Con los compañeros de autismo me siento más cómodo. Tengo más confianza. Con los demás empleados ellos son respetuosos, yo no soy muy bueno hablando, entonces, cuando no sé cómo expresarme de alguna forma, mis compañeros me ayudan a hacerlo», comentó.

Socializar no es su más grande virtud, pero de ello, José Pablo ha sacado un provecho: se ha enfocado en los estudios y dice que tiene habilidades en lógica y matemática.

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NATALIE

Natalie Meza pasó casi 30 años de su vida cuestionándose qué pasaba con ella. Hasta el año anterior la diagnosticaron con Asperger (condición dentro del espectro autista) y comprendió por qué durante tanto tiempo se le dificultó tanto «interactuar con los demás».

«Ya con un diagnóstico empecé a entender qué pasaba conmigo. Ni mi familia ni yo entendíamos, ahora que se sabe mucha gente es más comprensiva, ya se entiende por qué soy de una manera», dice.

Natalie estudió ingeniería en sistemas y diseño gráfico. Todo el año anterior estuvo buscando trabajo y no halló. Antes estuvo en un centro de llamadas y la experiencia no fue buena, también tuvo empleos en los que no fue remunerada.

«Creo que no encontraba nada por mi condición. Estuve en un call center y me despidieron rápido. No tenían paciencia con la condición de uno. A este nuevo trabajo (en P&G) me he ido adaptando. Nos tratan bien. No hay groserías ni discriminación. Uno se siente bien. Cada uno tiene su espacio. No soy de hablar mucho, pero me gusta el hecho de que eso lo respetan. Aquí me ayudan a aprender. Sin apoyo uno se siente solo y es difícil», explica la colaboradora, de 31 años.

Natalie invita a la población a interesarse más en temas relacionados con el espectro autista para que así «no tengan prejuicios ni ideas». Ella también destaca que quienes tienen esta condición «son personas, seres iguales a los demás y con las mismas capacidades de hacer lo mismo que cualquier otro».

“Se ha normalizado” que las personas dentro del espectro autista no pasen entrevistas de trabajo, ya que algunos postulantes “no hacen contacto visual o se les dificulta hablar de situaciones futuras”. Por esa razón, P&G contrató a Specialisterne, una empresa de reclutamiento especializada en inserción laboral de personas que están dentro del espectro autista.

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JORGE

Para Jorge Monge su condición no es una desventaja, como «muchos lo pueden llegar a creer». «La gente escucha autismo y de inmediato brincan a un estereotipo», dice. Él tiene 20 años y sobresaliente oratoria. Esta feliz de trabajar en un lugar en el que «es tratado igual que los demás».

«Uno de esos estereotipos dice que las personas autistas son tan exageradas como el personaje de Sheldon Cooper (de la serie The Big Bang Theory y con características de personas dentro del espectro autista) y muchos creen que nosotros somos así. Dicen que somos raritos, que nos volvemos locos si nos salimos de la rutina, hay quienes dicen que somos agresivos, me he encontrado con personas que dicen que somos retrasados», relata.

Jorge ha estudiado ingeniería informática, ingeniería aplicada a la mecánica y actualmente cursa animación digital. Se considera una persona elocuente y le gusta mucho socializar, característica que, él resalta, no es muy común dentro del espectro.

En su trabajo en P&G, Jorge ha destacado por ser muy enfocado en sus objetivos. También dice que le gusta ser «un tipo de puente» para que exista una comunicación más eficaz entre sus compañeros de equipo y los neurotípicos.

Jorge fue diagnosticado a los cuatro años, desde entonces sus padres se enfocaron en darle una enseñanza basada en la adaptación. «En mi casa nunca vimos esto como enfermedad, sino como algo extra».

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JUAN JOSÉ

A los 25 años, Juan José Sibaja olvidó cómo caminar. Hoy tiene 35 y recuerda cómo durante su vida siempre «tuvo diferencias, problemas y maneras de ver el mundo». Prefiere no entrar en muchos detalles, no obstante, cuenta que había «muchas cosas que no controlaba». Hace algunos meses lo diagnosticaron dentro del espectro autista.

«Cuando cumplí 25 años empecé a estar más depresivo y ansioso, siempre he sido así pero se empezó a ver más. Quise ir a verme con un doctor una vez que se me olvidó caminar, en esa época fui con conocidos, amigos de infancia, uno me dijo que podía tener Asperger, eso fue en 2011, en ese tiempo se le llamaba así a la condición que hoy está incluida dentro del espectro autista. Ya el año pasado pude hacer las pruebas para confirmarlo, yo necesitaba algo oficial», cuenta.

Juan José es productor audiovisual y el año anterior se quedó sin trabajo; dice que «la mente ya no le estaba funcionando» para su labor y en eso conoció la posibilidad de postularse para trabajar en P&G. En este proceso ha aprendido rápido y «hace lo que tiene que hacer», siente afinidad por las tecnologías de la información, un factor importante pues dice que «obligarse a hacer algo con lo que no haga clic» es contraproducente para la salud mental de cualquier persona.

«Nunca había estado interactuando con otras personas dentro del espectro; muchas veces, cuando uno crece dentro del espectro sin saberlo, hace cosas para poder encajar en ‘lo normal’ de la sociedad, uno bloquea cosas que uno tiende a hacer para tranquilizarse (solo para encajar), por ejemplo, uno (las personas dentro del espectro autista) tienen mucha energía, es clásico que dicen que los autistas mueven la mano, y es básicamente para liberar energía que está sobrando. O mover la pierna porque se está ansioso. Yo antes bloqueaba eso, ahora no tanto», dice.

Hoy Juan José se siente «más libre». Poco a poco ha dejado lo que llama «una máscara de (persona) normal» y se da permiso de hacer lo que le gusta.

Una firma con apertura. La firma P&G está ubicada en Forum 1, en Santa Ana, Costa Rica. / Espacios. Natalie Meza prefiere tener un espacio personal para trabajar, gracias a ello se concentra mejor. / Especialización. Los jóvenes con diagnóstico de autismo trabajan en el Área de Smart Automation (Automatización Inteligente).

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LÍDER CON ESTRELLA

Vernon Hilarion es el líder, o como lo llama su equipo, el mánager de los colaboradores con autismo. Ellos resaltan la labor de su jefe, quien presta cuidado incluso a detalles que puedan alterar la rutina de los chicos, como el hecho de permitirles que rechacen una reunión cuando se convoca a la hora en la que ellos tienen programado su almuerzo.

«En el grupo, recibimos solicitudes de automatización de procesos y desarrollamos la ejecución. Para mí, no existe ninguna diferencia en cuanto a cada uno de los individuos. Ellos están dentro de un espectro, pero hay personas que tienen mil situaciones en su vida, también hay que entenderlos y dar un liderazgo diferente dependiendo de la situación en la que se encuentren. Ellos seis son diferentes entre sí. Se les asignan tareas o se les da el feedback (retroalimentación) de manera diferente a cada uno», cuenta.

El mánager de TI (tecnologías de la información) dice que su equipo tiene capacidades muy buenas, entre ellas, la concentración y la forma en la que prestan atención. Incluso los cataloga como empleados «perfectos», pues llegan, ejecutan su tarea y se van.

«Difícilmente se quejen por algo. Ser mánager de ellos es muy fácil porque usted va a esperar la verdad de ellos. El feedback va a ser transparente. No tengo que preocuparme de que hablen a mis espaldas. Si una instrucción no es clara, ellos se aseguran de haberla entendido antes de ejecutarla. Todos somos seres humanos, siempre es importante que haya inclusión general. Este es un equipo de personas neurodiversas, liderado por un afrodescendiente y con dos mujeres ingenieras que cuesta conseguir».

«De los problemas de enamorarse»

Ilustración de Moris Aldana
Portada de libro

 

 

“Wenceslao”

Wenceslao es mi hijo no nacido. O lo era. Con el avance de la defensa de la vida, una puede nombrar a sus hijos no nacidos y asentarlos en el registro civil. Un Wenceslao Escoto está esperando nomás el soplo de la vida. Para hacerlo más tangible, hice una figurita de barro. Por aquello que quiero que esté en contacto con sus raíces. Pero también quiero que tenga un poco de agencia. Porque creo un poquito en las teorías de alcance medio de la sociología. Entonces, espero y espero que llegue su soplo de vida y, con él, que cumpla mis sueños de mujer: ser madre.
Ayer nos reunimos las Madres Ideales (MI). Es un grupo de mujeres que amamos a nuestros hijos no nacidos y exigimos que se les reconozca como tales, con ganancias en el registro civil; aún nos falta que nos los acepten en las matrículas escolares. Pero la discusión se centró en que casi ningún hijo ideal tiene padre y eso nos preocupa. Verán, los padres son importantes, sobre todo en mi caso. Es niño. Y como niño, Wenceslao debe tener un modelo afectivo de varón. Alguien que le enseñe a ser un hombre, y eso solo lo puede hacer otro hombre. Discutiendo esto, le expliqué a mis cotertulianas que pensáramos cómo hacer para que los padres de los hijos no nacidos se hicieran cargo. Porque los preparativos para las vidas que aún no existen son agotadores y necesitamos ese apoyo emocional.
“Necesitamos un decreto”, dijo Josefina, madre de la no nacida Teresa. “Necesitamos una reforma agraria, además”, explicó. Yo no entendí mucho. Pero ella dijo, que así como yo tenía mi muñequito de barro, cada quien debía tener su parcelita para tener sus muñequitos y su maíz. Por aquello de esperar los milagros. Yo asentí. Mientras tanto, Aurelia, próxima madre de Joselito, explicaba que lo que necesitábamos era tener miembros hombres en el grupo.
Aurelia increpaba en este tema, pero todas reíamos. Porque los hombres no tienen mucho que ver en la producción de la vida. Quizás un momento efímero, pero hasta ahí. En eso vimos que Wenceslao empezó a moverse. Nos dijo que él también soñaba con tener hijos. Hijos no hechos de barro. Que ser de barro le molestaba un poco. Pero que seguro vivir en cuerpo humano no estaba mucho mejor. Así que le parecía una opción viable. Que de donde venía había un comité especial de padres futuros. Y que no se solucionaban las cosas. Que precisamente yo, no era la mejor madre, pero que qué se le iba a hacer.
Un poco triste, porque me gusta ser la mejor en todo, le dije que estaba bien. Que decidiera quién fuera su madre. Total, aún no ha nacido. Wenceslao me dijo que el asunto es que quería dos padres. Me sentí contenta porque, por lo menos, tendría varones a quienes admirar. Y sería doblemente hombre. Aurelia se llevó a Wenceslao, pues le dijo que tenía muchos amigos dispuestos a ser alguno de sus padres.
Josefina, por su parte, definió que mañana nos reuniremos a discutir la reforma agraria de las ciudades que queremos tener. Esa locura. Seguro no vendré.

 

“De los problemas de enamorarse de hombres que tienen bonita letra”

Un día de tantos pensé que era bueno retomar buenas costumbres. Por ejemplo, empezar a dejar notas de agradecimiento escritas de mi puño y letra. La gente se asombraba mucho cuando, después de una cena o una reunión informal, una pequeña nota en sepia –había que darle dramatismo al asunto– aparecía en sus escritorios. Algo así como una nota sacada de otra época. A mí me gustan los viajes en el tiempo, y por qué no agradecer a la gente con un poco de cuántica barata y accesible.
Así fue como me hice popular en las fiestas. Un día se me ocurrió que además de dejar notas en los escritorios ajenos podía organizar una fiesta y tener comensales. Y preparé mi casa con una selección de vinos, quesos, cervezas y demás. Un poco de música. Nada muy elaborado, pero nada muy informal. La fiesta fue un mediano éxito. La gente reía. La gente me daba abrazos al despedirse. Y al día siguiente yo tenía varios sobrecitos cuánticos encima de mi escritorio.
Entre tanto agradecimiento, logré observar una nota que decía algo tan simple como “muchas gracias, estuve encantadísimo de asistir a tu fiesta, espero se vuelva a repetir”. Pero la caligrafía era muy bonita. No femenina como de escuela de monjas, no redondeada como sacada de una versión muy horrible de la comic sans, sino más bien una letra donde las efes, las eles y las erres sobresalían; las as, las os y las des tenían una forma elíptica hacia arriba; y, lo más bonito eran las qus, las jotas, las pes, las ges y las y-griegas, con una manera de apuntar hacia abajo hermosa y un bucle que parecía casual. Me aprendí su abecedario caligráfico haciendo por lo menos tres fiestas a la semana en mi casa.
Las notas se acumulaban en mi escritorio. Yo solo buscaba la caligrafía del hombre aquél. Era terrible que mis fiestas cada vez fueran más concurridas, pues tratar de encontrar a un hombre entre un mar de gente era cada vez más complicado. Sin embargo, no podía dejar de hacer fiestas. Hasta que un día ya no recibí ninguna nota de él.
Y no hubo más fiestas.
Años después, alguien me saludó en la calle. Me preguntó por mis fiestas. Le dije que eso había pasado, sobre todo porque cuando quedé desempleada no había ánimo para festejar. Él asintió. Y dijo que lo que más recordaba de esa época eran mis notas de agradecimiento. No dije nada más, él tampoco. Pero tenía cara de tener bonita letra.

 

 

“De los problemas de enamorarse de hombres al otro lado del andén”

Esta ciudad no es tan grande. A veces. Cuando se tiene rutas estructuradas y horarios metódicos para todo, no es tan grande. Salgo siempre a las 7:14 a. m., ni antes ni después. Y mi vecina siempre está paseando a su perro. A veces con suéter rosa, a veces con suéter azul claro. No tiene un patrón para sus atuendos pero ahí está con sus colores pasteles y con una bolsita de supermercado. Suele saludarme con la mano metida en el plástico que envolverá los excrementos caninos, me parece un extraño saludo. Asiento y sigo caminando. Continúo y está el señor que siempre intenta matarme con la manguera al regar las plantas, como parte del servicio de mantenimiento que se paga entre todos los vecinos. Siempre la manguera está en el camino y él intenta moverla. En ese baile, siempre me tropiezo. Luego, el jugo de naranja de la esquina. El mismo tono y la misma pregunta aunque pida siempre lo mismo. Sí, quiero tapa.
Solo de naranja. Nos vemos. Sonrío. Luego los policías del metro. Se turnan, creo. Son dos. A veces hay un tercero. Y llego al andén. Como todo el mundo. Con mi destino diario y mi horario diario. El reloj marca intermitente las 7:28.
Y ahí está. Del otro lado. Siempre. A la misma hora y con audífonos o con libro. O con libro y con audífonos. O con audífonos y bufanda. O con audífonos, bufanda y abrigo en la mano que se pelea por el lugar del libro. Y sonríe. Sonríe y hace un gesto de dejarme pasar, como si fuese a cruzarme los rieles. Como si pusiera su capa sobre un charco que puedo cruzar. Y llega mi tren. Sonrío y digo de alguna manera adiós. Y el día parece siempre ser mejor.
Y así de lunes a viernes. Durante todo el año. Cambiando los atuendos según las estaciones. Usando camisetas azules y grises. Usando manga larga. Pero con la sonrisa y con los gestos que ahuyentan el frío o disipan el calor o nomás acompañan a las mañanas llenas de olores de los perfumes de las mujeres que salen a trabajar apresuradas y que se maquillan juntas como en un baile coreográfico.
He pensado, por ejemplo, esperar en la entrada del metro y ver por dónde entra a la estación, para saber si vive cerca, si es mi vecino. Pero puede venir de algún cruce y hacer transbordo entre líneas. A veces he pensado hacerle un gesto de que me cruzo al otro andén. He pensado anotar mi número en un papel, con caligrafía lo suficientemente grande para que la vea desde el otro lado. A veces he pensado simplemente en llegar antes o después. A veces.
Pero esta ciudad es demasiado grande. Siempre. Y vuelvo a saludar desde el otro lado al chico del andén, como quien se levanta, saluda y toma el jugo y toma su destino, todos los días.

 

 

“De los problemas de enamorarse de hombres con nombres no asignados a ningún personaje”

“X”, dijo. Yo asentí a sus grandes ojos que me sonreían más que su sonrisa (podría haber tenido una mejor dentadura): me pidió mi teléfono, no sé cómo. O eso creía cuando anotaba mi número borroso en un post-it fucsia, que con mis nervios hechos dedos sudorosos ya no tenía adhesivo y ya era un papelito normal y arrugado.
Los días siguientes me la pasé viendo el teléfono, esperando poder marcar a la inversa, con el solo hecho de mirar el artefacto. Cerraría los ojos y un “ring” estridente sonaría en la habitación. Después de mucho ver el aparato, noté que había una pequeñita mancha cerca de donde se pone el oído. Pensé que el pobre teléfono, al no emitir sonido, había llenado con sus propias flemas el vacío que se crea cuando no hay remitente y, por tanto, no hay destinatarios. Los teléfonos que viven del paso de mensajes se ponen tristes cuando no son utilizados. En la tristeza, les da gripe. Es algo demasiado común, pero aún más común en teléfonos viejos y pasados de moda.
Cuando le alcancé un clínex a la pobre máquina me di cuenta que la flema no era tal. Era una cosa viscosa, sí. Verde gelatinosa. Pero que adentro tenía algo más. Vi que se movía. Esperando entonces que fuera una llamada perdida o algo así, le acerqué un poquito de luz de una lamparita. Con el calorcito, la viscosidad mostró en su luminosidad y transparencia lo que ocultaba. Un hombrecito muy chiquito se chupaba el dedo y dormía. No quise despertarlo.
Me puse entonces a vigilar el teléfono. Esperando ya no a “X”, sino al hombrecito. A los dos días de tener la lamparita, empezó a salir de su capullo. Salió y floreció. Para mi sorpresa y beneplácito, con ropa. “Soy Bruno”, me dijo. Noté que se parecía excesivamente a “X”. Pero tenía, eso sí, mejor dentadura, una plática muy florida y un afán por el jazz. En su útil tamaño, Bruno cabía exactamente en mi bolsillo izquierdo, maravillándome de comentarios al tiro y que me hacían reír de manera estrepitosa mientras caminaba. Mis carcajadas se intensificaban por las cosquillas que el pequeño pasajero ocasionaba en mi seno, cuando en su afán de acompañar con ademanes exagerados sus historias movía los brazos abiertamente, y provocaba una pequeña brisa entre la camisa y el escote.
Un par de semanas después, me encontré con “X” en los pasillos de un lugar común. Levantó la mano y saludó. Yo casi no lo reconocía.
Me preguntó si mantenía el mismo número de teléfono. Que pronto me hablaría para ir por café, o para el cine, que había un festival de documentales. Yo asentí. Lo miré extrañada, porque Bruno ya no se parecía a él.
Mientras “X” me trataba de convencer sobre alguna teoría lógica según la cual las llamadas se quedan perdidas en el aire de los transistores de viejos teléfonos que no han sido vacunados contra la gripe, Bruno se trepó a mi cuello y se paró en mi hombro. Me susurró al oído “Todos son personajes hasta que se demuestre lo contrario”. Yo sonreí, “X” pensó que era por algo que él había dicho y sonrió también, con su mala dentadura.

 

 

“De los problemas de enamorarse de músicos con nombres rusos”

Cuando un hombre te escoge como su musa musical es casi imposible no viajar al mundo de sonidos abstractos. Todo comenzó por mi aguitarrado cuerpo de caderas y caminar tropical. Así fue que el músico aquel comenzó a tocarme como si fuera una fender. Más hermosa que la fender de Yngwie Malmsteen, me escribió en la servilleta del bar donde nos conocimos. Yo entonces no sabía quién era ese sueco y menos Alcatrazz (una banda ochentosa que nunca escuché). Pero a mí me había gustado la palabra fender. Y así comencé a ver al músico más seguido.
A pesar de mis caderas musicales, mi cuerpo es bastante desafinado y torpe. O así lo creía. Pero a Vladimir, nombre artístico de ascendencia comunista rusa, mi cuerpo lo hacía llegar a categoría de luthier con especialización anatómica. Yo no entendía mucho, porque además mis orgasmos no son tan sonoros y, cuando lo son, no tienen ritmo ni mucho menos suenan a alguna voz prodigiosa. Más bien son sonidos quebradizos y poco agradables. A él le parecían rupestres, cercanos al pueblo.
Entonces él creaba y me quería hacer ver cómo sus composiciones (sobre mí) eran grandes obras. A mí, que mi examen vocacional me indicó que podía hacer cualquier cosa menos lograr tener un oído musical. Porque, en mi sinestia, los sonidos parecen olores y de vez en cuando los confundo con colores.
Yo no entendía mucho, de nuevo, y no había mucho que entender más allá que asentir y dejar que hiciera su trabajo que para mí era más artesanal que artístico.
A veces llegaba a medianoche a mi cama con una gran idea, sin final. Y yo quedaba a la mitad de una sinfonía que para mí era algo tan simple como la sexualidad misma.
En cambio, él construía, como buen comunista, una revolución. Una revolución musical, donde el mismo ser humano es la nota y no hay notas superiores a otras. Todas son bellas, pero en conjunto lo son más. Se emocionaba tanto y sus ojos se llenaban de un brillo tan inocente que yo deseché la idea de que su revolución anatómica musical se refiriera a una orgía.
En el afán de componer su Gran Obra, se distanciaba cada minuto para hacer anotaciones. Él buscaba torpemente en mi cabeza la manera para afinar mis sonidos. Yo empezaba a sentirme un poco incómoda y un tanto innecesaria. Así que un buen día tomé las tijeras y corté las cuerdas que nacen de mis senos a mi pubis. Cansada de ser un guitarra, me levanté de la cama. Me sobé la cabeza. Vladimir lloró. Decía que solo hacía falta un movimiento para el gran final.

Memoria histórica y voz poética

Naciones Unidas tiene un programa (Memoria del Mundo) en el que participan la Biblioteca Nacional; bibliotecas universitarias, que suman nueve instituciones, en que se prioriza a promotores de la palabra. La memoria histórica rescata la voz literaria en tanto tiene de historia del pasado trascendente memoria de valores para conservar y recopilar documentación, visibilizar las personas que con su voz se convirtieron en testigos o protagonistas de su tiempo. Rescatarlas del olvido es fortalecer el desarrollo de los valores que sostienen una nación.

Esta vez quiero referirme a dos escritores, hermanos de la voz creativa.

Son dos escritores que conocí muy bien, aunque los ámbitos de encuentros fueron diferentes: como estudiantes en la universidad con Roque Dalton; y Escobar Velado como conversador de poesía alrededor de una taza de café. Con el primero predominaba la vocación organizativa del joven por participar como civiles en buscar soluciones sociales y políticas, al grado que ya a los 23 años se experimentaron las primeras expulsiones forzosas del país. Explico mejor para quienes no conocen esa época en la que las organizaciones partidarias eran inadmisibles, y si lo permitían, se consideraba una misión imposible, había que sustituirla por foros universitarios y expresiones públicas; porque la primera legislación sobre partidos se dio a principios de los sesenta del siglo pasado y la dictadura venía desde 1932. Escobar Velado murió en 1961, a los 42 años. No vivió esa legalidad política buscada. Antes de esos años organizar un partido político era labor de soñadores que terminaba en pesadilla.

Cuando menciono mis diferentes ámbitos de encuentro con uno y otro, lo relaciono con el hecho de que con Dalton éramos de la misma edad, mientras Escobar Velado era un abogado establecido, como hermano mayor nos duplicaba la edad. Pero ambos tuvieron como punto común que hicieron del poema una razón de vivir. Cualquier encuentro culminaba en la temática poética.

No importaba si Dalton le diera más relevancia a escribir poesía de ideas, razón por lo cual muchos críticos más de alguna vez lo han marginado cuando se refieren a poetas latinoamericanos, aun sus mismos promotores como Mario Benedetti (hizo una antología fundamental, pero no se arriesgó a hacerle un prólogo). Pienso que analizar a nuestro compatriota implica un compromiso, requiere el manejo de un entorno específico. De mi parte, por entender mejor ese entorno (tan diferente al Uruguay de Benedetti) le he prologado dos antologías. Aunque en el país hay escritores (Roberto Paz Manzano y Luis Melgar Brizuela) que han ido a fondo para descubrir el valor literario del poeta; pues hay discrepancias nacionales por parte de voces críticas, escasas, que juzgan al poeta en su contenido político.

«Lo importante en un poema es decir cosas», afirmaba Dalton al dialogar con sus hermanos de literatura. Significaba expresar una idea por sobre la estética formal; lo cual implicaba conocer las claves del lenguaje poético, por lo cual no es válido de aplicar el calificativo de poesía panfletaria.

Ese insistir en ideas lo llevaron a un final trágico, porque los jóvenes lo vieron como un competidor teórico para lo cual no tenían argumentos («Memorias de un guerrillero», de Juan Ramón Medrano). Lo acusaban de haber escrito poesía («Poemas clandestinos») para repartirlas al público y ganar notoriedad, cuando él ya la tenía con creces. «Nosotros no teníamos ni siquiera una idea cercana del enorme error político e histórico que se había cometido», dice Medrano. Similar testimonio nos da Carlos Eduardo Rico en su libro «En silencio tenía que ser, testimonio de guerra». Tanto Medrano como Rico estuvieron con la organización que cometió el crimen.

Casi tres décadas antes Escobar Velado fue expulsado de su país hacia Guatemala, Nicaragua, Costa Rica («Diccionario de autores salvadoreños», Carlos Cañas Dinarte). Pese a escribir una poesía más emocional: «lo que duele en el corazón». Pero aspiraba a multiplicar su voz más allá del poema, en búsqueda de una concientización nacional.

Sin pretender comparaciones, y en otro contexto, Alberto Masferrer y el arzobispo Óscar Arnulfo Romero hicieron de su voz un medio para la redención social.

De generaciones distintas, pero de formación similar (ambos se formaron en el Externado de San José y en la universidad). Sin embargo, la voz poética de Dalton expresaba lógica formativa, quizás didáctica. Igual Escobar Velado, pero predominaba la sencillez paternal. Y así, ambos fueron víctimas propiciatorias de la realidad que quisieron cambiar. Velado partía desde su corazón; Dalton desde su intelectualidad poética y lógica. Con esas diferencias los dos poetas fueron blancos de la cultura autoritaria, porque ambos demostraron que la poesía era capaz de hacer ver los vacíos del país. El uno desde su sensibilidad emotiva. El otro convencido de que la poesía no estaba hecha solo de emociones y palabras, sino también de ideas.

Escobar Velado trazó la ruta de su poesía hacia sus ensueños (Ver «Patria exacta»). Dalton aspiraba al cambio de la realidad. Pero los dos fueron los «ciervos perseguidos», nunca perseguidores, aunque su voz aspirase a borrar mordazas de su tiempo en una sociedad de disparos y silencios. Escobar, un activista de su poesía, parte desde sus vulnerabilidades hacia la compasión, soñador al fin siguió a sus maestros trágicos de la poesía: los poetas Nazim Hikmet, el español Miguel Hernández, muerto en la cárcel; y el peruano César Vallejo, los más cercanos a la personalidad del salvadoreño. Mientras Dalton pasó de la poesía de Neruda y Vallejo a la poesía francesa, muy cercano a posiciones lógicas de la poesía.

Su compañero de organización política Juan Ramón Medrano afirma: «Varios años después… (reparé que) Dalton trascendía toda diferencia política e ideológica… al asesinarlo… (mi organización) se había inmortalizado» (op. cit.). Es así como vida y obra de Velado y Dalton son parte de nuestra memoria histórica.

Pero no basta, es imprescindible escuchar la voz de su familia para resarcir los daños y, de esa manera, completar una obra fundamental hacia la memoria del mundo. Un homenaje meritorio de su patria para los dos poetas.